Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Rita Ríos, por su comentario.
Y a todas las personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXIX
Una luz de esperanza.
Segunda Parte.
Si Albus hubiese sospechado que su despertar vendría acompañado de un terrible dolor en todo el cuerpo –consecuencia del Cruciatus de Harry-, habría preferido seguir dormido. Aún después de que Poppy lo examinara para asegurarse que se encontraba bien, el anciano mago nunca sabría si aquello que lo despertó había sido la poderosa magia de su niño de oro, o el intenso dolor de su maldición. Como sea, el viejo Director le estaba muy agradecido por ello, y contento de volver a estar despierto.
Pero cuando Poppy y Minerva se marcharon después de consentirlo con ingentes cantidades de abrazos y besos, la dura mirada que provenía de unos ojos negros le dolió mucho más que cualquier maldición. Severus se había mantenido a una distancia prudente del campo de acción que rodeaba a su tutor, observando con un dejo de envidia y alegría la sonrisa que afloraba en los labios del anciano. No podía creer que sonriera de ésa manera después de interminables meses de permanecer en ése estado.
A Albus no pareció afectarle la dura mirada del profesor, pues siguió manteniendo su sonrisa mientras posaba su mano sobre el colchón, invitándolo a sentarse a su lado. Mas su pupilo mantuvo el gesto rígido y su sombra envolvió el espacio del anciano cuando se paró frente a él. Se cruzó de brazos y ante la vista Albus recordó sin querer, viejos tiempos de batallas lejanas e invocaciones a través de la Marca. Sus añiles ojos se entrecerraron, adivinando lo que estaba por venir.
-Siempre fuiste un mago brillante, Albus. Y decir que no admiré todas las ideas geniales que surgían de ésa mente tan grande que tienes, sería mentir. Pero esto... –Albus sostuvo su mirada azul sobre el rostro impenetrable cuando Severus mostró el Medallón, la cadena enredándose entre sus dedos apretados-. Esto... ha sido la más grande estupidez que has hecho en tu vida.
El anciano no respondió al duro reclamo del profesor, consciente de la razón en sus palabras. Pero verle de pie frente a él, vivo y entero le hizo saber que el sacrificio había valido la pena. Quiso decírselo, pero aún se encontraba afectado por el prolongado letargo en el que su cuerpo se sumiera, y sus cuerdas vocales no le respondían del todo. Sólo se concretó entrecerrar los ojos y asentir con un lento cabeceo.
Severus mantuvo el Medallón entre sus dedos, observándolo con atención. Ya había tenido la oportunidad de admirarlo antes, y debía admitir que era muy hermoso. Pero el significado que ahora tenía para él, era mucho mayor que antes. Ése objeto había resguardado su vida de la maldición imperdonable de Voldemort. Y todo gracias al sacrificio del hombre al que ahora le debía todo. Desvió su mirada del Medallón para posarla sobre los ojos azules del viejo Director.
-Te debo la vida, y sé que jamás habrá nada que pueda hacer para pagarte lo que has hecho por mí. Pero estoy molesto contigo... y con Harry porque él también lo sabía todo, y calló –el profesor pudo ver un brillo de alegría en los ojos azules del viejo mago cuando mencionó a Harry, pero aún así continuó-. De haber sido cualquier otro, no lo tomaría tan a pecho. Pero ustedes dos han sido las únicas personas en las que he depositado toda mi confianza.
-Harry sólo hizo... lo que yo le pedí... –Albus hizo un gran esfuerzo por hablar, y Severus tuvo que acercarse más para poder escuchar sus palabras, dichas en un débil susurro-. En todo caso... es conmigo con quien... debes molestarte.
-Ambos me ocultaron una información muy valiosa, en plena guerra –el anciano asintió, comprendiendo la posición del profesor-. Y si en ése entonces callaron algo tan importante... no quiero saber de qué otra cosa podría no estar enterado.
-¿Cómo está... Harry? –Severus resopló, incrédulo ante el cortés pero contundente cambio de tema del Director-. ¿Voldemort? Minerva dice que estuve... mucho tiempo dormido... ¿Qué sucedió aquélla noche? ¿Cómo terminó todo?
Severus bajó la guardia ante el gesto ansioso del anciano mago, y comprendió que el brillo en sus ojos azules era de franca impaciencia. Más de seis meses y el viejo se había perdido de muchas cosas. Convocó una poción revitalizadora para que el Director se recuperara con mayor rapidez y se sentó en el lugar que momentos antes acababa de rechazar.
-Todo salió según lo planeado... –los almohadones de terciopelo rojo, bordados con hilos de oro, se hundieron bajo el peso del anciano cuando el profesor lo ayudó a enderezarse sobre su lugar en la cama-. Pero como en todas las guerras, hubo pérdidas. De nuestro bando y del otro.
-¿Aurores? –Severus asintió-. ¿Cuántos?
-Trece. La mayoría de ellos víctimas de la maldición imperdonable –Albus escuchó con atención cada uno de los nombres que Severus le mencionó.
-¿Y los muchachos? –el profesor suspiró, renuente a tener que recordar lo vivido en aquellos terribles días.
-Cinco. Dos de Hufflepuff, dos de Ravenclaw... y uno de Slytherin. También víctimas de maldiciones mortales –Severus pudo ver cómo el rostro de Albus se ensombrecía cada vez más-. Escucha... Voldemort está muerto. Nuestra última batalla contra él dejó secuelas, y todos estos meses nos hemos dedicado a recuperarnos de las pérdidas y borrar ése episodio de nuestras vidas. No tiene caso que te angusties ahora por cosas que están fuera de tu alcance.
-¿Qué me quieres decir con eso? –Severus guardó silencio. Aún faltaban muchas cosas por contarle y a pesar de que Albus era un hombre de naturaleza fuerte, no quería llegarle con todas ellas de golpe-. ¿Qué más ha ocurrido en mi ausencia?
El profesor iba a responderle, pero la puerta se abrió y Minerva se acercó a ellos. La mujer tomó con cariño la mano del anciano, mientras dirigía su verde mirada hacia el profesor de Pociones.
-Siento interrumpirlos, pero la segunda clase ya va a comenzar –Severus asintió en silencio y se puso de pie para dirigirse a la puerta-. El señor Potter está esperándote abajo.
-¿Harry está aquí? –preguntó Albus, la emoción latente en el susurro de su voz-. Severus, ¿Por qué no me lo habías dicho? Dile por favor que venga. Quiero verlo.
Severus vaciló por un instante antes de reiniciar sus pasos hacia la salida, dispuesto a cumplir la petición del anciano lo más rápido posible. Al pie de la escalera se encontró con su pareja y Harry se acercó a él apretando su bastón con fuerza, ansioso por escuchar su voz.
-Necesitamos hablar...
-Ahora no –fue la cortante respuesta de Severus-. Debo ir a clases y Albus te espera arriba.
-¿Cuándo? –Harry escuchó los pasos del hombre alejándose de él, y apretó el bastón con más fuerza, sintiendo que era lo único que en ése momento podía sostenerle-. ¿Cuándo hablaremos?
Pero la puerta se cerró indicándole que Severus se había marchado. Harry tuvo que permanecer varios segundos de pie contra la baranda de las escaleras, conteniendo los sollozos que escapaban sin querer. Él había pensado que su pareja se molestaría por ocultarle lo del Medallón, pero nunca se imaginó que se enojaría tanto. Aspiró aire varias veces para retener las lágrimas y subió las escaleras hacia el dormitorio del anciano. Albus y Minerva callaron cuando la puerta se abrió dando paso al muchacho.
-¿Profesor Dumbledore? –la sonrisa de Albus permaneció en sus labios al verlo. Pero se fue desvaneciendo poco a poco cuando Harry dejó que su bastón lo guiara hacia la cama del anciano-. No sabe cuánto me alegra que al fin despertara.
-Harry... ven aquí... –el joven hizo lo que le pedía y con la mano, tanteó el espacio hasta encontrar el lugar que Severus acababa de dejar. Minerva observó el semblante triste del Director y comprendió que Severus no le había dicho nada aún-. Mírame, pequeño... por favor.
-Me gustaría mucho hacerlo, profesor... pero no puedo.
Harry levantó su rostro, buscando su voz y encontrando en el camino una mano arrugada, que tembló cuando él la atrapó entre sus jóvenes manos. Entonces, Albus pudo ver de lleno sus ojos verdes. Lucían brillantes por las lágrimas que acababan de derramar, pero eran opacos por la falta de luz dentro de ellos. Un sollozo se ahogó en la garganta del viejo, que acarició con dedos trémulos los párpados que resguardaban esos dos pequeños lagos, que se cerraron al sentir la dócil caricia del anciano.
-¿Qué le ocurrió a tus ojos? –Minerva se cubrió la boca con las manos para evitar un sollozo, al ver las lágrimas descender por las mejillas del Director-. ¿Qué fue lo que te pasó, mi niño?
-Pensé... que Severus ya se lo había dicho –sin dejar de acariciar con cariño los suaves párpados de su niño de oro, Albus negó en un silencio que el muchacho comprendió-. Sucedió durante la última batalla...
Mientras Harry se encargaba de poner al tanto de todo al Director, Minerva decidió que era hora de dejarlos solos. Salió del lugar en silencio y los escuchó un momento más antes de cerrar la puerta con cuidado. Conforme bajaba los escalones hacia su despacho casi pudo adivinar que ahora eran los dos, los que sollozaban dentro de la habitación del anciano mago.
oooooooOooooooo
Durante todo el mes de enero, a Draco le extrañó no ver al profesor Lupin acompañando a su padre durante sus horas de terapia. Y dado que aún no existía la confianza suficiente entre ellos como para hablar de ésa relación, no hizo preguntas y Lucius nunca le dijo nada. Pero a principios de febrero, Harry le encaró el no haber cumplido aquélla promesa que alguna vez le hiciera y dejó de dirigirle la palabra.
Orgulloso como era, Draco no buscó al Gryffindor para aclarar las cosas. Pero después de darle muchas vueltas al asunto, llegó a la conclusión de que la ausencia del profesor se debía a que la relación entre su padre y él no marchaba bien. Por eso Harry estaba molesto. Tal vez Remus le había contado algo al respecto y su amigo pensaba que él había hecho algo para separarlos, faltando con ello a su promesa.
Por ésa razón, ahora se encontraba frente a la puerta de su vecino, en una fría mañana de domingo en la que debía estar visitando Hogsmeade y buscando el regalo para su pareja. Llamó con suavidad, deseando que su llamado no fuese escuchado. Pero la puerta se abrió y el rostro amable del profesor lo recibió con sorpresa. Draco correspondió a su saludo sin dejar de observar que la mirada del hombre iba más allá de su persona.
-¿Vienes solo? –el rubio asintió en silencio, sin dejar de observar el dejo de decepción en la voz del profesor cuando éste lo invitó a pasar-. Adelante, estás en tu casa.
El muchacho vaciló unos segundos antes de aceptar su invitación, pues no se le olvidaba que al día siguiente sería Luna Llena. Pero dejó el pensamiento a un lado en pro de algo más importante, que era el motivo por el cual estaba ahí. Remus le dirigió una ligera sonrisa mientras le señalaba un lugar en el sillón, que él aceptó.
-¿Gustas beber algo? –Draco negó ésta vez y se arrellanó sobre el sillón, sintiéndose un poco más cómodo-. ¿A qué debo el honor de tu visita?
-Se trata de mi padre –la sonrisa de Remus se borró, para dar paso a la preocupación.
-¿Él está bien? ¿Qué le ha ocurrido?
-Nada de eso, él está bien –el profesor se permitió respirar más tranquilo. Tomó asiento frente al muchacho y esperó a que continuara-. De hecho, ya dejó la andadera ortopédica y ahora camina con ayuda de un bastón.
-Eso es una gran noticia –Remus sintió que su corazón se inflaba de alegría. Casi podía imaginarlo caminando con su porte distinguido. Orgulloso, apuesto. Sintiéndose el dueño del mundo-. Me alegro mucho por él.
-Supuse que no lo sabría, pues no lo he visto haciéndole compañía en sus terapias éstas últimas semanas...
–Tu padre y yo... ya no estamos juntos –Remus bebió un poco de agua de un vaso que apareció junto a él, y se aclaró la garganta para evitar que la voz se le quebrara-. Pensé... que te lo había dicho.
-En realidad no hablamos de ello. Nunca –Remus asintió, comprendiendo que su persona no era lo bastante importante como para convertirse en tema de conversación entre Malfoy, padre e hijo-. Ya lo hicimos una vez y todo quedó claro.
-Lo sé, y puedes estar tranquilo –a Draco no le pasó por alto el gesto de tristeza del profesor-. Verás... yo no busco una relación pasajera y él no está dispuesto a... bueno... él no está listo para rehacer su vida conmigo.
-Sé lo que él siente por usted y... en realidad no entiendo lo que está diciendo.
-Escucha... yo ya no quiero tener ésta misma discusión otra vez –Remus suspiró, cansado. Se puso de pie, como era su costumbre cuando consideraba que era hora de finalizar una conversación-. Ya tu padre y yo hablamos lo que teníamos que hablar. Y se acabó.
Draco comprendió la invitación del profesor a retirarse, y no necesitó que se la repitiera. De regreso a sus aposentos decidió que hablaría ése mismo día con Harry. Si su amigo estaba molesto con él era porque algo sabía. No estaba seguro de hacer lo correcto al entrometerse en los asuntos sentimentales de su padre, pero si él tenía alguna responsabilidad en ello debía hacer algo por arreglarlo.
Aunque la promesa que le hiciera a Harry tenía que ver con ello, lo que en realidad quería era no volver a ver ése gesto de tristeza que a últimas fechas notaba en su padre. El mismo que acababa de ver en aquél a quien él había elegido como su pareja.
oooooooOooooooo
Si algunos meses atrás, Harry le hubiese confiado a su padrino sobre sus problemas personales con el profesor, Sirius no habría dudado en pedirle que lo dejara para irse con él al Londres Muggle. Y que las cinco últimas noches Snape no ocupara el lugar que le correspondía en su cama, era una gran oportunidad que el animago no dudaría en aprovechar... si no fuera porque la evidente tristeza de su ahijado le decía que no era lo más conveniente.
Aún podía recordar la tarde del martes cuando saliendo del laboratorio, se encontró en mitad del pasillo con un lloroso Harry. Al escuchar su voz, el muchacho se abrazó a él mientras le relataba entre profundos hipidos sobre algo relacionado con un Cruciatus, un medallón y el Director. Pero lo único que había logrado entender entre sus palabras entrecortadas había sido la frase: "Y ahora Severus no quiere saber nada de mí". Cosa que al principio no dejó de ilusionarle.
No podía negar que para él, era muy tentadora la idea de que ésa relación terminase por el bien de Harry. Pero la angustia del muchacho ya había durado cinco noches heladas sin el cálido abrazo de su pareja, dejándole como resultado unas profundas ojeras. Al principio, se había molestado mucho con Snape al ver que era el causante del estado de ánimo de su ahijado, hasta que Harry se tomó el tiempo para explicarle todo lo que había sucedido.
Pero al conocer los motivos del profesor, al animago no le había quedado otra opción que cederle la razón ante la sorpresa del muchacho. Así que Harry dejó de llorar y resignado, se dedicó a esperar con paciencia a que se aplacara un poco el enojo de Severus y que éste quisiera hablar con él. No obstante cuando ése domingo por la mañana las ojeras de Harry ya se apreciaban más profundas, Sirius pensó que debía hacer algo al respecto.
Y ahora se encontraban de compras en un gran almacén en el Londres Muggle. La idea no había entusiasmado mucho a su ahijado, hasta que recordó que en dos días sería San Valentín y aún no había comprado el regalo para Severus. Ésta vez, Sirius tuvo que hacer acopio de toda su paciencia mientras le describía lo que a su gusto podría ser el regalo perfecto para el profesor. Pero Harry dijo que no a todas sus sugerencias.
-No. Severus odia el color blanco –Sirius suspiró mientras dejaba a un lado un juego de ropa interior-. Sí... podría comprarle un perfume con esencias de maderas... pero a él le gusta más el aroma a hierbas. Hum... ya tiene un juego de ajedrez. No... no le gustan las licoreras de cristal cortado. Imagino que es bonita, pero ya tiene muchas camisas negras... –Sirius lanzó la camisa negra lo más lejos que pudo, mientras respiraba con fuerza tratando de controlarse.
-Tanto trabajo para que al final el hombre no te lo agradezca –Harry hizo como que no lo escuchaba, mientras reiniciaba su caminata por los largos pasillos de la enorme tienda-. ¡Estoy seguro que ni siquiera se ha tomado la molestia de buscar un regalo para ti!
-¿Podrías dejar de decir cosas desagradables de Severus y ayudarme a encontrar un buen regalo para él? –Sirius calló ante el reclamo de su ahijado al tiempo que trataba de controlar los enormes celos que estaba sintiendo.
Con toda certeza estaba en lo correcto, y Snape no estaba moviendo un solo dedo para corresponderle. Tal vez al darse cuenta que Harry se había acordado de su odiosa persona, correría a buscar entre los salones del Castillo hasta encontrar algo antiguo abandonado en un rincón, para dárselo como regalo. Y sin importar lo que fuera, Harry estaría contento porque sería su regalo. El regalo de su pareja
-¿En qué departamento estamos?
-Estamos en el departamento de joyería. –Harry no hizo caso a su bufido de disgusto y se dejó guiar por su bastón hasta dar con uno de los mostradores, y la empleada esperó con paciencia infinita hasta que los dos lograron ponerse de acuerdo. Cuando al fin salieron de la tienda ya era más de mediodía.
-¿Tienes hambre? –el muchacho guardó el regalo en el bolsillo de su pantalón, mientras respondía con un asentimiento a la pregunta de su padrino-. ¿Quieres comer algo por aquí o prefieres volver al Castillo?
-Quiero conocer tu departamento –fue la respuesta de su ahijado. Sirius sintió que su corazón latía de emoción al escucharlo-. Aunque no lo pueda ver, me agradaría mucho que me invitaras a comer algo preparado por ti.
-No te hagas muchas ilusiones –le advirtió mientras lo guiaba por las calles abarrotadas de Londres, rumbo a la estación del tren-. El hecho de que viva solo no quiere decir que sepa cocinar. ¿Te conformas con una pizza?
-Hum... de acuerdo –Sirius lo abrazó con fuerza cuando el tren comenzó su marcha hacia el Oeste de la ciudad. Harry recargó su cabeza contra su hombro y dejó que el movimiento acompasado lo adormeciera.
Sirius notó que se había quedado dormido y se dedicó a observarlo. Lo amaba. Harry era el fruto del amor entre sus dos mejores amigos; un regalo de ellos para él... y su más grande razón para vivir. Harry suspiró entre sueños, las pestañas negras descansando sobre oscuras ojeras que ensombrecían su rostro, tornándolo triste. Y a Sirius no le gustaba verlo triste.
oooooooOooooooo
Después de dejar a Minerva a cargo de su Casa, Remus empacó algunas cosas en su pequeña maleta. Sólo debía esperar a que Severus llegara con la poción Matalobos para beberla y marcharse. Anochecía y era hora de refugiarse en la Casa de los gritos para pasar las dos próximas noches. El mes anterior Lucius no había estado presente para hacerle compañía, y ésta vez el profesor no se sentía muy entusiasmado ante la idea de enfrentarse de nuevo a la soledad de ése lugar.
Sirius seguía acompañándole en sus paseos nocturnos por el Bosque prohibido, cosa que no dejaba de agradecerle. Era juguetón y muchas veces travieso, y le divertía estar con él. Pero la Luna pasada nada de eso había logrado alejar la tristeza de no tener a su lado a su pareja. Nada podía hacer que dejara de extrañar su compañía; el exquisito aroma de su perfume que inundaba todo su espacio y su fina conversación cuando compartían el calor bajo su vieja pero suave colcha café, sentados en el sofá frente a la chimenea.
Remus dejó sus evocaciones a un lado cuando sintió que se le comenzaba a formar un nudo en la garganta. Ya habían transcurrido casi dos meses desde la última vez que lo viera, y ni un solo instante había dejado de pensar en él. La visita de Draco ésa misma mañana sólo había provocado que su tristeza aumentara al saberse ausente en uno de los momentos que Lucius más anhelaba: volver a caminar sin ayuda. Le hubiera gustado tanto estar ahí para verlo cuando dejara ése aparato.
Deseaba con todas sus fuerzas ir a verle para abrazarle y decirle cuánto lo amaba y admiraba, por haber sido tan fuerte durante todos ésos meses de soportar largas horas de dolorosas terapias. Alguien llamó a la puerta y suponiendo que se trataba de Severus dejó su maleta en el sillón para atenderlo. Grande fue su sorpresa al ver que se trataba de Draco, con un pequeño frasco en la mano que enseguida supo que era para él y que el muchacho le entregó en silencio.
-Muchas gracias por tomarte la molestia de traerme la poción –el joven se encogió de hombros mientras guardaba el frasco ya vacío en el bolsillo de su fina túnica, y permaneció de pie frente a él-. Debo marcharme ya... ¿Se te ofrece algo más? –Draco rebuscó en algún lugar entre sus ropas hasta dar con un objeto, que Remus reconoció como un pequeño Pensadero-. ¿Y esto?
-Hoy hablé con Harry, y él me contó algunas cosas –Remus vaciló durante un instante cuando el rubio extendió el objeto mágico frente a él, en una invitación para que lo tomara-. Y ambos concluimos que hubo un malentendido entre mi padre y usted.
-¿Harry te ha hablado sobre nuestras conversaciones? –el profesor examinó la pequeña vasija con grabados y contempló su propia imagen reflejada sobre la superficie plateada, sin saber si molestarse con Harry por hablar con alguien más de sus asuntos personales-. ¿Qué fue lo que te dijo? ¿Qué pusiste dentro de éste objeto?
-Es largo de contar, pero le aseguro que en ése Pensadero encontrará todas las respuestas –el muchacho dio media vuelta y regresó sobre sus pasos sin decir nada más, y dejando a Remus con el objeto en la mano y mil preguntas en su mirada café.
Guardó el Pensadero dentro de su maleta y salió de sus aposentos para recorrer el pasaje secreto que lo llevaría a la Casa de los gritos. Después de ponerse cómodo en la única habitación que recibía el calor del fuego, mantuvo el Pensadero entre sus manos por un largo momento. Le carcomía la curiosidad por agrandarlo y entrar para ver qué era lo que Draco había puesto en él. Le entusiasmaba la idea de ver a Lucius en algún recuerdo, pero también tenía miedo de encontrarse con otra desilusión más.
Al final, el deseo de saber algo de Lucius venció todos sus temores. Con un hechizo, el profesor agrandó el Pensadero y respiró profundo antes de introducirse en él. La habitación donde se encontraba desapareció y el profesor se encontró a las afueras del Castillo. Miró a su alrededor y sintió que su corazón aceleraba sus latidos al reconocer el lugar. Estaba al pie de la pequeña colina donde meses atrás escuchara sin querer la conversación entre Lucius y su hijo. Por instinto, se hizo a un lado cuando Draco pasó delante de él.
-Estoy dentro de los recuerdos de Draco... –murmuró mientras observaba al muchacho, que se giró para encarar a una persona que se encontraba detrás de Remus. El profesor dio media vuelta y sólo atinó a quedarse quieto cuando Lucius se dirigió a su hijo, ajeno a la presencia de Remus frente a él.
-Nunca te dije que fueran compromisos de negocios –Remus jadeó en sorpresa y dirigió su miraba ámbar de uno a otro, sin poder creer lo que veía-. Draco... hay algo que es necesario que sepas de una vez...
-No quiero saberlo... -temeroso de ser visto aún sabiendo que eso era imposible, el profesor dio unos pasos atrás hasta que padre e hijo entraron en su ángulo de visión-. No quiero que me digas que entre ése profesor y tú hay algo más que una amistad... porque no estoy dispuesto a aceptarlo.
-Pues tendrás que hacerlo, porque Remus y yo tenemos una relación.
Al oírlo, Remus se acercó a Lucius para agacharse a su lado. Sabiendo que no podía apoyarse en la silla como acostumbraba hacer cuando quería estar así de cerca, se conformó con mantener un precario equilibrio junto a él. Puso atención a la voz de Draco sin despegar su mirada del rostro de Lucius.
-¿Cómo has sido capaz de enredarte con el primero que se te ha puesto enfrente? -Remus no apartó su mirada de Lucius, y así pudo apreciar a detalle la advertencia en su mirada azul, y que no había logrado distinguir aquella fría mañana de noviembre-. ¿Tan pronto has dejado de amar a mi madre?
-Te lo dije una vez y te lo repito, Draco. Siempre amaré a tu madre.
Remus bajó la cabeza, sintiendo que la tristeza volvía a hacer presa de él. A pesar de tratarse sólo de un recuerdo, dolía tanto como la primera vez que lo escuchara.
-Entonces... ¿Lo que hay entre él y tú, solo es pasajero? –el profesor cerró los ojos, temeroso de escuchar la respuesta de Lucius a la pregunta de su hijo-. Aún así... debiste esperar un tiempo prudente...
-Te equivocas. Lo que hay entre nosotros es algo serio. Me une un sentimiento muy fuerte hacia él –Remus levantó la mirada, sorprendido por la firmeza en las palabras que Lucius acababa de pronunciar. El momento de silencio que siguió no fue suficiente para asimilar todo lo que acababa de comprender.
Momentos antes, Draco le había dicho algo sobre un malentendido. Ahora podía entender a qué se refería con eso. Aquélla mañana él no había llegado a tiempo para escuchar toda la conversación, y en medio de su dolor se había marchado sin querer escuchar nada más. Ahora comprendía que había cometido un gran error.
-¿Eso significa que lo amas?
-Así es.
Con ésas dos pequeñas pero firmes palabras, el corazón de Remus renació con una nueva ilusión. Levantó su mano deseando tocar aquél rostro serio que ahora amaba más que nunca, anhelando enredar entre sus dedos los largos mechones rubios que danzaban sobre sus hombros y que a él tanto le gustaba acariciar. Pero su mano atravesó los suaves cabellos sin que lograra sentirlos, y el profesor se tuvo que conformar con llenar sus ambarinos ojos de ése precioso trozo de recuerdo.
-Pero... me acabas de decir que amas a mi madre. Que siempre la amarás... ¿Cómo puedes amarlo a él también?
Remus vio que Lucius se alejaba de su lado para acercarse a su hijo, y se sintió emocionado al ver que tomaba su barbilla y lo miraba a los ojos. Ambos como dos gotas de agua, tan parecidos y hermosos. Padre e hijo compartiendo un momento tan personal. Se sintió feliz de que Draco eligiera de entre todos sus recuerdos con su padre, compartir con él ése instante que sólo era de ellos dos.
Minutos después Remus volvía a la Casa de los gritos, con una perspectiva de su relación con Lucius muy diferente a la que tenía horas antes. Con el Pensadero reducido y aprisionado entre sus manos, sonreía y sus ojos color ámbar refulgían a la luz de las llamas de la chimenea. Pero no era la luz de la hoguera lo que hacía que sus ojos brillaran de ésa manera.
Era haber escuchado de labios del mismo Lucius, lo que ahora se convertía en un motivo más de felicidad para él. Las palabras que pronunciara mientras sostenía su mirada azul frente a la mirada gris de su hijo:
Yo amaba a Remus desde mucho antes de conocer a tu madre...
oooooooOooooooo
Las pocas horas de descanso sin la compañía de Harry no tenían sentido para Severus, aunque tratara de enfocar toda su atención en el libro de pociones que Draco le regalara. Necesitaba la cercanía de su joven pareja, sus conversaciones y su suave risa, capaz de alegrarle hasta los días más aciagos. Ya era una larga semana sin dormir a su lado y sin hacer caso a la voz de su conciencia, que le decía que su enojo ya había durado demasiado.
Por ésa razón, cuando Hedwig lo interceptó en un pasillo para entregarle una carta de Harry, supo que ya era momento de dejar atrás su enfado y darle a su pareja la oportunidad de explicarse. Aunque en el fondo sabía que no era necesario. Las razones de Albus y del muchacho para ocultarle todo ése asunto del Medallón eran de sobra conocidas por él, lo que hacía que su corazón se inflara de orgullo al saberse amado de ésa forma tan generosa.
Se abrigó con su gruesa capa de lana para enfrentar el duro clima exterior, sin poder evitar un espasmo cuando el frío traspasó la gruesa tela. Sólo a Harry se le podía ocurrir citarlo frente al lago a ésas horas de la noche; cuando el invierno agonizante es más penetrante que nunca y el húmedo céfiro –agradable sólo en las tardes fogosas de verano-, se incrusta en la piel en gélidas punzadas, provocando escalofríos y haciendo a los dientes castañear sin control.
Enfiló hacia su destino casi sin mirar por donde pisaba. La luz de la Luna Llena iluminaba su camino facilitándole el trayecto. Imaginó que Remus ya debía haberse transformado y que a ésas horas, Black ya debía estar haciéndole compañía en el Bosque Prohibido. Confiando en la nula posibilidad de un encuentro con él, apresuró sus pasos ante la expectativa de envolver a Harry en un abrazo. Ya no quería seguir despertando sobre el frío lecho de una habitación improvisada en un aula vacía.
El profesor detuvo sus pasos al distinguir a lo lejos la silueta incomparable de Harry, y permaneció por un breve instante observando el nervioso ir y venir de su pareja. Al parecer anhelaba ése encuentro tanto como él. Vio cuando el joven detuvo su ansioso andar para abrazarse a sí mismo, tratando de atenuar el frío que de seguro estaba sintiendo. Se acercó procurando el mayor sigilo y Harry sólo suspiró cuando sintió los cálidos brazos de Severus envolviéndose a su alrededor.
El silencio fue su único cómplice durante ésos breves instantes, cuando Harry cerró los ojos y recargó su cabeza sobre el fuerte pecho. Severus estrechó el abrazo y besó con suavidad su nuca, sintiéndole temblar ante la ligera caricia.
-Puedo sentir que sigues molesto conmigo –Severus no respondió. Sólo dejó que su mirada azabache se recreara en las formas que la luna reflejaba sobre las álgidas aguas del lago-. Callé porque sabía que de conocer la verdad, te habrías quitado el Medallón.
-Dejemos a un lado todo ése asunto del Medallón y de las geniales ideas de Albus para protegerme –Harry asintió, consciente que ellos no llegarían a ninguna parte si continuaban con ésa discusión-. Te diré lo mismo que le dije a él: ustedes son las dos únicas personas en las que he depositado toda mi confianza...
-¿Me acusas ahora de no merecer tu confianza? –el joven se separó de su cuerpo para buscar apoyo en un árbol. Severus resopló, molesto al ver que Harry no había comprendido su punto-. Pues lamento haberte defraudado. Pero te aseguro que de repetirse la historia volvería a callar. Y lo haría todas las veces que fuera necesario con tal de proteger tu vida.
-No es todo ése asunto del Medallón lo que me tiene mortificado, Harry –le interrumpió el profesor-. Lo que me tiene molesto es el hecho de que me escondieras una información que yo debía conocer. Y si callaste algo tan importante como eso... no quiero imaginarme todo lo que puedes estar ocultándome ahora.
Las certeras palabras de su pareja taladraron la conciencia de Harry, que se revolvió incómodo contra el grueso tronco mientras jugueteaba con su bastón.
-¿Quieres decir... que entre tú y yo no debe haber ningún secreto? –Severus percibió la incomodidad del muchacho y negó con la cabeza-. Hay secretos que no me pertenecen. Por favor... no me obligues a que te los revele.
-No lo tomes de ésa forma tan radical –lo reprendió su pareja, cosa que a Harry no tranquilizó del todo-. Todos guardamos secretos que no tenemos la obligación de revelar. Y no estoy hablando de ésa clase de secretos.
-Explícamelo, porque no te entiendo.
-Hablo de cosas que si callamos, nos ponen en serio riesgo. Cosas que no debemos ocultarnos –Harry asintió, comprendiendo-. Si tú y yo estamos juntos no sólo es para pasarla bien. Es para cuidar el uno del otro.
Las manos de Harry buscaron la cintura de su pareja para envolverla. Severus ya no habló más y en cambio, dejó que el muchacho se tomara su tiempo para asimilar sus palabras.
-Lamento no haberte contado sobre el hechizo de protección del profesor Dumbledore –el hombre respiró con fuerza para absorber el aroma que desprendían sus negros y alborotados cabellos-. ¿Podrás perdonarme?
-No tengo nada qué perdonarte. Pero no quiero que vuelvas a ocultarme algo tan importante –el profesor sintió el inquieto movimiento del muchacho, aún dentro de su abrazo-. ¿Acaso tienes algo más que decirme?
-En realidad... sí. Hay algo más –el joven advirtió la tensión en el cuerpo de su pareja y suspiró-. Hace algunas semanas comenzó a dolerme la cabeza. Pero el dolor se iba tan rápido como llegaba, así que no le di importancia... por eso no te dije nada.
-¿Quieres decir que ahora ésos dolores de cabeza son más fuertes?
-De unos días a la fecha se han vuelto insoportables –Harry esperó el reclamo de su pareja, pero Severus permaneció callado. Y el joven sintió con claridad que el enojo de momentos antes cambiaba a una creciente preocupación-. Ahora me siento bien, así que no tienes porqué alarmarte.
-Mañana muy temprano iremos a ver a tu doctor –fue la firme decisión de Severus-. Debemos saber qué es lo que te ocurre con exactitud... ¿Black ya lo sabe? –el muchacho negó con la cabeza-. Sería prudente que también lo supiera. Y no esperes que lo tome con la misma frialdad que yo.
-Lo sé... y de verdad pienso cómo decírselo sin alterarlo. –Harry se separó de su abrazo y sacudió la cabeza para alejar cualquier preocupación-. ¿Podríamos olvidarnos de todo por ésta noche? Necesito una chimenea y una taza de chocolate caliente –la respuesta de Severus fue un apasionado beso que lo dejó sin aliento.
-Está bien. Pero la próxima vez que me cites aquí, procura que sea en verano. Y sin chantajes de ninguna clase –Harry frunció el ceño, sin comprender-. Hablo de la carta que me enviaste con Hedwid.
-Yo no te envié ninguna carta –ésta vez, fue el ceño de Severus el que se frunció-. Vine aquí porque recibí una nota tuya citándome.
-Yo no hice tal cosa –ambos guardaron un silencio sospechoso. Severus rebuscó en el bolsillo de su túnica y sacó la carta que recibiera de Hedwid horas antes.
"Tú y yo necesitamos hablar. Te espero frente al lago al anochecer.
Si no acudes a la cita daré por sentado que ya no me quieres, y entonces me iré a vivir con mi padrino al Londres Muggle.
Harry".
-¿Podemos irnos ya? Me estoy muriendo de frío –al ver que el muchacho no le daba demasiada importancia a ése detalle, decidió hacer caso a su sugerencia. Guardó la carta entre sus negras túnicas y abrazó a su pareja para emprender el camino de regreso a los aposentos que ambos compartían. Él también tenía mucho frío y necesitaba con urgencia el calor del cuerpo de Harry. Además, tenía un obsequio que entregarle.
Sirius salió de su escondite a varios metros de ahí. Con el rostro serio observó las dos oscuras siluetas que abrazadas, desaparecían en la distancia. Un aullido a lo lejos le recordó que debía acudir a una cita, y sintiéndose satisfecho porque Harry no volvería a pasar otra noche en soledad se dispuso a alcanzar a Remus en el Bosque prohibido.
Los fantasmas aún rondaban a su alrededor, y algunos de ellos seguían visitándolo en sus sueños. Pero mientras corría a cuatro patas por el bosque en busca de su mejor amigo, percibió por primera vez el sabor de la libertad. Y supo que sin importar lo que ocurriera, sería feliz mientras las dos personas que él más amaba también lo fueran.
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Desde que Hermione descubriera su verdadera relación con Ron a través de sus diarios, se había negado de forma rotunda a hablar con él. Durante ésos días, la doctora Sayers sólo se había concretado a observarla sin tratar de intervenir en su decisión, que respetaba. Sabía que su paciente necesitaba enfrentarse sola a sus propios fantasmas, y que cuando estuviera lista ella misma se lo haría saber.
Pero cuando la mañana del 14 de febrero Ron llegó dispuesto a recibir de una vez por todas una respuesta de parte de su paciente, supo que había llegado el momento de charlar con ella. Ambos jóvenes debían poner en claro todas las cosas pendientes entre ellos dos. Además, habían entrado en una fase del tratamiento en la que ya no era obligatorio que Hermione permaneciera internada.
Al saberlo, Ron decidió reiterar el ofrecimiento de sus padres de recibirla en la Madriguera durante el tiempo que su novia quisiera. Se lo propuso a la doctora y ella estuvo más que de acuerdo, pero la última palabra la tendría Hermione. Lo dejó esperando en su oficina y salió a la terraza en busca de la muchacha. La distinguió agachada junto a la banquita blanca, los suaves rizos castaños ondeando alrededor de su rostro cuando el frío aire de la mañana jugueteó con su larga cabellera.
Abrigada con un suéter azul cielo que Molly le tejiera en las pasadas navidades, y una gruesas mayas blancas cubriendo sus largas piernas, Hermione se encontraba absorta en la contemplación de un pequeño brote que luchaba por emerger de entre la delgada capa de nieve que lo cubría. La doctora Sayers se acercó a su paciente procurando el mayor sigilo para no interrumpir sus meditaciones.
-El invierno se resiste a marcharse –la mujer mayor no respondió al inesperado comentario de la joven. Permaneció parada junto a ella escuchándola con atención-. Tal vez... ya no habrá más primavera.
-Tarde o temprano se irá. Y ella ocupará su lugar para llenarlo de flores perfumadas, y de cantos de pájaros.
Hermione consideró sus palabras y siguió observando el verde retoño. Una hoja diminuta se aferraba al delgado tallo, que resistía el embate del viento y la nieve, negándose a ser derribado. Ella admiró la fortaleza de la plantita, tenaz a pesar de su aparente fragilidad. Retiró con cuidado la nieve que la rodeaba y la tierra húmeda emergió. La doctora estaba en lo correcto, el invierno pronto se iría.
Dejó sus pensamientos a un lado cuando la doctora la invitó a sentarse en la banquita, junto a ella.
-Desde que comencé a reducir las dosis de antidepresivos, he notado que has respondido muy bien –Hermione asintió en silencio, agradeciendo el no tener que beber la poción con la misma frecuencia que antes-. Aún así, no creo que sea prudente suprimirlas. Deberás llevar un tratamiento controlado durante algún tiempo más... en especial ahora que deberás dejar el hospital.
-¿Ha dicho que debo marcharme? –Hermione sintió que su corazón se paralizaba dentro de su pecho-. No puedo irme de aquí... no tengo un lugar a dónde ir.
-Es hora de volver a comenzar, fuera de éstas paredes –ella negó con la cabeza, temerosa del mundo que le esperaba afuera de ése cómodo lugar-. Sabes que hay gente que te espera. La familia Weasley ha reiterado su ofrecimiento, y me han dicho que tu habitación en la Madriguera está lista para cuando quieras volver.
-No estoy segura de que regresar a la Madriguera sea lo más adecuado –la doctora no respondió, pero pudo apreciar con claridad el temor en cada una de las palabras de su paciente-. Si no puedo seguir aquí, entonces creo que lo mejor será volver a la casa de mis padres.
-Ya habíamos hablado de ello –la doctora colocó una mano sobre su hombro, tratando de convencerla-. No sería sano volver a un lugar donde estarás sola. Sanarás con más facilidad si tienes a tu alrededor a la gente que te ama, y que te puede ayudar a salir adelante. En casa de tus padres no hay nada para ti.
-Tampoco en la Madriguera. No hay nada para mí en ninguna parte –la doctora suspiró, negándose a creer lo que escuchaba. La voz de Hermione se convirtió en un susurro tembloroso. Aún así, se armó de valor para mirarla a los ojos-. En todos estos meses aquí he descubierto... que sólo soy un puñado de hojas amarillas. Sólo soy... un montón de palabras escritas por la mano de una desconocida.
-Eso no es verdad –la mano fría de Hermione se vio envuelta entre las manos cálidas de su terapeuta-. Tú eres mucho más que eso. Mucho más que todo lo que te puedes imaginar. Afuera hay alguien para quien eres todo su mundo. Alguien que en algún momento de tu vida también significó todo tu mundo.
-Usted no lo entiende... –Hermione se liberó de las manos que la sostenían y se puso de pie. Y la doctora pudo advertir la frustración en cada una de sus palabras-. Todo lo hermoso que tenía ya no volverá... todo lo que Ron y yo creamos juntos se fue. Desapareció de mi mente y de mi corazón. Ya no existe. Yo ya no existo.
-Podría tomar como ciertas tus palabras... si no fuera porque yo misma he visto tu progreso durante todos estos meses –el leve susurro en la voz de la doctora hizo que la joven se volviera hacia ella-. A mí no me engañas, Hermione. Sé lo que te ocurre. Estás aterrorizada porque dentro de ti están despertando sentimientos que hasta hace poco no reconocías.
-No sé a qué se refiere.
-Hasta antes de volver a ver al señor Weasley, tu vida aquí transcurría entre teñir lienzos en rojo y ver pasar las horas sin encontrarles ningún significado –una lágrima se deslizó por la mejilla de su paciente, y la doctora Sayers continuó sin hacer caso a ello-. Pero desde que él apareció, pintar dejó de ser emocionante para ti. Y encontraste sentido al paso del tiempo cada vez que mirabas el reloj, esperando que llegara la hora de la visita para volver a verlo.
Hermione secó su lágrima y levantó su mirada café hacia la doctora. Ella tenía razón. Estaba aterrorizada. Desde mucho antes de averiguar su relación con Ron a través de sus diarios, había descubierto infinidad de sentimientos que revoloteaban dentro de su ser. Cosas que no recordaba haber sentido antes y que la llenaban de sensaciones nuevas. Era diferente a sentir miedo de todo. Era algo nuevo y eso hacía que le resultara atemorizante.
-¿Qué es lo que me está sucediendo? –Hermione tembló mientras se abrazaba a sí misma, tratando de darse calor. Un calor que sólo había logrado sentir aquella noche de Navidad entre los brazos de Ron.
-Lo que está sucediendo, es que el invierno se está marchando y la primavera está llegando para ti –la doctora supo que había dicho las palabras correctas cuando los ojos de su paciente brillaron con la luz de la comprensión-. Sólo es cuestión de que abras tu corazón y la dejes entrar.
-Si lo hago... ¿Dejaré de tener miedo?
-El miedo nunca se irá –el rostro maduro se mantuvo firme cuando la doctora continuó-. Pero hay cosas más grandes que el miedo, y por las cuales vale la pena luchar.
-¿Cree... que podré volver a sentir aquello tan hermoso que escribí en mis diarios? –la doctora prefirió no responder a una pregunta que con el tiempo sólo Hermione sería capaz de responder.
-El señor Weasley está aquí, vino a insistir sobre la cena de ésta noche. Creo que aceptar su invitación será un gran paso para ti.
-Tengo miedo de hacerle daño si él se hace ilusiones conmigo –Hermione jugueteó con un rizo castaño, mientras trataba de poner en orden sus ideas-. ¿Y si no resultara? ¿Y si nunca vuelvo a sentir por él lo que dicen mis diarios? ¿Cómo podré entonces mirarlo a la cara después de todo lo que él ha hecho por mí?
-Te aseguro que él está consciente de ello, tanto como tú. Conoce muy bien tu situación y no te forzará a sentir o hacer lo que tú no quieras –Hermione suspiró, temerosa de tomar una decisión-. No te sientas obligada a sentir algo por él sólo por agradecimiento.
-Es que... ni siquiera lo conozco. Sólo sé de él lo que he leído en mis diarios.
-¿Y no crees que sería interesante volver a conocerlo?
Un largo momento de silencio siguió a las palabras de la doctora. Hermione siguió jugueteando con su rizo, en su rostro el reflejo de la lucha interna entre el temor a lo desconocido y el deseo de salir de la oscuridad.
-Está bien –aceptó al fin. Y al hacerlo, sintió su corazón palpitar con una fuerza avasalladora-. Dígale... que estaré lista a las siete.
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Harry encontró asiento sobre un rellano en lo más alto de una torre, buscando algún lugar alejado de los estudiantes que nunca se cansaban de abordarlo cada vez que lo veían. Era casi mediodía y a su alrededor, podía observarse delgadas capas de nieve deslizándose con pereza sobre los declives del antiguo edificio, señal de que en unas cuantas semanas se derretirían por completo. Sin duda, un bello paisaje que apreciaría cualquiera que tuviese lo que a él le faltaba.
Pero se conformaba con sentir el viento frío sobre su rostro. Le gustaba, y aliviaba en gran medida el dolor de cabeza que se había vuelto parte de su vida, y que ya comenzaba a hartarlo. Acababa de regresar de su visita al médico y después de su diagnóstico decidió que quería estar a solas. Y Severus y su padrino no pusieron objeción comprendiendo su estado de ánimo, cosa que les agradeció. Necesitaba ésa soledad, como nunca antes.
Consciente que ellos no tardarían en extrañar su presencia, el joven se permitió disfrutar de su retiro y suspirando, recargó su cabeza contra la fría piedra que coronaba el antepecho. Después de examinarlo, el médico les informó que los coágulos en las venas retinianas aumentaban de tamaño. Eso estaba provocando que algunas otras partes del cerebro sufrieran presión al no circular la sangre con la velocidad que necesitaba. Por eso aquél extraño zumbido que de vez en cuando molestaba sus oídos.
El médico había sugerido de nuevo la intervención quirúrgica, pero al igual que Severus en su momento, Sirius también se había negado de forma rotunda.
-Encontraremos la enzima que falta y elaboraré la poción –habían sido las palabras de Severus, que Sirius había apoyado sin vacilar-. Tendremos la cura a como dé lugar.
-Entonces, será mejor que se den prisa –fue la respuesta preocupada del medimago, que a pesar de todo comprendió la actitud protectora de los dos hombres-. No me gusta el zumbido que acompaña a ése dolor de cabeza.
El muchacho volvió de sus pensamientos al sentir que el molesto zumbido volvía. Cerró los ojos y refugió su cabeza entre sus manos, tratando de alejar ésa incómoda sensación. Antes de su visita al medimago no tenía idea de la gravedad de su situación, y no pudo evitar que unas lágrimas se deslizaran por sus mejillas. Seguía confiando en que Severus pudiese encontrar una pronta solución a su problema, pero le aterraba la posibilidad de tener que recurrir a la cirugía y no recuperar la vista nunca más.
Secó sus lágrimas cuando escuchó el ruido de unos pasos muy lentos subiendo el interminable tramo que lo llevara hasta ahí. Reconociéndolos, frunció el ceño en preocupación mientras se ponía de pie para extender su mano al profesor Dumbledore, que la tomó con las pocas fuerzas que le quedaban. Cansado, el anciano mago dejó su bastón junto al de Harry para sentarse a su lado en el rellano.
-Al fin te encuentro... –el joven esperó con paciencia a que el viejo mago recuperara el aliento-. La próxima vez que decidas desaparecer... procura que sea en la planta baja. Yo ya no estoy para... éstas... cosas.
-Lamento haberlo hecho subir hasta aquí –se disculpó, apenado por el gran esfuerzo del venerable anciano-. Pero necesitaba un lugar para estar a solas.
-Por favor mi muchacho... no hagas que me vaya. Al menos... hasta que pueda recoger los pedazos de mí que dejé en las escaleras –Albus posó una mano temblorosa sobre su hombro, y Harry la tomó con cariño entre las suyas mientras reía con ligereza, agradeciendo la presencia del anciano. A pesar de su sonrisa, Albus pudo notar que había llorado-. ¿Todo está bien, mi niño? Sabes que yo soy todo oídos.
-Estoy muy asustado, profesor –respondió el muchacho, después de darse valor para confesarlo. Albus comprendió sus palabras y estrechó sus manos para darle ánimos-. Cuando me duele... siento como si tuviera abejas dentro de la cabeza, y a veces me cuesta trabajo entender lo que me dicen los demás.
-Pensé que las pociones te ayudaban...
-Sólo calman el dolor por un rato –al sentir la inquietud del anciano, Harry sonrió con ligereza para tranquilizarlo-. Severus está haciendo todo lo posible. Es mi más grande esperanza, y tengo toda mi fe puesta en él.
-Me alegra escucharte hablar así. Yo también tengo fe en él, y sé que no te fallará –lo animó el profesor. Harry se enderezó en su lugar sin dejar de tomar entre las suyas, las delgadas manos cubiertas de arrugas-. Quisiera hacer algo para ayudarlo, pero él se niega.
-Severus no desea que nadie más les ayude con eso. Dice que es algo muy delicado y no quiere errores –Albus guardó un silencio que no convenció al muchacho-. Además, ya lo apoyó consiguiendo un profesor de reemplazo, en tanto siga con lo del veneno. Eso ya es una ayuda invaluable de su parte.
-Quisiera creer del todo en eso pero... ah... éste viejo que tienes frente a ti ya no es el mismo de antes, y parece que todos los demás lo han notado –Harry pudo sentir que la tristeza del anciano aumentaba-. Minerva se las arregla muy bien en la Dirección, y no parece necesitar ayuda con eso. Lo único que hago es sentarme en las reuniones del Consejo y escuchar sus decisiones mientras los elfos me rebozan la taza de té y me atiborran el plato con galletas.
Albus dio un largo suspiro, mientras se ponía de pie para contemplar el paisaje que se extendía frente a él.
Desde su despertar una semana atrás, aún le desconcertaban los cambios que descubriera en su entorno. Estaba más que deseoso de recuperar su antiguo puesto y volver a ser el mismo de antes. Pero aunque a la larga pudiese recuperar lo primero, era más que obvio que nunca volvería a ser el mismo. Seis meses de permanecer sumido en un profundo letargo habían mermado su fuerza física y mental de forma considerable. Y a ése respecto, Poppy había sido muy honesta con él desde el principio.
-Usted es más necesario aquí de lo que se imagina, profesor –las palabras de Harry levantaron un poco sus ánimos caídos. Sonrió con ligereza y regresó a su lugar junto a su niño de oro, que siguió hablándole-. Creo... que comprendo un poco cómo se siente. Al principio, yo también me sentía impotente cuando veía que no podía hacer nada para ayudar a las personas que en ése momento me necesitaban.
-¿Sabes? Me acostumbré a resolverlo todo –Harry guardó un silencio respetuoso, dispuesto a escuchar al profesor-. Cuando hubo algún problema, siempre fui yo el que se movió, el que tomó decisiones y a quien siempre se le escuchó. Y ahora... todo el día me la paso rondando por los pasillos, buscando ser útil de alguna manera. Pero parece que durante estos largos meses todos se acostumbraron a mi ausencia.
-Severus y yo lo extrañamos mucho, y sé que todos los demás también lo extrañaron –Albus se dedicó a ajustar sus lentes de media luna sobre la nariz, tratando de obviar el escozor que comenzaba a sentir en sus azules ojos-. Todos estos meses rezamos por su recuperación, no lo dude. Es sólo que... cada cual tenía sus propios problemas, y debíamos seguir adelante.
-Y lo entiendo muy bien. Y sé que deberé acostumbrarme a que las cosas ahora son muy distintas –aceptó el anciano, para después sonreír-. Por otro lado, me siento muy orgulloso de todo lo que ustedes hicieron. Han sido fuertes cuando la situación lo ameritaba, y han demostrado una gran entereza para enfrentarse a sus propios problemas.
Un silencio cómodo siguió a las palabras del anciano. A lo lejos, pudieron escuchar el frenético aleteo de las lechuzas que llegaban con el correo y ya se dirigían hacia el comedor.
-Es hora de volver –Harry se puso de pie y tomó su bastón para buscar la salida de la Torre-. Es hora del almuerzo y Severus no tardará en buscarme.
-¿Aceptarían un invitado para almorzar?
-Será todo un placer –respondió con una sonrisa, extendiendo el brazo en invitación para que Albus lo guiara en su descenso. Y si alguien los hubiese observado mientras bajaban con lentitud la larga hilera de escalones, no habría podido distinguir a ciencia cierta quién sostenía a quién.
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La música suave que flotaba en el ambiente ésa noche de San Valentín, ayudaba a Hermione a relajarse lo suficiente ante la presencia de su acompañante. Con una rosa escondida dentro del bolsillo esperando ser entregada a las manos femeninas, Ron se sentía como un adolescente en su primera cita. Apenas un año atrás, celebraban ésa noche especial escondidos en un aula vacía en el Castillo. Y a Ron le parecía imposible pesar que ahora sólo él fuese capaz de recordar ésos hermosos momentos.
Esquivando la mirada del joven frente a ella, Hermione trataba de distraerse observando los adornos colocados en las paredes del salón. Todos ellos alusivos a una fecha que parecía mantener en una especie de encanto mágico a todas las parejas presentes, pero que a ella no le decían nada. Todos los sentimientos que alguna vez guardara a ése respecto se habían marchado junto con sus demás emociones e ilusiones. Se preguntó si valdría la pena el esfuerzo de Ron por llevarla a ése lugar.
-La doctora dice que estás lista para ver a otras personas –Hermione dejó sus reflexiones a un lado y le dedicó una sonrisa tímida en señal de asentimiento-. ¿Ya decidiste a quiénes volverás a ver?
-Al profesor Dumbledore, y a la profesora McGonagall –ella guardó silencio por un breve instante, como si sostuviera una lucha consigo misma-. También veré a algunos profesores. Y a Sirius Black.
-Ésas son buenas noticias.
-No estoy muy segura de querer ver a Sirius. Su recuerdo me conecta con el recuerdo de otra persona que aún... no quisiera ver –Ron asintió, comprendiendo a quién se refería.
-Remus es un hombre extraordinario –el solo nombre de quien fuera su profesor de Defensa hizo que la joven palideciera-. Puedo comprender que le temas. Pero si de algo te puede servir lo que te diga, yo le confiaría mi vida con los ojos cerrados. –El silencio de Hermione fue toda su respuesta. Comprendiendo que Lupin aún no era tema para el que estuviera lista, decidió cambiar el rumbo-. La doctora también me dijo que es hora de que dejes el hospital. Sigue en pie la proposición que mis papás te hicieron.
-Necesito algunos días más para pensarlo –desaliento en el rostro de Ron al escuchar la respuesta de quien fuera su pareja-. También quiero ver cómo está la casa de mis padres. Tal vez decida irme a vivir sola.
-¿Sabes? Antes de que nos graduáramos... tú y yo teníamos planes –Ron se aclaró la garganta, tratando de ignorar el dolor que sintió al enfrentar la tristeza en los ojos cafés-. Tú no querías irte a vivir sola cuando comenzaras la universidad. Tú querías... otras cosas. Queríamos... teníamos muchos sueños...
Hermione movió la cabeza de un lado a otro y posó ambas manos por encima de la mesa, en silenciosa súplica para que Ron callara. Ya le era doloroso saberlo por medio de sus diarios. Mucho más lo era que el mismo Ron le hablara de ellos. Pero lejos de detenerse el muchacho siguió hablándole, sus ojos grises reflejando la emoción que lo embargó a recordar la noche cuando sentados uno junto al otro sobre su escoba, hablaran de sus sueños y temores, cobijados bajo la pálida luz de la luna.
-Tú querías irte a Italia a estudiar Magia Antigua –Hermione siguió negando con la cabeza, renuente a querer escucharlo. Ron tomó sus manos y las apresó entre las de él-. Querías que viviéramos juntos. Yo buscaría alguna carrera allá y entonces los dos...
-Ya no hay dos, Ron... ya no hay nada –Ron hizo caso omiso a sus palabras. Siguió hablándole, ilusionado con los bellos recuerdos que sólo él conservaba. Hermione no pudo hacer nada más que escucharlo, lágrimas de frustración y tristeza rodando por sus mejillas.
-Tú querías que nos casáramos y yo... yo aún no sabía lo que quería –Hermione se liberó de las manos de Ron y se cubrió el rostro, ahora empapado por las lágrimas que ya brotaban de sus ojos a raudales-. Soñábamos con formar una familia...
-Basta... por favor... no sigas.
-Yo quería tener tres niñas, todas con el cabello alborotado y sonrisas pizpiretas... pero tú querías tres varones ¿Recuerdas que querías que fueran pelirrojos? ¿Lo recuerdas? –un largo sollozo fue la única respuesta de Hermione. Los labios de Ron temblaron, su corazón partiéndose en mil pedazos-. Por favor dime... que lo... recuerdas...
Calló de repente cuando sintió que las lágrimas ahogaban sus palabras. Frente a él, Hermione convulsionaba en sollozos que su mano trataba de acallar, en vano. Una música lenta impulsó a varias parejas a tomarse de la mano para dirigirse a la pista. El muchacho secó sus lágrimas con disimulo y se puso de pie, invitando a Hermione a hacer lo mismo. Ella no comprendió lo que Ron quería hasta que se vio en el centro de la pista, su cintura rodeaba por sus brazos cálidos.
Abrazada a él, cerró sus ojos castaños y se dejó guiar con lentos pasos. Ninguno de los dos quiso hablar. Tal vez porque en el fondo sabían que ya no había nada qué decir. Y Ron así lo comprendió cuando extrajo la rosa de su bolsillo para entregársela a Hermione. Ella la olió por un momento antes de enredarla en sus rizos castaños y volver a abrazarse a él, con tanta fuerza que Ron casi pudo sentir los latidos de su corazón a través de la tela de su vestido azul.
-No quiero a nadie más que a ti –la joven se tensó al escuchar el suave susurro que vibró contra su oído, pero Ron no le dio tiempo para hablar-. Sé que ahora soy un extraño en tu vida y que todo lo que vivimos ya no tiene ningún significado para ti... –ella se apretó más contra su pecho, deseando con ello aminorar el dolor que sabía que estaba sintiendo-. Pero me niego a aceptar que todo lo hermoso que tú y yo vivimos juntos se haya perdido para siempre. Tengo la esperanza... de que aún conserves algo de nuestro amor en tu corazón.
-Esperas demasiado de mí –el cálido aliento de Hermione evocando en su memoria noches de besos robados en la Sala Común-. Esperas lo que tal vez jamás podré volver a darte... porque ni siquiera sé si podré volverlo a sentir.
-¿No sientes nada ahora? –ella no pudo responder, confundida por el cúmulo de sensaciones que la envolvían en medio de ése abrazo perfumado a sándalo y calor de hogar-. Te he perdido, ¿Verdad?
-No, Ron... yo fui la que te perdió... junto con todo lo que se llevó aquel beso –un suave suspiro escapó de los labios de Hermione cuando levantó sus ojos castaños hacia los ojos grises que la miraban con infinita tristeza. Secó su lágrima con una suave caricia de sus dedos y volvió a abrazarse a él, dejando que la llevara al lento ritmo de la música-. Pero de todo lo que perdí, te aseguro que lo que más me duele fue haberte perdido a ti.
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Desde que Draco y Oliver comenzaran su relación, muy pocas eran las ocasiones que podían disfrutar de un momento a solas. Oliver seguía cubriendo el turno de la noche en la enfermería, y su horario de trabajo rara vez coincidía con el del rubio. Por su parte, Draco estaba más ocupado que nunca cubriendo a Severus con la elaboración de las pociones, y calificando los trabajos que el nuevo profesor encargaba a los estudiantes.
Cuando al fin encontraban un espacio para ellos dos, trataban de aprovechar en lo mejor posible ésos valiosos momentos juntos. Y la noche de San Valentín, ambos se dieron prisa en dejar todo en orden para dedicarse unas horas que ya necesitaban. Después de conseguir el permiso de Poppy, Oliver dejó la enfermería y se apresuró a arreglarse para su cita con su pareja, que ya lo esperaba en sus aposentos.
Abrió la puerta una elfina a la que nunca antes había visto en el Castillo. Extrañado, dejó que lo condujera hacia la sala y le ofreciera un té, que aceptó después de pensarlo por un momento. Sintiendo la habitación algo fría, extrajo su varita y avivó el fuego. La elfina lo observó con ojos brillantes durante un largo instante, incomodándolo. Ella se dio cuenta y avergonzada, dejó la charola sobre una mesita en mitad de la sala y después de disculparse se marchó a toda prisa.
Draco salió de sus habitaciones privadas para recibir a su visita, que le dedicó una suave sonrisa cuando lo vio. Olvidándose al instante del incómodo incidente con la elfina, decidió que la presencia del rubio le gustaba mucho más y así se lo demostró. Draco enredó sus dedos entre los negros cabellos del moreno respondiendo a su apasionado beso. Se sirvió una copa de vino y lo invitó a sentarse en el sillón, donde el Gryffindor lo besó otra vez para después refugiarse entre sus brazos.
-No puedo creer que viviendo en el mismo Castillo apenas podamos vernos –Draco dio razón a sus palabras. Sus manos sobre el vientre pronunciado de Oliver captaron con claridad los movimientos de su bebé, lo que hizo que sonriera con ligereza-. No sé cómo le vamos a hacer cuando me vaya a vivir a la casa de mi madre.
-¿Cuándo tienes planeado marcharte?
-A fin de mes, a más tardar –fue la respuesta de Oliver-. El bebé nacerá a principios de abril y para entonces, ya quiero tener listas nuestras habitaciones.
-¿No crees que será incómodo para ti tener que viajar todos los días por la red?
-En realidad no estoy preocupado por eso. Lo que me preocupa es que en septiembre comienzo la carrera, y no he encontrado a alguien para cuidar de ella en mi ausencia.
-Conozco a alguien que podría hacer ése trabajo –Oliver lo escuchó con atención-. Se trata de Eli, una elfina.
-¿Una elfina? –Draco asintió, sin dar demasiada importancia al asombro que cruzó el rostro de su pareja-. ¿Pretendes que deje a mi bebé en manos de una elfina?
-No es una elfina cualquiera –recalcó el rubio-. Es la elfina que cuidó de mi madre desde que era pequeña. Siempre fue muy cuidadosa y fiel, y la quiso tanto que cuando mi madre se casó, ella decidió seguirla para seguir sirviéndole.
-¿Crees que ella llegará a ser igual de cuidadosa con mi hija?
-¿Por qué no lo averiguamos desde ahora? –Oliver lo miró sin entender-. Ella está aquí. De hecho, fue quien te abrió la puerta cuando llegaste –la elfina apareció en la sala obedeciendo a la voz de su amo. Sus enormes ojos parecieron brillar cuando volvieron a posarse sobre la persona de Oliver. Volvió a bajar la cabeza, apenada por su atrevimiento.
-Él es Oliver, y es mi pareja. Así que quiero que lo trates como me tratas a mí –Eli unió sus nerviosas manos de largos dedos, emocionada de estar frente a la persona que el amito Draco amaba-. Y será a su bebé a quien habrás de cuidar en todo momento.
-Eli estará feliz de poder servir a la amita que está por llegar –fue la respuesta ilusionada de la futura niñera-. Eli la cuidará y la amará como amó a la amita Narcisa.
-No lo dudo, Eli. Puedes retirarte –cuando la elfina se marchó se volvió hacia el moreno, que no había despegado su mirada del pequeño ser hasta que desapareció frente a sus ojos-. ¿Y bien? ¿Qué te pareció? ¿La crees merecedora de tu confianza?
Oliver suspiró mientras tomaba el rostro de Draco entre sus manos, y éste sólo cerró los ojos ante la ligera caricia que el moreno le dedicó.
-Yo confío en ti. Y si tú confías en ella, entonces yo también lo haré –Draco no respondió. Sólo dejó que Oliver recargara su cabeza sobre su hombro, disfrutando de su compañía-. ¿Falta mucho para la hora de cenar?
El rubio sonrió ante el apetito voraz del Gryffindor, y decidió que era hora de pedir a Eli que sirviera la mesa. "Yo confío en ti", eran las palabras que rondaban por la mente de Draco mientras escuchaba la conversación alegre de Oliver. No olvidaba que había algo pendiente entre ellos y sólo esperaba que llegado el momento de hablar, su confianza en él no se desvaneciera. Dejó ésos pensamientos a un lado antes de decidir que era hora de disfrutar de una agradable velada junto a quien ahora era su pareja, y la persona que él más amaba.
Continuará...
Próximo Capítulo: Una luz de esperanza. Tercera Parte.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
