Ninguno de los personajes me pertenecen, todos ellos son creación y propiedad de Sunrise.
Capítulo cuarto
8.
Escuchaba a los hombres, los oía susurrar, casi olía sus espaldas mojadas por el rocío y el sudor frío del miedo. Sentía en cada palpitación el cómo la tierra se removía ligeramente a cada paso.
Estaban allá fuera.
Solo que no podía verlos.
La neblina que ocupaba el supuesto campo de batalla era tan espesa que un arquero no dispararía más que a su intuición. No veía más de diez metros frente a ella, no distinguía los accidentes geográficos y no vería el final de las líneas de sus hombres en esa mañana fría de otoño, a puertas del invierno. Apretó los puños, controlando la ira y el alivio que corrían por partes iguales en su cuerpo.
El sol, ya sobre ellos, no hacía más que empeorar la situación, dándole un toque brillante, casi corpóreo a la neblina que los rodeaba.
La guerra tendría que esperar otro día.
Se giró, los sargentos esperaban ordenes para llevar a sus respectivas secciones, cada fila comandada por uno de ellos. Ellos suponían lo mismo que ella, la niebla no se levantaría hasta que fuera demasiado tarde. La noche era el enemigo de todos en una batalla. Tanto ellos como el enemigo la evitarían.
-Replieguen las vanguardias, nos apertrecharemos en la cima y esperaremos a que la neblina se levante. Establezcan turnos de centinelas, quiero hombres vigilando el perímetro a todo momento –comandó, los sargentos solo asintieron antes de internarse en la neblina y desaparecer. Parecía un animal, viva, respirando, jugando con ellos antes de decidir a devorarlos. Esto tampoco me agrada… es como estar a su merced. Inició el regreso a su tienda, atenta a sus alrededores más por fuerza de costumbre y la opresión que sentía que por una necesidad de ver algo. Diez metros de visibilidad eran el enemigo natural para intentar encontrar algo en ese terreno ahora mismo.
Opresión y frustración corría por sus venas. Ella también se embargaba de ese sentimiento de invulnerabilidad antes de la batalla, solo unos momentos de sentirse invencible y rezar por el soldado a su lado en lugar de ella. Pero claro, eso era una enorme mentira, todos se creían invencibles hasta que los alcanzaba la primera fecha. Con suerte solo les atravesaría una mano o les dejaría un moretón para el recuerdo, con un poco más de suerte normal les astillaría algún hueso o los dejaría con una oreja menos. Quizás golpearía a un caballo y los rugidos del animal herido intentando escapar los atraparía en el horror que en realidad les esperaba. Solo era cosa de tiempo, pero no deseaba bajarse de esa sensación única, de ese sentir tan absurdo y tan necesario para adentrarse a pie firme en un infierno en vida.
Pateó una pequeña piedra a falta de algo mejor. En esos parajes no podría lanzar un tronco o tirar un arco, ni siquiera podría intentar ejercitarse en el lago de verano como se acostumbraba en sus tierras.
Solo esperar.
Esperar mientras su tienda se llenaba de humo y de personas impacientes, de mensajeros sin mensajes que enviar, de vigías sin cielos que escanear.
-Puta… -verbalizó, sin solucionar mucho. No quería tener esa responsabilidad a sus espaldas, la responsabilidad de cargar con la impaciencia de los demás además de la propia. Se inclinó levemente hacia su derecha, evitando su hogar provisional y acercándose al gran bosque que custodiaba esa zona del paso. Un bosque fuerte y antiguo, difícil de quemar y difícil de traspasar en orden. Sus exploradores ya lo habían registrado en busca de posibles escondites o emboscadas, pero se encontraba tan desierto como parecía. Un ejército de unos 3000 o 5000 hombres no sería capaz de atravesarlo de manera ordenada en una noche. Claro, ese no era un motivo para tomar riesgos innecesarios. El pequeño destacamento de arqueros que poseía estaban escondidos entre el follaje de las altas ramas de esos árboles, dispuestos a aniquilar cualquier explorador desconocido que se internase y a mandar mensajeros rápidos o flechas incendiarias para avisar del peligro.
Todas son precauciones que pueden evitarse con facilidad. Intentó alejar ese pensamiento de ella, a veces el peor enemigo no es la habilidad de tu contrincante, sino la capacidad propia para juzgarla correctamente.
Detuvo un suspiro a medio camino, si seguía así terminaría acabándose todo el aire que tenía en el cuerpo antes de que llegara la mañana. Desvió otra vez su caminar, girando hacia la izquierda sin dejar de moverse hacia el sur, pasando su tienda y alejándose del campamento. Unos momentos a solas no matarían a nadie, esperaba. Si llegan a atacar mientras no estoy… prefiero buscar a un arquero y que me terminen de una vez. Por costumbre mantuvo las manos en los bolsillos ocultos en sus pantalones, la mano izquierda cosquilleaba tan cerca de la funda de su arma, pero le restó importancia.
El frío de la neblina empezaba a entrarle en los pulmones, la tranquilizaba. Quizás con unos momentos más se le ocurriría algo para mantener a las tropas calmadas.
-Ara ara ¿No deberías estar en el campamento? –Shizuru, tienes suerte que no estés en tu rol diplomático ahora mismo.
La mujer se giró en redondo sobre la base de sus dedos, un movimiento limpio que evidenciaba la agilidad detrás de ese simple gesto. La castaña se encontró ante una espada a medio desenvainar y una mirada de incredulidad y hostilidad. No sé por qué esperaba otra cosa…
-¿Y tú quién eres?- Interrogó, sin despegar la mano de la empuñadura de su espada, el acero vibrando contra su mano. Las almas en él contenidos gritando, llorando, aullando. Sólo quería soltarla, esa espada le hacía daño. Tenía que deshacerse de eso, y rápido. La piel en contacto a ella se calentaba rápidamente, haciendo molesto incluso tocarla. Habían burlado su guardia totalmente, y ahora una mujer alta le hablaba en un idioma que no comprendía. Detrás de ella distinguió dos caballos, uno con un jinete, al borde de lo que su campo de visión le permitía registrar. Controló sus facciones, recomponiendo su postura, ocultando todas esas sensaciones que cruzaban por su cuerpo, manteniendo el control de la situación. La mujer delante de ella sonrió, subiendo las manos en un gesto conciliador, tras ella, sus cabalgaduras bufaron. El otro jinete se removió inquieto, sosteniendo las riendas del caballo de su compañera. Por unos segundos, aún sin mover un músculo, solo el pesado rascar de las patas de los animales fue lo que cruzó el espacio entre ellas. Finalmente la mujer bajó la capucha que mantenía sobre su cabeza, un rostro alargado y esbelto se perfiló con la escasa luz del día. Natsuki cejó su agarre sobre la espada, sin soltarla totalmente. Una oleada de alivio recorrió su mano cuando devolvió la espada a su sitió y al fin su pomo dejaba de cosquillear sobre su palma. -¿Quién eres?- Repitió, esta vez con la esperanza de conocer a quién tenía al frente. La mujer se giró, haciéndole un gesto a su compañero. El jinete asintió, taloneando los flancos de su animal para iniciar el camino. El sonido del metal al desenvainarse lo detuvo. La extranjera se dio vuelta, abriendo la boca para protestar, cuando el silbido del aire al ser cortado la calló. El filo de un cuchillo cruzó de improviso al lado del jinete. Natsuki aún tenía su brazo derecho levantado, había lanzado el arma en sólo unos instantes. El jinete observó la trayectoria imaginaria por un segundo. Giró el cuerpo hacia la mujer que retomaba su posición vigilante y suspiró, sin moverse del lugar.
-¿Quién eres?- Esta vez la pregunta se revestía de una amenaza. La mujer ojos rojos ponderó a la militar frente a ella. No volvería a preguntarlo. Incluso, según supuso al leer las líneas que se formaban, tensas, en la quijada de la mujer, ya había concedido bastante. Levantó las manos, mostrando sus palmas desnudas, insistiendo en sus intenciones pacíficas. La mujer morena levantó una ceja, su mano descansando en el mango del siguiente cuchillo ubicado en su hombro izquierdo. Shizuru subió las manos y las escondió detrás de su cuello, Natsuki reaccionó, un brillo frío atravesó su mirada, pero sus músculos siguieron tensos, a la espera. La perla negra no brilló, más bien pareció absorber la luz que la bañaba. La mujer militar relajó su cuerpo, dejando descansar sus brazos y observando la perla con curiosidad. La castaña extendió la piedra, alargando lo más posible su brazo para alejarla de ella, empezaba a hacerle daño.
-Las dos conocemos esto, agradecería que no lanzaras otro de esos cuchillos, quiero conservar mis ojos -. Sentenció, en el idioma de la militar. La mujer relajó su postura, irguiéndose nuevamente y levantando una ceja.
-Es difícil de evitar si aparecen de la nada… burlando mis centinelas, mi guardia y el perímetro de mi campamento. Por tercera vez ¿Quién eres? -. Inquirió, ya solo por formalidad.
-Shizuru –se presentó, tocando su hombro izquierdo con la punta de los dedos de la mano derecha, manteniendo el codo alto y recto. –Y mi acompañante, Chie –agregó en el idioma que conocía, la mujer repitió el gesto.
-Natsuki –hizo una inclinación de cabeza para completar el saludo. Se acercó, observando la joya negra con curiosidad, sabía quién era, por supuesto, una oleada de alivio empezaba a recorrerla. Extendió una mano para tocarla, pero se refrenó momentos antes, su instinto le gritaba que evitara esa cosa a toda costa.
-De cierta manera ya nos conocemos, o por lo menos tenemos algo que nos une –la castaña se relajó al ver cómo una conversación fluida empezaba a formarse. Con el brazo aún extendido para alejar la joya se acercó, gesticulando con la mano que tenía libre, imbuyéndose en su papel de diplomática sin darse cuenta. -Creo que podemos hacer la ceremonia al anochecer… tengo unos cuantos pergaminos que especifican el cómo debe hacerse y…
-No hay tiempo para ceremonias –la cortó Natsuki, desenvainando su espada y cortando el aire y la perla con un solo movimiento. Shizuru ahogó un grito al sentir la ráfaga que dibujó el filo al atravesar todo a su paso. Un campanazo metálico resonó en la explanada, la mujer morena dejó ir su espada, sosteniendo su muñeca derecha con una mueca de dolor -¡Qué hija de puta…!
-¿Qué estabas pensando? –un desliz de rabia e incredulidad teñía su voz, aún atónita mirando la perla que oscilaba al final de la cadena. Seguía tan negra como siempre, pero ahora un ligero brillo le daba algo de vida. Ni un solo rasguño. Buscó la espada entre la hierba sin éxito. ¿Qué mierda?
-Que ya no quería tener ese puto cosquilleo en la cadera… -bufó Natsuki, atrayendo su atención nuevamente. Estaba doblada por la mitad, sosteniendo su mano derecha con un gesto de dolor. Levantó la vista y midió la piedra aun frente a ella, oscilando –No pasó nada, ya está hecho.
-La espada… -Chie la sorprendió a ambas, giraron al unísono para encararla, en las manos de la mujer con lentes la espada de Natsuki descansaba, agrietada.
De pronto se sentían demasiado cansadas como para seguir pensando incluso al respecto.
-Ahora… ¿Qué sigue?
Una sonrisa amarga fue la respuesta.
NdA: Capítulo corto... pero el corte quedaba mejor así. Hasta la próxima actualización ¡Saludos!
