Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
XXII
Seré fuerte por ti.
La elegante calesa de los Zabini atravesaba con agilidad el cielo raso rumbo a Inglaterra, igualando la gracia de un ave en pleno vuelo. Dentro de ella, una hermosa mujer se resguardaba debajo de una fina capa, del viento frío que se filtraba a través de las ventanas debido a la velocidad con que los thestral la conducían.
Había sido un largo viaje desde el Sur de Italia hasta ése pequeño pueblo mágico en Gran Bretaña. Pero ella no se quejaba, al contrario, se veía acercándose a su destino mucho más pronto de lo que hubiera deseado. Ansiosa, recogió con sus largos dedos un inquieto rizo castaño para colocarlo en su sitio, al tiempo que sus ojos aceitunados se posaban en los tejados del pueblo mágico sobre el que se hallaba volando.
-Hogsmeade... –Un largo suspiro brotó de sus carnosos labios, cuando reconoció el lugar donde su hijo habitara los últimos años de su vida.
El bello carruaje llamó la atención de más de un transeúnte cuando aterrizó con lentitud frente al edificio donde se ubicaba el departamento de Blaise, en el último piso. Dudosa, la altiva mujer esperó varios minutos antes de descender, su fina capa ondeando con elegancia detrás de un cuerpo grácil de andar soberbio.
El rebelde mechón castaño le dio un aire caprichoso cuando bailó sobre su sien, y ella lo dejó estar mientras entraba al edificio sin detenerse hasta llegar frente a la puerta del departamento que habitara su amado hijo. Pronunció una contraseña y la puerta de cedro le cedió el paso, después de que la pequeña serpiente de coral realzada en relieve sobre ella, le enseñara su pequeña lengua bífida en señal de bienvenida.
A una semana de la muerte de su hijo, Francesca Zabini no podía resignarse a haberlo perdido. De carácter fuerte y testarudo, la madre de Blaise se negaba a admitir que ya no volvería a verlo nunca más. Y el pensamiento de no haber dedicado en su momento un poco de su valioso tiempo para demostrar su cariño hacia su único retoño calaba en su conciencia tan fuerte, como el mismo dolor de haberlo perdido.
Como hija única de una familia adinerada, había estado acostumbrada a una vida llena de facilidades, en la que todo se hallaba a su disposición en el momento que ella lo deseara. Por capricho, se había casado muy joven y a los diecisiete años ya había dado a luz a un varón sin haberlo deseado. De repente se sintió atrapada por la responsabilidad de ser madre, y ése hecho la aterrorizó a tal grado, que se vio incapaz de desarrollar a satisfacción su nuevo rol.
Sostuvo a Blaise en sus brazos durante los meses en los que tuvo que darle pecho. Apenas se liberó de ello, dejó que su hijo creciera bajo el cuidado de sus abuelos maternos, amorosos y consecuentes, y muy tolerantes. Y ella pronto retomó su vida de casada, pero con un hijo al que sólo veía cuando volvía de acompañar a su flamante esposo en sus interminables viajes de negocios. Permanecían dos meses en Italia y después partían, dejando al niño al cuidado de sus abuelos.
La muerte de los padres de Francesca cuando Blaise cumplió tres años, significó un cambio radical en su vida. Sus largos viajes se acortaron y sus actividades sociales se vieron afectadas al tener que hacerse cargo de un niño al que apenas conocían.
Pero no tardaron en adaptarse a ésa nueva circunstancia, y los Zabini dejaron que su instinto paternal fluyera para dedicarle al pequeño Blaise todo el amor que el niño merecía, dándose tiempo para ellos y conviviendo con él y con sus aficiones a los viajes en total y franca armonía. Y Blaise no tuvo queja alguna de sus padres durante los años que él vivió bajo sus cuidados. Se sentía –y era a todas luces-, un niño bien criado y amado. Y los Zabini pensaron que habían hecho con su hijo un buen trabajo.
Cuando Blaise cumplió los once años pidió ser ingresado al Colegio de Hogwarts. Al verse liberados de la crianza de su hijo la mayor parte del curso escolar, ellos retomaron su antiguo estilo de vida. Al cumplir el muchacho los quince años, pagaron la renta de un departamento para que su hijo pasara las vacaciones de invierno y verano. Con ése acto ellos dieron por sentado que el joven ya tenía edad suficiente para prescindir de su presencia.
Francesca volvió al presente y recorrió con su mirada el pequeño departamento donde abandonaran a su hijo a su suerte. Fue en ése instante que tomó conciencia real de cuánta falta debió hacerle la presencia constante de sus padres. Una lágrima recorrió su mejilla cuando ella tomó una fotografía de Blaise tomada durante unas vacaciones con ellos en Suiza. Las últimas vacaciones como una verdadera familia.
Y en ése momento deseó como nunca antes, la oportunidad de volver a tener a su hijo entre sus brazos. De que Blaise fuera de nuevo un niño para poder ser la madre amorosa que en los últimos años se olvidó de ser. Pero ya era demasiado tarde para volver. Su esposo y ella habían tenido todo el tiempo del mundo para disfrutar la juventud de su hijo y no lo habían aprovechado. Y el dolor que ahora laceraba su corazón era el castigo justo por ello. Abrazó con amor el retrato de su hijo, pidiéndole perdón en silencio por los largos años de abandono.
Dejó el retrato en su sitio, dispuesta a finiquitar el asunto del departamento de una vez. Observó en el filo de la chimenea un recipiente conteniendo polvos Flú, y canceló la red cuando comprobó que estaba abierta. Tenía planeado entregarlo a su dueño al día siguiente, pues ya no tenía sentido continuar pagando la renta si ya no iba a ser usado. Las pertenencias que Blaise se llevara cuando fue llamado a Hogwarts habían sido devueltas unos días antes a Italia, por lo que calculaba que no debía ser mucho lo que quedara en ése lugar. Se dirigió a la recámara.
Al entrar a la habitación, lo primero que le sorprendió fue la impresión de ser envuelta en un abrazo acogedor. La percepción la golpeó con fuerza haciéndola sentir que ése lugar estaba lleno de amor. Lo siguiente que le sorprendió fue la fotografía sobre el velador. En ella, su hijo abrazaba y besaba a un joven de negros cabellos que a todas luces era más que un amigo, mientras copos de nieve caían a su alrededor. Al fondo podía apreciarse una tienda de dulces.
Sorprendida ante la clara revelación sobre las preferencias sexuales de Blaise, la mujer se sentó en la orilla de la cama, tratando de asimilar lo que acababa de descubrir. Después de unos momentos de meditar sobre la situación, y reprocharse el no haber estado enterada de todo lo concerniente a la vida privada de su hijo, Francesca se dirigió al único guardarropa que poseía la habitación y lo abrió de par en par.
No le extrañó encontrarse con que la ropa de Blaise no era lo único que llenaba el espacio. Curioseó durante unos momentos tratando de no desordenar las prendas, intentando conocer un poco más sobre aquél joven. Cerró el mueble y recargó su frente sobre el espejo, su bello rostro ensombrecido por la tristeza de saber que su hijo compartía su vida con alguien más, sin que ella se hubiera enterado de nada.
Dio media vuelta y recorrió con la mirada todo el espacio que perteneciera en vida a su hijo. Deseó poder volver en el tiempo para compartirlo con él, junto con todos sus secretos. Y aunque hasta el momento de su llegada estaba resuelta a desocupar ése departamento, Francesca no tuvo valor para hacerlo. Tomó el retrato de Blaise con aquél muchacho y suponiendo que ése joven no tardaría en regresar, salió de la recámara dispuesta a marcharse.
Aún no estaba lista para conocerlo. Tal vez algún día, cuando su dolor fuera más llevadero, se armaría de valor y volvería junto con Immanuel para conocer a quien fuera el dueño del corazón de su Blaise. En su regreso a Italia a bordo del elegante carruaje en el que llegara, Francesca Zabini se tomó la libertad de llorar la pérdida de lo más valioso que alguna vez la vida le concediera.
Lo que Francesca no sabía, era que Blaise la perdonaría de la forma más inesperada. Y ella lo hubiera sabido ése mismo día si al curiosear entre las cosas de su hijo en el ropero, hubiera abierto el último cajón.
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Para Oliver, ésa semana transcurrió en una difusa mezcla de recuerdos dolorosos, de despertar bañado en llanto y dormir bajo el consuelo de las pociones... y volver a despertar llorando. Todo eso, siempre bajo la estricta vigilancia de Poppy, quien desde la noche en que sepultaran a Blaise no lo había dejado solo en ninguna de sus crisis.
Todo lo contrario a lo que cualquiera pudiera imaginar, Draco también había sido una presencia constante durante las horas serenas de un Oliver influenciado por las pociones. Pasaba las mañanas en el laboratorio de Severus, después almorzaba y se daba un baño rápido para marcharse a la enfermería. Su presencia se había vuelto tan constante para Poppy, que llegó un momento en que el rubio no necesitó de su autorización para pasar a verlo.
Pero varias fueron las ocasiones en que le tocó presenciar alguna de las crisis del joven Gryffindor. Ocasiones en las que mientras Poppy llegaba con la poción para tranquilizarlo, Draco no podía hacer más que estrecharlo entre sus brazos. Entonces, Oliver escondía su rostro en su cuello, sus lágrimas perdiéndose entre sus túnicas y humedeciendo sin querer la pálida piel del rubio. Cuando el efecto de la poción se presentaba, Oliver era devuelto de su hombro a su lugar en la cama, y entonces Draco daba su visita por terminada.
Ése viernes por la mañana, los ojos cafés de Oliver se abrieron para recibir de lleno la luz del sol. Y por primera vez desde el sepelio de Blaise, el joven no se abandonó al llanto. Dejó que los cálidos rayos entibiaran su cuerpo y cuando consideró que ya era suficiente, decidió levantarse para desayunar algo. No tenía la menor idea de qué día era, pero el joven sentía como si hubiera permanecido toda una vida en ésa cama, que ahora se le hacía muy incómoda.
Mientras esperaba el regreso del elfo que le llevaría el desayuno, el joven se esforzó en tratar de recordar. Pero sólo acudieron a su memoria momentos fragmentados de lo ocurrido en el cementerio de los Zabini, y la presencia constante de Poppy durante las pocas horas que permanecía despierto y en las cuales ingería sus alimentos y se bañaba, siempre bajo el efecto de los ligeros calmantes que la enfermera le daba.
Otros recuerdos menos vívidos llegaron a su mente. Instantes de inmensa tristeza en los que creía que no soportaría tanto dolor y en los que llegó a sentir –casi como si fuera algo real-, la calidez de unos brazos envolviéndolo y un dulce aroma que inundaba sus fosas nasales, aletargando todos sus sentidos y brindándole alivio a su corazón entristecido. No pudo evitar ilusionarse al pensar que ésa sensación pudiera ser el espíritu de Blaise, que aún permanecía a su lado.
Se talló los ojos con fuerza para tratar de desaparecer el ardor que sentía, producto de tantas lágrimas derramadas. Se sentó en una silla junto a la ventana al tiempo que colocaba sus manos sobre su plano vientre, donde poco a poco crecía la pequeña vida que con tanto amor concibieran él y Blaise. Su corazón se encogió de dolor al pensar que él ya no estaría ahí para verlo crecer, y no pudo dejar de preguntarse qué sería ahora de su existencia sin él.
El elfo regresó con su pedido y desapareció para dejarlo solo otra vez. Oliver consumió su desayuno mientras decidía lo que haría con su vida a partir de ése momento. La muerte de Blaise significaba para él una pérdida muy grande y dolorosa, y de no ser por su bebé, no hubiera tenido motivo alguno para seguir viviendo. Decidió que a partir de ahora su pequeño sería el único motor que lo impulsaría a continuar.
Hizo un gran esfuerzo para dejar de lado la melancolía y tratar de adaptarse a la realidad de una vida sin su pareja. Debía volver al departamento para recoger todas sus cosas, y decir adiós para siempre al episodio más corto pero más feliz de toda su vida. Le pediría permiso a Poppy para poder volver a su antigua habitación en Hogwarts. Era necesario por su propia salud y la de su bebé, que necesitaría de parte de su padre toda la fortaleza posible para sacarlo adelante.
Terminó de desayunar y se dio un largo baño, recordando que no era la primera vez que se bañaba en ésa habitación de la enfermería, pero sí la primera en la que lo hacía en sus cinco sentidos. Le agradeció a Madame Poppy por haberlo ayudado con sus pociones a soportar ésos terribles días, pero ya era hora de sobrellevar su dolor por su propia cuenta.
Salió de la habitación y se dirigió a la chimenea de la oficina, la bata de hospital cubriendo su cuerpo desnudo. Necesitaba una muda de ropa y, si su estado anímico se lo permitía, aprovecharía para recoger todas sus cosas. Pero tras lanzar un puñado de polvos por tercera vez, comprendió que la Red Flú del departamento había sido cerrada.
Dejó los polvos en su lugar y se prometió que iría por sus cosas ése mismo fin de semana. Sólo esperaba que no hubiera sido cambiada la contraseña. Regresó sobre sus pasos y suponiendo que Poppy había guardado la ropa que llevara al sepelio, la buscó dentro de la habitación hasta encontrarla, ya limpia y bien doblada. Después de vestirse decidió que era hora de ayudar a la enfermera con sus pacientes y se colocó también su bata blanca.
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Sacando provecho del permiso que Arthur le firmara días antes, Draco logró entrar a la habitación de Severus, quien dejó a un lado el libro que leía para responder al saludo de su ahijado. El rubio buscó asiento a un lado de la cama y hojeó distraído el libro que su padrino acababa de dejar. El hombre pudo observar que el muchacho tenía profundas ojeras y estaba más pálido que de costumbre.
-¿Te sientes bien?
-Sí, padrino. No te preocupes. Sólo estoy un poco cansado.
Severus entrecerró los ojos sin dejar de observarlo. No era necesario ser un genio para saber que la pérdida de quien fuera alguna vez su pareja tenía mucho que ver con su estado. Intuyendo que no debía remover heridas que aún dolían, decidió no insistir en el asunto y se concretó a cambiar el tema.
-¿Cómo hiciste para poder entrar? –El muchacho le mostró el pergamino que Arthur le firmara, y Severus comprendió lo que había hecho-. No tardarán en averiguar que el permiso ha vencido y vendrán a sacarte a punta de hechizos.
-Estoy dispuesto a correr el riesgo.
-Poppy me ha informado que has estado reponiéndole las reservas en la enfermería. –Draco asintió en silencio, recargándose sobre el respaldo de la silla para estar más cómodo-. Te agradezco que te hagas cargo del laboratorio. Nadie mejor que tú para cubrir mis ausencias.
-No me lo agradezcas, padrino. –El joven levantó una mano, restándole importancia al asunto-. Lo hago porque me gusta. Además... necesito mantenerme ocupado.
-Entiendo... –Severus guardó un respetuoso silencio ante las palabras del muchacho. Con un largo suspiro, Draco devolvió el libro a su padrino y lo observó por un momento, indeciso-. ¿Ocurre algo?
-La verdad es que... estoy aquí porque hay algunas preguntas que quiero hacerte. –Volteó a ver al hombre, quien con una mirada lo animó a continuar-. Es sobre cierta muestra de sangre que encontré en el laboratorio, el día que me pediste que guardara el veneno de Nagini.
-Guardo muchas muestras de sangre en ése lugar. –Respondió Severus, extrañado-. Especifica.
-La muestra de sangre pertenece a Remus Lupin. –Draco pudo advertir una ligera sorpresa en el rostro de su padrino, y supo que él tenía la respuesta a todas sus dudas-. Él no es humano, ¿Cierto?
-¿Qué te hace creer eso? –Severus se removió en su lugar, incómodo. Draco no supo si era por la molesta posición en la que estaba obligado a permanecer, o era que su pregunta de verdad lo había descolocado-. El que guarde una muestra de su sangre en mi laboratorio no quiere decir nada.
-Podría ser algo sin importancia, padrino. –Draco se acercó al hombre hasta que sus ojos grises se toparon con los negros, mirándolo con cierto recelo-. Si no fuera porque la muestra estaba junto a las de las demás criaturas.
-Si tienes tantas ganas de saber todo sobre Lupin, ¿Por qué no vas y se lo preguntas a él? –Draco entrecerró sus grises ojos, mientras regresaba a su lugar en la silla, y Severus pudo sentir que había ganado ésa partida-. Estoy seguro que Remus resolverá tus dudas con mucho gusto.
Draco ya no siguió insistiendo. En cambio, se cruzó de brazos, frunciendo el ceño en clara muestra de frustración. El muchacho lo había creído sencillo, pero era más que obvio que su padrino no estaba dispuesto a revelarle nada. Se sintió molesto por eso. Severus interpretó a la perfección cada uno de sus gestos y sólo suspiró mientras le dirigía unas palabras.
-Sin importar lo que Lupin sea... –Y en éste punto levantó la mano para impedir que Draco replicara-. Y eso no significa que lo sea. –Draco volvió a cerrar la boca-. Él ha demostrado ser una buena persona. No lo olvides.
El muchacho se encogió de hombros, pensativo. De cualquier manera no estaba dispuesto a ceder en su labor de averiguar lo que Lupin era. Si Severus no se lo decía alguien más lo haría, sólo esperaba no tener que preguntárselo al mismo Lupin. A últimas fechas la sola idea de estar frente a ése hombre le daba escalofríos.
-Cuando elabores las pociones no se te olvide anotar los ingredientes que están por agotarse. Junto a la repisa donde guardo los calderos, hay una lista de los lugares en Hogsmeade donde acostumbro surtirme. –La voz de su padrino lo volvió a la realidad. El muchacho asintió haciéndole saber que lo tenía bien presente-. También puedes pedirle ayuda a Hagrid. Y no esperes a que se agoten para ir a buscarlos. Algunos son muy difíciles de encontrar.
-Pierde cuidado, padrino. Por cierto... –Draco extrajo de entre sus túnicas un pergamino enrollado, que Severus reconoció en el momento-. Esto apareció ayer sobre la mesa cuando estaba trabajando en el laboratorio. Al principio pensé que yo mismo lo había dejado ahí y no lo recordaba. Pero hoy aparecieron dos pergaminos más, y estoy seguro que no fui yo quien los dejó.
-¿Dices que este apareció ayer? –El rubio asintió mientras Severus tomaba el pergamino para leerlo-. Eso significa que ésta poción deberás elaborarla hoy mismo.
-¿Cómo sabes eso?
-Porque yo mismo hechicé los pergaminos para que aparecieran en mi mesa de trabajo cuando fuera oportuno, como recordatorio. Son pociones que debo elaborar cada determinado tiempo. –Draco movió la cabeza, comprendiendo-. Aparecen un día antes de que deba comenzar a elaborarlas para no olvidarlo. Ésta deberás dársela a Poppy cuando la termines, hoy mismo.
-De acuerdo. –Severus le devolvió el pergamino a su ahijado, quien volvió a guardarlo entre sus ropas-. Me encargaré de elaborarla y ésta misma tarde se la entregaré junto con las que ya tengo listas.
-Escucha, Draco. Necesito que recuerdes que en tanto yo no pueda hacerme cargo del laboratorio, tú deberás estar muy al pendiente de éstos pergaminos. –Draco detectó la gravedad en la voz de su padrino, y supo que hablaba muy en serio-. Algunas pociones son necesarias para el bienestar de las personas que las beben, y deben elaborarse a tiempo.
-No lo olvidaré, Severus.
Cuando Draco se marchó, el profesor se quedó pensando en la seria recomendación que acababa de hacerle, y recordó de repente que el pergamino con las instrucciones para elaborar la Poción Matalobos era uno de los que aparecían en su mesa de trabajo cada mes, tres días antes de la Luna Llena. Esperaba que para entonces sus asuntos ya se hubieran resuelto, o de lo contrario, a Draco le tocaría elaborarla y entregársela a Remus.
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Ron salió hecho una furia de la habitación de Harry, en San Mungo. Acababa de tener una agria discusión con Sirius, ya que durante su visita a su mejor amigo, el animago le había comentado que se llevaría a Harry a París apenas recuperara el sentido. Ron había tratado de disuadirlo pero, al igual que le ocurriera a Remus, no encontró argumento alguno que convenciera al obstinado hombre.
Sin deseos de seguir discutiendo un asunto que sabía de sobra concluiría en el instante que Harry despertara, el pelirrojo decidió volver a la Madriguera. Se sentía frustrado porque ésa misma mañana no había podido ver a Hermione, ya que la muchacha se encontraba recibiendo terapia. Y aunque su visita al final no fue tan improductiva como las anteriores, él aún sentía que no se había logrado ningún avance.
La doctora Sayers le había pedido que tuviera paciencia, ya que las pociones necesitaban tiempo para empezar a surtir efecto. Lo estaban logrando con la mayoría de los pacientes a los que se les había administrado el tratamiento antes que a ella, y los resultados eran prometedores. La medimaga confiaba en que no pasarían muchos días antes de notar mejoría en Hermione.
Confiando en el optimismo de la doctora, Ron hizo a un lado su ansiedad y se dio prisa en arreglarse para ir a trabajar. Ése mismo lunes se había presentado en las oficinas de un lujoso hotel, localizadas en un edificio ejecutivo en Hogsmeade. El restaurante donde solicitaban camareros estaba ubicado dentro del hotel, que resultó ser parte de una gran cadena de hoteles propiedad de una reconocida firma inglesa.
El jefe de personal lo había sometido a una tensa entrevista, de la que el muchacho salió airoso. Durante la visita, el pelirrojo se había enterado que ése hotel se encontraba en una región llamada Oakham, en Rutland, y que era frecuentado por clientela tanto del Mundo Mágico, como Muggle. Al día siguiente el pelirrojo recibió vía lechuza la petición de que se presentara para recibir capacitación.
Al comentárselo a sus padres, éstos le habían pedido que esperara un poco más, y que Arthur vería el modo de colocarlo en algún puesto en el Ministerio. Ron se los agradeció, pero dejó en claro que no desperdiciaría la oportunidad de ganar algo de dinero para pagar el tratamiento. Molly le había dado su bendición y Arthur lo había comprendido. Ellos estaban conscientes que obtener una plaza en el Ministerio le llevaría mucho tiempo, si es que lo lograba.
Los puestos en el Ministerio eran siempre los más solicitados, y sólo los más preparados –y los que gozaban de más privilegios-, eran quienes los acaparaban. La realidad era frustrante pero tenían que aceptarla. Y mientras tanto, Ron debía tener algo seguro sobre qué pararse y ése trabajo era una oportunidad que no estaba dispuesto a dejar pasar.
Ron terminó de arreglarse y antes de bajar al comedor decidió entrar a la habitación de Hermione. Abrió la puerta con lentitud y suspiró, decepcionado ante la certeza de que ella no estaba ahí. En su lugar, su baúl descansaba a un lado de la cama. Dos días antes Remus se los había hecho llegar y su madre le había prometido guardar en su lugar las cosas de la joven.
Abrió el armario que antes perteneciera a Ginny y comprobó que su madre había cumplido. La ropa y algunos objetos personales de su novia estaban guardados en su lugar correspondiente, esperando el regreso de su dueña. Se sentó en la silla donde Hermione solía estudiar observando algunas cosas que dejara sobre su escritorio. La voz de su madre llamándolo para almorzar lo distrajo de su curiosidad.
Viendo que ya se le hacía tarde para irse al trabajo, se puso de pie y salió de la habitación, prometiéndose que volvería cuando tuviera más tiempo.
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Draco terminó de almorzar en las habitaciones de Severus y después de darse un baño, se dispuso a guardar en una caja las pociones que debía entregar a Poppy. Desde que su padre retornara a la Mansión Malfoy para arreglar sus asuntos de negocios, Draco pasaba más tiempo en las mazmorras que en cualquier otra parte del Castillo. Por lo que había decidido quedarse a dormir en la que fuera su habitación durante los días que vivió con el profesor.
Aunque en realidad sólo era un pretexto para ocultar el verdadero motivo, y que obedecía a la cercana presencia de su único vecino en varios metros a la redonda, y a quien a ésas alturas, debía extrañarle el no haberse topado por los pasillos con el muchacho. De cualquier forma, Draco planeaba volver a los aposentos que compartía con su padre, pero sólo hasta su regreso.
Después de cerciorarse que la caja estuviera bien cerrada, el muchacho salió del laboratorio y se dirigió a la chimenea. Instantes después se hallaba en la oficina de Poppy, en la enfermería. La mujer lo saludó con una sonrisa mientras lo invitaba a tomar asiento. Draco esperó con paciencia a que la mujer verificara cada una de las pociones contra la lista que Oliver elaborara.
-Veo que no son muchas las pociones que hacen falta por reponer. –Poppy devolvió a Draco el pergamino junto con la caja, ya vacía. Las pociones quedaron sobre el escritorio-. Severus tenía razón, eres muy bueno en esto.
Draco sólo se encogió de hombros sin demostrar emoción alguna, aunque por dentro su orgullo estuviera más inflado que un globo. Observó las pociones que la enfermera no se había tomado la molestia de dejar bajo resguardo.
-¿No piensa guardarlas?
-Dejaré que Oliver lo haga. –Draco se sorprendió por la respuesta de la enfermera, aunque no lo demostró-. Es preferible que tenga muchas cosas en qué distraerse.
-Eso significa que ya está mejor...
-Mucho mejor que en los días anteriores, eso es seguro. –Poppy se sentó en su escritorio frente al rubio, una sonrisa alegre bailando en sus labios-. Ésta mañana tenía pensado dejar de darle las pociones y hacer que se levantara de una vez. Pero al llegar me llevé la sorpresa de que Oliver ya se había levantado. Se había puesto su bata y se la pasó visitando a algunos pacientes mientras me esperaba.
-Eso es bueno. –Draco jugueteó con el pergamino en la mano, gesto que se estaba volviendo muy frecuente en él-. Quiere decir... que ha decidido aceptarlo.
-Así es. De hecho, él mismo me pidió que dejara de darle más pociones. –Draco escuchó con atención a la mujer frente a él, sin perder detalle de cada una de sus palabras-. Me dijo que intentaría vivir a plena conciencia el luto por la muerte de su pareja, y no perdido entre las brumas de un sueño inducido.
-Es lo mejor que puede hacer. –Draco le dio la razón al admitir que no sería sano ni para él ni para su bebé, que continuara escapando de su dolor bebiendo pociones para dormir.
Para Draco, ésa semana había sido la más difícil desde la muerte de su madre. Y aún consciente de su renuncia a Blaise desde antes que todo aquello ocurriera, no había podido evitar que la tristeza de saberlo muerto le oprimiera el corazón en agudas punzadas de dolor que lo dejaban sin respiración. Pero el estar inmiscuido en su trabajo le había ayudado a distraerse y dejar el dolor a un lado.
Oliver no había pensado nunca en perder a Blaise. En sus planes para el futuro estaba incluida la compañía del padre de su hijo por todo el tiempo que les restara de vida. Y el saber que Oliver había decidido superar el dolor por su propia cuenta a tan pocos días de la pérdida de su pareja, le estaba dejando claro que el Gryffindor poseía más fortaleza de lo que creía. Sintió algo cercano a la admiración.
-Hola, Oliver. Me alegra que hayas vuelto. –Draco emergió de sus pensamientos cuando escuchó a la enfermera. Por la mirada que ella le dirigió, supo que lo había estado observando durante todo ése tiempo. No pudo evitar sonrojarse mientras se ponía de pie-. Porque necesito que me ayudes a guardar ésta pociones.
Los ojos cafés de Oliver se encontraron con los grises de Draco, y el rubio pudo percibir en ellos una profunda tristeza.
-Malfoy...
Draco respondió con un movimiento de cabeza al saludo del moreno. Un tenso momento de silencio inundó el pequeño espacio y Oliver frunció el ceño cuando a su memoria llegó un recuerdo fracturado, del cual sólo pudo rescatar un pedazo. En él, unos brazos cálidos lo estrechaban al mismo tiempo que un aroma dulce y agradable se percibía en el ambiente, dando alivio a su dolor. Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento y atribuyéndolo a un sueño, decidió dejarlo a un lado.
Tomó unos frascos del escritorio para guardarlos en la gaveta, dando espacio a Draco y a la enfermera para que continuaran con lo que estaban antes de que él llegara. Pero Poppy sólo dirigió unas palabras de agradecimiento al rubio, quien a su vez respondió con un monosílabo antes de salir de la oficina.
Cuando terminó de guardar las pociones, Oliver tomó asiento en el lugar que Draco ocupara momentos antes, tratando de encontrar la forma de pedirle a Poppy el favor que necesitaba.
-¿Sucede algo, Oliver? –La mujer vio el gesto preocupado del muchacho. Éste asintió en silencio y bajó la cabeza, avergonzado.
-Se trata de un favor que quisiera pedirle. –Respondió el joven. Poppy asintió, instándolo a continuar-. Me preguntaba... si me puede dejar volver a la habitación que tenía aquí, mientras arreglo algunos asuntos pendientes.
-Sabes que por mí no hay ningún problema. –Fue la respuesta de Poppy. Y aunque a Oliver le alegró escucharla, estaba consciente que la decisión final no dependía de ella-. Remus está a cargo del Castillo en ausencia de Minerva. Hablaré con él.
-¿Cree que el profesor Lupin me lo autorice?
-Ten por seguro que así será. Es más, si quieres desde ésta misma noche puedes volver a la habitación. No habrá dificultades por eso. –La tensión en el rostro del muchacho se suavizó, aunque no llegó a desaparecer del todo. Poppy se sentó a su lado mientras posaba una mano sobre su hombro-. ¿Necesitas algo más?
-La verdad es que... todas mis pertenencias están en el departamento de Blaise. –Se retorció las manos, nervioso-. Debo volver mañana temprano para recoger mis cosas. Pero la Red Flú fue cerrada, así que no me sorprendería encontrarme con que no puedo entrar.
-¿Quieres que te acompañe?
-Se lo agradezco mucho... pero no. –Oliver apretó la mano de la enfermera en un gesto de agradecimiento-. La verdad es que prefiero ir solo.
-¿Estás seguro? –El muchacho se encogió de hombros, sin tener idea de qué responder-. Debes estar consciente que te enfrentarás a la soledad del departamento y a la ausencia de tu pareja... tal vez necesitarás a alguien a tu lado.
-Estoy consciente de eso, no lo dude. Pero siento que es algo que debo enfrentar de una vez por todas. –Poppy quiso entender la intención en las palabras del muchacho, pero algo se escapaba de su comprensión. El joven advirtió la duda en sus gestos y decidió ser mas claro-. Sé que usted tiene razón, no sé si seré lo bastante fuerte para afrontar la ausencia de Blaise en un lugar donde fuimos tan felices y en el que ahora sólo encontraré vacío. Pero debo hacerlo por mi bien, y por el de mi bebé.
Al escuchar sus razones, Poppy terminó de entender a su auxiliar. Si Oliver no iba a ser capaz de enfrentar solo una vida sin Blaise, mucho menos iba a ser capaz de enfrentar solo su paternidad. Para Oliver no sólo significaba demostrarse que podía ser fuerte por él y por su hijo, significaba que podía ser capaz de poner fin a ése episodio doloroso y seguir adelante con su vida.
-¿Puedo preguntarle algo? –Poppy dejo sus reflexiones a un lado para escuchar la pregunta de su auxiliar-. Si el profesor Snape está incapacitado, ¿Quién elaboró todas las pociones que Malfoy trajo?
-Fue el mismo Draco. –La mujer sonrió ante la mirada incrédula del muchacho-. Es en serio. Severus me había comentado que era un buen auxiliar, pero la verdad es que no me imaginé que supiera tanto. De hecho, te informo que a partir de ahora y hasta que Severus resuelva sus asuntos, Draco se encargará de reponer las pociones que hagan falta, por lo que cualquier cosa relacionada con eso, tendrás que dirigirte a él.
-De acuerdo, Madame. –El muchacho guardó silencio y suspiró, perdiéndose en sus pensamientos. Su actitud le recordó a Poppy la de Draco antes de que Oliver llegara, y no pudo evitar relacionarlo de algún modo.
-Tal vez... estoy siendo muy indiscreta, pero... ¿Sabes que ése muchacho ha estado muy preocupado por ti?
-¿Se refiere a Malfoy? –La mujer asintió-. ¿Por qué me lo dice?
-Estuvo muy al pendiente de tu estado y el de tu bebé. –Oliver frunció el ceño ante las palabras de la enfermera. Más que extraño, le pareció inconcebible. ¿Malfoy preocupándose por él?-. Durante toda la semana que estuviste mal te visitó cada tarde. De hecho... él fue a buscarte la noche en que asististe al sepelio. De no haber sido por él, tu bebé y tú hubieran corrido grave peligro.
-¿Él fue...? –Oliver no salía de su sorpresa. Durante todo ése día, se había preguntado muchas veces cómo había ido a parar a la enfermería después de haber estado presente en el sepelio de Blaise aquella tarde. Ahora ésa duda tenía una respuesta.
Él no recordaba casi nada de lo ocurrido en el cementerio después de que Blaise fuera sepultado. Sólo recordaba haberse acercado a su tumba y un gran dolor al leer su nombre en la lápida. Todo lo demás eran pedazos de recuerdos, como los de su estadía ésa semana en la enfermería. Pero nada más.
A solas en su antigua habitación, Oliver pasó muchas horas despierto tratando de comprender la actitud del Slytherin, pero sólo logró que la cabeza le doliera sin haber encontrado alguna razón válida. La sensación de calidez y aquél dulce aroma estaban más presentes que nunca ésa noche, como si trataran de abrirse paso a través de su memoria y emerger para tomar una forma.
Y aunque deseaba seguir creyendo que era el espíritu de Blaise a su lado, en el fondo anheló que fuera algo más verdadero. Algo físico a lo que pudiera aferrarse con todas sus fuerzas. Y entonces deseó con todo su corazón que eso tan maravilloso tuviera un rostro. Que fuera real.
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El sábado por la mañana, el carruaje que Poppy había dispuesto para su auxiliar descendió frente al edificio. Oliver sintió que las piernas le temblaban conforme se acercaba al departamento que habitara con su pareja. Dudó varios minutos antes de pronunciar la contraseña, y se sorprendió cuando la puerta se abrió cediéndole el paso. El moreno supuso que alguien había olvidado cancelarla.
Sus pensamientos abandonaron su mente en el instante que vio la foto de su pareja depositada en la pequeña sala. Dejó que los recuerdos de su vida con Blaise inundaran su corazón mientras observaba con ternura cada objeto que alguna vez perteneciera a la persona que tanto amaba.
Entró a la cocina y acarició el reborde de su taza preferida. Paseó sus dedos por donde alguna vez los labios de Blaise se posaran, tratando de recuperar su sabor para llevárselo con él. Dejó la taza en su lugar y salió de la cocina para dirigirse a su habitación, donde se recostó en la cama tratando de no desordenarla, abrazándose con fuerza a su almohada, aspirando todo su aroma impregnado en él. Cerró sus ojos y dejó que las lágrimas recorrieran sus mejillas hasta humedecerla.
Mucho tiempo pasó antes de que Oliver se decidiera a ponerse de pie y abrir el ropero. Vio colgada una camisa blanca, de las que alguna vez pertenecieran a su uniforme de Slytherin. Con sumo cuidado, como si se tratara de un objeto muy delicado que en cualquier momento se pudiera romper, la sacó de su perchero y se la colocó por encima, abrazándose a sí mismo, sintiendo de ésa manera que era a su Blaise al que abrazaba con tanto amor.
-¿Cómo podré hacerlo? –Se preguntó en un murmullo cortado por un suave sollozo, su abrazo apretándose con fuerza sobre su propio cuerpo cubierto por la camisa blanca-. ¿Cómo podré seguir sin ti?
Su mirada café vagó por toda la habitación. Cada objeto en ella era un recordatorio de que alguien muy amado había vivido ahí, compartiendo todo con él. Y el saber que ése ser ya no volvería le quitaba toda razón para continuar en ése lugar. Besó el cuello de la blanca camisa y la dejó en su sitio. Sacó su baúl del ropero y después de volverlo a su tamaño normal comenzó a guardar todas sus cosas.
No tenía prisa en hacerlo. Se tomó todo el tiempo que necesitó procurando que no se le olvidara nada, pues no sabía si alguna vez volvería a tener el valor de regresar. Estuvo tentado a llevarse algún objeto de Blaise con él, pero dentro de su dolor comprendió que eso sólo le haría más daño. Los juguetes y la ropita de su bebé, guardados en el cajón de abajo, fue lo último que metió en su baúl antes de dirigirse al velador.
Se sorprendió cuando no encontró sobre la mesita de noche la fotografía donde aparecían Blaise y él, besándose mientras su pareja lo abrazaba. Había sido tomada el invierno anterior frente a Honeydukes, en una de las visitas de Blaise a Hogsmeade. Ése día sólo había podido estar con él un momento, pues su pareja debía volver a las Tres Escobas con el grupo. Había sido tomada a la carrera por un transeúnte muy amable.
Recordó con claridad ése momento cuando, mientras el turista les apuntaba con la cámara, Blaise había sonreído con picardía antes de lanzarse a los labios de Oliver y robarle un beso. Sobre ellos, los copos de nieve caían a su alrededor, moteando de blanco sus negras túnicas. La toma se repetía una y otra vez, dando la impresión de que no le había robado sólo un beso sino muchos de ellos.
Oliver buscó la fotografía por todas partes, sin hallarla. Llegó a la conclusión de que tal vez Blaise se la había llevado la mañana que partiera hacia el Colegio. En medio de la confusión de todos ésos días no recordó haberla visto después, por lo que dio por sentada su suposición.
Permaneció un momento más en la recámara, tratando de grabar en su memoria cada cosa que había en ella. Cerró y encogió su baúl, pesado de cosas y recuerdos, para ocultarlo entre sus túnicas. Momentos después abordaba el carruaje que lo llevaría de regreso a Hogwarts.
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La reaparición de Lucius Malfoy en el ámbito empresarial y la noticia de su participación activa en la derrota de Lord Voldemort, provocó la alza repentina en las acciones de sus, ya de por sí, millonarias compañías. Pero la gran cantidad de asuntos pendientes con sus socios de negocios, prolongó su estancia en la Mansión Malfoy más tiempo del que el aristócrata hubiera deseado. Y después de doce días de reuniones y de sumergirse de lleno en cálculos financieros, resultados y proyecciones, decidió que ya era suficiente y optó dejar a sus socios a cargo para regresar al Castillo.
Así que al mediodía del viernes doce de Agosto, Draco se encontró con la sorpresa de que su padre ya lo esperaba en sus aposentos para almorzar. Después de contarle a grandes rasgos sobre la situación favorable con la que se había encontrado con respecto a sus empresas -y de notar que su hijo sólo asentía con aire ausente a lo que se suponía que debería ser de su total interés-, el hombre decidió hacer a un lado el tema de los negocios y dejar que el muchacho lo pusiera al día de lo acontecido en el Colegio.
Fue así como supo que Remus estaba ocupando el lugar de la profesora McGonagall, quien llevaba ausente el mismo tiempo que él. Y aunque el muchacho no supo decirle la razón, al hombre no le fue difícil imaginar el motivo de su ausencia. Supo también que ni Dumbledore ni Potter habían recuperado el conocimiento, y que Severus aún no había sido dado de alta por Poppy. Haciendo cuentas, el hombre llegó a la conclusión de que la enfermera estaba tratando de prolongar su estancia en la enfermería el mayor tiempo posible, pues los diez días pronosticados para su recuperación ya habían transcurrido.
-Deberías olvidarte del laboratorio por unos días y tratar de descansar. –Le sugirió cuando el muchacho estaba por marcharse otra vez a las mazmorras. Durante el almuerzo, al hombre no se le había pasado por alto el aspecto cansado de su hijo-. Que la enfermería espere por sus pociones.
-Ya no quedan muchas pociones por reponer en la enfermería. –Fue la respuesta de Draco ante la preocupación de su padre-. En realidad ésas son muy fáciles de elaborar. Las que me están costando trabajo son las que Severus elabora cada mes. Algunas son muy complicadas y tardan muchas horas en prepararse.
-¿Y no puedes dejarlas para después? –El muchacho negó con la cabeza. Lucius sólo suspiró con resignación mientras retiraba su silla de la mesa, dispuesto a dejar la conversación-. De cualquier forma ten mucho cuidado. Estarás solo en las mazmorras y no quiero que te ocurra algo.
-Estaré bien. No te preocupes.
Cuando su hijo se marchó, Lucius aprovechó para ir a visitar a Remus. Aunque nunca lo admitiría delante de él ni de nadie, durante los doce días que estuvo sin verlo lo había extrañado mucho. La puerta se abrió al segundo toque y un sorprendido pero sonriente Remus salió a recibirlo.
-Pensé que no te vería hasta dentro de unos días más. –El licántropo lo saludó con un beso antes de invitarlo a su sillón preferido en la sala-. Me alegra que hayas vuelto.
-Supe que estás a cargo del Castillo. –Lucius dejó su silla de ruedas para sentarse en el sillón. Una copa fue depositada en su mano al mismo tiempo que sentía el rostro de Remus escondiéndose en su cuello.
-Así es. Minerva está arreglando unos asuntos, y me dejó a cargo. –Remus dejó su cuello y se enderezó en su lugar en una actitud más formal que hizo a Lucius suspirar por la pérdida-. ¿Sabes que Severus aún sigue en la enfermería?
-Draco me lo acaba de informar. Por lo que veo siguió el consejo de los abogados de permanecer ahí el mayor tiempo posible.
-No creo que Poppy pueda tenerlo con ella durante mucho tiempo más. –Fue el comentario preocupado del licántropo-. Y lo peor del asunto es que Harry no da muestras de querer despertar.
-¿Has intentado convencer a Black de que retire la denuncia?
-Estoy cansado de insistirle. –Respondió Remus, suspirando con pesar-. Pero no hay modo de hacerlo entrar en razón. Sigue en su necedad de llevárselo a París en cuanto despierte.
-Espero que eso no llegue a pasar. –Lucius dejó su copa a un lado y buscó los ojos dorados del licántropo-. Presiento que a Severus se le van a complicar las cosas, y con Potter en París, será peor para él.
Remus asintió en silencio, dando razón a las palabras del rubio. Sirius y Severus eran enemigos de la infancia. Recordaba con claridad cada una de las bromas pesadas de las que el uno hiciera víctima al otro. Pero aunque con el paso de los años las bromas de Severus iban bajando de intensidad conforme maduraba, las bromas de Sirius se volvían cada vez más crueles, y hasta peligrosas.
Jamás olvidaría la broma de Sirius en la que Severus estuvo a punto de perder la vida, la noche de su transformación en la Casa de los Gritos. En aquel entonces ninguno de ellos analizó el grado de peligrosidad de aquella bromita, y pasó como una travesura más de estudiantes.
Pero ahora, más de veinte años después de aquello, y sentado en un sillón de sus aposentos como profesor en Hogwarts, los sucesos de aquella noche tomaron para Remus otra dimensión. Aquello que Sirius hiciera para molestar a Severus adquirió un cariz más dramático, mas profundo. Algo... demasiado serio para ser sólo una inocente travesura más de quien era considerado un estudiante bullicioso.
Una creciente ansiedad comenzó a apretar su corazón y su conciencia. Sirius odiaba a Severus desde siempre. Pero... ¿Qué tan grande era la aversión hacia ese hombre que lo hacía capaz de querer destruirlo? ¿Qué le había hecho Severus para provocar tal ira en su amigo, al grado de que su resentimiento era capaz de hacerlo actuar por encima de su gran amor hacia su ahijado?
Ni James ni él se habían planteado nunca ésa interrogante. A ninguno de los dos se le ocurrió jamás hacerle una pregunta tan simple como "¿Por qué lo odias?" O "¿Qué fue lo que te hizo?"
En ése instante se volvió claro para Remus, que detrás de la actitud de Sirius hacia Severus había algo muy serio. Algo demasiado grande que el animago tenía guardado dentro –y que era muy probable que creciera con el paso de los años-, y ahora brotaba de su ser en forma de odio encarnizado.
Ése pensamiento le provocó una gran preocupación. Tanto, que su rostro se contrajo en una mueca de dolor que Lucius, a su lado, no pudo dejar de observar.
-¿Ocurre algo? –Remus volvió su atención hacia el hombre que le hablaba. Lucius tuvo que esperar varios segundos a que el otro se adaptara de nuevo a la realidad.
El licántropo sólo movió la cabeza, rechazando la idea de explicarle sus suposiciones. Para él había sido bastante difícil organizar sus pensamientos para llegar a ésa conclusión. Tratar de explicárselo a Lucius en ése momento requería rebobinar cada uno de esos pensamientos. Un gran esfuerzo mental, y él estaba cansado.
-Es sólo que... creo que Sirius no está midiendo la magnitud del daño que le está haciendo a Harry. –Suspiró, desalentado por la actitud tan cerrada del animago. Se puso de pie para servir otra copa a su compañero-. Con su proceder sólo logrará perderlo. Y no quisiera que eso pasara.
Lucius lo escuchó en silencio, tomando la copa que Remus le ofrecía.
-¿Tú no vas a beber? –Le preguntó cuando se percató que él era el único que lo estaba haciendo.
-Falta una semana para la Luna Llena. –Respondió el licántropo mientras regresaba a su sitio y aprovechaba el momento para besar su cuello. Lucius jadeó ante la caricia-. Aunque son varios días prefiero no arriesgarme. No quiero que me ocurra lo de la última vez.
-¿Qué fue lo que te ocurrió? –El rostro de Remus se ensombreció ante el recuerdo. Su silencio fue lo que obtuvo como respuesta-. ¿Algún día lo sabré?
-Tal vez... aunque lo que más deseo ahora es olvidarlo. –El licántropo sonrió con melancolía-. Lo que no debo olvidar es beber la poción.
Lucius frunció el ceño al recordar un pequeño detalle.
-¿Severus tiene ésa poción entre sus reservas? –El licántropo negó con la cabeza-. Y si Severus no puede elaborarla... ¿A quién le pedirás que lo haga?
-Pues a la persona que está ocupando su lugar en el laboratorio.
-¿Acaso estás pensando en revelarle a Draco sobre tu naturaleza?
-Será necesario. –Fue la respuesta del licántropo. Lucius suspiró, no muy convencido por su decisión. Remus tomó el rostro del rubio para que lo mirara a los ojos-. Escucha, Lucius. Éstos últimos días, Draco me ha estado evitando y hasta huye de mi presencia apenas me distingue a lo lejos. Yo lo aprecio y la verdad es que no me agrada la idea de que me tenga temor. Quiero dejar todo en claro para evitar esta situación tan desagradable.
-Ya que has decidido hacerlo, entonces deja que yo esté presente cuando se lo digas. –Lucius levantó una mano para evitar que Remus reclamara-. Ojalá me equivoque, pero presiento que la reacción de Draco no va a ser la más amable, y quiero evitar en la mayor medida que se porte grosero contigo.
-¿Crees que Draco será capaz de lanzarme alguna maldición? –Lucius supo que no hablaba en serio por la sonrisa traviesa que surcó los labios del licántropo-. ¿Quieres estar ahí para defenderme de tu mocoso malcriado?
Lucius iba a responder algo, pero los labios de Remus sobre los suyos le robaron toda intención. Se abandonó al apasionado beso y gimió cuando Remus lo empujó hacia atrás para recostarse sobre su cuerpo. El rubio se arqueó con suavidad cuando sintió la lengua traviesa del licántropo explorando su oreja y parte de su cuello, y Remus sonrió en medio de la caricia al recordar que ésa era una parte muy sensible de su cuerpo.
Abrió sus dorados ojos para encontrarse con los azules del rubio. Suspiró al ver el deseo refulgiendo en ellos. Otra caricia más sobre su cuello hizo que Lucius perdiera el precario equilibrio que mantenía en el sillón. Ambos cayeron en medio de un fuerte ruido cuando sus cuerpos chocaron contra el suelo alfombrado.
-¿Estas bien? –Remus se apresuró a moverse de encima de Lucius, quien permaneció en el suelo, su cabello rubio esparcido sobre la alfombra. Remus supo la respuesta a su pregunta cuando lo vio sonreír, divertido por la situación-. Déjame ayudarte.
-No te preocupes, estoy bien. –El rubio tomó la mano que el otro le ofrecía y se apoyó en su silla, donde se sentó-. Será mejor que me marche. Tengo que pasar a ver a Severus.
-Salúdalo de mi parte. –Remus lo acompañó hasta la puerta, donde lo despidió con otro beso apasionado. Y Lucius tuvo que hacer un gran esfuerzo para no mandar a Severus al diablo.
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Poppy observaba con inquietud al hombre que se paseaba de un lado a otro de la habitación, frente a ella. Desde que lo examinara minutos antes, la enfermera había tenido que ser sincera e informarle que ya no le sería posible tenerlo más tiempo como paciente. A simple vista era notable que ya estaba recuperado de sus fracturas.
Severus recargó una mano contra la pared junto a la ventana, su negra mirada perdiéndose en las últimas luces de la tarde.
-De verdad lo siento, Severus. –Se lamentó la enfermera, apenada por la difícil situación en la que dejaba al profesor con su decisión-. Pero si la Comisión de Medimagos descubre que te estoy reteniendo sin motivo, me quitará mi licencia.
El control de los pacientes bajo custodia del Ministerio que cada medimago atendía, se llevaba por medio de expedientes mágicos, donde se anotaba la fecha de ingreso y la fecha de alta, y se comparaban con los exámenes médicos realizados al paciente en ése lapso de tiempo. Si Poppy seguía manteniendo a Severus en la enfermería sin que él ya no lo necesitara, la Comisión podría detectarlo y retirarle la licencia.
-Está bien, Poppy. Déjalo. –La tranquilizó el ex mortífago-. Bastante te has arriesgo reteniéndome más tiempo del debido. –Retiró su mirada de la ventana para volverla hacia la mujer-. Confiábamos en que Harry despertaría y que todo se arreglaría. Pero creo que no me quedará más remedio que enfrentar mi situación legal.
Poppy asintió, sin saber qué mas decir. Ella sólo estaba enterada del problema de Severus por medio de los diarios cuya información, por consejo de Minerva, había preferido no creer. Y aunque ella deseaba saber todo lo que sucedía alrededor de la denuncia de Sirius, prefirió ser discreta y mantenerse al margen de la situación. En vez de eso, levantó la varita y apuntó a quien hasta ése momento aún seguía siendo su paciente.
-Entonces... te deseo mucha suerte. –La mujer invocó el hechizo para dar de alta al profesor en su expediente mágico. Lucius, quien llegaba en ése instante, supo de inmediato lo que sucedía. Después de apretar su hombro con afecto en señal de despedida, Poppy salió de la habitación.
-Localizaré a los abogados. –Lucius salió detrás de la mujer para dirigirse a la chimenea, desde donde los contactaría. Con un suspiro, Severus se cambió la bata blanca de hospital por sus negras túnicas y se sentó en la orilla de la cama, su rostro sereno aunque su corazón amenazaba con escaparse de su pecho.
Él había tenido presente en todo momento la posibilidad de pisar la prisión. Pero sólo hasta ése instante la realidad cayó sobre él en toda su magnitud: Iría preso a Azkaban. Al caer en la cuenta de lo que eso significaba, Severus sintió por primera vez el deseo primitivo de escapar.
Y lo hubiera hecho sin dudarlo, de no ser porque dentro del creciente temor que llenaba su pecho, había un motivo que le daba valor para enfrentar lo que se avecinaba. Y ése motivo fue lo que hizo que Severus tomara la firme decisión de ser fuerte para resistir lo que estaba por venir, y para conservar la cordura en medio de la locura que sabía, le esperaba en ése terrible lugar.
Los dos Aurores que custodiaban la habitación entraron empuñando sus varitas. Severus se puso de pie y enfrentó la mirada de los hombres con total dignidad.
-¿Ya avisaron a la autoridad máxima del Colegio? –Preguntó cuando los Aurores ataron sus manos por detrás de su espalda con cuerdas invisibles.
-El señor Weasley lo está haciendo en éste momento. –Señaló uno de ellos. Acababa de decirlo cuando el Auror llegó, seguido por el profesor de Defensa.
Arthur se paró frente a él, sus grises ojos expresando el gran pesar que lo embargaba. Con un suspiro de resignación, sacó un pergamino de entre sus túnicas y lo extendió delante del profesor de Pociones, mientras lo leía en voz alta.
-Señor Severus Snape, está usted arrestado. Se le acusa de secuestro y abuso sexual en la persona de Harry Potter. A partir de éste instante quedará bajo la custodia del Ministerio, en la Prisión de Azkaban. Ahí permanecerá hasta que sea llevado a cabo su juicio.
Mientras Arthur leía los derechos de Severus, Remus permanecía parado detrás del Auror, su rostro desencajado y apretando los puños con rabia. Cuando Arthur terminó, uno de los Aurores tomó el brazo del profesor para conducirlo fuera de la habitación. Remus se adelantó y colocó una mano sobre el hombro del ex mortífago, Y Severus pudo ver en sus ojos dorados el fiel reflejo de sus propios sentimientos.
Severus se detuvo por un momento, haciendo que los Aurores detuvieran su andar junto a él. El profesor de pociones no despegó la mirada de los ojos de Remus cuando le habló en un murmullo.
-Quiero que les digas a Harry y a Draco que no se angustien, que estaré bien. –Remus asintió en silencio y pudo ver en la firmeza de sus palabras, que Severus le estaba entregando en ése instante toda su confianza-. Diles que todo estará bien.
Severus salió de la habitación para ser conducido a las barreras de protección, desde donde desaparecería para ser llevado a Azkaban. Mientras tanto, Remus atravesó la chimenea de la oficina de Albus para dar aviso a Minerva de lo ocurrido. Después de eso iría a San Mungo... había un par de cosas que necesitaba decirle a su mejor amigo.
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Minerva caminaba apresurada por los pasillos que conducían a la enfermería, la carta de Remus apretujada en su mano. Se encontraba charlando con lo señores Flamel después de la cena, cuando Fawkes hizo acto de presencia en la Mansión. Apenas terminó de leer la carta, la subdirectora se disculpó con sus anfitriones argumentando que le era preciso volver al Colegio.
Haciendo gala de una gran discreción, los señores Flamel no hicieron preguntas y en cambio, le facilitaron a uno de los elfos para que le ayudara a empacar su baúl. La animaga se despidió de ellos agradeciendo su hospitalidad, después de que el señor Flamel le prometiera que la mantendría al tanto de todo lo que pudiera averiguar sobre el Medallón.
A Poppy no le extrañó el regreso de la subdirectora. Se levantó de su lugar y le obsequió un abrazo de bienvenida, para después invitarla a tomar asiento frente a ella.
-¿Es verdad lo que Remus me acaba de informar? –La enfermera asintió en silencio, provocando un gesto de angustia de parte de la animaga.
-Si por mí hubiera sido lo habría dejado más tiempo en la enfermería. Pero sabes tan bien como yo que eso me hubiera provocado muchos problemas.
-Lo sé, Poppy. Sé que hiciste todo lo que pudiste. –En un gesto nervioso, Minerva dobló la carta y la guardó en el bolsillo de su túnica. Poppy convocó dos tazas de té y esperó a que su compañera bebiera un sorbo para tranquilizarse-. Es una verdadera pena. Sé que Severus confiaba en que Harry se recuperaría lo antes posible.
Poppy guardó silencio ante las palabras de la subdirectora. Aunque a ella le hubiera gustado que Minerva le contara todos los detalles que rodeaban la situación de Severus, comprendió que era algo que debía mantenerse en total discreción. Prefirió derivar la conversación hacia otros temas.
-¿Pudiste averiguar algo sobre el estado de Albus? –Minerva asintió mientras se levantaba de su sitio. Poppy la imitó y momentos después se encontraban en la habitación del Director, donde Minerva ya había puesto a la enfermera al tanto de todo lo que el señor Flamel le explicara.
-La función del Medallón era la de protegerlos a los dos... de alguna manera. –Afirmó la animaga mientras apretaba entre sus manos la mano que desde hace rato sostenía-. Por eso absorbió toda la magia que necesitó de Albus.
-Es increíble lo que me has contado. –Admitió Poppy, sorprendida por la explicación-. Eso quiere decir que al final, Albus y Severus se protegieron el uno al otro. No me extraña que Albus esté inconsciente. Su magia quedó agotada.
-El señor Flamel dice que cayó en coma mágico. –Minerva suspiró y se puso de pie. Besó los blancos cabellos de su amigo y ambas mujeres salieron de la habitación-. Me prometió que haría todo lo posible para encontrar el modo de despertarlo.
Poppy la acompañó hasta la chimenea, donde la subdirectora tomó un puñado de polvos.
-Te agradeceré que me mantengas al tanto. –Le pidió Poppy en el momento que Minerva desaparecía entre las verdes llamas. Se retiró de la chimenea cuando en la lejanía escuchó la respuesta afirmativa de la subdirectora.
Minerva llegó a la oficina del Director y se acercó al escritorio, donde lo primero que vio fueron varias cartas depositadas sobre él. Al no tener carácter de urgentes, la subdirectora supuso que Remus había preferido dejarlas ahí, que enviárselas arriesgando a que se perdieran en el camino. Imaginando quiénes eran los remitentes, decidió leerlas de una vez y dejar de retrasar lo inevitable.
Cuando terminó de leerlas, tomó una pluma de Fawkes y escribió unas palabras en un pergamino. Los miembros de la Junta Escolar le exigían una reunión para resolver el problema de Albus lo más pronto posible. También le pedían que les fuera aclarado todo lo concerniente a la situación legal del Profesor de Pociones y así poder tomar cartas en el asunto.
Consciente de la cercanía del nuevo curso escolar, decidió citarlos en la Dirección para el miércoles veinticuatro de ése mismo mes, considerando que los asuntos a tratar aunque de gran importancia, eran pocos y se resolverían en una sola reunión. Después de dejar las cartas sobre el escritorio para enviarlas con Fawkes al día siguiente, se retiró a descansar.
Ya en sus aposentos, la animaga extrajo de su baúl el obsequio que el Señor Flamel le entregara para Severus. Pudo ver que era un libro de Pociones muy antiguo, y que manejaba infinidad de fórmulas y términos que le eran desconocidos, pero que imaginó que a Severus no le costaría ningún trabajo comprender.
Dándose por vencida, cerró el libro y lo dejó sobre el velador, lamentando el no haber podido entregárselo a tiempo al profesor.
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Recostado en un sillón de la habitación de Harry, Sirius permanecía despierto mirando con fijeza al techo. El abogado que estaba llevando su caso contra Severus acababa de informarle que el profesor había sido llevado a la prisión de Azkaban. Ahora sólo debían esperar a que el juicio se programara, y confiaban en que éste se realizara lo más pronto posible.
-Imagino que ya debes estar satisfecho. –Sirius desvió su mirada del techo cuando la puerta se abrió dando paso a Remus. Reconoció la molestia en la voz del licántropo, y por sus palabras supo que ya estaba al tanto de la situación.
-Te sugiero que no intentes convencerme de retirar la denuncia. –Sirius dejó su lugar en el sillón para acercarse a la cama, donde acomodó la almohada bajo la cabeza de su ahijado-. Sabes cuál es mi posición y no pienso cambiar de actitud.
-Eso ya lo sé, Sirius. Sé que ya no habrá nada que pueda hacer o decir para persuadirte de esta locura. Y como veo que tu necedad nos ha conducido hasta estos extremos... –Al notar la pausa en las palabras de Remus, Sirius levantó su mirada interrogante hacia él-. Quiero que sepas que pase lo que pase, siempre seré tu amigo.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Que no voy a permitir que se cometa una injusticia. –Remus dio un paso adelante sin despegar sus ojos dorados de los azules de su amigo-. Confío en que Severus no llegue a juicio. Pero de ser así, entonces atestiguaré a su favor de ser necesario.
-No puedes hacerme esto, Remus... –El profesor de Defensa permaneció imperturbable ante la mirada dolida del hombre frente a él-. Eres mi amigo... mi único amigo.
-Y lo seré siempre, Sirius. Pero cuando Harry despierte apoyaré cualquier decisión que tome, aún pasando sobre nuestra amistad. –Remus desvió su mirada dorada de los ojos azules para posarse sobre el joven que yacía aún inconsciente-. Porque debes tener por seguro que cuando se levante de ésa cama, será para ir a buscar a Severus. Y ni tú ni nadie podrá impedírselo.
Remus se marchó sin darle tiempo a Sirius de responder nada. El animago permaneció en su lugar junto a Harry, pensando en las palabras de su mejor amigo y preguntándose por primera vez, si no se estaba equivocando y Remus estaba en lo correcto. Suspiró mientras acariciaba la frente de su ahijado, cálida y suave.
Depositó un beso en ella y regresó a su lugar en el sillón, su mente debatiéndose entre hacer caso a la razón en la voz de su mejor amigo, o escuchar la voz de su propia razón.
Continuará...
Próximo capítulo: Si tú estás a mi lado.
Respuesta a los reviews:
Sumset: Hola Sumset. Hermione va a recuperarse aunque ahora las cosas se vean negras para ella. Albus no va a perder su magia, pero sí va a tardar en despertar. Sobre el libro andas muy cerca, es para una de las dos cosas, jeje. Te agradezco mucho que te tomes el tiempo para leer esta historia también, y al contrario, gracias a ti por dejarme tu comentario Besitos.
Muchas gracias también a Mis Andreina Snape y EugeBlack por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen mi historia, muchas gracias.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
