Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucho drama. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Respuestas a los Reviews:
Sedex: Hola, como pudiste darte cuenta, Blaise sí está con los dos. Así como también que Neville no tiene nada que ver. El pobre sólo sirvió para cumplir con mi propósito. Y en cuanto al bebé, pues falta algún tiempo para que Blaise se entere. La empatía de Harry le va a servir de mucho más adelante. En cuanto a lo que Blaise se proponía, pues sí, ésa era su intención, pero parece que no le resultó. Qué bueno que ya te has puesto al corriente y te agradezco muchísimo cada review que me has dejado. Espero que éste capítulo también te guste. Te mando muchos besos.
VIII
Sangre, sudor, lágrimas.
Primera Parte.
Blaise Zabini entró con mucho sigilo a la habitación que el Griffyndor le señalara. Cerró la puerta con un silencioso movimiento y se acercó con lentitud hacia la cama. Draco aún dormía. En la oscuridad a medias, el joven de cabellos castaños se quedó parado un momento observando a su pareja.
Apretó la cadena con más fuerza entre sus dedos y se agachó a la altura del rostro del rubio. Acercó con calma sus labios y le besó en la frente. Draco frunció el ceño mientras se movía con suavidad para cambiar de posición. Blaise aprovechó para acariciar sus hebras doradas y terminar de despertarlo.
Draco abrió poco a poco sus grises ojos mientras se acostumbraba a la luz que iluminaba con sutileza su habitación. En un principio creyó que seguía soñando, pues lo primero que alcanzó a ver fueron los ojos aceitunados de la persona que amaba. Pero cuando la lucidez inundó su mente se enderezó con rapidez, haciendo que Blaise diera un paso atrás para evitar cualquier reacción violenta del rubio.
-¿Qué haces aquí? –Fue la primera pregunta que brotó de sus labios mientras terminaba de ponerse de pie-. ¿Cómo entraste?
Blaise se quedó parado en el mismo lugar junto a la cama, mientras que Draco se dirigía hacia la puerta y la abría.
-Draco, tenemos que hablar...
-Tú y yo no tenemos nada de qué hablar. –El rubio permaneció con la mano en la puerta, ya abierta, mientras le hacía señales de que saliera.
-No voy a irme hasta que hablemos. –Lejos de retirarse, Zabini se sentó en la orilla de la cama. Después de un minuto, Draco cerró de nuevo la puerta y se sentó junto a él.
Hubo un momento de tenso silencio. Fue el rubio quien decidió romperlo. Había tantas cosas que quería saber.
-¿Desde cuándo?
Blaise emitió un largo suspiro, dudoso ante la pregunta de su pareja.
-Desde que comenzó el curso. –Jugueteó con la alhaja, se le veía muy nervioso-. Yo te amo, Draco.
-¿Cómo... cómo pudiste verlo todo ese tiempo sin que yo me diera cuenta? –El rubio miraba con fijeza hacia el frente, evitando la mirada de la persona a su lado-. Dímelo. Merezco saberlo.
-Él y yo... tratábamos de vernos cada vez que alguno de los dos podíamos. –Negó con la cabeza, no quería lastimarlo más-. Draco...
-¿Por qué? –El muchacho de ojos plateados volteó a ver a su compañero, sin despegar sus grises ojos de los que hasta hacía unas horas había creído su fiel pareja-. ¿Acaso no te era suficiente todo lo que yo te daba?
-Draco por favor, escúchame, yo...
Pero Draco se puso de pie y comenzó a pasearse de un lado al otro. Buscaba en lo más recóndito de su mente algún momento en el que él pudiera haberle fallado. Algo que pudiera indicarle que él era el único responsable de todo lo que estaba pasando.
-¿Qué fue lo que hice mal? –Blaise se levantó y se acercó a él, tratando de tomarlo entre sus brazos. Pero con un movimiento el rubio lo rechazó-. Dímelo Blaise, ¿En qué parte de nuestra relación me equivoqué?
Los ojos color aceituna se llenaron de lágrimas. Era doloroso el reconocer cómo había destrozado el corazón de la persona que amaba. Y además ver cómo ésa persona buscaba un motivo para declararse responsable, cuando él sabía a la perfección que el único culpable de todo había sido él.
-Tú no... –Blaise secó una lágrima que ya resbalaba por su mejilla-. Escúchame por favor. Te he amado siempre. Jamás lo dudes, lo que siento por ti es real. Te amo... te amo.
-¿Y a él? –Draco tragó con intenso dolor una lágrima que tenía atravesada en la garganta. No quería llorar frente a él. Ya había llorado bastante por un día-. ¿Qué es lo que sientes por él?
Blaise se quedó callado unos instantes. Cada segundo que él permaneció en silencio, era otra lágrima más que se acumulaba en la garganta del rubio.
-A él... también. –Draco cerró sus grises ojos al escuchar la respuesta del muchacho castaño-. Los amo a los dos.
-No puedes... –Draco movió la cabeza, negándose a creer lo que acababa de escuchar-. Nadie puede amar a dos personas a la vez. Es imposible.
-Lo es. –Blaise se acercó a su pareja por la espalda y colocó una mano sobre su hombro. El rubio se sobresaltó, pero no hizo amago de moverse-. Los amo a los dos. De una forma que jamás pensé que llegaría a amar a nadie.
-No es cierto. –Draco siguió moviendo la cabeza en negación. Le era imposible asimilar todo lo que escuchaba de labios de la persona en la que había puesto alguna vez toda su confianza-. No puedo creerte. No es posible.
-Te amo... porque eres rebelde y orgulloso, porque eres hermoso y altivo. Porque eres impetuoso y apasionado y...
-¿Y a él? -El rubio se dio la vuelta y enfrentó la mirada de quien había considerado alguna vez su pareja. Quería saber si tendría el valor suficiente de decírselo en su cara-. ¿Qué es lo que amas de él?
Blaise se quedó en silencio. Cabizbajo, retiró la mano que tocaba el hombro del rubio, el cual sintió un frío repentino. Draco se acercó con lentitud a la puerta y la abrió.
-Perdóname, por favor... –Blaise siguió llorando mientras observaba cómo el rubio se alejaba paso a paso de su lado-. Yo no puedo estar sin ti.
-Si alguna vez encuentras el valor para decirme por qué lo amas... tal vez entonces yo encuentre un motivo para perdonarte. Será mejor que para cuando el profesor Snape regrese, tú ya te hayas marchado de aquí.
Y diciendo esto el rubio desapareció por la puerta abierta. Blaise se quedó unos momentos más, y después de secar sus lágrimas con la manga de su túnica, dejó la cadena con el dije sobre la mesita de noche del rubio. Besó con ternura el retrato que ahí había y salió del lugar en completo silencio.
Draco, quien se había refugiado en el despacho de su padrino, salió cuando escuchó la puerta principal cerrarse. Entró de nuevo a su habitación y se sentó en la cama, descorazonado. De pronto vio el pequeño obsequio que Blaise le dejara en su mesita.
-Mañana cumpliríamos un año... –Susurró mientras sacaba de su cajón un estuche de terciopelo verde, el cual abrió para dejar ver una esclava de oro con el nombre de Blaise y el suyo, entrelazados.
Dejó el estuche a un lado de la cadena y se recostó otra vez mientras dejaba que la tristeza volviera a embargarlo de nuevo.
Nadie lo estaba viendo, así que se dio la libertad de llorar todas las lágrimas acumuladas en su corazón. Lágrimas que no había podido, por orgullo, dejar correr en presencia de la persona que a pesar de todo, aún amaba con toda su alma.
oooooooOooooooo
-¿Qué estás diciendo, McEwan?
-Los... documentos no fueron aceptados... mi Lord.
McEwan se encontraba parado con las piernas temblorosas delante de Voldemort. Venía del Ministerio, pues le habían notificado del rechazo de los documentos que acababa de dar de alta. Y apenas se hubo enterado, había decidido presentarse ante su señor, aún sabiendo lo que al mortífago le esperaba.
-Y se puede saber... –Voldemort se paseó con suma lentitud alrededor de su sirviente, quien se estremeció de pies a cabeza-. ¿Por qué razón fueron rechazados?
-La persona encargada de los Archivos Ministeriales... me informó que los Malfoy interpusieron una solicitud. –El mortífago respiró varias veces, sin aliento-. Y ésa solicitud ingresó unas horas antes que la suya, mi Lord.
-¡No es posible! –Lord Voldemort levantó su varita y sin pensarlo dos veces lanzó un cruciatus hacia el mortífago frente a él, el cual se retorció mientras gritaba, presa de un profundo dolor-. ¿¡Es que acaso no te di órdenes claras de que tuvieras listos esos documentos lo antes posible?
-Sí, mi Lord, pero... –El mortífago pudo responder cuando se repuso del hechizo torturador-. Los Malfoy se adelantaron. Ellos... ya habían tramitado su solicitud desde temprano ése mismo día. De hecho, a la hora en que yo me presenté ante usted, ellos ya debían estar realizando todos ésos trámites.
-Eso significa que Cornelius Fudge sí estuvo en Hogwarts. –Voldemort comenzó a pasearse de un lado a otro, molesto como nunca antes-. Y el motivo de la visita de Lucius al Colegio no fue para ver a su hijo, sino para ponerlo bajo la protección de Dumbledore.
Se detuvo de repente. Hasta ahí todo estaba muy claro, pero aún le quedaba una duda.
-¿A quién designó Lucius Malfoy como tutor del chico?
El mortífago tragó saliva. Lo que estaba por responder le haría ganarse otro cruciatus.
-No... lo sé, mi Lord. Los documentos sólo revelan a los Malfoy. Pero en cuanto a los testigos y al tutor, están bajo un hechizo de reserva.
-¿Quieres decir que se mantiene en secreto? –Voldemort volvió a levantar la varita. El mortífago se encogió cuando el Lord le apuntó con ella-. ¿Bajo qué circunstancias pueden ser revelados los nombres?
-De dos maneras... cuando se haga válida la tutela, que es en el caso en que los Malfoy decidan renunciar a la Patria Potestad de su hijo o... que fallezcan.
El señor oscuro bajó la mano con la que apuntaba al mortífago, y mientras Nagini aparecía arrastrándose con pesada lentitud en dirección a su dueño, Lord Voldemort tomó una decisión.
-Bien, bien, bien... –Se dijo mientras acariciaba la cabeza de la enorme serpiente, la cual siseó en respuesta-. Le di a Lucius la oportunidad de serme fiel, y no me ha cumplido. Por otro lado quisiera saber quién ha sido el valiente que ha aceptado ser el tutor de mi prometido. Tal vez logre negociar un buen trato con él.
Y girándose hacia su mortífago, le ordenó mientras volvía a apuntarlo con la varita.
-Quiero que tú y Bellatrix vayan a la Mansión Malfoy, y traigan a Lucius y Narcisa Malfoy a mi presencia, ésta misma noche.
-Sí, mi Lord. –El mortífago hizo una reverencia y salió de la habitación.
-¿Sabes, mi querida Nagini? –La serpiente silbó, poniendo toda su atención-. Creo que pronto conoceré la resistencia de los Malfoy a todos mis métodos de tortura.
Y con una última caricia a la cabeza del reptil, el mago tenebroso enfiló hacia su lugar preferido: el ventanal que daba al cementerio.
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Severus Snape entró a sus aposentos y llamó a Harry. Pero al no recibir respuesta se retiró su capa y llamó a un elfo doméstico. Después de entregarle su túnica nueva y ordenarle que la tuviera lista para el día siguiente, se dirigió a la habitación de Draco, donde entró con mucho sigilo. El muchacho estaba dormido y Severus se acercó para observarlo unos momentos. Frunció el ceño, mortificado, al recordar el golpe que le diera unas horas antes.
Volteó a ver la mesita de noche y se percató de los objetos que estaban sobre ella. Tomó el estuche de terciopelo verde y contempló la esclava por unos momentos. Después la dejó en su sitio mientras tomaba entre sus dedos la cadena con el dije en forma de la mitad de un corazón. Después de leer los mismos nombres en uno y en otro, dejó el objeto en su lugar y se acercó al muchacho.
Contempló durante unos momentos más el rostro dormido de su ahijado, donde aún podía apreciarse en una ligera sombra rosa, la huella de su mano. Acarició despacio la zona que él mismo había lastimado mientras suspiraba.
-Perdóname... –Le susurró mientras acomodaba una hebra rubia que estaba fuera de su lugar-. Sabes que nunca quise lastimarte. Sabes que sólo quiero protegerte. Es sólo que a veces... no pienso antes de hacer las cosas.
El muchacho se revolvió entre sueños. Severus dejó que siguiera durmiendo y salió de la habitación para dirigirse a la suya. Cuando entró se sentó en la cama y de dejó ir sobre ella para relajarse. Pero al hacerlo su cabeza chocó contra algo, se puso de pie de inmediato y se sorprendió cuando entre las tinieblas de su habitación distinguió un delgado bulto que yacía en ella.
Encendió un candelabro que adornaba una de las paredes y no le asombró ver que el bulto que se acurrucaba sobre la cama era ni más ni menos que Harry. El muchacho estaba inmerso en un sueño muy profundo, su cuerpo desnudo enredado entre las sábanas negras. Una de sus manos descansaba bajo su cabeza, mientras que la otra se perdía en su abdomen, donde la sábana alcanzaba a cubrir sólo lo necesario.
Severus no tuvo que ser mago para adivinar lo que su pareja había hecho en su ausencia. El rostro casi siempre pálido de Harry se encontraba cubierto de un tenue rubor y algunas gotas de sudor, que lo delataban. Movió la cabeza, divertido, mientras sacaba de su clóset uno de sus pijamas. Con un hechizo logró que el muchacho quedara vestido. Miró las sábanas y suspiró, les haría falta una buena lavada.
Dio media vuelta para dirigirse al baño, pues se dio cuenta que necesitaba una ducha fría. Pero algo se le vino de pronto a la mente, haciendo que el profesor saliera de la habitación y se dirigiera hacia su laboratorio. Extrajo un pequeño frasco, vacío y limpio de uno de sus estantes así como una paletilla plana de plástico, para después regresar a su habitación.
Con mucha cautela se acercó al muchacho para no despertarlo mientras sostenía en sus manos los dos pequeños objetos. Se sentó en la cabecera y acercó sus manos al rostro de su pareja. Colocó la cucharita de plástico en la frente del muchacho y rastrilló con mucho cuidado hasta que las gotas de sudor treparon por ella, para después colocar la cucharita en la boquilla del frasco y resbalar el sudor acumulado.
Repitió con diligencia la operación en todo el rostro y cuello del "niño que vivió", procurando no tocar partes que podrían considerarse sensibles, pues no quería que se despertara. Cuando hubo reunido la cantidad suficiente de sudor, dejó la cucharita a un lado y tapó con cuidado el frasco. Después lo guardó en un cajón de su mesita y se dirigió al baño para darse su ducha.
Cuando Severus terminó de bañarse, se vistió con un abrigador pijama mientras observaba que Harry aún seguía dormido. Avivó el fuego de la chimenea para que no tuviera frío y después de sacar de su cajón el frasquito y la cucharita, le dio un beso ligero en la frente y se dirigió entonces hacia su laboratorio.
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Harry despertó poco a poco mientras se estiraba entre las delgadas sábanas. Se talló los ojos con pereza y sonrió de manera seductora al darse cuenta que estaba vestido con un pijama de su pareja. Se abrazó a sí mismo mientras aspiraba el perfume de Severus, al tiempo que cerraba sus verdes ojos y fantaseaba con que ésa tela era la piel de su adorado profesor.
Volteó a su derecha para ver si Severus se encontraba en la cama con él, como el día anterior. Pero en vez de su pareja, había un frasco con un líquido ambarino y junto a él una nota escrita por su puño y letra, que el muchacho no dudó ni un instante en tomar entre sus dedos. Después de leerla esbozó una sonrisa mientras se ponía colorado y entonces cogió el frasco y lo abrió, aspirando el perfume que su pareja le había obsequiado.
-¿Cómo supo que éste es mi aroma favorito? –Se preguntó mientras se levantaba para darse un baño. En la nota, Severus le deseaba que tuviera un buen día y lo felicitaba porque en unas horas sería su graduación, y él ya no sería más su profesor, sino sólo su pareja. Le pedía que usara ésa noche el perfume que le había elaborado y le agradecía las gotitas de sudor que le robara la noche anterior.
Poco después el muchacho se encontraba vestido con su uniforme limpio. Debía ir a su Casa a cambiarse, pues era sábado y no había razón para presentarse uniformado en el Comedor. Guardó el perfume en el bolsillo de su túnica y emergió de la habitación de su pareja e imaginó que Draco ya no estaba, así que salió de los aposentos tratando de ser discreto, pues no le convenía toparse a esas horas de la mañana con ningún Slytherin.
Cuando llegó a la Sala Común, se dirigió hacia los dormitorios y con rapidez se puso un pantalón de mezclilla y un jersey. Ya no había nadie más, por lo que se imaginó que ya era bastante tarde. Así que sin permitirse alguna otra distracción terminó de arreglarse, guardó su perfume en su baúl y se encaminó sin dilación hacia el Gran Comedor. Al llegar se dirigió a su lugar habitual mientras saludaba a su mejor amigo.
-Hola, Harry. –El pelirrojo le ofreció un vaso con jugo de calabaza-. ¿Dormiste?
-Sí. –El joven de ojos verdes agradeció el gesto de su amigo con una sonrisa, mientras respondía a su pregunta doble intencionada-. Aunque hubiera preferido no hacerlo. –Después le guiñó un ojo.
-Vaya, ése hombre es demasiado inflexible. –Ron mordió una tostada untada con paté-. Es la segunda noche consecutiva que duermes en su misma cama, y no te ha tocado.
-Para que veas... –De repente el moreno se sintió orgulloso de su pareja. Otro, en esas mismas circunstancias, no lo hubiera pensado y ya lo habría tomado, sin importarle las futuras implicaciones. Debía admitir que a pesar de que sus negativas de hacer el amor a veces lo desesperaban, el profesor pensaba con la cabeza. Y no precisamente con la que la mayoría de los hombres lo hacían, incluso él.
La voz autoritaria de Albus Dumbledore se dejó escuchar por todo el recinto, interrumpiendo los pensamientos del moreno.
-Como todos ustedes saben, ésta noche será la graduación de los alumnos de séptimo curso. Por lo que los felicito con toda sinceridad, ya que a partir de mañana pasarán a ser parte de la historia de éste Colegio, y con sus logros, orgullo de todos nosotros...
-¿Sabes una cosa, Harry? –Susurró Ron a su amigo mientras el director proseguía con su discurso-. Todos éstos años ha dicho siempre lo mismo. Tanto, que ya comenzaba a aburrirme. –Harry asintió a las palabras de su amigo-. Pero ahora que yo soy uno de los que se gradúan, siento algo muy especial al escucharle.
-Yo también, Ron. –Harry volteó a ver al director mientras proseguía-. Creo que ningún estudiante logra hallarle sentido a sus palabras hasta que le son dirigidas a él.
-Exacto. –Ambos callaron para seguir escuchando al profesor Dumbledore, el cual ya había terminado con su discurso y trataba otros temas importantes.
-...Por lo que no se le permitirá a ningún estudiante, se retire del Gran Salón para merodear por los pasillos, como en los años anteriores. –Al escuchar los suspiros de decepción de los estudiantes-. Lo siento, pero es por su seguridad. Por lo que se les rogará que en el momento en que decidan abandonar la fiesta, se dirijan de inmediato a sus Casas. Se les sancionará a aquellos estudiantes, incluyendo a los graduandos, si ésta regla llegara a romperse.
-Lástima... –Declaró Ron después de escucharlo-. Y yo que quería escaparme con Hermione.
-Sí, bueno... –Harry tenía pensado escaparse hacia las habitaciones de su profesor. Después de todo sería su última noche en el Castillo, y merecía una buena despedida. Aunque no fuera en realidad de la clase que él deseaba-. Yo tampoco podré estar con Severus como lo tenía planeado.
-Harry...
-¿Sí?
-¿De verdad piensas obedecer al director?
Una sonrisa traviesa se dibujó en los labios del moreno mientras le respondía.
-Pues... del dicho al hecho...
-Hay mucho trecho.
-Exacto.
-...Por otro lado, solicito a todos los estudiantes de séptimo, sin excepción, que en punto de las once de la mañana se presenten con el profesor Snape, quien los estará esperando en el aula de Duelo. Les aseguro que es algo de vital importancia, por lo que les sugiero que sean puntuales.
Después de que los murmullos de los intrigados estudiantes de último año se calmaron, el director prosiguió.
-Así también, los carruajes que parten hacia la estación del tren, saldrán en punto de las once del día de mañana. Por lo que les recomiendo que vayan empacando sus cosas desde temprano, para que no les agarren las prisas. Aquél estudiante que no alcance su carruaje en el momento indicado hará perder puntos a su Casa.
Un cuchicheo de desaprobación se dejó escuchar por todo el Comedor. El director levantó ambas manos para acallarlos, mientras proseguía.
-Las invitaciones a los padres de familia de los estudiantes que se gradúan ya fueron repartidas y éstas a su vez, confirmadas. Si alguien tiene dudas sobre si sus padres se presentarán, favor de consultarlo con la profesora McGonagall. La entrega de documentos será en punto de las siete de la tarde. Más tarde será la cena de gala en éste mismo recinto y al final la fiesta. Por el momento es todo. Se les informará de cualquier cambio en el transcurso del día. Disfruten su desayuno.
-Harry... –Hermione acercó su rostro para entrar en el ángulo de visión de su amigo-. ¿De casualidad sabes qué es lo que el profesor Snape quiere tratar en el aula de Duelo?
-No lo sé. –Harry se rascó la barbilla, pensativo-. No me dijo nada. Pero supongo que debe tratarse de algo relacionado con Voldemort.
-¿Tú crees que... ya sabes quién... tenga pensado atacar?
La pregunta de Ron hizo que Harry se diera cuenta de que sus amigos no estaban enterados de nada.
-¿Saben? –Volteó para todos lados, evitando que alguien más lo escuchara-. Hay algo muy importante que debo decirles. Pero... no se los puedo contar aquí.
-¿Y qué estamos esperando? –La muchacha se levantó, haciendo que su novio y su amigo se levantaran a su vez-. Vamos a dar un paseo.
-Esperen... –Harry se detuvo de golpe-. No creo que sea conveniente.
-¿Por qué?
-Alguien podría escucharnos. –Harry tomó un atajo en uno de los pasillos-. Síganme, conozco un aula vacía. Nadie nos molestará.
Cuando llegaron, Harry cerró la puerta y le aplicó un hechizo silenciador. Después se dirigió a sus compañeros.
-Quiero que me prometan que lo que les contaré, no debe salir de aquí. –Sus amigos asintieron-. Lo primero que les diré, es que hay dos mortífagos que han decidido traicionar a Voldemort...
-¿Quiénes son? –Preguntó Hermione, mientras terminaba de sentarse en una banca cercana al ventanal.
-Lucius y Narcisa Malfoy.
Harry esperó unos momentos a que sus amigos lograran recuperarse de la impresión, y entonces decidió proseguir con su relato.
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Lucius Malfoy recuperó poco a poco la conciencia mientras sus azules ojos se abrían con dolorosa lentitud. Durante toda la noche había despertado y perdido el sentido en varias ocasiones. Después de permanecer despierto más tiempo que las últimas veces quiso saber dónde se encontraba, pero la completa oscuridad a su alrededor no le ayudó en nada. Respiró con dificultad y enseguida se arrepintió cuando a sus fosas nasales le llegó un hedor insoportable. Una mezcla de sangre putrefacta y excrementos, y supo en seguida que se encontraba en una de las celdas de castigo de Voldemort.
Trató de moverse para recorrer el lugar, pero un intenso dolor en cada rincón de su cuerpo lo hizo cerrar los ojos con fuerza, mientras se mordía los labios para no gritar. Cuando las punzadas de dolor remitieron se dio cuenta que se encontraba pegado contra la pared, su herido cuerpo desnudo y sostenido por unos grilletes atados a sus muñecas y tobillos. Suspiró mientras se revolvía con desesperación tratando de soltarse.
Después de varios minutos se dio por vencido. Sintió un frío repentino y supo que se encontraba en la parte más profunda del sótano de los castigos, como su señor acostumbraba llamarle. Se estremeció al recordar que ése era su sitio favorito para castigar a aquellos que osaban hacerlo enfurecer de verdad. Abrió la boca para hablar, pero de sus labios resecos sólo salió un tenue balbuceo que de inmediato se perdió en la húmeda oquedad del lugar.
Cerró de nuevo los ojos mientras recordaba cómo había terminado en ese sitio.
Narcisa y él estaban dormidos uno junto al otro, abrazados, cuando de repente sintieron que las defensas de su mansión eran profanadas. Apenas tuvieron tiempo de ponerse de pie cuando dos mortífagos irrumpieron en sus habitaciones y les lanzaron un desmailus.
Cuando Lucius y su esposa despertaron, se encontraban en las habitaciones del Lord, quien sin pensarlo dos veces se introdujo en sus mentes tratando de obtener de ellos todos sus pensamientos. Pero el señor oscuro no contaba con que los Malfoy se habían preparado para enfrentar una situación de ésta naturaleza, y habían seguido el consejo de Severus, de vaciar sus pensamientos más comprometedores en un pensadero.
De modo que lo que Voldemort vio en sus mentes, no fue más que la intención de Lucius y Narcisa de proteger a su hijo de su señor, junto con otros recuerdos que no significaban nada para el mago oscuro. Pero sobre lo acontecido en el colegio con Dumbledore, y la elección de Severus como tutor de su hijo, no había encontrado nada.
Lo que había terminado por enfurecer más al mago tenebroso, quien les lanzó una serie de cruciatus que los desvanecieron a ambos en la oscuridad.
-Será mejor que me digas qué fue lo que hiciste, querido Lucius, o lo que les haré a tu mujer y a ti será algo que ni en tus más oscuras pesadillas te podrías haber imaginado.
Y el rubio había alcanzado a escucharlo antes de perder el sentido.
Y ahora se encontraba por completo vulnerable y a merced de lo que Voldemort quisiera hacerle. Pero lo que más preocupado lo tenía, era que Narcisa no estaba a su lado.
"¿Cuánto tiempo ha transcurrido? ¿Dónde estará ella?" Se preguntó mientras trataba de controlar las náuseas que de repente lo inundaban. Sentía un gran temor al pensar en lo que ese monstruo pudiera estarle haciendo a su esposa.
Sabía que una de las cosas que más le gustaba hacer al Lord cuando castigaba a alguien, era aislarlo por completo en la oscuridad y sin ninguna posibilidad de escape. Podía abandonar durante varias horas, e incluso días, a un prisionero hasta derribar sus defensas mentales. Le gustaba ver el rostro aterrado y demacrado de su cautivo después de haber sido sometido a la soledad, el hambre, el frío y lo más terrible, la incertidumbre sobre su destino en manos del mago más terrible de la historia.
Lucius cerró los ojos y volvió a abrirlos tratando de adecuar su vista a la oscuridad del lugar. Pero por más que lo intentaba, la negrura a su alrededor era tal, que por un momento el mago creyó que de no estar pegado a la pared con grilletes, podría caer de un momento a otro en un pozo negro sin fondo.
Un nuevo acceso de dolor se apoderó otra vez de su cuerpo. El rubio sintió como si le estuvieran clavando agujas candentes en cada uno de sus poros. Después de un interminable momento de intenso sufrimiento, el mago no pudo más y volvió a desvanecerse en la inconsciencia.
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-Y por eso fue que supimos que algo le había pasado a Draco.
-Entonces... ¿Todo lo que tus amigos sientan, tú lo sentirás también?
-Sí, Hermione. –Harry se dejo resbalar en el asiento mientras respondía-. Eso fue lo que Severus me explicó.
-Vaya amigo... –Ron se levantó y le dio una palmada en el hombro a su compañero-. No sé si felicitarte o compadecerte.
-Es un don muy especial el que tú tienes. Y la verdad no me extraña, siempre has sido un mago muy sorprendente.
-Gracias, Hermione... creo.
-Lo que todavía no puedo creer es lo que nos contaste sobre los Malfoy. –Ron se cruzo de brazos-. Deben estar bastante preocupados sólo de pensar que... ya sabes quién... los descubra.
-Por eso no debe saberlo nadie más. Quién sabe lo que Voldemort podría hacerles si se entera que han puesto a su hijo bajo la protección de Dumbledore.
Ron sintió que un escalofrío lo recorría de pies a cabeza.
–Ahora menos que nunca me gustaría estar en los zapatos de Malfoy.
-No quiero ni imaginar lo que ése loco debe tener preparado para él. –Hermione miró a través del ventanal hacia uno de los patios-. ¿Cuándo dices que tiene pensado atacar?
Harry se puso de pie y comenzó a pasearse de un lado a otro.
-Severus me dijo que al final del mes ya deberá tener a Draco como su cautivo.
-Eso no nos deja nada de tiempo. –Hermione también se levantó-. ¿Sabes que para poder lograr una unión con un mago de sangre pura, necesitará de un gran poder?
-¿Qué quieres decir con eso, Hermione?
-Verán... –La muchacha se acercó a Harry, quien dejó de caminar para ponerle toda su atención-. Voldemort no podrá unirse a Draco así nada más. Si no tiene el poder suficiente para hacerlo podría desvanecerse sólo al intentarlo.
-Pues nos haría un gran favor.
-No es tan sencillo, Ron. –Hermione suspiró mientras tomaba a Harry del hombro-. Sabemos que la única manera de obtener el poder que siempre ha ansiado, es deshaciéndose de ti.
Harry miró a los ojos a su amiga y comprendió en un instante lo que eso significaba.
-Sólo me quedan tres semanas. –El moreno suspiró mientras posaba su verde mirada en sus dos mejores amigos-. Para cuando llegue mi cumpleaños número dieciocho, yo habré destruido a Voldemort o...
-Lo harás, Harry. –Ron y Hermione abrazaron a su amigo al mismo tiempo-. Y nosotros estaremos contigo hasta el último momento.
Harry agradeció el gesto de sus amigos y correspondió a su abrazo, mientras se preguntaba si tendría la fuerza suficiente para enfrentar a su peor enemigo cuando llegara el momento.
Pero de algo estaba muy seguro. Que pasara lo que pasara, él jamás estaría solo en ésa lucha. Tenía a sus dos mejores amigos junto a él. Tenía a Sirius, Remus y el profesor Dumbledore, así como a toda la Orden del Fénix.
Y lo más importante de todo. Tenía a su lado a la persona que más amaba en el mundo. La persona por la que él sería capaz de enfrentarse a Voldemort y a quien fuera, hasta las últimas consecuencias.
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A las once en punto de la mañana, el profesor Snape entró al aula de duelo y vio que todos los jóvenes de último grado ya estaban presentes. Se paró en medio de la tarima, donde sus alumnos practicaban sus enfrentamientos y con voz autoritaria se dirigió a ellos.
-El motivo por el que se les ha citado aquí, es porque hemos recibido noticias de que Voldemort atracará de un momento a otro.
La reacción de los estudiantes no se hizo esperar. Severus pudo observar cómo muchos de ellos tomaban la noticia con gran preocupación. Algunos otros veían la situación con total indiferencia, mientras que otros –de su misma Casa, para desencanto del profesor-, recibían el anuncio con júbilo mal disimulado.
-Como todos ustedes saben, se les impartió este curso de Duelo durante todo éste tiempo, con el objetivo de prepararlos para el momento que se acerca.
Un tenso silencio se apoderó del salón, mientras el profesor analizaba a conciencia cada uno de los gestos de los muchachos frente a él.
-Eso no significa que el que lo hayan tomado, los obligue a participar en ésta lucha. –Hubo suspiros de alivio-. Pero deben saber que se espera de su participación voluntaria. Ahora bien, voy a pedirles a aquellos que estén dispuestos a apoyar en la guerra contra Voldemort, suban a la tarima, conmigo.
Harry, quien era el que más cerca se ubicaba del profesor, fue el primero en subir a la plataforma de duelo. Ambos tuvieron que contener las ganas de besarse. Para sorpresa de todos, Draco Malfoy fue el siguiente en subir y, detrás de él, Blaise Zabini. Ron y Hermione subieron tras ellos. Momentos después Neville Longbottom y Seamus Finnigan siguieron al trío de oro y cuando Harry pudo darse cuenta, casi todos sus compañeros estaban en la plataforma, junto al profesor.
De las demás Casas, hubo muchos de Ravenclaw que también subieron y la mayoría de los estudiantes de Hufflepuff. Severus observó que varios de su Casa también subían, y torció el gesto en disgusto cuando vio que varios de ellos eran hijos de mortífagos, y con toda seguridad, futuros mortífagos también. Pero no les dijo nada.
Uno de los estudiantes de Gryffindor que no había subido a la tarima levantó la mano tímidamente.
-¿Sí, señor Sayers?
-Profesor, yo también quisiera participar pero... –El tímido joven se ruborizó-. No creo que mis padres me den su permiso.
Hubo un coro de risas que se calló de inmediato cuando el profesor volteó hacia el sitio de donde provenían, taladrando a los alumnos con su negra mirada.
-Suba a la tarima, señor Sayers.
El muchacho obedeció de inmediato.
-Sé que hay varios de ustedes que, como el señor Sayers, aún no cumplen la mayoría de edad. –Algunos asintieron-. Por lo que se les enviará una lechuza a sus padres solicitando su consentimiento y también su participación. Pero si de verdad quieren apoyarnos en la lucha, será labor de ustedes la de convencerlos. Les recuerdo que no estamos jugando. Esto va muy en serio, así que aún están a tiempo de echarse para atrás y regresar a sus lugares.
Hubo un momento de silencio. Severus vio con agrado que ninguno de los alumnos que había subido a la tarima con él tenía intenciones de bajarse.
-Bien. Señor Malfoy... –El rubio dio un paso hacia él-. Conduzca a los estudiantes que no han aceptado al salón de al lado y espéreme con ellos.
-Sí, profesor. –El Slytherin bajó con elegancia de la tarima e hizo que los demás lo siguieran. Cuando desaparecieron de la vista del profesor, éste se dirigió a los estudiantes que se encontraban con él.
-Sé que algunos de los que están aquí, han sido convocados por Voldemort para ser sus futuros servidores. –Miró a uno y otro rostro, reconociéndoles-. Les advierto que antes de ser aceptados en la Orden, tendrán que pasar por la prueba de la verdad.
-¿Qué quiere decir, profesor?
-Lo que quiero decir, señor Potter... –El profesor de pociones no tuvo reparo en ser directo-. Es que necesitamos saber que ninguno de ustedes va a traicionarnos, por lo que se les dará Veritaserum, esto con la finalidad de no dejar que se infiltren personas no gratas... así que aquellos que tenían pensado quedarse sólo para averiguar nuestros planes de defensa y delatarnos, será mejor que bajen de la tarima en este mismo instante.
El profesor no tuvo necesidad de repetir la orden. Dos de Gryffindor, tres de Ravenclaw, uno de Hufflepuff y siete de Slytherin bajaron de la tarima.
-Ustedes esperen aquí y no salgan hasta que yo vuelva. –Dirigiéndose a los que quedaban. Todos asintieron-. Señor Potter, encárguese del grupo hasta que regrese. Señores... –Llevándose a los que acababan de renunciar-. Vengan conmigo.
El profesor de pociones abandonó el aula y se dirigió al salón de al lado, donde Draco ya lo esperaba, junto con los demás alumnos.
-Señor Malfoy, regrese al aula de Duelo con los demás. –Draco salió, obedeciendo la orden de su profesor.
-Quiero que les quede claro que no les haré daño. –Les dijo mientras levantaba la varita hacia sus alumnos, quienes por instinto dirigieron sus manos hacia el cinturón donde portaban sus armas. Pero antes de que pudieran sacar sus varitas de sus cinturones, el profesor les aplicó un poderoso "obliviate".
Poco después cada uno de ellos salía, algo confundido, del salón para dirigirse a sus respectivas Casas por órdenes explícitas de su profesor de pociones. Pasaría bastante tiempo antes de que pudieran siquiera recordar lo que había sucedido ahí. Ni siquiera supieron cómo habían ido todos a parar a ése lugar.
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-No sé, Albus. Yo no estoy muy conforme conque los estudiantes suban al Expresso. ¿Qué tal si a ese loco se le ocurre atacar el tren? No creo que los hombres de Peasegood sean capaces de resistir ni siquiera un ataque indirecto.
-Tal vez tengas razón, Severus. Pero... –El anciano se rascó la barba, pensativo-. No veo otro medio razonable para trasladar a sus hogares a todos los estudiantes. Debes tener en cuenta que son demasiados. No estamos hablando de un solo grado, o una sola Casa, sino de todo el Colegio.
-¿No sería más seguro separarlos?
-Pensé en ésa posibilidad. –El profesor Dumbledore negó con la cabeza-. Pero dado el tiempo que nos queda, no nos daría tiempo de avisarles a los padres. La mayoría de ellos ya deben estar en camino hacia King Cross. Si llegara el tren y descubrieran que sus hijos no llegaron sólo lograríamos que cundiera el pánico.
Severus suspiró. El anciano tenía razón. Y utilizar otros medios como la Red Flú sólo sembraría el miedo entre los estudiantes, sobre todo los más pequeños. Sin contar con que un error, por mínimo que fuera, haría que muchos de ellos se perdieran en el camino. Y pensar en trasladadores a esas alturas era una tontería. Aunque todos los profesores se avocaran a la tarea, nunca terminarían de trasladar a tal cantidad de alumnos.
Estaba muy claro que Hogwarts era el responsable de la seguridad de sus estudiantes, desde el momento en que abordaban el tren para dirigirse al Colegio, hasta el momento en que bajaban de él para regresar a sus casas.
-Pues no nos queda más que confiar en la eficiencia del Ministro de accidentes. –No muy convencido del todo-. De cualquier forma, si Voldemort deseara atacar el tren, tendría que convocarme para que le informara sobre las condiciones en que partirá.
-Esperemos que nada de eso llegue a ocurrir.
-Por suerte Harry ya no tendrá que volver con sus tíos. –Contrajo el rostro en un gesto de disgusto-. Aunque no me tiene muy feliz el que se vaya con el perro de Black.
-Por cierto... –Albus esbozó una sonrisa-. Harry no se irá con Sirius.
-¿Qué estás diciendo? –Severus observó sorprendido a su director-. ¿Acaso regresará con los Dursley?
-Tampoco. –El anciano saboreó cada una de sus palabras, consciente de que la noticia le alegraría la tarde a su amigo-. Se quedará en el Castillo. Él y Draco estarán bajo la supervisión de Minerva. Y de la tuya, por supuesto.
-¿Qué dijo Black al respecto?
-Al principio no le gustó mucho la idea. Pero entre Remus, Minerva y yo logramos convencerlo.
-¿Qué argumento le presentaste?
-Le dije que Harry estaría más seguro aquí que en Grimmauld Place. Por supuesto que él objetó que su casa es igual de segura, pero entonces yo le advertí que debido a que será utilizada para las reuniones de la Orden, existía el riesgo de un ataque.
-Ya veo... –Severus trató de disimular el gusto que le había producido la noticia-. ¿Se quedará a dormir en la Torre?
-¿Tienes alguna otra sugerencia?
-Pues...
-Sólo déjame advertirte que autoricé a Sirius para que pudiera visitar a Harry por medio de la chimenea de Remus. –El anciano lo miró con picardía-. Así que si tienes planes especiales con tu pareja, será mejor que tengan mucho cuidado.
-Gracias por tu consejo, Albus. Lo tomaré en cuenta. –Se quedó callado unos momentos, mientras pensaba en la infinidad de cosas que podría hacer en el Castillo con Harry, solos. Sin el perro de por medio-. Cambiando de tema, aquí está la lista que me pediste. La de los estudiantes de último curso.
-Ah, sí... –El director extendió el pergamino que Severus le entregó-. ¿Verificaste que no hubiera posibles traidores? –El anciano revisó la lista a conciencia. Suspiró al ver que la mayoría de los estudiantes habían aceptado.
-Así es. –El hombre vestido de negro observó con detenimiento la expresión del mago mayor-. ¿Hay algún problema?
-¿Sabes, Severus? –El anciano se acomodó sus lentes de media luna-. No me siento muy entusiasmado. De hecho, pienso que ésta lista no debería existir.
Severus guardó silencio unos instantes. Sabía con certeza lo que el director quería decir con eso. Ésa lista no significaba otra cosa más que un ejército de jóvenes- demasiado jóvenes para su gusto-, que habían aceptado ofrecer sus vidas para luchar por una causa que tal vez ni siquiera les concernía.
Y aunque en la lista estuvieran Harry, Draco, Longbottom y algunos otros que tenían motivos muy personales para enfrentarse a Voldemort, eso no evitaba que dejara de verlos como a los demás. Como corderos que eran conducidos, por su propia voluntad, directo al sacrificio.
-Creo que comprendo lo que quieres decir. –El hombre se pasó una mano por su negra cabellera-. Ni yo mismo quisiera tener que enfrentarme a él. Mucho menos que Harry lo hiciera.
-A eso me refiero. –Albus jugueteó con el pergamino que aún sostenía entre sus manos-. El daño que Voldemort ha hecho no sólo nos ha afectado a nosotros, sino también a las nuevas generaciones. Como Harry, por ejemplo. Creo que de todos él ha sido el que más perjudicado ha salido. No sólo perdió a sus padres, sino que también fue elegido por la profecía como aquél destinado a matarlo o morir en sus manos.
-Si yo pudiera tomaría su lugar.
-Lo sé, Severus. El anciano se puso de pie y se acercó a su protegido-. Yo también lo haría. Pero si lo hiciéramos lo único que lograríamos sería perder más vidas. Ya hemos perdido demasiadas.
-No quiero perder a Harry. –Severus se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro-. Es la primera vez en mi vida que puedo darme el lujo de hacer planes y tener ilusiones. Ambos hemos perdido mucho. Sólo... creo que es justo que ambos tengamos una oportunidad de ser felices.
-Y lo serán. –Albus tomó del brazo al profesor mientras lo miraba a los ojos-. Todo va a salir bien. Y cuando todo esto acabe, Harry y tú verán todo lo pasado como un mal sueño del que ya habrán despertado.
Severus asintió a las palabras de su amigo sin saber, ninguno de los dos, qué tan lejos de la verdad estaba el respetable anciano.
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-¿No crees que fue una exageración eso del Veritaserum?
-No lo creo, Ron. Severus sabe más que nadie el riesgo que corremos todos si Voldemort descubre nuestros planes de defensa.
Harry y Ron se encontraban en el dormitorio de los varones, terminando de arreglarse. Faltaban pocos minutos para que comenzara la entrega de documentos, por lo que ya estaban casi listos.
-¿Crees que el hechizo que Hermione le puso a mi túnica dure el tiempo suficiente? –El pelirrojo se miró al espejo mientras terminaba de abrocharse la prenda, que en ese momento lucía en color azul turquesa.
-Supongo que sí. –Harry terminó de colocarse la chaqueta negra sobre su camisa verde-. Hermione es buena en transformaciones. Te aseguro que durará varias horas con ése color.
-Eso espero. No me gustaría que mi túnica pasara de ser azul a roja en sólo segundos. –El pelirrojo vio cómo su amigo luchaba por hacer el moño de su corbatín-. ¿Quieres que te ayude?
-¿Sabes hacerlo?
-No muy bien, pero... creo que puedo hacerlo mejor que tú. A ver... esto va de éste lado... no, por aquí... espera... sí. Así es. Listo.
-Gracias, Ron. –El moreno se puso el saco y encima la capa. Mientras enganchaba el broche de oro blanco en su engarce no pudo evitar reconocer que se veía bastante bien.
-Vaya, compañero. Estás matador. –El moreno volteó a verlo con cara interrogante-. No me mires así, es sólo un halago. ¿Estás listo?
-Sí, Ron. –Se colocó las mancuernillas y tras un último vistazo a su imagen salieron del dormitorio hacia la Sala Común.
-Espera... –Harry se detuvo de repente-. Se me olvidó algo.
Regresó al dormitorio y sacó de su baúl el perfume que Severus le regalara. Después de ponérselo lo guardó de nueva cuenta y regresó a la Sala Común para alcanzar a su amigo.
Minutos después Hermione bajaba los escalones que conectaban con el dormitorio de las chicas. Ella tenía puesto un hermoso vestido de seda color perla, largo y con una coqueta abertura en la parte izquierda, que la hacía lucir unas bien torneadas piernas. Ron no pudo evitar abrir la boca, impresionado con la belleza de su novia.
La larga capa en color rojo escarlata de corte sencillo, pero delicado, hacía un hermoso contraste con su elegante vestido. Tenía su largo cabello recogido y algunos rizos traviesos bailaban por su mejilla y cuello, el cual lucía un collar de perlas que hacía juego con sus aretes y la fina diadema que sujetaba su cabello.
Ron se acercó al pie de la escalera y la tomó de la mano para ayudarla.
-Te ves preciosa, Hermione... –Le dijo mientras depositaba un suave beso en la mano de la muchacha, que se ruborizó cuando vio que todos los observaban.
Sonrió con timidez a su amigo, y después de felicitarlos por lo bien que lucían, tomó el brazo de su novio y los tres se dirigieron al Gran Comedor.
-¿Ya tienes listo tu baúl para mañana, Harry?
-Sí, Hermione. –El moreno observó divertido a su amigo, quien no dejaba de lanzar miradas asesinas a quienes se atrevían a mirar a su novia-. Apenas vea a Sirius le preguntaré a qué hora pasará por mí.
-Estás muy ilusionado, ¿Verdad?
-Claro que sí. –Harry suspiró, emocionado-. Ya no tendré que volver con mis tíos. ¿Te imaginas? Será el primer verano de mi vida que no tendré que soportarlos.
-Los soportaste porque quisiste, Harry. –Le reprochó su amigo-. Muchas veces te invitamos a pasar el verano en la Madriguera con nosotros, y nunca aceptaste. Sólo pasabas los últimos días. Y para entonces llegabas tan agotado por sus maltratos, que ya no había modo de hacer que te recuperaras antes de regresar a clases.
-Lo siento, Ron. –Se disculpó el moreno-. Pero quiero que entiendas que no era porque no quisiera, sino por seguridad. No olvides que siempre he tenido la amenaza de Voldemort sobre mi cabeza. ¿Para qué exponerlos también a ustedes? Por lo menos en el Londres Muggle no había modo de que me localizara.
-¿Podríamos olvidarnos de Voldemort al menos por ésta noche? –Hermione tomó del brazo a ambos muchachos y entraron los tres juntos al Gran Comedor-. Ésta noche es especial, no debemos permitir que su sombra la eclipse.
-Tienes razón, Hermione... –Harry recorrió el Gran Salón con la mirada y se sorprendió de lo bien arreglado que estaba. Del lado donde ellos se encontraban habían acondicionado una larga mesa para los invitados. Las cuatro mesas de las Casas habían sido acomodadas de forma que dos de ellas, las de Gryffindor y Slytherin, quedaban una al lado de la otra, formando una sola. Harry pudo observar que habían tenido que ampliar con magia el lugar para que ambas mesas cupieran juntas.
Frente a ésas mesas y de la misma forma, pero del otro lado del salón, Ravenclaw y Hufflepuff compartían el espacio. Las banderas de cada Casa ondeaban sobre su mesa correspondiente, mientras que la mesa de los profesores permanecía en el mismo lugar de siempre.
La persona encargada de la decoración había hecho un excelente trabajo. Un elegante candil iluminaba la parte central del Salón, acondicionada como pista de baile. En el centro de la pista, se encontraba una hermosa fuente de mármol con un ángel sosteniendo un cántaro, del cual brotaba agua aromática y que le daba a todo el lugar una apariencia refrescante.
En cada esquina del salón, habían colocado bases de hierro forjado con arreglos florales que medían casi dos metros de alto, cada uno de ellos con diferentes clases de flores recién cortadas.
Harry pudo advertir que en la mesa de los invitados los lugares estaban reservados. Buscó la tarjeta con el nombre de su padrino y la encontró en el extremo de la derecha. Después de observar durante un rato más la decoración del lugar se dirigieron hacia los lugares que les correspondían.
Siguieron conversando durante unos momentos más, hasta que el salón terminó de llenarse. Poco después el director y los profesores hicieron acto de presencia.
Después de dar la bienvenida a los invitados y felicitar a los estudiantes que se graduaban, el profesor Dumbledore hizo mención de comenzar con la entrega de los documentos.
Cada uno de los estudiantes fueron pasando hacia la mesa principal conforme escuchaban su nombre. El director les entregaba su diploma y después debían saludar a cada uno de los profesores, los cuales se encontraban de pie.
Cuando tocó el turno a Harry, éste se levantó de su asiento y se acercó hacia la mesa de los profesores. Después de recibir su diploma de manos del director, fue saludando a cada uno de ellos hasta llegar donde su pareja se encontraba. Y cuando lo vio casi se fue de espaldas.
Severus vestía un impecable traje de color azul marino con rayas grises, tan tenues que apenas podían distinguirse. Y sobre él, una túnica de terciopelo del mismo color que su traje. Una cadena de plata con botones del mismo metal servía para sostenerla sobre sus hombros.
El muchacho se vio tentado a tomar al profesor por la cadena y atraerlo hacia él para besarlo. Pero una mirada de advertencia de su pareja, que había adivinado sus intenciones, lo hizo desistir.
Con un gesto de niño al que se le ha negado una sabrosa golosina, el muchacho se resignó a apretar la mano de su profesor al mismo tiempo que la acariciaba. Después le guiñó un ojo, haciéndole entender que no se quedaría con las ganas, y regresó a su lugar en la mesa.
La entrega de documentos y reconocimientos a los mejores estudiantes, continuó hasta pasadas las nueve de la noche. Hora en la cual el director reiteró su felicitación a los alumnos y ordenó que comenzara el banquete.
Sirius Black, quien no había perdido de vista a su ahijado desde el momento en que llegara, le dirigió un saludo desde su sitio en la mesa, que el muchacho correspondió.
El banquete transcurrió en total tranquilidad. De vez en cuando, Harry dirigía su mirada hacia la mesa de los profesores, encontrándose siempre con los negros ojos de su pareja, quien no dejaba de observarle con intensidad hasta lograr arrancar un sonrojo del muchacho, el cual sólo bajaba la mirada para continuar con su cena.
El tiempo pasó con rapidez entre conversaciones y demás, hasta que llegó la hora del baile. La luz del candelabro que iluminaba el centro del salón, se atenuó hasta dejarlo casi en la oscuridad. La fuente de mármol se iluminó de repente con luces de colores que se vieron reflejadas a través del agua, dándole una apariencia multicolor.
Varios estudiantes y algunos invitados sacaron a bailar a sus parejas a las primeras notas de una canción romántica. Ron y Hermione fueron los primeros en dejar la mesa de los leones para ir al centro de la pista. Harry los observó bailar durante un rato mientras suspiraba imaginándose entre los brazos de Severus, en ése mismo lugar.
Algunos profesores también se levantaron y salieron a bailar. El director platicó unos momentos más con Severus, y después invitó a la profesora McGonagall a la pista. Instantes después el profesor de pociones se puso de pie y salió del salón. Harry, quien no había perdido de vista a su pareja, se disculpó con Seamus y con disimulo salió del salón tras él.
Sirius se dirigió hacia un solitario Remus Lupin, el cual observaba con mirada soñadora a las parejas mientras bailaban. Éste vio acercarse a su mejor amigo y no pudo despegar su vista de él.
-¿Piensas quedarte ahí sentado toda la noche? –Le preguntó el animago mientras se sentaba junto a él-. ¿Ves a ésas chicas de allá? Pues una de ellas no te quita la mirada de encima.
Pero Remus no miró hacia donde su amigo le señalaba. Siguió observándolo a él.
El animago vestía un traje gris oscuro, en definitiva de muy buen gusto. Su extensa capa era también gris, pero más clara. Tenía una larga serie de botones forrados con la misma tela que partían desde la solapa hasta las orillas. Y tenía el largo cabello atado en una coleta con un varonil amarre también de color gris.
Remus no pudo evitar pensar cuánto tiempo podría llevarle deshacer cada uno de esos botones, y soltar ese cabello que tenía tantas ganas de acariciar. Pero de nuevo la voz de su amigo lo hizo volver a la realidad.
-¿Entonces? ¿Te animas?
-¿Disculpa? –El licántropo estaba tan ensimismado que no escuchó lo que su amigo le decía.
-Profesor Lupin...
Remus volteó hacia el sitio de donde provenía ésa voz y se encontró de repente con una estudiante a la que reconoció como la joven que lo invitara a salir unos días antes.
-¿Sí, señorita Olsen? –El profesor se levantó con educación para atender a la joven-. ¿Se le ofrece algo?
La estudiante de Hufflepuff volteó a ver a Sirius, quien le sonrió con coquetería. La muchacha se ruborizó.
-¿Le gustaría bailar ésta pieza conmigo? –Le preguntó a Remus, quien no pudo menos que sorprenderse ante la petición de su alumna.
-Pues, verá... yo...
-Anda, Remus... –Sirius le dio un codazo con mal disimulo mientras lo animaba-. Te cuido tu lugar.
El licántropo lo miró con ojos de asesino mientras la muchacha esperaba por una respuesta. Suspiró mientras le extendía de manera cortés su brazo, que la muchacha no dudó en tomar. Sirius levantó el pulgar deseándole suerte mientras se bebía la copa de su amigo. Segundos después invitaba a una joven a bailar con él.
Continuará...
Próximo capítulo: Sangre, sudor, lágrimas. Segunda Parte.
Notas:
Tengo entendido que el Pensadero sirve para que cualquier persona pueda ver los recuerdos que alguien deposite en él. En éste caso quise agregar una utilidad más, aunque no estoy segura si ya la tiene. Los Malfoy lo utilizaron para vaciar en él los recuerdos que no querían revelarle a Voldemort. Es por eso que Voldemort no se enteró sobre la tutela y la traición de Severus.
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
K. Kinomoto.
