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Promesa de amigos.
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Una promesa es lo que nos permite dar esperanzas a alguien como una proyección a futuro. Es un pacto jurado, el pilar en una relación, un convenio entre hermanos, un compromiso que se hace ante amigos y amores verdaderos, almas gemelas. Una promesa es dar tu palabra y esperar que el otro confíe en ella. Es muestra de respeto, es esperanza, es refugio, sosiego. Una promesa, hecha para no romperse, es el juramento de que, pase lo que pase, sucederá y se hará lo imposible porque así sea.
~~.*.~~
Tuvo que contenerse, el deseo de tomar a Jou por el cuello de la camisa y darle un buen tortazo le picaba en la palma de la mano. Estaba dándole demasiadas vueltas al asunto:
―¿Preparados, Jou? ¿Para qué? ¡Habla claro maldita sea!
―Tranquilízate, Taichi ―pidió Kido.
A él mismo le costaba dar este tipo de noticias y el hacerlo sobre sus mejores amigos, encima, hablar con personas tan íntimas era una crueldad que el destino le obligaba a pasar.
¿Sería acaso una prueba de sus capacidades como médico? Pero él no era quién estaba tumbado en una cama. La prueba no era suya. Sin embargo, le costaba no sentirse parte de ella. Posiblemente porque era una travesía que como equipo debían llevar a cabo, simplemente que Yamato y Sora serian los más afectados.
Debía ser doctor y actuar como uno mientras, también, era parte de los hechos escandalosos del día, una víctima más, una pieza afectada en el juego de dominó que caía a causa de otra.
El sensible y real Jou luchaba por no quebrarse delante de sus amigos:
―Sora está en estado de coma ―Prefirió ser más directo.
Toshiko soltó un ruido gutural desgarrador. En ese instante Mimi corrió a abrazar a la mujer. Taichi tapó su rostro con las manos, incrédulo. ¡No podía ser cierta tanta mierda! La frustración la sintió en la aspereza de su toque, en sus ojos secos que no lloraban pero querían explotar. No podía estar sucediendo, todo era parte de un jodido sueño; se decía desde su fuero interior.
―Aunque está fuera de peligro… ―prosiguió Jou―, no sabemos si despertará pronto o cómo lo hará. Casos así suelen ser diferentes, nunca un cerebro reacciona igual que otro cuando reciben traumas como este. Solo podemos esperar.
―¡¿Y Yamato?! ―inquirió el Sr. Ishida con desespero.
―Despertará en cualquier momento, en cuanto la anestesia pase por completo.
El tono apagado de su voz obligó a Natsuko a preguntar cuál era el "pero" en aquella noticia favorable.
Jou apretó dentro del puño la bata blanca con fuerza:
―Recibió múltiples laceraciones a lo largo de su cuerpo, varias costillas rotas, una pequeña hemorragia fácil de controlar. El verdadero problema radica en uno de sus brazos, quedó destrozado. Ha podido conservarlo, pero es posible que toda la sensibilidad en él se haya perdido. Quedan aún exámenes por hacer, posibles operaciones, terapias… y de todos modos no podríamos garantizar su completa recuperación.
Takeru y los demás, con el corazón en la mano.
Taichi no pudo seguir escuchando y se marchó sin decir nada. Todos los otros no hicieron más que consolarse y repetirse que todo saldría bien.
[*]
El agua que salía de la tubería se escurría dentro de sus dedos. El sonido característico de ella: tranquilizador, ruidoso pero lleno de paz, sedaba por momento la opresión en del pecho adolorido. Dobló su cuerpo, su cabeza a la altura del grifo, y echó el líquido puro y transparente sobre su faz. Enjuagó su cara un par de veces, con cada chapoteo que amedrentaba contra la piel sentía, por un pequeño segundo, una frescura relajante y pura.
Taichi afincó las manos contra las baldosas blancas e insípidas que rodeaban el lavado, las puntas de los dedos se volvían rojas por la fuerza y tensión de sus brazos, la cara de frente a su reflejo contra el espejo.
Las nubes de aquél mes, en ese año, tenían formas peculiares. No llevaba un registro de ellas, pero las había mirado tanto durante su último año de instituto que parecía todo un experto en el tema. Con las manos en su nuca, una pierna doblada y la otra extendida, el muchacho de 17 años sentía la brisa sobre su cara. Tan fresca, tan relajante. A su lado, Yamato estaba imitando su postura, pero él tenía los ojos cerrados. En cambio Sora se encontraba sentada en el medio de los dos chicos, la falda de tablones caía cubriendo gran parte de su muslo, las manos por dentro, abrazando las piernas.
Ninguno de los tres hablaba.
Las luces de la tarde se reflejada en el río en frente de ellos, a los lejos las propias y coloridas del puente Raimbow comenzaban a encenderse. En la orilla, dentro del agua cristalina, se albergaban cientos de piedras de todo tipo y tamaño, redondas, ovaladas, lisas, rasposas, con musgo o simplemente babosas. Renacuajos y peces pequeños que se movían con rapidez ante cualquier cambio en el agua.
Sentados en el césped veían a las personas pasar, en su mayoría estudiantes de preparatoria: bajaban en parejas, otros en grupos, muchos solitarios o en sus bicicletas. Algunos niños jugaban a lanzar piedras al río, buscando hacer el famoso y aclamado: salto de los siete rebotes.
Y así pasaban sus tardes, sentados o acostados en silencio. No necesitaban de palabras o juegos. A los tres le encantaba la tranquilidad de una tarde de abril.
De regreso a los apartamentos tomaban el mismo camino. Unas cuantas cuadras no muy lejos era lo que separaba sus edificios. Sora y Yamato eran los que más cerca vivían, sin embargo, debían caminar un trecho más o menos distante.
El mismo camino que los separaba al final del día era el que les unía cada mañana y tarde: en la vereda de tres caminos que en algún punto se encontraban, convenientemente cada uno tomaba uno diferente al llegar allí.
Sora, hasta ese momento silenciosa y pensativa, decidió que debía expresar lo que le preocupaba:
―Se dan cuenta de que este es nuestro último año juntos, ¿no? Será muy poco probable que caminatas así se repitan luego.
Se detuvieron al frente de una señal de alto. La zona habitacional no tenía aceras, los autos que transitaban eran pocos, la mayoría de familias que vivían cerca.
Antes de las palabras de Sora, Taichi y Yamato callaron. Retomaron el andar como si no la hubiesen escuchado, pero con las palabras que últimamente le atormentaban retumbando en sus tímpanos. Apenas caminaron unos cuantos pasos se detuvieron para mirar hacia atrás. Sora estaba de pie, sin dar pasos, mirando a los chicos confundidos.
Ella infló sus pulmones tomando un nuevo aire alegre. Corrió, con una especial sonrisa marcada en los labios. Tomó el brazo de Taichi, el otro de Yamato y los entrelazó con los suyos, formando una cadena humana.
Los chicos le miraron confundidos.
―Hay que prometer una cosa ―dijo Sora―. Jamás dejaremos de ser amigos. Siempre estaremos los tres, juntos. No importa lo que pase. Luego de salir de la preparatoria inventaremos excusas solo para vernos.
Yamato miró a Sora, luego a Taichi, su sonrisa ladina selló la promesa. Compartieron una mirada difícil de entender para otras personas, pero para ellos era un código de complicidad, de amistad, de mejores amigos.
Taichi rompió el momento rodando los ojos divertido. Él y los silencios solo servían cuando estaba acostado mirando las nubes, del resto, prefería siempre hablar:
―Eso estaba ya implícito, pelirroja.
―¡Deja de decirme así!
Y se echaron a reír.
Parpadeó varias veces frente a su reflejo. Los ojos picándoles, rojos e hinchados. Tai no había derramado ni una lagrima, pero parecía todo lo contrario; se encontraba cansado, ojeroso, deprimido y no había pasado ni un día si quiera desde el accidente. Dejó de mirar su patética imagen, la espalda ahora tocaba la pared del baño donde había estado escondido desde que Jou dio la noticia sobre Yamato. Deslizó su cuerpo hasta tocar el suelo frío. Los codos sobre sus rodillas flexionadas, la cabeza hundida en el hueco que dejaban sus piernas abiertas.
Apretó fuerte los parpados, exprimiendo de ese modo una única lágrima que resbaló desde su ojo hasta el puente de la nariz, ella recorrió todo el tabique recto y colgó de la punta de este por varios segundos, cayó solo cuando la siguiente lágrima empujó a la primera, y así se desató una reacción en cadena.
Gotas tras gotas caían y golpeaban la baldosa pulcra del baño de hombres en el Aiiku Hospital.
―¿Hermano?
Levantó la cara demasiado rápido, tanto que le mareó un instante.
―¡Hikari!
Y se levantó a tropezones, con un desespero que la menor jamás había visto en él. Le abrazó con un miedo irracional, necesitándola a desmedida. Era mucho más alto, fuerte y de todos modos se parecía al niño que busca consuelo en su madre luego de haberse raspado la rodilla. El abrazo dolía, física y emocionalmente.
―Ya pasó, hermano. Ya están fuera de peligro.
―Él jamás podrá superar esto.
―Yamato es fuerte, lo sé.
Taichi separó su cuerpo del de la hermana. La miró, como si buscara la mentira que ella aseguraba ser verdad.
―La música es su vida. Ahora no podrá...
―Siempre podrá hacer terapias. Jou me comentó hace un rato que posiblemente con varias operaciones pueda recuperar el movimiento de su brazo, aunque no garantizaba nada, tengo fe.
Rió amargo, la burla en sus palabras no era habitual, pero allí estaban, quemándole la garganta, sabiéndole a hiel:
―Posiblemente ―repitió sarcástico.
―Y si no ―Hikari rió, como si fuese la menor cosa del mundo―, siempre podrá hacer otra cosa. La vida es demasiado corta como para quejarse por lo que no tenemos o perdimos.
―No deberías de decir esas cosas. No caen bien.
―Debemos encontrar la belleza en todo lo que nos sucede o rodea, hermano. Porque si no lo hacemos, ¿qué podemos esperar de la vida? Sabes lo que dicen: La vida sin ser buena o mala, es maravillosa.
―¿Takeru?
Hikari cerró los ojos y sonrió como respuesta. Taichi le miró con sumo agradecimiento. Su pequeña Hikari hacía alusión al nombre y emblema que portaba, era un rayo de luz de un mundo oscuro que no la merecía ni en juego.
Limpió las lágrimas torpemente con sus manos húmedas:
―Le prometí a Sora que siempre estaríamos juntos. Yo...
Hikari tocó su hombro, los ojos marrones claros y brillosos miraron a la muchacha de cabellera castaña.
―Cuando despierte, porque lo hará, podrás cumplir tu promesa. Es demasiado temprano para lamentos, Tai.
―¿Desde cuando te volviste tan sabia?
Cuando un extraño se asomó por la puerta, supieron que debían salir del baño. Más calmado, Taichi caminó al lado de su hermana menor. Su mente aun repasando historias del pasado, era inevitable, ante un accidente con resultados catastróficos, los recuerdos aparecen para apretar más la herida que se ha abierto.
Yamato abrió la puerta. Taichi le pegó contra el pecho la bolsa del mandado que le había pedido hacer cuando llamó avisando que estaban en camino. Pasó sin esperar una invitación, Hikari saludó y el dueño de casa le sonrió como respuesta. De fondo, lejos en un mueble, Sora con las piernas estiradas y apoyadas en la mesa de centro miraba la televisión. Taichi saltó hacia ella, abrazándole y tomándole por sorpresa.
El grito de ella y la risa estridente de él.
Hikari les miraba con ternura cuando Yamato dijo:
―Solo dales tiempo. Sucederá.
Ella rió, porque era justo lo que estaba pensando.
Todos los domingos eran especiales, Los ya no tan niños, elegidos lo tomaban como un tiempo para estar solo los doce, se reunían para mirar un juego, salir a algún sitio o reunirse para ver un maratón de alguna serie que compartían en interés, o simplemente iban a casa de cualquiera para comer una pizza mientras se contaban los chismes de sus vidas diarias.
Ese fin de semana, por otro lado, fue diferente, todos coincidieron en asuntos familiares, escolares o de diversas índoles. Solo Sora y Yamato, junto a los hermanos Yagami, estuvieron disponibles. La tarde no tenía nada de especial, se hundía en los ruidos y olores de la ciudad. Del balcón, el viento mecía la tela al son de su silbido cauteloso y ligero.
Hikari y Sora buscaban qué película ver, Yamato esperaba en un sillón a Taichi que había perdido en: piedra, papel o tijera, y como penitencia le tocó preparar los snaks del día. Una vez decidida la película, y con Taichi de camino con los nachos y salsas especiales... una sombra negra, con sonido estrepitoso, cruzó la puerta abierta del balcón.
Fue como escuchar miles de hojas volar por los cielos, o millones de banderas izándose ante un viento brutal. Como primer y único reflejo, ya que aquella mancha escandalosa iba hacia él directamente, Taichi se cubrió con la bandeja, derramando todos los preparados y tortillas al suelo.
―¿Qué mierda fue eso? ―preguntó desde su asiento Yamato.
―¡Está sobre la lámpara de araña! ―señaló Hikari.
La lámpara se mecía de un lugar a otro. El dueño de casa se subió sobre la mesa del centro, valientemente averiguaría qué cosa había entrado. Aunque tratándose de un edificio y de que estaban en un piso alto, pudiera entenderse que con seguridad había sido un pájaro torpe o un murciélago con resaca que perdió el rumbo a causa de la luz del día.
Apenas movió la lámpara, el animal pegó un chillido aterrador y voló torpemente en dirección hacia cualquier lado, quedando atrapado en un piso de la biblioteca de la sala.
―¡Se fue por allá! ―gritó Sora.
Que estaba escondida detrás del cuerpo de Taichi, el cual seguía protegiéndose con la bandeja de plástico.
―¡¿Desde cuándo…?! ―Preguntó con sorpresa al descubrir a la pelirroja detrás―. ¿Cómo llegaste tan rápido aquí?
Ella se rio con vergüenza.
―Eres una miedosa ―le dijo en un susurro, con los ojos achicados.
―Pero tú eres quién está detrás de una bandeja.
―Odio a los pájaros.
―Yo también.
―¡Pero si Piyomon en un pájaro gigante!
―¡Calla, idiota, nos escuchará y podría atacarnos!
Mientras aquellos dos discutían, Hikari tomaba un paño de la cocina para sacar al animal asustado.
Se hubo escondido en un hueco de la estantería, debajo de un libro que, ante el impacto, había quedado en diagonal como un techo de casa. Yamato sostuvo el banco de donde se apoyó la muchacha. Con una tranquilidad y delicadeza propia de una niña como ella, atrapó al ave. Una vez la tuvo entre sus brazos, le chitó y arrulló, intentando que el pájaro dejara de luchar para que se lastimase menos.
En el balcón Hikari soltó con cuidado al animal. Sus alas se movieron fuertes e insistentemente. Esta voló una vez más, a no agitada ni con miedo, se sentía libre y su chillido ahora era un lindo cantar. El pájaro se puso sobre las cabezas de sus salvadores y estacionada seguía aleteando como si intentara decirles a los dos muchachos que le agradecía por tan noble gesto. Hikari reía, le emocionada saberse útil, sobre todo, le emocionaba saber al ave sana y salva. Yamato, por otro lado, no veía al ave, sino la sonrisa iluminada de la hermana de su mejor amigo.
―¡Hay que comprar más snaks! ―gritó Taichi desde la sala.
El momento especial roto. El ave voló por el cielo azul, sus alas grandes planeaban en la inmensidad de un día ordinario y brillante.
Los muchachos en el balcón regresaron sus pasos. Cerraron la puerta de cristal con llave solo para asegurarse de que no volviese a ocurrir algo como lo que acababa de suceder.
Desde afuera se escuchaban los gritos de los presentes:
―Eres un maldito cobarde. Elegido del valor mis nalgas. ¡Es un ave!
―¡Deja, idiota, yo fui quien se enfrentó solo contra Piedmon mientras tú te hacías los reflejos en el pelo!
―¿Seguirás con la misma paja? De no ser por mí…
―¡Hermano!
―Yamato, Tai, por favor. ¡No empiecen!
Y entre peleas amistosas, juegos y películas, Hikari recordaba aquél domingo de verano.
Era difícil sentir a las circunstancias alcanzarles y cambiar el rumbo de sus vidas tan abruptamente. Ya no eran unos niños, los domingos de barbacoas y reuniones desde hace tanto tiempo que dejaron de ser. Cada quien se centró en sus problemas de adultos, con sus vidas hechas y por separado. En una que otra ocasión coincidían en algún lugar, parecía ser como antes, pero de un modo más diferente y nostálgico. Pocas veces sucedía, y no siempre estaban todos presentes.
La hermana preocupada miró el semblante pensativo de su hermano. Estaba segura de que seguía culpándose. No por el accidente, sino por no estar como antes junto a ellos, por apartarse y no disfrutar cada día con las personas que amaba como si fueran parte de él.
―¿La madre de Sora? ―preguntó Taichi a Daisuke.
―Jou ha hecho que le presten una camilla y un cuarto. Necesitaba descansar.
―¿Con quién está Sora?
―Haruiko llegó hace menos de una hora de China. Él la cuida. No la dejaríamos sola, Tai.
―Deberías dormir un poco tú también, hermano.
El terco hombre negó de inmediato, sumiéndose de nuevo en sus cavilaciones. Hikari miró a TK, quien apretaba con necesidad su mano. El muchacho se encogió de hombros:
—Déjalo, Kari —La sonrisa tan amable distinta a muchas—, cada quien drena sus emociones de distinta forma.
Los demás llegaron poco después. Era extraño estar reunidos luego de tanto tiempo, lo peor era la situación que les llevó a esa sala en primer lugar. Sin embargo, allí estaban, dándose apoyo, brindando un hombro para desahogo del otro, animándose y esperando que en lo posible, luego de tanto drama, vinieran noticias mucho más positiva. Que Sora despertara pronto, sin secuelas del accidente, que Yamato se recuperara y volviese a tocar su bajo, que los ocho originales y los cuatro que les subsiguieron pudiesen tomar este instante como un llamado de atención y de esa manera estar más presente en la vida de todos, aun en la distancia.
Ver a las enfermeras y doctores ir y venir de cuidados intensivos, donde descansaban Sora y Matt, mientras ellos no podían ver a sus seres queridos, era una tortura.
De la habitación salió Hiroaki, iba con un cigarrillo sin encender en su mano. Sus ojos brillaban, no se le notaba triste, ni molesto. Todos le miraron, porque parecía traer noticias con él y es que sabían que venía de la habitación de cuidados intensivos.
―Ha despertado ―anunció.
Takeru se puso de pie, dejando la mano de Hikari e intentó apresurarse para ver al hermano, pero el papá le detuvo.
―No quiere ver a nadie por ahora.
[*]Editado 14/04/15. 4:15 p.m.
NA: Yo y mis rollos mentales. El drama es mi veneno con sabor a fresas. Delicioso, pero ¡cómo me meta! No lo puedo evitar.
¿Qué les puedo decir?, gracias a los anónimos por su reviews. Y a los no tan anónimos, ando algo distraída y no recuerdo si respondí o no, lo siento. Pero í leí y me hicieron el día.
La verdad es que no soy muy buena creando tensión, así que bueno… ya se los dije.
Pido disculpas por la falta de lenguaje médico. A decir verdad, usé una página de ciencia médica (que fue la que me llevó a escribir esta historia) pero ahora no la encuentro. En ella hablaba de los distintos traumas a nivel cerebral y decía que nunca un caso se parece a otro, sin importar que el accidente haya sido idénticos, en teoría, una mujer con el mismo diagnostico cerebral podría estar cinco minutos en coma (si hay coma) otra, por otro lado, hasta meses...
Eso, pequeñines hermosos.
CIAO! :*
