Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Que la disfruten.

K. Kinomoto.

Quiero agradecer a Ailuj, The White Girl y EugeBlack , por sus reviews.

Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.

XXVII

Luchando contra fantasmas.

Primera Parte.

Era muy poca la clientela que frecuentaba el Caldero Chorreante entre semana, y ése día martes por la tarde nada era diferente. Unas cuantas mesas ocupadas por aquí y por allá por clientes conocidos a los que Tom no tenía que vigilar. Sentado en una mesa en el rincón más apartado, Sirius esperaba intranquilo y observando su reloj con impaciencia mal disimulada, a la persona que lo había citado en ése lugar.

No estaba muy convencido de que acudir a ésa cita fuera una buena idea. El animago no dejaba de sentir inquietud por lo que Snape pudiera querer de él. La única razón por la que había aceptado entrevistarse con el profesor de Pociones, era su preocupación por saber si Harry se encontraba bien. Miró su reloj por enésima vez y resopló, sintiéndose irritado al tener que verse tan pronto en ésa situación.

Lo había platicado ya con el doctor Sayers, durante sus terapias. Tenía intenciones de buscar a Harry e intentar una reconciliación, aunque eso significara tener que aceptar su relación con Snape. Pero no habían transcurrido ni tres días desde que tomara ésa decisión cuando la carta del profesor citándolo lo tomó tan de improviso, que tuvieron que pasar dos días más para que al fin pudiera decidirse a verlo y hablar con él.

Miró su reloj otra vez. Había llegado temprano, tal y como su psicólogo se lo sugiriera. La intención era que mientras esperaba a Snape, repitiera en su mente una y otra vez las palabras del doctor Sayers, las cuales venía repitiéndose a cada momento desde el primer día de iniciada su terapia:

Él no tiene la culpa de lo que le ocurrió. Él es tan inocente como usted."

-Snape no tiene la culpa de lo que me ocurrió... –susurró mientras se cubría los ojos con ambas manos, tratando de convencerse a sí mismo con ésas palabras-. Él es tan inocente como yo. Snape no tiene la culpa...

Pasaron varios minutos en los que el animago repitió una y otra vez ésas palabras, hasta que una sombra obstruyó la poca luz que reflejaban las antorchas colocadas en la pared. Sirius levantó la mirada para encontrarse con la silueta inconfundible del profesor de Pociones y se levantó de su lugar presto a defenderse de alguna posible agresión por parte del ex mortífago, pero ésta nunca llegó.

En cambio, Severus levantó ambos brazos, sus manos desnudas de arma alguna y haciéndole ver que sus intenciones eran pacíficas. Sirius se permitió relajarse un poco y alejó la mano del cinturón donde guardaba su varita. Sin esperar invitación, Severus se sentó en la misma mesa, frente a él, y sólo entonces el animago pudo observar a detalle las profundas ojeras que rodeaban los ojos del profesor.

Hubo un largo y tenso momento de silencio entre ellos. Tom llegó con dos copas de jerez, que ambos hombres le agradecieron con la mirada. Cuando se alejó, el profesor habló entre dientes rompiendo el tirante mutismo que los envolvía en ése apartado rincón.

-Antes que nada, es necesario que sepas que si te he citado aquí, ha sido sólo para hablar de Harry –bebió un poco de su copa para dar tiempo a que el animago comprendiera cada una de sus palabras-. Así que te propongo que hagamos nuestros asuntos personales a un lado y actuemos como si fuéramos civilizados.

Sirius respiró profundo al tiempo que asentía con un lento cabeceo. "Snape no tiene la culpa de lo que me ocurrió. Él es tan inocente como yo." Aunque Severus comprendió que el hombre estaba dispuesto a respetar la tregua, pudo reparar en la tirantez de los músculos de su rostro. Y no lo culpaba, pues ésa misma tensión la estaba sintiendo él. El profesor jugueteó con la copa, sin saber cómo empezar.

-¿Harry está bien? –al animago le pareció eterno el tiempo que el hombre frente a él se tomó para responder a su pregunta con un silencioso asentimiento-. ¿Para qué me citaste aquí?

-Voy a comenzar desde el principio, y quiero que me escuches con atención antes de hacer cualquier pregunta –el animago asintió ésta vez, dispuesto a atender todo lo que Severus tuviera que decirle sobre su ahijado-. Sabes que el motivo de su ceguera se debe al veneno que Nagini le lanzó... –Sirius volvió a asentir-. Minerva me entregó de parte de Nicolás Flamel, un libro que contiene fórmulas que me están ayudando a analizar su veneno parte por parte...

Sirius escuchó con atención todo lo relacionado con el veneno de Nagini y el estudio sobre sus enzimas que el profesor estaba llevando a cabo. "Snape no tiene la culpa de lo que me ocurrió. Él es tan inocente como yo..." Se repetía de vez en cuando al sentir que la presencia del profesor comenzaba a alterarlo. Cuando Severus terminó de hablar, Sirius ya había comprendido muy bien toda su explicación.

Lo que no lograba entender, era el porqué lo estaba haciendo partícipe a él de ésa información. Severus bebió otro poco de su jerez, y continuó hablando como si hubiera adivinado la pregunta que rondaba en la mente del animago.

-El problema es que no dispongo del tiempo suficiente para dedicarle a ésta investigación. Las clases y algunas otras obligaciones me absorben demasiado tiempo, y sólo me quedan las noches para seguir trabajando en esto.

Al escucharlo, Sirius pudo entender el porqué de ésas profundas ojeras en el rostro del profesor, y una extraña inquietud se apoderó de él.

-Con exactitud... ¿Qué es lo que le ocurre a mi ahijado?

Severus guardó silencio durante varios segundos, Y Sirius pudo ver cómo su gesto se endurecía aún más, como si le estuviera costando demasiado trabajo hacer que las palabras salieran de sus labios.

-Harry tiene obstruidos los vasos retinianos –el profesor pudo ver con claridad cómo el rostro de Sirius palidecía conforme lo escuchaba-. Ningún medimago ha podido deshacer los coágulos y en cambio... me han advertido de un serio riesgo a su vida si la sangre deja de circular a su cerebro.

Severus tuvo que esperar casi un minuto para que Sirius pudiera asimilar lo que acababa de decirle.

-¿Cuándo... podría ocurrirle algo así?

-Mientras más tiempo pase, mayor es el riesgo –en éste punto, Severus sacó un pergamino de entre sus negras túnicas para entregárselo al animago-. Ésta es una bitácora del laboratorio. Cada noche realizo paso por paso y voy descubriendo los efectos de cada enzima del veneno sobre plasma humano. Hasta ahora todas han provocado reacciones diferentes en él, pero no los efectos de las enzimas tipo Trombina y tipo Plasmina, que son las que busco.

-Si encuentras ésas... como se llamen... ¿Encontrarás la cura para la ceguera de Harry?

-Por desgracia no es tan fácil, Black –Sirius tuvo que repetir su letanía en silencio al escuchar el natural desprecio en la pronunciación de su apellido-. Después de dar con ésas enzimas, deberé estudiarlas juntas y por separado. Y para entonces, apenas estaré a la mitad del camino.

-¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

–Desde que salí de Azkaban. Así que como tú bien comprenderás... se ha perdido tiempo muy valioso.

-Escucha... no soy el único aquí que se ha equivocado... –el pergamino tembló entre las manos de Sirius cuando éste lo apretó con tanta fuerza, que Severus pensó que lo rompería-. Cuando tuve que aceptar que Harry fuera tu auxiliar, dejé su integridad en tus manos... ¿Y qué fue lo primero que tú hiciste con ella?

-No estamos aquí para hablar sobre nuestros errores, ni la responsabilidad que nos toca por haberlos cometido... a final de cuentas cada cual pagó la parte que le correspondía. Lo que ahora debe importarnos es ver el modo de ayudar a Harry –le interrumpió el profesor, aunque no pudo negar que el hombre poseía parte de la razón.

Al firmar su autorización para que Harry fuera su auxiliar, Black había dejado al muchacho en sus manos, y él había faltado a ésa responsabilidad. No había excusa que valiera, eso estaba muy claro. Pero si tanto Black como él ya estaban pagando por sus errores, ya no tenía ningún caso seguir discutiendo por eso. Sirius respiró con fuerza para tranquilizarse y guardó silencio mientras examinaba el pergamino. Dio un vistazo a las anotaciones escritas en tinta negra por la mano del profesor.

Movió la cabeza de un lado a otro, confundido por tantos nombres extraños. Desconocía los términos "Viperidae", "toxinas", "enzimas", "trombina", "plasmina", "plasma", "coagulación", "fibrinólisis"... lo único familiar en toda la hoja era la palabra "veneno". Y mucho menos comprendía la gran cantidad de fórmulas tomadas del libro de Flamel que llenaban toda la hoja de más de medio metro de largo, hasta los márgenes. Lo único que tenía muy claro, era el riesgo tan grande que corría la vida de su ahijado.

-¿Qué puedo hacer para ayudar a Harry? –al escuchar al animago, Severus tuvo que admitir que Draco no se había equivocado cuando le propuso buscarlo-. Haré lo que sea para que no... lo que sea.

-Necesito a alguien que trabaje conmigo en el laboratorio. Y quiero que ése alguien seas tú –el asombro en el rostro de Sirius no pudo ser más grande. Él se había imaginado que el hombre le pediría fondos para ampliar la investigación, o cualquier otra cosa. Pero nunca pensó que le propondría algo así.

-Sabes que tú y yo no nos llevamos bien, por decir lo menos –Severus no movió ni un músculo de su tenso rostro. Él estaba más que consciente de eso. Aún así, dejó que el animago continuara-. ¿Por qué yo?

-Hubiese escogido a cualquiera de mis alumnos más avanzados en pociones pero... –Severus se detuvo por un instante, tratando de organizar sus ideas-. La vida de Harry depende de los resultados de ésta investigación. Y no quiero dejarla en manos de adolescentes.

Severus terminó de beber su copa de jerez ante la mirada sorprendida de Sirius. No era ése el único motivo por el cual había aceptado la proposición de su ahijado. Harry estaba cada vez más deprimido. No dejaba de tener pesadillas y lo peor era que eso estaba repercutiendo en su relación. Cada vez que el muchacho despertaba se alejaba de su cuerpo y rechazaba su cercanía hasta que se tranquilizaba.

Por las noches a su regreso lo observada mientras dormía, sólo para ver en su rostro las claras huellas de haber llorado. Y en más de una ocasión el nombre de Sirius había brotado de sus labios en medio de un sollozo. Harry no sólo extrañaba a su padrino, también lo necesitaba. Por muy maldito que Black se hubiera portado con él, Severus debía admitir que sin su padrino Harry no estaba completo. Y él quería que su pareja sonriera otra vez.

Y si hacer a Black partícipe de su investigación no sólo lograba agilizarla, sino darle una oportunidad de buscar la reconciliación que su pareja tanto añoraba, entonces lo haría... aunque tuviera que aguantar la presencia del animago en su vida. Regresó de sus pensamientos y dirigió su mirada hacia el hombre que, al igual que él, también parecía sumido en sus propias reflexiones.

-No sólo busco a alguien que sea cuidadoso a la hora de trabajar. También quiero que esté tan preocupado como yo en su recuperación –las palabras surgieron duras de sus labios cuando prosiguió, haciendo que Sirius volviera al presente para escucharlo-. Seré honesto, Black. La idea de tener que alternar contigo no me agrada en absoluto. Pero debo aceptar que tú eres la persona más indicada para ello.

-Yo nunca fui bueno en Pociones, Sniv... –los ojos del profesor se entrecerraron en clara advertencia. Sirius respiró con fuerza, la letanía en su mente una y otra vez-. Snape. No tengo idea de lo que significa todo esto que has escrito aquí, ¿Qué tal si cometo algún error?

-No lo harás, Black. Aunque no lo parezca, la labor de investigación más que complicada es laboriosa –fue la respuesta inmediata de Severus-. Además, si te equivocas harás perder un tiempo muy valioso a tu ahijado y tú no quieres eso, ¿Verdad? –Sirius negó con la cabeza. Severus se puso de pie para retirarse, sin darle derecho de replicar-. Te dejo el pergamino para que lo estudies. Investiga las cosas que no entiendas. Si aceptas, nos veremos en mi laboratorio mañana a primera hora.

-Si decido aceptar... ¿Bajo qué condiciones trabajaremos?

-Hablaremos de eso cuando hayas tomado una decisión –por el tono de voz del profesor, Sirius casi pudo adivinar que las condiciones no serían a su favor.

Aún así no dijo nada y en cambio, observó en silencio cuando Severus salió del Caldero Chorreante. En realidad no tenía que pensarlo demasiado. La idea de estar cerca de su ahijado le ofrecía una oportunidad de recuperarlo, que no pensaba desperdiciar. Por otro lado, el tener que trabajar hombro con hombro con Snape no le hacía la menor gracia. Pero con tal de estar cerca de Harry, sería capaz de soportar eso y mucho más.

Pagó las copas a Tom y salió para respirar el aire fresco de la tarde. La luna creciente comenzaba a asomar con timidez detrás de algunas nubes, recordándole que la siguiente noche sería Luna Llena. Cuando se sintió más relajado regresó al Caldero Chorreante y tomó un puñado de polvos para ir a Hogwarts. Quería hablar con Remus sobre lo ocurrido, y hacerle compañía durante ésas noches como tantas veces se lo había prometido.

OOOOOOOoOOOOOOO

Sentados uno junto al otro frente al fuego, Remus y Lucius yacían en un mullido sillón, cubiertos por la cálida colcha café del licántropo. Estaban en la Casa de los Gritos y aunque su fachada era la misma, el profesor de Defensa la había arreglado por dentro. Había cambiado las viejas tablas de madera por unas más resistentes y hechizado para evitar que el polvo se acumulara en ellas.

Reparó también la chimenea, cuyo fuego ahora desprendía una gran calidez que los envolvía. Los crepúsculos eran cada vez más fríos conforme avanzaba noviembre y Lucius agradeció en silencio el detalle de su pareja. Acostumbrado a los lujos, ése lugar no era el más cómodo para pasar las noches de Luna Llena. Pero los esfuerzos de Remus por hacer su estancia más placentera, le daban otro valor a cada minuto transcurrido en ése lugar.

-¿Tienes frío? –Lucius no respondió a la pregunta de su pareja. Remus levantó su varita para avivar el fuego y se acurrucó más contra el cuerpo del rubio, que aceptó la cercanía rodeando los hombros del profesor.

-Ahora ya no... –el licántropo sonrió a su respuesta sugerente y se pegó más a su cuerpo.

Lucius cerró los ojos, disfrutando del calor que desprendía el hombre a su lado. Todo en Remus era calidez, gentileza. Era tan diferente a él y por eso le gustaba tanto. Parecía increíble la forma en cómo a su lado todo a su alrededor pasaba a un segundo plano. Y ni su preocupación por lo que Draco pudiera pensar sobre su relación, ni la dolorosa evocación de lo que Remus alguna vez sintiera hacia Sirius lograban opacar ésos agradables momentos juntos.

Su mirada azul recorrió cada rincón de ése lugar, y agradeció que las ventanas y puertas estuvieran selladas. Aunque faltaba una noche para que la luna se llenara no quería que Remus viera ni sintiera sus rayos posándose sobre su cuerpo. Celoso, estrechó el abrazo en que lo tenía envuelto. Remus suspiró y se relajó por completo entre sus brazos mientras buscaba sus labios para un beso, que el rubio no tardó en corresponder.

Un ruido cercano a ellos interrumpió el beso y Remus se levantó para averiguar qué pasaba, mientras Lucius buscaba su silla y lo seguía, varita en mano. Una ligera sonrisa se dibujó en el rostro del licántropo al distinguir la silueta de Sirius entre las sombras que rodeaban el Sauce Boxeador. Al verlo también, Lucius se relajó y volvió hacia el interior de la casa asumiendo que lo que el animago y su pareja tuvieran que tratar no era de su incumbencia.

-Hola, no imaginé que vendrías –Remus se acercó al animago, que aún sostenía su varita en alto después de haber hechizado el Sauce para que no lo golpeara con sus gruesas ramas. Sirius se volvió hacia su amigo y por la seriedad de su rostro, Remus supo que lo había visto todo-. Siento... que te enteraras de ésta manera. Me hubiera gustado contártelo antes.

-Sin embargo... no lo hiciste –el tono de reproche en su voz era claro, y Remus se encogió de hombros mientras se recargaba contra el grueso tronco del árbol-. ¿Desde cuándo estás con Malfoy?

-Desde hace algunos meses –respondió el licántropo, entretenido en desprender algunos pedazos de corteza.

El Sauce ya había perdido la mayor parte de sus hojas y las pocas que quedaban caían al suelo formando una crujiente alfombra bajo sus pies. Suspirando, Sirius guardó su varita y se acercó a su amigo. El suelo crujió en seco cuando se sentó recargando su espalda contra el árbol. Remus permaneció parado junto a él, intrigado por saber lo que el animago pensaba en ésos momentos.

-¿Sabes? A éstas alturas... ya nada me sorprende, Remus –el profesor sonrió con ligereza mientras se sentaba a su lado. El enorme Sauce tembló en reclamo por el hechizo puesto sobre él, pero los dos magos hicieron caso omiso a su protesta-. ¿Él y tú han... ya sabes... lo hacen?

De no haber sido porque Remus sabía cuán serio era ése tema para su amigo, se habría reído de la pregunta. En cambio, permaneció sereno y negó con la cabeza mientras respondía:

-No lo hemos hecho, Sirius. Ambos estamos atravesando por un período de luto.

Sirius comprendió al instante el significado que encerraban las palabras de su amigo. Bajó la cabeza, avergonzado. Después de un instante de silencio se atrevió a mirarlo. Aunque sonreía, Remus parecía sumido en sus propios pensamientos. No queriendo ahondar más en un asunto que sabía doloroso para su amigo, Sirius prefirió desviar la conversación.

-Snape... me propuso trabajar con él en su laboratorio –el asombro en el rostro de Remus fue el fiel reflejo del suyo en el Caldero Chorreante, después de escuchar la propuesta del profesor de Pociones-. Es en serio, Remus. Él quiere que alguien le ayude con la investigación de lo del veneno y piensa que yo soy el más indicado para eso.

-No puedo creerlo... –Sirius asintió dando razón a su sorpresa. Su propio asombro no había logrado bajar aún a niveles saludables-. ¿Qué le respondiste?

-Nada aún. Tengo hasta mañana para decidir si acepto, o no –el animago elevó la mirada al cielo, como si en él pudiera encontrar respuesta a todas las inquietudes que lo asaltaban-. Estoy consciente... que tener a Snape tan cerca me altera. Pero sé que a pesar de todo lo que les hice, Harry me quiere. Y ésta puede ser mi única oportunidad para acercarme a él y recuperar su confianza.

-Me alegra ver que estás dispuesto a recuperar a Harry. Pero debo advertirte que las cosas no serán tan fáciles para ti, Sirius –el animago desvió su mirada del cielo para escuchar al profesor-. No será suficiente con estar cerca, ni será suficiente tu ayuda en el laboratorio. Sabes que él siente lo que sientes tú, lo que sentimos todos lo que significamos algo en su vida. Y si no logras controlar esta aversión hacia Severus, dudo mucho que Harry permita que te acerques a él.

-Ambos sabemos que estoy pasando por una etapa de... aceptación –Sirius se removió en su lugar, incómodo al costarle tanto trabajo expresar en palabras todo lo que sentía-. Aceptación de mí mismo... de mi pasado y de las cosas que hay a mi alrededor sobre las que no puedo tener ningún control. Pero apenas estoy comenzando, Remus. No esperes que lo logre de un día para otro.

-Y no dudo que lo estás haciendo muy bien –su amigo tomó su mano, y Sirius suspiró mientras apretaba la mano que lo sostenía con gran cariño. Un cariño que sabía que no encontraría jamás en ningún lado-. Comenzaste por aceptar que necesitabas ayuda y ahora la estás recibiendo. Estoy seguro que conforme avances en ése proceso de aceptación, las personas que tú quieres lo notarán y el sentimiento será recíproco.

-Harry y tú son las únicas personas que quiero, y por las que soy capaz de todo –Sirius se puso de pie y sacudió su ropa, haciendo volar algunas hojas secas adheridas a su capa gris, la misma capa que Remus encontrara entre las vías la noche que le confesara su secreto-. Y si para recuperarlos debo enfrentarme a todos los fantasmas que me atormentan... entonces lo haré.

Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Remus al escucharlo. Se levantó del crujiente asiento de hojarasca y caminó detrás de su amigo hasta alejarse de las amenazantes ramas del Sauce, liberadas cuando Sirius rompió el hechizo puesto sobre él. Un poco más allá del hueco que hacía de entrada a la casa, el animago suspiró volviendo su mirada hacia el licántropo.

-¿Él... te acompaña en cada Luna Llena? –Remus asintió-. ¿Hasta el interior del Bosque?

-No. Me espera hasta que vuelvo por la mañana –el profesor pudo advertir el disgusto en el rostro de su amigo-. Sabes que sé cuidarme y además... Lucius me lanza un hechizo de protección antes de marcharme. Él cree que no me doy cuenta pero no es así.

-Aunque así sea... es peligroso que estés solo. No olvides lo que te ocurrió aquélla vez –Sirius levantó una ramita seca y jugueteó con ella, entretenido en el sonido que producía al romperla en pedacitos-. Si tú quisieras, claro... es decir... ah...

-Por mí no hay inconveniente –el animago levantó la mirada y se sintió tranquilo cuando se encontró con la suave sonrisa de su amigo-. Mi otro yo extraña a Padfoot correteando a su alrededor.

-Entonces... mañana por la noche mi otro yo, te encontrará en la entrada del Bosque –Remus asintió y después de deshacerse de las ramitas rotas, Sirius señaló con la cabeza hacia el camino que conducía a los límites de las barreras-. Será mejor que me vaya. Debo estudiar un pergamino y además, olvidé activar las protecciones del departamento.

Se alejó por el camino levantando una mano en señal de despedida.

-¿Cuándo volverás a Grimmauld Place? –le preguntó Remus mientras veía la silueta oscura que se desvanecía entre las sombras, y el licántropo apenas pudo escuchar la respuesta de su amigo, antes de que ésta se perdiera en el frío aire de la noche.

-Volveré... cuando los fantasmas se hayan ido.

OOOOOOOoOOOOOOO

Al enterarse que su padre saldría a cumplir con algunos compromisos y no volvería hasta la mañana, Draco terminó su trabajo en el laboratorio y se dio una ducha rápida. Tenía intenciones de llevar a Oliver su dotación de vitaminas y después de cenar con él, se escurriría a las afueras del Castillo para ir a la Casa de los gritos. Las excusas de Lucius para ausentarse cada mes cuando la luna estaba por llenarse, eran poco creíbles. Y eso hacía más grande su sospecha de que su padre pasaba con Remus ésas noches.

Se vistió con un hechizo y peinó sus rubios cabellos, antes de tomar la caja de las pociones y dirigirse a la enfermería. En el camino, llamó a un elfo para ordenarle que le llevara cena para dos a la oficina de Poppy. Sabía que Oliver ya lo estaría esperando y apresuró el paso, pues al no tener red Flú en los aposentos que compartía con su padre debía caminar hasta allá. Entró a la oficina sin tocar, para ver a Oliver sentado en el alféizar de la ventana con un libro abierto sobre sus piernas.

El moreno hizo a un lado su contemplación del cielo nocturno y le sonrió, dándole la bienvenida. El rubio se acercó al escritorio y dejó la caja con las pociones, antes de dirigirse hacia Oliver y sentarse sobre el alféizar, frente a él. A través de la ventana, una parte del Castillo se apreciaba cubierta por la luz diáfana proveniente de la luna, que le daba a los viejos ladrillos una apariencia refulgente.

-Te traje tus vitaminas, deberás beberlas después de cenar –Oliver volvió a sonreír en agradecimiento y se sintió avergonzado cuando su estómago rugió ante la perspectiva de comida-. Ordené que nos trajeran la cena aquí.

-Te lo agradezco mucho, Draco –el moreno consultó su reloj y se sorprendió al ver lo tarde que era-. Me entretuve tanto leyendo que no sentí pasar el tiempo.

-¿Qué es lo que lees? –sin esperar invitación, el rubio tomó el libro abierto que descansaba sobre las piernas del auxiliar de Poppy.

-Es un libro sobre embarazos masculinos. Madame Pomfrey me lo prestó para que lo consultara cada vez que tuviese alguna duda –Oliver señaló una página con el dedo-. Ésta parte está muy interesante. Aquí dice que los magos podemos embarazarnos gracias a la magia que hay en cada uno de nosotros, y que actúa como convertidor cuando la poción de fertilidad entra en contacto con el organismo...

Draco asintió a las palabras de su amigo. En repetidas ocasiones, Severus le había hablado de la importancia de vigilar a detalle la elaboración de una poción de fertilidad. Ésta debía ser perfecta, ya que sólo el diez por ciento del milagro que se lograba con ella dependía de la biología, y el noventa por ciento de lo más importante que el mago debía poseer para lograr tal milagro: la magia que poseía dentro de él.

-¿Sabes que en el reino animal, existe un pez que también se embaraza siendo macho? –los ojos cafés de Oliver brillaron al hacer a Draco ésa pregunta, y el rubio asintió con un gesto de suficiencia que al Gryffindor le pareció encantador.

-El Caballito de mar. La hembra deposita en su bolsa los huevos y él se encarga de todo hasta que nacen. De hecho, hay una especie que por lo general da a luz en Luna Llena –Draco lo sabía muy bien, porque los ingredientes más importantes de una poción de fertilidad eran dos caballitos de mar, hembra y macho. La primera vez que lo supo se había reído, pero Severus era serio y le explicó que todo tenía que ver con la biología de los animalitos.

Durante una de sus revisiones, Poppy les había explicado que al beber la poción, la magia de Oliver había hecho su trabajo como convertidor, al lograr que una de sus células sexuales se transformara en un óvulo listo para ser fecundado. Al saberlo, todas las dudas de Oliver sobre cómo había ocurrido ése milagro de la concepción habían quedado aclaradas. También les explicó que con ayuda de la poción, se había creado en el vientre de Oliver una bolsa como la que poseía el Caballito de Mar y que, junto con su magia, protegería al bebé durante su desarrollo.

-La bolsa en tu vientre hace el mismo trabajo que el útero en la mujer. Pero es mágica, por lo que su permanencia dentro de tu cuerpo no influirá en tu organismo –les había explicado al ver la preocupación de Oliver ante la idea de que sus órganos internos pudieran ser aplastados al crecer su bebé-. El cuerpo masculino no está hecho para un embarazo, como el femenino, así que su nacimiento también será diferente. Cuando tu bebé esté listo para nacer tendrás contracciones, pero como no tendrás canal de parto como las mujeres, tendré que hacerte una especie de cesárea.

Tanto Draco como Oliver se sorprendieron cuando Poppy les explicó que el espermatozoide de Blaise que fecundara al óvulo, había sido escogido y transportado por la misma magia de Oliver, hasta donde el óvulo se encontraba esperándolo. Así había logrado Oliver embarazarse, en un proceso llevado a cabo a lo largo de una semana a partir de consumada su relación con quien fuera su pareja. Y todo con ayuda de la magia de Oliver y de la poción que Draco había elaborado con tanto esmero en aquél último examen de Pociones.

-El Caballito de Mar es uno de los símbolos de Iemanjá, una Divinidad africana que reina en el Mar –Draco regresó de sus pensamientos para escucharlo con atención-. Se dice que llegó a América con los esclavos provenientes de Nigeria. Ella es considerada matriz y origen de la vida, y fuente de la fecundidad por las religiones tradicionales de África.

-Así es –asintió Draco, sorprendido al ver que Oliver estaba bien informado sobre ésa Divinidad, a la que cada dos de febrero se le rendía tributo a orillas del mar-. Sus símbolos son el ancla, la estrella de mar, los caracoles, peces, cangrejos, caballitos de mar y la luna creciente.

-Una leyenda dice que Iemanjá posee un carro de ostras tirado por Caballitos de Mar –el rubio lo escuchó con atención y Oliver suspiró, una sonrisa aflorando en sus labios-. Se dice que ella los integró al mito del amor universal unidos hasta que la muerte los separe. Cuando uno muere el otro sigue a su gran amor.

Al escucharlo, Draco no pudo evitar sentir que una alarma se encendía dentro de su mente. De alguna extraña manera, Oliver hacía una comparación de la que alguna vez fuera su relación con Blaise, con ésa hermosa leyenda. Oliver siguió hablando, ignorante del efecto que sus palabras habían causado en el rubio.

-Los caballitos de mar también representan la fidelidad –Draco tuvo que aceptar que ésa parte era muy cierta. El moreno prosiguió-. Ellos se mantienen fieles al mismo compañero durante toda su vida. Incluso si uno de los miembros de la pareja muere, es improbable que el caballo de mar superviviente busque un nuevo compañero. De la misma forma, si uno es pescado, el otro continuará el resto de su vida solo.

Draco sólo suspiró, admitiendo que todo eso era cierto. Pero él sabía bien que aunque Oliver tuviera la ilusión de que su vida con Blaise había sido tan hermosa como la de ésos bellos peces, había algo que ignoraba y que él no podía pasar por alto: Blaise no había sido precisamente una pareja fiel. Eso rompía por completo cualquier comparación hecha por Oliver.

-A veces sueño... que el fantasma de Blaise viene a mí, y me pide que me vaya con él –Draco frunció el ceño al escucharlo, y la alarma dentro de su mente comenzó a parpadear más rápido-. Pero desaparece antes de que yo pueda responderle.

-No lo harías, ¿Verdad? –Oliver lo miró con curiosidad al escuchar un dejo de preocupación en su voz-. Si él te lo pidiera... no te irías con él.

-Tengo razones muy importantes para quedarme aquí –Oliver sonrió mientras descansaba sus manos sobre su vientre, donde un pequeño bulto ya comenzaba a apreciarse bajo la bata blanca-. Además... yo no soy un caballito de mar. Aunque dentro de unos meses lo pareceré.

Draco sonrió al imaginarse a Oliver tan embarazado como un caballito de mar, y lo gracioso del pensamiento logró tranquilizarlo un poco.

Horas más tarde, y habiendo dejado el asunto de su padre y la Casa de los gritos para otra ocasión, Draco recordaba la confesión de Oliver sobre sus sueños. Tal vez era algo normal que el moreno soñara con quien fuera su pareja. Lo extraño, era que a él no le había ocurrido lo mismo. La razón podía deberse a que Blaise había tenido la oportunidad de despedirse de él, y de Oliver no.

Tal vez Blaise manifestaba su necesidad de contacto con Oliver, en la forma de un fantasma que se le aparecía en medio de sus sueños. Eso era lo que Draco quería creer. En realidad deseaba creerlo, porque la sola idea de que el fantasma de Blaise pudiera llevarse a Oliver a donde quiera que se encontrara, hacía que su corazón se encogiera de profundo miedo.

Draco abrazó su almohada y cerró los ojos, decidido a no seguir torturando su mente con todos esos pensamientos. Minutos más tarde, caía en un inquieto sueño plagado de caballitos de mar embarazados y fantasmas llevándoselos muy lejos, hasta donde él era incapaz de alcanzarlos.

OOOOOOOoOOOOOOO

Para Severus, el nuevo día llegó mucho más pronto de lo que hubiera querido, pues no había dormido ni siquiera tres horas. Con el cansancio enviando punzadas en cada músculo de su cuerpo, dejó el calor del cuerpo de Harry contra su voluntad y se arregló lo más rápido que pudo, pues sabía que Sirius no tardaría en buscarlo en su laboratorio para darle su respuesta sobre la propuesta que le hiciera la tarde anterior.

Esperaba que su cita con Black no le quitara demasiado tiempo. Tenía intenciones de desayunar en compañía de su pareja antes de marcharse a dar clases. Depositó un ligero beso en la frente de Harry procurando no despertarlo, antes de dirigirse al laboratorio. Se entretuvo repasando algunas páginas del libro de Flamel hasta que escuchó unos firmes toques en la gruesa madera de la puerta que conectaba con el pasillo exterior.

Sin interrumpir su lectura, el hombre lanzó un hechizo y la puerta se abrió en lo que Sirius interpretó como una invitación. El profesor le dirigió una seca mirada a modo de saludo, que fue correspondida de la misma forma cuando el animago buscó algún lugar dónde sentarse, mientras repasaba en su mente las mismas palabras que a cada momento repitiera la tarde anterior.

Severus se puso de pie y se dirigió a su nevera en tanto Sirius examinaba con la mirada cada rincón del pequeño cuarto, donde la mesa de trabajo cubierta de material de laboratorio resaltaba en el centro sobre los demás objetos. Suspiró, nervioso al resultarle difícil asimilar que tal vez a partir de ése mismo día tendría que trabajar en ése lugar con Severus Snape.

Sirius dejó de mirar a su alrededor para enfocar su atención hacia el hombre que ahora se encontraba sentado en su mesa de trabajo. Severus se había colocado sus guantes de piel de Dragón y manipulaba con cuidado una sustancia viscosa y transparente que acababa de extraer de un pequeño frasco, y depositaba apenas una gota sobre un cristal. Al instante, la gota pareció hacerme mucho más grande.

-¿Ése es el veneno de Nagini? –Severus asintió en silencio, sin apartar su atención de lo que estaba haciendo.

El animago se dedicó a observar mientras el profesor lanzaba un hechizo sobre la gota de veneno y ésta se dividía en cientos de gotitas de diferentes colores y texturas. Después de consultar el libro, Severus anotó algo en el pergamino a su lado y con la pipeta recogió una gotita de color naranja con puntitos verdes. Pensaba preguntar, pero el profesor le respondió antes de que pudiera formular cualquier pregunta.

-Acabo de separar una de las muchas enzimas del veneno –le informó mientras tomaba el tubo con plasma y depositaba en él la enzima-. Cada color indica un tipo diferente de enzima. He analizado más de cien hasta ahora y como podrás ver, faltan muchas más por identificar.

-¿Y todas tienen efectos diferentes? –el profesor asintió sin dejar de tomar el tiempo de coagulación de la muestra de plasma. Negó con la cabeza cuando vio que no se formaba ningún coágulo. Sirius había pasado la noche estudiando los conceptos anotados en el pergamino en varios libros de su biblioteca personal, y pudo entender que el profesor no había dado aún con la enzima tipo Trombina-. Siendo tantas, no me extraña que no encuentres aún la que estás buscando.

-Como puedes observar, no es algo difícil –Severus marcó la muestra cultivada y la guardó en otra parte de la nevera, junto a las demás. Aunque en ése momento no le servían no se había deshecho de ninguna, pues más adelante podría servirle para otros experimentos relacionados con el veneno de Nagini-. Lo importante de éste proceso es llevar el control de cada enzima que se va encontrando, para no repetirlas.

-¿Eso es todo lo que hay que hacer? –Severus negó con un movimiento de cabeza. Con un hechizo, esterilizó el material de trabajo y los guantes que acababa de ocupar y sólo hasta entonces se tomó una pausa para explicarle al animago.

-Éste es sólo el primer paso. Cuando encuentre las enzimas que estoy buscando deberé probar la capacidad de la una para coagular, y la de la otra para deshacer los coágulos. Sólo hasta entonces podré comenzar con la elaboración de la poción para Harry. El libro de Flamel también contiene fórmulas de varias pociones que podrían ayudarme. Sólo será cuestión de encontrar la que tenga los ingredientes correctos de acuerdo al caso específico de Harry. Ése será el segundo paso.

-Eso parece difícil.

-No lo es tanto, en realidad –con gran cuidado y respeto, el profesor tomó el regalo que Flamel le hiciera, y que siempre mantenía abierto en alguna página desde la noche en que lo colocara sobre su mesa de trabajo-. Mientras lleve a cabo los pasos uno y dos, éste libro me será de gran ayuda hasta entonces. El verdadero problema vendrá a partir del tercer paso.

Severus ya no habló más. En cambio, hojeó el libro de Flamel y siguió haciendo anotaciones sin percatarse de la mirada de preocupación del animago, que a ésas alturas ya no estaba muy seguro de poder hacer ése trabajo. La sola idea de cometer un error por más pequeño que fuese, significaba un riesgo muy grande para la vida de su ahijado.

-Tal vez... deberías buscar a alguien más capacitado para este trabajo –Severus levantó la mirada del libro, para tornarla grave cuando la dirigió hacia el animago-. No es que no desee hacerlo, es sólo que... si llegara a equivocarme...

-¿Severus? ¿Estás ahí? –ambos hombres se sobresaltaron al escuchar la voz de Harry. La puerta que conectaba a las habitaciones privadas se abrió-. ¿Severus?

-Que no sepa que estoy aquí –la angustia fue palpable en la voz de Sirius. El profesor miró al animago con seriedad y asintió en silencio antes de salir del privado para aproximarse al muchacho.

-Hola, Harry... ¿No crees que es muy temprano para estar despierto? –Harry extendió ambas manos para encontrarse con su pareja-. ¿Y tu bastón?

-Lo dejé en la habitación. Anoche me dormí esperándote –ignorante de la presencia de su padrino, Harry acarició el rostro maduro y sus irises verdes se cerraron cuando Severus correspondió a su caricia-. Y hoy desperté y tampoco estabas ahí... por favor... dime que no volviste a pasar la noche en vela...

Mientras hablaban, Sirius se asomó por la puerta y su corazón latió con fuerza cuando vio a Harry recién levantado, sus cabellos alborotados y su pijama arrugada. "Mi niño..." Suspiró, resistiendo la fuerte tentación de acercarse a él y envolverlo entre sus brazos.

Quería pedirle perdón. Quería decirle cuánto sentía todo lo pasado. Quería preguntarle si podía volver a ser su padrino. Pero el temor a ser rechazado y que con ello su corazón terminara de romperse fue mucho más fuerte, y sólo dio media vuelta para volver al interior del privado. Aún no estaba listo para ver a Snape con su ahijado.

-Ya habíamos hablado de esto, Severus –el profesor pudo advertir el tono de molestia en la voz de su pareja-. Me prometiste que no volverías a abusar de las pociones revitalizadoras y que descansarías más por las noches...

-Y lo estoy haciendo. Dormí algunas horas y me siento listo para empezar el día...

-¿Cuántas horas? ¿Dos? ¿Tres? ¿Crees que con eso es suficiente? –Severus guardó silencio, sin ánimos de engañarlo. Harry notó la vacilación en su pareja y su rostro molesto cambió a uno de gran preocupación-. Sé que todo esto lo estás haciendo por mí, y no sabes cuánto lo valoro... pero no está bien que arriesgues tu vida y la de tus estudiantes por no rendir en clases.

-Tengo todo bajo control –Severus envolvió al muchacho entre sus brazos y Harry apoyó la cabeza sobre su pecho, aspirando su perfume que tanto amaba-. Y aunque ahora la investigación vaya algo lenta, cuando encuentre las enzimas que busco todo será mucho más rápido.

-Cuando te dije que tú podrías ayudarme a encontrar la solución a mi problema, jamás me imaginé que te comprometería de ésta manera. Creo que lo mejor sería que dejaras lo del veneno y viéramos la posibilidad de operarme.

-De ninguna manera, Harry. Sabes que el riesgo de una operación es demasiado grande –su voz se escuchó decidida y Harry supo que no podría hacer nada para convencerlo-. Escucha... acabo de conseguir un auxiliar para la investigación.

-¡Ésa es una gran noticia! –el rostro del muchacho se iluminó al saber que su pareja ya no trabajaría solo-. ¿Quién es?

Severus iba a responder, pero recordó la angustia en la voz de Sirius al pedirle que Harry no se enterara de su presencia. Supuso que tampoco querría que su ahijado supiera que él sería su auxiliar en la investigación.

-No puedo decírtelo por ahora, pero sí te puedo adelantar que será de gran ayuda. Si todo sale bien, ésa persona estará trabajando conmigo en el laboratorio.

-Entonces... supongo que ésta noche sí dormirás a mi lado... –conforme con ésa sencilla explicación, Harry ya no hizo más preguntas al respecto y depositó un húmedo beso en sus labios. Severus correspondió al beso y comenzó a ponerse nervioso cuando su pareja intentó deshacerse de la hilera de botones de su chaqueta-. Harry... espera... aquí no...

-¿Por qué no? Estamos solos... –como pudo, Severus se deshizo de las manos traviesas que ya exploraban por debajo de su camisa. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, lo condujo hacia el pasillo que daba a sus habitaciones privadas-. ¿Qué sucede?

-Sucede que ya casi es hora de las clases y no hemos desayunado –reconociendo la razón en las palabras de su pareja, Harry suspiró y dejó en paz los botones negros, que con un hechizo volvieron a sus respectivos ojales-. ¿Por qué no te das un baño en lo que pido el desayuno?

-Si no hay otra opción... pero tendrá que ser frío –Harry le dio la espalda y con pasos vacilantes se encaminó hacia la recámara-. Mejor aún, será tibio y voy a tardarme...

Severus ahogó un gemido ante la clara insinuación de su pareja. Aún así, se resistió a sucumbir a la idea de acompañarle y con un resoplido de frustración regresó al laboratorio, donde encontró a Sirius con los guantes de Dragón puestos. En silencio, observó al animago mientras con cuidado, separaba una de las enzimas del veneno con el mismo hechizo que Severus utilizara momentos antes. Con eso, supo que el padrino de su pareja acababa de aceptar su propuesta.

-Y ahora, ¿Qué hago? –preguntó el animago, mientras sostenía la pipeta con mano nerviosa. Siguió al profesor cuando éste se dirigió a la nevera, donde le entregó una muestra de plasma para que siguiera con el experimento. El animago sólo necesitó unas cuantas instrucciones más de parte del profesor para entender lo que debía hacer.

-Lo harás siempre de la misma forma, hasta encontrar las enzimas que buscamos –señaló una página en el libro de Flamel mientras continuaba-. Cada vez que lo hagas tendrás que consultar qué enzima es la que has encontrado, y si aún así tienes dudas, entonces me preguntarás a mí.

-Dijiste que trabajaríamos juntos bajo ciertas condiciones –preguntó Sirius cuando vio que el profesor ya se dirigía hacia la salida del privado-. ¿Qué condiciones son ésas?

-Nada del otro mundo, Black. Sólo recordar que mientras estemos en medio de la investigación, deberemos dejar nuestras diferencias allá afuera –Sirius asintió, consciente que era lo mejor si quería que Harry se recuperara pronto-. Aquí adentro trabajaremos, y si en algún momento te sintieras tentado a lanzarme alguna maldición, tendrá que ser fuera de mis aposentos –Severus anotó unas palabras en un pergamino, que le entregó al animago mientras continuaba-. Ésta es la contraseña para entrar al laboratorio. Podrás hacerlo a cualquier hora del día o de la noche. El señor Malfoy trabaja aquí, y con él también deberás llevar la fiesta en paz.

-¿Harry ya lo sabe?

-No le dije nada. Si quieres que lo sepa, tendrás que hablar con él –Sirius asintió en silencio ante las palabras de Severus, comprendiendo que ése "hablar con él" no sólo significaría decirle que sería el auxiliar de Severus en el laboratorio. Y él estaba consciente que para buscar la reconciliación con su ahijado debía ser paciente, pues Harry necesitaría tiempo para permitírselo-. Él casi no sale de nuestros aposentos, a menos que sea para visitar a los Weasley o dar un paseo con Draco o con Lupin.

Sirius interpretó ése último comentario como una invitación para poder visitar a su ahijado a la hora que él quisiera. Iba a decir algo, pero Severus se le adelantó mientras abría la puerta que conectaba a sus aposentos. Sirius vio su reloj y supo que al profesor ya se le hacía tarde para ir a clases.

-En la nevera están el veneno de Nagini y el plasma. Si se llegara a agotar el plasma deberás avisarme para conseguir más en el Banco de Sangre. Puedes comenzar cuando lo desees.

-Comenzaré ahora mismo –Severus asintió en silencio y salió cerrando la puerta. Sirius se quedó un instante en el mismo lugar, escuchando el eco de los firmes pasos del profesor, haciéndose cada vez más lejanos. Volvió a la pequeña habitación donde momentos antes y se concentró en el análisis del veneno de Nagini, cerrando su mente a cualquier pensamiento sobre lo que Harry y Snape pudieran estar haciendo en sus habitaciones privadas, a sólo unos cuantos metros de donde él se encontraba.

OOOOOOOoOOOOOOO

Ajustando con elegancia el fino broche de oro en el engarce de su túnica, Lucius terminó de arreglarse y dirigió su mirada azul hacia el sofá, donde Remus aún dormía. Depositó un ligero beso en sus labios y como vio que su pareja apenas se movía, decidió no despertarlo. Iría a la enfermería donde con seguridad, Draco ya lo estaría esperando para acompañarlo en su sesión de fisioterapia. Después de eso, volvería a la Casa de los Gritos para desayunar con Remus.

Hechizó el Sauce Boxeador para evitar que lo golpeara y salió por el único acceso de la Casa, que había tenido que ampliar con magia para pasar con mayor comodidad. Aspiró el aire fresco de la mañana y ajustó sus finos guantes sobre sus manos heladas. A lo lejos, el Castillo apenas podía vislumbrarse debido a la espesa neblina de ésas horas tempranas. Pero Lucius sabía que por dentro comenzaba a bullir con el despertar de los profesores y estudiantes que no tardarían en llenar el Gran Comedor.

Sin deseos de hacer esperar a su hijo y a su terapeuta, Lucius elevó su silla para dirigirse al castillo. Acababa de hacerlo cuando escuchó una voz detrás de él. Sorprendido, dio media vuelta para encontrarse de frente con los grises ojos de Draco. El muchacho dirigió su mirada hacia la entrada de la Casa de los Gritos y Lucius supo que su hijo lo había visto salir de ése lugar.

-¿Éstos son los compromisos de negocios de los que tanto me has hablado? –la voz de su hijo sonaba muy molesta. Lucius negó con la cabeza cuando el muchacho dio media vuelta para alejarse en dirección contraria a la del Castillo. Con un suspiro, Lucius lo siguió hasta que Draco se detuvo al pie de una pequeña colina, a unos metros de la Casa.

-Nunca te dije que fueran compromisos de negocios –su hijo le miró con recelo, en su rostro una sombra que Lucius no supo interpretar si era de decepción o rabia-. Draco... hay algo que es necesario que sepas de una vez...

-No quiero saberlo... –aunque Lucius ya lo esperaba, no pudo dejar de sentirse ofuscado ante la actitud tan dolida de su único hijo-. No quiero que me digas que entre ése profesor y tú hay algo más que una amistad... porque no estoy dispuesto a aceptarlo.

-Pues tendrás que hacerlo, porque Remus y yo tenemos una relación.

Draco cerró los ojos y apretó los puños, negándose a admitir una verdad que en el fondo ya sabía, pero que se negaba a reconocer. Ya lo veía venir. En cada cena que compartían, en cada una de las sesiones en las que Remus ocupaba su lugar. En cada una de sus miradas y gestos cuando estaban juntos. Lucius observó a su hijo, deseando poder adivinar todo lo que pensaba y lo que sentía a ése respecto.

-¿Cómo has sido capaz de enredarte con el primero que se te ha puesto enfrente? –Lucius le dirigió una mirada muy seria de advertencia, que hizo que Draco reconsiderara su pregunta-. ¿Tan pronto has dejado de amar a mi madre?

-Te lo dije una vez y te lo repito, Draco. Siempre amaré a tu madre.

-Entonces... ¿Lo que hay entre él y tú, solo es pasajero? –preguntó el muchacho, creyendo haber entendido las palabras de su padre-. Aún así... debiste esperar un tiempo prudente...

-Te equivocas. Lo que hay entre nosotros es algo serio –su hijo lo miró sin entender-. Me une un sentimiento muy fuerte hacia él.

Un incómodo momento de silencio siguió a la respuesta de Lucius. Vencido, Draco se sentó sobre una piedra y suspiró. No podía culpar a su padre por buscar a alguien más para mitigar el dolor por la pérdida de la que fuera su esposa. Y mucho menos podía odiar a Lupin. El hombre era demasiado dulce y cortés como para que alguien pudiera ser capaz de guardarle semejante sentimiento.

-¿Eso significa que lo amas?

-Así es –respondió su padre sin vacilar, y a Draco no pudo evitar dolerle la rapidez con la que su padre respondió a su pregunta.

-Pero... me acabas de decir que amas a mi madre. Que siempre la amarás... ¿Cómo puedes amarlo a él también?

Lucius acercó su silla hasta quedar frente a su hijo. Levantó su barbilla y le hizo mirarlo a los ojos.

-Sé que te va a molestar lo que te voy a decir, pero es la verdad... yo amaba a Remus desde mucho antes de conocer a tu madre. Fue en nuestra época de estudiantes. Hubiésemos seguido juntos, pero nuestros caminos tomaron rumbos muy distintos...

-¿Engañaste a mi madre con él durante todos estos años?

-¡De ninguna manera! –el rostro de Lucius se convirtió en una fría máscara de enfado, y Draco deseó no haber sido el causante de ello-. Siempre le fue fiel a tu madre, desde el día en que la conocí. Mientras estuvimos juntos sólo tuve ojos para ella.

-Entonces... ¿Cuándo decidiste regresar con él?

-La noche de la última batalla... quedamos en que lo intentaríamos. Estamos juntos desde entonces –Lucius dio la espalda a su hijo, recordando aquélla noche en la que la incertidumbre de ver un nuevo amanecer les había pesado más que nunca-. Sé que no estás de acuerdo dado el poco tiempo desde que tu madre... pero no voy a dejar a Remus. No otra vez.

-Y yo no pienso pedirte que lo dejes –Lucius entrecerró los ojos al escucharlo. Interesado por saber a dónde quería llegar Draco, permaneció en silencio mientras su hijo continuaba-. Comprendo que no importa lo que yo pueda pensar de todo esto. Si has decidido rehacer tu vida, estás en todo tu derecho.

-Me da gusto que lo comprendas.

-No me opondré a tu relación con él... –Draco se levantó de la piedra y se enfrentó la mirada azul de su padre-. Pero eso no significa que deba estar presente para verlo.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Que dejaré nuestros aposentos en Hogwarts y volveré a casa –antes de que Draco se marchara Lucius se atravesó en su camino, su mirada tan serena como la que ahora sostenía su hijo.

-No será necesario que te marches... –el muchacho sintió que se formaba un nudo en su garganta cuando su padre concluyó-: Porque yo seré el que se vaya.

-Está bien. Si tú así lo deseas... –Draco se alejó, sus pasos orgullosos y decididos cuando tomó el camino que lo conduciría hacia el Castillo.

Lucius se quedó un momento más, tratando de entender la actitud de su hijo. Sabía que había tomado la decisión correcta al ser él quien se marchara de Hogwarts. Pero también sabía que con su partida, había perdido todo el tiempo ganado al lado de Draco. Algo en su pecho comenzó a doler, pero no quiso hacer caso a ésa desagradable sensación.

Consultó su reloj. No tenía sentido hacer esperar más al terapeuta. Apresuró su camino a la enfermería con la amarga certeza de que ahora, su hijo ya no estaría ahí para acompañarlo.

OOOOOOOoOOOOOOO

Remus se estiró bajo la colcha café y abrió los ojos al sentir que Lucius no estaba a su lado. Supuso que se había marchado a su sesión de fisioterapia y que no había querido despertarlo. El cómodo sillón se hizo muy grande para él y deshaciéndose de la cobija se puso de pie para estirarse. El fuego de la chimenea estaba por extinguirse y se apresuró a reavivar el fuego antes de dirigirse a la salida para tomar un poco de aire puro.

Afuera, se cubrió los ojos por un momento para evitar que la naciente luz del alba lo deslumbrara, como ocurría siempre que la luna llena estaba tan cercana. Extrañado al ver que el Sauce Boxeador estaba tranquilo, Remus llegó a la conclusión que Lucius tal vez había olvidado romper el hechizo que le impedía moverse. Regañándole con el pensamiento, reanimó al viejo Salguero y caminó algunos metros para desentumir sus agarrotados músculos.

Sólo había dado unos cuantos pasos más allá de la casa cuando escuchó voces alteradas. Imaginando que pudiesen ser estudiantes de los últimos cursos organizando alguna pelea, se apresuró a rodear la pequeña colina que lo separaba de ellos. Se detuvo, sorprendido al descubrir que las voces le eran muy familiares. Sin saber cómo proceder ante lo que presenciaba contra su propia voluntad, decidió dar media vuelta y volver a la Casa. Tal vez más tarde Lucius le explicase la razón por la cual discutía con su hijo.

-¿Cómo has sido capaz de enredarte con el primero que se te ha puesto enfrente? –las palabras de Draco llegaron nítidas a sus sensibles oídos. Se detuvo en el acto y regresó sobre sus pasos para ocultarse detrás de un árbol. Lo que escuchó después hizo que un dolor muy grande se alojara en su pecho, impidiéndole respirar con normalidad-. ¿Tan pronto has dejado de amar a mi madre?

-Te lo dije una vez y te lo repito, Draco. Siempre amaré a tu madre...

Remus ya no quiso escuchar más. Dejó su refugio detrás del árbol y se retiró del lugar con la misma discreción con la que llegara. En la Casa de los Gritos, se dejó caer sobre el sillón y se abrazó a sí mismo, percibiendo sobre su propio cuerpo el fino perfume de quien hacía unos minutos aún consideraba su pareja. Había sido un iluso.

Dentro de su propio deseo por ser amado, él había creído que al fin alguien podría ser capaz de entregarse a él, sin reservas ni prejuicios. Se había permitido mandar al rincón más lejano de su corazón el amor hacia quien sabía que nunca le amaría, para darse la oportunidad de volver a enamorarse y soñar con que ésta vez sería diferente. Él pensaba que había hecho lo correcto al darse otra oportunidad y con ello, lograr que su corazón ya no siguiera sangrando.

Apretó con fuerza los puños, deseando que el dolor que estaba sintiendo pasara, como todo en su vida pasaba sin dejar huella. Lucius nunca lo amaría, y él mismo acababa de confirmárselo con ésas palabras. Él nunca olvidaría a su esposa. Nunca dejaría de amarla y él sólo pasaría a ser en su vida algo pasajero, que más pronto que tarde alejaría de su lado. "Ya pasará. Como todo pasa en ésta vida..." Le había dicho a Harry alguna vez.

Cuán equivocado estaba. Porque aunque así lo deseara, Lucius Malfoy ya estaba muy dentro de su ser. Se encogió sobre el sillón, un sollozo quedo surgiendo de su garganta. ¡Qué sencillo había sido dejar de amar a Sirius y enamorarse de Lucius! ¡Qué fácil dejar que su corazón volviera a latir con nuevas ilusiones y esperanzas!

Y qué doloroso era caer en la penosa realidad de que Lucius nunca sería para él... porque cuando se trata de vencer a un rival en el amor, no hay nada más difícil que luchar contra un fantasma.

OOOOOOOoOOOOOOO

La mayor parte de todos los malos recuerdos que Hermione guardaba sobre el tal Ronald Weasley, eran discusiones cuyos motivos –por una extraña razón-, no lograba recordar. Pero suponía que no debía llevarse muy bien con él, si la mayor parte del tiempo se la pasaban peleando. Según su diario, ella lo había conocido a bordo del tren y habían sido compañeros durante ése primer año en el Colegio de Hogwarts.

Tal como se lo prometiera a la doctora Sayers, Hermione se había dado prisa en leer su diario y ahora sabía todo lo bueno que había sucedido con ella a lo largo de su primer año en el Colegio. Se había vuelto amiga de Ron, y de un niño llamado Harry. También recordaba algunas cosas, como una noche de luna en un oscuro bosque en compañía de un semi-gigante, del que también hablaba en su diario, y a un chico rubio molestándolos todo el tiempo.

En ése diario mencionaba mucho a Lord Voldemort, un nombre que ella hubiera deseado haber olvidado, pero que permanecía fresco en su memoria. Como todo lo malo que el Dementor le había dejado al llevarse sus buenos recuerdos a cambio de su frío beso. Y el diario también hablaba de un hombre vestido de negro que todo el tiempo les quitaba puntos. Un hombre al que recordaba muy bien: Severus Snape, su profesor de pociones. Pero también había muchas cosas escritas en su diario que ella deseaba recordar, en vano.

Hermione levantó la mirada y desde su lugar en la terraza, vio a la doctora Sayers atendiendo a una persona a la que no pudo distinguir. Presurosa, cerró el diario y lo dejó sobre la banquita blanca. Se alisó la bata de hospital y acomodó nerviosa, los largos mechones castaños que se alborotaban alrededor de su rostro sonrojado. Desde muy temprano, la doctora le había dicho que su primera visita llegaría a las diez de la mañana. Al ver que la doctora Sayers salía de su oficina y se dirigía hacia ella, supo que Ronald Weasley ya estaba ahí.

-¿Es él? ¿Está aquí? –la doctora Sayers asintió y tomando su brazo la invitó a sentarse en la banquita, junto a ella.

-Él ya está al tanto de toda tu situación. Y sabe que hay algunas cosas que aún... no estás lista para asimilar –Hermione la miró, sin comprender sus palabras del todo. Pero la doctora sólo movió la mano mientras continuaba-. Son cosas sobre tu vida que irás conociendo tú misma conforme avances en la lectura de tus diarios. Es mejor así. No te sorprenda si él... no responde a todas tus preguntas.

-Entiendo. Sólo hablaremos sobre lo que he leído, sin tratar de ir más allá –Hermione tomó su diario y lo apretó contra su pecho-. Yo tampoco me siento lista para enterarme de todo.

-¿Ahora estás lista para recibir a tu primera visita? –la muchacha pareció dudarlo-. Si aún crees que es muy pronto, podemos dejarlo para otro día. No quiero que te sientas presionada.

-Está bien. Estoy lista... creo –Hermione suspiró mientras se ponía de pie, alisando su rebelde cabellera-. ¿Me veo bien?

-Te ves preciosa –la doctora Sayers sonrió ante el gesto coqueto de su paciente-. No te preocupes, todo saldrá bien.

Hermione observó a la doctora alejarse de regreso a su oficina. Parada en mitad de la terraza y más nerviosa que nunca, repasó a toda prisa las palabras escritas en su diario.

-Se llama Ronald Weasley... y lo conocí en el tren... es mi amigo... y es...

-Hola, Hermione... –una voz detrás de ella la sorprendió y el diario escapó de sus manos. Hermione se agachó a toda prisa para recogerlo, sin atreverse a mirarlo.

Permaneció con los ojos cerrados, su diario apretado contra su pecho. Nervioso, él sólo la observaba sin decir nada. Ella hablaría cuando estuviera preparada. Después de un largo momento, Hermione respiró con fuerza y cruzó su mirada café con unos ojos grises que la miraban con profundo cariño. Ella sólo abrió la boca, sin que una sola palabra lograra salir de ella. Temblando, acercó una mano a su rostro y acarició con delicadeza las pecas que adornaban su nariz.

Él cerró los ojos y suspiró, una lágrima solitaria deslizándose por su mejilla. Hermione la secó con su mano, mientras acudían a ella los recuerdos de la última vez que lo viera, la noche de la batalla. Recordó a un grupo de Aurores rodeados por decenas de Dementores, una maldición golpeando el cuerpo del muchacho que ahora se encontraba parado frente a ella. A un Dementor envolviéndola en un beso frío.

-Hermione... –ella reaccionó a la voz suave que la llamaba de regreso. Y alargando su mano tomó la rosa roja que él le ofrecía, sin dejar de mirarlo.

-Rojo...

Más recuerdos acudieron a su mente. Unos gemelos que la hacían enojar mucho, y a una mujer de baja estatura y cuerpo rollizo regañándola por todo. Recordó una chimenea encendida y una larga mesa llena de personas hablando al mismo tiempo sobre la guerra que se avecinaba. Todos ellos diferentes y a la vez tan parecidos. Todos ellos con pecas en la nariz y cabellos rojos. Como roja era la rosa en su mano. Como rojo era el cabello de ése muchacho, cuyo nombre vino a sus labios sin necesidad de que ella tuviera que recordarlo.

-Ron...

Hermione acarició con dulzura los suaves cabellos rojos, y cuando Ron tomó su mano para encerrarla entre las de él, ella supo que a partir de ése momento todo estaría bien.

OOOOOOOoOOOOOOO

Oculto en la parte más profunda del Callejón Knockturn, Mark esperaba la llegada de las personas a las que había citado ésa noche para hablar de negocios. Pasaba de la una de la madrugada y su raída túnica apenas lograba aislarle del frío, que a ésa hora ya era insoportable. Ocultó la enorme cicatriz de su rostro con su propia capa cuando un lujoso carruaje negro se detuvo frente al callejón, cubriendo la entrada en casi su totalidad.

A la luz de la luna llena, Mark pudo distinguir la alta silueta de un hombre que descendía del carruaje y que con paso ligero se aproximaba hacia él, la varita empuñada en su mano izquierda. Sintió algo parecido al alivio al saber que sólo tendría que hacer arreglos con uno de ellos. Le había costado mucho trabajo contactarlos sin llamar demasiado la atención, y sabía el riesgo que implicaba enredarse en tratos con personas que sabía tan peligrosas. Pero aún así, el riesgo valía la pena con tal de conseguir lo que se proponía.

El hombre se detuvo frente a él, en el instante en que una nube ocultaba la presencia de la luna. La voz del extraño surgió en forma de un largo susurro, que hizo que los vellos de la nuca se le erizaran y la mano le temblara mientras sostenía con fuerza la orilla de la túnica contra su rostro marcado. Se pegó por instinto contra la pared del callejón cuando el hombre extendió la mano derecha, al parecer esperando que Mark le entregara algo.

Comprendiendo el gesto, Mark extrajo un grueso fajo de billetes del gastado bolsillo de su pantalón, que le entregó con mano temblorosa. El hombre lo contó, y aunque Mark se esforzaba por distinguir su rostro en la oscuridad no pudo ver el gesto de enojo que se dibujó en él, pero sí pudo sentir la punta de su varita cuando el otro la apoyó contra su cuerpo, antes de volver a escuchar la amenazadora voz muy cerca de su oído.

-Esto no es ni la cuarta parte de lo que acordamos –Mark tragó saliva y negó con la cabeza, sudor frío resbalando por su frente-. Si no tenías el dinero completo, ¿Para qué diablos me hiciste venir?

-Por favor... déjeme explicarle... –el otro entrecerró los ojos, esperando-. Hay un trabajo que debo hacer, pero para eso necesito que me entregue lo que le encargué.

-¿Pretendes que te entregue el pedido sin recibir toda mi paga? –Mark apretó los dientes por el dolor que le causaba la punta de la varita contra una de sus costillas-. Dame una razón que me convenza de no matarte por haberme hecho venir en vano a estas horas.

-Dinero. Mucho dinero... si todo sale como lo planeo –Mark sintió que la presión sobre sus costillas disminuía, y supo que había logrado captar su atención-. Es uno de los hombres más ricos del Mundo Mágico. Será un gran golpe. Se lo aseguro.

-¿Pretendes secuestrarlo?

-A él no... a su hijo –el hombre entrecerró los ojos, incrédulo-. Es su único hijo, y sé que me dará todo lo que me pida. Lo que sea.

-¿Para eso necesitas la varita que me pediste? –Mark asintió-. ¿Y qué te hace pensar que tendrás éxito?

-Porque lo tengo todo bien planeado. He estado vigilándolo desde hace varias semanas. Él viaja a Hogsmeade cada determinado tiempo y frecuenta siempre los mismos lugares. Todo está bien calculado.

Un ruido se escuchó en las cercanías y el hombre apuntó con la varita hacia el lugar de donde provenía. Un gato negro salió de entre las sombras para perderse entre los botes de basura apilados en el fondo del callejón. Sabiendo que cualquiera podría escuchar su conversación, hizo que Mark lo siguiera de vuelta al carruaje. Ya adentro, el hombre convocó unas copas de wiskey de fuego y lanzó un hechizo silenciador.

-¿Alguien más trabajará contigo? –le preguntó sin dejar de observar la desagradable cicatriz que cubría el rostro del hombre sentado frente a él. Antes de responder, Mark apresuró el contenido de la copa hasta vaciarla.

-No. Estoy solo en esto. Las ganancias serán jugosas, se lo aseguro –el otro no dijo nada. Permaneció en silencio meditando cada una de sus palabras. De su bolsillo, extrajo una varita que no era la suya y la extendió hacia Mark, pero no dejó que la tomara.

-Te sugiero que no la uses a menos que sea necesario –le advirtió el hombre-. No querrás que el Ministerio averigüe el porqué una varita está siendo utilizada si su dueño ya está muerto.

-Sólo la necesito para una cosa –respondió Mark, sin despegar sus ojos del codiciado objeto-. Después de eso me desharé de ella. Lo prometo.

-¿Cuándo tienes planeado dar el golpe? –frustrado, Mark vio cómo el hombre dejaba la varita robada fuera de su alcance.

-Sólo necesito unos días más y lo tendré todo listo –la copa en su mano se llenó de nuevo y Mark dio cuenta de ella ante la mirada impasible del extraño.

-Quiero el cincuenta por ciento de las ganancias –Mark rechinó los dientes, negándose a aceptar semejante trato-. O tendrás que buscar una varita en otra parte.

-Está bien... acepto –la varita le fue entregada y él la ocultó entre sus ropas, una sonrisa de satisfacción en su rostro marcado-. Ya que seremos socios, me gustaría saber con quién estoy tratando.

-Mi nombre no te incumbe, así que no vuelvas a preguntar –fue la cortante respuesta del hombre, y Mark prefirió no insistir-. Lo importante aquí es que yo sí sé quién eres y cómo encontrarte. Y será mejor que no trates de burlarte de mí.

-Le aseguro que no lo haré, señor.

-Más te vale que así sea... –la advertencia fue clara en su voz, y Mark volvió a sentir la varita del hombre, ésta vez contra su pecho-. O no vivirás para lamentarlo. Ahora, pasemos a los detalles de la operación...

Mark asintió en silencio, escuchando todos los planes de su nuevo "socio". Una hora después, el hombre deshacía el hechizo silenciador y la puerta del carruaje se abría para dejarlo salir. Si todo resultaba según lo planeado, muy pronto su vida cambiaría para siempre. Mientras observaba al carruaje partir, palpó la varita debajo de sus viejas prendas y una retorcida sonrisa surcó sus labios resecos.

-Muy pronto volveremos a vernos... —murmuró, posando su mano fría sobre la cicatriz que atravesaba su rostro-. Y entonces haré que me pagues con creces todo lo que perdí por tu culpa...

Continuará...

Próximo capítulo: Luchando contra fantasmas. Segunda Parte.

Notas:

Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.

Besitos.

Rebeca (K. Kinomoto)