Ninguno de los personajes me pertenecen, todos ellos son creación y propiedad de Sunrise.
Capítulo tercero
5.
Las hojas golpearon sus dedos enfundados en guantes, el viento levantando todos los pequeños obstáculos que encontraba a su paso, arrojándolos hacia la fila compacta de hombres que componían la vanguardia. Giró las riendas de su cabalgadura con un giro de la muñeca y la ligera presión de sus rodillas, su caballo respondiendo maravillosamente a sus comandos se movió más por orden de pensamiento que un estímulo físico. Acompasando un paso suave inició su recorrido, revisando el equipamiento y la formación de la línea. Sería el punto de encuentro, retención, choque y avance, sólo los soldados más fornidos podían ocupar ese lugar, quienes estuvieran entrenados para resistir y rechazar. Su mirada relampagueó entre los escudos redondos remachados en acero que los soldados dejaban descansar contra sus piernas, entre las lanzas que se apilaban en un montón tras ellos y que sería la carga de la segunda fila. Solían llamarlo mordida de perro, las lanzas penetraban la carne y luego se retiraban al unísono, como la mordedura de un perro asustado. No solía ser fatal en cortos periodos de tiempo, pero mermaba las fuerzas de la arremetida y facilitaba el rechazo por parte de la fila de impacto. Giró el cuello hacia su derecha, el terreno se abría en una explanada suave que descendía hacia el norte. No era el mejor terreno para sostener una lucha, menos con el pasto constantemente mojado, con las grandes ciénagas que abría la lluvia, con los lodazales ocultos en medio del follaje verde aún y copioso. Chasqueó la lengua, algo disgustada, no era el terreno para usar su caballería.
Y sólo podía lamentarlo.
La caballería era la mejor arma con la que contaban.
Sus lanceros eran buenos y su infantería aún mejor, pero su caballería era lo que realmente ganaba las guerras en las que se enfrentaban. Apretó los dientes, intentando mantener la mirada serena, por más que el viento siguiera golpeando sus guantes, entumeciendo sus dedos enfundados en cuero y jugando con su cabello sin descanso. No tenía una buena arquería, para ello contaba con los refuerzos llegados del mar. Refuerzos que aún no eran divisados por los exploradores que se adentraban hacia la tierra más allá del horizonte que ella había explorado. No, eran sus caballos pequeños y resistentes los que siempre la habían llevado a la victoria, como el animal que resoplaba bajo sus piernas, siguiendo el ritmo tranquilo que su jinete le había pedido. Sin ellos no podía cazar a los replegados con tanta facilidad. Sin ellos estaría muchísimo más tiempo del necesario en ese lugar.
Un mal presentimiento nacía y crecía en la boca de su estómago, no le gustaba el cariz que estaba tomando la situación. Repasando sus tropas le parecía poco probable que perdieran, le parecía poco probable que, por más numeroso que fuera, el ejército invasor no contaba ni con la estrategia ni el puesto de ventaja como para ganar la guerra. Tampoco contaba con la resistencia de sus hombres acostumbrados al invierno que se avecinaba. No los mataría el clima, definitivamente.
Pero no podía respirar tranquila.
Habían demasiados cabos sueltos en ese lugar.
Parpadeó un par de veces, concentrándose en su situación actual otra vez, las divagaciones prefería guardarlas para su propio espacio, en la oscuridad y el silencio de su tienda cuando la noche cayera y los puestos de guardia rastrearan silenciosamente los alrededores. Aprobó con un ligero asentimiento los soldados que mostraban sus equipos y pertrechos. La máquina de guerra que manejaba estaba engrasada y a punto, lista para arder en cuando la más ligera chispa encendiera el lugar. Su animal percibió el ligero comando a través de sus rodillas y se alejó, tomando la dirección al norte, hacia donde se acercaba uno de los grupos de avanzada con sus reportes diarios. Aunque podía suponerlos. Todo en silencio, todo sin movimiento.
La espera en ese lugar se haría demasiado larga como para aguantarla mucho más.
Tenía órdenes de esperar, y estaba segura de que la caravana de provisiones seguiría llegando hasta que sus órdenes cambiaran. Pero hasta ese momento habría de seguir esperando. Una espera larga y tortuosa.
Una espera en lo que se jugaba era la vida, como un juego de cartas al que se le entregaba demasiado a la suerte.
Los caballos y sus jinetes se detuvieron frente a ella, desmontando y entregando en breves palabras lo desolado que parecía todo. Sin enemigos en el norte, las montañas del este tocadas de colores tierra y el gran bosque cercano en silencio, sin rastro de los barcos que deberían acercarse por el mar.
Apretó los dientes, otro día que pasaba perdido.
Se dejó caer y le entregó las riendas a uno de los soldados cercanos, prefería caminar por un momento, intentar alivianar su mente y su tren de pensamientos. La cadera izquierda le pesaba con la espada. Se detuvo en los lindes del campamento, observando sus zapatos enfundados en botas en lugar del bosque denso que delineaba el horizonte –aunque la niebla no dejaba siquiera distinguirlo-. No tenía cordones para observar, solo cuero negro gastado y mojado. El pasto húmedo enfriaba sus pies a través del calzado. Se dio cuenta que tenía frío.
A veces solo regresaba volver a casa.
6.
El camino ahora solo se componía de pequeñas lomas, el sol iluminaba los pastizales matizados de verde y amarillo. Una buena tierra de pastoreo, algunos rebaños se veían a lo lejos, aún sin tocar por el golpe del ejército invasor o de la necesidad de utilizar su leche y abrigo para preparar las reservas de invierno. Un camino bastante desolado.
-El ejército debió de seguir el camino de las aldeas
-Es probable, el viaje será más tranquilo ahora –sentenció, deseando que sus palabras se convirtieran en una realidad. Solo estaban a unos días de marcha ahora, y las horas de luz se reducían lentamente día a día, como el paso por un reloj de arena. Esperaba que el traspasar las fronteras del siguiente reino y dejar atrás esas tierras extrañas y sin dueños definidos la ayudaría a sentirse más tranquila.
Pero sobre todo quería sacarse la carga que pendía de su cuello.
Su compañera de viaje le ofreció una tira de carne seca, algo para masticar y entretenerse a medida que atravesaban kilómetros a paso seguro en las lomas que descendían invariablemente hacia un valle lejano. Ahora también el viento era solo una brisa que removía el pastizal y el olor de la sangre y las armas no se distinguían en él. El camino había disminuido hasta no ser más que una senda marcada raramente por la huella de animales salvajes o de ganado.
El mundo parecía haber cambiado en solo un par de días.
Masticó una de las tiras de carne y deseó tener una más de sus aves mensajeras. Deseo poder comunicar que estaban a días de llegar. Deseo que todo eso fuera un sueño. Pero desear era tanto más sencillo e inútil que actuar.
El camino no terminaba hasta donde su vista abarcaba. Pensó en consultar el mapa de la ruta pre-diseñada y las desviaciones que habían tomado, pero lo consideró innecesario, podía verlo en su mente si se concentraba lo suficiente. Si sus cálculos no se equivocaban llegarían al punto de reunión antes del ejército de bárbaros que se acercaba lentamente a través de las escasas planicies de las montañas. Aún no sabía si eso le agradaba demasiado. Chie, a su lado, parecía adivinar sus pensamientos tras la capucha que cubría su rostro hasta su tabique. Seguramente ella tendría los mismos presentimientos y quizás las mismas inquietudes.
-¿Con cuántos soldados cuenta la guarnición? –inquirió, azuzando levemente el caballo para que se mantuvieran juntos al paso.
-No lo sé… entre 500 y 2000 supongo… no suficientes para enfrentar a un gran ejercito en terreno abierto, pero si están en un punto estratégico… -aunque ese tampoco era el punto, si no podían defenderse, no había sentido con ir siquiera. La expedición invasora se había desatado a mitad de su viaje, los rumores la habían acompañado desde unos meses antes. No tenían más escapatoria para entonces que seguir el plan y apretar los dientes cada vez que se acercaban demasiado al borde.
-Debemos llegar antes… si queremos encontrarla rápidamente –la información era obvia, por lo que asintió. Una manera de tratar de infundirse confianza. No tenía sentido viajar esa distancia, por meses, para llegar a un campo de lucha ya desierto o, peor aún, a un campo de lucha donde su parte había sido derrotada. La perspectiva de estar en una carrera para alcanzar el lugar de una batalla antes de que se iniciara no la emocionaba en lo absoluto. Pero ¿qué otra opción tenía?
Era en momentos como ese cuando se daba cuenta que el futuro estaba creado de actos y deberes más que de deseos y planes.
-Entonces espero que la información que tenemos sobre ella sea cierta. Un comandante capaz es lo que necesitamos ahora mismo… y un poco de diplomacia para justificar una visita tan lejana en tiempos de guerra -. Instintivamente tocó las alforjas donde guardaban las cartas, los sellos reales, los emblemas y algunos de los pequeños pero finos regalos que les entregarían a las autoridades correspondientes. En esos momentos una cama tibia en las paredes seguras de un castillo o una posada se le antojaban como un lujo más grande que cualquiera de las alhajas que portaban. Las cambiaría gustosa por una visa de diplomática.
Los rayos de la tarde aún golpeaban con fuerza sobre sus cabezas, un brillo que podría cegar con el debido tiempo. La necesidad de salir de ahí empezaba a ser imperiosa ya. Las montañas que dejaban atrás eran imponentes, pero las que les esperaban delante no perdían cierto aspecto de maldad que la intranquilizaba. La claustrofobia hacía mellas luego de semanas rodeadas por montañas demasiado altas como para contemplar el final de ellas, demasiado frías como para sentir a veces la posibilidad de escapar de ellas, demasiado plagadas de bestias humanas que demuestran lo que son capaces de hacer con ellas.
Los caballos piafaron, sin cesar su paso al trote. Al menos ellos estaban pasando un mejor momento luego de bajadas y subidas escarpadas. La fuerza de sus cascos era lo que las llevaría a puerto seguro.
7.
-¿Alguna idea? –El silencio que acompañó su pregunta era más efectivo que cualquier respuesta. Atravesar esa niebla para llegar al lado opuesto del campamento y cubrirse entre el bosque parecía una idea descabellada, demasiado cercana a lo suicida para su gusto.
-Los turnos de guardia deben estar bien organizados… y hay centinelas en cada bajada posible de estos cerros –susurró, señalando con la barbilla las pequeñas figuras que custodiaban en la falda de los abruptos finales. Agazapadas desde su posición aún permanecían invisibles, pero no lo serían si trataban de llegar hasta el otro lado.
-Supongo que no podemos ir mostrándoles nuestras credenciales de diplomáticas como una bandera por el rostro ¿verdad? –comentó con cierta gota de humor, mientras se giraba sobre sí misma y se dejaba caer unos centímetros más por la inclinación natural que les servía de mirador. Shizuru siguió su movimiento con el rabillo del ojo, aún observando el movimiento lejano en la estrecha boca del valle sobre la que el destacamento se hallaba instalado. Rebuscó sin mirar en unos de sus bolsillos, sacando una pequeña pasta gomosa blanca, aromatizada por menta y lavanda. La masticó sin prisa, aún intentando pensar una manera de realizar un cruce seguro. –Joder… tan cerca que… -Chie terminó su frase a medio camino, arrastrándose hasta una posición algo más alejada, mirando el norte del valle y las montañas que aún se extendían por esa zona –Mira, ahí están.
Su acompañante se sorprendió de verlos ahí, en dos largas columnas, cubriendo terreno con unas piernas que parecían incansables –Se suponía que llegaríamos con unos días de antelación. –entre las dos se materializaba ahora la misma urgencia, el dilema de cómo infiltrarse entre un millar de soldados ahora se hacía una cuestión apremiante. Tendrían quizás un día, o un día y la siguiente noche antes de que los dos bandos se enfrentaran. Debían llegar antes de eso.
Era necesario llegar antes que eso, sino el sentido de todo ese largo y agotador viaje se haría inútil
-Quizás sea hora de probar algo nuevo, ya sabes… jugar un poco con lo que tenemos… la observó sin cambiar su postura, pero su mirada cambiante evidenciaba que empezaba a entender la dirección que estaba tomando el asunto.
-¿Segura? No sé cuán seguro sea eso.
-Nos ha traído todo el camino hasta ahora…
-Si funciona tendrás que incluir "suertuda" a tu lista de virtudes -. La castaña sonrió, una sonrisa sin demasiada alegría detrás. Ambas lo sabían, la suerte no era algo en lo que se pudiera confiar totalmente.
-¿Lado sur?
NdA: Otra actualización a tiempo... ¡Me compraré una cerveza de recompensa si sigo así! Espero hayan disfrutado la lectura, hasta la siguiente actualización ¡Saludos!
