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Los personajes de Naruto, pertenecen a MASASHI kISHIMOTO, yo los tome prestados para hacer el fic...Si el manga de Naruto, fuera mio Hinata aparecería en mas de un capítulo Buahahahaha...

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Aclaraciones

SPOILER

Este fic se sitúa después de la guerra Ninja, Madara es revivido por los kages para ayudar en la pelea contra kaguya... Después de la guerra es llevado a konoha y es juzgado

Madara, tiene 30 años y Hinata 16 años

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ERES MI PRISIONERA

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CAPÍTULO 4

*O*O*

"¡Oh, qué no daría por poder utilizar su Chakra de nuevo!", pensó. "Utilizaría mi puño suave, la próxima vez que ese mal hombre quisiera violarme!" Imaginó. Pero lastimosamente no podía utilizar su Kekkei Genkai, de modo que Hinata recorrió con la mirada la habitación en busca de algo que pudiera servirle para defenderse. Cuando al fin cesó la búsqueda, fatigada, no había reunido un arsenal demasiado impresionante. Lo más prometedor de la modesta colección era un pesado candelabro de bronce. Lo metió debajo del colchón, para tenerlo a mano y poder estrellarlo en la cabeza de alguien. Era estúpido pensar que con algo como eso podría detener al gran Madara Uchiha, pero tenia que intentar algo.

La joven se rehusó de plano a ponerse otra de las camisas de noche de Madara. Si podía evitarlo, no dejaría que nada que perteneciera al Uchiha le rozara otra vez la piel mientras viviese. Se envolvió como una momia en la manta y se instaló a esperar en una de las sillas. Tarde o temprano, el Uchiha tendría que regresar a la habitación y Hinata quería estar lo mas alejada posible de el.

Sin embargo, el que llamó a la puerta fue Sasori. La habitación empezaba a quedar a oscuras pues se esfumaba la última claridad del día y Hinata tenía las piernas entumecidas por haber estado sentada tanto tiempo en la misma posición. Sin embargo, estaba decidida a que no la tomaran desprevenida otra vez. Al oír el golpe, se puso rígida y luego se relajó: si había algo seguro en este mundo loco, era que ese hombre arrogante no tendría la gentileza de llamar antes de entrar. ¡Se limitaría a irrumpir!

—Le traje la cena —dijo Sasori, al entrar—. Madara dijo que al mediodía no se sentía usted muy bien, pero como ahora son casi las siete, necesita comer algo sólido.

—Hmn—respondió Hinata con tono melancólico.

Sasori la miró con disimulo mientras dejaba la comida sobre la mesa, observando el rostro pálido, el cabello enredado y, por fin, el cuerpo envuelto en la manta: era obvio lo que había sucedido, Al no estar ocupado protegiendo la guarida, Madara había pasado la mañana disfrutando de lo que consideraba el botín de la batalla. "Bien, los hombres tienen sus necesidades", pensó Sasori, "como yo muy bien sé, aunque debe de haber sido duro para la pequeña y frágil obra de arte. Es muy joven y apuesto mi vida a que era virgen."

—Hinata, ¿está usted bien? —le preguntó Sasori, con voz queda.

—Hmn, estoy bien Sasori San—respondió Hinata con voz temerosa de que alguien adivinara su vergüenza.

¡Moriría si alguien lo supiera! Sasori no dijo nada más. En silencio, sirvió la comida.

—También le traje ropa nueva y utensilios de aseo, Madara me pidió que se los trajera— Dijo Sasori acercándose a la puerta.

La sola mención del Uchiha estremeció a Hinata, no quería saber nada de ese hombre, después de lo que había pasado deseaba de todo corazón que se la tragara la tierra.

—Arigatou Sasori San— Sonrio Hinata amablemente.

—Hmn—

Hinata suspiró, se enderezó, acercó la silla a la mesa y se dedicó a comer. La sorprendió descubrir que en realidad tenía hambre, pese al trauma sufrido.

Después de comer Hinata decidió bañarse, quería quitar de su cuerpo cada beso y caricia que el Uchiha habia dejado en ella la noche anterior, pero el solo pensamiento de que el Criminal Rango S, entrara y la viera desnuda la hizo estremecer y desistir de su pensamiento.

Pero en realidad necesitaba un baño, su cuerpo se lo pedía a gritos, lo primero que hizo Hinata fue arrimar una silla a la puerta para cerrarla. Aunque, si Madara decidía entrar, no se lo impediría por mucho tiempo, ¡al menos tendría aviso con suficiente tiempo para que no la sorprendiera desnuda en la bañera!

Con cuidado, levantó la pequeña bandeja con jabones aromatizados que Sasori le había entregado. Tomó una pastilla de jabón con aroma a lilas, un paño de bañarse y se metió en la bañera. Fue una bendición sentir el agua caliente que acariciaba su cuerpo. Apoyó la cabeza en el respaldo de la bañera y no se movió, disfrutando de la idea de que pronto estaría otra vez limpia de pies a cabeza. Tras unos minutos de gozo, comenzó a frotarse vigorosamente los brazos, las piernas y el cuerpo, y casi se arrancó la piel en el afán de librarse del contacto de Madara. Por último se mojó la cara hasta que las mejillas le quedaron rosadas y resplandecientes. Lo único que faltaba era el pelo y, tras aspirar a fondo, sumergió la cabeza en el agua. Empapó bien toda la cabellera azulada y la enjabonó.

Estaba enjuagándose el pelo bajo el agua, cuando el picaporte se sacudió. A ello siguió una maldición impaciente, luego un crujido agudo cuando un hombro fuerte apoyado contra la puerta empujó la silla que la sujetaba y la arrojó al suelo. Madara pasó con dificultad por la abertura lograda, miró en torno a la habitacion con cautela y luego su rostro se iluminó con una casi imperceptible sonrisa. Todo lo que veía de la Conejita era una madeja de cabello Negro azulado que goteaba y unos hombros marfileños. En silencio, Madara se acercó a la bañera. ¡La expresión de Hinata cuando emergiera seria, verdaderamente, algo para recordar!

En ese momento Hinata salió para tomar aire y Madara rió a mandíbula batiente ante el espectáculo absurdo que veía. Los cabellos empapados caían lisos sobre la cara y los hombros, y flotaban alrededor como algas. Al oír las carcajadas, Hinata se irguió y se quitó el flequillo de los ojos. Miró a Madara, que se cernía sobre ella.

Mientras ella intentaba recuperar la palabra, él se divirtió examinando las curvas suaves que se veían a través del agua. "Muy hermoso", pensó, admirando el ángulo impúdico de los enormes pechos y la grande redondez de las caderas. "Muy hermoso." Comenzaba a esbozar una casi sonrisa cuando Hinata le arrojó a la cabeza la pastilla de jabón, al tiempo que lanzaba un gritito ahogado de furor. Madara retrocedió, incrédulo, y llevó la mano al sitio lastimado. A su vez el carácter de Madara, que nunca había sido plácido, comenzó a bullir. "¡Si esta zorrita quiere jugar rudo, me aseguraré de que lo consiga!" —¡S-salga!— gritó Hinata, recuperando al fin la voz.

Mientras Madara recuperaba el equilibrio, Hinata trató de saltar fuera de la bañera, aferrando con desesperación la manta para cubrirse, pero el Uchiha la atrapó en mitad del salto, rodeando con las manos la piel resbaladiza de la cintura. Por más que se retorció y se revolvió, Hinata no logró liberarse y el Uchiha volvió a arrojarla otra vez al agua.

—¿Por qué? Después de todo, este es mi habitación —dijo Madara, marcando las palabras, aferrándola con firmeza de los hombros.

La expresión acerada de los ojos del hombre le advirtió que pisaba terreno peligroso, pero Hinata estaba demasiado asustada para hacer caso de la advertencia, el solo pensar que ese mal hombre la violaría de nuevo la hizo querer luchar con uñas y dientes.

—¡E-estoy b-bañándome! —chilló al fin, cerrando los puños, mientras los ojos del hombre la recorrían con total impudicia.

—Ya veo.

El tono era aprobador y la mirada también. Quizá la llamita que brillaba en el fondo de esos ojos debería haberla calmado, pero Hinata siguió luchando contra el Ninja.

—¡S-salga de aquí, O-onegai!

Como el Uchiha permaneció como un enorme objeto inmóvil, Hinata comenzó a patear y a golpear el agua con los puños, como un gato dentro del agua. Cuando el agua jabonosa le salpicó la ropa sucia, Madara cerró la boca con fuerza. Se colocó detrás de Hinata a tal velocidad que la joven no tuvo tiempo de prepararse para lo que sucedió.

—Cuando te interrumpí con tan poca consideración, creo que estabas enjuagándote la cabeza —dijo, en tono muy suave—. Déjame ayudarte.

Hinata sintió que una mano la empujaba por la coronilla y apenas tuvo tiempo de aspirar una bocanada de aire antes de que la metiese a la fuerza en el agua. Se debatió y se retorció, agitando las manos con frenesí hacia la superficie, pero Madara la sujetó hasta que ella sintió que le estallarían los pulmones. Por fin la soltó, separando la mano, y Hinata emergió aspirando con avidez grandes bocanadas de aire.

—¡O-onegai! —jadeó Hinata cuando pudo hablar—. ¿A-acaso no le basta con haberme v-violado? ¿O s-siempre ahoga después a sus víctimas?

—No, a todas no —dijo el Uchiha, sentándose en el borde de la bañera y jugando distraído con los mechones de pelo empapado.

Hinata le lanzo una mirada temerosa, pero el hombre le devolvió una sonrisa burlona.

—Sólo a las chiquillas descaradas que necesitan que se les demuestre quién es el amo, esta es mi habitación y dentro cuando quiera.

—¡Amo! —hablo con asombro Hinata, recuperándose ante esa afirmación—.

Madara entrecerró los ojos hasta que no quedaron más que dos ranuras resplandecientes en el rostro oscuro.

—Me convertí en tu amo en el momento en que te convertí en mi prisionera. Si todavía no lo has entendido, significa que fui demasiado blando contigo. Y me propongo remediarlo ya mismo.

Apoyó nuevamente la mano en la cabeza de Hinata, que no tuvo siquiera tiempo de tomar aire y la obligó a hundirse en el agua. Hinata se deslizó y resbaló en el fondo de la bañera como un anguila, y por fin logró librarse. Mientras aspiraba aire para sus pulmones hambrientos, Madara la agarró otra vez. Hinata le atrapó una de las manos entre las propias y le hincó los dientes hasta que llegaron al hueso,

—¡Perra! —aulló Madara, apartando la mano. Esa fue la oportunidad que Hinata esperaba. Saltó hacia arriba y rápidamente adopto la pose de pelea característica de su clan e inserto un golpe en el hombro derecho de Madara. Al instante que empleó el hombre en recuperarse del golpe, le bastó a Hinata para aferrar la manta e intentar salir corriendo por la puerta. ¡Pero aunque el picaporte cedió con facilidad, la maldita puerta no se abrió! Tiró con desesperación: ¡tenía que abrirse!

—Está cerrada con llave —gruñó Madara en tono amenazador, desde el otro extremo de la habitación.

Hinata giró y vio que Madara avanzaba hacia ella con el rostro tenso de furia. Se había envuelto la mano en el paño de lavar, pero de todos modos la sangre comenzaba a manar. Hinata tuvo una fugaz sensación de pánico.

—Hinata se prepara para luchar, sabia que no le podría ganar pero intentaría cualquier cosa con tal de alejar a Madara Uchiha de su persona.

Madara se acercó lentamente hacia ella, prometiendo con la mirada una respuesta dolorosa, pero Hinata estaba demasiado asustada para notarlo o para que le importase. ¡Por fin estaba decidida a dar pelea! la pequeña Hyuga se lanzó con tal rapidez que Madara no tuvo tiempo de esquivarla. Le dio de lleno en el hombro, haciéndolo retroceder. Hinata deseo poder utilizar su chakra para causar daño en el cuerpo del pelinegro.

— Ya fue demasiado, pequeña arpía! —rugió Madara, abalanzándose hacia ella.

Los brazos del hombre se cerraron en torno de Hinata y la apretaron con fuerza, como una boa constrictora, dificultándole la respiración. Hinata lo pateó y lo arañó, pero lo único que logró fue lastimarse los pies descalzos contra las piernas duras del hombre. Las uñas tuvieron más éxito, pues le arañaron un lado de la cara hasta que Madara tuvo que apartar la cabeza. La muchacha se debatió con fuerza, pidiendo que la soltara mientras el hombre la arrastraba y en parte la cargaba a través del cuarto. Madara no pareció impresionado por la fuerza de la pequeña, después de todo era una Ninja. Hinata gritó con toda la fuerza de sus pulmones al tiempo que Madara le arrancaba la manta de un tirón, dejándola totalmente desnuda y en sus brazos. Trató de atacarlo, pero el hombre le dio vuelta sin esfuerzo, dejando el ataque sin efecto. Antes de que Hinata tuviese plena conciencia de lo que pasaba, el hombre se había sentado en una de las sillas de madera, con ella tendida boca abajo sobre sus rodillas, retorciéndose con fuerza, el largo cabello húmedo cayendo por el suelo y el trasero al aire meneándose, sin dignidad alguna.

—Creo que ya es hora de que aprendas ciertos modales, Hime —dijo Madara entre dientes, dando una fuerte palmada sobre el trasero estremecido.

Hinata contuvo el aliento cuando la mano del hombre dio en el blanco con toda la fuerza de un latigazo y gritó cuando él la golpeó una y otra vez. En pocos instantes, quedó reducida a un cuerpo que sollozaba e hipaba.

—¡D-déjeme ir! —logró decir entre sollozos, pero la mano bajó otra vez, despiadada, sobre las nalgas y le negó incluso esa pequeña porción de dignidad.

—Desde ahora, harás exactamente lo que te diga, ¿De acuerdo? —le preguntó Madara, severo, amenazándola con la mano sobre la carne tierna.

Hinata no dijo nada y la mano cayó como un resonante palmetazo sobre el trasero.

—¿De acuerdo? —repitió.

—¡De acuerdo! —gritó Hinata, temblorosa.

¿Porque le estaba pasando esto? ¿Qué había hecho tan malo, para soportar semejante humillación? Siempre había sido buena, noble y considerada con las demás personas. No era justo lo que estaba viviendo.

En lo único que podía pensar en estos momentos para aguantar el dolor era en Konoha, su amada hermanita, su padre, amigos y compañeros. ¿La estarían buscando?

—¿Quién es el amo? —prosiguió Madara, sacándola de sus pensamientos.

Hinata vaciló: no podía darle esa satisfacción. Madara le dio una nueva palmada, más fuerte que las anteriores, y Hinata gritó de dolor y humillación.

—Estoy esperando —dijo el Uchiha, amenazador.

—¡OH, U-USTED...!

Sollozando, Hinata le lanzó la aceptación y se preparó, segura de que volvería a golpearla pero para su sorpresa la dejó ir, arrojándola con desprecio del regazo al tiempo que se ponía de pie.

—No lo olvides —refunfuñó.

Giró para contemplar el desastre en el habitación. Había un charco de agua alrededor de la bañera medio Vacía y el jabón estaba debajo de la mesa. La manta estaba húmeda, tirada en un montón colorido. Hinata se acurrucó en el suelo, donde él la había arrojado, y se rodeó el cuerpo con los brazos para defenderse del escrutinio del hombre. Madara le sonrió, amenazador, ante el espectáculo deprimente. ¡Por Dios, que ya era tiempo de que la zorrita se diese por vencida!

—¡Levántate! —le gritó. Hinata lo miró con terror.

—¡N-no! —respondió, también gritando.

—¡He dicho que te levantes! —vociferó Madara, en una voz que restalló como un latigazo.

Hinata lo miró de soslayo, pero lo que vio en el semblante del Uchiha la hizo estremecer: parecía deseoso de estrangularla.

—No puedo. No... no estoy v-vestida —murmuró, sin atreverse a contradecirlo abiertamente.

—Si no haces ya mismo lo que te indiqué, haré que lo lamentes mucho, te lo aseguro.

La voz de Madara era engañosamente suave, pero Hinata vio que un músculo en la comisura de la boca se contraía peligrosamente. Cuando lo miró, Madara dio un paso hacia ella y se apresuró a ponerse de pie, tambaleante. ¡malvado hombre! Los dos sabían que la joven no tenía más alternativa que someterse, por el momento. "¡Pero después", se prometió, "pagará por cada humillación que me hace sufrir!" Hinata era buena pero todas las personas tienen un limite, y ese hombre lo había sobrepasado.

Temblorosa, se puso de pie, mientras los ojos del hombre la examinaban, despojándola de los últimos retazos de respeto por sí misma. Las mejillas de Hinata se pusieron rojas como tomates maduros e intentó cubrirse el cuerpo con el cabello, que le llegaba a las caderas, pero los mechones húmedos no eran muy apropiados para ese fin. "Esta es otra forma de violación", pensó, viendo que los ojos de Madara la contemplaban con detenimiento. El orgullo innato la hizo alzar la barbilla y plegar con firmeza la boca. Se negó a darle la satisfacción de verla encogerse, pero fue inútil la intensa mirada del Uchiha sobre ella la hacia estremecer.

Madara se tomó su tiempo, dejando que sus ojos acariciaran los encantadores pechos estremecidos, los largos muslos de marfil y el atrayente triángulo de su intimidad. Casi a desgana, percibió una oleada de calor y tensión en la entrepierna. Tenía que admitir que la pequeña coneja era muy bella. Debería tener cuidado, pues de lo contrario pronto lo dominaría. A esta altura, ya lo volvía más loco que cualquier hembra que hubiese conocido jamás, lo que era mala señal.

¿No decían que un hombre debía de tener cuidado con lo que deseaba, pues podía conseguirlo? Bueno, Madara deseó tomar a esa pequeña niña desde el instante en que la vio en la guerra, ayudando al estúpido Ninja contenedor del Kyubi, la deseo para el, cada día que paso en la prisión de Konoha fue una tortura, deseaba a esa pequeña coneja mas de lo que podía imaginar y al escapar de la villa vio la oportunidad perfecta para tomarla prisionera y hacer con ella lo que se le antojase. Lo había logrado y no resultaba como había esperado que fuese, pues la muchacha era demasiado suave, encantadora, muy femenina pese a ser una guerrera. Ya comenzaba a corroerlo un sentimiento de culpa poco familiar cuando veía los magullones que se oscurecían sobre esa carne blanca. Ahogó un juramento, se apartó con brusquedad de la pequeña, fue a zancadas hacia la puerta y la abrió de par en par.

—¡Sasori! —vociferó.

Mirando a Hinata por encima del hombro, le ordenó:

—¡Cúbrete!

Hinata levantó la manta húmeda del suelo y se envolvió en ella hasta que pudo encontrar la ropa para vestirse. Melancólico, Madara la observó cruzar el cuarto y, sin quitarle los ojos de encima, vio cómo de espaldas a él Hinata se ponía la tenue prenda azul. Si ella lo hubiese mirado, lo habría visto crisparse ante las marcas lívidas que surcaban la carne suave de las nalgas y de la parte trasera de los muslos.

Cuando Sasori llegó corriendo a la puerta del cuarto, Hinata ya estaba decentemente cubierta, de pie junto a la cama, pues tenía el trasero demasiado dolorido para sentarse. Sasori le echó un vistazo fugaz y abrió los ojos, sorprendido, al notar que tenía rastros de lágrimas en las mejillas y se apresuró a volver la atención hacia al Uchiha.

—¿Madara?

—Manda a Hidan y a Deidara a vigilar los alrededores. esta noche me quedare.

—¡Hmn!

Sasori fue con presteza a cumplir la orden, sabiendo que no era prudente meterse con Madara cuando tenía esa expresión. Cuando estaba exasperado, el Uchiha tenía un carácter endemoniado. Sasori lamentó que Hinata fuese tan tonta como para irritarlo. Pero, a juzgar por las apariencias, nadie podía hacer nada para ahorrarle las consecuencias de sus propios actos.

Hinata se secó el pelo con la toalla mientras, Madara mantuvo silencio. Hinata casi deseó que la regañase y le gritara, pues ese silencio era mucho más enervante que todo lo que le había hecho. "Sin duda lo sabe muy bien", se dijo, viendo con el rabillo del ojo cómo se desvestía.

La imagen del cuerpo desnudo del hombre era impactante. El cabello negro que le llegaba a la cintura, músculos que resaltaban bajo la piel como los de un gato salvaje. El pecho estaba cubierto por puro musculo. La llama vacilante de la vela arrojaba sombras al rostro, tornándolo más siniestro, casi endemoniado. Tenía una apariencia casi fuera de lo natural por lo masculina y fuerte. Hinata se estremeció y se ruborizó cuando la mirada de Madara giró en dirección a ella y le dirigió un saludo burlón. Mortificada por haberse dejado sorprender contemplándolo, se apresuró a volverse.

—Lávame la espalda.

El tono severo la hizo salir del ensueño y, al girar, vio a Madara metido en la bañera, con un aspecto algo ridículo con el agua hasta la cintura. Si Hinata no se hubiese sentido tan cansada, tan dolorida y profundamente humillada, habría sonreído al ver ese corpachón metido en la delicada bañera de porcelana. En cambio, apenas podía contener las lágrimas.

—He dicho que me laves la espalda. Esta vez, la orden fue casi un gruñido. Hinata lo miró, incrédula: ¡no hablaría en serio...! En realidad, no esperaría que...

—¡Maldición! —rugió Madara y Hinata se sobresaltó.

—S-sí, a-amo —respondió con tono amargo, acercándose al hombre que aguardaba.

Sin hablar, Madara le entregó el jabón; Hinata se situó detrás de él, mordiéndose el labio. "¡Qué no daría por poder usar su puño suave!", pensó, contemplando la espalda ancha del hombre. De súbito, los músculos del cuello de Madara se tensaron como si esperase un ataque y a Hinata le temblaron los labios. Para colmo, ese sujeto debía de leer la mente. Pero Madara no tenía que preocuparse de ningún peligro inminente: Hinata estaría más tentada si el trasero dolorido no le recordara las consecuencias de una violencia parecida.

—¿Qué esperas? —le espetó Madara, por encima del hombro. Hinata se subió las mangas de la bata y se inclinó para cumplir la tarea. Cuando empezó a pasar el jabón por los duros contornos, los hombros de Madara se estremecieron, pero ese fue todo el movimiento que hizo mientras ella se apresuraba a frotarle la espalda. Sentía la piel de Madara suave bajo las yemas de los dedos y la veía resplandecer. Apretando los dientes, Hinata terminó el trabajo con eficaz diligencia y suspiró aliviada al enderezarse.

—¿D-desea algo más, amo? —dijo Hinata, sin poder contenerse.

Saltó casi en el aire cuando la mano de Madara voló y le aferró la muñeca.

—Si estás tan ansiosa, bien puedes lavarme todo. Otra vez un músculo se contraía al costado de la boca del hombre. Tiró de ella, colocándola a la vista y Hinata se resistió, horrorizada por el embrollo en que la había metido su propia lengua. ¡No esperaría que ella lavase todo su cuerpo!... ¡Esa sería la humillación definitiva!

—¡N-no lo haré! —murmuró Hinata pero dio un respingo al sentir que la mano del hombre se cerraba como una esposa sobre su muñeca.

—Harás lo que yo te diga, chiquilla. Vamos. Se echó atrás para que Hinata pudiese llegar a su pecho y le soltó la muñeca. La muchacha hizo un movimiento fugaz, como si fuese a escabullirse; Madara le lanzó una mirada de advertencia.

—Si me haces salir de la bañera para ir a buscarte, lo lamentarás. El tono inexpresivo lo hizo más convincente aún. Hinata no tenía más remedio que obedecerle, ambos lo sabían. Seria mejor hacerlo y terminar de una vez.

Temblorosa y ruborizada, Hinata se inclinó sobre la bañera, humedeció el jabón y empezó a pasarlo con movimientos lentos por el pecho de Madara. Bajo la mano de Hinata el vello del cuerpo de él se rizaba. De pronto, Hinata sintió el anhelo casi irresistible de dejar caer el jabón y acariciar con las manos su musculatura. Horrorizada consigo misma, hizo exactamente lo contrario: puso de por medio el jabón y procuró tocarlo lo menos posible. Comprendió que Madara se daba cuenta, aunque no dijo nada y permaneció con los ojos cerrados, relajado, mientras ella trabajaba. Terminó con el pecho, enjuagó echándole agua y se irguió. Madara abrió un ojo y la miró.

—Termina lo que empezaste.

Sin quererlo, Hinata echó una mirada al cuerpo largo, perfectamente visible bajo el agua y sus mejillas enrojecieron al instante ¡ya tenía una erección! ¡No podría hacerlo, sencillamente, no podría!

—¡Yo... yo no p-puedo! —murmuró, desesperada, al ver que los ojos del hombre comenzaban a entrecerrarse, enfadados.

—¿No puedes? —repitió él con lentitud, como si sopesara la negativa.

—N-no me o-obligue por favor —murmuró ella en tono humilde y aunque se despreció por tartamudear, no pudo evitarlo.

Madara la contempló largo rato: Hinata temblaba y sus bellos ojos perlados estaban arrasados de lágrimas. De golpe, Madara recordó a la única mujer que había amado. Los ojos de Hinata tenían la misma expresión de ruego herido que los de Mito el día que decidió enfrentarse a Hashirama Senju .

—Vete a la cama —dijo con brusquedad, sorprendido de sí mismo y se enderezó para terminar el baño con una mueca lúgubre.

Hinata obedeció, acurrucándose bajo las mantas, del lado de la pared. Se sentía demasiado desdichada hasta para alcanzar el candelabro, que seguía debajo del colchón. ¿Para qué?

Sólo lograría que ese hombre se lo quitase y la castigara por el intento. Las lágrimas se deslizaron por las mejillas de Hinata y mojaron la almohada. Hasta entonces había estado rodeada de personas que la querían y a las que importaba su bienestar. ¡Para este sujeto, en cambio, sólo era un objeto para usar a su antojo como... como una taza de noche! Hinata ahogó un sollozo. ¿Por qué tenía que ocurrirle algo así? ¿Qué había hecho para merecer semejante destino?

Cuando él apagó la vela, se puso tensa y se acurrucó lo más cerca posible de la pared. Madara se deslizó en la cama, a su lado; ella se crispó al sentir la dura desnudez que se acomodaba sobre el colchón. La mano de Madara la tocó y Hinata lanzó un breve gemido de angustia. ¡No pretendería forzarla otra vez a realizar ese acto sucio! ¿Acaso los hombres podían hacerlo más de una vez por día? No lo sabía. Hasta el momento, nunca había tenido nada que ver con la parte oscura de un hombre.

Madara le pasó la mano por la cintura y la acercó a su propio cuerpo duro. Hinata intentó soltarse, pero en vano. Sin dificultad, él la adosó a su costado. Sin fuerzas, la muchacha se debatió al sentir que las manos de Madara la exploraban, la acariciaban.

—¡Yo... no podemos! —protestó al fin, en un gemido bajo—. ¡Dos veces en el mismo día, no!

Apenas percibió que la boca dura de Madara se curvaba en una sonrisa.

—Y más también, pequeña inocente, si quieres conocer mi opinión—dijo el Uchiha en el oído de Hinata, mientras posaba los labios sobre la piel tersa del cuello y la acariciaba con la lengua, haciéndola estremecerse.

Hinata ya sabía qué pretendía y no estaba segura de poder soportarlo, pero no tenía alternativa. Era la prisionera de ese individuo y él podría violarla hasta que muriera, si se le antojaba. No había manera de impedírselo.

Ante semejante idea, las lágrimas se renovaron y se apartó un poco, pero Madara la atrapó por los muslos y la acercó otra vez a sí. Cuando la mano del hombre se cerró sobre la carne blanda, Hinata gimió, lastimera.

—¡Maldición! —murmuró Madara, apartándola.

Un instante después, Madara estaba de pie junto a la y encendía la vela.

Con expresión asombrada, Hinata lo vio acercarse de nuevo a ella. ¿Acaso estaba enfadado por su resistencia? ¡No pretendería que se derritiera en sus brazos!

—Date la vuelta —le ordenó el Uchiha, con aspereza. De pronto a Hinata se le secó la boca: la golpearía otra vez.

¡Oh, por Dios, no! Estaba hinchada de los golpes anteriores y esta vez sería peor.

—Por... por favor, no me golpee —murmuró, con voz quebrada, sin hacer ni un gesto para obedecerle.

Madara contuvo el aliento al ver que las lágrimas corrían por las mejillas de la muchacha.

—No te lastimaré —le prometió, haciéndola girar, pese a que Hinata se esforzaba por resistir.

Hinata se estremeció al sentir que le levantaba la bata, pero permaneció tendida, sumisa, mientras él la observaba. Era demasiado fuerte para luchar contra él, mucho más fuerte que ella, que además estaba demasiado fatigada y con un collar en su cuello que absorbe su chakra. No tenía otra alternativa que soportar lo que quisiera hacerle. ¡No podía ser peor de lo que ya le había hecho!

Madara contempló las curvas suaves que él mismo había lastimado y se despreció. ¡Fuera lo que fuese lo que Hinata hubiese hecho para provocarlo, no merecía eso! La carne marfileña del trasero y de la parte superior de los muslos estaba caliente y enrojecida, sembrada de marcas amarillentas que se oscurecían rápidamente. ¡Debía de hacerle mucho daño! Se volvió con brusquedad y rebuscó en el baúl; en pocos instantes, cuando se levantó, tenia un equipo de primeros auxilios en la mano. Al sentarse en la cama, junto a ella, se sintió el peor canalla de la tierra. La joven no se movió ni gimió mientras él le untaba una ungüento curativo por la carne inflamada.

Los largos dedos de Madara la masajearon para que la crema penetrara en la piel y Hinata trató de no crisparse ante la intimidad del contacto. "El contacto de esas manos es peor que el dolor", pensó, sombría.

—¿Te sientes mejor ahora? —preguntó Madara con suavidad, unos minutos después.

—Hmn—

—Se te forman hematomas con facilidad —prosiguió Madara, con tono acusador, como si de algún modo, ella tuviese la culpa de los magullones. Hinata no respondió. Un instante después, Madara dijo con brusquedad—: Tal vez creas que si te enfurruñas lo suficiente, yo te pediré perdón.

¡Perdón! Hinata reprimió un loco deseo de reír. ¡En verdad él suponía que unas palabritas arreglarían todo. "Algo es algo", pensó la joven. "Seria el primer gesto de humildad de esa cabeza oscura."

—N-no se preocupe: sé que no p-puedo esperar nada de su persona—logró decir con tono amargo y se estremeció al oír el ruido brusco de la mandíbula de Madara al cerrarse.

Madara la vio temblar y se maldijo. "¡Dios sabe que no quise herirla!", pensó. "Esta muchacha es capaz de agotar la paciencia de un santo, más aún de un Uno irritable como yo. De todos modos, ¿cómo podía saber que se le formaban hematomas con tanta facilidad?" Sopló la vela, volvió a la cama, se tendió de espaldas y no intentó tocarla otra vez.

—Está bien, lo siento —pronunció al fin, después de largo silencio.

Esa afirmación inesperada sorprendió a Hinata: en realidad el gran Madara Uchiha, criminal Rango S le pedía perdón?, no esperaba que se disculpara. ¿Habría algún modo de sacar ventaja del remordimiento del Uchiha? Quizá, si fingía que lo perdonaba...

—¿Perdón? —preguntó Hinata, con cautela.

—¡Maldición, he dicho que lo siento!

Lo dijo entre dientes y Hinata casi sonrió. Era evidente que le resultaba difícil la disculpa. Si era capaz de arrancarle una disculpa, sólo era cuestión de tiempo lograr lo que quería. Aunque eso no sería suficiente para Hinata. ¡Sólo se satisfaría cuando lo viese de nuevo en la cárcel de Konoha!

—Sabes que te merecías todo lo que lograste —le dijo Madara, como si tuviese necesidad de justificarse.

—¿Q-qué? —dijo Hinata, casi sin aliento, olvidando que había pensado en perdonar—. ¿C-cómo p-puede decir algo así? ¡Por cierto, no merecía que me v...!

—No fue violación y lo sabes tan bien como yo —dijo Madara, en tono áspero, apoyándose en un codo para verle la expresión.

—¡Que no fue violación...! Dijo Hinata con un gran sonrojo en sus mejillas.

—Tú también lo deseabas, si la dama lo desea no se considera violación.

—¡Que yo lo d-deseaba...! ¡U-usted me forzó! ¡No tuve a-alternativa!

—Admito que, si hubiese sido necesario, te habría forzado. En realidad no lo hice. Desde la primera vez que te besé, en el bosque, supe que eras mía si quería tomarte. Dulzura, eres una mujer muy apasionada... ¡o lo serás cuando hayas aprendido un poco más de todo esto!

—¡Nooooo! —vociferó Hinata, sentándose como un resorte, como si las palabras del pelinegro la hubiesen herido en lo vivo—. ¡O-odié cada caricia! ¡lo odio a -usted! ¡Me u-ultrajo y ahora pretende a-aliviar su c-conciencia afirmando que yo lo deseaba!

Hinata rápidamente tapo su boca con sus manos ahogando un sollozo.

—¿No fue así? —murmuró Madara, en tono provocador.

—¡N-no! —exclamó Hinata.

—¿Tengo que demostrártelo? —preguntó él suavemente, al tiempo que le rodeaba la cintura con un brazo para atraerla otra vez hacia la cama.

—Pero... usted ... no puede. ¡Me ha pedido disculpas! ¿Cómo es posible que quiera lo mismo, si lamenta haberlo hecho la primera vez?

—No me has entendido, conejita. Me disculpé por darte una paliza, aunque bien la merecías por revelarte he intentar golpearme. Jamás dije que lamentara haber tomado lo que te morías de ganas de entregarme.

—¡D-déjame en paz, m-mentiroso! —vociferó Hinata— . ¡suélteme por favor!

El tono de Hinata se hizo más agudo cuando Madara la arrastró hacia él.

—No te asustes, dulce. Te advertí que la próxima vez será mejor. Si te relajas y me dejas a mí... no te dolerá en absoluto... La voz de Madara se perdió mientras hundía la boca en el suave valle entre los grandes pechos de Hinata, con aroma a lilas.

—J-jamás lo dejaré h-hacer nada! —declaró Hinata en un susurro estrangulado, tirándole con fuerza del largo cabello negro—. ¡Lo q-que quiera de mí, tendrá que t-tomarlo por la fuerza! ¡Me v-violara una y otra vez v aun así no c-cederé!

—No lo creo, pequeña. A menos que pienses hacerlo muy pronto.

Lo murmuró con la boca apoyada en la curva del pecho, mientras estiraba los brazos para sujetarle las manos. Hinata se retorció y se debatió, mientras Madara succionaba primero uno de los pezones erguidos, luego el otro. La joven sintió que recorrían su cuerpo extraños temblores al contacto de esa boca dura, pero luchó contra la tentación de someterse. En esta ocasión, sabía cuáles eran las intenciones del hombre. Había sufrido la cuchillada de dolor que fue como si la partiesen en dos. "¡Oh, Dios, no puedo soportar eso otra vez, no puedo...!"

Madara estaba tendido de costado, cara a cara con ella, cuidando de que Hinata no tuviese que acostarse sobre la zona lastimada, y la tenía apretada contra su propio cuerpo musculoso. Con la otra mano le quitó la bata y, cuando quedó desnuda como él, le atrapó la pierna y la levantó hasta ponerla en torno de su cintura. Hinata se debatió frenética, horrorizada por esa nueva indignidad, pero fue inútil. Quería gritar a todo pulmón, rogar que le evitase esta nueva tortura, pero la boca de Madara ahogó los gritos y las súplicas, sofocándola. Sintió la dureza del hombre entre las piernas y se puso tensa, esperando el dolor que sobrevendría. Para su gran sorpresa, sólo sintió una dulce y caliente plenitud cuando Madara la penetró. La extraña sensación la hizo jadear, pero no de dolor: era buena...

—Te había dicho que esta vez seria mejor —murmuró con picardía en el oído de la muchacha.

Hinata anheló que la familiar oleada de rabia le corriese por las venas; lo que sintió fue una flojedad, como si se fundiera, mientras él se movía con delicadeza en su interior. El asombroso placer la hizo gemir y los brazos, por propia voluntad, rodearon el cuello del hombre. —jAhhh, Hinata! —oyó que gemía Madara a través de la niebla en que flotaba, aunque estaba demasiado atrapada en su propia reacción para pensar en ello.

Los embates de Madara la transportaban a un remolino de vértigo y estaba demasiado débil para luchar contra ellos. Lo único que quería era estar cada vez más cerca de ese cuerpo duro y cálido. Comenzó a moverse hacia él, retorciéndose con cierta torpeza y, a la vez, seducción. Entre gemidos, Madara la embistió con más fuerza y rapidez y Hinata se aferró a él como si no quisiera soltarlo nunca. Luego, con una última embestida profunda, todo acabó. Contra sus deseos, Hinata volvió a la realidad y lo vio echado a su lado, una mano sobre uno de sus pechos y el aliento agitado en su oído. A modo de prueba, movió una pierna sobre la de Madara: ¡no podía ser que todo hubiese terminado! ¡Se sintió al borde de algo... de algo maravilloso! ¿Qué había sucedido?

Acababa de terminar el pensamiento cuando los brazos de Madara la rodearon atrayéndola hacia sí, acurrucada contra ese cuerpo cálido. La cabeza de Hinata anidó en el brazo del hombre.

—Duérmete, zorrita —le murmuró, depositando un beso suave sobre la melena revuelta. Hinata creyó ver el brillo de los dientes cuando Madara añadió con suavidad—: ...Mientras tengas oportunidad.

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Que les pareció?

perdón por la tardanza, pero no había podido actualizar por falta de compu :(

Este capítulo es bastante largo espero haya recompensado todo el tiempo que estuve sin actualizar la historia...

¿Creen que el carácter de Madara esta bien? o esta fuera de su carácter original?