Mil disculpas, pero he estado enferma con la gripe que me tiene muy jodia, no soporto estar muchos minutos frente a la PC y además no tengo internet.
Capítulo beteado por Manue Peralta.
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Después del aniversario
EPov
Había llegado a mi casa pasadas las doce de la noche, como venía haciendo desde hace aproximadamente dos años. Los dos mismos años que llevo trabajando en el caso Vulturi.
Los Vulturi son un grupo de italianos traficantes de drogas, trata de blancas, secuestro… en fin, una serie de delitos. Había estado recibiendo en todo este tiempo numerosas amenazas dirigidas hacia mí persona y mis princesas, en las cuales especificaban que si no abandonaba el caso, ellas sufrirían las consecuencias. Por ese motivo, nuestra casa era más segura que una bóveda de banco; tengo instalado el mejor sistema de seguridad, para abrirse se debe introducir un código, las ventanas, las puertas. El sistema está protegido para que ni el mejor hacker logre ingresar a él, hay cámaras de vigilancia por todas partes de la casa, excepto los cuartos de baño. Soy el único con acceso a ellas. Al principio, a mi Bella no le hizo mucha gracia la idea, pero… con una buena noche de sexo desenfrenado logré convencerla.
Siguiendo con el caso Vulturi, no descansaría hasta dar con ellos y ponerlos tras las rejas; por eso todos los directivos votaron para que yo fuera el jefe de mi equipo, por ser el mejor. Necesito acabar con ellos para que mis princesas tuvieran la vida que ellas se merecen, una vida llena de risas y de felicidad, sin una espada sobre sus cabezas que al menor momento de descuido me las lastimaría.
Bajé del Volvo, el cual dejé a un lado del coche de mi Bella, un Mercedes Benz de este año, blindado. Le daba gracias a Dios que ella no estuviera consciente de ese detalle o no lo aceptaría.
Entré al recibidor y todo estaba oscuro; caminé a tientas por el lugar sin hacer el más mínimo sonido, aunque sabía que sería inútil, mi hermosa Bella siempre me esperaba despierta. Por la rendija de la puerta de la cocina se filtraba un pequeño rayo de luz, por lo que me ganó la curiosidad, nunca estaba encendida.
¿Será posible que mi hermosa castaña me esté esperando ahí?, pensé con una sonrisa en el rostro.
Al ingresar, sentí que era bañado con un balde de agua fría. El lugar estaba completamente decorado con pétalos de rosas rojas y blancas, las favoritas de mis princesas, las de mi Lizzy las rosas blancas y las de mi Bella las rosas rojas. Sin duda, mi princesita Lizzy había ayudado a su madre con esto. Los pétalos se encontraban esparcidos en el suelo de madera, la encimera, la mesa, las sillas…
Había restos de velas aromáticas y el ambiente aún conservaba el olor a rosas y fresias. Solo quedaba como dos o tres centímetros de dos velas rojas en medio de la mesa junto con tres platos con comida sin probar, el platillo favorito de mí nena. En una de las esquinas de la mesa había una nota, la cual hizo que mi corazón se estrujara de dolor:
Pensé como una tonta enamorada que por ser un día especial, llegarías temprano a casa. Lizzy y yo nos esmeramos tanto en hacer para ti una riquísima cena. La hubieses visto… toda llena de comida con una enorme sonrisa en su hermosa carita. Estaba feliz, porque su papi cenaría junto a ella y antes de dormir le leería un cuento. Ya no recuerda cuando fue la última vez que lo hiciste, Edward. No quiero eso para mí nena, ella merece tú amor, no tus desplantes. ¿Sabes qué más le entusiasmaba? Que su papi iba a probar una comida hecha por ella especialmente para él.
Entiende una cosa, Edward Cullen, conmigo puedes hacer lo que quieras, pero con mi nenita NO. La próxima vez que vea a mi nena derramar una sola lágrima por tú causa, te arrepentirás, porque me iré lejos de ti para siempre.
Espero que disfrutes de ésta riquísima comida, sé que la lasaña no te gusta mucho, pero es lo que quiso hacer tú princesa para ti, con todo el amor que te profesa a pesar de tú abandono. No tengo idea de la hora de tú llegada, pero por favor no la rechaces, ella no lo soportaría.
Lamento que este día no haya significado nada para ti. ¿Sabes por qué lo sé? Porque me lo has demostrado, Edward. Este es el segundo año que lo olvidas. Aunque para ti no haya significado nada, para mi significó mucho, es uno de los días más importantes y felices de mi vida. Y pensé que tal vez por el amor que un día dijiste tenerme ibas a estar aquí para mí.
Feliz Aniversario, amor.
Solté el papel como si quemara y corrí escaleras arriba como alma que lleva el diablo.
Dios mío, había olvidado por completo nuestro aniversario de bodas, me reproché llegando al segundo piso. Hoy se cumplía cinco años de eso.
Mierda.
Miré el reloj, marcaba la una de la mañana del catorce de agosto. Hacía una hora que había acabado nuestro aniversario.
Entré precipitado a nuestra habitación y de inmediato sentí un latigazo de dolor. La cama estaba perfectamente arreglada, señal de que mi Bella no la había tocado para dormir.
Caminé con el alma pendiendo de un hilo hacia nuestro armario, rezando internamente que sus cosas estuvieran en su lugar. Había jurado hacía un año que nunca más se me iba a olvidar nuestro aniversario de nuevo y le fallé. Suspiré de alivio al ver sus cosas dónde correspondían.
Salí de la habitación hacia la de mi princesa, por la rendija de la puerta se filtraba una tenue luz de la lamparita de la sirenita, que siempre se mantenía encendida por si mi princesa se despertaba en medio de la noche, no lo hiciera en la oscuridad. Mi nena, la princesa de papá, cumple cuatro añitos el diez de septiembre, pero sé que ha sacado la madurez de su madre. Mi princesa es de tez blanca igual que mi Bella, su cabello es de color castaño claro. Ambas, madre e hija, tienden a sonrojarse, sus ojos son del mismo color que los míos y los de mi abuela Elizabeth, de allí en nombre de mí nena.
Tomé el plomo de la puerta e intenté girarlo, pero este no cedió; la puerta debía tener el pestillo puesto. Mi Bella estaba tan enojada que había decidido dormir con mi princesa. Me dolió en el alma y el corazón que ellas me dejaran fuera de su vida, aunque sólo sea por esta noche. Porque costara lo que me costara, conseguiría su perdón.
Recosté mi frente contra la madera con dibujos de color rosa pegados en ella.
—Lo siento —expresé con voz llorosa—. Perdóname, mi amor. Las amo —susurré acariciando la fría madera.
Suspiré resignado y me dirigí a mi fría cama, porque sin mi Bella, que es la luz, mi calor, mi vida, era gélida y triste. Ella es el meteorito que cruzó mi horizonte para llenarlo todo de brillantes y de luz. Llegué en estado automático a la cama, me despojé de mi ropa, quedándome solo en bóxer, y me recosté en ella.
Por el cansancio, me dormí de inmediato abrazado a la almohada de mí dulce Bella, dejando que su olor inundara mis fosas nasales.
Me desperté y todavía era muy temprano, quizás las seis o las seis y media de la mañana. Desde hace un tiempo me saltaba horas de sueño, pero este despertar fue diferente a los anteriores, este había sido álgido y vacío sin el calorcito del cuerpo de mi Bella entre mis brazos.
Me levanté de la cama y quedé perplejo al observar detenidamente la habitación. Anoche no me percaté que en la cama había pétalos de rosas también esparcidas por el suelo. Mis princesas se esmeraron tanto, para que al final yo no llegara a tiempo.
Salí de la habitación directo a la de mi princesa, mi Bella siempre se levanta a esta hora para pasar un rato juntos, por lo que debía estar despierta. Ya sabía lo que me esperaba una conversación a solas con ella. Pero me equivoqué, la puerta continuaba con el pestillo y no se escuchaba ni un mínimo ruido.
Suspiré y bajé por una escoba, una pala y una bolsa de basura, debía recoger todo o sería peor para ellas.
Me congelé a mitad de las escaleras, en el recibidor había un camino hecho de pétalo que llevaba desde la puerta del garaje hacia la cocina. Definitivamente ayer la había cagado, había metido la pata hasta el fondo. Terminé de bajar las escaleras y en el cuarto de limpieza busqué lo que necesitaba, subí de nuevo hacia nuestra habitación, donde recogí todo. Bajé de nuevo al recibidor e hice lo mismo, ordené, limpié y recogí todo a mí paso.
Fui a la cocina e hice lo mismo, la comida la tiré en el triturador, lavé los trastes, los sequé y los guardé. Encendí la estufa y comencé a prepárales el desayuno a mis princesas, hot-cakes para mí Lizzy, huevos con beicon y tocino para mí Bella, más crepés y jugo de naranja para ambas. El jugo lo guardé en el refrigerador, les hice chocolate caliente, el cual envasé en un termo, corté frutas e hice una ensalada, la guardé al terminar en el refrigerador. Lo demás lo dejé en el microondas.
Tomé un papel y lápiz, escribí una pequeña nota:
Lo siento, de verdad lo lamento. Aunque me cueste todo lo que me resta de vida, voy a conseguir su perdón, y ni aunque viva mil años me perdonaré por haberlas abandonado anoche.
Las ama con todo su corazón,
Edward Cullen.
Subí tomándome el café, debía darme una ducha rápida o llegaría tarde a la agencia. Al pasar frente a la puerta intente abrirla nuevamente, pero fue en vano, continuaba cerrada. Me dirigí a nuestra habitación y al entrar en nuestro cuarto de baño, me sentí como una mierda.
Era el más grande hijo de puta que existe en el mundo.
Aquí también había pétalos, el jacuzzi estaba tan lleno de ellas como de agua con esencias, aun se podía olor el olor a fresias, la ducha, los lavamanos.
Salí de allí con una opresión en el pecho y bajé de nuevo al cuarto de limpieza, regresé a la habitación y, maldiciéndome mentalmente, recogí todo. Cuando todo estuvo limpio, dejé las cosas a un lado de la puerta y me di una ducha rápida, cuando acabé fui directo al armario donde tomé un traje Armani color azul oscuro última colección, cortesía de mi loca hermana Alice. Lo dejé sobre la cama y fui a la cómoda por un bóxer de color negro, me vestí, traté de domar mi cabello pero me fue imposible, por lo que me di por vencido. Me rocié con colonia, regalo de cumpleaños de mi mujer, Black Code de Armani, tomé las llaves de mi Volvo, mi cartera, el arma reglamentaria, mi placa y me encaminé hacia el pasillo.
Al pasar frente a la puerta de la habitación de mi nena, me detuve y toqué ligeramente.
—Amor —llamé, pero no obtuve repuesta—. Ya me voy, las amo —declaré mirando fijamente la puerta esperando que esta se abriera. Pero mi esperanza murió minutos después.
Salí de allí antes de que me pusiera a llorar, me monté en el Volvo como si fuera perseguido por un grupo de vampiros sedientos.
Llegué a mi oficina a las siete y media de la mañana y así comenzó mi ajetreado día.
El caso de los Vulturi me traía de acá para allá, tanto a mí como a mí equipo, conformado por mi hermano mayor, Emmett Cullen; mi cuñado y amigo, Jasper Hale, esposo de mi hermana menor Alice y hermano gemelo de Rosalie, la esposa de Emmett; Benjamín Rumsfeld, Garrett Fellon, Randall Morrison, Alistar Lodge, Peter Marshall, Eleazar Denali, Estefan Beckhamm, Vladimir Tisdale.
Después de gritar varias órdenes y colocar a todo el mundo a trabajar, me fui a mi oficina a estudiar detenidamente las evidencias que había encontrado ayer sobre los últimos movimientos de los Vulturi.
Al sentarme en mi escritorio, mi vista fue atraída por el portarretrato que descansaba sobre este. La foto era de mí Bella con una Lizzy de dos añitos en sus brazos dándole un sonoro beso en su regordeta mejilla. No recuerdo dónde fue tomada, ya que no estuve presente. Esa hermosa fotografía fue puesta ahí por Jasper. Dios… cuánto me he perdido de mi princesita, cuanto he descuidado a mí Bella. No recuerdo cuando fue la última vez que la llevé a cenar o la saqué a bailar.
Unos toquecitos en mi puerta me sacaron de mi miseria.
—Hey, Ed, ¿cómo te fue ayer? ¿Lograron tener su noche romántica sin que una hermosa nena se colara a media noche a su habitación? —preguntó Jasper con una enorme sonrisa. Puse mi cara entre mis manos. Él que es mi cuñado lo recordó y yo no—. Traté de convencerla de que fuera a dormir a la casa, pero es más testaruda y cabezota que tú y Bella juntos, y eso que la soborné con permitirle decorar a su antojo la habitación de Gasparcito —contó con una carcajada.
Mi hermana Alice tiene cinco meses de embarazo de su primer hijo y es un varón, el único Cullen que nace varón, ya que Emmett y yo, ambos tenemos unas hermosas princesas. Levanté mi cara y lo miré interrogante. Él dijo convencerla.
—Ayer las llamé para felicitar a Bella, a ti te busqué por toda la agencia pero no te encontré y, cuando me fui a los ocho, no te llamé porque no quise ser aguafiestas —explicó con una sonrisita. Todo hubiese sido tan diferente si él me hubiera llamado, aunque no tendría en mi poder esta evidencia—. Cuando las llamé estaban cocinando y mi peque se escuchaba tan feliz, de igual manera Bella. Mi ahijada se negó a dejarlos solos.
—Jasper, lo olvidé. El caso de los Vulturi me trae la cabeza un ocho. Llegué una hora después de que acabara nuestro aniversario —revelé sin retirar las manos de mi rostro. No quería ver la cara de furia de mi hermano, porque lo considero así, además de que me hizo prometerle que nunca fuera a dañar a su prima. Renée es la hermana menor de William Hale, el padre de Jasper y Rosalie, por lo que no solo me enfrenté a la furia de Jacob cuando le pedí la mano de mi Bella a Charlie, sino también a la de Jasper.
—Edward, no estoy para tus bromas —replicó repentinamente muy serio.
—No es ninguna broma, es la verdad. Cuando llegué, Bella ya se encontraba encerrada con llave en la habitación de Elizabeth. No he podido hablar con ella, esta mañana tampoco me abrió —conté con un suspiro.
—Por Dios, Edward, ¿cómo se te pudo olvidar? Las escuché tan felices cocinando para ti. ¿Para qué? ¿Para que aparezcas luego de ellas haberse cansado de esperarte y de haberse quedado sin lágrimas? ¿Qué esperabas? ¡¿Que te recibieran con abrazos y fanfarreas?! —bramó muy cabreado.
—Jasper, no creo que me odies y aborrezcas más de lo que yo mismo hago —dije muy enojado pero conmigo mismo.
—Debo irme —anunció colocándose de pie—. Debo ir a consolarla, debo ir a recomponer lo que destrozaste ayer.
—De hecho, esperaba que pudieras hacerte cargo de los chicos por hoy —dije levantando mi cara de mis manos y observando cómo se detenía en el umbral de la puerta—. Quiero llegar temprano a casa y cenar con ellas.
—Está bien, yo me encargo de todo. Pero que sea la última vez, Edward, que esto sucede o te arrepentirás. Así como tú estás dispuesto a cuidar de Alice, yo estoy para cuidar de mí prima. Prepárate para cuando se enteren Jacob y Seth. ¿A qué hora te vas? —inquirió sin voltear a verme.
—A eso de las seis —contesté. Lo vi asentir antes de irse sin despedirse.
Suspiré frustrado reclinándome en la silla por varios minutos. Luego me concentré en leer todos los documentos que tenía en mi mano. Por lo que deduje, los Vulturi harían una entrega de drogas dentro de un mes aproximadamente y ese sería en momento perfecto de entrar en acción y tomarlos desprevenidos.
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Horas más tardes…
Eran las siete con diez minutos de la noche cuando estacionaba mi preciado Volvo junto al coche de mi hermosa esposa luego de haber hecho una parada en una floristería, la única que no había cerrado, y haber comprado dos hermosos e inmensos ramos de rosas: uno de color blanco y otro de color rojo. También me detuve en una panadería de turno dónde compre dos cajas de bombones, una de relleno de almendras para mi princesa Lizzy y la otra de avellanas para mi princesa Bella. Por último, me detuve en una pizzería por una pizza margarita.
Entré al recibidor y estaba en silencio, llegué hasta la cocina y todo estaba limpio, sin ningún rastro que fueran a cenar pronto. Había trastes sobre un paño secándose al natural.
Ya cenaron, deduje un poco triste.
Escuché la melodiosa risa de mi princesa escaleras arriba. Dejé la caja de la pizza sobre la barra y subí las escaleras siguiendo ese hermoso sonido, era como el canto de sirenas que me atraía y como si fuera agua en el desierto. La risa me condujo hasta nuestra habitación, más específicamente nuestro cuarto de baño; la puerta estaba entreabierta y con suma delicadeza la terminé de abrir. Mis ojos se deleitaron con la imagen más tierna: mi Bella y mi Lizzy estaban dentro del jacuzzi, llenas de espuma y jugando con las Barbie sirenas.
—Un tibudón —exclamó Lizzy—. Un enodme y feo tibudón, ¡auxilio! —chilló de nuevo moviendo una Barbie con cabello morado.
—¿Qué quieres? ¿Que entre al agua y sea su cena? —dijo mi Bella con voz chillona moviendo una Barbie con el cabello rojo.
—No —protestó Lizzy en repuesta—. Necesitamos a un caballedo que nos venga a salvad en un hedmoso yate.
—Recuérdame alejarte de tú tía Alice —expuso mi Bella con una sonrisa, besando la regordeta mejilla de mi princesa.
—Mami, no te salgas del pedsonaje —la retó Lizzy con un lindo puchero.
—Lo siento, bebé —enunció Bella con una sonrisilla.
—Valiente, sexy y guapo tío Emme, auxilio —emitió Lizzy volviendo a su personaje en dirección del que parecía Ken.
Fruncí el ceño en confusión. Oh Dios, el caballero de brillante armadura para mi hija es mi hermano Emmett. Sentí un remanso de dolor en mi corazón. Ella lo ve a él como su protector. Me dolió porque ese era mi trabajo y yo lo había descuidado dejando que mi hermano tomara mi lugar.
—No te asustes, mi sobrina favorita y consentida —aseveró mi Bella con voz gruesa imitando la voz de Emmett.
—Tío, soy tú única sobina —aclaró Lizzy moviendo la muñeca.
Ese siempre, que yo recuerde, era el tema de discusión de esos dos.
—Disculpen, mis bella damas, ¿me puedo unir a ustedes? —hablé distrayéndolas de su juego, colocando las flores y los bombones delante de mí. Pude apreciar cómo mi Bella se tensaba y mi pequeña volteó de inmediato con un movimiento que debería haberle dejado con dolor de cuello. Mi Bella se volvió muy lentamente. Al tener la atención de ambas, me arrodillé—. Lo siento, perdónenme, por favor. Les prometo, no, les juro que no se volverá a repetir —clamé caminando arrodillado hasta el borde del jacuzzi con mis brazos extendidos.
—Edward, por favor, levántate —ordenó mi Bella mirándome a los ojos.
Negué con la cabeza.
—Es lo menos que me merezco, mi castigo será caminar de rodillas frente a ustedes —respondí haciendo una mueca ante la imagen mental, pero por mis princesas todo valía la pena—. Hasta que consiga su perdón.
—Edward. —comenzó Bella pero la detuve.
—Sé que por lo que hice ayer, no merezco su perdón. Pero, por favor, perdónenme —supliqué extendiendo las flores y los bombones—. Es para ustedes. Las dos son todo para mí, y por supuesto que la fecha de ayer significa mucho para mí.
—Están hedmosas, papi —susurró mi princesita, volteó a mirar a mi Bella, ésta asintió—. Te perdonamos, papi —dijo con una enorme sonrisa.
Estaba muy consciente de que Lizzy me había perdonado, sin embargo, con mi Bella iba hacer un poquito más complicado, ella lo hacía porque estaba nuestra niña frente a nosotros. Pero no lo pude evitar.
—Gracias, gracias, ustedes son la razón de mi existencia, las amo más que a nada en el mundo —expresé antes de llenarles la cara de besos.
—Edward, te vas a mojar —señaló Bella sobre mis labios. Pero ya era tarde, tenía la camisa vuelta una sopa—. ¿Por qué no te bañas con nosotras?
—Sí, papi —secundó Lizzy muy entusiasmada.
Dejé las flores y la caja de los bombones sobre la barra donde están los lavamanos y me quité la ropa en tiempo record, quedándome solo en mi bóxer. Nunca había estado completamente desnudo frente a mi nena y nunca lo estaría. En lo que me acomodé a un lado de ellas dentro del jacuzzi, un cálido cuerpecito impactó contra mi pecho; la rodeé con mis brazos y la estreché contra mí, al instante hice una mueca al sentir su pequeño, delgado y desnudo cuerpo contra mi torso. Mi Bella soltó una carcajada, yo la miré suplicante. Nunca había visto a mi nenita desnuda, los pañales siempre se los cambiaba mi Bella o mi madre, me podía encargar de preparar sus biberones, de levantarme a media noche, cantarle, mimarla. Pero nunca iba a invadir su privacidad de esta manera.
—Nena, ven con mamá un ratito —la llamó Bella con una sonrisa, se la tendí de inmediato. Lizzy me miró interrogante y dolida—. Allá está su ropa interior —indicó señalando la pila de ropa a un lado de la puerta.
Salté fuera del agua sin pensarlo dos veces. Escuché otra carcajada de mi Bella, tomé su braguita rosa con dibujos de Ariel, llegué al jacuzzi y se la tendí. Ella la tomó sin dejar de reír, entré de nuevo con ellas y cuando mi nena tuvo puesta su braguita, la atraje con mis brazos hacia mi pecho. Ella siguieron jugando donde habían quedado, pero ahora yo era el valiente caballero. Cuando le pasaba a Lizzy a mi Bella, mi mano la rosó sin querer y me di cuenta que estaba completamente desnuda, por lo que decidí jugar un poco a mí manera. Me moví para estar frente a ella y con mi pie comencé acariciar su bella y esbelta pierna, el tobillo, la pantorrilla, la rodilla.
—Edward —objetó deteniendo mi avance con su mano y fulminándome con la mirada.
—¿Qué? —pregunté haciéndome el inocente.
—Basta —ordenó mirándome ceñuda.
Le sonreí torcidamente alejando mi pie de su suave y sedosa piel.
Ella continuó jugando con Elizabeth y en lo que se distrajo, seguí con mi tarea, acaricié su muslo interno y llegué a mi objetivo; con mis dedos acaricié sus pliegues muy suavemente. Ella me volvió a fulminar con la mirada. No podía hacer nada, tenía a Lizzy en sus brazos. Acaricié lentamente, luego me abrí paso entre ellos, con mi dedo gordo hice círculos en su clítoris.
—Edward —gimió suavemente.
Me encantaba cuando gemía y gritaba mi nombre presa de las sensaciones que yo le producía.
—Mami. —la voz de mi princesa nos trajo a ambos a la realidad. Me detuve inmediatamente. Maldita sea, se me había olvidado por completo mi niña. Lizzy miraba confundida a Bella, a quien vi tragar saliva antes de fulminarme con la mirada.
—Es hora de salir princesa —anunció Bella colocándose de pie, permitiéndome observar su magnífico cuerpo de diosa: su vientre plano, sus pechos no muy grandes que encajan a la perfección en mis manos, pero que me volvían completamente loco. Ella era sencillamente maravillosa.
Tomé su codo sosteniéndola, mientras que con mi otra mano agarraba el muslo de mi princesita. No quería que mi Bella se resbalara y ambas salieran lastimadas. La sostuve hasta que salió del jacuzzi, las dejé estabilizadas y salí a buscar las toallas al mueble.
Sostuve a Lizzy contra mi pecho cubierto por una toalla mientras mi Bella le quitaba su braguita, al terminar la envolví en ella, dejando solamente su carita a fuera. La tendí una toalla para que ella envolviera su cuerpo antes de que el pequeño Eddie comenzara a despertar, le pasé a Lizzy dándole un casto beso en sus apetitosos labios.
Me paré delante de ella mientras que mi nena miraba hacia otro lado, le sonreí pícaramente al bajar mi bóxer. La vi tragar grueso a la vez que me comía con la miraba y se relamía los labios. Tomé la toalla que me tendía y la envolví en mis caderas, le quité a Lizzy de sus brazos, sosteniéndola solo con mi brazo derecho ya que mi mano izquierda reposaba en su espalda baja.
Salimos del cuarto de baño hacia la habitación de mi princesa. Coloqué a Lizzy cabeza abajo sobre mi hombro y le di una suave nalgada.
—Papi —chilló entre risas, me reí con ella y luego le di una fuerte nalgada a mi Bella.
—Oye —se quejó con una sonrisa.
La atraje hacia mi pecho apretándola fuerte y la besé, un beso cargado de pasión y de amor. Nos separamos luego de unos minutos.
—Papi, sigo aquí —protestó mi princesa, moviéndose.
Le di otra suave nalgada, ella soltó otra risita.
—Me encanta tu trasero —susurré en su oído dándole un apretón. Me dio un golpe en el brazo y corrió a la habitación de Elizabeth, riéndose a carcajadas.
—No te olvides de mí, mami —lloriqueó Lizzy moviendo sus piernitas.
—No, princesita, usted se queda con su papi —dije haciéndole cosquillas y ella chilló.
Cuánto amaba a mis dos mujeres, ellas son las dos de las cuatro mujeres más importantes de mi vida. Mi madre y mi hermana completaban la lista.
