Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devil Lady Hitokiri, Lalala, Nan y Julia, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXIII
Si tú estás a mi lado.
Primera Parte.
Al enterarse de la partida de Severus a Azkaban, cinco días atrás, la primera intención de Draco fue la de presentarse en San Mungo y maldecir a Sirius Black hasta que el animago retirara la denuncia. En vez de eso, el joven se comportó a la altura de las circunstancias cuando el mensaje de Severus en la voz de Remus Lupin le hizo saber que su padrino estaría bien.
Ése día miércoles, el muchacho se encontraba en el laboratorio haciendo una poción que debía entregar a Madame Pomfrey. Mientras dejaba que la poción hirviera en el caldero decidió hacer una lista de los ingredientes que estaban por agotarse. Tenía intenciones de ir a Hogsmeade ése fin de semana para surtirse, amén de lo que Hagrid pudiera conseguirle por su cuenta.
Ésa mañana se había levantado más temprano que de costumbre para adelantar algo de trabajo antes de acompañar a su padre a la enfermería, pues Lucius había reanudado sus sesiones de fisioterapia ésa misma semana. Pero al igual que le ocurría a su padrino, el laboratorio absorbía tanto su atención que el muchacho perdía la noción del tiempo.
Cansado de esperarlo en la enfermería, Lucius decidió ir por su hijo y tras lanzar un puñado de polvos emergió de la chimenea de los aposentos del profesor de pociones. Draco dejó lo que estaba haciendo cuando escuchó la puerta abrirse y la silla de su padre perfilándose debajo del dintel.
-¿Por qué será que no me sorprende encontrarte aquí? –Aunque La voz de Lucius no sonaba molesta, Draco no pudo evitar apenarse cuando vio la hora que era.
-Lo lamento, se me fue el tiempo sin darme cuenta. –Draco dejó a un lado la lista que estaba haciendo para poner atención al caldero-. Si me esperas unos minutos podré llevarle éstas pociones a Madame de una vez.
Lucius asintió en silencio y se puso a curiosear por aquí y por allá mientras Draco apagaba el fuego y se daba prisa en envasar la poción. Lo observó durante un momento y no pudo evitar suspirar cuando lo vio tan concentrado en lo que hacía. Siempre pensó en el futuro que le deparaba a su hijo, pero dentro de lo que había soñado para él no estaba contemplado lo que ahora veía.
Él había imaginado una gran oficina decorada con los colores de su Casa, con un elegante escritorio y un cómodo sillón de fino cuero gris. Todo iluminado por un enorme ventanal que dejara entrar la luz y la brisa del océano. Y a su hijo ataviado con los más costosos trajes de diseñador, detrás de ése escritorio y rodeado de largos pergaminos repletos de cifras monetarias y dirigiendo sus negocios con mano firme, como él lo había hecho hasta ahora.
Y en vez de eso, su hijo se encontraba en mangas de camisa, encerrado en un frío y pequeño cuarto y rodeado de frascos conteniendo extraños ingredientes de colores y olores raros. Su fina túnica se hallaba olvidada en el respaldo de una silla, mientras él se concentraba en maniobrar con delicadeza el producto de su trabajo. Aún así, Lucius pudo seguir apreciando en su hijo la apariencia altiva y orgullosa propia de su apellido, y que era evidente, llevaba bien tatuada en la sangre.
Sus mejillas estaban arreboladas por la cercanía del calor del fuego que apenas se extinguía. Sus cabellos rubios se adherían a su frente húmeda por los vapores que emergían del caldero sobre el que se asomaba. Pero lo que más llamó la atención de Lucius, fue el brillo especial que refulgía en los grises ojos de su hijo.
En ése instante, para Lucius fue más que obvio que Draco ya había elegido su futuro inspirado en ése pequeño espacio que a pesar de pertenecer a Severus, el muchacho casi consideraba como propio. Pero lo más importante fue el darse cuenta que su hijo era feliz con la decisión que había tomado. Y ésa fue razón suficiente para que Lucius decidera apoyarlo.
-Ya casi termino... –El hombre volvió al presente al escuchar la voz de Draco. El muchacho se dispuso a guardar los pequeños frascos en la caja que le entregaría a Poppy, y Lucius dirigió su mirada a la mesa en el instante en que un pergamino aparecía de la nada sobre ella.
Movido por la curiosidad, el hombre tomó el pergamino y al ver lo que era su rostro palideció por un instante. Volvió a enrollarlo en el momento en que su hijo lo descubría.
-¿De dónde sacaste eso? –Preguntó el muchacho, frunciendo el ceño al ver la actitud extraña de su padre.
-Apareció de la nada sobre la mesa. –Draco asintió cuando comprendió que se trataba de una nueva poción para elaborar. Lucius tuvo que entregarle el papel, que el joven tomó al mismo tiempo que lo desenvolvía para leerlo, y su padre pudo ver cómo el muchacho también palidecía al leer nombre de la poción-. ¿Estás bien?
-Sí... no. Es decir... –Draco sostuvo el papel entre sus dedos y miró a su padre, extrañado-. No sabía que Severus elaborara la Poción Matalobos para alguien.
-¿Cuándo deberás entregarla?
-Mañana por la noche. Pero no tengo idea de quién deberá beberla. –El muchacho movió la cabeza de un lado a otro, mortificado-. La verdad es que me sorprende que Severus no me informara de algo tan importante como esto.
-Lo más probable es que se le olvidara. –Lucius acercó su silla a la puerta, tratando de dar a su voz un tono informal para restarle importancia al asunto-. Se hace tarde para la terapia. ¿Me acompañarás?
-Sí, claro. –Draco dejó el pergamino sobre la mesa para recordar que debía elaborar la poción al día siguiente, muy temprano. Tomó la caja de las pociones y salió del laboratorio detrás de su padre.
Mientras Lucius recibía su terapia, Draco no pudo dejar de pensar en el pergamino. Él siempre había sentido un miedo natural a las criaturas que habitaban el Bosque Prohibido. Pero no era el miedo que inducía a las pesadillas, sino el que era movido por el sentido de la precaución y el que lo hacía mantenerse alejado de ellas para evitar problemas.
Y ahora, Draco acababa de descubrir que entre los clientes de su padrino figuraba un Hombre Lobo. Y la sola idea de estar frente a él y tener que entregarle la poción hizo que su columna vertebral se estremeciera en largos y profundos escalofríos.
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La noche del día jueves, Draco ya tenía lista la Poción Matalobos. Viendo que hasta ése momento nadie había ido a buscarla decidió ir a la enfermería para preguntarle a Poppy, tal vez ella pudiera decirle a quién debía entregársela. Después de guardar el pequeño frasco en su cinturón lanzó un puñado de polvos y momentos después se encontraba hablando con la enfermera.
Tal como lo esperaba, la respuesta de Poppy fue evasiva. Draco sabía de antemano que algo así ocurriría, pues si ésa persona también era su paciente debía respetar el secreto profesional. Por otro lado, Poppy se negaba a responder debido a que no había comentado el asunto con Remus y Severus no le había dejado ninguna recomendación.
-Mañana será Luna Llena. Y si ésa persona no bebe ésta poción ahora, después no le servirá de nada.
-¿Qué te parece si me dejas la poción y yo se la entrego a ésa persona? –Poppy extendió la mano para recibir el pequeño frasco, pero Draco se negó a entregárselo.
-¿Quién es? –Poppy suspiró ante la terquedad del Slytherin. Se entretuvo guardando unos papeles en su escritorio, evitando la mirada gris puesta con insistencia sobre ella-. Es uno de los habitantes del Castillo, ¿Verdad?
-No puedo responderte a ésa pregunta, Draco. –Poppy lo miró con seriedad desde su lugar en el escritorio-. De verdad lo siento.
-Entonces dígale que si la quiere, que vaya a buscarla a las mazmorras. –El muchacho dio la media vuelta para salir de la oficina-. Estaré en el laboratorio del profesor Snape hasta las diez.
Poppy pensaba detener al muchacho antes de que se marchara con la poción, pues no sabía si Remus estaría dispuesto a revelarse su naturaleza. Pero no fue necesario que lo hiciera.
-Hola, Draco. –El muchacho se quedó parado en la puerta cuando su padre lo saludó y se sorprendió al ver que no estaba solo. Detrás de él entró el profesor de Defensa, cargando un pequeña maleta-. ¿Te parece si damos un paseo?
-¿Ahora? –Su padre asintió y Draco guardó la poción en su cinturón. Cuando iba a tomar la silla de ruedas para conducirla vio que Remus ya lo estaba haciendo. Se adelantó unos pasos procurando mantenerse alejado del profesor-. ¿Adónde iremos?
-Me gustaría tomar un poco de aire fresco.
Remus hizo caso a la sugerencia de Lucius y los tres se dirigieron en absoluto silencio hacia los terrenos que rodeaban la Torre Norte. Se detuvieron junto a unas rocas que sobresalían sobre una pequeña colina. Remus dejó la maleta en el suelo y se sentó en una de ellas, junto a Lucius.
Draco permaneció parado frente a los dos hombres sin despegar su mirada gris del profesor, en una clara actitud de desconfianza. Sobre ellos, la luna brillaba haciendo que sus cabellos refulgieran con apariencia de plata.
-¿Verdad que es hermosa? –Draco y su padre siguieron la mirada de Remus que se posaba sobre la luna, que a sólo un día de ser llena ya era redonda-. Hermosa... pero muy cruel.
Draco frunció el ceño al escucharlo. Buscó su varita por debajo de sus finas túnicas y Lucius posó una mano sobre el hombro del profesor, quien desvió su mirada dorada del disco plateado para posarla sobre la intensa mirada azul. Al verlos, Draco entrecerró los ojos, en su mente encendiéndose la luz de la compresión.
Todas las piezas sueltas de la misteriosa naturaleza del profesor se armaron en su cabeza, y fue en ése instante cuando sus interrogantes encontraron una respuesta.
-Usted es... –Draco dio varios pasos atrás mostrando su varita y apuntando hacia el licántropo. Lucius se adelantó para atravesarse entre los dos y el muchacho miró a su padre, alarmado-. ¡No le des la espalda! ¡Él es un...!
-Lo sé, Draco. –Lucius permaneció dando la espalda a Remus y miró con fijeza a los grises ojos de su hijo. Se preocupó cuando pudo ver que en ellos se reflejaba el miedo-. No debes temer, no te hará daño.
-¿Tú lo sabías? –Draco sintió que un gran pesar se alojaba en su corazón. Él creía que entre ellos se había logrado cierto grado de confianza, y le dolió darse cuenta que no era así-. Tuviste muchas oportunidades para decírmelo, ¿Por qué no lo hiciste?
-Porque yo se lo pedí. –Remus se vio obligado a intervenir al ver el rumbo que estaban tomando las cosas-. Sabía que tenías sospechas sobre mi naturaleza y pensaba decírtelo yo mismo cuando fuera el momento apropiado.
-¡No se acerque! –Un sudor frío recorrió la frente del muchacho cuando Remus se aproximó a él. Trató de afirmar la varita temblorosa en su mano y dio otros pasos atrás hasta quedar cerca de la orilla opuesta de la colina. Ninguno de los tres se percató que terminaba de forma abrupta en una empinada pendiente-. ¡Aléjese!
-Draco, tranquilízate. –Lucius extendió la mano hacia su hijo, tratando de calmarlo, pero Draco no se movió de su lugar. Remus suspiró mientras se agachaba a la altura de Lucius y susurraba unas palabras en su oído. Draco frunció el ceño cuando vio que su padre asentía con pesar a sus palabras.
-Sé que te ha sorprendido el enterarte de lo que soy, y no te culpo por temerme. –El muchacho apretó los dientes para controlar el miedo que lo dominaba-. Si me das la poción me iré ahora mismo y no me volverás a ver hasta que la Luna haya menguado.
Draco no dijo nada. Pasó un largo momento en el que permaneció sosteniendo su varita, hasta que con un suspiro, extrajo la poción del cinturón. Su intención era entregársela a su padre pero nunca se esperó que Remus extendiera su mano para tomarla él mismo.
Por instinto, Draco dio un paso atrás para alejarse de Remus y su pie ya no encontró apoyo en el suelo. Soltó lo que tenía en las manos y se tambaleó tratando de mantener el equilibrio. Sólo alcanzó a escuchar el grito de advertencia de Remus antes de precipitarse colina abajo, y después un dolor muy fuerte en la espalda cuando ésta golpeó contra una piedra.
-¡Draco!
Sin pensarlo dos veces, Remus saltó detrás de él. Lucius elevó la silla y se dirigió a ellos a toda prisa. Alcanzó a ver cuando Remus tomó una de las manos de su hijo para evitar que rodara cuesta abajo, mientras él se sostenía con fuerza de una piedra que sobresalía del suelo escabroso. Lucius extrajo su varita y momentos después las dos personas que más amaba se encontraban a salvo frente a él.
Disimulando el terrible dolor en su espalda, Draco se tallaba la muñeca que había sido sostenida por Remus, reconociendo que el hombre poseía una fuerza extraordinaria. Lo atribuyó a la cercanía de su transformación. Al recordar ése detalle, buscó la poción y la encontró en la orilla del pequeño precipicio. El suave pasto sobre la colina había amortiguado la caída y evitado que se rompiera.
Pese al temor que aún sentía hacia el licántropo, el muchacho tuvo que admitir que Severus tenía razón, Remus Lupin era una buena persona. Nadie se hubiera arriesgado a salir herido lanzándose colina abajo para ayudarlo. El profesor Lupin le había salvado la vida ésa noche y aunque no entraba en sus planes el hacerse su amigo, por lo menos debía agradecérselo.
Le extendió el frasco a Remus, quien lo recibió con una sonrisa para después beberlo. Draco volteó a ver a Lucius y lo descubrió sonriéndole con ligereza. Ése sólo gesto le reveló que para su padre debía tener mucha importancia que él aceptara la condición del profesor. Remus le devolvió el pequeño frasco y regresó a su lugar sobre la roca. Lucius acercó su silla a él y se miraron a los ojos sin hablar.
Draco se sintió muy extraño ante ése ambiente tan sereno, casi romántico. Presintiendo que no debía estar ahí, decidió retirarse en silencio y bajó la colina de regreso caminando despacio. El dolor en su espalda era muy fuerte y sentía una pegajosa humedad. Temiendo que su herida fuera seria, decidió pasar a la enfermería antes de regresar al laboratorio para seguir trabajando.
oooooooOooooooo
Oliver revisó la lista de los pacientes que le tocaba atender durante su guardia ésa noche. Aún eran muchos los Aurores que quedaban pero la mayoría serían dados de alta al día siguiente, por lo que sólo debía estar pendiente del horario de sus pociones y que estuvieran lo más cómodos posible.
Buscando algo de interés qué hacer, curioseó entre los libros de Poppy hasta encontrar uno relacionado con embarazos masculinos. Hacía varios días que había cumplido el mes y no había tenido tiempo de examinarse con tantos pacientes en la enfermería. Pero él no estaba preocupado. Se sentía bien, y aunque las náuseas matutinas a veces lo molestaban, con el té que Poppy le había recetado desaparecían con rapidez.
Pasó un largo momento entretenido en su lectura, interesado en saber todo lo relacionado sobre el desarrollo de su embarazo. La llegada de Poppy hizo que levantara su mirada del libro para responder a su saludo.
-¿Hay algún paciente que debas atender ahora?
-No, Madame. –Respondió el joven mientras consultaba su horario-. Hasta dentro de tres horas.
-Entonces deja lo que estés haciendo y ven aquí. –Oliver sonrió cuando Poppy le hizo señas con la mano para que se subiera a la mesa de exploración-. Debí examinarte hace una semana, ¿Por qué no me lo recordaste?
-No lo creí necesario. Me he sentido bien y no quería molestarla. –Oliver se despojó de su bata blanca y se recostó sobre la mesa.
-Qué bueno que te sientes bien, pero de cualquier manera es necesario que te examine. –Poppy descubrió el abdomen del muchacho y untó la crema sobre su vientre. Oliver no pudo evitar encogerse al sentirla fría contra su piel-. Es importante poner atención al desarrollo del bebé y a los cambios naturales en tu organismo y el de él.
Poppy colocó la punta de su varita sobre su vientre y Oliver vio emocionado la imagen que apareció ante él. Pero no fue el único. Parado en el marco de la puerta, Draco también observaba con asombro lo que alcanzaba a ver desde ésa distancia. Al verse descubierto por la enfermera hizo amago de retirarse, pero la voz de ella se lo impidió.
-¿Te gustaría verlo? –Le sugirió al recordar la última vez que examinara a Oliver en su presencia. Jamás olvidaría el rostro lleno de admiración del muchacho cuando vio al bebé por primera vez. Oliver siguió la mirada de Poppy para saber a quién le hablaba, y pudo ver a Draco que vacilaba entre obedecerla o retirarse de una vez. Sabiendo que de la respuesta de su paciente dependía que el rubio pudiera quedarse o no, decidió consultarlo primero-. ¿Le permitirías estar presente mientras te examino?
Draco permaneció parado en el mismo sitio. Un tenue rubor cubrió sus mejillas cuando Oliver lo miró a los ojos. Después de un momento de silencio por parte del moreno, Draco dio un pequeño suspiro y se dispuso a marcharse.
-Por supuesto que puedes quedarte. –Oliver supo que no se había equivocado en su decisión cuando Draco se acercó a él, su mirada gris posada sobre la imagen de su bebé. El rubio se colocó a su lado mientras Poppy hacía que la imagen girara sobre sí misma, para que los tres pudieran apreciarla desde todos los ángulos.
-Tienes cinco semanas y media, casi seis. Estás en el primer trimestre y tu bebé aún no se considera un feto, sino un embrión.
-Es mucho más grande que la última vez que lo vi... –Al escuchar a Draco, Oliver desvió su mirada de la imagen para posarla en él. El rubio estaba parado a su lado y desde su posición sólo alcanzó a ver parte de su rostro, pero por el tono de su voz pudo adivinar que estaba emocionado-. ¿Cuánto mide ahora?
-Mide 13 mm de largo. –La enfermera hizo girar la imagen y ellos pudieron apreciarlo de espaldas-. Ésta es la médula espinal. Y éstos vasos sanguíneos son las dos arterias vertebrales y descienden a ambos lados de la médula espinal.
-Miren... se están formando sus bracitos y sus piernitas... –Ilusionado, Oliver señaló hacia el lugar donde se apreciaba el nacimiento de sus extremidades. Poppy asintió con una sonrisa-. ¿Cuánto tiempo le tardarán en crecer?
-Seguirán creciendo a lo largo de las siguientes cinco a siete semanas. –Fue la respuesta de Poppy-. Pero antes de que terminen de crecer ya tendrá huellas digitales.
Oliver y Draco se miraron el uno al otro, maravillados por lo que Poppy les estaba explicando. El rubio regresó su mirada hacia la imagen cuando Poppy siguió hablando.
-Esto que ven aquí... –Mostrando una zona oscura a un costado-. Es su hígado. ¿Recuerdas de qué tamaño era su corazón? –Draco asintió en silencio-. Pues es éste que está aquí.
-Es enorme. –Observó Draco, emocionado-. Y late mucho más rápido.
-140 a 150 latidos por minuto. –Aclaró Poppy-. La sangre ya está siendo bombeada a través del cordón umbilical, y ahora pertenece sólo a él. También está desarrollando su propio sistema inmune...
Mientras Poppy seguía explicando lo que veían en la imagen, Draco se colocó a su lado quedando de frente a Oliver. Y entonces el moreno pudo ver su rostro de lleno. No encontró palabras para definir el embeleso que reflejaban sus finos rasgos. Algo en su interior se removió ante ésa visión de Draco observando a su bebé con total arrobo, y sin quererlo, su mente evocó aquella calidez que había sentido durante su estancia en la enfermería.
Y con él regresó aquél dulce aroma que durante sus noches dolorosas lo confortara atenuando su dolor. No supo cuánto tiempo permaneció tratando de identificar ésa sensación. Cerró los ojos y deseó con todas sus fuerzas poder descubrir de dónde provenía. Era como si estuviera en ése mismo espacio, ocupando el mismo lugar que él, pero sin dejarse ver ni tocar. Y Oliver deseó que fuera algo tangible para poder abrazarlo y ya no soltarlo jamás.
-Oliver... ¿Estás bien? –Los ojos cafés se abrieron para encontrarse con los ojos grises de Draco, que lo miraban con curiosidad. Oliver asintió en silencio a la pregunta de la enfermera-. Puedes estar tranquilo. Tu bebé va muy bien.
Oliver le obsequió otra sonrisa cuando ella pronunció un hechizo y la imagen desapareció. Limpió la crema untada en su vientre con otro movimiento de su varita y el muchacho se bajó de la mesa mientras se terminaba de acomodar la ropa. A su lado, Draco volvió a ruborizarse y prefirió dar media vuelta y dirigirse hacia el escritorio de la enfermera.
-Beberás ésta poción cada mañana durante tres semanas, que será cuando vuelva a examinarte. –Le sugirió mientras le entregaba la poción al muchacho-. Creo que no está de más decirte que debes alimentarte muy bien.
-Así lo haré, Madame.
-Ya no tengo suficientes, ¿Serías tan amable de reponérmelas? –Poppy se dirigió a Draco y en un trozo de pergamino anotó el nombre de la poción que acababa de darle a Oliver. Draco la reconoció como una poción rica en vitaminas. Asintió en silencio y guardó el pergamino en el bolsillo de su túnica. El movimiento de su brazo al levantarlo envió una oleada de dolor en algún punto en su espalda, y el muchacho entonces recordó porqué estaba ahí-. ¿Estás bien?
-No lo sé. Tuve una caída y me golpeé la espalda. Creo... que tengo una herida.
-Pero, muchacho... ¿Por qué no me dijiste nada? –Lo regañó la enfermera y lo obligó a sentarse en una silla-. Quítate la túnica y la camisa, necesito revisarte.
Draco hizo lo que la enfermera le pidió y se quedó sólo con la camiseta puesta. Una gran mancha roja se apreciaba en gran parte de la tela que cubría su espalda y al verla, Oliver se apresuró a sacar material de curación de la gaveta.
-¿Cómo fue que te golpeaste? –Le preguntó Poppy al tiempo que trataba de retirarle la camiseta, adherida a su espalda por medio de la sangre que ya estaba seca. Su auxiliar humedeció una gasa con una poción y se la pasó a la mujer. Una voz se escuchó desde la chimenea y Oliver salió por unos instantes para atender la llamada.
-Caí de espaldas por una pendiente y debí golpearme con una roca. –Poppy escuchó al muchacho mientras humedecía la tela con la gasa para evitar que le doliera al despegársela. Aún así, Draco tuvo que apretar los dientes cuando sintió el tirón al serle retirada la prenda.
-Debiste golpear contra algún filo porque tienes una cortada. Aunque no es muy grande es algo profunda. –Le explicó la enfermera después de examinarlo-. Habrá que limpiarla muy bien y curarla.
Poppy se puso de pie para tomar el material que Oliver le dejara sobre el escritorio en el instante en que su auxiliar regresaba.
-Era el señor Smith. Dice que su esposo entró en labor ahora y que la esperan en San Mungo.
-Es verdad... esperaba a su bebé para éstas fechas. Lo siento mucho, Draco. –Poppy dejó lo que hacía y se dio prisa en retirarse la bata para colocarse su túnica, al tiempo que miraba al rubio, apenada-. Te dejaré en manos de Oliver, él te cuidará muy bien. Y te quedarás en observación toda la noche.
-No será necesario. –Replicó el muchacho-. Debo regresar al laboratorio para terminar unas pociones.
-Nada de eso. Te quedarás aquí y es una orden. –Draco ya no respondió. Sólo se limitó a mirar al techo, escuchando a Poppy que daba sus últimas instrucciones a su auxiliar- ...Y vigila que no se vaya. Ésta noche él también será mi paciente.
-No se preocupe, Madame. –Respondió el moreno, divertido por la situación en la que la enfermera había puesto al Slytherin-. Me encargaré de que esté cómodo.
Cuando la enfermera se retiró, el silencio se hizo presente en la pequeña oficina. Oliver observó que Draco aún seguía con su mirada fija en el techo, y con un suspiro decidió comenzar a atenderlo. Draco pegó un brinco cuando sintió un líquido resbalando a lo largo de su herida, y después, una mano cálida que la limpiaba.
-¿Te hice daño? –Al sentir el sobresalto del rubio, Oliver alejó su mano temiendo haberlo lastimado.
-No. Está bien. –Draco intentó relajarse y dejó que Oliver curara su herida. Sabía que estaba en buenas manos, pues él mismo había visto la destreza con la que había curado a su padrino la noche en que Black casi le destrozó el brazo. Sintió que el moreno retiraba su mano y después su magia emergiendo de su varita cuando pronunció un hechizo que cerró la herida.
-Espera un momento... –Oliver se alejó y en un instante regresó con una pomada, que untó con delicadeza en su espalda haciendo que la piel del rubio se erizara al contacto-. La herida fue algo profunda, así que tal vez te quede una pequeña cicatriz. Ésta pomada ayudará a que no se haga tan notoria. También tendrás mucho dolor, así que te daré una poción para aliviarlo y tal vez necesites más pomada y poción durante la noche.
Draco asintió con pesar y se puso de pie. El dolor era muy fuerte y aceptó de buen grado la poción que Oliver le dio. Mientras la bebía, el moreno buscó en el cajón del escritorio hasta encontrar una llave.
-Podrás descansar en la habitación de al lado. –Oliver se encaminó a la puerta. Resignado, Draco decidió seguirlo después de meditarlo un momento-. Es la más grande de todas y la más cercana...
Mientras Oliver hablaba, Draco se permitió reconocer la habitación donde el moreno reposara durante la semana posterior a la muerte de Blaise. Cerró los ojos al recordarse a sí mismo abrazándolo y tratando de consolarlo en los momentos en que parecía que no habría límite para sus lágrimas.
Volteó a verlo. Oliver guardaba silencio, tratando de recordar. Su mirada café se había quedado fija en la almohada sobre la que posara su cabeza durante esos tristes días de dolor. La calidez había vuelto y la sentía más intensa ahora. Cerró los ojos y suspiró, tratando de absorber ése perfume existente sólo en su imaginación.
-Ojalá fueras real... –Murmuró, sin saber que Draco estaba parado junto a él y lo escuchaba. Al oírlo, el rubio sintió que invadía su espacio y se alejó de su lado para sentarse en la orilla de la cama. Oliver abrió los ojos al sentir que aquél perfume se alejaba de él junto con su calor, y se sintió frustrado al ver que su imaginación había jugado con él otra vez.
Al ver a Draco que lo observaba desde la cama, Oliver regresó a la realidad y se apresuró a darle una bata para que se cambiara. Draco se la colocó y él le ayudó a amarrarla por atrás, ya que el rubio apenas podía mover los brazos por el dolor en su espalda.
-Debo avisar a mi padre que me quedaré aquí, o se la pasará buscándome. –Meditó el rubio y Oliver asintió dándole la razón.
-No te preocupes, yo mismo iré a avisarle. –Le dijo mientras se encaminaba a la puerta-. Llámame si necesitas algo. Que descanses.
Oliver salió de la habitación y Draco terminó de desvestirse para acostarse en la cama. Recordó que no había cenado aún, pero eso no le importó. El hambre se le había ido desde el momento en que se enteró que Remus Lupin era un licántropo. Se encogió sobre el colchón y se apresuró a cubrirse con la delgada sábana. La luz de la luna entraba de lleno por su ventana y con un hechizo la aseguró y corrió las cortinas.
Deseando alejar de su mente la idea de tener a un Hombre Lobo como vecino, el muchacho concentró sus pensamientos en cosas más agradables. Una sonrisa se dibujó en sus labios al recordar al bebé de Oliver, y a Oliver tan ilusionado con él. Unos minutos después y agotado por todos los sucesos de ése día, Draco se acomodó boca abajo y abrazando la almohada no tardó en quedarse dormido.
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Lucius y Remus se encontraban aún en lo alto de la colina. El licántropo había dispuesto el contenido de su maleta sobre el verde pasto y ahora el rubio disfrutaba de una hermosa vista de la luna, tendido sobre la suave colcha café que Remus siempre llevaba con él a la Casa de los Gritos.
-Si antes Draco huía de mi presencia, después de ésta noche no querrá volver a cruzarse en mi camino. –Junto a él, Remus también reposaba compartiendo la única almohada, sus cabellos castaños mezclándose con los rubios de su compañero.
-No deberías preocuparte demasiado. El que haya decidido entregarte la poción sin armar más alboroto, demuestra que está dispuesto a llevar las cosas en paz.
-El que no me maldijera ya fue suficiente para mí. –Agregó Remus en son de broma-. Con eso debo darme por bien servido.
Aunque Lucius reconoció el buen humor en las palabras de Remus, también pudo notar un dejo de dolor en ellas. Era obvio que el rechazo hacia su condición había sido un mal recurrente a lo largo de su vida. Tanto como sus transformaciones cada luna llena.
-Se supone que debería estar acostumbrado. –Lucius desvió su mirada azul del cielo nocturno para poner atención al hombre a su lado. Por lo que acababa de decir pareciera que el licántropo había escuchado sus pensamientos.
Lo miró con insistencia para animarlo a seguir. Remus sólo suspiró, enredando sus largos dedos entre las finas hebras rubias, tratando de ordenar sus ideas. Entrecerró sus dorados ojos y cuando los abrió, la mirada azul de Lucius continuaba posada sobre él.
-¿Puedes verlas con claridad? –Lucius frunció el ceño sin entender. Remus tomó la mano del rubio y la dirigió a su rostro, haciendo que con sus dedos recorriera todo su contorno. Lucius comprendió a qué se refería cuando sintió por encima de la piel, las huellas que sus transformaciones le dejaban.
-Sólo si te toco. –Le respondió en un susurro mientras seguía acariciando la piel de su rostro-. A simple vista sólo son unas líneas muy tenues, casi rojizas. Pero nada que pueda hacer evidente tu condición.
-Algunas personas no pueden reconocerlas y con ellas nunca tengo problemas. –Reveló el licántropo, disfrutando de la calidez de los dedos de Lucius sobre su piel-. Pero algunas personas sí las identifican, y entonces se alejan de mí aunque sea luna nueva. No tienes idea de la cantidad de lugares de donde me han pedido que me marche. Y a veces... no son muy amables.
Remus guardó silencio y cerró los ojos para seguir disfrutando del tacto de las manos de Lucius. Éste lo observó durante un largo momento, sin terminar de entender cómo alguien tan dulce como él podía ser víctima de tantos rechazos.
No pudo evitar sentirse molesto consigo mismo, siendo él un hombre que a lo largo de su vida rechazó todo aquello que no poseía sangre pura. Y aunque no de forma directa, él también era responsable de lo que Remus y todos los de su condición tenían que soportar por culpa de los prejuicios.
Remus ocultó su rostro en el cuello del rubio y respiró con fuerza cuando sintió su vena latir con rapidez. Depositó un suave beso en ella obteniendo como respuesta un largo suspiro del hombre a su lado.
-¿Te acompañará Black en ésta Luna Llena?
-Él tenía planeado hacerlo, pero le dije que no. –Respondió Remus, desalentado-. Aunque Harry ya no vomita con tanta frecuencia, aún corre riesgo de ahogarse. Le pedí que no lo dejara solo bajo ninguna circunstancia.
-Entonces, yo me quedaré contigo éstas noches. –Susurró Lucius a su sensible oído y Remus levantó el rostro para enfrentarlo.
-No sabes lo que dices. –Lo miró con gravedad a través del velo que sobre sus ojos formaban sus despeinados cabellos-. Podría ser peligroso.
-¿Por qué habría de serlo? –Fue la respuesta insistente del rubio-. Te acabas de beber la poción.
-Eso no es una garantía. Mis transformaciones son influenciadas por el poder que ejerce la luna. Y aunque la poción también ayuda, algunas veces son más violentas que otras. –Negó con la cabeza-. No voy a permitir que algo malo te suceda por mi culpa.
-No me sucederá nada. Y si me ocurre será sólo por mi culpa, de nadie más. –Lucius se enderezó sobre uno de sus codos para quedar frente a él-. Te propongo algo... si veo que te pones violento, desapareceré.
-No digas tonterías. Mis conversiones a Hombre Lobo no son un espectáculo muy bonito a la vista. Podrías paralizarte del susto. –Remus comenzaba a enfadarse-. ¿Qué harás si te ataco? ¿Podrás reaccionar con rapidez?
-El que esté postrado en una silla de ruedas no quiere decir que no sepa cuidarme. –Refutó Lucius, molesto. Remus se recostó en la colcha y colocó las manos debajo de su cabeza, su mirada fija en la dueña de sus más grandes temores.
-Sé que sabes cuidarte. Y que ésa silla de ruedas no impedirá que te defiendas de ser necesario. Pero... de no ser así... –Remus desvió su mirada de la luna para posarla sobre el rostro de finas facciones que se hallaba a una distancia muy pequeña del suyo-. No soportaría que te convirtieras en un desgraciado como yo por el resto de tu existencia.
Lucius posó un dedo sobre sus carnosos labios y sonrió de manera seductora, haciendo que Remus suspirara, perdiéndose en el intenso azul de sus ojos cuando él le respondió.
-No me importaría convertirme en uno... si eso me garantiza que el resto de mi vida podré pasar cada Luna Llena a tu lado.
Remus no encontró más argumentos, ni quiso buscarlos cuando sintió los cálidos labios de Lucius posándose sobre los suyos. Se acomodó entre sus fuertes brazos y se dejó llevar, sintiendo su corazón latir con tanta fuerza como nunca antes. Y haciendo a un lado a la Luna y a sus temores, Remus decidió aceptar la propuesta de Lucius y aventurarse en la locura de pasar ésas noches con él.
"Tal vez no sea tan difícil si tú estás a mi lado..." Fue su último pensamiento antes de besar a Lucius con la misma entrega. Y Lucius agradeció la cercanía de la Luna Llena al recibir la apasionada respuesta a sus besos.
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Eran casi las tres de la madrugada cuando el dolor en su espalda arrebató a Draco de su descanso. Un pequeño quejido brotó de sus labios al tratar de incorporarse, por lo que decidió permanecer boca abajo y dejar que el dolor menguara. Pero después de varios minutos en los que el dolor aumentó, el rubio decidió que necesitaba beber otra poción.
Se levantó de la cama con mucho esfuerzo, sin poder creer que un simple golpe pudiera ocasionar un dolor tan fuerte como el que estaba sintiendo. Extendió su brazo para girar la perilla de la puerta y ésta se abrió antes de que pudiera tocarla. Al verlo de pie, Oliver frunció el ceño y depositó la bandeja de las pociones sobre el velador.
-No debiste levantarte, sino llamarme. –Le reprendió el moreno mientras lo tomaba del brazo con cuidado para ayudarlo a volver a la cama-. ¿Tienes mucho dolor?
Draco asintió, dejándose conducir con docilidad por el enfermero. En segundos, se hallaba sentado en su cama y bebiendo una poción analgésica. Oliver encendió una candelilla sobre la mesita y lo esperó con paciencia, para después ayudarlo a colocarse boca abajo de nuevo.
Se sentó en la cama junto a él, y Draco descansó su cabeza sobre la almohada y cerró los ojos cuando sintió que Oliver le desataba el amarre de la bata para descubrir su espalda.
-No me sorprende que te duela tanto. –Oliver abrió el frasco que contenía la pomada y embarró sus dedos con ella, frotándola para entibiarla-. Tienes un enorme moretón.
El rubio apretó los labios cuando sintió el calor de la mano de Oliver sobre su espalda adolorida. El moreno era muy cuidadoso al untársela y no presionaba demasiado para evitar más dolor.
Draco apreció el esmerado gesto al sentir que el dolor disminuía poco a poco y suspiró tratando de grabarse el tacto suave y delicado de la mano de Oliver sobre su piel. Era una sensación muy cálida y agradable, como una caricia. Se sintió como un niño mimado y sin darse cuenta, sus labios dibujaron una suave sonrisa.
A la luz de la vela, Oliver observó que el rostro de Draco se relajaba y sonreía, y supo que el dolor estaba pasando. Satisfecho, dejó la pomada a un lado y después de atar el cordón de la bata cubrió su cuerpo con la sábana blanca.
-Ya está. Y procura no volver a levantarte. –Draco abrió los ojos y vio con pesar que Oliver ya se había puesto de pie y se acercaba a la puerta. Al ver el gesto del rubio, el Gryffindor le dirigió una mirada dulce y regresó a su lado-. ¿Necesitas algo más?
-¿Avisaste a mi padre que me quedaría?
-No lo encontré en sus aposentos. –Respondió Oliver mientras volvía a sentarse junto a él-. Le dejé una nota pero no ha venido a verte. Tal vez no ha vuelto aún.
Draco frunció el ceño, extrañado ante la respuesta de Oliver. No pudo dejar de preguntarse dónde estaría su padre a ésas horas de la noche. La imagen de Remus Lupin se presentó en su mente, pero la idea le pareció tan disparatada que desapareció tan rápido como había llegado.
Bostezó, acomodando su cabeza sobre su almohada y sus brazos bajo ella. Ya hablaría con su padre en la mañana, era viernes y no podía faltar a su terapia. Sintiendo la cálida presencia de Oliver a su lado, cerró los ojos y dejó que el sueño lo venciera.
Oliver permaneció sentado junto a él, mirándolo dormir. Era extraño, pero cuando el rubio estaba cerca sentía que una gran sensación de paz inundaba su corazón. Como si su cercanía fuera un bálsamo, un alivio a su melancolía.
Sonrió al recordar su rostro extasiado cuando observaba a su bebé y a su mente volvió el día en que Poppy le contó que él había ido a buscarlo, la noche del sepelio de Blaise. Le hubiera gustado poder recordar todo con claridad y saber qué sucedió, cómo fue que Malfoy lo encontró y lo llevó a la enfermería. Y el porqué de su preocupación por él y por el pequeño que llevaba en su vientre.
-Tal vez algún día lo sabré... –Murmuró posando una mano sobre la suave mejilla del rubio, tratando de no despertarlo-. Lo único que ahora sé, es que nunca tendré con qué pagarte lo que aquélla noche hiciste por mí, y por mi bebé.
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La mañana del viernes sorprendió a Lucius en la colina, con Remus entre sus brazos. Era la primera vez que recibían un amanecer los dos juntos desde que más de veinte años atrás le dijera adiós para no volver a verlo. Y aunque sólo se habían dedicado a besarse y a consentirse con mutuas caricias, no podía negar que ésa noche había sido especial. Remus parecía más entregado. Más... enamorado.
Remus siempre había sido apasionado en sus encuentros, sin importar las circunstancias en las que se dieran. Él tenía la capacidad de sorprenderlo en la cama con detalles inesperados, era un excelente amante al que no podía negarle nada. En momentos de intimidad era impaciente. Pero la noche anterior, Remus había demostrado todo lo contrario al aceptar de buen grado que sus caricias no pasaran a más.
Y con ésa actitud le había hecho saber que esperaría hasta que Lucius se sintiera listo para hacer el amor con él, sin que el recuerdo de su recién fallecida esposa se interpusiera entre ellos. Por otro lado, él sabía que la cercanía de la Luna Llena a veces influenciaba sobre algunas facetas de su personalidad. Sonrió para sus adentros mientras hacía nota mental de ello, tal vez más adelante pudiera sacarle provecho.
Remus se revolvió entre sus brazos despertando poco a poco, sus dorados ojos abriéndose para dar la bienvenida a la luz del sol. Correspondió al beso de Lucius, estirándose con pereza para alejar los últimos rastros de sueño y permaneció abrazado a él hasta que la brisa fresca de la mañana terminó de despejarlos.
-¿A qué hora te marcharás a la Casa de los Gritos? –Lucius se incorporó y haciendo uso de su varita se acomodó sobre su silla. Con otro hechizo dejó impecables su cabello y sus finas túnicas.
-Se supone que ahí debí dormir anoche. –Remus agitó su varita y la pequeña maleta quedó lista. El hombre la colocó sobre su hombro y se agachó a la altura de Lucius para mirarlo a los ojos-. Pero me alegra haber encontrado un lugar mejor que ése.
-Para cuando quieras. –Remus sonrió ante la invitación, cosa que le agradeció con un ligero beso-. Debo ir a mi terapia, ¿Quieres que traiga algo para desayunar?
-Sólo si desayunas conmigo.
-Dalo por hecho. –Lucius elevó su silla para dirigirse al Castillo-. Te veré más tarde en la Casa de los Gritos.
-¿Estás seguro que quieres quedarte? –Preguntó Remus cuando el rubio ya se alejaba-. Aún estás a tiempo de arrepentirte.
-Ni lo pienses. –Remus sonrió al escuchar las palabras de Lucius antes de que la brisa se las llevara. Se apresuró a bajar de la colina para llegar a la Casa de los Gritos lo más rápido posible. Desde que volviera a ella para sus transformaciones nunca se había tomado la molestia de arreglarla un poco. Ahora recibiría una visita muy especial y aunque sabía que no podía hacer milagros, por lo menos intentaría dejarla presentable.
Lucius entró a sus aposentos y se dirigió a la habitación de Draco, pasando por encima de la nota de Oliver sin darse cuenta. Por la hora, calculaba que el muchacho aún dormía. Se extrañó al ver la cama no sólo vacía, sino también hecha, como si la noche anterior no hubiera sido ocupada por su dueño.
Suponiendo que el muchacho se había quedado en los aposentos de Severus, como fuera su costumbre durante los días que él se ausentara, salió de la recámara y se dirigió a la suya para darse un baño y cambiarse. Al volver a la puerta principal para salir a buscar a Draco fue cuando se percató del aviso de Oliver y su ceño se frunció en preocupación al terminar de leerla.
Y aunque en la nota decía que Draco se encontraba bien y que sólo se quedaría en observación durante la noche, el hombre apresuró su llegada a la enfermería para encontrarse su hijo.
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Oliver bostezó por quinta vez y se levantó para estirarse y volver a bostezar. Dio una vuelta por la oficina y se volvió a sentar para contemplar con fijeza una pequeña esfera sobre su escritorio, mientras acomodaba su rostro entre sus manos. Otro bostezo lo obligó a cerrar los ojos, al tiempo que dejaba que su cabeza resbalara hasta descansar sobre la fría madera.
Se levantó de inmediato cuando la esfera emitió un suave sonido. Tomó dos frascos de la gaveta y salió de la oficina para dirigirse a la habitación de al lado.
-Buenos días, Malfoy. –Draco respondió a su saludo y se talló los ojos tratando de despertar. Oliver abrió las cortinas para dejar entrar la luz-. Es hora de tu poción.
Draco se sentó recargando su espalda contra la cabecera, y un punzante dolor le recordó que no debía volver a hacerlo. Oliver esperó a que el rubio encontrara una posición más cómoda antes de entregarle la poción, que Draco bebió al tiempo que observaba al moreno desaparecer por la puerta del baño. Escuchó el ruido del agua de la regadera y frunció el ceño, extrañado.
-Tu ducha está lista, puedes bañarte cuando quieras. –Oliver salió del baño y se acercó a la puerta, desde donde siguió hablando-. Volveré en un momento para ponerte la pomada.
Draco asintió en silencio y se despojó de su bata para entrar a la ducha. Cerró los ojos al sentir la tibieza del agua recorrer todo su cuerpo, ayudándolo a despejarse. Sólo hasta ese instante cayó en la cuenta de lo que Oliver acababa de decir. Sonrojado, terminó de bañarse y se secó con rapidez. Su ropa, ya limpia, estaba bien doblada sobre la silla junto a la ventana.
Cuando Oliver regresó, él ya tenía puesto su pantalón y se encontraba sentado en la orilla de la cama. Oliver llevaba una bandeja en la mano y un delicioso aroma inundó la habitación cuando la depositó sobre la mesita, junto a su paciente. Draco bebió un poco de jugo de mango y tomó una rebanada de pan untada con mermelada, que masticó con lentitud.
Oliver no pudo dejar de admirar la elegancia en los pausados movimientos del rubio, y se imaginó que su educación debió haber sido muy rígida en cuestiones de etiqueta. Ignorante de su observación, Draco saboreaba con deleite cada bocado. No había cenado la noche anterior y el desayuno le pareció delicioso.
Sabiendo que no debía molestarlo, Oliver se sentó en la silla y se dedicó a contemplar la mañana a través del ventanal, dejando que comiera tranquilo. Draco probó una rebanada de tarta de fresa y terminó de beber su jugo, satisfecho. Sólo hasta entonces recordó la presencia del moreno.
Depositó la copa vacía sobre la bandeja y lo observó durante un largo momento. Oliver tenía la cabeza recargada contra el cristal y el sol que entraba por la ventana iluminaba parte de su rostro. Sus ojos cafés estaban entrecerrados, como si estuviera perdido en sus pensamientos. Draco se puso de pie y se acercó al Gryffindor sorprendiéndose cuando descubrió que el muchacho en realidad estaba dormido.
"¿Qué clase de enfermero se duerme en sus horas de ronda?" Se preguntó divertido, dudando entre despertarlo o dejarlo ahí, y decidió que ésa no era la mejor posición para dormir. Colocó una mano sobre su hombro y Oliver se sobresaltó cuando volvió en sí.
-Lo siento... me estaba quedando dormido. –El moreno se puso de pie y se estiró para alejar el sueño-. ¿Terminaste de desayunar? Voy a untarte la pomada.
Draco regresó a su lugar en la orilla de la cama y como la vez anterior, se dejó mimar por la calidez de la mano de Oliver sobre su piel. Y sin saber porqué, Oliver no quiso que ése breve momento terminara. Sentía que si alejaba su mano de ésa firme y suave espalda caería en un abismo, como si el cuerpo que tenía frente a él lo estuviera sosteniendo a través de ése cálido y sutil contacto.
Sin pensarlo, acercó su nariz para aspirar su aroma y pudo percibir el olor del jabón que acababa de usar en su ducha. Y otro perfume que le pareció familiar, pero era tan tenue que no supo recordar de dónde lo conocía. A Draco se le erizó la piel al sentir el calor de la respiración de Oliver, demasiado cerca. Al darse cuenta, el moreno regresó a su sitio y terminó lo que hacía, sin poder evitar sentirse avergonzado por lo que el rubio pudiera pensar de él.
Se puso de pie y Draco lo imitó mientras trataba de vestirse, pero no pudo evitar un gesto de dolor cuando intentó ponerse la camiseta. Oliver se percató de ello y se acercó a él para ayudarle.
-Trata de no mover demasiado los brazos. –Le aconsejó, colocándose frente a él después de ayudarle con la camisa. Draco no supo cómo reaccionar cuando el moreno comenzó a abotonarla de forma inconsciente, como si fuera un acto al que hubiera estado acostumbrado. Cerró sus grises ojos al imaginar que tal vez era un ritual que él y Blaise llevaban cuando vivían juntos.
Se imaginó a Oliver ayudando a Blaise a vestirse y abotonando su camisa, y después despidiéndose de él con un beso antes de atravesar la chimenea del departamento para ir a la enfermería. Se separó de él, como si su cercanía le doliera, y pudo ver que Oliver caía en la cuenta de lo que hacía cuando se sonrojó, apenado al descubrirse ayudándole a hacer algo que él podía hacer solo.
Temiendo haberlo molestado le dio la espalda para acercarse a la mesita, de donde tomó la bandeja dispuesto a salir de la habitación. Al verlo, Draco se atravesó en su camino para evitar que se fuera. Después de un momento de meditarlo, llegó a la conclusión de que tal vez sólo era un gesto de atención que él tenía hacia sus pacientes.
-Te agradezco la ayuda.
-No fue nada. –Oliver se dirigió a la puerta con pasos lentos, tratando de mantener el equilibrio de la bandeja con una mano mientras con la otra trataba de abrir la puerta-. Es mi trabajo.
Sin saber porqué, Draco se sintió molesto ante la respuesta del moreno. De algún modo egoísta había preferido pensar que ésa atención sólo había sido para él. Y el saber que Oliver era igual de atento con los demás pacientes le hizo sentir desilusionado. Sus pensamientos fueron cortados de golpe al escuchar que la puerta se abría, dando paso a Poppy y detrás de él, a su padre.
-¿Qué haces aquí, muchacho? Tu turno terminó hace tres horas, deberías estar durmiendo. –Draco frunció el ceño al escuchar a Poppy y volteó a ver al moreno. Al saberse descubierto Oliver se sonrojó, su mirada café fija en algún punto en el suelo.
-¿Tu turno terminó hace tres horas? –Le preguntó, sorprendido. Oliver levantó su mirada café y sonrió, apenado.
-Yo... ya me iba a descansar. –Salió de la habitación seguido por la enfermera, y dejando a un Draco bastante confundido. Después de unos segundos recordó que su padre estaba en la misma habitación y se volvió a él para saludarlo.
-Buenos días, padre. –Lucius correspondió a su saludo, más tranquilo al comprobar que lo que decía la nota era verdad-. Veo que llegas a tiempo para tu terapia.
-Encontré éste aviso debajo de la puerta. –Le respondió Lucius, mostrándole la nota escrita por Oliver-. ¿Qué te ocurrió?
-¿Recuerdas la caída de anoche? –Lucius asintió-. Me golpeé la espalda contra una piedra y me hice una cortada pequeña.
-¿Y se puede saber por qué no me dijiste nada?
–No fue nada serio, sólo un pequeño golpe. –Draco se encogió de hombros y se acercó al ventanal. Lucius observó la lentitud con la que el muchacho se movía, por lo que supuso que la herida lo tenía resentido-. Poppy me ordenó que me quedara aquí. Ya la conoces, siempre exagera las cosas. ¿Dónde estuviste anoche?
Lucius se descolocó ante la pregunta inesperada de su hijo y guardó silencio, sin saber qué responderle. El regreso de Poppy evitó que el muchacho insistiera, cosa que el hombre agradeció. La enfermera examinó al muchacho y lo dejó marcharse después de darle algunas recomendaciones, tras lo cual se dirigieron al área de ejercicios donde ya los esperaba el terapeuta que el doctor Green les enviara.
-Lamento que hoy no podamos desayunar juntos. –Se disculpó Lucius cuando al terminar la sesión de terapia se dirigieron a la salida-. Recibí una invitación y no puedo rechazarla.
-No te preocupes, desayuné temprano en la enfermería. –Fue la respuesta de Draco. Y al recordarlo, el muchacho agradeció que su padre no pudiera ver el sonrojo que se formaba poco a poco en sus suaves mejillas.
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El día transcurrió demasiado rápido para los dos hombres que se encontraban solos en la Casa de los Gritos. Para Lucius, las horas en la agradable compañía de Remus se le escurrieron como agua entre los dedos, pues desde que reanudara sus encuentros con él, era la primera vez que pasaban juntos un día entero.
En lo referente a Remus las cosas sucedieron desde otra perspectiva. Para él, las horas previas a la aparición de la Luna Llena siempre eran las más difíciles. Deseaba ser más que un simple mortal para poder detener el transcurso del tiempo y evitar que la tan temida noche llegara acompañada de la inevitable y dolorosa transformación.
Y ésa noche no sería la excepción. Lucius pudo observar que conforme el día avanzaba y la tarde iba cayendo, su compañero se volvía inquieto y ansioso. Sus ojos dorados vagaban su mirada de un rincón a otro de la habitación donde se encontraban, y que él mismo había arreglado para evitar que la luz de la Luna se filtrara, y así retrasar el momento doloroso el mayor tiempo posible.
Pero ambos sabían que eso no serviría de nada. Tarde o temprano la Luna Llena se mostraría en todo su esplendor y sus luminosos rayos invadirían cada rincón de ése lugar sin pedir permiso, como totales dueños por ésa noche de la voluntad de Remus y de sus instintos.
-No necesitas quedarte... –Repitió el licántropo con voz temblorosa, viendo cómo la oscuridad de la habitación se volvía cada vez más tenue-. Vete, Lucius... aún estás a tiempo...
-No me iré, Remus. –Le respondió el rubio, convencido de sus palabras. Aunque no podía imaginarse lo que vería más tarde en ésa misma habitación, él había tomado una decisión y no daría marcha atrás-. Me quedaré aquí, contigo.
-Por favor... vete... ahora... –Lucius frunció el ceño cuando un haz de luz entró por una ranura en el techo, y a través de ella pudo ver el resplandor de la Luna-. Ah... por favor... aléjate...
-No lo haré. –Lucius repasó en su mente el plan que habían acordado.
Cuando llegara el momento, despejaría la única salida para dejar el camino de Remus libre hacia el Bosque Prohibido. Él se elevaría en su silla hacia un punto más alto, fuera del alcance del Hombre Lobo. Comprendió que ése momento había llegado cuando la mirada de Remus se fijó en la suya, lágrimas cristalinas brotando de sus dorados ojos.
Con un hechizo, despojó a Remus de su ropa para evitar que la destrozara durante su transformación y el aire frío de la noche refrescó su cuerpo desnudo, estremeciéndolo. Lucius elevó su silla de ruedas al mismo tiempo que la cabeza de su compañero se elevaba hacia el cielo, que en ése momento se iluminaba de lleno con la luz de plata de su pálida reina.
Aunque Lucius ya se había informado por todos los medios posibles sobre el proceso de transformación de un hombre a Hombre Lobo, jamás se imaginó que la realidad fuera tan abrumadora, tan violenta... tan conmovedora. Remus parecía estar luchando con todas sus fuerzas y perdiendo poco a poco la batalla contra su naturaleza.
Remus aún tuvo tiempo de dirigir una última mirada hacia Lucius antes de que la luz de la Luna se posara de lleno sobre su trémulo cuerpo. Gritó, y a los oídos de Lucius fue un alarido de temor, de dolor y de rabia, que hizo que cada vello de su cuerpo se erizara y sus ojos azules se dilataran alertando todos sus sentidos.
Otro grito, en el que Lucius ya no pudo reconocer la voz del hombre, hizo que apretara con fuerza la silla sobre la que se hallaba sentado, sus nudillos volviéndose blancos mientras sentía que el aliento se congelaba en sus pulmones, impresionado ante la vista de lo que ocurría a sólo unos metros de él.
Siempre levantado hacia el cielo, el rostro antes sereno adquirió una apariencia dura, feroz. Lucius se sintió estremecer al ver cómo la piel bronceada tornaba a una palidez etérea, casi irreal. El cuerpo fibroso, casi perfecto que él tanto disfrutaba acariciar comenzó a transformarse, haciendo que sobre las heridas antiguas en su piel se abrieran nuevas heridas.
El lobo surgió poco a poco ante la mirada atónita de Lucius. Un ser con apariencia feroz, pero que también guardaba parte de su apariencia humana. Sus ojos azules se encontraron con los dorados de la criatura a unos metros de él, y tuvo que esforzarse mucho para poder reconocer algo de Remus en ellos.
Su pelaje resplandeció a la luz de la Luna. El Hombre Lobo permaneció en su lugar y lo que antes era un dulce rostro, ahora un hocico puntiagudo y con filosos colmillos se abrió y un aullido fuerte y prolongado lo sobrecogió, haciendo a todo su cuerpo temblar contra su propia voluntad.
El ser mitad hombre y mitad bestia continuó parado en el centro de la habitación, mirando a Lucius con infinita curiosidad. "No te acerques a mí..." habían sido las palabras en forma de súplica que Remus le dijera y repitiera una y otra vez unas horas antes. "Bajo ninguna circunstancia te acerques a mí..."
-¿Remus? –La criatura lo observó con fijeza, sus ojos dorados siguiendo la trayectoria descendente del hombre que ahora se encontraba frente a él, a una distancia aún prudente. La salida se encontraba a espaldas de Hombre Lobo, y Lucius se preparó para elevarse de nuevo si recibía una respuesta violenta.
En vez de eso el Hombre Lobo olfateó el aire, tratando de reconocer los olores que lo rodeaban. Lucius se hizo para atrás cuando la criatura se aproximó a él con lentitud, la curiosidad dominando sobre su instinto. Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro de Lucius cuando comprendió que la Poción Matalobos estaba haciendo efecto.
Con gran lentitud y haciendo a un lado sus temores, extendió una mano para acariciarlo y la criatura no hizo nada por evitar el contacto. Dejó que Lucius posara su mano sobre su antebrazo, admirando las grandes y filosas garras que ocupaban el lugar de sus manos, y se estremeció al sentir el cálido y suave pelaje que ahora era espeso a la altura del fuerte pecho y los largos brazos.
Lucius suspiró, admirando al ser frente a él en todo su esplendor. "Hermoso..." fue la única palabra que su cerebro alcanzó a procesar mientras el Hombre Lobo se erguía en todo su tamaño frente a él, y Lucius se sintió pequeño ante ésa majestuosa criatura, salvaje y oscura. Lo miró a los ojos, y pudo ver que las lágrimas que Remus derramara minutos antes aún humedecían parte de su rostro.
Un aullido a lo lejos provocó que el breve encuentro físico entre el hombre y la criatura se rompiera. El lobo aulló en respuesta, deseoso por acudir al llamado de la naturaleza. Regresó su mirada hacia Lucius y éste volvió a elevar su silla, en una clara insinuación de despedida.
El Hombre Lobo volvió a olfatear el aire en busca de los olores que lo acompañaban cada Luna Llena. Salió de la Casa de los gritos y se perdió en la espesura del bosque. Lucius hechizó la única entrada para evitar que alguna otra criatura pudiera acecharlo, y se preparó para pasar en vela toda ésa noche.
-Te esperaré aquí, Remus... –Murmuró al tiempo que enfocaba su mirada en su blanca y hermosa rival.
Y ella, brillante y retadora, hirió con sus rayos sus azules pupilas como claro recordatorio de que una vez al mes, era la invencible dueña del cuerpo y de la mente del hombre que él tanto amaba.
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En una isla lejana ubicada en medio de las gélidas aguas del Mar del Norte, la Fortaleza de Azkaban se alzaba resistiendo, imperturbable, los embates de la marea ocasionados por las violentas tempestades, que hacían de ésas turbulentas y heladas aguas un sitio que sólo se arriesgaban a surcar los más avezados navegantes.
A su alrededor, como eternos y horribles espectros los Dementores rondaban vigilantes, alimentándose poco a poco de los sentimientos positivos de los desafortunados habitantes de ésa oscura y helada prisión. Tan oscura como las mismas aguas sobre las que se hallaba asentada. Tan helada como el aliento de sus terribles guardianes.
Dentro de una pequeña celda sin ventanas, cuyos resquicios dejaban pasar el inclemente frío convirtiendo en vaho su cálido aliento, Severus Snape se abrazaba a sí mismo, refugiado en el más pequeño rincón y tratando de robarle a las grises paredes un poco del calor que su aterido cuerpo necesitaba.
A una semana de su llegada a ése lugar, el hombre no había tenido contacto alguno con nadie en el exterior. Su única conexión con el mundo eran dos arrugadas cartas que con mucho celo guardaba debajo de su almohada, y que habían sido escritas por Lucius y entregadas por el guardia en turno.
La primera había llegado a sus manos un día después de su arribo a la prisión. En ella, el rubio le explicaba los trámites que los abogados estaban llevando a cabo para su defensa. Y le prometía visitar a viejos conocidos que le debían algunos favores, para que influyeran en la postergación del juicio el mayor tiempo posible.
La segunda carta había llegado ése mismo día. Lucius acababa de informarle que el Winzegamot había decidido fijar la fecha de su Juicio para el día treinta y uno de ése mismo mes, y que la primera intención era la de establecerlo para el día veinticuatro. Severus intuyó que las influencias de Lucius le habían valido una semana más de espera.
Y aunque al profesor de Pociones le hubiera gustado recibir noticias sobre su pareja, se imaginó que al no mencionarlo en sus cartas Lucius le estaba dando a entender que Harry aún no despertaba.
Severus tiritó mientras se envolvía con la única colcha que tenía. Sus negras túnicas le habían sido cambiadas por un uniforme beige de tela tan delgada que a pesar de estar hechizada para conservar el calor, el profesor sentía que se congelaba. Era más que obvio que la persona que diseñara ésa ropa jamás había pisado ésa prisión.
Temblando de frío, se acercó a una de las pequeñas grietas y se asomó para poder contemplar del exterior lo poco que se podía. La Luna Llena asomó por un breve instante detrás de una nube, para volver a ocultarse con rapidez. Severus se hizo para atrás por instinto cuando un Dementor pasó cerca de él, intuyendo su cercanía.
Cedió en su vano esfuerzo por distinguir algo de luz en medio de las sombras que rodeaban toda la fortaleza. Las nubes negras seguían ocultando la luna y se sobresaltó al escuchar un trueno muy cercano. La tormenta arribaba puntual, como cada noche desde su llegada a ése sombrío lugar.
Se acostó en el duro colchón que hacía de cama y posó su cabeza sobre la almohada, su mente dando paso a los recuerdos de sus días junto a Harry. Evocar sus verdes ojos como esmeraldas y su piel suave y lozana hacía de sus noches en prisión algo más soportable.
Cuando se sintió saciado de la dulce memoria de su pareja cerró sus negros ojos y trató de dejar su mente en blanco, para evitar que los Dementores pudieran robarle sus bellos recuerdos mientras dormía. Él sólo llevaba una semana encerrado y ya se sentía enloquecer, y no pudo evitar preguntarse cómo hiciera Sirius Black para poder soportar tantos años de terrible soledad.
Antes de que su mente se cerrara, Severus tuvo tiempo aún para suspirar el nombre de Harry, abrazando la fría almohada y deseando poder sentir en su lugar el suave calor de su cuerpo joven y amado.
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Sirius despertó en su sillón, sobresaltado. Acababa de tener un sueño muy extraño que al tratar de recordar se desvaneció, frustrándolo. Se puso de pie y caminó descalzo hacia la cama de Harry, donde el muchacho continuaba descansando. Después de tocar su frente para cerciorarse que no tuviera fiebre se acercó a la ventana y entreabrió las oscuras cortinas.
El sol entró de lleno, iluminando la habitación. El animago miró su reloj y vio que ya era bastante tarde. Se preguntó cómo estaría Remus, lamentándose por no haber estado con él la noche anterior. Suspiró con pesar al darse cuenta que se le estaba haciendo costumbre no estar a su lado en ésos días tan dolorosos, y sabía muy bien que era algo que Remus también resentía.
Un extraño ruido cerca de él lo hizo emerger de sus pensamientos. Sirius volvió su mirada azul hacia el lugar de donde provenía, y sintió que su corazón se saldría de su pecho. Harry estaba forcejeando con una de las mangueras conectadas en su mano y se revolvía en un doloroso esfuerzo por librarse de su inconsciencia.
-¿Harry? –Sirius dejó correr la cortina y se colocó a su lado, temblando de anticipación-. ¿Me escuchas?
El muchacho se estremeció, y en un supremo esfuerzo sus labios secos se abrieron dejando salir un nombre en medio de un susurro que a oídos del animago, se escuchó como un grito que taladró sus oídos e inundó todo su ser de preocupación y temor.
-Se... ve... rus...
Continuará...
Próximo capítulo: Si tú estás a mi lado. Segunda Parte.
Respuesta a los reviews:
Nan: Hola Nan, no te preocupes, es un placer volver a verte por aquí. Sev ya está en Azkaban, pero no será por mucho tiempo, como podrás ver. Jejeje, tramo un final feliz, no lo dudes. Sobre Sirius, verás que no tardará en entrar en razón, a su manera. Me alegra que te agrade la pareja de Remus/Lucius, a mí también me gusta mucho. De Harry sabrás muy pronto, ya lo verás. Gracias por tu comentario y besos para ti también.
Lalala: Hola lalala, en el inicio de cada capítulo está la nota: "He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes... para poder adaptarlos a mi historia". Lamento si te ha incomodado, aunque como podrás ver en este capítulo, ése detalle no influyó gran cosa en la trama principal, y me ha servido para una o dos cositas que quería que sucedieran, nada más. De cualquier manera gracias por tomarte la molestia de dejar un comentario.
Notas:
Sé que éste no ha sido un capítulo muy revelador, pero es de esos que a veces son necesarios para que la historia pueda seguir su curso natural. Muchas gracias por leerlo.
Y gracias por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
