Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

Respuesta a los reviews:

Nan: Hola Nan, la verdad es que este capítulo es la consecuencia de lo ocurrido en el anterior, por eso es así de duro, pero todo lo ocurrido tiene solución. Sobre Draco y Oliver algo habrá algo de eso, pero no en ése sentido, sino en un sentido mucho más profundo como verás en esta segunda parte. Besitos mil y muchas gracias por tu comentario.

Sumset: Hola Sumset, la verdad es que me ha sorprendido lo que me has comentado, y me alegra mucho saber que todo se solucionó para bien. Lo de Harry también tiene solución, aunque aún me falta consultar algunas conceptos médicos para llegar al meollo del asunto. Espero que pronto tengas un tema para tu historia, y me ofrezco a ser tu beta. Muchas gracias por tus comentarios y besitos mil.

Muchas gracias también a Mis Andreina Snape y EugeBlack por sus reviews.

A todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.

XX

Realidades dolorosas.

Segunda Parte.

El dolor era evidente en los grises ojos de Ron, quien observaba con tristeza cómo Hermione era ingresada a la sección destinada para las víctimas de Dementores, en el Área de Psiquiatría Mágica. Ésa misma mañana, Poppy había firmado la salida de su paciente para permitir que dos enfermeros la trasladaran a San Mungo, y ahora sólo esperaban que fuera examinada y que se les informara sobre su situación.

Molly se había encargado de efectuar todos los trámites de traslado de la muchacha, pues de haber sido por Ron, la hubiera llevado con él a la Madriguera. Y aunque había sido difícil estaba consciente que era lo mejor, pues ellos no estaban en condiciones para atenderla en casa.

-Señores Weasley... –Una enfermera de edad madura y mirada afable se acercó a ellos. Molly y su hijo voltearon a verla con la preocupación grabada en sus rostros-. La doctora Sayers los espera. Hagan el favor de acompañarme.

Madre e hijo siguieron a la enfermera hacia una puerta de cristal, que fue necesario abrir con un movimiento de su varita. Les sorprendió encontrarse afuera del edificio en una enorme extensión verde que parecía un centro de descanso y que Ron supuso que había sido creado con magia.

Era un lugar muy bello, rodeado por jardines que serpenteaban entre pequeñas terrazas con hermosas fuentes, y que a Ron le recordaron a los jardines de los castillos europeos del siglo XVII, pero a una escala mucho más pequeña. No pudo evitar una gran preocupación al preguntarse el costo de la estadía de su novia en ése lugar. La sola idea de no poder pagar el tratamiento médico de la mujer que amaba le causó una profunda depresión. Pero cualquiera que fuera el precio, él trabajaría muy duro para poder pagarlo.

-¿Para qué es éste lugar? –Preguntó Molly, asombrada por su tamaño y belleza. Ron dejó su depresión a un lado para escuchar con atención-. ¿Es un área de descanso?

-En realidad es un poco de todo. –Respondió la mujer mientras seguía caminando por un pasillo colindante, desde donde se divisaban puertas también de cristal que rodeaban todo el terreno, dejando los jardines justo en el centro del enorme edificio-. Sólo son dos secciones, Medicina Interna y Psiquiatría.

Señaló la zona más alejada de donde se encontraban, mientras proseguía.

-Medicina Interna es la más grande porque es para los pacientes de todas las áreas del hospital. En ella se pueden recibir visitas de familiares y amigos a una determinada hora del día. Aquí también reciben tratamiento los pacientes que lo requieren. –Continuó la enfermera-. Algunos necesitan fisioterapia, algunos otros están en primeras fases de recuperación.

Molly y Ron asintieron en silencio mientras escuchaban. Sin darse cuenta, ya habían llegado al lugar donde la doctora Emma Sayers se encontraba, sosteniendo una conversación con algunos medimagos. Mientras esperaban a que se desocupara, la enfermera los condujo a un corredor junto a una puerta transparente que imaginaron era la oficina de la doctora.

Ron recorrió con la vista el lugar. Desde la posición en la que se hallaban, sólo podían apreciarse dos grandes terrazas separadas por un jardín, que la enfermera aún no les mostraba. En una de ellas había pacientes que al parecer tomaban el sol. Algunos enfermeros se encontraban junto a ellos, leyéndoles un libro o sosteniendo alguna conversación. Otros pacientes más estaban recostados en cómodas tumbonas sobre el verde pasto y parecían estar dormidos.

-¿Podría hablarnos sobre ésas terrazas? –Preguntó Ron. La enfermera asintió mientras se colocaba a su lado.

-Ésa es el Área de Cuidados Intensivos, y pertenece también a Medicina Interna. –Mientras señalaba hacia la izquierda, donde Ron aún podía distinguir a los pacientes que observara momentos antes-. Para los enfermos graves que están en tratamiento intensivo. A los que lo necesitan se les lleva de paseo para que puedan disfrutar de la luz del día, pues es bien sabido que el calor del sol es excelente para devolver al cuerpo las fuerzas que necesita.

Ron se imaginó que en ésa sección debía estar su mejor amigo. Se prometió ir a verlo en cuanto terminara. La enfermera prosiguió con su explicación.

-Ésta es la sección de Medicina Psiquiátrica. –Señalando la terraza que quedaba por conocer, y que a Ron le sorprendió que se encontrara vacía-. Es la única que pertenece de lleno al Área de Psiquiatría. Aquí se encuentran los pacientes que padecen trastornos mentales que por desgracia no tienen cura, y que no les dejan vivir una vida normal en el mundo exterior. Este lugar es todo su mundo.

Ron sintió que un nudo se formaba en su garganta al escuchar las palabras de la enfermera. El viento meció sus cabellos rojos cuando él movió la cabeza de un lado a otro, negándose a que ése pudiera ser el lugar donde Hermione se tendría que quedar.

-Aquí permanecen también los que sufren alguna locura por haber sido torturados con maldiciones imperdonables como el Cruciatus... y aquellos a los que los Dementores les han robado el alma y todos sus recuerdos. –Concluyó la enfermera, tratando de sonar informal.

Ron bajó el rostro al sentir que una solitaria lágrima descendía por su mejilla. Él no sabía el destino que le aguardaba a Hermione, pero estaba seguro que no permitiría que estuviera para siempre en ése lugar. Tuvo que sacar fuerzas de flaqueza para permanecer sereno cuando la enfermera se retiró y la doctora Sayers se acercó a ellos.

Era una mujer de cuarenta años, de complexión delgada y cabello castaño claro. Sus ojos azules estaban enmarcados por unos discretos lentes que hacían ver su rostro más delgado y juvenil. Se presentó como la directora del Área de Psiquiatría Mágica.

-Lamento lo ocurrido a la señorita Granger. –Ambos Weasley asintieron en silencio a sus palabras dichas con una voz muy suave. La doctora ya estaba informada sobre su relación con quien a partir de ése momento sería su paciente, y sabía que la muchacha no tenía más familia que ellos. Los invitó a entrar a su oficina, espaciosa y exquisita. Los colores claros de las paredes y las grandes puertas de cristal le otorgaban gran iluminación natural y una hermosa vista de la última terraza.

Ron no pudo negar que el conjunto era muy bello. Pero conociendo las razones por las que la gente –y ahora la mujer que amaba-, se encontraba ahí, le pareció un infierno. Hermoso, pero al fin y al cabo un infierno.

-He examinado el estado de la señorita Granger. –Comenzó la doctora cuando Molly y su hijo se sentaron en las dos sillas de suave piel beige frente a ella-. Al parecer el ataque del Dementor fue intenso, pero no lo suficiente para destruir su alma.

-¿Quiere decir que hay esperanzas de que se recupere? –Ron no pudo evitar hacer ésta pregunta, sintiendo que su corazón se le saldría del pecho en cualquier momento.

-Pese a que su alma no fue absorbida durante el beso, sus emociones positivas al parecer sí lo fueron. –Prosiguió la medimaga-. La despertamos para ver cuál sería su reacción al ver a las personas que nos encontrábamos con ella. Fue obvio que no nos reconoció, por el simple hecho de que no nos conocía. No respondió a ninguna de nuestras preguntas ni siguió nuestras conversaciones. Pero al escuchar el nombre del Colegio de Hogwarts se le presentó un cuadro de depresión profunda.

Ron bajó la mirada al escuchar las palabras de la doctora. Molly suspiró, acongojada. La doctora Sayers entrelazó sus manos sobre el escritorio mientras miraba a uno y otro rostro frente a ella.

-Haremos todo lo posible por ayudarla. Hay un medicamento innovador para tratar la depresión profunda. Acaba de ser autorizado y si ustedes lo permiten, podremos administrárselo. De ser así, sus efectos podrían notarse a partir de la tercera semana de comenzar el tratamiento. –Ron asintió. Aceptaría cualquier cosa que pudiera ayudar a Hermione en su recuperación. Al ver su asentimiento, la doctora prosiguió-. También se le apoyará con terapias para que pueda volver a integrarse a una vida lo más normal posible.

En éste punto la doctora respiró con fuerza, tratando de que sus palabras no sonaran tan duras a los oídos de quienes las escuchaban.

-Pero voy a ser honesta. Cada caso es distinto, y hasta ahora no ha habido algún paciente que logre salir de la terrible depresión que ocasiona el beso del Dementor. En su caso no hay garantías de que pueda haber una recuperación total... ni siquiera las hay de una recuperación parcial.

Ron se puso de pie y comenzó a pasear de un lado a otro de la oficina. En su mente mil preguntas que necesitaban ser respondidas.

-Una vez... tuve una conversación con unos amigos sobre el beso del Dementor. –La doctora asintió, poniendo atención a sus palabras-. Hablábamos sobre los recuerdos robados y la posibilidad de recuperarlos.

Se detuvo por un instante tratando de evocar en su memoria la mañana frente al lago, cuando Remus y Sirius se integraron a la conversación y dieron sus opiniones al respecto.

Remus había hablado sobre la posibilidad de recuperar recuerdos perdidos y volver a implantarlos en la mente. Pero sólo en el caso en que el Dementor absorbiera los recuerdos, no el alma. Como era ahora el caso de Hermione.

-Nunca se ha intentado algo como eso. –Reconoció la medimaga cuando Ron hubo expuesto sus pensamientos-. Pero para poder regresarle sus recuerdos al paciente, necesitaríamos conocerlos. Y nadie más que la misma Hermione puede saber lo que había en su mente.

Ron permaneció en silencio, negándose en el fondo a que no existiera al menos una ligera esperanza. Se volvió a la mujer, sus grises ojos embargados de profunda tristeza.

-¿Podrá recibir visitas? –Molly fue quien hizo esta pregunta. La doctora negó con la cabeza mientras respondía.

-Me temo que no es conveniente por ahora. Deben esperar un tiempo a que ella se adapte a su entorno. Ver a alguien conocido podría ser perjudicial por los malos recuerdos que le traerá, y eso la haría retroceder en su recuperación. Una cara nueva le dará recuerdos nuevos. Una cara conocida sólo la hundirá más en la depresión.

-No me parece lógico. –Alegó el muchacho-. ¿Cómo reanudará su vida normal si no puede volver a ver a las personas que ella alguna vez amó?

-Sé que parece una solución contraproducente. –La doctora se puso de pie para acercarse al muchacho, que comenzaba a alterarse. Este fijó su mirada gris en uno de los cuadros que adornaban las paredes. Se sintió más tranquilo y supuso que la doctora le había puesto algún hechizo relajante, pues ya había visto ese cuadro antes y no había sentido el mismo efecto-. Pero tenga en cuenta que será sólo por un tiempo. El principal objetivo de la terapia consiste en ir introduciéndola en un entorno nuevo, hacer que se adapte a él para dejar a un lado sus miedos. Y partir de ésa línea entonces comenzar a introducirla poco a poco a lo que ella conocía antes del beso.

-Entonces... aunque ella no pueda verme, ¿Yo si podré verla?

La doctora observó a Ron por un breve instante. Sus grises ojos parecían suplicarle lo que el muchacho temía expresar.

-Podrá venir a visitarla. –Le agradó ver que el gesto del muchacho cambió-. Pero sólo podrá verla desde lejos para evitar que ella detecte su presencia. Y tendrá que respetar los horarios de visitas, que no son los mismos que los de las demás secciones.

Ron pudo entender entonces por qué no había visto a nadie en la terraza.

-Haré lo que sea necesario. –Respondió el pelirrojo. Molly observó que su hijo sonreía, para después ver su gesto ensombrecerse cuando hizo la pregunta obligada-. Con respecto a sus honorarios y al tratamiento...

oooooooOooooooo

Poppy examinaba con su varita el cuerpo aún dormido de Albus, sin encontrar nada extraño. Durante el tiempo que llevaba evaluándolo había podido notar que su respiración siempre era firme y pausada, como si el anciano mago sólo durmiera. Pero habían pasado ya muchas horas desde que Arthur lo trasladara en ése estado, y hasta el momento todos los métodos para poder despertarlo habían sido infructuosos.

-¿Ha habido algún cambio? –Minerva entró a la habitación y la enfermera alejó la varita del cuerpo del director mientras negaba con la cabeza. Suspiró, frustrada al no poder encontrar una respuesta a lo que tenía frente a ella-. ¿Sabes? Creo que lo que le ocurre tiene que ver con un hechizo de protección. –Minerva se sentó a un lado de su amigo y volvió a tomar su mano, como lo hiciera el día anterior-. Algo relacionado con un Medallón.

-¿Podrías explicarme? –Poppy arrimó una silla para sentarse junto a ella. Su comentario había logrado llamar su atención.

-Hace varios días Albus se ausentó. No sé si lo recuerdes. –La enfermera asintió-. Él fue a visitar a un persona que podía ayudarle a proteger a Severus de alguna u otra forma. Claro que Severus nunca se enteró del motivo verdadero de su ausencia. Ésa persona era Nicolás Flamel.

-Pero... pensé que los señores Flamel habían fallecido ya. –Minerva negó en silencio-. Se suponía que morirían después de que la Piedra Filosofal fue destruida.

-Escucha, Poppy. –Minerva bajó el tono de su voz para evitar que alguien pudiera oírla-. Ellos viven y la Piedra Filosofal nunca fue destruida.

Minerva observó por un instante el rostro sorprendido de la enfermera. Ésta no hizo comentario alguno, en una discreta promesa de silencio. La animaga decidió terminar de contarle.

-Entonces... ¿Albus protegió la vida de Severus a cambio de la de él? –Ésta vez minerva asintió-. Pero... si El Que Ha Sido Vencido trató de matar a Severus, ¿Cómo fue que Albus sobrevivió?

-En realidad no fue así. –Le corrigió la subdirectora-. El Kedavra no iba dirigido a Severus, sino al mismo Albus. Severus tenía el Medallón en la mano cuando todo sucedió. Según él mismo me lo dijo, lo colocó sobre el pecho de Albus en el instante de la maldición. Después de eso perdió el conocimiento. Despertó momentos después para ver que Harry necesitaba ayuda. Pero Albus no recuperó el sentido en ningún momento.

-Pero tampoco murió. –Afirmó la enfermera-. Eso significa que tal vez el Medallón actuó de forma inversa. Pero entonces... Severus habría muerto al ser él quien lo protegiera.

-Eso es lo que me ha estado dando vueltas en la cabeza. –Minerva acarició los blancos cabellos del anciano mientras suspiraba-. El Medallón protegía a Severus, dudo que hubiera actuado de forma inversa. Nunca fue ésa la intención de Albus.

-Entonces... ¿Cómo?

-No lo sé, Poppy. –La animaga movió la cabeza, sin terminar de entenderlo. Poppy pudo distinguir debajo de sus ojos unas profundas ojeras. Se dirigió a una pequeña gaveta en la esquina de la habitación y extrajo una poción, que le ofreció-. ¿Para qué es eso?

-No has descansado lo suficiente, necesitas recuperar fuerzas. –Minerva le agradeció mientras bebía la poción revitalizadora-. Si dices que el señor Flamel ayudó a Albus a realizar ése hechizo de protección, entonces él debe tener la respuesta a todas tus preguntas.

-Tienes razón, Poppy. –Minerva le devolvió el frasco, ya vacío. Se puso de pie y se estiró para relajar sus músculos adoloridos. Depositó un beso sobre los blancos cabellos de su amigo y se dirigió a la puerta-. Lo mejor será que le envíe una carta por medio de Fawkes. Me da pena tener que molestarlo, pero todo esto es por Albus.

-Te aseguro que se molestará más si no le dices lo que ha ocurrido. –La enfermera cerró la puerta para dejar que Albus descansara tranquilo y recorrieron juntas el pasillo hasta que llegaron a su oficina-. Espera un momento, hay algo que necesito entregarte.

La subdirectora observó a Poppy mientras ésta sacaba de su gaveta personal una caja, que le extendió para que ella la tomara.

-Es muy bonita. –Declaró la animaga mientras observaba los grabados de serpientes sobre la fina madera. La abrió para descubrir que lo único que había dentro de ella eran unos pequeños frascos-. ¿Qué contienen?

-No lo sé. –Respondió la enfermera-. Estaba reducida dentro de las ropas que Albus vestía. No consideré prudente dejarla ahí. Pero tampoco puedo guardarla aquí, pues temo que mi auxiliar o yo misma confundamos los frascos con alguna poción.

-Hiciste lo correcto. Estas cosas podrían ser peligrosas. –Reflexionó la subdirectora-. Lo más conveniente es que sea Severus quien las tenga, él es el experto en Pociones. ¿Cómo va su recuperación?

-Va muy bien, pienso darle de alta en unos días. Minerva... –El rostro de Poppy se ensombreció-. Todas esas cosas que dicen sobre él y Harry...

-No creas nada que nosotros mismos no te digamos. –Fue la respuesta de la animaga-. Y mucho menos creas lo que dicen los diarios. Ellos no saben la verdad.

-¿Y cuál es la verdad?

-No me corresponde a mí decírtela. –Se disculpó la subdirectora mientras palmeaba su hombro con afecto-. Pero lo sabrás llegado el momento. Te aseguro que te vas a sorprender.

-Ya estoy sorprendida desde ahora. –Minerva sólo sonrió a las palabras de Poppy para después salir de la oficina.

Recorrió el largo camino hacia la oficina de Dumbledore, con la caja que Poppy le entregara bien aferrada entre sus manos. Si Albus la había sustraído de la Mansión Riddle como ella sospechaba, su contenido debía ser muy importante. Se comunicaría con Arthur vía Red Flú, para que le hiciera el favor de entregársela a Severus. Después de eso escribiría la carta para enviársela a Nicolás Flamel.

Ahora más que nunca estaba convencida de que él podría ayudarle con el problema de Albus. Haría todo lo que fuera necesario para lograrlo, aunque para eso tuviera que viajar a la Mansión Flamel y hablar con él en persona.

oooooooOooooooo

Oliver se estiró con pereza sobre la cama sin abrir sus ojos. Sentía sus músculos adoloridos, que le reclamaban unas horas más de descanso. Extendió el brazo para palpar el cuerpo amado de su pareja, y de repente recordó que él ya no estaba. El día anterior Poppy le había informado que Blaise estaba en Italia con sus padres. Lamentó el no poder acompañarle, pero Poppy tenía muchos pacientes que atender y él debía estar con ella para ayudarla.

El muchacho resistió la tentación de permanecer acostado por más tiempo y mientras se dirigía al baño para darse una ducha, le costó trabajo recordar en qué momento había cambiado sus ropas de calle por un pijama. Ni siquiera recordaba haberse quitado los zapatos. Se arregló y desayunó con rapidez, pues ya se le hacía tarde para presentarse en la enfermería.

Regresó a la habitación por su capa y se dirigió al velador para dar un beso al retrato de Blaise. Una tarjeta gris a un lado de la lámpara llamó su atención. La tomó entre sus dedos y su rostro palideció, para después tornarse rojo por la furia.

-Esto ya se está volviendo una broma muy pesada... –Murmuró al tiempo que guardaba la tarjeta en el bolsillo de su camisa. Salió de la recámara y ya en la sala tomó un puñado de polvos para presentarse en la enfermería.

Poppy acababa de despedir a Minerva y se disponía a visitar a sus pacientes cuando escuchó la voz de Oliver, saludándola.

-Buenos días, Oliver. –A la enfermera le preocupó el rostro contraído de su auxiliar-. ¿Estás bien?

-No lo sé, Madame. –Le respondió el muchacho. Se despojó de su capa y se colocó su bata blanca mientras extraía la tarjeta gris del bolsillo de su camisa-. Alguien entró a mi recámara y me dejó esto.

Poppy guardó silencio durante un breve instante, sin saber qué decirle.

-Oliver... esto es verd...

-Una broma muy pesada que no pienso pasar por alto. –El muchacho interrumpió a la enfermera, quien sólo suspiró al ver que su auxiliar continuaba en su estado de negación de las cosas-. Blaise está en Italia con sus padres. No sé quién pudo haber sido el autor de esta mala broma, pero le aseguro que me las va a pagar.

-Yo creo... que deberías presentarte en ése lugar. –Poppy trató de sonar lo más suave que pudo. Si era necesario ella misma lo haría entrar en razón.

Oliver observó el papel durante un momento, para después levantar su mirada café hacia la mujer frente a él.

-Iré. Pero sólo porque quiero saber quién ha sido. –Guardó la tarjeta en el bolsillo y se dirigió a la puerta-. Si esa persona tiene intenciones de volver a jugarme otra broma, le daré un buen escarmiento.

Oliver salió de la oficina para comenzar su turno. Poppy sólo se quedó parada en el mismo sitio sin saber qué hacer, si hablar con él de una vez... o hacer caso a las palabras de Draco.

Decidió que lo último sería lo mejor. Dejaría que él mismo lo asimilara por su propia cuenta, aunque para eso tuviera que sufrir una gran impresión.

oooooooOooooooo

El mortificante silencio y las blancas paredes del Área de Cuidados Intensivos no hacían ningún bien al estado anímico de Ron, quien sólo observaba con exasperación mal disimulada el incansable ir y venir de su madre a lo largo del pasillo, en espera de recibir la autorización para poder ver a su mejor amigo. Respiró aliviado cuando Molly detuvo su incesante andar al ver aproximarse a su marido.

-¿Ya pudieron verlo? –Arthur saludó a su esposa con un beso y palmeó el hombro de Ron. Ambos negaron en silencio como respuesta a su pregunta. Molly se sentó junto a su hijo mientras tomaba de una mesita junto a ella la edición vespertina del Diario el Profeta, del día anterior. Sus ojos se posaron en la primera plana y su rostro palideció-. ¿Estás bien?

-¿Qué... cómo? –Arthur frunció al ceño al ver la palidez en el rostro de su mujer y su dificultad para hablar, cosa extraña en ella. Sus dudas quedaron aclaradas cuando Molly le mostró el ejemplar-. ¿Cuándo?

A Ron también le llamó la atención la actitud de su madre y sin mediar palabra tomó el diario de sus manos para mirarlo. Él también palideció, sin encontrar palabras adecuadas para expresar su indignación cuando leyó las letras grandes y negras, que sobre un fondo de escandaloso color rojo decían con total falta de tacto:

"SEVERUS SNAPE, EL MORTÍFAGO QUE SECUESTRÓ Y VIOLÓ AL NIÑO QUE VIVIÓ".

-Arthur... ¿Qué es esto? –La voz de Molly, ya recobrada de la impresión se dirigió a su esposo, quien se sentó a su lado mientras rodeaba sus hombros tratando de tranquilizarla-. ¿Esto es... verdad? ¿Severus... acaso...?

-Nada de lo que ahí está escrito es verdad, querida. –Molly movió la cabeza de un lado a otro, tratando de encontrar en los ojos de su esposo la respuesta a todas las preguntas que se atropellaban en su mente. Arthur pareció entenderla porque tomó su rostro entre sus manos mientras continuaba-. Prométeme que no te alterarás después de lo que te voy a contar...

Ron no supo nada más sobre la conversación, porque en ése momento una enfermera llegó para avisarle que tenían el permiso de Sirius para pasar a ver a Harry. Dejó a sus progenitores en la sala de espera y entró a la habitación, sabiendo que cuando sus padres terminaran de hablar pasarían a verlo también. Vio a Remus al final del pasillo hablando con la misma enfermera, por lo que decidió que lo saludaría cuando estuviera desocupado.

Abrió la puerta tratando de no hacer ruido, para encontrarse con una escena que le encogió el alma. Harry descansaba sobre la cama cubierto hasta el cuello con una delgada sábana, sus brazos posados sobre su regazo y en sus pálidas manos unas pequeñas mangueras conectadas por medio de unas agujas. Desde la posición en la que Ron se hallaba –parado junto a él-, Harry se veía pequeño y frágil, como un niño. Ron se sentó en la silla junto a la cama y tomó con cuidado su mano, posando su mejilla sobre ella.

Permaneció en ésa posición durante un largo momento, observando en silencio la venda blanca sobre los ojos de su mejor amigo. Su padre ya les había informado la noche anterior sobre su estado, y aún se sentía incapaz de asimilar la posibilidad de que quedara ciego. Ése terrible pensamiento hizo que una lágrima resbalara por su mejilla, humedeciendo sin querer la cálida mano dormida.

-Será mejor que despiertes pronto, compañero. –Murmuró al tiempo que apretaba la mano que sostenía-. Todos los diarios hablan de tu victoria. Ahora deberías estar disfrutando de ella... aunque después de todo lo que ha ocurrido dudo mucho que pudieras.

Se reprochó a sí mismo el haber dicho semejante cosa delante de su amigo, pues no sabía si éste podía estar escuchándolo. Trató de cambiar su gesto, aún sabiendo que Harry no podía verlo, mientras trataba que su voz no sonara tan triste como se sentía.

-Quise decir... me gustaría contarte todo lo que ha pasado pero... –Ron sintió que no podía ser optimista en las circunstancias que estaba viviendo, así que prefirió callar mientras seguía sosteniendo su mano con cariño. Harry se revolvió por un breve instante y Ron pensó que podía estar despertando-. ¿Harry?

Pero se alarmó sobremanera cuando en vez de despertar, el muchacho postrado comenzó a vomitar. Ron se levantó de inmediato y colocó su cuerpo de costado para evitar que se ahogara, mientras gritaba a alguien pidiendo ayuda. De inmediato, Remus y una enfermera entraron a la habitación. La mujer ocupó el lugar de Ron y el licántropo lo tomó del brazo para alejarlo, pues por la impresión no se había movido de su sitio, obstruyendo el trabajo de la enfermera.

-¿Qué le pasa? –Preguntó alarmado. Remus no respondió, pues él tampoco sabía lo que estaba ocurriendo.

Después de un momento que les pareció eterno, Harry dejó de vomitar. Con un hechizo para evitar molestarlo, la enfermera limpió al muchacho inconsciente y cambió su ropa y las sábanas. El matrimonio Weasley y el doctor Curtis entraron segundos después. Tras examinar a Harry el medimago se volvió al profesor.

-¿Dónde está el señor Black? –Preguntó el hombre vestido de blanco-. Necesito informarle sobre el estado del muchacho.

-No tardará en llegar. Yo soy Remus Lupin, él y yo nos estamos turnando para cuidarlo. –Fue la respuesta de Remus. El medimago asintió al recordar que Sirius ya le había informado al respecto-. ¿Qué fue lo que le pasó?

-No deben preocuparse. Su organismo se está desintoxicando. –Remus y los Weasley suspiraron, más tranquilos-. Los cuadros de vómito serán más frecuentes a partir de ahora, hasta que el muchacho haya eliminado todo el veneno.

-En ese caso creo que no es conveniente dejarlo solo en ningún momento. –Arguyó Remus-. Corre el riesgo de ahogarse.

-Está en lo correcto, señor Lupin. –Afirmó el doctor Curtis-. Si el señor Black lo solicita, se le otorgará una enfermera de tiempo completo.

-Hablaré con él al respecto, aunque tenga por seguro que la solicitará.

-De acuerdo. Si me necesitan llámenme. Estaré cerca haciendo mi ronda. –El hombre salió de la habitación y la enfermera se retiró momentos después tras cerciorarse que el joven permaneciera lo más cómodo posible.

-Nos has pegado un gran susto, compañero. –Ron regresó al sitio donde su amigo descansaba y acarició su frente. Remus se acercó al matrimonio mientras el joven volvía a tomar la mano de Harry y permanecía a su lado.

-Me preocupa que Harry no despierte. –Comentó el Auror, intranquilo. Remus los condujo a una pequeña sala en una esquina de la habitación, donde una mampara la separaba del área donde se encontraba la cama, dando privacidad a ambas partes.

-Según el médico, Harry tiene que eliminar el veneno que ingirió, que aunque sólo se trató de unas gotas no deja de ser poderoso. –Arthur no pudo evitar un escalofrío al escuchar al profesor. Él sabía mejor que nadie lo poderoso que era el veneno de Nagini-. Se le siguen administrando dosis de antídoto. Pero no se tiene la certeza de cuándo volverá en sí. Todo depende de su fortaleza...

Molly no escuchaba lo que Remus decía. Ella se encontraba sumida en sus propias reflexiones, tratando de asimilar lo que su esposo acababa de contarle minutos antes. Su primera reacción al leer el escandaloso encabezado del Profeta, había sido el deseo de presentarse en Hogwarts y enfrentar al profesor de Pociones.

Pero ahora que sabía la verdad, no podía evitar sentirse acongojada al saber que no había contado con la suficiente confianza de Harry. Aunque Molly no era su madre y el muchacho no tenía ninguna obligación de rendirle cuentas sobre su vida privada, ella lo amaba como a un hijo. Y le hubiera gustado mucho tener conocimiento de ésa relación, a la que el mismo Arthur había calificado como profunda y seria.

-No niego que Severus y Harry debieron esperar pero... ¿Es necesario que Sirius tome medidas tan drásticas? –Preguntó, decidida a intervenir en la conversación cuando escuchó sobre el asunto de la denuncia contra Severus-. Lo que Sirius está haciendo se me hace una locura. ¿Acaso no ha pensado en lo que ocurrirá cuando Harry despierte y se entere de todo?

-Me temo que Sirius no está pensando, querida. –Fue la respuesta serena de su esposo-. Si dejara a un lado su aversión hacia Snape y sus cuestiones personales contra él, tendría conciencia de hasta dónde está perjudicando a Harry con todo esto.

-He hecho todo lo posible para hacerlo entrar en razón. –Comentó Remus, mientras se recargaba sobre el sillón en una muestra de evidente agobio, físico y mental-. Le he repetido hasta el cansancio todo lo que ustedes acaban de decirme. Y no he logrado convencerlo de que retire la denuncia.

-¡Pues algo hay que hacer al respecto! –Insistió Molly, cada vez más molesta al vislumbrar el rumbo tan serio que estaban tomando las cosas. Un carraspeo de Ron le advirtió que debía bajar la voz, y trató de serenarse-. Mientras sigan circulando toda clase de versiones sobre este asunto el nombre de Harry permanecerá en entredicho.

-No sólo el nombre de Harry. –Concluyó Remus-. También el nombre de Severus, el de Albus y el Colegio. No olviden que Severus y Harry comenzaron su relación dentro de Hogwarts. Y con el pleno consentimiento del Director.

El matrimonio guardó silencio después de las palabras del licántropo. Severus saldría de la enfermería en unos cuantos días. Si Harry llegaba a despertar antes, tal vez no habría necesidad de que el profesor pisara Azkaban, pues imaginaban que el muchacho no iba a permitir que Sirius continuara con ésa locura.

Pero de no ser así, las cosas se volverían mucho más complicadas. Confiaban en que Harry se recuperara lo antes posible.

-Mamá, la hora de visita está terminando. –Molly se puso de pie dando por finalizada la conversación. Se acercó a la cama de Harry para sentarse en la silla que Ron ocupara momentos antes. Arthur y Remus se levantaron también.

-¿Irás a la casa? –Preguntó su padre. El muchacho asintió-. Si nos esperas iremos contigo.

Ron volvió a asentir al tiempo que su padre se dirigía hacia donde Molly se encontraba, sosteniendo la mano de Harry mientras acariciaba y besaba su frente. Remus se acercó y colocó una mano sobre el hombro del pelirrojo, quien giró su mirada gris hacia el profesor.

-Siento mucho... lo que le ocurrió a Hermione. –Ron bajó la mirada. Cada vez que regresaba a su mente lo ocurrido a su novia no podía evitar sentir una profunda tristeza-. Me siento responsable. Yo... debí... estás en todo tu derecho de reclamarme...

Ron frunció el ceño al escucharlo. A él no se le había pasado nunca por la mente responsabilizar a alguien por lo ocurrido a Hermione. Mucho menos a Remus. Tomó el brazo de licántropo para hacerlo sentarse junto a él. Éste se dejó conducir, avergonzado y dispuesto a recibir cualquier tipo de reclamo por parte del muchacho.

-¿De qué hablas, Remus? –El hombre permaneció en silencio, observando la triste mirada gris posada sobre sus ojos dorados. Ron seguía sujetando su brazo-. ¿Acaso piensas que te culpo por lo que le pasó?

-Yo estaba ahí, Ron. Era el responsable de mi grupo. –Argumentó el licántropo-. Era responsable por ti y por ella y yo no pude... yo tuve la culpa. Llegué tarde.

-Escúchame bien... –Ron apretó el agarre sobre el brazo de quien fuera su profesor, intentando que el hombre asimilara cada una de sus palabras-. Yo no te estoy culpando por lo que ocurrió. Nadie te está considerando responsable, porque tú no eres culpable de nada.

Ron dejó el brazo del licántropo y descansó sus codos sobre sus rodillas, ocultando su rostro entre sus manos. Junto a él, Remus se mantuvo en silencio cuando el pelirrojo siguió hablando.

-Si nos pusiéramos a buscar culpables por lo ocurrido a todas las personas que amamos, entonces no podríamos dejar atrás el pasado y empezar de nuevo. –Levantó su mirada gris hacia Remus mientras continuaba-. Gastaríamos las pocas fuerzas que nos quedan en resentimientos inútiles y haríamos a un lado lo más importante, que es procurar por los que ahora nos necesitan.

Después de haberse marchado Ron, Remus permaneció un largo momento pensando en sus palabras. No pudo dejar de sentir una gran admiración por ése muchacho que a pesar de su juventud, era más maduro que el mismo Sirius.

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Arthur saludó a sus compañeros apostados en la entrada de la habitación de Severus, quienes no hicieron preguntas sobre la extraña caja que el Auror sostenía en sus manos, cosa que el patriarca Weasley les agradeció en su interior. Acababa de volver con Molly y Ron a la Madriguera, cuando Minerva lo llamó a través de la chimenea de la oficina de Dumbledore. Ahora se disponía a llevar su recado y hacer la entrega de lo que la subdirectora le había descrito como algo muy delicado, aún sin saber lo que era.

Saludó al profesor de Pociones, el cual correspondió a su saludo con una evidente mueca de incomodidad. El Auror comprendió que el hombre, acostumbrado a no mantenerse quieto en un sólo lugar, debía estar fastidiado de permanecer acostado en cama sin poder hacer nada.

-¿Has sabido algo de Harry? –Fue la pregunta ansiosa que brotó de sus labios cuando el Auror se acercó a él-. ¿Cómo está?

-Aún no despierta. –Respondió el pelirrojo mientras se sentaba en una silla junto a él-. Hoy tuvo un ataque intenso de vómito. No te asustes. Él médico explicó que su organismo se está deshaciendo del veneno de Nagini, y que el cuadro de vómito podría repetirse durante algún tiempo.

-Eso significa que se está desintoxicando. –Afirmó el profesor sin poder evitar que su voz sonara esperanzada-. Dile a ése imbécil que no le quite la vista de encima. Estando Harry inconsciente podría ahogarse.

-No te preocupes. Harry tiene una enfermera de tiempo completo. –Fue la respuesta del Auror-. También Sirius y Remus se están turnando para cuidarlo. Y ten por seguro que no se despegarán de él aunque la enfermera esté ahí.

-Más les vale... –Murmuró Severus entre dientes. Arthur no alcanzó a escucharlo-. ¿Y Albus? ¿Ya ha despertado?

-Aún no. Vengo de ver a Minerva. –Arthur se entretuvo en admirar la belleza de la caja entre sus manos, mientras continuaba-. Ella me dijo que su estado es el mismo, parece como si estuviera dormido. Poppy no ha logrado hacer que vuelva en sí.

Severus no pudo evitar sentir una intensa punzada de culpabilidad atravesando su conciencia. Si él hubiera sabido desde un principio la verdadera función del Medallón, jamás hubiera aceptado semejante obsequio.

-Minerva te envía esto. –El profesor recibió la caja de manos del Auror, su mirada interrogante puesta sobre él-. Albus la tenía reducida entre sus ropas. Minerva sospecha que la encontró en la Mansión Riddle.

Severus frunció el ceño mientras trataba de reconocer el objeto en sus manos. Sin duda alguna debía ser propiedad de Voldemort, por la exquisitez del acabado en la madera y el oro que refulgía en cada uno de los grabados de serpientes en ella. Supuso que el director la había tomado de sus pertenencias la noche que permaneció en sus habitaciones destruyendo las barreras.

La abrió con mucho cuidado, desconfiando de cualquier cosa que proviniera de Voldemort, y su sorpresa fue mayúscula al ver lo que había en ella.

-No es posible... –Severus tomó entre sus dedos uno de los pequeños frascos, sin poder creer lo que tenía entre sus manos. Con toda la delicadeza que pudo lo alzó ante su vista para analizarlo-. ¿Sabes lo que es esto?

No esperó respuesta de Arthur, a sabiendas que el Auror no podría responder a su pregunta.

-Es veneno de Nagini. –Severus retiró la tapa y se llevó la boquilla del frasco a la nariz, para retirarla de inmediato-. Veneno de Nagini en su estado más puro.

-¿Para qué iba alguien a guardar tanto veneno de ése animal?

-Voldemort utilizaba éste veneno para elaborar la poción que lo ayudaba a mantenerse en ése cuerpo. –Arthur movió la cabeza, asintiendo al recordarlo. Severus volvió a tapar el frasquito y lo depositó con mucho cuidado dentro de la caja, junto a los demás-. Con Nagini muerta y siendo el único animal de su especie conocido, ¿Tienes idea del valor de cada uno de estos frascos?

-Me lo puedo imaginar. Deben ser tan valiosos como peligrosos. –Respondió el Auror mientras pensaba qué tan cerca de la muerte había estado Harry con sólo unas cuantas gotas de lo que Severus sostenía con tanto cuidado-. ¿Qué harás con todo ese veneno?

-Lo guardaré en el lugar más seguro de mi laboratorio. No puedo deshacerme de él, podría necesitarlo en algún momento. –Respondió el profesor de Pociones-. Debo hablar con Draco. Él es mi auxiliar y el único que conoce el sitio donde acostumbro guardar los ingredientes peligrosos.

-De acuerdo. –Arthur se puso de pie y se dirigió a la puerta-. Lo localizaré y firmaré un permiso para que los guardias lo dejen pasar.

Cuando Arthur salió, Severus cerró la caja con cuidado y siguió observándola por mucho tiempo. Como experto en Pociones, sin duda encontraría alguna utilidad para ése veneno. Mientras tanto, lo guardaría como un tesoro.

La puerta se abrió dejando pasar la esbelta figura de Draco. Al verlo, Severus dejó la caja a un lado para recibirlo entre sus brazos. Estaba enterado de la muerte de Blaise y ahora lo único que quería era consolar a su ahijado.

-Lo lamento mucho, Draco... –El muchacho asintió, aceptando sus cálidas palabras de consuelo. Después de un momento, el rubio se separó del cobijo que sus brazos ofrecían y se sentó en la silla junto a la cama, para conversar con él.

-¿Cómo está Harry? –Preguntó mientras terminaba de limpiar sus mejillas de las lágrimas recién derramadas-. Siento mucho no haber ido a San Mungo a verlo. Trataré de hacerlo lo más pronto que pueda. Aunque la verdad, dudo que su padrino me permita verlo.

-Harry está inconsciente. –Comentó Severus, dándole la razón-. Nagini le lanzó veneno al rostro e ingirió un poco.

Draco escuchó lo que Severus le contó, detalle a detalle de lo ocurrido durante el último enfrentamiento de su pareja contra Voldemort. Frunció el ceño, preocupado, cuando su padrino le comentó que ahora Harry corría el riesgo de quedar ciego. Le molestó mucho el saber sobre la denuncia de Black y le angustió el riesgo que Severus corría de terminar en Azkaban si Harry no llegaba a despertar.

-No sé por qué te conté todo esto. –Se reclamó el profesor cuando percibió la angustia en el rostro del muchacho-. Tú ya tienes bastantes cosas encima como para estar escuchando mis problemas.

-No digas eso. –Le reclamó Draco, mientras esbozaba una sonrisa cálida-. Me alegra saber que mi padre está moviendo sus influencias para ayudarte.

-Está en deuda conmigo. –Draco rió con ligereza ante la afirmación de su padrino. Éste tomó la caja junto a él y se la extendió al muchacho-. Necesito que me hagas un favor. Es algo muy importante.

Draco tomó la caja y la observó por un instante, admirando su belleza. Severus decidió continuar.

-Albus extrajo esta caja de la Mansión Riddle. Pertenecía a Voldemort. –El rostro de admiración del joven mudó en uno de creciente miedo. Alejó la caja de él-. No temas, no tiene ningún maleficio. Pero sí contiene algo que considero muy valioso... sostenla con cuidado.

-¿Qué contiene? –Preguntó más tranquilo, mientras sostenía la caja con firmeza.

-Contiene veinte frascos repletos de veneno de Nagini en su estado más puro. –El silencio de Draco le hizo ver que el muchacho había comprendido el significado de la palabra valioso-. Necesito que la lleves al laboratorio y la guardes en el estante donde escondo los ingredientes peligrosos. Pero no utilices la Red Flú, podría contaminarse con los residuos del polvo mágico.

-Cuenta con eso, padrino. –Prometió Draco mientras sostenía la caja contra su cuerpo, protegiéndola-. No detendré mi camino hasta que esté bien resguardada.

-Confío en que así será.

Después de conversar un rato más, Draco tuvo que despedirse de su padrino al ver que el hombre necesitaba descansar. No halló problema alguno en su camino hacia las mazmorras, pero sólo pudo respirar tranquilo cuando sus pies tocaron el frío suelo de piedra del laboratorio de Severus.

Cuando se aseguró que la puerta del pequeño cuarto estuviera bien cerrada, el rubio se acercó a un armario detrás de unas escaleras de madera bastante empinadas. Pronunció una contraseña y las escaleras se hicieron a un lado al mismo tiempo que frente a él aparecía un estante que a primera vista parecía vacío.

Murmuró otra contraseña y el armario vacío se abrió para dejar a la vista un amplio y oscuro estante donde se encontraban docenas de frascos conteniendo diferentes sustancias, algunas de ellas muy extrañas. Draco movió la cabeza de un lado al otro al ver que, a pesar de estar en estricto orden, las telarañas rodeaban las boquillas cerradas. Severus hacía limpieza de ése lugar de forma periódica, pues no confiaba en ningún elfo para hacer ése trabajo. Y pocas veces le permitía a su ahijado tener acceso a ese lugar por la peligrosidad de lo que ahí guardaba con tanto celo.

Draco consultó su reloj. Aún era temprano y no tenía nada qué hacer hasta la hora del almuerzo con su padre. Tomando una franela limpia, decidió aprovechar para hacer un poco de limpieza en ése lugar. Así el tiempo se le iría más rápido y dejaría de pensar en el sepelio de Blaise, que sería ésa misma tarde.

"¿Habrá visto Oliver la tarjeta que le dejé?" Se preguntó mientras tomaba con cuidado uno de los frascos y comenzaba con su labor. "Espero que esté presente... es lo mejor."

El tiempo corrió rápido para el rubio, entretenido en limpiar y verificar que los frascos estuvieran bien etiquetados. Desempolvaba y memorizaba cada uno tratando de aprenderse los nombres de los ingredientes, pues no podía desperdiciar la oportunidad de saber más sobre ellos. Después los dejaba en el mismo lugar de donde los tomaba, sabiendo que a Severus no le gustaba el desorden en sus gavetas.

Cuando el muchacho pensó que ya había terminado de limpiar todos los frascos, reparó en un compartimiento que no había visto antes, y que se encontraba en la parte más profunda y oscura del estante. Draco metió la mano para extraer uno de los pequeños frascos que estaban guardados ahí, casi como si estuvieran escondidos.

Se estremeció cuando leyó la etiqueta, revelando su contenido. Era sangre de Unicornio. Su padrino le comentó en una ocasión, que Voldemort le había dado una muestra por si alguna vez necesitaba que le elaborara alguna poción. También le había comentado –sin poder evitar un escalofrío al revelarlo-, que esperaba que jamás tuviera que utilizarlo.

Después de limpiarlo con cuidado y dejarlo en su sitio, el rubio sacó los demás frascos, que también contenían muestras de sangre.

-Firenze... –El joven supuso que el Centauro la había donado para ayudar a surtir el laboratorio del profesor, en una muestra de amabilidad. Imaginó que también lo habían hecho las demás criaturas cuyos nombres aparecían en las etiquetas, pero sin revelar su naturaleza. Se entretuvo leyendo los nombres y tratando de recordar qué clase de criaturas eran-. Aragog... Acromántula. Blodwyn Bludd... no lo sé. Buckbeak... Hipogrifo. Dobby... Elfo. Murcus... ni idea. Remus Lupin... ¿Lupin?

El rubio dejó la franela a un lado mientras giraba con cuidado el tubo. La sangre, roja y espesa cubrió el pequeño frasco para después regresar con lentitud hasta el fondo.

-¿Qué hace una muestra de la sangre de Lupin entre todo esto?

Terminó de limpiar los frascos que quedaban, sin tomarse la molestia de seguir adivinando de qué tipo de criaturas mágicas eran. El nombre de Remus Lupin ocupaba en ése momento todos sus pensamientos. Guardó la caja que contenía el veneno de Nagini en el mismo sitio, prometiéndose que más adelante le preguntaría a Severus sobre su reciente descubrimiento.

Draco pronunció la contraseña y el estante desapareció, dejando de nuevo ante la vista del muchacho la repisa vacía. Cuando la escalera regresó a su sitio, el rubio dio por terminado su trabajo y salió del laboratorio.

-¿Qué cosa eres, Lupin? –Se preguntó en voz alta mientras salía de los aposentos de su padrino para dirigirse a sus habitaciones. Ya lo averiguaría después. Ahora lo único que necesitaba era la compañía de su padre antes de marcharse a la mansión de los Zabini.

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-Lamento que tengamos que posponer nuestros planes de fin de semana. Draco me necesita ahora y no puedo dejarlo solo.

-No te preocupes, la verdad es que yo también estoy igual. Como está la situación, lo último que deseo es alejarme de Harry. Sólo Merlín sabe qué otra tontería se le puede ocurrir a Sirius, y me aterra la idea de no estar ahí para evitarlo.

Lucius asintió en silencio mientras acariciaba los cabellos castaños de Remus, entreteniéndose con las suaves canas que adornaban su sien derecha. A su regreso de ver a Harry, el licántropo se había encontrado con la sorpresa de que el rubio ya lo esperaba en su propia sala, con dos copas en la mano. Al preguntarle cómo había podido entrar a sus aposentos, Lucius sólo se encogió de hombros mientras dejaba su silla de ruedas a un lado y se acomodaba en el sillón, esperándolo.

Remus no hizo más preguntas. En vez de eso, tomó la copa que el rubio le ofrecía y se recostó en el sofá. Acomodó su cabeza sobre las piernas de Lucius y cerró sus dorados ojos, dejando que el rubio le hablara sobre su día mientras él le daba un poco de descanso a su mente fatigada.

Le había gustado mucho el llegar a casa y encontrarse con que alguien lo esperaba. Jamás había experimentado algo como eso y el detalle de Lucius para con él le hizo sentir una cálida sensación que no se pudo explicar, pero que hizo que su corazón palpitara con más fuerza de lo normal.

-¿Qué ha pensado hacer Severus con respecto a la denuncia? –Preguntó el licántropo. Lucius depositó un beso sobre su oreja y Remus sonrió al sentir sus labios provocándole cosquillas-. ¿Está dispuesto a admitir ante el Winzegamot su relación con Harry?

-Me temo que no. –Fue la respuesta del ex mortífago. Se estiró para dejar su copa en la mesita, cosa que Remus aprovechó para aspirar con fuerza su aroma. De joven había descubierto que era una de las cosas que más le gustaban de Lucius, y le agradó reconocer que su buen gusto a la hora de elegir un perfume no había cambiado-. Él tiene la confianza de que Potter despertará y todo se arreglará antes de tener que llegar a un juicio.

-Todos esperamos eso. –Arguyó el profesor de Defensa-. Pero eso no nos da la certeza de que ocurrirá. Severus tiene que estar preparado para lo que sea. ¿Te ha dicho por qué no quiere hablar de ello?

-No con palabras exactas. Pero sospecho que no quiere que el nombre de Potter se ensucie enredándolo en una relación sentimental con un ex mortífago.

-Eso es una tontería. Severus sabe que lo que menos le importa a Harry es su pasado. –Argumentó Remus. Lucius frunció el ceño mientras lo escuchaba. Una pregunta se había formado en su mente ante ése comentario y no pudo evitar preguntar.

-¿Tú... tienes algún problema con eso? –Remus lo miró sin entender. Lucius suspiró mientras formulaba la pregunta de otra manera-. Yo también fui un mortífago.

Remus sólo rió al comprenderlo. Se irguió de su cómoda posición para alcanzar sus carnosos labios en un beso lleno de pasión.

-Nadie es perfecto. –Le respondió cuando al fin se separó de él. Ésta vez fue Lucius quien alcanzó su boca para devolverle el beso.

-Yo soy perfecto. –Le contradijo el rubio, sus palabras perdiéndose en mitad del beso. Remus volvió a reír y Lucius estuvo tentado a arrancarle la ropa en ése momento, en honor a los viejos tiempos. Pero se abstuvo, aún era muy pronto para eso. Y aunque su incapacidad física no representaba problema, se recordó reanudar sus sesiones cuando volviera de arreglar algunos asuntos pendientes. Ahora más que nunca necesitaba recuperarse lo más pronto posible.

-¿Qué harás ahora? –El cálido aliento de Remus sobre su rostro lo volvió a la realidad-. ¿Quieres quedarte a almorzar?

-Me gustaría. Pero Draco debe estar por llegar y quedé en almorzar con él. –Remus asintió, comprendiendo, y se puso de pie para dejar que Lucius buscara su silla-. Pero podríamos cenar juntos.

-Eso suena muy bien. –Respondió el profesor mientras Lucius se acercaba a él. Antes de abrir la puerta se permitió enredar sus dedos en los largos cabellos rubios. Se agachó a su altura y le dio un ligero beso, que el otro hombre correspondió sin dudarlo-. Entonces te veré esta noche.

El rubio salió de los aposentos de Remus en el momento en que Draco iba llegando. El licántropo saludó de lejos al muchacho antes de cerrar la puerta al mismo tiempo que Lucius alcanzaba a su hijo, que ya lo esperaba con el ceño fruncido.

-¿Qué hacías en las habitaciones de Lupin? –La pregunta del muchacho le sorprendió, aunque no dio muestras de ello. Sin dignarse a responder pronunció la contraseña y la puerta se abrió. Draco la cerró de inmediato apenas hubieron entrado. Observó cuando su padre llamaba a un elfo para pedir la comida, y decidió no insistir en su pregunta.

Almorzaban en medio de un silencio tenso. Draco tenía fresca en su mente la revelación sobre la desconocida naturaleza de Remus, pero no quería arruinar las cosas exponiendo sus sospechas. Tal vez a su padre ni siquiera le interesara.

-¿Irás ésta tarde al sepelio? –Draco asintió en silencio, jugueteando la comida con el tenedor-. Si lo deseas puedo acompañarte.

-Te lo agradezco, pero no será necesario. –Respondió su hijo, y Lucius pudo notar la evidente tristeza en su voz-. No estaré solo. Supongo que algunos de mis antiguos compañeros estarán presentes.

-El otro muchacho... –Refiriéndose a Oliver-. ¿Lo ha aceptado?

-Hasta anoche... no. –Draco dejó el plato a un lado, sin deseos de seguir comiendo-. Espero que él esté presente. Tal vez así pueda reconocer su muerte.

-Será un golpe muy duro.

-Lo sé.

Después de eso no volvieron a pronunciar palabra. Lucius se permitió relajarse pensando en Remus y su cita con él ésa misma noche. Aunque le hubiera gustado más que pasaran juntos el fin de semana en su casa de verano. Pero las cosas no siempre salen según lo planeado. Aunque, dentro de todo lo mal que las cosas habían resultado, tanto Remus como él debían considerarse afortunados.

Volteó a ver a su hijo. Draco permanecía sumido en sus propias reflexiones, ajeno a la escrutadora mirada azul que deseaba penetrar en su mente para poder adivinar sus pensamientos. Suspiró. Había tenido tantos años para aprender a hacerlo y nunca se había tomado la molestia de intentarlo.

Era más que claro que su hijo estaba poniendo todo de su parte para demostrarle que él era digno de su confianza, pero él sabía que no podía llegar y exigirle que le contara todas sus inquietudes. No podía hacer que Draco lo viera como su amigo y confidente de la noche a la mañana. Al menos el proceso de acercamiento entre ellos ya se había dado con éxito, y estaba consiente que aún les quedaba por recorrer un largo camino.

-¿Qué tanto conoces a Lupin? –Lucius miró con fijeza a su hijo, tratando de encontrar el trasfondo en su pregunta. Sin embargo, no vio más que un par de grises ojos que esperaban de su parte una clara respuesta.

-Lo conozco desde nuestra época de estudiantes. Lo suficiente, supongo. –Concluyó el hombre, esperando que Draco quedara satisfecho. Éste sólo asintió al tiempo que se levantaba de su lugar en la mesa.

-Podría ser peligroso. Tal vez... ni siquiera sea humano. –Lucius se sintió alterado al escuchar las palabras de su hijo-. Te sugiero que tengas cuidado con él. Si me disculpas quisiera descansar un rato antes de marcharme.

El muchacho desapareció por la puerta de su habitación sin darle tiempo a Lucius de reaccionar. Cuando al fin pudo hacerlo, el hombre permaneció en el mismo lugar, decidido a no ahondar más en el asunto. Cualquiera que fuera la duda de Draco con respecto a la naturaleza de Remus, era un secreto que sólo Remus tenía derecho a revelar.

Aunque él lo conociera mucho más de lo que su hijo era capaz de imaginar.

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El cielo cubierto de negras y pesadas nubes, parecía estar a punto de desplomarse sobre aquellos que se encontraban reunidos en el cementerio de la Mansión Zabini. En los rostros compungidos de los presentes se reflejaba, como en un espejo, la negrura de aquélla sombría tarde gris en la que a Blaise Zabini se le devolvía a la Madre Tierra en una última y dolorosa despedida.

Parado frente a la que sería la eterna morada de quien fuera el único dueño de su corazón, Draco Malfoy se esforzaba en permanecer sereno, apretando un puño enfundado en fino guante dentro del bolsillo de su elegante túnica negra. En su mano derecha sostenía con igual fuerza un ramo de blancas margaritas. No quería llorar. Y al igual que él, todos los que alguna vez fueran sus compañeros de Casa permanecían estoicos ante el dolor. Tan propios. Tan Slytherin.

Su mirada gris descubrió a los padres de Blaise a unos metros de él. Ella recibía el pésame de los presentes en medio de un inconsolable llanto. Él trataba de sostenerse y sostener a su vez a su afligida mujer. Draco se preguntó si después de tantos años de ignorarlo, en verdad ellos sentirían la muerte de su hijo tanto como la sentía él.

Tal vez en realidad lo querían, pero no habían sido capaces de demostrárselo. Tal vez Francesca Zabini hubiera sido capaz de dar su vida por su hijo como su madre lo había hecho por él. Tal vez Immanuel Zabini había sido criado con la misma idea de que el expresar los sentimientos era muestra de debilidad, como fuera la actitud de su padre hasta después de la muerte de su madre.

O quizá para sus padres, Blaise había sido en su vida sólo el cumplimiento de un requisito social, y después una carga de la que se les hizo fácil desentenderse cuando tuvo la edad suficiente para no necesitarlos, aunque en realidad fuera todo lo contrario.

Se preguntó qué tanto habrían llegado a conocerlo. Si ellos estarían enterados de las preferencias sexuales de su hijo, o por lo menos de algunos aspectos de su vida privada que sólo él conocía. O mejor dicho, ellos. Oliver y él.

Al recordar a Oliver, su mirada se desvió de la pareja para buscarlo entre los presentes. Recorrió con la mirada cada uno de los rostros, sin encontrarlo. Se dio por vencido después de buscarlo en los alrededores, donde sólo pudo distinguir en medio de la creciente oscuridad de la tarde agonizante, los altos árboles que franqueaban el camino hacia el lujoso Mausoleo Zabini.

El sepelio concluyó al mismo tiempo que la noche se abría paso a través de un cielo cada vez más plomizo, en presagio de una noche fría y tormentosa. Los presentes se fueron retirando poco a poco hasta que a solas frente a la tumba sólo quedó Draco. El joven permaneció unos minutos más, mirando con dolorosa fijeza el nombre de Blaise grabado en la fría lápida de mármol.

Las primeras gotas de lluvia, gruesas y frías, comenzaron a caer sobre su cuerpo. Draco depositó el ramo de margaritas sobre la tumba y después de acariciar por última vez el nombre amado se retiró con lentitud del lugar.

No se percató de una figura delgada que se asomaba detrás de un árbol, observándolo mientras caminaba hasta perderse en la lejanía. Oliver se acercó a pasos lentos hasta el lugar donde momentos antes el rubio estuviera, su mirada café anegada, y en sus manos una tarjeta gris casi deshecha.

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Poppy caminaba de un lado a otro frente a la chimenea de la enfermería. Nerviosa, no dejaba de lamentarse el haber dejado a Oliver marcharse en ésas condiciones. Era más que obvio que el muchacho continuaría negando lo ocurrido mientras no hubiera algo –o alguien-, que lo hiciera aceptar la realidad, por muy dolorosa que fuera.

La mujer detuvo su andar cuando entre las llamas verdes, una alta figura se perfiló. Draco atravesó la chimenea, en su suave rostro las huellas de una honda tristeza. Poppy se acercó al muchacho y lo tomó del brazo, atrayendo su atención.

-¿Lo aceptó? –La pregunta ansiosa de la enfermera lo hizo fruncir el ceño, sin entender-. Oliver fue al sepelio, ¿No lo viste?

-No lo vi. –Fue la respuesta del muchacho cuando al fin comprendió-. ¿Está segura?

-Él se presentó ésta mañana para cubrir su guardia. Me mostró la tarjeta que le dejaste. Él pensó que era una broma y me dijo que iría a ése lugar sólo para darle una lección al bromista.

-¿Y por qué no le dijo la verdad de una vez por todas?

-Él no me dio tiempo a explicarle nada. –Respondió Poppy, angustiada-. Casi no lo vi en todo el día. Al final decidí dejar que él fuera y lo viera todo con sus propios ojos.

-¿Hace cuánto tiempo se marchó?

-No lo sé. Ni siquiera se despidió de mí. –El rubio se quedó pensando en las palabras de Poppy. El que él no lo hubiera visto en el sepelio, no significaba que no estuviera presente-. ¿Tienes la tarjeta? Será mejor que vaya a buscarlo.

Draco no hizo caso a sus últimas palabras. Tomó un puñado de polvos y antes de que Poppy pudiera decir algo más, desapareció por las llamas para regresar a donde minutos antes se encontraba.

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Oculto tras el grueso tronco de un viejo roble, Oliver no terminaba de comprender el porqué seguía ahí, presenciando algo que no debía, que era ajeno a él. Su mente confundida se negaba a aceptar que se encontraba en el cementerio de los Zabini, y que aquél cajón gris con bordes plateados que ahora desaparecía dentro de aquél profundo agujero, guardaba para siempre el cuerpo de su compañero.

El joven de negros cabellos se abrazaba con fuerza a la húmeda madera, observando a aquella hermosa mujer que lloraba desconsolada en los brazos de un hombre que de ser más joven, sería idéntico a él, a su Blaise. Negó con la cabeza, tratando de alejar de su mente ésa terrible sospecha que comenzaba a taladrar su corazón con dolorosas punzadas de realidad. Una realidad que a pesar de estar frente a sus ojos no se atrevía a aceptar.

El viejo roble se hizo uno con él cuando Oliver sintió los grises ojos de Draco Malfoy recorriendo todo el lugar. Dejó pasar varios minutos antes de asomar la cabeza y observar que la gente ya se retiraba. Permaneció detrás del pilar que lo sostenía, sus piernas negándose a soportar su propio peso mientras observaba a Draco parado frente a la tumba.

Vio cuando el rubio depositó un ramo de flores cuya blancura resaltaba entre la tierra negra que las rodeaba. Vio cuando Draco dedicó una lenta caricia sobre la piedra para alejarse en el instante mismo en que el cielo descargaba todo su peso en forma de frías agujas, que atravesaron sus ropas calando hasta lo más profundo de su alma.

Observó la tarjeta gris, apretujada en su temblorosa mano. Su mente le ordenó marcharse, ahí no había nada que a él pudiera importarle. Pero su corazón le pidió que se quedara. Le exigió que debía acercarse y ver con sus propios ojos que ésa no era la tumba de Blaise.

Debía darse prisa si quería volver pronto a casa. Estaba seguro que él ya había vuelto de su visita a sus padres y que estaría esperándolo en su departamento. Aguardó hasta que Draco desapareció por el camino contrario hacia donde él se hallaba. Salió de su escondite detrás del árbol y se aproximó con lentos pasos hacia el lugar que momentos antes el rubio ocupaba.

Estrujó con fuerza la tarjeta en su mano, maltratándola sin darse cuenta. Leería el nombre de ésa persona en la lápida y vería que se trataba de alguien más. Entonces se iría a casa con el corazón tranquilo y lo esperaría como cada noche. Y Blaise aparecería con su gran sonrisa, sus cabellos castaños revueltos por la brisa que siempre se colaba por su ventana y sus ojos aceitunados mirándolo con amor antes de besarlo y llevarlo a la cama para arroparlo con las sábanas.

Y Oliver le contaría como estuvo su día en la enfermería. Y Blaise le platicaría sobre su viaje, y lo besaría otra vez para hacerle el amor y después conversarían sobre sus planes para el futuro. Aún no se ponían de acuerdo en un nombre para su bebé y la última vez que hablaron sobre ello terminaron peleando. Ésa noche trataría de evitar el escabroso tema.

Sus ojos cafés distinguieron con claridad la escritura esculpida con plata en el fondo verde de la piedra, erigida sobre la tumba cubierta de tierra aún fresca, y ahora húmeda por la lluvia que se soltaba sin clemencia sobre su cuerpo tembloroso de frío. Se agachó con lentitud y delineó con sus delgados dedos las elegantes letras que formaban el nombre de la persona que más amaba en la vida, y que ahora se vislumbraba borroso entre las gotas de lluvia que se confundían con sus lágrimas.

"Blaise Zabini. Descansa en paz, amado hijo, querido amigo..."

La realidad cayó sobre él con todo su peso, y un grito desgarrador emergió de su garganta al mismo tiempo que su cuerpo colapsaba sobre la fría tumba de quien fuera el padre de su hijo, su compañero, su gran amor. Sus uñas rascaron con desesperación la tierra, haciendo a un lado las flores que la cubrían sin importarle que sus manos sangraran por la fuerza con la que escarbaba.

-¡Detente! –Unas manos firmes se posaron sobre sus hombros tratando de levantarlo, pero Oliver no hizo caso. Siguió removiendo con sus manos heridas el lugar donde ahora comprendía, se encontraba la persona que más amaba en la vida-. ¡Te estás haciendo daño!

-¡No! ¡Blaise! –Oliver se aferró a la dura tierra con todo el peso de su cuerpo, su rostro cubierto de amargas lágrimas-. ¡Vuelve por favor! ¡Haré lo que sea! ¡Pero no me dejes! ¡No me dejes!

-Detente... –Draco soltó los hombros de Oliver para colocar su cuerpo sobre el cuerpo del muchacho, tratando de controlarlo, sintiendo cómo éste convulsionaba entre sollozos-. Él no volverá... ya no volverá.

-¡Tú me lo prometiste! –El muchacho golpeó la sepultura con todas sus fuerzas, sus puños cerrados tratando de perforarla, queriendo con ese acto llegar hasta el lugar donde Blaise ya descansaba-. ¡Tú me prometiste que siempre estarías conmigo!

-Por favor... no lo hagas... –Las palabras se atoraron en la garganta de Draco, quien sólo permaneció abrazando el delgado cuerpo que se estremecía de dolor debajo del suyo. Lo sintió aflojarse poco a poco hasta que sólo pudo escuchar débiles gemidos brotando de sus labios, y unas palabras que apenas logró entender entre sus propios sollozos y el sonido de la lluvia que caía, pertinaz, sobre ellos.

-Me lo prometiste... me lo prometiste... –Oliver se recostó de lado sobre el húmedo montículo, haciendo que Draco quedara recostado también, mientras cubría su espalda con su propio cuerpo y sus brazos rodeaban el pecho del moreno. Oliver cerró sus ojos cafés, sintiendo un calor que no era el suyo rodearlo por completo. Y rogando porque ésa sensación perdurara se encogió sobre sí mismo, haciendo que Draco se encogiera con él.

La lluvia continuaba cayendo sin piedad. Sobre la tumba de Blaise Zabini, dos cuerpos acurrucados uno contra el otro tiritaban tratando de darse calor. Un calor que ellos pensaban, se había marchado para siempre junto con la persona que alguna vez los amó.

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Severus se encontraba a solas en su habitación, en la enfermería. En una de sus manos sostenía su reloj, y en la otra un pequeño pastel que Dobby se había encargado de llevarle. Esperó con infinita paciencia a que ambas manecillas negras se volvieran una sola sobre el número doce, haciéndole recordar que él también estaba unido a alguien y que a partir de ése instante lo estaría mucho más.

El hombre dejó su reloj a un lado y con un solo movimiento de su mano encendió la vela con la forma perfecta del número dieciocho, posada sobre el pastelito de cumpleaños. Era la madrugada del día treinta y uno de Julio. Suspirando, cerró sus negros ojos, un deseo brotando de lo más profundo de su corazón. Sopló con fuerza y la pequeña vela se balanceó sobre su precario apoyo antes de apagarse.

-Feliz cumpleaños, Harry...

Severus dejó el diminuto pastel a un lado, la vela aún humeante mientras se acomodaba entre las sábanas para dormir. Suspiró una vez más abrazando con fuerza la blanca almohada, su única compañía ésa noche de buenos deseos y promesas sin cumplir.

Continuará...

Próximo Capítulo: En medio de la oscuridad.

Notas:

Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.

Besitos.

Rebeca (K. Kinomoto)