Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Muchas gracias a Ali Potter-Malfoy, Ailuj, EugeBlack, Keyg y Miss Andreina Snape, por sus reviews.
A todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.
XVIII
Reencuentros y Despedidas.
Primera Parte.
Oliver miraba con embeleso cada una de las cosas que se exhibían en el aparador frente a él. Era domingo y había pasado toda la tarde recorriendo las tiendas de artículos para bebés en compañía de su pareja. Con sus compras reducidas y guardadas en sus bolsillos, observaban móviles para cuna de diferentes tamaños y colores.
-¿Cómo ves ése de allá? –Le preguntó el castaño mientras señalaba con el dedo un móvil con cuatro patitos de peluche.
-Hum... no lo sé. Como que les falta algo... –Oliver desvió su mirada del juguete que su pareja señalaba para observar más allá del cristal. Un reflejo a través de él le hizo ver la figura de alguien conocido a sus espaldas. Palideció.
Giró su rostro para observar el otro lado de la calle. Gente iba y venía atravesándose en su camino y estorbando su visión. Buscó con la mirada el rostro conocido, pero no pudo ver nada.
-Ése se ve más bonito... ¿Oliver? –Blaise dejó lo que hacía para poner atención a su pareja-. ¿Sucede algo?
-No... –El Gryffindor frunció el ceño mientras negaba con la cabeza-. No es nada.
Blaise lo tomó de la mano para conducirlo al interior del local, donde estuvieron varios minutos tratando de ponerse de acuerdo sobre qué juguete comprar. Cuando el moreno al fin se decidió comenzaba a oscurecer. Salieron de la tienda y caminaron varias calles más, Blaise rodeando siempre sus hombros mientras Oliver recargaba de vez en cuando su cabeza sobre el hombro de su pareja.
-¿Estás cansado? –Le preguntó mientras lo besaba con ligereza-. Si quieres podemos tomar un transporte al departamento.
-Prefiero caminar. –Le respondió el moreno-. Aún es temprano y quiero hacer algo de ejercicio.
Blaise asintió y cubrieron la distancia hacia su departamento en un agradable silencio, roto de vez en cuando por las risas de algunos niños que se atravesaban en su camino. Ya era de noche cuando llegaron, y mientras Blaise se dirigía a la cocina para servir la cena, Oliver sacó las compras y las depositó sobre la cama para verlas con más tranquilidad.
Después de disponer de un lugar en el ropero y guardar todo, el moreno se estiró cuan largo era y se asomó por la ventana. El ir y venir de la gente en la calle lo mareó, haciendo que cerrara los ojos.
"No hay nada comparable a la tranquilidad de Hogwarts durante el verano..." Pensó mientras sentía el viento chocar con suavidad sobre su rostro. "Debo admitir que extraño un poco vivir en el Castillo."
-Oliver... –La voz de Blaise desde la cocina lo hizo emerger de sus pensamientos-. La cena está lista.
-Ya voy... –Después de un último vistazo hacia la calle, el muchacho cerró la ventana y antes de salir apagó la luz de la habitación.
No se dio cuenta que en ése momento alguien observaba todos sus movimientos, semioculto en una esquina. Al ver la luz apagarse, una sonrisa torcida se dibujó en su rostro deforme. El hombre permaneció varios minutos más parado en el mismo lugar, para después perderse en la oscuridad de la noche.
oooooooOooooooo
-Qué pena... ya me había acostumbrado a ella.
-Tendrás todas las que quieras cuando esto acabe.
Draco y Severus se encontraban en la Torre de Astronomía, contemplando la noche. En ése lugar lo había encontrado el profesor después de que el muchacho saliera de sus habitaciones, triste por haber tenido que entregarle la Saeta de Harry, pues era hora de regresársela a su dueño.
-¿Por qué tanta urgencia en enviársela? –Preguntó mientras una suave arruga se formaba en su entrecejo, que a su padrino le pareció graciosa-. ¿No pudiste esperar unos días más?
-Me hubiera gustado, Draco. –Le respondió su padrino, paciente-. Pero tienes que aceptar que la escoba es de Harry y que él también merece disfrutarla.
Draco asintió sin hacer más preguntas y se dedicó a contemplar la luna menguante. El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban en medio de la oscuridad. Suspiró.
-¿Crees... que una de ellas sea mi madre?
Severus frunció el ceño ante la pregunta de su ahijado. Levantó la mirada hacia donde los grises ojos seguían observando y sonrió.
-Estoy seguro, Draco.
Un agradable momento de silencio siguió a la respuesta de Severus. Draco se sentó a medias en la pequeña bardita, dando la espalda al vacío. Severus se sentó junto a él.
-Una vez me dijiste que si necesitaba algún consejo... –El hombre lo miró, incitándolo a seguir-. Que podría hablar contigo...
-Así es. –Le respondió su padrino-. ¿Hay algo que quieras preguntarme?
Draco dudó por un instante si continuar o no. Una mirada de Severus lo animó a seguir.
-Bueno... no sé si lo sepas pero... tuve una pareja. –Severus guardó silencio, esperando que el joven continuara-. Un chico de mi Casa.
-Para serte honesto, sí. Lo sabía. –Un pequeño rubor cubrió el rostro del rubio-. Una vez los vi en el Salón de los Menesteres.
-Él y yo solíamos vernos en ése lugar. –Su sonrojo aumentando-. Hasta que supe que me engañaba con alguien más.
-Lo siento.
-Con Oliver Wood. –Ante el silencio de su padrino-. El auxiliar de Poppy.
-Sé... quién es él. –Severus suspiró. Se sintió mal por haberlo sabido incluso desde antes que el mismo Draco-. ¿Cómo supiste que te engañaba?
-Fue casi por accidente... –El muchacho negó con la cabeza, mortificado-. En realidad no es de eso de lo que quiero hablar. Hace poco me enteré de algo más. Wood... está esperando un hijo de él.
Severus se removió en su lugar, cada vez más incómodo.
-¿Cómo te enteraste?
-Casi de la misma forma. –Respondió el rubio-. Aquélla tarde cuando fui a la enfermería a entregarle las pociones a Poppy, escuché una conversación entre ellos. Hablaban sobre las intenciones de Wood de mudarse a vivir con... él. Y después escuché que están esperando un bebé.
-Debió afectarte mucho ésa noticia. –El muchacho asintió-. ¿Has hecho algo al respecto?
-¿Qué puedo hacer, padrino? –Draco se encogió de hombros mientras continuaba-. ¿Contarle toda la verdad a Wood?
-No creo que sea conveniente. –Reflexionó su padrino-. A menos que quieras que de la impresión pierda a su bebé.
-¡Por supuesto que no! –Alegó el rubio-. Tampoco puedo reclamarle a Blaise. Si espera un hijo con él entonces significa que tenían planes para el futuro y yo sólo fui... su diversión. –Negó con la cabeza, sus ojos grises reflejando un gran pesar-. Si es así entonces... prefiero no reclamarle a nada a tener que escucharlo de sus propios labios.
-Tus conjeturas tiene lógica... pero eso no significa que estés en lo correcto.
-¿Qué quieres decir?
Severus calló durante un largo momento, dudando si decirle la verdad o no. Concluyó que la verdad era lo mejor.
-Sé que vas a molestarte conmigo por lo que voy a confesarte pero... creo que es mejor que lo sepas. –El profesor se bajó de la pequeña barda y se recargó de costado sobre ella, enfrentando la mirada gris de su ahijado-. Ellos no planearon ningún embarazo.
-¿Cómo sabes eso? –Draco se movió de su lugar para situarse de frente a su padrino, frunciendo el ceño mientras lo escuchaba.
-Poppy y yo somos los principales responsables de lo ocurrido. –Draco lo miró sin entender-. Wood bebió una poción de fertilidad por accidente.
-Pero... ¿Qué dices? –Le preguntó el rubio, incrédulo-. ¿Cómo pudo hacer algo así? ¿Acaso no sabe leer las etiquetas de los frascos?
-Él pensó que bebía la poción correcta. –Fue la respuesta del profesor de pociones-. Poppy se equivocó a la hora de etiquetarla.
-¿Por qué dices que tú también eres responsable? –Le preguntó su ahijado-. ¿Qué tuviste que ver con eso?
-Porque la poción de la que hablo fue la que yo mismo perfeccioné. Olvidé ponerle un nombre y Poppy lo hizo por mí. Y no sólo eso... –El hombre carraspeó antes de continuar-. La poción que Wood bebió... fue la misma que tú elaboraste el día de tu examen conmigo.
Draco miró a su padrino, sorprendido ante tal confesión. Abrió sus delgados labios tratando de pronunciar palabra, y lo único que logró fue balbucear algo que Severus no logró comprender. Durante un momento que al hombre le pareció eterno, pudo ver al muchacho palidecer, sus ojos grises entrecerrados y la pequeña arruga entre sus cejas –que ya no le pareció tan graciosa-, hacerse más profunda cada vez.
En el momento en que el hombre creyó que el muchacho reventaría en maldiciones, éste hizo algo que lo dejó sorprendido.
Draco comenzó a reír.
Al principio fue una risa suave que Severus casi confundió con el susurro del viento. La risa fue creciendo hasta convertirse en una carcajada abierta, sin reservas. A pesar de su desconcierto, el hombre pudo distinguir en ella infinidad de sentimientos. Incredulidad, asombro, tristeza y un matiz sarcástico que no dejó de preocuparle.
-¿Draco? –El profesor puso una mano sobre su hombro-. ¿Estás bien?
El muchacho siguió riendo sin poder contenerse, haciendo que Severus se preocupara más. Aún así, contestó a la pregunta de su padrino en medio de los jadeos que su risa le provocaba.
-La vida es un chiste... –Se corrigió a sí mismo, la juvenil voz entrecortada-. No. Mi vida es un chiste. El destino no hace más que... reírse de mí.
Severus frunció el ceño ante la respuesta de su ahijado. Lo observó en silencio durante unos momentos más. La risa del muchacho se fue atenuando hasta convertirse ésta vez en un suave sollozo, lágrimas tibias deslizándose sobre sus suaves mejillas. Severus lo abrazó de forma paternal y Draco descansó su rubia cabeza sobre su hombro.
-¿Te sientes mejor? –Le preguntó cuando sintió que el muchacho dejó de sollozar. Éste asintió en silencio-. ¿Qué harás ahora?
-Nada, padrino... ¿Para qué? –Respondió Draco mientras sus hombros volvían a encogerse y una sonrisa –ésta vez sin ningún matiz-, se dibujaba en sus tersos labios-. ¿Para qué... si el destino siempre se encarga de todo?
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Blaise despertó al escuchar un golpe en su ventana. Se levantó tratando de no molestar a Oliver y abrió el cristal para dejar pasar a la lechuza que ya lo esperaba con una carta atada en la pata. La tomó deprisa, emocionado al pensar que pudiera ser de Draco. Su desilusión fue palpable al reconocer la letra de la Subdirectora de Hogwarts en el sobre. La abrió y conforme la leía su gesto de desilusión cambió a uno de preocupación.
-No puede ser... –Blaise volvió a leer la carta para asegurarse de haber entendido bien.
-¿Blaise? –Oliver se enderezó en la cama y el castaño se acercó a él con la carta en la mano-. ¿Qué sucede?
-Nos están llamando.
-¿A nosotros? –Preguntó su pareja, sin entender.
-No, Oliver... a mí. Verás... el último día de clases en Hogwarts, el profesor Snape convocó a los alumnos de último año... –Oliver lo escuchaba con atención-. Quería saber quienes estábamos dispuestos a apoyar a la Orden del Fénix cuando llegara el momento de un enfrentamiento contra... El Que No Debe Ser Nombrado.
-¿Y? –Oliver no comprendió del todo las palabras de su pareja-. ¿Qué tienes tú que ver con eso?
-Yo... estoy entre los alumnos que aceptaron.
-¿Qué has dicho? –El Gryffindor se puso de pie, sorprendido por completo-. Pero... ¿Por qué yo no lo sabía?
-Fue una reunión privada. No...
-¡No me refiero a eso! –Le interrumpió su pareja-. ¿Por qué no me dijiste nada?
-¡Pensaba decírtelo! –El castaño se sentó en la orilla de la cama y dejó la carta a un lado-. Sólo que... no me imaginé que sucedería tan pronto.
-¿Me estás diciendo que se avecina una batalla? –Su pareja asintió en silencio-. ¿Cuándo? ¿Ahora?
-No lo sé con exactitud. –Fue la respuesta de Blaise. Oliver se sentó en la cama junto a su pareja y éste volvió a tomar la carta entre sus manos mientras continuaba. El moreno alcanzó a distinguir el escudo del Colegio en una esquina del papel-. Minerva McGonagall me pide que me traslade a Hogwarts. Dice que debo integrarme al grupo de batalla que me corresponde.
-¿Cuándo tienes que hacerlo?
-Ahora mismo.
Un incómodo silencio siguió a las palabras del castaño. Oliver dejó su lugar junto a Blaise y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación. Su pareja sólo lo observó en su ir y venir queriendo adivinar sus pensamientos.
-¿Por qué aceptaste participar en la Orden? –Su pareja no respondió-. Supongo... que no hay nada que pueda hacer para evitar que vayas. –Blaise siguió sin responder-. El profesor Snape... ¿Estará ahí?
-Imagino que sí... –Blaise se extrañó cuando escuchó el nombre de su Jefe de Casa de labios de Oliver-. ¿Por qué me lo preguntas?
-Creo que no deberían... confiar en él. –El Slytherin frunció el ceño ante la declaración de su pareja.
-¿Qué te hace pensar que el profesor Snape no es digno de nuestra confianza? –Blaise se acercó a él y tomó su rostro entre sus manos mientras lo hacía mirarlo a los ojos-. ¿Qué intentas decirme, Oliver?
-No puedo decírtelo. A nadie. –El moreno negó mientras bajaba la mirada. Blaise sólo suspiró al ver su actitud-. Hice una promesa.
Blaise se quedó pensando unos instantes en las palabras de su novio. Sonrió con ligereza al hacerse una idea de lo que hablaba.
-No te preocupes, amor. –Le dijo mientras lo acercaba a él para abrazarlo-. Aunque el profesor lleve la Marca, te puedo asegurar que tiene razones muy poderosas para apoyar a la Orden del Fénix.
-¿Tú lo sabías? –El castaño asintió-. ¿Por qué no me lo habías dicho?
-Porque yo también hice una promesa.
-¿Crees que ésas razones de las que hablas sean lo bastante poderosas como para que el profesor sea capaz de traicionar a...?
-Tanto como para eso. –Blaise acarició sus negros cabellos mientras continuaba-. Te puedo asegurar que una de ellas al menos lo es. Es la misma razón que motivó a los Malfoy a traicionarlo también.
-¿Estás hablando de Draco Malfoy? –Su pareja asintió-. Espero... que estés en lo correcto... y que sea razón suficiente.
-Lo es. No lo dudes –Le dio un suave beso en los labios. Oliver ya no dijo nada. Permitió que Blaise siguiera abrazándolo hasta que el reloj de pared tocó siete campanadas-. Veré que hay para el desayuno.
-No te molestes. Yo lo haré. –Oliver se separó de su pareja mientras se dirigía a la puerta-. Mientras tanto sería bueno... que comenzaras a empacar.
Blaise asintió con una sonrisa. Sonrisa que se desvaneció en el instante en que Oliver cerró la puerta tras él. Con un largo suspiro, el castaño tomó su baúl y guardó sus cosas personales, junto con algunas mudas de ropa. No sabía cuánto tiempo estarían en Hogwarts antes de partir a la batalla, por lo que optó por empacar su uniforme también.
Se dio un baño y se vistió. Cuando terminó de guardar todo encogió su baúl y se sentó en la cama, haciendo tiempo hasta que su pareja lo llamara para desayunar, mientras acariciaba una fotografía mágica en donde Oliver y él aparecían abrazados.
"¿Por qué aceptaste participar en la Orden?"
Él no había podido responder en el momento a la pregunta de su pareja. No frente a él. No quería decirle que su razón había sido la misma por la que el profesor Snape y los Malfoy habían decidido arriesgar su vida.
-Draco...
Su corazón latió con fuerza al pensar que volvería a ver sus ojos como el cielo y sus cabellos como oro de mies. Volvería a escuchar su suave voz, altiva y elegante. Volvería a verlo a él.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por la voz de Oliver, que lo llamaba. Con un último suspiro, el joven depositó la fotografía en la mesita de noche y guardó su pequeño baúl en la bolsa de su pantalón, para después salir de la habitación que las últimas noches compartiera con quien, al igual que Draco, también era su razón de ser.
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Arthur Weasley observaba a su esposa en su ir y venir de la cocina la comedor, y del comedor a la cocina, mientras preparaba el desayuno para Ron y Hermione. Muy temprano ésa mañana ellos también habían recibido la carta de su Jefa de Casa solicitando su regreso, y ahora se encontraban en sus respectivas habitaciones preparando su equipaje.
-¿Crees que con esto tengan suficiente? –Le preguntó a su esposo mientras llenaba sus platos con una gran variedad de alimentos-. No quiero que se queden con hambre.
-Creo que es más que suficiente. –Le respondió su compañero-. En el Colegio podrán comer lo que quieran.
-La comida de los elfos no es igual a la que yo misma preparo. –Alegó la mujer, ansiosa-. Creo que también les haré algo para llevar...
-Molly... –Arthur se acercó a su esposa y tomó su mano atrayendo su atención-. Creo que deberías tratar de calmarte.
La mujer suspiró al tiempo que tomaba asiento, la preocupación reflejada en su rostro. Su esposo se sentó junto a ella sin soltar su mano.
-¿Crees... que todo ése plan de Dumbledore vaya a resultar? –La mujer miró a su esposo a los ojos, esperando su respuesta. Arthur solo asintió en silencio-. ¿Y si no llegara a ser así?
-Albus es un mago muy hábil. –Arthur dio un leve apretón a la mano de su esposa-. No puedo decir menos de Snape y de Harry. Y los Aurores están muy bien entrenados para la batalla.
-Eso es muy bueno. –Respondió su esposa-. Pero... ¿Qué hay de los muchachos? ¿Es necesario poner sus vidas en riesgo? Son tan jóvenes...
-Si Dumbledore los ha llamado es porque sabe que están bien preparados. –Molly guardó silencio, no muy convencida de sus palabras-. El mismo Snape se encargó de enseñarles todo lo necesario.
-No pongo en duda la capacidad de Severus para entrenarlos. Ni la capacidad de ellos para aprender. –Señalo la Auror-. Es sólo que... enfrentarse en clases de Duelo contra un compañero no es igual que hacerlo contra un mortífago en un campo de batalla. Ellos son hombres violentos que no tendrán reparo en lanzar maldiciones imperdonables, sin importar que sus oponentes sean Aurores... o niños.
-Ellos ya no son unos niños.
-¡Para mí sí lo son! –Arthur se sorprendió ante la actitud angustiada de su esposa. Ella se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro, nerviosa-. Por lo menos Ron, Hermione y Harry lo son. Son mis niños...
Arthur comprendió a su esposa al verla detenerse en mitad de la habitación, abrazándose a sí misma al tiempo que sus hombros se sacudían en señal de llanto. Se acercó a ella para rodearla con sus brazos, tratando de consolarla.
-Comprendo que tengas miedo... –Murmuró a su oído, haciendo que ella asintiera en medio de un sollozo-. Te mentiría si te dijera que yo no, porque también son mis niños. Yo también temo por ellos. –Levantó su rostro para mirarla a los ojos-. Pero no debes olvidar que no estarán solos. Nosotros estaremos ahí para apoyarlos. A ellos y a sus compañeros.
-Tienes razón... –La mujer secó sus lágrimas y sonrió a su esposo, apenada-. Perdóname. Sabes que casi nunca soy así.
-No tengo nada qué perdonarte. –Le respondió su esposo mientras acariciaba con ternura su rostro-. Te amo y te admiro porque eres una mujer fuerte y valiente. Pero también porque eres una compañera amorosa y una madre preocupada. Y más de una vez me has demostrado que puedes ser todo eso y mucho más.
Molly se ruborizó ante las palabras de su esposo, olvidando de inmediato el motivo de su preocupación. Arthur le dio un suave beso en los labios y regresó a su lugar en la mesa, mientras ella terminaba de servir el desayuno. Momentos después, Ron y Hermione entraban al comedor con sus baúles listos y encogidos, y ajenos por completo a la plática sostenida por el matrimonio minutos antes.
Desayunaron en un tranquilo silencio, roto de vez en cuando por los comentarios de Arthur sobre alguna noticia publicada en El Profeta, hasta que llegó la hora de partir.
-No dejen de practicar los hechizos que les enseñó el profesor Snape. –Les recordó Molly mientras abrazaba a Hermione, quien asintió con una sonrisa. Ron se acercó a su madre y ésta le dibujó un beso en la mejilla-. Cuídala mucho.
El joven respondió con un leve movimiento de su cabeza, y después de despedirse de su padre despareció por la chimenea detrás de su novia.
Cuando los muchachos se fueron, Arthur permaneció abrazando a su esposa hasta que las llamas regresaron a la normalidad.
-No te preocupes, querida... –Le dijo mientras estrechaba su abrazo-. Ellos saben cuidarse.
-Sí. Ellos estarán bien. –La Auror apoyó lo dicho por su esposo, su voz reflejando una seguridad que su corazón de madre estaba muy lejos de sentir.
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Sirius y Harry se encontraban desayunando en el salón. Con la vista fija en su plato y su barbilla descansando sobre una mano, el muchacho sólo jugueteaba con la comida y suspiraba de vez en cuando. Su padrino no dejaba de observarlo y sólo entrecerraba sus azules ojos sin poder –ni querer-, adivinar lo que pasaba por su mente. Resopló, fastidiado, cuando pudo distinguir que el enésimo suspiro escapaba de los labios entreabiertos de su ahijado.
Harry emergió de su estado de ensoñación cuando escuchó el resoplido del animago. Se enderezó en su sitio y reanudó su desayuno, ya casi frío.
-Parece que la visita de tus amigos te ha levantado el ánimo... –El comentario de Sirius provocó un leve sonrojo en el rostro del Niño que vivió, quien a pesar de eso no pudo evitar notar un tono sospechoso en su voz-. Quiero... creer que eso es lo que te tiene así desde hace dos días...
Harry asintió con la mirada aún en su plato, sin querer levantarla para enfrentar la de su padrino. Aunque sabía que el animago no podía leerle el pensamiento, no quería que analizara en sus verdes ojos lo que ellos gritaban a los cuatro vientos sin necesidad de expresarlo con sus labios.
Las dos noches anteriores había vuelto a tener contacto con Severus. Los pocos minutos que tuvieron, los aprovecharon para que su pareja lo pusiera al tanto de los planes que se estaban llevando a cabo para el ataque a Voldemort. Así fue como supo que el mismo Dumbledore se encargaría de entrar a la Mansión Riddle con ellos, suplantando la identidad de Draco.
De ésa misma forma se enteró que sus ex compañeros del Colegio habían sido llamados para volver al Castillo, y que los Aurores que servían a la Orden se apostarían ésa misma tarde en la Mansión Black, hasta el momento de ser llamados a la batalla.
Le había extrañado la decisión del director de seguir utilizando la Mansión de Sirius a pesar de su oposición. Pero el hecho de que el animago no estuviera de acuerdo en que su ahijado participara, no le liberaba del compromiso de seguir facilitando su casa como cuartel general de la Orden.
Ésas noticias habían dejado a Harry muy preocupado, ya que con eso, Severus le daba a entender que Voldemort no tardaría en llamarle. Harry le había preguntado si ya tenía algún plan para poder reunirse con él cuando el momento llegara, a lo que el profesor sólo se había limitado a pedirle que tomara pluma y pergamino y anotara dos hechizos.
El primero era un hechizo que le serviría para convertir cualquier objeto en un trasladador que lo llevaría directo a la oficina de Dumbledore, en Hogwarts. Y el segundo era un hechizo para burlar las barreras de protección de la Mansión Black y así poder utilizar el trasladador sin necesidad de salir de su propia habitación.
Cuando el muchacho le preguntó si no había riesgo de que Sirius se diera cuenta que él estaba escapando de sus barreras, Severus le respondió que era un hechizo indetectable. De los muchos hechizos que Dumbledore se sabía y que pondría en práctica él mismo en la Mansión Riddle, donde confiaba que Voldemort tampoco los detectara.
El Gryffindor anotó con mucho cuidado los hechizos que su pareja le enseñó. Y aunque tenía muchas preguntas más qué hacerle, el tiempo se acabó y tuvo que despedirse de él cuando la pequeña Hedwid comenzó a desaparecer.
Harry volvió a suspirar, dejando a un lado el desayuno. Después de hablar con Severus, el joven se había dedicado a practicar el hechizo trasladador, pero sin atreverse a utilizar ningún objeto aún. Él estaba consciente que en el momento en que decidiera hacerlo se estaría rebelando ante las órdenes de su padrino. Y pensar en eso le dolía mucho.
La llegada de una lechuza a la que reconoció como las utilizadas por el Colegio lo sacó de sus cavilaciones. Sirius frunció el ceño cuando el animal se posó sobre la mesa, dejando un paquete bastante voluminoso sobre ella. El animago tomó dos pergaminos que el ave tenía atados en una pata y los leyó frente a la mirada curiosa de su ahijado.
Pasaron unos segundos en los que a Harry le pareció que al animago no le gustó lo que leía en el primero. Supuso que Dumbledore le informaba sobre la llegada de los Aurores, situación de la que él ya estaba al tanto gracias a Severus. El animago suspiró mientras movía la cabeza y dejaba el pergamino a un lado para comenzar a leer el otro.
Su gesto de molestia cambió a uno de satisfacción. El hombre volteó a ver a su ahijado, una incipiente sonrisa en sus labios. Harry se enderezó en su asiento, intrigado ante la actitud de su padrino cuando éste tomó el objeto que la lechuza dejara sobre la mesa y se la extendió al muchacho, instándole a que lo tomara.
-¿Qué es esto? –Le preguntó el joven, mientras sostenía el objeto entre sus manos. Lo palpó y una sonrisa de sospecha y emoción atravesó sus atractivos rasgos-. ¿Es lo que me estoy imaginando?
-Ábrelo. –Le respondió su padrino-. Espero que te guste.
El muchacho obedeció. Retiró el papel que lo envolvía y su rostro se iluminó. Ése sólo gesto fue suficiente para que el animago supiera que su regalo le había gustado.
-Sirius... esto es... –Harry acarició con embeleso el suave mango de la escoba, sin poder creerlo-. Es preciosa. No sé qué decir...
-No tienes que decirme nada. –Sonrió-. ¿Por qué no la pruebas?
-¿Ahora?
-¿Tienes otra cosa qué hacer? –El muchacho negó con la cabeza. Sirius se puso de pie y sacó su varita para verificar que la escoba no estuviera hechizada y después se dirigió a la puerta-. Te veré más tarde. Diviértete.
-Sirius... –El hombre volteó a verlo-. Gracias.
El animago correspondió con una sonrisa, para después dejarlo solo.
Harry caminó deprisa hacia los amplios terrenos de la Mansión Black. La mañana era fresca y despejada y el muchacho no quiso perder un minuto más sin poder disfrutar de su Saeta de Fuego nueva.
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Oliver emergió por la chimenea de la enfermería, seguido por su pareja. Ambos jóvenes observaron extrañados a Poppy, quien parecía estar mostrando las instalaciones a un grupo de medimagos y enfermeras. Al ver llegar al Gryffindor, la mujer dejó lo que hacía para acercarse a los muchachos, quienes le dirigieron un educado saludo de buenos días.
-Oliver, no pensé que llegarías tan temprano. –Comentó la enfermera después de responder al saludo de los jóvenes y reconocer a Blaise como un ex alumno y la pareja de su auxiliar-. Mejor así, porque hay cosas de las que es necesario que te enteres.
-Pero... Madame, yo sólo... –Oliver no tuvo tiempo de aclararle a su jefa que sólo estaba ahí para acompañar a su pareja. La mujer lo tomó del brazo para conducirlo hacia el grupo de medimagos, que ya la esperaban.
-Te veré más tarde. –Blaise se despidió de su pareja con una sonrisa y dio la media vuelta para buscar la salida de la enfermería. La sonrisa se borró de su rostro para dar paso a la sorpresa, al ver frente a él a la persona que menos se imaginaba encontrar en ése lugar y momento.
Draco y su padre acababan de salir de su sesión y se dirigían también a la salida. El joven conducía la silla de su padre y Lucius se extrañó al notar que su hijo la hacía detenerse en seco. Lo que no pudo notar fue la palidez en el rostro del muchacho, y una mirada que no presagió nada bueno.
-¿Sucede algo, Draco? –No obtuvo respuesta. Dirigió sus azules ojos hacia la persona que se encontraba parada frente a ellos-. ¿Qué no es tu compañero? ¿El que estuvo en el sepelio de tu madre?
-Sí... –Draco apretó los asideros de la silla, hasta que la sangre dejó de circular en sus manos para subir por todo su rostro.
-¿No vas a saludarlo? –La pregunta inocente de su padre lo alteró. Se alteró mucho más cuando vio a Blaise acercándose a ellos.
La mirada del recién llegado se posó en el rostro de su ex pareja, expresando infinidad de sentimientos a través de sus ojos aceitunados.
-Hola, Draco... –El rubio permaneció impasible, sin dignarse a responder al saludo. Una sombra de tristeza atravesó el rostro de Blaise, quien se volvió hacia Lucius para evitar los acerados ojos de Draco-. Buenos días, señor Malfoy. –Saludó con cortesía. Lucius respondió al saludo de la misma forma.
Draco apretó la silla con más fuerza hasta que sus manos dolieron. Sintió su vista nublarse y antes de que el castaño dijera algo más, condujo la silla a la salida lo más rápido que pudo.
-¿Me podrías explicar qué te ocurrió? –Le preguntó su padre cuando ya se encontraban lejos-. Eso no fue muy educado de tu parte.
El hombre alcanzó a escuchar el resoplido que su hijo le dio como respuesta. Supo que el muchacho no quería hablar del asunto, por lo que dejó de preguntar... no sin prometerse a sí mismo que más adelante averiguaría todo al respecto.
-¿Quieres que te lleve a nuestras habitaciones? –Le preguntó el muchacho, dando el tema de Blaise por terminado-. ¿O deseas ir a alguna otra parte?
-Estoy muy cansado. –Fue la respuesta de su padre-. Además, tú tienes que ir a clase de Duelo con Severus. Y debes empacar tus cosas para integrarte al grupo de McGonagall.
Draco volvió a sentirse alterado al darse cuenta de lo que eso significaba. Volvería a ver a Blaise, y entonces no iba a poder hacer nada para evitarlo. Optó por un escape desesperado.
-Estaba pensando que si no tienes inconveniente, podría quedarme contigo hasta que llegue la hora de partir. –El muchacho cruzó los dedos esperando una respuesta afirmativa.
-Por mí no hay problema. –Respondió Lucius-. Pero no creo que McGonagall lo permita.
-Creí que tú también estabas a cargo del tercer grupo. –Comentó el joven, extrañado ante la respuesta de su padre-. Al menos eso fue lo que entendí cuando me contaste que también te integrarías a él.
-Pues entendiste mal. –Lo corrigió el hombre-. Si me ofrecí a apoyar a la subdirectora, fue con la intención de estar pendiente de ti en todo momento. Y eso fue después de enterarme que habías decidido apoyar a la Orden del Fénix sin tomarte la molestia de consultarme.
-Lo siento, padre. –Draco se disculpó, avergonzado-. Durante ésos días ocurrieron tantas cosas, que Severus y yo olvidamos decírtelo.
-Me di cuenta.
Draco guardó silencio ante el tono de reproche en la voz de su padre. Llegaron a sus aposentos y después de dejarlo en la sala leyendo un libro, Draco se dirigió hacia las mazmorras. Aún era temprano y quería platicar un rato con Severus antes de que la clase comenzara.
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Remus se encontraba en el laboratorio del profesor de pociones, en las mazmorras. Con el brazo derecho extendido y una liga en su antebrazo, el hombre apretaba el puño de su mano mientras Severus le extraía un poco de sangre con una aguja y la depositaba en un tubo de ensayo.
-¿Me prometes que Albus no correrá ningún peligro? –Preguntó el profesor de Defensa, mientras observaba a su compañero de trabajo guardando su sangre almacenada en un lugar bastante seguro-. No quiero cargar con una maldición en mi conciencia.
-Seré bastante cuidadoso. –Respondió el profesor de pociones-. Y si algo sale mal, yo seré el único responsable en todo caso.
-Ésa no es una buena respuesta. –Le reclamó el licántropo, la seriedad reflejada en su voz-. Aquí no debe haber errores.
-Relájate, Lupin. –Severus salió del laboratorio seguido por el profesor de Defensa-. Si yo no estuviera seguro de poder hacerlo a la perfección, no lo haría.
Remus ya no dijo nada. Él sabía que Severus era el mejor en su trabajo y confiaba en su capacidad, más de lo que él mismo hubiera deseado.
Aún así, todo eso de utilizar su sangre en una poción multijugos para que Dumbledore se convirtiera en la copia de Draco Malfoy, y que así Severus pudiera engañar a Voldemort y que Harry pudiera vencerlo, seguía pareciéndole una idea demasiado arriesgada. Más arriesgada aún que el mismo riesgo que Dumbledore corría al beber su sangre de licántropo mezclada con una poción.
-Severus... –El hombre volteó a verlo al escuchar su nombre-. ¿Has tenido contacto con Harry?
-¿Por qué me preguntas? –Le respondió el profesor, sin atreverse a confiarle algo como eso-. Pensé que tú y él se escribían.
-Por desgracia no es así. –Fueron las palabras del licántropo-. Me temo que mi situación con Sirius es igual o peor que la tuya con él.
-Harry me comentó algo al respecto. –Severus terminó por confesar-. Me dijo que Black se molestó contigo porque le ocultaste sobre nuestra relación.
-Esa fue una razón... pero no la única. –Dejó el tema de Sirius a un lado al sentir que su corazón se encogía-. Eso quiere decir que sí has hablado con él. ¿Se encuentra bien?
-Sí. No te preocupes. –Severus comenzó a revolotear unos papeles en su escritorio mientras continuaba-. Aunque Black no le permite escribirme, nos la hemos ingeniado.
-¿Harry está de acuerdo con el plan de llevarlo ante Voldemort? –El profesor de Pociones asintió-. ¿Y cómo piensan hacerlo volver? Porque tengo entendido que Sirius se negó a que Harry fuera con ustedes, y supongo que ahora estará más al pendiente que nunca de él.
-Ya tenemos eso arreglado. –Severus encontró lo que buscaba y se dirigió a la puerta-. Estará aquí cuando llegue el momento en que Voldemort me convoque.
-¿Y cómo sabrá Harry cuando llegue ése momento? –Severus se paró en seco ante la pregunta del profesor de Defensa-. ¿Severus?
-No hemos pensado en eso...
-Pues ya tienen algo más en qué ponerse de acuerdo. –Fue el último comentario del licántropo al respecto-. Si vuelves a hablar con él... salúdalo de mi parte.
Remus salió del despacho de Severus dejando al profesor con algo más en qué pensar. El licántropo estaba en lo cierto. Ellos habían considerado la manera en que Harry aparecería, pero no la manera en que se enteraría.
Tampoco podían delegarle la responsabilidad al muchacho confiando en el poder de su empatía... y Harry no era ningún adivino.
-Hola, padrino. –La voz de Draco detrás de él lo sobresaltó. El muchacho se dio cuenta y sonrió, apenado-. Acabo de ver a Lupin salir de aquí, ¿Qué quería?
-¿Ya tienes tus cosas listas? –El profesor obvió la pregunta de su ahijado-. Minerva ya está reuniendo a los muchachos. Todo el grupo se instalará en una cámara que ella designará.
-He decidido quedarme en los aposentos de mi padre. –Fue la respuesta de Draco-. Al menos hasta que McGonagall me llame.
-La carta que tú recibiste ésta mañana fue un llamado. –Severus no mostró intenciones de apoyarlo en su decisión-. Así que será mejor que empaques tus cosas y te presentes de una vez.
-Pero... padrino...
-Lo siento, Draco. –Lo interrumpió el profesor-. Ésta es una situación bastante seria y no puedo solaparte nada ésta vez. Tendrás que atenerte a lo que Minerva diga, como todos los demás.
Draco suspiró mientras bajaba la cabeza con pesar. Severus frunció el ceño preguntándose el porqué de ésa actitud, hasta que recordó su conversación la noche anterior.
-Escucha, Draco... –Severus se acercó al muchacho y lo tomó por los hombros, pidiendo su atención-. Al integrarte al grupo aceptaste una gran responsabilidad. En tus manos y las de esos muchachos está el apoyarnos a Albus, a mí y a toda la Orden, para que Harry pueda lograr su objetivo. Y sabes muy bien lo que ocurrirá si todo llegara a salir mal.
Un hondo escalofrío recorrió la columna del muchacho al recordar el motivo por el cual se encontraba metido hasta el fondo en todo eso. Asintió en silencio mientras su padrino continuaba.
-Tú no debes dejar ésa responsabilidad a un lado sólo porque no quieres ver a Zabini ni tener una confrontación con él. –Severus vio cómo los hombros de Draco caían-. Sé... que él te ha lastimado y que no es fácil enfrentar a alguien que te ha decepcionado tanto. Pero creo que la causa es más importante ahora. –Draco permaneció en silencio mientras escuchaba a su padrino-. Lo mejor que puedes hacer es encararlo.
-No puedo... aún no. –Draco movió la cabeza en negativa, su voz quebrándose-. Aún me duele y... no creo tener el valor... aún no.
-Entonces pasa de él. –Draco lo miró, interrogante-. Ignóralo. Como el buen Slytherin que tú has sido siempre. Haz como si no existiera, hasta que te sientas lo bastante fuerte para decirle lo que tengas que decirle. –Su ahijado asintió ésta vez. Severus palmeó su hombro y se dirigió a la puerta-. Es hora de la clase de Duelo. Será mejor que nos demos prisa, el grupo ya debe estar esperándome.
-¿El grupo? –Draco se apresuró a alcanzarlo-. ¿Les darás clases a ellos también?
-Por supuesto. –Respondió el hombre-. Hay que aprovechar que están aquí para enseñarles los hechizos que les he enseñado a ustedes.
-Pero... eso significa que... lo veré a él.
-Draco... –Severus se detuvo en mitad del pasillo al notar la vacilación del rubio-. Considera éste encuentro con Zabini como tu primera práctica de... "Cómo volver a ser un buen Slytherin".
-Como si fuera tan fácil... –Masculló el muchacho entre dientes y volvió a suspirar mientras seguía a su padrino al aula de Duelo.
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Severus arribó por la chimenea de su propia habitación y después de despojarse de su capa de dejó caer en la cama, rendido. Acababa de terminar su lección de Duelo con el grupo de Minerva y a pesar de que Remus no había dejado de apoyarlo, la clase había resultado muy pesada. No tenía ánimos ni siquiera para cenar. Permaneció recostado con la mirada perdida en el techo, su cansado cuerpo negándose a hacer movimiento alguno.
-Ésos niños... –Murmuró mientras repasaba en su mente una de las clases más largas y difíciles que el hombre podía recordar-. Son unas cabezas duras... no sé por qué no se me ocurrió antes continuar las clases con ellos también.
Permaneció varios minutos en ésa posición hasta que su cuello comenzó a resentirlo. Se levantó con pereza para desvestirse y entró al baño para darse una larga ducha que lo relajó. Después de clocarse el pijama tomó un pequeño pergamino de su velador y lo abrió. Pronunció un hechizo y una pequeña lechuza idéntica a la de Harry comenzó a revolotear. El hombre esperó unos segundos antes de ver aparecer las primeras palabras que su pareja le dirigía ésa noche.
-"Hola, mi amor..." -Severus sonrió ante el saludo cariñoso de su joven pareja-. "Pensé que no hablaríamos hoy. Ya es algo tarde."
-Lo lamento, Harry. –Fue la respuesta del profesor de Pociones-. Hoy fue un día bastante pesado.
-"¿Tuviste algún problema?" -Aunque Severus sólo podía leer lo que Harry decía, no pudo evitar detectar un dejo de preocupación en sus preguntas-. "¿Todo está bien por allá?"
-No te preocupes, todo está bien. Hablo de las clases de Duelo. Nos costó mucho trabajo hacer que tus compañeros se aprendieran la mitad de los hechizos.
-"¿¡Los que tienes anotados en el pergamino que te dio Lucius?" -Ésta vez el hombre creyó notar un tono de sorpresa-. "¿Eso quiere decir que Remus y tú impartieron clases de Duelo todo el día?"
-Así es, Harry. Debemos hacer que los muchachos se pongan al corriente. Se ha perdido mucho tiempo. Por cierto... ¿Estás practicando los hechizos que Hermione te escribió?
-"Sí, mi amor. No te preocupes. Sirius no ha dejado de apoyarme a ése respecto."
-Me alegra saber eso. ¿Sabes si ya comenzaron a llegar los Aurores que se quedarán allá?
-"Han estado llegando desde la mañana." -Respondió el Gryffindor-. "A mi padrino no parece gustarle mucho la idea."
-Pues lo siento por él, pero no podemos instalarlos en Hogwarts. Ambos sabemos bien que el motivo por el cual Albus eligió la Mansión Black como cuartel, fue por la dificultad de su localización.
-"Tienes razón, Severus..." -Aceptó el joven-. "Yo sólo espero que toda ésta situación no le colme la paciencia."
-Harry... hoy hablé algunas cosas con Lupin.
-"No me ha escrito desde que llegué aquí. ¿Se encuentra bien?"
-Él está bien, y te envía saludos. Pero no es de él de quien quiero hablarte. Hay algo que él me señaló con respecto a todo esto, que se me estaba pasando por alto y sobre lo que no nos hemos puesto de acuerdo.
-"¿De qué se trata?"
-Ya sabemos cómo hacer para que estés aquí cuando llegue la hora. Pero... no hemos decidido el modo de que te enteres cuando llegue ése momento.
-"Es verdad..." -Severus pudo adivinar que el muchacho fruncía el ceño ante sus palabras-. "No creo que debamos confiar en mi empatía. Después de todo, no siempre me entero de todo lo que Voldemort planea."
-Estás en lo correcto. –Lo apoyó su pareja-. He decidido que dejemos de utilizar éste medio a menos que sea necesario.
-"¿Quieres decir que dejaremos de comunicarnos?"
-Me temo que así será, Harry. –Respondió Severus-. Éste es el único medio seguro en que podemos saber el uno del otro, pero no debemos agotar la magia del pergamino. Por lo que la próxima vez que hablemos, será cuando llegue la hora de volver a Hogwarts.
-"Entiendo..." -Severus casi pudo sentir la tristeza que fluía entre las palabras de Harry. Suspiró mientras pasaba la yema de sus dedos por toda la orilla del pergamino. Hedwid comenzó a desaparecer-. "Entonces... es hora de despedirnos. Guardaré el pergamino y lo abriré cada noche hasta recibir noticias tuyas."
-Te amo, Harry.
-"Yo también te amo, Severus."
Hedwid desapareció de la vista del profesor y éste enrolló el pergamino para guardarlo, sin dejar de sentir cierta aprehensión al pensar en lo que eso significaba.
Que en el momento en que la Marca en su brazo ardiera, él tendría que llamar a Harry para pedirle que desapareciera de la Mansión Black y escapara de su padrino... y entonces él lo acompañaría en el que sería su último enfrentamiento contra Voldemort.
Todo eso parecía demasiado fácil, pero lo que ni Harry ni él estaban considerando, eran las consecuencias que ésta decisión tendría en un futuro muy cercano... consecuencias en las que el tan temido Lord Oscuro iba a tener muy poca influencia.
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El siguiente día de clases de Duelo con Severus Snape y Remus Lupin fue aún más extenuante que el anterior, según opinión de todos los integrantes del grupo de Minerva McGonagall, quienes al llegar el anochecer de ése día martes no quisieron hacer nada más que retirarse a descansar obviando su paso por el Gran Comedor.
Draco, Ron y Hermione caminaban con paso cansado por los pasillos que los conducirían a las habitaciones destinadas para ellos por la subdirectora. En ésa ocasión, no hubo distinción de Casas y fueron acomodados en orden indistinto, por lo que al rubio le tocó compartir habitación con Ron, y a Hermione con una chica de Ravenclaw.
-Ésta vez sí que se les pasó la mano a ésos dos. –Comentó el pelirrojo, cuyo arrastre de sus pies al andar comenzaba a molestar a los cuadros que se encontraban a su paso-. Estoy exhausto.
-No deberías quejarte, Ron. –Le respondió su novia-. Nosotros sólo nos dedicamos a repasar los hechizos. Los demás tuvieron que aprendérselos de memoria en cuestión de horas.
-Hermione tiene razón. –Secundó el Slytherin-. No tuvimos que anotarlos cien veces en un pergamino como hicieron ellos, y después practicarlos cien veces más.
-Pobres chicos... –Ron se lamentó por sus compañeros-. Estoy seguro que ésta noche soñarán con Snape y sus hechizos.
-No lo dudes, Ron.
Los tres guardaron silencio tras las palabras de Hermione. Llegaron a la cámara que McGonagall les había asignado y Draco se adelantó hacia la zona que correspondía a los varones, para dar oportunidad a los novios de darse las buenas noches.
Caminaba sin prisas por el pasillo que lo conduciría a los aposentos que compartía con Ron. Estaba tan agotado que no vio cuando alguien se acercó por detrás y lo tomó de la cintura para hacerlo entrar a una habitación que no era la suya.
-Pero ¿Qué...? –Draco estuvo a punto de sacar su varita cuando en la semi oscuridad del lugar pudo distinguir las facciones de su ex pareja. La sorpresa inicial dio lugar a la molestia-. ¿Se puede saber qué diablos intentas?
Draco sintió el agarre de Blaise en su cintura y se movió con brusquedad para zafarse de él. Tuvo tiempo para recorrer con la mirada el pequeño espacio donde se encontraban. Pudo distinguir que se trataba de una pequeña sala, amueblada con un sillón tapizado en color gris y una chimenea que alcanzaba a iluminar un librero muy antiguo ubicado en la pared frente a ella.
-Lo siento, Draco. –Se disculpó Blaise-. Pero como me has estado ignorando desde ayer, decidí que es la única forma en que puedo hacer que me escuches.
-No tengo nada que escuchar de ti. –Fue lo que el castaño obtuvo como respuesta-. No me interesa nada de lo que puedas decirme.
-Te he extrañado, Draco... mucho. –El rubio entrecerró sus grises ojos al escucharlo. Un resoplido de incredulidad brotó de sus labios mientras Blaise continuaba hablando-. Sé... que no quieres creer lo que te digo. Pero es la verdad. No ha pasado un solo día desde mi partida en que no estés constante en mis pensamientos...
Blaise se acercó al rubio para intentar tomarlo entre sus brazos, pero Draco fue más rápido y logró esquivarlo. No pudo evitar que el movimiento lo hiciera caer sentado sobre el sillón. Blaise aprovechó el momento de confusión para sentarse junto a él, tan cerca que no le dio oportunidad de ponerse de pie.
Se quedaron sentados en el sofá, uno junto al otro en completo silencio. Draco distrajo su atención en las llamas de la chimenea, negándose a mirar los aceitunados ojos del muchacho sentado junto a él. Blaise suspiró mientras admiraba el rostro como alabastro de aquél a quien tantas veces antes había besado y acariciado y amado con todo su ser.
-¿Qué es lo que quieres de mí? –La pregunta fluyó de los labios del rubio en un susurro casi imperceptible para los oídos de Blaise. Éste respiró con fuerza, su nariz absorbiendo el perfume que provenía de la persona a su lado.
-Sólo quiero que sepas que... te sigo amando. –Draco frunció el ceño mientras comenzaba a mover su cabeza, negándose a creerle-. Quiero que sepas que en todo este tiempo que estuvimos juntos me entregué a ti, en cuerpo y alma y que...
-Eso no es cierto. –Lo interrumpió Draco-. ¿Cómo puedes ser tan mentiroso?
-No es mentira. –Los ojos de Blaise se nublaron y tuvo que hacer un gran esfuerzo para evitar que la voz se le quebrara-. Mi corazón te pertenece, Draco. Te perteneció desde el primer instante en que me diste a probar tus labios y me enseñaste a entregarme por completo...
-¡No mientas! –Draco se levantó del sillón para encararlo. Sus ojos brillaban y Blaise no supo si su brillo se debía al reflejo de las llamas a un costado, o era que las lágrimas comenzaban a formarse en ellos-. ¡No puedes decirme que te entregaste a mí por completo! ¡No puedes decirme que tu corazón me ha pertenecido sólo a mí! ¡Porque sé muy bien que no es así!
Blaise se puso de pie y Draco se acercó a él lo suficiente para poder susurrar cerca de su rostro. Blaise tembló ante la cercanía. Aún así, permaneció parado en el mismo sitio, viendo cómo los ojos claros de Draco se humedecían en un esfuerzo por no permitir salida a las lágrimas.
-Tu corazón nunca me perteneció por entero... –Blaise permaneció en silencio ante sus palabras, viendo cómo una lágrima furtiva se deslizaba por la mejilla de Draco, para desaparecer en la comisura de sus labios tratando de no dejar huella-. Ni tu alma. De todo eso que tú dices haberme entregado... sólo fui dueño de la mitad.
-No es así, Draco. No...
-Tú te entregaste... a medias... a mí. –Prosiguió el rubio, su voz entrecortada por el supremo esfuerzo que hacía para no llorar-. Y te estás entregando a medias... a él. Y nos estás fallando a los dos y eso quiere decir que... no nos amas de verdad.
-Escúchame, por favor...
-Quien ama de verdad no se entrega a medias... se entrega por completo. –Un sollozo de Blaise se dejó escuchar mientras Draco seguía hablando-. Se entrega sin reservas, sin condiciones. Entrega toda su alma, todo su corazón... toda su vida. Se entrega por entero. Como yo te lo entregué todo... como Oliver lo ha hecho también.
-Draco...
-No puedes... hacer que olvide cómo lo besabas en la enfermería. –Blaise bajó los ojos-. No puedes hacer que olvide lo que hay entre ustedes. –Draco apretó los puños con fuerza para evitar que un sollozo escapara de sus labios-. Sé... que él está viviendo contigo. Sé muchas cosas que ni siquiera te imaginas... no intentes hacer que me convierta en cómplice de tus mentiras. No me vengas con que tu corazón me pertenece. Ya no me mientas. Ya no le mientas a él y... ya no te mientas a ti mismo.
-Es verdad que estoy con él. –Admitió Blaise, levantando su mirada cristalizada por las lágrimas derramadas y que, a pesar de todo, mantuvo fija sobre la mirada gris de Draco-. Y te mentiría si te dijera que a él no lo amo. A él también le he entregado mi alma... mi corazón también le pertenece a él.
-No puedes amarnos a los dos. –La voz sonó decidida, sin darle a Blaise la posibilidad de réplica-. O amas a uno sólo... o no amas a ninguno. Debes elegir.
-Yo te amo, Draco... –Blaise tomó las manos del rubio entre las suyas y depositó un suave beso en su mejilla, intentando borrar la única huella salada que la humedecía-. Y amo a Oliver. Por favor... no me pidas que elija.
Draco miró a los ojos de Blaise y no pudo evitar levantar una mano para acariciar ése rostro tan amado. Dejó escapar un gemido entrecortado mientras tocaba con la punta de sus dedos sus carnosos labios.
-Entonces... haré de cuenta que es a Oliver a quien amas. –Draco alejó su mano de ése adorado rostro y se soltó de la caricia de los dedos de Blaise que ahora se instalaba en sus mejillas. Se separó de él y se acercó a la puerta.
Antes de salir volteó a verlo, un hondo suspiro vibró en su pecho y una suave sonrisa se dibujó en su rostro antes de decirle.
-He visto... que está lleno de virtudes. –Refiriéndose a Oliver. Blaise abrió grandes sus ojos castaños y un brillo de orgullo latió en ellos, que Draco pudo notar-. Te devuelvo la parte de tu corazón que me pertenece. Ve con él y entrégasela... no es justo que él posea también sólo la mitad.
-Draco... por favor...
-Ya no estás obligado a amarme. No vuelvas a buscarme... ya no hay nada que puedas obtener de mí.
Draco salió de la habitación dejando a Blaise con una gran sensación de quebranto. Cayó en el sofá, su mirada fija en la nada y las lágrimas deslizándose por sus mejillas, ya sin control.
-¿Cómo puedo hacer lo que me pides, Draco? –Preguntó al vacío mientras se abrazaba a sí mismo tratando de recuperar el calor que acababa de perder con su partida. Se recostó en el sofá y cerró los ojos, dejando que los sollozos escaparan de sus labios sin intentar detenerlos-. ¿Cómo? Si aunque ya no la quieras... ésa parte de mi corazón aún te sigue perteneciendo.
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Lucius se encontraba en la enfermería esperando a Draco. Era miércoles en la mañana y le tocaba su sesión de fisioterapia. Resopló molesto al ver que ya era tarde y no se aparecía aún. Su gesto de molestia se borró en el instante en que Remus entró por la puerta de la oficina y saludó a Poppy.
-Buenos días, Remus. –La enfermera correspondió a su saludo con una suave sonrisa-. ¿En qué te puedo ayudar?
-Albus me dijo que cada jefe de grupo te está entregando una lista de aquellos a los que te tocará atender si llegara a ser necesario. Ya sabes... durante la batalla. –La mujer asintió-. Te traigo la lista de los Aurores que estarán en el grupo que me corresponde encabezar.
-¿Los que lucharán contra los Dementores? –Ésta vez fue el turno de Remus de asentir. La mujer echó un vistazo a la lista-. Pero... pensé que sólo elegirías Aurores. Aquí hay algunos muchachos del grupo de Minerva.
-Sólo los anoté para el caso en que pudiera necesitarlos. –Le respondió el profesor de Defensa-. La invocación del Patronus requiere de una gran energía mágica y no quiero agotarlos sin necesidad. Ambos sabemos lo que puede pasar si por cansancio alguno de ellos no pudiera sostener su Patronus en un momento crítico.
-Entiendo... –Poppy se acercó a su escritorio y dejó el pergamino junto a los demás-. Y es mejor no pensar en ésa posibilidad.
-Estoy de acuerdo contigo.
Remus se despidió de la enfermera con un movimiento de su mano y dio media vuelta para salir de la oficina. Una sonrisa se dibujó en sus labios al ver a Lucius frente a él.
-Hola, no sabía que estuvieras aquí. –Remus buscó un lugar dónde sentarse para quedar a la altura del rubio-. ¿Todo está bien?
-Sí. Estoy esperando al cabezota de Draco que aún no llega. –Remus rió con ligereza ante el tono usado para referirse a su hijo-. Veo... que ya sabes cuál será tu misión durante la batalla.
-Así es. –Respondió el profesor de Defensa-. Aunque te puedo asegurar que no será nada en comparación con el trabajo que los demás tendrán.
-No sé por qué dices eso. –Le contradijo el Slytherin, mortificado por el exceso de modestia del licántropo-. Tu misión será tan peligrosa como la de los demás. No debes menospreciar el peligro que los Dementores representan.
-Estoy consciente que también es un riesgo muy grande, Lucius. –Afirmó el licántropo-. Me refiero a que al menos no tendré que enfrentarme contra mortífagos ni contra El Que No Debe Ser Nombrado. –Un largo escalofrío recorrió la columna de Lucius al escucharlo. Remus se dio cuenta e intentó cambiar el tema-. ¿Cómo vas con tus terapias?
-Bien. –Respondió el ex mortífago encogiéndose de hombros-. Dentro de lo que cabe.
-¿Sigues... sintiendo dolor? –Lucius asintió. Remus lamentó en su interior el saber eso-. La batalla está muy cercana, ¿Cómo harás para pelear si no te encuentras bien?
-El doctor Green me prescribió un analgésico. –Fue la respuesta del rubio-. Es lo bastante fuerte para resistir lo que venga. Pero sólo podré administrármelo para ésa ocasión.
-Entiendo... –Remus colocó una mano sobre una de las ruedas-. ¿En cuánto tiempo podrás dejar ésta silla?
Lucius suspiró al notar el genuino interés del profesor.
-El médico me calculó de siete meses a un año. –Acercó su silla hasta quedar frente al licántropo-. Pero no pienso dejar pasar tanto tiempo.
-Me alegra verte tan decidido a recuperarte pronto.
-Tengo muchos motivos para ello... –Respondió el rubio mientras lo miraba con intensidad. Remus no pudo evitar sentir que un leve sonrojo se formaba en sus mejillas. Nunca dejaría de sentirse como un adolescente cada vez que Lucius lo mirara así-. ¿Tendrás algo qué hacer en la noche?
Remus volvió a la realidad al escucharlo. Él tardó unos segundos en entender su pregunta.
-¿En la noche? ¿Es decir... ésta noche? –Lucius asintió-. Pues... no. No tendré nada qué hacer.
-¿Te gustaría cenar conmigo? –Lucius acercó aún más su silla hasta que sus rodillas se rozaron. El corazón de Remus brincó, atolondrado, cuando su ex amante se acercó para susurrar muy cerca de su oído-. Yo llevaré la cena. Te veré en la Torre al anochecer.
El profesor entrecerró los ojos ante la cercanía de Lucius. Éste se alejó contra su voluntad al vislumbrar la silueta de Draco perfilándose en la entrada de la enfermería. Tomó su camino para alcanzar a su hijo y llamarle la atención por su tardanza, aunque en el fondo le estuviera agradecido por su impuntualidad.
Remus se quedó sentado en el mismo sitio, tratando de asimilar la sensación que lo embargó al encontrarse tan cerca de ése hombre. Abrió sus dorados ojos sólo para ver que se encontraba solo y que Lucius ya se había marchado sin haber esperado su respuesta.
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El cansancio que dejó la clase de Duelo ésa mañana, no pudo ser disculpa para que los miembros del grupo de la profesora McGonagall se ausentaran durante la hora del almuerzo en el Gran comedor. La subdirectora les perdonó su ausencia la noche anterior, pero cuando vio que durante el desayuno la situación se repitió, decidió dar la orden irrevocable que en adelante, sin excusa ni pretexto, todos debían estar presentes durante las tres comidas.
Pero parecía que la orden se había extendido hacia el profesorado, ya que además de Minerva, también Hagrid, Remus, Severus y hasta el mismo Dumbledore se encontraban ahí.
Draco se hallaba sentado junto a algunos de sus compañeros de Casa. Durante toda la mañana estuvo esquivando a Blaise, quien a pesar de su rechazo la noche anterior no había dejado de acercarse a él. Al no encontrar manera de dirigirle la palabra sin ser rechazado, decidió dejarlo tranquilo y se sentó a varias sillas de distancia, cosa que el rubio le agradeció.
Picoteaba la comida, sumido en sus propios pensamientos. Todos ellos lo bastante alarmantes como para preocuparse por los temas de conversación que se llevaban a cabo a sus costados, superficiales todos ellos. Suspiró, recordándose a sí mismo durante su época de estudiante, cuando no había preocupación más importante que una túnica elegante, un peinado impecable... y una sonrisa frívola.
Un murmullo recorriendo el lugar lo alejó de sus reflexiones. El muchacho levantó la mirada y se encontró con la mirada azul de su padre, que en ése momento entraba al Gran Comedor. Draco pudo observar, mientras Lucius se dirigía a la mesa de los profesores, que la mayoría de las exclamaciones eran de sorpresa por su presencia.
-¿No se supone que Lucius Malfoy está muerto? –Neville vio con cara de asombro cuando Albus Dumbledore eligió un lugar en la mesa para su invitado, dándole la bienvenida.
-¿De dónde sacaste eso? –Le preguntó Ron.
-Lo escuché de una amiga de la enfermera que atiende a mis padres en San Mungo. –Explicó el regordete muchacho, sin salir de su asombro-. Según sé, unos mortífagos los atacaron en un callejón y después de robarles los asesinaron.
-Pues no deberías creer todo lo que oyes. –Le respondió el pelirrojo, molesto al ver hasta dónde podían llegar los chismes-. Como puedes darte cuenta, eso no es verdad.
Neville guardó silencio mientras observaba a Lucius Malfoy entablar conversación con el Director. Los cuchicheos siguieron escuchándose durante el tiempo que duró el almuerzo, lo que a Draco comenzó a molestarle.
Pero lo que hizo que el rubio perdiera los estribos fue el comentario hecho por un compañero de su Casa.
-No puedo creer que se atreva a aparecerse por aquí... –Ignorando que Draco lo escuchaba-. Cuando todos sabemos que siempre ha sido de los mortífagos más fieles del Que No Debe Ser...
Pero no pudo terminar la frase, porque se halló de pronto frente a los grises ojos de Draco. El rubio se había levantado de su asiento al escucharlo y sin dudarlo se había dirigido a donde su compañero se encontraba.
-Escúchame bien, pedazo de imbécil... –Lo levantó de su sitio tomándolo por la solapa-. No estás hablando de cualquier persona... –El muchacho se encogió al mirar a los grises ojos, que brillaban de ira-. Estás hablando de Lucius Malfoy, el Presidente del Consejo de éste Colegio. Uno de los Magnates más influyentes en el mundo de los negocios... y mi padre.
Un profundo silencio siguió a las palabras del rubio, que nadie se atrevió a romper. Draco soltó a su compañero, quien cayó en su asiento sin poder pronunciar palabra. Respiró con fuerza y dirigió su mirada acerada a quienes lo observaban con la sorpresa aún en el rostro. Su voz sonó decidida cuando les habló.
-No quiero volver a escuchar que hablan mal de mi familia. –Sus ojos se clavaron en cada uno de aquellos que alcanzaban a escucharlo-. Aquél que se atreva a hacerlo se las verá conmigo.
Nadie dijo nada. Draco regresó a su lugar en la mesa, con toda la distinción digna de su apellido, sin percatarse de la mirada de inmenso amor que Blaise le dirigía, y de gran admiración de sus amigos y compañeros. Tampoco pudo ver que Lucius suspiraba desde su lugar en la mesa de los profesores, su corazón henchido de orgullo y en sus azules ojos el más profundo de los respetos.
Continuará...
Próximo capítulo: Reencuentros y despedidas. Segunda Parte.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia. Feliz navidad.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
