Ninguno de los personajes me pertenecen, todos ellos son creación y propiedad de Sunrise.
Capítulo segundo
3.
Las caras interiores de los muslos empezaban a arder. El ritmo incesante de su montura en descenso terminaba por dañarle la piel, lentamente, como si desgarrar el blanco rosáceo de sus piernas enfundadas en cuero suave y gastado fuera una tarea delicada. Un trabajo fino que debía realizarse con paciencia y minuciosidad. Se reacomodó sobre la silla, intentando despejar su mente y alejar el dolor creciente de sus pensamientos. De nada serviría quejarse, prefería seguir en esas bajadas sin fin, siempre que dejara el paso de las montañas detrás todo estaría bien. Casi podía sentir los ojos clavados en su espalda, ojos de bestias atentas, esperando el momento, el instante de debilidad para lanzarse encima y devorar incluso sus huesos.
-Shizuru-han- El llamado de su compañera la sacó de sus cavilaciones, volvió la vista hacia ella, con la suave interrogante escrita en todo el rostro. Su caballo se detuvo por imitación, siguiendo los pasos del enorme rocín alazán. La mujer de lentes giró el rostro, enfrentando nuevamente el camino, a la vez que apuntaba con el mentón la fuente de sus preocupaciones. Metros más abajo, luego de las sinuosas devenidas del sendero que seguían, se extendía una pequeña villa, casas algo alejadas las unas de las otras con pequeños cultivos que las rodeaban. Por un momento la mujer se extrañó, no parecía nada fuera de lo normal, lo que esperaban desde hacía días encontrar, una vez atravesadas las montañas bárbaras.
El reflejo del metal al sol la alertó.
Inspeccionó de nuevo el lugar, esta vez con más cuidado. No había gente en los alrededores, ni cuidando de los cultivos, ni acarreando agua o simplemente sentada al sol, aprovechando los escasos rayos de la mañana. El lugar se encontraba vacío, sólo el brillo de los azadones apilados en una muralla parecía tener vida en ese lugar. Fijó aún más la vista, forzándose a ver más allá, mucho más allá. Sin embargo, a esa distancia, se le hacía imposible distinguir algo más de la maraña que se extendía como una pequeña villa ante ella.
Sólo podían suponer.
-Ara, ara… me parece que podríamos olvidarnos de pagar por un techo hoy…- Espoleó ligeramente a su animal, el caballo piafó a medida que daba un par de pasos suaves, el color dorado grisáceo de su pelaje brilló deslucidamente. La castaña acarició su rodilla con una mano, un gesto que había adquirido luego de tanto tiempo montando al animal, un signo de que meditaba sus posibilidades. La mujer tras ella puso su montura a su misma altura, también adelantando conclusiones.
-Guerra… se nos adelantaron…- Pronunció al fin, señalando la extraña disposición de las herramientas de los aldeanos.
-Saqueo- La corrigió, sin desviar la vista de la solitaria planicie que se extendía ante ellas a medida que el valle se abría. Los hombres armados y listos para la batalla no se hallaban en esas pequeñas villas arando cultivos, sino en grandes campamentos sitiando ciudades o planificando el próximo paso para tomar hitos geográficos cruciales. -De ser así habría cadáveres… un ejército no se toma la molestia de enterrar los muertos enemigos, o saqueados- Picó los flancos de su caballo, reiniciando el descenso. La daga escondida dentro de sus vestiduras ardía con mayor fuerza ahora, expectante. El alazán de su compañera siguió sus pasos, mientras su jinete seguía meditabunda, observando el claro que se abría. La boca del valle daba paso a una serie de pequeños cerros que terminaban en una planicie fría y seca en esa época del año. El camino, apenas visible, se extendía más allá de la villa, seguía los campos hacia el oeste, perdiéndose en el horizonte. Aún no se veían, pero pronto otros caminos aparecerían para conectarse, agrandando la red principal. Como un río que recibe desembocaduras, el camino se ensancharía convirtiéndose pronto en una carretera animada, la última parte de su viaje antes de alcanzar el campamento del ejército.
-Puede que estén dentro de las casas, o que se los hubieran llevado a todos como tropas esclavas…- La mujer de lentes buscó en sus bolsillos interiores, sacando el ajado mapa que las había acompañado a lo largo del camino. –Pero no está en el camino del ejército… - Los animales tantearon suavemente el camino, una bajada pedregosa especialmente peligrosa y resbaladiza, manchada por el barro y mojada por el insistente rocío.
-Se habrán desviado, o es simplemente una fracción itinerante- Se volvió a mirar a las pupilas oscuras que miraban desconfiadas el claro, debían ahorrar todo el tiempo posible, y la manera más rápida de hacerlo era atravesar la pequeña aldea deshabitada. Sus ojos rojos se fijaron, sintió el deseo de dejarlos libres, el bullir de la sangre antes que esa extraña habilidad se desatara. Parpadeó, antes de fijar la vista otra vez en los techos de madera oscura, brillando al sol. –Si es que fueron atacados, Chie-han, sólo podemos suponer. Y, aún así, Blanco y Negro deberían ser capaces de dejar cualquier animal atrás- Comentó, palmoteando el grueso y fuerte cuello de su cabalgadura. El animal resopló suavemente, sin perder una pisada en el descenso. La mujer tras ella se encogió de hombros. Buscó en las alforjas el arco y, con un movimiento rápido y fuerte de sus brazos, le colocó la cuerda tensa. Las flechas colgaban de un carjac, ajustado al lado izquierdo de su montura, listas para ser usadas de ser necesario. Colgó el arco de uno de sus hombros y apretó las rodillas, siguiendo el camino con la vista, atenta. La castaña sonrió, sin sacar la daga o quitar la capucha de su cabeza, esa pieza de tela la hacía sentir una cierta seguridad intrínseca. Siguieron el descenso cerca de media hora más, antes de alcanzar la explanada recubierta de raíces duras y hierbas gruesas. Los cascos de sus animales se enterraban un par de centímetros en el suelo blando, retrasando el avance de sus animales. No era un buen terreno para entablar batalla o para huir de una. El viento levantó sus capas, soplando por fin en la explanada, de forma suave a comparación del descarnado viento que carcomía su piel en las montañas. Un vestigio de olor a humo y algo más arrastró la brisa que las golpeaba de frente.
-Shizuru-han- La mujer tomó el arco, tensando la cuerda para comprobar el correcto funcionamiento del arma.
-Realmente se desviaron bastante…- Su montura rascó nerviosamente el suelo, inquieto ante los olores que acarreaba el viento. –Vamos, salgamos pronto de aquí- Apretó los costados de su caballo, poniéndolo al trote, una velocidad constante que el animal podría seguir todo el día sin desfallecer de cansancio. A medida que se acercaban a las fachadas de las primeras casas el olor se hacía más fuerte y metálico. Sangre en grandes charcos sería la responsable. No se habían molestado en quemar los cadáveres. El par siguió rápidamente el camino, sin detenerse a inspeccionar el lugar. Seguramente no quedaría nada en las despensas, o en los silos. Los animales habrían sido conducidos a la columna principal del ejército, las fuentes de agua envenenadas y todos los habitantes muertos o esclavizados. El sendero, al centro de la villa, estaba cubierto de pisadas erráticas, huellas de caballos, vacas, perros y personas se confundían en ese lugar, el centro de la revuelta. Y, por sobre eso, las características pisadas que habían aprendido a reconocer, huellas de lobos. Habían acabado con lo poco que los atacantes habrían dejado.
-Regresaron hacia el norte…- Chie señaló las huellas que se alejaban, una tropa de caballos pequeña fue suficiente para acabar con ese lugar. –Si mantenemos rumbo al oeste deberíamos evitarlos.
-Sólo si seguimos a buen paso- Apretó un poco más el paso de su caballo, impaciente por alejarse del lugar. –Tenemos al menos un par de días antes que las tropas de exploración busquen un nuevo pueblo que saquear- Su estómago crujió, acusando la falta de alimento, apretó los dientes, tragando pesadamente. Aún faltaba mucho para encontrar un lugar seguro dónde descansar y comer. Seguramente no lo encontraría hasta que la encontrara a ella y el peso en su pecho se alivianara al fin.
4.
Un día y su noche habían transcurrido cuando perdieron el rastro del ejército invasor.
El sol despuntaba tímidamente por las montañas que dejaban atrás, mientras enfilaban hacia el oeste.
Ni el calor que empezaba a cosquillear por su espalda a medida que la luz solar la alcanzaba, ni los bufidos de protesta de su cabalgadura lograban despegar sus ojos del sendero que seguían. Las pocas huellas que lo surcaban dejaron de apuntar una sola dirección. Las pocas pisadas que aún eran visibles no evidenciaban un movimiento uniforme, una columna en movimiento, ni una hilera de personas huyendo. Eran simples pisadas de los viajeros que, ocasionalmente, tomaban ese recóndito camino alejado de la vía principal. "La Encrucijada", como la llamaban alrededor de los diferentes reinos, era una maraña de caminos grandes y pequeños, senderos estrechos casi incruzables para las monturas, amplias carreteras pavimentadas con piedras pulidas y apretadas por el pasar incesante de los viajeros, las carretas y los grandes vagones de carga que formaban las caravanas de comerciantes. Todos los caminos se interconectaban hacia las grandes ciudades que sostenían la actividad comercial y económica de los reinos. El vasto territorio, recortado por la frontera de cuatro monarquías que proclamaban sus derechos sobre la tierra en la que reinaban. Y, entre medio, la tierra seca de los nómades, áridos paisajes en los que sólo se podía apreciar yerba a ras de suelo. Pocos vivían en esos lugares, y pocos sobrevivían a esos lugares. Sin embargo la gran red también cruzaba los territorios inexplorados, a pesar de que las vías preferías estuvieran dentro de los límites de los reinos fronterizos. Una gran isla roja y negra que separaba el continente en dos.
A lo largo de su travesía las mujeres habían evitado las grandes vías de la Encrucijada, limitándose a transitar por los caminos incluso poco frecuentados por forajidos. Su viaje se había demorado debido a esas precauciones, pero aún no habían topado con mayores inconvenientes, sólo un par de granjeros y aldeanos, que se quitaban del camino y saludaban con un rápido movimiento del sombrero. Sus cabalgaduras las evidenciaban como personas de alta alcurnia, pero estaban lejos de parecer gente de la realeza, la aristocracia o algún funcionaria importante del gobierno al que servían. Todos los reinos establecían modos distintos de gobierno, algunos encargando poder a los grandes lores que cruzaban espadas y cuidaban la tierra que se les proporcionaba, otros organizando fuertes mandos centralizados, delegando tareas en una serie de cargos sucesivos para abarcar espectros enormes con organización y habilidad. Algunos simplemente mantenían el poder bajo el terror del acero, siempre presente, una amenaza latente que parecía acariciar el cuello de cualquiera que traspasara los dominios de quién sostenía la espada.
La mujer hizo girar su montura, una vuelta completa sobre sí misma, mientras observaba a su alrededor, intentando abarcarlo todo con sus sentidos.
Ver el bosque a su alrededor, creciendo más espeso a medida que bajaban hacia el sur.
La luz que escasamente las alcanzaba por el rastro que dejaba el sendero.
Las pisadas marcadas hacía ya tiempo.
El sonido de los animales en movimiento, algunos despertando, otros retozando.
El viento haciendo crujir las altas ramas sobre ella, cargando olores diversos y profundos hasta su nariz y llevándolos lejos, junto al de ella.
El calor que desprendía su animal, cansado.
El bosque permanecía en calma.
Su compañera cubrió la distancia que las separaba, poniéndose a su altura. Profundas ojeras cruzaban sus mejillas, sus manos temblaban levemente debido al cansancio, pero la mirada tras los lentes manchados por el polvo del camino era decidida y firme.
-¿Crees que nos adelantamos?- Inquirió, dejando vagar su mirada hacia atrás, el camino arduamente recorrido durante esas horas de caminata forzada. Estimaba que habían puesto varios kilómetros entre la villa devastada y el punto en el que se habían detenido. Torciendo su camino aún más hacia el sur y avanzando con decisión hacia el oeste, aún quedaban días de marcha pero dos jinetes solitarios se moverían más rápido que todo un ejército con al menos cuatro mil hombres en su haber.
O por lo menos eso esperaba.
Shizuru no respondió, ponderando sus opciones.
Era posible que se hubieran alejado de la columna principal, pero la mujer no podía estar segura. No escuchaba nada, no sentía nada, parecían ser los únicos seres humanos en kilómetros a la redonda.
Pero eso también lo había pensado hacia tiempo atrás, y se había equivocado.
Esta vez sería más precavida.
-Avancemos un poco más, algún lugar resguardado para poder dejar los caballos fuera de la vista- Sentenció, espoleando su montura hacia delante, buscando algún recodo en el que sus grandes animales pudieran descansar y reponerse de la jornada. Chie la siguió, sin agregar mucho más, incluso en esas espesuras tan alejadas de su hogar reconocía la superior jerarquía de su compañera. Se rehusaba a perder esas pequeñas costumbres.
Se rehusaba a alejarse más de su hogar al olvidarlas.
El camino torcía suavemente, serpenteando a través de lomas suaves que poblaban el sector. La gran cadena montañosa que habían dejado atrás aún se hacía presente, en esos montículos de tierra que se elevaban tímidamente hacia el cielo.
El follaje se hacía más espeso a medida que se adentraban por el camino, sin elecciones para desviarse, la pequeña y larga vereda de tierra apisonada seguía lánguidamente por eternos parajes que cambiaban sutilmente a medida que se acercaban a destino.
Podían sentir la contracción de los músculos de las monturas contra sus piernas. No tenían mucho tiempo antes de que los caballos terminaran por echarse al suelo y descansar, se lo pidieran o no. Finalmente fue Chie quien dio con un recodo resguardado a vistas. Un espeso matorral que podía bordearse con cuidado a una pequeña loma que caía en picada por unos metros. Sería un buen lugar para descansar poniendo la caída tras ellas, como medida de protección.
Claro que si nos presionan hacia allí puede ser nuestra perdición, también.
Los animales sacudieron sus lomos en cuanto se sintieron libres de sus ataduras, bajando las cabezas para dormitar y descansar luego de la larga marcha. Las viajeras sacaron algo de carne seca, sus provisiones menguando a niveles críticos, sentándose sobre el colchón de hojas y estableciendo turnos de guardia. La castaña tomó el primero, dejando a su compañera dormir unas cuantas merecidas horas.
Aún, además, tenía demasiado para pensar como para dormir profundamente. Inquieta tocó el pequeño bulto bajo su ropa, sintiendo casi en los huesos los susurros que se escapaban de esa gema. Se había despertado luego de siglos dormitando. Tiempos salvajes se aproximaban.
Tiempos oscuros.
El mundo cambiaría vertiginosamente alrededor de ella, la perla casi podía murmurárselo en un oído, sonriendo (porque estaba segura que, de haber podido, la perla sonreiría a mediad que hablara y dictaminara terribles sentencias, predicciones que demasiado tendrían de ciertas como para ser cómodas o agradables). A su alrededor la fría capa de hojas refrescaba más y más, como si anunciara el movimiento del invierno hacia ellas.
Ya sólo quedaban días de marcha, esperaba. No estaba segura de cuánto podrían seguir con ese ritmo, ni estaba segura como afrontarían el campamento cuando lo alcanzaran.
Ni siquiera estaba segura de quién sería su destino, su guardia. Presentía que todas las respuestas llegarían a medida que se acercara el momento, a medida que fuera necesario. Pero las preguntas seguían ahí, molestándola, robándole el sueño y la calma.
Plantando más dudas que seguían sin respuestas.
Suspirando sacó uno de los pequeños broches que adornaban el cuello abotonado de su capa de viaje. Tenía tres de ellos que anunciaban su reino, su cargo y la familia a la que pertenecía. Los tres símbolos estaban engarzados en un fuerte y sencillo sistema de broche, le evitaba preocuparse por ellos incluso al enfrentar los vientos más temibles de las venticas, la nieve o los campos azotados por mareas de viento, donde los árboles crecían torcidos y los animales solo correteaban por el suelo, entre medio de la larga hierba que no cesaba de ondularse a su alrededor. Cada uno era de colores distintos, composiciones diversas para lograr los colores exactos.
Quitó el broche que simbolizaba el escudo real de su reino, bañado en oro y remachado con toques de plata, los dos dragones bailaban ante sus ojos, llenos de vida. Las pequeñas figuras nacían del mismo cuerpo, dos cabezas que cooperaban unidas dirigiéndose hacia extremos opuestos. La mujer cerró los dedos sobre el símbolo, ocultándolo en su puño con fuerza, deseando realmente que esas dos cabezas pensaran con la mayor claridad posible. Volvió a colocar el broche, distraídamente, una acción automática luego de realizarla muchas veces. Si no hubiera estado tan ausente habría, incluso, visualizado su propio reflejo en el ovalado espejo que la esperaba cada mañana en su hogar, a muchísimos yeokkas de ese recóndito lugar. En su casa, junto a su familia y todo lo que remotamente conocía. Pero su sangre exigía, su familia exigía, sus ancestros exigían. Y, secretamente, ella también lo hacía. Hacía semanas que no se observaba en un espejo, que no reparaba con cuidado y minuciosidad en sus facciones, procurado que su aspecto fuera el primer golpe que recibieran en la cámara de gobierno antes de que sus palabras terminaran por rematar lo que ya se habría propuesto a realizar.
Y ahora estaba ahí, en medio de la nada, la primogénita de una de las ramas familiares más antiguas y reconocidas de su país, de sus tierras. No podía evitar pensar que era algo divertido, la sombra de una sonrisa iluminó tenuemente su rostro. Su compañera se removió entre sueños, murmurando algunos números, sacando cuentas incluso en sus sueños más profundos. La castaña le dedicó una sonrisa algo más ancha, la había traído si bien no a la fuerza, sin muchas posibilidades de resistirse. Necesitaba de su mente aguda para llegar a buen puerto en esa inaplazable empresa.
Desmenuzó con cuidado una de las tiras de carne seca y la masticó con parsimonia, su mente alejada pero sus oídos atentos a los ruidos que la mañana prodigaba. Tendrían por lo menos unas nueve horas más de luz, por lo que podrían descansar unas tres horas cada una antes de seguir la marcha y abarcar camino con la seguridad inestable de la noche. Una brisa suave pero helada recorrió la tierra a su alrededor, clavándole un dedo helado en cada centímetro de piel descubierta. Tembló involuntariamente. Se sentía como la caricia de una daga sin filo, como un cuchillo pasado suavemente por su carne sólo presionando el lado romo. Se reacomodó, acercando un poco más sus piernas cruzadas hacia ella. El invierno se adelantaba ese año, incluso cuando habían por fin dejado atrás las montañas coronadas con nieve eterna, aún podían sentir el aguijón del frío espoleando sus pasos, mordiendo sus costillas.
Y será peor a medida que nos acerquemos al sur…
Cubrió sus piernas con el resto de la capa, asegurándose de que la tela no entorpeciera su movimiento de ser necesario levantarse rápidamente. Observó nuevamente de reojo a su acompañante, hundida en un sueño pesado a simple vista. También había usado la capa para cubrirse por completo y protegerse del viento otoñal que levantaba las hojas a su alrededor. El constante soplar suave del viento provocaba una cascada inagotable de hojas suavemente dejándose caer libremente por la quebrada tras ellas. El rojo, el café y el amarillo entremezclándose en el aire, sin prisas por tocar el suelo muchos metros más abajo. Observó el exabrupto final de la tierra que les servía de protección anotando mentalmente que, aún con las montañas a sus espaldas, el terreno seguía siendo accidentado y con varias caídas ocultas entre el follaje. No sería buena idea entrar en una huida o en una persecución en esas tierras. Suspirando, intentando apaciguar su mente encendida y alejarse de los pensamientos problemáticas. De su cinturón plegado y grueso sacó una pequeña hoja, demasiado corta como para ser una daga y sin la punta característica de un cuchillo, sino más parecida a una cuchara con filo. Hurgando un poco más encontró el hilo delgado pero resistente que serviría para armar un lazo corredizo. Su cinturón, como la mayoría de las ropas que ahora portaba, se encontraba lleno de bolsillos ocultos llenos de cosas indispensables en su larga travesía. Sonrió, pensando en sus vestidos lisos, las telas suaves que solían adornar su piel blanquecina de regreso en su hogar, seguramente ahora siendo atendidas con esmero por los sirvientes que había dejado atrás.
Tan atrás.
Buscó a su alrededor una rama gruesa y corta para construir una trampa. La caza también caía en su categoría de carreras prohibidas en terrenos tan desconocidos.
Acariciando la hoja fría se dispuso a hacer su trabajo, sus ojos rojos aún refulgiendo en medio de la tarde y el lema de su familia jugueteando entre sus labios. Horas de luz encima de ella le impedían descansar más allá.
NdA: ¡Woooo! ¡Actualización en el día que debía ser! Eso es mucho hablando de mí... ¡Saludos!
