Capítulo beteado por Manue Peralta.
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Aniversario
BPov
Me desperté y estaba en brazos de mi Adonis, mi dios griego, mi Edward. Hoy era un día muy especial para ambos, hoy trece de agosto cumplíamos cinco felices años de casados.
Lo observé dormir por un rato. Él es tan hermoso y varonil, tiene mandíbula cuadrada, labios carnosos de color rojo, nariz perfilada, cejas pobladas, unas bellas esmeraldas por ojos. Le daba las gracias a Dios que mi pequeña los haya heredado. Tracé cada una de ellas sin llegar a tocar su piel, no quería que despertara aún. Pero si quería disfrutar aunque sea de un rapidito, debía levantarme, además de que quería prepárale un rico desayuno.
Me levanté con mucho cuidado, moviendo, con un poco de esfuerzo, su torneado brazo. Salí de la habitación cubierta por el albornoz de seda color canela a juego con el camisón. Llegué a la cocina y empecé a preparar el desayuno: tostadas francesas con mermelada de fresa, huevos con beicon y tocino, zumo de naranja, café para ambos y una pequeña torre de hot-cakes.
Subí a paso lento hacia la habitación, siempre he sido caracterizada por mi torpeza, así que no quería que se cayera nada y que el ruido despertara a mi princesa, puesto que todos mis planes se irían a la basura. Me asomé por la puerta de la habitación de mi nena y ésta seguía plácidamente dormida, por lo que continué mi camino.
Al entrar a la habitación, no vi a Edward en la cama dónde lo había dejado, en cambio se escuchaba el agua correr en la regadera. Dejé la bandeja con las cosas en la mesita de noche, salí a pasos silenciosos de nuevo al pasillo, cerré con sumo cuidado de que no sonara la puerta de la habitación de mi princesa y volví a la habitación. En lo que cerraba la puerta tras de mí, Edward venía saliendo del cuarto de baño cubierto solo por una toalla enredada en sus caderas y con otra se secaba el cabello. ¿Por qué se tenía que ver tan malditamente sexy?
En cuanto que me vio, sonrió pícaramente, con esa sonrisa torcida baja bragas que hacía que las mías se mojaran al instante, como era el caso en estos momentos, ya estaba más que húmeda. Estaba excitada y preparada para sentirlo dentro de mí.
Se acercó como un felino que acorrala a su presa, con paso decidido, llegó frente a mí y me dio un gran beso. Nuestros labios siempre encajaban como dos piezas de un puzzle, su lengua se abrió paso en mi boca de forma salvaje; era la forma que me volvía completamente loca. Comenzó a recorrer cada milímetro de mi boca, mi lengua acarició la suya. Sentí sus fuertes manos en mi trasero, instándome a rodearlo con mis piernas, por lo que con un pequeño salto tenía sus caderas entre ellas, mientras que él me sostenía por el trasero.
Me restregué contra su enorme erección logrando que me humedeciera más. Se separó un poco para dejarme recuperar el aire en mis pulmones, que ya me lo pedían a gritos, comenzó a besar mi cuello, a trompicones nos llevó hasta la cama, se dejó caer encima de mí. Le iba a decir sobre el desayuno, pero la idea murió al sentir cómo rompía de forma brusca la bata y luego le seguía el camisón. Pegué un gritito de protesta, el cual sus labios silenciaron de inmediato. Se separó de mi boca, recorrió mi cuello dejando besos húmedos, llegó hasta mis senos, los lamió, chupó, mordisqueó, los degustó como si fueran el más rico manjar que hubiera probado en toda su vida.
—Ese me gustaba —reproché cuando encontré mi voz. Escuché su melodiosa risa. Había escogido anoche ese camisón por ser muy sexy y sensual, era transparente y llegaba hasta la punta de mi trasero, mis braguitas eran de encaje tipo tanga.
—A mí también, te compraré toda la puta tienda —dijo al momento de romper mis bragas.
—Edward —chillé, pero no me dio tiempo a decir nada más, sentí su húmeda lengua en mi intimidad. Me mordí el labio inferior para callar el grito de placer que tenía atorado en la garganta. Lo sentí lamer y lamer, mordisquear mi clítoris, acariciar con sus aventureros dedos mis pliegues, mi centro, hasta que de repente… tenía a dos de ellos dentro de mí—. Humm —gemí.
Dios… ¿qué tenía ese hombre que me volvía loca con tan solo una caricia? Empezó a bombardearme rápido con sus dedos mientras que su boca chupaba mi clítoris. Me tapé la boca con una mano para callar mis gritos y fuertes gemidos, sino mi labio comenzaría a sangrar de un momento a otro por la fuerte presión que estaba ejerciendo en él. El remolino en mi vientre cada vez se hacía más intenso, estaba por llegar.
—Estoy cerca, amor —susurré gimiendo.
—Déjate venir, princesa, córrete para mí. —Sus palabras fueron el detonante de mi orgasmo. Me mordí fuertemente la mano para no gritar.
Edward lamió todos mis jugos, se separó un poco de mí, subió hasta mí boca y me besó. Un beso profundo al cual pude probarme a mí misma, ya que tenía restos de mi orgasmo en sus labios. Como pude, logré meter mí mano en medio de nuestros cuerpos y tomé su miembro, él es grande y grueso.
Si no tuviéramos una relación desde hace casi seis años, llegaría a pensar que él no cabría dentro de mí, ya que su cuerpo es grande y fuerte, y en cambio el mío es pequeño y delgado. Pero ese trozo de carne era mi perdición, gracias a él, tenía a mi lado lo más importante de mi vida, mi princesa, mi pequeña Elizabeth.
No sabía en qué momento se le había caído la toalla o él se la había quitado. Toqué con mis dedos la punta que estaba húmeda por el líquido pre-seminal y lo extendí con mi mano por toda su longitud; lo sentía caliente, duro, pero tan suave a la vez. Lo acaricié de arriba hacia abajo, al llegar de nuevo a la punta lo apreté un poco. Edward gimió quedito contra mis labios, hasta que de repente su gran mano detuvo mi tarea, la tomó y la colocó encima de mi cabeza junto con la otra sin dejar de besarme y me penetró sin previo aviso.
—Oh Dios. —Medio gemí, medio grité sobre sus labios.
De un segundo a otro, lo tenía dentro de mí embistiendo a una velocidad considerable, fuerte y duro. Era muy rara la vez que lo hacíamos de esta manera, siempre era muy tierno y gentil, pero cuando se le salía lo cavernícola, me fascinaba. Rodeé su cintura con mis piernas, mis caderas salían a su encuentro. El hueso de su pelvis chocaba contra mi clítoris enviando electricidad por todo mi cuerpo, haciendo mucho más placentera la acción.
Volvió a besarme sin detener sus fuertes y profundas embestidas, su lengua recorrió toda mi boca, acariciaba la mía con ferocidad. Soltó una de sus manos, dejando las mías agarradas con una sola, su mano libre acarició mi mejilla, mi cuello, mis senos; pellizcó mi duro pezón, bajó por todo mi abdomen, acarició mi vientre, siguió bajando hasta acariciar mi clítoris por unos segundos. El remolino de mi vientre se intensificó, estaba por llegar a la cúspide del cielo. Su mano siguió bajando hasta llegar mi pantorrilla izquierda, la enrolló ahí. Con un rápido movimiento, él la tenía sobre su hombro.
—Edward. —Mi grito murió en su boca. De esta forma lo sentía más profundo, más salvaje, pero me gustaba.
—Mi Bella —gimió sobre mis labios—. Eres tan malditamente estrecha —dijo embistiendo. Sentía mis paredes estrecharse en torno a su miembro, mientras este palpitaba en mi interior—. Vente conmigo, nena.
—Edward —susurré entre dientes, mordiendo mi labio inferior y enterrando mis uñas en su espalda cuando alcancé mi tan anhelado orgasmo. Él calló el suyo mordiendo fuertemente mi cuello. Mierda, eso iba a dejar una marca y Lizzy se baña conmigo, además de ser muy posesiva. Sentí su cálido y espeso semen en mis entrañas—. Te amo —musité acariciando su suave y ancha espalda, su cabello revuelto y sus fuertes brazos.
—Yo también te amo —declaró en mi oído, para luego besar mi cuello—. Lamento eso —articuló besando la zona donde me había mordido—. No me pude contener.
—Ahora no sé qué le voy a decir a Lizzy —dije besando su mejilla. Escuché su risa melodiosa.
—No va a ser necesario decirle que fui yo, ella lo sabrá. Dile que tenía mucha hambre y el desayuno aún no estaba listo. Como te veías tan apetitosa luego de trabajar en él, pensé que serías comestible —expuso con una risita—. Y dile que eres mía.
—Idiota —regañé golpeándolo en el brazo. Sabía que no estaba hablando de esa clase de comida, además lo hacía para molestarla—. Edward. —Comencé, iba a felicitarlo por nuestro aniversario, aunque me extrañaba que él en ningún momento lo hiciera. Tal vez lo había hecho y no lo había escuchado, cuando hacía el amor con Edward tendía a no estar atenta de mí alrededor, solo de Lizzy… pero él se alejó de mí como si tuviera peste.
—Dios, se me hizo tarde y tengo que estar dentro de diez minutos en la agencia —exclamó entrando a pasos apresurados al armario.
Sentí que el corazón se me estrujaba de dolor. ¿Será que no se acuerda como el año pasado? "No, tonta, claro que se acuerda. Verás cómo llega a la hora de la cena con un lindo ramo de rosas", me reprendió una vocecita en mi cabeza. "Por supuesto que se acuerda, él lo prometió, él prometió que nunca más lo iba a olvidar", pensé muy segura. "Sólo se le hizo tarde".
Salió completamente vestido del armario.
—Te amo —declaró besando mis labios, solo un pequeño roce y luego besó mi frente—. Dile a mi princesa que la amo y que me disculpe por no haberme despedido de ella —dijo antes de desaparecer tras la puerta.
Suspiré un poco nostálgica. Escuché cómo se abría la puerta del garaje, salía el Volvo y luego cómo se cerraba. Debía levantarme, aunque no se me antojara, o cierta pequeña me encontraría desnuda y una cara de post coital.
Me levanté, recogí lo que quedaba de mi bata y camisón. Las toallas que había utilizado Edward las lancé al cesto de la ropa sucia. Lo que había sido mi ropa hace unos minutos atrás, lo lancé a la papelera. Me metí al cuarto de baño, donde me di una ducha rápida, salí hacia la habitación con una toalla amarrada bajo mis brazos y con otra me secaba el cabello. En la cómoda de madera busqué un conjunto de ropa interior color blanco. Un brasier tipo push up y unas braguitas tipo panty. Luego, me dirigí al armario donde busqué un short corto azul claro y un suéter blanco manga larga cuello tortuga.
En lo que estaba terminando de ponerme el suéter, sentí pequeños pasos en el pasillo y luego cómo la puerta era abierta muy lentamente. Ya había perdido la cuenta de cuantas veces le he dicho que toque la puerta antes de entrar, si la encontraba cerrada. Salí del armario y vi una cabellera castaño claro asomarse a la habitación. Mi niña es tan hermosa e inocente. Sonreí al ver ese par de esmeraldas observarme, eran tan iguales a los de Edward. Corrió a mi encuentro, la alcé en vilo en el mismo momento que ella saltaba a mis brazos, rodeó mi cuello con sus pequeños bracitos y mi cintura con sus pequeñas piernas.
—Feliz anivesadio, mami —susurró en mi oído. Solté unas risitas.
—Feliz aniversario, bebé —susurré besando sus mejillas.
Las dos habíamos quedado en el cumpleaños de Edward, hace un poco más de dos meses, que si ella se llegaba a recordar qué día era nuestro aniversario de bodas, lo celebraríamos junto a ella.
Caminé con mi niña en brazos hacia su habitación. La habitación de mi nena es toda de blanco con rosa: los muebles, la decoración de las paredes, las sábanas que visten su cama, ellas hacen juego con las cortinas de encaje de su ventana. La mini pasarela ocupa el fondo del lado izquierdo junto con un montón de perchas, cortesía de su loca tía Alice. A la derecha se encontraba el gran armario y el cuarto de baño, donde todo es del mismo color que la habitación. En medio de la habitación se encuentra su cama, con un hermoso dosel blanco con flores rosadas, enfrente de la cama está ubicada la peinadora y a su lado se encuentra la cómoda.
Le di un besito en la frente al momento que la dejaba sobre su cama para dirigirme al armario por una muda de ropa. Escogí un short de jean de color blanco y un suéter manga larga cuello en V de color rosado, unas zapatillas deportivas de color blanco con flores rosadas. Al salir, la encontré con su dedito en la boca mirando fijamente hacia la puerta del armario, me sonrió sin sacar el dedo de su boca. Sacudí la cabeza, Elizabeth es mucho más celosa y sobreprotectora que el mismo Edward, no le gusta perderme de vista. Ella y Edward siempre discuten por mí, como si yo fuera un objeto. Bueno…cuando Edward nos puede dedicar una tarde.
Según Lizzy yo le pertenezco a ella, por lo que Edward le contradice diciéndole que él me había conocido primero. Ella rebate que ella había estado dentro de mí, por lo que soy de ella y de nadie más. Yo lo que hago es reírme de sus rabietas y pucheros. Hasta que mi princesa se cansa de discutir, se levanta de su sitio, le saca la lengua a su padre para luego correr hasta donde yo me encuentre. Como ya sé cuál es su juego, la tomó en mis brazos. Lizzy hace tiempo que dejó mi pecho, de hecho ya no produzco leche. Pero cuando se queda sin opciones para defender su caso, succiona de mi pecho como si su vida dependiera de ello, dándole a entender que él ha perdido la pelea. Edward lo sabe, por lo que la pica hincándose o parándose frente a mí, dependiendo de cuál sea el caso, con la intención de tomar mí otro pecho. La primera vez que lo hizo lo miré mal, entrecerrándole los ojos. Elizabeth reacciona de una vez tapándolo con sus pequeñas manos, niega con la cabeza sin soltar mi pezón, lo aprieta con sus labios y dientes sin llegar hacerme daño. A ella no le gusta verme llorar. Le susurra: "mío". Edward le sonríe pícaramente y ya sé lo que está pensando: "Tuyo por ahora, pero más tarde es mío", así que lo empujo por el hombro, él me guiña un ojo confirmando mis sospechas.
—Mami —me llamó Lizzy, sacándome de mis pensamientos.
Sacudí la cabeza ligeramente, no me había dado cuenta que me había quedado parada mirándola fijamente. Llegué a su lado, le quité su pijama de color amarillo de "la Bella y la Bestia" y luego la vestí. Fui hasta su peinadora por su cepillo y dos colas de color blanco con un lacito en color rosa; alisé su cabello color castaño claro. El cabello de Lizzy es lacio como el de sus dos abuelas, en cambio el mío es lacio con ondas en la puntas y el de Edward es rebelde, la única que logra dominarlo es Esme.
—¿Qué quieres que te haga, princesa? —le pregunté tocando el botoncito que tiene por nariz con la punta de mi dedo índice.
—Lo mismo que tú —respondió sonriendo. Tomé todo su cabello en una coleta alta.
—Listo, princesa, terminamos —aseguré besando sus mejillas. Se bajó apresurada de la cama y la miré interrogante, hasta que la vi con el frasco de su perfume, traído desde Milán por las locas de sus tías Rosalie y Alice. Se colocó un poco, se acercó a mí y me agaché a su altura para que también me roseara.
—Olemos dico, mami —declaró, marcando sus hoyuelos. La única letra que le costaba pronunciar es la letra "R".
—Sí, princesa, olemos rico. Ahora vamos, que mami se tiene que terminar de arreglar —dije tomando su mano.
Le quité el frasco para dejarlo de nuevo en la peinadora. Salimos hacia la habitación que compartía con mi Edward, senté a Lizzy en el sofá de cuero negro justo a un lado de la ventana. Bajo su mirada, me terminé de arreglar, me coloqué unas zapatillas deportivas color blanco, me alisé el cabello y lo agarré todo en una coleta alta.
—Esta fía, mami, y el juego está caliente —murmuró Elizabeth mientras me estaba colocando unos pendientes. Volteé a verla, ella señalaba la bandeja con la comida que le había preparado a Edward, aunque él ni siquiera lo notó.
"No te hagas la tonta. Sabes perfectamente por qué no la tocó", pensé.
—Era para papá, pero se le hizo tarde y no se la pudo comer —conté llegando a su lado. Asintió con entendimiento. Elizabeth es muy inteligente y madura para su edad. Estiró sus bracitos por lo que la alcé en vilo, salí de la habitación, bajé con cuidado las escaleras sosteniéndome de la baranda y llegamos a la cocina—. ¿Cereal?
—Sí, mami. Choco kispis —respondió asintiendo. La senté en la silla en la barra, saqué el cartón de leche del refrigerador, tomé dos cuencos y nos serví cereal a ambas.
—¿Qué le prepararemos a papá? —le pregunté sentándome frente a ella. Se metió una cucharada de cereal en la boca y se sumió en sus pensamientos.
—Pasta con salsa boloñesa o lasaña —respondió luego de unos minutos. Casi me ahogo con la leche a causa de la risa. Esa era su comida preferida, no la de Edward. Sé que él se la come para hacerla feliz—. Lasaña mejod.
—Lasaña será —dije levantándome de la silla para dejar el cuenco en el lavaplatos—. Amor… espérame aquí, no te muevas, voy a buscar la bandeja con comida que se quedó arriba.
—Ok, mami —dijo con la boca llena, besé su frente y corrí escaleras arriba.
Primero pasé por su habitación, recogí la ropa sucia y la coloqué en el cesto, estiré las sábanas y recogí los peluches dejándolos de nuevo sobre esta. Fui a la habitación de Edward y mía, cambié las sábanas. No me gustaba que mi niña se sentara en ellas luego de que Edward y yo hiciéramos el amor. Por eso la había dejado antes en el sillón. Tomé la bandeja y bajé a la cocina. Cuando llegué, Lizzy ya había terminado y estaba muy concentrada en mi móvil balanceando sus piernitas.
—Dudaste mucho —farfulló mirándome ceñudo. Solté unas risitas—. No me gusta no vedte.
—Lo siento, bebé —dije besando sus regordetas mejillas.
Tomé el cuenco de la barra y caminé hasta el lavaplatos. Cinco minutos más tarde, había terminado de lavar todo, extendí un paño de cocina y dejé que todo se secara al natural, luego los guardaría. Bajé a Elizabeth de la silla y tomé su mano libre, en la otra mano llevaba mi móvil.
Al pasar por el recibidor, agarré mi bolsa de la mesa junto con las llaves de mi coche, un Mercedes Benz. Lo sabía porque Jasper me lo había dicho. Él es mi mejor amigo y también el esposo de mi mejor amiga. Marqué el código de seguridad de la puerta del garaje, Lizzy corrió al coche nada más la puerta abrirse, en lo que le abrí la puerta trasera ella saltó dentro del coche, la ayudé a sentarse en su sillita, la até a ella con el cinturón de seguridad, cerré la puerta, rodeé el coche y subí al siento del piloto.
—Mami, ¿puedes poned música? —inquirió Lizzy cuando colocaba mi bolsa en el asiento del copiloto.
—Claro, bebé, ¿cuál quieres? —pregunté mirándole por el espejo retrovisor.
—Debelde —respondió, saltando en su sillita.
—¿Cuál CD de RBD? —interrogué buscando en el porta CDs. A ella le comenzó a gustar ese grupo luego de escucharlo con Valerie, la hija de Emmett y Rosalie, en una de sus tantas pijamadas. Ella es mayor que Elizabeth por cinco años, pero se llevan de maravilla, son primas y mejores amigas.
—Cualquieda —contestó encogiéndose de hombros.
Tomé el de la caratula que decía "Celestial". Creo que era el tercero o el cuarto CD que sacaron antes de separarse. Recuerdo que Valerie lloró por unos días, Lizzy estaba muy pequeña.
Encendí el coche y luego el estéreo, colocando el dichoso CD. Busqué el control de la puerta exterior del garaje y marqué el código. Era un fastidio estar marcando código por todas partes, aunque ya me había acostumbrado. El código es fácil, la fecha de cumpleaños de Lizzy y el mío junto con la palabra "princesa".
Salí directo al supermercado. Me estacioné en él veinte minutos más tarde, ya que sorprendentemente las calles de Los Ángeles estaban vacías. Entré por las puertas corredizas con una muy animada Lizzy.
—¿Podemos llevad helado de chocolate pada el poste? No, mejod hacemos un pastel de chocolate —murmuró dando pequeños saltitos en el carrito donde iba sentada, mientras que yo lo empujaba pasillo por pasillo en busca de lo que necesitaba—. Entonces, mami, ¿helado o pastel de chocolate?
—¿Qué te parece ambos y en la noche decides cuál quieres comer? —ofrecí sonriéndole mientras colocaba un pote de helado de chocolate con trocitos en el carrito.
—¡Sí! —gritó levantando sus bracitos y balanceando sus piernas. Las demás personas la miraron sonrientes.
Buscamos los ingredientes para el pastel, luego hicimos la cola en la caja, pagué las cosas, y salí de allí con ella de mi mano y las bolsas en mi otra mano. Coloqué a Lizzy entre el coche y mi cuerpo mientras abría la puerta. La ayudé a subir, coloqué las bolsas al lado de su sillita, cerré con seguro la puerta, rodeé el coche por la parte trasera para abrir la otra puerta, Lizzy ya estaba sentada en su sillita por lo que solo le abroché el cinturón de seguridad.
Tenía una extraña sensación, me sentía observada. Cerré con seguro esa puerta también, rodeé el coche por el frente para sentarme tras el volante, encendí el coche, y la música de RBD volvió a llenar el ambiente. Arranqué el coche dirigiéndome a la floristería más cercana.
—Buenos días, ¿en qué les puedo ayudar? —nos preguntó amablemente una señora de unos cincuenta y tanto años.
—Buenos días, necesitamos pétalos de rosas rojas —pedí de la misma manera amable. Eran mis flores favoritas. Pasión que solo conocía gracias a Edward, él fue el primero y será el único por el resto de mi vida.
—No, blancas —me contradijo Lizzy. Esas eran sus favoritas. La señora nos miró a ambas.
—Me imagino que su madre le hará una cena especial a su padre —dijo sonriéndole a Lizzy. Oh… ella creía que Lizzy era mi hermanita. Negué con la cabeza.
—Hoy es mi quinto aniversario de bodas y ella es mi hija —corregí tomando a Lizzy en mis brazos.
—Oh… lo siento. Perdóneme mi indiscreción —murmuró apenada.
—No es nada —dije sacudiendo la cabeza.
—Es que te ves tan joven, ¿qué edad tienes? ¿Y ella qué edad tiene? —interrogó dándole a Lizzy un clavel.
—Veinticuatro, dentro de un mes exactamente cumpliré los veinticinco. Elizabeth cumple tres años tres días antes de mi cumpleaños —respondí encogiéndome de hombros.
—Entonces, felicidades —dijo con una enorme sonrisa—. No sabes lo importante que es que los hijos nazcan dentro del matrimonio —dijo muy seria. Dios… por favor que no sea una de aquellas que creen que debes llegar virgen al matrimonio con en la era antigua. Mi virginidad la perdí en mi cumpleaños diecinueve, un año antes de casarme.
—Disculpe, ¿tiene lo que necesito? Es que se me hace tarde —dije antes que comenzara hablar nuevamente.
— ¿Cuál quieren? ¿Rojas o blancas? —preguntó, ya que no nos habíamos decidido.
—De las dos —respondí con una sonrisa, acariciando la espalda de mi bebé.
—¿Cuánto necesitas? —Caminó hacia una puerta de madera.
—Muchas —respondió Lizzy por mí.
—Todas las que tenga —Necesitaba para la habitación, el cuarto de baño, la cocina, el recibidor.
—Mi habitación —dijo Elizabeth sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué? —pregunté confundida.
—Yo también quiedo en mi habitación —respondió sonriendo abiertamente marcando sus dos hoyuelos. Siempre había sido así, es como si ella pudiera leerme los pensamientos. Según mi madre y Esme, ella y yo teníamos una fuerte conexión.
—Por supuesto, bebé —dije apretándola contra mi pecho.
La señora salió con nuestro pedido. Cancelé con la tarjeta de crédito la suma indicada. El chico muy amable me ayudó a llevarlas al coche, dejándolas en el asiento del copiloto. Le dejé una buena propina. Subí a Lizzy y luego partí rumbo a la casa.
En el trayecto sonó mi móvil.
—Lizzy, amor, pásame el celular —pedí extendiendo mi mano hacia la parte trasera. Ella lo puso en mi mano, miré la pantalla y era Rosalie—. Hola, Rose, ¿cómo estás? —le saludé deteniéndome en un semáforo.
—Bella, feliz aniversario —exclamó muy alegre y solté una carcajada. Parecía que era ella la del aniversario—. Estoy bien, gracias. ¿Dónde se quedará Lizzy? Si quieres paso a buscarla luego de recoger a Valerie en el colegio.
—No hace falta, Rose. Gracias de todos modos, pero lo celebraremos con ella —respondí acelerando el coche, la luz ya estaba en verde.
—¿De verdad? —preguntó dudosa.
—De verdad, este año lo quiero celebrar con ella —aseguré, mirándola por el espejo retrovisor. Ella me sonrió.
—Bueno… si me necesitas, me llamas. Besos a Lizzy de mi parte, chao. —Cortó la llamada. Dejé el teléfono sobre las bolsas llenas de pétalos, no pasaron ni dos minutos cuando volvió a sonar, pero esta vez era mi suegra Esme.
—Es la bela Meme —le dije a Lizzy—. Hola, Esme.
—Hola, Bella, hija, feliz aniversario. —Saludó contenta. Ella y Carlisle estaban del otro lado del mundo en su tercera o cuarta luna de miel.
—Gracias, Esme. ¿Cómo les va a ustedes por allá? Lizzy los extraña —pregunté.
—Sí, mucho —aseguró Lizzy.
—Todo va excelente, Londres es hermoso. ¿Dónde dejarán a Lizzy? —respondió y preguntó a la vez.
—En ninguna parte, celebraremos junto a ella. Como la familia que somos —respondí—. Oye, Esme, no es por ser grosera, pero debo colgar, estoy manejando.
—Oh, por supuesto. Besos a mi hermosa nieta. Cuídense. —Cortó.
Llegamos a la casa cinco minutos después de cortar la llamada de mi suegra, saqué el control, introduje el código y en lo que se abrieron las puertas, guardé el coche, apagué el estéreo y el coche. Me bajé y abrí la puerta trasera.
—Bebé, mientras mami lleva las cosas adentro te quedas sentadita ahí, ¿bueno? —le dije agarrando las bolsas.
—Sí, mami —dijo pateando el asiento del copiloto y soltando unas risitas. Estaba introduciendo el código de seguridad cuando sonó mi móvil. Hice malabares, pero logré atender.
—Hola —contesté sin mirar la pantalla.
—Hey, sonrojos, feliz aniversario. Ya cinco años. No sé cómo te aguantas a mi hermano. Tampoco sé que te gusta de él, yo soy más guapo y más sexy. ¿Verdad que soy más sexy?
—Sí, oso. Tú eres mucho más sexy —reconocí con una carcajada, colocando las bolsas sobre la barra.
—¿Y más guapo?
—Sí, también el más guapo —expresé, regresando al garaje.
—En lo que lo vea se lo voy a decir. ¿Y sonrojitos?
—¿No está ahí? —requerí agarrando con cuidado dos bolsas de las cinco—. Sonrojitos está bien, está en el coche mientras saco las cosas.
—No. Salió antes de que Jasper y yo llegáramos a una misión, algo referente a los Vulturis. Tú sabes un dato. No anda solo, se llevó a Garrett y a Benjamín.
—¿No es muy peligroso? —cuestioné volviendo al garaje luego de dar las bolsas sobre el sofá.
—Naaahhh —respondió despreocupado—. Edward es el mejor, después de yo, por supuesto.
—Sí, claro. Entonces, ¿por qué él es el jefe y no tú?
—Porque… porque… me están llamando, debo colgar.
—No me evadas la pregunta —dije terminando de meter dos bolsas más a la casa, pero me cortó la llamada. Solté otra carcajada, volví al garaje por mí princesa y la última bolsa.
Justo cuando agarraba la bolsa, sonó el móvil, miré la pantalla y era mi madre.
—Hola, mamá. —Saludé sacando a mi nena. En un brazo llevaba la bolsa, entre mi oído y el hombro sostenía el móvil, con mi otro brazo sostenía a mi princesa contra mi cadera, con el pie cerré las puertas del coche. Quien dice que las mujeres somos el sexo débil, está muy equivocado.
—Hola, hija, ¿cómo estás? Feliz aniversario. ¿Mi nieta?
—Hola, bela Nene. —Saludó Lizzy inclinándose un poco hacia adelante.
—Hola, princesa. Te extraño —manifestó Renée, pero mi princesa no logró escucharla. Mis padres Renée y Charlie Swan viven en Forks, un pueblecito que queda en la península Olympic, al noroeste del estado de Washington. Luego que mi padre se retirara de las empresas y dejara a mi hermano mayor Jacob y mi primo Seth frente a ellas.
—Te extraña, bebé —le susurré a mi princesa.
—¿Bella?
—¿Sí, mamá? —Dejé la bolsa en el sofá.
—A ti también te extraño, mi niña.
—Yo igual, mamá —murmuré tomando bien el móvil.
—¿Y Edward?
—En el trabajo. Mamá, no es que sea maleducada, pero debo colgar. Tengo mucho que hacer. —Caminé hacia el teléfono de la casa que tenía la luz de la contestadora encendida.
—Por supuesto, hija, nos vemos en el cumpleaños de Lizzy. Besos a ambas —dijo antes de colgar. Apreté el botón de la contestadora.
—Isabella Marie Swan de Cullen ¿Dónde diablos estás? Te fuiste de compras sin mí. —La voz molesta de Alice se escuchó por todo el recibidor—. Me imagino que Lizzy está jugando con el móvil ya que no me entran las llamadas. La única que entró, se cayó. Estás en problemas, ¿entendido, señorita?
—Uh oh, tía Alice está enojada con nosotras —le susurré a mi princesa.
Ella comenzó a reír.
—En fin… Feliz aniversario amiga —prosiguió el mensaje de Alice—. ¿Dónde piensas mandar a Elizabeth? Llámame si la paso a buscar.
—Bueno, princesa, manos a la obra —dije haciéndole cosquillas.
Fuimos riéndonos a la cocina, la dejé sentada sobre la barra mientras sacaba de las bolsas lo que se debía mantener refrigerado, lo demás lo dejé esparcido. Miré hacia la pared dónde descansaba el reloj que marcaba las doce con treinta y seis minutos del mediodía.
—¿Pizza o comida china? —consulté con el teléfono en las manos.
—Pizza —decidió antes de meterse a la boca una cucharada con un poco de Danonino.
Marqué el número de la pizzería e hice el pedido: una pizza margarita mediana. Continué con mi tarea de ordenar. La pizza llegó quince minutos más tarde y la comimos entre risas. Me gustaba tanto estar en compañía de mi niña, no me importaba no ejercer mi carrera en estos momentos. Pero no niego que si me daba unas vueltas por las empresas varias veces al mes, pero siempre en compañía de mi nena. Los bellos momentos con ella no los cambiaba por nada del mundo, ni siquiera con el sexo de mi esposo. Soy egresada de la Universidad de California en Administración de Empresas desde hace dos años.
—A darnos una rica ducha, mi hermosa princesa, que tenemos mucho qué hacer —demandé tomándola en mis brazos.
Subimos las escaleras, pasé por su habitación para buscar una muda de ropa para ella. Escogí una bata de color verde de princesa que resalta sus lindos ojos, le llegaba hasta medio muslo, una braguita color blanco y un par de medias tipo tobilleras. Nos dirigimos a mi habitación con Edward, dejé la ropa sobre la cama, luego con ella en mis brazos ingresé al armario, donde busqué una bata muy parecida a la de Lizzy pero de color azul celeste. El color favorito de Edward en mi piel. La dejé sobre la cama y, de la cómoda, tomé un conjunto de ropa interior color azul cielo, más un par de media. Dejé a Lizzy sobre sus pies encima de la cama, para poder despojarla de su ropa con más facilidad, solté su cabello, el cual cayó esparcidos por su espalda. Éste le llegaba un poco más debajo de su cintura. Bajo su atenta mirada me despojé de mi ropa, me solté el cabello.
—Mami —me llamó mi princesa cuando iba a depositar la ropa en el cesto.
—Dime, bebé. —Volteé a verla. Ella hizo una seña para que me acercara, y así lo hice. Me miró detenidamente.
—¿Papi te hizo esto? —preguntó tocando el lugar donde Edward me había mordido. Mierda, se me había olvidado esa estúpida marca. Levantó una ceja interrogante.
—Sí, bebé, papi fue quién me mordió —respondí sonriendo y acariciando sus bracitos, ya que la veía muy tensa.
—Tú edes mía, solo mía —murmuró lanzándose a mis brazos, los cuales automáticamente la rodearon apretándola contra mí pecho.
—Bebé… yo soy de ambos —susurré sobre sus cabellos.
—No —me contradijo—. Edes mía, solo mía —repitió besando la marca—. Mi mami, mía, mía, mía.
—Tuya, solo tuya —aseguré acariciando su pequeña espalda, antes de que comenzara a llorar. Ambos, padre e hija, son tan posesivos—. Vamos a ducharnos —repuse caminando al cuarto de baño. Puse a llenar el jacuzzi y se vinieron a mi mente muchas imágenes no aptas para menores de Edward y yo en él.
—¡Sí! —exclamó Lizzy cuando colocaba las esencias aromáticas de vainilla y fresas—. Mucha espuma, mucha espuma.
—Lo que usted ordene, su majestad —murmuré colocando el jabón líquido.
La dejé dentro del agua, la cual le llegaba un poco más abajo de los hombros, la cubriría si llegara a sentarse. Busqué las toallas, dejándolos cerca de jacuzzi. Entré al jacuzzi junto a Lizzy. Entre juego y juego se nos pasó el tiempo, ya teníamos una hora dentro del agua, por lo que la cargué y saqué el tapón para vaciarlo. Nos sequé a ambas con las toallas, a Lizzy la envolví con mi albornoz, me reí… porque le quedaba grande, ella me siguió.
Yo me envolví en el de Edward, que por cierto también me quedaba grande a mí. La dejé sobre la cama y la vestí, sequé bien su cabello, regresé al cuarto de baño por mi secador de cabello. No lo coloqué tan caliente el aire y se lo terminé de secar. Me vestí e igualmente sequé mi cabello con el albornoz, luego con el secador. A ambas nos lo alisé y lo recogí en un moño alto.
—Listo, amor, bajemos a cocinar.
—¡Sí! —gritó muy entusiasmada. La cargué y bajamos a la cocina. Primero hicimos la mezcla para el pastel, por lo que gracias a ella, ambas terminamos llenas de harina. La dejé cocinándose en el horno. Lizzy me ayudó a trocear los ingredientes de la lasaña. Estábamos en eso, cuando sonó el teléfono de la casa y contesté entre risas.
—Hola.
—Hola, Bella, feliz aniversario.
—Gracias, Jasper, ¿cómo va todo por allá? —pregunté comiendo un trozo de carne. Lizzy imitó mi acción.
—Todo va viento en popa. Los Vulturis están por caer, eso te lo aseguro. Aún no he visto a Edward para felicitarlo, pero no te preocupes, él está bien. Sabes perfectamente que Edward es muy bueno en lo que hace —respondió muy seriamente. Lo sabía, sabía que mi marido era muy bueno en su trabajo—. ¿Dónde está la niña más hermosa? ¿Dónde está la consentida del tío Jasper? Isabella Cullen, ¿dónde está mi ahijada?
—Aquí está, ya te la paso —respondí para luego tenerle el móvil a mi princesa.
—Hola —dijo con una sonrisa, escuchó lo que le decía Jasper—. Bien, ayudando a mami a cocinad, hay lasaña, pastel de chocolate y helado —murmuró enumerando con sus deditos, sonreí—. Sí, mami y yo —dijo muy feliz y luego escuchó—. No —dijo poniendo mala cara. La miré interrogante—. Me quedo con mami y papi —murmuró haciendo un puchero. Me imaginaba que Jasper le estaba diciendo que fuera a dormir con él y Alice—. Sí, yo te guado —respondió saltando, por lo que le coloqué mis manos en sus muslos—. También te quiedo, tío. Mami —dijo tendiéndome el móvil.
—Dime, Jasper —dije sosteniendo el móvil contra mi hombro.
—Lo siento, no logré convencerla. Creo que ni Alice lo lograría, esa niña es muy terca y cabezota como ustedes —me dijo y pude deducir que estaba sonriendo.
—Gracias por el cumplido —le dije sarcásticamente.
—Lizzy me aseguró que me guardarán de lo que están preparando. ¿Es cierto que te está ayudando?
—Ajá, si la vieras cómo está cubierta de harina, chocolate y comida —respondí llenando la mejilla de mi nena con salsa de tomate.
—Mami —chilló sonriendo.
—Se ve tan apetecible… que me la quiero comer —dije haciéndole cosquillas a Lizzy y con una mano coloqué el teléfono en altavoz y lo dejé sobre la barra al lado de Lizzy.
—¡Tío Ayúdame! —gritó Elizabeth entre risas.
—Bella, no te comas a mi nena consentida. —La voz de Jasper se escuchó por toda la cocina—. Es Lizzy, es Lizzy, no comida —dijo riendo.
—Mmm… qué rica está esta nena —murmuré besando su cuello con olor a bebé.
—Te quiedo tío, dile a todos que también los quiedo —declaró Lizzy antes de callar sus chillidos y aguantar la risa. Ella era tan dramática como su tía Alice.
—¡No! —gritó Jasper. Me imaginaba que estaba solo en su oficina—. Bella, dime que no te la comiste.
—Lo siento, Jasper… pero estaba muy deliciosa —respondí sonriendo y haciendo soniditos de placer.
—Tan deliciosa como sabe Edward cuando te lo comes —dijo soltando una carcajada. Me apresuré a quitar el altavoz.
—Cállate —lo regañe. Soltó otra carcajada.
—Nos vemos luego, Bella. —Se despidió antes de colgar la llamada. Volteé a ver a Lizzy y estaba muy seria.
—¿Qué pasó, bebé? —La tomé en mis brazos.
—Edes mía, solo mía —Enterró su rostro en mí cuello.
—Vamos a terminar, ¿sí? —le dije sentándola de nuevo en la barra.
Una hora y media más tarde todo estaba preparado, únicamente faltaba servirlo en los platos. El pastel ya le habíamos colocado la capa de chocolate y se encontraba en el refrigerador compactándose.
—Es hora de una ducha.
Asintió.
La bajé de la barra, dejándola sobre sus pies en el suelo. Tomé su mano y luego subimos las escaleras.
Pasamos primero por su habitación, donde busqué en el armario un vestido manga larga de color azul oscuro con estrellas en color blanco, éste vestido le llegaba hasta medio muslo, unas leggins de negro y unas bailarinas de color negro con un lasito en blanco. De la cómoda de madera tomé una braguita con dibujos de la cenicienta de color azul cielo. Fuimos a mi habitación, dejé cuidadosamente su ropa sobre la cama y senté a Lizzy en el sofá frente al televisor que encendí con el control.
—Espérame aquí, princesa —ordené besando sus manitos.
Bajé a pasos apresurados de nuevo al recibidor por dos de las bolsas con los pétalos. Al llegar de nuevo a la habitación, encontré a Lizzy mirando fijamente hacia la puerta, dejé la bolsa sobre la cama. Fui al armario y busqué un vestido de tirantes de color negro ceñido al cuerpo, que resaltaba mis senos y me llegaba hasta medio muslo, dejé mi elección sobre la cama. Escogí un conjunto de ropa interior de la última colección de Victoria's Secret, el brasier de encaje negro levantaba mis senos, la tanga era muy diminuta también de encaje negro, éstas venían junto con las ligas que se amarraban en las media. Muy revelador para mi gusto, pero sabía que a Edward le encantaría.
Tomé la mano de Lizzy ayudándola a bajarse del sofá, entramos al cuarto de baño y puse a correr el agua caliente. La subí al escusado para que se me hiciera mucho más fácil desvestirla, solté su cabello y luego me quité mi ropa y solté mi cabello. Después de ayudarla a bajarse, entramos a la ducha. El agua estaba deliciosa, relajó todos mis músculos agotados, lavé su cabello, enjaboné su cuerpo e hice lo mismo conmigo. Salimos envueltas en toallas, tanto en nuestro cuerpo como en nuestro cabello. La subí al sofá y la vestí, alisé su cabello y luego le hice un lindo peinado.
La senté en la cama mientras yo me vestía, peiné mi cabello, lo hice hacia un lado sosteniéndolo con un par de horquillas. Me maquillé ligeramente, un poco de sombra en los ojos, máscara negra en las pestañas, gloss rosa en los labios. Del joyero, tomé mi dije y el de Lizzy, la cadena es de oro blanco y los dijes tienen incrustaciones de diamantes. Un regalo de Edward para nosotras en día del nacimiento de Elizabeth; el mío es la letra "B" el de Elizabeth es "E". Me coloqué el mío, fui hasta donde estaba Lizzy y le coloqué el de ella. Me coloqué unos botines de cuero con ocho centímetros de tacón.
Dejé a mi princesa viendo El club Winx mientras preparaba el baño. Llené el jacuzzi hasta la mitad de agua, le coloqué esencias afrodisiacas y lo llené de pétalos de rosas, también coloqué pétalos en la ducha, los lavamanos, hice un camino hasta la puerta, la que cerré detrás de mí. No dejaría que Lizzy lo viera.
—Nena, vamos a tú habitación —la llamé escondiendo la bolsa tras mi espalda.
Se bajó rápidamente y corrió fuera de la habitación, momento que aproveché para hacer un corazón de pétalos en la cama, dejé algunas esparcidas por el suelo y apagué el televisor. Al salir, choqué con Lizzy. Me sonrió abiertamente marcando sus dos hoyuelos. Pasamos a su habitación, ella misma dejó los pétalos dónde quería: sobre su cama, la mesita de juego, la mini pasarela.
Bajamos al recibidor, el reloj marcaba las siete con cincuenta minutos. Edward debería estar llegando a las ocho. Tomé una bolsa y dejé los pétalos esparcidos por todo el recibidor con la ayuda de mi princesa, hicimos un camino hasta la cocina. Regresamos por las dos últimas, mientras yo dejaba pétalos en la encimera, Lizzy dejaba en la mesa, las sillas, el piso, hasta que nos las terminamos. Coloqué la mesa, una vajilla china de porcelana, cortesía de Esme; las copas; Lizzy colocó las velas aromáticas, que previamente le había bajado de un estante. Serví la comida ya que eran las ocho con cinco de la noche. La dejé tapada sobre la mesa, coloqué dos velas de color rojo en el centro de la mesa, luego las encendí todas.
—Nena, vamos a esperar a papi en el recibidor —le dije a mi princesa extendiendo mi mano. Ella corrió a tomarla y nos sentamos en el sofá, Edward no tardaría en llegar. Lizzy tomó mi mano izquierda entre sus pequeñas manos y comenzó a jugar con mi anillo de matrimonio. Suspiró luego de unos minutos y se sentó a horcadas sobre mí, recostó su cuerpecito en mi pecho. Miré el reloj y marcaba las ocho con veintiocho minutos.
—Mami —susurró mi princesa.
—Dime, bebé —susurré besando su cabecita.
—Cuéntame cómo se conociedon papi y tú —musitó enrollando un mechón de mi cabello en sus deditos.
—Nos conocimos en mi fiesta de cumpleaños número diecisiete. Como bien sabes… la mejor amiga de mami es tú tía Alice. Bueno… ella organizó una fiesta en su casa, invitó a todos nuestros compañeros de clases. Ese era nuestro último año en el instituto. Tú papá estaba en la universidad estudiando su último año de ciencias criminalísticas, pero su semestre comenzaba a finales de septiembre, por lo que viajó a visitar a tus abuelos y casualmente ese fin de semana fue mi fiesta. Allí nos conocimos, fue amor a primera vista. Nos la pasamos juntos en toda la fiesta charlando, fue así como descubrimos que teníamos muchas cosas en común. Él me obligó a bailar con él. Yo no quería hacerlo, porque… ya sabes, mami es un poquito descoordinada y no quería terminar con algo enyesado o que Edward resultara lastimado. Ese fue mi mejor cumpleaños. A los dos días me invitó a salir, me llevó a cenar a la "Bella Italia" en Port Angeles, esa fue nuestra primera cita. —Comencé con el relato.
—¿Podt Angeles? —preguntó confundida.
—Yo vivía en Forks con mis abuelos maternos. El abuelo Charlie y la abuela Renée por sus trabajos viajaban mucho, por lo que tú mami a los catorce años, cuando tío Jacob y tío Seth se fueron a la universidad a estudiar, se tuvo que mudar con la abuelita Marie. Desde ese momento, se convirtió en la mejor amiga de tía Alice. A papi lo conocí tres años después, por cómo te habrás dado cuenta. Cuando mami comenzó ese año a estudiar en octubre, papi se había graduado en julio —respondí siguiendo con la historia—. Una semana después de mi cumpleaños, papi tuvo que volver a la universidad, tía Alice y yo lo fuimos a despedir al aeropuerto. Él y yo no nos volvimos a ver hasta las vacaciones de navidad, esas las pasé en casa de tú abuelita Esme, gracias a la persuasión de tú tía Alice, ella se encargó de convencer a tus abuelos. Fue el día de navidad que tú papi me dijo que no había dejado de pensar en mí, que le gustaba mucho, a pesar de ser mejor que él por cinco años —continué con el relato acariciando su espalda—. Le dije que también me gustaba y ahí nos dimos nuestro primer beso. Empezó a llamarme todos los días, hasta dos o tres veces. En San Valentín me envió un hermoso ramo de rosas rojas junto con el oso de peluche con el que ahora duermes y un collar, la cadena de oro blanco con un corazón de diamantes. —Besé su frente—. En su cumpleaños le envié un Rolex de oro con sus iniciales grabadas. Él viajó para estar en mi graduación y yo viajé para estar en la de él. Aun no éramos novios, él no me lo había pedido, pero yo lo consideraba así. Me vine a estudiar junto con tú tía Alice en la universidad de California, aquí en Los Ángeles, para poder estar más cerca de él. Un mes de haber llegado, él me invitó a cenar y fui ahí que me pidió ser su novia. Me lancé a sus brazos llenándole la cara de besos y entre ellos le dije que aceptaba. Dos años después de eso, nos casamos, un día como hoy. Un año y cuatro meses después me quedé embarazada de ti. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Cuarenta semanas y cinco días después, tres días antes de mí cumpleaños número veintidós, a las once con diez minutos de la mañana viniste a mi vida, para llenarla de luz, risas y alegrías. Te quiero tanto, mi vida. Te quiero más que a mi propia vida.
—Yo también te quiedo, mami —expresó bajito. Sentí la tela de mi vestido húmeda contra mi pecho.
—¿Por qué lloras, princesa? —pregunté separándola un poco de mí.
—Papi no llegó —respondió en un susurro.
Levanté mi vista al reloj y este marcaba las diez con veinticinco de la noche. Había durado dos horas contándole nuestra historia. Dos horas que marcaron la diferencia. Edward había roto una de sus tantas promesas. Él lo había olvidado. Esta mañana cuando me hizo el amor, que no dijo nada, era porque no se recordaba.
"Me fallaste, Edward Cullen. Me juraste que nunca más lo ibas a olvidar. No solo me plantaste a mí, sino también a tú princesa."
—¿Quieres comer, bebé? ¿Te caliento la comida? —Me puse de pie con ella en mis brazos. Debía ser fuerte… por ella. Aunque ahora mismo quisiera ponerme en posición fetal y comenzar a llorar hasta quedarme seca.
—No, mami, quiedo id a domid —respondió con voz llorosa, restregándose sus ojitos.
—Lo que quieras, bebé —dije besando sus mejillas, borrando con mis besos las lágrimas derramadas.
—No llodes, mami —susurró acariciando mis mejillas.
Asentí con un nudo en la garganta. No me había dado cuanta que estaba llorando. Fui a la cocina, tomé una hoja y un lápiz, escribí una nota para Edward. No pude controlarme y derramé más lágrimas, dejé la nota en la esquina de la mesa a la vista. Ya todas las velas se habían consumido, solo que daban las dos velas grandes. Apagué todas las luces de la planta inferior y subí las escaleras. Al entrar a la habitación de mi princesa, cerré la puerta con pestillo.
"No te quiero ver la cara hoy, Edward Anthony Cullen Masen."
Me recosté en la cama con mi princesa encima de mí pecho. Ella callaba sus sollozos contra mí pecho y yo los callaba contra su cabello. De una patada, me quité los botines, le quité las bailarinas a mi nena. Le acaricié el cabello y poco a poco deshice su peinado, le quité los leggins dejándola solo con el vestido y sus braguitas.
Con ella encima de mi torso, solté las medias de las ligas y me las quité, lanzándolas a alguna parte de la habitación. Me senté en la cama como pude y me quité el brasier, las horquillas las dejé en la mesita de noche. Me volví a recostar apretando a Lizzy contra mí pecho.
—Te amo, nena —susurré cerrando mis ojos anegados en lágrimas.
—Te amo, mami —susurró antes de dejar un beso en mi pecho, se acurrucó contra mí.
Respiré hondo y contuve mis sollozos, aquellos que querían escapar de mi garganta. No sé cuánto tiempo había transcurrido, pero dejé de llorar en silencio, con mis dedos me limpié las lágrimas. Acosté a Lizzy en la cama de lado y me acurruqué contra su espalda. Los brazos de Morfeo no tardaron en envolverme.
