Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucho drama. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

VIII

Sangre, sudor, lágrimas.

Segunda Parte.

Advertencia: Aunque he clasificado esta historia desde el principio como NC-17, no está de más advertirles que éste capítulo contiene escenas de masturbación, violación, sadismo y tortura. He tratado de escribirlo de la forma más mesurada posible por respeto a todos mis lectores. Aún así, si alguien es sensible a esta clase de temas, le ruego se abstenga de leer dichas escenas.

Harry caminaba con lentitud por uno de los pasillos cercanos al Gran Salón, deseando que Severus no anduviera muy lejos. Acababa de pasar junto a una gruesa columna cuando sintió que dos fuertes brazos lo aprisionaban, mientras lo arrastraban hacia ella. Sintió el sabor conocido de unos suaves labios, a los que mordisqueó, juguetón, al tiempo que se abrazaba al fuerte cuerpo de su profesor.

-Sabía que me seguirías... –Le dijo sin dejar de besar la boca adolescente, que se entregaba por completo a él-. Hum... hueles delicioso. Por cierto, Potter... diez puntos menos.

-¿Y ahora por qué? –Preguntó el muchacho sin despegar su cuerpo del suyo.

-Porque no debería haber salido del Salón. –El profesor le quitó los lentes y los guardó en el bolsillo de su túnica. Acarició con suavidad su espalda por debajo de su negra capa-. ¿O ya olvidó la orden del director?

-¿Me provoca y encima me hace pagar? –Le reprochó con gracia el joven mientras se pegaba más a él.

-¿Se puede saber en qué momento le he provocado?

-¿Tiene idea de lo que me excita esa cadena en su cuello? –Le dijo mientras jalaba la cadena hacia él, haciendo que sus labios volvieran a unirse.

El profesor se abandonó al excitante beso del que hasta hace unas horas había sido su estudiante, mientras que Harry recorría el esbelto cuerpo del mayor con sus inquietas manos.

-Déjame enseñarte lo que podemos hacer con esa cadena, tú y yo... solos. –Los verdes ojos del Gryffindor centelleaban de pasión.

-Harry...

El joven pegó con total descaro su delgado cuerpo contra el de su pareja, provocándolo. Su húmeda lengua se introdujo en su oído.

–Te deseo tanto...

-Ah... también yo pero... aunque ya no seas mi estudiante...

-Al diablo con mi edad... –Deslizó la yema de sus dedos sobre los labios de Severus, quien cerró sus negros ojos cuando el más largo de ellos profanó su boca. Lamió despacio, haciendo que Harry soltara un largo gemido al sentir su cálida lengua envolviéndolo.

-No aguanto más, Severus... por favor, tócame... ahora.

Harry no tuvo que repetirlo. Con un largo suspiro en que se mezclaba la vacilación y el deseo el profesor levantó su mano y acarició el rostro de su pareja. La fue deslizando con lentitud por todo su cuello, haciéndole sentir escalofríos.

Harry suspiró mientras Severus seguía succionando su dedo, el cual no había dejado de acariciar con su lengua en ningún momento, lo que provocaba que Harry sintiera la misma sensación en su entrepierna.

El hombre siguió deslizando su mano por el cuerpo del muchacho, por debajo del saco y el chaleco que él llevaba puestos. Cuando llegó a su pecho deshizo con destreza dos botones de su camisa, e introdujo sus largos dedos hasta dar con uno de sus pezones, el cual pellizcó con suavidad.

Harry sintió una corriente de electricidad que fluía desde el sitio en que Severus lo había tocado, y que recorría todo su cuerpo haciéndolo estremecerse.

Severus sintió el espasmo de su pareja y ya no quiso hacerlo esperar más. Terminó de recorrer su pecho y apoyó ambas manos sobre sus caderas mientras lo atraía hacia él, haciendo que sus erecciones se rozaran. Harry ahogó un gemido en el cuello del profesor. Onduló con fogosidad su cuerpo para frotarse contra él logrando que la respiración de ambos se acelerara.

La mano de Severus llegó por fin a la entrepierna del muchacho, la cual acarició con deleite por encima del pantalón. Harry volvió a gemir de forma suave mientras cerraba sus verdes ojos deseando sentir su piel. El hombre bajó con calma el cierre del pantalón negro y sin dudarlo más introdujo su mano hasta que pudo hallar la cálida zona que al sentir ya húmeda, lo hizo excitarse más.

El muchacho volvió a estremecerse mientras escondía su rostro en su cuello.

-¿Te gusta? –Le preguntó al tiempo que seguía acariciándolo con suavidad.

-Más... –Le pidió con la voz entrecortada. El profesor accedió y mientras continuaba sintió que la mano de Harry se posaba sobre él, acariciándolo de la misma forma.

El muchacho abrió el cierre y deslizó su mano para encontrarlo. Cuando lo hizo, el profesor suspiró, excitado. Estuvieron unos momentos más con ese juego, hasta que al muchacho se le ocurrió una idea.

Tomó la erección del profesor y la pegó a la suya, mientras hacía que Severus envolviera con su mano las dos al mismo tiempo. Él colocó su mano sobre la de su pareja e hizo que siguieran un suave ritmo. Severus comprendió lo que él quería y apretó aún más. Ambos gimieron al mismo tiempo.

A lo largo del oscuro y desierto pasillo sólo alcanzaban a escucharse suaves murmullos y excitados gemidos, que no se sabía de dónde provenían. Severus y Harry tenían sus sudorosas frentes unidas, mientras se miraban con fijeza a los ojos, conscientes del placer que se brindaban.

No había vergüenza, ni timidez. No tenía porqué haberlas. Sólo eran una pareja de enamorados que se deseaban y que daban rienda suelta a un momento de pasión en un oscuro rincón, solos por completo.

Severus lo besó con total arrebato mientras Harry se perdía en las oleadas de placer que lo asaltaron. El profesor dejó que sus gemidos se perdieran en su boca, saboreándolos al mismo tiempo que él terminaba también. El muchacho se sostuvo con fuerza del estremecido cuerpo de su pareja, mientras Severus colocaba una mano contra la columna, evitando así que ambos cayeran.

Se quedaron unos momentos más, unidos de ésa forma, hasta que ambos pudieron tranquilizarse. Harry resbaló con languidez su mano de la de Severus, quien a su vez retiró la suya, dándose un merecido descanso. Instantes después el profesor tomó su varita y limpió a su pareja y a él mismo.

Ninguno dijo nada. Severus abrazó con ternura a Harry, el cual rodeó su cintura mientras descansaba su cabeza sobre el hombro de su pareja.

-¿Te arrepientes? –Le preguntó el muchacho después de un largo momento de silencio.

-Por supuesto que no. –El profesor levantó la barbilla del joven mientras lo miraba a los ojos-. Me encantó.

-A mí también. –Harry besó los dulces labios mientras se acurrucaba más contra él. Severus lo abrazó con más fuerza y lo pegó contra su pecho mientras aspiraba su perfume con deleite.

-¿Escuchaste?

-¿Qué? ¿Qué ocurre? –Harry miró al profesor, quien con una señal le ordenó que guardara silencio.

Se oyeron unos pasos. Ambos se separaron y se dieron prisa en acomodarse la ropa. Severus salió de detrás de la columna y miró hacia un lado y otro del pasillo. No se veía a nadie por ahí, y los pasos habían dejado de escucharse.

Volteó hacia donde Harry se encontraba y le hizo señas de que ya podía salir. El muchacho obedeció mientras el profesor seguía vigilando el pasillo.

-¿Quién crees que era? –Le preguntó al tiempo que terminaba de acomodarse el cuello de la camisa-. ¿Crees que nos vieron?

-No lo sé... –Severus seguía examinando cada extremo del corredor-. Quien quiera que haya sido, debió pasar por aquí.

-Eso quiere decir...

-No es totalmente posible. –El hombre trató de restarle importancia-. Puede que sólo haya pasado por los pasillos laterales, y los pasos que escuchamos sólo fueran el eco.

-Creo que sería mejor que regresáramos al Salón. –Harry trató de peinar sus indomables cabellos con la mano-. Sirius está aquí y no me gustaría tener que explicarle sobre mi desaparición. Además, necesito preguntarle a qué hora vendrá mañana por mí.

-¿Aún no lo sabes? –El joven miró a su pareja con extrañeza-. Creí que ese idiota ya te lo había dicho.

-¿Decirme? ¿Qué?

Severus sacó los lentes de su túnica y se los colocó a Harry, para después besarlo con ardor. Caminaron hacia el Gran Salón mientras le explicaba lo que el director le había comentado.

Cuando desaparecieron en una esquina del pasillo, una sombra emergió de entre unos pilares cercanos a donde antes se encontraban. Permaneció parada unos minutos más, y después enfiló por el mismo camino que ellos acababan de tomar.

oooooooOooooooo

-¿Cuántas veces tendré que decirte que no? No quiero ir a ningún lado contigo.

Era la enésima vez en la noche que Draco esquivaba un acercamiento de Blaise. Pero éste no pensaba darse por vencido. Después de seguirlo hasta la zona donde se hallaba la mesa de los invitados, el castaño lo alcanzó y lo tomó con firmeza del brazo.

-Por favor, Draco. –Blaise siguió insistiendo-. Tenemos que hablar.

-Ya hemos hablado lo suficiente. –El rubio se soltó de su agarre-. ¿Por qué mejor no te vas con tu "otro novio" y me dejas en paz?

-Draco, por favor...

-Ah, mira... –Dijo el rubio señalando con la mirada hacia la mesa de los profesores-. Allá está tu otro novio...

-¿Dónde? –Blaise siguió con la vista hacia donde Draco señalaba, pero no vio a Oliver por ninguna parte-. Draco, yo... ¿Draco?

Blaise volteó hacia donde suponía que seguía el Slytherin, pero vio con sorpresa que éste había desaparecido. Recorrió con su vista el Salón y alcanzó a ver al rubio mientras se acercaba a otro compañero y comenzaban una conversación.

Bufando de frustración, caminó hacia donde ellos se encontraban. Era la última noche que estaría en el Castillo. Al día siguiente tendría que partir como todos los demás, por lo que no tenía planeado dejar pendiente el asunto con Draco. Pensaba llevárselo de ahí aunque fuera a la fuerza.

Estaba por interrumpir a los dos compañeros cuando una voz detrás de él, que reconoció de inmediato como la de Oliver, impidió que lograra su objetivo. Saludó a su pareja, quien lo abrazó con cariño mientras lo felicitaba. Blaise le agradeció el gesto y permaneció abrazado a él unos momentos más, disfrutando del calor que el Gryffindor emanaba.

-¿Estás bien? –Le preguntó el moreno mientras le acomodaba uno de los mechones castaños que se encontraban fuera de su lugar-. Te he notado ausente.

-Estoy bien, Oliver. –Blaise suspiró mientras volteaba hacia donde el rubio se encontraba-. Es todo esto. Ya sabes... –Le dijo mientras señalaba todo a su alrededor con una mano.

-Te entiendo muy bien. Yo también viví lo mismo que tú hace un año. –Dirigió su mirada marrón hacia el centro de la pista, donde muchas parejas aún continuaban bailando-. ¿Quieres bailar?

Blaise se quedó pensando unos momentos. Si le decía que sí, Draco los vería y toda su esperanza de recuperarlo se iría a la basura. Pero si le decía que no, heriría los sentimientos de su pareja. Suspiró.

-Pero si no quieres... –El Slytherin divisó una sombra de tristeza en esos hermosos ojos.

-Por supuesto que quiero. –Lo tomó de la mano para dirigirse hacia la pista. El castaño lo tomó de la cintura mientras el Gryffindor rodeaba su cuello con sus brazos y pegaba su mejilla a la suya.

-¿A qué hora llegaste? –Preguntó Blaise al oído de su pareja-. No te vi durante la entrega de documentos, ni durante la cena.

-Me hubiera gustado estar aquí a esa hora, pero no olvides que tengo que cubrir la guardia en la enfermería. –Oliver recargó su barbilla en el hombro del muchacho-. Cené lo mismo que tú, pero en la oficina de Madame.

-Hum... pensé que te daría permiso para ausentarte.

-Para serte honesto, ni siquiera se lo pedí. Primero, porque sé que a ella no le gusta dejar sola la enfermería. Y segundo, porque pienso que un medimago siempre tiene que estar disponible durante alguna emergencia. Y aunque yo aún no lo soy, debo comenzar a hacerme a la idea.

-¿Crees que ésta noche ocurra alguna? –El castaño miró en las profundidades de esos bellos ojos y no pudo evitar perderse en ellas.

-Bueno... con una emergencia nunca se sabe. Esperemos que no. –Suspiró-. Pero no quiero hablar de eso ahora. Me queda poco tiempo para que vuelva a mi guardia. Sólo aproveché que Madame Pomfrey se dio una vuelta por ahí para poder escaparme.

-Entonces no hablaremos más.

Blaise apretó con más fuerza el cuerpo que bailaba pegado a él, mientras ambos se dejaban llevar por las notas de la suave melodía. Ninguno de ellos se dio cuenta que tres pares de ojos los observaban.

Unos grises que revelaban destellos plateados, mientras su dueño trataba de contener las lágrimas que pugnaban por salir de ellos.

Unos verdes que, interrogantes, sólo atinaban a observar a uno y otro tratando de encontrar una explicación razonable a lo que estaba viendo.

Y unos negros cuyo dueño, sorprendido por completo, se negaba a creer que aquello que su mente ágil y perspicaz estaba imaginando en ésos momentos, pudiera ser verdad.

oooooooOooooooo

-¿Estás bien, Draco?

Harry hizo ésta pregunta después de observar cuando Oliver y Blaise se despidieron en la puerta del Gran Salón, tras haberlos visto bailar todo ese rato.

-¿Me ves cara de estarlo? –El Slytherin no obtuvo respuesta. Ni siquiera la esperaba a sabiendas que era sólo una pregunta retórica-. Harry...

-Dime...

-Ya pasa de la media noche.

-Así es. –El Gryffindor lo miró con suspicacia-. ¿A qué se debe tu brillante observación? ¿Te convertirás en calabaza?

El rubio suspiró mientras miraba a los verdes ojos del moreno.

-Es sólo que... no sé si ya te diste cuenta pero... mis padres no se han presentado.

Harry dirigió su mirada a la mesa de los invitados.

-Es verdad... –Volteó a ver al rubio-. ¿Ya le preguntaste a la profesora McGonagall si confirmaron su presencia?

-No. –El Slytherin negó con la cabeza al tiempo que continuaba-. Pero sé bien que ellos jamás se perderían de un evento como éste.

-¿Quieres que yo le pregunte?

-No, está bien. Le preguntaré yo.

Draco dejo a un lado la copa que sostenía y se dirigió a la mesa de los profesores. Harry caminó detrás de él.

-Profesora...

-¿Sí, señor Malfoy? –La subdirectora interrumpió la plática que sostenía con la profesora Sprout, para atender al muchacho-. ¿Se le ofrece algo?

-Sólo quiero saber si mis padres confirmaron su presencia para ésta noche.

-Hum... los Malfoy... –La profesora hizo un gesto como tratando de recordarlo-. Sí, joven Draco. Sus padres enviaron una carta confirmando su asistencia. –La mujer vio el gesto de preocupación de sus dos alumnos, puesto que a ésas alturas Harry ya se encontraba con ellos-. ¿Sucede algo?

Ésta vez fue Harry quien habló.

-Lo que pasa es que... –Volteó a ver al Slytherin-. Los Malfoy aún no llegan. Y... estamos algo preocupados.

-Ya veo... –La subdirectora comprendió a qué se refería el muchacho. Se puso de pie y después de disculparse con la profesora Sprout se dirigió hacia el director, quien en ésos momentos intercambiaba algunas palabras con el profesor de pociones. Los muchachos permanecieron a unos metros de distancia.

Ellos vieron cómo el gesto de ambos hombres iba cambiando conforme la mujer hablaba. Momentos después se pusieron de pie y se dirigieron hacia ellos.

-¿Están seguros de que no han llegado? –Les preguntó el director-. ¿No será que están en alguna parte del castillo y ustedes no los han visto?

-No lo creo, profesor Dumbledore. –El moreno intervino-. Yo fui de los primeros en entrar al Salón. Si hubieran llegado los habría visto, sin duda.

-Hum... ya veo. –El anciano se dirigió al profesor-. Severus, ¿Podrías ir a mi oficina y tratar de comunicarte con ellos por medio de la chimenea?

-Por supuesto.

Severus se dio la vuelta para dirigirse hacia la oficina del director. Poco después llegó Sirius, quien los había estado observando mientras bailaba. Se acercó a ellos y tomó a Harry del brazo al tiempo que lo apartaba del pequeño grupo.

-¿Qué sucede? –Le preguntó mientras observaba a los demás.

-Los Malfoy no han llegado. –El muchacho se pasó una mano por sus rebeldes cabellos-. Tememos que hayan sido descubiertos.

-¿Tú lo crees?

-Draco dice que no faltarían a un evento como éste. –El joven no perdía de vista la entrada, esperando que Severus reapareciera de un momento a otro-. Pero confiemos en que sólo sea un retraso.

-¿Un retraso? –El animago volteó a ver su reloj-. ¿De seis horas?

-Es mucho tiempo, ¿Verdad? –El muchacho comenzaba a preocuparse-. No creo que sea conveniente hacer éste comentario delante de Draco. Sólo lograríamos que se preocupara más.

-¿Desde cuándo te preocupa lo que le pase? –El animago se cruzó de brazos esperando una respuesta-. ¿Acaso ustedes dos son amigos?

-Sí, Sirius. –Harry miró a los ojos del mago-. Es una larga historia.

El hombre iba a replicar algo más cuando alcanzó a ver a Severus, que ya regresaba. Ambos se dirigieron una dura mirada.

-Severus... –El director apareció antes de que alguno de ellos hablara-. ¿Averiguaste algo?

El profesor de pociones vio que Draco y los demás esperaban su respuesta. Con los ojos hizo una seña apenas perceptible para el anciano, quien se dirigió a la subdirectora.

-Minerva... ¿Podrías hacerme el favor de conducir a los señores Malfoy y Potter a mi oficina y esperarme ahí?

-Claro que sí, Albus. –La profesora volteó a ver a los muchachos-. Acompáñenme.

-Pero yo quiero quedarme. –El rubio se negó a retirarse sin antes escuchar a su padrino-. ¿Qué está sucediendo?

-Obedece, Draco. –Le ordenó el profesor. Al ver que el muchacho se negaba a irse subió el tono de su voz-. Ahora.

Draco sólo suspiró mientras se alejaba con la profesora y Harry, quien volteó a ver a su pareja. No le gustó lo que vio en los negros ojos del hombre que amaba.

Cuando los adolescentes desaparecieron de la vista de los magos, éstos voltearon a ver a Severus, esperando su respuesta.

-¿Y bien? –Preguntó el director, impaciente-. ¿Lograste comunicarte con ellos?

-Logré entrar a su Mansión por medio de la chimenea. Uno de los elfos domésticos que me atendió me dijo que no han visto a sus amos desde anoche.

-¿Desde anoche?

-Están preocupados porque sabían que hoy asistirían a la graduación de su hijo. De hecho, uno de ellos me informó que los acompañó ayer mismo a varias tiendas de ropa. Me dijo que él había comprado una túnica gris y ella se había comprado un vestido rojo.

-Pudieron haber ido a algún otro sitio. –Intervino Sirius-. Tal vez decidieron escaparse juntos y divertirse en otro lado.

-Yo también pensé eso, Black. –Severus siguió con su relato-. Pero entré a su habitación y las cosas que compraron estaban ahí. De hecho, los elfos que hicieron la limpieza me dijeron que no notaron nada extraño en ella. Por otro lado... dicen que sintieron una alteración de la energía mágica.

-¿Qué clase de alteración? –Preguntó el profesor Dumbledore.

-No supieron explicármelo.

-¿Crees que pudieron haber sido sus barreras de protección? –Preguntó el anciano-. ¿Será que Voldemort tuvo que ver con ello?

-No lo sé, Albus. –Severus lo miró con la preocupación reflejada en su rostro-. Si él es quien los tiene...

-Sirius... ¿Serías tan amable de ir a buscar a Arthur y Molly y decirles que los espero en mi oficina? Ah, y también a Remus.

-Sí, Albus. –El animago se retiró para ir a buscar a los Aurores y al profesor de defensa.

-Severus... –El anciano miró con insistencia a los orbes negras de su protegido-. ¿Estás consciente del riesgo que corres si Voldemort los llegara a tener?

-Por supuesto, Albus. –El profesor de pociones suspiró-. Sólo espero que hayan utilizado un pensadero, como les sugerí.

-Yo también lo espero, Severus. –El mago mayor insistió-. Pero eso no nos garantiza que no te descubra de alguna otra forma.

-Si me descubre me matará... con toda seguridad.

-Pues no debemos permitirlo. –El director tomó el brazo del profesor e hizo que lo acompañara en su trayecto a su oficina-. ¿Habría algún modo de evadirlo si te convocara?

-No, Albus. Si me niego a su petición de presentarme, me torturará a través de la Marca. –Negó con la cabeza-. No puedo hacerlo. Con seguridad mi brazo sangraría a través de ella hasta desangrarme. Lo que me preocupa ahora es cómo decirle a Draco que existe la posibilidad de que sus padres hayan sido descubiertos.

Ni el director ni el profesor dijeron nada más. Terminaron de recorrer el camino que conducía a la oficina, cada uno perdido en sus propios pensamientos. Cuando llegaron y el director pronunció la contraseña frente a la gárgola no reparó en el gesto de dolor del profesor de pociones, el cual tuvo que recargarse en ella para no caer.

-Tal vez si le dijéramos... ¿Severus...? –El anciano se acercó a su protegido con la preocupación dibujada en el rostro-. ¿Estás bien?

-Es él... –Severus se sujetó el brazo izquierdo con fuerza mientras apretaba los dientes para evitar gemir-. Me está llamando y... creo que está furioso.

El anciano miró al profesor con sus azules ojos llenos de inquietud.

-No te preocupes, Albus. –El ex mortífago se enderezó con esfuerzo mientras continuaba sujetándose el brazo-. Ya me las arreglaré para que no me ocurra nada. De paso averiguaré sobre los Malfoy.

-¿Te irás ahora?

-No tengo opción. –El profesor dio la media vuelta para marcharse a sus aposentos-. Diles a Draco y a Harry que no se alarmen. Estaré bien.

El anciano observó cómo la silueta del profesor se perdía entre los pasillos que conducían a las mazmorras. Por un momento estuvo tentado a impedirle partir con algún hechizo, pero comprendió que mientras más se negara a presentarse, más peligro correría su vida. Lo dejó marchar sintiendo una punzada de angustia en su cansado pecho.

oooooooOooooooo

-¿Por qué tardan tanto?

-Tranquilízate, Draco. –Harry estaba comenzando a resentir la preocupación del rubio, y ya comenzaba a pasearse de aquí para allá, al igual que él. Minerva McGonagall sólo miraba a uno y a otro joven mientras esperaba con paciencia la llegada del director.

En ese instante la puerta de la oficina se abrió y el anciano de larga barba entró. Harry y Draco se acercaron de inmediato a él, mientras éste continuaba pensando en la forma de contarles lo que estaba sucediendo.

-¿Dónde está Severus? –Preguntó el Slytherin en un tono que no admitía demora.

-Primero que nada deben sentarse y tranquilizarse. –El anciano no se dejó intimidar por el tono de voz de su ex alumno-. Si no se sientan no les diré nada.

El rubio bufó, pero aún así tomó asiento como el director le ordenara. Harry se sentó junto a él.

-Escucha... –El profesor Dumbledore se paró frente a ellos mientras proseguía-. Tus padres están desaparecidos desde anoche... no sabemos nada de ellos. –Esperó a que el rubio fuera asimilando la noticia poco a poco-. Sus elfos nos informaron que hubo una alteración en la magia del lugar.

-Él los tiene... ¿Verdad? –Draco miró a los azules ojos del director, rogándole que fuera lo más sincero posible-. ¿Los ha descubierto?

-No lo sé, Draco. –El mago miró a uno y otro mientras continuaba-. No hay modo de saberlo. Lo único que podemos hacer es esperar.

-¿Esperar? –El rubio se levantó de su asiento para enfrentarse al anciano-. ¿Esperar qué? ¿Que él los mate?

-No. –El director suspiró mientras miraba a Harry-. Esperar a Severus.

-¿Qué quieres decir con eso, Albus? –La profesora McGonagall se colocó junto al director mientas el Gryffindor se ponía también de pie.

-Severus acaba de marcharse. –Sin despegar la mirada del moreno-. Ha sido llamado por Voldemort.

Ninguno de los presentes dijo nada. Draco se desplomó en la silla, mientras la profesora McGonagall se cubría la boca para evitar lanzar una exclamación. Harry miró con fijeza a los ojos del director.

-¿Se ha ido? –El anciano asintió a la pregunta del Gryffindor-. ¿Y usted lo dejó irse así nada más?

-Me hubiera gustado poder evitarlo, Harry. Pero creo que sabes tan bien como yo que eso no es posible.

-¿Qué pasará con él? –Los verdes ojos del moreno revelaban una gran angustia-. ¿Y si Voldemort ya se enteró de todo? Sólo Merlín sabe lo que ese monstruo podría hacerle...

-Tranquilícese, señor Potter. –Minerva se acercó a su ex alumno-. El profesor Snape sabe cuidarse muy bien.

-Severus... –El rostro del joven se llenó de lágrimas. Se dirigió a la puerta y sin decir nada salió corriendo del lugar.

-Pero... –La profesora estaba sorprendida por la reacción del muchacho-. ¿Qué le pasa?

-Tranquila, Minerva. –Albus dejó escapar un profundo suspiro mientras miraba el lugar por donde el moreno había salido-. Él estará bien.

Volteó a ver al rubio, el cual permanecía sentado en el mismo sitio. Su rostro no revelaba emoción alguna. Pero eso no engañó al anciano, quien intuyó enseguida lo mal que el muchacho debía estarlo pasando.

Mientras tanto, Harry corría con desesperación hacia las mazmorras, al tiempo que rezaba para poder llegar antes de que su pareja se marchara. Cuando llegó a los aposentos del profesor, pronunció la contraseña y entró a toda prisa.

-¡Severus! –El moreno recorrió el lugar buscando a su pareja-. ¡Severus!

Entró al despacho y sólo encontró su gabinete de las pociones, entreabierto. Pero no había señales de Severus por ningún lado.

Se dirigió hacia la habitación que las dos últimas noches había compartido con él. Vio sobre la cama la túnica nueva que el profesor se había quitado. La levantó y la dobló con mucho cuidado.

Permaneció sentado en la cama un rato más, sus verdes ojos observando con insistencia hacia la puerta, deseando que el hombre que tanto amaba apareciera por ella y le dijera que todo estaba bien.

-Severus... no me dejes por favor...

Se recostó con lentitud sobre la enorme cama y siguió llorando mientras continuaba abrazando la túnica, que todavía conservaba el aroma de Severus mezclado con el suyo. Después de un momento más el sueño comenzó a vencerlo y poco a poco, entre sollozos, logró quedarse dormido.

oooooooOooooooo

Severus Snape se presentó ante Lord Voldemort con el amargor de la poción inhibidora aún en su paladar. La máscara que portaba evitaba que cualquiera viera su rostro y le reconociera.

-Mi lord...

El mago oscuro hizo señas a los demás mortífagos para que se retiraran.

–Tardaste más que otras veces en venir. ¿Cuántos años tienes a mi servicio, Severus? –Voldemort se levantó de su cómodo sillón y comenzó a pasearse de un lado a otro.

-Tantos que ya no lo recuerdo, señor. –Severus trató de sonar lo más tranquilo posible. Agradeció a todos los dioses que la horrible serpiente no estuviera presente.

-Más de veinte años... ¿No es así?

-Así es.

-¿Sabes? Cuando alguien tiene tanto tiempo a mi servicio, llego a creer que me será siempre fiel. Pienso que ésa persona puede ser mis ojos y oídos donde yo no esté. Y deposito mi confianza en ella porque pienso que después de tanto tiempo, no tendrá motivos para engañarme.

A cada palabra que el mago oscuro pronunciaba, Severus se sentía cada vez más vulnerable.

-Por eso cuando me entero que alguien con tantos años a mi servicio me traiciona, me siento de verdad decepcionado. Sobre todo si ha sido de las personas a las que más le he confiado mis asuntos. En especial mis cuestiones de índole personal.

Severus guardó silencio, esperando de un momento a otro conocer en primera persona la ira del Lord.

-Hoy estoy muy decepcionado, mi querido Severus. –Le plantó el Lord mientras sus purpúreos ojos se posaban en los negros del profesor. Severus sintió un escalofrío mientras cerraba su mente-. Dos de mis servidores en los que más confiaba me han traicionado.

Por puro instinto se puso en guardia temiendo lo peor.

-Y por eso te pedí que vinieras. –El mago oscuro caminó hacia una puerta mientras le hacía señas de que lo siguiera-. Quiero que veas por ti mismo lo que le sucede a quien se atreve a traicionarme.

Severus respiró varias veces mientras caminaba detrás de Voldemort. Descendieron por una larga escalera en espiral, que al profesor le pareció interminable.

-Me imagino que debe sorprenderte éste lugar. –Severus no dijo nada-. En realidad nunca te lo había mostrado porque sólo una persona aparte de mí lo conoce.

Después de lo que a Severus le pareció una eternidad, llegaron a una especie de sótano, iluminado apenas por unas cuantas antorchas que se localizaban a cada lado del largo pasillo.

Lo primero que el ex mortífago pudo sentir al comenzar su recorrido por el lugar, fue el acre olor a humedad y putrefacción que casi no lo dejaba respirar. Por unos momentos estuvo tentado a dar la media vuelta y salir de ese lugar.

El mago oscuro se detuvo de repente. Dobló a la izquierda en una esquina del pasillo y Severus se vio de pronto frente a una especie de celda. Trató de acostumbrar su vista a la oscuridad del lugar que, a diferencia del pasillo, estaba desprovisto de alguna antorcha que lo iluminara.

No tuvo que hacer el esfuerzo demasiado tiempo. Con un poderoso "Lumus Solem", el Lord iluminó la celda. Severus cerró sus negros ojos por un segundo, cegado por la poderosa luz. Cuando los abrió de nuevo y se acostumbró a ella fijó su vista y tuvo que ahogar una exclamación al ver lo que se hallaba frente a él.

El que alguna vez había sido el arrogante mortífago conocido como Lucius Malfoy, se encontraba pegado a la pared del fondo de la pequeña celda de apenas dos metros cuadrados. A sus pies se podía apreciar una enorme mancha oscura, que Severus identificó de inmediato como sangre.

Lo que antes era una piel lozana y nívea se encontraba ahora cubierta de oscuros cardenales. Sus largos cabellos rubios estaban enredados y sucios. Las huellas de varios cruciatus podían adivinarse debido a la posición de los lastimados huesos. No había ninguna parte de su herido cuerpo que no tuviera huellas de latigazos.

Severus trató de encontrar entre todo ese desastre de ser humano alguna parte que pudiera considerarse a salvo de las torturas del Lord, pero por más que buscó no logró encontrar ninguna. Deseó en su interior que al menos su espalda, que no estaba a la vista, no estuviera tan lastimada.

Voldemort pronunció un hechizo y el prisionero fue despertando poco a poco. Abrió los azules ojos con pánico cuando vio al mago oscuro frente a él. Se sacudió con violencia tratando de librarse de las cadenas que lo mantenían preso, pero su lucha sólo duró unos segundos. Estaba por perder el sentido otra vez, no obstante el demonio de ojos bermellón se lo impidió manteniéndolo despierto con el hechizo.

-¿Ves a lo que me refiero, Severus? –Le preguntó el Dark Lord mientras torturaba a Lucius-. Esto es lo que le hago a quien se atreve a traicionarme...

Durante todos los años que le había servido a Voldemort, Severus había sido testigo de todas las barbaridades que ese loco era capaz de hacer. E incluso había participado muchas veces en ellas, recuerdos que hasta ése día no habían dejado de torturarle.

Pero desde que se pasó del lado de la Luz, se había propuesto no ser testigo ni partícipe voluntario de las atrocidades del Dark Lord. Evitaba en toda ocasión estar presente cuando se aplicaban los castigos, y de alguna manera que no se explicaba, Voldemort no se había tomado la molestia de cuestionarlo y lo había dejado ser.

Pero lo que el hombre tenía frente a sí, era la prueba más firme de que Voldemort estaba cada vez más loco. Sintió un terrible escalofrío cuando la imagen de Narcisa Malfoy pasó por su mente. Sólo Merlín sabía las atrocidades que los demás mortífagos pudieran estarle haciendo en esos momentos.

Mientras Voldemort sostenía su varita frente al rubio, Severus dirigió sus manos hacia el cinturón donde se encontraba su arma. No sabía de lo que podía ser capaz, pero sí estaba seguro que no permitiría que lo siguiera lastimando. Lo que ese hombre encadenado a la pared debía estar sufriendo era indecible, y no se lo deseaba ni a su peor enemigo.

Dio un paso atrás y levantó su varita contra Voldemort, quien seguía ocupado torturando al hombre. Estaba por pronunciar un hechizo cuando le pareció ver que Lucius lo observaba. Enfocó su vista hacia su rostro lastimado y le sorprendió ver que el herido lo miraba con insistencia a través de sus lágrimas.

Distinguió con total claridad cuando Lucius le dijo que no, mientras movía la cabeza con disimulo enfatizando su ruego. Severus se vio a sí mismo apuntando con su varita al Lord y de inmediato la guardó en su cinturón. Volteó a ver otra vez a Lucius, quien entrecerró los ojos asintiendo a su decisión.

Apretó los puños con fuerza mientras su máscara ocultaba su rostro, que en ese momento expresaba el mayor de los odios hacia el terrible monstruo frente a él. Cerró los ojos por un momento para rechazar la imagen que tenía enfrente. Pero tuvo que abrirlos cuando la voz del Lord se dejó escuchar como un retumbo en medio del vacío.

-Creo que no me he divertido tanto en años. ¿Qué propones, querido Severus? –El Dark Lord apartó su varita y se dirigió a él-. Ésta es sólo una pequeña muestra de lo que le hago a los traidores. –Severus tragó saliva-. ¿Te gustaría participar?

Los puños del hombre casi se volvieron blancos por la fuerza con que los apretó. Trató de controlarse para evitar que la voz le temblara.

-Nadie mejor que tú para éstas genialidades, mi señor. –Le dijo mientras miraba al suelo aparentando humildad-. ¿Quién soy yo para robarte la diversión?

-Veo que tú sigues siendo el fiel servidor de siempre. –El Dark Lord señaló con su varita el cuerpo de Lucius, ya inconsciente, mientras pronunciaba otro hechizo.

Por un momento, Severus pensó que le lanzaría el Kedavra, pero con sorpresa vio que el cuerpo desmayado del traidor se soltaba al ser liberado de las cadenas. Con un sonido seco cayó quedando inmóvil en el frío y húmedo suelo. Severus entonces pudo ver bien su espalda y no pudo evitar pensar que tal vez el Kedavra hubiera sido lo más cercano a la misericordia para él.

-Recógelo y sígueme. –Le ordenó el mago oscuro mientras se dirigía a la salida-. Aún falta la mejor parte.

Severus iba a tomarlo entre sus brazos, pero intuyendo que lo lastimaría más, decidió levitarlo. Respiró tranquilo cuando vio que a Voldemort no le importaba lo que él hiciera con el cuerpo.

Caminaron durante otra eternidad para el profesor, que a cada segundo que pasaba sentía que al hombre que levitaba junto a él se le escapaba la vida. Regresaron al mismo salón donde antes estuvieran. El Lord volvió a tomar asiento en su sillón mientras le hacía señas a Severus para que se quedara parado junto a él.

Voldemort invocó una especie de tabla que quedó flotando junto a su sillón y ordenó a Severus que soltara a Lucius. Al momento de hacerlo, el mago oscuro pronunció otro hechizo y el rubio quedó en la misma posición en que Severus lo encontrara en su celda. El profesor cerró los ojos. No quería ni imaginarse lo que venía.

El mago oscuro volvió a despertar a Lucius, cuyos índigos ojos, acostumbrados a la completa oscuridad, se lastimaron al recibir la luz de la habitación. Se mostró desconcertado por unos breves momentos, hasta que en medio de la lucidez y la inconsciencia reconoció el sitio donde se hallaba.

No pasó ni un minuto antes de que Voldemort llamara a uno de sus servidores.

-¿Sí, mi Lord?

-Traigan a Narcisa Malfoy, ahora. Y quiero que la preparen para la noche de diversión que les prometí.

A pesar de que el hombre traía puesta la máscara, Severus pudo distinguir en los ojos del mortífago, que éste parecía disfrutar con la idea.

El hombre se retiró y momentos después aparecía él mismo acompañado por otro, con el cuerpo inconsciente de Narcisa. Lucius trató de decir algo, pero sólo surgió un balbuceo ininteligible de sus lastimados labios.

Severus pudo distinguir que la mujer sólo llevaba puesta una raída y sucia túnica, bajo su cuerpo desnudo. Tembló contra su voluntad al darse cuenta de lo que le esperaba. Volteó a ver a Voldemort, quien con la respiración agitada apuraba a sus servidores para comenzar de una vez.

Miró a Lucius por encima de la cabeza del Dark Lord. Su pálido rostro estaba desencajado. Supuso que él ya había sido testigo de lo que pasaría en ésa sala de torturas. Por segunda vez en la noche, el ex mortífago pensó que el Kedavra hubiera sido lo más misericordioso para el infortunado matrimonio.

Un ronco grito de Narcisa hizo que el hombre dejara de observar al rubio y dirigiera su vista hacia la mujer. Y lo que vio lo hizo desear no estar ahí. Si al ver el cuerpo de Lucius creyó que nadie podría ser herido de forma más cruel, estaba equivocado.

Frente a ellos se encontraba el cuerpo desnudo de lo que antes había sido una hermosa mujer, por completo magullado y con señales de haber sido violado una y otra vez. Todo él estaba lleno de latigazos y sus muñecas y tobillos sangraban por estar ceñidos a cortantes grilletes.

A una señal de Voldemort, los mortífagos tomaron el cuerpo casi inconsciente de Narcisa y lo depositaron boca abajo sobre lo que parecía una plancha de metal con dos argollas, una en cada extremo, por donde habían hecho pasar unas cadenas que los mortífagos trabaron en los grilletes que la mujer tenía puestos.

Severus cerró sus negros ojos, prohibiéndose a sí mismo ver. Pero no pudo evitar escuchar los inútiles movimientos que la mujer hacía para intentar soltar alguna de las cadenas que la sujetaban, pero éstas eran demasiado cortas y se veía obligada a permanecer a gatas sobre la plancha con un mínimo margen de movimiento.

Los dos mortífagos se situaron a ambos lados de la mujer, quedando ésta arrodillada entre ellos. Tras unos instantes más, uno de ellos se agachó frente al rostro de Narcisa y la agarró del pelo con fuerza, dándole varios tirones que hicieron que la cabeza de la mujer se moviera con brusquedad de arriba hacia abajo mientras el otro mortífago la agarraba por detrás y comenzaba a manosearla con evidente brusquedad.

Ella empezó a forcejear con los grilletes intentando zafarse de sus captores. Movía los pies y las manos hasta donde las cadenas se lo permitían. Pero por más que lo intentaba no había forma de liberar sus lastimadas extremidades y estaba a total merced de los dos hombres.

Severus, intuyendo quizás lo que ocurriría a continuación, volteó la mirada hacia otra parte. Luego dirigió su vista hacia Lucius y lo encontró como hipnotizado con la vista fija al frente y un semblante de total impotencia ante la escena que estaba contemplando.

El profesor miraba cada vez más alarmado cómo la situación de Narcisa se agravaba por momentos. Uno de los mortífagos ya no se conformaba con manosearla y maltratarla dándole de tirones en el pelo, sino que ahora también se dedicaba a sujetarle con firmeza la cabeza mientras él movía sus caderas de forma circular restregándole su intimidad por toda la cara. Voldemort contemplaba la escena con expresión sádica.

El otro de los mortífagos había estado observando las vejaciones que su compañero cometía contra Narcisa riéndose a carcajada limpia. De tanto en tanto una de sus manos se perdía entre las piernas de la mujer para violarla con los dedos. Ella intentaba con desesperación alejarse de la mano que la lastimaba, pero sólo lograba que su rostro lleno de lágrimas quedara pegado contra la intimidad del mortífago que tenía enfrente.

El rubio movía su cabeza de un lado a otro desesperado, viendo el trance en que se encontraba su esposa. Apretó los labios con rabia al ver que el mortífago frente a ella desabrochaba el cierre de su pantalón y mostraba ante ella su miembro de grosor y longitud considerables.

A partir de ese momento Narcisa ya no tuvo tregua. Ambos mortífagos se dedicaron a vejarla mientras la golpeaban con la punta de sus varitas, las cuales dejaban nuevas marcas en el lastimado cuerpo de la mujer, que no podía hacer nada más que sollozar.

En medio de tanto dolor, Narcisa Malfoy cerró sus ojos tratando de escapar de la dolorosa realidad que estaba viviendo. Lágrimas de humillación corrían sobre sus heridas mejillas. Ella tuvo fuerzas para levantar la cabeza y mirar en dirección hacia donde su esposo se encontraba.

Lo vio igual de lastimado que ella. Y eso hizo que llorara aún con más fuerza, lo que provocó que uno de los mortífagos le golpeara la espalda con su varita, con evidente saña. Ella gritó. Lucius gritó también.

Severus contenía a duras penas las ganas de sacar su varita y matar a los dos hombres que tenía enfrente. Pero el sólo recuerdo que Draco y Harry lo estaban esperando, lo hacía desistir. Él tuvo que comprender que lo que estaba presenciando era el sacrificio de unos padres por su hijo, y él no sería la persona que hiciera que el sacrificio fuera en vano.

Narcisa enronqueció de tanto gritar, hasta el punto en que tuvo que dejar de hacerlo. Mientras los dos hombres hacían con su cuerpo lo que se les antojaba, ella dejó de pensar en el presente que estaba viviendo, y su mente viajó hacia la noche anterior, en su habitación con Lucius.

Evocó cada uno de los besos y caricias que su esposo le dedicó mientras le hacía el amor con dulzura. Ella amó más que nunca esos instantes que sabía que ya no volverían. Ahora comprendía a ciencia cierta esa opresión en su pecho. Era su fin, y prefirió seguir con los ojos cerrados recordando cada una de las noches que su esposo la amó y que ella se le entregó sin reservas.

Jamás se arrepentiría de haber tomado la decisión de casarse con él aún sin haberlo amado. Mirando las cosas en retrospectiva, ellos se habían ganado a pulso el amor del otro. Lo habían plantado, regado y mantenido vivo y lozano como se hace con un bello jardín. Y habían cosechado juntos el fruto más hermoso que ella jamás había soñado: Su hijo Draco. Y por el que ahora ella soportaba, estoica, el terrible infierno que estaba viviendo.

Después de violarla y torturarla hasta el cansancio, los dos mortífagos la dejaron inconsciente. Voldemort les ordenó que se retiraran. Ambos se marcharon, satisfechos, mientras el Dark Lord mandaba a llamar al resto de sus mortífagos. Lucius hacía rato que había vuelto a perder la conciencia.

Minutos después la sala se encontraba llena. Algunos de ellos miraban con fijeza a la mujer desmayada, aún atada de manos y pies, mientras que otros desviaban la vista hacia otra parte, evitando ver lo que quedaba de ella.

-Los he mandado a llamar porque quiero que vean con detalle lo que le hago a aquellos que se atreven a engañarme... –Los ojos color escarlata brillaban con malignidad. Severus tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no devolver todo lo que había cenado-. Véanlos bien. Porque quiero que quede bien grabado en sus mentes, que lo que les ha sucedido a ellos, no es nada comparado con lo que le sucederá al siguiente que ose traicionarme.

Después de su discurso, Voldemort les ordenó que se retiraran. Cuando se hubieron marchado, mandó a llamar a Bellatrix.

La mortífaga apareció ante su Lord. Severus no pudo ver su rostro, pero por su ligero estremecimiento pudo adivinar la impresión tan grande que la mujer se llevó al observar a los Malfoy en ésa situación. Pero como la mortífaga que era, pareció no dar muestras de ello mientras hacía una reverencia ante su señor.

-Me alegra que estés aquí, Bellatrix. –El mago oscuro la miró de pies a cabeza-. Porque te quiero conceder el honor de acabar el trabajo por mí.

-¿Qué deseas que haga por ti, mi señor? –Preguntó la mujer, aunque en el fondo sospechaba lo que él le pediría.

-Sé que siempre estuviste enamorada de Lucius. Y que siempre envidiaste a Narcisa por haber logrado lo que tú no. –Una sonrisa torcida asomó a los labios del Ser Oscuro-. Pues bien, es tu turno de vengarte. Mata a Narcisa Malfoy.

La mujer dio media vuelta y se dirigió sin dudarlo hacia Narcisa. Sacó su varita de entre sus ropas y sin pensarlo dos veces le lanzó el Kedavra. Severus cerró los ojos y por enésima vez en la noche deseó no estar ahí. Cuando los abrió otra vez, Voldemort había lanzado un hechizo y el cuerpo de la que alguna vez fuera la esposa de Lucius Malfoy se liberó de sus cadenas.

-¿Qué más deseas que haga, mi Lord? Le preguntó la mujer mientras guardaba de nuevo su varita.

-Quiero que les digas a Thomas y a Arnold que recojan el cuerpo de Narcisa y que se lo lleven. Quiero que se deshagan de ella.

-¿Adónde quieres que se la lleven, mi señor?

Voldemort lo pensó durante un instante, tras el cual respondió.

-Que vayan y la tiren en el Bosque... pero no en cualquier parte. –El mago oscuro se frotó las manos-. Quiero que la dejen en los límites con el Castillo de Hogwarts. Cerca de las barreras de protección. Quiero que Dumbledore y sus Aurores sepan que con Lord Voldemort nadie juega.

La mujer hizo una reverencia mientras observaba la figura negra de Severus, tratando de reconocerle. Cuando salió del lugar para cumplir la orden de su señor, éste se volvió hacia él mientras se ponía de pie.

-¿Disfrutaste el espectáculo, querido Severus?

-Mucho, mi Lord... –Mientras apretaba con fuerza sus dientes-. Pero creo que no tanto como tú.

-Tienes toda la razón. –El Dark Lord se paró frente al cuerpo, aún inconsciente, de Lucius. Después de un hechizo el cuerpo cayó al piso, como la vez anterior. Severus contuvo el aliento-. Hacía tanto tiempo que no tenía una fiesta como ésta. Ya quiero ver el rostro de mi querido Lucius cuando despierte y le dé la noticia de que ya es viudo.

Severus sintió que una pequeña parte de su alma volvía a él, pues eso significaba que Voldemort no tenía pensado ordenarle lo mismo que a Bellatrix. El sólo hecho de pensar que tendría que lanzarle el Kedavra al padre de su ahijado, hacía que su cuerpo se llenara de profundos escalofríos.

-Estoy cansado. Ha sido un día muy largo. –El mago oscuro caminó con lentitud hacia la puerta-. Regrésalo a su celda y despiértalo. Cuando recupere el sentido dale veinte latigazos al frente y otros veinte en la espalda. Dile que es un saludo de mi parte. Pero no le digas nada más.

-Sí... mi Lord.

El tenebroso ser caminó con pasos lentos en dirección a su habitación. Cuando hubo desaparecido, Severus se agachó para examinar el cuerpo del rubio. Frunció el ceño en gran preocupación. Si tenía pensado sacarlo de ahí tenía que ser cuanto antes, pues la respiración del hombre era tan irregular que apenas podía sentirla.

Levitó con extremo cuidado el cuerpo lastimado y se encaminó hacia la puerta que daba con las escaleras. Las descendió con rapidez mientras su mente ágil planeaba alguna estrategia para rescatarlo aún con vida. Cuando llegó a la celda, en vez de encadenarlo a la pared lo depositó con suavidad en el suelo. El "Lumus Solem" que Voldemort invocara aún permanecía, por lo que Severus no tuvo que usar su varita para iluminar el lugar.

-Enervate...

El hombre comenzó a abrir con pesadez sus azules ojos. Parpadeó un par de veces y enfocó su vista en el hombre vestido de negro frente a él. Trató de forcejear al creer que se trataba de otro mortífago. Severus se retiró por un momento la máscara que traía y le dejó ver su rostro, lo que tranquilizó al rubio.

-Sev...

-Tranquilo... –El ex mortífago sacó una poción de su cinturón y se la dio a beber-. Es una poción coagulante. Detendrá las hemorragias, has perdido mucha sangre.

El rubio bebió con mucho esfuerzo. Severus tuvo que levantar un poco su cabeza para que no se ahogara, lo que provocó otro espasmo de dolor en el herido.

-¿Narci... sa?

-No hables más. –El profesor evitó responder la pregunta-. Estás muy débil y debes guardar fuerzas para salir de aquí. Además, él puede estar escuchando. Tengo una idea para poder escapar, pero necesitaré que me ayudes.

-¿Qué...?

-Primero... –Severus sacó su varita y hechizó la celda, de modo que la pared del fondo se convirtió en una especie de masa informe. Después convirtió su varita en un látigo. Los ojos de Lucius mostraron terror-. No temas, no te lastimaré.

Y acto seguido, comenzó a dar de latigazos contra la pared del fondo, al tiempo que gritaba imitando la voz del rubio. Contó veinte. Dejó pasar unos momentos y siguió dando latigazos al mismo sitio, pero sólo le dio trece. Lucius lo observaba con su mirada llena de comprensión.

Regresó su varita a su antigua forma y se dirigió hacia la pared, la cual con otro conjuro del profesor quedó como estaba antes. Se acercó al rubio y colocó su varita sobre él. Con otro hechizo, veinte heridas de latigazos que ya tenía volvieron a abrirse.

Si Lucius hubiera tenido más voz, habría podido gritar por el dolor que éste simple acto le provocó. Pero a sabiendas de lo que Severus se proponía, permitió que éste lo colocara boca abajo y volviera a abrirle trece de las heridas que tenía en la espalda.

-Escúchame con atención. –Le dijo cuando volvió a colocarlo boca arriba-. Tendré que lanzarte el "Hechizo del Durmiente." No temas... –Sacó otra poción que guardaba en el cinturón-. Bébela. Te servirá para que tus pulmones no se quemen por la falta de oxígeno.

Lucius hizo lo que el profesor le pedía y la bebió toda.

-Quiero que me mires con fijeza y mantengas tus ojos abiertos.

El rubio obedeció. Severus suspiró y convocó el hechizo. Lucius cayó dormido al instante con los ojos abiertos. Al momento dejo de respirar. Severus confió en que la poción durara el tiempo suficiente.

Acto seguido, corrió por el largo pasillo y subió las escaleras de cuatro en cuatro. Se dirigió a la habitación de Voldemort. Temía despertarlo, pero estaba seguro que el Lord no se molestaría tratándose de la muerte de Lucius.

-Mi Lord...

-¿Qué ocurre, Severus? –El mago oscuro se encontraba de pie contemplando el cementerio a través del ventanal. Severus agradeció en su interior no haber tenido que despertarlo.

-Verás... –El mago aparentó estar muy ansioso-. Lucius Malfoy no sobrevivió a los saludos que le enviaste.

El Lord se giró con lentitud mientras miraba fijamente a los negros ojos. Severus volvió a cerrar su mente, dejándole acceso sólo a lo que él quería que viera. El mago oscuro salió de la habitación y recorrió aprisa el camino hacia la celda. Severus caminó detrás de él.

Cuando llegó, se encontró el cuerpo de Lucius en la misma posición en que Severus lo dejara. El Lord extendió su mano y la pasó sobre las heridas de su cuerpo. Sangre fresca se adhirió a ella. Lo contempló por un instante más antes de dirigirse a quien creía su fiel servidor.

-Has hecho un trabajo muy digno, Severus. –El profesor no dijo nada-. Es una pena que no haya aguantado todos los latigazos que te ordené que le dieras. ¿Cuántos llevabas? ¿Treinta y tres?

-Así es, mi Lord. Cuando vi que dejó de moverse, supe que ya no eran necesarios los demás.

-Hiciste muy bien. –El Dark Lord convirtió su varita en un látigo-. ¿Dónde te hicieron falta?

Severus frunció el ceño, comprendiendo lo que el otro insinuaba. Reprimiendo un suspiro de frustración, volteó de nuevo al rubio boca abajo y le señaló la espalda.

Durante un corto tiempo, que al profesor le pareció eterno, Lord Voldemort se dedicó a dejar caer los siete latigazos que él no le había dado. Deseó por dentro haber aparentado treinta y nueve en vez de los treinta y tres que la aberración frente a él contara con tanta exactitud.

-Listo... –El Lord guardó su varita en su cinturón-. Llévatelo de aquí.

-¿Adónde deseas que lo lleve, mi Lord?

-Al mismo lugar que a la ingrata de su mujer. Al Bosque. Deja que los animales se encarguen de él. –Se dio la vuelta mientras se dirigía a la salida-. Es lo menos que merece por haberme traicionado. Ah... y una cosa más...

-¿Sí, mi Lord?

-Albus Dumbledore confía por completo en ti. Y habrá que aprovechar ésa confianza para hacerme del poder que tanto he deseado.

Antes de que Severus pudiera preguntar, el Lord concluyó.

-Quiero que estés muy al pendiente de los pasos de Harry Potter y Draco Malfoy. – Severus tuvo que reprimir las ganas de matarlo-. Porque la próxima vez que te convoque, tendrás que traerlos contigo.

El ser oscuro se dirigió de nueva cuenta a sus habitaciones. Severus se quedó un momento más pensando en las últimas palabras del tenebroso mago. Se quitó su negra capa y cubrió el cuerpo dormido de Lucius. Después lo tomó con delicadeza entre sus brazos y salió de la Mansión.

Al dejar las barreras de protección deshizo el "Hechizo del Durmiente" y los pulmones del rubio volvieron a funcionar. Abrazó con fuerza su cuerpo lastimado mientras desaparecía. Segundos después aparecía de nuevo, su preciosa carga intacta y la sombra del Colegio de Hogwarts que se alzaba, imponente y salvadora, frente a él.

Y mientras Severus contemplaba el magnífico Castillo en total éxtasis, llegó a la humilde conclusión de que nunca jamás podría volver a verlo, tan majestuoso y protector, como aquélla sangrienta noche de pesadilla.

Continuará...

Próximo capítulo: Déjame llorar por ti.

Notas:

Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.

Besitos.

K. Kinomoto.