Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devi y a The White Girl, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXVII
Luchando contra fantasmas.
Segunda Parte.
La partida de casi todos los estudiantes y profesores a mediados de diciembre, dio al Castillo un aire de tranquilidad que ya necesitaba. Madame Pomfrey se marchó a casa, pero no olvidó dejar la chimenea conectada para que Oliver la llamara por si algo se ofrecía. Minerva decidió quedarse a hacer compañía a un dormido Albus; Remus no tenía otro lugar dónde pasar las vacaciones de Navidad, y el profesor de pociones ya vivía en su laboratorio la mayor parte del tiempo y sin nada más que hacer, que dedicarse a su investigación sobre el veneno de Nagini.
En mitad del patio central, Sirius caminaba de un lado a otro dejando profundos surcos sobre la nieve. Era la segunda nevada desde que las vacaciones comenzaran y aún estaba suave, lo que hacía que sus pies se hundieran a cada paso que daba. Abrigado con una gruesa capa y un gorro azul que le cubría hasta las orejas, el animago se detenía de vez en cuando para respirar con fuerza, antes de reanudar su incesante andar sobre la fría superficie bajo él.
Acababa de pasar un mes desde que decidiera aceptar la propuesta de Snape de ayudarlo en su laboratorio, y todo había marchado según lo acordado. Pocas eran las veces que coincidían, pues durante las horas que él frecuentaba el laboratorio Snape se encontraba dando clases. Sólo se veían dos veces al día: una vez por la mañana para recibir instrucciones; y una vez por la tarde, para entregarle los resultados de sus investigaciones.
Pero al verse el profesor liberado de las clases, las horas compartidas en ése pequeño espacio, aumentaron de forma considerable. En consecuencia, la tensión de la forzosa convivencia por ambas partes fue tan densa que hasta el mismo Harry lo notó. Sirius había estado presente cuando su ahijado interrogaba al profesor sobre ésa pesada atmósfera de tirantez que captaba con tanta fuerza, que lo asustaba.
Por ésa misma razón, ambos acordaron que cada vez que sintieran que la atmósfera se cargaba demasiado, lo más sano fuera que uno de los dos abandonara el laboratorio por un buen rato. Lo que había dado como resultado a un Sirius Black abrigado hasta el cuello y dando vueltas por todo el patio, cada determinado tiempo. Se lo había comentado a su psicólogo, y el doctor Sayers lo había felicitado instándole a que lo tomara como un buen ejercicio terapéutico.
Sirius detuvo su andar cuando los primeros copos de nieve cayeron a su alrededor. Atardecía y la temperatura bajaba de forma drástica. Refugiándose bajo una de las tantas cornisas que rodeaban el patio, se recargó sobre una gruesa columna para observar cómo los surcos que él acababa de formar con sus pisadas, se llenaban poco a poco con la nieve que ahora caía en mayor cantidad. El invierno se estaba adelantando y prometía ser bastante frío, sin duda alguna.
Suspiró con pesar. La Navidad estaba por llegar, y él no había podido acercarse aún a Harry. Su ahijado ignoraba que él era el auxiliar de Severus, pues tenía prohibido acercarse al laboratorio cuando el profesor no estuviera presente. Conociéndole, sabía que era curioso por naturaleza y no quería que por estar husmeando entre sus cosas pudiera sufrir algún accidente. Y Sirius estaba satisfecho con ésa disposición, y sorprendido de estar –por primera vez en su vida-, de acuerdo con el profesor.
Aún no encontraba el valor para hablar con él. Muchas veces lo observaba en silencio cuando sentado en el sillón de la sala, Harry leía algún libro con ayuda del hechizo que el profesor le había enseñado. Otras veces, escuchaba su voz mientras hablaba con Ron por la Red Flú. En una ocasión y aprovechando que el animago se había quedado unas horas más trabajando, el mismo Snape le había comentado de manera casual que Harry ya dormía. Y Sirius había comprendido la indirecta y antes de retirarse se había aventurado a las habitaciones privadas, sólo para acercarse a su ahijado y depositar un beso en su frente.
El animago volvió de sus pensamientos y se abrazó a sí mismo al sentir que el frío ya comenzaba a ser molesto. Dio la media vuelta y respiró profundo antes de dirigirse de vuelta a las mazmorras. Era hora de volver al trabajo en el laboratorio y soportar la presencia de Snape unas horas más. Le estaba resultando muy difícil, pero debía reconocer que el hombre estaba poniendo todo de su parte, y lo menos que él debía hacer era tratar de controlarse también.
Lo estaba haciendo por Harry, pero también por él. Sus sesiones con el psicólogo estaban rindiendo frutos. Aunque las pesadillas aún se le presentaban en algunas ocasiones, ya no lo hacían con la misma frecuencia de antes. El recuerdo de aquél hombre de largos cabellos y ojos negros aún permanecía, y dolía. Pero sabía que era labor suya hacer que ésa parte de su vida quedara atrás, si quería recuperarse y recuperar a Harry.
Gracias a la ayuda psicológica que recibía, y a que Remus siempre estaba ahí para escucharle y aconsejarle, Sirius había reconocido su gran error al creer que el fantasma de ése hombre seguía vivo en la persona de Severus. Y ahora más que nunca estaba consciente que debía luchar con todas sus fuerzas si quería exorcizarlo. Sabía que le faltaba mucho camino por recorrer, y esperaba que llegado el momento, Harry también pudiera comprenderlo.
Se detuvo frente a la puerta del laboratorio y pronunció la contraseña. La puerta se abrió y antes de entrar repitió en silencio lo que para él ya se había vuelto parte de su rutina.
"Snape no tiene la culpa de lo que me ocurrió..."
oooooooOooooooo
Desde el primer momento en que tuvo que depender de la silla de ruedas, Lucius había contado cada día esperando que llegara la hora de dejarla. Y a principios de diciembre el esfuerzo puesto en cada hora de terapias, el dolor y el cansancio rindieron sus frutos y la silla de ruedas pasó a formar parte de sus recuerdos. Pero cuando el doctor Green le presentó la andadera ortopédica, Lucius estuvo tentado a volver a su silla de ruedas.
El cansancio durante sus horas de ejercicio se volvió un paraíso, en comparación con el enorme esfuerzo que le exigía el andar sobre sus dos piernas con la precaria ayuda de ése aparato tan extraño. Era de metal, resistente para soportar su estatura y peso; con una barra paralela y dos asideros a los lados, de los que se sostenía con ambas manos. Tenía cuatro patas en lugar de una base. En total, un aparato bastante pesado que él tenía que levantar y dirigir hacia delante y hacia los lados cada vez que debía avanzar.
Tenía que hacer uso de ella durante todo el tiempo que necesitara caminar. La Mansión Malfoy jamás le había parecido tan grande antes, y recorrerla, tan agotador. Lucius había querido hechizarla como hiciera con la silla, pero su terapeuta se lo había prohibido de forma terminante. Tenía que usarla como era debido si quería dejarla en el menor tiempo posible. Y él había desistido de su idea, pues deseaba volver a caminar solo sobre sus dos piernas cuanto antes.
A pesar de que ése día era domingo, el rubio se encontraba en la enfermería practicando sus ejercicios. Ahora eran diferentes y se enfocaban en fortalecer sus extremidades. Aunque la sensibilidad en la parte baja de su cuerpo había regresado por completo varias semanas atrás, aún ocupaba de vez en cuando la tina de hidromasaje. Y el enfermero que lo atendía le había enseñado a Remus la forma correcta de masajear sus piernas para ayudar a la circulación. De todas las cosas que debía enfrentar en cada sesión, sin duda alguna ésa era la parte que más le gustaba.
Y a Remus parecía gustarle también, pues nunca faltaba a las sesiones y se esforzaba en atender cada una de las instrucciones del terapeuta. Sin embargo, extrañaba la compañía de Draco. Desde su regreso a la Mansión Malfoy no había vuelto a cruzar palabra con su hijo. Varias veces se había topado con él en la enfermería, cuando el muchacho debía entregar alguna poción. Pero en todas ésas ocasiones, la presencia de Remus impedía a Draco acercarse a su padre.
Para Lucius, era un claro mensaje de que así serían las cosas mientras su relación con el profesor continuara, o hasta que él decidiera aceptarla. Y conociendo lo que su hijo pensaba al respecto, Lucius temía que nunca ocurriera lo segundo. El rubio negó con la cabeza, rechazando ése pensamiento. Remus y él ya tenían planes para pasar la noche de Navidad con Severus y Potter. Y Draco también estaba incluido en ésos planes. El problema era que aún no sabía cómo planteárselo a su orgulloso hijo sin temor a recibir una rotunda negativa de su parte.
Cansado, dejó sus pensamientos a un lado y decidió que ya era suficiente ejercicio por ése día. Con ayuda de Remus se bajó de la caminadora para tomar un descanso. Se sentaron sobre el suelo alfombrado de azul mientras el profesor convocaba una copa de agua fresca, que le extendió al rubio.
-¿Draco aceptó tu invitación para el sábado?
–No hemos hablado aún –fue la respuesta sincera de Lucius-. Pero es mejor hacernos a la idea de que no aceptará compartir la mesa con nosotros.
No obstante la fina discreción de su pareja, Remus comprendió que el "nosotros", sólo lo incluía a él.
-Sé que mi presencia no le es grata, y no le culpo por eso –al escucharlo, Lucius dejó la copa a un lado, molesto. Draco era su única familia y lo quería, pero ésa actitud suya comenzaba a fastidiarle-. Tal vez lo mejor sea que yo no esté presente, ya habrá otras ocasiones para que tú y yo celebremos juntos.
-Nada de eso, Remus –su respuesta fue tajante-. No voy a permitir que nuestros planes se estropeen por culpa de los berrinches de un niño consentido.
A Remus no le apetecía la idea de pasar la primera noche de Navidad sin la compañía de Lucius, por lo que decidió no insistir. Aún faltaban seis días, confiaba en que habría suficiente tiempo para pensar en algún modo de convencer a Draco de aceptar su invitación.
-¿Te gustaría desayunar conmigo? –Remus dejó a un lado el tema de Draco y se puso de pie-. Después podríamos dar un paseo por el Castillo. Conozco una sala repleta de antigüedades, creo que te parecerán muy interesantes.
-Gracias, pero hoy no será posible –fue la respuesta de Lucius, quien no pudo ver el gesto de decepción que se dibujó en el rostro de Remus. El rubio consultó su reloj y se apoyó en su pareja para ponerse de pie-. Tengo una cita de negocios.
-¿Con la socia de la cadena de hoteles? –Lucius asintió y Remus suspiró con pesar mientras alcanzaba la andadera ortopédica para que el rubio se apoyara en ella-. Pensé que ya habías cerrado negociaciones con ella.
-Nos faltan algunos detalles por afinar, pero el negocio está casi cerrado.
Remus estaba muy bien enterado de ése proyecto que Lucius estaba tan interesado en arrancar. Una firma muy reconocida le había presentado una propuesta prometedora. Planeaban asociarse con él para construir tres hoteles de Gran Turismo en el Caribe. El resultado si lograban llegar a un acuerdo, sería una sociedad en la que Lucius quedaría como socio principal, con una participación del cincuenta y uno por ciento de las acciones. Una gran oportunidad de expansión que un empresario como Lucius Malfoy no pensaba dejar pasar.
Y Remus estaba feliz por Lucius. Pero lo que no le tenía muy contento en realidad, era que su pareja debía alternar en sus citas de negocios con una de las principales socias de la cadena. Él la conocía sólo en fotografías divulgadas en algunas revistas, y había tenido que reconocer que era una mujer muy hermosa. Lucius sólo la había mencionado una vez después de la primera reunión, sin mostrar ningún interés en especial. Pero cuando las citas de negocios con la futura socia se repitieron, los focos rojos se prendieron en la mente de Remus.
-Odio este aparato... –el profesor hizo sus pensamientos a un lado y sonrió con ligereza, cerciorándose que la posición de Lucius sobre la andadera se estabilizara-. No veo la hora de deshacerme de él.
-Lo harás más pronto de lo que te imaginas –siguiendo con infinita paciencia los vacilantes pasos del rubio, se dirigieron a la salida del Castillo, donde el carruaje de Lucius ya esperaba por él para llevarlo de regreso a su mansión-. El doctor Green dice que si lo usas con frecuencia, en dos meses estarás caminando sin ayuda.
-Y así será. No pienso seguir dependiendo de ningún artefacto para hacer lo que me plazca –el rubio sintió la mano de Remus alrededor de su cintura, y le agradeció en silencio cuando sintió que la masajeaba con suavidad bajo la gruesa tela del abrigo. Era la zona del cuerpo que más le dolía cada vez que caminaba un largo tramo, como el que ahora acababan de recorrer. Sin despegar la mano de su cintura, Remus impulsó a Lucius hacia el interior del lujoso carruaje y entró tras él, sosteniéndolo con fuerza hasta que el rubio se puso cómodo.
-Te veré mañana temprano para tu terapia, tal vez podamos desayunar juntos –Remus bajó del carruaje y se recargó contra el marco de la puerta-. Claro... si no tienes otra cita de negocios qué atender...
Lucius miró con fijeza a los ojos de su pareja, y una sonrisa casi imperceptible afloró a sus labios. De un tiempo a la fecha el profesor se portaba algo más posesivo de lo normal. Él no era tonto, y sabía que Remus estaba celoso de sus citas con la que sería su socia. Pero lejos de molestarle, le divertía y hacía que su ego se inflara un poco más, si eso era posible. Era una mujer muy bella, sin duda alguna, pero no había logrado impresionarlo. No le interesaba en absoluto, ésa era la verdad. Aún así, le gustaba ver a Remus tan celoso.
Remus regresó al Castillo tras despedirse del rubio. En la privacidad de sus aposentos, llamó a un elfo para pedir el desayuno mientras buscaba un lugar en el suelo frente a la chimenea. Recargó su cabeza sobre uno de los sillones y respiró con fuerza, cerrando los ojos. Estaba cansado y sentía dolor, pues tres noches atrás había sido Luna Llena, por lo que algunas heridas aún no terminaban de cerrar.
Pero la molestia de las heridas era lo que menos le importaba, estaba acostumbrado a ellas hasta el punto de ignorarlas. El dolor lo sentía dentro de él. Desde aquélla mañana en la que escuchara la discusión entre Lucius y su hijo, algo había cambiado en su comportamiento hacia el rubio. Las cosas parecían estar como siempre, pero él era diferente. Ignoraba si Lucius se había percatado de ése cambio, o tal vez era tan sutil que sólo él lo notaba.
Lo cierto, era que se estaba volviendo muy posesivo. No quería compartir a quien a pesar de todo aún consideraba su pareja. No le había gustado nada saber que Lucius volvería a su antiguo hogar, aquél que compartiera por más de veinte años con la que fuera su esposa. Le dolía el sólo imaginar que él durmiera en su cama, aspirando su perfume y evocando sus recuerdos. Y para complicar más las cosas, Lucius acababa de conocer a otra persona. Una mujer hermosa, rica y elegante... la pareja perfecta para un hombre como él.
Remus no podía evitar sentirse molesto al pensar que para Lucius, la suya seguía siendo una "relación" pasajera. Temía que ésa mujer fuese capaz de llenar el vacío que Narcisa dejara, y que él nunca sería capaz de llenar. No quería imaginar que en cualquier momento Lucius decidiera casarse con ella y alejarlo de su vida. Como hiciera años atrás, cuando lo dejó para casarse con Narcisa. En aquél entonces se había alegrado por él, y hasta le había deseado buena suerte.
Pero ahora las cosas eran diferentes. Ahora amaba a Lucius y si la historia se repetía, él ya no ya no sería capaz de resignarse a perderlo otra vez.
oooooooOooooooo
Sentado en el alféizar de su ventana, Ron observaba el blanco paisaje en miniatura en el que se había convertido el jardín de su madre. Con una taza de chocolate caliente entre sus manos, descansaba su cabeza sobre el marco de madera, opacando con su respiración el frío cristal. Ésa misma mañana había ido a ver a Hermione con la intención de invitarla a la cena de Navidad en la Madriguera. Ya lo había discutido con la doctora Sayers y ella no había encontrado inconveniente alguno, siempre y cuando Hermione se sintiera lista para eso.
Para su grata sorpresa, su novia había aceptado. A ella le entusiasmó la idea de conocer a la enorme familia que tenía su afortunado amigo. Para la doctora, era una prueba innegable de que su recuperación iba por muy buen camino. Hermione se había dado prisa y ya iba por el diario número ocho, y su tercer año en el Colegio. Pero por órdenes de la doctora Sayers, Ron no podía hablarle aún de su relación. Debía esperar a que la misma Hermione la descubriera poco a poco a través de sus memorias.
Por un lado, sentía un gran alivio por el hecho de que ella no le preguntara nada sobre su vida sentimental. Su atención se centraba en reconocer el entorno que alguna vez la rodeara. Eran muchas las cosas que lograba recordar a través de sus diarios, pero muchas otras aún permanecían en la penumbra. A pesar de que los diarios estaban ayudando a Hermione, había algo que no dejaba de molestarle: Su novia dependía mucho de ellos.
Él podía comprender que al no recordar las cosas buenas de su pasado, encontrara en sus apuntes la forma de volver a conocerlas. Pero las cosas a su alrededor habían cambiado. Las personas que alguna vez conociera ya no eran las mismas a las que ella describía en sus diarios. Él le había explicado las pérdidas que cada uno sufriera como consecuencia de la guerra, y la forma en cómo enfrentaban su nueva vida. Pero Hermione se había negado a creer en muchas de ellas.
Ron se lo había comentado a la doctora Sayers, y ella le había respondido que le tuviera paciencia. Estaba en la segunda etapa de su tratamiento, y los Weasley no serían las únicas personas que frecuentaría a partir de ahora. Hermione ya había dado el nombre de la siguiente persona a la que quería volver a ver pasadas las navidades, y Ron había estado de acuerdo con ella. Conforme su novia avanzara en la lectura de sus diarios, la cantidad de visitas aumentaría, y ella tendría que elegirlas de acuerdo a cómo se sintiera con respecto a ellas.
Por su parte, Ron ya había comprobado que la sola mención de Remus la asustaba. Él había tratado de convencerla de que el profesor de Defensa era un gran amigo, pero entre los pocos recuerdos que Hermione guardaba sobre él, el que más arraigado estaba en su mente era la noche de su transformación frente a ellos en la casa de los Gritos. Ron podía entender su miedo al licántropo, y si ése era el recuerdo más constante que tenía del profesor, sería difícil convencerla de volver a verlo. Mientras tanto, Hermione estaba lista para volver a ver a otras personas.
Con eso en mente, apartó la mirada del níveo jardín y se dirigió a la chimenea del comedor. Después de dejar la taza vacía sobre la mesa, tomó un puñado de polvos al tiempo que mencionaba el nombre de Harry.
-Hola, Ron –la voz alegre de su amigo se escuchó del otro lado-. Estaba a punto de salir a dar un paseo, ¿Vienes?
-Claro que sí, compañero. Sólo deja que me ponga un abrigo.
-Aquí te espero...
Momentos después, ambos muchachos dejaban las habitaciones del profesor Snape. Salieron del Castillo y se dirigieron hacia los lindes del Bosque. Cerca de ahí, procedente de la chimenea de Hagrid, una columna de humo se elevaba contra el cielo plomizo. Tratando de evitar el camino que llevaba a la cabaña, Ron desvió sus pasos guiando a Harry a través de la arboleda, hasta encontrar descanso bajo un gran pino.
-Mamá me mandó decirte que los espera el sábado para cenar –Ron se puso de pie y comenzó a recoger varias piñitas que estaban a su alrededor. Se las llevaría a Molly para que hiciera adornos navideños con ellas. Detrás de él, Harry frunció el ceño en una mueca de dolor, mientras se llevaba las manos a la cabeza-. Dice que no aceptará excusas, así que será mejor que vayas convenciendo a tu profesor... ¿Estás bien?
-Sí... no te preocupes, es sólo un dolor de cabeza. Ya se me pasará –Harry dibujó una suave sonrisa que dejó a Ron más tranquilo-. ¿Qué me estabas diciendo?
-Que mamá los espera el sábado para cenar.
-Me temo que no será posible, Ron. Ya aceptamos la invitación de Remus y el señor Malfoy para cenar ésa noche. Pero el domingo pasaré a visitarlos para llevarles sus regalos, y trataré de convencer a Severus de acompañarme –Ron asintió, comprendiendo, mientras Harry se entretenía en dibujar formas sobre el suelo con el extremo de su bastón. Aunque no podía ver lo que hacía, se deleitaba escuchando el sonido que hacía al clavar y deslizar la punta a través de la espesa nieve-. ¿Sabes? Desde que ambos regresamos al Castillo... no hemos salido juntos ni una sola vez. A ningún lado.
-¿Crees que el profesor Snape trata de evitar que lo vean contigo? –Harry negó con la cabeza-. Tal vez no quiere que tu nombre se vuelva a poner en entredicho si la gente se entera de que él es tu pareja.
-Lo que la gente piense sobre nosotros me tiene sin cuidado, Ron. Y estoy seguro que también a él –su amigo asintió, satisfecho de su respuesta, mientras terminaba de apilar las piñitas al pie del pino donde su amigo se encontraba sentado-. Severus necesita descansar, y aquí en el Castillo no lo logrará con el laboratorio a su merced la mayor parte del día.
-¿Y qué hay de su auxiliar? Me habías comentado que había alguien ayudándole con su investigación sobre el veneno de Nagini –Ron sacudió la nieve acumulada en sus guantes y tomó asiento a un lado de su amigo-. Podrías convencerlo de dejar a su auxiliar a cargo del laboratorio.
-¿Crees que no lo he intentado? –refunfuñó el moreno, apretando su bastón con evidente impotencia-. Le propuse pasar unos días en algún lugar, solos. Pero él no quiere dejar el laboratorio. Ni siquiera me ha dicho quién es el auxiliar que contrató. Ésta mañana yo traté de entrar al laboratorio para ver si podía conocerlo, pero no pude. Severus cambió la contraseña.
-Eso es muy extraño... ¿No será que en realidad no ha conseguido a un auxiliar?
-No lo creo... ¿Por qué tendría que mentirme? –Ron no supo responder a ésa pregunta-. Él es el más preocupado por encontrar una cura para mí. Y si no hay nadie ayudándole, sabe que tarde o temprano me enteraré.
-¿Y si hablas en persona con su auxiliar? Tal vez él pueda convencerlo de dejar el laboratorio por unos días –el moreno pareció meditarlo-. No pierdes nada con intentarlo.
-Tienes razón... –Harry se puso de pie-. Aprovecharé que Severus está con el profesor Dumbledore ahora.
-¿Aún no reciben noticias del señor Flamel? –su amigo negó con la cabeza-. ¿Y el profesor Snape ya sabe todo lo relacionado sobre el Medallón?
-Sí. Pero fue la profesora McGonagall quien se lo contó.
Ron redujo de tamaño las piñitas para que cupieran en el bolsillo de su abrigo, y ambos decidieron volver al Castillo. Caminaban despacio, ya que al no poder ver por dónde caminaba, Harry tenía algunos problemas para deshacerse de la nieve que se acumulaba alrededor de sus pies. Llegaron frente al edificio en el instante que comenzaba a nevar. Aún así, siguió caminando al ritmo que su amigo marcaba.
-Entonces... ¿Tu profesor no sabe que le ocultaste ésa información? –ésta vez no recibió respuesta del moreno, por lo que intuyó que ésa parte aún estaba pendiente-. ¿Cuándo piensas decírselo? ¿O no piensas decirle nada?
-No lo sé. Temo que se enoje conmigo por no decírselo.
-Pero... tú sólo respetaste la decisión del Director –Harry suspiró, no muy convencido de que Severus pudiera aceptar eso como una buena excusa-. No sería justo que te reclamara por eso.
-No estés tan seguro. Aún sigue molesto con el profesor Dumbledore, y creo que lo estará mientras no despierte y lo convenza él mismo de sus razones –el moreno se detuvo por un momento cuando sintió que la nieve se acumulaba sobre sus rebeldes cabellos, aminorando su dolor de cabeza. Le gustaba ésa sensación, casi podía verla cayendo a su alrededor. Ron lo observó en silencio, viendo cómo la determinación se reflejaba en el rostro de su mejor amigo-. Mejor esperaré a que el profesor Dumbledore despierte y entonces se lo diré.
-Si tú crees que es lo más conveniente... –entraron al Castillo dando por terminado el tema-. Harry... hay un favor que necesito pedirte. Se trata de Hermione.
-¿Se encuentra bien? ¿Le sucedió algo?
-Ella está bien, no te preocupes –lo tranquilizó su amigo-. La doctora Sayers considera que es el momento adecuado para que vuelva a ver a otras personas. Hermione está de acuerdo y ha pedido que tú seas una de sus visitas –Harry se detuvo en seco, sin dar crédito a las palabras de su amigo-. ¿Harry?
-¿Es verdad... lo que me estás diciendo? –Ron sonrió al notar la emoción en la voz de su mejor amigo-. ¿Hermione quiere verme? ¿De verdad?
-La doctora programó la visita para después de Navidad. Claro... si tú estás disponible por ésas fechas...
-¡Claro que estaré disponible! –Ron casi saltó al escuchar el grito entusiasmado del moreno-. No sabes... cuántas ganas tengo de abrazarla. De poder tocar su rostro... de decirle cuánto la quiero...
-Lo sé, Harry. No necesitas decírmelo –el pelirrojo estrechó los hombros de su amigo, y ambos continuaron su camino hacia las mazmorras-. Pero antes necesito que estés al tanto de algunas cosas sobre las que Hermione aún no puede enterarse...
Harry escuchó con atención cada recomendación de su amigo, asintiendo a todas sus palabras y comprendiendo cada una de sus razones. Así fue hasta que entraron a los aposentos que compartía con su pareja. Se dirigieron al pasillo que conectaba con el laboratorio y tras pensarlo por unos instantes más, Harry pronunció la contraseña.
-¿Lo ves? Te dije que la había cambiado –frustrado, Harry dio media vuelta para dirigirse a la sala. Ron se quedó parado frente a la puerta y sin saber porqué lo hacía, decidió probar con el picaporte. La puerta se abrió.
-Espera... –el moreno regresó sobre sus pasos y guiado por su bastón siguió al pelirrojo hacia el interior del laboratorio. Pudo notar que la temperatura bajaba mucho más conforme avanzaba-. No hay nadie aquí... ¿Qué habrá detrás de ésa puerta?
-Es la que conecta con el pasillo exterior.
-No me refiero a ésa, sino a ésta...
-¿Hay otra puerta? –Harry frunció el ceño, tratando de recordar-. ¡Ah! Es verdad... Severus me comentó que había ampliado un cuarto para trabajar con el veneno. Éste debe ser el lugar –tanteó con la mano hasta dar con el picaporte, que comenzó a girar.
-Creo que al profesor Snape no le va a gustar nada encont... –pero su voz murió en su garganta al encontrarse de frente con la persona que menos se imaginaba ver en ése lugar-. Sirius...
-¿Sirius? ¿Sirius está aquí?
-¿Cómo lograron entrar? –sorprendido, el animago dejó su trabajo y se acercó a los muchachos. Harry sintió una punzada en su pecho al escucharlo, y dio media vuelta para salir del laboratorio-. Harry, espera...
Sirius salió detrás de su ahijado, dejando a Ron solo en el pequeño y frío cuarto. El pelirrojo sólo necesitó un rápido vistazo al lugar para comprenderlo todo. Sonriendo, salió del laboratorio para alcanzarlos.
-Harry... escúchame... –al llegar a la sala, pudo ver que Harry forcejeaba con el animago, renuente a escuchar cualquier razón-. Harry... por favor...
-Espera aquí, Sirius... –Ron se acercó a su amigo y lo tomó del brazo para llevarlo a otro lado. El animago se quedó parado junto al sillón, viendo cómo Ron conducía a su ahijado hacia una esquina de la habitación-. Harry... creo que deberías escucharlo...
-No quiero hacerlo –fue la renuente respuesta de su amigo-. Si lo único que va a decirme es que deje a Severus para irme con él, entonces no tengo porqué escucharlo.
-No creo que ésas sean sus intenciones –Ron dirigió su mirada gris hacia Sirius, que continuaba parado en el mismo sitio intentando escuchar lo que decían-. Trata de hablar con él.
-¿En verdad tengo que hacerlo? –Ron guardó silencio, dando tiempo a que Harry se respondiera a sí mismo-. Es que... no sé qué decirle. No se me ocurre nada.
-Pues no le digas nada, y deja que sea él quien hable –Harry apretó los labios con fuerza y suspiró, no muy convencido. Sin dar tiempo a que su amigo terminara de decidirse, Ron volvió a tomar su brazo para conducirlo de regreso a donde Sirius aún permanecía a la expectativa-. Creo que será mejor que los deje solos para que hablen.
-Pero... Ron...
-Nos veremos después, compañero. Ahora debo ir a trabajar –el pelirrojo se dirigió a la chimenea, y Harry respiró con fuerza cuando escuchó que su amigo se marchaba, dejándolo solo con su padrino.
-¿Qué hacías en el laboratorio de Severus? –Sirius suspiró al notar el tono enfadado en la voz de su ahijado, pero sabía que no podía culparlo-. ¿Cómo pudiste entrar, cuando ni siquiera yo he podido hacerlo?
El animago decidió aprovechar la oportunidad de oro que se le presentaba para hablar de una vez por todas con su ahijado. Vacilante, extendió su mano para acariciar sus rebeldes cabellos. Al sentirlo, Harry dio un respingo y trató de alejarse de él.
-Porque tengo contraseña –el muchacho frunció el ceño, desconcertado. Sirius continuó al tiempo que buscaba descanso en el sillón frente a la chimenea-. ¿No logras entenderlo? –Harry negó con la cabeza, buscando el nuevo origen de su voz y sintiéndose extraño al darse cuenta que Sirius estaba sentado en el lugar preferido de su pareja. No pudo evitar ruborizarse al pensar en lo que su padrino diría si supiera cuántas veces hacía el amor con Severus en ése preciso lugar-. Yo soy el auxiliar de Snape.
-¿Qué has dicho? –Harry desvió el hilo de sus pensamientos al escuchar las palabras de Sirius. Confundido, buscó lugar en el sillón junto a él, negándose a creer lo que acababa de oír-. ¿Tú eres el auxiliar de quien Severus me habló? –Sirius dejó espacio para que el muchacho terminara de asimilar los hechos. Harry abrió y cerró la boca varias veces, incapaz de pronunciar palabra alguna. Cuando al fin pudo hacerlo, sólo resopló mientras descansaba su adolorida cabeza sobre el mullido respaldo del sofá-. No es posible... ¿Por qué Severus nunca me lo dijo?
-Porque yo se lo pedí.
Harry se esforzó en tratar de dibujar en su mente la imagen de Severus Snape y Sirius Black trabajando juntos en el mismo lugar. Al final, tuvo que darse por vencido.
-Ahora entiendo el porqué de ésa atmósfera tan pesada que siento a veces. Es obvio que todo esto lo están haciendo sólo por mí, cosa que les agradezco. Pero... –el muchacho suspiró, derrotado-. Me hubiera gustado no ser una causa obligada y verlos llevarse mejor por su propia iniciativa. Aún puedo percibir su mutuo resentimiento, y eso me hace pensar que jamás podré ver ése día.
-Las cosas son mucho más complicadas de lo que parecen, Harry –el animago hizo una breve pausa, tratando de ordenar sus pensamientos-. No se trata sólo de las cuestiones... personales entre Snape y yo. Es algo que va mucho más allá de eso y... sólo te pido que me creas cuando te digo que de verdad lo estoy intentando.
-No entiendo lo que quieres decirme.
-Sólo te estoy pidiendo que me des tiempo para asimilar todo esto –el muchacho asintió en silencio, comprendiendo que no tenía otra opción-. No es fácil para mí verte viviendo con Snape. Y aunque tal vez nunca llegaré a entender qué fue lo que le viste, estoy haciendo el esfuerzo por aceptar tu relación con él.
-Me hubiera gustado que las cosas fueran diferentes entre ustedes –Harry buscó las manos de su padrino, y éste correspondió con un gesto emocionado que el muchacho no pudo ver, pero sí sentir con total claridad-. Habría sido más fácil para todos... y yo no me hubiera visto en la necesidad de dividirme entre dos frentes.
-Siento mucho haberte puesto en ésta situación –Sirius se atrevió a acariciar el rostro de su ahijado, quien sólo suspiró mientras posaba su mano sobre la mano que lo acariciaba-. Te he extrañado... de verdad lo lamento.
-Remus me dijo que estás viviendo en el Londres Muggle –Harry interpretó el silencio del animago como un asentimiento-. ¿Por qué te fuiste de Grimmauld Place? ¿Fue por lo que te dije la mañana de mi partida?
-En parte... pero también fue por otras razones –Sirius se puso de pie y se recargó sobre el rellano de la chimenea, forrado en madera de ébano. Al hacerlo, descubrió sobre ella una fotografía de Severus en su época de estudiante, junto a una mujer mayor, supuso que su madre. No le extrañó no ver a su padre en ella-. Algún día tal vez... me atreveré a contarte mis razones.
-Lamento mucho lo que te dije –se disculpó el muchacho, sintiendo que con eso aligeraba un poco su dolor y el que le había causado a Sirius con sus palabras-. Jamás lo sentí.
-Lo merecía –Sirius despegó su mirada de la fotografía para volverla hacia su ahijado-. Estuve ciego y sordo. No vi más allá de mis propias narices y nunca me tomé la molestia de escuchar razones. Tuve que perderte para caer en la realidad de que tú eres lo más valioso que tengo en ésta vida. Por ti soy capaz de cualquier cosa.
-Hasta de trabajar con Severus –concluyó Harry, y por primera vez en mucho tiempo, una genuina sonrisa se dibujó en sus labios-. Aún sigo sin poder creerlo.
-Te aseguro que no eres el único.
Sin dejar de sonreír, Harry se puso de pie para buscar los cálidos brazos de su padrino, que lo recibieron con gusto.
-¿Aún sigo siendo tu niño? –le preguntó al oído, y Sirius sintió revivir el momento en que siendo Harry un bebé, lo sostuvo por primera vez entre sus brazos.
-Siempre serás mi niño –fue su firme respuesta. Y entre los cálidos brazos de su padrino, Harry sintió que su pequeño mundo al fin estaba completo.
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La mañana del sábado, Oliver despertó con el golpeteo de una lechuza en su ventana. Sin ánimos de dejar el calor que su lecho le brindaba, tomó su varita y con un hechizo dejó el paso libre al animal. Extrañado al no reconocerla, el joven tomó el pequeño pergamino que el ave llevaba atado en la pata y ésta salió por la ventana sin esperar una recompensa. Lo abrió, sonriendo con ligereza cuando reconoció la fina letra de Draco en el pequeño trozo de papel.
"Te espero en el estanque de los cisnes en una hora. Iremos a desayunar.
Draco Malfoy."
Suponiendo que Draco ya se encontraba en Hogsmeade surtiendo el laboratorio de Pociones, Oliver dejó el pergamino en su mesita de noche y se dio prisa en arreglarse, pues no quería hacerle esperar. Un pantalón negro de lana y su capa más gruesa sobre una camisa de algodón, fue suficiente para soportar el frío que lo golpeó de lleno al dejar el cálido techo del Castillo. Como parte de la nómina del Colegio, disponía de un carruaje para su uso personal, que ya lo esperaba en la entrada con el Thestral listo para elevarse en el momento que él lo decidiera.
Ya dentro del vehículo se ajustó su gorro negro, también de lana, que lo protegió del viento cuando el carruaje adquirió velocidad en el aire. Estaría en Hogsmeade en muy poco tiempo. Recargó su cabeza contra la ventana y desde su posición, pudo ver el majestuoso Castillo cubierto de nieve, rodeado por el bosque que en ésa época del año se apreciaba tétrico. Aún así, le pareció un paisaje por demás hermoso. Posó sus manos enguantadas sobre su regazo, y pudo apreciar con claridad el bulto que se formaba en él.
Una sonrisa ilusionada se dibujó en su rostro. Faltaba poco más de una semana para cumplir los seis meses, y su embarazo a ésas alturas ya era evidente para cualquiera que lo observara sin su gruesa capa puesta. Sólo Poppy y Draco eran las únicas personas que habían logrado ver su vientre sin ninguna prenda que lo cubriera, y le emocionaba el saber que en unos cuantos días sabría al fin el sexo del bebé. El rostro de Oliver no abandonó su sonrisa al recordar el rostro de admiración que Draco ponía, cada vez que lograban verlo cuando la enfermera lo examinaba. Y aún recodaba con claridad la primera vez que lo sintió moverse dentro de él.
Se encontraba sentado junto a la ventana de la oficina de Poppy. Los estudiantes se acababan de marchar ésa misma mañana y la enfermería lucía vacía y silenciosa. Sin nada más qué hacer que contemplar la nevada que se acababa de desatar, Oliver avivó el fuego de la chimenea y dejó que su calor lo abrazara mientras entonaba una suave melodía, deseando que su bebé la escuchara. Mientras lo hacía, Draco entró a la oficina y se dedicó a guardar algunas pociones, para después sentarse en silencio sobre el alféizar de la ventana, desde donde lo escuchó cantar.
Oliver le dio la bienvenida con una sonrisa y siguió cantando, sus manos puestas sobre su vientre. De pronto, dejó de cantar para concentrarse en una extraña sensación de movimiento bajo sus manos. Era algo que nunca antes había sentido. Como si pequeñas olas levantaran su piel desde abajo, haciéndole cosquillas y presionando. Se sentía duro, y al parecer eran los pies del bebé los que pateaban con fuerza. Agitado por la emoción, levantó su mirada hacia Draco, que hacía rato había dejado de observarlo y mantenía los ojos cerrados.
-¡Draco! –los ojos grises del rubio se abrieron al escuchar que lo llamaba.
-¿Estás bien? –preocupado, dejó su lugar en el alféizar para acercarse al moreno, que permanecía serio, concentrado en lo que estaba sintiendo-. ¿Qué sucede?
-¡Se está moviendo! –Oliver alzó su mirada café, rebosante de emoción-. Creo que me escuchó cantar.
Oliver volvió a entonar una suave canción y Draco se agachó a su altura, sin dejar de observar lo que el moreno hacía. Éste volvió a sonreír y permaneció con las manos sobre su vientre, sintiendo los movimientos ocasionales de su bebé. Sin saber porqué lo hacía, Draco levantó su mano y la acercó al vientre de Oliver, deseando sentirlo también.
-¿Puedo? –como respuesta, el Gryffindor tomó su mano y la colocó en el lugar donde ahora sentía moverse a su bebé.
-¿Lo sientes? –después de unos segundos, Draco comenzó a sentir el suave ritmo de las patadas. Emocionado, dejó caer su cabeza sobre el regazo de Oliver, que rió con ligereza-. ¡Ahí está otra vez!
-¿Hay alguien ahí? ¿Hola? –como respuesta, el bebé volvió a moverse y Oliver rió con más fuerza. Draco siguió hablando en voz alta, presionando sobre el vientre cada vez que lograba que el bebé respondiera.
En ése breve instante de deleite, y llevado por una sensación de felicidad que hacía mucho tiempo no sentía, Oliver había posado su mano sobre los rubios cabellos, acariciándolos con dulzura. A partir de ése día y cada vez que Draco tenía la oportunidad, recargaba su cabeza sobre el regazo de Oliver y le platicaba a su bebé. Y como el primer día, el moreno aprovechaba la ocasión para acariciar los suaves cabellos rubios, en un gesto cariñoso que Draco nunca tomó a mal.
Oliver volvió de sus recuerdos sin dejar de sonreír. Abajo, el pueblo de Hogsmeade ya se divisaba con sus edificios antiguos, sus intrínsecos callejones y sus casas, de cuyas chimeneas se desprendían columnas de humo que contrastaban con el blanco paisaje que las rodeaba. Después de localizar un lugar apropiado para descender, el carruaje se detuvo posándose con discreción sobre el suelo cubierto de espesa nieve. Oliver protegió su cuello con la solapa de su gruesa capa antes de descender y tomar camino hacia el parque, donde suponía que Draco ya lo estaría esperando.
Abriéndose paso entre el mar de gente que ya colmaba las calles a ésa hora tan temprana, el Gryffindor hizo una breve parada en la tienda donde compraba las semillas que acostumbraba lanzar a los cisnes. Continuando su camino hacia el estanque, curioseó en los aparadores y llamó su atención una elegante pluma de Fénix con la punta recubierta en oro, muy parecida a las que usaba el profesor Dumbledore. La miró con ensoñación por un breve instante, imaginándose a sí mismo usando una igual en su consultorio de medimago. "Algún día", pensó mientras retomaba su camino hacia el parque.
Mientras aguardaba la llegada de Draco, se entretuvo alimentando a las aves, que ya no eran tan pequeñas y cuya pelusita gris había mudado para dar lugar a suaves plumas blancas, manchadas por aquí y por allá de tonos cenizos. Distraído como estaba en su observación de esos bellos animales, no vio la sombra que se acercaba por detrás y que se detenía tan cerca de él, que casi pudo sentir su calor antes de darse cuenta de su presencia. Esperando encontrarse con los ojos grises de Draco, dio media vuelta y su sorpresa no pudo ser mayor al hallarse de frente con la persona que menos esperaba.
El rostro atravesado por la fea cicatriz que él mismo le dibujara cuatro años atrás, se encontró a unos centímetros del suyo y una sonrisa de triunfo cruzó por ella cuando el rostro de Oliver palideció. Sorprendido, dirigió su mano hacia el lugar donde guardaba su varita, pero la punta de otra varita contra su costado lo hizo desistir de su intención.
-Ni siquiera lo pienses... –sus ojos cafés miraron con furia contenida a Mark, cuando éste se apoderó de su varita y la guardó entre sus ropas-. Vas a hacer lo que yo te diga, si no quieres que te mate aquí mismo, ¿Está claro?
-¿De donde sacaste ésa varita? –Oliver apretó los labios cuando Mark la afirmó contra su cuerpo y rodeó su cintura para obligarlo a caminar.
-¿Acaso estás engordando? –Oliver no respondió, agradeciendo que la gruesa capa ocultara su evidente embarazo-. Aprovechemos que has traído tu propio transporte y demos un largo paseo.
-Estás cometiendo un error –con la esperanza de que Draco llegara en cualquier momento, trató de no perder de vista el parque. Tal vez pudiera liberarse de su padrastro aprovechando cualquier distracción-. Tengo una cita ahora mismo y si no llego, él ya sabe quién eres.
-¿Una cita? ¿Con tu amiguito el rubio? –la risa burlona del hombre hizo que su piel se erizara-. Si te refieres a la misiva que te llegó ésta mañana, olvídalo. Fui yo el que te la envió –Oliver cerró los ojos, derrotado. Si ya le había parecido extraño que Draco no le enviara su propia lechuza, cualquier sospecha quedó confirmada en ése momento.
-¿Cómo lograste imitar su letra? –Oliver divisó el carruaje a unos cuantos metros, al tiempo que sentía la punta de la varita clavarse con más fuerza sobre su costado. Comprendiendo la silenciosa orden de su padrastro, aceleró el paso para llegar a ella.
-Digamos que me quedé con algo suyo, la mañana que se dignó a visitar mi humilde hogar –Oliver hizo memoria de aquél día en que Draco le contara de su encuentro con su padrastro.
-¡Tú robaste su cartera! –sin miramientos, Mark lo empujó hacia el interior del carruaje, que se elevó sin darle oportunidad de escapar-. ¿Puedo saber a dónde vamos?
-Vamos a casa. Te aseguro que pasarás una muy feliz Navidad... querido hijastro –fue la fría respuesta de Mark, y un largo escalofrío hizo que Oliver se abrazara a sí mismo al descubrir una sonrisa siniestra dibujándose en el rostro que él mismo había marcado.
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Tal y como Remus se lo prometiera a sí mismo, toda ésa semana enfocó sus energías en tratar de convencer a Draco, de compartir con ellos la cena de Navidad. Pero aunque mentira, la respuesta del rubio siempre era la misma: Ya tenía planes para cenar ésa noche con Oliver. Por su parte, Lucius le hacía llegar cada mañana una invitación, que él siempre rechazaba. Debido a eso, Draco se levantó muy temprano ésa mañana del sábado y dejó los aposentos que alguna vez compartiera con su padre. Su intención era perderse entre las calles de Hogsmeade y aprovechar para surtir el laboratorio de Severus, y de paso, evitar que siguieran llegándole invitaciones que no tenía pensado aceptar.
A pesar de todo, le dolía no pasar ésa noche en compañía de la única familia que le quedaba. Y el estar consciente que ésa sería la primera navidad sin la presencia de su madre, no ayudaba a su estado anímico y mucho menos a la opinión que guardaba sobre la relación de su padre con el profesor. Él podía aceptar que se vieran donde y cada vez que quisieran, pero por respeto a su memoria y al luto que debía guardarle a la que fuera su esposa, no consideraba prudente que su padre decidiera estar con otra persona en ésa noche tan especial.
Intentando hacer a un lado ésos pensamientos que comenzaban a mortificarlo, Draco terminó de elegir los ingredientes que necesitaba. Mientras esperaba que la empleada terminara de empaquetarlos y le hiciera la cuenta, se entretuvo curioseando entre algunos libros de Pociones, pues tenía pensado obsequiarle uno a Severus. Un libro muy antiguo que el profesor aún no tenía entre su colección, fue el que Draco eligió antes de dirigirse a la caja para saldar la cuenta. Con sus compras reducidas y bien guardadas en su bolsillo, el rubio decidió hacer tiempo y se dedicó a elegir los obsequios para Harry y Oliver.
Conociendo los gustos exquisitos de su padre, ya había adelantado su regalo un mes atrás negociando la adquisición de un Rembrant, que un Muggle millonario conservaba en su colección privada. No le había sido difícil decidirse por ése cuadro, pues era una pintura de la que Lucius siempre le hablaba. Así que sólo se dedicó a buscar algo apropiado para Harry, cosa que encontró con rapidez en una tienda de antigüedades. Una caja de música hecha de marfil, con cuerda de oro blanco y cuya melodía obsequiaba a su poseedor un sueño tranquilo y sin pesadillas. Era el regalo perfecto para su amigo.
En otra tienda encontró más regalos que no le fue difícil elegir, pues eran para personas que no significaban mucho para él. Algunos, ex compañeros del Colegio y otros, hijos de conocidos en el círculo social al que pertenecía. Sólo un requisito para mantener la presencia del Ilustre apellido Malfoy y conservar las buenas relaciones, según palabras que su padre le decía. Pero para encontrar el regalo de Oliver tardó un poco más. Después de tanto pensarlo, se decidió por algo que le sería muy útil y que sin duda iba a gustarle mucho. El regalo para el bebé fue lo último que compró antes de decidir que ya era hora de volver al Castillo.
Observó su reloj. Pasaba del mediodía, y aún tenía pensado visitar a su padrino y a Harry para entregarles sus obsequios. Él sabía que ellos habían sido invitados por su padre, pues también su amigo había intentado convencerlo de estar presente en la cena. Pero la respuesta de Draco siempre fue la misma, por lo que Harry decidió ya no insistirle. Agradecía que Severus no insistiera también, pues era al único al que no podía negarle nada. Por otro lado, la idea de cenar ésa noche con Oliver no le pareció tan mala. Ésa misma tarde le enviaría una invitación.
Tal vez Oliver aceptara ayudarle a decorar sus aposentos para recibir juntos la mañana de Navidad, pues no quería que ninguno de los dos la recibiera solo. Con eso en mente, salió de la tienda para dirigirse al sitio donde había dejado su carruaje. Pasó frente al parque de los cisnes y una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. Ya se había vuelto costumbre encontrarse en ése lugar con Oliver para almorzar juntos. Si no se hubiera escapado del Castillo tan temprano, habría tenido tiempo de enviarle una invitación. Dejó sus pensamientos a un lado al llegar a su destino y ver al Thestral muy inquieto.
Extrañado, se acercó al carruaje y se sorprendió al encontrar un pergamino enrollado, pegado en la puerta.
-¿Qué es esto? –despegó el pergamino y lo desenrolló, esperando leer alguna llamada de atención por haber dejado su carruaje en el lugar incorrecto.
Al momento, sintió un tirón muy conocido y todo dio vueltas a su alrededor. Sin tiempo para reaccionar, Draco sólo pudo protegerse con los brazos antes de sentir que golpeaba con fuerza contra el suelo. Gritó de dolor cuando su rodilla derecha recibió todo el peso de su cuerpo al caer. Aturdido por el duro golpe, alcanzó a escuchar fuertes pasos que se detenían a su lado. Intentó tomar su varita en el momento que algo aplastaba su espalda, dejándole sin respiración. Su varita le fue arrebatada mientras alguien lo levantaba sosteniéndole por el cuello de su túnica, rasgándola en el proceso.
-Es una verdadera lástima... hubiera podido venderla –la voz se le hizo conocida y giró su cabeza para saber de quién se trataba. La cicatriz en el rostro del hombre le dio una rápida respuesta-. ¿Te alegras de verme?
-¡Quíteme las manos de encima! –comprendiendo lo que había ocurrido, Draco forcejeó tratando de escapar, en vano. Fue conducido casi a rastras por un largo sendero, sus pies hundiéndose a cada paso entre la tupida nieve-. ¿Qué es lo que quiere de mí? –al final del sendero, el joven distinguió una casa que alguna vez había sido blanca, rodeada por amplios ventanales protegidos con rejas de hierro. Un jardín muerto por el frío invernal y fuertes robles desnudos de sus hojas, cercaba la propiedad dándole una apariencia de abandono. A pesar de su aspecto, Draco pudo ver que bien arreglado podía ser un lugar hermoso-. ¿Dónde estoy? ¿Qué lugar es éste?
-No me gusta que hagas demasiadas preguntas... –sin responder a ninguna de ellas, Mark siguió arrastrándolo hasta llegar a la casa, donde lo obligó a entrar.
Lo primero que Draco vio, fue un modesto recibidor forrado de madera, con pequeños nichos vacíos de cualquier adorno en una pared lateral. Mientras subía contra su voluntad las escaleras forradas también de madera, pudo observar algunos clavos a lo largo de la pared donde supuso, alguna vez hubo cuadros adornándola. A pesar de la difícil situación en la que se hallaba, no pudo evitar sentirse acogido en ése lugar. La sensación de que alguna vez había sido bello no dejaba de rondar en su mente. Caminaron a lo largo de un pasillo, cruzándose con algunas puertas abiertas que daban a cuartos vacíos.
Maldijo en silencio. La rodilla le dolía y cada vez le era más difícil seguirle el paso al hombre que lo llevaba a rastras, sin delicadezas de ninguna clase. Mark lo obligó a detenerse frente a una puerta cerrada, en el fondo del pasillo.
-¡Ni siquiera lo piense! ¡Suélteme! ¡No tiene idea de con quién se está metiendo! –Draco volvió a forcejear entre los brazos del padrastro de Oliver, quien no se inmutó ante las amenazas del muchacho-. ¡Va a salirle cara su osadía! ¡Usted no sabe quién soy!
-Por supuesto que lo sé... tú eres quien me va a sacar de la miseria –aunque Draco no entendió del todo las palabras del hombre, no le gustó el tono en que las dijo. Sin darle tiempo a preguntar, Mark lo empujó hacia el interior del cuarto con tanta fuerza, que el muchacho gimió de dolor cuando su espalda se estrelló contra el piso-. Quédense calladitos. Tal vez me agarren de buenas y les traiga algo de cenar ésta noche.
-¡Draco! –el rubio sintió unos cálidos brazos rodeando su espalda, ayudándolo a levantarse. Al ver que se trataba de Oliver no supo si sentirse aliviado o más preocupado aún-. ¿Por qué lo has traído aquí? ¡El asunto es conmigo!
-Son sólo negocios –Mark esbozó una sonrisa torcida y dio la media vuelta para alejarse-. Si tu amigo se porta bien, dentro de poco estará de vuelta en su lujosa mansión... aunque no puedo decir lo mismo de ti.
-¿Qué quiere decir con eso? –Mark no respondió a la pregunta alarmada de Draco. Se aseguró de dejar la puerta bien cerrada y ambos muchachos pudieron escuchar sus pasos perdiéndose en la distancia. El rubio se volvió hacia Oliver, quien se había separado de su lado y se encontraba buscando algo en una esquina de la habitación-. ¿Qué fue lo que quiso decir?
-Desde hace años ha planeado vengarse de mí por lo que le hice en el rostro –el moreno se dirigió a la puerta para tratar de quitarle los goznes, con la ayuda de una porta vela que acababa de encontrar junto a la chimenea-. Tal vez... quiere hacerme lo mismo.
-Eso no fue lo que insinuó... tiene pensado matarte –cojeando por el dolor en la rodilla, Draco se dirigió hacia el único ventanal de la habitación y comenzó a tirar de la gruesa reja de hierro. Viendo que no había logrado nada, se dirigió a una puerta cerrada al fondo de la habitación. Suspiró frustrado al ver que sólo se trataba de un baño pequeño, con una ventanilla a unos centímetros del techo en la que su brazo apenas cabría-. ¡Tenemos que salir de aquí!
-No creo que tenga pensado matarme. Si así fuera, lo hubiese hecho en cualquier lugar y momento. Tuvo muchas oportunidades para eso –con un suspiro de frustración, el moreno cejó en su intento de vencer las bisagras, demasiado grandes y gruesas como para poder quitarlas-. Él fue quien robó tu cartera, Draco.
-Entonces sí sabe quién soy... –Draco comprendió en ése momento porqué Mark lo había mencionado como un asunto de negocios-. Si es lo que pienso, le pedirá dinero a mi padre a cambio de mi libertad.
Oliver no quiso decirle lo que pensaba, pero le preocupaba cualquier cosa que Mark planeara con respecto a Draco. Sabiendo el rubio quién era Mark, los Malfoy no descansarían hasta dar con él y cobrarle la afrenta. Y si su padrastro estaba consciente de ello, entonces no dejaría ir a su cautivo así como así. Y le estremecía el sólo pensar que Mark pudiera ser capaz de hacerle daño a Draco con tal de salirse con la suya. Giró su mirada café hacia el rubio, que en ése momento parecía estar resintiendo el dolor de la rodilla con más fuerza. Dejó a un lado sus pensamientos sobre Mark y se acercó a su amigo para examinarlo.
-Sólo es una contusión, nada de qué preocuparse –Draco se sintió más tranquilo al saber que no se había roto nada. En las condiciones en las que se encontraban, a ninguno de los dos le convenía tener una herida seria-. El dolor se agrava con el frío, así que será mejor que permanezcas cerca de la chimenea el mayor tiempo posible –el rubio hizo caso a la sugerencia de Oliver, y buscó asiento frente a la única fuente de calor que había en la habitación.
Mientras tanto, Oliver se dedicó a examinar la reja de hierro que cubría todo lo alto y largo de la ventana, impidiéndoles cualquier posibilidad de escape. Draco dejó de observar al moreno para estudiar el lugar. La parte inferior de las paredes estaba forrada de madera, como las otras partes de la casa que había logrado ver. El rubio pensó que tal vez eran esos detalles los que le daban calidez a la casa. La parte superior estaba forrada de papel tapiz que en sus buenos tiempos debió ser azul, y que ahora lucía descolorido y con manchas de humedad que desprendían parte de él. Examinó el techo, y pudo ver sólo vacío donde debía colgar algún candelabro.
-No juzgues por lo que ves ahora –Draco dejó su observación para atender a las palabras de su amigo-. Cuando mi madre vivía, ésta casa era muy hermosa –el rubio asintió en silencio, comprendiendo, y Oliver se alejó de la ventana para sentarse a su lado.
-¿Por qué luce tan vacía? –preguntó el Slytherin, incómodo al tener que estar sentado en el frío suelo, pues no había ni un solo mueble en todo el lugar.
-No estaba así cuando la dejé hace más de un año –fue la respuesta indignada de Oliver-. Ése desgraciado debió vender todas las cosas para comprarse más licor. Fue una suerte que no vendiera también la casa.
-¿Ésa reja de hierro también estaba?
-No. Mi madre protegía la casa con magia –respondió Oliver, intrigado al igual que el rubio, por la presencia de ésa clase de protecciones cuyo uso era más común en el mundo Muggle.
Dejó de darle importancia al asunto al sentir una punzada de hambre. Recordó que no había desayunado nada antes de salir hacia Hogsmeade, y la hora del almuerzo ya había pasado. Resignado, se recostó sobre el piso y se encogió, tratando de ignorar la punzante molestia. Confiaba en que su padrastro no se olvidara de ellos y les llevara algo de cenar, o de lo contrario, pasarían el resto del día y de la noche sin probar alimento. Momentos después el sueño lo venció, haciéndole olvidar por unas horas la difícil situación en la que Draco y él se encontraban.
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Severus cerró el libro de Flamel al ver que se le hacía tarde para su compromiso con Lucius. No le agradaba en absoluto tener que compartir la mesa con Black, pero estaba dispuesto a soportar su presencia y tratar de comportarse para que Harry pudiera pasar una velada tranquila. Le agradaba saber que la situación entre el muchacho y su padrino comenzaba a mejorar, aunque con algunas reservas por parte de su pareja, que aún podía sentir el natural rechazo que existía entre ellos. Y a Harry no podían engañarlo.
En el fondo, el muchacho sabía que entre su padrino y su pareja jamás existiría una amistad. Habían sido tantos los años de relación bélica entre ellos, tantas heridas causadas el uno al otro que ni siquiera el tiempo sería capaz de borrarlas. Ya habían conversado al respecto, y Harry había concluido que mientras ellos dos no trataran de matarse estaría tranquilo. Por lo pronto, su convivencia forzosa en el pequeño cuarto de su laboratorio era una gran prueba para su poca paciencia, que hasta el momento había logrado superar.
Tenía intenciones de guardar la compostura ante Black ésa noche, y esperaba que el animago hiciera lo mismo. Cerró el laboratorio para dirigirse a su habitación, pensando que Harry ya estaría listo. Se sorprendió cuando al entrar vio que de la puerta entreabierta del baño un ligero vapor emergía de él, como una invitación sugerente que no se atrevió a rechazar. Se dio prisa en despojarse de sus negras túnicas y Harry abrió los ojos al notar el cuerpo maduro de su pareja, haciéndole compañía dentro de la estrecha tina.
-Pensé que nunca vendrías, ya me estaba convirtiendo en pasita –se enderezó dentro del angosto espacio hasta sentir que Severus había encontrado una posición cómoda frente a él.
-No sabía que me estuvieras esperando –el profesor tomó una esponja y comenzó a enjabonar su cuerpo sin despegar sus negros ojos de su joven pareja-. Más bien parecía que estuvieras durmiendo.
-Me quedé dormido por un momento –aceptó el muchacho, una sonrisa avergonzada en su rostro-. Será mejor que nos apresuremos si queremos llegar puntuales a la cena.
-¿Por qué tanta prisa? –el hombre dejó la esponja a un lado y lo tomó de la mano para atraerlo a su cuerpo. Harry se estremeció al sentir su piel resbalosa con aroma a lavanda del jabón que la cubría-. Aún tenemos una hora... y quiero aprovecharla al máximo.
-No me parece correcto llegar tarde... –aunque Harry trató de sonar convincente, no pudo evitar un profundo suspiro cuando los traviesos dientes de su pareja mordisquearon su oreja.
-Que comiencen sin nosotros...
Harry ya no pudo, ni quiso encontrar más objeciones. Los largos dedos, inquietos y escurridizos ya exploraban partes de su cuerpo que sólo el agua cubría. Suspirando, se abandonó a la sensación de sus caricias, correspondiendo a ellas como la posición y el espacio tan reducido se los permitía. Sabían que el tiempo apremiaba, pero en ése instante se olvidaron del reloj y de la cita, para concentrar toda su piel y su mente en lo que a ellos tanto les gustaba.
Severus ya sabía de memoria el joven mapa que era el cuerpo de su amante. Conocía cada relieve marcado por sus tenues músculos, cada lunar y cada cicatriz que se ocultaba a la vista de los demás, y que sólo él había tenido el privilegio de conocer. A ciegas, Harry delineaba cada contorno de su cuerpo deleitándose con sus formas, excitantes y definidas. Siempre le gustaba jugar a adivinar lo que tocaba. Se dejaba guiar por sus suspiros entrecortados, que aumentaban de tono conforme se aventuraba en su exploración de ése cuerpo que le respondía con pasión.
Le gustaba estar así con él, sintiendo su piel húmeda y caliente. Su aliento ansioso ardiendo en su cuello y su virilidad, erguida y palpitante lista para poseerle hasta hacerle sentir que tocaba el cielo. Harry se estremeció al notar a su pareja abrazándole por la espalda, buscando una posición que les permitiera disfrutar de su momento. Todo a su alrededor dejaba de existir para ellos, cuando sus cuerpos se unían en ésa danza erótica en la que siempre encontraban cosas nuevas y maravillosas.
Para ellos no importaba nada más que ése breve instante, cuando hechos uno solo se abrazaban con fuerza hasta confundirse sus aromas, sus alientos. El agua desbordaba por la tina y empapaba el suelo, sus olas encrespadas de blanca espuma provocadas por el ritmo que les exigían sus ávidos cuerpos. Gimiendo, Harry se sujetó de la orilla para no resbalar en el fondo escurridizo, y Severus sostuvo con fuerza su cintura para no dejarle escapar mientras buscaba con labios sedientos, sus labios deseosos de sus besos.
Sus manos fuertes, de dedos largos y expertos recorrieron los varoniles contornos de Harry, haciendo estragos con sus sentidos. El joven cuerpo se curvó contra su cuerpo maduro, y Severus pudo sentir como suyo ése deseo que desbordaba por los poros, y que le hacía responder a él con el mismo impulso. Siempre estaba dispuesto a saciarse de ésa piel llena de vida, temblorosa cuando Harry suspiraba dentro de su boca y cada nervio de su ser estallaba por dentro, haciéndole estallar a él también.
Eran instantes eternos, segundos preciosos que ellos guardaban como tesoros. Tan hermosos como la paz que les seguía cuando abrazados y adormecidos, permanecían en completo silencio. Entonces podían escuchar sus suaves respiraciones confundiéndose entre sí, sin saber a quién pertenecía cada cual. Harry amaba ésos momentos de íntimo contacto, en los que podía recargar su cabeza sobre el fuerte hombro y olvidar que los minutos transcurren y que el tiempo sigue su marcha... y que aunque uno no lo quiera, la hora de la cita siempre llega.
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Remus ya no llevaba la cuenta de las veces que a lo largo de ése día, llamara a la puerta de los aposentos de Draco. Aunque durante toda ésa semana el muchacho no se cansó de rechazar su invitación, él esperaba convencerlo en el último momento. Incluso, tenía pensado invitar también a Oliver para que el rubio no pudiera negarse. Así que siguió tocando la puerta con insistencia hasta que los nudillos le dolieron. Era más que obvio que Draco ya se había marchado. Con un largo suspiro, dejó la puerta en paz y se dispuso a arreglarse para su cena con Lucius.
Le entusiasmaba saber que Severus y Harry también estarían presentes. Él y su compañero habían acordado que cada cual llevaría a un invitado a la cena, y Lucius se decidió por ellos. Dado que no tenían compromiso previo, la pareja había aceptado sin vacilación. Por otro lado, estaba feliz porque la relación entre Sirius y su ahijado había mejorado en pos de una reconciliación. Debido a eso y con el fin de limar asperezas, Sirius resultó ser el invitado de Remus con el consiguiente disgusto de Lucius, quien al final no tuvo más remedio que respetar la decisión de su pareja.
Aún no estaba muy seguro que invitar a Sirius fuese una buena idea, pero él sabía que su amigo no tenía con quién pasar la Navidad, y temía que la soledad le afectara hasta el grado de impulsarlo a cometer cualquier locura. Así que prefería tenerlo cerca de ellos y con la certeza de que estaría bien, al menos por ésa noche. Sólo esperaba que las cosas entre Sirius y Severus no se salieran de control. Terminó de arreglarse y salió de sus aposentos. Unos pasos más adelante, el profesor se detuvo frente a la puerta de Draco una vez más, pero el muchacho jamás respondió a sus llamados.
Resignado, se dirigió a la salida del Castillo. El carruaje de Lucius ya debía estar aguardando por él y no quería hacerlo esperar. El viento frío pegó con fuerza contra su rostro cuando salió, haciéndolo tiritar mientras ajustaba su capa de color chocolate en torno a su cuello. Apresuró el paso cuando en plena oscuridad pudo distinguir la sombra del carruaje con claridad en medio de la blancura del paisaje, y agradeció en silencio la calidez que lo recibió al entrar. Dio un ligero beso a Lucius mientras se sentaba junto a él, recuperando un poco del calor perdido.
El rubio lo miró, interrogante, y Remus adivinó la muda pregunta en su mirada. Negó con la cabeza obteniendo un gesto serio de parte de su pareja.
-Hoy traté de hablar con él, pero al parecer salió muy temprano y no regresó en todo el día –le dirigió una sonrisa apenada en señal de disculpa-. Lamento no haber podido persuadirlo.
Lucius estaba molesto porque al igual que a Remus, todas y cada una de las invitaciones que él le enviara habían sido devueltas casi intactas. Sabía que habían sido abiertas sólo porque el sello de la familia, roto por la mitad, así lo indicaba. Pero, aunque le dolía el rechazo abierto que su hijo mostraba ante la relación que mantenía con Remus, no estaba dispuesto a cambiar su posición. Él estaba en todo su derecho de rehacer su vida, y Remus, a ser partícipe en la vida de ambos como el compañero de Lucius que era. Y su hijo tenía la obligación de aceptarlo, lo quisiera o no.
-Déjalo –fue su seca respuesta, y Remus sintió casi como suyo el pesar que su pareja dejó traslucir en ésa sola palabra-. Ya arreglaré cuentas con él, más adelante.
A una señal de Lucius, el carruaje se elevó para llevarlos al lugar de la cita. Harry Y Severus ya debían estar esperándolos en el i Hambleton /i , el lujoso restaurante al que ellos iban a cenar de vez en cuando. Recordando que también Black había sido invitado por parte de Remus, Lucius decidió que lo mejor sería darse prisa y llegar antes que el animago, para evitar situaciones por demás incómodas entre él y Severus. No le caía muy bien la idea de compartir la mesa con Black pero no tenía otra opción, pues sabía de la profunda amistad que lo unía a Remus.
Además, no había otra manera más formal de profundizar su relación con él, que comenzar aceptando a sus amistades, aunque entre ellas estuviera incluido el animago.
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Aprovechando la ausencia de Mark, Draco pasó toda la tarde haciendo inútiles intentos por desprender las bisagras de la puerta. Al anochecer se dio por vencido y también se dejó llevar por el hambre y el cansancio. Rogando en silencio porque el fuego de la chimenea no se consumiera, buscó lugar junto a Oliver para tratar de dormir, pero lo único que logró fue un sueño muy inquieto, casi rayando en la vigilia. Comenzó a nevar, haciendo que el frío aumentara y se colara por los resquicios del único ventanal de la habitación, desnudo de cualquier cortina que pudiera impedir su paso.
Tratando de atenuar el frío que estaba sintiendo, buscó el calor del cuerpo dormido a su lado y lo rodeó en un abrazo, sintiendo la calidez que desprendía. Horas más tarde, el frío despertó a Oliver haciéndolo temblar a pesar del calor de la chimenea y el abrazo en que Draco lo tenía envuelto. La sensación de hambre volvió más fuerte que antes, y se retorció incómodo entre los brazos del rubio, que despertó también.
-¿Qué hora es? –sin dejar de temblar, Oliver se envolvió con su propia capa, tratando de no perder el poco calor que le quedaba-. Tengo mucha hambre.
-Ya casi es media noche –tratando de ignorar el dolor de su rodilla, el rubio se incorporó hasta quedar sentado, intrigado al ver que el fuego de la chimenea aún seguía vivo-. ¿Por qué no se ha apagado?
-Ésta es mi habitación –respondió el moreno cuando comprendió su pregunta-. La chimenea está hechizada para permanecer encendida en mi presencia.
El hechizo le pareció interesante al Slytherin, quien tomó nota mental del asunto. Le serviría más adelante si lograban salir de ése lugar. Oliver se puso de pie y contra su voluntad se alejó del calor de la chimenea para ir al baño. Agradeció que de la tubería aún saliera un delgado hilo de agua corriente, pues estaba casi helada. Al menos no se morirían de sed mientras así fuera. Su sensación de hambre disminuyó después de beber un poco, tras lo cual regresó a su lugar junto a Draco. Éste decidió imitarlo y minutos después ambos se encontraban de nuevo frente al fuego.
-Es evidente que tu padrastro ya no vendrá, así que nos quedaremos sin cenar –Oliver asintió en silencio a la afirmación del rubio, sin dejar de sentir preocupación por la salud de su bebé en caso de que el alimento les llegara a faltar por más tiempo. Posó sus manos sobre su vientre y Draco pudo notar su preocupación-. ¿Él sabe sobre tu embarazo?
-¿Bromeas? –sentado en el suelo, el moreno se hizo un ovillo dentro de su propia capa, su gorro cubriendo su cabeza, de modo que su rostro fue lo único que Draco alcanzó a ver entre la oscura tela. Habló en voz muy baja, temiendo que Mark pudiera escuchar sus palabras-. Una vez me vio en Hogsmeade con Blaise y me rompió la nariz. No quiero imaginarme lo que me haría si se enterara de esto.
Draco guardó silencio después de la confesión de Oliver. No quería aceptarlo, pero cuando estaba a su lado no le gustaba que mencionara el nombre de Blaise. Cada vez que ocurría sentía una extraña molestia en la boca del estómago. Una punzada de celos que le hacía desear que Oliver ya no siguiera pensando en él. Ignorante de los pensamientos de Draco, el moreno se acurrucó a su lado y recargó su cabeza sobre el hombro del rubio, que suspiró ante el contacto. La capa cubría a Oliver por completo, pero él seguía temblando. Al sentirlo, Draco extendió su propia capa sobre los dos, haciéndose un sólo bulto sobre el suelo.
-¿Por qué tú no estás temblando de frío? –Oliver susurró a su oído, haciendo que Draco contuviera la respiración cuando sintió la calidez de su aliento rozando su cuello.
-Yo también tengo frío, pero he pasado la mayor parte de mi vida en las mazmorras del Castillo. Estoy más acostumbrado que tú –respondió Draco con un suave murmullo, sin dejar de estrecharlo entre sus brazos por debajo de su túnica.
Aspirando su fino perfume, Oliver evocó aquella dulce sensación de calidez que sintiera durante su estancia en la enfermería. En aquel entonces, había deseado que aquello tan hermoso tuviera un rostro. Y ahora, contemplando sus grises ojos entrecerrados y el rubor de sus mejillas debido al frío, ya podía asegurar que así era.
-Ya es Navidad –la voz de Draco lo hizo volver de sus pensamientos-. Pensaba invitarte a cenar ésta noche, pero eso ya no podrá ser.
-Hagamos de cuenta que así fue... pero que la cena se quemó y ya no hay nada qué comer –Draco sonrió con ligereza y asintió.
-También te compré un regalo, aquí lo traigo –señalando el bolsillo de su fina capa-. Pero está reducido y si te lo doy ahora podrías perderlo.
-Entonces guárdalo para cuando salgamos de aquí –Draco se sorprendió ante la actitud optimista de su amigo-. Yo también tengo tu regalo. Pero lo dejé en mi habitación del castillo.
-Pareces estar muy seguro de que saldremos vivos de aquí.
-Lo estoy –Oliver regresó al cálido hombro de Draco y volvió a susurrar a su oído-. Estamos en casa de mi madre. Sé que ella nos está cuidando.
El rubio no quiso contradecir sus palabras. En el fondo, él deseaba que su madre también los cuidara. Sonrió al imaginarse a la madre de Oliver junto a su propia madre, protegiéndolos de cualquier peligro con sus blancas alas extendidas detrás de ellos. La idea lo tranquilizó lo suficiente para decidirse a conciliar el sueño. A su lado, con los ojos cerrados y la respiración pausada, Oliver parecía habérsele adelantado. Tratando de no despertarlo, lo recostó sobre el suelo y después de acomodarse a su lado volvió a cubrirlo con la túnica. Oliver suspiró entre dormido y despierto, el aroma de Draco inundando todo su espacio.
-Feliz Navidad, Oliver... –susurró a su oído, y el rubor cubrió sus mejillas cuando los labios de Oliver buscaron los suyos en un beso ligero, sin pretensiones.
-Feliz Navidad, Draco... –respondió sin dejar de sonreír, contento de saber que aquello tan hermoso ahora no sólo tenía un rostro. También tenía unos brazos cálidos y unos labios suaves. Y lo más importante...
Era real.
Continuará...
Próximo capítulo: Necesito que estés junto a mí.
Notas:
Muchas gracias a todos por sus reviews y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
