Ninguno de los personajes me pertenecen, todos ellos son creación y propiedad de Sunrise.
Capítulo quinto
9.
Los tres bloques del ejército se hallaban en disposición, esperando por la última orden antes del caos. El ejército contrario había armado campamento rápidamente, y se habían negado a establecer conversaciones diplomáticas. El procedimiento usual para esos casos. Solo bajo el mando de grandes generales los nómades se sentaban a discutir tratados de paz y de tributos. De cierta manera le había generado alivio, aún estaban en terreno conocido.
Por eso estaba segura de que la batalla sucedería en cuanto la luz fuese la necesaria. En la cima de la colina tapizada en yerbas y arbustos pequeños, los grandes troncos aguardaban pacientemente su cometido asesino. La extensión de tierra era una autopista para que los troncos descendieran. Volarían sobre la superficie mojada y, con algo de suerte, arrasarían con la primera y segunda línea en su arremetida.
El rictus serio de la mujer al revisar los últimos preparativos avisaba de lo inminente. La infantería y los lanceros se distribuían en una proporción de 3 a 1, los escudos de madera y remaches de metal junto a las espadas cortas mantendrían y hostigarían a los enemigos, mientras los lanceros se encargarían de propiciar el mayor daño. Sonrió levemente, casi de manera imperceptible, estaba todo a punto. Sus tres capitanes esperaban tras ella, atentos a cualquier orden que debiesen cumplir.
-Contengan el cuerpo mayor del ejército –ordenó, girando su montura para enfrentarlos –no dejen que ingresen al campamento ni que superen la cima de la colina. Lancen la primera andanada cuando estén a tiro, espérenlos y conténganlos. Cuando las líneas flaqueen o exista la posibilidad de que sean sobrepasadas toquen el cuerno. La caballería acabará con los flancos y la retaguardia -. Tomó el estandarte que le correspondía, los soldados asintieron y se dispersaron, al frente de las unidades que les correspondían. Natsuki se alejó a medio galope. Las pesadas pisadas de los cascos apenas hacían ruido en la noche agitada. La luz de los campamentos era inconfundible. Esta, como otras, habría de ser una batalla contra los bárbaros, nada más.
Atravesó silenciosamente la colina, bajando el ritmo hasta el trote. En la oscuridad, la hierba de esa pendiente húmeda podría hacer resbalar a su animal y lanzarlos a los dos a un accidente realmente poco necesario. Esa era, después de todo, una de las razones por las que la caballería atacaría desde los costados. A media distancia, donde se suponía encontrarían la retaguardia del ejército invasor, se detuvo, saludando a su escuadrón que ya esperaba por ella. Tendrían por lo menos media hora antes de que se desatase el caos y una hora más hasta que les tocara entrar en acción. Aún con la mirada perdida en el horizonte que no clareaba espoleó a su animal y se colocó en la línea de frente, formando un compacto rectángulo que luego se desplegaría. Ella debía dar el ejemplo, después de todo era la jefa.
El caballo rascó nervioso el suelo, inquieto, moviéndose de lado a lado. La mujer no podía culparlo, detrás de su capa oscura y del acero que defendía su vida como un escudo animado, vibrante, sonoro y delgado ella también estaba asustada.
Muy asustada.
Sentía el momento antes de la batalla.
Cuando se encomendaba a los oscuros dioses del sur, cuando llamaba en silencio los nombres de quienes amaba, dispuesta a morir con ellos en los labios, reacia a olvidar sólo uno. Sacrificios no serán en vano, ni mi muerte pasará sin que ellos sientan lo que he hecho y que conmigo siempre han estado. Inició su letanía, repasando con cuidado el filo de su espada, confiando en él su vida y la muerte de muchos soldados extraños. Hombres y mujeres que sólo una vez conocería, que no recordaría, que olvidaría sin siquiera un segundo de reparo.
Acariciando la nueva arma que colgaba a su costado se preguntó si esa espada también los recordaría.
El recuerdo de su mano entumecida y el cosquilleo vibrante, las voces apagadas y los susurros extraños le dio una respuesta positiva.
El rumor de pisadas y gritos la alertó, empezaba nuevamente un día rojo. Tragó, sintiendo la certeza de que la lanza que colgaba a su costado no sobreviviría esa mañana.
El frente del pequeño escuadrón de caballería se alineaba a un par de kilómetros del inicio de las montañas. A lo lejos se divisaban las líneas de los primeros árboles y, al centro, los dos ejércitos enfrentados. Desde su posición privilegiada, con los estandartes plegados para esconderlos, podía ver cómo los primeros soldados caían bajo los troncos. Su rostro inexpresivo ocultaba la preocupación de no estar ahí, el desagrado de suplir las piedras por troncos, la posibilidad de encontrar arqueros cuando en sus filas no había ninguno. Todo le daba vueltas, pero no podía dejar que la dominase. Los troncos se habían acabado y solo sería cuestión de momentos antes de que los cuerpos de soldados se encontraran.
Los caballos se removían nerviosos, los gritos atravesaban la distancia y llegaban acallados. El metal refulgía en cuanto el sol tímido, invitado a la matanza, se separaba más y más de la línea de las montañas. No podían acercarse más, delatarían su posición y quizás provocarían una retirada antes de lo previsto. Solo estaban a 5 minutos de distancia a buen paso, pero a ella se le antojaba eterno.
Los nómades fueron repelidos en dos ocasiones, los escudos manchados de sangre resistieron la siguiente embestida, mientras los flancos empezaban a ceder. A medida que los minutos corrían los lanceros perdían todas sus armas y debían conformarse con las espadas de la infantería. Un cuerno retumbó en el valle, sobreponiéndose a los tambores de guerra que habían marcado el ritmo de esa mañana.
-¡Carga! –Levantó el estandarte y lo aseguró a su estribo izquierdo, mientras su mano derecha asía la lanza, espoleando a su caballo, liderando el asalto de caballería. Tras ella el resto se abrió como un abanico, adoptando la formación de combate y cuña. Al otro lado del valle el segundo escuadrón de caballería parecía un reflejo de ellos, realizando los mismos movimientos. Para ese momento todos habían olvidado el miedo a la muerte, todos pensaban que eran esos especiales que regresarían para ver la colina al día siguiente. Cayeron sobre ellos como demonios con las lanzas cargando, siempre en línea recta para evitar la ladera de la colina, pisoteando y arrollando a quienes se les oponían -¡Arriba! –Todas las lanzas fueron levantadas, los escuadrones de caballería se encontraron en el medio, sin detenerse ni interponerse. Natsuki observó el trabajo realizado por el segundo escuadrón y sonrió. Levantó su brazo izquierdo para dar la orden de giro y apretar aún más el cerco.
10.
-Ya está –susurró, al ver la batida en retirada de uno de los ejércitos y la consecuente caza de la caballería. El sol les daba sobre la cabeza, acercándose a la hora sin sombra. La batalla había tomado gran parte de la mañana.
-Es la primera vez…
-La mía también –completó. Nunca habían presenciado una batalla y los escalofríos no se irían en un tiempo, estaba segura. Las acompañarían en sueños. Bajó la vista por primera vez en esa mañana, sus nudillos estaban blancos por la fuerza del agarre a las riendas. Habían permanecido en sus monturas, decididas a escapar si era necesario, si todo el plan fracasara y se vieran obligadas a retrasar su posición más al sur.
Sería otra carrera contra el tiempo… Es mejor no pensar en eso.
-¿Deberíamos volver?
-No lo creo, observar sangre y vísceras sobre la colina no es uno de mis pasatiempos favoritos… -su acompañante la miró de lado, con una mueca de reproche en el rostro, pero con ojos divertidos.
-Me alegra que no diga esas cosas delante de los diplomáticos, Shizuru-han
-Ara ara, no se puede decir que no tomo mi trabajo con seriedad.
Los caballos se inquietaron bajo sus piernas, lo que atrajo su atención nuevamente a la batalla que había degenerado en matanza. El resto de la retirada se había transformado en una huida en toda regla, y el pequeño cuerpo de caballería regresaba con el grueso del ejército en la colina. El viento soplaba en su dirección y el olor a sangre era apenas perceptible para ellas. Sus monturas debieron sentirlo como un golpe en el hocico. La sonrisa murió en sus labios, ahora empezaba el trabajo largo. Ellas seguirían escondidas en los lindes del bosque. Lejos del campamento y de los centinelas que, gracias a la comandante, las habían evitado. Habían acordado esperar a que la mujer morena volviese para buscarlas y unirlas al campamento. El "de todas maneras con su acento no hay forma de camuflarlas" había sido bastante claro.
Shizuru suspiró, acariciando una de sus sienes. Serían días largos hasta que se acostumbraran a ser el centro de atención.
-¿Cuánto tiempo seguirán montando guardia aquí? –la pregunta llegó como una manera de matar tiempo, la castaña observó el campamento en frenético movimiento, un hormiguero a plena luz del sol.
-Quizás una semana, no lo sé… creo que en esto las dos tenemos la misma información. –Giró su montura, observando los terrenos que se perdían hacia el sur, sentía que su espíritu se desganaba de solo pensar en la distancia a recorrer. –De todas maneras, tendremos que llegar a la capital o a dónde sea que estén las autoridades que nos recibirán…
La mujer de pelo corto suspiró, ajustándose los lentes sin dejar de observar la actividad. –Mientras podamos comer algo más que carne seca y cereales…
-Ara ara ¿Dónde está tu veta de aventura?
-Junto a las ampollas en mi… -un gesto terminó la frase, Shizuru levantó una ceja, concordando secretamente con ese comentario.
Era extraño, a pesar de haber observado una batalla, a pesar de observar el gris panorama que se abría ante ellas, a pesar de estar entumidas aún por la brisa matinal y inquietas por el olor a sangre y los primeros trazos de humo que se elevaban en el cielo, tenían el ánimo para bromear y charlar distendidamente. Sentían el optimismo empezando a poseerlas, luego de tanto tiempo caminando al borde de la incertidumbre.
-Supongo que después de todo podremos acostumbrarnos…
-Un baño no nos caería mal… no podemos entrar a ningún pabellón real en este estado.
-Quizás ellos tienen una veta de aventura mayor a la de Chie-han –comentó, intentando ocultar su sonrisa. Un bufido fue todo lo que consiguió de respuesta.
Muchas lunas seguirían siendo el único techo que las cobijara.
Acarició el pelaje marrón del cuello de su caballo y, casi en un movimiento oculto, Shizuru bajó la vista hasta donde la perla colgaba, en su pecho. El brillo oscuro le provocó un escalofrío. Algo se escondía allí y no estaba segura de querer descubrirlo.
11.
La herida estaba totalmente cubierta por el vendaje, su campo de visión se había visto reducido en su lado izquierdo y eso la molestaba bastante. Aunque en esos momentos todo la molestaba bastante.
Ya había caído la noche luego de la batalla y la búsqueda de heridos y el saqueo de cuerpos llegaba a su fin, pronto tendría números exactos para redactar el informe obligatorio y terminar de armar la enorme pira que consumiría los cadáveres ajenos. Esperaba alrededor de unas 2000 bajas enemigas y quizás cerca del centenar de las propias. La estrategia de contención había dado frutos y en el proceso de huida habían podido acabar con muchos soldados.
Como era de esperar, su lanza se había quebrado en la batalla.
Pero ahora una larga fila de heridos se acumulaban fuera de las tiendas de los médicos y del hospital de campaña. Las bajas no eran grandes, pero los heridos se contaban por cientos.
Terminando en mí, también. Pensó, refrenando el impulso de sujetarse la sien izquierda. Una espada lanzada en la retirada, de seguro de algún caído, le había arañado la órbita del ojo y cortado parte de la sien. No era una herida profunda ni limitadora, pero la había sorprendido. Todos, al final, podían tener algún tipo de herida así.
Una de sus capitanes se acercó, mientras los otros dos aún vociferaban órdenes e impartían el ritmo de trabajo en el campamento. Natsuki se acercó a su encuentro. Por norma, todos los soldados ahora se manejaban a pie, los caballos que habían sobrevivido necesitaban descanso para estar frescos en caso de ser necesitados de emergencia.
-Comandante, tengo el último reporte de la situación –la mujer asintió, ordenándole relajar algo la postura, luego de un día de batallas hasta ella olvidada encuadrarse en una línea recta -, encontramos 2137 enemigos en el campo de batalla, 201 de nuestros soldados cayeron y cerca de 1000 se han reportado heridos.
-¿Qué tal los caballos?
-Tenemos 87 de los 100 que traíamos.
-Perfecto -. La capitana se mantuvo firme, aunque por un momento una ligera sombra empaño su mirada que intentaba ser impertérrita. "Perfecto" no era la palabra que ella utilizaría cuando hablaba de vidas humanas. Pero la comandante ya había olvidado todo eso, para ella eran números, eran probabilidades, tiempo que consumirían y cómo organizar el campamento nuevamente.
A veces se veía más fría de lo que suponía.
La irritación seguía mordiendo su nuca, como un recordatorio constante de las largas horas de trabajo que se avecinaban. –Desnuden a los soldados enemigos de cualquier objeto metálico, quémenlos y entierren a nuestros caídos… recuerden arrancar la insignia para entregarla luego y ciérrenle los ojos –ordenó, la capitana asintiendo a cada orden, dejando de lado sus propias inquietudes.
A veces solo obedecer era suficiente. O eso creía.
A veces prefería olvidar todo lo que pudiera girar sus creencias.
La mujer se alejó, localizando a los hombres indicados para dar las órdenes pertinentes. Natsuki observó cómo se alejaba, pintada en la noche joven por las fogatas que plagaban el campo. Se giró hacia la izquierda totalmente, maldiciéndose a sí misma cuando el campo de visión no incluyó su tienda. Por supuesto, tendría que girarse por completo ahora que su visión estaba disminuida. Tras ella la actividad crecía a momentos, pronto las primeras piras se encendería y el olor a carne y tela quemada inundaría todo. Su nariz se arrugó en anticipación. No era algo bueno para oler, ni para recordar. Luego los soldados sembrarían la pila de cenizas con las armas usadas por ese ejército para honrarlos y acallar su memoria.
Eso haría que los idos no se perdieran en su viaje, ni que los siguieran a ellos buscando las armas que los habían acabado.
Se pasó ambas manos por la cara, necesitaba despertarse y desconectarse de esa clase de pensamientos, otros asuntos requerían de su atención en ese momento. Necesitaba de su practicidad en ese momento.
-Vamos, Natsuki, no te distraigas ahora… -se animó, observando nuevamente su tienda a lo lejos y el campo que se extendía liso y ondulado hacia el sur. ¿Cómo justificar la llegada de dos extrañas desde el sur, con credenciales de diplomáticas? Y lo otro… ¿Cómo justificar ausentarme para ir a buscarlas o darles explicaciones cuando se supone que tengo que estar supervisando todo acá…?
Una idea le surcaba la mente, era algo que no quería hacer y, también, no sabía exactamente cómo hacer. La cabeza pronto le daría vueltas y se cumplirían más de 36 horas sin dormir.
-Piensa, maldición, piensa… -darse órdenes a sí misma era un hábito adquirido luego de darlas tantas veces a otros. Quizás podría pedirles ayuda a las otras… pero eso tampoco sería fácil Nada era jodidamente fácil después de todo.
Solo matar a su oponente se le hacía sencillo.
Claro, matemos a todos aquí, qué solución. Bien hecho, Natsuki.
Su sombra empezaba a alargarse, las piras eran alimentadas con cuerpos a medida que se despojaban de sus elementos metálicos. Luego de eso, todos deberían esperar a que el fuego se consumiera, vendrían los cambios de guardia y el primer descanso desde la mañana del día anterior. Cuatro horas anheladas de sueño. Miró hacia atrás, ahora solo girando parte de su cuello, con su ojo derecho libre para observar la escena.
Unas tres horas antes de que algo nuevo sucediera.
Tres horas de quemar, enterrar y atender heridos.
Quizás no notarían si ella se retiraba a su tienda por media hora.
Se alejó con paso firme, frotando su herida levemente en un gesto inconsciente. La herida aún sensible le dejó un rastro de sangre en la mano.
Se enteraría de eso luego, sus pensamientos abstraídos en otras cosas.
NdA: Gaaaaahhhh, me atrasé bastante esta vez... perdón, algunos cambios en la rutina me han retrasado un poco. Veremos si puedo mantener mi ritmo. Hasta la próxima actualización ¡Saludos!
