Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

Quiero agradecer a Devi, por su review.

Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.

XXVI

Sólo tú para sostenerme.

Segunda Parte.

Advertencia: Éste capítulo contiene escenas de violencia y angustia. Se recomienda su lectura con reservas.

OoooOoooo

Lo primero que Sirius sintió al abrir los ojos a la oscuridad que lo rodeaba, fue el sabor metálico que llenaba su boca hasta casi asquearlo. Aturdido, permaneció unos minutos en el mismo lugar tratando de recordar dónde y porqué se encontraba tirado sobre unos rieles con la nariz lastimada. Trató de levantarse y un terrible dolor laceró la parte de atrás de su cabeza. Intentando calmarlo, se sujetó con la mano y frunció el ceño al ver que estaba sangrando.

Haciendo un gran esfuerzo, se apoyó sobre las filosas piedras hiriendo sus manos y rodillas en su intento por ponerse de pie. Cuando al fin lo logró, se tambaleó en pequeños círculos hasta que los muchos caminos que se mecían frente a él se convirtieron en uno. Miró a su alrededor. Aún seguían las dos hileras de vagones en su sitio y el animago recorrió con la mirada el largo tramo tratando de adivinar cómo había ido a parar a ése lugar.

La extensa capa de lana gris le pesó demasiado cuando comenzó a caminar y él se la quitó para arrojarla a un lado de la vía. No había dado dos pasos cuando regresó por ella para buscar en sus bolsillos su varita, que no encontró. Maldiciendo en silencio, dejó la capa tirada y caminó varios metros de norte a sur por el tramo, buscándola entre los muchos palos y piedras. Mareado por el esfuerzo y sosteniéndose la herida de la cabeza con una mano, el animago se dio por vencido y se recargó sobre uno de los vagones para descansar un momento antes de continuar buscando su varita.

Esforzándose en vano por recordar, caminó al costado del vagón sin despegarse de él para mantener el equilibrio. Confiaba en que el camino que acababa de tomar lo llevara directo a la estación, y de ahí a su departamento. Sólo había avanzado unos cuantos metros cuando le pareció escuchar voces muy cerca de donde él se encontraba. Aunque no estaba armado, dar media vuelta y regresar no le pareció una buena idea. Permaneció quieto en su sitio, tratando de identificar el lugar de donde las voces provenían.

Guiado por su oído, Sirius se acercó con todo el sigilo posible para descubrir que las voces provenían del mismo vagón donde él se recargaba. Apenas visible desde el exterior, una luz muy pequeña lo iluminaba desde adentro. Amparado por la oscuridad, Sirius asomó la cabeza y tuvo que retroceder al instante al llegar a él el olor amargo del humo que golpeó sus fosas nasales, haciendo que casi volviera a perder el sentido.

Dejó que quienes estuvieran ahí terminaran de intoxicarse con lo que fuera que estuvieran usando. Se agachó para pasar por debajo de la compuerta y así evitar que lo descubrieran. Un largo quejido proveniente del vagón lo detuvo en seco y el animago permaneció agachado, deseando que lo que acaba de escuchar sólo fuera producto de la droga que ésos hombres estaban consumiendo.

Pero los sollozos continuaron, uno tras otro. Con un largo escalofrío recorriendo su columna vertebral, Sirius olvidó su precaución y asomó medio cuerpo por la enorme puerta del vagón. En un rincón, una lata oxidada con un pequeño fuego adentro pudo servirle de farol. Y su cuerpo quedó paralizado de dolor, furia y espanto ante lo que sus ojos alcanzaron a descubrir.

En la esquina opuesta, dos hombres arrinconando a un joven que de inmediato reconoció. Uno de ellos sostenía a Erick contra el sucio piso del vagón, y el otro se dedicaba a saciar con su joven cuerpo sus más bajos instintos. Ocupados como estaban en su labor, ninguno de ellos reparó en la presencia del animago.

Paralizado en su sitio frente a la puerta, los recuerdos más dolorosos de su vida hicieron acto de presencia en la mente atormentada de Sirius, quien sólo pudo apretar los puños y cerrar los ojos, las lágrimas amargas corriendo por sus mejillas.

oooooooOooooooo

Ya había pasado muchas horas persiguiendo su snitch por todo el cuarto, y comenzaba a aburrirse. Decidido a buscar otra cosa en qué entretenerse, guardó la pelotita con alas dentro de su estuche y salió de su habitación para curiosear por la Mansión, como tanto le gustaba hacer. No reparó en que la puerta ya no tenía un león como guardián. Él estaba feliz de estar de vuelta en Grimmauld Place.

"¿De dónde vendrá ése escándalo?" Se preguntó mientras recorría los pasillos de la Mansión Black en busca del lugar de donde una música a todo volumen alteraba el silencio, aumentando su innata curiosidad. Se detuvo frente a la puerta del salón. "Debe ser mi padrino armando una fiesta... ¿Por qué no me invitó?"

Posó su mano sobre la perilla de oro, que reposaba entre las dos grandes hojas de madera tallada en caoba pintada de negro. "¿Cuándo cambió la decoración?" Volvió a preguntarse, haciendo un esfuerzo en vano por abrir. Se dio por vencido después de varios intentos y se agachó al nivel del piso... tenía que enterarse. Era un Gryffindor.

Escuchó pasos firmes que se detuvieron a su lado y él giró su mirada verde hacia el hombre parado junto a él. Pero antes de que pudiera levantarse se sintió izado por el cuello de su capa. Molesto, trató de girarse para encarar a quien se atrevía a jalonearlo de ésa manera.

-¿Cómo se atreve...? –no pudo terminar su pregunta. Se vio arrastrado hacia un área de la Mansión que desconocía.

Una creciente angustia comenzó a alojarse en su pecho cuando la oscuridad de un pasillo impidió que viera hacia dónde se dirigían. Extrañado ante una puerta negra que nunca antes había visto, escuchó cuando la voz profunda del hombre la abrió con un hechizo para cerrarla de inmediato.

-¡Déjeme salir! –forcejeó entre sus brazos y buscó su varita, sería necesario darle una lección. Ya vería ése extraño que con Harry Potter nadie se metía. Buscó entre sus ropas sin encontrar su arma, justo en el instante en que era arrojado con fuerza sobre un sucio camastro, bajo una pequeña ventana.

-Vamos a pasarla muy bien, chiquillo –Harry frunció el ceño. Conocía ésa voz. La esperanza renació y una sonrisa coqueta se formó en sus labios cuando el hombre lo despojó de sus ropas y él se recostó sobre el camastro sin dejar de sonreír. Tenía que admitir que la capucha no le sentaba nada mal.

Esperando con ansias lo que estaba por venir, Harry cerró sus verdes ojos y dejó su cuerpo a merced del hombre frente a él. Lo que sintió después fue un intenso dolor, tan grande como no lo había sentido nunca antes. Harry abrió los ojos asustado al sentirse lastimado de ésa terrible manera. Forcejeó entre sus brazos tratando de liberarse, gruesas lágrimas de dolor recorriendo sus mejillas.

-¡No te muevas o te irá peor...!

-¡Detente! ¡Por favor! –Harry siguió luchando, sus fuerzas reducidas ante el terrible dolor que estaba sintiendo-. ¿¡Por qué me haces esto?

No obtuvo respuesta. Sus verdes ojos se abrieron con temor cuando un rayo de luna entró por la pequeña ventana. Jamás lo había visto de ésa manera... ni la noche de la última batalla cuando lo besara con la máscara puesta. La capucha cayó y los negros y largos cabellos se dispersaron sobre su rostro, asfixiándolo. Vio sus ojos, y sólo eso le bastó para descubrirlo.

-¡Tú no eres Severus! –Harry se retorció tratando de escapar del hombre que lo poseía con dureza, sin la dulce consideración que acostumbraba su pareja-. ¡Suéltame!

-Eso es, pequeño... grita todo lo que quieras...

-¡No!

-¡Harry! ¡Harry!

-¡No! ¡Déjame! –aterrorizado, Harry vio cómo el rostro cubierto con la máscara blanca se desvanecía poco a poco hasta verse rodeado por la oscuridad. Atrapado entre los brazos de Severus siguió forcejeando con todas sus fuerzas, confundido entre el sueño y la vigilia. Severus le habló otra vez, y la voz de su pareja lanzó un escalofrío que hizo temblar todo su cuerpo-. ¡Suéltame! ¡No me toques!

Severus lo soltó al instante, y Harry se alejó de él hasta quedar pegado contra el respaldar de la cama. Preocupado, el profesor observó cómo su joven pareja se envolvía con las sábanas formando una barrera entre ambos cuerpos, como si le asustara su presencia y su cercanía fuera una amenaza. No hizo amago de volver a acercarse a él y en cambio, dejó pasar unos minutos dando espacio a que se calmara.

El rostro de Harry era un mar de confusión. Aunque consciente que todo había sido una pesadilla, él aún podía sentir el dolor, el miedo y la furia crecer dentro de él. Sentimientos tan vívidos y profundos que lo asustaban. Apretó las sábanas contra su cuerpo y parpadeó, tratando de alejar de su mente el recuerdo de ése sueño tan real. Severus sólo lo observaba, pendiente de cualquier reacción.

La tensión en el rostro de Harry fue menguando y el color regresó poco a poco a sus húmedas mejillas. Dejó las sábanas a un lado y extendió las manos, buscando a tientas el refugio que de inmediato le brindó el cálido abrazo de su pareja.

oooooooOooooooo

Semidesnudo, con su lastimado cuerpo sujeto contra la dura superficie de hierro y su rostro sucio de herrumbre y lágrimas, Erick ya no tenía fuerzas para seguir luchando contra sus atacantes. Mareado por el humo tóxico que se condensaba en el lugar, sollozaba ya sin aliento a cada dolorosa embestida. Cerró los ojos deseando que al abrirlos sólo se tratara de una pesadilla.

El hombre que sujetaba sus brazos lo soltó y Erick permaneció quieto sin poder moverse, cuando el cuerpo que lo poseía se separó de su cuerpo dejando en él profundas heridas.

-Es mi turno... es mi turno... –escuchó decir, y cerró sus ojos cafés esperando volver a sentir ésa terrible tortura otra vez. Se sintió alzado en vilo y su rostro chocó contra el hierro. Sus caderas fueron levantadas y volvió a sollozar, pero el tormento nunca llegó.

Eufórico por la droga en su organismo, el hombre se preparaba para consumar la violación cuando un alarido detrás de él lo distrajo. Sorprendido, soltó el cuerpo de Erick haciéndole caer al suelo con un ruido seco. Con un gran esfuerzo, el muchacho se arrastró hasta el fondo del vagón tratando de alejarse. La fría y gruesa pared de metal enfrió su espalda cuando chocó contra ella, haciéndole reaccionar.

Aterrado, cubrió su boca con un puño para evitar que un grito surgiera de ella. Frente a él, el hombre que acababa de violarlo agonizaba desangrándose poco a poco a través de una profunda herida en su cuello. El enorme perro negro se lanzó contra el hombre que acababa de soltarlo, las enormes fauces buscando su garganta. Sirius sintió una terrible punzada en alguna parte de su cuerpo antes de alcanzar el frágil cuello que desgarró, ciego de furia.

Erick vio cuando la navaja de bolsillo escapó de las manos temblorosas de su atacante, al mismo tiempo que el corazón del hombre se detenía. Desvió su mirada café hacia el perro negro, que cojeó hasta donde Erick se encontraba dejando un rastro de sangre a cada paso. Asustado, el muchacho se agazapó contra una esquina y cerró los ojos esperando de un momento a otro el ataque del animal, que no sucedió. Cuando los abrió, vio con enorme sorpresa que el perro ya no estaba.

Temblando de miedo y dolor, Erick no se atrevió a moverse de su lugar. Como si se tratara de un espectador frente a una película de horror, el muchacho permaneció acurrucado en el suelo, las piernas desnudas encogidas contra su pecho. Frente a él, sus dos violadores yacían desangrados y él agradeció en silencio al enorme perro negro, antes de cerrar los ojos y dejar que la negrura lo envolviera por completo.

oooooooOooooooo

Frente a la chimenea del Caldero Chorreante, Remus caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Aunque habían pasado poco más de treinta minutos desde que Harry lo despertara, ya eran horas para él. Tom se había dado por vencido en su afán de ofrecerle algo que pudiera calmarlo, pues el rostro del licántropo era una pálida máscara de nerviosismo y gran preocupación.

Desesperado, consultó por enésima vez su reloj antes de acercarse al recipiente de los polvos para tomar un puñado. Arthur ya se estaba tardando demasiado. Tenía planeado ir a Hogwarts y buscar en la biblioteca algún hechizo oscuro que fuera capaz de decirle dónde se encontraba su mejor amigo.

Estaba por echar los polvos y mencionar su destino, cuando el color de las llamas cambió y la figura de Arthur traspasó el nicho. Remus apretó los polvos dentro de su puño en un esfuerzo por no lanzarse hacia el Auror.

-¿Has averiguado algo? –Arthur asintió en silencio y buscó en el bolsillo de sus sencillas túnicas un pergamino, que extendió ante el profesor-. ¿Qué es eso?

-No ha utilizado su varita, Remus. Pero se acaba de detectar el uso de animagia en varias partes del Mundo Mágico y Muggle –Arthur señaló varios puntos sobre el pergamino, que resultó ser un gran mapa-. Pero nosotros iremos a éste lugar.

-¿Al Este del Londres Muggle? –preguntó el profesor, observando el sitio que el Auror señalaba en el mapa-. ¿Qué te hace pensar que pudiera ser Sirius?

-Porque fue el único animago que los archivos del Ministerio no pudieron identificar...

-Porque Sirius no es un animago reconocido por el Ministerio –concluyó Remus, su semblante preocupado tornando a uno complacido. Se sacudió las manos para deshacerse de los polvos que acababa de tomar-. Tiene que ser él, Arthur. ¿Qué estamos esperando?

El patriarca de los Weasley asintió en silencio y extrayendo un objeto de su bolsillo, se lo ofreció al profesor. Segundos después desaparecían para aparecer de nuevo, ésta vez sobre las vías del ferrocarril. Sin preocuparse por ser visto a ésas horas de la madrugada, Remus conjuró un Lumus con su varita y el resplandor iluminó el largo camino de acero y piedras que componía el camino a la estación.

-¿Qué tan aproximado es el mapa que me mostraste? –preguntó el licántropo mientras dirigía el Lumus para alumbrar el oscuro camino frente a ellos.

-Metros más... metros menos –fue la vaga respuesta del Auror. Remus se detuvo en seco y Arthur casi chocó contra él cuando el profesor se agachó para recoger algo que acababa de encontrar tirado en las vías-. ¿Qué es eso?

-Es una capa... –Remus acercó la fina tela a su nariz y entre el olor natural de la lana pudo reconocer el aroma del perfume francés de su mejor amigo. Se alarmó al ver que estaba manchada de sangre-. ¡Es de Sirius! ¡Y parece que está herido!

-¿Estás seguro? –Arthur no recibió respuesta del licántropo, pues éste ya corría por entre las vías, la capa gris estrujada en su mano y gritando el nombre de Sirius a todo pulmón.

Encontrándose solo y a oscuras, el Auror suspiró con resignación y encendió el Lumus de su varita para buscar con más calma de la que Remus mostraba. Siguió adelante, alumbrando el interior de cada vagón de las dos largas hileras que aún continuaban estacionadas a lo largo del camino.

Varios metros más atrás, Remus continuaba gritando el nombre de su amigo. Viendo que Arthur se avocaba a la tarea de revisar cada vagón, él se dedicó a buscar debajo de ellos. No tardó en encontrar la varita de Sirius, abandonada y casi oculta entre las piedras. La examinó para verificar que se encontrara en buen estado y la guardó en el bolsillo de la túnica gris de su amigo.

-¡Remus! –el licántropo casi saltó de su sitio al escuchar el grito alterado del Auror. Corrió los metros que lo separaban de él, sintiendo que su corazón se detenía con cada tramo que avanzaba. Se detuvo frente al vagón donde Arthur se encontraba, su varita alumbrando hacia el muchacho que se hallaba en el rincón, aún inconsciente.

-¡Por Merlín! –exclamó con horror cuando la varita de Arthur se desvió de Erick para alumbrar a los dos cuerpos frente a ellos. Ambos se hicieron a un lado sin poder evitar un gesto de repulsión, cuando siguieron el camino de la sangre que caía en delgados hilos por la puerta del vagón, formando un charco debajo de sus pies-. ¿Qué fue lo que ocurrió aquí?

Arthur apagó el Lumus de su varita y esquivando el charco de sangre, se impulsó para entrar al vagón seguido de cerca por Remus. Sólo fue necesario un ligero vistazo a ambos cuerpos para darse cuenta de qué habían muerto. Desviando su mirada de los cuellos desgarrados de ambos hombres, Arthur se acercó al joven y lo examinó con la punta de su varita.

-Éste muchacho fue violado...

Remus se agachó a su lado y vio con tristeza las claras huellas de lo ocurrido. Se quitó su propia capa y la colocó sobre los muslos desnudos del muchacho, que en su inconsciencia no notó el repentino calor de la tela sobre su cuerpo.

-Será mejor llevarlo a la enfermería –sugirió el profesor de Defensa. Arthur lo miró con aprensión, el reclamo mudo en su experta mirada-. No importa lo que él sea. Fue ultrajado y está herido, será necesario que Poppy lo atienda.

-¿Y qué hay de Sirius? –preguntó el Auror, que no había olvidado la razón por la que ahora se encontraban ahí-. No podemos dejar de buscarlo.

-Tal vez el muchacho sepa algo –Remus se puso de pie, recorriendo con la mirada el espacio a su alrededor y tratando de evitar la desagradable visión de los dos hombres junto a él. Se colocó sobre la espalda la capa gris de Sirius al tiempo que se volvía al Auror-. Habrá que interrogarlo antes de llevarlo con Poppy.

Arthur asintió en silencio y volvió a acercar la varita al rostro del muchacho.

-Enervate...

Los ojos cafés se abrieron poco a poco, y Erick parpadeó con dolor cuando sus irises fueron heridas por una deslumbrante luz que lo asustó.

-Tranquilo, muchacho... –al escuchar a Arthur, Erick se revolvió en su sitio, sollozando de dolor y miedo-. Tranquilo, no te haremos daño.

Erick mantuvo los ojos muy abiertos, cubriendo su cuerpo adolorido con la capa de Remus. Al darse cuenta que se encontraba arropado, su corazón se tranquilizó y entonces pudo descargar su vergüenza y dolor. Remus y Arthur observaron las lágrimas del muchacho con un respetuoso silencio.

-¿Cómo te llamas? –Erick no respondió. Arthur comprendió su vergüenza y decidió no insistirle-. ¿Quién te hizo esto?

El muchacho levantó la cabeza y señaló con mano temblorosa a los dos hombres que aún yacían en el mismo lugar, como pudo comprobar antes de desviar de nuevo su mirada, asqueado por la horrible visión. Remus se separó de Arthur y se acercó a los cuerpos. Con la varita, alumbró hacia el bajo vientre de uno de ellos y comprobó que Erick decía la verdad.

-¿Qué fue lo que sucedió? –preguntó al muchacho mientras regresaba a su lugar junto a Arthur. Erick se sorprendió cuando la mano de Remus le ofreció una taza de chocolate caliente. Intrigado por saber de dónde pudo haberla sacado, la aceptó escuchando la suave y serena voz que lo tranquilizó como por arte de magia, lo suficiente para poder pronunciar sus primeras palabras.

-Nosotros... íbamos de camino a la estación... cuando ellos... –se detuvo por un instante, renuente a tener que seguir recordando lo ocurrido-. Ellos... nos golpearon y a mí metieron al vagón y luego...

El joven calló, y los dos magos frente a él se miraron el uno al otro, comprendiendo su silencio.

-¿Nos estás diciendo que había alguien más contigo? –el muchacho asintió y el rostro de Remus mostró una gran preocupación-. ¿Quién es? ¿Dónde está ahora?

-No lo sé... sólo vi que lo golpeaban y ya no supe más de él –Arthur y Remus cruzaron una mirada inteligente y el Auror se puso de pie mientras el muchacho continuaba-. Yo tenía que llevarlo a su casa porque había bebido demasiado... –se cubrió la cara con las manos, y las siguientes palabras que pronunció hicieron que el corazón de Remus casi se detuviera-. Si no hubiera sido por ése perro...

-¿Qué perro? –Remus tomó los hombros del muchacho, que se revolvió evitando el contacto-. Lo siento... ¿Dijiste que había un perro? ¿Era negro? –el muchacho asintió, y Remus apretó contra su cuerpo la capa de Sirius-. ¿Dónde lo viste?

-Remus... mira esto... –Arthur se acercó al profesor y le mostró lo que el licántropo reconoció como la cartera de Sirius-. Los asaltaron, no hay duda alguna.

-Pero... ¿Dónde está ahora? –Remus se levantó y comenzó a buscar con la mirada algún indicio que pudiera indicarle dónde encontrarlo. El pequeño fuego de la lata oxidada ya no existía y gran parte del amargo tufo de la droga que ahí se consumía, se había desvanecido con el aire que entraba por la enorme puerta del vagón. Se volvió hacia el muchacho-. ¿Dónde viste al perro negro?

-Aquí... ése hombre lo hirió antes de que... –al recordar lo ocurrido, el muchacho se encogió sobre sí mismo mientras cubría su cuerpo con la capa de Remus-. Fue ése perro negro... el que los mató a ellos.

Remus volvió su mirada hacia los cuerpos de los hombres con el cuello desgarrado y la imagen ante él cobró otras dimensiones. Mareado por la impresión que le causó imaginar a Sirius haciendo algo como eso, salió a toda prisa del vagón. Necesitaba aire fresco. Se recargó sobre la superficie que minutos antes sostuviera el cuerpo de Sirius, mientras ocultaba su rostro entre sus temblorosas manos.

-Remus... ¿Estás bien? –Arthur lo alcanzó segundos después. Remus descubrió su rostro y el Auror pudo ver la más clara desolación en sus ojos dorados.

-¿Qué le ocurrió? –preguntó, más para sí mismo que para el hombre frente a él-. ¿Qué fue lo que le pasó por la cabeza para hacer algo tan terrible como eso?

Arthur guardó silencio, sin hallar una respuesta. Si Remus que era su mejor amigo y lo conocía de casi toda la vida no lo sabía... ¿Cómo podía él saberlo? Después de eternos segundos sin saber qué hacer, Remus recuperó la compostura y se volvió al Auror, su rostro expresando un gran pesar.

-Está herido, Arthur... necesito encontrarlo –el Auror asintió en silencio, y se sorprendió cuando Remus posó su mano sobre su hombro, su mirada suplicante-. Escucha... él pasó doce años en prisión siendo inocente... no quisiera que...

Arthur comprendió lo que Remus trataba de decirle, y negó con la cabeza al tiempo que palmeaba la mano que aún sostenía su hombro.

-Antes que Auror, soy padre de familia, Remus. Así como le ocurrió a ése jovencito, pudo ocurrirle a mi hija... o a cualquiera de mis muchachos –Remus permaneció en silencio, escuchando con atención cada una de sus palabras-. No sé lo que pasó por la mente de Sirius cuando lo hizo, pero sí te puedo decir que si yo hubiera estado en su lugar... un Kedavra no me hubiera bastado para castigar a esos malditos –la mirada de agradecimiento que Remus le dirigió, hizo comprender a Arthur que había tomado la mejor decisión-. Encuentra las huellas de sangre de Sirius y síguelas. Así será más fácil encontrarlo –le sugirió al tiempo que se encaminaba hacia el interior del vagón.

-¿Qué harás con ellos? –le preguntó el profesor, señalando el lugar con un ligero movimiento de cabeza.

-Llevaré al muchacho a la enfermería –fue la firme respuesta del Auror-. A los otros los dejaré aquí, pero antes me desharé de cualquier cosa que pueda involucrar a Sirius con todo este desastre. Te veré en el Castillo, ¿De acuerdo?

Remus asintió mientras aferraba su varita, alumbrando todo a su alrededor. Caminó unos cuantos metros hasta que encontró el rastro que buscaba. Con el corazón latiendo a toda prisa siguió las huellas que la sangre de Sirius dejara, al tiempo que elevaba una plegaria por el bienestar de su gran amigo.

oooooooOooooooo

Se sentía lastimado, aterrado... perdido. Cada sombra que se atravesaba en su camino lo sobresaltaba, y entonces el perro negro se agazapaba en la oscuridad y después reanudaba su huída. La herida en una de sus patas delanteras era profunda y dolía cada vez más.

Debilitado, lanzó un tenue aullido lastimero y volvió a ocultarse detrás de unos grandes toneles de diesel que custodiaban la entrada a una bodega, donde más toneles manchados de grasa apenas dejaron espacio para que el asustado animal pasara, ya sin fuerzas para seguir escapando.

Tropezando entre enormes tornillos oxidados que en el pasado formaran parte de alguna locomotora, encontró refugio en un espacio libre y apenas cómodo para dejarse caer, exhausto. Lamió la herida de su pata, que continuaba sangrando y volvió a gemir, temblando de frío y miedo.

Después de algunos minutos tuvo fuerzas para dejar surgir al mago y Sirius se abrazó a sí mismo, sintiendo más frío aún al no tener la protección de su negro pelaje y en cambio una delgada camisa que no lo cubría ni siquiera lo necesario. Se arrepintió de haber dejado tirada su gruesa capa de lana.

Examinó su herida, que sobre su brazo no se apreciaba tan profunda. Sirius recargó su cabeza contra la pared y fijó su mirada azul en un enorme hueco sobre él, que hacía de ventana. A lo lejos, pudo escuchar el ruido del tren próximo a arribar a la estación. Mientras seguía el rítmico ruido de la máquina que poco a poco se acercaba, dejó que los recuerdos de lo que acababa de vivir se arremolinaran en su mente confundida.

Él sólo había ido al bar para beber una copa. Tenía pensado retirarse temprano a su departamento y entretenerse con algún programa en la televisión. Pero en ése pequeño bar, el recuerdo de Remus y Harry tan lejos de él hicieron más profunda su soledad. Perdió la cuenta de las copas, y jamás se imaginó que ésa sería la causa de lo que después ocurriría.

La visión de aquél joven siendo violado había resucitado en su mente lo vivido por él años atrás. No pensó en lo que hacía. Sólo sintió una inmensa furia y los rostros extraños dejaron de serlo en su mente torturada, para ser cubiertos por una máscara blanca. Se lanzó sobre ellos lleno de odio... sediento de venganza.

Sirius sintió náuseas al recordar el sabor metálico de la sangre derramada en ése vagón por su causa. Se cubrió la cara con las manos y un sollozo desesperado escapó de su garganta. No sabía qué había sido peor: Si lo que ésos dos hombres hicieran al muchacho, o lo que él les hiciera a ellos.

-Dios mío... ¿Qué he hecho? –el sollozo en su garganta se convirtió en un largo gemido. Asustado por no haber sido capaz de controlar la parte irracional de su fuerte carácter, sintió un gran horror de sí mismo-. Soy un... monstruo...

Un fuerte ruido hizo que Sirius se sobresaltara. Escondido en el pequeño espacio que lo cobijaba cerró los ojos y adoptó su forma animaga. Con toda seguridad lo buscaban para llevarlo preso por lo que acaba de hacer. Volvería a Azkaban y ésta vez sería por una justa razón.

El ruido del tren que en ése momento pasaba a unos metros de la pequeña bodega, acalló los fuertes llamados de Remus. El suelo retumbó debajo de ellos al paso de la enorme locomotora, mientras el licántropo lanzaba lejos un tonel que estorbaba a su paso. En el rincón, el perro se encogió aullando de miedo y Remus sintió que el alma regresaba a su cuerpo cuando al fin lo encontró.

-¡Sirius! ¡Gracias al Cielo! –en medio del atronador ruido de la máquina, Sirius no lo escuchó. El Lumus de su varita reflejó su propia sombra irguiéndose enorme sobre su amigo y el perro se encogió más sobre sí mismo. Remus sintió ganas de llorar al verlo tan asustado, y más pequeño que nunca. Se agachó a su altura, el tren alejándose poco a poco hasta que sólo se escuchó su incesante traqueteo en la distancia-. Padfoot... mírame... soy yo, Remus.

Padfoot levantó su mirada cristalina hacia la dulce voz que lo llamaba. Remus alargó su mano hacia él y el perro se pegó contra la pared, temiendo lastimarlo también. Al verlo, Remus mantuvo su mano extendida y se acercó poco a poco hasta sentarse en el rincón, a su lado. Padfoot no se movió de su lugar. Sin temor, Remus colocó su mano sobre su cabeza, acariciando sus orejas caídas.

Ante la dulce caricia que su amigo le dedicó, las defensas de Sirius cayeron. Cojeando, buscó el regazo de Remus y descansó su cabeza sobre él. El silencio ya reinaba en el lugar y Remus pudo escuchar con claridad los tenues sollozos que su mejor amigo trataba de ocultar.

-Todo está bien... no tengas miedo –Remus siguió acariciando su cabeza, y cerró los ojos con agrado cuando el suave pelaje bajo sus dedos cambió de textura. Enredó sus dedos en los despeinados cabellos de Sirius, sin dejar de hablarle-. Sé que estás herido, ¿Por qué no me dejas curarte mientras me cuentas lo que te ocurrió?

Sin esperar respuesta, Remus apagó el Lumus de su varita. Con un hechizo de curación de los muchos que él sabía, cerró poco a poco las heridas que iba encontrando en el cuerpo de su amigo. La herida de la cabeza fue la última que cerró, para después esperar en paciente silencio hasta que la voz quebrada de Sirius se dejó escuchar.

-Hice algo muy malo ésta noche... –un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza al recordar a los dos hombres que atacara en el vagón. Remus, que aún lo sostenía sobre su regazo, tomó su mano y la apretó con fuerza tratando de calmarlo-. No quiero ir otra vez a Azkaban, Remus... no quiero... no...

-Tranquilo... no volverás a ése lugar, Sirius. Te lo prometo –Sirius cerró los ojos y apretó la mano que sujetaba con fuerza la suya-. Sé... lo que tú hiciste en ése vagón. Salvaste la vida de ése muchacho, eso es lo que importa.

-No es así... no lo es –Remus frunció el ceño sin comprender el balbuceo de su amigo-. Llegué tarde, Remus. La vida de ése muchacho... ya no será la misma. Sus heridas... nunca sanarán.

-Arthur lo llevó a la enfermería –Sirius movió la cabeza de un lado a otro, sintiendo una gran tristeza porque su amigo no lograba comprender-. A éstas horas Poppy ya debe haber curado sus heridas. Se recuperará, no lo dudes.

-Tú... no... entiendes. Él no se recuperará... nunca. Lo que ellos le hicieron... no se borrará nunca de su mente.

-No hables así, Sirius –Lo reprendió el licántropo, ajeno a todo lo que en ése momento pasaba por la cabeza de su mejor amigo-. Es joven, tiene toda una vida por delante. Ya verás que más pronto de lo que piensas habrá olvidado lo ocurrido ésta noche.

-No lo hará, Remus... –insistió el animago, sus ojos azules nublados de lágrimas y recuerdos luchando por salir. Se soltó de la mano que lo aferraba y giró de costado sobre el regazo de Remus, encogiéndose sobre sí mismo mientras le daba la espalda. Su amigo sintió su cuerpo temblar al ritmo de sus sollozos e hizo a un lado sus negros cabellos. Sirius cerró los ojos, negándose a mirar los dorados ojos de su amigo-. Nunca es... suficiente el tiempo para olvidar... tú no sabes... no lo sabes...

-¿Qué es lo que no sé, Sirius? –Remus mantuvo su mirada sobre el rostro de su amigo. Dolor y melancolía haciendo sombra en las facciones que a él tanto se le antojaban traviesas, casi infantiles a pesar de su madurez-. Por favor... dime qué es lo que no sé.

En la intimidad de ésa solitaria bodega escuchando la voz de su amigo, siempre capaz de contenerle en sus momentos más irascibles y alegrarle los instantes más sombríos, Sirius suspiró y dejó que las palabras surgieran solas de sus labios.

-La noche en que aquello ocurrió... yo sólo tenía nueve años...

Cansado de mantener su corazón cerrado, cedió al fin ante aquel pasado que aún atormentaba sus noches y mutilaba sus días, impidiéndole vivir y dejar vivir. Impidiéndole ser feliz y dejar ser felices a las personas que él más quería. Sosteniéndolo entre sus brazos, Remus escuchó en silencio cada una de sus palabras hasta que rendido por el cansancio, Sirius dejó que el sueño lo venciera.

Remus continuó sosteniendo su cuerpo dormido, velando su sueño. La noche era cada vez más fría y con cuidado lo cobijó con la capa gris. Con el corazón encogido de tristeza acarició los negros cabellos del animago y en la oscuridad de ése pequeño cuarto dejó que al fin sus lágrimas fluyeran. Y ésa noche lloró por Sirius como en muchos años no lo hacía. Por su inocencia robada, por su alma carcomida por el rencor. Lloró por su mejor amigo, por su hermano... por el hombre que alguna vez él amara.

oooooooOooooooo

Terminado el efecto de la última poción revitalizadora, Severus luchaba contra el sueño y el cansancio. Sentado a un lado de la cama frente a la chimenea, aún esperaba noticias de Arthur o de Remus, deseando que llegaran antes de que Harry despertara de nuevo. Había sido difícil convencerlo de beber una poción para dormir sin soñar, y dudaba que su pareja quisiera volver a conciliar el sueño sin haber recibido noticias de Sirius.

Desvió la mirada del libro que leía para vigilar el sueño del muchacho. Harry parecía dormir tranquilo, aunque de vez en cuando suspiraba y contraía su rostro en un gesto de profunda tristeza. Con toda seguridad en alguna parte de su subconsciente pensaba en su padrino. Suspiró cuando Harry sollozó entre sueños, y acarició su mano hasta que el gesto de su pareja se suavizó.

Permaneció sentado junto a la cama observando al joven que dormía sobre ella, apenas cubierto por la sábana negra haciendo un sensual contraste con la claridad de su tersa piel. Le preocupaba el sueño que acababa de contarle. Ambos sabían que tratándose de Harry, cualquier cosa que soñara por muy extraña que pareciera, la mayoría de las veces guardaba algún significado. Se prometió preguntarle a Remus más adelante. Tal vez él pudiera decirle algo.

Volvió su lectura al libro, tratando de concentrarse en lo que leía. Cabeceó sobre la página varias veces y se dio por vencido cuando las líneas comenzaron a bailar frente a sus negros ojos. Cerró el libro de golpe y se puso de pie para despejarse. Se dio una vuelta por el laboratorio, asegurándose que todo estuviera bien. Se entretuvo revisando su inventario, complacido al ver que Draco lo mantenía en perfecto orden. Cuando ya no supo qué mas hacer, regresó a la habitación.

Harry parecía pequeño en medio de su enorme cama, y Severus se vio tentado a entrar en ella para hacerle compañía. Su deseo se vio frustrado cuando la voz de Arthur se escuchó entre las llamas de la chimenea.

-Severus... ¿Estás ahí? ¿Está Harry contigo?

-Sí, pero está dormido –respondió el profesor en voz baja para no despertar a su pareja-. ¿Hay noticias de Black?

-Remus ya debe haberlo encontrado. Estoy en la enfermería –Severus frunció el ceño con preocupación. Había algo en el ambiente que le dejaba una sensación de Deja Vu-. Necesito que vengas. Hay algo que debemos discutir.

-Voy para allá –Severus dio un último vistazo al muchacho dormido, y confiando en que no despertaría pronto, tomó un puñado de polvos para dirigirse a la enfermería. Al llegar, lo primero que vio fue a Poppy y a su auxiliar atendiendo a un joven al que nunca había visto antes-. ¿Quién es él? ¿Qué le ocurrió?

-Es un Muggle. No sabemos su nombre –antes de que Severus pudiera reclamarle, Arthur tomó el brazo del profesor para conducirlo a un lugar privado-. Remus y yo lo encontramos abandonado en un vagón. Sufrió abuso sexual. No podíamos dejarlo ahí.

-¿Y no pudieron enviarlo a algún hospital Muggle? –Arthur negó con la cabeza-. ¿Por qué? Sabes bien que no es conveniente...

-Lo sé, lo sé. Lo habríamos hecho, de no ser porque Sirius está involucrado –Severus miró con seriedad a los ojos del Auror. Éste supo interpretar su gesto grave y negó con la cabeza-. No es lo que estás pensando.

Arthur le contó todo lo ocurrido y cuando terminó, el rostro de Severus mostraba una gran preocupación. En su mente no dejaba de rondar el sueño que Harry acababa de contarle. De alguna extraña manera sentía que en todo aquello había una gran conexión. Sus negros ojos se enfocaron en la presencia del muchacho, al que Poppy había tenido que dormir porque estaba tan alterado que no dejaba que lo atendieran.

-¿Qué pasará con él? –preguntó, desviando su mirada de Erick para enfocarla en el Auror-. ¿Piensas dejarlo aquí?

-Por ahora dejaremos que Poppy cure sus heridas, Remus no debe tardar en llegar con Sirius y necesito hablar con él. Será necesario conocer su versión de los hechos –en este punto, dirigió una mirada perturbada al profesor-. Hubieras visto lo que les hizo en el cuello a ésos hombres...

-Puedo imaginarlo –respondió Severus, posando su mano en el antebrazo donde si alguien se fijaba bien, aún podía apreciarse una delgada cicatriz que evidenciaba hasta dónde podía ser capaz de llegar el animago cuando se enfurecía-. Claro que sí...

-¿Crees que sea conveniente que Harry sepa todo esto?

Severus no supo qué responder. Por un lado, consideraba que Harry tenía derecho a enterarse de todo. Pero sería prudente que no supiera la forma en que ésos hombres habían muerto. No quería que su pareja guardara en su mente la imagen de su padrino desgarrando el cuello de alguien.

-Aunque soy su pareja conozco mis límites, y sé que hay terrenos en la vida de Harry en los cuales no debo entrometerme. Y uno de ellos es su relación con su padrino –respondió después de pensarlo por un largo momento-. Creo que ésa decisión debemos dejársela a Black. Considero pertinente que sea él mismo quien le cuente lo ocurrido, así sabrá qué partes de la historia decirle y qué partes omitirle.

Arthur asintió en silencio, dándole la razón. Severus dio un último vistazo al muchacho. Poppy ya había terminado con él y estaba por llevarlo a una de las habitaciones privadas. Mientras menos personas en el Castillo supieran de su presencia, sería mucho mejor. El Auror lo acompañó a la chimenea, prometiéndole que le llamaría en cuanto hubiera noticias de Sirius.

De cualquier forma, Severus no quería estar presente si el animago aparecía. Un enfrentamiento contra él era lo último que necesitaba. Como le aclarara a Remus, su interés radicaba en la importancia que todo ese asunto tenía para Harry. Así que tras arribar por la chimenea de sus habitaciones decidió que ya no tenía caso seguir despierto y se dispuso a hacerle compañía a su pareja, que no sintió cuando el hombre se abrazó con firmeza a su joven cuerpo.

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De pie frente a la cama de Erick, Sirius observaba con semblante culpable al muchacho dormido. Aunque Remus había hecho todo lo posible por convencerlo de que él no tenía la culpa, aún se sentía responsable por lo que acababa de pasar horas atrás. Junto a la puerta, la discreta figura de Remus se dibujó debajo del dintel y Sirius desvió su mirada del muchacho para dirigirla hacia su amigo.

El profesor acababa de volver de las habitaciones de Severus. Sin contarle todos los detalles de lo ocurrido, había tranquilizado a Harry explicándole que su padrino se encontraba bien. Pero al sugerirle que lo alcanzara en la enfermería, el muchacho se había negado de forma rotunda. Remus no quiso insistir, comprendiendo que aún se encontraba molesto con él por su actitud hacia Severus.

Así que tras despedirse del testarudo muchacho, el licántropo solo suspiró con tristeza antes de volver a la enfermería, encontrando al animago en la habitación del joven Muggle. Arthur ya se había retirado después de devolverle su cartera a Sirius y que éste le contara todo con sus propias palabras, haciéndole sentir un gran alivio cuando después de preguntarle si lo iba a llevar preso a Azkaban, el Auror le respondiera que no. El Mundo Muggle no estaba dentro de su jurisdicción.

Remus dejó su lugar junto a la puerta para acercarse al animago. Desde su regreso del Londres Muggle, no habían vuelto a mencionar nada de aquel doloroso secreto que su amigo le confesara, y Remus no consideraba que ése fuera el lugar y momento adecuados para hablar del tema. Pero estaba consciente que al respecto les quedaba una larga conversación pendiente, que tarde o temprano tendrían que enfrentar.

Adivinó la pregunta muda en la mirada azul de su amigo, y negó con un ligero movimiento de cabeza. Sirius suspiró con tristeza y se dejó caer sobre la silla a un lado de la cama. Harry se había negado a hablar con él y eso significaba que aún seguía molesto. No podía culparlo por su resentimiento e incluso podía comprender que lo odiara. Él también se odiaba a sí mismo.

-Es lo mejor... así no tendré que contarle lo que hice ésta noche –Remus conjuró una silla para sentarse junto al animago, que se encogió de hombros mientras continuaba-. De cualquier forma... dudo mucho que le importara.

-Aunque no lo creas, Harry estaba muy preocupado por ti. No nos habríamos enterado de nada si no hubiese sido por su empatía contigo.

Sirius no respondió al comentario de su amigo, pero su semblante cambió por un segundo, tiempo que pasó antes de volver a recordar las duras palabras de su ahijado el día de su partida. Tal vez Harry no lo odiaba, pero tampoco lo amaba. Él ya no significaba nada en su vida.

Erick se revolvió entre sueños, afiebrado y sollozando incoherencias. Sirius se puso de pie para acercarse a la cama y le susurró para tranquilizarlo. Segundos después se giró para enfrentar la mirada de Remus, y éste frunció el ceño al ver la actitud decidida que se formó en las facciones de su amigo, mientras extraía su varita del bolsillo de su túnica y se volvía hacia el muchacho.

-¿Qué vas a hacer? –Remus se puso de pie de inmediato y retuvo la mano que sostenía la varita. La soltó al instante cuando pudo ver que las lágrimas se deslizaban por las mejillas de su amigo-. ¿Sirius?

-Hace mucho tiempo... que no hago lo correcto –Remus lo observó con atención, tratando de comprender lo que su amigo decía-. He vivido toda mi vida cometiendo error tras error. Actuando antes de pensar. Juzgando antes de conocer... y todo eso por culpa de alguien cuyo rostro no pude ver, pero que marcó mi cuerpo y mi mente para siempre.

Por la suave sonrisa que se dibujó en el rostro de Remus, Sirius supo que por primera vez en mucho tiempo, al fin estaba haciendo algo correcto. Apuntó hacia Erick, cuyo cuerpo se estremecía en medio de alguna pesadilla.

Junto a él, Remus también extendió su varita hacia el muchacho. No fueron necesarias más explicaciones. Los ojos azules se cruzaron con los dorados de su amigo, y ambos pronunciaron la palabra mágica que con toda seguridad, cambiaría para siempre el destino de aquél muchacho Muggle.

-Obliviate...

oooooooOooooooo

En el pequeño bar del "Oso" Huxley, el hombre no dejaba de mirar su reloj con impaciencia. Cinco horas habían transcurrido ya desde que enviara a Erick con su cliente, y el muchacho no aparecía. Aunque aún no amanecía del todo, las calles ya comenzaban a cobrar vida con los transeúntes trasnochados que poco a poco salían de las tabernas de los alrededores para dirigirse a la estación.

Despidió al último cliente que quedaba y sus empleados se marcharon poco tiempo después. Terminó de hacer las cuentas de la noche y se dispuso a cerrar su local. Pasaría por la casa del muchacho para asegurarse que se encontrara bien y de paso, lo regañaría por no haber regresado a trabajar. Alguien tocó la puerta de cristal, y una media sonrisa de alivio se dibujó en sus labios cuando Erick entró haciendo caso omiso al letrero colgante que rezaba "cerrado".

-¿Se puede saber por qué te apareces hasta éstas horas? –le preguntó con voz enérgica, aunque aliviado por dentro. Erick respondió a su saludo mientras se sentaba en un banquito frente a la barra, de donde tomó algunos dulces de nuez que se guardó en el bolsillo-. ¿Dejaste a mi cliente en su departamento? –el muchacho asintió-. ¿Y por qué no regresaste para trabajar?

-Es que... se me olvidó que debía regresar –Erick se rascó la cabeza, confundido-. ¿Sabe? Ni siquiera recuerdo qué fue lo que hice después de dejar a su cliente.

El hombre lo miró por algunos segundos y su rostro se contrajo en una mueca de enojo.

-¿Fumaste otra vez ésa porquería? –Erick movió la cabeza de un lado a otro, asustado. Ésa época era lejana, apenas tenía doce años y era su primera vez. Para su desgracia, había sido el señor Huxley quien lo encontrara intoxicado con su primer cigarrillo de marihuana en la mano. Pero entre él y su madre se habían encargado de que no le quedaran ganas de volver a hacerlo.

-¡No, señor! ¡Lo juro! –Erick se encogió en su lugar frente al "Oso" Huxley, y pensó que mejor sería no decirle que ni siquiera recordaba haber llegado con su cliente a la estación-. ¡De verdad! Le juro que no lo he vuelto a hacer.

-Más te vale... –el hombre terminó su quehacer en el local y se dirigió a la puerta acompañado por un avergonzado Erick. No podía seguir regañándolo. Lo conocía desde pequeño y sabía que era un buen muchacho y un buen hijo. Su madre estaba muy orgullosa de él-. Uno de mis meseros pidió licencia, y necesitaré tu ayuda ésta noche.

-Aquí estaré, señor –respondió el muchacho, contento de recibir otra oportunidad de trabajo. El hombre lo miró con seriedad, dudando en si estaría haciendo lo correcto al confiar en su palabra. La noche anterior casi tuvo que hacer milagros para darse abasto con su clientela. Erick comprendió su duda y levantó la mano derecha, solemne-. Le prometo que no lo olvidaré ésta vez.

-Hum... está bien –Erick le dirigió una enorme sonrisa de despedida antes de partir-. Muchacho olvidadizo... –murmuró el señor Huxley mientras terminaba de cerrar su local.

De vuelta a casa, Erick caminaba despacio con el ceño fruncido. Lo único que recordaba de ésas últimas horas, era el momento en que acompañaba al cliente del señor Huxley a la estación, mientras trataba de evitar que diera de boca contra las vías. Después de eso, su despertar justo antes de llegar a la estación a bordo del tren que para su sorpresa ya lo traía de regreso, y de donde se bajó muy confundido para ir directo hacia el bar.

Metió las manos en los bolsillos de su viejo pantalón, advirtiendo la presencia de una gran cantidad de billetes en donde no debería haber más que unas cuantas monedas. Extrañado, sacó el grueso fajo para examinarlo. Los recuerdos llegaron de golpe a su mente y entonces sonrió. Acababa de recordar que se había quedado conversando con el señor Black en su lujoso departamento, y horas después lo había acompañado él mismo hasta la estación para que tomara el tren de regreso.

"¿Cómo se me pudo olvidar?" Se preguntó, avivando el paso rumbo a su casa. El dinero que el señor Black le diera como agradecimiento por haberlo acompañado hasta el otro lado de la ciudad le serviría para pagar varios meses de alquiler. Su madre estaría contenta, después de reprenderlo por no llegar a dormir. Dio las gracias en silencio al cliente del señor Huxley en el instante que escuchaba la voz preocupada de su madre, que ya lo esperaba.

"Ten mucho cuidado cuando camines de noche por las vías." Recordando la grave advertencia del señor Black al despedirse de él, dirigió una última mirada a un perro negro que lo había seguido muy de cerca desde que arribara a la estación. Lo miró a los ojos y por alguna extraña razón supo que debía tomar en serio aquel consejo. Sacó uno de los dulces que había tomado de la barra del bar y se lo ofreció al animal, que lo aceptó gustoso.

-Gracias por acompañarme hasta aquí –murmuró al enorme perro mientras cerraba la puerta y atendía el llamado preocupado de su madre.

El perro permaneció algunos minutos más frente a la puerta de Erick, y se marchó a paso lento cuando ya comenzaba a clarear. A bordo del tren que lo llevaría a su departamento, Sirius se sentía satisfecho porque las pociones de Poppy y el hechizo de Ilusión habían funcionado tan bien como el Obliviate. Si su madre hubiera hecho lo mismo por él, ahora su vida sería muy diferente.

-Pero el hubiera no existe... –murmuró con amargura. Cerró sus ojos azules y suspirando, decidió disfrutar el sabor del dulce de nuez que aún permanecía en su boca.

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Dos días después de lo ocurrido con Sirius en el Londres Muggle, Draco se dirigía a toda prisa en busca de su padrino. Acababa de enterarse que ésa misma mañana, un incidente en la clase de pociones con el cuarto año de Ravenclaw y Gryffindor, había enviado a la mayoría de los alumnos a la enfermería por leves quemaduras ocasionadas al explotar sus calderos.

Al saberlo, su preocupación por los incidentes ocurridos en los últimos días se hizo mucho más patente. Algo malo estaba pasando con Severus y tenía que averiguarlo lo más pronto posible. El rubio no esperó una invitación. Entró al salón donde aún quedaban señales de lo ocurrido en las paredes y techo, y hasta en la pizarra del profesor. Severus no estaba.

Paseó su mirada gris por todo el lugar y vio con sorpresa que la mayor parte de los pupitres tenían residuos del accidente. En la pizarra podían verse las instrucciones de la poción que los alumnos debían elaborar, y sólo un vistazo necesitó para darse cuenta que su padrino había cometido un error al confundir uno de los ingredientes.

Salió del salón de pociones y se dirigió al laboratorio. Lo encontró trabajando en una habitación al fondo otrora en desuso, y ahora ampliado con magia y acondicionado para uso exclusivo de su investigación. Usaba en sus manos unos guantes de piel de Dragón, para protegerlas mientras analizaba el veneno de Nagini.

Al verlo entrar, el profesor siguió trabajando sin hacer caso al muchacho cuando éste se paró frente a él, exigiendo su atención. Draco esperó con paciencia a que el hombre terminara lo que estaba haciendo. Severus se quitó los guantes e hizo algunas anotaciones en un pergamino. Fue hasta ése momento que enfocó su interés hacia su ahijado.

-Supe lo que ocurrió con los de cuarto –Severus hizo flotar el pergamino frente a él y continuó haciendo algunas anotaciones-. Sabes que el error fue tuyo, ¿Verdad?

-¿Tiene algo de malo que me equivoque alguna vez? –preguntó el profesor sin despegar la mirada del papel-. No soy perfecto, ¿Sabes?

-No lo dudo, Severus. Y por supuesto que no tiene nada de malo que te equivoques alguna vez –en éste punto, Draco posó una mano sobre el hombro de su padrino, haciendo que éste levantara sus negros ojos hacia él-. Pero sabes bien que no es la primera vez. Ya son varias las ocasiones en lo que va del curso.

-¿A qué viene todo esto, Draco? –el muchacho pudo advertir un tono de fastidio en la voz de su padrino-. Ya Minerva me hizo las debidas advertencias. No necesito más de lo mismo, ¿De acuerdo?

-Estás cansado, Severus –el hombre dejó de escribir sobre el pergamino y dio la espalda al muchacho. Se acercó a una gaveta que yacía en un rincón, y que había hechizado para conservar a una temperatura muy baja lo que ahí guardaba. Extrajo un tubo de vidrio con una sustancia transparente y regresó a su mesa para seguir trabajando-. Necesitas ayuda con tus clases, ¿Por qué no me das los tres primeros años?

-No puedes dar clases en Hogwarts, Draco. No tienes un título de catedrático, y sabes muy bien que la seguridad de los alumnos en clase es responsabilidad de cada profesor –con una pipeta, introdujo en el tubo la enzima que acababa de separar. Colocó la tapa y lo invirtió con suavidad varias veces mientras consultaba su reloj-. No puedo poner semejante carga sobre tu espalda. Además, ya bastante tienes con las pociones y con los trabajos que te doy para calificar.

-Entonces busca a alguien que te ayude con lo de Harry... no lo sé... alguno de tus mejores alumnos de séptimo. Estoy seguro que te ayudarán con gusto a cambio de algunos puntos para sus Casas.

El gesto de desilusión del profesor no pudo ser más grande cuando al examinar la muestra de plasma, vio que seguía teniendo la misma consistencia líquida. Hizo algunas anotaciones más en el pergamino antes de regresar su atención el muchacho.

-De ninguna manera. No confío en nadie para algo tan delicado como esto –Draco no pudo evitar un suspiro de frustración ante la necedad del hombre-. La vida de Harry está en juego, y no voy a arriesgarla dejándola en manos de ningún inepto.

-¿Cuántas noches llevas sin dormir en las últimas semanas? –Severus no respondió a su pregunta, cosa que no fue necesario. Debajo de sus negros ojos Draco pudo apreciar las huellas claras de su desvelo-. ¿Harry lo sabe?

-No lo creo. Siempre lo encuentro dormido cuando regreso.

-No es para alarmarte ni nada de eso, pero... ¿Qué pasará si te llegas a enfermar? –Severus tampoco quiso responder a ésa pregunta. Enfermarse estaba muy lejos de sus planes. Tal posibilidad era inaceptable para él-. ¿Cómo podrás ayudar a Harry entonces? De ninguna manera, padrino –concluyó el rubio-. No podrás ayudarlo si te enfermas. Necesitas que alguien te ayude con éste proyecto.

Cansado, Severus se sentó y recargó la cabeza contra el respaldo de su silla, mientras cerraba los ojos y suspiraba. Draco tenia razón. Las pociones revitalizadoras ya no le surtían el mismo efecto, lo que significaba que el cansancio de su cuerpo ya estaba llegando a un extremo en el que ponía en riesgo su salud. No podía enfermarse. Cada hora del día era demasiado valiosa para él, como para desperdiciarla tirado en una cama de la enfermería.

-¿Tienes alguna sugerencia? –Draco frunció el ceño ante la actitud vencida de Severus. Pero lejos de alarmarse se alegró por eso. El hombre acababa de aceptar que necesitaba ayuda urgente. Se sentó frente a él, escuchándole con atención-. Necesito a alguien comprometido con la vida de Harry. No alguien que lo quiera, sino alguien que lo ame lo suficiente y que se obligue a ser cuidadoso en el trabajo de laboratorio. Y que esté tan interesado como yo en su recuperación.

-Podría ser Lupin –sugirió el rubio sin dudarlo. Él mismo era testigo de cuánto amaba el licántropo a su amigo. Severus rebatió su sugerencia mientras se enfocaba de nueva cuenta en el veneno de Nagini.

-Él ya tiene bastante con las clases de Defensa y Duelo. Sin contar con su labor como Jefe de Gryffindor –se colocó los guantes de piel de Dragón y con cuidado, tomó una muestra del veneno para repetir todo el proceso-. También está fungiendo como Subdirector interino. Descártalo.

-¿Weasley?

-No. Demasiado trabajo y problemas con el asunto de Granger. Ahora no tiene cabeza para otras cosas. Pensándolo bien, nunca ha tenido cabeza para otras cosas.

Draco sonrió por un breve instante, antes de que su rostro volviera a ensombrecerse. Sintió una gran tristeza al recordar que había una persona con la capacidad suficiente para ayudarlo. Era una verdadera pena que Hermione Granger ahora se encontrara en San Mungo.

Otro nombre rondó por su cabeza, pero el solo pensamiento le pareció algo descabellado. Hacer semejante sugerencia a su padrino sería una verdadera idiotez. Aún así, Draco se decidió a arriesgar sus dientes, pues sabía muy bien que ésa persona también amaba a Harry. Y lo amaba lo suficiente no sólo para obligarse a ser cuidadosa en su trabajo, sino también para estar lo bastante consciente que ésa sería tal vez, la última oportunidad que tendría para recuperarlo.

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Desde la ventana del vigésimo piso donde se encontraba, Sirius observaba los enormes edificios que obstruían el paso del sol, matizando en tonalidades grises aquella tarde de viernes en el Londres Muggle. Sentado en un sillón a unos metros de él, Remus repasaba distraído alguna revista, ignorante de los pensamientos que pasaban por la mente de su amigo.

Era la primera vez que pisaba ése lugar, y estaba muy nervioso. Tenía ganas de salir corriendo y bajar las interminables escaleras que lo conducirían hacia la salida del edificio. Pero sabía muy bien que Remus le lanzaría un hechizo paralizador antes de que lograra llegar al primer escalón. Para ser sincero consigo mismo, el licántropo era el principal causante de que ahora se encontrara en ése apuro.

Ansioso, posó sus manos temblorosas contra el cristal de la ventana, dejando en él la humedad de su sudor frío. Suspirando para controlar la sensación de vértigo, cerró los ojos y respiró con fuerza. Él no temía a las alturas, pues uno de sus pasatiempos favoritos en su juventud siempre fue elevarse en su escoba lo más alto posible, hasta casi tocar las nubes. Su sensación de vértigo se debía a otra razón.

Desde su lugar en el sillón, Remus levantó la mirada y la enfocó sobre la figura del animago. Sirius mantenía recargada su frente contra el cristal, las manos apretadas con tanta fuerza que sus nudillos se apreciaban blancos. Con un largo suspiro, dejó la revista a un lado y se puso de pie. Sirius despegó la frente de la ventana cuando a través de ella distinguió la figura de su amigo detrás de él.

-¿Es necesario que estemos aquí? –Remus asintió en silencio y el animago resopló, escondiendo las manos en los bolsillos de su grueso abrigo-. No creo... poder hacerlo, Remus.

-Pero debes hacerlo. Por tu bien... y por el de Harry –al escuchar el nombre de su ahijado, Sirius asintió en silencio y sus azules ojos se nublaron. Más que por insistencia de Remus o por su propio bien, estaba ahí por él. Por Harry. Por su ahijado... por su niño.

-¿Crees... que aquí podrán ayudarme a... ya sabes...? –Remus volvió a asentir y entonces Sirius guardó silencio, perdido en sus pensamientos.

Al día siguiente de lo ocurrido con aquél muchacho Muggle, al fin había dado lugar la conversación pendiente entre Remus y él. Sirius no se arrepentía de haberle confesado el secreto que guardara desde su niñez, y Remus estaba dispuesto a ayudarlo a superar ése terrible episodio de su vida. Pero le había dejado muy claro que ésa etapa dolorosa no podría superarla sólo con su ayuda. También necesitaba ayuda profesional.

Sirius se negó de forma rotunda. Bastante trabajo le había costado abrirse frente a su mejor amigo, y de ninguna manera pensaba hacerlo recostado en un sillón frente a un completo desconocido. Remus no le insistió demasiado y en cambio, le pidió que lo considerara. Pero las pesadillas nocturnas lo acechaban con más frecuencia que antes, y Sirius no se atrevía a contarle nada.

Guardó silencio al respecto durante toda ésa semana, hasta que el día anterior Remus le contó que Harry tenía pesadillas por las noches, sobre un hombre con una máscara blanca que le hacía daño dentro de un cuarto en la Mansión Black. Asustado al darse cuenta que sus pesadillas también le estaban afectando a su ahijado, Sirius decidió dejar sus aprensiones a un lado y aceptar el consejo que su amigo le diera.

Y ahora se encontraba en el consultorio del doctor Michael Sayers, uno de los mejores en su campo, y un Muggle. Así lo había decidido él mismo pues no quería que nadie en el Mundo Mágico supiera que recibiría terapia con un psicólogo. Remus le había hecho el favor de conseguirle la cita con él por recomendación de Ron, que ya tenía el placer de conocerlo.

Remus se había dado a la tarea de investigarlo y así supo que no sólo era un médico muy reconocido en su especialidad, sino que también era el esposo de la doctora Sayers, la medimaga que atendía el caso de Hermione. Con esos datos, supo que dejaría a su amigo en buenas manos.

La puerta del consultorio se abrió y momentos después la secretaria consultaba su lista de citas.

-Señor Black, puede usted pasar. El doctor Sayers lo espera.

Sirius dio un salto en su lugar al escuchar su nombre, y dejó pasar casi un minuto antes de animarse a dar un paso adelante. Remus advirtió su duda y palmeó su hombro para infundirle ánimos.

-¿Por qué no vienes conmigo? –Remus sonrió con ligereza al tiempo que negaba con la cabeza. Sirius suspiró con resignación, una gota de sudor frío resbalando por su frente-. ¿Estarás aquí cuando salga?

-Aquí estaré, no lo dudes –fue la firme promesa de Remus-. Ya verás que todo saldrá bien.

Su promesa pareció tranquilizar un poco a Sirius, quien respiró con fuerza antes de dirigirse con paso más seguro hacia el consultorio. La puerta se cerró detrás del animago y Remus tuvo el presentimiento de que a partir de ése momento una nueva etapa iniciaba en la vida de su mejor amigo.

Continuará...

Próximo capítulo: Luchando contra fantasmas.

Notas:

Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.

Besitos.

Rebeca (K. Kinomoto)