Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Afuchar3, Devi, Euge, Sumset y Nan, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXV
En busca de respuestas.
Primera Parte.
Draco encogió sus compras para guardarlas en el bolsillo secreto de su túnica, antes de salir de la tienda en la que acababa de adquirir algunos ingredientes. Era sábado y le tocaba surtir el laboratorio. Hagrid ya le había hecho el favor de entregarle la dotación de las plantas que necesitaría ésa semana, y sólo le faltaba conseguir un nuevo caldero antes de regresar a Hogwarts.
A pesar de que el ambiente que se respiraba en las transitadas calles de Hogsmeade era de calma total, el rubio permanecía en constante vigilancia. Ya su padre le había pedido que tuviera especial cuidado cuando pasara cerca de algún callejón, y él no se había olvidado de eso. Detuvo su andar frente a una heladería. Era una mañana bastante calurosa y algo frío le caería muy bien.
Caminó despacio, disfrutando de su golosina y observando los aparadores hasta que se vio frente a un pequeño parque. Decidido a tomarse un breve descanso y disfrutar de la vista del estanque buscó asiento en una banca, donde terminó de saborear su helado. Estuvo varios minutos más, observando a una pareja de cisnes con sus crías antes de ponerse de pie para continuar con sus compras.
Acababa de cruzar la calle cuando vio a Oliver. El auxiliar de Poppy llevaba una bolsita de papel en la mano y pasó tan cerca de Draco que éste pensó que lo vería. Pero Oliver siguió su camino sin darse cuenta de su presencia. Movido por la curiosidad, Draco se ocultó detrás de un puesto y tomó una revista para hojearla sin perder de vista al moreno. No dejó de sorprenderse al ver que éste se sentaba en el mismo lugar donde momentos antes él saboreara su helado.
Oliver sacó algo de la bolsita, ignorando que estaba siendo observado. Después de unos momentos se puso de pie y se acercó al estanque, donde lanzó unas semillas que los pequeños cisnes devoraron. Intuyendo que no tardaría en marcharse, Draco dejó la revista en su sitio y se dispuso a cruzar otra vez la calle para alcanzarlo.
Antes de hacerlo, giró su mirada hacia uno de los callejones cercanos y volvió sobre sus pasos cuando vio algo que no le gustó. Un hombre semi oculto en la entrada del callejón observaba con demasiada insistencia a Oliver. Desde la distancia en la que se hallaba Draco no podía identificarlo, pues el hombre parecía esconder parte de su rostro. Pero pudo ver que parecía muy interesado en los movimientos del moreno.
Una extraña inquietud se hizo creciente en el pecho del rubio, quien no se movió de su sitio tratando de no ser visto por el desconocido. Vio cuando Oliver lanzó una última porción al estanque antes de guardar la bolsita y marcharse. La preocupación de Draco aumentó cuando el hombre emergió de su escondite en el callejón y comenzó a seguir al muchacho.
Oliver detuvo su andar unas calles más adelante, donde un carruaje que Draco reconoció como propiedad del Colegio ya lo esperaba, listo para conducirlo de regreso. Y aunque el rubio no alcanzó a ver el gesto de frustración del hombre al verlo marcharse, no lo perdió de vista cuando el desconocido siguió su camino hasta adentrarse en un callejón.
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Si alguna vez Mark pensó que sería fácil hacerse de su hijastro, cuando vio que el carruaje se elevaba hacia el cielo sin que él pudiera alcanzarlo su enojo no pudo ser mayor. Torciendo su ya de por sí feo rostro, el hombre se resignó a posponer su venganza contra el hijo de la que fuera su esposa y se dirigió hacia el sucio cuartucho que habitaba desde que saliera de prisión.
La suerte no había sido muy buena con él a partir de la noche que Oliver le marcó el rostro y lo envió a Azkaban. Su varita le había sido destruida y gran parte de su magia reducida durante su reclusión. Y no había tenido oportunidad de conseguir otra varita en el mercado negro, pues para eso necesitaba mucho dinero, que él no tenía.
Tampoco podía conseguir un trabajo decente, pues nadie se atrevía a darle empleo a un ex convicto. Consciente de su precaria situación y movido más por la necesidad de alcohol que de sustento, el hombre tuvo que volver a su antiguo trabajo. Un trabajo que su esposa jamás le había conocido y que ahora pagaba por lo menos el cuarto donde dormía, y todas las botellas de ron barato que el hombre necesitaba.
Gruñó en descontento cuando abrió la única cartera que ésa mañana había logrado sustraer del bolsillo de un transeúnte despistado. Nada de gran valor, unos cuantos billetes de baja denominación que servirían para pagar la renta del siguiente mes. Tiró la cartera en un rincón y buscó debajo del único mueble del cuarto hasta dar con una botella, que destapó de un tirón antes de darle un largo trago.
Escuchó que alguien tocaba a la puerta. Extrañado, el hombre se limpió la boca con la manga y escondió la botella para atender la llamada. No esperaba visitas de ninguna clase, por lo que no pudo evitar exhalar una exclamación cuando la destartalada madera crujió entre sus dedos, antes de darse cuenta que se encontraba pegado a la pared con una varita apuntando a su cuello.
-¿Quién... eres? –fue lo primero que logró articular cuando al fin pudo reaccionar.
-Ésa misma pregunta es la que yo vengo a hacerle... –Draco no pudo evitar un gesto de asco cuando vio al hombre de frente, y entontes comprendió porqué se cubría parte del rostro en la calle-. ¿Por qué estaba siguiendo a Oliver?
Pese a que aquél imponente rubio parecía ser muy joven, no había descartado la posibilidad de que se tratara de un Auror. Y Mark se permitió respirar más tranquilo cuando el nombre de su hijastro salió a colación. Aún así, decidió responder a su pregunta ante el aire amenazador que despedían sus acerados ojos.
-No es un asunto que deba importarte mucho, pero te diré... –mientras hablaba, el hombre no pudo dejar de observar las finas vestiduras del muchacho. Haciendo cuentas llegó a la conclusión de que la sola túnica que portaba ya valía para él muchos años de arduo trabajo-. Verás... Oliver y yo tenemos unas cuentas pendientes, que quiero saldar.
-¿Qué clase de cuentas? –el rubio tuvo que reprimir otro gesto de repulsión al ver que una retorcida sonrisa se formaba en los labios del hombre frente a él. Afirmó con fuerza la varita y Mark se puso serio cuando sintió que casi le atravesaba el cuello con la fina punta-. ¡Responda!
-¿Por qué estás tan interesado en saberlo? –el hombre recorrió de arriba abajo el alto cuerpo del joven. Draco sintió la mirada pesada sobre él y un escalofrío lo traspasó-. ¿Acaso tú eres su nuevo amante?
-Eso no es asunto que le importe... –Draco acortó la distancia y habló muy cerca de su rostro. El hombre se hizo para atrás intimidado ante la mirada gris, fría y penetrante que lo atravesó como una daga-. Si no responde a mi pregunta me veré obligado a utilizar la varita... y no estoy bromeando.
-Él fue quien me hizo esto en el rostro –le dijo mientras señalaba la larga cicatriz que lo atravesaba.
-Debió tener una buena razón para hacerlo, ¿No? –Mark vio en su mirada determinada que el joven hablaba en serio. Resignado, se encogió de hombros y continuó hablando.
-Su madre y yo estábamos en mitad de... una discusión.
Draco abrió grandes los ojos cuando escuchó la confesión. Recordó de pronto la advertencia de Blaise la noche de su muerte.
"No dejes que su padrastro se acerque a él..."
-Entonces... usted es su padrastro... –Draco tomó la solapa de la raída túnica, olorosa a alcohol y mugre. Mark se encogió sobre su sitio cuando la varita del rubio apuntó a su rostro, y cerró los ojos-. Escúcheme bien, porque será la primera y última vez que se lo advierta: Oliver no está solo. Así que no quiero volver a verlo cerca de él.
El hombre le obsequió como respuesta otra sonrisa retorcida, que no estuvo exenta de temor.
-Lo estaré vigilando –antes de que las náuseas volvieran con sólo verlo, Draco despegó la varita de su cuello y se dirigió a la salida, no sin antes regalarle una mirada amenazadora que hizo que el hombre se encogiera más contra la pared.
-No, yo te vigilaré a ti... Draco Malfoy –murmuró cuando al marcharse Draco, el hombre abrió su billetera para revisarla. Lo que encontró le hizo sentir una gran satisfacción. Había una gran cantidad de dinero, junto con las credenciales de Draco y una lista de cosas e ingredientes con nombres extraños.
Después de contar el dinero lo guardó en un lugar seguro, junto con las credenciales y la lista que al parecer había sido escrita por el rubio. Tal vez pudieran servirle más adelante. Sonrió, aspirando el aroma a dinero y fina piel de la costosa cartera. Ése mismo día la vendería y se daría el gusto de beber de la botella del más caro licor.
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Ron dio gracias a Merlín de que su turno en el restaurante terminara. El espectáculo del viernes por la noche era un buen pretexto para que el lugar se llenara a reventar. Y aunque las propinas eran generosas y más que bienvenidas, los exhaustos meseros que ocupaban ése turno agradecían con el alma cuando el amanecer irrumpía en el hotel a través de sus lujosas ventanas.
El pelirrojo entregó las cuentas de la noche y se despidió de sus compañeros para ir a casa. Lo único que deseaba era un baño tibio y un buen desayuno antes de dejarse caer sobre la cama. Atravesó la chimenea destinada a los empleados y emergió en la cocina de la Madriguera.
-¿No vas a desayunar? –le preguntó su madre cuando Ron pasó de largo rumbo a las escaleras.
-Bajaré en un momento, mamá –le respondió el muchacho al tiempo que se despojaba de sus prendas superiores. Le hastiaba el olor a puro impregnado en ellas. Por muy finos que fueran el hedor del humo nunca dejaría de provocarle náuseas.
Después de bañarse y vestirse, tuvo tiempo aún para visitar la habitación de Hermione. Descansaría unas horas antes de ir a verla. Y aunque la doctora Sayers no lo había citado en los últimos días para hablarle de sus progresos, él se conformaba con verla de lejos aunque fuera por unos momentos. Se recostó sobre la cama que algunas ocasiones compartiera con ella, sin evitar ruborizarse ante el recuerdo.
Él aún tenía presente el aroma de su cuerpo y la suavidad de su piel, que tantas veces se deleitara acariciando. Extrañaba sus miradas, su voz, su compañía. Añoraba los momentos en que sus ojos castaños brillaban cuando él la tomaba sin prisas, deleitándose con los suaves movimientos de su cuerpo bajo el suyo. ¡Cómo deseaba que Hermione también los recordara!
Cerró los ojos y abrazó su almohada, tan agotado que el sueño comenzaba a vencerlo. Molly se encargó de evitar que se quedara dormido cuando lo llamó para desayunar. Resignado, dejó la almohada en su lugar y al hacerlo su mano chocó contra un objeto. Intrigado, el muchacho levantó la prenda para encontrarse con algo que hizo que su corazón latiera con una fuerza inusitada.
Su rostro se iluminó cuando después de pronunciar una palabra, el libro que tenía en sus manos se abrió dejándole ver sus páginas. Emocionado, corrió hacia el escritorio y abrió uno de los cajones, de donde extrajo una caja del mismo tamaño. Pronunció la misma contraseña y rió con fuerza, sosteniendo entre sus manos el tesoro que acababa de encontrar al tiempo que recordaba aquélla noche tan especial con su novia.
"-No sabía que tuvieras un diario...
-Desde que cumplí seis años... cuando le pregunté a mi madre por qué estaba en blanco, ella me respondió que era labor mía que no siguiera así. Le pregunté qué era lo que debía escribir en él. Ella me respondió que escribiera todo aquello que viviera durante cada día de mi vida, y que creyera que valía la pena recordar..."
Una lágrima surcó la mejilla de Ron. Pero no era una lágrima de tristeza, era la esperanza que renacía en su corazón. Guardó los trece diarios de Hermione en su caja y la abrazó con fuerza. Corrió escaleras abajo y se topó con su madre, que ya iba camino a buscarlo. A Molly no le pasó por alto el gesto alterado de su hijo y le dedicó una mirada preocupada.
-¿Estás bien, Ron? –su hijo no respondió. Sólo besó la mejilla de su madre y después le mostró la caja, gesto que ella no comprendió-. ¿Qué es eso?
-Una esperanza, mamá –fue lo único que Molly escuchó de su hijo antes de verlo partir a toda prisa hacia San Mungo.
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Harry estaba muy nervioso. Una gran cantidad de reporteros lo esperaban afuera del Castillo, listos para escuchar sus respuestas a todas las preguntas que planeaban hacerle. A lo largo de ésa semana el muchacho había pedido a Draco que le leyera todas las noticias relacionadas con la derrota de Voldemort, y lo que la gente opinaba sobre la acusación de su padrino contra Severus.
Y a Draco le alegró que Harry se interesara en saber todo al respecto. Sospechaba la reacción lógica que su amigo tendría al enterarse de cómo estaban las cosas allá afuera. Después de leerle la última edición vespertina, Harry ya no soportó más habladurías de la gente y le pidió a Remus que convocara a una conferencia de prensa en el Castillo. Estaba decidido a limpiar el nombre de Severus antes de que todas ésas conjeturas sin fundamento terminaran por destruirlo.
El muchacho se dejó conducir por Remus y bajó las escaleras de la entrada para encontrarse con los reporteros. Sus oídos percibieron con claridad sus exclamaciones de sorpresa. No era lo mismo escuchar rumores de que el Salvador del Mundo Mágico había quedado ciego, que verlo por ellos mismos. Remus lo ayudó a subir a una tarima donde había una mesa improvisada frente a los periodistas, y lo hizo sentarse en una silla, junto a él.
La directora, los Jefes de las Casas de Ravenclaw y Hufflepuff, y Lucius Malfoy en representación de la Junta Escolar ya se encontraban en sus respectivos lugares, dispuestos a apoyar a Harry si el muchacho necesitaba ayuda con alguna pregunta. El resto del profesorado se encontraba ubicado a un costado.
Harry se sintió aturdido cuando a una señal de Remus, todos los reporteros comenzaron a hablar al mismo tiempo. Remus señaló a uno de ellos y los demás callaron, sus vuela-plumas listas para tomar nota de todo lo que el muchacho respondiera.
-Harry... ¿Qué ocurrió en la Mansión Riddle después de que fuiste secuestrado por el profesor Severus Snape, y llevado ante El-que-no-debe-ser-nombrado?
Harry tuvo que respirar con fuerza cuando vio hasta donde se había distorsionado todo lo ocurrido aquélla noche. Aún así, mantuvo la calma al recordar que lo poco que ellos sabían se debía a la falta de conocimiento de la verdad, y que era labor de él darla a conocer.
-El profesor Snape no me secuestró la noche de mi enfrentamiento con Voldemort... –todos los reporteros sintieron un escalofrío al escuchar a Harry nombrar a su enemigo sin ningún asomo de temor-. Yo fui a la Mansión Riddle por mi propia voluntad. Yo mismo burlé las barreras de protección de la Mansión Black y usé un trasladador. Todo fue un plan trazado por la Orden del Fénix, con mi pleno consentimiento.
Después de que los reporteros se repusieron de la sorpresa ante ésa declaración que no esperaban, el muchacho se dispuso a contestar algunas preguntas más.
-¿Qué hay de cierto sobre lo que te ocurrió dentro de la Mansión? –preguntó otro reportero-. Se ha dicho que el profesor Snape te torturó y abusó de ti.
-El profesor Snape jamás abusó de mí –fue la respuesta firme de Harry-. Y fue Voldemort quien me torturó. El profesor Snape curó mis heridas dentro de la misma Mansión, arriesgándose a que el mismo Voldemort lo descubriera.
-Entonces... ¿De quién son las muestras de semen que tiene el Ministerio bajo custodia?
-Son... de mi pareja -el asombro de los presentes fue mayúsculo cuando escucharon la respuesta del muchacho.
-¿Eres homosexual?
-Sí. Y me encontraba con ésa persona cuando llegó el momento de partir a la batalla –Harry no pudo evitar ruborizarse cuando concluyó-: No tuve tiempo... de darme un baño.
Remus y Lucius se voltearon a ver, sorprendidos por lo que estaban escuchando. En la mesa, las mejillas de las profesoras se tiñeron de carmín, y más allá se pudieron escuchar algunas risitas nerviosas.
-¿Nos dirás cómo se llama el afortunado? –preguntó una señorita. Harry negó con la cabeza y todos comprendieron que era algo que el muchacho prefería mantener en reserva. Cuando los ánimos se calmaron volvieron las preguntas sobre lo ocurrido en la Mansión Riddle.
-Hemos podido comprobar, que es verdad que has quedado ciego –Harry asintió en silencio-. ¿Qué fue lo que sucedió?
Harry respiró hondo, tratando de recordar con detalle lo ocurrido la noche en que derrotó a Voldemort.
-La Orden del Fénix irrumpió en la Mansión Riddle, después de que sus barreras de protección fueron destruidas por el profesor Dumbledore. Yo buscaba al profesor Snape, que había sido capturado por Nagini, la serpiente de Voldemort...
Todos los presentes escuchaban con atención las palabras del muchacho. Lo que les estaba contando se asemejaba mucho a la declaración que la profesora McGonagall diera al día siguiente de la batalla.
-...fue con la ayuda del Director que logré dar con él. El profesor Snape estaba herido, tenía ambas piernas fracturadas.
El muchacho dejó pasar ése recuerdo en su mente, junto con lo ocurrido más tarde con el Medallón. Era algo que no tenían porqué saber.
-...me enfrenté contra Voldemort en un duelo, y logré desarmarlo –Harry no hizo caso a los murmullos de exclamación que escuchó-. Pero cuando lancé la maldición imperdonable contra él, Nagini se atravesó. Antes de morir me lanzó veneno al rostro. Momentos después ya no podía ver nada.
-Si ya no podías ver nada, ¿Cómo fue que pudiste acabar con Voldemort?
-Porque recibí ayuda del señor Malfoy... y del profesor Snape –en éste punto, Remus giró su mirada interrogante hacia el rubio, quien se hizo el desentendido.
-¿De qué forma pudieron ayudarte?
Harry respondió a la pregunta del reportero, su corazón rebosando de orgullo al recordar ésos últimos momentos junto a Severus.
-El señor Malfoy distrajo a Voldemort hasta que logré acercarme al profesor Snape –Harry suspiró cuando recordó las luces que lo guiaran en su camino hacia su pareja, y la calidez de la mano de Severus sobre la suya, ayudándole a acabar de una vez por todas con ésa pesadilla-. El profesor Snape fue quien guió mi mano y apuntó hacia el corazón de Voldemort para que pudiera volver a lanzarle la maldición. Así fue como logramos acabar con él.
Hubo un largo momento de silencio, en el que sólo alcanzó a escucharse el rasgueo de las plumas sobre los pergaminos, escribiendo a toda velocidad las palabras que Harry acababa de pronunciar. El muchacho se permitió relajarse un poco sabiendo que todo lo que acababa de decir, al día siguiente sería noticia de primera plana. Y le alegraba saber que eso ayudaría en gran medida a limpiar el nombre de Severus, y de paso, el nombre de Albus y del Colegio.
-¿Recuperarás la vista? –la pregunta de otro reportero lo hizo volver de sus pensamientos.
-Espero que sí.
-Si el profesor Snape es inocente de todo lo que se le acusa, ¿Por qué sigue encerrado en Azkaban? –la pregunta de Rita Skeeter hizo que el rostro del muchacho se ensombreciera.
-No estás obligado a responder, Harry –Remus habló a su oído y colocó su mano sobre la del muchacho. Éste respiró con fuerza y se puso de pie, dando a entender que ya había terminado.
-No has respondido a mi pregunta –insistió la reportera-. Si Snape es inocente, ¿Por qué Sirius Black no ha retirado la denuncia?
-Ésa es una pregunta que no puedo responder. Lo siento.
Harry se bajó de la tarima sosteniéndose de Remus. La rueda de prensa continuó con algunas preguntas a la profesora McGonagall sobre el estado de salud del profesor Dumbledore. Pero Harry ya no quiso quedarse a escuchar.
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Desde la ventana de su oficina en San Mungo, la doctora Sayers observaba con gran atención a Hermione. Ron Weasley acababa de marcharse después de hacerle entrega de los trece diarios de su paciente. Había sido una gran sorpresa el enterarse que la muchacha poseía tales diarios desde niña. Y aunque eso no significaba la garantía de una recuperación por lo menos había una base sobre la cual partir, como el mismo Ron se lo había comentado momentos antes.
-En éstos diarios están las personas y los lugares que conoce, pero de los cuales ella sólo guarda recuerdos dolorosos –le había dicho, sus grises ojos ilusionados ante las posibilidades que se abrían frente a Hermione-. Ahora tiene la oportunidad de saber que no todo lo que la rodea ha sido malo. Y que tiene amigos que se preocupan por ella, y a los cuales puede volver a conocer a través de sus propias memorias.
-Todo eso suena muy bien, señor Weasley. Y no dudo que como parte de su terapia sería muy provechoso –había sido la respuesta reservada de la doctora-. Pero necesito que comprenda que no podemos basar todas nuestras esperanzas en éstos diarios. Ni siquiera sabemos si Hermione será capaz de asimilar todos éstos recuerdos.
-Nunca lo sabremos si no lo intentamos –le había respondido el muchacho. Y sólo hasta que ella le prometió que lo pensaría se había marchado después de entregarle los diarios.
La doctora Sayers se alejó del ventanal y tomó de su escritorio los últimos dibujos de Hermione. Cada vez era más latente en ellos su necesidad de recuperar su pasado. Dentro de su mismo vacío ella parecía ser consciente de lo que le faltaba. Y ahora el hallazgo del joven Weasley había despertado en la doctora una gran interrogante, ¿Y si Hermione estaba dispuesta a intentarlo también?
Los resultados de las pruebas de psicometría de Hermione eran impresionantes. Habían demostrado que la muchacha poseía una inteligencia sobresaliente. Cuando la Directora de su Colegio le facilitó información sobre su rendimiento académico quedó impresionada. Y durante su entrevista con sus amigos más cercanos, todos coincidieron en que era una joven con una personalidad fuerte y decidida.
Era sana, sin ningún vicio. Amaba los libros y su mente siempre estaba abierta a explorar nuevas experiencias. Estaba enamorada, tenía planeada una vida y una carrera... y todo eso lo había perdido en menos de un minuto gracias a una criatura con un margen de inteligencia por debajo de la infinitesimal parte de la inteligencia de la muchacha. Suspiró, frustrada. La vida era muy injusta.
Dejó los dibujos de su paciente a un lado y tomó el diario más antiguo. Observó con atención las pequeñas y borrosas hadas. Lo abrió y leyó una de las muchas páginas escritas con una letra infantil, pero muy limpia. Con el diario en la mano, dirigió su mirada hacia la terraza. Hermione aún estaba ahí, al parecer concentrada en pintar de rojo sus emociones. Tomó una decisión.
-Hola, Hermione –la muchacha dejó el pincel a un lado cuando la doctora Sayers se acercó a ella. Respondió con timidez a su saludo y dejó que se sentara a su lado en el pasto-. ¿Recuerdas que te he hablado de un amigo tuyo que viene a visitarte?
Hermione respondió con un ligero asentimiento. La doctora le había dicho que si ella así lo quería, que lo dejaría entrar para conversar con ella. Pero la joven no estaba lista aún para verlo, ni siquiera para escuchar su nombre.
-Pues te trajo un obsequio... –le dijo mientras le mostraba el diario. Hermione lo observó con mucho interés-. ¿Lo recuerdas?
-No lo recuerdo –le confesó después de repasar las páginas del pequeño diario.
-Es el primero de trece diarios que posees –Hermione la miró, sorprendida-. Éste es el primero y lo escribiste cuando tenías seis años.
-Si usted dice que son míos, yo le creo –respondió la muchacha con total honestidad-. Pero no sé lo que hay en ellos. Ni siquiera recuerdo haberlos escrito.
-Tal vez si te animaras a leerlo, podrías encontrar en él las respuestas a muchas de las preguntas que te has hecho tantas veces –la doctora pudo ver un asomo de temor y duda en los ojos castaños de su paciente-. Te propongo algo... leámoslo juntas –Hermione suspiró, meditándolo-. Sólo el primero. Y si al terminarlo te sientes lista para leer los demás por tu cuenta, habremos dado un gran paso.
Hermione bajó la mirada para enfocarla en el dibujo de la libreta. Las pequeñas hadas despertaban muchas cosas en su corazón que no alcanzaba a comprender. Como si algo muy especial se escondiera en ése pequeño libro pero ella temiera descubrirlo por temor a amarlo... y perderlo otra vez.
-¿Usted cree... que aquí puedo encontrar lo que estoy buscando? –la mujer asintió-. ¿Y si sólo son cosas terribles como todos mis demás recuerdos?
-Te diré lo mismo que tu amigo me dijo... nunca lo sabremos si no lo intentamos.
Hermione acarició la portada de su pequeño diario y suspiró. Su amigo debía quererla mucho como para haberse tomado la molestia de llevarle ésos diarios. Y entonces pensó que si había alguien a quien ella le importaba de ésa manera, entonces ella debía corresponderle de alguna forma.
-Está bien... –aceptó al fin, su corazón estremecido de emoción y ansiedad-. Lo intentaré.
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Después del disgusto de conocer al padrastro de Oliver, Draco ya no quiso saber nada más y olvidándose del caldero que debía comprar decidió volver a Hogwarts. Pero antes de ir a sus aposentos se dirigió a la enfermería. Un detalle que ésa mañana había observado en Oliver lo tenía preocupado y molesto. Y era que el moreno parecía ser bastante distraído.
¿Cómo había sido posible que pasara a centímetros de donde él se encontraba y no lo viera? Si así era de descuidado siempre que iba por la calle, entonces no quería ni pensar en el riesgo que corría con semejante padrastro persiguiéndolo por todas partes. Llamó a la puerta de la oficina y fue Poppy quien contestó a su llamado.
-Oliver está descansando –fue su respuesta cuando el rubio le preguntó por él-. Regresó algo cansado de su paseo y me dijo que estaría en sus aposentos. ¿Se te ofrece algo?
-Sólo quiero hablar con él –Draco dudó unos segundos antes de volver a preguntar-. ¿Sabe dónde están sus habitaciones?
Después de que la enfermera le dio la información que necesitaba, el muchacho se dirigió hacia allá. Tardó varios segundos en decidirse a llamar a la puerta, que un somnoliento Oliver abrió antes de que su rostro adormilado pasara a uno de genuina sorpresa.
-¿Malfoy? –Draco se quedó parado frente a él, esperando. Oliver se frotó los ojos para terminar de despertar y con una mirada avergonzada lo invitó a pasar-. ¿En qué puedo servirte?
Draco se tomó su tiempo para examinar la habitación. Era una pequeña sala amueblada en colores claros. Le llamó la atención una pared pintada de color salmón que exhibía varias fotografías del equipo de Quidditch. Se entretuvo observando una en donde Harry y él sonreían, mientras Oliver sostenía la última Copa que ganaran con él como Capitán.
-Recuerdo... que ése día nos enfrentamos a Slytherin –Draco asintió a las palabras de Oliver, que se había colocado a su lado para observar la fotografía-. Nos costó mucho trabajo ganarles.
Una ligera sonrisa se dibujó en los labios del rubio al recordarlo. En aquél entonces le había dolido el estómago de la rabia que le dio al habérseles escapado la Copa de las manos. Pero ahora que todo era parte de un recuerdo, ya no le parecía tan dramático. Y hasta admitía que a pesar de todo se había divertido como loco en ése gran partido.
Draco hizo a un lado sus recuerdos sobre el Quidditch y se volvió hacia el moreno. Aunque Oliver ya estaba bien despierto, sus negros cabellos caían en mechones despeinados que cubrían parte de su rostro. Trató de colocarlos en su sitio usando sus largos dedos. Rebeldes, los mechones volvieron a cubrir su frente y el moreno se dio por vencido.
Con una sonrisa tímida, invitó al rubio a tomar asiento en la sala antes de sentarse junto a él, su mirada café llena de preguntas.
-Ésta mañana te vi en Hogsmeade –Oliver lo escuchó al tiempo que convocaba unas copas de jugo de frutas. Le ofreció una al rubio, que aceptó con un elegante gesto-. Pasé a tu lado, pero creo que no te diste cuenta.
-Lo siento. Si no te saludé no fue por falta de educación –se disculpó el moreno, apenado-. Es un mal hábito que tengo desde que era un niño. Mi madre siempre me regañaba porque nunca me fijaba en las personas con las que me cruzaba en el camino. ¿En qué parte de Hogsmeade me viste?
-En un parque que tiene un estanque.
-El estanque de los cisnes... no tenía idea de que estuvieras por ahí. De verdad lo siento.
-Te sugiero que tengas cuidado cuando visites Hogsmeade. Yo no era el único que te observaba. Tu padrastro te siguió durante todo el trayecto de regreso a tu carruaje –Draco pudo ver cómo Oliver palidecía por unos segundos, antes de ponerse de pie.
-Si Mark piensa que le tengo miedo está muy equivocado –comenzó a caminar de un lado a otro, molesto. Draco dejó su bebida a un lado y se paró para colocarse frente a él. Oliver detuvo su andar para mirarlo-. ¿Cómo supiste que era mi padrastro?
-Porque lo seguí después de que partiste –Oliver se sorprendió ante la respuesta del rubio.
-¿Hablaste con él? –Draco asintió-. No debiste arriesgarte. Aunque ya no tenga varita no deja de ser un hombre violento.
Draco sólo se encogió de hombros, sin darle demasiada importancia al comentario del Gryffindor.
-Me dijo que tienes una cuenta pendiente con él.
-Está furioso conmigo por lo que le hice en el rostro. Pero él se lo merecía. Eso y mucho más –Oliver suspiró al tiempo que le mostraba a Draco una fotografía, donde una hermosa mujer de largos cabellos negros le miraba sonriendo-. Ella... era mi madre. Murió hace poco más de tres años.
Draco tomó la fotografía que Oliver le ofrecía. Pudo encontrar un gran parecido entre ellos, a excepción de los ojos. Los de ella eran azules.
-Era muy bella –Oliver asintió con una mirada de orgullo-. ¿Fue tu padrastro...?
-No. Él la estaba golpeando la noche en que los encontré –recordó el muchacho con tristeza-. Pero ella... ya estaba enferma. No pudieron hacer nada para ayudarla. Murió unos meses después.
Draco le entregó la fotografía, que Oliver besó con dulzura antes de devolverla a su lugar. El rubio curioseó en los alrededores, buscando alguna cosa que pudiera decirle quién era su verdadero padre. Pero sólo la fotografía de su madre adornaba ése pequeño espacio.
-¿Tienes más familia en algún lado? –Oliver negó con la cabeza a la pregunta del rubio, sin dejar de mirar el hermoso rostro que le sonreía desde el retrato. Suponiendo que el moreno querría estar solo con sus recuerdos, Draco dio media vuelta dispuesto a marcharse.
-¿Ya te vas? –el rubio se detuvo para voltear a verlo. Oliver se acercó a él, sus cabellos revueltos sobre su sien. Draco levantó una mano y tomó un mechón negro para acomodarlo en su lugar. Oliver se sorprendió al principio, para luego sonreír-. ¿Te gustaría quedarte a almorzar? Claro... si no tienes otra cosa qué...
-Está bien –el mismo Draco se asombró de la rapidez con la que respondió, y los colores subieron a su rostro cuando su estómago le confirmó su propia respuesta. Al verlo, Oliver rió con ligereza. Muy pocas veces se podía tener el privilegio de ver a Draco Malfoy tan turbado.
-Entonces pediré que nos traigan algo –Oliver condujo al rubio hacia una mesa para cuatro personas-. Me agrada la idea de no almorzar solo.
-Creía que almorzabas con Poppy.
-No, ella y yo tenemos horarios muy distintos –fue la respuesta del moreno-. Muy raras veces coincidimos.
-Ya veo... –un elfo respondió al llamado de Oliver, y mientras éste ordenaba el almuerzo, Draco recordó a Blaise en sus últimos momentos y su temor de que Oliver se quedara solo.
"No tengo idea de lo que voy a hacer. Pero te puedo asegurar que Blaise no tendrá que preocuparse por eso..." Le había dicho entonces a su padre. Y hasta ése momento todo lo había hecho a tientas, sin tener una base sobre la cual sustentarse ni una certeza de cómo hacerlo. Y ahora que sabía que Oliver estaba solo, en el sentido literal de la palabra, lo comprendió todo.
El almuerzo apareció servido sobre la mesa, y para el momento en que su anfitrión inició una amena conversación, Draco ya tenía una idea exacta de lo que haría.
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Remus atravesó la chimenea de la Mansión Black, esperando encontrar a Sirius. Como se lo prometiera a sí mismo, el licántropo había dejado pasar varios días con el propósito de darle tiempo para pensar en su situación con Harry. Y esperaba que el animago de verdad hubiera reconsiderado su actitud al respecto. Se despojó de su capa y llamó a un elfo. Nico apareció frente a él, retorciéndole las manos en un gesto nervioso.
-¿Qué sucede? –le preguntó el hombre cuando observó el nerviosismo del elfo-. ¿Tu amo se encuentra bien?
-Nico no sabría decirle, señor amigo del amo... –respondió la fiel criatura, mirando con aprensión hacia las escaleras que conducían a las habitaciones superiores-. El amo Sirius lleva varios días encerrado en las habitaciones del amo Harry, y no ha querido salir de ahí.
-¿Por qué no me avisaste? –Remus se apresuró a subir las escaleras y tocó a la puerta donde el león rugió, pidiendo la contraseña. Remus se la concedió y entró, buscando a su amigo.
-Nico lo lamenta mucho, señor. Pero Nico teme que el amo Sirius se enoje con él por avisarle –Remus escuchó lejana la voz del asustado elfo, pues toda su atención estaba puesta en buscar a su amigo-. El amo Sirius no ha querido comer, pero Nico se ha encargado de darle pociones y asearlo, señor amigo del amo...
Remus ya no escuchó las últimas palabras del pequeño sirviente, suspiró con pesadumbre cuando descubrió a Sirius. Se encontraba encogido en un rincón de la habitación, botella en mano. Junto a él, varias botellas vacías a su alrededor. Sus largos y despeinados cabellos caían sobre su rostro, cubriéndolo. Remus sólo necesitó verlo en ése instante para saber que las frías palabras que su ahijado le dijera el día de su partida, le habían afectado mucho más de lo que suponía.
-Llévate todo esto de aquí –le ordenó al elfo señalando las botellas-. Prepara un café muy cargado para tu amo, y ponle alguna poción para cortar ésa borrachera.
El pequeño desapareció al instante. Remus se acercó a su amigo y trató de tomar la botella que sostenía en su mano. Pero Sirius reaccionó y la apretó con fuerza levantando sus ojos vidriosos hacia la persona que se atrevía a interrumpir su soledad. El animago rechinó los dientes cuando la fuerza de Remus ganó, arrebatándosela.
Lo tomó del brazo y lo levantó de un tirón para conducirlo al baño. Sirius gruñó al sentir el agua fría de la ducha mojando su cuerpo, aún vestido. Tembló cuando Remus lo despojó de sus ropas empapadas con un hechizo, y sacudió la cabeza para tratar de reaccionar. Mareado, se recargó en la pared y se tensó cuando Remus lo sostuvo. Forcejeó tratando de liberarse de los brazos de su amigo.
-Si no te estás quieto no podré terminar de asearte –Sirius dejó de forcejear al reconocer la voz de Remus y aflojó su cuerpo, dejando que su amigo lo secara y lo vistiera con otro hechizo.
El elfo regresó con el café cargado, y Remus tuvo que esperar a que Sirius lo bebiera sin sentir arcadas. Minutos después, el animago se encontraba lo bastante lúcido para enfrentarse a los ojos dorados que lo miraban con enojo.
-Ahora mismo me vas a explicar qué demonios te propones con ésa actitud –Sirius cerró los ojos y se cubrió la cara, donde la barbilla ya comenzaba a ser rasposa. La voz de su amigo lo golpeó como miles de martillos cuando éste siguió hablando-. ¿No se te hace que ésa no es la mejor forma de resolver tus asuntos con Harry?
Una risa amarga fue lo que el licántropo recibió como respuesta. Sirius caminó a paso lento hacia el ventanal. Tomó la Saeta de fuego que se hallaba recargada a un lado y se sentó en la orilla de la cama donde noches antes su ahijado durmiera, seguro de cualquier peligro que lo acechara. Remus esperó con paciencia hasta que el hombre logró ordenar todos sus pensamientos.
-Cuando James y Lily me dijeron que esperaban un hijo... fue algo maravilloso –Remus lo escuchaba con atención. Comprendía cada una de sus palabras, pues él también lo había sentido al recibir la misma noticia-. Pero cuando después de que nació me pidieron que fuera su padrino... me volví loco de alegría.
Remus sonrió recordando ése momento. Él había visto cómo Sirius, con infinito cuidado, tomaba entre sus brazos a ése pequeño de grandes ojos verdes y negros cabellos, prometiéndole a sus padres que sería el mejor de los padrinos.
-No lo dudamos, Padfoot –le había respondido James con una gran sonrisa.
-Nadie mejor que tú para ocupar nuestro lugar si nosotros le llegáramos a faltar –había secundado Lily a las palabras de su esposo-. Estamos seguros que serías para él como un padre.
-Me hubiera gustado verlo crecer... –Sirius siguió hablando y Remus regresó de sus recuerdos. Caminó hacia donde se encontraba su amigo y se paró frente a él, junto a la ventana. Observó cómo los rayos del sol daban a sus negros cabellos un tono azulado, contrastante con el pálido rostro sobre el que se esparcían-. Todos los años que estuve en Azkaban me privaron de estar con él. De ver por él. Él debía estar conmigo y no con ésas aberraciones que tenía por parientes.
-Eso estuvo fuera de tu control, Sirius –le oyó decir al licántropo. Éste se sentó a su lado en la orilla de la cama y posó una mano sobre su hombro-. Sé que si hubieras tenido la oportunidad, habrías sido un gran padre para él.
-Traté de serlo, Remus. Cuando al fin tuve la oportunidad de velar por su bienestar... te juro que di lo mejor de mí –Sirius apretó con fuerza el mango de la Saeta, haciendo que el palo temblara entre sus manos-. Traté de darle todo lo que en su niñez se le negó y todo lo que él se merecía. ¿Qué fue lo que hice mal para que Harry me pagara de ésta manera?
Remus guardó silencio al escuchar a su amigo. Él era testigo de cuánto se había esmerado el animago en darle todo lo que necesitaba y mucho más. No sólo como su padrino, sino también como su tutor. Era lógico que Sirius no esperara menos de Harry. Sirius se había creado de su ahijado las más altas expectativas, y se sentía defraudado.
Pero Harry no había hecho nada malo. Sólo se había enamorado y seguido a su corazón. Sabía que Sirius no estaba molesto con Harry. Estaba molesto porque su ahijado estaba enamorado de un hombre. Porque ése hombre era Snape y porque el muchacho había tomado la decisión de seguir con él pasando por encima de su voluntad.
-No te engañes, Sirius. Sé que todo lo que has dicho es producto de tu frustración porque él decidió quedarse a apoyar a Severus, a irse contigo –el rostro de Sirius se contrajo en una mueca de rabia al escuchar el nombre de quien tanto odiaba-. Y me parece inmaduro de tu parte juzgarlo de forma tan dura sólo porque sus preferencias sexuales no resultaron ser las que tú esperabas.
-¡No lo has comprendido! –Sirius dejó la Saeta sobre la cama y se puso de pie, y Remus se sorprendió ante la actitud tan hosca que el animago adoptó-. ¡Hubiera aceptado cualquier cosa! Incluso... que fuera bisexual. ¡Cualquier hombre o mujer! ¡Cualquiera menos... ése maldito mortífago!
-¿Por qué no? –Remus se levantó de su sitio para enfrentarlo, y pudo ver la mirada cargada de odio del animago. Supo que ése era el momento para que su amigo le respondiera todas sus dudas-. ¿Tanto le odias que estás dispuesto a hundirlo? ¿A pasar sobre los sentimientos de Harry con tal de verlo destruido? ¿Qué fue lo que te hizo?
-Es un Snape... un mortífago... –Sirius dio la espalda a los ojos dorados que escarbaban en los suyos, temiendo que pudieran descubrir en ellos lo que él con tanto dolor guardaba-. Harry no sabe lo que le espera con ése hombre... no lo sabe.
-Tú has odiado a Severus desde mucho antes que él se convirtiera en mortífago, así que ya no me vengas con ése cuento –Remus pudo observar que la espalda del animago se estremecía-. Sé que James y tú lo odiaron desde el momento en que lo conocieron en el andén de la estación.
-¿Cómo sabes eso?
-Porque el mismo James me lo contó –Sirius sacudió la cabeza, tratando de espantar los recuerdos que se atropellaban en su mente. Recuerdos aterradores que dormían en su conciencia, y que ahora despertaban sin que él se los pidiera-. ¿Por qué lo odias? ¿Qué fue lo que ocurrió?
-No puedo... –un agudo dolor punzó en toda su nuca y lo hizo caer de rodillas, y a su cabeza volvieron como un torrente los recuerdos de aquella noche. La noche de sus pesadillas.
-¿Qué fue lo que te hizo para que lo odies de ésa manera? –le encaró su mejor amigo, dispuesto a averiguar de una vez por todas la razón de tanto resentimiento.
-No puedo... decirte... –Sirius se cubrió el rostro con las manos, tratando de ocultar las amargas lágrimas que recorrían sus mejillas-. Por favor... no me preguntes más...
-¿Sirius? –Remus se asustó ante la desesperada actitud de su mejor amigo. Se agachó a su altura para envolverlo entre sus brazos y Sirius se aferró a él con todas sus fuerzas-. ¿Qué te sucede? Por favor, dímelo...
-No puedo... no puedo...
-Si no me dices lo que te ocurre, no podré ayudarte –Sirius se sostuvo del abrazo consolador que lo apresaba, sintiéndose impotente al no poder expresar con palabras toda la angustia, el dolor y el rencor tan grande que habitaba en su corazón lastimado-. Si Severus te hizo algo y Harry corre grave peligro con él, entonces debes decírmelo.
-No... él no fue... –Sirius intentó hablar. Quiso contarle todo y sus palabras se atoraron en su garganta, y una enorme angustia se alojó en su corazón. Él había callado durante tanto tiempo ésos terribles recuerdos que se habían convertido en algo muy doloroso y difícil de enfrentar-. Él no fue... él no...
-No sé qué es lo que te pasa... ni el porqué de éste odio hacia él –su amigo acarició sus negros y revueltos cabellos, tratando de tranquilizarlo. Sirius continuó llorando sobre su hombro-. Pero sí sé que con tu actitud sólo obligaste a Harry a elegir entre tú y la persona que él ama, y ahora lo has perdido.
-Yo no quería... perderlo... –Sirius habló entre sollozos, apretándose más en el abrazo de Remus, quien sólo cerró los ojos y suspiró cuando la voz del animago terminó de quebrarse en su garganta-. Yo sólo quería... lo mejor para él.
-Entonces... creo que ahora ya sabes lo que tienes qué hacer.
-No quiero que se equivoque... no quiero que le haga daño –Remus pudo percibir el temor en las palabras de su amigo-. No quiero verlo sufrir por su culpa.
-Si llegara a ser así, Harry será lo bastante fuerte para superarlo. Pero si es feliz, entonces también deberás aceptarlo –pasó un largo momento en el que sólo pudo escuchar la pesada respiración de Sirius. Era claro que el hombre estaba manteniendo una difícil lucha entre su odio hacia Severus y su amor hacia Harry-. ¿Qué harás ahora?
Sirius respiró con fuerza antes de responder, su rostro oculto en el cuello de su único e incondicional amigo.
-Lo mejor... para él.
Y Remus casi pudo sentir como suyo el inmenso cariño de ése hombre hacia su ahijado, encerrado en ésas palabras que para Sirius eran las más dolorosas por todo lo que encerraban.
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Draco volvía de las habitaciones de Oliver, después de almorzar. Caminaba sin prisas hacia el laboratorio de su padrino, pues debía guardar los ingredientes adquiridos ésa misma mañana en Hogsmeade. En su mente aún podía escuchar el eco de la risa transparente del moreno, y estaba sorprendido de la calidez que desprendía cuando se encontraba relajado.
No podía negar que había pasado una tarde muy divertida. Hacía tanto tiempo que nadie lo hacía reír en la forma en la que Oliver acababa de hacerlo, contándole algunos chistes o anécdotas de su época de estudiante. Tenía que admitir que el Gryffindor era simpático e inteligente, ameno y además poseía un gran sentido del humor. Detuvo su andar y sus pensamientos sobre Oliver cuando llegó a los aposentos del profesor.
Ya en el laboratorio, extrajo de su bolsa secreta los ingredientes, guardados dentro de una caja reducida que volvió a su tamaño normal. Fue cuando pasó junto a los calderos que su padrino colgaba en la pared que recordó que debía haber comprado uno nuevo. Lamentándose por no haberlo recordado a tiempo, el rubio decidió revisar la lista que hiciera contra lo que acababa de comprar. Vería si además del caldero no se le había olvidado otra cosa.
Metió la mano en el bolsillo derecho de su pantalón, donde acostumbraba guardar su cartera. Extrañado, el Slytherin rebuscó en él sin encontrarla. Revisó en el bolsillo izquierdo con iguales resultados. Después de revisar en cada uno de los bolsillos de sus finas túnicas, llegó a la conclusión de que la había extraviado. Con la esperanza de haberla dejado en las habitaciones de Oliver, llamó a un elfo y Dobby apareció al instante al escuchar la voz de quien fuera su joven amo en la Mansión Malfoy.
-Amo Draco, ¿En qué puede servirle Dobby al amo? –el pequeño giró los ojos para todas partes, como era su costumbre siempre que quería asegurarse que su joven amo no corriera algún peligro.
-Quiero que te presentes en los aposentos de Oliver Wood, y le preguntes si de casualidad no dejé olvidada mi cartera en algún sillón –el elfo asintió y desapareció. Draco se entretuvo durante algunos momentos guardando los ingredientes, hasta que escuchó el regreso del elfo-. ¿Y bien?
-El señor Wood la buscó por todas partes, amo Draco. Dobby lo ayudó, pero no pudo encontrar nada –Draco suspiró, frustrado-. El señor Wood dice que lo siente mucho. Dobby también lo siente, amo Draco.
-Está bien, Dobby. Retírate –el elfo hizo lo que le pedía. Ya a solas, el rubio terminó de guardar los ingredientes en las gavetas y se entretuvo elaborando una poción. Mientras lo hacía, repasó en su mente los lugares donde pudiera haber dejado olvidada su cartera. Sin relacionar el extravío con su visita al padrastro de Oliver, llegó a la conclusión de que se le había caído en alguna de las transitadas calles de Hogsmeade.
No lamentaba haber perdido la cartera, ni siquiera el dinero en ella. Lo que le dolía era haber perdido todas sus credenciales. Tendría que solicitar duplicados en el Ministerio, trámites engorrosos que le robarían mucho tiempo. Olvidándose de la cartera, terminó de elaborar la poción antes de regresar a los aposentos que compartía con su padre.
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El turno de Oliver en la enfermería estaba por terminar, y el muchacho sólo esperaba la llegada de Poppy para marcharse a sus aposentos, darse un baño y cambiarse. Ése lunes por la mañana acababa de recibir una invitación de Draco vía lechuza para desayunar en Hogsmeade. Ya el día anterior el rubio lo había sorprendido con una invitación a comer en compañía de su padre, Remus, Harry y Ron.
Al principio el moreno se había sentido algo asustado ante la perspectiva de compartir la mesa con Lucius Malfoy, pero al final había resultado una tarde de domingo muy agradable. El aristócrata estuvo demasiado entretenido con su ex profesor de Defensa, como para ponerle atención a sus problemas con el orden de sus cubiertos sobre la mesa y el uso adecuado de las finas copas. Y si Draco lo notó en algún momento, jamás mencionó algo al respecto.
-Puedes llamarme Draco –le había dicho cuando los muchachos salieron al campo de Quidditch y Ron tomó su escoba para elevarse, con Harry sosteniéndose de su fuerte espalda. Draco también voló durante un rato y Oliver sólo se concretó a observar cómo se divertían allá arriba, sus manos cosquilleando por tomar una escoba y volar junto a ellos. Pero sólo se tuvo que conformar con verlos.
Oliver tomó el pequeño pergamino escrito con una letra elegante y firme. Draco lo esperaba a las afueras del Castillo con un carruaje listo para llevarlos a Hogsmeade. Con toda seguridad irían a uno de los restaurantes más elegantes y él se vería en problemas a la hora de elegir un menú. Se encogió de hombros sin darle demasiada importancia.
Ya había comprobado que se la pasaba muy bien en su compañía y eso era razón suficiente para enfrentarse a cualquier platillo por muy extraño que fuera. Poppy llegó para liberarlo de su turno y el muchacho se dio prisa en darse un baño y cambiarse. Minutos después se encaminaba hacia la salida del Castillo.
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Aprovechando que Draco se encontraba en Hogsmeade y Harry en la Madriguera visitando a los Weasley, Lucius y Remus desayunaron juntos en los aposentos del primero y después salieron a dar un paseo. Y ahora el profesor guiaba la silla del rubio a través de un sendero sombreado por hayas, cuyas hojas comenzaban a perder poco a poco su verdor.
Lucius se sentía bastante cansado, pues ésa mañana el doctor Green había decidido probar con nuevos ejercicios para constatar el grado de avance en su recuperación. Y las noticias eran buenas, pues al ver que Lucius había resistido la pesada sesión, decidió aumentar los días de terapia de tres a cinco por semana, incorporando más ejercicios e introduciendo el uso de nuevos aparatos.
Y aunque sabía que el dolor aumentaría con el esfuerzo, no puso objeción alguna a la decisión del medimago. Él era el más interesado en su pronta recuperación. Lo único que no lo tenía muy feliz, era el hecho de que las clases comenzarían pronto y Draco ya no tendría tiempo para acompañarlo a sus sesiones. Ésa misma mañana el muchacho había tenido una conversación con la profesora McGonagall.
Quería saber si aún iba a poder ser auxiliar del profesor de pociones, pues dada la situación de Severus existía el riesgo de que quien ocupara su lugar no lo considerara necesario. Pero la Directora le respondió que no debía preocuparse, que se respetaría la decisión de Severus sin importar quién fuera el nuevo profesor. Con eso, Draco había asegurado el puesto de auxiliar de Pociones por ése año.
Las ruedas de su silla toparon con algo y Lucius hizo que se detuviera, haciendo que Remus se detuviera con él. El movimiento brusco al topar con una piedra le había provocado un gran dolor. Remus pareció darse cuenta y después de hacer la piedra a un lado desvió su camino hacia la base de un gran árbol. Convirtió su capa en una manta que extendió sobre el pasto y ayudó al rubio para que pudiera descansar boca abajo sobre ella.
-¿Quieres que le pida a un elfo alguna poción para el dolor? –Lucius negó con la cabeza y Remus recordó que no podía beber cualquier poción analgésica-. ¿Hay algo que pueda hacer por ti? ¿Qué hace Draco cuando esto pasa?
-Usa compresas de agua caliente –fue la respuesta de Lucius-. Las coloca sobre mi espalda hasta que el dolor disminuye.
Acababa de terminar de decirlo, cuando sintió algo caliente y húmedo cubriendo la zona adolorida de su espalda. Remus lo había despojado de la parte superior de su ropa y ahora le aplicaba las compresas con cuidado. Lucius suspiró, dejándose consentir por su compañero y cerró los ojos para relajarse. Las manos de Remus eran firmes sobre su espalda al aplicar las compresas y pronto el dolor disminuyó.
-¿Te sientes mejor? –Lucius asintió y dejando las compresas a un lado, Remus se recostó en la manta junto a él-. Me habías comentado que ya no sentías tanto dolor, ¿Por qué volvió?
-Ésta mañana hice algunos ejercicios nuevos. El medimago me aumentó los días de terapia y... ah... el dolor es la consecuencia –Remus suspiró con impotencia cuando vio el gesto cargado de dolor de su compañero-. Pero irá disminuyendo a medida que yo me fortalezca.
-Quisiera poder hacer algo para evitar que te duela –Remus enredó sus dedos en los largos cabellos rubios. Él sabía lo que era sentir dolor y comprendía su situación mejor que nadie-. He estado pensando... ¿Por qué no me dejas acompañarte durante tus sesiones?
-¿Estás seguro? –le preguntó el rubio, sorprendido ante la iniciativa del castaño-. Serán dos horas cada mañana. Las clases comenzarán ésta misma semana y tal vez no tendrás tiempo de acompañarme. Draco tampoco podrá hacerlo todos los días.
-Me las ingeniaré para ordenar mis horarios –Remus dejó en paz sus cabellos y se enderezó hasta quedar sentado-. Si Draco también lo hace podríamos ponernos de acuerdo y turnarnos para acompañarte.
-¿De verdad deseas hacerlo? –Remus notó un asomo de emoción en la voz de su compañero. Se volvió a él y depositó un ligero beso en sus labios, que Lucius tomó como un sí-. Cuando pueda dejar éste aparato nos iremos a mi casa de verano, ¿Qué te parece?
-Que tendrá que ser el próximo verano, porque éste ya está terminando.
-Entonces iremos a mi cabaña de invierno –Remus rió con fuerza ante la insistencia del rubio-. Está en Canadá.
-Entonces será mejor que te des prisa, porque ya tengo muchas ganas de conocerla.
Lucius sonrió al tiempo que extendía su brazo para invitarlo a volver a su lado. Remus aceptó la invitación, escondiendo su rostro en su cuello para aspirar ése fino perfume que tanto le gustaba.
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Draco y Oliver paseaban en silencio por el centro de Hogsmeade, por las mismas calles que dos días antes cada uno recorriera por su lado. Acababan de salir del restaurante más lujoso de la zona, tal como Oliver se lo imaginara, y ahora se acercaban al estanque. Draco se detuvo para esperarlo cuando el moreno se entretuvo comprando unas semillas que le entregaron en una bolsa de papel.
Prosiguieron su camino y cruzaron la calle para llegar al parque. Draco se sentó en la banca mientras Oliver permanecía parado frente al estanque, arrojando semillas a los ansiosos cisnes. El silencio que había entre ellos era tranquilo, tanto como el semblante sereno del Gryffindor concentrado en alimentar a las pequeñas aves. Desde su lugar en la banca, Draco sólo se concretaba a observarlo.
La fresca brisa que soplaba del Este mecía sus negros cabellos, alborotándolos. Draco vio cómo algunas hojas se desprendían de los árboles cercanos y caían cerca de ellos, para después ser arrastradas por el suave viento en señal de que el otoño estaba por arribar. Oliver se colocó de perfil para seguir lanzando semillas y a Draco le pareció increíble la paz, la serenidad que sus movimientos reflejaban. Era como si poseyera ángel. Algo etéreo que lo iluminaba de alguna manera.
Se estremeció sin quererlo. Y se asustó al sentirse atrapado dentro de ésa aura de dulzura que el moreno desprendía sin darse cuenta. "Debe ser por su embarazo..." Trató de convencerse, sin por ello dejar de mirarlo. "Tal vez cuando haya tenido a su bebé no se verá del mismo modo." Se levantó de su sitio y se acercó al moreno.
-Es hora de partir –Oliver se volvió hacia él, una sonrisa que iluminó aún más su rostro-. Debes descansar.
Oliver recordó entonces que aún no había dormido después de cubrir el turno de la noche. Asintió en silencio y lanzó un último puñado de semillas antes de guardar la bolsita de papel entre sus túnicas. La brisa volvió a mecer sus cabellos y como la última vez, Draco no pudo resistir la tentación de tomar un mechón entre sus dedos.
El moreno cerró los ojos y suspiró al sentir la suave mano de Draco sobre su frente, y recordó aquella sensación tan cálida y dulce que lo consolara durante sus noches tristes. En ése instante le pareció tan real como ésa caricia, y descubrió con asombro que sólo sentía aquélla calidez cuando Draco estaba cerca de él.
"Es sólo mi imaginación." Se reprochó a sí mismo, sintiendo una punzada de desencanto atravesando su corazón. Él estaba muy consciente de su necesidad de consuelo por el vacío que la muerte de Blaise le había dejado, pero no concebía la posibilidad de que hubiera algo que fuera capaz de llenar ése vacío.
La mano de Draco se posó en su barbilla y alzó su rostro para encontrarse con sus ojos cafés. Pudo advertir la tristeza que los ensombrecía.
-¿Ocurre algo?
Oliver negó con la cabeza, sin querer arruinar la mañana de quien ya comenzaba a considerar un buen amigo. Tal vez si las cosas se daban bien y la amistad crecía, entonces tendría la confianza para contarle lo que por ahora era mejor guardarse. Sonriendo, tomó la mano que aún sostenía su barbilla y la mantuvo unida a su mano, guiándolo en su camino de regreso hacia el carruaje.
Lo hicieron en silencio, como temiendo que la más pequeña palabra pudiera romper la armonía entre ellos. Draco apretó la mano de Oliver antes de soltarla para subir al carruaje y sentarse uno frente al otro. Mientras el coche se elevaba, Oliver recargó su cabeza contra la ventanilla, el sueño venciéndolo. Draco se movió de su lugar frente a él para sentarse a su lado, y el otro se sobresaltó cuando sintió que un brazo rodeaba su hombro.
Comprendiendo su muda invitación, se relajó y descansó su cabeza sobre el hombro del rubio para seguir durmiendo. Suspiró, reconociendo entre sueños su dulce aroma. Draco se relajó también y posó su barbilla sobre los negros cabellos, cerrando los ojos. No tardarían en llegar a Hogwarts y quería aprovechar así el poco tiempo que les quedaba antes de volver a sus actividades cotidianas.
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Severus protegió sus ojos con un brazo y se tambaleó tratando de mantener el equilibrio, cuando apareció afuera de las barreras de protección de la prisión de Azkaban. Aturdido, se apoyó sobre una áspera escollera de piedra deslucida por la fuerza de las olas, de las muchas que franqueaban el largo muelle que conectaba la isleta donde ahora se hallaba, con tierra firme.
Sintiéndose mareado, se sentó sobre la filosa roca y trató de liberar sus ojos de la protección que su brazo le ofrecía. Pero las punzadas de dolor le hicieron cerrarlos con fuerza. Después de varios días en completa oscuridad eran renuentes a adaptarse a la refulgente luz del atardecer. Resignado, esperó a que el dolor cediera poco a poco.
Mientras dejaba que sus pupilas se habituaran a la luz, trató de recordar lo ocurrido momentos antes. Se encontraba pegado contra la pared de su celda tratando de leer la última carta que Lucius acababa de enviarle. Al escuchar que alguien se acercaba, la guardó debajo del colchón en el instante que un Auror entraba. Severus evitó en todo lo posible mirar el hiriente "Lumus" de su varita.
Sin darle tiempo a preguntar, el hombre le ofreció un frasco con una poción que él reconoció como revitalizadora. Sorprendido pero al mismo tiempo agradecido, tragó con enorme esfuerzo la poción antes de sentir sus manos atadas detrás de su espalda. El otro lo condujo en completo silencio por un largo pasillo y él sólo se dedicó a tratar de adivinar a dónde lo llevaba.
La intriga del ex mortífago aumentó cuando el Auror lo hizo detenerse frente a una puerta. Fue liberado de sus ataduras y la puerta se abrió en una invitación silenciosa que el hombre no rechazó. Con paso vacilante, entró al pequeño cuarto provisto sólo de un escritorio apenas iluminado por la tenue luz de una antorcha, que lastimó sus negras pupilas haciendo que desviara la mirada hacia otra parte.
Sintió cuando sus ropas de prisionero le fueron cambiadas por sus negras túnicas. Las cartas de Lucius aparecieron sobre el escritorio y un hombre a quien no reconoció le entregó su varita con mirada seria.
-Puede usted marcharse –le había dicho con voz neutral.
Severus volvió al presente y abrió los ojos para ver que el sol ya se ocultaba detrás del oscuro piélago. Palpó su varita en su cinturón, sintiendo la fuerza del viento azotar sus negros cabellos y la molesta barba que ya cubría gran parte de su rostro. Se imaginó que su aspecto debía ser terrible a los ojos de quien le viera en ése momento.
Se miró las manos a conciencia. Las abrió y las cerró percibiendo a través de sus dedos el frío que aumentaba con la caída de la tarde. Sus uñas tenían un tono morado, y el frío aumentaba. En otras circunstancias ya habría desaparecido de ése lugar, pero aún se encontraba bastante aturdido y sólo atinó a permanecer sentado sobre la roca, mirando lo que quedaba de la puesta de sol.
Muchas preguntas aún rondaban su mente. Pero la más importante la había hecho en la oficina, donde el mismo hombre lo había mirado con cara de completo fastidio antes de responderle.
-Porque la denuncia ha sido retirada, señor Snape. Es usted un hombre libre.
Y después de diecisiete días de encierro en una fría celda, ahora él se encontraba admirando el más bello atardecer del que tuviera memoria. Severus aspiró con fuerza el aroma salado del mar, probándose que lo que veía y sentía en ése momento no era producto de uno de sus tantos sueños. Una ligera sonrisa se dibujó en sus labios y un nombre brotó de ellos en un susurro emocionado.
La marea subía y el hombre se levantó de su asiento en la filosa piedra antes de que el agua helada la cubriera. Suspirando, se preparó para aparecer frente a Hogwarts. Quería darse un buen baño y cambiarse. Quería saber cómo estaba Albus. Y quería dormir ésa misma noche en su habitación, frente a la chimenea y enredado entre los brazos de la persona que él más amaba.
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Sirius dobló con cuidado la capa que acababa de sacar de su guardarropa y la colocó a un lado de las demás prendas, puestas en minucioso orden sobre su cama. Se dirigió al baño y tomó algunas cosas de su tocador para regresar de inmediato y hacer lo mismo con ellas. Cuando terminó, dio un último vistazo para ver que nada faltara y con lentitud se acercó al ventanal.
La tarde estaba cayendo y desde el privilegiado lugar en donde se encontraba, el sol se podía observar ocultándose detrás de las colinas altas que rodeaban los amplios terrenos de la Mansión Black. Sirius supo que tal vez ése sería el último atardecer que vería desde su ventana en mucho tiempo, y quiso que sus ojos azules se deleitaran con la magnífica vista.
El sol terminó de ocultarse al mismo tiempo que una lechuza negra se posaba sobre el alféizar con una carta atada en la pata. Aunque sabía que en cualquier momento llegaría aquello que con tanto temor y dolor esperaba desde ésa misma mañana, no pudo evitar que un pesaroso suspiro brotara de sus labios cuando la abrió para leerla.
Aún después de que la lechuza se marchó, Sirius permaneció mucho tiempo parado junto a la ventana con la carta en la mano. Fue sólo hasta que el frescor de la noche alborotó sus negros cabellos cuando dejó de mirar la carta. La enrolló con cuidado para no estropearla y con un movimiento de su varita, todas las cosas puestas sobre su cama fueron a dar a su baúl, que cerró para encogerlo y guardarlo en el bolsillo de su túnica.
Con el pergamino aún en la mano, salió de su habitación para dirigirse a la de quien alguna vez le llamara padrino. Depositó la carta sobre la cama tendida con pulcritud, y la tristeza fue palpable en su rostro cuando dedicó una última caricia a la Saeta que descansaba en su lugar junto al ventanal.
-Mi niño... –sonrió con pesar, una lágrima rodando por su mejilla al recordar las últimas palabras de Harry antes de partir de casa.
"No vuelvas a llamarme así porque en lo que a mí respecta... tú y yo ya no somos nada."
-Aún eres mi niño. Siempre lo serás... aunque yo ya no signifique nada para ti –palpó el pequeño baúl escondido entre sus túnicas y tras una última mirada a la habitación cerró la puerta detrás de él.
No respondió a las desesperadas preguntas de su elfo cuando tomó un puñado de polvos en la chimenea de la sala. Pasaría la noche en el Caldero Chorreante y al día siguiente iría a Gringotts, antes de desaparecer para siempre de la vida de Harry.
Continuará...
Próximo capítulo: En busca de respuestas. Segunda Parte.
Notas:
Sumset: Hola Sumset, me alegra que el cap. te gustara y así es, las cosas con Harry estuvieron complicadas en ése aspecto. Hermione va poco a poco, y Sirius como podrás ver también está recapacitando. Besitos mil y muchas gracias por tu comentario.
Nan: Hola Nan, Draco ha madurado con todo lo que le ha pasado en esta historia. Paciencia... las cosas entre ellos se darán poco a poco. Sirius... bueno... será difícil hacer que dejen de odiarlo pero bueno... haré el intento. Te agradezco mucho tu comentario y espero que este capítulo también sea de tu agrado.
Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
