Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a DarlReveNoir, Devi y Jazlupin, por sus reviews.
Y a todas aquéllas personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXIX
Una luz de esperanza.
Primera Parte.
Descalza dentro de su habitación en San Mungo, Hermione giraba con lentitud mientras canturreaba la canción que bailara la noche de Navidad con Ron. En suaves ondulaciones, su falda blanca levantaba vuelo cuando sus largas piernas marcaban los giros. Y entonces elevaba los brazos simulando ceñirlos alrededor de su fuerte cuello, que recordaba cálido y firme.
Desde su lugar junto a la puerta, la doctora Sayers la observaba con una sonrisa complacida, a la que ella correspondió con un gran sonrojo cuando se sintió descubierta.
-Te ves radiante, Hermione –la joven recogió algunos rizos sueltos alrededor de su rostro, atándolos al resto de su melena con un lazo rojo, mientras tomaba asiento en la cama, junto a su doctora-. Parece que tu visita a la familia Weasley te ha dejado un buen sabor de boca.
-Ellos son personas maravillosas –respondió su paciente, los ojos cafés relucientes de emoción-. Todos se portaron muy bien conmigo. Recordé algunas cosas de mi estancia en ésa casa... y los padres de Ron me invitaron a volver cuando quisiera.
-Y supongo que les tomarás la palabra –la muchacha asintió, convencida de ello-. A partir de ahora te programaré visitas a los Weasley, y a las demás personas que quieras ver, pero fuera del hospital.
-¿Quiere decir que podré salir de aquí cada vez que yo quiera? –la doctora asintió-. Pero... ¿No es muy pronto para eso aún?
-Es obvio que salir de éstas paredes te ha hecho bien –la joven guardó silencio, aceptando sus palabras como ciertas. Aunque le apenaba confesarlo, si por ella hubiera sido se habría quedado más tiempo en ése lugar tan acogedor que era el hogar de los Weasley-. No quiero apresurar tanto las cosas, así que nos concretaremos sólo a las visitas con las que te sientas cómoda.
-¿Eso incluye visitar a Harry en el Colegio, en lugar de que venga él?
-Pero sólo si te sientes lista –respondió la doctora al notar la ansiedad en la voz de su paciente-. De otro modo, él será quien venga a visitarte.
-Me agrada pensar que volveré a ver a Harry... –meditó la muchacha, un poco nerviosa ante la idea-. Y si cree que es conveniente para mí, quisiera ser yo quien vaya a visitarlo a Hogwarts.
-Si eso es lo que quieres, entonces hablaré con el señor Weasley para ponernos de acuerdo. Después de Navidades estarás visitando al señor Potter en el Castillo –la doctora se puso de pie y se dirigió a la puerta-. ¿Cómo vas con tus diarios?
-Estoy comenzando con el noveno –la doctora hizo cuentas y llegó a la conclusión de que Hermione ya iba por su cuarto año en el Colegio.
Ron ya le había contado cómo comenzaron su relación y si la memoria no le fallaba, su atracción mutua se acentuaba en ésa época. Se sintió algo aprensiva al notar que no faltaba mucho para que comenzara a leer en sus diarios sobre sus sentimientos hacia quien consideraba sólo su amigo. Ella era muy lista, y no le cabía duda que en cuanto comenzaran sus sospechas, no pararía de leer sus diarios hasta llegar al último.
-Tómalo con calma –sólo pudo sonreír con ligereza ante la mirada interrogante de su paciente-. Ya hablaremos después –la doctora salió, dejando a Hermione con la pregunta en el rostro.
Después de un momento, la muchacha se dirigió a su mesita de noche para buscar su diario, que abrió en las primeras páginas. Le encantaba la idea de volver a Hogwarts. Aún tenía muchos temores, pero por medio de sus memorias ella sabía que en ése lugar había sido muy feliz. Se había sentido a gusto al volver a la Madriguera, y algo en su interior le decía que no sería diferente cuando volviera al que había sido también como su hogar.
La señora Weasley le había dicho que cuando dejara San Mungo, la Madriguera seguiría siendo su casa. Si su recuperación marchaba tan bien como hasta entonces, no dudaría en aceptar su invitación. Regresar a la Madriguera era una de las cosas que más deseaba. Pero por ahora, debía concentrarse en recuperar todo aquello que el beso del Dementor le había robado. Suspirando, dejó a un lado sus pensamientos sobre los Weasley para concentrarse en las páginas de su diario.
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Mark Danner ya no llevaba la cuenta de las veces que maldijera su suerte durante ése día, y cuando se vio aún dentro de Hogsmeade maldijo una vez más. Hubiera deseado aparecer en un lugar lejano, donde nadie pudiera encontrarlo. Pero la magia que aún se agitaba dentro de él, rebelde y descontrolada, le prohibió lograr su objetivo. Confiando en que la suerte regresara a su lado emprendió camino hacia la salida del pueblo. Si se daba prisa, estaría dejando Hogsmeade en pocos minutos.
Chocando contra todo lo que se encontraba en su camino, el hombre ignoraba los murmullos de desaprobación que levantaba a su paso. La gente se alejaba de él, esquivando su andar vacilante y su alterado rostro atravesado por la cicatriz. Todas sus fuerzas estaban concentradas en un solo objetivo: Huir. Imaginaba que a ésas horas, el heredero Malfoy ya había sido rescatado y todo el Ministerio estaba tras su rastro. Y sabía que de ser atrapado le esperaba en la prisión de Azkaban una muy larga condena.
Ya había dejado las casas atrás, y estaba muy cerca de la salida del pueblo. Se desvió del camino para internarse entre negros y retorcidos árboles, ocultándose detrás de ellos con la esperanza de no ser visto por un grupo de hombres armados con varitas, a los que reconoció como Aurores. Una ligera sonrisa de triunfo se dibujó en sus labios cuando desde lejos, observó que inspeccionaban el camino en busca de huellas recientes y después emprendían el regreso hacia el pueblo.
Dejó el refugio que los árboles le brindaban para retomar su camino, por el lado contrario a donde acababa de ver a los Aurores. La sonrisa se congeló en su rostro cuando a varios metros de él, una figura oscura que de inmediato reconoció ya lo esperaba. Dos nubes grises, entornadas a la luz de la tarde, siguieron con presteza cada uno de sus pasos mientras Mark retomaba su huída, antes que un agudo dolor en su espalda lo hiciera caer sobre la nieve.
Se puso de pie con gran esfuerzo, sólo para sentir cómo era elevado por los aires, su cuerpo chocando de lleno contra el tronco de un enorme sauce. Los albos cabellos de su socio bailaron sobre sus sienes cuando se acercó a él a paso vivo, la punta de su varita amenazando con hundirse en su cuello en cualquier momento.
-¿Pensaste que podrías huir con el dinero? –Mark negó con la cabeza, la desesperación tatuada en su mirada-. ¿Dónde está la parte que me corresponde?
-No... no lo tengo –la ira que se reflejó en el rostro de su socio, hizo que Mark deseara haber sido atrapado por los Aurores-. No pude cobrarlo... me descubrieron y ahora tengo que huir.
-Hicimos un trato, ¿Lo olvidaste? –le encaró mientras rebuscaba entre sus raídas túnicas la varita que le entregara en el Callejón Knockturn-. Me darías la mitad del dinero y tu deuda conmigo quedaría saldada.
-¡Te devolveré la varita! –Mark cerró los ojos cuando los grises de su socio se oscurecieron-. Así ya no habrá deudas entre nosotros.
-Me temo que las cosas no serán tan sencillas para ti –el susurro peligroso en su voz le puso los pelos de punta-. Al usar ésta varita dejaste en ella tu esencia mágica. Ahora ya nadie más podrá utilizarla.
-Te la pagaré... sólo dame un poco de tiempo –la sonrisa siniestra de su socio fue la única respuesta a su ruego-. Por favor... te juro que te pagaré. Sólo déjame ocultarme por unos días.
-Ya no puedes huir. Sabes bien que te atraparán en cualquier momento –Mark negó con la cabeza, lágrimas de temor surcando su rostro marcado-. Y si te atrapan, nos delatarás.
-¡Nunca diré nada! –la varita que él mismo utilizara para robar la magia de Oliver, se dirigió a su pecho-. ¡Lo juro!
-Lo siento... pero no hacemos tratos con perdedores –los labios de Mark se abrieron en un grito silencioso al sentir que de un solo movimiento, la varita atravesaba su corazón. Su cuerpo sin vida resbaló por el tronco del sauce hasta caer sobre la nieve, tiñéndola de carmesí-. Así es como recuperamos la mercancía que no nos pagan –retiró la varita del cuerpo inerte y después de limpiarla con las viejas túnicas que lo cubrían, se alejó por el camino de regreso a Hogsmeade.
Volvería a vender la varita. El hombre que acababa de dejar atrás ya no la necesitaría. Ya estaba muerto. Y con él, la magia que le robara a Oliver había muerto también.
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Harry tropezaba con las piedras que encontraba en su retorno hacia el Castillo, ignorando el dolor que le causaban. Había tenido que permanecer algunas horas en el refugio para asimilar lo que Sirius le contara. Confundido como estaba, no se había percatado de su ausencia hasta que el fuego que el animago encendiera comenzó a extinguirse haciéndole temblar de frío. Asustado, lo había llamado con todas sus fuerzas, el nombre de Sirius retumbando sin respuesta en cada árbol sin hojas que rodeaba las frías aguas del lago.
Palpó el primer escalón y aceleró sus pasos al saberse dentro del Castillo. Su corazón dolía con una extraña mezcla de tristeza y ansiedad, cuando tomó el camino tan conocido por él hacia las habitaciones que compartía con Severus. Sabía a qué se debía ésa dolorosa sensación, y de quién provenía. Temeroso, pronunció la contraseña del laboratorio y entró, la angustia latente en el ahora delgado hilo de su voz mientras volvía a invocar el nombre de su padrino.
-Sirius... –temiendo recibir el silencio de su ausencia como única respuesta, dejó que su corazón siguiera hablando por él en forma de tibias lágrimas que resbalaron por sus mejillas-. Por favor... no me dejes otra vez...
Un sollozo se ahogó en su garganta, que se unió al de Sirius cuando el hombre posó sus manos sobre su rostro, secando sus lágrimas. Al notar que su padrino lo envolvía entre sus brazos, Harry sintió que volvía a respirar. Se asió del abrazo cariñoso de quien él amaba como a un padre, y dejó que su cabeza adolorida descansara sobre el fuerte hombro, sintiéndose reconfortado.
-Pensé que te habías marchado –Sirius estrechó el abrazo y depositó un suave beso en su frente húmeda a pesar del frío-. Pensé... que harías lo mismo que la última vez.
-No me iré, Harry... –le habló son suavidad, temiendo que ése momento tan especial se rompiera si decía algo que no debía-. Sé que estás molesto conmigo... pero no volveré a huir. No sería lo correcto.
-Estoy muy molesto contigo –Sirius sintió que sus ojos se nublaban al escuchar a su ahijado-. Pero no es lo que piensas. Estoy molesto porque no tuviste la confianza para decirme antes lo que te ocurría.
-Siento mucho no haberlo hecho –Harry guardó silencio, escuchando las sinceras disculpas de su padrino-. No es fácil... vivir con esto toda tu vida. Y cuando el tiempo pasa lo único que se puede hacer es tratar de enterrar los recuerdos y hacer como que nunca existieron.
-Pero eso sólo hizo más grandes tus heridas –Sirius asintió, sintiendo una gran admiración hacia ése joven que a pesar de sus pocos años vividos, veía la vida de una forma tan sensata-. Y de paso... hiciste sufrir a la persona que amo.
-Y no sabes cuánto lo he lamentado, porque sé que también a ti te hice daño –un largo momento de silencio siguió a sus palabras. Harry se deshizo del abrazo en que se hallaba, para buscar el rostro de Sirius y atraparlo entre sus manos-. ¿Algún día me perdonarás?
-Lo haré sólo con una condición... –el hombre suspiró, dispuesto a ceder a lo que Harry quisiera pedirle-. Quiero que me dejes ayudarte...
-Harry... –las palabras se atoraron en la garganta de Sirius, y el muchacho volvió a abrazarse a él, consciente de lo que el hombre estaba sintiendo-. Nunca pensé... después de lo que les hice... no lo merezco.
-Tú eres una de las personas que más quiero. Y ahora que sé la verdad puedo comprender tu actitud, aunque eso no significa que la acepto.
-Lo sé... –admitió Sirius, sintiendo que un gran peso se había liberado de sus hombros al contarle toda la verdad a su ahijado-. Haré lo que tenga que hacer... y lo haré sólo por ti.
-No quiero que lo hagas sólo por mí –se separó de él mientras continuaba-. Quiero que lo hagas por ti. Quiero que me demuestres que estás dispuesto a olvidar el pasado y perdonar.
No fue necesario que Sirius le respondiera, porque el joven pudo sentir que dentro de su cálido abrazo nacía una firme promesa. Y supo que lo haría, porque ahora Sirius no estaba solo. Ahora los tenía a Remus y a él para ayudarlo a sanar sus heridas.
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Draco dormía en una habitación en San Mungo, en observación después de que la fiebre le fuera controlada y su rodilla atendida. Su insistencia por ver a Oliver había sido tan grande como el dolor en su pierna, por lo que a Lucius no le había quedado otra opción que ordenar a una enfermera que lo sedara. En otra ala del hospital y vigilado por Poppy, la poca magia que le quedaba a Oliver apenas lograba sostenerle.
A través del ventanal de la habitación de su hijo, Lucius vio cómo la tarde avanzaba con gran rapidez. Conscientes que al esperar en San Mungo perdían un tiempo muy valioso, Severus y Remus se habían integrado al grupo de Aurores que Arthur dirigía. Y ahora se encontraban peinando todo Hogsmeade y sus zonas aledañas, esperando dar con Mark Danner antes de que fuera demasiado tarde para el muchacho.
Lucius dejó a una enfermera a cargo de su hijo, y salió de la habitación en busca de alguna noticia proveniente del Ministerio. Su silla de ruedas recorrió con rapidez los largos pasillos que separaban las habitaciones de ambos muchachos, hasta que la figura de Arthur a lo lejos lo hizo detenerse de inmediato. Al verlo, el pelirrojo caminó hacia él y la preocupación latió dentro de Lucius al ver que el Auror venía solo.
-¿Hay noticias de Danner? –Arthur asintió, sus ojos azules reflejando una enorme aflicción-. ¿Dónde está? ¿Por qué no lo trajiste contigo?
-Las noticias que traigo no son buenas, Malfoy –dar malas noticias era lo que Arthur más odiaba en el mundo. La mirada seria del rubio lo instó a continuar-. Lo encontramos a las afueras de Hogsmeade... alguien atravesó su corazón matándolo al instante.
A Lucius le tomó varios segundos asimilar la noticia. Cuando al fin lo hizo, su rostro enrojeció de rabia.
-Se suponía... que debían encontrarlo vivo –Arthur guardó silencio, pues sabía muy bien el significado de sus palabras-. Que tenían que traerlo hasta aquí y obligarlo a devolver la magia que robó...
-Lo sé, Malfoy. Y lo lamento mucho –aceptó el Auror, avergonzado-. Encontraremos al responsable de esto.
-El único responsable ya está muerto –a pesar de que sus palabras fueron dichas en un suave susurro, Arthur pudo percibir la enorme frustración del aristócrata-. Y la magia de ése muchacho ha dejado de existir con él.
Arthur suspiró con pesar cuando entendió que ya nada podía hacer para ayudar. Lucius ya no quiso seguir hablando. Maniobró su silla para alejarse en dirección hacia su destino inicial. En la habitación de Oliver, Poppy se hallaba sentada junto a él, tomando su mano. Cuando Lucius entró a la habitación secó con disimulo las lágrimas que recorrían su afligido rostro.
-¿Hay alguna noticia? –como no recibiera respuesta por parte del rubio, supuso que aún no encontraban al padrastro de su auxiliar-. Tienen que darse prisa... el tiempo se está acabando.
-Draco tiene una herida seria en la pierna, y quiero que lo examines –Poppy frunció el ceño, extrañada por el comentario tan repentino y fuera de lugar. No pudo evitar sentirse molesta cuando vio que la preocupación de Lucius se concentraba sólo en su hijo cuando frente a él, Oliver y su bebé estaban muriendo.
-Lo siento, Lucius –le reclamó, molesta y dolida-. Pero tu hijo tendrá que esperar. Oliver me necesita ahora y no voy a dejarlo solo.
-Y yo quiero que vayas a ver a mi hijo. Ahora –la voz autoritaria de Lucius sólo logró enfurecer a la enfermera.
-¡De ninguna manera! –su rostro enrojeció de indignación, lo que a Lucius pareció no importarle en lo absoluto. Aún así, permaneció sentada en la cama junto a Oliver-. ¡No me moveré de aquí bajo ninguna circunstancia!
-Bien... tú lo has querido –Poppy no comprendió el tono amenazante de su voz hasta que Lucius le apuntó con su varita-. Desmaius.
Después de depositar el cuerpo desmayado de la enfermera sobre la cama contigua, Lucius acercó su silla a la cama de Oliver. Con gran esfuerzo, se incorporó hasta ocupar el lugar que Poppy acababa de dejar contra su voluntad. A su lado, el muchacho parecía dormir un sueño muy profundo. La mano elegante del rubio se posó sobre su frente mientras hacía a un lado los mechones que la cubrían.
Observó por un momento su rostro dormido, y su mirada azul recorrió el largo cuerpo cubierto por la sábana. Sus ojos se detuvieron sobre el vientre abultado que la blanca tela arropaba, y la mano del hombre abandonó la frente para posarse sobre él con suavidad. Sin retirar la mano de su vientre, Lucius pronunció un hechizo mientras colocaba la punta de su varita sobre el muchacho. Una blanca luz inundó la habitación, envolviendo el cuerpo de Oliver e iluminando todo el espacio que los rodeaba.
Los primeros copos de nieve cayeron cuando las últimas luces de la tarde ya se ocultaban detrás del horizonte. Un postrer rayo de sol se coló por la ventana dibujando un arco iris sobre el inmaculado cristal. Pero ni Poppy, ni Oliver ni Lucius tuvieron la oportunidad de contemplarlo.
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Harry amaba los momentos de tranquilidad con Severus, cuando al anochecer compartían el sillón negro frente a la chimenea y al suave calor de las llamas el profesor leía para los dos. Entonces, el joven se deleitaba escuchando su grave voz llenando el espacio, y creando una relajante armonía con el suave crepitar de las brazas encendidas en escarlata. Podía sentirlas cálidas, y las imaginaba chispeantes y saltarinas. Y alegres como su corazón ésa noche de sosiego y buenas noticias.
Algunas veces atendía a lo que Severus leía, y compartía con él los encantos de una buena lectura. Otras, sólo recargaba su cabeza sobre el fuerte hombro y se dejaba arrullar por ésa sedante voz que lo adormecía. Cuando eso ocurría, el hombre dejaba el libro a un lado y depositaba un beso en sus labios. Si el beso era correspondido, les esperaba una larga y agitada noche. Pero si Harry sólo sonreía entre sueños, entonces Severus se encargaba de llevarlo a la habitación y arroparlo.
Ésa noche, el sueño había vencido a Severus más pronto de lo acostumbrado. Sabiendo que no podía levitarlo sin arriesgarse a golpearlo contra algo, lo recostó sobre su regazo para escuchar su lánguida respiración y sentirla muy cerca de sus labios. Se dedicó a delinear con sus dedos cada centímetro del rostro maduro, sintiendo bajo ellos las tenues líneas que la edad y muchos años de amargura dejaran sobre sus sienes. No era un hombre guapo y sin embargo, se había enamorado de él sin pensarlo demasiado.
Sonrió. Tal vez algún día se atrevería a contar a su descendencia la historia sobre cómo había pasado de odiarlo tanto, a amarlo con todo su ser. Dejó de acariciar el rostro de su pareja y llevó su mano hacia su propia sien, donde el dolor aumentaba. Apretó los dientes con fuerza para no gemir. El Cefalserum parecía surtir menor efecto cada vez y eso comenzaba a preocuparle. Un molesto zumbido en los oídos le hizo sacudir la cabeza para alejar la sensación de abejas rondando cerca de él.
Severus se revolvió inquieto sobre su regazo. Harry enredó sus dedos entre los negros cabellos y el hombre siguió durmiendo, agotado por la agitación de las últimas horas. Aguzó el oído al escuchar unos pasos amortiguados a su espalda, que reconoció en segundos. Saludó a su padrino mientras esbozaba una ligera sonrisa.
-Hola, Sirius.
-Hola, Harry. Quería preguntarte si... –el animago se detuvo de golpe al descubrir que Harry no estaba solo-. Lo siento... creo que será mejor que te deje...
-Espera... necesito que me ayudes a llevarlo a la habitación –el muchacho pudo percibir la duda en su padrino, y sonrió-. No te preocupes, está tan cansado que no se va a dar cuenta de nada.
Sirius lo pensó durante un momento más antes de decidirse. Instantes después, depositaba el cuerpo dormido del profesor sobre las sábanas negras que cubrían la única gran cama de ésa habitación.
-Sólo deja que lo arrope, y entonces podrás hablarme de lo que quieras.
Su padrino asintió y se dirigió a la puerta, donde se detuvo para observar los movimientos de Harry. El muchacho avivó las llamas de la chimenea y con cuidado para no despertar a su pareja, lo cubrió con una gruesa frazada que yacía a los pies de la cama. Severus apenas se movió y Harry esperó con paciencia hasta que su respiración se normalizó antes de darle un ligero beso en los labios. Al verlo, Sirius sintió que su corazón se apretaba con un extraño sentimiento.
-Ven, acompáñame a la sala –la voz de Harry no le dio tiempo para analizar lo que estaba sintiendo. Dirigió una última mirada hacia la cama antes de seguir a su ahijado y sentarse junto a él, frente a la chimenea-. ¿Querías preguntarme algo?
-Quería saber si ya habían encontrado a los muchachos. Pero por lo que pude observar, parece que ya se ha resuelto todo.
-Creí que Remus te lo había comentado.
-No lo he visto desde quién sabe cuándo –el animago se distrajo en hojear el libro que hasta momentos antes, yacía olvidado en una esquina del sofá-. Por lo que veo siempre soy el último en enterarme de todas las cosas que suceden por aquí.
-Eso parece. Deberías aparecerte por aquí más seguido –el tono de broma en la voz de Harry, hizo que los humos negros que rondaban a su alrededor se dispersaran de inmediato-. En realidad me enteré apenas hace unas horas. Y Remus aún debe estar en San Mungo haciendo compañía a los Malfoy.
-Entiendo. Será mejor que me vaya, ya es algo tarde –Sirius hizo amago de levantarse, pero se detuvo cuando notó que Harry tanteaba el espacio, buscándolo-. ¿Se te ofrece algo más?
-Me gustaría que me acompañaras un rato más, si no tienes alguna otra cosa qué hacer –Sirius asintió y volvió a su lugar junto a él. Al sentir que su padrino se relajaba, el muchacho recargó su cabeza adolorida contra el respaldo del sofá, relajándose también-. Cuéntame... ¿Qué tanto haces en el Londres Muggle?
-Nada interesante en realidad... –confesó el animago-. Hay un pequeño bar que me gusta visitar. El dueño me atiende muy bien y nadie me molesta. Es un buen sitio para relajarse y conversar de cosas sin importancia.
-¿Y alguna cita? Es decir... alguna chica que frecuentes –Harry sintió que el cuerpo de Sirius se tensaba por un instante-. Si no quieres hablar de eso...
-Está bien, no pasa nada –el muchacho sintió que el cuerpo de su padrino volvía a relajarse contra él-. He salido con algunas mujeres... pero hasta ahora nada que pudiese sugerir algún compromiso, al menos no de mi parte.
-Eso significa que aún no has encontrado a tu otra mitad –Sirius asintió en silencio a la conclusión acertada de su ahijado-. Avísame cuando la encuentres. Me encantará conocerla.
-Déjame conocerla a mí primero, ¿De acuerdo? –Harry rió con ligereza y recargó su cabeza contra su hombro cuando el brazo del animago lo rodeó con cariño-. En realidad no tengo mucha prisa. Así que tal vez debas esperar bastante tiempo antes de que llegue a presentártela.
-Quién sabe... –Harry cerró los ojos y se dejó arrullar por el crepitar del fuego frente a ellos. Sirius ya no respondió. Sólo suspiró mientras sentía los alborotados cabellos de Harry haciendo cosquillas bajo su mentón. Momentos después, la respiración pausada de su ahijado le indicó que se había quedado dormido.
Sin ánimos de despertarlo, permaneció sosteniéndolo por un largo momento, hasta que sintió que el sueño comenzaba a vencerlo. Dudó entre dejarlo dormir en el sofá o llevarlo a la habitación, donde Snape ya se encontraba ocupando el otro lado de la cama que compartían. Al final, decidió que dejarlo ahí no sería correcto. Levitó el cuerpo del muchacho y lo depositó sobre la cama con cuidado, para después abrigarlo con la frazada que cubría también al profesor.
Dio un último vistazo antes de marcharse. Pudo ver que el cuerpo de Harry ya se encontraba envuelto entre los brazos de su pareja, y su cabeza escondida bajo su cuello. Cerró la puerta en silencio y salió del Castillo rumbo a su departamento. Él también estaba cansado y necesitaba descanso con urgencia. Un sentimiento de pesar lo invadió al llegar a su habitación donde una lujosa, pero enorme cama vacía le recordó que a él nadie lo esperaba.
No tenía mucha prisa en llenar ése lado vacío de su vida y sin embargo, el sentimiento de pesar lo acompañó durante los pocos minutos que permaneció despierto. El mismo sentimiento que lo había inundado cuando en sus habitaciones privadas, Harry se esmeraba en hacer que el sueño de su pareja fuese sereno.
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Pasar toda una noche en San Mungo como paciente nunca fue algo muy agradable para Lucius. Así que cuando las blancas paredes que rodeaban su cama comenzaron a teñirse de un tenue áureo con las primeras luces del alba, el hombre ya terminaba de ajustar sobre la espalda su túnica de terciopelo negro. La silla de ruedas esperaba en un rincón para ser convocada en su auxilio, cosa que el mago rechazó. Dejó la cama y comenzó a caminar hacia ella con gran esfuerzo, sosteniéndose de las paredes.
Sus rubios cabellos danzaron sobre sus hombros, confundiéndose con los rayos del sol matinal que ya invadían gran parte de la habitación. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en sus labios cuando la silla de ruedas le dio la bienvenida con un merecido descanso. Permaneció sentado frente al ventanal, mirando sin ver el ir y venir de pacientes y enfermeros, unos pisos más abajo. Un tímido toque en la puerta y ésta abriéndose despacio para dejar ver la figura de Oliver, hizo que el hombre desviara su atención de la ventana.
-Buenos días, señor Malfoy... –el hombre respondió a su saludo con un serio asentimiento, mientras lo invitaba a tomar asiento en la salita contigua. Oliver aceptó su ofrecimiento y se retorció las manos, nervioso al no saber por dónde comenzar-. Supe... todo lo que usted hizo anoche por mí. Y sólo vine a darle las gracias.
-No tienes porqué –fue la respuesta del aristócrata-. No me debes nada.
-Le debo la vida, señor. La mía y la de mi bebé –Lucius le dio la espalda, sin darle demasiada importancia a una acción que había marcado la diferencia entre la vida y la muerte del muchacho que ahora se encontraba detrás de él-. Dígame de qué forma puedo pagarle. Aunque no hay nada que pueda hacer para igualar lo que usted ha hecho por mí.
Lucius lo observó por un instante. Al parecer, el auxiliar de Poppy se le había escapado de la habitación en un descuido, pues aún vestía la bata de hospital. El vientre abultado bajo ella más evidente que nunca, y sus negros cabellos despeinados. Supuso que acababa de enterarse de lo ocurrido y no lo había pensado dos veces para ir a verle. Lo meditó por un instante y sus ojos azules se posaron sobre los cafés, que se encontraban a la espera de una respuesta de su parte.
-¿Qué es lo más importante en tu vida? –la pregunta del rubio descolocó al joven, que reaccionó para responder de inmediato.
-Lo más importante en mi vida es mi bebé, señor –Lucius asintió en silencio, pues ya esperaba ésa respuesta.
-Entonces está de sobra decirte qué es lo más importante para mí.
Lucius supo que el muchacho había comprendido cada una de sus palabras, cuando lo vio sonreír mientras pensaba en unos hermosos ojos grises. Oliver suspiró sin querer ante el recuerdo de la calidez de sus brazos y la dulzura de sus labios. Iba a decirle algo, pero la llegada de Remus se lo impidió. El profesor de Defensa lo miró con ojos traviesos antes de abrazarlo, contento de verlo en pie.
-Tu jefa está buscándote como loca –Remus se separó de él, y el muchacho sonrió al imaginarse a una despeinada Poppy recorriendo todo el pasillo en su búsqueda-. Y dijo que si en dos minutos no apareces, dará la alarma a todo el hospital.
-Entonces... será mejor que me vaya –se volvió hacia Lucius, que había dejado su lugar junto al sillón para volver al ventanal-. Estoy en deuda con usted, señor Malfoy.
Lucius no respondió al momento. Dejó que sus azules ojos se llenaran con la luz del sol antes de volverse hacia Oliver.
-Si quieres saldar tu deuda conmigo, sólo te sugiero que no olvides lo que acabo de decirte.
-Le prometo que no lo olvidaré, señor –fueron sus palabras antes de despedirse del profesor con un ligero cabeceo y salir de la habitación.
Un breve momento de silencio siguió a la partida de Oliver. Desde su lugar junto a la ventana, Lucius pudo observar cómo los ojos dorados de su pareja brillaban al contacto con la luz del Astro Rey.
-Y hablando de Poppy... –comenzó el profesor, negándose a mirarlo-. Está furiosa por lo que le hiciste. Dice que si le hubieses hablado de tus planes, ella con gusto te habría ayudado.
-Como pudiste ver, no necesité ayuda –Lucius hizo su silla para atrás cuando los ojos ambarinos se posaron sobre él, el enojo latente en ellos.
-¿Qué no necesitaste ayuda? –el rubio frunció al ceño al ver el rostro iracundo del profesor. Lo había visto enojado alguna vez, pero nunca de ésa manera-. ¿Sé puede saber en qué demonios estabas pensado cuando lo hiciste?
-La situación no requería detenerse a pensar, Remus –se excusó el rubio, sin dejar que la mirada furiosa del profesor de Defensa lo intimidara-. De haberlo pensado, ése muchacho no estaría vivo ahora... ¿Acaso tú estás molesto porque lo ayudé?
-¿De qué hablas? ¡Claro que no! –Remus sacudió la cabeza, negándose a creer que Lucius no hubiese comprendido su enojo. Se acercó a su pareja y se inclinó sobre él-. Lo que hiciste por Oliver fue... maravilloso –su mirada volvió a tornarse seria cuando prosiguió-. Pero no debiste hacerlo solo. ¿Qué hubiera pasado si a Oliver se le ocurre exigir toda tu magia para él? Alguien más debió estar ahí para vigilar que no sucediera algo así.
-Pero no lo hizo, así que no sé cuál es tu problema.
-Corriste un grave peligro, y lo sabes. Tuviste mucha suerte de que Oliver sólo tomara la magia que necesitaba –Lucius no respondió. Él estaba más consciente que nunca de ello, y la prueba era que no había despertado en toda la noche, debilitado por la merma de su gran poder mágico. Un escalofrío lo recorrió al imaginarse como un squib, pero el escalofrío se disipó cuando sintió la mano de Remus sobre su rostro, en sus ojos ambarinos mil preguntas que necesitaban ser respondidas-. ¿Por qué lo hiciste? Es decir... era la magia de tu esposa... un regalo de ella para ti.
-¿Me preguntas si me fue fácil renunciar a ella? –su pareja asintió-. No, Remus. Era... algo muy especial para mí. Incluso llegué a pensar que estaría siempre conmigo.
-¿Y entonces?
-La noche de la última batalla, el padre de ésa criatura dio su vida por mi hijo –al escucharlo, todas las dudas de Remus quedaron aclaradas-. Tenía una deuda pendiente con él.
-Entiendo... y estoy seguro que Draco sabrá apreciarlo –Lucius sólo se encogió de hombros, mientras terminaba de colocarse sus alhajas. Remus lo entendió como una clara señal de que la conversación al respecto acababa de terminar.
-Hay algo de lo que necesitamos hablar –el profesor se sentó en la orilla de la cama, a la espera de lo que Lucius tuviera qué decirle-. Es sobre lo ocurrido la noche de Navidad.
Al recordar ésa noche en que Lucius rechazara su acercamiento, Remus volvió a sentirse herido. Se puso de pie intentando evadir el asunto.
-Olvídalo. No tienes por qué darme explicaciones –Lucius lo miró sin entender. Presentía que detrás de la actitud tan esquiva de su pareja, había algo mucho más profundo que lo ocurrido aquella noche-. Comprendo que aún sigas amando a tu esposa. Yo... de verdad lo entiendo.
-No lo entiendes. Quiero estar contigo –Remus se volvió hacia él, temeroso de creer en lo que Lucius le decía. Aún le dolía aquella conversación entre padre e hijo que él escuchara sin querer-. Y si por mí fuera, ahora mismo nos iríamos a mi cabaña en Alberta.
-¿Y luego? –la pregunta ansiosa de Remus lo hizo sonreír con ligereza-. Es decir... no veo problema en ello. Si tú quieres y yo quiero...
-No es algo tan sencillo para mí, Remus –los ojos dorados se entrecerraron, y un largo suspiro escapó de los labios del profesor cuando volvió a sentarse en la orilla de la cama, en un gesto que a Lucius le pareció de derrota y al mismo tiempo de disgusto-. Puedo notar que estás molesto.
-No sé si estoy molesto... no lo sé –Remus se pasó ambas manos por el rostro, tratando de aclarar sus pensamientos, y Lucius acercó su silla hasta quedar frente a él-. Es sólo que... hace algún tiempo escuché una discusión entre Draco y tú –Lucius permaneció serio, tratando de hacer memoria-. Afuera de la Casa de los gritos.
-¿Qué hay con ésa discusión? –Remus lo miró sorprendido al ver que su pareja no daba tanta importancia a ésa conversación-. ¿Y bien?
-Tú le dijiste a Draco que siempre amarías a su madre –Lucius sólo guardó silencio ante la confesión de su pareja, al parecer sin nada importante que declarar al respecto-. ¿No piensas decirme nada?
-No tengo nada qué decirte –el dolor en la mirada ambarina confundió más a Lucius, que lo dejó pasar mientras continuaba-. Todo lo que le dije a Draco es verdad.
Remus apretó los puños con fuerza y se levantó para dirigirse al ventanal. Afuera, la mañana entraba radiante de sol, filtrándose por los cristales e iluminando todo el espacio. Pero su mirada ambarina se perdió más allá de la distancia. Su alma volvía a sangrar. Y por la misma herida de siempre. La misma que cerraba con nuevas ilusiones, para abrirse de nuevo cuando caía en la realidad que la soledad siempre sería su única compañera.
-Está bien... que no se diga que no lo intenté –con un suspiro de derrota, el profesor dejó la ventana para dirigirse hacia la puerta.
-¿Qué haces?
-Deseaba con toda mi alma... llegar a ser alguien especial en tu vida. Pero todo este tiempo tu corazón siempre ha estado con ella y es obvio que yo... nunca significaré nada importante para ti –al oírlo, Lucius se levantó de la silla y haciendo un enorme esfuerzo caminó hacia él.
-¿Por qué me estás diciendo todo esto? –Remus se detuvo cuando sintió que la mano del rubio se aferraba a su brazo, con tanta fuerza que dolió. Y ése dolor en su mirada hizo que Lucius lo soltara para dejarlo marcharse-. ¿Qué es lo que no ha quedado claro entre nosotros, Remus? –fue la pregunta que lo ocupó durante el tiempo que permaneció frente a la puerta cerrada esperando su regreso, que nunca ocurrió.
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Draco estaba ansioso por regresar al Castillo. Sólo debía esperar a que se arreglaran algunos papeles y la oficina le presentara la cuenta de los gastos a su padre, para poder marcharse. Sentía una incómoda molestia en la pierna, pero podía caminar con libertad sin abusar de ella. Si todo iba bien, en menos de una semana su rodilla estaría como nueva. Terminó de vestirse, ansioso por saber más noticias.
Durante la noche, Remus le había contado todo lo ocurrido entre su padre y Oliver. Y Draco seguía sin poder creerlo. Su corazón latió con renovadas fuerzas al pensar en él. Las ansias por ir a verlo a su habitación aumentaban conforme pasaban los minutos. Ya quería que su padre llegara con todo arreglado para poder ir a buscar al moreno y sacarlo de ése horrible lugar.
La puerta se abrió y la silla de ruedas de su padre atravesó el umbral. Draco lo saludó con la mirada, gesto que Lucius respondió de la misma forma.
-El carruaje ya espera por nosotros... ¿Estás listo para marcharnos? –Draco asintió mientras se colocaba su fina túnica, reparada con un hechizo-. ¿Hay algo que quieras hacer antes de partir hacia el Castillo?
-Quiero... agradecerte lo que hiciste por Oliver –Lucius levantó una mano, negándose a volver a hablar del asunto. Su hijo se inclinó sobre él hasta donde su pierna se lo permitió, con una mirada que al instante le recordó a la que Remus le dirigiera minutos antes-. Jamás me imaginé que serías capaz de entregarle a alguien la magia que mi madre te regaló.
-¿Hubieras deseado que no lo hiciera?
-Imagino... que debió ser difícil para ti renunciar a ella –su padre guardó un silencio afirmativo-. Y te agradezco que se la entregaras a alguien tan importante para mí.
-¿Qué sientes por ése muchacho? –Draco tardó en responder, tras lo cual se incorporó de su lugar junto a su padre para recorrer la habitación con pequeños pero firmes pasos.
-No lo sé... –respondió con total honestidad-. Creo que me gusta. Mucho.
-¿Y él? ¿Siente lo mismo?
-No hemos hablado al respecto –se volvió hacia su padre, y el hombre pudo notar el pesar en su voz cuando prosiguió-. Supongo que él no siente lo mismo que yo. Blaise... aún está muy presente entre nosotros.
-Pues deberías averiguarlo. Y si él también siente algo no dejes pasar la oportunidad –Draco lo miró con sospecha-. ¿Acaso ya olvidaste quién eres?
-Soy un Malfoy –respondió su hijo con altivez.
-Sí. Y los Malfoy siempre obtenemos lo que queremos.
Draco sonrió con malicia y se acercó a su padre para estrecharlo en un afectuoso abrazo. Lucius sólo suspiró, mientras dejaba que la muestra de cariño de su hijo le llenara el corazón.
-Lamento haberme alejado de tu lado –se separó del abrazo para sentarse en la cama-. Me hubiera gustado mucho verte dando tus primeros pasos sin la silla.
-Aún podemos recuperar el tiempo perdido –Draco asintió, en total acuerdo con su padre-. Las terapias aún no terminan y son más intensivas que nunca.
-¿No le molestará al profesor Lupin que le robe parte de tu tiempo?
-No debes preocuparte por eso. Sé que él lo entenderá –en el fondo, el hombre deseó que fuera verdad lo que acababa de decir-. Sé que piensas que Remus es el culpable de nuestro distanciamiento, pero no es así. Y no quiero que sigas con eso.
-Lo sé. Nunca tuvo que ver con él –Draco suspiró mientras trataba de explicar las razones que lo movieran a comportarse de ésa manera-. Nunca lo consideré responsable de nada. Estaba muy celoso porque sentía que apenas te acababa de recuperar y él sólo había llegado para alejarme de tu lado. Quería que toda tu atención fuera para mí.
-No te puedo culpar por eso –admitió su padre con pesar-. No fui lo que podríamos llamar un padre ejemplar.
-Tampoco fuiste un mal padre –recalcó su hijo-. Sólo un padre bastante... ausente. Y la presencia del profesor me hizo sentirme invisible para ti otra vez.
Lucius sonrió con ligereza ante la honestidad de su hijo. Era la primera vez en mucho tiempo que se permitían tener una conversación como ésa.
-Tú nunca perderás tu lugar, como mi hijo que eres –Draco posó sus grises ojos sobre él, dispuesto a escucharlo-. Pero quiero que te quede claro que Remus es alguien muy especial en mi vida. Y quiero que hagas el intento por aceptarlo como parte de tu vida también.
Draco lo meditó por un largo momento. Le agradaba saber que seguía siendo importante para su padre. Y de alguna manera podía comprender que él amara a un hombre tan agradable como Remus Lupin. Durante toda ésa noche había despertado varias veces a causa del dolor en su pierna, y había sido el profesor quien le diera de beber sus pociones a sus horas, y velar su sueño. Tenía que admitir que era una gran persona.
-¿Qué hay de mi madre? –Draco pudo advertir cómo el rostro de Lucius se ensombrecía por un instante-. ¿Vas a olvidarla?
-Nunca olvidamos a quien tanto llegamos a amar –Draco cerró los ojos, sintiéndose identificado con ésas palabras-. Pero eso no significa que no tengamos el derecho de volver a hacerlo –al oírlo, una sonrisa se dibujó en los labios de su hijo. Se puso de pie para dirigirse a la puerta-. ¿Adónde vas?
-A repetir ésas palabras que acabas de decirme, antes de que se me olviden.
Lucius siguió a su hijo por el pasillo, hasta verlo doblar en una esquina. Él también se sabía con el derecho de volver a amar, y estaba poniendo todas sus fuerzas en ello. Pero aún le dolía la muerte de Narcisa. Aún le dolía su ausencia. Y lo único que él quería, lo único que él deseaba era que Remus lo comprendiera.
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Oliver respiró con fuerza por enésima vez ésa mañana. El ir y venir de una preocupada Poppy exigiendo la mejor de las atenciones hacia su persona, comenzaba a crisparle los pocos nervios que le quedaban. Ella lo quería y era su manera de demostrárselo, cosa que le agradecía con el alma. Pero él se sentía mejor que nunca con la magia que Lucius le cediera.
Y si su imaginación no le estaba jugando una mala pasada, podría jurar que se sentía incluso mucho más fuerte que antes de que Mark le robara su magia. No había duda que los señores Malfoy eran magos muy poderosos, pues podía sentir con claridad la fuerza avasalladora con la que su magia ahora corría por sus venas.
Se sentía extraño pero a la vez renovado, lleno de vitalidad... y ansioso. Muy ansioso. Y no había ido a visitar a Draco, sólo porque sabía que la enfermera volvería a poner el grito en el Cielo si se le escapaba de nuevo. Tratando de ahuyentar de su mente la fuerte tentación de hacerlo, terminó de arreglarse y se dispuso a esperarla para marcharse juntos al Castillo.
Fue por ésa razón que cuando la puerta se abrió, Oliver no se tomó la molestia de apartar sus ojos cafés del ventanal, desde donde podía apreciar una magnífica vista de las terrazas cubiertas de nieve. Esperaba escuchar la voz de la enfermera llamándole, pero en vez de eso, el silencio que siguió al ruido de la puerta cerrándose hizo que se volviera, intrigado.
En medio de la habitación, un rayo de sol iluminó los rubios cabellos de Draco, y a la mente de Oliver regresó el instante en que lo viera por última vez antes de perder la conciencia. "Sigue pareciendo un ángel..." Pensó al tiempo que se acercaba con lentitud a él, su cabeza ladeada mientras observaba en sus ojos grises el mismo brillo intrigante. Sólo que ésta vez había un dejo de travesura en ellos.
Draco suspiró cuando su rostro fue envuelto entre las dos manos morenas, y su frente se unió a la de él, sus mechones rubios enredándose entre los negros de Oliver.
-Quería verte antes de partir –le susurró, sus labios tan cerca que Draco tuvo que reprimir la tentación de envolverlos con los suyos-. Para decirte lo mismo que le dije a tu padre... no habrá nada que pueda hacer para pagarles todo lo que han hecho por mí.
-Yo no hice nada por ti –le contradijo el rubio, afligido ante el recuerdo del día anterior-. No pude evitar que ése hombre te robara tu magia.
-Has hecho por mí, mucho más de lo que te puedes imaginar –Draco miró sus ojos cafés, esperando alguna burla en ellos. Se sorprendió cuando Oliver dibujó una ligera sonrisa en sus labios mientras continuaba-. Has sido mi apoyo en los momentos más dolorosos de mi vida y has estado a mi lado cuando más he necesitado de un consuelo. No sólo has sido testigo de mis lágrimas y de mis momentos de felicidad... también has formado parte de ellos.
-Oliver... hay algo que necesito que sepas...
-Sé... que sientes algo por mí –aunque eso no era lo que trataba de decirle, Draco guardó silencio, incapaz de desmentir sus palabras-. No me había dado cuenta, hasta que tuvimos la oportunidad de compartir momentos a solas en mi casa.
-¿Te molestó que te besara? -Oliver lo meditó por un breve instante, antes de deslizar su mano de su rostro para acariciar su largo cuello mientras respondía.
-Eso no fue un beso... –Draco cerró los ojos cuando sintió sus dedos rodeando su nuca. Anhelante, envolvió su cintura hasta donde sus brazos se lo permitieron-. Esto, es un beso...
Lo siguiente que sintió, fue la humedad de unos suaves labios posándose sobre los suyos. Sorprendido, cerró los ojos y correspondió estrechándole con fuerza y profundizando el beso. Ambos gimieron ante el contacto que fue tímido y dulce al principio. Luego más húmedo, atrevido y juguetón. Y fue mágico por ser el primero. Y apasionante porque a ése le seguirían muchos más si alguna vez ésa deliciosa boca lograba separarse de la suya.
-¿Eso significa que yo también te gusto? –le preguntó cuando momentos después lograba recuperar el aliento.
-Sería un tonto si negara algo tan obvio como eso –el rubio sonrió ante la respuesta tan directa del moreno, que sin dejar de estrechar su cuello lo miró a los ojos con profunda seriedad, rompiendo a medias el encanto que los envolvía en ése momento-. Pero necesito que entiendas que aún... me duele su ausencia.
-Te entiendo –respondió Draco, su corazón latiendo confundido entre la felicidad y el dolor. De la misma forma en la que el corazón de Oliver latía-. Lo entiendo mejor de lo que te imaginas.
-No sé si algún día lograré olvidarlo... y no sé si de verdad quiero olvidarlo –al escucharlo, Draco recordó de repente las palabras que su padre le dijera minutos antes. Acercó sus labios a su oído para decírselas y cuando terminó, pudo ver que una lágrima se deslizaba por su mejilla.
-Creo que tenemos derecho. Aunque no sepamos aún si estamos destinados a estar juntos por el resto de nuestros días.
Oliver sonrió mientras levantaba su mirada café hacia él. Era una sonrisa que encerraba tantos sentimientos, que Draco se sintió estremecer.
-Yo también quiero intentarlo –fue su respuesta antes de atrapar sus labios otra vez en un beso ligero, pero lleno de promesas-. Y sobre lo otro... podemos dejar que el tiempo lo decida.
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Ésa mañana fría de principios de febrero, Ron se sentía algo aprensivo mientras se dirigía hacia la oficina de la doctora Sayers. Tenía pensado visitar a Hermione y de paso, pedir la autorización de su doctora para invitarla a cenar a un lugar bonito donde celebrar el día de San Valentín, que estaba próximo. Tenía mucho trabajo en el restaurante, y apenas había podido ir a ver a Hermione unas tres veces cuando mucho, pues las ocasiones que ella visitaba a su familia, él se encontraba trabajando.
No había querido analizarlo, pero durante sus últimas visitas él venía notando un comportamiento extraño en su novia cada vez que lo veía. La doctora Sayers le había comentado que trataría de reducir las dosis de antidepresivos para que aprendiera a dejarlos poco a poco. Y la última vez que la vio la notó ausente y callada. Casi no le puso atención cuando le hablaba y supuso que se debía a las razones que la doctora le había explicado, por lo que decidió no darle demasiada importancia.
Se ajustó su sencilla túnica sobre la espalda y peinó sus cabellos rojos con los dedos antes de tocar a la puerta de cristal, que se abrió cediéndole el paso. La doctora Sayers apartó su mirada de la terraza para corresponder a su saludo con una mirada seria. Al verla, Ron sintió que algo en su interior se quebraba. Algo andaba mal con su novia, podía sentirlo en el ambiente y en la actitud tan formal de la doctora.
-Estaba por enviarle una lechuza –le informó la psicóloga al tiempo que lo invitaba a tomar asiento frente a ella-. No se alarme, ella está bien... en cierta forma.
-¿Qué quiere decir con eso? –Ron miró la taza de café humeante que apareció junto a su mano, pero era tal su ansiedad que se negó a aceptarla-. ¿Qué le sucede a Hermione?
-Ella ha leído todos sus diarios, señor Weasley.
Al oírla, Ron sintió como si hubiese sido descubierto en un crimen que pretendía ocultar, pero que sabía que tarde o temprano saldría a la luz. Lo incómodo del pensamiento lo hizo suspirar de frustración. Él no era un criminal escondiendo ningún crimen. Él no tenía nada qué esconder ante Hermione, ni de lo que pudiera avergonzarse frente a ella. Aún así, sintió que su actitud de ésas últimas semanas tenía relación con eso. Y era una señal que no le gustaba.
-Quería... pedirle que me dejara llevarla a cenar el día de San Valentín –la doctora le dirigió una suave sonrisa de entendimiento, que al joven le pareció que rayaba en la compasión-. Necesito hablar con ella.
-Hermione me ha pedido que no le deje verla, señor Weasley –Ron sintió cómo su mundo se derrumbaba en un instante cuando la doctora prosiguió-. No ha logrado asimilar que entre ustedes hubiese algo mucho más profundo que una amistad. Y está muy confundida.
-¿Confundida?
-Cuando ella comenzó a sospechar que entre ustedes dos había algo más, se concentró en buscar en sus diarios todas las señales que la llevaron a ésa conclusión –Ron frunció el ceño, tratando de recordar detalles de su relación con Hermione que ella pudiese haber considerado importantes para anotarlas en sus diarios. Movió la cabeza de un lado a otro. Todo lo que ellos habían vivido juntos debía estar escrito en cada una de ésas páginas.
-Y supongo... que está molesta conmigo por no habérselo dicho.
-No está molesta, en lo más mínimo –Ron la miró sin entender, su mente tratando de descifrar el significado de cada palabra que escuchaba-. Para Hermione ha sido doloroso enterarse de sus sentimientos, de su relación... de todo lo hermoso que hubo entre ustedes. Le aflige el darse cuenta que a pesar de que los diarios le han dicho todo, ella no puede asimilar como suyo lo que ahí lee. Ella... no lo siente.
Ron se puso de pie y se paró frente al enorme ventanal. La terraza estaba vacía y casi podía sentir el frío del exterior colándose en cada poro de su piel, como si no hubiese un cristal interponiéndose entre él y ésa mañana que cada vez se tornaba más cruda y gris. Secó con disimulo una lágrima que amenazaba con delatar la enorme tristeza que sentía y se volvió hacia la doctora, que ahora se encontraba parada detrás de él.
-¿Qué se supone que haré ahora? –la mujer suspiró al notar la desesperación en su voz-. Yo... no puedo dejar de verla. No puedo... hacer como que nunca la conocí y desaparecer de su vida porque ella es... ella es mi vida.
-No es necesario que lo haga, señor Weasley –la doctora posó una reconfortante mano sobre el hombro del muchacho-. De hecho... creo que desaparecer de su vida sería el mayor error de todos. Usted representa para ella un pilar... usted es su héroe.
Ni las palabras reconfortantes de la doctora lograron aligerar el doloroso nudo que se atoraba en su garganta.
-Dele tiempo para asimilarlo. Yo me encargaré de hacerle entender muchas cosas de las que hasta el momento no ha querido darse cuenta.
-¿Cuándo podré volver a verla?
-Haré todo lo posible para que logre llevarla a ésa cena.
Ron asintió, sin otra opción que retirarse sin haber visto a Hermione. Desde la chimenea de la recepción, tomó un puñado de polvos al tiempo que mencionaba el nombre de su mejor amigo. La voz preocupada de Harry le respondió desde el otro lado, en cordial invitación para que el pelirrojo desahogara sobre su hombro todas sus lágrimas contenidas en la oficina de la doctora.
-No recuerda nuestro amor... –se lamentó su amigo, con la voz quebrada por el llanto. Sus manos se apretaron en un puño, y Harry pudo sentir con total claridad el dolor latente en cada una de sus palabras-. ¡Ése maldito Dementor me la arrebató!
-No debes perder la esperanza –le dijo con tenues susurros mientras acariciaba con cariño los suaves cabellos rojos-. Yo he estado con ella y siento... que hay algo de ése amor dentro de su corazón. Sólo está confundida.
-La he perdido, Harry... ya no podré recuperarla nunca.
-Si de verdad amas a Hermione... entonces lucha por ella –Ron dejó el hombro de su amigo para mirar sus verdes ojos vacíos de luz, pero llenos de bondad. Y sin proponérselo, sintió como suya la fuerza impresa en las palabras de Harry cuando continuó-. Y no permitas que el último beso que ella recuerde, sea el que ése engendro le robó.
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Desde que la magia de Albus decidiera dormir un largo sueño de seis meses, Minerva se había convertido en su compañera constante, velando su sueño y cuidando de su gran amigo en todo momento que le era posible. Cuando ella no estaba disponible para hacerle compañía, en el dormitorio del anciano Director siempre había alguien para suplirle. A veces era Hagrid, a veces Poppy, Harry e incluso Severus.
A pesar de su trabajo, el profesor encontraba algún espacio en su día para sentarse a su lado y tomar sus manos dormidas, deseando que en cualquier momento los ojos se abrieran y sus pupilas añiles se posaran sobre él, amables y risueñas. Pero el anciano mago se negaba a despertar, como si se hallara cómodo en el descanso que le proporcionaba el sueño al que la magia del Medallón le obligara a permanecer.
Por eso, cuando el 7 de febrero un paquete lacrado con el sello de los Flamel llegó a manos de Minerva, ella creyó que se trataba de un error. Sin dar crédito a lo que sus ojos veían, la mujer leyó la misiva una y otra vez, lágrimas de emoción recorriendo sus mejillas mientras sostenía entre sus manos el objeto que meses atrás, Albus eligiera para la protección de una de las personas que más amaba.
Después de convencerse a sí misma que no era producto de su imaginación, la Directora llamó a Severus, quien tuvo que suspender su primera clase del martes para atender el llamado urgente de la animaga. Harry ya se encontraba sentado frente al escritorio de la profesora cuando la puerta se abrió dando paso al preocupado profesor de Pociones. No vio a Minerva y en cambio, su pareja conservaba el mismo gesto de preocupación que él.
-¿Qué haces aquí, Harry?
-No lo sé –fue la respuesta vacilante del muchacho-. La profesora me pidió que viniera con urgencia, pero no he hablado con ella.
Severus iba a preguntar algo más, cuando una presurosa Minerva descendió por las escaleras que conducían a las habitaciones privadas de Albus.
-Te ofrezco una disculpa por interrumpir tus clases –Severus no respondió al tono aprensivo de su colega. A sus negros ojos llamó la atención el brillo de un objeto en su mano-. Acabo de recibir carta de Nicolás Flamel.
El profesor escuchó a lo lejos el jadeo sorprendido de su pareja, que continuaba en su lugar frente al escritorio. Sin apartar su atención del Medallón tomó la carta que Minerva le ofrecía y la leyó una y otra vez, negándose a creer que ésa fuera la única solución. Cuando terminó, ya había comprendido el motivo por el cual Harry se encontraba ahí. Tomó en sus manos el Medallón y lo colgó en su cuello, como hiciera la primera vez.
-¿Tiene que ser él? –Minerva asintió en silencio a la pregunta del profesor, que habló en voz baja para evitar que Harry lo escuchara-. De una vez te digo que no va a querer.
-¿Qué sucede, Severus? –la pregunta ansiosa de Harry desvió su atención de la profesora-. ¿Qué dice la carta? –el incómodo instante de silencio que siguió a su pregunta terminó de preocupar al muchacho, que insistió-. ¿Severus?
-El señor Flamel tiene la solución para despertar a Albus –Harry sonrió con entusiasmo cuando escuchó la buena noticia-. Sólo... debemos hacer algo por él. Nada del otro mundo.
-¿Qué cosa? –otro momento de silencio y Harry comenzó a perder la paciencia-. Dame ésa carta, por favor... quiero leerla.
-Dásela, Severus –ante la renuencia del profesor-. Es mejor que él también sepa cómo está la situación.
Con un largo suspiro, Severus le entregó la carta a Harry. Apenas la sintió en su mano, el muchacho colocó la punta de su varita para leerla con el hechizo que había aprendido de su pareja. Su rostro fue cambiando a diferentes matices conforme escuchaba las palabras escritas en ella, por la mano del señor Flamel.
Querida Minerva:
He pasado varios meses consultando mis libros y escritos más antiguos en busca de la solución al problema de nuestro amigo, hasta que anoche llegó la luz de la comprensión a mi mente. Y con ella, la esperanza que te ofrezco adjunta a ésta carta.
¿Recuerdas nuestra última conversación sobre lo ocurrido a la magia de Albus, cuando el Medallón intercedió por Severus ante el Kedavra de Voldemort? Como bien sabemos, el Medallón contenía una reserva de magia que el mismo Albus depositó para contrarrestar las maldiciones dirigidas contra su protegido.
Recordarás que al momento en que Severus colocó el Medallón contra el pecho de Albus, éste tomó toda su magia como parte de su reserva para combatir la maldición. Así, salvó la vida de los dos, pero ésta quedó dormida como consecuencia de su enfrentamiento contra una magia tan poderosa como la de Voldemort.
Mi querida Minerva... la magia de Albus está contenida en el Medallón. Es por eso que él no puede despertar. Porque su magia está dormida dentro de él.
Hay que despertar su magia dormida. Y la única manera, es que Severus vuelva a colocarse el Medallón... y que éste sea utilizado de nuevo. Severus debe recibir otra maldición imperdonable de un mago tan poderoso o incluso más, que aquél que fue capaz de dormirla.
Ésa magia poderosa será la única que logre despertar la magia que ahora duerme con él..."
Un sollozo se atoró en la garganta de Harry cuando cayó en la cuenta de lo que eso significaba.
-El único mago que se le compara en poder a Voldemort... soy yo –el muchacho estrujó la carta entre sus manos temblorosas-. Yo fui el único... que pudo vencerlo.
-Me temo que tendrá que hacerlo, señor Potter –intervino Minerva, tratando de ser lo más realista posible-. Pero deberá tener cuidado. Como la carta lo menciona más adelante, si no convoca el poder necesario al lanzar la maldición, el Medallón no ejercerá su función de protección y Severus podría salir herido.
Un largo momento de silencio siguió a las palabras de Minerva, que sólo fue interrumpido por los suaves sollozos de Harry. Severus se acercó a él y lo abrazó haciéndole sentir el Medallón, apretado entre los dos pechos que se estrechaban con fuerza.
-Me niego... a lastimar a Severus –Minerva bajó la mirada, consciente de los sentimientos de Harry a ése respecto-. No voy a volver a lanzar ninguna maldición imperdonable. Ni contra él, ni contra nadie.
-Tienes que hacerlo si quieres que Albus despierte –su pareja siguió negando de forma enérgica. Severus dirigió una mirada discreta a Minerva, que ésta comprendió.
-Iré... estaré arriba, con Albus –Harry escuchó con claridad los pasos de la Directora, alejándose. Severus se separó de él y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, jugueteando con el Medallón entre sus largos dedos.
-No creas que estoy muy contento con Albus por lo que hizo –Harry no pudo evitar sentirse inquieto ante ése comentario-. Pero de no ser por él... ahora no estaría vivo –volvió a acercarse al muchacho que parado junto al escritorio, mantenía el puño apretado alrededor de su varita-. Debes lanzarme un Cruciatus, no hay otra opción... ¿O acaso no quieres que Albus despierte?
-Quiero que despierte... pero no así –Harry sintió que Severus tomaba la mano que sostenía su varita y la apuntaba contra su propio pecho-. Por favor... no quiero hacerlo.
-Confío en ti, Harry –fueron sus palabras de aliento-. Sé que no vas a hacerme daño. Sólo trata de concentrarte –la mano de Harry tembló por un largo momento, que a Severus le pareció eterno mientras cerraba los ojos esperando el golpe.
-¡Crucio! –un suave quejido del profesor y su cuerpo cayendo junto a él, le hicieron saber que había fallado en su primer intento-. ¡Severus!
-Estoy bien... tranquilo... –el muchacho se agachó para buscar el cuerpo herido de su pareja, que abrazó con todas sus fuerzas para menguar el dolor que él mismo le había causado-. Debes hacerlo otra vez... concéntrate.
-¡No! ¡No lo haré otra vez! –Severus volvió a tomar su mano para dirigirla a su cuerpo. Las lágrimas de Harry mojaron su rostro cuando se abrazó a él, temeroso de seguir lastimándolo-. No puedo... te estoy haciendo daño...
-¡Hazlo! –se sobresaltó al escuchar la orden implícita en ésa palabra. Suspiró, mientras trataba de concentrarse y Severus volvía a gemir, presa de terribles dolores-. ¡Ah! ¡Con un demonio! ¡Concéntrate Potter! ¡Desquítate de todo lo que te hice en años pasados!
-No puedo... –Harry cayó de rodillas sobre el suelo, temblando de pies a cabeza al no sentir a su lado el cuerpo de Severus, que a propósito se alejó de él-. Yo no te odio... te amo...
Los firmes brazos de Severus lo envolvieron, y él se aferró a su cuerpo con la varita aún en la mano. Ya no estaba dispuesto a seguir haciéndole daño, y así se lo hizo saber.
-Entonces... quiero que hagas de cuenta que frente a ti está el mismo Voldemort-. Harry se estremeció sin querer ante ése pensamiento-. Piensa en tus amigos, en nosotros... en todo lo que perdimos por su culpa. Piensa que lo tienes de nuevo frente a ti para hacerle pagar todo lo que nos arrebató en ésa última batalla, y que no podremos recuperar jamás.
Harry apretó la varita con todas sus fuerzas mientras concentraba sus pensamientos en Albus, Lucius, Ron, Draco, Oliver... en Hermione. Y al recordar toda la angustia y el dolor que ellos habían tenido que enfrentar tras la pérdida de las personas que amaran por culpa de ése monstruo, sintió que su sangre hervía de rabia. Sintió que podía desear que Voldemort reviviera, sólo para hacerle pagar todas y cada una de las lágrimas derramadas por su causa.
La maldición brotó de su varita con tal fuerza, que casi sintió de forma física el intenso poder que se desprendía de ella. No pudo escuchar ningún quejido por parte de su pareja. Sólo sintió que una fuerza lo lanzaba lejos hasta hacerle estrellarse contra el enorme librero de la oficina. Unos libros cayeron sobre su cabeza mientras una intensa luz azul se desprendía del Medallón para esparcirse por toda la habitación antes de dirigirse al piso superior.
-¿Dónde estás? –aturdido, el muchacho tanteó con las manos en busca de su pareja. Los brazos de Severus lo envolvieron con calidez, y sólo hasta ése momento Harry se tomó la libertad de respirar-. ¿Estás bien?
-Estoy bien. Parece que resultó –Harry permaneció abrazado a su cuerpo, silenciosas lágrimas descendiendo por sus mejillas. Había una verdad que Severus ignoraba, y había llegado la hora de hablar.
-Yo lo sabía... –Severus se separó de él para escucharlo con atención-. Yo sabía todo sobre el Medallón.
-¿Qué sabías con exactitud, Harry? –el muchacho pudo sentir con claridad la tensión de su pareja al hacerle ésa pregunta. Suspiró con fuerza antes de continuar.
-Lo sabía todo. Sabía sobre el hechizo de protección y sobre la esencia en el Medallón. Sabía... el significado del Fénix en el centro y lo de la... Piedra Filosofal.
-¿Desde cuándo?
-Un día después de que el profesor Dumbledore te lo obsequió –Harry sintió frío cuando los brazos de Severus se alejaron de su cuerpo-. Lo investigué en la biblioteca... así fue como me enteré de lo que hacía.
-¿Por qué no me lo dijiste? –aunque Harry no pudo ver el gesto doloroso de su pareja, pudo sentir todas las emociones que fluían a través de él-. ¿Te das cuenta que durante todo ése tiempo, me ocultaste información de vida o muerte?
-Era un secreto del profesor –alegó el muchacho en su defensa-. No me correspondía a mí decírtelo.
-¡Estábamos en guerra! –la voz del Severus se había vuelto dura, y Harry gimió para sus adentros cuando pudo escuchar sus pasos firmes a su alrededor. Severus estaba enojado-. ¿Qué hubiera pasado si aquella noche las cosas no hubieran resultado? ¿Y si Albus no hubiera estado presente cuando Voldemort me lanzó la maldición? ¡Ahora estaría muerto!
Los pasos apresurados de Minerva desviaron la atención de Severus, que se volvió hacia ella con mirada interrogante.
-Ha despertado –Harry dejó atrás el pesar que sentía por la discusión con su pareja, y se permitió sentirse feliz por el Director-. Llamaré a Poppy para que lo examine –se dirigió a la chimenea al tiempo que el profesor se encaminaba a las habitaciones privadas.
-Severus...
-Después.
Subió las escaleras de dos en dos y Harry sintió que algo dentro de él rompía ante la seca respuesta de su pareja. Poppy y Minerva pasaron a su lado, apresuradas por ver al Director. Pensando que no era el momento adecuado para subir a verlo, el muchacho suspiró mientras se sentaba en la silla frente al escritorio. Esperaría con paciencia a que Poppy terminara de atenderlo para hacerle una visita.
Buscó en el librero entre una interminable fila de libros, hasta que encontró uno que le pareció interesante. Quizás pudiese leer un poco mientras esperaba. Tal vez la lectura lograse distraerle y de paso, ayudarle a deshacer el nudo en su garganta que le impedía respirar. Sí... tal vez Severus no tardaría en bajar y le perdonaría por haberle ocultado algo tan importante. Y entonces entre sus brazos consoladores los dos olvidarían el amargo momento que acababan de pasar.
Continuará...
Próximo Capítulo: Una luz de esperanza. Segunda Parte.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
