Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Respuesta a los reviews.
Ailuj: Hola Julia, ahora podrás ver lo que ocurrirá y te aseguro que te va a sorprender. Así es, y en éste capítulo Draco logrará un acercamiento con su padre. Harry y Severus bueno... verás lo que sucede en este capítulo. Sirius va a seguir así por algún tempo, por no decir mucho. Harry y Sev lucharán, no lo dudes, y Sirius se dará cuenta de su error tarde o temprano. Qué bueno que el capítulo te ha gustado, y espero que éste también. Muchas gracias por tu comentario, besitos mil.
Miss Andreina Snape: Hola linda, no eres la única que quisiera matarlo y no les culpo, Sirius se está portando bastante difícil. Jeje, qué penas que sigas odiando a Oliver, espero que más adelante le tomes aunque sea un poco de simpatía. Sobre Harry y su reacción ante la actitud de su padrino, la verás en éste capítulo. Y sí, Remus también se va a llevar una buena parte. Espero que este capítulo sea de tu agrado. Muchas gracias por tu comentario y te mando muchos saludos y besos.
PaddyPau: Hola PaddyPau, muchas gracias por tu felicitación, de verdad me hace feliz que mi trabajo te guste. La homo fobia de Sirius es un gran obstáculo y sabrás en éste capítulo porqué. Y me temo, linda, que será muy difícil verlos juntos en esta historia, aún así, espero que siga siendo de tu agrado. Muchas gracias de verdad y besitos.
Paty Black: Hola Paty, te agradezco mucho que te tomaras la molestia de dejarme un comentario, que por cierto, he entendido a la perfección. Muchas gracias de verdad. Me alegra que la historia te guste y que te parezca buena. Espero que este capítulo también sea de tu agrado. Muchas gracias de nuevo y saludos y besos para ti y todo tu hermoso país.
Nan: Hola Nan, no te preocupes, lo importante es que te encuentres bien. Pasando a la historia, si éste capítulo te pareció duro, la verdad es que el que viene está que ni te cuento. Draco está recibiendo la verdad en pequeñas dosis dolorosas, pero es fuerte y saldrá adelante, no lo dudes. Sirius seguirá actuando difícil durante algún tiempo más, y Harry, Sev y Remus sufrirán las consecuencias. Jajaja, tendrás que conformarte con un pedacito de Sev porque créeme que no eres la única que lo quiere consolar. Gracias de verdad por tu comentario y besos para ti también.
EugeBlack: Hola Euge, qué bueno que te guste la historia, es un placer para mí contar con una lectora como tú. En cuanto a Sirius, sí que está insoportable, y en este capítulo se aclararán algunas cosas al respecto. Y si ama a Harry ten por seguro que tendrá que hacer algo con respecto a su actitud. No te puedo garantizar la pareja de Remus en un futuro, pero sí te puedo decir que será aquél que realmente se lo merezca. Sobre Albus, él ama a Severus como a un hijo y hará todo lo que esté de su parte para que no sufra ningún daño. Draco bueno... en ésta historia sí que lo hice casi perfecto, porque de verdad es que para todo lo que le ha pasado y está por pasarle hay que tener un gran corazón y un gran coraje. Sobre Blaise... él está entre el amor de dos personas muy diferentes entre sí, pero igual de hermosas y tendrá que tomar una decisión, no lo dudes. En cuanto a Oliver, la verdad es relativa y en su caso lo será mucho más, aún faltan muchas cosas por pasar entre los tres que tal vez no te imagines. Te agradezco mucho tu comentario, de verdad, y espero que este capítulo también te guste. Saludos y cuídate tú también.
Sedex: Hola Sedex, como vez corrió sangre, pues la reacción de Sirius creo que fue la más lógica. Habrá muertos, pero no ahora, más adelante. Sirius seguirá así por un buen tiempo más y dos o tres personas tendrán que asimilar ese comportamiento. Sobre Harry y Sev sabrás en éste capítulo, y como pudiste ver, la idea de Albus fue buena para todos, menos para su padrino. Jajaja, yo también quisiera casarme con él, y muchas más también, no lo dudes. Muchas gracias y espero que este capítulo sea de tu agrado, besos para ti también.
A todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.
XVI
La hora de la verdad.
Segunda Parte.
Advertencia: Éste capítulo contiene escenas de violación a un menor. Si alguien es susceptible a éste tipo de temas, por favor, tomar las reservas pertinentes.
Severus se paseaba de un lado a otro de la sala, esperando a que Harry llegara en cualquier momento. Segundos después de que Sirius Black desapareciera por la chimenea de la oficina del director, el profesor de pociones regresaba de la enfermería.
Sólo había cruzado unas cuantas palabras con Albus y Minerva, quienes lo pusieron al tanto de lo ocurrido en su ausencia. Y cuando el director le informó que Harry se marchaba, éste no lo pensó y atravesó una vez más la chimenea para llegar a sus habitaciones antes que su pareja, pues necesitaba hablar con él.
Se talló el brazo, adolorido aún por la mordida de Sirius. Mientras lo maldecía en silencio la puerta se abrió dando paso a Harry. Severus vio cómo el muchacho se tallaba los ojos, tratando de secar sus lágrimas mientras se dirigía a la habitación que compartía con él, sin darse cuenta que el profesor lo observaba.
El muchacho de verdes ojos tomó su baúl y comenzó a guardar a toda prisa sus pertenencias, pues tenía miedo de tardar más de los diez minutos que Sirius le había dado, y que éste cumpliera su amenaza de enviar a Severus a prisión. Sollozando muy quedo, el muchacho siguió llenando su baúl en completo desorden para después quedarse parado en medio de la habitación, sus sollozos aumentando.
Los fuertes brazos de Severus se cerraron en torno a su estrecha cintura. Harry sintió los negros cabellos de su pareja haciendo cosquillas en su cuello.
-¿Estás bien? –Cerró los ojos al escuchar su voz tan cerca de su oído. Negó con la cabeza y trató de hablar, pero sólo consiguió que otro sollozo escapara de sus labios-. ¿Te hizo daño?
El muchacho volvió a negar con la cabeza. Severus lo giró para que lo mirara de frente.
-¿Te irás con él?
-No tengo otra opción. Será mejor que me apure... –Harry talló sus hinchados ojos con el dorso de la mano y sorbió por la nariz con fuerza. Severus se separó de él para acercarse a la chimenea-. ¿A dónde vas?
-Voy a hablar con él. –El hombre tomó un puñado de polvos. Estaba a punto de lanzarlos cuando Harry lo detuvo poniendo una mano sobre la suya-. Déjame, Harry. Necesito arreglar esto de una vez.
-No, Severus. –Harry le quitó los polvos para regresarlos a su lugar y lo abrazó-. Él está furioso. No lograrás que te escuche. ¿Sabes que hasta a Remus le gritó?
Severus guardó silencio por un momento. Sabía que el muchacho tenía razón, tratar de hablar con él sería casi un suicidio. Estaba seguro que en cuanto lo viera no dudaría en lanzarle un Kedavra. Pero la separación le dolía mucho más que lo que Black pudiera hacerle. Levantó el rostro de muchacho y lo miró a los verdes ojos.
-Huye conmigo... –La arrebatada proposición de su pareja lo descolocó. El hombre más sensato que había conocido en toda su vida, a quien casi le tuvo que rogar para que lo hiciera suyo sin importar las consecuencias... ¿Ahora le proponía huir con él?-. Nos iremos muy lejos, donde nadie nos pueda encontrar. Ni siquiera Albus sabrá cómo encontrarnos, mucho menos ése...
Harry miró los profundos ojos de su pareja. Pudo ver en ellos que Severus no estaba jugando. Por un breve momento se sintió tentado a decirle que sí y mandar todo lo demás al diablo. Pero se detuvo al pensar en Sirius y lo que sería capaz de hacerle al hombre que tanto amaba.
-No, Severus... –El muchacho bajó la mirada cuando sintió que su pareja se tensaba ante su negativa.
-¿No quieres? –El hombre frunció el ceño y levantó la barbilla del joven para que lo mirara a los ojos-. ¿Acaso ya no me amas?
-¿Cómo puedes preguntarme eso? –Harry tomó entre sus manos el amado rostro, ahora cubierto de pequeñas arrugas de preocupación que acentuaban su madurez-. Te amo con toda mi alma... pero no puedo irme contigo.
-¿Por qué? –El hombre apretó más su cintura y lo pegó a él, temeroso de dejarlo ir-. ¿Acaso Black te amenazó? –El muchacho asintió-. ¿Qué te dijo?
-Que te enviaría a Azkaban si no me iba con él. –Suspiró-. Y si me voy contigo ahora te denunciará por secuestro y entonces nosotros viviremos huyendo por el resto de nuestras vidas.
-No me importa.
-¡Pero a mi sí! –Harry se separó de él y se acercó a su baúl. Se sintió exasperado cuando vio el desorden en que estaba-. Me dio diez minutos... se hace tarde.
-Harry... –Severus observó a su pareja recogiendo las cosas regadas y tratando de acomodarlas lo mejor posible-. ¿Volveré a verte?
El muchacho se detuvo y se acercó de nuevo a él.
-Por supuesto que sí. –Acarició su rostro y a pesar de las lágrimas sus verdes ojos brillaron más que nunca-. ¿Sabes qué fecha es hoy?
-Es dieciocho de Julio...
-Exacto. –Le dio un pequeño beso-. Sólo faltan trece días para mi cumpleaños.
-Es mucho tiempo...
-Nada de eso. –Rió con ligereza al ver la mirada de resignación de su pareja-. El domingo treinta y uno de Julio, quiero que vayas a Grimmauld Place a buscarme. Tendré mi baúl listo. Es más... ni siquiera voy a desempacar.
Severus acercó el cuerpo de Harry al suyo y lo apretó con fuerza. Harry sintió que el aire le faltaba, pero lejos de separarse se apretó más a él.
-Iré por ti, Harry... –Lo besó con intensidad y sus palabras se perdieron en la boca del muchacho-. Te lo prometo.
-Te estaré esperando... siempre. –Harry correspondió al beso de Severus con la misma intensidad.
-Será mejor que te ayude a empacar... –Severus se separó de su pareja, temeroso de no dejarlo ir nunca más. Harry asintió pensando lo mismo y se avergonzó cuando, con un movimiento de su varita, el profesor dejó su baúl en orden. Después redujo el tamaño de su equipaje y el muchacho lo guardó en el bolsillo de su túnica.
Momentos después se encontraban frente a la chimenea. Harry tomó un puñado de polvos y antes de marcharse volvió a besarlo.
-No lo olvides... –Le susurró en el oído-. Sólo son trece días.
El muchacho desapareció por la chimenea hacia las habitaciones de Remus. Severus se quedó parado en el mismo sitio, observando cómo las llamas volvían a su color natural. Dio la media vuelta para encerrarse en su habitación.
-Te veré dentro de trece días... –Murmuró mientras acariciaba las sábanas negras que alguna vez cubrieran el joven cuerpo de su pareja-. Y entonces nadie podrá separarnos...
oooooooOooooooo
Remus observó la silueta de Sirius perfilándose en el quicio de la chimenea. Se encontraba parado en un rincón de la sala, con una copa de brandy en la mano. El animago traspasó el nicho y sin percatarse de su presencia comenzó a pasearse de un lado a otro, esperando la llegada de su ahijado. Volteó a ver su reloj.
-Lo enviaré a Azkaban... –Murmuró. La rabia que sentía no había logrado disminuir, y en cambio aumentaba a la par que los recordaba a los dos juntos en el lago-. No me importa lo que Harry diga...
-Te estarás equivocando, Sirius... –El animago se sobresaltó al escuchar la voz de Remus-. Lo perderás si lo haces.
Sirius vio al licántropo salir de entre las sombras. Sus ojos dorados resplandecieron a la tenue luz de las velas que alumbraban la estancia. Observó la copa que traía en la mano mientras se acercaba a él.
-¿Por qué estás bebiendo? –Sirius se acercó a su amigo para quitarle la copa, pero éste lo esquivó tomándose el contenido de un solo trago-. No puedes beber los días previos a la Luna Llena...
-Por supuesto que puedo... –Remus se sirvió más brandy y Sirius se sorprendió al ver que la copa se vaciaba entre sus labios para volver a ser colmada con más licor. Su voz sonaba algo rasposa y arrastraba las palabras-. ¿Qué mas da?
-Tus sentidos son más sensibles en estos días, con una sola copa te embriagas. –Le arrebató la copa de la mano-. Además, la poción no tendrá el mismo efecto.
-Como dijo una personita muy querida... –Esto último lo dijo remarcando sus palabras-. No... me... importa...
Remus intentó recuperar la copa y al ver que fallaba, se dirigió hacia la botella. Sirius movió la cabeza de un lado a otro al ver que el hombre bebía de la boquilla sin ningún reparo. Se acercó a él para tratar de arrebatársela, pero Remus fue más rápido.
-Deja de beber, Remus... te hará daño.
–¿¡Y a ti qué te importa? –Sirius se sobresaltó al escuchar el grito de su amigo.
-¡Me importa lo que te pase! –Se acercó a él, tratando de serenarlo-. Siempre me has importado. Eres mi mejor amigo.
-¡No es cierto! –Remus dio un paso atrás para evitar que Sirius se acercara-. Yo no te importo. Y tampoco te importa Harry. Sólo eres tú y tu maldito egocentrismo...
-¿De qué estás hablando? –El animago comenzaba a perder la paciencia.
-Tu dices... que lo quieres... –El hombre hizo una pausa para ordenar sus ideas-. Sin embargo lo estás separando de la persona que él ama... le harás daño si lo haces.
-¿Cómo puedes pensar que Harry ame a ése...? –Entrecerró sus azules ojos, tratando de calmarse-. Él no puede amarlo. Es un niño. Sólo es un... juego.
-No lo es, Sirius. –Remus se acercó a su amigo hasta quedar a unos centímetros de su rostro. El animago pudo oler el aliento a brandy que emanaba del hombre frente a él-. Él me dijo que lo ama...
Tarde se dio cuenta Remus de lo que había dicho. Se tapó la boca por instinto, sus grandes ojos cafés abiertos en sorpresa. Vio cómo el rostro de Sirius se contraía en una mueca de rabia.
-Tú lo sabías... –El hombre lobo calló. Sirius sintió que su rabia aumentaba-. ¡Tú sabías que Harry estaba con él! ¿¡Desde cuándo me lo has estado ocultando? ¡Responde!
-Lo supe la noche de la graduación. –Se recargó a un costado de la pared donde se hallaba el bar, la botella aún en su mano temblorosa-. No puedes deshacer lo que ya está hecho. Ellos se aman y no puedes hacer nada para evitarlo...
-¿Por qué... nunca... me lo dijiste? –Sirius se acercó a su amigo y lo tomó por el cuello de su túnica. Remus cerró sus dorados ojos al sentir su cálido aliento-. ¡Soy tu mejor amigo! ¡Debiste decírmelo!
-¡Le prometí que no te diría nada! –Sirius apretó aún más la túnica sobre el cuello del licántropo-. Ellos pensaban esperar hasta que Harry fuera mayor de edad para decírtelo.
-¡Eso no es una justificación! –Sirius se separó de él y le dio la espalda-. Creí que eras mi mejor amigo...
-Lo soy, Sirius... –Un nudo comenzó a formarse en la garganta de Remus. Trató de acercarse a Sirius pero éste se alejó de él-. Pero en estos días lo he visto tan feliz... como nunca antes. ¿Qué importa si su felicidad está al lado de Severus? ¿Qué importa eso si ahora es feliz?
-No lo entiendes... –Sirius apretó los dientes mientras continuaba-. Es... Snivellius. Es un... Snape. Es un... hombre. No soy capaz de aceptar una relación de Harry con un hombre... mucho menos con él. Nunca.
-¿Por qué eres tan cerrado? –Remus dejó la botella a un lado y se sostuvo del mueble del bar, pues comenzaba a sentirse mareado-. No tiene nada de malo que dos hombres se amen...
-No puedo creer lo que me estás diciendo. –Sirius se sentó en la orilla del sofá y se masajeó la sien. Sus negros y revueltos cabellos cayeron sobre sus manos, cubriéndolas. Remus se acercó y se agachó frente a él, acariciando su suave cabellera con ternura-. Es algo antinatural. Es... asqueroso.
-Eso no es verdad... –Remus permaneció frente a Sirius, sus largos dedos comenzaban a enredarse entre las hebras negras del animago, enmarañándolas más-. No puedes saber si algo es asqueroso si no lo has probando antes.
-¿Qué quieres decir? –Sirius levantó la mirada y sus azules ojos se encontraron con los dorados de Remus-. ¿Crees que me interesa saber lo que es ser besado por un... hombre?
-Yo... te he besado antes. –Las mejillas de Remus, coloreadas por el alcohol, adquirieron un tono más intenso.
-¿De qué hablas? –Sirius pudo ver en el fondo de esos ojos cafés un destello que nunca antes había visto-. ¿Qué intentas decirme?
-Lo que has escuchado... –Remus posó una trémula mano sobre el rostro del hombre que tanto amaba y lo acarició con lentitud, disfrutando de la calidez de su piel. Sirius frunció el ceño, su mano posándose sobre la suya para detenerlo.
-¿Qué estás haciendo?
-Te estoy dando a probar... algo nuevo. –Antes de que Sirius pudiera preguntar algo más, los labios de Remus se posaron con suavidad sobre los suyos, saboreando la tibia carne que se abrió ante él, víctima de la sorpresa.
Entonces Remus aprovechó ése momento para profundizar el beso.
oooooooOooooooo
-Dos semanas... sólo faltan dos semanas...
Draco se paseaba de un lado a otro de su habitación mientras retorcía sus manos en un gesto de nerviosismo. Sus rubios cabellos alborotados caían con abandono sobre su frente sudorosa y sus grises ojos acusaban serias huellas de preocupación.
Entre el engaño de Blaise, la muerte de su madre, el problema que enfrentaba su padre y ahora el embarazo de Oliver se había olvidado por completo de aquél que podía hacerle más daño que todo aquello por lo que ya estaba pasando.
Le asustaba más que nunca el hecho de que Severus aún no fuera llamado por Voldemort. Él sabía muy bien que el Lord Oscuro tenía planes para unirse a él a principios del siguiente mes, para lo que faltaban dos semanas.
Se paró de repente en medio de su habitación y corrió a refugiarse en un rincón. Se sentó encogiendo sus piernas y escondiendo su cabeza entre sus brazos, como un niño temeroso de recibir un castigo por haber hecho algo malo.
Pero él no había hecho nada malo. El único problema suyo había sido el que Voldemort pusiera sus purpúreos ojos sobre su persona.
-Tuve que ser yo... no pudo elegir a nadie más... –Una lágrima brotó de sus ojos para perderse en la lujosa alfombra sobre la que se hallaba sentado-. Tengo tanto miedo...
Le atemorizaba más que nada el tener que ver de frente al ser maligno al que todo el mundo le temía. Sintió escalofríos tan solo de imaginar que ésa cosa pudiera siquiera tocarlo. Le hubiera gustado en ése momento poseer la valentía Gryffindor de Harry y enfrentarse a ése monstruo perverso, y destruirlo.
Pero él no era un Gryffindor. Él no era Harry. Él no podía hacer nada más que esperar y rogar porque el "niño que vivió" pudiera acabar con él y evitar que cayera en sus manos. Se sintió impotente al darse cuenta que dependía demasiado de Harry. Todo el mundo mágico dependía de Harry.
Fue hasta ese momento que Draco comprendió la carga tan pesada que a su amigo le había tocado llevar. Si él estaba en serios apuros por haber sido elegido por Voldemort como su compañero, estaba seguro que su problema no se comparaba con tener que enfrentarse a él en una guerra donde uno de los dos tendría que morir.
-Sólo es un niño... –Susurró. Sus lágrimas deslizándose por sus mejillas, ya sin ningún control-. Sólo somos unos niños...
Recargó su delgado cuerpo contra el ventanal. La brisa nocturna revolvió sus rubios cabellos y refrescó su frente sudorosa. Suspiró mientras se ponía de pie y buscaba su almohada. Salió de su habitación y con timidez tocó la puerta de la habitación de su padre.
-Adelante. –El muchacho vaciló ante su enérgica voz. Respiró con fuerza y entró. Lucius frunció el ceño al ver a su hijo parado frente a su cama, sus rubios cabellos despeinados, su pijama puesto y debajo de su brazo una almohada-. ¿Sucede algo?
-Yo sólo... –El muchacho dudó-. No puedo dormir.
Hubo un incómodo momento de silencio en que Lucius trató de asimilar lo que veía frente a él. Para cualquier otro padre el mensaje de Draco hubiera sido captado al instante. Pero tratándose de Lucius Malfoy la situación era distinta. Draco suspiró mientras esperaba parado en el mismo sitio.
Suspiró una vez más mientras daba media vuelta. Se disponía a salir cuando la voz de su padre lo detuvo.
-Si quieres... puedes dormir aquí. –Draco volvió a respirar con fuerza y caminó hacia la cama de su padre. Éste retiró la sábana que cubría el otro extremo y le hizo señas de que se acercara. Draco se sentó en la orilla y lo miró a los ojos, sólo para estar seguro que podía quedarse con él-. Hay mucho espacio.
El muchacho colocó su almohada en la cabecera y con lentitud se acostó en la cama, buscando una posición más cómoda. Volteó a ver a Lucius, quien a su vez lo observaba con una mirada que no pudo descifrar.
-Sería bueno que trataras de dormir. Mañana tienes clase con Severus, ¿No es así? –Su hijo asintió en silencio-. Mañana no me toca terapia, así que estaré presente en la clase, ¿Qué te parece?
-Eso suena bien... –Draco se permitió una suave sonrisa y cerró los ojos.
-Me gustaría ver qué tanto has avanzado, y me gustaría presenciar un duelo entre tú y Potter.
Draco no respondió. Recordó de repente que existía la posibilidad de que Harry ya no estuviera en el Castillo. Después de que Black descubriera la verdad sobre su relación con Severus, y conociendo los temores de Harry si eso llegaba a ocurrir, supuso que el animago no se quedaría de brazos cruzados y lo primero que haría sería llevárselo de ahí, lo más lejos posible de su padrino.
Sólo esperaba que Sirius Black no reportara a Severus ante el Ministerio. No quería ni imaginarse a su padrino encerrado en una celda en Azkaban. Confió en que Harry tuviera el suficiente poder para convencer a Black de no hacer nada en su contra. A él iba a dolerle mucho que le arrebataran a su padrino de ésa manera. Confiaba también en que el animago se considerara satisfecho con haberle casi arrancado el brazo.
El muchacho se entristeció al pensar que Harry ya no estaría ahí. Ya no tendría con quien platicar, ni a quien retar a una carrera de escobas, ni tampoco tendría con quién explorar ése inmenso lugar. Haciendo cuentas llegó a la frustrante conclusión que seria el único joven que se quedaría, entre tantos viejos. Y no estaba aún muy convencido ante la idea de sustituir la compañía de Harry por la de sus dos mejores amigos.
Aunque desde el sepelio de su madre su relación con Ron y Hermione había cambiado para bien, él aún no se sentía con la confianza suficiente como para considerarlos como sus mejores amigos. Y estaba seguro que ellos pensaban lo mismo. Y la única persona joven a la que vería en el Castillo, después de ellos, sería Oliver Wood. Y ni pensar en dirigirle la palabra siquiera.
Suspiró, su rostro semioculto entre los pliegues de su almohada. Desde que volviera de la enfermería no dejaba de preguntarse por qué no se había atrevido a entregarle el pergamino. Se le había presentado la oportunidad ideal cuando Severus se marchó después de que el auxiliar de Poppy curara su herida. Pudo habérselo entregado en ése instante y destruir todos sus sueños e ilusiones... pero no lo hizo.
Se revolvió en la cama, inquieto, al no poder explicarse ésa extraña sensación que lo embargaba cuando lo recordaba sentado en su silla, cantándole a su bebé. Nunca se llegó a imaginar que el muchacho poseyera una voz tan hermosa e hipnotizante, como el canto de una sirena. Se reprochó a sí mismo por ese pensamiento. Él no era ninguna sirena. Era Oliver Wood, ex capitán del equipo de Quidditch, un Gryffindor... y la pareja de Blaise.
Frunció el ceño y apretó la almohada con fuerza tratando de alejar ésos pensamientos. Él se había prometido no volver a pensar en Blaise y su engaño. Y a pesar de que le dolía más que nunca que ahora estuvieran esperando un hijo, él comprendía que no tenía ningún derecho a destruir la felicidad de Wood. Después de todo, él también era víctima del engaño de la persona en la que alguna vez confió.
"Algún día se enterará..." Pensó mientras el sueño comenzaba a vencerlo. "Y no seré yo quien se lo diga."
Lucius, quien lo observaba desde hacía rato, pensó que el muchacho ya dormía y que estaba teniendo un mal sueño. Acercó su mano hacia su frente y acarició sus rubios cabellos. Draco no se movió.
Aceptó de su padre ésa sutil muestra de cariño. Una suave sonrisa se dibujó en sus labios al sentirse protegido, como hacía tiempo no se sentía. Ahora sabía que a su lado ya no estaba solo e indefenso. Ahora estaba seguro que su padre sería capaz de todo para defenderlo.
Suspiró una vez más, dejando que el sueño al fin lo venciera. Se refugió en los brazos de Morfeo sintiendo aún la cálida mano de su padre sobre su cabeza y, dentro de ella, una hermosa voz arrullándolo mientras le cantaba una dulce canción de cuna.
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Las ansias acumuladas por tanto tiempo afloraron convirtiendo el beso de Remus en algo necesario, vital. El castaño se enderezó de su posición y acercó su cuerpo al del animago, estático aún por la sorpresa. Sus manos dejaron su cabello para posarse en su espalda, atrayéndolo más a él.
Lo tendió sobre el sofá con cuidado y se recostó sobre él, sin dejar de besarlo. Era tanta su emoción por ése momento tan deseado, que el licántropo no se percató que su beso no era correspondido, y que Sirius aún se encontraba impávido debajo de él, sin poder reaccionar.
Dejó su boca para besar su rostro. Sus labios se posaron sobre una de sus mejillas y se detuvo. Unas tibias lágrimas se deslizaban por ellas, para perderse en la comisura de su boca. Remus dejó de besarlo y separó su rostro, sólo para encontrarse con la mirada azul del hombre que amaba. Pudo ver en ella un asomo de dolor, miedo y mucha furia.
Fue entonces cuando reaccionó. Ante la mirada salvaje de Sirius, el hombre lobo se puso de pie y dio varios pasos atrás, temiendo la reacción de quien hasta ése momento había considerado su mejor amigo.
-Sirius... yo...
-¿Por qué... hiciste eso? –Sirius se levantó del sofá y extrajo su varita del cinturón, al tiempo que secaba sus lágrimas y se tallaba la boca con una mano. Remus sintió una punzada de dolor atravesar su corazón al ver el gesto de Sirius tratando de borrar el beso que le diera-. ¿¡Por qué lo hiciste?
-Yo... lo siento. No... –Bajó la mirada, incapaz de seguir sosteniendo la del animago-. Por favor, perdóname.
-¿Por qué? –Sirius seguía sosteniendo la varita en alto, pero su mano temblaba sin control-. ¡Responde!
-¡Porque te amo! –Los ojos de Sirius se abrieron grandes en sorpresa.
-¿Cómo...?
-Te he amado siempre... –El cuerpo de Remus se aflojó mientras dejaba salir todo lo que había guardado en su corazón durante tantos años. Se recargó en la pared, tratando de mantenerse en pie mientras continuaba hablando-. Te he... amado... toda mi vida...
-Estás... ebrio. –Una sonrisa incrédula se reflejó en sus labios al tiempo que guardaba su varita-. No puede haber otra razón que te haga ser capaz de decirme eso.
-Te amo. –Remus se enderezó y se acercó al animago. Éste dio un paso atrás, tratando de alejarse de él-. Me enamoré de ti desde que éramos estudiantes.
-No es cierto...
-Pero jamás te lo dije porque temía que me rechazaras... –Remus permaneció de pie en el centro de la habitación, su cabeza en alto y sus dorados ojos brillando más que nunca. A pesar de la reacción de su amigo ahora sentía que un gran peso se descargaba de sus hombros. Se sintió ligero-. Soy homosexual, Sirius. Y estoy enamorado de ti.
Un largo momento de silencio siguió a la confesión de Remus. Sirius escarbó en lo más profundo de sus ojos, buscando alguna señal que le indicara que el licántropo sólo bromeaba. Pero pudo ver cómo Remus sostenía su mirada y su rostro, sereno ahora, expresaba una profunda seriedad.
-Ahora ya lo sabes. –Remus suspiró, dejando escapar el aire que sin saberlo, había estado conteniendo-. Te he dicho la verdad, ahora de ti dependerá qué hacer con ella.
-¿Cómo te atreves a decirme eso...? –Sirius estaba por decir algo más, cuando las llamas de la chimenea se tornaron verdes y la silueta de Harry atravesó el umbral. La tensión en el ambiente fue palpable para el muchacho, quien intuyó en seguida que en ése lugar había pasado algo.
Volteó a ver a Remus y de inmediato supo lo que había ocurrido. Sintió un gran dolor y un sentimiento de pérdida lo embargó al mirar sus ojos, cristalizados por las lágrimas que el hombre contenía con mucho esfuerzo. Se acercó a él y sin pensarlo lo abrazó. Remus sintió el apoyo de Harry y lo estrechó entre sus brazos, refugiando su rostro en su cuello.
Harry se separó de él por un momento para voltear a ver a su padrino. Sirius sintió que un gran pesar se alojaba en su pecho al ver los ojos verdes de su ahijado posarse sobre su persona, el resentimiento reflejado en ellos.
-¿Por qué tardaste tanto? –El animago no se dejó intimidar por su mirada resentida-. Te dije diez minutos, ¿Dónde te metiste? ¿No habrás estado con ése...?
-Déjalo en paz. –Remus decidió intervenir. A ésas alturas ya no le importaba lo que el animago pudiera hacerle-. El Castillo es enorme, ¿Ya lo olvidaste?
Sirius no respondió. En vez de eso se paró a un lado de la chimenea y tomó un puñado de polvos. Se dirigió a Harry.
-Quiero que vayas primero. –El muchacho se tensó y Remus rodeó sus hombros con un brazo-. Y quiero que me esperes en la sala... y más te vale que obedezcas.
El muchacho volteó a ver a Remus. Éste encerró su suave rostro entre sus fuertes manos.
-No te preocupes. Todo estará bien.
-¿Me lo prometes? –El licántropo asintió-. ¿Me escribirás?
-Por supuesto. Te extrañaré. –Remus sonrió con tristeza. Harry acercó su rostro y depositó un suave beso en sus labios. Fue un beso muy sutil y lleno de inmenso cariño, y Remus le agradeció el gesto correspondiendo de la misma forma. El muchacho sintió el corazón de Remus más ligero, y sonrió.
Dio la media vuelta y se dirigió a la chimenea, donde Sirius ya lo esperaba con los polvos. El animago los lanzó al fuego y después de mencionar el destino Harry desapareció de la vista del licántropo. Sirius volvió a coger otro puñado de polvos y estaba por lanzarlos cuando escuchó la voz de Remus detrás de él.
-¿Podrás olvidar lo que pasó? –Su voz se escuchaba triste-. ¿Seguirás siendo mi amigo?
Sirius no volteó a verlo. Sólo le respondió en un susurro.
-No lo sé, Remus... –El licántropo pudo distinguir una profunda decepción en la voz del hombre que le daba la espalda.
Remus tuvo entonces el profundo deseo de estrecharlo entre sus brazos para no dejarlo ir. Quiso retener su fuerte espalda contra su pecho y perder su nariz entre sus largos cabellos mientras buscaba la forma de convencerlo de que lo amaba, de que él podía hacerlo feliz.
Pero no hizo nada. Sólo observó los movimientos de Sirius mientras lanzaba el puñado de polvos.
-Mi puerta siempre... estará abierta para ti, Sirius. –Su voz quebrándose por la agonía de verlo partir de su vida-. Yo siempre estaré para ti... siempre.
El hombre no respondió. Mencionó su destino y desapareció por el mismo lugar por donde su ahijado partiera.
Remus se quedó parado frente a la chimenea mientras unas tibias lágrimas escapaban de sus ojos dorados, ahora cargados de un profundo dolor.
-Te he perdido, Sirius... –Todo a su alrededor dio vueltas y sus piernas dejaron de sostenerlo. Cayó de rodillas sobre la alfombra y dejó que los sollozos lo ahogaran apoderándose del pesado silencio que ahora reinaba en la habitación-. Y ésta vez para siempre...
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Cuando Sirius arribó por la chimenea ya Harry lo esperaba en la sala, como se lo había ordenado. El joven bajó la cabeza al encontrarse con la mirada aprehensiva de su padrino. Éste sólo resopló mientras caminaba hacia las que serían las habitaciones de su ahijado.
-Sígueme... –Harry suspiró con pesar al escuchar el tono cortante que el animago utilizó al dirigirse a él. Hizo lo que le pidió y recorrieron un amplio pasillo que conectaba a unas habitaciones que el muchacho nunca había visto en sus visitas anteriores.
-Hice algunas remodelaciones. –Le comentó el animago, como si hubiera adivinado sus pensamientos-. Lo hice... para cuando te vinieras a vivir conmigo.
El muchacho asintió en silencio, sin animarse a pronunciar palabra ante el tono dolido en la voz de su padrino. Éste se detuvo frente a una puerta con motivos decorativos relacionados con la Casa a la que alguna vez pertenecieran.
La puerta era de madera de cerezo pintada de rojo, con algunas aplicaciones en oro que la enmarcaban toda y, tallado en relieve, se podía apreciar un hermoso león dorado que en ése momento parecía estar dormido. El animago tocó a la puerta y el león se despertó, lanzando un rugido que hizo sobresaltar al muchacho.
-Puedes modular el sonido del rugido. –Le comentó el animago mientras pronunciaba una contraseña. El león bostezó mientras la puerta se abría, dando paso a las que serían las habitaciones de Harry. Éste entró detrás de su padrino mientras observaba todo a su alrededor-. Pero no puedes cambiar la contraseña.
La habitación era muy bella. La luna entraba por un enorme ventanal iluminando la cabecera de su cama tamaño matrimonial, y decorada con un cachorro de león, también de oro y que al igual que el león de la puerta parecía dormir una siesta. A Harry se le ocurrió pensar que podrían ser el padre y el hijo.
La cama estaba cubierta con sábanas de color vino bordadas con hilos dorados, y franqueada por dos veladores de diseño antiguo en madera también de cerezo. El muchacho pudo observar que todo el mobiliario era antiguo y estaba acabado en la misma madera.
Las paredes pintadas de color marfil hacían un contraste muy elegante y Harry pudo ver que estaban adornadas con pinturas de hermosos paisajes en movimiento. Un cuadro de la cascada Salto Ángel llamó en especial su atención por su gran altura y belleza.
-Ésta será tu habitación. –La voz de su padrino lo sacó de sus observaciones-. Como te puedes dar cuenta, está decorada al estilo Gryffindor. Pero si quieres cambiar algunas cosas no hay problema. El cachorro de león no es un adorno, es un despertador. También puedes modular el volumen de sus rugidos.
Harry volvió a asentir en silencio mientras seguía inspeccionando la hermosa habitación.
-¿Dónde están tus cosas? –El joven extrajo el pequeño baúl de su túnica y se lo entregó a su padrino. Mientras éste volvía el equipaje a su tamaño normal, Harry vio una puerta en el fondo a un lado de un gran guardarropa y supuso que era el baño. Regresó su mirada verde al ventanal y descubrió una percha colocada en una pared lateral. Supo que era para Hedwig.
Fue en ése momento cuando se dio cuenta que se había olvidado por completo de ella.
-Olvidé a Hedwig... –Se dijo mientras se llevaba una mano a la cabeza, reprochándose su olvido. Su padrino lo escuchó.
-Mejor así. –Le respondió sin quitar la vista de sus cosas-. ¿Para qué la necesitas?
-Quiero escribirle a Ron y a Hermione. Ellos se preocuparán cuando vean que ya no estoy en Hogwarts. También quiero escribirle a Draco y a Remus y...
Pero Sirius no lo dejó terminar.
-¿Y a Snivellius?
-No le llames así...
-Utilizarás mi lechuza para enviarles cartas a tus amigos. Sólo te advierto una cosa... –Harry dio un paso atrás al ver la mirada dura de Sirius dirigirse a él-. No quiero enterarme que tus amigos te informan sobre él, o de lo contrario no les escribirás nada más.
-Pero, padrino... –Harry intentó reclamar, pero Sirius no se lo permitió.
-Está dicho. –Mencionó un hechizo sobre las pertenencias de Harry, para verificar que no hubiera nada con lo que pudiera tener contacto con Severus-. La correspondencia que recibas la leeré antes de entregártela, así que será mejor que les digas que la envíen a mi nombre...
-¡No puedes hacer eso! –Harry crispó los puños, lleno de rabia-. ¡Eso sólo se les hace a los prisioneros!
-Tú no eres un prisionero. –Le recordó su padrino-. Podrás recorrer toda la mansión por dentro y por fuera. Sólo te recuerdo que al igual que Hogwarts tiene barreras de protección.
-¡No es justo! –Harry siguió reclamando sin resultado alguno-. ¡Quiero volver a Hogwarts!
-Basta, Harry. –Sirius se mostró sereno, pero era obvio que comenzaba a perder la paciencia-. No me hagas recordarte la razón por la que ahora estás aquí.
-¿Por qué no puedes aceptar que amo a Severus? –La voz del muchacho se quebró. Sus verdes ojos mirando con fijeza a los azules ojos de su padrino.
-Tú no puedes amar a ése... mortífago. –El animago negó con la cabeza a las palabras de su ahijado-. Sólo eres un niño. Ya encontrarás a alguien a quien amar de verdad. Cuando seas mayor conocerás a muchas mujeres y entonces te enamorarás. Desempaca y guarda tus cosas. Es hora de la cena.
Se dirigió a la puerta, dispuesto a dar por terminado el asunto. Pero no contó con que Harry no opinaba lo mismo.
-No voy a conocer a ninguna mujer. –Sirius pudo notar la seguridad impresa en la voz del muchacho-. Las mujeres no me interesan.
-No digas tonterías. Sólo tienes diecisiete años.
-No es una tontería. –Harry se acercó a su baúl y lo cerró.
-¿Qué estas haciendo?
-No voy a desempacar. –Ante la mirada extrañada del animago-. Dentro de trece días me iré de aquí. Y ni tú ni nadie podrá impedírmelo.
-¿De qué estás hablando? –La ira en la voz del hombre provocó un escalofrío en la columna vertebral de Harry. Pero lejos de inmutarse se armó de valor.
-El día de mi cumpleaños Severus vendrá por mí. –Harry pudo ver cómo el rostro del animago palidecía por un segundo, para después tornarse rojo por la furia-. Seré mayor de edad y entonces no podrás impedir que me marche con él.
-¡Tú no irás a ninguna parte con ése mal nacido! –El animago lo tomó por los hombros haciendo que el muchacho lo mirara con ojos asustados-. ¡No lo quiero cerca de ti! ¡Y no quiero escuchar ni una sola estupidez más! ¿Está claro?
-¡No me importa lo que digas! –Harry sintió un gran dolor en la zona donde Sirius lo apretaba-. ¡Él vendrá por mí y nos iremos lejos! ¡Y no podrás hacer nada para evitarlo!
-Por supuesto que lo haré... –Sirius soltó los brazos del muchacho y le dio la espalda para dirigirse a la puerta-. Reza porque no se acerque a mi casa... o lo que le hice en el brazo será poco en comparación con lo que le haré si se atreve a acercarse a ti...
-No te atrevas... a lastimarlo. –Sirius detuvo su mano en el picaporte al escuchar a su ahijado-. Si le haces daño jamás te lo perdonaré.
-¿Me estás amenazando? –El hombre permaneció inmutable ante la actitud del muchacho-. ¿Sabes que si se me da la gana, ahora mismo puedo presentar mi denuncia ante el Ministerio? –Harry bajó la mirada-. ¿Sabes que puedo destruir su vida tan sólo con desearlo?
-Por favor... no... –Harry ya no tuvo más fuerza para hablar. Vio que nada bueno podría sacar de ésa discusión. Comprendió que sin importar lo que hiciera, su padrino no cambiaría su postura. Sirius vio su actitud rendida y decidió dar por terminado el asunto.
-Te espero en el salón para cenar.
El hombre salió de la habitación, dejando al muchacho con una gran sensación de impotencia. Éste se dejó caer en la cama y se talló los hombros adoloridos, tratando de tranquilizarse.
-No importa lo que hagas, padrino... –Se dijo en voz alta mientras su mirada esmeralda se perdía en algún punto frente a él-. No podrás separarme de Severus. No podrás...
Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos viajaran hacia su pareja. Si quería volver a tener contacto con Severus, tendría que recuperar un poco de la confianza de su padrino. Se puso de pie y se dirigió a su baúl. Se daría un largo baño para relajarse y después bajaría a cenar con la única familia que por ahora le quedaba.
oooooooOooooooo
"¡Porque te amo!"
"Amo a Severus..."
"¡No te muevas o te irá peor!"
"Soy homosexual..."
"Eso es, pequeño... grita todo lo que quieras..."
"Lo amo..."
-¡No...! -Sirius despertó de golpe. Se talló los ojos, mojados por las lágrimas que sin querer dejara escapar durante su sueño.
Arrojó las sábanas a un lado, pues sentía que le quemaban la piel. Se levantó de la cama, tambaleante. Abrió el ventanal y dejó que el viento de la madrugada se llevara lo que quedaba de una pesadilla de la que después de muchos años aún no lograba liberarse.
Él pensaba que lo había olvidado todo. Él creía que después de tanto tiempo al fin sus heridas estaban curadas y que había cerrado para siempre el episodio más doloroso de su vida. Tanto o más doloroso que la muerte de sus queridos James y Lily.
Pero se equivocó. Y lo que más le dolía en el alma, era que una de las personas que más quería había sido la encargada de revivir en su memoria aquélla terrible noche que tanto esfuerzo había puesto en tratar de olvidar.
Suspiró, una y otra vez, para tratar de alejar el malestar que le provocaba el simple acto de recordar. Se sentó en el alféizar de la ventana e invocó una copa de whisky de fuego. El primer trago quemó su garganta seca, mientras el animago cerraba sus azules ojos y su memoria viajaba hacia la noche en la que aquél hombre le desgració la vida.
Aún podía recordar el estruendo de la música que su madre había puesto para amenizar la reunión de mortífagos que se efectuaba cada mes. Una noche como tantas en la que Sirius, de nueve años entonces, prefería encerrarse en su habitación y entretenerse en su colección de tarjetas de Quidditch.
Cuando las reuniones terminaban, el niño acostumbraba escabullirse hacia la sala de reuniones, sólo para ver los rastros que quedaban de la presencia de los visitantes nocturnos. Basura tirada por todas partes, estropicios al fino mobiliario que al día siguiente, si su madre se encontraba de buen humor, restauraba con un toque de su varita.
Lo que nunca se había podido explicar, era un líquido viscoso que pegosteaba algunas zonas del mobiliario, y que por más que el niño trataba de imaginar qué era, al final no lo lograba.
Sólo una vez había sido sorprendido por su madre en una de sus exploraciones, lo que le había valido toda una noche encerrado en la que él llamaba con mucho atino "la celda del castigo", y que se trataba de una pequeña habitación con sólo un camastro, una pequeña ventana donde apenas entraba un haz de luz cuando era de día, y franqueada por una gruesa puerta negra.
Sólo había estado en ése lugar una vez, y no le quedaron ganas de volver a explorar a riesgo de volver a ser sorprendido. Pero como todo niño curioso, su firme promesa se desvaneció al siguiente mes, cuando una reunión más de los amigos de su madre se efectuó.
El niño de grandes ojos como el cielo, y cabellos negros y alborotados que ya daban señales de no dejar ser cortados, se encontraba ésa noche entretenido en un nuevo juego de mesa que un amigo suyo le había obsequiado. Cansado del juego, y viendo aún que la reunión no había terminado, se propuso averiguar qué tanto era lo que ésos hombres hacían durante sus reuniones.
Se dice que la curiosidad mató al gato. Y ésa noche aplicaría para quien en un futuro se convertiría en animago. Sirius salió de su habitación y se escabulló entre los oscuros pasillos de la enorme mansión, y que conducían hacia donde el estruendo de la música se escuchaba, cada vez más cercano.
Se acercó poco a poco, tratando de pasar inadvertido para los cuadros que a ésas horas de la noche se encontraban sumidos en un profundo letargo. El niño alcanzó a distinguir un rayo de luz que sobresalía debajo de la puerta del salón y sin poder resistir más la curiosidad se recostó sobre el piso, tratando de distinguir algo.
Estaba tan absorto en su curiosa observación, que no sintió los pasos, firmes y grandes, de alguien que se acercaba. El niño reprimió un grito cuando se sintió izado de golpe y fue vuelto hacia el rostro oculto por una máscara blanca de mortífago.
-¿Se te perdió algo, pequeño? –La profunda voz del extraño hizo que al niño le recorriera un hondo escalofrío-. ¿Quieres saber qué es lo que sucede allá adentro?
-No... yo sólo... –El niño se revolvió entre la fuerte mano que lo sostenía en el aire, pero lo único que logró fue ser sujetado con mucha más fuerza-. Déjeme ir...
-¿Y dejarte con la curiosidad? –El hombre negó con la cabeza, oculta debajo de su negra capucha. El niño se sacudió con más fuerza y trató de gritar-. Nada de eso, pequeño... si gritas la diversión se acabará.
El hombre volteó hacia todos lados y se decidió a perderse en el pasillo más oscuro que pudo encontrar. El corazón del pequeño Sirius latió con fuerza al darse cuenta que se dirigía hacia la celda del castigo que tanto temía.
-Por favor... no diré nada, lo prometo... –Suplicó el niño, su rostro cubierto de lágrimas-. Pero déjeme ir, se lo pido...
El hombre se detuvo frente a la puerta negra y con un hechizo logró abrirla. Divisó el viejo camastro en una esquina y una sonrisa torcida se dibujó por debajo de la máscara que la cubría. Sirius forcejeó con más fuerza tratando de liberarse, en vano. El hombre lo arrojó sobre el sucio camastro y cerró la puerta. Lanzó un hechizo para que nadie más pudiera abrirla y con otro hechizo la insonorizó.
-Por favor... no... –Sirius saltó de la cama para tratar de escapar, pero sólo bastó que el hombre extendiera un brazo para atraparlo otra vez-. ¡Suélteme!
-Vamos a pasarla muy bien, chiquillo... –El hombre volvió a arrojarlo sobre la cama y con un movimiento de varita dejó su pequeño cuerpo desnudo.
Sirius abrió sus azules ojos en profundo pánico al serle revelada la intención del hombre, que en ése momento hacía desaparecer su ropa también, quedando sólo con la túnica negra puesta y la capucha cubriendo su cabeza, dejando a la vista del niño una piel pálida sobre un cuerpo alto y delgado. Y la máscara blanca ocultando su rostro.
-Ahora sabrás cómo nos divertimos y verás satisfecha tu curiosidad...
Sirius volvió al presente al sentir unas tibias lágrimas recorrer sus mejillas. Recargó su cabeza en el marco de la ventana y no pudo evitar que unos suaves sollozos escaparan de sus labios.
Nunca pudo ver el rostro de su violador. La blanca máscara que lo cubría se mantuvo firme, como su decisión de mancillar el pequeño cuerpo que temblaba de dolor debajo de él. En ése diminuto y sucio cuarto sólo podían escucharse son lamentos del niño y los gemidos de lujuria del mortífago.
Sirius tuvo fuerza aún para empujar el pesado cuerpo que lo asfixiaba. El hombre le propinó un fuerte bofetón que lo dejó aturdido. Lo que sintió después fue un agudo dolor, tan grande y terrible como no lo había sentido nunca antes en toda su corta vida. El niño se sacudió al sentir ésa terrible tortura taladrando su pequeño cuerpo.
-¡No te muevas o te irá peor...!
Un rayo de luna se filtró por la pequeña ventana al mismo tiempo que la capucha del hombre caía sobre sus hombros, dejando al descubierto una larga cabellera negra. El mortífago lo miró a los ojos por un segundo, tiempo suficiente para que él pudiera ver a través de la fría máscara unos ojos negros. Tan negros como sus mismos cabellos.
-¡No! ¡Déjeme! –A través de sus lágrimas, el niño pudo ver cómo el hombre entrecerraba sus negros ojos con placer insano-. ¡Ah! ¡No!
-Eso es, pequeño... grita todo lo que quieras... –El largo cabello negro caía revuelto sobre el rostro de su agresor cubierto siempre por la máscara, y dándole al niño una visión aterradora que le quitaba la respiración. El sudor que emanaba del pálido cuerpo de su violador caía en gruesas gotas sobre su cuerpo, provocándole terribles náuseas.
Fue ésa noche, después de que el hombre lo dejara tirado en el camastro como a un muñeco de trapo, que entonces Sirius supo lo que era aquélla sustancia pegajosa que encontraba en los muebles del salón, y que ahora ensuciaba lo que antes había sido su inmaculado cuerpo de niño.
El ulular de una lechuza entre los árboles cercanos regresó a Sirius de sus amargos recuerdos. Bebió el contenido de su copa hasta vaciarla. A lo lejos, el mismo animal que había escuchado ulular atravesó el enorme jardín y se lanzó de golpe hacia el suelo, para elevarse con una presa entre sus garras. El animago la observó hasta que se perdió de vista entre la arboleda.
A la mañana siguiente el niño despertó en su cama, en su habitación. Traía puesto uno de sus pijamas y su cuerpo, adolorido, parecía haber sido aseado y curado de sus heridas. Su madre nunca dijo nada. Él nunca supo si había sido ella quien lo encontrara en el cuarto de los castigos. Tampoco supo nunca si ella se enteró de quién había sido el mortífago que se había atrevido a robar la inocencia de su hijo.
Él aún era un niño, y el paso de los meses bloqueó todo recuerdo de aquélla terrible noche. Sirius continuó su vida normal, entretenido en sus tarjetas de Quidditch y sus juegos de mesa. Hubo un cambio en las reuniones de cada mes en el salón. Habían sido movidas de sitio, y ahora se efectuaban en un lugar alejado de las habitaciones de la Mansión, lo que favoreció que el pequeño Sirius olvidara el doloroso incidente con mayor rapidez.
Pero las noches para el pequeño no eran agradables. Muchas fueron sus pesadillas encarnadas en un rostro cubierto por una máscara blanca. Unos largos cabellos negros cubriendo su cara y provocándole una sensación de asfixia. Se veía a sí mismo tratando de escapar de debajo de alguien, una voz oscura taladrando sus oídos y unos ojos negros mirándolo con dolorosa sordidez y entonces Sirius encontraba el despertar en medio de gritos de pánico, y sin poder recordar nada más.
Pasaron dos años y Sirius cumplió los once. El Colegio de Hogwarts de Magia y Hechicería fue una ilusión vuelta realidad. Al fin podría merodear por los famosos pasillos de ése maravilloso lugar del que su prima Bellatrix siempre presumía y que ahora él podría admirar con sus propios ojos. Al fin podría salir de ésa enorme mansión y alejarse de su odiosa madre al menos por unos meses.
Caminaba muy contento por el andén número nueve, arrastrando su carrito repleto de ilusiones y muchos libros nuevos. Buscaba ansioso el famoso "y tres cuartos", por donde sabía, se encontraba el muro donde desaparecería para aparecer del otro lado, junto al hermoso tren que lo llevaría al colegio por primera vez.
Encontró el lugar que buscaba y se acomodó al final de la larga cola que formaban otros estudiantes que, al igual que él, esperaban con impaciencia a que llegara su turno para desaparecer por el muro. Vio con ojos de asombro cómo desaparecían, uno por uno, y los nervios comenzaron a invadirlo.
-¿Estás nervioso? –Le preguntó una voz de niño detrás de él-. Yo también lo estoy...
Sirius volteó su rostro para responder a la amable pregunta y se encontró de frente con algo que le quitó la respiración y lo hizo palidecer hasta el borde del colapso.
Frente a él se encontraba un niño bastante alto a pesar de tener su misma edad. Era delgado y en ése momento una tímida sonrisa se dibujada sobre un rostro pálido y adornado por dos grandes y bellos ojos negros. Tan negros como su largo cabello que descansaba sobre sus hombros cubiertos por una larga capa, también negra.
A la mente del niño regresaron las imágenes que lo asaltaban en sus pesadillas nocturnas. Como un rompecabezas se fueron armando en su memoria los recuerdos de la noche en que aquél mortífago le arruinó la vida. Dio un paso atrás, asustado ante lo que sus ojos veían.
-¿Estás bien? -El niño lo observó, preocupado por su reacción-. Si tú quieres yo paso primero...
Sirius vio que su delgada mano se extendía hacia él, y con un grito de sorpresa y pánico se alejó chocando sin remedio contra quien iba en la fila antes que él.
-¡Oye! ¡Cuidado! –El niño al que Sirius empujó sin querer cayó sobre su propio baúl, para después ponerse de pie tan rápido como había caído y enfrentarse al niño que le había hecho caer-. ¿Por qué no te fijas...? Oye... ¿Estás bien?
-Tú... –Sirius señaló con su dedo índice hacia la figura del niño de ojos negros. Éste frunció el ceño, bastante mortificado al no saber lo que estaba pasando-. Tú eres... tú...
-¿Te está molestando? –El niño que había caído se colocó entre los dos y entonces Sirius pudo verlo bien. Era de su misma estatura, su cara era ovalada y poseía dos grandes ojos azules, enmarcados por unos anteojos redondos. Sus cabellos eran negros y muy alborotados. A Sirius le dio la impresión de que nunca habían sido peinados-. ¿Quieres que te lo quite de encima?
-No... está bien... Sirius dejó de ver al niño para posar su mirada sobre la reencarnación de sus terrores nocturnos. Movió la cabeza, negando, mientras se agazapaba detrás del niño de cabellos alborotados-. Estoy bien.
Sirius vio cómo el niño de lentes le dirigía una mirada dura al niño de largos y negros cabellos. Éste alzó su negra mirada, retador.
-¿Quién eres? –Sirius pudo detectar un dejo de altanería en la pregunta del niño de ojos azules.
-¿A ti que te importa? –El niño de ojos negros levantó el rostro, altivo, lo que hizo que el otro enfureciera y levantara el puño.
-Está bien... déjalo. –Sirius decidió intervenir y los separó justo en el momento en que les tocaba atravesar el muro-. Es tu turno...
-Ve tú primero... –Le respondió, empujándolo con suavidad hasta el muro.
Antes de lanzarse contra la pared dirigió una última mirada al niño de pálidas facciones, quién lo observaba con sorpresa y mortificación. Cerró los ojos y se lanzó para segundos después aparecer del otro lado. El niño de ojos azules entró detrás y después lo vio aparecer de nuevo a él. No pudo evitar mirarlo con aprehensión cuando sus ojos se encontraron.
-No le hagas caso. –El niño de cabellos despeinados lo tomó del brazo y lo condujo hacia uno de los vagones-. Busquemos un asiento. Me llamo James, ¿Cómo te llamas?
Sirius subió los escalones y entró al vagón mientras respondía a la pregunta de su nuevo compañero. Éste se quedó un segundo más observando la figura delgada del niño de largos y negros cabellos.
-Tú... –Le habló mientras lo señalaba con el dedo. El niño de ojos negros lo miró, desafiante-. No te acerques a él o te las verás conmigo...
Sirius volvió al presente y llenó su copa con más licor. El líquido ambarino resbaló por su garganta una vez más, sin lograr quitar el sabor a hiel que llenaba su boca. Secó sus lágrimas, que caían a raudales sobre su rostro, y cerró los ojos mientras se permitía regresar a ésa época de su vida.
Por una extraña razón que nunca pudo descifrar, las pesadillas sólo se le presentaban cuando dormía en sus habitaciones en la mansión Black, pero jamás las tuvo durante sus años en el Colegio. Tal vez por eso fue que al paso del tiempo se difuminó en su mente el motivo original de su aversión hacia Severus Snape, aquél extraño niño que viera por primera vez en el andén número nueve.
Aún así, existió siempre una antipatía natural hacia aquél meditabundo joven de negros cabellos como alas de cuervo, y ojos tan oscuros como la noche más cerrada. Era la misma antipatía que James le demostraba también. La misma hostilidad que les llevó a él y a sus amigos, a hacer de la vida del Slytherin experto en pociones un verdadero infierno durante sus años en el Colegio.
Con el paso del tiempo, los recuerdos de aquélla aterradora noche en manos del hombre que tanto daño le hizo se fueron atenuando al grado de perderse casi por completo. De vez en cuando alguna pesadilla lo asaltaba por las noches, pero ya no despertaba gritando. Al final había terminado adoptándolas y convirtiéndolas en parte natural de su vida.
Pero la aversión innegable hacia la persona de Severus continuó, acrecentada por la insistente sospecha que se alojaba en su mente. Y la razón era que, conforme Severus crecía, su fisonomía era cada vez más parecida a la figura que protagonizaba sus pesadillas. Años después se enteraría que el joven Snape había pasado a formar parte en las filas de Voldemort, y entonces al animago ya no le quedó duda alguna que Severus era el hijo de aquél mortífago que años atrás lo había violado.
Durante sus últimos años en Hogwarts se hizo patente su rechazo hacia las relaciones entre varones. Sus amigos jamás hicieron preguntas, y él jamás les contó nada. Fue muy conocido por sus frecuentes amoríos con las chicas del colegio, pero tan pronto como se hacía de una novia, se deshacía de ella, al grado de serle otorgado el título de rompecorazones.
Sirius sostuvo la copa vacía en una mano. Miró al cielo, donde la luna iluminaba con claridad cada centímetro de los terrenos de la mansión Black. Nada quedaba ya de aquél pequeño cuarto de los castigos. Lo desapareció el día mismo en que tuvo el poder suficiente para hacerlo. Su madre jamás le reclamó nada, incluso, el animago estuvo casi seguro de haber visto una señal de aprobación en su dura mirada.
Pero lo que nunca pudo desaparecer fue la sensación de rechazo hacia todo aquél que se atreviera a tocarlo. Sus amigos siempre creyeron que era cuestión de pedantería e incluso de hombría. Pero la realidad era que el muchacho no podía soportar contacto alguno con ningún varón. Los únicos a los que les permitía que lo tocaran eran a James y Remus. Ni siquiera Peter había contado con la confianza suficiente del animago para hacerlo.
Y ahora, el que había considerado su mejor amigo durante tantos años, se había atrevido a besarlo y a decirle que lo amaba. Aún después de varias horas, no podía quitarse de la cabeza las palabras que Remus le confesara.
"Soy homosexual... y estoy enamorado de ti."
-Jamás me lo hubiera imaginado... –Se cubrió la cara con la mano y respiró con fuerza tratando de alejar ése pensamiento-. ¿Cómo pude estar tan ciego?
Apretó los dientes con rabia al darse cuenta que él había sido engañado por las dos únicas personas por las que era capaz de dar la vida. Tan grabado tenía el beso de Remus en su memoria, como también la escena entre Harry y Severus en el lago.
-Él no puede amarlo... –Protestó en voz alta, buscando una explicación lógica a ésa relación-. Estoy seguro que le dio a beber una poción. No hay otra razón para explicar que se haya enamorado de él...
Él amaba a Harry como a un hijo, y se sentía con el deber de protegerlo de cualquiera que pudiera representarle un peligro. Y para Sirius, Severus Snape era tan peligroso como lo había sido su padre. Tembló de rabia al recordarse entre sus brazos aquélla terrible noche. Su rabia aumentó al imaginar a Harry entre los brazos del hijo de aquél hombre.
-No volverá a ocurrir... –Se prometió mientras apretaba la copa en su mano hasta romperla, sin importar las heridas que se causaba con ése acto-. Ningún hombre volverá a ponerme las manos encima. Ni a mí... ni a mi niño.
Se puso de pie y se dirigió al baño para curarse las heridas que se hiciera en la mano. Mientras lo hacía, alcanzó a susurrar algo que a los oídos de cualquiera que estuviera cerca de él, no habría pasado de ser un simple murmullo.
-Y mucho menos un Snape...
Continuará...
Próximo capítulo: Medidas desesperadas.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
