Capítulo beteado por Manue Peralta.

www Facebook com /groups/betasffaddiction

.

Cumpleaños de Elizabeth

EPov

Los días que siguieron a nuestro aniversario fueron una inmensa tortura para mí, no me fue permitido tocar a mi Bella por toda una semana completa. Además de que tuve que dormir por voluntad propia en la habitación de invitados luego de nuestra pequeña pero dolorosa discusión.

Desde entonces, trato de llegar temprano a casa, convivir con mis dos mujeres, mi hermosa esposa y mi preciosa hija. Tiempo que he aprovechado a fortalecer mi relación padre-hija con mi princesita. Consentir a mi esposa. Sacarlas de paseo al parque, ir al cine, a cenar los tres solos o con el resto de mi familia. Ser participante activo en la organización de la fiesta de cumpleaños de mí princesa.

En cuanto a mí trabajo… bueno, sigue casi igual. Las buenas noticias es que tengo en mi poder una buena evidencia, solo me faltaría sabotearles el próximo cargamento y tener en mis manos los testigos necesarios para ponerlos tras las rejas con cadena perpetua como condena.

Después que mi Bella escapara corriendo hacia la habitación de nuestra princesa y mi nena se quejara por ella haberla dejado sola en mis brazos, le hice cosquillas. Ella chilló y se retorció riéndose a carcajadas. La acomodé bien en mis brazos y la estreché fuerte contra mi pecho.

Te amo, princesa —declaré contra su cabello—. Eres, una de las dos mejores cosas que me han pasado en la vida.

Yo te amo, papi —susurro mi princesa sobre la piel de mi cuello. La separé un poco de mí y besé sus dos sonrojadas mejillas luego su frente.

Entré a su habitación y mi Bella ya tenía lista su pijama. Mientras ella vestía a Lizzy, fui a su pequeña biblioteca y tomé el libro de "La Caperucita Roja". Llegué a su lado, me recosté en su pequeña cama y la atraje hacia mi pecho. Comencé a relatar pausadamente el cuento.

Disfrutaba de este maravilloso momento. Saboreaba la sensación de calor que sentía en mi corazón. Esa chispa de inocencia que transmitía mi princesa. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que conviví con mi nena. Y no era justo ni para ella, ni para mi Bella.

Por el rabillo del ojo, observé cada movimiento que realizó mi Bella, desde sentarse en el banquillo frente a la cama donde nos observaba fijamente, hasta cómo inspiró profundo para no derramar las lágrimas que asomaban en su bellos ojos. Me sentí como un verdadero miserable al ser el causante de su sufrimiento.

Al cabo de unos minutos sentí el suave ronquido de mi princesa contra mí pecho. La moví suavemente hasta dejar su cabecita recostada sobre la almohada. Me levanté de la cama dándole espacio para que mí Bella le diera su beso de buenas noches.

Salí detrás de ella, siguiéndola muy de cerca.

Entró a nuestra habitación sin mirarme en ningún momento. Se dirigió hacia el armario, desapareciendo dentro de él. Fui hasta la cómoda, busqué un bóxer de color negro y me lo puse. Siempre dormía en ropa interior, excepto cuando tenemos a una pequeña polisón.

Me senté al borde de la cama y esperé en silencio hasta que ella saliera, lo cual hizo minutos más tarde con un pijama violeta de algodón en sus manos. Me ignoró olímpicamente, fue hasta la cómoda, sacó una braguita y se dispuso a vestirse delante de mí.

Tragué grueso al imaginarme su cuerpo retorciéndose de placer debajo del mío, o mejor ella cabalgándome, mientras yo veía cómo sus perfectos senos subían y bajaban. Sacudí ligeramente la cabeza sin que ella se diera cuanta. Necesitaba despejarme. Volví a mirarla fijamente, esperando su reacción. Se terminó de vestir y se paró delante de mí a unos tres metros de distancia.

Me dolía su alejamiento, pero sabía que me lo tenía muy bien merecido.

Y bien, Edward, ¿hay algo que quieras decirme? —preguntó sin dejar de mírame.

Yo… yo lo siento, lo siento mucho de verdad. No sé qué me pasó, sé que no es excusa, pero solo tenía en mente la misión que se llevaría a cabo para encontrar una buena información y acabar de una vez por todas con la mafia Vulturi —expliqué con la mirada gacha. No tenía el valor de mirarla a la cara—. Llevo trabajando en eso más de dos semanas, era información del próximo movimiento de los Vulturi que tendrá lugar dentro de un mes y se me pasó por alto nuestro aniversario.

Edward, ¿te importa más tú trabajo o tú familia? —cuestionó calmadamente, pero con la voz rota por el llanto que se negaba a derramar. Me dolió muy adentro verla sufrir por mi causa.

¿Cómo? —inquirí confundido, levantándome de la cama.

¿Te importa más tú trabajo o tú familia? —repitió.

Bella —susurré negando con la cabeza. ¿Cómo podía siquiera pensar en esa barbaridad? Mi princesa y ella son lo más importante de mi vida.

Necesito que me respondas, Edward —demandó alejándose de mi toque. Me dolió mucho su rechazo. Bajé mi mano lentamente, sentía que me moría en ese mismo momento.

Elizabeth y tú son lo más importante de mi vida, Bella —aseguré halándome fuertemente el cabello. Estaba enojado y frustrado conmigo mismo por orillarla a esa errónea conclusión.

Pues no parece, Edward —dijo con lágrimas en los ojos.

No, no, no, Bella, por favor no pienses eso. Ustedes son mi vida, la razón de mi existencia —musité negando con la cabeza y tratando de abrazarla. Necesitaba sentirla cerca de mí para hacerle entender que lo que pensaba no era cierto.

No me toques, Edward —exigió colocando mis manos a modo de defensa frente a su cuerpo y retrocediendo dos pasos, como si yo fuera un peligro que la estuviera acechando.

Bella, por favor —supliqué con la voz rota. Me estaba muriendo lentamente.

No, Edward. —negó con la cabeza—. Deberás demostrarme que ambas te importamos. Al primer fallo, tomo a Elizabeth y me voy de tu vida. Así podrás ser libre y dedicarte a tú trabajo sin que te estorbemos. Me voy a dormir con Lizzy.

No, yo iré a dormir al cuarto de invitados —murmuré con voz rota. La abracé fuerte contra mí pecho, necesitaba sentirla entre mis brazos, sentirla junto a mí o me rompería en pedazos. Ella se tensó entre mis brazos y no me correspondió—. Perdóname, Bella. Te amo. Las amo a las dos y no quiero perderlas. —besé su frente y suspiré profundo. Parecía que me arrancaran el corazón.

Yo también te amo —declaró cuando yo cruzaba el umbral de la puerta. La cerré tras de mí.

Recosté mi espalda en ella y me deslicé hasta sentarme en el suelo y me quebré. No pude más con el dolor, sentía que me asfixiaba. El dolor en mi pecho se intensificó.

Lloré y lloré como nunca lo había hecho. Nunca en mi vida me había sentido tan roto. Nunca había sufrido tanto como en este momento.

Lloré más fuerte al escuchar los sollozos procedentes de la habitación.

Papi. —escuché que me llamaban. Levanté mi vista borrosa y la enfoqué en mi princesa. Mi nenita me miraba con sus bellas esmeraldas medio dormida y medio confundida—. ¿Pod qué llodas?

Me duele la cabeza, princesa. —me puse de pie, tomándola en mis brazos. Me dio un beso en la mejilla.

Con esto se te quitadá —murmuró bostezando. Luego me dio otro beso.

Gracias, princesa. —le di una media sonrisa. Lizzy se acomodó en mis brazos, recostando su cabecita en mi hombro y escondiendo su carita en la base de mi cuello. Acaricié su pequeña espalda y le di un beso en la mejilla.

La cargué hasta su habitación. La acosté en su camita, recostándome detrás de su pequeño cuerpo rodeándola con mi brazo.

Te amo, papi —susurró con su ojitos cerrados acurrucándose contra mí pecho.

Te amo, princesa —susurré besando su cabello. Recosté mi cabeza en la almohada y suspiré profundo. No sé en qué momento me vencieron los brazos de Morfeo.

Me removí inquieto en mi cama, me encontraba entre dormido y despierto. Después de estar rememorando en mi mente esa terrible noche. Empecé a tener una pesadilla. Bueno, así se sentía.

"Estaba en un lugar oscuro, cuando logré enfocarme parecía un bosque. Estaba corriendo entre los árboles buscando aquello que me importaba más que mi propia vida. Tenía la sensación de que iba a llegar tarde y no lograría llegar hacia donde mi corazón me pedía a gritos que llegara. A lo lejos escuché el llanto de mi princesa y a mi Bella llamarme, pero se le partió la voz y no terminó de decir mi nombre. Un sensación de opresión me apretó el pecho, me hacía falta el aire, mis piernas se debilitaron y caí impotente en el suelo. Ordenaba a mis piernas moverse, pero éstas no me obedecían. Llegaron de forma fantasmal, rodeándome, dejándome solo tirado en medio del círculo.

Me las pagarás caro, Cullen —señaló una voz oscura, muy distorsionada. Se rio con una risa macabra.

Edward. —oí el llamado de Bella—. No vayas, es una trampa."

Me desperté sobresaltado, con la respiración agitada y cubierto de sudor. Respiré profundo para calmarme. Ahí me di cuenta del cuerpo cálido de mí Bella, ella dormía del lado izquierdo, mi brazo rodeaba su cintura, mientras descansaba su cabeza sobre mi pecho, muy cerca de la cabecita de nuestra princesa, quien dormía profundamente sobre mi pecho. Al parecer mi mal sueño no logró despertarlas.

No quería preocuparlas con estupideces, hoy era el cumpleaños número tres de mi princesita. Ella estaba creciendo muy hermosa. Sin duda debía enviarla a un internado de monjas hasta que cumpla los cuarenta años.

La decoración de la fiesta sería de La Sirenita. Mi Bella, mi madre, mi hermana y mi cuñada se encargarían de todo mientras Emmett, Jasper y yo íbamos a la agencia. Había hablado o más bien rogado a la duende que la pospusiéramos hasta mañana que no tenía la obligación de ir a la agencia y podía estar con mi familia. Pero la duende del mal no di su brazo torcer.

"El viernes es el cumpleaños de Elizabeth, ¿por qué he de hacer la fiesta el sábado, Edward Cullen?". Así que hoy tengo la cabeza dividida en dos: el cumpleaños de mi princesa y que me pueden llamar en cualquier momento mi contacto en el prostíbulo.

—Edward —murmuró mi Bella sacándome de mis cavilaciones. Sonreí como tonto. Siempre me ha gustado escucharla hablar en sueños y más sabiendo que yo los protagonizaba y que mi princesita había heredado.

—Mami —susurró mi princesa cambiando de lugar hasta dejar su carita en la base de mi cuello, logrando así que pudiera sentir su suave respiración contra mi piel.

Besé a mi Bella en la frente, apreté un poco más el brazo rodeaba posesivamente su cintura. Besé la regordeta mejilla de mi niña y apreté un poco más el brazo derecho, el que rodeaba su pequeño y delicado cuerpecito, mi mano descansaba sobre la de mi Bella. Su brazo derecho pasaba por encima de mi pecho y su mano estaba situada en la cinturita de nuestra princesa.

Mis princesas se despertaron al cabo de unos veinte minutos. La primera fue mi Bella, así que los dos entre besos despertamos a nuestra bella durmiente. Nos levantamos, luego de que las acorralara a las dos entre la cama y mi cuerpo y les hiciera cosquillas hasta que se les salieron las lágrimas.

Entre risas los tres hicimos el desayuno favorito de mí princesa: "hot cakes con jarabe de arce y chocolate caliente". Al finalizar, quedamos cubiertos de harina y chocolate, aunque eso no nos impidió comer entre risas. Saboreé este momento, era una sensación indestructible, no lo cambiaría por nada, siempre y cuando estuviera seguro que ninguna de las dos corría peligro.

Nos dimos un rico baño los tres juntos en el jacuzzi que duró al menos unos veinte minutos. Salimos con el tiempo justo para eludir a mi madre y mi hermana para poder llegar puntual a la agencia.

Mientras mí Bella vestía a nuestra princesa sobre nuestra cama con un hermoso vestido ligero de color rosado con lazos blancos y unas bailarinas blancas, entré al armario para vestirme con un pantalón de vestir negro, camisa blanca manga larga dejando el ultimo botón sin abotonar. La chaqueta del traje, alineado, botones, bolsillo en el pecho parche, manga larga con botones, 2 bolsillos con tapa, bolsillos interiores del mismo color del pantalón. Zapatos de vestir de color negro. Traté de domar mi cabello, pero fue una misión imposible, por lo que me rendí dejándolo desordenado. En mi muñeca me coloqué el reloj Rólex de oro que me regaló mi Bella antes de comenzar nuestra relación. Ese reloj tiene mucho significado emocional para mí. Por último me puse colonia. La última lanzada por Dior, obsequio de mi dulce y adorada hermana.

Regresé de nuevo a la habitación. Mi Bella ya había terminado con mí princesa. Su cabello estaba lacio adornado con una diadema blanca. Me quedé recostado al cabecero de la cama con ella contra mí, sus piernitas a cada uno de mis costados. Ambos veíamos la televisión, estaba pasando Phineas y Ferb. Pero de vez en cuando baja la vista a su bello rostro. La veía cómo chupaba su dedito. Mi mano acariciaba tiernamente su pequeña espalda. Mi Bella aprovechó ese momento para perderse dentro del armario.

Continuamos en esa posición por unos veinte minutos más. Mi Bella salió del armario con un vestido azul celeste de tirantes finos cuello en V, ceñido al cuerpo. Se adhería a ella como una segunda piel. Llegaba hasta unos cinco dedos por encima de la rodilla. Resaltaba sus senos. No sabía si era mi imaginación, pero se veían un poquito más grandes al igual que sus caderas. De calzado, unos Jimmy Choo de doce centímetros de color negro.

Recorrí su cuerpo, devorándolo con la mirada. Me detuve en esos bellos pozos chocolates que me observaban con un brillo en ellos. Le sonreí torcidamente, la sonrisa que sabía era su favorita. Me correspondió deslumbrándome con su bella e inocente sonrisa. Sus mejillas se sonrojaron. Extendió su mano en una invitación silenciosa, invitación que no dudé en aceptar.

Me levanté de un salto, acomodando a mí princesa en mi brazo derecho, besé su regordeta mejilla, ella me sonrió con su dedito en la boca. Tomé la mano que me ofrecía, mientras que ella con la otra apagaba con el mando el televisor. La atraje hacia mí y le di un casto beso en los labios, luego le besé el dorso de la mano. Solté su mano para que mi brazo rodeara su cintura.

—Estás hermosa y muy, muy apetecible —susurré en su oído, apretando el brazo que la rodeaba.

—Tú no te quedas atrás —declaró antes de besarme el cuello. Haciendo que mi miembro palpitara dentro de mi bóxer.

—Mmmm… —ronroneé mordisqueando el lóbulo de su oreja—. No empiece algo que no podrá terminar, señora Cullen —dije besando su cuello. Ella soltó unas risitas. Observé a Lizzy mientras descendíamos las escaleras y suspiré aliviado al darme cuenta que no había prestado a nuestro intercambio sexual. Lizzy iba más concentrada en chupar su dedito y en jugar con mi cabello, desordenándolo aún más si eso fuera posible. Pero no me importaba.

Me acompañaron hasta el Volvo. Besé a mi nenita en ambas mejillas y en la frente, se la pase a mí Bella para luego darle un beso profundo. Saboreé sus labios al principio, luego pedí acceso a su boca y ella de inmediato me lo concedió. Mi lengua se enredó en la de ella, dominándola. Al separarnos por la falta de aire, le mordisqueé el labio inferior. Acaricié tiernamente su mejilla sonrojada, le di un casto beso antes de separar nuestras frentes que estaban unidas.

—Yo también quiedo uno, papi —pidió mi princesa con las mejillas sonrojadas. Sonreí y le di un piquito en los labios.

—Te amo, princesa —le dije acariciando su mejilla

—También te amo, papi —susurró sonriendo.

—Te amo, señora Cullen —aseveré besando a mí Bella en la frente.

—Yo también lo amo, señor Cullen —secundó con una sonrisa y las mejillas se tiñeron de nuevo. Sonreí como un verdadero tonto—. Ahora vete, Alice está por llegar.

Asentí antes de subir al Volvo. Abrí la puerta del garaje, saqué el coche de retroceso justo antes que el Porsche de Alice bloqueara la entrada. Toqué la bocina dos veces, antes de acelerar. Por el espejo retrovisor, vi como mi hermana pequeña hacia un rabieta. Se veía hermosa con esa pancita de seis meses. También observé cómo mí Bella y mí Lizzy se doblaban de la risa. Sonreí abiertamente por contemplar tan hermosa escena.

Llegué a la agencia diez minutos más tarde de la hora usual, pero no me importaba. Esos diez minutos estuve con mis princesas. Di órdenes de lo que debían hacer cada quien y me encerré en mi oficina con un montón de documentos.

Así paso mí día. Estaba tan concentrado en los documentos que no me había dado cuenta la hora que era, hasta que unos toquecitos en la puerta me sacaron de mi concentración.

—Edward, es mejor que te vayas, así no llegarás tarde a la fiesta de Lizzy —comentó Jasper entrando a mí oficina, detrás de él venía Emmett. Dejé sobre la mesa los documentos que leía con mucho interés. El fin de los Vulturi se acercaba pronto—. Nosotros dos nos haremos cargo de la agencia lo que resta de la tarde.

—Está bien —acepté levantándome de la silla con la carpeta en mí mano. Lo cierto era que no quería defraudar a mí Bella nuevamente—. Debes leer esto con mucho detenimiento.

—No te preocupes, todo estará en orden —aseguró esta vez Emmett, mientras yo dejaba la carpeta en manos Jasper—. Es mejor que lleguemos tarde nosotros que tú. Dile a Rose que me espere.

—Claro, hermano —acordé antes de abrazar a ambos. Tomé mi chaqueta y la llave de mi Volvo. Debía pasar por el regalo de mí princesa.

Salí de la oficina despidiéndome de mis compañeros en el proceso. Bajé el ascensor acompañado por otro agente. Él trabaja para la DEA. Conversamos del cargamento de drogas que había evitado la entrega y ahora se encontraba en las bodegas. Me despedí de él con un apretón de mano.

Me monté en mi Volvo y salí del estacionamiento. La tienda de mascotas donde recogería el regalo de mí princesita quedaba a media hora de la agencia. Encendí el estéreo y coloqué el CD de Debussy, "Claro de Luna" llenó el silencio del coche. Pero, al cabo de unos minutos, fue interrumpido por el sonido de mi móvil. Lo busqué en el bolsillo de mí chaqueta. En la pantalla indicaba "Número desconocido".

—Cullen —contesté.

—Soy Biers. Dentro de quince minutos será la entrega. Debes apresurarte —informó y colgó de una vez.

Mierda, Riley es mí contacto dentro del prostíbulo de Victoria y James. Ese sería el lugar de la próxima entrega de los Vulturi. No sabía si eran drogas o trata de blancas.

¿Ahora qué hacía? Iba rumbo a buscar el regalo de mi princesa. No me daba tiempo de devolverme a la agencia, por más que acelerara. Estaba a unos nueve minutos y de allí al burdel hay unos diez minutos. Si me devolvía no llegaríamos a tiempo. Marqué el número de Jasper.

Te has comunicado con Jasper Hale, por favor deja tú mensaje.

"Joder, cuántas veces les he dicho que no apaguen los benditos celulares", pensé cabreado golpeando el volante. Marqué el número de Emmett.

—Cullen —contestó. Suspiré de alivio.

No podíamos dejar pasar esta oportunidad. Mis princesas debían estar seguras, no vivir constantemente bajo amenazas sin ellas darse cuenta. Mi deber era protegerlas.

—Emmett, la entrega se llevará a cabo en diez minutos en el prostíbulo de Victoria y James. Necesito a todo el equipo —dije rápidamente. Espero a que confirmara y nada—. ¿Emmett?

Revisé el móvil y la llamada se había caído. Intenté nuevamente y me envió directo al buzón.

Te has comunicado con Emmett Cullen, por favor deja tú mensaje. Si eres mi osita, nos vemos en la noche bebé y prepárate.

Bufé exasperado.

Dios, ¿es que mi hermano no podía ser un poco más normal? Cómo viene a poner eso en la contestadora.

Lo más seguro era que se había quedado sin baterías, como es habitual en él.

"Perdóname, Bella. Pero lo hago por ustedes", pensé dando la vuelta en "U" en el semáforo. Sé que está prohibido hacerlo, pero solo me quedaba diez minutos de plazo, por lo que debía apresurarme. Pisé a fondo el acelerador.

Me estacioné en mi destino cinco minutos más tarde, me salté varias señales de tráfico. Dejé el Volvo lo más escondido que pude. Biers me esperaba en la entrada. Antes de bajarme del coche, busque mí arma reglamentaria y verifiqué que estuviera cargada. De la guantera, tomé dos cartuchos. Me quité el saco, dejándolo en el asiento del copiloto.

—Biers —saludé caminando hacia él.

—Estamos sobre la hora —informó permitiéndome entrar al local.

Por dentro estaba tenuemente iluminado en algunos lugares. En cambio, sobre la barra y la tarima donde hay un palo de baile las luces brillaban un poco más.

—La entrega será por la puerta trasera. Vamos, ni Victoria, ni mucho menos James deben verte o todo se joderá.

Apenas lo escuché, la música sonaba muy fuerte. El humo en el aire y el parpadeo de las luces mareaban un poco. Me condujo por unos largos pasillos con muchas puertas, parecían los cuatros que utilizaban las chicas aquí.

Saqué el móvil, debía llamar a Jasper, necesitaba refuerzos. Me pareció oír un golpe en alguna de las puertas, pero no le presté atención. Tenía que terminar el texto y enviarlo antes de posicionarme. Me sorprendí y casi choqué cuando Riley se detuvo abruptamente.

—Lo siento, pero tienen a Gabriela y a Angy —indicó mirándome con disculpa. En ese momento sentí un fuerte golpe detrás de mí cabeza y todo se volvió negro.

Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y de cuello. Sentía el cuerpo liviano, me sentía adormilado. Intenté moverme, pero me fue imposible. Abrí mis ojos asustado. La habitación estaba en penumbras, parpadeé varias veces tratando de enfocar algo. Pero me di cuenta que estaba sentado en una molestosa silla, con mis piernas atadas al igual que mis brazos, pero estos lo estaba detrás de mí espalda. Además de estar también amordazado.

—Al fin despiertas —murmuró una voz en la oscuridad, segundos después se encendió la luz cegándome momentáneamente—. Qué honor. He aquí al mismísimo Edward Cullen. Sabes, mi tío se pregunta por qué no te quedaste como el niño bonito que eres. Disfrutar de tú vida y de la sexy esposa que tienes. Pero no, el gran Edward Cullen, heredero de las empresas Cullen, debía ser un agente del F.B.I para jodernos la vida. Pero ya como no entiendas por las buenas, entenderás por las malas, como te valió un cacahuate las amenazas. Mi tío se vio obligado a tomar medidas extremas. Cierras el caso y dices que no hay pruebas incriminatorias contra los Vulturi y que somos inocentes o tú hermosa esposa e hijas pagan las consecuencias.

—No te atrevas acercarte a ellas —gruñí destilando veneno en la voz. Sobre mi cadáver les ponía un dedo a mis princesas.

—Denle su merecido, sin pasarse de la raya. Luego lo dejan ir —dijo antes de desaparecer por la puerta.

Hasta ese momento no me había dado cuenta que habían cuatro hombres más en la habitación.

Se acercó uno, pero no pude ver su rostro. Lo tenía oculto bajo un pasamontañas. Fue ahí cuando sentí el primer golpe justo en mi estómago, dejándome sin aire por unos segundos. A ese le siguió otro y otro y otro, hasta que perdí la cuenta.

Solo pensaba en mí Bella y en mí princesita, en sus bellas risas, en sus sonrojos, en sus tiernas caricias. En que ellas son lo que más amo y lo más preciado en mí vida. Prefería vivir mil veces esto con tal de que ellas estuvieran completamente seguras.

Sentí un golpe más y cómo mi cuerpo con toda y la silla se impactaba contra el suelo. Mi cabeza rebotó contra este antes de caer en la inconciencia. Se vino a mí mente el rostro de mí Bella y Lizzy sonriendo.

"Las amo", fue mi último pensamiento antes de dejarme llevar por la oscuridad.

Desperté desorientado, me dolía todo el cuerpo. La cabeza parecía como si me fuera a explotar. Me dolía fuertemente el torso, al parecer debía tener unas costillas fracturadas. Me dolían los brazos por tenerlos en la misma posición por mucho tiempo. Traté de moverme pero me fue imposible. Levanté mi cabeza ignorando la fuerte punzada, necesitaba saber dónde estaba y qué hora era.

— ¡Oh por Dios! —el grito de la mujer taladró mi cabeza—. Iván, ven acá, por favor.

— ¿Estas bien? —escuché que le preguntaba angustiado y un poco agitado. Debió correr hasta ella. Traté de enfocarlos, aunque no logré verlos, la calle estaba tenuemente iluminada—. Yendry, por Dios, responde. ¿Es el bebé?

—Estoy bien. Hay un hombre herido allí. —oí pasos que se acercaban. Intenté hablar pero me dolía mucho las costillas—. Señor, ¿está bien?

—Yendry, por Dios, mujer, no te acerques, puede ser peligroso. —el hombre trataba de llevársela.

—Iván Alvarado, ese hombre está herido y yo lo voy ayudar. Así que deja de hablar y ayúdame a levantarlo que con este enorme barriga no puedo sola.

—Está bien, mujer, no te alteres —pidió el tal Iván antes de agacharse a mí lado para luego desatarme—. ¿Cómo se llama? —preguntó ayudándome a levantarme.

—Edward Cullen —respondí ignorando el fuerte dolor de mis costillas.

—Te dieron bien duro, amigo. ¿Problemas de faldas, drogas, alcohol? —indagó.

—Soy del F.B.I, trabajo en un caso, por eso estoy así —informé sosteniéndome el costado derecho.

—Venga, hombre, lo llevaremos a emergencias —aseveró abriendo la puerta trasera de su coche. Me quejé por el fuerte dolor en mi torso cuando me subí.

— ¿Llamamos a su familia? —inquirió la señora desde el asiento del copiloto—. Por cierto, soy Yendry y él es mi esposo Iván.

—No puedo llamar a mi esposa, mi hija es muy pequeña para traerla a esta hora a emergencia. Además de que solo la preocuparía. Mi hermano mayor también tiene una nena pequeña. —comencé a explicar. No entendía la razón, pero sentía que debía hacerlo. Ellos se arriesgaron ayudando un desconocido en la calle—. Mi hermana menor tiene seis meses de embarazo. Angustiaría a mi madre si la llamo a esta hora. Por cierto, ¿qué hora es?

—Es casi media noche —respondió Yendry amablemente.

"Mierda, me perdí la fiesta de mi princesa", pensé quejándome por el dolor.

Llegamos a emergencia veinticinco minutos más tardes.

Aunque yo lo sentí como eternidad.

Iván amablemente me ayudó a bajar. Entramos y de inmediato me atendieron un par de enfermeras. Luego se les unió un doctor. Me examinó por completo, me tomaron varias radiografías del torso y de la cabeza. Al final tenía cuatros costillas fracturadas más varios hematomas y una contusión en la cabeza. Nada de gravedad. Por las costillas no podía hacer fuerza y debía estar en reposo por varios días.

Sorpresivamente en el rostro no tenía casi golpes, solo una pequeña herida en mi ceja derecha de cuando caí contra el suelo. Vendaron mi torso y me dieron medicamentos para el dolor. Como era solo un ambulatorio no me podía dejar hospitalizados, por lo que debía acudir a uno por la mañana.

Salí dispuesto a tomar un taxi, tenía todo conmigo: mis documentos, mi arma, la llave de mi coche. Todo. Pero allí estaban Yendry e Iván ofreciéndose amablemente a llevarme hasta mí casa. Como estaba muy cansado, drogado, ya que encontraron rastro de anestesia lugar en mi sistema más la medicación para el dolor, acepté sin oponerme.

En el camino me contaron que estaba allí gracias al pequeño Josué que tenía antojo de comer helado de chocolate con limón. Iván no le encontraba lo sabroso en eso. Se estremecía de solo imaginarlo. Hasta yo lo hice, ganándome un dolor en mis costillas. Pero lo comprendía perfectamente. Mi Bella con el embarazo de Lizzy le daban nos antojos raros y difícil de conseguir a las tres de la mañana.

Me dejaron frente a mí casa, donde todas las luces estaban apagadas. Sabía que me había ganado que ellas durmieran sin mí, así que lo iba a respetar. Entré directo a la cocina tanteando en la oscuridad por un vaso de agua. Hacía demasiadas horas que había tomado agua y el cuerpo me lo exigía. Le marqué al mí jefe.

—Brandon —contestó con voz adormilada.

—Soy Cullen.

—Edward, ¿qué ocurre?

—Lo del prostíbulo fue una trampa de los Vulturi. Casi acaban conmigo —informé.

—Lo hicieron porque están acorralados. Pronto caerán, ya verás. Tómate unos días y no te preocupes, yo me encargo de eso mientras tú estés ausente.

Corté la llamada y subí a pasos lentos las escaleras directo a la habitación de invitados. Me quejé por el dolor al despojarme de la ropa. Muy lentamente me introduje en la cama, cayendo de inmediato en un sueño reparador.

Desperté agitado, levantándome de golpe de la cama, me encontraba bañado en sudor y con el corazón latiendo desbocado. Sentía una opresión en el pecho, como si me faltara algo muy importante y esencial para vivir.

Eran las cinco de la mañana, apenas había logrado dormir unas cuatro horas. Pero no me importaba, necesitaba sentir junto a mí a mis princesas. Entré al cuarto de baño, me lavé la cara y me observé en el espejo. Gracias a Dios tenía un corte en el labio inferior y en la ceja o a mí Bella le daría un ataque.

Baje las escaleras lentamente, me dolían las costillas cuando caminaba. Con movimientos torpes hice el desayuno para mis princesas. Sabía que era muy temprano, pero quería darles una sorpresa y necesitaba pedir disculpas nuevamente.

Hice hot cakes con jarabe de arce, crepes con mermelada de fresa, zumo de naranja, chocolate caliente y café. Coloqué todo en una bandeja y subí a paso lento las escaleras.

Abrí primero la puerta de la habitación de mí princesa. Me sorprendí al ver la habitación en penumbra.

"Durmió con mi Bella", pensé saliendo de la habitación, crucé el pasillo hacia nuestra habitación. Ésta también estaba en oscuridad, extendí el brazo y encendí la luz.

Dejé caer la bandeja al darme cuenta que no había nadie y la cama estaba hecha, señal que no habían dormido en ella.

No, Edward. Deberás demostrarme que ambas te importamos. Al primer fallo, tomo a Elizabeth y me voy de tu vida, Edward. Así podrás ser libre y dedicarte a tú trabajo sin que te estorbemos.

Escuché la voz de mí Bella en mí cabeza.

—No, no, no, Bella, por favor —susurré.

Ignorando el dolor en mis costillas caminé a pasos apresurados hacia el armario. Mi corazón se detuvo al ver que faltaba una maleta y algo de ropa. Me olvidé completamente del dolor y me vestí rápidamente con lo primero que encontré. Un pantalón chándal de color negro y un suéter manga larga de color azul oscuro, de calzado tenis Adidas de color azul.

Bajé las escaleras marcando el número de la casa de mis padres.

— ¿Diga? —habló mi madre con voz somnolienta.

—Mamá. —tomé la llave del coche de mí Bella del llavero.

—Edward —susurró con voz llorosa.

— ¿Bella y Lizzy están ahí? —pregunté subiéndome en el coche.

—Oh, Edward —balbuceó afligida.

—Mamá.

—No, Bella no está aquí —informó mi padre muy molesto—. ¿Ahora sí te importa tú familia Edward?

—Papá —articulé con voz llorosa—. ¿Dónde están? Por favor, dime.

—No lo sé, y si lo supiera no te lo diría —aseveró antes de colgarme.

Tragué el nudo que se formó en la garganta.

Marqué el número de Alice. Al quinto timbre, contestó.

— ¿Edward? —balbuceó.

—Al, por favor, dime dónde están Bella y Lizzy —supliqué ansioso por su respuesta.

—No debería hacerlo, pero eres mi hermano y, a pesar de todo, te amo. Están en casa de Rose —respondió con un suspiro.

—Yo también te amo, Al —declaré cambiando el rumbo. Estaba por llegar a casa de mis padres.

—Pero si vuelves a lastimarlas, me olvidaré de que eres mi hermano y te cortaré las pelotas —amenazó y me colgó. Tragué grueso. Mi hermana era capaz de eso y de mucho más.

Me tomó quince minutos llegar a casa de mi hermano. Mi corazón se saltó dos latidos al ver cómo subían dos maletas a un taxi y mi Bella, con mi princesa en brazos, se despedía de mi hermano y de Rose.

"No, no, no, ellas no pueden dejarme", pensé bajándome rápidamente del coche.

— ¡Bella! —llamé con el corazón latiendo a mil por horas en mi pecho.