Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devi y a Iana, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXVIII
Necesito que estés junto a mí.
Segunda Parte.
Harry dormía en medio de un sueño muy inquieto, a causa de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Podía escuchar en lejanos ecos los murmullos de Arthur y Remus, que seguían sin recibir noticias de los demás. El dolor de cabeza era más fuerte que antes y trató de encontrar una posición más cómoda sobre el angosto sillón, que desapareció de repente haciéndolo despertar por completo al sentir el duro golpe cuando se estrelló contra el suelo.
-¡Harry! –Remus y Arthur se apresuraron a levantar al muchacho, que antes de tomar conciencia de lo que pasaba, ya se encontraba de nuevo sobre el sillón-. ¿Estás bien? –asintió en silencio, más avergonzado que adolorido. Por un instante había pensado que se encontraba en la enorme cama que compartía con Severus.
-¿Han sabido algo de Draco? –preguntó, al mismo tiempo que posaba una mano sobre su cabeza adolorida.
-Aún no. Y los demás no han regresado –Arthur pudo ver el gesto de dolor en el rostro del muchacho-. ¿Por qué no te vas a descansar? Éste sillón no es muy cómodo y no tiene caso que tú permanezcas aquí, si no hay nada qué hacer por ahora.
Harry asintió a la sugerencia de Arthur mientras conjuraba su bastón y se levantaba para dirigirse a la chimenea. Se despidió de los mayores después de rogarles que le mantuvieran informado, y segundos después aterrizaba en el suelo de su sala. Permaneció sentado en el mismo sitio durante un momento, tratando de alejar el mareo que el viaje por la Red Flú le había ocasionado. El dolor que sentía no había menguado y necesitaba algo para calmarlo si no quería volverse loco.
Nadie sabía sobre ésos dolores de cabeza que le aquejaban desde hacía unas semanas. Y dado que desaparecían tan rápido como llegaban, no quería darles tanta importancia. Ya bastante tenía Severus con su trabajo en las aulas y en el laboratorio, como para darle más cosas en qué preocuparse. Y ahora menos que nunca con el problema tan grave del secuestro de Draco. Se puso de pie y se dirigió al laboratorio, con suerte lograría encontrar alguna poción con ayuda de Dobby.
-Hola, Harry –sus intenciones se vieron frustradas al escuchar el saludo de su padrino. Sirius acababa de llegar y se disponía a ocuparse del veneno de Nagini-. ¿Qué haces aquí tan temprano? Ni siquiera son las siete.
-Yo... vine a... saludarte –fue la respuesta improvisada de su ahijado. El corazón de Sirius se infló de alegría y lo abrazó, haciendo que Harry se sintiera apenado por mentirle-. ¿No estás enterado?
-¿De qué debería estar enterado? –Harry buscó asiento junto a la mesa de trabajo de Severus, y se dispuso a contarle todo lo que estaba sucediendo. Cuando terminó, la preocupación de Sirius era genuina, y él así lo percibió-. Lo siento, Harry. No estaba enterado de nada. Acabo de llegar al Castillo y tú eres la primera persona con la que hablo. ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarlos?
-Ya todos se están avocando a la investigación –respondió el muchacho-. Lo único que podemos hacer es esperar noticias.
-Te veo muy pálido, ¿Te sientes bien? –preguntó el animago cuando Harry volvió a llevar sus manos a la cabeza. El dolor era cada vez más fuerte.
-Estoy bien. Dormí pocas horas y lo estoy resintiendo –Sirius ya no preguntó nada más. Harry se puso de pie y se dirigió a la puerta-. Si me disculpas, me iré a descansar.
-Estaré aquí por si algo se te ofrece –el muchacho correspondió a su atención con una ligera sonrisa y salió del laboratorio.
Ya en sus aposentos, se dejó caer sobre la cama con la ropa puesta. Cerró los ojos para alejar el terrible dolor y momentos después se quedó dormido sin poder evitarlo.
oooooooOooooooo
Sólo faltaban pocos minutos para el mediodía, y Mark ya tenía planeado hasta el último detalle de lo que haría con sus víctimas. Tantos meses de paciente espera siguiendo todos y cada uno de sus pasos, estaban rindiendo sus frutos. Estaba a sólo unos cuantos minutos de cobrar venganza contra su hijastro y de paso, convertirse en un hombre muy, muy rico. Pero antes, necesitaba algo muy importante para lograr sus propósitos.
Y ése algo, Oliver lo poseía y en gran cantidad. Consultó su reloj y una sonrisa siniestra se dibujó en su rostro cruzado por la fea cicatriz. Había llegado la hora de saldar de una vez por todas, la deuda pendiente con el hijo de la que fuera su desafortunada esposa. Bebió un último trago de licor barato y salió de la habitación principal, para dirigirse con paso tambaleante hacia donde los muchachos se encontraban.
Acariciando entre sus dedos la varita que consiguiera de contrabando, entró a la habitación y su sonrisa siniestra cambió a una de complacencia. Por el ruido del agua saliendo del grifo, supo que Draco se encontraba en ése momento en el baño. Oliver se levantó de su lugar frente a la chimenea al verlo entrar y su ceño se frunció en enfado cuando el hombre levantó contra él la varita, sin dejar de sonreír.
-Sabes que si usas la varita te detectarán –le recordó, tratando de ganar tiempo para hacer algo antes de recibir algún ataque-. Y nos harás un gran favor. De inmediato notarán que has usado tu magia y nos encontrarán.
-Sería muy cierto lo que has dicho... si no fuera porque ésta varita no es mía –Oliver sintió un largo escalofrío al recordar ése detalle-. Nunca me relacionarán con ella.
-¡Pero detectarán la esencia de la magia que la utilizó! –fue la respuesta desesperada del muchacho-. Y entonces sabrán que es tuya.
-¿La esencia de mi magia? –la risa amarga que siguió a ésas palabras, hizo que la columna vertebral de Oliver se estremeciera de temor. Por instinto, dio varios pasos atrás hasta chocar su espalda contra la pared-. ¿Cuál magia? ¿La que los Dementores me robaron durante los tres años que estuve en Azkaban?
-No sabía... –Oliver siguió pegado a la pared, y dio unos pasos hacia la puerta del baño-. Si tú no hubieras golpeado a mi madre...
-No sólo te conformaste con marcarme el rostro para siempre, por tu culpa también perdí mi libertad... y gran parte de mi magia –la varita siguió levantada contra Oliver, que dio un paso más hacia la puerta del baño. El agua aún caía del grifo y Oliver tuvo la esperanza de que Draco pudiese saber lo que estaba ocurriendo-. Es hora de que me pagues lo que por tu culpa perdí durante los años que pasé en prisión...
El muchacho dio otro paso más, tan cerca de la puerta que logró extender su mano para tomar el picaporte. Pero fue lo único que pudo hacer antes de sentir que algo pegaba contra su cuerpo, haciéndole lanzar un suave gemido de dolor. Mark había pronunciado un hechizo nunca escuchado por sus jóvenes oídos, y momentos después Oliver caía sobre el suelo, una hermosa y brillante luz blanca emergiendo de su cuerpo.
Una enorme tristeza se alojó en su corazón al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Siempre había creído que la venganza de su padrastro no pasaría del daño que él le había causado. Y durante ésas últimas horas de encierro llegó a pensar que si sucedía, podría llegar a vivir con una marca en su rostro. Pero jamás se imaginó que le robaría lo más valioso que un mago podía poseer.
Se encogió sobre sí mismo en mitad del suelo, haciendo un vano esfuerzo por retener en su cuerpo la magia que escapaba de él. Una lágrima se deslizó por su mejilla cuando cayó en la cuenta que sin magia que lo sostuviera, perdería sin remedio a su bebé. En medio de ésos pensamientos dolorosos, Oliver sintió una presencia a su lado y abrió los ojos para encontrarse con los ojos grises de Draco, inundados de lágrimas.
Al instante en que Draco lo tocó, la blanca luz dejó de emerger de su cuerpo y lánguido en el suelo, Oliver sintió que sus brazos lo cobijaban. ¡Cuánto extrañaría ése dulce aroma que durante tantas noches atenuara su dolor! Y esos cálidos brazos que lo sostenían con firmeza, como lo hicieran tantas veces durante su estancia en la enfermería. En medio del blanco resplandor de su propia magia que se desvanecía, los rubios cabellos de Draco brillaron como si fueran de oro.
Los ojos de Oliver se admiraron ante ésa hermosa presencia frente a él. "Parece un ángel..." alcanzó a pensar antes de que todo se oscureciera a su alrededor.
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Cerca de la hora de la cita, Lucius volvió de Gringotts después de mover todas sus influencias, para reunir el dinero que los secuestradores le pedían a cambio de su hijo. Después de ponerse de acuerdo con él y con Arthur sobre las condiciones en que se presentaría en el Callejón Knockturn, Severus dejó la oficina de Albus para dirigirse a sus aposentos, pues quería ver Harry y ponerlo al tanto de todo lo que estaba ocurriendo.
Lo encontró dormido en su enorme cama, al parecer en medio de una pesadilla. El muchacho estaba empapado en sudor y se agitaba de un lado a otro, queriendo despertar. Severus se sentó a su lado y lo movió con suavidad haciendo que los verdes ojos se abrieran. Harry se sentó de golpe, la respiración agitada y las manos temblorosas posadas sobre su cabeza, mientras trababa de alejar el mareo que sentía.
-¿Qué hora es? –fue lo primero que preguntó cuando su mente terminó de aclararse.
-Son casi las doce –Harry se sorprendió al darse cuenta que había dormido casi cinco horas. Suspirando, bebió un sorbo de la copa con agua que Severus depositó en sus manos-. ¿Tuviste otra pesadilla?
-Sí... pero ahora no la recuerdo –se llevó la mano libre a la sien donde aún latía el dolor, por fortuna en menor fuerza-. ¿Ya los encontraron?
-Por desgracia, aún no –fue la respuesta de Severus, que debido a la preocupación que en ése momento sentía por su ahijado, no se percató del gesto de dolor de su pareja-. En unos minutos, Lucius se presentará en el Callejón Knockturn, y yo estaré frente al estanque de los cisnes, esperando que nos devuelvan a Draco apenas obtengan el dinero.
-¿Crees que ésas personas cumplirán con su palabra de devolverlo?
-Más les vale que así sea... –Harry no pudo evitar un estremecimiento al escuchar sus palabras dichas en un peligroso susurro. Y comprendió que por el bien de los secuestradores, lo mejor sería devolver a Draco sano y salvo.
-¿Y qué hay de Oliver? ¿Tú crees que él también aparecerá con Draco en Hogsmeade?
-Él no fue mencionado en la carta, Harry –respondió el profesor-. Me temo que el trato sólo incluye a Draco.
-Pero... ¿Qué pasará con él?
-Lucius está pensando en negociar con ellos. Les ofrecerá un porcentaje sobre el dinero que pague, a cambio de que también le devuelvan a Wood.
A Harry ya no le extrañó la actitud de Lucius al respecto. Estaba seguro que al igual que él, ya se había dado cuenta del gran cariño que existía entre Oliver y su hijo, aunque al parecer ellos mismos aún no lo sabían. Él sentía que aún les dolía a ambos la pérdida de Blaise y no pudo evitar que su corazón se oprimiera, al pensar que si algo le ocurría a uno, el otro ya no soportaría perder a su ser amado otra vez.
Severus siguió hablándole sobre los planes alternos que tenían por si las cosas no llegasen a salir como esperaban. Junto a él, Harry trataba de poner atención a la grave voz de su pareja, que por una extraña razón sentía muy lejana, como si una pared invisible se estuviese interponiendo entre ellos dos impidiéndole escucharlo con total claridad.
-Severus... es la hora –la voz de Lucius del otro lado de la chimenea interrumpió al profesor.
-Rezaré porque todo salga bien. –Severus agradeció las palabras de aliento de su pareja, y se marchó por la chimenea para su encuentro con Lucius, que ya lo esperaba del otro lado.
Apenas Severus se marchó, Harry decidió que ya era suficiente de soportar el dolor de cabeza y decidió ir al laboratorio para pedirle a Sirius una poción.
-¿Acaso estás enfermo? –le preguntó su padrino, la preocupación tatuada en sus palabras-. ¿Necesitas que te acompañe a ver a tu doctor?
-Nada de eso, Sirius –trató de calmarlo el muchacho-. Sólo es una molestia que ya se me pasará... ¿Me puedes ayudar a buscar la poción? Creo que se llama Cefalserum.
Sirius asintió en silencio y buscó entre las gavetas hasta encontrarla. Momentos después, Harry ya se encontraba mejor y listo para atender a Ron, que en ése momento arribaba por la chimenea de la sala.
-Me acabo de enterar de lo que pasó –Ron estrechó a su amigo en un fuerte abrazo, mientras era invitado a sentarse en el sillón de Severus, frente a la chimenea.
-¿Cómo te enteraste? –le preguntó Harry, sorprendido. Una de las prioridades de Arthur había sido la discreción absoluta.
-Mamá nos reunió en la Madriguera para interrogarnos –respondió el pelirrojo, retirando la capa de su espalda para colocarla sobre el perchero. Tomó asiento junto a su amigo-. Quería saber si alguno de nosotros había oído, o visto algo sospechoso relacionado con los Malfoy. Pero ninguno de nosotros pudo ayudarla.
-¿Tus hermanos también lo saben?
-Mamá no quiso decirles nada. Pero cuando se marcharon con Ginny a la tienda, me lo contó todo –a Ron no le pasó por alto el gesto intranquilo de Harry-. No te preocupes, le prometí a mamá que no hablaría.
-No es eso lo que me preocupa, Ron –le aclaró su amigo-. Hace unos momentos tuve un sueño muy inquieto. No recuerdo con quien soñé... pero tengo la sensación de que tiene que ver con ellos.
-¿Piensas que les ha ocurrido algo malo?
-Espero que no. Ahora mismo se debe estar pagando el rescate por Draco... espero que también liberen a Oliver. –Harry suspiró mientras se encogía sobre el sillón. A pesar de los meses que llevaba viviendo con Severus, aún no terminaba de adaptarse al frío de ése lugar-. ¿Cómo te fue con Hermione?
-Muy bien –el rostro de Ron se iluminó al escuchar el nombre de su novia. Harry no pudo verlo, pero pudo sentir la emoción que lo embargó-. Bailamos en el jardín, y parece que le gustó.
-¿Crees que ella ya sepa que te gusta? Es decir... a lo mejor ya lo leyó en sus diarios y comienza a sospechar que entre ustedes hay algo más que una amistad.
-No lo sé, Harry... a veces pienso que le gusto sólo porque he estado a su lado todo este tiempo.
-¿Piensas que es sólo agradecimiento? –Harry tomó su silencio como una afirmación-. Tú que la has visto... ¿Qué piensas que hará cuando se entere?
-No lo sé... hace seis meses tal vez lo hubiese adivinado –Harry asintió, comprendiendo lo que su amigo trataba de decirle-. Ella es otra desde el beso. No es que no me guste la Hermione de ahora, es sólo que... la desconozco.
-Pero no has dejado de amarla –Ron sonrió ante las certeras palabras de su amigo-. Eso puedo sentirlo.
-Amé a la Hermione de antes... y sigo amando a la Hermione de ahora.
Harry guardó silencio, respetando el sentimiento de su amigo. Él no tenía duda alguna que el amor de Ron hacia su amiga era sincero y limpio. Siempre lo había sido y estaba seguro que siempre lo sería. Y al igual que él, seis meses atrás habría puesto las manos al fuego porque el amor de Ron era correspondido. Pero ahora no podía decir lo mismo.
Hermione no recordaba que el amor alguna vez había tocado su corazón... y no estaba seguro que después de leer sus diarios, hubiese la certeza de que ése amor renacería.
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Desde la primera hora de ése día lunes, Draco presintió que viviría toda una pesadilla. El amanecer lo había sorprendido con un terrible resfriado, que lo obligó a permanecer lo más alejado posible de Oliver para evitar contagiarlo. El dolor en su rodilla derecha se había vuelto insoportable; desde el día anterior, Mark ya no se había tomado la molestia de llevarles de comer, y el agua del grifo ya no era suficiente para aplacar los terribles calambres en su estómago. Si las cosas continuaban así, Oliver y él morirían de hambre antes de ser encontrados.
Bebió un trago más de agua, perdido en sus pensamientos y sin poner atención al ruido que provocaba el chorro al brotar del grifo. Sintió que su estómago se revolvía por el líquido sin sabor que resbaló a través de su garganta, hiriéndola. Le preocupaba que a ésas alturas su padre aún no lograra dar con ellos. No había duda que ése hombre se había esmerado hasta el último detalle para evitar que fueran hallados, y el que no hiciera uso de su varita era la prueba de que sabía muy bien lo que estaba haciendo.
Cerró la llave del agua, después de enjuagar su rostro para alejar la sensación de fiebre que comenzaba a invadirlo. Que le subiera la temperatura era lo único que le faltaba para terminar de arruinarle el día. En medio del silencio que le siguió, las voces de Oliver y de su padrastro llegaron difusas a él. Segundos después, el sonido de un cuerpo cayendo cerca de la puerta hizo que su corazón brincara dentro de su pecho. Una luz blanca se filtró por debajo en el instante que el rubio salía para averiguar lo que pasaba.
Lo que vio en ése momento, dejó a Draco paralizado en su sitio. Oliver se hallaba en el suelo, abrazándose a sí mismo mientras su esencia mágica escapaba de él en forma de una intensa luz blanca. Con lágrimas en los ojos, vio cómo ésa luz se concentraba de lleno en la varita de Mark, que mantenía extendida hacía él. Al comprender lo que ocurría, Draco ignoró el terrible dolor en su rodilla y se agachó a su lado para tomarlo entre sus brazos, deseando con eso poder darle la fuerza que necesitaba.
Al hacerlo, sintió que algo de su propia magia escapaba de él. Sin hacer caso a ello, siguió abrazando el cuerpo extenuado, las lágrimas recorriendo sus mejillas.
-No lo dejes... no dejes que te la robe... –pero Oliver ya no escuchó sus palabras. Sólo lo miró por un segundo, en el que Draco sintió que le entregaba toda su alma. Instantes después, los ojos cafés se cerraron dejándole una conocida y dolorosa sensación de pérdida-. Por favor... no otra vez... tú no...
Cerca de ellos, Mark abrió los ojos al sentir que el contacto con Oliver se cortaba. Sentía su magia fluir con fuerza en su interior, pero también sentía una esencia distinta a la magia que acababa de absorber. Intrigado, dirigió su mirada hacia donde ellos se encontraban, y su ira no pudo ser mayor al comprender lo que había sucedido. El abrazo de Draco no sólo había impedido que él siguiera absorbiendo la poca magia que le quedaba a Oliver sino que además, lo había obligado a tomar de la magia del rubio.
-¡Maldición! –vociferó con furia mientras trataba de mantener el equilibrio-. ¡Esto no debió pasar!
Al mezclarse ambas magias, ahora fluían descontroladas dentro de él. En su desesperado intento por controlarlas se olvidó de la presencia de Draco, que sin hacer caso a su rodilla lastimada se abalanzó sobre él con la intención de matarlo. El muchacho forcejeó sobre el cuerpo del hombre, intentando arrebatarle su varita. Sin otra opción, Mark trató de lanzarle algún hechizo para inutilizarlo.
Pero ninguno de los dos logró su propósito. Ambos sintieron que todo a su alrededor daba vueltas y segundos después, desaparecían de la habitación sin dejar rastro.
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En la dirección del Colegio, Arthur, Remus y Molly permanecían a la espera de noticias. La incertidumbre sobre el destino de los muchachos mantenía el rostro del Auror en una imborrable mueca de preocupación. Arthur ya había tomado ése caso como un asunto personal, debido a la deuda que tenía con Lucius Malfoy por la ayuda tan grande brindada a Ron. Paseaba de un lado a otro de la espaciosa oficina, sintiendo que podía hacer más de lo que ya había hecho hasta ése momento.
Dada la experiencia acumulada durante tantos años como Auror, sabía que algo muy importante se le estaba escapando. Y el apellido de Oliver era lo que tenía al patriarca Weasley en ésa situación. En su fuero interno, él insistía que ése apellido se le hacía conocido, de otro lado y no de Hogwarts. La llegada de Minerva llamó la atención de los presentes y las preguntas para ella surgieron mudas en cada uno de los rostros. Pero la animaga sólo pudo responderlas con una silenciosa negativa.
-Minerva, necesito que me des más información sobre ése muchacho... Wood –ella asintió a la petición del Auror mientras tomaba descanso en una silla que Remus le ofreció-. ¿Era un alumno conflictivo?
-Nunca tuvo problemas serios con algún otro estudiante –recordó la directora-. Sólo rencillas sin importancia, como todos los demás alumnos. Jamás le conocí algún enemigo dentro del Colegio.
-¡Eso es! –en ése instante, Arthur se dio cuenta que había cometido el error de enfocarse sólo en los posibles enemigos de los Malfoy, pero nunca se le pasó por la mente indagar sobre los enemigos de Oliver Wood-. ¿Y fuera del Colegio? ¿Tuvo algún problema serio en su vida personal?
-Ahora que lo mencionas... hace cuatro años tuvo problemas con su padrastro –la atención de los presentes se enfocó de lleno en ella-. Lo encontró en su casa golpeando a su madre. Él... se enfureció y le marcó el rostro. Le dejó para siempre una horrible cicatriz.
-Ya recuerdo ése caso –reflexionó el Auror, su corazón latiendo con una nueva esperanza-. Ahora sé porqué se me hacía conocido ése apellido.
-Cuando su esposa lo acusó de intentar asesinarla, le fue destruida su varita y enviado a Azkaban –concluyó Minerva.
-Molly... ¿Podrías hacerme el favor de averiguar si ése hombre aún sigue en Azkaban? –su esposa asintió, para desaparecer de inmediato entre las verdes llamas de la chimenea. Sólo tuvieron que esperar dos minutos antes de que Molly regresara, con un pergamino en la mano-. ¿Qué encontraste?
-Mark Danner pasó tres años en Azkaban, hasta que hace un año recibió libertad condicional. Y eso no es todo, Arthur –la mujer extendió el pergamino sobre el escritorio de Albus-. Hace unos momentos se detectó el uso de magia en éste sitio –señalando un lugar en el pergamino.
-¿Qué relación tiene éste lugar con Mark Danner?
-Averigüé la dirección de la casa de Leslie Danner, la madre de Oliver Wood –recalcó sin despegar el dedo del pergamino-. Y es de ahí de donde proviene la magia que se detectó hace unos minutos.
-¿Es la magia de Danner?
-No pudimos saberlo –respondió su esposa-. Era una esencia tan débil que no se pudo detectar a quién le pertenecía.
-Minerva, quiero que vayas ahora mismo al Callejón Knockturn y pongas al tanto de esto a Lucius... y también a Severus en Hogsmeade. Tú te harás cargo de traer y llevar las noticias que surjan –la mujer se dispuso a seguir al pie de la letra las instrucciones de Arthur-. Remus... te necesito en el Ministerio para que averigües de quién es la varita que utilizó, y quiero que estés pendiente por si es utilizada de nuevo.
-Dalo por hecho –Remus tomó un puñado de polvos y desapareció detrás de Minerva.
-Nosotros saldremos del Castillo por la Red para ahorrar tiempo, y apareceremos en casa de los Wood –dirigiéndose a su esposa, que asintió comprendiendo-. Espero que ésta vez, estemos sobre la pista correcta.
-Lo estamos, Arthur –afirmó su esposa, esperanzada-. Y algo me dice que ésta vez encontraremos algo.
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Lo que Draco sintió después de desaparecer de la casa de Oliver, fue su cuerpo chocar de lleno contra una superficie muy fría. Levantó su mirada aturdida, y pudo ver que se encontraba tirado sobre la nieve en medio de un callejón. Intentó levantarse pero para su frustración, la pierna derecha ya no le respondió. Su rodilla había llegado al límite y el rubio supo que a partir de ahora ya no podría contar con ella.
Sin poder soportar ni un momento más el terrible dolor que sentía, trató de impulsarse con ambos brazos y la pierna sana para salir del callejón, desierto a pesar de las horas. Intuyendo que se encontraba en algún lugar de Hogsmeade, tuvo la esperanza de que alguien pudiese verlo y ayudarle. Un pie aplastó su espalda y Draco gimió de dolor cuando la punta de la varita de Mark hirió sus costillas.
-No pensabas abandonarme, ¿Verdad? –Draco rechinó los dientes con furia al saberse atrapado de nuevo. Había deseado que la magia descontrolada de Mark lo llevase a otro lugar, muy lejos de donde él se encontraba-. ¡Levántate! Tú y yo tenemos que caminar.
-¡No iré a ninguna parte con usted! –el hombre no hizo caso a sus palabras y como si de un muñeco de trapo se tratara, lo levantó en vilo por el cuello rasgado de su túnica-. ¡Suélteme!
-Claro que irás –Mark sacó un pañuelo de su bolsillo, y Draco hubiese vomitado de haber tenido algo en el estómago, cuando su boca fue cubierta por el sucio trapo-. Ellos podrían llegar en cualquier momento.
Draco supo que se refería a quienes a ésas alturas, estuviesen rastreando cualquier uso dudoso de magia. Y el de Mark lo era dado que se trataba de magia robada. Obligado a permanecer en silencio fue conducido sobre la espalda del hombre, su propia túnica cubriéndolo de la vista de cualquiera que se atravesara en su camino. Perdió la cuenta de los callejones por donde fue conducido, hasta que sintió que Mark se detenía.
Escuchó el rechinar de una puerta y segundos después era depositado sin delicadeza sobre un suelo muy sucio. Levantó la mirada y se sorprendió al ver que se encontraba en el cuartucho de mala muerte donde lo siguiera por primera vez, la mañana en que le robara su cartera. Trató de levantarse, pero Mark logró retenerlo mientras ataba sus manos con cuerdas por detrás de su espalda.
-Vas a portarte bien... si quieres seguir con vida –sin retirar el pañuelo de su boca terminó de atar sus pies, inmovilizándolo por completo. Tomó una botella de licor escondida en un rincón, de la que bebió un largo trago antes de dejarlo solo en ése pequeño y sucio cuarto.
Draco forcejeó tratando de liberarse, y sólo consiguió que las ataduras le hirieran las muñecas. Buscó con la mirada algo que pudiese ayudarle a escapar, pero en la semi oscuridad apenas pudo distinguir un viejo y sucio colchón, el único objeto que había en todo el cuarto. Cansado, adolorido y hambriento, se recargó sobre la pared y cerró los ojos, deseando que todo fuera un horrible sueño. Sintió más frío que nunca cuando la necesidad del cuerpo cálido de Oliver le hizo notar su terrible ausencia.
Un sollozo se ahogó en su garganta mientras recordaba lo ocurrido a quien ahora sabía, ocupaba el lugar más importante en su vida. Rogó con toda su alma porque alguien lo encontrara antes de que fuera demasiado tarde. Se encogió de temor al pensar que tal vez nunca volvería a ver a Oliver, ni ver nacer y crecer a ésa hermosa criatura que llevaba dentro de él. Se recostó sobre el suelo, el dolor lacerando su pierna, y dejó que las lágrimas corrieran libres por sus pálidas mejillas.
Sabía que ése era el único consuelo que por ahora le quedaba. Y que le acompañaría por el resto de su vida si al igual que a Blaise, a Oliver también lo perdía.
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Tras dejar a Lucius en el callejón Knockturn, Minerva localizó a Severus en un escondite en Hogsmeade, desde donde vigilaba el estanque de los cisnes a la espera de que Draco apareciera. Después de ponerlo al tanto de todo lo que hasta ése momento sabía, y de que el profesor le hiciera prometerle que regresaría para seguir informándole, la subdirectora decidió volver a Hogwarts. Tal vez Arthur y Molly ya tenían información nueva para compartir con los demás.
En la oficina de Albus, Fawkes ya la esperaba con una carta atada en una pata. Apenas terminó de leer el mensaje que Molly le dejara, tomó un puñado de polvos y en segundos arribaba a San Mungo. En una de las salas de espera divisó al matrimonio Weasley y pudo ver que Molly paseaba de un lado a otro del pasillo, en su rostro un gesto de profunda angustia.
-¿Qué sucede? –le preguntó, alarmada al ver la preocupación de la mujer-. ¿Por qué me han citado aquí?
-Logramos encontrar a Oliver Wood –Molly condujo a la directora hacia una banca cercana y Arthur permaneció en su sitio esperando noticias del medimago-. Lo hallamos en una habitación de su casa, inconsciente. Ahora el médico lo está atendiendo... pero me temo que su estado es delicado.
-¿Qué le ocurrió?
-Parece que su padrastro le robó su magia –Minerva comprendió en ése momento la angustia de la mujer-. Por desgracia, no sabemos hasta qué grado le fue arrebatada.
-¡Él espera un bebé! –recordó la directora, alarmada-. Sin magia que lo sostenga lo perderá.
-Por eso decidimos traerlo cuanto antes –continuó la Auror-. Tal vez aquí puedan ayudarle.
Arthur se acercó a su esposa y ambas mujeres guardaron silencio cuando a lo lejos, Molly reconoció al medimago que recibiera al muchacho.
-¿Algún familiar del señor Wood? –su rostro estaba ensombrecido y al verlo, supieron que lo que tenía que decirles no era nada bueno.
-Él no tiene familiares –se apresuró a responder Minerva-. Pero fue mi estudiante y tengo cierta autoridad sobre él.
-Su situación es muy delicada, tiene muy poca magia –comenzó, después de aceptar como buenas sus palabras-. Y me temo que en ésas condiciones, tanto él como su hija corren grave peligro sin magia que pueda sostenerlos.
-¿Y no se le puede dar un poco de magia, mientras tanto? –el medimago negó con la cabeza a la pregunta de Arthur-. Debe haber algo que se pueda hacer para ayudarle.
-Recibir magia en pequeñas dosis no le servirá de nada –el rostro de los presentes se entristeció al escuchar su explicación-. Para que pueda salir adelante, necesitará una gran cantidad de magia, igual o mayor a la que le fue robada.
-¿Y si varios de nosotros le damos un poco de nuestra magia? –Molly apoyó las palabras de Minerva, pero Arthur y el medimago rechazaron la idea-. ¿Por qué no?
-Porque la magia debe provenir de un mismo origen –ambas mujeres se miraron entre sí, tratando de entender las palabras de Arthur-. Debe tener una sola esencia.
-Si el paciente recibe magia de diferentes personas, lo único que sucederá es que la magia se descontrolará dentro de él –concluyó el medimago-. Y eso sería mucho peor.
-Entonces... ¿Qué es lo que sugiere, doctor?
-Encuentren a la persona que le robó su magia, y hagan que se la devuelva –aconsejó el medimago-. Es la única manera que existe de que el muchacho pueda salir adelante. Pero háganlo lo más pronto que puedan.
-¿Cuánto tiempo podrá resistir en ésas condiciones? –preguntó Arthur, consciente que encontrar al padrastro de Oliver no sería una labor sencilla.
-Unas cuantas horas –fue la respuesta del doctor-. Si antes de ésta misma noche no recupera su magia... ya no habrá nada que se pueda hacer por él –el medimago se marchó, dejando a las mujeres con una profunda sensación de pena.
-Poppy debe saber lo que le ha ocurrido al señor Wood. Además de ser su auxiliar, también es su paciente –Molly asintió dando razón a las palabras de Minerva-. ¿No han sabido nada del señor Malfoy?
-Mientras Molly se encargaba de traer a Oliver, revisé toda la casa y hallé pruebas de que Draco también estuvo ahí –respondió Arthur-. Además de sus varitas escondidas en un sótano, encontré ingredientes para elaborar pociones y lo que parecían regalos, reducidos de tamaño. Pero no había nadie más en la casa.
-Ése hombre aún debe tenerlo. Con toda seguridad está esperando que Lucius le entregue el dinero –meditó la directora-. Me temo... que yo tendré que llevarle éstas noticias ahora mismo.
-Estaré en el Ministerio, quiero saber qué averiguó Remus –Arthur tomó un puñado de polvos y se dirigió a Molly-. ¿Te veré después?
-Sólo avisaré a Poppy y esperaré hasta que llegue –decidió la señora Weasley-. Y después te alcanzaré en el Ministerio.
Arthur se marchó por la chimenea y Minerva anotó algunas palabras en un pergamino. Después de despedirse de Molly partió para aparecer de nuevo en el Callejón Knockturn.
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El elegante aspecto de Lucius parecía ser lo único de valor que había en medio del callejón Knockturn, lo que hacía que su presencia no pasara inadvertida para todo aquel que transitara a su lado. Pese a ello, nadie podía imaginarse que entre sus finas prendas, se escondía un pequeño baúl con una enorme cantidad de dinero Muggle. La suficiente para que su poseedor y sus generaciones más próximas no volvieran a mover un solo dedo por lo que les restara de vida.
Esperaba que en cualquier momento apareciera la persona a la que debía entregar el dinero. Momentos antes, Minerva en su forma animaga le había hecho llegar un pergamino, informándole de los avances en la investigación que llevaba Arthur. Así se enteró que el padrastro de Oliver Wood estaba involucrado en el secuestro de los muchachos. Empuñando su varita por debajo de sus ropas, el rubio miraba con desconfianza cada uno de los rostros extraños, buscando entre ellos alguno que pudiese estar marcado por una horrenda cicatriz.
Consultó su reloj. Pasaba del mediodía y calculó que a ésas horas ya Severus debía estar enterado por la misma Minerva. Habían acordado que apenas apareciera Draco frente al estanque de los cisnes, Severus le enviaría una señal por medio de un hechizo. Sólo hasta entonces Lucius entregaría el dinero, no sin antes negociar también la liberación de Oliver. La nueva llegada de Minerva manteniendo su forma animaga interrumpió sus pensamientos. Tratando de no ser visto, Lucius tomó el pequeño pergamino que la gata le ofrecía.
Aunque su rostro permaneció impasible conforme leía la misiva, los verdes ojos que lo observaban pudieron advertir infinidad de sentimientos en él. Lucius apretó con fuerza el papel hasta encerrarlo en su puño. Sus ojos azules le dirigieron una firme mirada a la gata atigrada, que permanecía a la espera de una respuesta.
-Ni Severus ni yo podremos movernos de nuestro sitio, mientras no tengamos noticias de Draco –Minerva comprendió muy bien su decisión-. Manténganme informado sobre el estado del muchacho –ella asintió en silencio antes de dar media vuelta para marcharse.
En medio del callejón, Lucius miró sin ver a las personas que pasaban a su lado, todas ellas ajenas a la marea de sentimientos que bullían en su interior. Oliver Wood había sido hallado inconsciente en su propia casa y ahora se encontraba en San Mungo, su vida pendiente de un delgado hilo de magia. Y el único rastro de Draco era su varita encontrada en el mismo sitio. Sintió una enorme impotencia, y apretó su puño con más fuerza hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
Más le valía a ése tal Mark que su hijo se encontrara bien... o él mismo se encargaría de convertir en un terrible infierno lo poco que le restara de vida.
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Frustrado porque las cosas no estaban saliendo como las planeara, Mark se tambaleaba de un lado a otro del estrecho callejón donde vivía. Sentía bullir dentro de él, cada vez más descontrolada, la magia de Oliver junto con la que de forma involuntaria le robara a Draco. Impedido de hacer cualquier movimiento sin arriesgarse a un desastre, le había sido imposible presentarse a recoger el dinero del rescate.
No podía liberar al heredero sin robar su memoria y exponerse a que lo delatara apenas fuese liberado. Y sabía que Lucius Malfoy no sería tan tonto como para entregarle el dinero sin asegurarse que su hijo se encontrara a salvo. Por otro lado, sus planes iniciales habían sido los de desaparecer a Oliver apenas le robara su magia, y habría dado resultado si el rubio no lo hubiese tocado, rompiendo el contacto.
Maldijo en silencio por enésima vez ése día. Tendría que volver a la casa y asegurarse que Oliver nunca saliera de ella. Pero no podía desaparecer, y llegar hasta allá le llevaría varias horas, con las que ya no contaba. Necesitaba recuperar el control de su magia y cobrar el dinero cuanto antes, pues su socio no tardaría en llegar y reclamar la parte que le correspondía.
No le tenía nada contento el trato injusto al que había sido obligado por su socio. Después de todo, era su idea y era él quien estaba haciendo todo el trabajo sucio. Si la oportunidad se le presentaba, cobraría el dinero y huiría al Mundo Muggle sin darle ni un solo centavo. Mientras tanto, el heredero Malfoy permanecería con él hasta que se presentaran las condiciones favorables para liberarlo.
Salió del callejón y caminó un largo trecho por las angostas calles aledañas. Su mirada vagó de un lado a otro, desconfiando de todo lo que se movía a su alrededor. Sabía que mientras no utilizara su nuevo poder no darían con él, pero no podía permanecer demasiado tiempo en un solo lugar. Debía conseguir el modo de salir de Hogsmeade y llevarse al muchacho con él a un lugar donde nadie pudiera encontrarlos.
Se hallaba en mitad de ésos pensamientos, cuando sintió que su cuerpo era arrojado contra una pared. Palideció al reconocer la punzada de una varita en sus costillas. El rostro que noches atrás no distinguiera en la oscuridad, se le reveló ante él en extremo pálido. Sus albos cabellos cortos caían en mechones lacios cubriendo a medias un par de grises ojos vacíos de sentimientos, al mirarlo le hicieron sentir un profundo escalofrío.
-¿Creíste que me había olvidado de nuestro negocio? –la voz silbante vibró en sus oídos haciendo que soltara la botella vacía, que no hizo ruido alguno al caer sobre la nieve-. ¿Ya tienes el dinero?
-Aún no... –su voz temblorosa impregnada de alcohol, provocó un resoplido de fastidio de parte de su socio-. El negocio... no se ha cerrado aún.
-Habíamos acordado que hoy cobraríamos el rescate por el heredero Malfoy... –Mark se encogió contra la pared cuando la mirada gris se congeló sobre la suya-. No estarás pensando en huir con todo el dinero, ¿Verdad?
-Nunca haría... algo como... eso –los ojos grises siguieron mirándole con recelo-. ¿Crees... que si tuviera el dinero... aún estaría aquí?
-¿Qué harás con el muchacho cuando tengas el dinero?
-Lo devolveré a su padre... después de borrarle la memoria para que no pueda delatarnos.
-¿Delatarnos? –Mark gimió cuando la punta de la varita se volvió dolorosa contra su cuerpo.
-Quise decir... delatarme –una idea repentina cruzó por su cabeza-. Escucha... no puedo utilizar mi magia ahora. Si tú pudieras borrar su memoria por mí... estaríamos cobrando el dinero ahora mismo.
-¿Y permitir que rastreen mi magia hasta dar conmigo? –al instante, Mark se arrepintió de haber tenido ésa idea-. Ni siquiera lo pienses. Haz tu trabajo y yo obtendré lo que me corresponde.
-Necesito unas horas más... tal vez... un día –el hombre se alejó unos cuantos pasos, su mirada cada vez más suspicaz.
-Tienes hasta el anochecer –la varita fue despegada de su cuerpo mientras su socio se giraba para alejarse-. Nos veremos hasta entonces y si aún no tienes el dinero...
No fue hasta que el hombre se alejó para perderse entre los intrincados callejones de ésa zona de Hogsmeade, que Mark se atrevió a volver sobre sus pasos. Ahora más que nunca estaba decidido a largarse cuanto antes. Tratando de ignorar los escalofríos que su reciente encuentro aún le provocaba, tomó la firme decisión de desaparecer del Mungo Mágico apenas tuviera el dinero en sus manos. Se iría tan lejos, que su socio nunca lograría encontrarlo.
Sólo necesitaba unas horas más para dominar su magia, y Lucius Malfoy tendría que esperar hasta entonces en el Callejón Knockturn si quería recuperar a su hijo. Con pasos vacilantes a causa de la bebida y su magia fuera de control, entró al sucio cuarto donde tenia escondido a Draco sin percatarse que a unos metros de ahí, los grises ojos de su socio lo observaban sin perder detalle de sus movimientos.
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Sirius y Harry caminaban despacio por el sendero que conducía hacia el lago. Tras la partida de Ron, el muchacho había sacado a Sirius del laboratorio para invitarlo a almorzar, cosa que al animago le ilusionó. Desde que comenzaran sus problemas hacía más de seis meses, era la primera vez que compartían un almuerzo a solas. Por su parte, Harry deseaba conversar con su padrino para recuperar el tiempo perdido y de paso, olvidarse de los problemas por un momento.
El viento frío pegó contra su rostro, haciéndole reconocer el lugar en el que estaban. Con un hechizo, el animago hizo aparecer un pequeño y cálido refugio que Harry le agradeció en silencio, pues era una zona bastante fría en ésa época del año. Encendió una pequeña fogata y extrajo un mantel azul reducido del bolsillo de su túnica. Después de ampliarlo con magia lo extendió sobre el suelo para depositar la canasta del almuerzo en él.
Se sentaron frente al fuego y Harry apreció el agradable aroma que desprendió la comida cuando Sirius sirvió un poco en su plato, pues no había probado bocado desde la noche anterior. El perfume del café recién hecho por Dobby avivó su apetito y el crepitar de la pequeña hoguera haciendo eco en sus oídos, le hicieron valorar con todo su corazón lo afortunado que era, por poder disfrutar de ése agradable momento. Sirius sólo lo observaba con atención, sonriendo con orgullo.
-Severus me comentó que ya encontraron una de las enzimas que buscaban –saboreó con deleite su aromática bebida, mientras aguardaba la respuesta de su padrino.
-Así es, Harry –respondió el animago, sin dejar de sentir cierta incomodidad al notar el entusiasmo de su ahijado al mencionar a Snape. Pero debía comprenderlo, el hombre era su pareja y los sentimientos del muchacho era tan cristalinos como el agua-. Apenas encontremos la enzima tipo Trombina, Snape podrá comenzar con la poción.
-¿Crees que le lleve mucho tiempo hacerla?
-Según me comentó, elaborarla no va a ser tanto problema –Sirius hizo una breve pausa para saborear un bocado del estofado de cordero, hecho también por los elfos-. Me habló de una tercera etapa o algo así... pero no me explicó nada más. Sólo me dijo que iba a ser complicada.
-He notado que aún hay mucha tensión entre ustedes -Sirius prefirió no responder a su comentario-. No quiero que te molestes si te pregunto pero... necesito saberlo.
-¿Qué es lo que quieres saber? –incómodo, el hombre dejó su taza de café a un lado-. Si está en mis manos responder a tu pregunta, lo haré.
-¿Cómo fue que surgió ése odio tan grande entre ustedes? –Harry interpretó el largo silencio de su padrino, como una negativa a responder a su pregunta. Aún así, decidió insistir-. Sé que ésta enemistad surgió desde sus años en el Colegio. Pero... ¿Por qué?
-Decirte que no fue gran parte mi culpa, sería mentirte –respondió el animago, después de meditarlo durante un largo momento-. Pero negar que Snape puso mucho de su parte sería injusto también.
-Hace algunos años vi algo en su Pensadero... mi padre y tú no se portaron muy bien con él.
-James era inmaduro. Ésa es mi forma de justificarlo –reflexionó el hombre-. Por mi parte, fue algo mucho más... complicado –negó con la cabeza, tratando de evadir todo lo relacionado con lo ocurrido en la Mansión Black-. No tienes la obligación de escucharme hablar sobre mis problemas existenciales.
-Inténtalo –la firmeza implícita en ésa sola palabra, fue para Sirius como una orden-. Te escucho.
Sirius fijó su mirada sobre el fuego que aún ardía en el interior de ése pequeño refugio. Volteó a ver a su ahijado, el que siempre había sido para él un niño, pero que a todas luces era ya un hombre. Un hombre que había visto la guerra de frente y que había vencido a la muerte más de una vez. Un hombre que tal vez pudiese comprender su proceder y perdonarle... u odiarle para siempre.
-Snape fue para mí durante mucho tiempo... el fantasma de alguien que me hizo mucho daño –Harry frunció el ceño, escuchando con atención cada palabra de Sirius-. Remus es el único que lo sabe, y apenas hace poco lo supo. Fue algo que me ocurrió cuando era un niño...
-¿Tiene que ver con las pesadillas que tengo sobre la Mansión Black? –Sirius no respondió. Lejos de sorprenderse no pudo más que permanecer en silencio. Sabía que Harry no era tonto, y que tarde o temprano relacionaría sus pesadillas con él-. Ese hombre que te hizo daño... lo he visto y es muy parecido a él. A Severus.
-Nunca tuve la certeza... pero crecí pensando que se trataba de su padre –Sirius sintió que su corazón se encogía cuando el rostro de Harry se endureció-. Sé... que hice muy mal en creer que podría descargar mi odio contra el que creía que era su hijo.
-Fuiste muy injusto al descargar tu ira contra quien creías, era el hijo de quien te hizo daño –le increpó su ahijado-. ¡Ni siquiera sabes si en verdad era su padre!
-Tú lo has visto en tus sueños, Harry –el muchacho guardó silencio, temeroso de aceptar que durante ésas noches de pesadillas, él también rechazaba el contacto con su pareja. No podía negar que ése hombre era idéntico a él.
-Eso... no significa que se trate de su padre –insistió el muchacho-. Hay muchas personas con la fisonomía de Severus. Y aunque así fuera... Severus no tiene la culpa de lo que otra persona te hizo.
-Estoy consciente de eso, Harry. Y soy serio cuando te digo que de verdad... yo estoy intentado alejar ése fantasma de mi mente –Sirius apretó los labios con fuerza, tratando que su voz no temblara cuando siguió hablando-. Acepté la ayuda de un psicólogo cuando supe que mis pesadillas también te afectaban a ti... y porque de verdad deseo... olvidar. Quiero dejar de odiar y... quiero...
Sirius ya no fue capaz de hablar, y Harry pudo percibir con claridad los sentimientos de ira y dolor que aún laceraban el corazón de su padrino. Él mismo podía sentirlos en carne propia cada vez que soñaba con ésa terrible noche en la Mansión Black. Un sollozo escapó de su garganta, al imaginar a Sirius viviendo ésa horrible experiencia siendo apenas un niño.
-La noche que desaparecí en el Londres Muggle... manché mis manos de sangre –Harry secó sus lágrimas, mientras dejaba que su padrino siguiera hablando-. Bebí demasiado y un muchacho se ofreció acompañarme a la estación...
Conforme escuchaba todo lo que le contaba su padrino, Harry presintió que comenzaba a conocerlo de verdad. Sirius Black no era el rico heredero disfrutando de una libertad robada por más de doce años. Sirius Black nunca había sido un hombre libre. Era un hombre que aún vivía preso de su pasado, de sus recuerdos y de viejos y amargos sentimientos que a lo largo de los años se habían arraigado en su corazón, convirtiéndolo en un hombre lleno de rencor.
-No te culparé si me odias después de lo que acabo de contarte –Sirius se levantó y salió dejando a Harry solo dentro del pequeño refugio improvisado.
Permaneció un largo momento de pie, frente al lago. El viento invernal levantó frías gotas de rocío que se posaron sobre sus negros cabellos, humedeciéndolos. Sus lágrimas se confundieron con la fina escarcha, y de sus labios azulados un sollozo escapó para perderse en la distancia, mientras emprendía el camino de regreso hacia el Castillo. Harry también sabía la verdad... y lo odiaba.
Ya lo esperaba. Incluso hasta llegó a pensar que podría aceptarlo. Aún así dolía. Dolía demasiado.
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Remus pudo averiguar que la varita utilizada por el padrastro de Oliver no sólo era robada, sino que su dueño había muerto años atrás. Arthur sabía que de estar vivo, nadie más hubiera podido utilizarla. Pero muerto, la magia que alguna vez portara había desaparecido con su dueño; por ésa razón, Mark podía utilizarla como si fuera de él. Optimista a ése respecto, Arthur reunió a sus Aurores. Sólo tenían que esperar alguna manifestación de la magia robada de Oliver con o sin varita, y actuarían de inmediato.
Como no sabían cuántas personas estaban involucradas en el secuestro, Arthur prefirió tomar sus precauciones. Mientras tanto, Remus se dedicó a curiosear entre las cosas de Draco que el Auror encontrara en la casa de Oliver, y que había devuelto a su tamaño normal para poder examinarlas. Enterado de lo ocurrido a su ex alumno, su preocupación por el bienestar del rubio ahora era mucho más grande. Seguían sin recibir noticias de Lucius ni de Severus, lo que significaba que Draco aún estaba en poder de ése hombre.
Repasó las páginas de un libro de Pociones, que supuso era el regalo para Severus. Después lo dejó para seguir curioseando entre los demás regalos. Llamó su atención una cajita de marfil, cuya melodía lo adormeció sin querer. La cerró de inmediato para no quedarse dormido, y siguió observando todos los demás objetos. Él había comprado un regalo para Draco, que esperaba poder entregarle. Se preguntó si alguno de ésos regalos sobre la mesa estaría destinado a él, o Draco no se había acordado de su humilde persona.
Se sentía muy mal por no haber logrado un trato más cordial con el hijo de su pareja. Sabía que el muchacho no aceptaba que su padre mantuviera una relación con él, a tan poco tiempo desde que perdiera a su madre. Tal vez pensaba que él quería tomar el lugar que Narcisa Malfoy ocupara en sus vidas, pero eso era lo último que él deseaba. Nunca podría tomar un lugar que no le correspondía. Sólo quería sentirse parte de ésa familia... y alguien importante en sus vidas.
Sólo necesitaba una oportunidad para demostrarle que de verdad amaba a su padre, y que estaba dispuesto a hacerlo feliz.
-¡Remus! –el profesor dejó sus pensamientos a un lado al escuchar la voz de Arthur-. Draco acaba de utilizar su magia.
-¿Draco? ¿Dónde? –se puso de pie para observar un punto en un enorme mapa, señalado con el dedo de Arthur-. ¡Está cerca del estanque donde Severus!
-Ya saben lo que tienen qué hacer, y no permitan que los vean –los tres Aurores que estaban a su cargo asintieron para desaparecer al instante-. Remus, tú irás conmigo.
Antes de que el profesor pudiese preguntar algo, Arthur lo tomó del brazo y al momento ya se encontraban en Hogsmeade, muy cerca del lugar donde la magia de Draco se acababa de detectar. Pudo ver a los tres Aurores que acababan de llegar, y que ya se encontraban apostados en la entrada del callejón. Arthur le hizo una seña indicándole que lo siguiera.
Caminaron despacio, pegados a la pared del callejón para que sus huellas no fueran tan visibles sobre la espesa nieve. Sin detenerse, el Auror buscaba con su varita tratando de dar con el lugar exacto. Remus sentía que su corazón se saldría de su pecho mientras empuñaba con firmeza su varita, rezando porque pudieran alcanzar a Draco antes de que desapareciera de ése lugar.
-Creo que es aquí... –el profesor se detuvo detrás del pelirrojo, esforzándose por escuchar el leve susurro de su voz-. Prepárate.
-¿Estás seguro? –preguntó, dudoso. No olvidaba que en los mapas del Ministerio siempre había metros de diferencia.
No fue necesario que Arthur le respondiera. Detrás de la vieja puerta de madera donde se acababan de detener, la voz alterada de un hombre llegó hasta sus oídos. Segundos después, una voz conocida por el profesor hizo eco a la anterior. Al escuchar a Draco, Remus sólo necesitó dar una patada a la desvencijada puerta para que ésta se rompiera, cediéndoles el paso al interior de ése pequeño cuarto.
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Tratando de conservar un poco de calor encogiéndose sobre sí mismo, Draco temblaba sin control debido al frío que se colaba por las grietas de la vieja madera. Su temperatura se había disparado reduciendo su resistencia, y haciéndole sentir escalofríos a cada instante. El sueño estaba llegando a él sin que se lo pidiera, por lo que trataba de mantener la mente activa para permanecer despierto.
Pese al dolor y la fiebre, el muchacho aún se conservaba lúcido. Recordando lo ocurrido en la casa de Oliver, no dejaba de preguntarse cómo había sido posible que Mark y él se encontraran en la habitación del moreno, para aparecer de repente en un callejón en Hogsmeade. Muchas ideas cruzaban por su cabeza, pero ninguna con el peso suficiente para que sus dudas quedaran aclaradas.
Sin importar cual fuese la verdadera razón de ése suceso tan extraño, Draco decidió no permitir que Mark volviera a tocarlo. No quería arriesgarse a desaparecer de nuevo y aparecer en otro lugar donde sería mucho más difícil encontrarlo. Pensaba que si permanecían en Hogsmeade el tiempo suficiente, sólo sería cuestión de tenacidad para que su padre lograra dar con su paradero. Pero necesitaba hacer tiempo.
Logró liberarse de la sucia mordaza, que resbaló sobre su barbilla hasta descansar sobre su cuello. La puerta se abrió cuando él intentaba deshacerse de las cuerdas que aprisionaban sus manos, y Mark rechinó los dientes ante la rebeldía de su cautivo. Pronto dejó de hacer caso a los vanos esfuerzos de Draco por soltarse y se sentó sobre el suelo, a un lado del muchacho.
-No hay nada que me moleste más... que mis planes no salgan como... yo quiero –extrajo su varita de entre sus desgastadas ropas, y Draco se encogió en su lugar, esperando lo peor-. Se suponía que a éstas horas ya... tendría el dinero de tu rescate... y que tú ya estarías en tu lujosa mansión disfrutando de tu... libertad.
-¿Para qué robó la magia de Oliver, si no va a poder utilizarla?
-Sólo por... venganza –el hombre se encogió de hombros, una sonrisa retorcida surcando su marcado rostro-. Quería... que él perdiera todo lo que yo perdí... por su culpa.
-Aún está a tiempo de reparar su error –Draco se sintió satisfecho cuando la atención de Mark se enfocó en sus palabras. El hombre dejó la varita sobre el sucio colchón, para después sacar una botella escondida debajo de él-. Si me deja ir ahora mismo, le prometo que no lo delataré... pero deberá devolver a Oliver la magia que le robó.
-¿Y piensas que voy a creerte? –Mark dio un largo sorbo a la botella, y Draco sintió que el estómago se le revolvía ante el olor a licor barato que inundó el pequeño espacio. Sin poder reprimir un gesto de asco, se hizo para atrás cuando el rostro marcado por la cicatriz quedó muy cerca del suyo-. No voy a renunciar al dinero de... tu padre cuando estoy tan cerca de... obtenerlo. Cobraré el rescate y me largaré de aquí. Nadie logrará encontrarme en el... Mundo Muggle.
-¡Le puedo asegurar que no llegará muy lejos! –le advirtió el rubio, sintiéndose impotente en su inútil esfuerzo por librarse de las cuerdas que lo ataban-. Mi padre lo perseguirá por el resto de sus días, obtenga o no el dinero... utilice o no la magia de Oliver.
-No creas que... vas a intimidarme con tus... amenazas –tambaleándose, Mark se alejó de él para sentarse del otro lado de la habitación, donde siguió bebiendo-. Sólo es cuestión de horas... antes de que recupere el control de... mi magia.
-¿Quiere decir que su magia está descontrolada? –en la mente febril de Draco, las ideas comenzaron a tomar forma poco a poco.
-¡Y todo por tu culpa! –le reclamó el hombre-. Si no hubieras tocado a Oliver... yo no hubiera absorbido... también tu magia.
Al escucharlo, Draco comprendió en ése instante la sensación que experimentara en el momento de tocar a Oliver.
-Un poco de mi magia escapó de mí... –hizo un gran esfuerzo por entender lo que había sucedido-. Y se mezcló con la de él...
-¡Y ahora no puedo controlarla! –le espetó, comenzando a enfurecerse ante el recuerdo-. Pero cuando logre hacerlo... haré que no recuerdes... nada. Así no podrás delatarme –se puso de pie y se acercó a él mientras lo tomaba del brazo para obligarlo a levantarse-. Pero eso no va a impedir que nos... movamos de aquí.
-¿Qué va a hacer?
-Tenemos que desaparecer –Draco movió la cabeza, desesperado-. Si seguimos aquí no tardarán en... encontrarnos.
-¡No me toque! ¡No dejaré que lo haga otra vez! –el muchacho se resistió con todas sus fuerzas, impidiendo que Mark lograra levantarlo del suelo-. ¡No me iré de aquí!
El hombre lanzó lejos la botella, que se hizo pedazos al estrellarse contra una pared. Con ambas manos libres, tomó al muchacho por debajo de los brazos para impulsarlo a levantarse y Draco gimió de dolor cuando su pierna lastimada se vio forzada a sostenerlo. En medio de su desesperación, sus ojos grises distinguieron la varita de Mark muy cerca de él. Haciendo acopio de todas sus fuerzas se soltó de entre los brazos que lo apresaban.
Antes de que el otro pudiera reaccionar Draco se dejó caer sobre el colchón, buscando tomar la varita con las manos atadas por detrás de su espalda. Mark trató de evitarlo empujándolo con violencia, haciéndolo gritar de dolor cuando su pierna resintió el peso de su agresor. Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, logró sujetar la varita con dos de sus dedos y en un último intento desesperado se lanzó a sí mismo un hechizo de anti-desaparición.
-¿Por qué no podemos... irnos? –le encaró Mark, furioso al ver que su intento de desaparecer con él no había resultado. Le arrebató la varita y se alejó unos pasos sin dejar de mirarlo con rabia-. ¿Cómo pudiste usar una varita... que no es tuya?
-Porque también tiene parte de mi magia en ella –la sonrisa cínica del rubio, hizo que la mano que sostenía la varita comenzara a temblar-. ¿Ya olvidó que usted también me robó un poco de mi propia magia?
Mark palideció al darse cuenta que todo estaba perdido. Sin duda, ya se había detectado el uso de ésa magia y ahora sólo era cuestión de segundos antes de ser encontrados. Una última maldición salió de sus labios antes de mirar con odio al muchacho y desaparecer, dejándolo solo otra vez.
-¡No!
Sintiendo una gran impotencia, Draco vio cómo el hombre escapaba frente a sus ojos, robándole con eso toda esperanza de que fuese atrapado. La puerta se abrió de golpe y Draco cerró sus ojos grises cuando la luz cegó sus pupilas por un instante. Al abrirlos, distinguió dos altas figuras reflejadas a contra luz. Una de ellas se acercó a él y lo incorporó con cuidado hasta quedar sentado.
-¿Estás bien? –al reconocer su amable voz, Draco sintió que volvía a nacer. Remus lo atrajo hacia su cuerpo y Draco suspiró aliviado, al sentir el calor de su abrazo y lapreocupación reflejada en cada palabra suya-. ¿Te hizo daño? ¿Estás herido? ¿Dónde está ése hombre?
-¡Ha escapado! –la voz molesta de Arthur retumbó en cada rincón de la habitación, respondiendo a la pregunta de Remus. Se dirigió a Draco-. ¿Sabes a dónde fue?
-No... pero la magia que robó está descontrolada...
-Entonces no debe estar lejos –apuntó a Draco con su varita para apreciar su estado-. Llévalo a San Mungo y envía un mensaje a Lucius y a Severus. Nosotros buscaremos a ése tal Mark... y no nos detendremos hasta encontrarlo.
Arthur se marchó y Remus se dedicó a liberar al muchacho de las cuerdas que lo ataban. En silencio, Draco observaba el rostro preocupado del profesor, que no dejaba de examinar su cuerpo en busca de heridas visibles.
-Oliver... ¿Lo encontraron? Está en su casa... –Remus dirigió hacia él su mirada ambarina, y Draco pudo apreciar con claridad la tristeza en ella. No pudo evitar que una lágrima se escapara de sus ojos al entender la prisa de Arthur por atrapar a Mark-. Morirán... ¿Verdad?
-Todo estará bien... ya lo verás –Draco sintió su mano cálida posándose sobre su mejilla y suspiró, dejando que borrara su lágrima-. Estás ardiendo en fiebre. Es hora de irnos...
-Me lancé un hechizo anti-desaparición.
-Eso debió ser lo que nos ayudó a detectar tu magia –Remus comprendió el porqué Mark no se lo había llevado otra vez. Rompió el hechizo para poder desaparecer con él-. ¿Puedes levantarte?
Él negó con la cabeza y antes de darse cuenta, los brazos de Remus ya lo alzaban con cuidado para no lastimarlo. Draco se sostuvo con firmeza de su fuerte cuello, descubriendo en él una larga cicatriz que partía desde su oreja. Cerró los ojos y escondió su rostro en él, sintiendo menos frío al tibio contacto. Y cuando Remus lo abrazó con más fuerza para desaparecer Draco se sintió protegido, como hacía mucho tiempo no se sentía.
Continuará...
Próximo capítulo: Una luz de esperanza.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
También quiero agradecer a la comunidad Slashesp, por otorgar el reconocimiento al tercer lugar a Ojos ciegos, manos suaves, y al primer lugar a El dolor de la primera vez, en sus respectivas categorías. Y por su puesto, a quienes hicieron esto posible con sus votos.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
