Capítulo beteado por Manue Peralta.

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Decisión Equivocada

BPov.

Parte del trayecto de mi casa a la de Rose el coche estuvo sumido en un silencio sepulcral, únicamente roto por mis sollozos y el ronroneo del motor. El coche de Jake era un Mercedes CLS de color plateado, cuatro puertas y tapicería de cuero negro.

—Jake —susurré con voz ronca por el llanto. Me aclaré mi garganta—. Por favor, no lo hagas.

Mi hermano desde que partimos no relajaba su postura, estaba tenso y furioso, sus movimientos corporales lo delataban. Sus ojos de un tono chocolate oscuro tenían un matiz rojizo, reflejo de la ira que sentía en ese momento. Su mandíbula cuadrada estaba apretada, tensa. Sus labios en una fina línea y su respiración errática. Cada cierto tiempo apretaba fuertemente sus manos en el volante, logrando que sus nudillos blanquecieran por la presión que ejercía en ellos.

— ¿Que no haga qué, Bells? —preguntó en un murmullo con la mandíbula apretada.

—Lo que estás pensando —aclaré volteando a ver a Lizzy, quien se removía incómodamente en el asiento trasero.

Su sueño al parecer era intranquilo, su pequeño y delicado cuerpo se veía tenso, su pequeño ceño estaba fruncido y gimoteaba quedito.

No quería ver a mi nenita sufriendo, aunque fuera en sus sueños.

Nessie siguió mi mirada y la atrajo hacía su regazo, logrando que mí princesa se relajara solo un poco. La voz de Jake me hizo voltear a verlo.

—No puedes saber lo que pienso —protestó con una carcajada amarga.

—Eres mi hermano y te conozco. Lo amo y es el padre de tú sobrina. Por favor, no le hagas nada. Te lo suplico —pedí con voz ahogada por las lágrimas.

Al imaginar en mi mente a mis dos grandes amores tratando de matarse, me ponía más triste y hacía que el agujero que tenía en el pecho se intensificara; como si me hiciera falta el corazón y los pulmones, me costaba respirar profundo.

—Oh, Bells —susurró volteando a verme, relajando por fin su tensa postura.

—Por favor, júramelo —supliqué con voz rota.

—Te juro que no lo mataré. Pero lo que no puedo jurarte es que no vaya a partirle la cara —aseguró acariciando suavemente mi mejilla. Ladeé mi cabeza para apoyarla en su mano—. Y que no vaya a cortarle las bolas.

—Jake, lobito, no puedes hacerle eso a tu cuñado. Mira que es la parte que más disfruta Bella, ¿cierto? —comentó Nessie con una sonrisa en el rostro, desviando el tema de los pensamientos asesinos de mi hermano hacia mi esposo.

—Nessie, corazón, no quiero tener en mi cabeza imágenes de mi pequeña hermana teniendo sexo con Cullen —replicó Jake haciendo una mueca de asco y estremeciéndose ligeramente.

A pesar de lo mal que me sentía emocionalmente, no pude evitar sonreír un poco.

—Por supuesto —susurré sonrojándome.

Después de todo era verdad. Amaba cada parte de la anatomía de Edward, así como su carácter. Conocía cada parte de su escultural cuerpo, sabía perfectamente el lugar exacto de cada lunar, también de sus dos pequeñas cicatrices que se hizo cuando era niño. Además del lugar preciso de sus puntos erógenos.

—Bella —murmuró Jake exasperado.

Esa pequeña palabra hizo que mi mente retrocediera dos años y unos meses atrás, a un tiempo donde todo era felicidad, donde Edward estaba junto a nosotras y éramos lo más importante de su vida.

Flashback.

Edward manejaba el Volvo desde la casa de Esme y Carlisle luego de haber pasado la tarde en una barbacoa y en la piscina junto a Alice, Emmett, Rose y Jasper.

Una hermosa tarde de domingo en familia.

Lizzy, de ocho meses de nacida, iba jugando con su sonajero musical sentada en su sillita de seguridad. Yo iba a un lado de Edward en el asiento del copiloto mirando cómo mi linda princesa va entretenida con su sonajero.

Creo que Emmett tiene razón —comentó Edward volteando a verme.

¿Qué? —pregunté confundida, dirigiendo mi mirada a él.

Elizabeth deberá ir a un internado de monjas hasta los cuarenta —respondió mirando a nuestra princesa por el espejo retrovisor.

No —contesté de inmediato—. Ella tiene derecho a enamorarse y hacer su vida.

Pero es mi princesa —rebatió mirándome ceñudo.

Y yo lo soy de Charlie. Mírame aquí, casada contigo y con esa hermosa princesa —afirmé acariciando su brazo.

Es mi bebé —objetó enojado.

Que crecerá, se enamorará y tendrá sexo —argumenté pausadamente—. También tendrá sus decepciones amorosas.

Bella —resistió Edward exasperado, ya que le rebatía todo lo que decía.

Es la realidad, Edward, y debes aceptarlo —resolví antes de carcajearme. Lizzy me imitó segundos después—. Papá es un tonto, princesa —dije carcajeándome de nuevo.

Fin del Flashback.

El coche se detuvo frente a la casa de dos plantas, sus paredes de un tono turquesa con un matiz en un tono blanco en algunos lugares, del inmenso porche. Con grandes ventanales, tanto en la planta baja como en la superior. Un grande y hermoso jardín con distintas clases de flores, pero las que más predominaban eran los grandes y hermosos rosales, rosas rojas, blancas, amarillas y rosadas.

Mi puerta fue abierta, segundos después estoy en brazos, recostada en el fuerte y trabajado pecho de mí hermano Jake. Detrás de nosotros caminaba Vanessa con mi pequeña en sus brazos.

Cruzamos el umbral, luego que Emmett con Valerie en brazos entrara, seguido de Rose y Vanessa con mi nenita.

—Ven, Jake, te mostraré su habitación —indicó Rose con voz contenida—. Nessie, Lizzy duerme en la habitación de Valerie.

— ¡No! —grité removiéndome en los brazos de Jake, quien, a su vez apretó más su agarre sin llegar hacerme daño—. La necesito junto a mí.

—No te preocupes, Bells, ella estará junto a ti —aseguró Rose acariciando suavemente mi cabello.

Subimos las escaleras en fila india, Jake conmigo en sus brazos, Rose unos cuantos pasos más atrás y luego Nessie con mi princesa pisándole los talones a Rose.

Luego Rose encabezó la marcha hasta el final del pasillo donde estaba designada, desde siempre, mi habitación.

—Recuéstala en la cama, yo me encargo de ellas. ¿Quieres un café?

—Claro, Rose —respondió Jake dejándome suavemente sobre la cómoda y suave cama. Nessie no tardó en recostar a mi lado a mi nenita—. Te esperamos abajo.

En cuanto la vi en la cama, la atraje hacia mi pecho. Enterré mi rostro en sus cabellos e inhalé su dulce aroma a bebé, el cual era un bálsamo para mí en estos momentos.

—Emmett ya debe estar por bajar —dijo Rose alejando a mi princesa de mi lado. Me removí incómoda buscándola—. Solo voy a ponerle su pijama. ¿Quieres ducharte? —inquirió desvistiendo a mi nenita. Negué con la cabeza.

En lo que terminó de ponerle el pijama a Lizzy, la atraje de nuevo hacia mi pecho, cerré mis ojos e intenté de relajarme.

—Descansa —susurró Rose besando mi cabello—. Si me necesitas, no dudes en llamarme. Te quiero.

Segundos después la habitación fue sumida en el silencio, solo se escuchaba la suave respiración de mi princesa. Fue allí donde no pude retener más mis lágrimas, por lo que las dejé desbordarse como si se tratara de una presa que se ha roto por la presión.

Minutos después me tragué el grito que quería salir de mi garganta.

— ¿Por qué, Edward? ¿Por qué? —sollocé—. ¿Cuándo se murió tu amor? ¿En qué me equivoqué?

Esta noche ha sido la peor noche de toda mi vida. En ningún momento he podido contener mis lágrimas, solo hasta que el silencio, solo roto por mis sollozos, fue llenado por la tierna e inocente voz de mi princesita.

—Ya no quiedo que llodes más, mami —pidió con voz llorosa—. No me gusta vedte llodad.

—Discúlpame, princesa —dije tragándome las lágrimas—. Por favor, no llores tú.

Lizzy se levantó de la cama y subió su frágil, pequeño y cálido cuerpecito en mi pecho. Mis brazos no dudaron en rodearlo. Mi mano derecha comenzó acariciar tiernamente su espaldita.

—Te amo, mami —declaró besando mi cuello.

—Yo también te amo, princesa. Más que a mi propia vida —expresé besando su cabello castaño claro.

Inhalé profundo y dejé que mi cuerpo se relajara, logrando entrar a un estado entre la conciencia y el sopor.

La alarma en la mesita de noche sonó. En ese momento me sentí como si acabara de cerrar mis ojos. No recordaba haber puesto anoche la alarma del reloj.

Miré la hora y marcaban las cinco de la mañana.

En el aeropuerto siempre hay que estar una hora de anticipación.

—No me quiedo id mami. No quiedo dejad a papi —susurró mi princesa abrazándome fuerte cuando me disponía a dejarla en la cama.

Yo tampoco, bebé, pensé, tragándome el nudo que se había formado repentinamente en mi garganta.

—Solo serán unos días, bebé. Vamos a ir a visitar a los abuelitos, ¿no los extrañas? —pregunté en un murmullo, levantándome con ella en mis brazos de la cómoda cama.

—Sí, pedo siento que algo malo va a pasad —reveló cuando le quitaba la pijama.

Acaba de poner a correr el agua caliente.

—Nada malo va a pasar. Nunca permitiría que te hagan daño —aseguré al momento que Rose se detenía en el umbral de la puerta y me entraban unas enormes ganas de vomitar. Me incliné hacia el excusado dejando a Lizzy sentada en la barra donde está el lavamanos, mientras vomitada violentamente lo poco que había logrado comer el día anterior.

— ¡Mami! —escuché el grito de Lizzy por encima del pito en mis oídos.

—Bella —llamó Rose con angustia en la voz, quitando mi cabello del camino de mi vómito. Lo agarró todo en una coleta.

—Estoy bien —afirmé cuando logré recuperarme de las arcadas.

—Mami —musitó con voz rota mi princesa.

—Estoy bien, princesa —dije levantándome con ayuda de Rose—. No te asustes.

Luego de cepillarme los dientes, unas dos veces para eliminar el mal sabor, la tomé de los brazos de Rose y la apreté fuerte entre mis brazos.

—Bella —farfulló Rose acariciando mi brazo derecho.

—Estoy bien, Rose, de verdad. Solo es la factura que me pasa la ansiedad que sentí anoche. —la tranquilicé.

—Te voy a creer, Isabella Swan, pero no estoy del todo convencida. Venía a preguntarles qué desean para desayunar.

—Hot Cakes con jadabe de adce —respondió Lizzy muy entusiasmada, olvidando por completo el episodio anterior.

—Sabes que me encanta todo lo que cocinas. Así que, lo que sea por mí está bien —dije con una sonrisa.

—Hot cakes para las princesas al igual que para Emm. Tú y yo desayunamos lo mismo —afirmó Rose desde el umbral de la puerta del cuarto de baño.

—No dudes en hacer suficiente o Emm nos deja sin desayuno a todas —bromeé con una sonrisa.

Escuché las carcajadas que soltó antes de salir de la habitación.

Entré a la ducha con mi princesa en brazos, el agua estaba deliciosa y de inmediato sentí cómo mis músculos se relajaron. Nos dimos una ducha rápida, Lizzy estaba reticente. Sabía que ella, a pesar de todo, amaba con locura a su padre y no quería dejarlo. Yo me sentía de la misma manera, pero Edward debía aprender a valorarnos.

Sequé su cuerpecito cuidadosamente con una toalla de color rosa pálido. Rose nos había dejado una muda de ropa para ambas sobre la cama. Le coloqué una braguita con estampado de Stephanie de Lazy Town de color violeta, un conjunto de camiseta cuello redondo manga larga de Mini Mouse falda del tutú de color rosado con negro más una leggins ajustable de color negro y unas bailarinas de color negro. Cepillé su cabello luego de haber quitado el exceso de agua con la toalla, para después secarlo completamente con el secador de cabello. Al terminar, se lo recogí en una cola de caballo.

—Te sale un corte, lo tienes muy largo —musité colocando un poco de gel con brillantina. El cabello a mi princesa le llegaba hasta sus caderas.

—No, mami, me gusta así —masculló negando con la cabeza y haciendo un tierno y adorable puchero.

—Está bien, bebé, pero va a llegar el día de un corte, ¿bueno?

—Bueno —contestó sonriendo por haber ganado esta batalla.

— ¿Me esperas? Voy a vestirme —le pedí levantándome de la cama.

—Quiedo id a jugad con Valedie —dijo mirándome con los ojitos del gato con botas de Shrek.

—Ve a jugar con Valerie —dije con una sonrisa ayudándola a bajar de la cama.

Al entrar en la cocina observé a Lizzy y a una Valerie en pijama jugando muy animadamente sentadas en los taburetes de maderas apoyadas en el desayunador.

Rose estaba de pie delante de la estufa, volteando unos hot cakes que se cocinaban en el sartén. Se encontraba muy seria, tratando de concentrarse exclusivamente en su tarea pero fallando en el intento. La vi observar de reojo tanto a las niñas como a Emmett, quien estaba sumido en sus pensamientos, tenía el ceño fruncido; la taza de café, lo sabía por el desagradable olor que desprendía, estaba sobre sus labios, sin tomar nada en realidad. Su mirada de color verde aceituna estaba perdida en alguna parte del hermoso jardín que se observaba a través del ventanal.

—Buenos días —saludé haciéndome notar.

—Buenos días, tía Bella —correspondió Valerie con una enorme sonrisa en el rostro.

—Buenos días, Bella —saludó Emm relajando un poco su postura—. ¿Cómo te sientes? Lizzy me dijo que vomitaste.

—Estoy bien, oso —respondí correspondiendo su sorpresivo abrazo.

El olor del café se intensificó al estar en los brazos de Emm, por lo que no pude evitar empujarlo y correr hacia el cuarto de baño que estaba justo en el pasillo. Entré precipitadamente en él con el tiempo justo para inclinarme sobre el excusado y tener arcadas. En mi estómago no había nada de comida para vomitar.

— ¿Estás bien, Bella? —cuestionó Emm acuchillándose a mi lado.

—Sí —grazné.

— ¿De verdad? Te ves muy pálida —insistió ayudándome a levantarme.

—Estoy bien, solo que esto me sobrepasa —expuse con lágrimas en los ojos. Él me atrajo hacia su fuerte y enorme pecho.

—Shhh no llores, que aumentan mis ganas de ir a matarlo —arguyó entre dientes.

—Emm, no, por favor —supliqué enterrando mi rostro en su torneado pecho y apretando más mis brazos en torno a él.

—Shhh… no te angusties, no le haré nada. Pero lo hago por ti y por Lizzy —declaró besando el tope de mi cabeza.

—Emm, el desayuno está servido, ve con las niñas —anunció Rose entrando al cuarto de baño con las manos en la espalda.

—Prométeme que me llamarás en cuanto te bajes del avión en Seattle —manifestó Rose abrazándome por enésima vez—. ¿Estás segura que no quieres avisarle a la tía Renée y al tío Charlie?

—Estoy segura. No quiero preocuparlos —respondí al separarnos del abrazo.

Emm estaba subiendo nuestro equipaje al taxi. Emmett había insistido los últimos veinte minutos, pero no quería que ninguno de ellos me llevara.

—Lizzy, dale un besito a tía Rose —indiqué inclinando a mi princesa hacia Rose, quien me la arrebató de mis brazos para llenarla de besos.

—Cuida mucho a tú mamá, Lizzy, asegúrate que coma bien —dijo Rose devolviéndola a mis brazos.

—De acuerdo —dijo Lizzy asintiendo enérgicamente.

—Bella… —escuchar esa voz aterciopelada hizo que mi decisión de irme flaqueara.

Mi cuerpo entero lo reconoció de inmediato, tensándose por la anticipación. Sentí templarse el cuerpecito de mi princesa entre mis brazos. Lizzy apretó el agarre de sus bracitos en mi cuello, antes de esconder allí su hermoso rostro.

Me volteé lentamente hacia la dirección donde provenía la voz aterciopelada.

Allí, de pie, a un lado de mi coche con expresión de dolor, terror, miedo y más dolor, estaba Edward. Mi adonis personal.

Tragué el nudo que se formó repentinamente en mi garganta. Alejé de un manotazo la solitaria lágrima que rodó por mi mejilla.

—Bella. —repitió con voz estrangulada.

—Edward —susurré con voz rota. Sentí cómo Lizzy se estremeció ligeramente.

—Por favor, no —suplicó con voz ronca dando un paso hacia delante.

En ese momento escuché el pequeño sollozo de mi princesa, lo cual hizo que mi decisión se fortaleciera. De un segundo a otro, el dolor había sido sustituido por la ira.

Me volví abruptamente hacia Rose.

—Cuídate, por favor —le pedí con voz contenida—. Valerie, princesa, cuida a tú mamá. Tú sabes por qué.

—Claro que sí, tía Bella —respondió con una sonrisa.

Me volví hacia el taxi donde Emmett miraba a Edward con el ceño fruncido.

—Te quiero, oso —musité llegando a su lado.

—También te quiero, Bells. Tú y Elizabeth son más importante para mí que para ciertas personas —aseveró mirando serio hacia donde estaba Edward.

Solo pude asentir. Si decía una mínima palabra, me rompería y comenzaría a llorar.

—Tú no te puedes ir. No me puedes dejar. —escuché la voz de Edward muy cerca de mí, antes de sentir su mano tomando con suavidad pero con firmeza mi brazo derecho. Al instante sentí la corriente eléctrica.

—Suéltame, Edward —gruñí con los dientes apretados.

—No te vayas, escúchame primero —rogó con voz ronca.

Sabía que estaba furioso porque lo estaba ignorando. ¿Qué esperaba? ¿Que lo recibiera con los brazos abiertos?

—No tengo nada qué escucharte, creo que he escuchado suficiente por estos últimos dos años de matrimonio, muchas excusas, ya no quiero escuchar ni una más —aseveré sacudiendo mi brazo y logrando que me soltara.

Me volteé a encararlo.

— ¿Qué quieres que escuche? —casi grité—. ¿Tus patéticas excusas? Lo siento, Bella, es que el caso Vulturi —dije imitando su voz—. Ya me cansé de los Vulturi, Edward. Te di a elegir y tú… —lo señalé con mi dedo justo en su pecho—, elegiste a tú trabajo por encima de tu familia.

Me dispuse a subir al taxi.

Sentí cómo tiró de Elizabeth. Si no hubiese sido por mi fuerte agarre en su pequeño cuerpo y que los bracitos de mi princesa son como boas constructora alrededor de mi cuello al igual que sus pequeñas piernitas en mi cintura, la hubiese sacado de mis brazos.

En ese momento lo vi todo rojo. La ira inundó mis sentidos.

— ¿Qué crees que estás haciendo, Edward Cullen? —vociferé con voz afilada como un cuchillo volteando a encararlo.

—No te llevarás a mi hija —dijo con la mandíbula apretada.

Solté unas amargas carcajadas.

—Tú hija. —repetí sarcásticamente antes de carcajearme—. Hoy sí es tú hija. ¿Y ayer no era tú hija? Entonces, ¡¿por qué no apareciste en la maldita fiesta?! —grité—. No me vengas a decir que es tu hija cuando no has estado junto a ella los últimos dos años. Te lo dejé bien claro, la próxima vez que viera a MI HIJA sufrir por ti, nos iríamos y es lo que pienso hacer. Así que, ¡déjame en paz!

Me volví hacia el coche.

—No puedes llevártela. También es mi hija y voy a luchar por ella. Recuerda que soy del FBI y tengo cómo ganarla —replicó Edward con voz contenida.

Solté unas carcajadas por lo que había dicho, antes de volver a encararlo.

— ¿Cómo puedes caer tan bajo? ¿Crees que un juez te dará la custodia, cuando tengo testigos de cómo la has descuidado por los últimos dos años? Sobrepones tu trabajo antes que ella. Pero si eso quieres, yo lucharé con uñas y dientes y voy a ganarte, Edward.

—Isabella. —el tono de su voz me hizo estremecer de terror por unos segundos—. No te llevaras a mi hija —dijo tirando bruscamente de Elizabeth.

No sé cómo, pero mí mano derecha voló hasta estamparse con un ruido sordo en su mejilla.

—No te atrevas a intentarlo de nuevo, Edward Anthony Cullen o conocerás quién es Isabella Swan. Por mi hija soy capaz de pasar por encima de ti.

—Ya basta, Edward. —la voz molesta de Emmett llegó a mis oídos. Lo vi tomar a Edward por detrás—. Recuerda que Elizabeth está escuchando.

Hasta ese momento no era consciente de los fuertes sollozos de mi princesa. Su cuerpecito se sacudía por los espasmos producidos por el llanto. Pude apreciar cómo la comprensión se reflejó en el rostro de Edward.

Ambos nos habíamos dejado dominar por la furia.

—Bella, Lizzy... —comenzó Edward, pero Lizzy lo interrumpió.

—Vámonos de aquí, mami —murmuró con voz ronca.

—Bella, por favor… ¡No te vayas! —suplicó Edward con lágrimas en los ojos—. Por favor no hagas esto.

—No, Edward —dije negando con la cabeza—. Yo no hice nada, fuiste tú. Estas son las consecuencias de las decisiones que has tomado.

—Ustedes son mi vida. Lo más importante. Todo lo que hago es por su seguridad. Maldita sea, Bella, créeme por favor.

—Si somos lo más importante, según tú, ¿cómo todo el mundo recordó nuestro aniversario y tú no? —rebatí—. ¿Cómo puedes dejar de asistir a la fiesta de cumpleaños de tú hija, cuando tú hermano y tú cuñado te dijeron que fueras? Nos fallaste, Edward y eso no es fácil de perdonar. Elizabeth, despídete de tu papá.

—No —replicó negando con la cabeza—. No quiedo, vámonos.

—Sí, princesa —accedí acariciando su pequeña espalda.

Antes de que el coche arrancara, pude ver la expresión de dolor en el rostro de Edward.

— ¿Estás bien, princesa? —pregunté en un susurro, abrazándola fuerte contra mi pecho—. Lamento que hayas tenido que presenciar eso.

—Estoy bien, mami, te amo.

—Yo también te amo —declaré apretando un poco más mis brazos entorno a ella, antes de besar su cabeza—. ¿Estás triste? —le pregunté al verla suspirar profundo.

—Sí, no me gusto ved a papi así —respondió estremeciéndose ligeramente—. Me dio mucho miedo.

—Lo siento, princesa, pero no debes tener miedo. Te prometí que nunca iba a permitir que te hicieran daño, en eso incluyo a tú padre.

— ¿Vamos a volved? —preguntó mirándome fijamente con esos hermosos ojos tan iguales a su padre.

—Aún no lo sé —respondí sinceramente.

Asintió antes de recargar de nuevo su cabecita sobre mi pecho.

— ¿Le vas a decid? —preguntó en un murmullo, llevándose su pequeño dedito a su boca.

—Más adelante —dije rápidamente, sabiendo a lo que se refería—. ¿Cómo te sientes al respecto?

—Estoy feliz, muy, muy feliz —sonrió abiertamente con el dedito aún en su boquita.

—Eso me alegra mucho —afirmé correspondiendo su sonrisa—. ¿No crees que ya sea hora de dejarlo? —inquirí señalando su dedo.

—No —negó con la cabeza energéticamente—. Me gusta —dijo chupando más fuerte su dedito.

Llegamos al Aeropuerto Internacional de Los Ángeles LAX, uno de los más importantes de toda la ciudad. Me bajé del coche con Lizzy en brazos y de inmediato me dio una extraña sensación. Me sentía vigilada, observada por todas partes.

No debía dejarme dominar por esa extraña sensación, no debía preocupar más a Lizzy, era muchas emociones para un pequeño cuerpo. Por lo que a pesar de sentirme así, la dejé sobre sus pies para poder tomar nuestro equipaje, que muy amablemente el señor taxista sacaba del maletero.

Pero supe que no era la única en sentirla cuando Lizzy me hizo tomarla de nuevo en mis brazos de forma atropellada.

—Mami, mami, mami —susurró estremeciéndose ligeramente antes de apretar sus bracitos y piernitas en un abrazo demoledor.

Parecía querer fundirse en mi piel.

— ¿Me podría ayudar a llevarlas adentro, por favor? —le pedí amablemente al señor taxista, acomodando mi bolsa sobre mi hombro derecho y apretando más a Lizzy.

—Por supuesto, señora —aceptó dándome una media sonrisa y tomando las dos maletas—. Eres muy bonita, princesa.

—Gacias, señod —susurró Lizzy antes de meterse el dedo a su boca.

—Aro, mi nombre es Aro, princesa. Qué derroche de hermosura, tanto la madre como la hija.

No me gustó cómo lo dijo, ni cómo me miró.

—Gacias, señod Ado —murmuró Lizzy antes de esconder su carita en la base de mi cuello.

Entré a las instalaciones unos pasos más adelante del señor Aro, dirigiéndome hacia el área donde podía conseguir un carrito maletero y un chalete. Cancelé la tarifa requerida al señor Aro más una buena propina por haberme ayudado. Caminé hacia la caja más cercana, sin bajar en ningún momento a Lizzy de mis brazos, mientras que el chico que se presentó como Daniel iba detrás de nosotras llevándome el carrito maletero.

—Buenos días, ¿en qué podemos ayudarla?

—Buenos días, busco los boletos de ida a Seattle de Elizabeth Nicholle Cullen Swan e Isabella Marie Swan.

—Un momento, por favor —anunció antes de verificar en la computadora—. Aquí tiene señora Swan, faltan veinticinco minutos para el despegue.

—Gracias —dije tomándolos, antes de caminar apresuradamente para pasar por el detector de metales y fichar nuestro equipaje.

El mismo chalete, o sea Daniel, me ayudó a subirla a la banda para el registro. Es una especie de aduana donde por computadora revisan que no lleve nada ilegal. Cosa por la que me reí de forma irónica. Yo siendo la esposa de un agente especial de F.B.I y cargando en mis brazos a su hija tener que pasar por esto.

Me dio mucha nostalgia pensar en mi Edward, porque a pesar de todo sigue siendo mí Edward, como yo soy su Bella.

Al terminar todo el proceso de verificación, me dieron una especie de tarjeta donde llené mis datos y los de Lizzy. Pasé nuestros pasaportes al chico que me los pedía para rotularlos.

Por el auto parlante llamaron a los pasajeros del vuelo 456 con destino a Seattle para abordar por la puerta veintitrés. Como era nuestro, caminé hacia donde me indicaban. Cuando fue nuestro turno, le extendí nuestros boletos a la azafata, quien cortó un pedazo a cada uno.

—Jane —llamó a otra azafata que estaba cerca del área de embarque—. La señora y la niña van a primera clase. Llévalas.

La chica en ese momento me miró con una mirada helada, con rencor. En ese momento pensé: "Si las miradas matasen".

—Sígame —indicó emprendiendo marcha—. Su fila asignada es la primera. Podrá disfrutar de las comodidades de la habitación, por si gusta descansar. —al decir eso, me dio una sonrisa sádica que hizo estremecer a Lizzy.

Entramos al área de primera clase, los asientos parecían sofás, justo a unas tres filas más atrás de las que nos correspondían, había seis hombres vestidos de negro, parecían ejecutivos, con antifaces de descansar. A pesar de lo que me esforcé, no logré detallarle el rostro a ninguno.

El avión estuvo en el aire unos veinte minutos después de nosotras abordar. Sentía una fuerte opresión en el pecho que me impedía respirar con normalidad.

La misma azafata que nos sonreía con una sonrisa sádica en el rostro nos informó que ya podíamos desabrocharnos el cinturón de seguridad, además de ofrecernos algo de comer. Cosa de la cual decliné, no comería nada que pudieran tocar sus manos.

En cuanto le fue posible, Lizzy voló a mi regazo.

—Esa señoda me da mucho miedo, mami —comentó acurrucándose en mis brazos como cuando era un bebé.

—No tienes nada qué temer. Mamá está aquí y no voy a permitir que alguien te haga daño —aseguré abrazándola de forma que se tranquilizara.

Diez minutos de caricias y palabras de amor, Lizzy se quedó dormida.

— ¿Le acompaño a la habitación, señora? —se materializó a nuestro lado la azafata, quien nos miraba como si fuéramos el peor de sus males.

—No gracias, estamos bien —aseveré sin levantar la mirada del rostro de mi bebé.

Tenía mucho miedo que ella pensara que la dejaría de querer. Tenía miedo de que se fuera a sentir desplazada, que no aceptara la noticia como yo soñaba. Tenía miedo de que ella piense que yo la abandonaría como lo había hecho Edward.

Sé que lo que Edward nos hizo hirió muy profundo su pequeño y frágil corazón, como también sabía que no lo iba a superar muy pronto.

—Mami. —la voz de mi princesa llegó a mis oídos veinte minutos más tarde de haberse quedado dormida—. Tengo ganas de haced pipi.

—Vamos al baño —manifesté levantándome con ella en mis brazos.

Al pasar por donde estaban sentados los seis hombres, no sé por qué, pero me estremecí de miedo.

Ambas utilizamos el baño.

Salimos de allí riéndonos por las tonterías que se le ocurrían a mi princesa.

—Es un placer estar frente a frente con la señora Cullen. —levanté mi vista de mi princesa al escuchar esa voz gruesa y sádica muy cerca de mí.

Los seis hombres que antes estaban, en lo que parecía estar descansando en un vuelo de casi tres horas, se hallaban de pie frente a nosotras con pasamontañas ocultándoles el rostro y fuertemente armados.

—Venimos de parte de los Vulturi para enviarle un mensaje a tu querido esposo.

Al escucharle decir Vulturi, me estremecí de miedo. Mi mano derecha bajó hasta situarla en el pecho de Lizzy y moverla suavemente hasta situarla detrás de mí. Mi mano izquierda fue directo —involuntariamente—, a mí vientre.

Mi instinto materno me decía que debía proteger a mis hijos de esos hombres.

Al parecer mi movimiento no les pasó desapercibido.

—Oh… embarazada —anunció sorprendido—. Mucho mejor.

Al escucharlo decir eso, a mi mente vino el recuerdo de esta mañana.

Flashback

Emm, el desayuno está servido, ve con las niñas —indicó Rose entrando al cuarto de baño con las manos en la espalda.

Emmett salió del baño dejándonos solas.

Este… —comenzó Rose retorciéndose un poco.

Levanté una ceja interrogante.

Bueno, desde la semana pasada he querido hacer esto, pero no me atrevía hacerlo sola.

Rose, ¿qué ocurre? —pregunté parándome delante de ella.

El período se me ha retrasado dos veces. —exhaló el aire en un suspiro bastante audible—. Puede que sea una falsa alarma, los médicos me dijeron que era casi imposible embarazarme de nuevo después de Valerie.

El embarazo de Valerie fue muy fuerte para Rose, ella sufre de no sé qué en la matriz que le es imposible concebir. Valerie Anthonielli fue un hermoso milagro para ella.

Ahora un segundo bebé la haría la mujer más feliz del planeta.

¿Qué estás esperando? Hazlo. —la animé con una sonrisa.

Sacó sus manos de detrás de su espalda y mostró cuatros pruebas de embarazo.

Rose, con una era suficiente —bromeé señalando las cuatros cajitas.

Dos son para mí y dos son para ti. ¿Cuándo fue tú último período? —preguntó con una sonrisa de suficiencia.

Esa pregunta me golpeó como una bola de demolición.

Comencé a contar mentalmente.

Mierda.

Tengo cinco días de retraso —susurré con un nudo en la garganta.

Como sospechaba —dijo con una enorme sonrisa, dejando las pruebas sobre mi mano derecha—. El llanto imparable de ayer, el vómito de esta mañana, tu asco por el café ahorita. ¿Sabes lo que significa?

Un bebé —pronuncié levantándome el top y acariciando mi vientre aún plano.

Si dentro de mí había un hermoso bebé de pelo cobrizo y ojos verdes esmeraldas, debió ser concebido el día de nuestro aniversario. Desde ese día Edward y yo no hemos intimado.

Es tú turno. —la voz de Rose me trajo de vuelta al presente.

En el lavamanos descansaban las dos pruebas.

Hice lo que debía hacer para luego dejarlas sobre la repisa. Esto se sentía como un dejavú, primero la compañera de Rose hace nueve años cuando se hizo la prueba y estaba esperando a Valerie. Luego hace casi cuatro años, ella me acompañaba cuando me hice la prueba del embarazo de Elizabeth y ahora las dos juntas nos hacíamos la prueba.

Prácticamente me comí todas las uñas esperando que transcurrieran los cinco minutos que debíamos esperar.

Rose no estaba mejor que yo, sus uñas estaban clavadas en mi antebrazo izquierdo.

Es tiempo —anunció Rose mirándome con nerviosismo.

Asentí, el habla me había abandonado.

Tomadas de las manos nos acercamos.

Sobre le repisa -como si fuera un anuncio de neón- había dos rayitas en cada prueba.

Estoy embarazada —articulé derramando lágrimas.

Estamos embarazada —contradijo Rose con una enorme sonrisa, mostrándome las dos pruebas de embarazo con dos rayitas cada una—. Creo que estoy cerca de los tres meses, ¿y tú?

De casi un mes, quizás —respondí sonriendo abiertamente.

Vale tendrá un hermano —dijo Rose antes de abrazarme fuerte.

Al igual Lizzy —manifesté correspondiendo su abrazo.

¿Tendré un hermanito, mami? —preguntó Vale con una sonrisa desde el umbral de la puerta con Lizzy de la mano.

Mami, ¿voy a tened un hedmano? —preguntó Lizzy con el ceño fruncido.

Ven acá, princesa —llamé sentándome en el taburete de madera que estaba a un lado del lavamanos.

Lizzy se paró delante de mí en medio de mis piernas.

Sí, vas a tener un hermanito con quien jugar. Serás la hermana mayor al igual que Vale.

¿Te voy a compadtid? —murmuró repentinamente seria.

Yo estaré con los dos. Mi corazón es grande, al igual que mi amor por ustedes. De eso nunca lo dudes —afirmé antes de atraerla hacia mi pecho.

Te amo, mami —musitó en la base de mi cuello.

Yo también te amo. Pero debes prometerme que no le dirás nada al tío Emmett, es un secreto.

Lo pometo.

Fin del Flashback.

—Eso es una buena noticia, pero te habrás enterado hoy, ya que no sabíamos nada —murmuró penetrándome con la mirada—. Te seguíamos desde hace un tiempo. No sé si recuerdas el día que te visitó la compañía de luz. Pues bien… éramos nosotros, ese día instalamos cámaras en tu casa. Fue así que nos dimos cuenta que Cullen… prefiere estar en su trabajo que junto a ustedes. Por lo que era una buena táctica. Lo engañamos para llegara tarde el día de su aniversario de bodas, como también ayer. Oh por cierto… feliz cumpleaños, Elizabeth. ¿Te gustó nuestro regalo? —se carcajeó—. Pero ayer hicimos más que engañarlo. Oh sí, cómo disfruté verlo ser golpeado y sin poder defenderse.

Jadeé por aire cuando terminó de decir eso.

A mi mente vino una escena donde mi Edward estaba siendo brutalmente golpeado mientras se hallaba atado de manos.

"Por eso el pequeño corte en la ceja", pensé.

Me tomaron bruscamente por el brazo derecho, haciéndome trastabillar cuando me haló hacia adelante.

— ¡Mami! —bramó Lizzy al verse en los brazos del tipo.

—Dame a mi hija —dije con voz afilada.

—Oh… la leona defendiendo a su cría. No te preocupes, mamá leona, que ustedes son nuestro seguro para que Cullen borre toda las pruebas que tiene. Tú, princesa, acostúmbrate al tío De, mira que estarás con nosotros por un rato.

—No te lo volveré a repetir. Dame-a-mi-hija —dije tirando del agarre del otro hombre fornido. Era tan grande como Emmett.

—No hasta que no estén en la habitación —aseveró antes de obligarme a caminar hacia la dichosa habitación.

— ¡Mami! —el grito de terror de Lizzy me heló la sangre.

El hombre enorme me arrastró por el pasillo hasta la habitación, donde estaba la azafata, la tal Jane, que sonreía de forma sádica.

En cuanto puse un pie dentro, el hombre me devolvió a Lizzy.

—Mami, mami, mami. —repitió abrazándome fuerte.

—Jane, que no salga de aquí. Te avisaremos en cuanto aterricemos. Isabella, espero que nadie te esté esperando en Seattle, porque el pobre se quedará esperando. Allí no es nuestra parada.

Salió dejándonos encerradas con la tal Jane.

— ¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —pregunté besando el rostro lleno de lágrimas de mi princesa.

—Estoy bien, mami, solo estoy asustada —respondió apretándome fuerte.

—No temas, mami está aquí y te defenderá a ti y a tu hermano —afirmé meciéndola ligeramente.

Por favor, Edward, ven pronto.


Mil disculpas por tardar en actualizar, espero volver pronto con otro capitulo.

Besos… las quieres Isakristen.