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Los personajes de Naruto, pertenecen a MASASHI kISHIMOTO, yo los tome prestados para hacer el fic...Si el manga de Naruto, fuera mio Hinata aparecería en mas de un capítulo Buahahahaha...
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Aclaraciones
Madara, tiene 30 años y Hinata 16 años
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ERES MI PRISIONERA
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CAPÍTULO 3
*O*O*
Para Madara Uchiha, Hinata era hermosa y advirtió que la deseaba tanto que le dolía. Le recordaba un tierno ratoncito acorralado... Se levantó y se encaminó hacia ella con gran lentitud, taconeando.
Hinata se sobresaltó y dejó de lado la sábana que aterraba para preservar el pudor. El camisón de lino delineaba con nitidez sus enormes y firmes pechos. Madara esbozó lo que parecía una diminuta sonrisa y Hinata comenzó a retroceder, resguardándose detrás de la mesa. Él pelinegro la siguió, sin dejar de sonreír, con plena confianza en el resultado del juego.
Hinata retrocedió todo lo que pudo, hasta quedar con la espalda contra la pared. El Uchiha avanzó, colocando los brazos con rapidez a los costados de la Ojiperla, para inmovilizarla. Hinata lo miró y abrió mucho los ojos al comprender, de pronto, lo que pretendía: ¡de modo que esa sería la confrontación decisiva! Sintió oleadas de terror recorriéndole las entrañas. Madara estaba tan cerca que Hinata percibía el aroma tibio y varonil de su cuerpo. Los ojos despedían un brillo peligroso y la boca se curvaba en una pequeña sonrisa maliciosa.
Hinata toda su vida había carecido de coraje; pero con la guerra su valor y confianza en si misma habían crecido, pero ahora sin su chakra no podía defendercese, se encontraba totalmente indefensa, a merced de aquel hombre orgulloso y carente de cualquier sentimiento.
—¡O-onegai, déjeme ir! —Le suplico, esperando que la dejase ir.
—Crees que te dejaría ir, ¿eh? —dijo Madara marcando las palabras y mirándola con ojos resplandecientes—. Yo tendría que atraerte, Hyuga A fin de cuentas, no hay mujer que se resista a los Uchihas. Ahora verás si te gusta la clase de hombre que soy.
Se inclinó morosamente; Hinata cerró los ojos y apartó el rostro, intentando alejarlo, empujándole el pecho con las manos, pero fue en vano. La boca quemante de Madara rozó la mejilla que Hinata trataba de apartar y luego, con la mano sobre su barbilla, le torció la cabeza hasta que pudo cubrirle la boca con sus labios. Ella mantuvolos suyos apretados, rechazando el beso, pues todavía recordaba muy bien la última vez. No volvería a avergonzarse de ese modo.
Los brazos de Madara la rodearon, apartándola de la pared y atrayéndola hacia él. Hinata trató de clavarle las uñas en la cara, pero él le atrapó la mano antes de que pudiese hacerle daño y la sujetó. La boca del pelinegro se abatió otra vez sobre la de Hinata y logró abrirle los labios temblorosos con la lengua. Hinata se arqueó hacia atrás esperando librarse, pero el movimiento no hizo más que acentuar la presión ardiente del duro cuerpo masculino contra el suyo, blando y femenino. Sintió que la lengua de Madara tocaba la de ella y también que un temblor sacudía esos brazos que la rodeaban. Un extraño calor comenzó a latir en la ingle de la Ojiperla mientras las manos del hombre acariciaban su espalda y sus nalgas de manera cálida y seductora. De pronto se le aflojaron las rodillas y se vio obligada a sujetarse de los hombros de él para no caer. Madara la echó hacia atrás, sosteniéndola con el brazo y arrasó la blanca y esbelta columna del cuello, para luego volver a devorarle la boca. De súbito Hinata supo que estaba perdida. Por su propia voluntad, sus brazos rodearon el cuello del hombre y entrelazó los dedos en el cabello largo y oscuro.
Al percibir la reacción de la Hyuga, el Uchiha gimió, la alzó y la llevó hacia la cama, con pasos vacilantes. Hinata se acurrucó contra el pecho desnudo del Uchiha como una gatita confiada, con los brazos enlazados en torno de su cuello. Así como él no podía detenerse, ella fue incapaz de resistirse.
La depositó con suavidad sobre la cama, se tendió junto a ella y la estrechó contra sí, besándola de ese modo animal que la enloquecía. Cuando la boca del Uchiha se apretó contra la de ella, Hinata se estremeció y le devolvió el beso.
"Esto no está bien", dijo una vocecilla dentro de ella, pero ya no podía prestar atención a ninguna advertencia.
Las manos de Madara exploraron las curvas de Hinata a través del camisón fino, gozando de la feminidad en capullo de la muchacha. Bajo las manos del Uchiha, los pezones de Hinata se irguieron. Impaciente, él desgarró la tela que la cubría y, ante el espectáculo de los enormes pechos tan blancos coronados por pezones rosados, se le cortó la respiración casi hasta provocarle dolor físico, extendió un dedo y tocó los suaves picos con reverencia, maravillado ante la tibieza aterciopelada de la piel.
Inclinó la cabeza y besó con delicadeza un pezón, luego otro, que tomó en la boca mordisqueándolo, provocativo. La intensa sensación que Madara le provoco la hizo jadear y abrió los ojos. Al ver la cabeza oscura que se cebaba en ella con tanta intimidad, la impresión le devolvió la cordura. La vergüenza fue abrasadora y apoyándole las manos sobre los hombros lo empujó para apartarlo.
—¡No! ¡P-por favor Ma-madara San, detengace... onegai! —jadeó, clavándole las uñas.
—¡Cálmate, Hinata! —murmuró él con voz ronca y los ojos turbios de pasión—. Tranquila, Hinata.
Con delicadeza apartó las manos de Hinata de su propia piel y se las levantó sobre la cabeza sujetándolas con firmeza. Volvió a depositar besos calientes sobre los pechos de la joven. Asustada, Hinata se retorció y trató inútilmente de apartarse.
—Quédate quieta —le dijo al oído—. No te lastimaré, quédate tranquila. Quédate quieta.
Le sujetó las manos contra el colchón con una de las suyas y con la otra le arrancó lo que quedaba del camisón. En un instante el cuerpo de Hinata quedó desnudo ante los ojos de Madara. Con mirada lenta y posesiva, Madara la recorrió, quemándole la piel. Hinata sollozó, asustada y avergonzada, mientras el hombre la examinaba de la cabeza a los pies, y cuando llevó la mano a los botones del pantalón Hinata comenzó otra vez a debatirse con desesperación.
Desnudo, Madara la sujetó con las piernas y acalló los agudos sollozos con su boca. La besó morosamente y las manos reanudaron el audaz vagabundeo por su cuerpo. Pasaron como al descuido por los pechos sensibles y luego bajaron para acariciar el vientre suave. Hinata gimió y sacudió la cabeza de un lado a otro, mientras le clavaba las uñas en los hombros. El Uchiha siguió con la suave caricia del vientre, sin prestar atención a los esfuerzos de Hinata por liberarse. La mano de Madara bajó todavía más y empezó a acariciar la piel blanca y sedosa del interior de los muslos.
—¡N-no! —exclamó Hinata, jadeando, cuando la palma callosa se deslizó por la unión de las piernas. Horrorizada, Hinata juntó con fuerza las piernas y las cruzó, desesperada por resistirse a los intentos de Madara por separárselas con las manos.
—Relájate, Hinata, relájate —murmuró Madara, con tono ronco—. Mujer, abre las piernas. No te lastimaré.
Esas últimas palabras la abrumaron. Se puso rígida, se retorció y se deslizó como una contorsionista, tratando de escapar de las manos de Madara. Pero él era muy fuerte y por fin, con un sollozo estremecido, se rindió y quedó inerte. Ya nada podía hacer.
Madara se apoyó sobre una rodilla y metió la otra entre las piernas cruzadas de Hinata. Al fin, logró separarle los muslos. Ella lanzó un último suspiro convulsivo cuando él le separó bien las piernas y luego permaneció quieta, sollozando quedamente, sin hacer más esfuerzos por resistirse. Al sentir la dura polla de Madara entre los muslos, se estremeció.
La recorrió una llamarada de fuego cuando Madara encontró la entrada y la penetró un poco. Luego, con un potente impulso, quedó hondamente sepultado en ella. El dolor, como una cuchillada, fue tan intenso que la hizo gritar. Los labios de Madara se cerraron sobre los de Hinata, acallándola, y se quedó inmóvil sobre ella, con su carne en la piel suave de la muchacha. El aliento del hombre salía en explosiones entrecortadas, como si hubiese corrido una gran distancia. Hinata volvió la cabeza, con desagrado por el calor de ese aliento. Por fin, como si ya no pudiera contenerse, el hombre empezó a moverse, con lentitud al principio, como para no lastimarla, después cada vez con más fuerza y rapidez.
Hinata se quedó debajo de él, sin resistirse, dejando que hiciera lo que quisiese con su cuerpo, aturdida por la impresión. No podía creer que estuviera sucediéndole algo tan horrible: ÉL mayor criminal del mundo Shinobi la estaba violándo y ella no podía hacer nada. Ya era tarde, estaba arruinada, perdida, ese malvado hombre le estaba arrebatando lo ubico valioso que le quedaba, lo que guardo por muchos años para él rubio que le quitaba el aliento, aquel que la había rechazado, por amar a la Ninja medico. Nunca más podría levantar la cabeza. Y todo por ese animal tembloroso y jadeante que resollaba y la atacaba... ¡Cómo lo odiaba! Pero la pregunta era ¿Hinata Hyuga, era capaz de odiar?
Intentó pensar en cualquier otra cosa, pero la polla dura, caliente, unida a ella de manera tan íntima, se lo hizo imposible. Se movió un poco, a prueba, con la esperanza de aliviar al menos la presión del pecho de Madara sobre el suyo, pero el movimiento incitó al hombre, provocándole un frenesí aún mayor. Sin quererlo, Hinata se vio atrapada en esa pasión. Con un movimiento instintivo, alzó el cuerpo para salir al encuentro de la embestida del hombre. Madara contuvo el aliento, se estremeció y se aflojó sobre ella. Hinata sintió una absurda decepción cuando el Ninja Renegado cayó sobre ella.
Un momento después, Madara rodó apartándose y se tendió de espaldas, mirando el techo. Hinata se deslizó hacia el extremo opuesto de la cama y le volvió la espalda, sintiéndose acalorada, pegajosa y profundamente humillada. Recordó el modo en que su cuerpo la traicionó en el último instante, cuando no pudo detener ese movimiento instintivo, y de sus ojos aperlados le desbordaron lágrimas calientes de frustración y vergüenza. Ahogó un sollozo, pero Madara la oyó y la atrajo con rudeza hacia él. Distraído, le acarició el cabello y, ante el despliegue de ternura, Hinata olvidó el orgullo y el odio hacia él y sollozó como una criatura. Madara siguió abrazándola, acariciándole el pelo y murmurándole frases de consuelo al oído. Cuando al fin los sollozos se redujeron a suspiros e hipos, la apartó, se levantó y se vistió. Quedó un momento de pie, mirándola, mientras abotonada el pantalón, con una sonrisa débil en los labios. Hinata cerró los ojos, rehusándose a mirarlo.
—No te preocupes por esto, cariño. La próxima vez será mejor, te lo prometo —dijo con tono suave y rió al ver la expresión "enfurecida" de Hinata cuando comprendió lo que él decía.
¿De verdad esperaba que se sometiera otra vez a esa desagradable y humillante situación? Desconsertada, saltó de la cama arrastrando la sábana con ella para ocultar su cuerpo de la mirada del hombre. Miró alrededor buscando un arma, pero sin darle tiempo a encontrar algo lo bastante duro y filoso, Madara la alzó y la arrojó otra vez al medio de la cama. Indefensa, Hinata cayó hecha un tío de sábana y cabellos, provocando las francas carcajadas de Madara. Cuando consiguió librarse, el Uchiha ya se había ido y lo único que pudo hacer fue lanzar una mirada a la puerta cerrada del cuarto. ¡Nadie podía tratarla impunemente como a una mujerzuela! En ese mismo momento decidió que Uchiha Madara, no la tendría cautiva por mucho tiempo, escaparía de hay o moriría en el intento.
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Que creyeron que Madara era muyy bueno... Naaaa es un maldito sexyyyy...
Gracias por leer, se los agradezco, mil gracias...
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