Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucho drama. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
IX
Déjame llorar por ti.
Primera Parte.
Rubeus Hagrid caminaba a grandes y seguros pasos por los lindes del Bosque Prohibido. Era su ronda nocturna y después de haber disfrutado de una opípara cena en el Gran Comedor, se había despedido de algunos profesores para seguir cumpliendo con sus obligaciones. Tras haber llevado su respectiva ración a cada uno de los Aurores que estaban de guardia en las afueras del Castillo, y charlar con algunos de ellos, ahora regresaba a su puesto habitual como vigilante.
Dio un último vistazo hacia el lado este del espeso bosque y se dio la vuelta para continuar su camino, cuando le pareció escuchar ruidos que provenían del sitio que acababa de observar. Detuvo sus pasos mientras ponía atención. Él conocía cada uno de los extraños ruidos nocturnos que provenían de la negra espesura y supo en seguida que no se trataba de algún animal. Tomando su varita se acercó con lentitud al tiempo que escuchaba que los ruidos se iban convirtiendo en murmullos.
-¿Quién está ahí? –Preguntó el guardabosque, varita en mano. Un pesado silencio respondió a su pregunta.
Se protegió tras el tronco de un enorme sauce y convocó un "Lumus". La luz de su varita alcanzó a iluminar la figura de dos personas, las cuales parecían llevar un bulto. Hagrid enfocó su vista hacia ellos y logró distinguir que llevaban máscaras. Antes de que pudiera romper el "Lumus" y atacarlos, las sombras dejaron caer el bulto que sostenían y desaparecieron de inmediato.
Dejó pasar un minuto antes de acercarse con mucho sigilo hacia el sitio donde se hallaba tirado el objeto. Lo iluminó de nuevo con su varita y al hacerlo, dejó salir una pesada exhalación de su boca. Lo que parecía ser una cosa, en realidad era un cuerpo envuelto en una capa negra y cubierto con una máscara, que el semigigante reconoció enseguida como las que eran utilizadas por mortífagos.
Hagrid tuvo que reprimir las ganas de levantar la máscara para tratar de ver su rostro. Sabía que tratándose de mortífagos podía ser una trampa. Así que después de ocultar el cuerpo con algunas ramas, corrió con todas sus fuerzas hasta la oficina del director. Apenas hubo llegado, pronunció la contraseña y esperó con visible impaciencia a que la gárgola le diera acceso. Subió con asombrosa rapidez las escaleras de caracol y sin llamar irrumpió de forma precipitada en la estancia.
-¡Profesor Dumbledore, hay alguien...!
No pudo disimular un gesto de sorpresa cuando vio que el director no se encontraba solo. De un rápido vistazo pudo comprobar que la subdirectora y el profesor de Defensa, así como Sirius y el matrimonio Weasley estaban presentes. Una cabellera rubia en una silla en la esquina le reveló a Draco Malfoy.
-¿Sucede algo, Hagrid? –Preguntó el anciano de manera amable, aunque el guardabosque pudo distinguir cierta aprehensión en los azules ojos refugiados tras las gafas de media luna.
-Hay... algo que debo mostrarle... ahora. –El profesor de Cuidado de criaturas respondió a la mirada del director con una parecida. El anciano se puso de pie y lo llevó a un rincón.
-¿Qué ocurre? –Le preguntó en voz baja.
-En los límites... parece que unos mortífagos dejaron un cadáver tirado.
Aunque nadie pudo escuchar lo que el semigigante decía, todos pudieron advertir la creciente palidez en el cansado rostro del director. Draco Malfoy se adelantó a las preguntas de los demás.
-¿Qué está pasando? –El joven se puso de pie y se acercó a ellos. Su voz reflejaba su profunda preocupación-. ¡Dígame!
-Tranquilízate, Draco. –El director trató de calmar al muchacho al tiempo que se dirigía hacia Arthur-. Necesito que vengas conmigo.
-Por supuesto. –El señor Weasley volteó a ver a su esposa y no pudo dejar de observar la preocupación latente en su inquieta mirada. Entrecerró sus ojos para calmarla.
-Será mejor que los demás esperen aquí. –La profesora McGonagall asintió a las palabras dirigidas a ella.
Apenas salieron de la oficina, Draco se dirigió hacia la puerta.
-Señor Malfoy... –La subdirectora no tuvo tiempo de detenerlo.
-Iré con ellos. –Draco hizo amago de abrirla, pero Remus lo detuvo por los hombros, impidiéndoselo-. ¡Suélteme!
-Lo siento, Draco. –El licántropo se mostró inflexible-. Será mejor que tomes asiento o me veré obligado a atarte a él.
-¡Usted no puede hacer eso! –El muchacho se debatía con ímpetu entre las fuertes manos del hombre lobo-. ¡Nadie puede hacerlo! ¡Es contra el reglamento!
-Si no te calmas yo lo haré, muchachito. –La ronca voz de Sirius se dejó oír entre los gritos del rubio, quien volteó a verlo con sus grises ojos brillando de furia-. Yo no soy profesor así que no romperé ningún reglamento.
El joven se sacudió una vez más tratando de librarse de Remus, quien al ver que el muchacho cedía lo soltó. Draco suspiró con pesadez al ver que tenía la batalla perdida. Sabía que los profesores no lo obligarían, pero tratándose del animago estaba seguro que no lo pensaría dos veces antes de dejarlo amarrado a una columna. Volvió a tomar asiento en el rincón mientras trataba de recuperar la respiración y parte de su dignidad perdida.
Después de eso hubo un pesado silencio en la oficina, a veces roto por algún tenue gorjeo proveniente de Fawkes. El rubio contempló por largo rato a la majestuosa ave que de vez en cuando picoteaba sus plumas, acomodándolas. Y entonces deseó con todas sus fuerzas tener alas para poder levantar el vuelo y escapar.
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-¿Estás seguro de lo que viste, Hagrid?
-Sí, profesor. –El guardabosque trataba de aminorar sus grandes pasos para dar tiempo a que el director lo alcanzara. Arthur Weasley no tenía problema alguno en llevarle el ritmo, pero aún así caminaba a la misma velocidad que el mago mayor-. Los dos hombres encapuchados dejaron tirado el cuerpo y desaparecieron. No quise tocarlo porque pensé que podría ser una trampa.
-Hiciste bien. ¿Dónde está?
El rostro del anciano mago no dejaba de mostrar una inmensa preocupación. Una enorme inquietud se había instalado en su pecho y no dejaba de rezar porque el cuerpo encontrado por el semigigante no fuera el de Severus. Minutos más tarde Hagrid se detenía cerca del gran sauce, mientras les señalaba el sitio donde se encontraba el cadáver que minutos antes había cubierto con ramas.
Instantes después los tres se encontraban parados junto a él. Por primera vez en mucho tiempo, Albus Dumbledore sintió que las piernas le flaqueaban. Cerró los ojos mientras acercaba la varita para detectar cualquier hechizo que pudiera haber alrededor, pero no había nada.
Arthur, quien no había dejado de observar al director, supo el trance por el que pasaba y decidió intervenir cuando vio que el anciano se inclinaba para retirar la máscara blanca que cubría su rostro.
-Déjame hacerlo, Albus. –El hombre se adelantó mientras el director y Hagrid esperaban con impaciencia. Arthur se agachó y con pesada lentitud retiró la máscara. Un largo suspiro brotó de sus labios mientras movía la cabeza de un lado a otro, pesaroso, y terminaba de descubrir el cuerpo.
-¿Y bien? –Preguntó el anciano, cuyos nervios crispados estaban a punto de jugarle una mala pasada-. ¿Quién es, Arthur? ¿Es Severus?
-No, Albus. –El anciano no pudo evitar dejar escapar el aire contenido. Pero enseguida frunció el ceño cuando escuchó la respuesta-. Es Narcisa Malfoy... o al menos lo que queda de ella.
El Auror se hizo a un lado para dejar paso al anciano, quien no pudo evitar una exclamación al ver el cuerpo sin vida de la Señora Malfoy. Hagrid no emitió sonido alguno, impresionado por la visión del cuerpo torturado de la que había sido una hermosa y orgullosa mujer.
Después de unos segundos más, durante los cuales los tres magos permanecieron lo bastante turbados para reaccionar, Albus levantó la vista hacia Hagrid.
-Necesito que vayas al Salón y localices a Poppy. –El guardabosque asintió-. Dile que nos espere en la enfermería, y que se prepare para recibir un cuerpo. Y por favor, sé discreto.
-Sí, profesor.
El semigigante desapareció a toda prisa por el sendero hacia el Castillo. Los magos que lo vieron marcharse se miraron el uno al otro, conscientes de lo que la presencia de la Señora Malfoy significaba.
-Él lo sabe todo, Arthur.
El Auror no pudo evitar sentir un escalofrío al pensar en lo que el anciano trataba de decirle.
-Sí pero... ¿Qué tanto es lo que sabe? –El anciano mago movió la cabeza de un lado a otro mientras escuchaba-. ¿Estará Severus en peligro? Y si "esto" fue lo que le hizo a Narcisa Malfoy, ¿Qué pudo ser capaz de hacerles a ellos?
-No, Arthur. –El director sacudió la cabeza con energía, negándose a esa terrible posibilidad-. Me niego a creer que algo le pase a Severus. Él sabe cuidarse, estoy seguro...
-Albus...
-No le ha pasado nada, ¿Entiendes? –El rostro del anciano era una máscara de desesperación. Arthur estuvo tentado a lanzarle un hechizo para tranquilizarlo-. Él está bien. Él está bien...
Arthur ya no dijo nada. Sólo calló dejando que las palabras del director hicieran eco en sus labios una y otra vez, como si el anciano tratara de convencerlo y convencerse a sí mismo de su afirmación. Las repitió durante unos momentos más como un ruego en voz alta para que alguien en el cielo lo escuchara.
Arthur Weasley se agachó de nuevo hacia el cuerpo de Narcisa y volvió a cubrirla con la capa negra y la máscara blanca. Durante la maniobra no pudo ver que Albus Dumbledore miraba perdido hacia la espesura del bosque mientras lágrimas transparentes brotaban con lentitud de sus fatigados ojos.
-Él está bien...
-Albus... –El anciano secó sus lágrimas y volteó hacia donde el Auror se encontraba-. Será mejor que me lleve el cuerpo a la enfermería.
Mientras el director asentía tomó el cuerpo de la mujer entre sus brazos y cuando se sintió cómodo para llevarla se dirigió de nuevo a él.
-Tomaré el atajo que me lleva directo, así evitaré encontrarme con alguien. –Se alejó unos pasos-. ¿Vienes?
-No, Arthur. Adelántate. –El profesor Dumbledore recorrió con la vista el espeso Bosque-. Me quedaré un momento más. Tal vez Severus esté en camino.
El Auror sólo asintió a las últimas palabras del viejo mago. Y mientras se alejaba por el mismo sendero que minutos antes Hagrid tomara, deseó en su interior que el director no estuviera equivocado.
-No debí dejarlo ir...
El anciano permaneció un momento más parado en el mismo sitio. Estaba por reemprender el camino de regreso cuando pudo escuchar un ruido que parecía provenir de una de las barreras de protección. El director se acercó con rapidez hacia el lugar y entonces pudo distinguir la inconfundible silueta del profesor de pociones.
Incapaz de reaccionar, el mago de larga barba se quedó parado observando por unos instantes a su protegido, el cual se encontraba hincado en el suelo y sosteniendo entre sus brazos un cuerpo, mientras observaba el Castillo con una mirada que el anciano jamás le había visto.
-¡Severus! –Fue la primera palabra que brotó de sus labios cuando al fin pudo recuperarse, mientras se acercaba con rapidez hacia él-. ¿Estás bien?
Severus entonces reaccionó y lo primero que hizo fue ponerse de pie con el cuerpo de Lucius aún en sus brazos.
-Estoy bien, Albus... –Aún en la oscuridad del lugar el profesor pudo distinguir el rostro lleno de preocupación de su mentor-. Es Lucius... necesita atención médica urgente.
-Debemos llevarlo rápido a San Mungo...
-No podemos... –Severus se encaminó por el sendero, con el mago detrás de él-. Él piensa que está muerto. Debemos ocultarlo.
-¿Cómo es posible?
-No puedo explicártelo ahora. –El profesor de pociones tomó el mismo camino que Arthur-. ¿Ya encontraron a Narcisa?
-Sí, Severus. Ella está...
-Lo sé, Albus. Lo sé. –Se detuvo de repente a escasos metros de la enfermería-. ¿Draco?
-Está en mi oficina. Todavía no lo sabe. –El anciano lo tomó del brazo-. ¿Quieres que le avise?
-Aún no. –Severus continuó su camino-. Primero hay que atender a Lucius y puede que Poppy necesite toda mi ayuda. Además... no es conveniente que vea a su madre en esas condiciones.
-Tienes razón.
En ese momento entraron a la enfermería. Madame Poppy se encontraba examinando con su varita el cuerpo de Narcisa, su rostro expresaba una gran contrariedad. Hagrid y Arthur estaban en una esquina, tratando de no estorbar mientras esperaban la llegada del director. Oliver permanecía junto a la enfermera, su rostro pálido pero lo bastante entero mientras hacía algunas anotaciones que la enfermera le dictaba.
-¡Por Merlín! ¿Qué ha ocurrido? -Preguntó al ver llegar a Severus con otro cuerpo en brazos-. ¿Quién es?
Antes de que pudiera formular otra pregunta, el cuerpo de Lucius fue depositado en una cama y Severus le quitó la capa, dejándole ver su rostro.
-Pero... –Poppy volteó a ver al profesor-. ¿Está...?
-No, Poppy. –El ex mortífago se quitó el costoso saco y se arremangó la camisa mientras continuaba-. Pero lo estará muy pronto si no nos damos prisa.
Ante éstas palabras, Madame Pomfrey volvió a cubrir el cuerpo de Narcisa y se apresuró a examinar a Lucius. Frunció el ceño, preocupada, mientras veía cada una de las heridas en su cuerpo.
-Oliver... necesito que me traigas todas las pociones que tenemos en existencia. –El muchacho asintió y se dirigió a la gaveta-. Éste hombre está muy mal. Hay muchas cosas que tendremos que curar.
-Lo sé, Poppy. –El profesor la miró con aprehensión-. ¿Podrás hacerlo sola, o necesitas mi ayuda?
-Las curaciones, sí. Oliver está capacitado para ayudarme. –Respondió la enfermera mientras pasaba la varita sobre el herido-. Pero tal vez requiera algunas pociones que no tengo. Necesitaré que me las proporciones.
-De acuerdo.
Cuando Oliver volvió ya Poppy sabía cuales eran las heridas de más gravedad. Severus se acercó con lentitud a Albus y a Arthur, para dejar espacio a que la enfermera y su auxiliar hicieran su trabajo. Hagrid ya se había retirado para seguir con su ronda nocturna, quedándole dicho de antemano que no debía comentar nada al respecto, hasta que se tuviera control de la situación.
-¿Estás bien, Severus? -El profesor miró al director de forma interrogante-. Tienes sangre en tu ropa. –Le dijo mientras señalaba su camisa blanca, con algunas manchas de sangre que habían logrado traspasar el saco.
-No es mía. –Mientras negaba con la cabeza-. Es de Lucius.
-¿Qué fue lo que ocurrió? –Preguntó Arthur al tiempo que el director conducía al profesor hacia una de las camas mientras seguían observando a Poppy.
-Los descubrió. –Severus se sentó en la orilla de la cama mientras se tallaba con fuerza el brazo izquierdo. Albus se sentó junto a él-. No sé con exactitud qué fue lo que averiguó, pero según parece no me delataron. La prueba de ello es que pude salir entero de ahí.
-Es verdad... –El anciano depositó una mano sobre el hombro de su profesor de pociones-. ¿Cómo se lo dirás a Draco?
-No lo sé, Albus. –Severus suspiró-. Habrá que arreglar primero el cuerpo de Narcisa. Está tan torturado que es casi irreconocible. No quisiera que Draco la recordara así.
-Tienes razón.
-También debemos esperar a que Poppy nos diga qué posibilidades tiene Lucius de recuperarse. No quiero tener que decirle a Draco algo sobre lo que no esté por completo seguro.
-Entonces habrá que esperar. –El anciano se puso de pie-. Llamaré a Minerva para que me ayude con Narcisa. Arthur...
-¿Sí, Albus?
-Puede ser que Minerva necesite ayuda. Y como verás, Poppy...
-No te preocupes. –El Auror lo interrumpió-. Estoy seguro que Molly no tendrá inconveniente en ayudarla.
Arthur se dirigió a la chimenea para llamar a las dos mujeres. Severus se puso de pie y el director lo siguió.
-¿Harry también está en tu oficina?
-No, Severus. Verás... –El profesor Dumbledore dudó-. Cuando supo que te habías marchado salió corriendo de la oficina. Supongo que fue a buscarte a tus habitaciones.
-Iré para allá. ¿Puedo pedirte un favor? –Preguntó al viejo mago mientras recogía su saco y su capa-. Si Poppy necesitara alguna poción de mi gaveta, ¿Me avisarías por la chimenea de mi recámara? También quisiera saber la condición de Lucius apenas termine con él.
-Por supuesto. –El director lo acompañó mientras esperaban a que las dos mujeres arribaran por el mismo conducto-. Trata de descansar. Mañana terminarás de contarme.
-Lo más probable es que ésta misma noche te enteres de todo. –Miró con fijeza al director-. No puedo dejar pasar más tiempo antes de decirle la verdad a Draco.
-¿Quieres que lo lleve a tus aposentos?
-No, Albus. Preferiría que se quedara contigo. Iré por él en cuanto sepa algo de Lucius. –Caminó hacia la chimenea-. Primero necesito saber en qué condiciones se encuentra Harry. No olvides que su empatía pudo hacer que sintiera algunas de las cosas que yo sentí... o peor aún, que Voldemort sintió.
-No pensé en eso. No debí dejar que se marchara solo.
-Está bien, no te preocupes. –Respondió mientras observaban la llegada de Minerva y Molly-. Lo más probable es que aún me esté esperando.
-Severus, ¿Te encuentras bien? –Fue la pregunta de la profesora apenas hubo arribado. El profesor asintió.
-¿Qué ha ocurrido? –Preguntó Molly dirigiéndose a su esposo-. ¿Para qué nos han llamado?
Severus tomó un puñado de polvos y se dirigió hacia sus habitaciones. Mientras viajaba logró escuchar tras de sí una serie de murmullos y exclamaciones, y supuso que ambas mujeres ya estaban siendo puestas al tanto de la situación. Momentos después el agotado profesor emergía de su propia chimenea.
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En un elegante baño forrado con azulejos de color verde agua, Harry se encontraba de hinojos con la cabeza inclinada sobre el excusado de color negro. Con las pocas fuerzas que le quedaban, el muchacho trataba de sostenerse de la orilla de la taza para no caer al piso. Llevaba más de media hora devolviendo la cena que había ingerido horas antes.
Se sentía atontado y todo giraba a su alrededor. De vez en cuando llegaban a su memoria las imágenes del sueño del que recién despertara. Respiró con fruición tratando de hacer entrar un poco de aire a sus pulmones. Pero el sólo recuerdo de algunos fragmentos del sueño hizo que tuviera otra arcada y se inclinara de nuevo hacia la porcelana. Había vomitado tantas veces que ahora sólo salían de su estómago sus propios jugos gástricos.
Sin poder aguantar más, el joven se soltó tratando de incorporarse, pero lo único que logró fue irse de lado en dirección hacia el frío piso. Estuvo apunto de chocar su cabeza contra los azulejos, pero unos brazos cálidos lograron sostenerlo mientras Severus se hincaba en el piso junto a él.
Aflojó su cuerpo mientras intentaba que el mareo se fuera. Sintió la calidez de otro cuerpo sosteniéndolo y entreabrió sus nublados ojos tratando de distinguir a la persona que estaba con él. No tenía puestas las gafas, pero aún así pudo reconocer el rostro de su pareja, que lo miraba con intensa preocupación.
-Se... verus. –El muchacho intentó levantarse, pero otro ataque de vómito hizo que Severus volviera a sostenerlo mientras acariciaba con suavidad sus rebeldes cabellos, empapados de sudor. Cuando todo pasó permanecieron un momento más en ésa posición.
-¿Te siente mejor? –El muchacho asintió con pesadez.
Severus se levantó y ayudó a su pareja a ponerse de pie. Lo abrazó mientras lo llevaba hacia el lavabo y le mojaba el rostro. El muchacho levantó la vista y se vio a sí mismo en el espejo. Lucía unas profundas ojeras, negras con manchas azuladas. Harry movió la cabeza de un lado a otro, tratando de ahuyentar el molesto mareo. Se sintió mejor cuando Severus puso una mano húmeda sobre su cabello mientras le refrescaba la cabeza.
-Sácame de aquí... por favor. –Le pidió con la voz enronquecida.
El profesor cerró la llave del agua y tomó una toalla para secar el rostro y cabello de su pareja. Lo tomó por la cintura para ayudarlo a mantener el equilibrio. Poco después lo depositaba con suavidad sobre la mullida cama. El joven permaneció acostado de lado con los ojos cerrados, momento que Severus aprovechó para, con un hechizo, cambiarle la ropa que tenía y ponerle uno de sus pijamas.
-Gracias... –Le susurró su pareja mientras permanecía con sus verdes ojos aún cerrados.
-Ahora vuelvo...
-¿Te irás otra vez? –Severus pudo distinguir la alarma en su voz-. No, por favor...
-Tranquilo... –Se acercó de nuevo para besarlo con ligereza-. Sólo iré a darme un baño.
Harry no dijo nada. Severus se dio una ducha rápida y momentos después salía con el cabello húmedo y una toalla en la cintura. Trató de dejar su camisa, manchada de sangre, lejos de la vista del joven mago. Cuando terminó de vestirse con su pijama, haló de las sábanas y tapó a ambos con ellas. Poco después volvía a abrazarlo.
-¿Cómo te sientes? –Le preguntó mientras lo estrechaba con más fuerza.
-Mal... –El muchacho acercó su rostro al de Severus-. Pero no creo que tan mal como te sientes tú.
-Por favor, Harry... –El profesor lo miró con súplica a los verdes ojos-. Dime que no viste nada.
-Lo vi todo, Severus. –El hombre lo abrazó aún con más fuerza-. Lo sentí todo...
-Lo lamento tanto, Harry. –Severus acarició su rostro-. No hubiera querido que supieras los detalles. ¿Sabes? Me hubiera gustado hacer algo por ella. No reclamaré a Draco si me culpa de su muerte.
-Tú no fuiste el responsable. Tú no fuiste quien la mató. –Miró de frente a los negros ojos de quien alguna vez fuera un mortífago-. Fueron ellos. Voldemort y Bellatrix. Ellos y los que... –Trató de controlar las náuseas-. Son los únicos culpables.
-¡Pero yo estaba ahí! –El hombre apretó los puños con fuerza-. Debí hacer algo para impedirlo... estaba ahí y no hice nada en absoluto. Vi cómo la ultrajaban y la mataban y... no intervine... sólo... la estuve viendo...
-No hubieras podido hacer nada. –El joven se enderezó para mirarlo por sobre su rostro-. Te hubieran descubierto y entonces tú también...
Pero ya no pudo decir nada más. La garganta se le cerró mientras sus ojos dejaban escapar lágrimas por lo que sabía era la frustración que Severus estaba sintiendo.
-No llores, Harry... por favor. ¿No ves que me haces sentir peor?
-No estoy llorando por mí... –El joven refugió su rostro en el pecho de su pareja, quien no pudo más que continuar abrazándolo-. Es por lo que tú estás sintiendo.
-Harry, yo no...
-¿Por qué no lloras? –El muchacho levantó su vista nublada por las lágrimas hacia el rostro en apariencia impávido de su pareja-. Sé que deseas hacerlo. Sé que quieres llorar... lo estoy sintiendo.
-No puedo, Harry. –Severus acarició el rostro del muchacho mientras le susurraba-. Hace tanto tiempo que no lo hago, que ahora por más que lo desee ya no puedo...
-¿Por qué?
-No lo sé... –El profesor suspiró, su corazón encogido-. Tal vez porque lloré demasiado en algún momento de mi vida. Tanto, que ya no tengo más lágrimas para seguir haciéndolo.
-Entonces... –La voz del muchacho terminó de quebrarse mientras se acurrucaba más contra él y volvía a refugiar su rostro en su fuerte pecho-. Deja que llore por ti...
Severus guardó silencio mientras escuchaba los sollozos del joven que se apretaba a él en un estremecido abrazo. Cerró los ojos al sentir las lágrimas del muchacho que tanto amaba mojar con lentitud su pecho. Y ésa noche deseó más que nunca, que esas tibias lágrimas que el muchacho derramaba, en realidad fueran suyas.
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-Remus... se ha quedado dormido. ¿Qué hacemos con él?
-Lo más prudente sería despertarlo y enviarlo a sus habitaciones. Pero no podemos hacer nada hasta que sepamos algo más.
-Fabuloso... –El animago se mostró incómodo-. El magnífico Sirius Black, de niñero de un Malfoy...
-Basta, Sirius...
Remus y Sirius aún permanecían en la oficina de Dumbledore. Minerva y Molly tenían más de diez minutos de haberse marchado y tanto el licántropo como el animago se habían quedado a vigilar que Draco no escapara hacia la enfermería. Desde que Arthur llamara a su esposa y a la profesora desde el lugar de trabajo de Madame Pomfrey, Draco había tratado de escapar varias veces por la chimenea, pero en todas las ocasiones que lo intentó, ellos se lo habían impedido.
El muchacho se había cansado de forcejear tanto con los dos magos, que al final había caído dormido en su silla en el rincón.
Remus se acercó con lentitud al muchacho dormido y lo observó con detenimiento. De alguna manera sintió que veía algo de la rebeldía y orgullo de Lucius. Y un parecido físico extraordinario. No pudo evitar suspirar de preocupación cuando recordó que aún no sabía nada de él ni de su esposa.
-¿Tienes idea de porqué Arthur llamó a Minerva y a Molly?
-No lo sé, Sirius. Pero supongo que debe haber noticias de los Malfoy. –En el fondo, Remus deseó estar equivocado-. Debemos esperar. ¿Me ayudas?
-¿Qué quieres hacer?
-No podemos dejarlo dormir ahí, es demasiado incómodo. –Remus levitó al muchacho dormido, el cual no se dio cuenta de nada-. ¿Podrías convertir la silla en algo más cómodo?
El animago sacó su varita y después de meditarlo un poco, convirtió la silla en una cama individual con doseles. Remus colocó al muchacho con cuidado para no despertarlo y cuando se aseguró que estaba cómodo cerró los doseles para dejarlo dormir tranquilo.
Remus tomó asiento junto a la cama del muchacho y Sirius permaneció cerca de la chimenea. El silencio se apoderó de la habitación hasta que Sirius decidió romperlo.
-¿Crees que haya terminado ya la fiesta?
-Es muy probable. –El licántropo miró su reloj-. Faltan unas cuantas horas para que amanezca.
-¿Sabes? –El animago se dirigió a la puerta-. Albus no dejó a nadie a cargo. Será mejor que vaya a ver. De paso aprovecharé para hablar con Harry, no le he dicho nada sobre la decisión de Albus de quedarse en el Castillo.
-Pensé que ya se lo habías dicho.
-Tenía pensado hacerlo hoy mismo, pero con todo esto ya ni tiempo tuve-. Dirigió su mirada hacia el licántropo-. ¿Crees que ya se retiró a descansar?
-Pues... supongo que sí. –Remus suspiró mientras seguía observando a Draco dormir-. Albus dio la orden de que todos se fueran a sus Casas apenas salieran de la fiesta.
-Entonces no creo que haya inconveniente si voy a verlo a su Casa.
-Yo te sugeriría que esperaras hasta mañana. –El hombre lobo se mostró insistente-. No creo que sea prudente que te alejes demasiado. Albus podría necesitarnos.
-¿Tú lo crees?
-Por algo nos pidió que nos quedáramos.
-Remus... –Sirius se acercó su mejor amigo para hablarle en voz baja-. ¿Crees que todo este asunto de Los Malfoy haya sido descubierto? Y de ser así, ¿Crees que Snivellius también fue llamado para rendir cuentas?
-Ya te he dicho que no le llames así. –Remus frunció el ceño, en parte molesto por la actitud del animago, y en parte preocupado por la situación-. Espero que no, Sirius... por el bien de algunas personas.
-¿De quiénes?
-De Albus, para empezar. –El licántropo entreabrió el dosel para verificar que el muchacho siguiera dormido-. Ambos sabemos muy bien el cariño que le tiene. Y si algo le ocurriera dudo mucho que el anciano llegara a recuperarse. Severus es como un hijo para él. Por otro lado, sería lo único que le quedaría a Draco si sus padres... ya sabes.
-Entiendo. –Sirius suspiró-. No es por lástima, pero... Snape no tiene a muchas personas que se preocupen por él. Apenas a ellos dos, y para serte sincero, dudo que alguien más le guarde alguna estima.
-Yo lo estimo, Sirius. –Replicó el licántropo.
-Ya sabes a qué me refiero. –El animago se alisó la capa gris mientras continuaba-. Además, tú estimas a todo el mundo. Así que no cuentas.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Me refiero a que es fácil que te encariñes con cualquier persona que conozcas. Tu carácter es dulce por naturaleza.
-¿Eso fue un halago o un insulto?
-Un halago, Remus. No te esponjes. –Sirius levantó su mano derecha en señal de paz.
-Pues aunque no lo creas, Severus es muy querido por todos los alumnos de su Casa. –Le respondió el licántropo mientras veía con fijeza a los azules ojos de su amigo.
-Sólo porque es el Jefe y les obsequia puntos a cada rato.
-No es verdad. –Remus movió la cabeza de un lado a otro, en desacuerdo-. Él ha sabido ganarse el respeto de todos ellos, así como de las otras Casas y de todos los profesores. Y sé muy bien que ha sacrificado mucho para lograr todo eso.
-No sé por qué lo defiendes tanto. –Sirius comenzaba a enfadarse-. Nosotros también hemos perdido mucho. ¿Acaso ya lo olvidaste?
-Por supuesto que no, Sirius. –Remus suspiró mientras bajaba el tono de su voz-. Lo único que quiero es que entiendas que Severus no ha sido siempre el malo de la historia. Él también es un ser humano y me parece justo que tenga a alguien que lo quiera. ¿Qué tiene eso de malo?
-No veo nada de malo en que alguien lo quiera. –Sirius dio media vuelta para volver a la puerta-. Para serte honesto ni siquiera me interesa. Lo que estoy tratando de decir, es que dudo mucho que alguien más que Albus y ese muchachito puedan llegar a quererlo. Y no me refiero a que lo estimen. Muchos pueden estimarlo. Yo me refiero a amarlo de verdad.
-¿Por qué no?
-Porque se necesitaría estar lo bastante ciego para llegar a sentir por él algo como eso. –El animago abrió la puerta y antes de salir volteó a ver a su amigo-. Si me necesitan estaré en el Gran Salón.
-No... azotes la puerta. ¡Maldición!
Remus se levantó de su silla dispuesto a salir detrás del animago y decirle unas cuantas verdades en su cara. Pero recordó que no debía dejar a Draco solo, así que tragándose su coraje comenzó a pasearse de un lado a otro de la habitación.
-Así que no crees que haya alguien que lo ame... –Remus no pudo reprimir una sonrisa irónica-. Pues prepárate viejo amigo, porque sí hay alguien lo bastante ciego para amarlo. Y no te imaginas quién es.
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-Severus... ¿Estás ahí? –La cabeza del director se asomó entre las llamas de la chimenea. El profesor se levantó con cuidado para no despertar a Harry mientras se colocaba una bata.
-Sí, Albus. ¿Qué ocurre?
-Poppy necesita que le mandes más pomada cicatrizante. La suya ya se terminó.
-Espera un minuto...
Severus salió para regresar momentos después con un frasco de la pomada. Se colocó su capa encima y tomó un puñado de polvos. Antes de entrar a la chimenea volteó a ver a Harry. El muchacho seguía dormido después de que Severus le diera una poción para que pudiera dormir sin soñar. Instantes más tarde salía por la chimenea de la enfermería. Le entregó el frasco a Oliver, quien ya lo esperaba. El muchacho le dio las gracias y regresó con la enfermera.
-¿Cómo está?
-Ya casi terminan. –El profesor Dumbledore tomó del brazo a Severus y lo invitó a sentarse junto a él-. Poppy dice que está grave, pero estable. Aunque ya trató las heridas de mayor importancia, aún le falta curar algunas otras.
El profesor de pociones dirigió su vista hacia donde estaba el cuerpo de Narcisa, cubierto con una sábana blanca. Cerró los ojos cuando recordó las condiciones en que se encontraba.
-¿Minerva y Molly? ¿Terminaron?
-Así es. Estaban muy impresionadas, y no es para menos. Pero entre las dos pudieron arreglarla bien. Arthur y Molly se fueron a descansar, ya no tenía caso que siguieran aquí. Minerva fue a verificar que todo estuviera en orden en el Gran Salón, y después se retiró. –Albus se puso de pie y se acercó al cuerpo. Severus hizo lo mismo-. ¿Qué opinas? La arreglaron de forma que su cuerpo permanezca en buen estado hasta que pueda ser sepultada.
El director levantó un poco la sábana blanca para dejar ver el rostro de la señora Malfoy. A Severus no le cupo duda de que ambas mujeres se habían esmerado en arreglarla. Las heridas de su cuerpo eran casi invisibles y estaba limpio y perfumado. Su cabello estaba cepillado con cuidado y caía a cada lado de su rostro, el cual había sido maquillado también con mucho esmero. De no saber que estaba muerta, el profesor habría pensado que sólo estaba dormida. Se veía muy hermosa.
-Hicieron un buen trabajo. –Suspiró-. No me hubiera gustado que Draco la viera como estaba antes. Recuérdame que les dé las gracias por este detalle.
-No es necesario, amigo mío. –El mago de larga barba volvió a cubrir el rostro de Narcisa-. Ya les di las gracias por ti. Sólo falta el asunto de la ropa. Las muchachas querían ponerle un vestido blanco, pero... preferí consultarlo primero contigo.
-Por mí no hay inconveniente. Pero pienso que debemos dejarle a Lucius esa decisión. Después de todo él es su esposo.
-Tienes razón.
-Severus... -El profesor volteó al escuchar su nombre de labios de la enfermera. Pudo observar un dejo de preocupación a través de sus ojos cansados.
-¿Sucede algo? –Profesor y director se acercaron de inmediato a ellos. Oliver estaba juntando todos los frascos vacíos mientras Poppy terminaba de levitar el cuerpo en una de las camas privadas. Ambos se veían muy agotados.
-Hemos terminado. –Poppy tapó a Lucius con una sábana y se aseguró que quedara lo bastante cómodo. Después se quitó la bata y se acercó al lavamanos mientras continuaba-. Debemos dejarlo descansar. Con toda certeza no despertará hasta dentro de varias horas. Escuchen...
Terminó de lavarse las manos y se acercó a ambos hombres.
-Las lesiones más graves se localizan en su espalda. –Ellos la miraron con atención-. No se trata de los latigazos y demás heridas superficiales. Ya le apliqué ungüentos para ayudarlo a cicatrizar más rápido. Se trata de los cruciatus. Alguno de ellos debió prolongarse el tiempo suficiente para atrofiarle algunos huesos de la columna.
Severus y Albus fruncieron el ceño al escuchar las últimas palabras de la enfermera.
-¿Se recuperará?
-Con terapia hay probabilidades, Severus. Pero... –Y en éste punto los miró con fijeza a los ojos-. Voy a serles franca. Tendrá que ser muy perseverante, sólo así podrá volver a caminar. Y mientras más pronto comience será mejor.
-Entiendo. –Severus se pasó ambas manos por su negro cabello-. Será mejor que hable de una vez con Draco.
Antes de que alguno de los dos se retirara, el director volteó a ver a Poppy.
-¿Necesitas que te envíe a alguien para que te ayude a hacer guardia?
-Gracias, pero no será necesario. –La enfermera tocó su hombro de manera afectuosa-. Oliver y yo nos turnaremos hasta que despierte.
-Gracias por todo, Poppy. –El director carraspeó, incómodo-. Como ya te imaginarás, nadie debe saber nada.
-No te preocupes. Mantendré ésta habitación como privada y nadie sabrá que está aquí.
-De acuerdo. –Albus se dispuso a seguir a Severus, quien ya se había retirado por la chimenea-. Te veré mas tarde.
Cuando el director se retiró, la enfermera se quedó un momento más parada frente a la chimenea.
-¿Qué habrá sucedido para que nadie deba saber que está aquí?
-Madame... –Oliver interrumpió sus pensamientos mientras le ofrecía un vaso con agua-. Si lo desea puedo quedarme hasta que el señor Malfoy despierte.
-No te molestes, Oliver. –La mujer bebió un sorbo y continuó-. Ya has tenido bastante trabajo por un día.
-No es molestia. Me tomé la poción revitalizadora y me siento como nuevo. Además, con todo lo ocurrido dudo mucho que pueda conciliar el sueño. Y para serle honesto, no me gusta la idea de tomar pociones para dormir.
La enfermera observó a su auxiliar durante un instante. A pesar de ser tan joven pudo distinguir un trazo de madurez que en muy pocos jóvenes de su edad había llegado a conocer. Recordó la seriedad y diligencia con que la asistió durante las últimas horas y entonces pensó que el muchacho no se había equivocado al elegir la carrera de medimago.
-Está bien. –Cedió al fin-. Pero sólo te quedarás hasta la hora del desayuno. Para entonces ya habré descansado lo suficiente para continuar con la guardia. Te veré más tarde.
-De acuerdo, Madame.
Poppy echó un último vistazo al hombre dormido. Después de verificar que se encontrara estable salió de la enfermería hacia sus habitaciones. Oliver se quedó un momento más, observándolo.
Suspiró y se dirigió hacia la gaveta. Después de analizarla llegó a la conclusión de que haría falta reponer varias pociones. Tomó pergamino y pluma y se dispuso a escribir, siempre pendiente de cualquier sonido que proviniera de la habitación contigua.
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-¿Vas a seguir molesto conmigo?
-No estoy molesto contigo.
Sirius se paseaba de un lado a otro frente a la silla donde estaba sentado Remus. El licántropo tenía sus brazos cruzados y el ceño fruncido en clara molestia. El animago acababa de regresar del Gran Salón. Cuando llegó vio que la fiesta ya había terminado, así que sabiendo que ya no había nada por hacer decidió volver a la oficina del director. Cuando regresó halló a Remus en la misma posición en la que ahora se encontraba.
-¿Entonces por qué estás así?
-¿Así, cómo?
El animago suspiró, derrotado. Conocía bastante bien a Remus y sabía que cuando se ponía en ese plan, podía amanecerles sin que pudiera lograr sacarle más que unas cuantas respuestas evasivas.
-Remus...
-Espera... –El licántropo lo interrumpió-. Alguien va a entrar por la chimenea...
Acababa de terminar de decirlo, cuando la figura del profesor de pociones atravesó el umbral. Remus se levantó de inmediato y se acercó a él.
-Severus... ¿Te encuentras bien? –Los ojos dorados del licántropo lo miraron con detenimiento.
El profesor asintió mientras se sacudía la ropa. Se hizo a un lado para esperar al director. Sirius se acercó a ambos hombres en el momento que Albus llegaba.
-¿Dónde está Draco? –Preguntó Dumbledore al ver que no había señales del muchacho.
-Se quedó dormido y preferimos dejarlo ahí. -Remus le señaló el rincón y entonces vieron la cama.
-¿Que ha ocurrido? –Sirius caminó junto al director mientras se acercaban a donde el Slytherin dormía.
-Algo terrible, mi muchacho... –Albus se paró junto a la cama y dejó que Severus se acercara para despertarlo. Remus no pudo evitar un estremecimiento-. Ya te enterarás.
Severus abrió los doseles. Un largo suspiro escapó de sus labios mientras se sentaba en la orilla y se inclinaba para hablarle al oído, al tiempo que sacudía uno de sus hombros con suavidad.
-Draco... despierta.
Draco se movió con lentitud entre sueños y entreabrió con suavidad sus grises ojos. Terminó de despertar cuando su mirada se topó de lleno con los negros ojos de su padrino.
-¡Severus! –El Slytherin se incorporó de inmediato y volteó hacia todos lados al verse en una cama. Por un momento se sintió desorientado, pero comprendió lo que pasaba cuando detrás del profesor alcanzó a ver a los demás.
-Será mejor que te levantes, tenemos que hablar... –Severus se puso de pie y se dirigió hacia el centro de la habitación. Draco salió de la cama y se acomodó la ropa mientras se acercaba a su padrino. Los demás se quedaron en el mismo sitio.
-Ha ocurrido algo que debes saber. –Severus miró con fijeza a los ojos del muchacho mientras continuaba-. La razón por la que tus padres no se presentaron ésta noche, fue porque... Voldemort se los llevó. Él... los descubrió y los acusó de traición.
Un largo silencio se hizo en el recinto. Silencio que fue roto por la pregunta obligada del muchacho.
-¿Ellos están...?
-Tu padre está en la enfermería. –Severus se acercó con lentitud a su ahijado-. Está... convaleciente. Necesitará terapia de rehabilitación.
-¿Terapia de...? –El muchacho pareció no comprender-. ¿Qué quieres decir? ¿Para qué necesitará terapia?
-Verás... él fue torturado. Tanto que... no podrá volver a caminar. A menos que se someta a un tratamiento lo más pronto posible.
El muchacho no dijo una sola palabra. Parecía que de repente ya no tuviera nada que decir. Agachó la cabeza mientras algunos mechones rubios se desparramaban por su sien. Severus pensó que se alteraría. Verlo en esas condiciones le preocupó mucho más.
-Mi madre... –El Slytherin levantó de nuevo su mirada gris hacia su padrino-. ¿Dónde está mi madre?
Severus no tuvo más voz para hablar. Albus se fue acercando a ellos.
-¿¡Dónde está? ¿¡Por qué no me respondes? –El muchacho se aferró a la capa del profesor, quien sólo pudo sostener sus manos con fuerza.
-Lo siento mucho, Draco... –Severus al fin pudo hablar. El joven lo miró con los ojos muy abiertos mientras lo escuchaba-. No pude hacer nada por ella.
-No es cierto... -Draco movió la cabeza de un lado a otro, negándose a la terrible realidad de que acababa de perder a su madre-. ¡No es cierto! ¡Dime que no es cierto!
Severus quiso acercar al muchacho para abrazarlo. Los dos habían olvidado por completo a las demás personas que estaban en el mismo lugar. Sirius con la vista fija en un objeto lejano y Remus lo bastante impactado para lograr reaccionar.
Pero cuando quiso rodearlo con sus brazos Draco se alejó de él como si su cuerpo le quemara.
-Estuviste ahí, ¿Verdad? –El profesor guardó silencio, dándole a entender que sí-. ¿Lo viste todo? ¿Estuviste presente y no hiciste nada? ¿¡Pero cómo pudiste...?
El dolor que el muchacho estaba sintiendo se trucó de un instante a otro en profunda ira. Sus pálidas manos se cerraron en un puño. Comenzó a golpear a Severus mientras gritaba con la voz quebrada por las lágrimas que, a pesar de todo, se negaban a salir.
-¡Estuviste ahí! ¡La dejaste morir! –Severus no hizo nada para defenderse. Ya se sentía lo bastante culpable y pensaba que se merecía esos golpes-. ¡Tú me prometiste que todo saldría bien! ¡Tú me lo prometiste!
Remus se acercó para separar al muchacho de Severus, pero éste estaba tan alterado que por más que lo intentó no pudo controlarlo. Sirius estaba a punto de intervenir cuando Albus, quien hasta el momento se había mantenido al margen de la situación, ya no pudo aguantar más. Levantó su varita y le lanzó a Draco un hechizo.
El muchacho cerró los ojos y su cuerpo se aflojó. Remus lo sostuvo para que no cayera al piso.
-Lo siento, Severus. Pero era necesario. –Se disculpó el director mientras se acercaba a él-. Sólo duerme. ¿Estás bien?
-No te preocupes. –El profesor tomó de entre los brazos de Remus el cuerpo dormido de su ahijado, sin importarle que algunas gotas de sangre escurrieran de su nariz y de su boca por los golpes que Draco le diera-. Me lo merezco.
-No digas eso. –Albus posó una confortadora mano sobre su hombro-. El chico está alterado y no sabe lo que dice. Ya verás que cuando reaccione se dará cuenta de su error y te pedirá perdón.
-No espero su perdón, Albus. No, cuando ni yo mismo puedo perdonarme. –Respiró hondo mientras seguía sosteniendo el cuerpo del muchacho y se dirigía hacia la chimenea-. Lo único que espero es que sea lo bastante fuerte para sobrellevar todo esto. Será mejor que lo lleve a descansar. Ya amaneció y necesitará reponer energías para poder ver a sus padres.
-¿Quieres que te ayude a llevarlo? –Remus se adelantó y se paró junto a él. Severus alcanzó a ver una profunda tristeza en sus dorados ojos, pero pensó que era su imaginación, aunada al cansancio.
-No es necesario. Puedo con él. –Se giró hacia el director-. Albus, quiero pedirte un gran favor. –El director asintió-. Necesito que localices a Cornelius Fudge cuanto antes. Tengo el presentimiento de que todo esto tiene que ver con el asunto de la tutela.
-No hay problema, Severus. Ahora mismo le enviaré a Fawkes.
Cuando Severus desapareció por la chimenea, Albus se dirigió hacia Remus y el animago.
-Lamento que hayan tenido que presenciar todo. –Ambos movieron las manos, dándole a entender que no se fijara-. Les agradeceré mucho que nadie se entere de esto. Severus ha engañado a Voldemort al hacerle creer que Lucius está muerto, y deberá seguir creyéndolo.
-No hay problema, Albus. –Remus se dirigió a la puerta y Sirius caminó detrás de él-. Si me necesitas estaré en mis aposentos.
Después de que los dos hombres salieron de la oficina, el director se sentó en su escritorio. Mojó en tinta negra la pluma de Fawkes y comenzó a escribir en un pergamino. Había algo con relación a la tutela que no acababa de convencerlo. Y era el hecho de que, según el contrato, sólo podían ser revelados los nombres del tutor y los testigos en caso de que ambos padres así lo decidieran, o en su caso, murieran. Era obvio que Voldemort debió saberlo. De ahí su intención de deshacerse de ambos.
Lo que le preocupaba al viejo mago era que, si para el lunes muy temprano no se revelaban los nombres, Voldemort se daría cuenta que Lucius aún seguía vivo. Entonces llegaría a la conclusión de que Severus lo había engañado en sus propias narices.
Y si el anciano mago ya había visto en los cuerpos de Lucius y Narcisa, la forma en cómo un traidor pagaba a Voldemort, no quería ni imaginarse lo que sería capaz de hacerle a su protegido por haberse burlado de él.
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-Sí que le cayó mal la noticia...
-¿Qué otra cosa esperabas? Su madre murió y su padre no podrá caminar.
Remus y su amigo estaban sentados en el sofá de la pequeña sala del licántropo, tomándose una copa. Ninguno de los dos tenía sueño y habían preferido esperar juntos hasta la hora del desayuno. Sirius le había dicho que se retiraba, pero Remus insistió en que se quedara. Había cierta necesidad por parte del hombre lobo de tener cerca a su mejor amigo, pues sentía que en su presencia podía controlar la enorme tristeza que de repente lo embargaba.
-¿Vas a decirme por qué sigues molesto conmigo?
Remus suspiró mientras movía su cabeza de un lado a otro. Ya comenzaba a fastidiarlo.
-¿Cuántas veces tendré que decirte que no estoy molesto contigo? –El licántropo se puso de pie y comenzó a pasearse de un lado a otro.
-Si no es conmigo, entonces es por otra razón. –El animago no dejó de insistir, lo que provocó un bufido por parte de su mejor amigo-. ¿Me dirás que te pasa?
Remus bajó el rostro. A pesar de tantos años de separación, el animago aún podía reconocer sus estados de ánimo. Eso lo hizo sentirse vulnerable, lo que provocó que se sintiera más molesto aún.
-Estoy... cansado. Eso es todo. –Remus se sirvió otra copa mientras trataba de ordenar sus ideas. Sentía mucho tener que mentirle al animago, porque en realidad sí estaba molesto. Y por muchas razones.
La primera razón era que aún no había reunido el valor para confesarle a su mejor amigo lo que sentía. Volteó a verlo. El animago estaba concentrado en juguetear con la copa mientras dejaba que el licor formara olas. Suspiró. Aunque ambos ya eran unos hombres maduros, su amigo no dejaba de mostrar esa parte juguetona que acabara enamorándolo. En el fondo Sirius Black aún seguía siendo el joven inmaduro que años antes conociera. Razón de más para seguir amándolo. Razón de más para seguir callando lo que sentía.
La segunda razón era que aquélla joven de Hufflepuff no había quitado el dedo del renglón con respecto a su invitación a cenar. Mientras bailaba aquélla pieza con ella, obligado por el mismo Sirius, había insistido en que saliera con él. Remus tuvo que ser sincero al decirle que no estaba interesado en profundizar relación alguna, ni con ella ni con ninguna otra joven. La mirada de profunda decepción que la muchacha le dirigió lo había hecho sentirse mal.
La tercera razón de su molestia, había sido la dolorosa punzada de celos que lo había embargado al distinguir a lo lejos a Sirius, bailando con una chica y sonriéndole, al parecer muy a gusto mientras le coqueteaba con total descaro. Eso había hecho que Remus se disculpara con la joven al sentir una repentina necesidad de dirigirse hacia ellos y tomarlo del brazo para llevárselo lejos, y demostrarle que no necesitaba de ninguna mujer para pasarla bien.
Pero mientras caminaba hacia su mejor amigo, los celos dieron lugar a la razón. Dándose media vuelta se dirigió hacia la salida del Gran Salón. Necesitaba un largo paseo para calmar todas sus emociones antes de que lo hicieran cometer una locura.
Locura, como la que ésos dos estaban cometiendo cuando al doblar por uno de los pasillos los descubrió escondidos detrás de una columna.
Al principio no sabía quiénes eran. Había escuchado susurros y sonidos extraños conforme se iba aproximando. Cuando estuvo lo bastante cerca se dio cuenta que era una pareja de varones la que se encontraba ahí. Pensando que podrían ser alumnos faltando al reglamento estaba dispuesto a acercarse a ellos y llamarles la atención.
Pero se abstuvo cuando pensó que no sería nada agradable ni para él, ni para ellos, ser interrumpidos de forma tan brusca. Por lo que apuró sus pasos y se ocultó entre unos pilares a esperar a que terminaran de hacer lo que fuera que estuvieran haciendo. Esperaría a que salieran y entonces procedería a sancionarlos.
Pero cuál fue su sorpresa cuando vio salir detrás del muro al profesor de pociones. Incapaz de reaccionar, se mantuvo oculto mientras trataba de imaginar quién podría ser la otra persona que estaba con él. No tuvo que esperar mucho tiempo.
El licántropo vio cuando el profesor le hacía señas a alguien y de inmediato se dejó ver la figura de un joven a quien reconoció de inmediato. Si no hubiera estado sostenido del pilar habría caído al suelo por la impresión.
Incapaz de asimilar lo que momentos antes se había imaginado, el hombre lobo trató de buscar una excusa razonable para que ésos dos estuvieran juntos de ésa manera. Pero cualquier duda que tuviera se desvaneció cuando Severus sacó de entre sus ropas las gafas del muchacho y se las colocó en un gesto que jamás le había conocido, mientras que Harry terminaba de acomodarse la ropa y trataba de arreglar sus despeinados cabellos, para después besarse con pasión.
Instantes más tarde los veía partir, al parecer de regreso hacia el Salón. Se quedó parado en el mismo lugar unos minutos más, tratando de asimilar lo que acababa de ver. Cuando al fin pudo reponerse de la sorpresa, tomó el mismo camino que ellos.
Ésa era la cuarta razón de su molestia. Él había visto el cambio gradual en la forma en como ésos dos se trataban. Y había llegado a pensar que su relación había mejorado, cosa que agradecía ya que nunca le gustó la hostilidad que había entre ellos. Y estaba dispuesto a apoyar cualquier relación de amistad que pudiera generarse.
Pero de ahí a imaginarse que hubiera entre ellos una relación más profunda, era algo que no terminaba de digerir. Ellos habían logrado engañarlos a todos quién sabe desde hace cuánto, y el sólo pensar que él había sido uno de los tantos engañados lo irritaba.
Pero más que cualquier cosa, estaba preocupado. No por el hecho de que Severus y Harry fueran varones, cosa que no le importaba estando él mismo enamorado de otro hombre. O profesor y alumno, situación que tampoco venía al caso, pues ya no lo eran. Si siquiera la minoría de edad de Harry, ya que en unos cuantos días dejaría de serlo.
Ni siquiera le preocupaba si su relación estaba basada en el amor o sólo era una aventura pasajera. Ese era asunto de ellos, y sólo a ellos debía importarles.
Lo que le preocupaba, era la reacción de Sirius si llegaba a enterarse de todo. No sabía si Harry estaba lo bastante consciente de lo que hacía como para calcular la reacción de su padrino. Tan sólo la pequeña conversación-discusión que sostuviera con el animago horas antes en el despacho del director, le hacía ver que el concepto que su amigo tenía sobre aquélla persona que se enamorara de Severus, era en realidad bastante decepcionante. Tenía que hablar lo más pronto posible con Harry.
Remus apuró su copa de un solo trago y volteó a ver a su mejor amigo. Sirius se había quedado dormido en el sillón. El licántropo se acercó con sigilo y retiró la copa vacía de su mano. Tratando de no despertarlo subió sus piernas al sillón y le quitó los zapatos para que estuviera más cómodo.
Se dirigió hacia la chimenea para avivar el fuego, pero al verla se quedó parado un momento mientras dudaba. El director acababa de concederle el permiso para habilitarla en la Red, por lo que pensó en la facilidad con que podía presentarse en la enfermería en ése instante.
Quería ver a Lucius. Quería saber en qué condiciones se encontraba. Quería decirle que sentía mucho lo ocurrido. Quería hablar con él de tantas cosas.
Quería preguntarle si había sido feliz durante todos los años que estuvo casado con Narcisa. Quería saber si había logrado cumplir sus sueños. Quería decirle que siempre encontraría en él a un amigo y que podía contar con su apoyo para su recuperación.
Quería decirle que si necesitaba llorar, que lo hiciera en su hombro. Como aquélla última noche, años atrás cuando aún eran jóvenes y él le dijo adiós para no volver a verlo más.
Pero en vez de eso, dio la media vuelta y se quedó observando la figura del hombre que amaba desde hacía muchos años. Se agachó frente a él y se inclinó hacia su rostro. Su aliento chocó contra su cara mientras cerraba sus dorados ojos. Juntó con lentitud sus labios con los del animago en una caricia temblorosa. Fue un beso tan sutil que él mismo apenas pudo sentirlo.
Se levantó y suspiró. Pasó una mano entre sus largos y negros cabellos mientras sentía que su cuerpo temblaba. Y después de avivar el fuego de la chimenea se dirigió a su habitación para darse un largo baño.
Continuará...
Próximo capítulo: Déjame llorar por ti. Segunda Parte.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
K. Kinomoto.
