Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
XXI
En medio de la oscuridad.
Cuando Draco atravesó la chimenea de Poppy con Oliver en brazos, ella estaba a un paso de internarse en ella para ir a buscarlos. Respiró aliviada al verlos llegar, y apenas el rubio acomodó a su auxiliar sobre la primera cama que encontró, ella procedió a examinarlo para verificar el estado de su bebé.
-Espera un momento, necesito que me ayudes a bajarle la fiebre. –Le pidió Poppy al rubio cuando éste ya se iba. Draco no respondió. Permaneció parado junto a la cama y observó a Poppy que con un hechizo, dejaba al muchacho desnudo y eliminaba todo rastro del agua de lluvia que empapaba su cuerpo febril. Reaccionó cuando ella puso un paño humedecido con agua fría en su mano-. Debemos evitar una hipertermia. Comienza con la cabeza y recorre todo su cuerpo con el paño hasta que llegues a sus pies.
El rubio suspiró al tiempo que colocaba la compresa en la frente de Oliver y frunció el ceño al percatarse de lo caliente que estaba su piel. Él no lo había notado antes porque sus cuerpos se mantenían húmedos a causa del agua que caía sobre ellos. Pero ahora que Oliver estaba seco, sus mejillas habían adquirido un tinte rojizo debido a la alta temperatura.
-¿Es peligroso que tenga tanta fiebre? –Dejó la frente para recorrer su rostro y descender por sus hombros y brazos, sin dejar de observar lo que Poppy hacía junto a él.
-Si no le bajamos la temperatura lo más ponto posible, corre el riesgo de un aborto. O que el bebé sufra algún defecto congénito. –Draco no pudo evitar un escalofrío al escucharla. Sin saber porqué, sintió que algo en su pecho se oprimía hasta causarle dolor.
Poppy untó una sustancia cremosa y transparente en el abdomen de Oliver. Colocó la punta de la varita sobre él y pronunció un hechizo. Una imagen tridimensional se formó sobre el vientre del moreno. Draco trató de identificar lo que veía sin dejar de recorrer con el paño el cuerpo de Oliver.
-El bebé parece estar bien. –Draco sintió que su corazón latía con demasiada fuerza cuando cayó en la cuenta de lo que tenía frente a él.
-¿Eso... es... su bebé? –Ante él sólo había una pequeña burbuja conteniendo líquido. Una cosa muy pequeña flotaba dentro de ella, unida a un delgado cordón-. No se ve bien.
-Porque la imagen es en tamaño real, y ahora sólo mide dos milímetros. Pero espera un poco... –La mujer pronunció un hechizo y la imagen se amplió doscientas veces su tamaño. Draco dio un paso atrás, asombrado cuando pudo ver algo pequeñito a lo que no le encontró mucha forma-. Se está terminando de desarrollar el sistema nervioso central, es decir, la médula espinal y el encéfalo. Por eso tiene esta forma... –Draco siguió la mano de la enfermera que señalaba hacia la imagen-. Y mira, éste es su corazón, que ya comenzó a latir. Eso quiere decir que ya tiene tres semanas.
Draco vio con asombro un punto rojo apenas visible que latía a gran velocidad en mitad del pequeño ser. Poppy sonrió ante la mirada de admiración de Draco. La imagen tridimensional desapareció con otro hechizo y el rubio pareció despertar de un sueño. Continuó con lo suyo mientras Poppy terminaba de examinarlo.
Estuvo varios minutos más mojando el paño en agua fría y recorriéndolo por su largo y esbelto cuerpo. Pese a que Oliver no tenía ni una prenda que lo cubriera, el rubio no parecía darse cuenta de ése detalle. Su mente estaba ocupada en la imagen de su bebé. Sintió que sus ojos grises se humedecían al prensar que ahora ése pequeño ser no tendría a su otro padre para verlo crecer, ni dentro ni fuera de él. Una ola de dolorosa culpa mezclada con enojo lo embargó. Si Blaise no se hubiera atravesado en el camino de ésa maldición...
-Las pociones se me acaban. Tendré que mandarlas a elaborar a un laboratorio. –La voz de Poppy lo hizo volver al presente. Secó sus lágrimas con disimulo al mismo tiempo que la enfermera le administraba una poción a Oliver. El muchacho tosió durante un momento para después seguir durmiendo en medio de un sueño muy inquieto. Poppy volvió a examinar al muchacho y se dirigió al rubio-. La fiebre ya está bajando, te agradezco que me ayudaras.
Draco asintió en silencio mientras devolvía el paño a Poppy. Contempló a Oliver durante un momento y fue cuando se percató de su desnudez. Un profundo sonrojo cubrió todo su rostro y tuvo que desviar la mirada para volverse hacia la enfermera. Ella lo cubrió con una sábana delgada y le aplicó un hechizo para conservarla fresca. Ayudaría a mantener su cuerpo a una temperatura adecuada.
-Me decía que ya se le están acabando las pociones. –Poppy dejó lo que hacía para observar al rubio, que continuó hablando-. Yo puedo elaborarlas en ausencia del profesor Snape.
-Pero... son demasiadas. –Respondió la enfermera. No es que no confiara en él. Severus ya le había hablado de su eficiencia y de los motivos por los que había decidido tomarlo como su auxiliar-. No me parece justo que pases tus vacaciones trabajando.
-No tengo otra cosa qué hacer. –Draco se encogió de hombros para enfatizar sus palabras-. Si me da la lista de las que más le urgen se las tendré en el transcurso de la semana. Las demás podré elaborarlas poco a poco hasta reponerlas todas.
-Eres un ángel, Draco. –Reconoció Poppy, sonriéndole con agradecimiento-. Estaré encantada de recibir tu apoyo. Date una vuelta por aquí mañana por la mañana y te tendré la lista de las pociones que más me urgen.
Draco asintió en silencio y tras una última mirada a Oliver se dirigió a la puerta. Fue cuando dio la espalda a Poppy que ella se dio cuenta que el muchacho estaba empapado. Draco volteó a verla cuando sintió un calor que lo rodeaba y su ropa ya seca, más ligera sobre su cuerpo. Le dio las gracias y desapareció por el pasillo rumbo a sus habitaciones.
Poppy decidió quedarse un momento más, vigilando que la temperatura de Oliver se estabilizara. Se sintió más tranquila cuando su respiración se volvió regular y sus mejillas volvieron a su color normal. Deshizo el hechizo de la sábana y conjuró otro sobre su cuerpo para que le alertara si la fiebre regresaba. Suspiró mientras acariciaba con aire maternal la frente húmeda de su auxiliar, para después retirarse a descansar.
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Lucius levantó su mirada azul del libro que leía, y supo que Draco había regresado cuando escuchó la puerta principal abrirse y cerrarse un segundo después. Dejó el libro sobre su mesita de noche y cuando conjuraba su silla de ruedas para ir a su encuentro, volvió a escuchar el ruido de otra puerta, ésta vez de la habitación del muchacho.
Intuyendo que tal vez su hijo necesitaba estar a solas, decidió retomar su lectura y dejar transcurrir un tiempo prudente antes de hacerse presente. Estuvo leyendo más de una hora, hasta que el cansancio amenazó con cerrar sus ojos. Antes de quedarse dormido se dirigió a la recámara de su hijo para asegurarse que se encontrara bien.
Tocó con suavidad la puerta, pero no obtuvo respuesta. Imaginando que Draco ya dormía, la abrió con cuidado tratando de no despertarlo. La tenue luz de una vela en su mesita de noche le dio la imagen de su hijo acostado sobre la cama viendo hacia la pared. Se había colocado un pijama y su rostro estaba escondido sobre su almohada. Tratando de no molestarlo, el hombre curioseó entre los objetos sobre la mesita.
Descubrió un estuche de terciopelo verde, abierto y dejando ver en una cadenita un dije con la forma de la mitad de un corazón. Lo tomó entre sus dedos y a la luz de la vela alcanzó a distinguir el nombre de Blaise y Draco. Lo dejó en su sitio y dirigió su mirada hacia su hijo. Pudo ver que a su alrededor se encontraban varios pergaminos pequeños, regados por toda la cama.
Los observó durante varios segundos sin decidirse a tomar alguno, pues sabía que no debía hurgar en los asuntos privados de su hijo sin su permiso. Pero la curiosidad por saber qué eran pudo más que su voluntad y con infinito cuidado tomó uno de ellos y lo desdobló para leerlo. Suspiró cuando terminó su lectura y después de enrollarlo de nuevo lo dejó en su sitio.
Después de leer otro pergamino llegó a la conclusión de que eran cartas de amor enviadas por Blaise. En ellas le decía cuánto lo amaba y le rogaba su perdón, una y otra vez, mientras le pedía que no lo olvidara. Supuso que todas las demás cartas decían lo mismo, pero con diferentes palabras. Dejó sobre la cama el último pergamino que tomara, y cuando estaba por salir de la habitación escuchó que su hijo sollozaba.
-¿Draco? –El hombre volvió a acercar su silla a la cama, preocupado-. ¿Estás bien?
Draco se encogió sobre la cama y a Lucius le pareció ver que su almohada estaba empapada. El muchacho volvió a sollozar al tiempo que hablaba.
-No puedo hacerlo... ¿Sabes? –Lucius permaneció en silencio escuchando la voz de su hijo, áspera por los sollozos que seguían brotando de su garganta-. No puedo... perdonarlo. No puedo...
Lucius hizo a un lado las pequeñas cartas y se apoyó en la cama para sentarse junto a él. Draco continuaba de espaldas. No fue necesario que su padre lo mirara de frente para adivinar que su rostro debía estar hinchado por tantas lágrimas. Con toda seguridad había estado llorando desde su regreso del sepelio.
-¿Por qué dices que no puedes perdonarlo? –Posó una mano sobre sus cabellos húmedos. Draco tembló y se encogió más sobre sí mismo-. Él dio su vida por ti. Y con eso te demostró todo el amor que trató de expresarte en cada una de éstas cartas. –Ante el silencio de Draco, el hombre dejó sus rubios cabellos para apretar su hombro, tratando de consolarlo-. ¿Qué habría cambiado si él no hubiera muerto? ¿Lo habrías perdonado por haberte sido infiel?
-No. –Respondió el joven, sin vacilación-. Pero tampoco puedo perdonarlo ahora.
Lucius miró a su hijo sin comprender. Draco le debía la vida a ése muchacho, y aún así, él no era capaz de perdonarlo.
-No te entiendo, hijo.
-Él no debió hacer lo que hizo. –Draco apretó en un puño la almohada, estrujándola con rabia-. Él debió pensar que había alguien esperándolo en casa. Yo le pedí que ya no me buscara. Yo le devolví todo lo que tenía de él. Todo. Él... no debió morir por mí.
Lucius entrecerró los ojos, comprendiendo todas y cada una de sus palabras. El mismo Draco le había confesado un día antes de la última batalla, que había dado por finalizada su relación con Blaise de forma definitiva. Él ya se había hecho a la idea de no volver a verlo. Ya se había resignado a dejar que Blaise viviera su vida con aquél joven con quien esperaba un hijo. Y Draco había tomado ésa decisión por su cuenta y la había considerado una decisión correcta.
Pero Draco no había contado con que Blaise no opinaría lo mismo. Blaise no había aceptado la ruptura definitiva y en la última batalla le había demostrado que no estaba dispuesto a renunciar a él, y mucho menos a dejar de amarlo. Y en su insistencia por recuperarlo había perdido la vida.
Y eso, era lo que Draco no podía perdonarle. Al final, Blaise había pensado sólo en ellos dos. Y había olvidado que había una tercera persona que lo amaba del mismo modo, y que también terminaría pagando con lágrimas las consecuencias de sus actos. Draco tenía razón en no querer perdonarlo.
-Ése muchacho, el Gryffindor... ¿Fue al sepelio?
Draco ya había dejado de llorar cuando se sentó en la cama. Recargó su espalda contra la cabecera para responder a la pregunta de su padre.
-Se llama Oliver. –El muchacho repasó con aire ausente las cartas de Blaise regadas sobre su cama, mientras continuaba-. Se puso muy mal. Tuvo fiebre por un rato, pero se le controló a tiempo.
-¿Su bebé está bien?
El muchacho asintió en silencio, y Lucius se sorprendió al ver cómo los grises ojos de su hijo se iluminaban por un momento.
-Lo vi. Es una cosa muy pequeñita. –El destello desapareció tan rápido como había llegado cuando Draco volvió a tenderse sobre la cama y cerró los ojos, suspirando. No tardó en quedarse dormido.
Lucius lo observó en silencio durante un largo momento, tratando de entender lo que acababa de descubrir. Ése destello en sus ojos había sido como una luz brillando en medio de la oscuridad, y algo en su corazón le dijo que Draco no tardaría en superar ése dolor.
Porque su hijo y ése muchacho tenían una gran ventaja a su favor, y ésa ventaja se la daba su juventud.
-Cuando se es joven se tiene todo el tiempo del mundo. –Murmuró mientras regresaba a su habitación-. Todo el tiempo del mundo para sanar... para volver a empezar... para volver a amar.
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No era que no deseara que ése día llegara. Sólo que no esperaba que sucedería tan pronto. Sirius Black dejó su lugar junto a la cama de Harry para cerrar las cortinas, y así impedir de alguna forma que la luz del amanecer le recordara, una y otra vez, que había llegado el día.
Y es que a partir de "ese día", el cordón umbilical que unía a Harry con él de forma legal –y moral-, se rompía. Se hacía pedazos para dejarlo en libertad de decidir qué hacer con su vida.
"No sé si ya pensaste en lo que pasará cuando Harry despierte..."
No lo había pensado. En realidad no quería pensarlo. Su mente se había negado a ver más allá de las palabras de Remus. Él estaba convencido que Harry despertaría y aceptaría sin protestar cada una de sus decisiones. Y que de no ser así tendría que imponerse.
Lo había hecho cuando ante su negativa de volver con él a la Mansión Black, él lo amenazara con enviar a Severus a Azkaban. Y Harry había obedecido. Y lo había mantenido a su lado bajo sus propias condiciones y Harry no había podido hacer nada porque era menor de edad, porque él era su tutor. Porque él era quien decidía por su bienestar. Y él creía haberlo hecho todo bien.
Hasta "ese día".
Regresó junto a Harry y en la semi oscuridad de la habitación lo observó durante largo tiempo. Recordó su comportamiento antes de la última batalla, y su firme resolución de enfrentar a Voldemort y acabar de una vez con ésa pesadilla. Estudió a detalle cada uno de sus rasgos, y muy a su pesar, tuvo que admitir que frente a él ya no había un niño.
Ahora ése joven que yacía postrado con una venda blanca sobre sus ojos se había convertido en un hombre, en todos los sentidos. Pero para Sirius, él aún seguía siendo un niño.
-Mi niño.
En ése momento decidió que no permitiría que Snape lo arrebatara de su lado. Él se encargaría de convencer a su ahijado, que lo mejor para él era estar lo más lejos posible de ése mortífago. Se lo llevaría a París y lo ayudaría a rehacer su vida. Sólo necesitaba encontrar la manera de persuadirlo, y a partir de ahí, las cosas serían más sencillas.
Tomó la mano del muchacho y la apretó con fuerza, deseando que él pudiera escucharlo.
-Sólo es cuestión de tiempo para que lo olvides, Harry.
En verdad deseaba que Harry comprendiera. Pero a pesar de eso, no dejaban de rondar en su mente las palabras de Remus:
"Lo único que sé, Sirius... es que cuando eso suceda no querré estar en tu lugar."
Y ése era su principal miedo, porque tenía que admitirlo aunque no quisiera...
Le aterraba la idea de perderlo.
oooooooOooooooo
Minerva entró a la enfermería y saludó a Poppy, mostrándole un pergamino que llevaba en su mano derecha.
-Recibí contestación de Nicolás Flamel. –La enfermera asintió, comprendiendo, mientras ambas se encaminaban hacia la habitación de Albus.
-¿Vendrá a verlo?
-Dice que eso no será posible. –Fue la respuesta de la animaga. Se sentó en la silla junto a la cama, observando a Poppy mientras examinaba al anciano mago-. Él no está en condiciones de realizar ningún viaje. Pero me dijo que si yo voy, con mucho gusto nos ayudará.
-Ésas son buenas noticias. –Poppy terminó de recorrer la varita sobre el cuerpo del director. Ante la pregunta muda de Minerva, sólo movió la cabeza-. Sigue igual. ¿Crees de verdad que el señor Flamel podrá ayudarlo?
-Él es el creador del Medallón que Albus le entregó a Severus. Estoy segura que podrá hacer algo. –Hizo una pausa mientras acariciaba los blancos cabellos del director, tratando de darse valor para expresar sus pensamientos-. Pero de no ser así... será mejor... que me lo diga de una vez.
-Ya verás que todo va a estar bien. –Poppy trató de animarla. Minerva asintió, esperanzada-. ¿Cuándo tienes que partir?
-El señor Flamel me envió un trasladador que tendré que utilizar mañana temprano. –Minerva se puso de pie para despedirse-. No sé cuándo volveré, pero espero que sea pronto.
-Te deseo mucha suerte.
-Te lo agradezco mucho, Poppy. –Minerva besó los blancos cabellos de su amigo-. Vendré a verlo antes de partir.
Salió de la habitación de Albus y se encaminó a la de Severus, palpando con nerviosismo un pequeño Pensadero oculto en el bolsillo de su capa. Estaba segura que Flamel necesitaría el Medallón y toda la información que pudiera reunir con respecto a lo que sucedió en el instante en que Voldemort le lanzó el Kedavra. Y la única persona que podía darle ésa información era el mismo Severus.
El profesor bebía una poción que una enfermera acababa de llevarle. Cuando la mujer se retiró y la puerta se cerró, el hombre regresó a su lectura al tiempo que lanzaba unas palabras al aire.
-Ya puedes salir, Minerva. –Una gata atigrada salió de su escondite debajo de la cama del profesor de Pociones, quien sólo suspiró mientras dejaba el libro a un lado y observaba a la animaga regresando a su forma humana-. No sabía que en tus horas libres te transformabas para esconderte debajo de las camas.
-Déjate de cosas, Severus. –Le reclamó la subdirectora-. Pude haber conseguido el permiso de Arthur, pero me hubiera llevado un tiempo muy valioso del que ahora no dispongo.
-¿A qué debo el honor de tu visita clandestina? –Le preguntó el profesor. La animaga notó su viejo acento sarcástico cuando el hombre prosiguió-. ¿Vienes para que planeemos juntos mi asombroso escape?
-No digas tonterías, lo que menos te conviene ahora es huir. –Minerva se acercó a la puerta para colocarle el seguro-. En fin... vine porque necesito que sepas que me ausentaré del Colegio, voy a hacer una visita a Nicolás Flamel. –La mujer levantó una mano para impedir que Severus hablara-. Le envié una carta y me respondió, dice que me espera mañana en su Mansión. Llevaré conmigo el Medallón, pero también necesito llevarme tus recuerdos sobre lo que sucedió en la Mansión Riddle.
Severus no dijo nada. Minerva respetó su silencio imaginando que el hombre mantenía una lucha interna entre el enfado y la culpa, por haber aceptado ése regalo.
-Fui un ingenuo, Minerva. –La mujer se acercó a la cama y se sentó en la silla, junto a él-. Harry me dijo que él había visto antes ése Medallón. Si me hubiera tomado la molestia de investigar sobre él...
-El hubiera no existe, Severus. –La mujer colocó una mano sobre su hombro, tratando de confortarlo-. Ambos conocemos muy bien a Albus. De no aceptar su regalo, hubiera encontrado otro modo de protegerte. Siempre se sale con la suya.
-Si pudiera, yo mismo iría a hablar con él. –Murmuró con amargura. Minerva asintió, sabiendo que Severus se sentía responsable por lo ocurrido. Al principio, ella tampoco había podido evitar culpar a Severus. Pero había tenido tiempo para analizar las cosas desde la perspectiva de Albus, y en el fondo lo comprendía. Si ella hubiera tenido a alguien a quien amara como a un hijo, también habría hecho lo mismo-. ¿Trajiste un Pensadero? Necesitaré que me ayudes con tu varita.
Minerva volvió a asentir mientras extraía de su capa una pequeña vasija con inscripciones en símbolos muy extraños. Un líquido plateado brillaba sobre su superficie, reflejando su rostro como en un espejo. Se la entregó a Severus y colocó la punta de su varita contra la sien del profesor, al tiempo que pronunciaba un hechizo.
Los hilos plateados de sus recuerdos comenzaron a surgir conforme el profesor recordaba lo ocurrido en la Mansión Riddle, desde que Voldemort le lanzara la primera maldición. Recordó a Albus entrando a la habitación y liberándolo de la loza que hería sus piernas; el momento en que él se arrancaba el Medallón para interrogarlo, hasta el instante en que vio a Voldemort apuntando al corazón del Director.
Se esforzó en seguir recordando, pero había una laguna mental entre ése último momento, hasta que despertó y vio a Harry buscándolo a ciegas. Aún así, estaba seguro que todo eso sería de utilidad. A una señal de Severus, la subdirectora retiró su varita de su sien y volvió a guardar el Pensadero. Alguien giró el picaporte detrás de la puerta y Minerva le dio las gracias a Severus, al tiempo que liberaba el seguro y regresaba a su forma animaga.
La puerta se abrió y Lucius entró, frunciendo el ceño con extrañeza al ver a una veloz gata escabullirse por un pequeño espacio entre su silla y la puerta, segundos antes de que ésta se cerrara.
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Los pétalos de las rosas, fragantes y coloridos, se abrieron en esplendor cuando los rayos del sol irradiaron sobre ellos todo su calor, bañando a su vez con su luz, cada rincón de la terraza del Área de Psiquiatría Mágica, en San Mungo.
Por aquí y por allá, ajenos a la belleza que desbordaba el azul del cielo y el verde del pasto, algunos pacientes caminaban cual fantasmas blancos, esquivando a su paso líneas inexistentes y escapando de terrores imaginarios que amenazaban con alterar sus existencias, vacías de pensamientos coherentes... vacías de la luz de la razón.
Sentada en una banca de hierro pintada de blanco, tan blanco como la bata que cubría su cuerpo, Hermione se hallaba encogida sobre sus rodillas y abrazada a sí misma. Su mirada perdida en la lejanía parecía contemplar el hermoso paisaje que se extendía ante ella, como una pequeña réplica del Paraíso en la Tierra.
Pero no había paraíso alguno dentro de su mente. Ella no percibía la belleza que rebosaba a su alrededor, invitándola como a toda niña enamorada, a recoger alguna flor y aspirar su aroma para después deshojarla pensando en la persona amada. Ella no veía belleza en la flor, ni azul en el cielo, ni sol, ni color.
Ella se sentía dentro de un profundo pozo, negro como la misma noche. En un lugar donde los recuerdos más dolorosos de su vida se abrían paso en su mente para torturarla, una y otra vez, haciéndola presa del miedo. Miedo a permanecer despierta porque todo a su alrededor le era desconocido. Miedo de dormir, porque cada una de sus noches llegaban pobladas de terribles pesadillas.
Desvió su mirada del horizonte para fijarla sobre una enfermera, quien le dio a beber una poción con la que pareció despertar de su letargo. Cuando la mujer se marchó, Hermione vagó su mirada café a su alrededor, tratando de reconocer algo entre lo que la rodeaba para relacionarlo con alguna parte de su vida. Pero era como si alguien hubiera apagado una luz en su cabeza y la mantuviera sumida en la oscuridad.
Y en medio de la oscuridad que la rodeaba, una voz dentro de ella le decía que no siempre había sido así. Que alguna vez tuvo ilusiones, que alguna vez deseó vivir. Era la luz de la razón tratando de escapar de ése laberinto de dolor y sombras para encontrar el camino hacia la salida. Ella sentía que había perdido algo muy valioso. Algo que la mantenía unida a la tierra y a una ilusión. Una ilusión ahora olvidada.
Una rosa roja con sus pétalos abiertos al sol llamó la atención de la muchacha, que dejó su lugar en la banca para acercarse a olerla. Su perfume le hizo evocar un momento doloroso, una accidente. Un hombre y una mujer que eran sepultados juntos mientras ella lloraba una despedida. Rosas, muchas rosas rojas cubriendo la tumba de sus padres.
Pero algo en ésa rosa roja le hizo saber que ése no era el único recuerdo aferrado a su mente. Ése color le recordaba sangre, muerte, lágrimas. Y una sensación de calor en su corazón que no logró identificar, pero que a pesar de todo estaba ahí. Como un algo que se negaba a ser atrapado entre sus manos y que se escabullía de su mente, para perderse como un pequeño punto entre un millón de ellos.
Pero un punto único, irremplazable... e inalcanzable.
-¿Dónde está? ¿Dónde? –Susurró al viento mientras volvía a encogerse abrazando sus rodillas, ésta vez sobre el verde pasto junto a la banquita blanca. Sus ojos se anegaron y la cabeza comenzó a dolerle. Cerró los ojos para que la luz del sol no cegara sus pupilas cafés-. Me lo robaron... me robaron el rojo.
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Ron dejó el diario a un lado después de separar la sección de empleos. Durante casi una hora, repasó uno a uno los anuncios para ver cuál de todos podría convenirle. Al día siguiente saldría a presentar solicitudes en varios lugares, pues era necesario encontrar trabajo cuanto antes si quería costear el tratamiento de Hermione.
-¿Hay algo? –Le preguntó Molly mientras colocaba su almuerzo frente a él.
-Solicitan un auxiliar para el departamento administrativo en el Ministerio. –Respondió su hijo, sin despegar su vista de los clasificados-. Pero exigen preparación académica más dos años de experiencia como mínimo. –Suspiró, descorazonado-. Yo acabo de salir del Colegio, y ni siquiera tengo un curso previo de administración.
-Creo que Hogwarts debería considerar impartir ésa clase de materias. –Molly se sentó en su lugar en la mesa para acompañar a su hijo. Se encontraban solos en la Madriguera, pues Arthur estaba en el Ministerio y a Ginny le había dado por marcharse todos los días a la tienda de los gemelos-. Así los muchachos saldrían preparados para enfrentar al mundo, sin tener que esperar hasta que terminen de estudiar una carrera.
Ron asintió en silencio y continuó leyendo los anuncios. Suspiró, frustrado al ver que la mayoría de las empresas exigía lo mismo. Subrayó el anuncio de un lujoso hotel en un lugar llamado Rutland, en cuyo restaurante solicitaban camareros. Ofrecían capacitación y sueldo base más propinas. Ron pensó que al menos no necesitaría experiencia previa y tratándose de clientela adinerada podría obtener buenas propinas.
Guardó el anuncio en su bolsillo y se dispuso a almorzar. No le comentó nada a su madre, pues sabía que ella no iba a estar muy contenta, pero era preferible ése empleo a no tener nada. Trabajaría de mesero mientras trataba de encontrar trabajo en alguna de ésas empresas. Conseguiría empleo en dos lugares si era necesario. Haría lo que fuera para ayudar a su novia.
Ésa mañana había ido a visitarla a San Mungo. Con la autorización de la doctora Sayers, sólo pudo verla unos cuantos minutos a varios metros de distancia, desde donde la observó sentada en una banca, al parecer perdida en sus pensamientos. A Ron le hubiera gustado poder acercarse a ella y abrazarla. Le hubiera gustado que ella le viera desde ésa distancia y que sus ojos cafés brillaran, reconociéndole entre todos los rostros desconocidos que la rodeaban.
Pero tuvo que conformarse sólo con mirar cómo sus largos cabellos castaños ondeaban con la suave brisa matinal, cuando ella se inclinó para aspirar el perfume de una rosa roja. Una profunda tristeza lo embargó cuando ella volvió a encogerse sobre el pasto, su mirada ausente. Y cuando la enfermera en turno le avisó que la hora de visita había terminado, Ron sólo había asentido con tristeza mientras se despedía en silencio de la mujer que amaba.
-Es una pena que no pudiéramos felicitar a Harry. –La voz de su madre sacó a Ron de sus pensamientos. Éste sólo movió la cabeza, asintiendo con pesar. Terminando su visita al Área de Psiquiatría, Molly y él se habían marchado al Área de Cuidados Intensivos, para ir a ver a Harry.
Como el muchacho continuaba inconsciente, sólo había podido tomar su mano y permanecer a su lado, hablándole de cualquier cosa, mientras escuchaba detrás de la mampara que Molly y Sirius sostenían una fuerte discusión por el asunto de la denuncia contra Severus. Viendo que ninguno de los dos adultos daría su brazo a torcer, y decidido a no permitir que se alterara el descanso de Harry, Ron dio por concluida la visita y se despidió de su amigo.
Dejó su plato a un lado cuando sintió que el hambre se le iba. Molly lo miró desde su lugar en la mesa con gran preocupación, y en ése instante se reveló ante su vista algo de lo que no se había percatado. Frente a ella ya no había un niño, sino todo un hombre.
Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando recordó el primer día en que lo despidió junto al andén para su primer año en Hogwarts. Fue el mismo día que conocieron a Harry, un niño tímido y perdido en un extraño mundo del que nunca había escuchado hasta los once años.
Un niño que ése día se convertía en todo un hombre. Como su hijo.
-Me hubiera gustado que nos reuniéramos todos aquí para festejar su cumpleaños. Con toda la familia y todos sus amigos. –Ron levantó la mirada para ver a su madre y suspiró, dándole la razón.
"Pero eso no será posible." Pensó Molly, tratando de reprimir un sollozo. "No será posible porque Harry está inconsciente en una habitación en San Mungo. Y Hermione... ella también."
Se puso de pie para llevar su plato a la cocina, pues no quería que Ron la viera llorar. Ya a solas, dejó que las lágrimas fluyeran y dieran alivio a su corazón acongojado. Ella sentía que le había sido arrebatada una parte importante de su vida. Cualquiera hubiera dicho que ella era afortunada porque aún conservaba a toda su familia, porque no había perdido a ninguno de sus hijos en ésa última batalla. Pero la verdad era otra.
Escuchó la puerta de la habitación de Ron al cerrarse. Supuso que él también necesitaba estar a solas. Secó sus lágrimas y volvió al comedor para recoger el plato de Ron, casi intacto. Regresó a la cocina y decidió que hornearía un pastel aunque Harry no pudiera probarlo. Necesitaba ocuparse en algo si no quería enloquecer.
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Draco permanecía acostado en la cama con sus brazos cubriendo su rostro, para evitar que el sol que entraba por su ventana hiriera sus grises pupilas. No sabía cuánto tiempo había dormido, pero sentía como si hubiera estado sometido a una gran tensión y de repente se hubiera visto liberado del esfuerzo. Pero era una sensación muy extraña y molesta.
Tuvo que hacer un gran esfuerzo para salir debajo de las sábanas y enfrentar al nuevo día, y suspiró con amargura cuando se descubrió rodeado por las cartas de Blaise. No quería deshacerse de ellas, pero tampoco quería seguir viéndolas, pues eso le recordaba que era lo único de Blaise que ahora le quedaba. Después de enrollar los pequeños pergaminos decidió guardarlos otra vez en el cajón de su mesita.
Observó durante un largo momento el dije con la forma de la mitad de un corazón. Sonrió con ironía. Él había sido el dueño de la mitad del corazón de Blaise, y ahora sólo le quedaba ésa pequeña alhaja para recordárselo por lo que le restara de vida. No quiso seguir mirándolo. Lo guardó dentro de su estuche y lo devolvió al cajón, junto con las cartas.
Salió de su habitación, descalzo y sin importarle que aún tenía puesto el pijama, y que sus cabellos rubios danzaban despeinados sobre su cabeza. Vio en el reloj de la sala que era más de mediodía, y se reprochó por haber dejado que el sueño lo venciera. Después de llamar a la habitación de su padre y ver que no se encontraba, decidió llamar a un elfo doméstico y almorzar solo.
Se dio prisa al recordar que tenía que haber estado temprano en la enfermería, pues debía recoger la lista de Poppy. Cuando estaba por entrar a su habitación para darse una ducha, escuchó que su padre regresaba.
-Hola, Draco. –El muchacho correspondió al saludo de su padre desde su lugar junto a la puerta-. Qué bueno que has despertado. Así almorzaremos juntos.
-Lo siento, padre. Acabo de almorzar. –Se disculpó el joven, apenado-. Como ya es bastante tarde pensé que tú ya lo habías hecho.
-Está bien, no te preocupes. –Fue la respuesta de Lucius. En ése momento decidió que no habría mejor oportunidad que ésa para almorzar con Remus-. ¿Qué vas a hacer hoy?
-Debo ir a la enfermería a buscar una lista que Madame Pomfrey me entregará. Son unas pociones que le urgen. Como Severus no puede trabajar en su laboratorio, yo repondré las pociones en su lugar.
-¿Trabajarás solo en el laboratorio? –El muchacho asintió-. Ten mucho cuidado. Draco... hay algo de lo que quiero que hablemos.
-¿De qué se trata? –El muchacho dejó su lugar junto a la puerta para acercarse a su padre.
-Es con respecto a seguir viviendo en el Castillo. –Esperó a que su hijo tomara asiento en un sillón, antes de continuar-. He decidido que volveré a la Mansión... pero sólo si tú regresas conmigo.
Draco lo meditó mientras perdía su mirada gris en la mirada azul de su padre. La idea de volver a la Mansión con él era atractiva, teniendo en cuenta que la comunicación entre ellos ahora era mucho más profunda, y estar juntos en casa tendría un valioso significado para los dos. Por otro lado, se hallaba muy cómodo viviendo en el Castillo.
-La idea suena muy bien, pero... ¿Podría pensarlo unos días?
-¿No quieres regresar a casa conmigo?
-Por supuesto que sí. Me encantaría. –Fue la respuesta de su hijo-. Pero Severus necesitará que lo apoye con el laboratorio. Y será mucho más cómodo para mí viviendo aquí, que tener que trasladarme desde la mansión. Y la idea de viajar por Red Flú todo el tiempo no se me hace muy agradable.
Lucius lo observó durante un instante, y un brillo de suspicacia se reveló en su mirada cuando le preguntó.
-¿Estás seguro que es sólo por eso que deseas quedarte? –Draco frunció el ceño sin entender. Su padre sólo sonrió con ligereza mientras continuaba-. De cualquier forma necesitaré que me des una respuesta lo más pronto posible. Mañana volveré sólo por unos días para ver cómo están las cosas por allá. Necesito reunirme con mis socios y ver cómo van los negocios.
-Te prometo que lo pensaré bien, padre.
-Entonces, te veré más tarde. –Lucius se marchó otra vez y Draco entró a su habitación para arreglarse. Mientras dejaba que el agua de la ducha se templara a su gusto, recordó la pregunta que su padre acababa de hacerle.
"¿Estás seguro que es sólo por eso que deseas quedarte?"
-¿Por qué otra razón habría de quedarme? –Se preguntó al tiempo que se despojaba de su pijama para entrar a la ducha. Dejó que el agua refrescara su cuerpo y su mente, haciendo que el joven olvidara pronto la pregunta de su padre.
Cuando terminó de arreglarse, el muchacho tomó su capa y salió de sus aposentos para dirigirse a la enfermería. En el pasillo se topó con Remus. No pudo evitar que un profundo escalofrío recorriera su columna vertebral cuando sus ojos se encontraron con los dorados ojos de quien fuera su profesor de Defensa.
-Buenas tardes, Draco.
Lejos de responder a su saludo, Draco lo miró con desconfianza sin detener su camino. Aceleró sus pasos hasta que dobló en la esquina del pasillo, sin notar la mirada de profunda extrañeza de su ex profesor. Sacudió su cabeza para alejar las aterradoras ideas que bullían en su mente con respecto a ése hombre y se dio prisa en llegar a la enfermería.
-Hola, Draco. Pensé que no vendrías. –Poppy respondió al saludo del rubio mientras extraía un pergamino de una de las gavetas de su oficina-. Pensaba hacer la lista, pero me di cuenta que Oliver ya la había elaborado. Me ahorró un tiempo muy valioso, es un auxiliar muy eficiente.
-¿Y... cómo está él? –Preguntó el Slytherin, tomando el pergamino que la enfermera le ofrecía.
-Está dormido. Hace unas horas despertó y tuve que darle una poción para dormir. –Respondió la mujer, suspirando con pesar-. Tuvo una crisis. No había modo de calmarlo.
-Entiendo... –Draco jugueteó con el pergamino en la mano, vacilante-. ¿Podría... pasar a verlo?
-Por supuesto, está en la habitación de al lado. –Poppy lo acompañó a la puerta mientras se colocaba su bata blanca-. Estaré visitando a mis pacientes. Si llega a despertar y se altera, no dudes en avisarme.
Cuando la enfermera se marchó, Draco permaneció parado frente a la puerta de la habitación de Oliver, sin atreverse a entrar. Mantuvo la mano sobre el picaporte durante varios segundos hasta que, con un largo suspiro, abrió la puerta con lentitud. Se acercó con sigilo hacia la cama, donde Oliver se hallaba sumido en un profundo sueño.
Se sentó en una silla a un lado de la cama y permaneció en guardia, la espalda envarada y sosteniendo con fuerza el pergamino en su mano derecha, como si se tratara de su varita. Lo observó durante largo tiempo, perdido en los recuerdos de la noche pasada. Y hasta ése instante cayó en la cuenta de todo lo que había sucedido después de que él regresara a buscarlo.
Él no había pensado consolarlo. No tenía intención alguna de servir de paño de lágrimas ni de apoyo para que Oliver Wood se sostuviera. Nada de eso había pasado alguna vez por su mente. Pero al verlo derrumbarse sobre la tumba de Blaise, todo aquello había surgido de forma espontánea, como las lágrimas que Oliver derramara al descubrir la cruel realidad de haber perdido a su pareja.
Draco dejó su lugar en la silla y se sentó en la orilla de la cama, junto a él. Escuchando el suave ritmo de su respiración, dejó el pergamino a un lado y tomó las manos que descansaban sobre su regazo, para observarlas. Ya no había rastros de la tierra que se clavara en sus uñas. Sólo quedaban unos pequeños rasguños en la punta de sus largos dedos, provocados por algunas piedritas.
Recorrió con sus propias manos la longitud de ésas manos dormidas, que descubrió cálidas y suaves. Sin estar consciente de lo que hacía, llevó una de ellas a sus labios y la rozó en una caricia sutil, sin ninguna intención oculta. Ése simple contacto fue como un bálsamo para su corazón entristecido. La realidad regresó de golpe a su mente y cuando adquirió conciencia de lo que hacía, dejó las manos de Oliver sobre su regazo y tomó el pergamino para salir de la habitación.
Su corazón palpitaba con fuerza dentro de su pecho mientras corría camino hacia las mazmorras y estrujaba el pergamino en su mano, tratando de quitarse la sensación de calor que dejaran las manos de Oliver entre las suyas.
Sólo cuando llegó frente a las habitaciones de su padrino fue que recordó que podía haber utilizado la Red Flú. Pero su corazón no recuperó su ritmo normal hasta que comenzó a elaborar la primera poción.
oooooooOooooooo
Remus caminaba de regreso a sus aposentos después de dar un paseo por los terrenos del Castillo, -y de conocer a las nuevas mascotas de Hagrid, algunas de ellas bastante pavorosas como para que una persona normal pudiera considerarlas mascotas-, recordó con un profundo escalofrío mientras tomaba por el pasillo que compartía con las habitaciones de Lucius.
-Buenas tardes, Draco. –Saludó el licántropo al joven que en ése instante iba saliendo de sus aposentos. No dejó de sorprenderse cuando, en vez de corresponder a su saludo, el muchacho lo miró con recelo y se alejó de él con rapidez hasta desaparecer en una esquina del pasillo-. Pero... ¿Qué le pasa a éste muchacho?
Se encogió de hombros sin darle demasiada importancia al asunto, hasta que se encontró frente a la puerta de Lucius. Después de pensarlo algunos segundos, decidió que sería buena idea hacerle una visita. Pero después de llamar varias veces se tuvo que resignar a no verlo y siguió su camino hacia sus aposentos. Necesitaba darse un baño y cambiarse antes de ir a ver a Harry a San Mungo.
No pudo evitar alegrarse cuando al entrar, vio que Lucius ya lo esperaba con dos copas servidas, sentado en lo que Remus dedujo, ya era su sillón favorito.
-Hola, Lucius. –Saludó al rubio con un ligero beso mientras tomaba la copa de su mano, sentándose junto a él-. Acabo de ver a Draco. ¿Le sucede algo?
-¿Por qué lo preguntas? –Lucius secó una gota de sudor que escurría por la frente del licántropo. El hombre parecía haber estado mucho rato bajo el sol, pues su piel lucía rojiza sobre su bronceado-. ¿Se portó grosero contigo?
-Me lo encontré en el pasillo, pero no respondió a mi saludo. –Movió la cabeza, divertido-. Hasta me atrevería a decir que casi salió corriendo. Como si me tuviera miedo. –Lucius entrecerró los ojos, escuchando las palabras de Remus. Dejó su copa a un lado para mirar a los dorados ojos del licántropo, y Remus pudo ver que al rubio no le había hecho mucha gracia su comentario-. ¿Sucede algo?
-Hay algo de razón en lo que acabas de decirme.
-¿Qué quieres decir?
-Ayer, durante el almuerzo... Draco me dijo algo con respecto a ti. –Remus mantuvo fija su mirada sobre él, instándole a seguir-. Creo que sabe algo sobre tu naturaleza. O si no lo sabe, por lo menos lo sospecha.
-Ahora comprendo su actitud. –El licántropo se puso de pie y comenzó a caminar de un lado a otro de la sala, jugueteando con su copa-. ¿Cómo se enteró?
-No lo sé, pero estoy seguro que no sabe lo que tú eres. Aún así, me advirtió que tuviera cuidado contigo.
-Creo que le pone nervioso la idea de compartir el mismo techo que yo, bajo la sospecha de que soy peligroso. –Aunque Lucius supo que se refería a vivir en el mismo Castillo, algo en sus palabras encendió una llama en su pecho. Movió la cabeza para alejar ése sutil pensamiento-. Sería conveniente que lo sacáramos de dudas.
-¿Estás sugiriendo que se lo contemos? –Ahora fue el turno de Remus de sentir ésa pequeña llama. Pero al igual que el de Lucius, fue un pensamiento tan ligero que no tuvo demasiado peso en su mente.
-Sólo las personas más allegadas a mí saben lo que soy. –Respondió el profesor, dejando a un lado su copa vacía-. No me disgustaría que Draco también lo supiera.
-Aunque Draco es mi hijo, no puedo calcular su reacción. No lo conozco lo suficiente aún. No sé qué concepto tenga hacia los licántropos o a todas las demás criaturas. –En éste punto miró a los dorados ojos de Remus-. No quiero que te provoque algún disgusto si te rechaza.
-Sabré manejarlo.
Ambos callaron después de las palabras de Remus. A pesar de la seguridad con la que el hombre lobo hablaba, él sentía cierta inquietud al respecto. Era verdad lo que acababa de decirle, él no conocía a su hijo lo suficiente como para imaginar su reacción. Por otro lado, aunque no habían dejado en claro aún la clase de relación que había entre ellos, no descartaba también el confesárselo a Draco.
Tal vez aún no era tiempo, pues Draco no iba a aceptar que su padre estuviera con alguien más siendo tan reciente la muerte de su madre. Pero se lo diría en algún momento, más adelante.
Porque de algo sí estaba muy seguro. Y era que ésta vez no pensaba mantener oculta su relación con Remus.
oooooooOooooooo
De pie en medio del enorme salón de visitas de la Mansión Flamel, Minerva admiraba la magnífica estructura construida en el Siglo XV. Inundada de luz en cada rincón por grandes vidrieras, separadas entre sí por gruesos pilares que se entrecruzaban en arcos en lo más alto de su techo abovedado; era una regia obra de la arquitectura de estilo Gótico.
Nerviosa, la subdirectora ajustó sobre su cabeza su sombrero azul marino. Su mirada verde se detuvo un momento para observar las complicadas filigranas de oro en los listones de las vidrieras, las cuales exhibían hermosas expresiones ojivales con tendencias renacentistas, que hacían lucir al espacio iluminado con destellos de diversos colores.
No pudo dejar de apreciar, con creciente orgullo, que el Castillo de Hogwarts no pedía nada a ése hermoso edificio en belleza, soberbia y tal vez antigüedad. Pero el mantenimiento y uso constante, y el desfilar de profesores y estudiantes jóvenes le había quitado a la mayor parte del Colegio –a excepción de las zonas vedadas-, su aire de intriga, de longevidad.
El lugar donde ella estaba ahora era –y olía-, a antiguo. Tan antiguo como sus dueños. Y a pesar de que no era la primera vez que visitaba ésa Mansión, le pareció tan magnífica como desde el primer momento y tan bella como cada detalle en las grandes puertas, también con lujosas vidrieras, que se abrieron de par en par para dejar pasar las figuras de sus venerables propietarios.
Minerva acicaló sobre su cuerpo la larga túnica, del mismo color de su sombrero, cuyo alto cuello presumía una hermosa turquesa azul celeste. Dejó sus observaciones a los vitrales cuando se adelantó unos pasos para saludar a los dos ancianos magos.
-Nos honras con tu presencia, mi querida Minerva. –Bajo la extensa y albina barba, Nicolás Flamel habló con voz trémula, propia de su edad, mientras tomaba la mano de la animaga para depositar un ligero beso. Sus blancos cabellos le recordaron a Minerva los de su viejo amigo, y sus amplias ropas de intenso color naranja, gustos afines en el vestir.
-Es una verdadera pena que mi visita no obedezca ésta vez a un motivo alegre, señor Flamel. –Correspondió la subdirectora con una ligera inclinación de cabeza, en señal de respeto, mientras dirigía su mirada hacia la señora Flamel-. Y estoy muy agradecida por su invitación.
Perenela Flamel se acercó para obsequiarle un suave abrazo.
-De cualquier manera es un placer volver a tenerte en ésta tu casa. –Minerva correspondió al sincero abrazo de la anciana bruja, sintiendo a través de la fina tela de sus blancas túnicas, un cuerpo delgado y frágil. Incluso así, no dejó de pensar que sólo era la apariencia. Albus le había contado muchas veces ya, sobre la fortaleza física y mágica que a sus más de seiscientos setenta años conservaban ambos magos y que era claro, provenía de la Piedra Filosofal-. Pasemos a la sala. Beberemos té y hablaremos con calma.
Ya establecidos en la espaciosa sala del matrimonio, Minerva estimó en gran medida la conversación sobre diferentes tópicos que acompañó al té. Eso hizo que se sintiera más cómoda con respecto a tratar el asunto que la había llevado a ése lugar. Pero la hora de hablar sobre el motivo de su arribo a la Mansión llegó, junto con otra taza de té que no pudo despreciar.
-Entonces, piensas que mi querido amigo Albus está inconsciente debido a la influencia del Medallón...
-En efecto, señor Flamel. –Minerva dejó a un lado su taza, ya vacía, para enfocar su mirada en el anciano-. Severus me explicó todo lo ocurrido, pero de cualquier forma le pedí que depositara sus recuerdos en un Pensadero.
-¿Lo trajiste? –La subdirectora asintió-. Y supongo que también habrás traído contigo el Medallón.
-Por su puesto.
-Ahora entiendo porqué Albus confía tanto en ti, querida Minerva. –Intervino la señora Flamel. Con un movimiento de su arrugada mano, otra taza de té apareció frente a la animaga-. Él siempre ha alabado tu inteligencia y presteza. Y puedo ver que no ha estado errado en ningún momento. Pero lo que más ha recalcado, ha sido la alta estima en que te tiene. Y me hace feliz el saber que el sentimiento es recíproco.
-Quiero mucho a Albus. –Respondió Minerva, apenada por el halago, pero también orgullosa de saber que su gran amigo se expresaba así de su persona-. Nos conocemos desde hace muchos años y creo que jamás podré conocer a alguien tan bien como a él.
-Como sé que el motivo que te ha hecho venir aquí es Albus mismo, y que ahora no hay preocupación más grande para ti que su situación actual... –El señor Flamel se puso de pie, la carga de los años pesando sobre su espalda, y enfocó su mirada azul en las dos mujeres frente a él-. Sugiero entonces que empecemos por averiguar lo que ocurrió el día de la batalla final. Mientras más pronto lo sepa, más posibilidades habrá de poder hacer algo.
-Si me lo permiten, yo me retiro a descansar. –Se disculpó la señora Flamel al tiempo que se ponía de pie y se acercaba a su esposo para obsequiar un cariñoso beso en su frente cubierta de arrugas-. No te fatigues mucho.
Se acercó a Minerva, quien también se había puesto de pie mientras observaba a la esposa de Nicolás Flamel levantarse de su cómodo lugar para despedirse. Al igual que a su esposo, el peso de los años se había concentrado en su espalda encorvada, sus cabellos blancos y su rostro cubierto de arrugas. Pese a todo eso, Minerva no dejó de observar que su semblante conservaba cierta distinción y en sus ojos grises una gran belleza y orgullo. Y pudo imaginar que alguna vez había sido una mujer muy hermosa.
-Te quedarás unos días con nosotros. -La anciana bruja tomó sus manos y las estrechó con afecto antes de soltarlas. Minerva asintió con una sonrisa, sin ánimos de negarse a su invitación y apreciando la amabilidad en los pausados gestos de su anfitriona-. Entonces te veré más tarde, querida. Hace tanto tiempo que no salgo de éste lugar ni recibo visitas, así que tendrás que ponerme al tanto de todo.
Minerva se lo agradeció y cuando la señora Flamel se marchó, la animaga extrajo de sus túnicas el pequeño Pensadero donde Severus guardara sus recuerdos. Lo depositó en el suelo a mitad del salón, y el anciano lo volvió a su tamaño real con un movimiento de su mano.
-Entraré al Pensadero y trataré de analizar cada cosa que vea. –Decidió el anciano mago mientras se acercaba al objeto. Sostuvo su larga barba asomando la cabeza sobre la superficie y la subdirectora lo vio desaparecer dentro de ella.
En tanto esperaba a que el señor Flamel emergiera de los recuerdos de Severus, comenzó a pasear de un lado a otro, nerviosa al pensar que ahora el destino de Albus dependía de lo que el anciano pudiera ver dentro del Pensadero. Y aunque ella ya había entrado y visto a detalle ésos recuerdos, rogó porque al profesor no se le hubiera pasado alguno por alto.
Detuvo su ansioso andar, tratando de distraerse pensando en otros asuntos. Ésa misma mañana había dado a Remus la noticia de que se quedaría a cargo del Castillo en su ausencia. Remus se sorprendió ante tal consigna, pero la aceptó sin discusión. La acompañó hasta las barreras de protección después de prometerle que le enviaría una carta con Fawkes si se llegaba a presentar alguna urgencia.
No obstante, ella estaba consciente que debía regresar lo más pronto posible. La respuesta de los miembros de la Junta Escolar a la carta que les enviara no tardaría en llegar, y la posición de Albus como Director se decidiría dependiendo de los resultados de su visita a Nicolás Flamel.
Su anfitrión emergió de los recuerdos de Severus y Minerva esperó unos segundos a que se adaptara al presente. Cuando al fin lo hizo, el anciano se acercó a un hermoso librero de caoba. Con todo el cuidado posible, tomó un viejo libro que a Minerva le recordó al antiguo pergamino que Albus le mostrara, el día que le comunicó sus intenciones de visitar la Mansión Flamel.
-Cuando Albus vino a verme, fue con la intención de encontrar algún modo de proteger a Severus en caso de que su traición fuera descubierta por Voldemort. –Comenzó el anciano mientras tomaba asiento en un amplio escritorio en el ala derecha de la hermosa habitación, y depositaba el viejo libro sobre su pulida superficie-. Modestia aparte, he creado muchos hechizos efectivos, pero ninguno tan fuerte como el hechizo de protección del Medallón del Fénix. Por favor, querida...
Hizo una invitación con su mano para que Minerva tomara asiento frente a él, y a la luz del gran ventanal ella pudo ver que el libro era tan antiguo como el manuscrito que Albus poseía en su enorme biblioteca. El señor Flamel decidió continuar.
-Albus parecía estar muy bien enterado de la existencia del Medallón. Y no me extraña, pues siempre ha sido un viejo curioso y lleno de conocimientos. –Minerva sonrió ante la cariñosa expresión mientras observaba al anciano, que repasó con lentitud las viejas páginas del libro hasta dar con la que deseaba-. Por lo que tampoco me extrañó que el Medallón fuera lo primero que me sugiriera para la protección de su pupilo. Y debo admitir que entre todas, fue la decisión más arriesgada.
Minerva asintió en silencio. Ella misma le había pedido en su momento que lo reconsiderara. Aunque su conocimiento sobre el hechizo de protección de ése Medallón era casi nulo, sabía el riesgo que implicaba. Dejó sus pensamientos a un lado cuando el señor Flamel le pidió el Medallón, que ella le entregó dentro de su envoltura original.
-Pero también fue la decisión más acertada. –Señaló el anciano mago mientras sostenía la cajita en su mano. La abrió y tomó el hermoso dije para contemplarlo, y Minerva pudo distinguir un brillo en sus ojos azules, tan parecidos a los de su amigo-. Verás, querida Minerva... la mayoría de los hechizos de protección sirven sólo para ése propósito: Proteger a quien le ha sido otorgado el amparo. Pero además de proteger a Severus, éste Medallón tenía otra función.
La profesora se enderezó en su silla, atenta a las palabras del señor Flamel. Éste sostuvo su creación en su arrugada mano, apreciando cada fragmento que lo conformaba.
-Cada detalle de este Medallón significa algo. Los hilos de oro entrelazados a su alrededor representan al protector y a su protegido. En éste caso, Albus y Severus. Pero lo que en realidad importa aquí, es la esencia ungida en él, y que tiene su representación en el Ave Fénix en el centro.
-Albus me contó algo al respecto. –Mencionó la subdirectora-. Me dijo que tenía que ver con la Piedra Filosofal.
-No es la Piedra Filosofal en sí misma. Sólo es su esencia, que es una de la muchas cosas que la componen, pero la más importante. Al ser ungida la esencia en el Medallón, El símbolo de Renovación y Resurrección que representa esta hermosa Ave, se convirtió en el símbolo del Sacrificio.
-Eso... también me lo explicó. –Minerva suspiró con pesar cuando recordó el día en que Albus se lo mostró, y cuando le prohibió tocarlo al ser Severus el primero que debía hacerlo. Ella no había puesto demasiada atención a ése detalle, pero ahora comprendía que en ése instante, Albus había tomado la firme decisión de sacrificarse por el bienestar de Severus.
-De modo que, al ser ungida la esencia en el Medallón, Albus aceptó proteger la integridad de Severus.
-A costa de la integridad de él. –Concluyó la animaga.
-En efecto, mi querida Minerva.
-Todo eso está claro para mí, pero... al final las cosas no salieron así. Cuando Voldemort lanzó la maldición imperdonable, la envió hacia Albus, no hacia Severus. Si como hemos visto en el Pensadero, Severus utilizó el Medallón para proteger a Albus, ¿Eso significa que el Medallón actuó de forma inversa?
-No con exactitud, querida. –Respondió el señor Flamel, mientras entrecruzaba sus manos sobre su viejo libro de Magia Antigua-. Cuando se realizó el hechizo de protección en el Medallón, Albus depositó una gran reserva de su propia magia en él para contrarrestar el efecto de los hechizos que le fueran dirigidos a Severus.
-¿Quiere decir que las maldiciones que recibió Severus tampoco le afectaron a Albus?
-Por supuesto que le afectaron, en especial considerando que las maldiciones salieron de la varita de Voldemort. Pero no lo dañaron en la misma medida que si las hubiera recibido de forma directa. Para eso fue creada ésa reserva.
-¿Entonces el Medallón también protegía a Albus?
-Exacto. Es por eso que te decía que al elegir el Medallón del Fénix, había tomado la decisión más arriesgada, pero también la más acertada. Ésas fueron las dos funciones verdaderas que el Medallón en realidad cumplió: Proteger a Severus por medio de la esencia de la Piedra Filosofal, y proteger a Albus por medio de la reserva de magia que depositó en el Medallón.
-Si es así, ¿Por qué Albus no está bien? ¿Qué salió mal en todo esto?
El anciano mago suspiró, descansando su encorvada espalda sobre el respaldo de su silla.
-La reserva de magia fue creada para reducir el efecto de las maldiciones, más no para rechazarlas. Y te aseguro, mi querida muchacha, que no hubiera sido suficiente para detener el Kedavra de alguien tan poderoso como Voldemort.
-Entonces... ¿Cómo?
El señor Flamel cerró sus azules ojos, perdido en sus pensamientos. Cuando los abrió, la profesora McGonagall pudo ver en ellos una luz de comprensión, y no supo si alegrarse o preocuparse por ello.
-Según lo que pude ver en el Pensadero, Severus tenía en su mano el Medallón cuando Voldemort le lanzó el Kedavra a Albus. Pero lo abrazó para protegerlo haciendo que el Medallón entrara en contacto con los dos. –Minerva asintió al recordar ese mismo detalle-. La única explicación razonable a todo esto, es que el Kedavra golpeó a Severus, no a Albus.
Minerva lo observó en silencio, tratando de analizar cada palabra. Si había sido así ella podía entender que Severus sobreviviera, pues él estaba protegido por el Medallón. Pero entonces Albus habría tenido que utilizar la reserva de magia para disminuir el efecto de la maldición.
-Si fue así, ¿Cómo logró la reserva de magia salvar la vida de Albus contra ésa maldición tan poderosa?
-Porque al entrar en contacto con Albus, el Medallón lo reconoció como la fuente de su propia reserva. –Fue la respuesta del anciano mago-. Eso creó una barrera lo bastante poderosa como para combatir la misma magia de Voldemort. Y no me sorprende, siendo Albus un mago tan poderoso como alguna vez Voldemort lo fuera.
-¿Quiere decir que el Medallón se alimentó de la magia de Albus para aumentar su reserva? –El señor Flamel asintió-. ¿Cómo pudo hacer algo como eso?
-Eso sólo fue posible debido a que la reserva provenía del mismo origen: De Albus Dumbledore. Si en vez de a Albus, Severus hubiera querido proteger de la misma forma a otro mago...
-Albus hubiera muerto al recibir el Kedavra en lugar de Severus.
-Creo que has entendido a la perfección. –El anciano se levantó con trabajo de su lugar en el escritorio para sentarse a un lado de la animaga mientras tomaba su mano-. El problema fue que al utilizar la magia de Albus, el Medallón provocó un choque muy grave en su equilibrio mágico.
-¿Es por eso que no puede despertar?
-Su magia colapsó, querida Minerva. –La animaga cerró los ojos por un momento, sintiendo cómo su corazón se encogía a cada palabra que brotaba de los labios de su anfitrión-. El choque de su propio poder contra el de Voldemort fue tan intenso que provocó que nuestro amado amigo entrara en coma mágico. Es por eso que no pueden despertarlo.
Nicolás Flamel sostuvo la temblorosa mano de Minerva, quien tuvo que respirar con fuerza para que sus palabras pudieran traspasar el doloroso nudo que se formó en su garganta.
-Tiene... que haber algo... que pueda ayudarlo.
El señor Flamel se levantó de su lugar junto a Minerva y se paró frente al enorme ventanal.
-Albus sabía que el hechizo era irreversible. Y por desgracia, seguirá siéndolo mientras el Medallón exista. –Se volvió hacia la subdirectora, que lo escuchaba con atención-. Destruir el Medallón podría ser una opción para hacerlo despertar, pero existe el riesgo de que la magia de Albus se destruya con él.
-¿Quiere decir que Albus perdería toda su magia? –Su anfitrión asintió en silencio. Ella suspiró mientras movía la cabeza, rechazando la sugerencia-. Albus preferiría no despertar, a perderla.
Un largo momento de silencio siguió a las palabras de la animaga, quien se levantó para colocarse a un lado del mago mayor. No pudo dejar de admirar la hermosa vista de la cascada, ubicada en el fondo de la regia mansión que se erguía en amplio arco frente a ella, lo que la hacía visible desde cada ángulo de la misma.
-Buscaré otra forma de hacer despertar a Albus. –Resolvió el señor Flamel, observando el Medallón que aún sostenía en su mano-. Pero me temo que eso me llevará varios días. Tal vez semanas.
-Le estaré agradecida por toda la eternidad por el sólo hecho de que lo intente. –Respondió la subdirectora, esperanzada.
Con su pausado andar, el señor Flamel regresó a su escritorio para guardar el Medallón dentro de su cajita. Ella permaneció parada en el mismo sitio, tratando de imaginar cuánto tiempo podría Albus aguantar hasta que el señor Flamel encontrara la forma de despertarlo. Si es que algún día la hallaba.
-Me comentaste en tu carta que el joven Potter también tuvo serios problemas durante la batalla. –La voz de su anfitrión la hizo emerger de sus pensamientos. Ella asintió, extrañada por el giro de la conversación y sin entender el motivo de su pregunta. El anciano mago la invitó a regresar a la sala mientras continuaba-. Pediremos más té y podrás contarme con calma.
Minerva hizo lo que su anfitrión le pedía. Le contó todo lo que sabía sobre lo ocurrido a Harry durante su enfrentamiento contra Voldemort, sin dejar de notar que había captado toda la atención del anciano mago. Cuando terminó su explicación, el señor Flamel se dirigió a su librero y después de buscar en él durante un largo momento, extrajo un grueso libro, que le ofreció a la subdirectora.
-Cuando vuelvas a Hogwarts, quiero que le entregues esto a Severus. –Ella lo miró sin entender. Aún así, tomó el libro que el anciano le ofrecía sin hacer preguntas-. Dile que es un obsequio de mi parte, y que espero de todo corazón que le sirva.
-Así lo haré, señor Flamel.
La conversación siguió por otros derroteros, haciendo que Minerva olvidara por un momento su preocupación por Albus. Y mientras escuchaba las historias que el viejo mago se esforzaba en recordar, tuvo el presentimiento de que Severus haría algo muy importante con ése grueso libro que ahora sostenía en sus manos.
Continuará...
Próximo capítulo: Seré fuerte por ti.
Respuesta a los reviews:
Sumset: Hola Sumset, así es. Fue un capítulo muy intenso. Todos están pasando por cosas difíciles pero todo se solucionará tarde o temprano. Muchas gracias por tu comentario y espero que este nuevo capítulo te haya gustado. Besitos.
Muchas gracias también a Julia, Mis Andreina Snape y EugeBlack por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
