Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Respuesta a los reviews.
Ailuj: Hola Julia, un placer volver a leer un comentario tuyo. Muchas gracias. Pasando a la historia, en ésta ocasión Lucius no dejará que Remus se le escape otra vez sin por lo menos confesarle lo que siempre sintió por él. Aunque te adelanto que para eso falta un buen rato. Sirius seguirá en su misma posición difícil durante mucho tiempo más. Me alegra que te guste cómo va la relación de Sev y Harry y en cuanto a Draco se le arreglarán las cosas, no lo dudes, aunque aún le falta uno que otro golpecito. Muchas gracias por tu review y te mando muchos besitos y un abrazo muy fuerte a ti también.
Nan: Hola, Nan. Me alegra mucho saber que la escena te gustó, de verdad. ¿Así que te gustan Lucius y Remus juntos? Pues te aviso que no eres la única, cada vez son más las que apoyan una posibilidad con ésta pareja. En cuanto a Draco, ya tengo elegida a la persona con la que se va a quedar, y espero que el resultado te guste. Muchas gracias por tu comentario y muchos saludos y besos.
Sedex: Hola Sedex, qué bueno que te gustó el capítulo y también la escena lemon. Me alegra mucho saber eso. No pasará mucho antes de que sepas cómo reaccionará Sirius y no, no habrá muertos, jajaja. En éste capítulo verás algo de Blaise y Oliver (Mucho de Oliver) y si yo también fuera Blaise, me quedaría con todos menos con Colagusano, jaja. Muchos besitos a ti también.
A todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.
XV
Regalos inesperados.
Primera parte.
Lucius Malfoy se hallaba acostado boca abajo sobre su cama. Sus manos sujetaban con fuerza las sábanas mientras apretaba los dientes y cerraba los ojos para evitar que las lágrimas escaparan de ellos.
Ésa misma mañana había recibido su primera terapia, y sentía que la espalda se le partía en dos. Era tan grande el dolor que tenía, que después del almuerzo con su hijo se había excusado con él y se había retirado a su habitación para ya no salir de ella.
Draco, imaginando que su padre quería descansar, lo había ayudado a cambiarse de ropa y después de dejarlo lo más cómodo posible se había retirado a su habitación. Poco después el hombre había escuchado la puerta abrirse y supuso que el muchacho se había marchado.
Suspiró con fuerza mientras giraba su cabeza. Alcanzó a ver a través del ventanal que comenzaba a oscurecer. Cerró los ojos y hundió la cara en la almohada mientras la mordía, intentado evitar que un gemido brotara de sus labios.
"Necesito un analgésico..." Pensó mientras extendía un brazo hacia su mesita de noche. Era capaz de beber cualquier cosa que hubiera ahí, con tal de no seguir sintiendo ese terrible dolor que lo atormentaba. En medio de la maniobra no escuchó cuando su hijo regresaba ni cuando, momentos después, entraba tratando de no hacer ruido.
-¿Padre? –La voz de Draco se dejó escuchar en el silencio de su habitación, sobresaltándolo-. Pensé que dormías.
Lucius dejó lo que hacía y volteó a ver a su hijo. Con mucho esfuerzo logró quedar boca arriba y le sonrió con ligereza.
-No te oí llegar. –Una punzada de dolor atravesó su columna y no pudo evitar torcer el gesto. Dirigió su mirada azul hacia la ventana, incapaz de enfrentar la inquisitiva mirada de su hijo-. ¿Ya cenaste?
-Aún no. –El muchacho se acercó a la cama de su padre y se sentó en la orilla-. Pensé que sería bueno que cenáramos juntos.
-No tengo hambre... –Suspiró mientras trataba de reprimir un quejido-. Pero te puedo hacer compañía mientras cenas.
Draco, quien no había dejado de observarlo desde que entrara a la habitación, pudo ver cada uno de los gestos que su padre tanto trataba de disimular, en vano.
-Ahora vuelvo... –El joven salió un momento para después regresar con una vasija y un paño en sus manos.
-¿Qué es eso? –Preguntó el hombre, su mirada interrogante puesta sobre su retoño de rubios cabellos.
Draco no respondió. Se acercó al lecho y tomó a su padre por los hombros para hacerlo ponerse boca abajo. Lucius no le dijo nada, se concretó a dejarse conducir con docilidad. Estaba tan cansado que no tenía ánimo para discusiones.
Con un hechizo, Draco dejó su espalda al descubierto y antes de que el hombre pudiera decir algo, sintió un objeto caliente y húmedo sobre su espalda. Draco había mojado el paño en el agua que contenía la vasija y ahora se la aplicaba en forma de paliativo.
Lucius cerró los ojos mientras sentía la compresa caliente deslizarse por toda su espalda. Draco trataba de ser cuidadoso y comprobaba la temperatura del paño antes de colocárselo.
-Si está muy caliente dímelo. Lo que menos quiero es quemarte.
-No, está bien... –El hombre suspiró mientras sentía cómo el dolor disminuía poco a poco-. Ya no siento tanto dolor.
Draco sólo sonrió mientras continuaba aplicándole las compresas. Pasó casi una hora antes de darse cuenta que su padre se había quedado dormido. Dejó el paño a un lado y con un hechizo le colocó el pijama. Lo tapó con cuidado para no despertarlo y se quedó sentado en la cama un largo momento contemplando su rostro, ahora más relajado.
El joven no pudo evitar pensar que su padre estaba así por su causa. Le dolía verlo en ésa situación, tanto como le dolía la pérdida de su madre.
"Y pensar que lo hiciste por protegerme..." Pensó mientras posaba con timidez una mano sobre su larga cabellera, tan parecida a la suya en color y textura. "Sé que no fuiste una buena persona, y que estuviste ausente en los momentos más importantes de mi vida. Pero esto que tú has hecho por mí recompensa todos los años que me hiciste falta..."
Acercó su rostro a la cabeza rubia y depositó un ligero beso en los suaves cabellos de su padre. Se levantó con cuidado para no despertarlo y tomó la vasija y el paño. Sus ojos se quedaron fijos en los objetos que sostenía en sus manos. Jamás se imaginó que terminaría siguiendo el consejo de Oliver Wood.
"Haré todo lo que esté en mis manos para aminorar tu sufrimiento, padre. Te lo prometo." Pensó mientras dirigía una última mirada al rostro ahora sereno de Lucius y cerraba la habitación en silencio.
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Desde el mirador que sobresalía de la habitación donde descansaba, Albus Dumbledore observaba los extensos jardines que rodeaban la hermosa mansión enclavada en lo alto de una colina. Una de las pocas sobrevivientes que aún se erguían, orgullosas, habiendo sido construida durante la época de la Inquisición.
Era el amanecer del viernes, su tercer día en aquél lugar. Al día siguiente muy temprano debía volver a Hogwarts. Sabía que no era muy conveniente ausentarse tanto tiempo con la amenaza de Voldemort tan latente. No había recibido noticias de Minerva, por lo que suponía que las cosas estaban muy tranquilas por allá.
Eso lo había ayudado a concentrarse en el motivo por el cual se encontraba ahí. Su visita a la única persona que poseía la edad y los conocimientos suficientes sobre Magia Antigua. Si bien al principio no estaba seguro si había sido un atino el consultar con su antiguo amigo sobre sus planes de protección hacia la persona de Severus, en ése momento el anciano mago estaba seguro que había tomado la decisión correcta.
Y aunque al anfitrión de aquélla hermosa mansión se había mostrado renuente en un principio a apoyarlo en su decisión, al final había tenido que acceder, al notar el aprecio tan grande que el viejo director del Colegio de Hogwarts sentía hacia quien consideraba como a un hijo.
-¿Estás seguro de esto, Albus? –Le había preguntado con la lentitud propia de un hombre de su edad, aunque el viejo Dumbledore sabía que los años que pesaban sobre la espalda de aquél hombre eran ligeros aún en su fuerza de espíritu-. Porque quiero recordarte que una vez completado el hechizo, no habrá marcha atrás.
-Estoy seguro de esto, querido amigo. –Le había respondido el director mientras miraba con fijeza a los curtidos ojos de su anfitrión-. Jamás he estado tan seguro de nada en mi vida, como lo estoy ahora.
-Bien. En ese caso... comencemos.
Dumbledore dejó sus pensamientos a un lado para admirar el hermoso paisaje que se mostraba ante él. La mañana era fresca por el rocío de la cascada que brotaba desde la mitad de la colina y rebotaba en sus faldas para después regresar en minúsculas gotas y volar con el viento. Albus respiró el agradable sereno que el amanecer le obsequiaba y que lo hacía recuperar un poco de sus fuerzas perdidas.
Llevó una mano hacia un objeto que pendía de una delgada cadena de oro en su cuello. Lo sacó y lo contempló por un instante. Era un pequeño medallón de oro puro muy antiguo, de apenas dos centímetros de diámetro y rodeado por dos hilos también de oro, entrelazados entre sí.
Tenía en el centro un grabado en relieve de un Ave Fénix resurgiendo de sus cenizas. Para cualquiera que lo viera no pasaba de ser un objeto de ornamento digno de permanecer en un museo. Pero para el hombre que en ése momento lo sostenía, era una joya invaluable.
Albus siguió observando el objeto que a la luz del sol desprendía destellos dorados. Pudo ver que el medallón tenía una extraña transparencia justo donde se encontraba el grabado del Fénix, y que le indicaba a Albus que el hechizo aún no estaba completo. Faltaba la parte más importante y cuya esencia sólo podía ser otorgada por su dueño original.
"Sólo debo esperar hasta ésta noche y entonces el hechizo será concluido..." Pensó el anciano mago mientras volvía a ocultar el medallón bajo su túnica. "Entonces podré regalárselo a Severus..."
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de un elfo, saludándolo con educación y avisándole que sus amos lo esperaban para el desayuno. El director se lo agradeció y cuando el pequeño se fue, tomó su varita y tras una última mirada hacia el hermoso paisaje salió de la habitación.
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Severus acariciaba con deleite cada hebra negra en la cabeza de Harry, quien dormía muy cómodo sobre su pecho. Habían hecho el amor durante gran parte de la noche y ambos se encontraban rendidos, por lo que el profesor no tenía ninguna intención de levantarse ni interrumpir el merecido descanso de su joven pareja.
Suspiró mientras observaba el reloj de arena que se hallaba sobre la chimenea. Era una herencia materna y había pertenecido a uno de sus antepasados. Más de una vez se había visto tentado a deshacerse de él. Hacía muchos años que había dejado de darle vuelta para que siguiera marcando el paso de las horas y ahora sólo le servía de adorno, junto con algunas telarañas.
Harry se estremeció entre sueños y Severus tomó su varita para avivar el fuego, que comenzaba a extinguirse. Se tapó con la sábana y rodeó el delgado cuerpo con sus brazos, para darle más calor. El muchacho murmuró algo y después siguió durmiendo, ajeno a todo a su alrededor.
Severus sonrió mientras examinaba el rostro de su pareja. Contempló sus ojos cerrados rodeados por largas y negras pestañas. Definió con uno de sus dedos la afilada nariz, que se frunció con gracia al sentir una pequeña cosquilla. El hombre dejó su nariz en paz y apreció la tersura de la piel que rodeaba la cicatriz en forma de rayo, y entonces pensó que ésa marca en su frente no lo hacía menos perfecto.
Hacía sólo diez días que había comenzado su relación con ése muchacho de cabellos alborotados y radiantes esmeraldas, y parecía que hubieran estado juntos durante muchos años. Tan intenso y lleno de confianza era su trato, que Severus no podía creer que alguien tan joven como él y sin ninguna otra experiencia tomara ésa relación con tanta madurez.
Salió de sus pensamientos al escuchar la alarma de su reloj, que anunciaba que era hora de levantarse. Con mucho cuidado colocó el cuerpo de su pareja sobre el colchón y se dirigió a la sala para llamar a un elfo y pedir el desayuno. Mientras el elfo cumplía con su orden el hombre se dirigió al baño para darse una ducha.
Abrió la llave y dejó que el agua relajara sus cansados músculos, mientras repasaba en su mente los hechizos que ése día trataría en las clases de Duelo. El día anterior Remus había tratado el tema del Patronus, con relativo éxito. Harry no había tenido problema alguno en invocarlo, y a Severus no le había extrañado en lo absoluto que su Patronus resultara ser un ciervo, ya que el mismo Harry se lo había contado.
Lo que en realidad le extrañó fue que a él no le molestara verlo. Él pensó que al volver a ver la forma de animago de James Potter en el Patronus de su pareja iba a incomodarle de alguna manera. Pero no fue así. Y menos cuando después de la clase, el joven le confesara que sus pensamientos felices habían sido inspirados en su persona... y la noche que había compartido con él.
En cuanto a los Patronus de sus dos amigos Gryffindor tampoco hubo mucho problema. Si bien al principio Weasley y Granger no habían podido logrado, al final lo consiguieron después de un gran esfuerzo. La forma del Patronus de Ron resultó ser un caballo, y la de Hermione una nutria.
El problema hasta el momento había sido Draco. Por más que el joven de cabellos rubios se concentró, nunca logró que su Patronus emergiera de su varita. Lo intentó tantas veces que al final del día el muchacho ya acusaba serias señales de agotamiento.
Cansado, el Slytherin se disculpó con sus profesores y salió corriendo del salón, a punto de derramar lágrimas de frustración. Severus se quedó muy preocupado y sin esperar a que la clase llegara a su fin fue a buscarlo. Lo encontró parado en medio del campo de Quidditch con la varita en alto intentándolo una y otra vez hasta que, agotado, terminó llorando de rodillas en el pasto.
Severus se acercó a él y el joven se sintió envuelto entre los fuertes brazos de su padrino, quien lo estrechó con fuerza tratando de calmarlo.
-¿Por qué...? –Se preguntaba el muchacho una y otra vez entre sollozos-. ¿Por qué no puedo hacerlo? ¿Por qué no puedo lograr algo tan hermoso como eso?
-Tranquilo... –Le había susurrado en el oído mientras lo arrullaba como a un niño-. No debes presionarte tanto. Ya verás que tarde o temprano vas a lograrlo.
Severus siguió abrazando a su ahijado hasta que sintió que se tranquilizaba. Después lo ayudó a ponerse de pie. El muchacho lo miró avergonzado mientras se disculpaba.
El hombre sólo le sonrió en respuesta y después emprendieron el camino de regreso al aula de Duelo. Antes de entrar Draco le pidió que le borrara las huellas del llanto con algún hechizo. Severus movió la cabeza de un lado a otro, dándole la bienvenida al Draco Malfoy de todos los días y tras aplicarle el hechizo entraron al salón.
Severus cerró la llave del agua, regañándose a sí mismo por haberla dejado correr sin estarla utilizando. Aún en el mundo mágico el agua era un recurso muy valioso y no debía ser desperdiciada. Comenzó a enjabonar su cuerpo mientras continuaba con sus pensamientos.
Estaba seguro que si su ahijado no había logrado invocar su propio Patronus, no era porque hubiera una influencia negativa en su magia ni en su persona. Él conocía al muchacho desde que era un bebé, y jamás había visto nada oscuro en él. Lo único que había notado a últimas fechas era la transparencia en las emociones de su ahijado. El joven se había vuelto transparente en todos los sentidos. Y ése tal vez era el verdadero problema.
Tan transparente que no había logrado ocultar la enorme tristeza que surcaba su rostro y anidaba en sus grises ojos. Tan transparente que estaba seguro que hasta el mismo Weasley se había dado cuenta de la crisis emocional por la que estaba pasando. Y estaba consciente que Draco jamás lograría invocar su Patronus si no lograba ahuyentar esos pensamientos tristes y reemplazarlos por algún recuerdo lleno de felicidad.
Dejando el asunto de Draco a un lado, Severus se concentró en preparar su mente para el encuentro indeseado que le esperaba ése día. La llegada de Sirius Black al aula de Duelo el día anterior lo había mortificado tanto que, de haber sido por él, lo hubiera corrido desde el instante en que el animago cruzó la puerta.
Pero si no lo hizo fue porque pudo ver la mirada suplicante de Harry clavándose en la suya, por lo que no tuvo otra opción más que resignarse y tener que soportar su odiosa presencia. Gimió en frustración al recordar que así tendría que ser mientras las clases de Duelo continuaran.
Sus reflexiones fueron interrumpidas de golpe cuando el hombre sintió unas cálidas manos posándose sobre su pecho y la suave piel de un joven cuerpo pegándose contra el suyo. Suspiró mientras permitía que su pareja lo tocara a su antojo, despertando en su piel todo el deseo que Harry era capaz con sus caricias.
Después de eso ya no hubo más pensamientos. Sólo la sensación de una piel caliente rozándose contra la suya y unos labios dulces descubriendo cosas nuevas en su cuerpo. Y Severus se dejó llevar por ese placer que no tardó en devolver con creces.
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Remus salió de sus aposentos y caminó el estrecho pasillo con pies ligeros. Se sentía tranquilo pese a que en unos cuantos días tendría que marcharse a la Casa de los Gritos. Pero él no quería pensar en eso ahora. Había visto la mañana a través del ventanal de su habitación y se había encontrado con un sol esplendoroso.
Después de desayunar en pacífica soledad, decidió que era un buen día para dar un paseo antes de presentarse en el aula de Duelo. Con ésas intenciones, el licántropo apresuró sus pasos, pero se detuvo un instante al llegar frente a la puerta de las habitaciones de los Malfoy. Se preguntó cómo seguiría Lucius después de no verlo durante los dos días anteriores.
Estaba en mitad de esos pensamientos cuando la puerta se abrió y Draco Malfoy salió dando un portazo. Por su forma de comportarse fue más que obvio que no reparó en la presencia del licántropo, quien sólo lo observó mientras el rubio daba un furioso puñetazo a la pared al tiempo que soltaba algunas maldiciones.
El profesor se acercó con mucho sigilo tratando de guardar una prudente distancia, y cuando se sintió a salvo de cualquier puñetazo que pudiera lanzar su estudiante se decidió a hablarle. Lo saludó con voz suave para no alterarlo más. El muchacho se sobresaltó y al darse cuenta que el hombre lo había descubierto in fraganti, se acomodó los rubios cabellos mientras recuperaba la compostura.
-No lo había visto, profesor. –Draco se alisó la negra capa mientras miraba hacia la puerta y suspiraba-. ¿Se le ofrece algo?
-No. En realidad sólo pasaba por aquí. –Le señaló la puerta al final-. Ésas son mis habitaciones.
Draco frunció el ceño al darse cuenta que ellos eran vecinos del profesor. Pero su asombro sólo duró una milésima de segundo. Respiró con fuerza mientras pronunciaba la contraseña y la puerta se abría. Aún así, el joven se quedó parado sin decidirse a entrar.
-¿Sucede algo? –Remus pudo ver el semblante de duda en el joven Slytherin y no pudo evitar preguntar. Draco sólo se encogió de hombros y regresó al pasillo. Se recargó con fastidio en la pared y cruzó los brazos-. ¿Cómo está tu padre?
-Mal. –Su mirada gris se perdió en la nada mientras continuaba-. No quiere asistir a su sesión de fisioterapia.
-¿Te ha dicho por qué?
-No me lo quiere decir. Pero estoy seguro que tiene mucho dolor y sabe que la sesión sólo lo aumentará.
-¿No le dan analgésicos? –El muchacho negó con la cabeza y Remus frunció el ceño al imaginarse el dolor tan grande que el hombre debía estar sintiendo-. Si quieres puedo hablar con él y tratar de convencerlo.
-¿Hablar con mi padre? –Una sonrisa cínica se dibujó en los finos rasgos del único hijo de Lucius-. ¿Qué le hace pensar que podrá convencerlo cuando ni siquiera yo pude hacerlo?
-Pues... no lo sé. –Los ojos dorados se posaron en un punto fijo-. Pero no está de más intentarlo, ¿No lo crees?
Draco no dijo nada. Sólo suspiró en resignación mientras le hacía una invitación con la mano para que entrara. Remus entró a la lujosa habitación que era la sala y volteó a ver al muchacho.
-¿No vienes?
-No. –El rubio se quedó parado en el marco y siguió hablando mientras señalaba el vendaje que tenía en la frente-. Tengo que adelantarme para que me retiren los puntos.
-Entonces le diré a tu padre que lo esperarás en la enfermería. -Draco respondió con un leve asentimiento-. ¿Dónde está su habitación?
-Al fondo del pasillo. La puerta más grande. –Y desapareció de la vista del licántropo. Éste cerró la puerta y se encaminó hacia la habitación que Draco le indicara. Cuando llegó frente a la que debía ser la habitación de Lucius, tocó con suavidad.
-No insistas. –Le respondió una voz del otro lado-. No pienso ir a ninguna terapia.
-¿Ni siquiera puedo hacer el intento de convencerte? –Remus no esperó invitación y entró al dormitorio, donde pudo ver a Lucius sentado en su silla frente al ventanal. El rubio giró el rostro, sorprendido al escuchar la voz de la última persona que esperaría ver en su habitación.
-¿Qué haces aquí? –Giró su silla para encontrarlo de frente, aún sin salir de la sorpresa-. ¿Cómo entraste?
-Me encontré a Draco en el pasillo-. El rubio asintió, comprendiendo-. Me comentó que no quieres ir a tu sesión.
Lucius suspiró al tiempo que dirigía su silla para salir de su dormitorio. Remus lo siguió hasta la sala, donde entonces pudo observar todo a sus anchas.
-Elegiste una habitación muy bella.
El rubio le hizo una seña, invitándolo a tomar asiento en uno de los sillones.
-En realidad fue Severus quien la eligió.
Un tenso silencio siguió a las últimas palabras de Malfoy. Remus aún esperaba convencerlo de ir a su terapia, pero no sabía por dónde comenzar. Suspiró aliviado cuando el rubio decidió romper el silencio.
-Duele... mucho. –Las palabras salieron de su boca en un débil murmullo, que Remus apenas pudo escuchar. El licántropo levantó la mirada y se encontró con los azules ojos de Lucius.
-Me imagino... –Suspiró mientras desviaba su mirada de la de su ex amante y la posaba sobre los bellos cuadros que adornaban las paredes de la sala-. O al menos creo que tengo una ligera idea.
Lucius comprendió a lo que el hombre frente a él se refería. Acomodó su silla a un lado del sillón donde Remus se encontraba.
-¿Cómo es? -Remus frunció el ceño ante la pregunta del hombre sentado a su derecha, sin comprender del todo-. ¿Qué es lo que sientes cuando... sucede?
Remus entendió entonces y negó con la cabeza mientras respondía.
-No es algo que pueda describir con exactitud... –Se removió en el sillón, incómodo ante la perspectiva de tener que analizar a detalle el dolor que sentía cada vez que ocurrían sus transformaciones.
-¿Puedes intentarlo?
-¿Para qué quieres saberlo? –Suspiró, perturbado ante la idea de tener que exponerse de ésa manera ante él.
-Porque quiero saber cómo es que logras... soportarlo. –Los ojos azules se ensombrecieron por un instante antes de buscar la mirada del licántropo-. Es decir... desde que recobré la conciencia en la enfermería éste dolor no ha dejado de atormentarme. Apenas llevo con él unos cuantos días y ya no lo soporto. Quiero que me digas cómo has logrado convivir con él durante tantos años.
Remus movió la cabeza mientras se rascaba la barbilla, tratando de encontrar una respuesta a ésa pregunta.
-No lo sé, Lucius. Es algo que... –Cerró los ojos tratando de ordenar sus pensamientos-. He vivido con él casi toda mi vida y creo que ya lo siento como parte de mí mismo. No tengo otro modo de explicarlo.
Remus pudo ver en el sombrío rostro de Lucius que su explicación no había podido ayudarlo.
-Escucha... sé que tal vez lo que voy a decirte no sirva de mucho pero... –El licántropo acercó su mano a la del rubio, pidiéndole toda su atención-. Piensa en que lo mío es algo que no tiene cura.
Lucius analizó las palabras del licántropo y suspiró mientras asentía con la cabeza. ¿Cómo podía él quejarse por un dolor que sólo tendría que soportar durante algún tiempo, cuando el hombre a su lado había tenido que vivir con él desde pequeño y tendría que seguir haciéndolo por todo lo que le restara de vida?
-Creo... que yo no tengo excusa alguna para justificar mi excesiva debilidad. –Le respondió con una sonrisa torcida que Remus no supo interpretar-. Será mejor que vaya a alcanzar a Draco o se enfadará más.
-Me alegra escuchar eso. –Dio un cálido apretón a la mano que aún sostenía. Trató de separarse pero Lucius no se lo permitió. Tomó la mano del licántropo y la dirigió a sus labios para obsequiarle un suave beso en la palma. Remus no pudo evitar sentir que la sangre fluía a su rostro. La mirada azul estaba fija sobre la suya y entonces él pudo ver un brillo en esos índigos ojos... un brillo que hace muchos años no veía-. Yo... será mejor que me vaya.
Se puso de pie y antes de que Lucius pudiera decir o hacer nada el licántropo ya había salido por la puerta. El rubio suspiró mientras observaba el lugar por donde había salido el que alguna vez fuera su amante. Una suave sonrisa se dibujó en sus finos labios. Poco después salía de sus habitaciones con rumbo a la enfermería.
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Minerva McGonagall se paseaba de un lado a otro en la oficina del director. Nerviosa, dirigiría su mirada hacia la chimenea una y otra vez. Era sábado por la mañana y, según la carta de Albus, estaría arribando por ella en cualquier momento. Fawkes canturreó en su percha, presintiendo el pronto regreso de su querido dueño, quien en ése momento traspasó el marco de la chimenea dejando tras de sí una estela de color verde.
La animaga se detuvo de golpe al ver llegar al director. Una sola mirada suya bastó para que supiera que lo había logrado.
-¿Lo tienes?
-Aquí mismo. –El viejo mago sacó una pequeña caja de uno de los bolsillos de su túnica escarlata. La colocó sobre el escritorio y la abrió con un hechizo. Los ojos de la mujer se abrieron muy grandes en sorpresa ante la belleza de la joya-. Pero no lo toques.
-Es hermoso... –Lo contempló durante un largo momento, admirándolo-. ¿Contiene la esencia?
-Así es, Minerva. –El director cerró la cajita y volvió a guardarla en su túnica-. Tal y como fue creada, sin ninguna alteración. Por eso él debe ser el primero en tocarlo, para que el hechizo comience a trabajar.
-Si no lo escuchara de tus propios labios no lo creería... –El rostro de la subdirectora se ensombreció de repente-. Pero, Albus... ¿Estás seguro de poder ocultárselo a Severus? No olvides que es un hombre desconfiado por naturaleza. Tendrás que darle una muy buena explicación para que acepte tu regalo.
-Le diré la verdad, querida amiga... pero sólo una parte. –Albus le guiñó un ojo haciéndole entender que tenía la situación bajo control.
-Albus... Albus... –Minerva movió la cabeza de un lado a otro, sin aceptar del todo la locura del viejo-. ¿Tienes idea de lo que ocurrirá si...?
-Lo sé. Y no deberías preocuparte. –La interrumpió el director-. No olvides que Severus sabe muy bien cómo cuidarse.
-Eso no me tranquiliza. –La animaga se retorció las manos, nerviosa-. Si quien tú sabes... lo llegara a descubrir... es que... es tanto su poder...
El director se acercó a su amiga al ver que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Él entendía la preocupación de la animaga. Tenían muchos años de conocerse y sabía que lo quería y que sólo deseaba su bienestar.
-Minerva... me conoces muy bien y sabes que no pondría mi vida en riesgo por nada. –La animaga asintió a sus palabras con un débil gemido-. Pero se trata de Severus. Tú sabes que él ha sido como el hijo que nunca tuve. Él ha encontrado en Harry a la mitad que tanta falta le hacía. No me puedo quedar de brazos cruzados viendo que algo malo le pase cuando al fin mi muchacho tiene una oportunidad para ser feliz.
-Tienes razón... –La subdirectora secó sus lágrimas mientras sonreía-. Creo que me estoy preocupando de más.
-Me alegra que lo entiendas. –Albus regresó a su lugar en el escritorio, dando el tema por concluido-. ¿Alguna novedad?
Minerva se sentó en la silla frente al director mientras recobraba su postura profesional.
-Nada fuera de lo común. Lucius Malfoy sigue asistiendo a sus terapias en la enfermería. Su hijo siempre lo acompaña. –Suspiró-. He sabido que padece de terribles dolores, pero por desgracia el tratamiento lo exige.
-Es una pena... ¿Cómo van las clases de Duelo?
-Van muy bien. En una de ellas lograron invocar sus propios Patronus... a excepción del señor Malfoy. Parece que el muchacho está pasando por una fuerte etapa de depresión.
-Después de todo lo que le ha ocurrido a su familia... –La mirada azul se posó en un punto fijo-. La verdad es que no me sorprende. ¿Y los tórtolos? ¿Cómo se han portado?
-Mal. –Minerva no pudo evitar sonrojarse ante su propia respuesta-. El señor Potter ha dormido todas las noches en las mazmorras. Pero eso no es todo. Todas las tardes se ven frente al lago. Se quedan largas horas en ese lugar y regresan juntos cuando anochece.
-¿Has estado espiándolos?
-¡Claro que no! –El sonrojo de la animaga aumentó-. Acostumbro dar mi ronda habitual por los terrenos del Castillo. Los he visto por casualidad. –Suspiró mientras sus verdes ojos se entrecerraban, soñadores-. Se ven tan enamorados...
-Lo están, mi querida Minerva... –Albus sonrió ante la mirada de ensueño de su amiga-. Muy enamorados.
-En fin... debo volver a mi oficina. La he tenido muy abandonada estos días. –La mujer se puso de pie.
-Lamento haber sido el causante. –El director rodeó sus hombros mientras la acompañaba a la puerta-. Te ofrezco una disculpa.
-Nada de eso, Albus. Fue un placer.
Cuando la subdirectora salió, Albus se dirigió a Fawkes. El Ave Fénix batió sus bellas alas dando la bienvenida a su dueño.
-¿Me extrañaste? –El anciano acarició las suaves plumas de vivos colores, al tiempo que le ofrecía una frutillas.
Mientras el ave comía de la mano de su dueño, Albus no dejaba de pensar en las palabras de Minerva. ¿Y si Severus era descubierto? ¿Hasta dónde podría el hechizo protegerlo contra las maldiciones que Voldemort le lanzara?
Él se sabía un mago muy poderoso pero... comparar su propio poder contra el de Voldemort tal vez rayaba en la insensatez. Pero él estaba consciente que el mago oscuro conocía su poder, por ésa misma razón nunca había podido vencerlo en un duelo. Porque ambos sabían que después de Harry Potter, Albus Dumbledore era el único capaz de enfrentarlo... con posibilidades de vencerlo. Aunque la profecía no mencionara nada al respecto.
"No debo preocuparme por eso..." Pensó mientras tomaba otro puñado de frutillas para ofrecérselas al ave. "Tomé la decisión correcta y aunque hubiera marcha atrás no desharía lo que he hecho."
Fawkes cabeceó, amodorrado por haber comido tantas frutillas. Albus le sonrió mientras le hablaba en voz baja, arrullándolo.
-Ésta misma tarde le daré a Severus su regalo. –Suspiró mientras veía cómo el animal se adormecía escuchando su voz-. Sólo espero mi querido amigo, que llegado el momento el poder del medallón funcione... aunque se me vaya la vida en ello".
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Blaise contemplaba extasiado a Oliver, el cual se atiborraba de helado de nuez, como si nunca en su vida lo hubiera comido. El moreno suspiró cuando saboreó la última cucharada de su enorme copa y cerró sus ojos cafés en deleite. Cuando los abrió se encontró con la curiosa mirada de su pareja, quien sólo sonrió, sorprendido de verlo comer tanto.
Se encontraban en el centro de Hogsmeade. La noche anterior Oliver había sorprendido a su pareja visitándolo en su departamento. Después de reponerse de la agradable sorpresa, Blaise le pidió que se quedara con él todo el fin de semana, a lo que Oliver accedió gustoso, ya que en realidad ésas eran sus verdaderas intenciones.
-¿Satisfecho? –El Gryffindor asintió con la cabeza mientras daba cuenta de la última nuez. Se ruborizó al ver que Blaise no se había comido ni la mitad del suyo-. Sí que tenías ganas de comer helado...
Oliver bajó la mirada. Desde que Poppy le confirmara su embarazo días antes el muchacho había dado la bienvenida a su nuevo estado visitando la cocina más seguido debido a sus antojos. Él pensaba que las náuseas matutinas iban a ser un problema, pero vio con sorpresa que en realidad podía controlarlas. Poppy le había recomendado té de hierbabuena en sustitución de las amargas pociones, y el muchacho le estaba agradecido ya que el té era muy sabroso.
Estaba contento porque Poppy le había dicho que si él quería, ella vigilaría su embarazo hasta el final. La medimaga contaba con mucha experiencia en embarazos masculinos, ya que tenía sus propios pacientes a los que ella misma trataba. Oliver había aceptado gustoso y el sólo pensar que Blaise podría estar presente durante sus revisiones con Poppy era algo que le entusiasmaba... pero lo primero era contarle a su pareja sobre su embarazo.
Ésa misma mañana le había pedido que salieran a pasear. Aunque lo más prudente hubiera sido contarle la verdad en el departamento, había preferido hacerlo en un lugar neutral. De alguna manera el moreno pensaba que así Blaise no se sentiría presionado ni obligado con respecto a su paternidad, aunque Oliver confiaba en que la noticia no le cayera tan mal a su pareja.
-¿Oliver? –La voz de Blaise lo devolvió a la realidad. Suspiró mientras trataba de reunir el valor para comenzar-. ¿Nos vamos?
Oliver asintió y salieron de la heladería. Caminaron un buen rato en silencio, disfrutando de la compañía del otro. Cada vez era menos raro ver una pareja de magos varones y nadie les dio importancia cuando, tomados de la mano, se sentaron en la banca de un parque cercano.
-Me alegro mucho de que estés conmigo... –Blaise lo abrazó mientras le daba un ligero beso en los labios-. Te extrañé.
-Yo también... –Se quedaron abrazados en silencio, contemplando el estanque que se encontraba frente a ellos. Una pareja de cisnes blancos seguidos por sus siete crías, nadaba en completa armonía, uno junto al otro. Aunque no eran animales propios del mundo mágico, habían sido importados por un mago que estando de visita en el mundo Muggle, había quedado atrapado por su altiva belleza.
Oliver suspiró al ver cómo los pequeños cisnes, cubiertos aún de suave pelusita gris, buscaban el abrigo de sus padres. Se preguntó si él alguna vez sería un buen padre para su hijo. ¿Y Blaise? ¿Lo sería también?
-Blaise... hay algo que debo decirte. –El moreno se separó del abrazo de su pareja mientras lo miraba a los aceitunados ojos. Al ver que su mirada era correspondida continuó-. Sucedió algo que... no estaba en nuestros planes.
El muchacho castaño vio la seriedad en el rostro de su pareja. Frunció el ceño mientras le prestaba atención.
-¿De qué se trata?
-Es que yo... es... ah... –Suspiró al darse cuenta que era más difícil de lo que creía-. Estoy... estamos... es decir... vamos a tener un bebé.
Sostuvo su mirada sobre su pareja y guardó silencio esperando su reacción. Blaise seguía mirándolo, como si esperara que el moreno continuara hablando.
-¿Blaise...? ¿Escuchaste lo que te dije?
-No... es broma... –Oliver no supo si eso era una afirmación, o una pregunta. Optó por lo segundo.
-No es una broma. –El moreno vio cómo el Slytherin palidecía mientras movía la cabeza de un lado a otro, incrédulo-. Estoy embarazado.
-¿Cómo... es posible?
Oliver pudo ver en el pálido rostro de su pareja que la noticia le había sentado mal. Una punzada de dolor atravesó su pecho mientras se ponía de pie. Caminó unos pasos mientras perdía su mirada café en las transparentes aguas del estanque.
-Pero si tú no lo quieres... –Se abrazó a sí mismo al tiempo que una lágrima descendía por su mejilla. Trató de que su voz no reflejara su tristeza-. No hay problema... yo podré solo...
Pero no pudo terminar la frase. Unos brazos que nunca antes había sentido tan cálidos rodearon su cuerpo y pudo sentir cómo la respiración de la persona que amaba se entrecortaba junto a su oído. La voz temblorosa de Blaise se escuchó poco después.
-¿Cómo puedes pensar que no lo quiero? –El muchacho de cabellos castaños tomó a su pareja por los hombros y lo hizo girarse para verlo de frente. Oliver se sorprendió al ver sus lágrimas deslizándose por sus mejillas.
-Yo pensé que tú... –El moreno sintió que la voz se le rompía. La sola idea de que Blaise rechazara a su hijo había hecho estragos en sus emociones. Se abrazó a él, temeroso de perderlo.
-Pues no estés pensando lo que no es. –Blaise lo abrazó con fuerza, mientras lloraba y reía al mismo tiempo-. Es la noticia más hermosa que he escuchado nunca.
-¿De verdad? –Oliver refugió su rostro en el cuello de su pareja, permitiéndose expresarle todos sus temores-. Pensé que no lo querías. Pensé que te perdería.
-Nunca, mi amor. –Blaise levantó su rostro y lo besó con fuerza, con profundo ardor-. Jamás me perderás... y menos después de saber que me darás el mejor regalo que he recibido en toda mi vida.
Lo tomó de la mano y lo condujo de nuevo a la banca. Lo mantuvo apretado en su estrecho abrazo mientras continuaba hablando.
-Aunque debo confesarte que no me esperaba algo así. –Acarició su mano y después la besó-. ¿Cómo fue que pasó?
-Yo tampoco me lo esperaba. –Oliver suspiró al recordar todos los sucesos que lo llevaron a ésa situación-. En realidad fue un accidente. ¿Recuerdas la última noche que estuvimos juntos?
-¿Cómo olvidarlo? –Blaise le sonrió, pícaro. Oliver se ruborizó al recordar lo fogoso de ése último encuentro.
-Ésa misma mañana me dolía la cabeza. Madame Poppy me recomendó una poción de color verde. En la tarde, como continuaba el dolor decidí beberla. El problema fue que ésa misma mañana el profesor Snape le había entregado una poción de fertilidad que por casualidad también era de color verde... sólo que más oscura. Madame se equivocó al etiquetarla y le puso el mismo nombre que la poción que me había recomendado.
-Entonces... te bebiste la poción de fertilidad en vez de la otra...
-Así es.
-Y... por eso fue que estuviste tan... insaciable.
-¡Oye! –Su pareja le dio un ligero golpe en la pierna-. ¿Qué insinúas? ¿Que nunca lo soy?
Blaise rió ante el reclamo y lo besó para contentarlo. En realidad una de las cosas que más le gustaban de su pareja de negros cabellos era la forma en cómo se le entregaba. Y aquélla noche en particular había sido maravillosa. Estaba a punto de decírselo cuando sintió un brusco tirón y de pronto se vio en el piso y separado de Oliver.
-¡Sabía que te encontraría algún día...! –Desde su posición en el suelo, Blaise alcanzó a ver a un hombre alto y corpulento que se interponía entre él y su pareja. Se tambaleaba mientras profería insultos y trataba de acercarse a Oliver, quien sólo se dedicaba a esquivarlo-. ¡Pero ésta vez no te me vas a escapar... maldito mocoso!
Mientras el joven se levantaba del suelo, pudo ver cómo el hombre, de piel curtida por el sol y aspecto tosco levantaba una mano y propinaba a Oliver un puñetazo que lo lanzó lejos, como a un muñeco de trapo. Como si fuera en cámara lenta vio cómo su pareja se hacía un ovillo en el piso mientras se protegía el abdomen por instinto al recibir una patada que le dio en las piernas.
-¡Oliver! –Blaise se acercó al muchacho, tirado en el suelo aún, y lo tomó entre sus brazos-. ¿Estás bien? ¿Quién es él?
-Estoy bien... tranquilo. –Oliver permaneció sentado en el suelo, sus piernas aún adoloridas y su nariz lastimada por el golpe-. Es mi padrastro.
Blaise frunció el ceño mientras sacaba su varita y le apuntaba.
-¡Aléjese!
-¡Levántate! –Le exigió el hombre parado frente a ellos, sin hacer caso a la advertencia del castaño-. ¡Ahora mismo te vas a la casa conmigo!
-¡No iré a ningún lado contigo! –Le respondió Oliver, sus ojos marrones reflejando un profundo resentimiento-. ¿Por qué no te largas y me dejas tranquilo?
-¡No me respondas así, muchacho insolente! –El hombre levantó una mano dispuesto a propinarle otro golpe. Blaise, al ver que Oliver iba a ser golpeado de nuevo apretó más la varita en su mano, dispuesto a utilizarla.
-¡No se atreva! –Le amenazó con el arma en alto-. ¡No vuelva a tocarlo o lo mataré!
-¡Vete! –Le gritó Oliver desde su posición en el suelo.
Lejos de marcharse, el hombre, quien mostraba una fea cicatriz que le atravesaba todo el rostro, se quedó parado en el mismo sitio mientras seguía tambaleándose. Los muchachos pudieron darse cuenta que se encontraba borracho.
-¡Tú... maldito crío... pensé que te habías enderezado! –Miró con desprecio la figura de Blaise mientras hacía una mueca de asco-. Pero ya veo que no sólo no te compusiste, sino que además te conseguiste a alguien igual de torcido que tú...
-¡No te atrevas a insultarlo! –Oliver extrajo su varita y le apuntó a la cara-. ¡Lárgate si no quieres que te deje otro recuerdo en tu feo rostro!
El agresor, viendo que ahora eran dos las varitas que apuntaban a su repugnante persona dio un paso hacia atrás mientras dirigía una mirada de odio hacia el moreno.
-Por ésta vez te has salvado... –Lo increpó mientras lo señalaba con el dedo índice de forma amenazante-. Pero no siempre tendrás a alguien a tu lado para defenderte...
-No es necesario... –Oliver señaló con la varita hacia la cara del hombre-. Puedo defenderme solo... tu horrible cara es la mejor prueba de ello...
El hombre se llevó una mano hacia la grotesca cicatriz que atravesaba todo su rostro, desde la sien derecha pasando por la nariz hasta la parte izquierda de la barbilla, donde se perdía en la parte baja del cuello. Blaise, quien lo observaba, no pudo evitar un gesto de repulsión ante la vista.
-No creas... que lo he olvidado... –Sus dientes rechinaron mientras torcía la boca con malicia-. Y ten por seguro que me las pagarás... algún día.
El hombre dio la media vuelta y caminó unos cuantos pasos antes de detenerse y volverse hacia el muchacho.
-De nada servirá que te vuelvas a esconder... –Le amenazó con su ebria voz cargada de rencor-. Te buscaré y te encontraré y entonces... te haré pagar esto que me hiciste.
Oliver y Blaise vieron cómo el hombre desaparecía entre el tumulto que se había reunido a su alrededor. Blaise se volvió a su pareja, su mirada llena de preocupación.
-¿Estás bien? –Posó una mano sobre su pierna y el moreno se quejó-. Será mejor que te lleve a ver a un medimago.
-No... está bien. –El Gryffindor sonrió con suavidad y trató de levantarse-. Ya se me pasará.
Blaise también se levantó mientras ayudaba a su pareja. La gente a su alrededor, viendo que no había pasado nada más, comenzaba a retirarse para seguir con sus asuntos.
-Será mejor que nos vayamos... –El castaño lo sostuvo para ayudarlo a caminar, ya que el muchacho cojeaba aún por el dolor-. No vaya a ser que ese mal nacido regrese...
Caminaron un corto trecho y tomaron un transporte hacia el departamento del castaño. Cuando llegaron, Blaise ayudó a su pareja a llegar a la habitación y después de pedirle que se recostara, le examinó la nariz. Había dejado de sangrar y entonces pudo comprobar que no la tenía rota.
Fue al baño y mojó una compresa para limpiarle la sangre que se había secado en su rostro. Mientras lo hacía, Oliver cerró los ojos y dejó que su mente vagara hacia el instante en que aquél agresivo hombre había entrado en sus vidas. La de su madre y la de él.
Oliver nunca había conocido a su padre. Él había sido un gran Auror y había muerto en el cumplimiento de su deber cuando él apenas tenía dos años. No guardaba ningún recuerdo, ni siguiera una fotografía. Su madre se había encargado de deshacerse de todas las cosas que le pertenecieron, pues tres años después volvió a contraer matrimonio. Oliver apenas guardaba algún recuerdo del hombre con el que su madre sólo estuvo casada tres años.
Vivió solo con su madre hasta que cumplió los once, y entonces entró a estudiar a Hogwarts. Mientras estaba en el Colegio ella le enviaba cartas para recordarle lo sola que se sentía. Oliver deseaba que las vacaciones de verano e invierno llegaran pronto para poder aminorar su soledad.
Fueron tres años los que convivieron durante sus vacaciones su madre y él, hasta que una noche ella llevó a un hombre a su casa y lo presentó como su prometido. A Oliver no le gustó desde un principio ése hombre alto y corpulento de tez morena, rasgos toscos y cabellos entrecanos. Pero pudo ver contenta a su madre, como hacía tanto tiempo no la veía. Eso, y el sólo pensamiento de que ya no estaría sola durante sus ausencias, lo hicieron aceptarlo en sus vidas.
Oliver regresó al presente al sentir un suave beso de Blaise en la punta de su nariz mientras el castaño le retiraba el pantalón para revisar su pierna. Un feo moretón se estaba formando a la altura de la espinilla. Blaise se estremeció tan sólo al imaginar lo que hubiera pasado si Oliver no se hubiera protegido. Sacudió su cabeza para alejar esos terribles pensamientos y se dirigió hacia un armario de donde tomó una pomada para los golpes. La había usado muchas veces después de los partidos de Quidditch y sabía que era lo mejor para calmar el dolor.
Oliver sintió el frío contacto de la pomada sobre su pierna y suspiró, su mirada marrón perdiéndose de nuevo en sus recuerdos.
Durante sus primeras vacaciones de verano con Mark en casa, Oliver no notó en el rostro de su madre la misma alegría que le había visto la última vez. Dispuesto a averiguar qué estaba pasando intentó hablar con ella, pero sólo logró una leve sonrisa en el bello rostro mientras su madre le decía que no se preocupara, qué solo era el cansancio.
Y aunque al muchacho no le había convencido la respuesta de su madre, decidió dejar de insistirle. Prometiéndose estar más al pendiente de ella habló con Ikki, una elfina doméstica que los quería mucho, y le pidió que la vigilara. La elfina le prometió que se mantendría en contacto con él para darle noticias de su madre mientras se encontrara en el Colegio.
Tenía dos meses de haber regresado al Colegio cuando recibió la primera carta de Ikki. En ella le informaba que había notado a su madre muy desmejorada y que sospechaba que estuviera enferma. Oliver se preocupó.
Pero su preocupación aumentó cuando en la siguiente carta, la elfina le informaba que su madre en realidad sí estaba enferma. Y que además, había visto muchas veces al matrimonio en medio de fuertes discusiones que terminaban en golpes. Mark llegaba borracho a casa todas las noches y la golpeaba hasta que se cansaba.
La elfina estaba asustada, ya que ninguno de los elfos domésticos podía hacer nada por ayudarla. Una noche Mark les había lanzado un hechizo, dejándolos impedidos para utilizar su magia en su contra. Al enterarse de todo eso, Oliver había hablado con el director, contándole todo y pidiéndole autorización para ausentarse del Colegio durante el tiempo que necesitara para arreglar el grave problema por el que atravesaba.
El director Dumbledore no sólo le había dado su autorización sino que, además, había reportado este hecho al Ministerio y se estaban tomado cartas en el asunto. La noche en que Oliver regresó a casa para ver a su madre, la encontró tendida en el suelo, inconsciente. El hombre la había golpeado hasta el cansancio y se encontraba bebiendo en la sala, tan tranquilo como si nada hubiera pasado.
Fue tal la rabia que Oliver sintió que, sin pensarlo dos veces, le lanzó un hechizo con su varita y le dejó marcado el rostro para siempre. Algunos Aurores enviados por el Ministerio llegarían a su casa esa misma noche para encontrarse al hombre profiriendo lastimosos gritos mientras se cubría el rostro con las manos, y a Oliver parado frente a él, varita en alto.
No tuvieron que hacer averiguaciones. Oliver alegó que lo había atacado en defensa propia y de su madre. Trasladaron a su madre a San Mungo y al muchacho se le aplicó una infracción por usar su varita fuera del Colegio, pero nada más. En cuanto a Mark, fue puesto en custodia hasta que su esposa recuperó el conocimiento y lo acusó de intentar asesinarla, tras lo cual le fue destruida su varita y condenado a Azkabán. En ése entonces Oliver acababa de cumplir los quince.
Oliver pasó las vacaciones de verano e invierno solo en su casa los tres últimos años del Colegio. Acababa de cumplir los dieciocho cuando salió de Hogwarts y a su regreso definitivo se encontró con la desagradable sorpresa de que su padrastro había obtenido la libertad condicional y había reclamado la casa como esposo de su madre. Oliver no quiso pelear porque se había enterado que el hombre lo había estado buscando al salir de prisión para hacerle pagar por lo que le había hecho en el rostro.
Ése verano se quedó viviendo con la familia de un compañero del colegio. Y en el siguiente año escolar fue cuando regresó a Hogwarts y le pidió al profesor Dumbledore que le dejara quedarse en el Castillo otro año mientras se convertía en el auxiliar de Poppy. Fue también en ése tiempo cuando consolidó su relación con Blaise.
-¿Estás bien? –Blaise se acercó y depositó un beso en sus labios-. No has dicho una sola palabra. ¿Pensabas en tu madre?
El moreno asintió mientras refugiaba su rostro en el pecho de su pareja. A pesar de los años transcurridos, aún le costaba superar su pérdida.
La misma noche que llevara a su madre a San Mungo, los médicos habían decidido dejarla internada para hacerle unos estudios. Cuando regresó al hospital al día siguiente, el médico que la atendía le había dado una terrible noticia: su madre padecía una extraña enfermedad degenerativa.
Le dijeron que era una enfermedad de reciente descubrimiento y que poco podían hacer por ella. Se quedaría internada en San Mungo y harían que sus últimos meses los viviera de la manera más digna. Oliver tuvo que volver al Colegio con un gran pesar en su corazón. Fueron los meses más difíciles de su vida, encerrado en el Castillo y visitándola sólo los fines de semana.
El director Dumbledore, enterado de la situación, visitaba el hospital con frecuencia para saber cómo estaba la señora Wood. Hasta que los médicos le dijeron que la presencia del muchacho era imperativa: ella estaba muriendo.
Oliver arribó a San Mungo acompañado de su Jefa de Casa. Mientras ésta esperaba afuera, el muchacho tuvo tiempo de verla y decirle cuánto la amaba. Fueron horas de agonía en las que su madre sólo lo tomaba de la mano y le sonreía, sus azules ojos llenos de infinito amor hacia su único hijo. Ésa noche Oliver se sintió más impotente que nunca viendo cómo su madre moría entre sus brazos sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.
Fue la noche más dolorosa de su vida. La noche en que, mientras Oliver lloraba abrazando el cuerpo de la que había sido su madre, se juró que jamás nadie volvería a morir en sus brazos sin que él hiciera nada para impedirlo. Fue ésa misma noche en la que tomó la firme decisión de convertirse en Medimago.
oooooooOooooooo
Severus estaba sentado frente al escritorio del director, esperándolo. Tenía en su mano un pergamino que leía una y otra vez, con el ceño fruncido.
-¿Dónde habrá aprendido todo esto? –Se preguntaba en voz baja mientras apreciaba la elegante letra de Lucius impresa en el pergamino-. Es obvio que Voldemort debió enseñárselos.
El pergamino que leía con tanto interés era una lista de hechizos oscuros con sus contra hechizos, algunos de ellos muy poderosos. Lucius se la había entregado para que se los enseñara a sus estudiantes, ya que seguía sin aparecerse en las clases debido al intenso cansancio que las sesiones le provocaban.
"No cabe duda que Voldemort confiaba ciegamente en él. No veo otro motivo para que le enseñara hechizos tan poderosos como éstos... ni siquiera yo los conocía."
Sus pensamientos fueron interrumpidos por los pasos del director. Severus enrolló el pergamino y lo guardó en su túnica mientras se ponía de pie.
-Hola, Severus... –Albus descendió las escaleras que conducían a sus habitaciones privadas para recibir al Slytherin-. Disculpa por haberte hecho esperar.
-No hay problema. –Se acercó para saludarlo, pero se vio sorprendido al verse estrechado entre los brazos del anciano. Era extraño, pero ésa muestra de afecto lejos de mortificarle lo reconfortó-. ¿Cómo estuvo el viaje? –Le preguntó al tiempo que correspondía al cálido abrazo de su mentor.
-Bien, bien. –Albus le palmeó el hombro para después acercarse a su escritorio, donde tomó asiento-. Minerva me contó que Harry ha dormido en tus aposentos.
-¿Minerva? -Severus frunció el ceño al ver que el director volvía a evadir su pregunta, pero prefirió dejarlo pasar-. Supongo que ya debe saber sobre nuestra relación.
-En efecto... –Albus vio el ceño fruncido de su protegido y supuso que se había molestado-. Lo lamento, Severus, pero creo que sabes tan bien como yo que a Minerva no se le puede ocultar nada.
-Está bien. Supongo que no está de acuerdo.
-Al principio se sorprendió. –Le guiñó un ojo-. Pero los ha visto en la orilla del lago todas las tardes. Me dijo que se ven muy enamorados.
-¿Qué no tiene otra cosa qué hacer?
Albus sonrió ante el reclamo del profesor de pociones. Cruzó sus manos sobre el escritorio y lo miró con seriedad.
-Supongo que a estas alturas de su relación ustedes ya... es decir... la han consumado.
-Así es, Albus. –Severus se ruborizó por un instante, para después adoptar la misma actitud de seriedad de su mentor.
-Pensé que tenían planes de esperar hasta que Harry cumpliera la mayoría de edad.
-Eso teníamos pensado, pero... –Severus suspiró mientras desviaba su mirada hacia otra parte-. Verás, mi voluntad cedió aquélla noche en que le cayó el rayo... yo no soy de piedra, Albus. Y el sólo pensar que pude haberlo perdido...
-Entiendo... –El director lo interrumpió, sabiendo que era un tema muy personal en el que él no debía intervenir-. No tienes que darme ninguna explicación. Lo importante es que ambos estén conscientes de los riesgos.
-Lo estamos. –Severus tomó asiento frente al director dando por terminado ese tema-. En fin... ¿Me dirás a quién fuiste a ver? ¿O tendré que averiguarlo con la misma Minerva?
-Nada de eso, mi querido amigo. –Albus se acercó al profesor y extrajo la cajita de su túnica-. Te traje un pequeño obsequio.
Le extendió la cajita a Severus, quien después de un momento de vacilación se decidió a tomarla.
-¿Qué es? –La observó con detenimiento tratando de adivinar lo que había en ella. Albus pronunció un hechizo y la cajita se abrió entre sus manos-. Pero... ¿Qué...?
-Tómalo. Es tuyo.
Severus miró el objeto que había dentro y luego volteó a ver a Albus, quien sólo le sonrió. Tomó entre sus dedos el pequeño medallón mientras lo contemplaba, extasiado ante la belleza de la joya.
-Es... muy hermoso. –Severus no daba crédito. Jamás había visto una joya tan extraña y bella a la vez-. Pero Albus... ¿Por qué?
-Digamos que... es un pequeño presente en compensación por todos los años en que no te he dado ningún obsequio.
-Pero... esto es demasiado. –Severus hizo el intento de devolverlo, pero Albus levantó una mano, impidiéndoselo-. Yo... no sé si deba aceptarlo. Además, no tengo nada con qué corresponderte.
-No tienes que hacerlo... –El director le sonrió mientras tomaba la cajita vacía de la mano de Severus-. No espero que me des nada a cambio. Bueno, sólo una cosa.
-¿Cuál es? –La naturaleza desconfiada de Severus salió a flote con esa pregunta. Albus sólo siguió sonriendo mientras respondía.
-Quiero que te lo pongas. Y que lo lleves puesto siempre. –Lo miró a los negros ojos con seriedad-. Y quiero que me prometas que no te lo quitarás bajo ninguna circunstancia.
Severus observó la seriedad de Albus y supo que ese medallón no era un simple obsequio.
-Me lo pondré... pero sólo si me dices la verdad. –Lo miró con suspicacia-. ¿Qué poderes tiene este medallón?
Albus rió con ligereza ante la pregunta de su protegido. Sabía que tarde o temprano tendría que responderla.
-En realidad tiene un hechizo de protección. –Ante la mirada de aprehensión de Severus-. Nada del otro mundo. Solamente me avisará cuando te encuentres en peligro.
-¿Eso es todo? –Albus dio media vuelta para regresar a su escritorio, evadiendo la pregunta del profesor-. ¿Es éste el motivo por el cual te ausentaste por tres días?
-Para serte honesto, sí. Aunque también aproveché para saludar a unos viejos amigos. Nada más.
Severus suspiró, derrotado, al ver que no podría obtener más del anciano frente a él. Cuando Albus Dumbledore se proponía ocultar información, no había modo de hacerlo desistir.
Sostuvo el medallón frente a él, ante la mirada ansiosa del director. Después de unos segundos de duda se decidió a ponérselo.
En el instante en que la joya descansó sobre el pecho del profesor, una luz azulada emanó del símbolo en el centro del medallón, iluminándolo por unos momentos. El destello se fue tan rápido como había surgido. Severus no se dio cuenta de nada, no así Albus, quien sonrió con satisfacción.
-Gracias, Albus. –El profesor sonrió con timidez a su mentor-. Es un regalo muy bello.
-No me agradezcas, Severus. –La sonrisa aún bailando en sus labios-. Mereces eso y mucho más.
Severus admiró un momento más la belleza del medallón, y después decidió ocultarlo bajo su túnica. Se estremeció al sentir la frialdad del oro tocando su tibia piel. No supo cómo, pero en ése instante sintió como si unos cálidos brazos lo rodearan y una extraña sensación de paz lo inundó. Se sintió protegido.
Y mientras Severus trataba de asimilar ese sentimiento que lo envolvía, no se percató de la sonrisa amable que el hombre frente a él le dirigía. Una sonrisa que encerraba mucho de ésa calidez y protección que le estaba entregando sin que el profesor lo supiera.
Continuará...
Próximo capítulo: Regalos inesperados. Segunda parte.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
