Disclaimer: Harry Potter y sus personajes pertenecen a J. K. Rowling, la presente historia no pretende infringir en los derechos de autor ni obtener lucro o beneficio alguno.

Nota previa: Ambientada en el sexto año de Hogwarts. Un poco de AU (Voldemort fue vencido por Potter en el encuentro frente a su tumba), otra pizca de OoC y definitivamente clasificación M por lo que está por narrarse.

"Romance sin límites"

Aleksast, 2015

Bonus Track: Sabor a mí

En común tenían varias cosas, para empezar, adoraban, idolatraban y amaban apasionada e incondicionalmente a la misma mujer, eran rivales desde el momento mismo que se conocieron, y por ironías del destino, ahora esa mujer era el motivo latente y permanente de tal rivalidad. No había hostilidades, tan sólo miradas furtivas que decían más que todas las palabras que sus bocas pudiesen pronunciar.

En común también sabían de la existencia del otro, uno desde el momento mismo en que se entregó por entero a ella, desde el instante preciso en que pensó aprovechar esa última noche en el castillo, pero que luego se repetía de vez en vez en la mansión que él mismo le obsequió al perder ella a sus padres, al deslindarse de ese pasado en un mundo al que no volvería jamás, no había nada en él para ella.

El otro lo supo la última tarde en que ellos podían hacerse llamar estudiantes, al notar otro sabor donde presuntamente sólo su tacto y huellas deberían gobernar, supo también que en ese instante no le podría apartar, que el corazón que creía suyo no le era exclusivo, y en secreto lo asimiló, sin hacer mención de ello en sus encuentros con su amada sangre sucia.

Ella se llevaba quizás la peor parte, el remordimiento de saberse infiel lo tenía presente cada hora de su existencia, sólo olvidaba esas complejidades en el momento en que era tocada por cualquiera de ellos dos, no había espacio en su mente sino para el momento en que el roce de su piel le llenara de goce.

Él era el amante, el segundo lugar, y aunque el mundo pudiese decirle reiteradamente que él sólo se merecía lo mejor, lo más selecto, eso no parecía importarle ni siquiera en los instantes en que la veía caminando de la mano con aquél que tenía el honor de poderla presumir en sociedad, llamarla la futura señora Malfoy…

Draco se sabía orgulloso de saberse superior a Potter, se complacía con su rol de ser EL novio, el futuro esposo de la codiciada mujer llamada Hermione Granger, sonreía con impudicia, triunfal, y quizás lo que más gustaba de hacer, sin palabras reiterarle todo ello. No podía evitar el hecho de que, si bien él sería su marido, Harry fue el primer hombre que ella adoró con pasión desmesurada. No quizás el primero en poner a mil latidos por minuto su corazón, pero sí quien por primera vez generó sensaciones extrañas al pensarle, su primer amor, su primer idilio, en pocas palabras.

Ya ha pasado un año desde que todo comenzó, el rubio está placenteramente escribiendo una carta en su escritorio de la majestuosa propiedad familiar, sonríe socarronamente de vez en vez, reprime una carcajada mordaz y vuelve sus ojos a las palabras plasmadas con tinta sobre el pergamino. Se jacta de conocerla al replicar su redacción, incluso esa caligrafía tan perfecta y medida que tiene, se jacta de haber leído una de esas cartas que ella le escribía solicitando su presencia en el lugar de siempre, un lugar neutro en las afueras de la ciudad, no lechuzas, no estampas, sólo un mensajero anónimo que deslice por debajo de la puerta de Grimmauld Place 12 ese sobre.

Vuelve a sorber su vaso con Whisky añejado medio siglo, de ese que guarece celosamente en su cantina privada, y se moja los labios, ansioso por enviarla tan pronto sea posible. Su sonrisa se va difuminando poco a poco, admite con pesar... que prefiere que sea Potter a que fuese Weasley, al menos Potter era un hombre maduro, alguien que no vendría en un arranque de celos a reprocharle violentamente algo que no estaba en sus manos, al menos del todo.

Prefiere que sea Potter porque no concibe que otro hombre, que un completo desconocido sea quien también reciba las atenciones de su amada, prefiere que sea él, porque aunque le costara confesarlo, no concebiría la idea de hablar con alguien de menor altura.

A su mente, en el momento en que ha depositado la carta en el sobre, viene la imagen de un vestido ceñido a sus curvas, de esos ojos perfectos y encantadores, de ese respirar profundo que ha avistado la manera en que su pecho sube y baja… suspira, finaliza su tarea y ahora sólo le queda aguardar.

Potter recibe esa carta a la misma hora que otras ocasiones, acaricia con la mirada cada trazo en el pergamino, siente ese deseo que provoca que su cuerpo se cimbre sutil y deliciosamente de pies a cabeza, se prepara para atender, el baño resulta placentero en esa tina, sólo logra sentirse tan complacido, tan pleno, tan vivo en ese lugar cuando antecede a un encuentro con ella, sea para saciarse locamente en la intimidad, o para disfrutar del té en el café de su mirada, en la cuna que hace su sonrisa, en la gracia de su hablar.

Sale con porte elegante de la casa que fuera de Sirius Black, vestido con uno de sus mejores trajes pues la ocasión lo amerita con creces, voltea hacia ambos lados de la calle, su respiración comienza a ser agitada, de modo que afloja un poco el moño, la emoción lo posee por entero y es notoria en su semblante, llega al lugar como ordinariamente lo hace: en un taxi que para él parece ser la más suntuosa carroza de toda Inglaterra. Se siente señor, se siente un rey llegando a su palacio para adorar a su reina de una y mil maneras, sólo que ni era señor ni rey, sino el ladrón que subrepticio hurtaba minutos de su existencia, minutos de dicha.

La suite acostumbrada, abre la puerta con confianza, y al ver dos ojos plateados observarle con curiosidad, y media sonrisa que denota su habitual conducta engreída se siente impresionado, se siente descolocado y eso parece disfrutarlo enormemente Draco Malfoy desde su sitio, desde un sillón frente a la ventana cubierta por cortinas... Potter sabe que no es preciso escapar, así que avanza con pasos seguros hacia el otro sillón, ese que está enfrente de su rival, y le responde con mirar serio, calmo, aunque el corazón le lata violentamente, no permitirá mostrar otro sentimiento que templanza...