Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucho drama. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.


Respuestas a los reviews.

Anna Potter: Muchas Gracias por tu opinión, y haré lo posible porque a Draco no le pase nada. Besitos.

Chibi-Kaisie: No sabes el gusto que me dio el saber que mis fics te gustaron. Espero que éste capítulo también sea de tu agrado.

TercySScloe: Sí, creo que para muchas la mejor pareja es Severus/yo je, pero por ahora es un Sev/Harry y espero que éste capítulo también te guste.

II

Decisiones importantes.

Harry permanecía recostado en el sofá de la sala común, donde se había quedado despierto después de que Ron le diera las buenas noches. Con la mirada fija en el techo, no dejaba de pensar en la situación en la que se encontraba su mejor amigo.

Si hasta hacía unos momentos él creía que su problema para elegir qué hacer al graduarse era algo de qué preocuparse, al conocer el problema de Ron se dio cuenta que se ahogaba en un vaso con agua. Ron sí que tenía serios problemas.

Por lo menos el no tenía que preocuparse de cuándo o bajo qué circunstancias uniría su vida a alguien. Al menos no por el momento.

"Tal vez nunca me case..." Pensó mientras se levantaba del sofá. "No creo que hubiera alguien que quisiera unir su vida con la mía."

Recorrió la sala común y se entretuvo jugando unos momentos con una figura de cristal con la forma de un león. "No creo que nadie quiera arriesgar su vida viviendo conmigo."

Sabía que por ser quien era, el bienestar de las personas que lo rodeaban siempre estaba lleno de riesgos por culpa de aquél que desde que naciera había sido como un karma en su vida.

"Ha arruinado las vidas de tanta gente. De tantos seres queridos... ¿Cuándo acabará todo esto?"

Pensó en Severus, en la doble vida que el hombre había tenido que llevar a cuestas, en su sufrimiento y las circunstancias que lo llevaran a ser parte de la oscuridad por tantos años. Dio gracias a Dumbledore en silencio por haber creído en él y haberle dado la oportunidad de enmendar todos sus errores. De no haber sido así, Severus Snape hubiera continuado siendo un mortífago y entonces Harry no hubiera tenido la oportunidad de conocerle y tratarle, y de amarle...

Al llegar a ésa parte de sus pensamientos el moreno se detuvo en seco.

No era verdad, él no amaba al profesor Snape. Sólo era agradecimiento hacia el hombre que –a pesar de la forma en que lo trataba-, había sido como su ángel guardián todos los años que se pasó salvándole la vida.

Era cierto que a últimas fechas le había demostrado más paciencia, como en las clases de Oclumancia. Pero en pociones seguía siendo exigente con él y seguía quitándole puntos por cualquier motivo.

"Y es huraño todo el tiempo. Aunque en los últimos días me saluda y hasta me sonríe. Y he visto que brillan sus ojos. Esos ojos con largas pestañas y negros. Muy negros y hermosos como la más hermosa noche cerrada y..."

-Por merlín... creo que estoy enamorado de Severus Snape...

-Ya era hora de que te dieras cuenta, Harry.

Hermione, que acababa de llegar de su ronda, alcanzó a escuchar el último pensamiento que el joven, sin darse cuenta, había expresado en voz alta.

-¡Por todos los cielos, qué susto me diste! –El moreno trató de recobrar la compostura mientras se dirigía hacia su amiga-. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

-El tiempo suficiente para escucharte. –La muchacha se sentó en el sofá, haciéndole señas para que se sentara junto a ella-. Y dime, ¿Estás seguro de lo que sientes?

-Creo que sí, Hermione... –El joven suspiró-. Pero no tiene caso hablar de ello. A fin de cuentas dudo mucho que él sienta algo por mí.

-Yo no estaría tan segura. –Hermione tomó una de las piezas del ajedrez mágico y jugueteó con ella-. ¿Sabes? He visto cómo se miran, y creo que no le eres indiferente.

-¿Tú crees? –Los ojos esmeralda refulgieron durante un segundo, para después volver a apagarse-. No lo sé... creo que son suposiciones tuyas.

-Pues yo sé lo que he visto, Harry. –La chica dejó la pieza en su lugar-. ¿Has pensado en hablar con él?

-¿Estás bromeando? –Harry miró a su amiga como si nunca la hubiera visto-. ¿Tienes idea de lo que me preguntas?

-¿Y qué tiene de malo? –La joven se cruzó de brazos-. No perderías nada con intentarlo.

-No, claro que no. –Contestó Harry, irónico-. Sólo los puntos que hemos acumulado hasta ahora.

-Exagerado.

-No lo sé... –El muchacho se rascó la cabeza, pensativo-. Si al menos tuviera una señal. Algo que me indicara que tengo alguna posibilidad con él, entonces... tal vez.

-Pues vete preparando, porque tengo el presentimiento de que así es.

Ambos se quedaron callados durante unos momentos, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Hasta que la joven decidió romper el silencio.

-Harry... –El muchacho volteó a ver a su amiga-. ¿Ron no ha hablado contigo?

-Pues... sí. –El moreno supo a qué se refería la castaña-. Hace unos momentos.

-¿Sabes? Creo que las cosas con Ron ya no son como antes. Es decir... –La joven cerró los ojos, tratando de concentrarse en ordenar sus pensamientos-. Es sólo que... creo que él ya no siente lo mismo.

-No digas eso, Hermione. –Harry tomó la mano de su amiga entre las suyas-. No dudes que Ron te ama. Es sólo que... hay ciertas dudas que él tiene y necesita aclararlas para poder tomar una decisión.

-¿Qué clase de dudas? ¿Acaso duda sobre lo que siente por mí?

-No, Hermione. –Harry trató de ser más claro-. No es nada relacionado con lo que siente por ti. De eso no tiene ninguna duda. Es más bien sobre... ¿Cómo decirlo? Verás... creo que tiene que ver con tu decisión de irte a Italia.

-¿Eso te dijo? ¿Acaso no quiere que me vaya? –Hermione se puso de pie-. Lo siento Harry, pero es una decisión que ya tomé, y no la pienso cambiar. Me iré a Italia en septiembre.

-Tampoco es eso. Escucha... –El joven de rebeldes cabellos trató de explicarlo de otro modo-. Él aún no ha decidido qué carrera elegirá. Y de alguna forma se siente presionado al ver que tú ya decidiste tu futuro profesional y él aún no.

-Ya veo... –La chica se quedó pensando unos momentos-. ¿Estás seguro que es sólo por eso?

-¿Sabes? Ésa misma pregunta le hice yo.

-¿Y? ¿Qué te dijo? –La chica volvió a tomar asiento junto a él-. Tiene que ver con lo de vivir juntos, ¿Verdad?

-Pues con respecto a eso... no me dijo nada con exactitud. –Harry ya no quiso decir nada, no fuera a enredar más las cosas-. Pero creo que está algo confundido. Creo que deberías hablar con él y que los dos dejen en claro qué es lo que en realidad esperan el uno del otro.

-¿Tú crees que me precipité?

-No lo sé.

-No quiero obligarlo a tomar una decisión apresurada. Lo mejor que puedo hacer es darle el tiempo que necesita. –La joven se levantó del sofá, decidida-. Hablaré con él con respecto a lo de su carrera, pero en cuanto a lo otro, no pienso volver a tocarle el tema hasta que él sea el que lo mencione.

Después de decir esto último la chica se acercó al moreno y le dio un beso en la mejilla.

-Gracias por escucharme, Harry, eres un buen amigo. –Tras lo cual se dirigió a las escaleras que conducían a los dormitorios de las chicas-. Ya no te quedes tanto tiempo despierto, que mañana tenemos examen. ¡Ah! Por cierto... cuando venía de regreso de mi ronda me pareció ver al profesor Snape. Aunque no sé que estaría haciendo por aquí, cuando se supone que debería estar vigilando a Slytherin. Pero bueno... que tengas buenas noches.

-Hasta mañana, Hermione. –Cuando la joven se hubo marchado, el joven de ojos esmeralda enfiló hacia su dormitorio. Pero a último momento cambió de parecer y se dirigió hacia la salida.

"Sé que me arriesgo a perder puntos si me encuentra pero... al menos tendré la satisfacción de haberlo visto..."

Y diciendo esto último atravesó el retrato para perderse entre los oscuros pasillos de la Torre.

oooooooOooooooo

Después de recorrer por última vez los pasillos de la Torre Gryffindor, Severus se disponía a tomar el camino que lo conduciría de regreso hacia las mazmorras.

Cuando estaba por doblar en una esquina, alcanzó a distinguir por el rabillo del ojo lo que parecía ser el resplandor de un "Lumus". Intrigado, apagó con un "Nox" el hechizo de iluminación de la de él, y se dispuso a esperar a que la otra varita iluminara el rostro de su portador. Cuál fue su sorpresa al descubrir que el dueño de dicho objeto era ni más ni menos que la persona a quien pensaba que ya no volvería a ver ésa noche. Esperó, refugiado en ésa esquina, a que Harry se acercara lo suficiente para poder interceptarlo.

-Pero qué sorpresa, señor Potter... –La aparición tan repentina del mago mayor hizo que el muchacho casi dejara caer al suelo la varita que sostenía-. ¿Se puede saber qué hace por aquí a éstas horas de la noche?

El profesor tuvo que esperar casi un minuto a que su alumno se recobrara del susto inicial.

-Tengo problemas para dormir, profesor. –Respondió el joven cuando al fin pudo reponerse de la impresión.

-¿Acaso tiene pesadillas? –Por un momento el profesor se preocupó de que el muchacho estuviera recibiendo visiones de Voldemort.

-No, profesor. Nada de eso. –Al ver el rostro de preocupación que el mago mayor no había podido disimular, el muchacho se apresuró a sacarlo de su error-. Es sólo que no puedo dormir.

-¿Necesita alguna poción para poder conciliar el sueño? –Al obtener una respuesta afirmativa del joven, continuó-. Tengo una poción en mi despacho que podrá ayudarle, pero no espere a que despierte a mi cuervo para enviársela. Tendrá que acompañarme.

-Sí, profesor. –Respondió en apariencia apesadumbrado, pero en su interior feliz por la oportunidad que se le presentaba de estar cerca del dueño de su corazón.

Se dirigieron en silencio hacia las mazmorras, el profesor delante de Harry, quien no perdió oportunidad para observar a sus anchas la espalda cubierta por la negra capa de su querido profesor, e imaginándose con detalle las formas que bajo ella se ocultaban. Cuando llegaron al despacho el maestro murmuró la contraseña y lo invitó a pasar.

-Espere aquí un momento. –Le ordenó mientras se dirigía hacia uno de los estantes, de donde extrajo un pequeño frasco con un líquido de color azul-. Tenga, bébalo todo.

El muchacho obedeció, mientras el profesor lo observaba sin perder detalle alguno de su joven silueta que, esbelta y altiva, se ofrecía ante sus ojos como una armoniosa imagen. Cuando hubo terminado el joven le tendió el frasco a su profesor, y al hacerlo, sus dedos se rozaron con suavidad, lo que provocó que el muchacho se sonrojara, lo que al hombre no le pasó por alto.

-Muchas gracias, profesor. –Sus mejillas aún teñidas de un tenue rubor-. Creo que es hora de que me retire.

-Será mejor que lo acompañe. –Severus se adelantó para abrir la puerta-. No vaya a ser que se quede dormido a medio camino.

El regreso a la Torre Gryffindor fue igual de silencioso, pero ésta vez lo recorrieron uno al lado del otro. Sólo voltearon a verse de vez en cuando mientras se miraban como tratando de adivinar lo que el otro pensaba. Y así fue hasta que llegaron frente al retrato.

-Gracias de nuevo por la poción, señor. –Dijo el Gryffindor, cuyos ojos ya delataban señales de sueño-. Disculpe por haberlo molestado.

-De nada, señor Potter. –Respondió el profesor, mientras se acercaba demasiado a él y le susurraba al oído-. Fue todo un placer...

Pese al sueño que comenzaba a embargar al muchacho, éste no pudo evitar un estremecimiento al sentir a su profesor tan cerca de él, hablándole de esa forma.

-¿Por qué tiembla, señor Potter? –Le preguntó Severus mientras lo acorralaba entre la pared y su cuerpo, con los brazos a cada lado del muchacho-. ¿Acaso me tiene miedo?

-Profesor...

En ése momento la Dama del retrato despertó y después de saludarlos les pidió la contraseña, por lo que el profesor tuvo que separarse de su alumno mientras éste murmuraba la contraseña con voz temblorosa. Al abrirse el retrato entró con rapidez.

Pero antes de que el retrato se cerrara, el joven volteó a ver a su maestro mientras le murmuraba:

-No es a usted a quien le temo.

-Entonces, ¿A qué le tiene miedo? –Le preguntó Severus mientras el chico colocaba una mano en el marco para evitar que el cuadro se cerrara.

-Le temo a lo que siento por usted, profesor.

Y el retrato se cerró dejando a Severus Snape con la sorpresa dibujada en el rostro.

Después de unos segundos el profesor reaccionó. Y tras despedirse con educación de la Dama que lo observaba con ojos inquisitivos, se dirigió de nuevo a las mazmorras.

Todo el camino de regreso lo sintió transcurrir como en un sueño. Y mientras recordaba la calidez de unos ojos verdes, unas palabras no dejaban de rondar en su mente.

"Yo también le temo a lo que siento, Harry..."

Entretanto, del otro lado del cuadro, un joven de verdes ojos permanecía recargado con la mano sobre su pecho, pensando en ciertos ojos negros mientras trataba de normalizar, en vano, los desbocados latidos de su corazón.

oooooooOooooooo

Hermione Granger no podía conciliar el sueño. Daba vueltas sobre su lecho pensando en la situación que estaba viviendo con Ron.

Desde la muerte de sus padres –acaecida un año antes en un accidente automovilístico-, los lazos de amistad que la unían a Ron se estrecharon mucho más. Pero no fue sino hasta la Navidad, cuando la familia Weasley le propuso pasar las vacaciones en la Madriguera, que se decidieron a iniciar una relación.

Desde entonces las cosas marchaban bien entre ellos. Tenían discusiones y desacuerdos como todas las parejas, pero cualquiera que los viera podía darse cuenta del amor que se profesaban.

La muchacha salió de entre las sábanas y se dirigió hacia un ventanal, donde se sentó en el ancho alféizar mientras contemplaba la noche, clara y estrellada, como la mayor parte de las noches de verano.

Tal vez se había equivocado al creer que Ron deseaba lo mismo que ella: Casarse, formar una familia y estar juntos siempre. Tal vez su novio no se sentía preparado para afrontar una responsabilidad tan grande.

O quizás fuera que, como hijo de una familia numerosa, no sintiera la necesidad de tener una familia propia. Todo lo contrario de ella, que había sido hija única.

Ella no había querido contarle que tenía miedo de volver a su casa y encontrarla vacía por completo. Tal vez por esa misma razón le había insinuado a su pareja sus intenciones de casarse. Ella no quería marcharse a Italia sabiendo que allá no tenía a nadie en absoluto. Ni mucho menos quería estar sola en un país por demás desconocido, sin alguien a su lado con quién apagar su soledad.

Y si bien en el mundo mágico era fácil conectarse con alguien por medio de la Red Flú, o de los trasladadores, ella en realidad lo que no quería era vivir sola.

La joven se levantó y se dirigió hacia su mesita de noche, de donde extrajo una gruesa libreta, en cuya portada se podía distinguir el número trece en grandes caracteres de color carmesí.

Se sentó en su escritorio y sacó pluma y tinta. La chica abrió la gruesa libreta y comenzó a escribir en ella. Transcurrió más de una hora antes de que la joven dejara de escribir, tras lo cual guardó tinta y pluma y depositó la libreta de nuevo en el cajón.

La joven bostezó cansada y se dirigió a su cama, donde momentos después se quedó dormida.

oooooooOooooooo

En la intimidad de sus aposentos localizados en las mazmorras, Severus Snape se hallaba sentado en su mullido sillón con una copa en la mano. El melancólico profesor tenía la mirada perdida en las sombras danzarinas de los objetos que, al calor de las llamas de la chimenea, se reflejaban temblorosos sobres las grises paredes de la habitación.

"Le temo a lo que siento por usted, profesor..."

Aquéllas palabras que el muchacho le dijera antes de desaparecer detrás del retrato, se repetían una y otra vez en la mente del profesor.

Durante varias horas desde que el hombre regresara de su ronda, había estado pensando en todas las cosas que acontecieran en torno a él y a ése joven de enormes ojos verdes que, si bien alguna vez había llegado a aborrecer, a últimas fechas ocupaba la mayor parte de sus pensamientos.

Trataba de analizar qué era aquello tan desconcertante que –sin siquiera habérselo propuesto-, comenzaba a llenar su apagada existencia de una sublime emoción que le había hecho sentir cómo su corazón latía con mucha más fuerza, mientras se iba llenando de un hermoso calor como nunca lo había sentido antes en toda su triste vida.

El taciturno hombre se puso de pie y se dirigió hacia un pequeño bar en una esquina de la habitación, donde llenó su copa por segunda vez en la noche, antes de regresar a su lugar en el cómodo sillón.

El que alguna vez fuera un temido mortífago no podía recordar en qué momento fue que comenzó a sentir que el nombre de Harry Potter ya no le era en ningún modo hostil. Ni siquiera sabía cómo había llegado a esa conclusión.

Lo único que podía recordar era que de un momento a otro se había sorprendido a sí mismo observándole con insistencia. Buscando alguna excusa, por mínima que fuera, para poder contemplar con total deleite aquéllas dos grandes esmeraldas llenas de luz y vitalidad que el muchacho poseía. Y poder estar lo bastante cerca de él para poder admirar la tersura de alabastro de su piel y esos carnosos labios que tantos deseos de besar le provocaban.

Pero lo que más había intrigado al oscuro profesor era la forma en que, durante los últimos días, el muchacho se había estado comportando con él. Y sobre todas las cosas, la manera en que su alumno lo miraba.

Él era un hombre con la suficiente experiencia como para darse cuenta de la clase de miradas que el muchacho le dirigía. Experto en descifrar toda clase de gestos no había pasado por alto las veces que el joven se sonrojaba cada vez que lo veía. Incluso había sido tan obvio algunas veces, que no dudaba que hasta sus mejores amigos lo hubieran notado ya.

"Casi lo besé..." Pensó el hombre mientras recordaba lo ocurrido hacía unas horas. "Si no hubiera sido por la dama del retrato... ¿En qué estaba pensando?"

Se llevó una mano hacia la sien, que comenzaba a latir en señal de un inminente dolor de cabeza, y comenzó a masajearla en movimientos circulares mientras proseguía con sus pensamientos.

Si al menos no hubiera sido un estudiante, o mucho menor que él. O si al menos no hubiera existido posibilidad alguna de ser correspondido, entonces el profesor no hubiera hallado problema alguno en olvidar el asunto enterrando en lo más profundo de su ser los sentimientos recién nacidos en su corazón, y entonces se hubiera permitido seguir adelante con su oscura y miserable existencia...

Pero el hubiera no existe, y por desgracia el adusto profesor se encontraba ante la realidad de que su amor le era total y plenamente correspondido. El valor que el joven Gryffindor había tenido ésa noche para –casi a bocajarro-, soltarle de pronto que sentía algo por él, había sido una clara muestra de ello.

Y ahora estaba consciente que las cosas habían cambiado por completo entre los dos. Y que el joven de revueltos cabellos con seguridad estaría esperando una respuesta igual de parte de su profesor.

El hombre se puso de pie de nuevo y se sirvió una tercera copa.

No hallaría problema alguno al querer hablar con él. Estaba seguro de sus sentimientos y ya no temía el exponerlos. Y no dudaba en la reacción positiva de Harry.

Lo que lo inquietaba en realidad, era el hecho de que si ambos terminaban aceptando lo que sentían, tendrían que enfrentarse a un sinfín de dificultades para poder estar juntos. Y no sabía si serían lo bastante fuertes para luchar contra ello.

Al ser profesor y alumno romperían algunos reglamentos de Hogwarts. Y aunque Harry estaba por cumplir la mayoría de edad, seguiría siendo mucho más joven que él. Y estaba el peor de los problemas: Sirius Black, quien no permitiría, bajo ninguna circunstancia, que su ahijado tuviera una relación sentimental con su tan odiado enemigo de toda la vida.

Suspiró mientras miraba la copa que sostenía en su mano, y el líquido ambarino que bailaba en ella le regaló una imagen de sí mismo, que no le gustó.

"Pero es tan distinto a mí. Es tan joven e inexperto. ¿Quién soy yo para querer estar con alguien como él? Él se merece a alguno de su misma edad. Con sueños e ilusiones y con un largo futuro por delante. Y no alguien como yo, viejo, amargado y lleno de resentimientos..."

Apuró el contenido de su copa de un solo trago dejándola vacía, para no seguir viendo su rostro reflejado en ella. Sin embargo no lo logró. La copa, aún vacía, siguió reflejando su imagen como en un espejo.

-Pero lo necesito tanto...

Y en un gesto de rebeldía, arrojó la copa hacia la chimenea, donde se rompió en mil pedazos junto con su imagen reflejada en ella.

-Mañana mismo hablaré con él.

Y después de observar durante unos momentos más cómo los restos de la copa se perdían entre las llamas de la chimenea, el profesor se dirigió a su habitación, dispuesto a aprovechar las pocas horas de sueño que aún le quedaban.

oooooooOooooooo

En la sala de los Menesteres, Draco Malfoy se despertó con el calor de un cuerpo a su lado. Tomó la sábana, que yacía olvidada a sus pies y cubrió a su pareja con ella. Después se dedicó a observarlo por un largo rato, mientras acudían a su mente las circunstancias en las que terminaran enamorándose.

Si bien cuando iniciaron el colegio ambos simpatizaron, no fue hasta el sexto año que comenzaron a observarse con diferentes ojos. Y aunque Draco la mayor parte del tiempo se la pasaba en compañía de sus dos guardaespaldas -Goyle y Crabbe-, encontró la forma de escabullírseles de vez en cuando, para pasar unos momentos en compañía de la persona que le provocaba sensaciones diferentes a las que nunca había sentido antes.

Al principio sólo los movía el interés de una buena amistad. Ambos compartían el gusto por las mismas cosas, tenían muchos intereses en común y se gustaban mutuamente, aunque ninguno de los dos se animaba a dar el primer paso. Pero conforme transcurría el sexto curso, tratar de disimular lo que sentía cada uno comenzó a ser más difícil para ellos al grado de que, al finalizar ése año, se decidieron.

Sucedió durante la graduación de los alumnos de último curso. Se divirtieron junto con el resto de sus compañeros, bailaron con sus compañeras y brindaron por que el siguiente año fueran ellos los que se graduaran. Después de eso cada uno tomó a su pareja y se fueron retirando, escapando hacia lugares más discretos.

Y aunque ellos dos no eran una pareja, igualaron la actitud de sus compañeros y se perdieron entre los pasillos del colegio, desiertos a esas horas de la noche. Hasta que hallaron la Sala de Menesteres, donde entraron y transformaron el ambiente a gusto de ambos.

Pasaron la mayor parte del tiempo sentados en el sofá de la salita que ambos arreglaran hablando de Quidditch, criticando los colores extravagantes de los trajes de gala de los Gryffindor, riéndose de algunos chistes subidos de tono, y así, hasta que los temas se agotaron.

De pronto y sin previo aviso, Draco tomó entre sus manos el rostro de Blaise y lo besó con dulzura, con temor. Pero sus dudas fueron erradicadas de su mente al sentir cómo los brazos de Blaise de cerraban con firmeza alrededor de su cuello y respondía al beso con pasión y deleite.

Blaise le confesó a Draco que lo amaba, éste se puso de pie y se paró en una esquina de la habitación, donde con un conjuro hizo aparecer una elegante cama con doseles de fino tapiz. Blaise, al sentir que el rubio se alejaba de él, creyó que éste lo rechazaba y sus ojos se oscurecieron en señal de desencanto, para volver a brillar cuando vio lo que el rubio hacía.

Draco regresó a su lado y le extendió la mano, que su compañero tomó sin pensarlo, y entre besos lo fue desnudando mientras le decía que también lo amaba.

Volvió al presente al sentir que Blaise se revolvía entre sueños. Se acurrucó lo más cerca que pudo tratando de no interrumpir su descanso, mientras acariciaba su cabello.

Aquélla primera noche había ocurrido como un sueño. Draco se permitió dejar a un lado el orgullo y altivez que lo habían distinguido toda su vida y fue tierno y apasionado. Y Blaise se dejó llevar por ese torbellino rubio de pasión y ternura al que se entregó sin reservas ni condiciones.

Draco regresó de sus recuerdos, y mientras recorría el rostro amado con la punta de sus dedos, acariciándolo, dejó salir un pensamiento que tenía escondido en lo más profundo de su alma, sin saberlo.

-Te amo tanto, Blaise, que si alguna vez me faltaras tomaría todo aquello que alguna vez fue tuyo, y lo haría mío, para cuidarlo y amarlo y guardarlo en lo más profundo de mi corazón...

Cerró los ojos y suspiró, permitiéndose absorber el aroma de la única persona que amaba, mientras volvía a quedarse dormido.

oooooooOooooooo

-Un mes. Sólo deberé esperar un mes y entonces...

Lord Voldemort se encontraba ansioso porque ese mes transcurriera muy rápido. Y es que el primero de agosto era la fecha que el Mago Oscuro había elegido para unir su vida al heredero Malfoy.

Transformado en la imagen de Tom Riddle, se sentía en verdad frustrado al no haber podido, hasta el momento, tener acceso al chico que tantos deseos le provocaba. Y es que desde que le hubo avisado de sus planes a su padre, éste había puesto mil y una objeciones para no presentar a su hijo con él. Y si al principio le había perdonado -a su manera-, sus desplantes, no estaba dispuesto a dejar pasar ni uno más.

Imaginaba muchos planes para ellos dos, mientras se paseaba de un lado a otro de su oscura habitación. Tan oscura y siniestra como él y sus pensamientos.

-Mi señor...

Un hombre con una voz chillona, vestido de negro y escondido bajo una máscara, se presentó de repente ante el Lord, interrumpiendo sus cavilaciones.

-Se te hizo tarde, McEwan. –El hombre palideció bajo la máscara, seguro de recibir un castigo por su impuntualidad-. Te perdono porque estoy de buen humor esta noche. Y porque quiero que hagas algo por mí.

-Usted dirá, mi señor.

-Sé que tienes conexiones muy importantes dentro del Ministerio, y que también hay algunos ministros que están involucrados de forma activa en la dichosa Orden del Fénix del viejo Dumbledore... y que hay algunos otros que confían en ti.

-Así es mi Lord. Aunque... –El mortífago dudó-. A últimas fechas la situación ha cambiado un poco. El viejo se ha vuelto muy desconfiado y ahora son muy contados los que tienen acceso a información concerniente a las actividades de la Orden.

-Eso ya lo sé, McEwan. Tengo un espía dentro de la Orden en el que confío plenamente, y ya se ha encargado de informarme al respecto. –El mago oscuro se paseó alrededor de su lacayo, produciéndole escalofríos-. Lo que quiero que hagas por mí no es algo relacionado exactamente con la Orden, sino más bien algo concerniente a unos documentos legales que quiero que elabores. Pero por desgracia necesitaré la firma de algunas personas dentro del Ministerio, y quiero que tú te encargues de conseguirlas, sin que la Orden del Fénix se entere. Ni siquiera mi espía. ¿Está claro?

-Sí, mi señor. –El mortífago se acercó con lentitud hacia su amo-. ¿Dé qué papeles se trata?

-Son unos papeles relacionados con una tutela. –En éste punto el mago se frotó las manos, conspirador-. Pero los detalles te los daré mañana. En éste momento espero otra visita y tu tiempo se ha agotado. Te espero a mediodía. Y más te vale ser puntual.

-Sí, mi señor. Aquí estaré. –El mortífago se inclinó en señal de reverencia y salió de la habitación.

Instantes después aparecía ante él la persona que estaba esperando.

-¿Me mandó llamar, mi Lord?

-Así es, Peter. Acércate. –El mortífago conocido como Colagusano obedeció-. Tú has sido en todos estos años uno de mis más fieles servidores. Así que por esa razón te tengo un trabajo, que sé que te agradará cumplir.

-Usted dirá en que puedo servirle, mi señor...

-Verás... durante los últimos meses uno de mis más antiguos y fieles asistentes me ha dado muestras de ya no serlo tanto. Y me han comenzado a surgir ciertas dudas sobre su papel como mi servidor. –Voldemort guardó silencio unos instantes, comprobando si su sirviente lo escuchaba con atención-. No sé si estará haciéndolo por su voluntad o influenciado por su mujer, de quien también estoy comenzando a dudar.

-¿Qué desea que haga al respecto?

-Quiero que tomes tu forma de animago y te mudes a vivir con ellos durante algún tiempo. –Voldemort se adelantó a cualquier duda de Colagusano-. No te preocupes, con un hechizo me encargaré de que sus barreras de protección no te detecten.

-De acuerdo, mi señor.

-Quiero que vigiles todos y cada uno de sus movimientos. Escucha sus conversaciones y toma nota de todo lo que te parezca interesante. Después ven a mí cada noche, cuando se hayan dormido, e infórmame con detalle de todas sus actividades dentro de la casa.

-Sí mi señor. Pero... tengo una duda. –Voldemort esperó la pregunta-. ¿Deberé seguirlos también cuando salgan?

-No, Peter. No será necesario. –El Lord se sentó en su lugar habitual, mientras continuaba-. Ellos no acostumbran zanjar sus diferencias ni resolver sus problemas en público. Son personas muy preocupadas por su imagen como para arriesgarla. Pero de cualquier manera, dispondré de alguien más para informarme de sus pasos cuando se presenten en determinados lugares... pero eso es algo que ya no te concierne.

-Entiendo, señor. –El mortífago se dirigió a su amo, interrogante-. ¿Y a quiénes deberé espiar, mi maestro?

-A Lucius y Narcisa Malfoy.

Peter Pettigrew se sorprendió al escuchar los nombres de las personas a quienes invadiría en su privacidad. Pero logró recuperarse antes de dirigirse a su Maestro para asegurarle que no le fallaría, tras lo cual se retiró después de recibir el consentimiento del Lord.

Cuando el mortífago se marchó, Voldemort se permitió volver al punto donde se había quedado antes de ser interrumpido por sus sirvientes.

Si no hubiera tenido tantas protecciones el Castillo de Hogwarts, hacía ya mucho que hubiera tenido contacto con el joven Malfoy. Pero por desgracia tenía que apegarse a las circunstancias y esperar a que sus padres tuvieran contacto con él.

Aguardaría con paciencia la información proporcionada por Colagusano. Esperaba que la actitud de Lucius Malfoy estuviera siendo influenciada por su esposa Narcisa. De ser así no hallaría inconveniente alguno en quitarla del camino.

Pero si se daba el caso de que fuera él –o ambos-, quienes no estuvieran de acuerdo con su proposición de emparentar, entonces él tendría que tomar medidas mucho más drásticas.

Lucius y Narcisa le habían demostrado lealtad siempre, y quería darles la oportunidad de seguir haciéndolo. Pero no estaba dispuesto a permitir que el muchacho se le escapara de las manos, bajo ninguna circunstancia.

-Lo siento mucho, mi querido Lucius. Pero mejor será que me entregues a tu hijo por las buenas, o me veré obligado a tomarlo... a mi manera.

oooooooOooooooo

Draco se despertó con una extraña sensación en el pecho. Al principio se sintió desorientado al no reconocer el lugar como su dormitorio, pero de inmediato se tranquilizó al ver a la persona que dormía a su lado.

"Qué extraño... siento como si hubiera soñado con alguien, pero no sé quién." El rubio se sentó y se frotó los ojos, tratando de despertarse, haciendo que la sábana que lo cubría se deslizara hacia su cintura. "Bueno, ya lo recordaré después. Por ahora será mejor que despierte a Blaise, no se nos vaya a hacer tarde para el examen de Pociones. ¿Qué poción nos pedirá mi padrino que elaboremos?"

El rubio se recostó de nuevo y pasó sus brazos por debajo de su cabeza. "Tiene que ser una que yo no haya elaborado antes. Con toda seguridad le habrá costado decidir cuál." Una sonrisa maliciosa cruzó por su rostro tras ése último pensamiento. "Sí. Tal vez después del examen hable con él para pedirle que me deje ser su auxiliar el próximo año. Estoy seguro que no se negará. Él sabe que amo las pociones tanto como él."

Suspiró mientras recordaba aquello que lo había motivado a elegir la misma carrera que su padrino.

Debido a que sus padres estaban fuera de casa la mayor parte del tiempo, él había crecido prácticamente solo en ésa gran mansión de los Malfoy. El día de su cumpleaños número seis, estando sus padres ausentes, Severus Snape llegó y lo tomó entre sus brazos para llevarlo al castillo con él.

Después de darle un pequeño obsequio de cumpleaños, y ofrecerle disculpas en nombre de sus padres por no haber podido estar con él en ese día, Severus lo invitó a recorrer el castillo en compañía de un elfo. Cuando regresó de su paseo, cansado y aburrido por haber visto sólo pasillos y más pasillos, Draco deseó ver a su padrino y se dirigió a su despacho.

Lo buscó por todas partes pero su padrino no estaba a la vista. En eso escuchó una risa proveniente de un pequeño cuarto disimulado por unos estantes entreabiertos, y cuando entró vio algo que lo dejó sorprendido.

Su padrino sostenía entre sus manos un pequeño frasco de color rojo, mientras sonreía con aire triunfal. Sus negras ropas estaban manchadas de diferentes colores y a su alrededor había calderos humeantes y cosas de diferentes tamaños, olores y formas, que dejaron al niño con la boca abierta.

Él conocía a su padrino de siempre, y sabía que había muy pocas cosas en el mundo que lo hicieran sonreír y hacerlo sentir contento. Pero ese día descubrió que aquello que Severus hacía, su trabajo, era lo que lo hacía dichoso. Y entonces pensó que aquello que era capaz de provocar esos sentimientos en su padrino también lo haría feliz a él.

Y así fue que decidió ocupar su tiempo libre- que era mucho-, en ver y aprender todo lo que su padrino hacía.

Y si bien en un principio sus padres y su padrino no aceptaron con mucho entusiasmo la idea, el rostro lleno de ilusión del niño los hizo desistir. Los Malfoy aceptaron que su hijo aprendiera con Severus, porque era la persona en la que más confiaban -si es que confiaban en alguien-, y porque de alguna manera creían que debían recompensar a su hijo por todo el tiempo que no habían podido dedicarle.

Y Severus, por otro lado, se sintió muy satisfecho de que al fin hubiera alguien dispuesto a aprender por gusto, y no por obligación aquello que a él tanto le gustaba.

Y así fue como Draco descubrió que aquello que tanto apasionaba a su padrino, también le apasionaba a él. Y decidió entonces que trataría de aprender todo lo que pudiera su mente asimilar sobre tan hermosa profesión.

"Me pregunto si de casualidad mi padrino pensará en retirarse algún día. No es que esté viejo, es sólo que necesita un descanso. De unos diez años." Cruzó una pierna sobre la otra mientras la balanceaba de atrás hacia delante. "Ya me imagino a mí mismo como profesor de pociones en Hogwarts..." Sus ojos grises entornándose, soñadores.

"Seré tan estricto o más que él. Y le bajaré puntos a Gryffindor todo el tiempo como lo hace él. Y pondré los exámenes tan difíciles como los hace él y..."

Y hablando de exámenes...

-¡Maldición! –Draco se levantó de la cama como impulsado por un resorte-. Blaise, despierta... ¡Despierta!

Un minuto después dos despeinados muchachos corrían apresurados hacia las mazmorras, deseando llegar a tiempo.

oooooooOooooooo

Lucius Malfoy se encontraba perdido entre los libros de su enorme biblioteca. No sabía qué era lo que buscaba con exactitud, pero sabía que tenía que ser algo que pudiera ayudarlo a evitar que su hijo tuviera el destino que Voldemort tenía planeado para él.

Apenas vista la luz del nuevo día a través del ventanal de la habitación que compartía con su esposa, el rubio se había puesto de pie tratando de no molestarla. Y después de pedirle a un elfo doméstico que le preparara el desayuno había enfilado en dirección a la gran biblioteca de su mansión.

Tomó un sorbo de té que un elfo le ofreció y dejó el libro que antes hojeara en el lugar donde lo encontró, para después repasar con el dedo índice los lomos de los demás libros a su alrededor, buscando aquél que le diera la solución a su problema.

Pero por desgracia no encontró ninguno que pudiera ayudarle en su caso. Y tras lanzar lejos el último libro que tenía en sus manos se sentó en su sillón. Recargó sus codos en sus rodillas y se cubrió el rostro mientras lanzaba un largo suspiro mezcla de desesperación y derrota. Y así lo encontró su mujer momentos después.

-¿Cómo te sientes, Lucius? –Narcisa Malfoy se acercó a su esposo, preocupada-. ¿Quieres que te traiga otra poción para el dolor?

-No, Narcisa. Estoy bien. –Lucius se levantó de su sillón y se puso a dar vueltas por toda la habitación-. Estaba buscando la forma de eludir nuestro compromiso. Pero por desgracia no encontré nada que pudiera ayudarnos.

La Sra. Malfoy se acercó a su esposo y lo abrazó por la espalda.

-No te preocupes, encontraremos la solución. –Le dio un suave beso-. Tengo que salir.

-¿Adónde vas?

-Voy al Colegio. –La mujer llamó a un elfo y después de darle instrucciones éste se retiró-. Tengo que hablar con alguien.

-¿Irás a hablar con Draco? –Lucius la tomó de los hombros y la miró con aprehensión-. No debemos mortificarlo ahora, Narcisa. Está en plena semana de exámenes y...

-No, Lucius. No es a él a quien iré a ver. –Y ante la mirada confusa de Lucius, agregó-. Es alguien que estoy segura que podrá ayudarnos.

-¿Con quién piensas hablar, entonces? -El rubio se acercó a su mujer, preocupado-. Ten mucho cuidado, Narcisa. Sabes que no debemos confiar en cualquiera...

-No te preocupes, querido... –La mujer iba a agregar algo más cuando el mismo elfo que antes había mandado llamar apareció ante ellos-. Ahora debo marcharme.

Y antes de que el rubio pudiera hacer algo la mujer había salido de la biblioteca, junto con su elfo.

Lucius Malfoy se quedó parado en medio de la habitación durante unos momentos más, y después llamó a su elfo doméstico.

-Quiero que prepares mi carruaje. –Le dijo cuando el pequeño ser hubo aparecido ante él-. Necesito salir ahora mismo...

Y después de eso salió de la estancia. El elfo tronó sus dedos y desapareció al instante para cumplir con las órdenes de su amo.

Pero la biblioteca no quedó sola. Una enorme y vieja rata gris, escondida en una esquina, olfateaba todo a su alrededor con los ojillos brillantes de expectación.

oooooooOooooooo

El profesor Snape entró a su aula y saludó a los alumnos de la casa que dirigía. Después de retirar con elegancia la capa que cubría sus hombros, se dirigió hacia los muchachos.

Con un movimiento de varita hizo aparecer unos pergaminos sobre el pupitre de cada uno.

-Espero que hayan estudiado, porque la poción que elaborarán no admite errores. –Tras lo cual se dirigió a dos estudiantes que en ése momento entraban-. Señores Zabini y Malfoy...

-Perdón por llegar tarde, profesor. –Draco Malfoy se adelantó hacia su ceñudo padrino y le dijo en voz baja-. Lo siento, no volverá a ocurrir.

-Por supuesto que no, Sr. Malfoy. Ésta será su última clase conmigo...

La forma de decírselo le hizo pensar al rubio que su padrino ya no volvería a darle clases nunca más, por lo que su sentimiento se tradujo en una mirada de profunda tristeza.

–Al menos no como estudiante de Hogwarts... –Terminó de decir el profesor a tiempo para evitar que dos lágrimas brotaran de los ojos grises de su ahijado. Éste al darse cuenta que sólo había sido un malentendido respiró aliviado-. Sr. Zabini, tome asiento que ya comenzó el examen.

-Sí, profesor.

Blaise se dirigió a su lugar, y cuando era seguido por Draco el profesor lo detuvo.

-Usted, Sr. Malfoy, venga conmigo.

El joven de cabellos rubios siguió a su padrino, intrigado. El profesor entró a su área de trabajo detrás del armario y le indicó al joven que entrara con él.

-Ésta es una poción que perfeccioné. Me tomó bastante tiempo lograrla. –Le dijo mientras le ofrecía al muchacho el pergamino de la noche anterior-. Y quiero que ahora tú la elabores.

El muchacho tomó el pergamino que el profesor le ofrecía y lo abrió con cuidado.

-Pero padrino... –El muchacho sostuvo el pergamino en sus manos-. Éstos son los ingredientes para una poción...

-Sí, sí... –El profesor lo interrumpió. –Madame Pomfrey me la pidió para unos pacientes que está tratando. Y quiero que la elabores sobre la base de los ingredientes que le agregué. Y quiero que la hagas a la perfección.

-Es una poción bastante complicada. –El rubio se dirigió a su padrino con ojos brillantes-. ¿Éste será mi examen?

-Así es. Tiene que tener el color y la consistencia exacta a ésta. –Le dijo mientras le mostraba el frasco con la poción que él elaborara la noche anterior-. Y no sólo eso. Le entregaré a Madame Pomfrey la poción que tú elabores, y ella me tendrá que informar si funcionó. Y de ser así entonces...

-Entonces, ¿Qué, padrino? –Le preguntó el joven de ojos grises, ya impaciente.

-Entonces te daré el puesto de mi auxiliar para el año que viene.

El rostro de Draco Malfoy jamás había mostrado tanta emoción como en ese momento. Y al verlo, el profesor supo que había tomado la decisión correcta.

-¿Y bien? ¿Piensas quedarte ahí parado todo el día? –Le preguntó divertido-. El tiempo corre...

El muchacho despertó de su ensueño y después se lanzó a abrazar a su padrino, quien no pudo menos que corresponder al abrazo de aquél joven a quien quería como a un hijo. Y después de eso salió del cuarto a toda prisa.

Cuando llegó a su pupitre, el muchacho sostenía contra su pecho el pergamino como tratando de evitar que algo pudiera dañarlo. Y después de poner sus cosas en orden lo abrió con el mismo cuidado de antes y lo estudió con minuciosidad.

-Será una poción difícil de elaborar. Pero la haré con el mayor cuidado del mundo.

Y se dispuso a hacer su trabajo.

Dos horas y media después, cuando todos los demás ya habían entregado sus pociones, Draco Malfoy sostenía entre sus dedos un pequeño frasco con una poción de color verde jade. Se dirigió a él con solemnidad, como si el verde líquido pudiera escucharle.

-Será mejor que funciones a la perfección. Mi futuro y la realización de todos mis sueños dependen de ello.

Lo que el muchacho no imaginaba, era hasta qué grado éstas últimas palabras pronunciadas llegarían a ser tan ciertas... y tan dolorosas.

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Albus Dumbledore se encontraba en su oficina estudiando unos documentos cuando escuchó que alguien llamaba a su puerta.

-Adelante. –El anciano de larga barba se puso de pie para recibir a su visitante, mientras Fawkes gorjeaba, curioso, en su percha.

-Buenos días, profesor Dumbledore. –La persona recién llegada saludó con cortesía al Director mientras traspasaba el umbral-. Espero que no sea demasiado temprano para molestarlo.

-No se preocupe. –El Director le hizo una seña para que tomara asiento frente a él-. Si ha llegado a ésta hora es porque debe ser algo muy importante.

-Y lo es, Profesor Dumbledore.

-Pues bien, usted dirá en qué puedo servirle, Sra. Malfoy...

La recién llegada respiró con fuerza unas cuantas veces, antes de comenzar.

-Primero que nada quisiera saber si esto que hablemos quedará sólo entre nosotros. –La mujer miró su alrededor, observando con cierta aprehensión los cuadros colgados en la pared.

-No se preocupe, Sra. Malfoy. –Y con un movimiento de varita invocó un hechizo silenciador-. Adelante.

Ya más tranquila, la mujer empezó a hablar.

-Verá, este asunto es algo relacionado con... –Y en este punto la mujer bajó la voz, a pesar de saber que nadie más la escuchaba-. Usted ya sabe quién...

-¿Voldemort? –Albus Dumbledore no tuvo reparo en decir el nombre. La mujer asintió-. ¿Qué ocurre con él?

-Es algo relacionado con él y con mi hijo.

-¿Con Draco? –El anciano se enderezó en su silla. Todo lo relacionado con sus alumnos le interesaba-. ¿Qué sucede?

La esposa de Lucius Malfoy se levantó de su asiento, no se hallaba cómoda sentada. Y tratando de no parecer demasiado ansiosa se acercó al ave Fénix y la acarició mientras respondía.

-Hace algunos meses "Él", convocó a algunos de sus servidores. En específico a padres de familia... –Volteó a ver al profesor, quien la escuchaba con atención-. Y les ordenó que fueran preparando a sus respectivos hijos para convertirlos a su servicio.

-La escucho. Por favor, prosiga...

-Mi esposo... –La mujer dudó. No sabía si estaba haciendo lo correcto, pero aún así continuó-. Él también fue convocado pero... ésa persona no sólo le dijo lo mismo que a los demás, sino que... quería algo más.

Albus Dumbledore se puso de pie y se dirigió hacia donde estaba la mujer. Invocó un servicio de té y le ofreció una taza, que la mujer aceptó, dudosa.

Después de beber un sorbo la mujer pareció más calmada. Era evidente que el anciano había mezclado alguna clase de tranquilizante, lo que en su interior le agradeció.

-Continúe, por favor. –El profesor se mantuvo de pie, junto a ella.

-Él le informó que la guerra está muy próxima. Y que a pesar de que su objetivo es acabar con Harry Potter y someter al mundo mágico, también quiere... tomar a un compañero de sangre pura y procrear un heredero con él.

En este punto la mujer se llevó una mano al rostro. Albus Dumbledore no necesitó escuchar el nombre de la persona que Voldemort había elegido.

-¿Qué dice su esposo a éste respecto? –Albus Dumbledore esperaba que Narcisa le dijera que Lucius había aceptado, o algo por el estilo. Pero lo que la mujer parada frente a él le respondió no fue en realidad lo que se imaginó.

-Lucius aceptó en el momento, pues no tuvo opción. –La mujer suspiró, abatida-. Pero nunca permitiría que nuestro hijo cayera en sus manos. Verá... desde aquél día mi esposo ha sido convocado otras veces más. Y Lucius ha puesto objeciones tratando de retrasar el encuentro entre ellos pero... las cosas se ponen cada vez más difíciles.

La Sra. Malfoy dejó su lugar a un lado del ave y se paseó nerviosa por la oficina.

-Anoche lo convocó de nuevo. Pero Lucius ya no tuvo pretexto que darle. Regresó muy malherido. Él... lo torturó hasta el cansancio.

Dumbledore guardó silencio por unos instantes, dando oportunidad a que la mujer prosiguiera.

-Temo mucho profesor, que la próxima vez que lo llame y se presente sin nuestro hijo...

-Tranquila Sra. Malfoy. El anciano la tomó del brazo y la obligó a tomar asiento.

La mujer guardó un prolongado silencio después de su confesión. Silencio que Dumbledore aprovechó para poner en orden ciertas ideas.

-Sra. Malfoy... –Albus se acercó a ella y la miró a los ojos-. ¿Cómo puedo saber que me dice la verdad? ¿Quién me garantiza que esto no es una trampa de Lucius? ¿O del mismo Voldemort? ¿Cómo puedo creerle?

-Mi esposo no sabe que estoy hablando con usted. Lo conozco y sé que prefiere morir antes que solicitar su apoyo. –Narcisa Malfoy correspondió a la mirada del Director-. Si tiene dudas sobre lo que le digo entonces lea mi mente.

-Eso no me garantiza nada. –El director siguió dudando-. Los recuerdos se pueden manipular a conveniencia.

-Sólo si se es experto en Oclumancia. Y por desgracia... ni mi esposo ni yo lo somos. La practicamos, pero no la dominamos.

-Si es así, entonces... ¿Por qué Voldemort no los ha descubierto? ¿No se supone que al convocar a su esposo debió leerle la mente desde un principio?

-Lucius y yo nos hemos preguntado lo mismo muchas veces. –La mujer levantó el rostro para dirigir su mirada hacia el hombre frente a ella-. Escuche, profesor. Él confía en nosotros. Tal vez por eso no ha creído necesario entrar en nuestros pensamientos. Pero... no creo que la suerte nos dure mucho tiempo.

Albus Dumbledore observó por un largo momento a la mujer parada frente a él. Parecía que decía la verdad. Pero no queriendo arriesgarse, decidió que hablaría antes con Severus. Tal vez él podría confirmarle si la información dada por ella era cierta, o no.

Pero de ser así, él tendría que ir allanando el camino para que su alumno no corriera ningún peligro. Y en un arranque de relativa confianza decidió darle a los Malfoy una oportunidad.

-Suponiendo que lo que acaba de contarme fuera cierto, con exactitud... ¿Qué es lo que quiere que haga por ustedes?

Narcisa Malfoy lo miró con fijeza mientras le respondía.

-Por mi esposo y por mí, nada. –El orgullo Malfoy reflejándose en sus ojos-. Pero en cuanto a nuestro hijo... –Y en este punto la Sra. Malfoy cambió su expresión-. Su permiso para que permanezca en el castillo el tiempo necesario después de que se gradúe. Bajo la protección de usted... y de la Orden del Fénix.

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Remus Lupin observaba con detenimiento cada uno de los cuadros colgados en la pared de la antigua Mansión de los Black, en Grimmauld Place. Ataviado con un sencillo traje casual bajo su desgastada capa de color miel que resaltaba el dorado brillo de sus ojos, el licántropo esperaba con cierta impaciencia que su amigo apareciera en la estancia de un momento a otro.

Le había llegado un mensaje ésa misma mañana, vía lechuza, para invitarlo a desayunar. El animago recién regresaba de Francia, en un viaje de placer el cual había aprovechado para visitar algunas universidades que pudieran convenirle a Harry. Y en cuanto el hombre lobo recibió la carta, dejó de lado todo lo que hacía en esos momentos para marcharse a toda prisa a la mansión de su amigo.

Se le habían hecho eternos los dos largos meses que no lo había podido ver, ni hablar con él. Estaba ansioso porque Sirius le contara sobre todos los lugares que había visitado, quería saber si su amigo se había divertido olvidando así, en parte, todos los años que permaneció encerrado en Azkaban, siendo inocente.

"¿Habrá recuperado el brillo de sus ojos?" Se preguntaba el licántropo al tiempo que una mano se depositaba en su hombro. Remus volteó, sobresaltado, para encontrarse de lleno con unos bellos e intensos ojos azules que lo miraban con diversión. De inmediato, unos fuertes brazos lo estrecharon, afables, mientras escuchaba la voz de su amigo muy cerca de su oído, haciéndole estremecer.

-Qué gusto me da volver a verte, Remus. –Sirius lo saludó con toda naturalidad, ignorando las sensaciones que éstos gestos inocentes despertaban en su mejor amigo-. Te agradezco que hayas aceptado mi invitación.

-Al contrario, soy yo quien te agradece. –Remus trató de disimular el ligero temblor que se apoderaba de su cuerpo cada vez que Sirius estaba cerca-. Y dime, ¿Qué tal el viaje?

-Maravilloso, mi querido amigo. –Sirius tomó con cortesía el brazo del licántropo y lo condujo hacia la sala-. París es una ciudad muy hermosa. Pero cuéntame, ¿Cómo han estado las cosas por aquí? ¿Harry está bien?

-Han estado tranquilas. –Remus siguió con la vista los movimientos de su amigo, quien en ése momento tomaba asiento junto a él-. Harry está en época de exámenes finales. El sábado se gradúa.

-Es verdad... vaya, el tiempo sí que se va volando. –Sirius adoptó una melancólica actitud-. Si parece que fue ayer cuando James y Lily nos dieron la feliz noticia de su espera. Y míralo ahora, a punto de convertirse en todo un hombre. Estoy seguro que desde donde están deben sentirse muy orgullosos de él.

-No lo dudes. Harry resultó ser un excelente muchacho. –El licántropo vio brillar con orgullo los ojos de su mejor amigo-. Supongo que no faltarás a su graduación.

-Por supuesto que no. –El animago se puso de pie y se dirigió hacia una repisa sobre la chimenea de donde tomó tres cajas, para después regresar donde su amigo-. Le compré en parís un traje de gala que podrá usar para ese día. –Le dijo mientras abría una de las cajas-. ¿Qué te parece?

Sirius sacó de la caja el traje en cuestión. Estaba compuesto por un pantalón de fina tela en color negro, una camisa de color verde jade que al mirarla, parecía lanzar destellos plateados, y un chaleco y saco del mismo color y tela que el pantalón, así como un corbatín, también negro. El animago extendió con cuidado la capa que complementaba el traje. Era larga y de un delicado terciopelo, también en color negro, con exquisita filigrana de oro blanco en las orillas.

-Es precioso. –A simple vista la fina capa se veía suave en extremo, y Remus no pudo evitar pasar una mano sobre su superficie, acariciándola-. Es tan suave y delicada como se ve. Debió costarte una fortuna.

-Nada que no pudiera solventar. –Sirius dobló con cuidado el traje y lo guardó en su lugar-. Además, mi niño se merece eso y mucho más.

Después de eso abrió la segunda caja y le mostró un juego de ropa interior, también negra, junto con unos zapatos de charol de una marca reconocida. Y un par de elegantes mancuernillas de oro blanco con incrustaciones de ópalo negro.

-Cielos, éste muchacho sí que va a lucirse. –Remus esbozó una sonrisa. De alguna forma sintió como si el muchacho estuviera a punto de vivir una noche de cuento de hadas, con Sirius como su Hado Padrino. Remus de pronto se imaginó a su mejor amigo con un largo y vaporoso vestido blanco y una tiara en la cabeza, y en lugar de su varita negra, una de color blanca con una brillante estrella en la punta. Comenzó a reírse.

Sirius no pudo adivinar el porqué de la risa del licántropo. Pero mientras Remus trataba de tranquilizarse lo observó con detenimiento. Hacía mucho tiempo que no lo veía reír de esa manera y pensó que la risa le quitaba años de encima. De pronto se vio a sí mismo y a su amigo en la época de los merodeadores, cuando no había cosas importantes por las que preocuparse, ni guerras, ni muertes de seres queridos que los pudieran entristecer, y borrar sus sonrisas y robarles sus años dichosos de juventud.

Y en un arranque de dicha, de aquéllas que son capaces de contagiar a cualquiera que pudiera ser testigo de ella, Sirius se acercó a su amigo y lo estrechó entre sus fuertes brazos, mezclando en ese cariñoso gesto toda la ternura y el afecto que su amigo despertaba en él.

Al sentirse estrechado de ésa forma entre los brazos del hombre que había amado durante la mayor parte de su vida, Remus dejó de reír y se tensó, para después relajarse y dejarse estrechar por esos fuertes brazos que lo acunaban con un cariño y aprecio como el que nunca, en sus tristes años de soledad desde que lo perdiera, había vuelto a sentir.

-No sé cuál fue la razón para que te rieras, y espero que algún día me la cuentes. –Le susurró su amigo, sin soltarlo de su estrecho abrazo-. Pero quiero que sepas que mientras viva, me encargaré de que no sea la última vez que sonrías de esa manera.

Y Remus no respondió. Sólo suspiró mientras refugiaba su rostro en el fuerte cuello de su mejor amigo, aspirando con fruición su delicioso perfume francés, para después cerrar sus dorados ojos y perderse en el tiempo que durara el cálido abrazo... tan ansiado y a la vez tan temido por la infinidad de sentimientos que le provocaba.

Continuará...

Próximo capítulo: Planes para un futuro incierto.

Notas:

El asunto va a ir algo lento durante los primeros capítulos. Calculo aproximadamente un capítulo por cada día transcurrido en la historia. A éste paso de tortuga llegaré al séptimo capítulo y la semana de exámenes aún no habrá terminado...

Por otro lado, no consideré pertinente hablar de TIMOS Y EXTASIS porque honestamente, no sé ni cómo se aplican, ni cuándo ni bajo qué circunstancias, así que mejor hablo de exámenes finales con todo lo que éste concepto engloba, y punto. De cualquier manera los exámenes no serán realmente importantes para el desarrollo integral de la historia.

Muchas gracias a todas las personas que me dejaron sus reviews, y a todas las que no pudieron hacerlo pero que sé que me están leyendo. Espero que éste capítulo les haya gustado.

Besitos

K. Kinomoto.