Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling. Ésta historia está escrita sin ánimo de lucro.
Advertencias: Este fanfic será Slash con Lemon. Es decir, contendrá relaciones, algunas explícitas, entre chicos. Más adelante Mpreg. También habrá parejas hetero, muerte de algún personaje y mucha angustia. Si alguna de éstas situaciones no te es grata, no lo leas. Sólo aviso.
Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.
Que la disfruten.
K. Kinomoto.
Quiero agradecer a Devi, Shane Row Snape y Jazlupin, por sus comentarios.
Y a todas las personas que leen esta historia, muchas gracias.
XXIX
Una luz de esperanza.
Tercera Parte.
La noche del sábado 18 de febrero, Lucius canceló una cena con sus socios para atender otro compromiso mucho más importante. Dejó instrucciones a sus elfos y subió a su carruaje para dirigirse al Hambleton, donde Remus lo había citado para hablar con él. En el trayecto, estrujaba ansioso la empuñadura de oro con forma de serpiente que adornaba su elegante bastón de ébano. Después de dos largos meses sin ver a Remus, el viaje se le estaba haciendo eterno.
Enfocó su mirada azul más allá del cristal. Abajo, la luna menguante resplandecía sobre las serenas aguas del Lago Rutland. El frío aire nocturno se coló por los resquicios de la ventanilla, ayudándole a despejar su mente de las dudas que la rondaban. El carruaje descendió con lentitud en la entrada del hotel y el aristócrata se apeó apoyando en su bastón su elegante andar para dirigirse hacia el lugar de su cita, donde un impaciente Remus ya lo esperaba.
El corazón del profesor se llenó de alegría al ver la seguridad en cada uno de los movimientos del rubio cuando se acercó a él, su mirada suspicaz. Recordando el día de su despedida, comprendió su actitud defensiva y en recompensa por el mal rato le regaló una sonrisa, que hizo que los ojos azules destellaran con intriga. Lucius suspiró dentro del fuerte abrazo que lo dejó sin aliento. Sin dejar de sonreír, Remus se separó de él para mirarlo de arriba abajo.
-Draco me dijo que ya caminabas sin ayuda, pero quería verlo por mí mismo –Lucius asintió en silencio y dio media vuelta para dirigirse al bar, donde se sirvió una copa. La bebió de un solo trago cuando sintió que el profesor se acercaba a él con lentitud para rodear su espalda. Remus apreció la tersura de la capa negra de terciopelo acariciando las heridas de su última transformación, aún visibles en su rostro, y descansó sobre el fuerte hombro, suspirando-. Te he extrañado... mucho.
No obtuvo respuesta. Aún así, permaneció en su sitio sin soltar su abrazo, hasta que la grave voz de Lucius vibró bajo su mentón a través de la fina capa.
-Cuando la noche de la batalla te propuse que iniciáramos una relación, no estaba jugando. Sabía que ambos necesitábamos de la mutua compañía y dada nuestra anterior experiencia, tenía confianza en que resultaría –Lucius volvió a llenar su copa y dio media vuelta para enfrentar su mirada seria contra la ambarina-. En verdad deseaba que resultara, y puse de mi parte todo lo que en mis manos estuvo para que así fuera.
-Lo sé, y no dudes que yo también lo hice –la mirada azul siguió posada sobre la suya, exigiendo una explicación muy bien merecida-. He llegado a amarte de tal forma, que es superior a mí. Yo sólo quería sentirme amado de la misma manera. Quería que fueras sólo mío y no tener que compartirte con... su recuerdo.
Lucius supo que se refería a su esposa y frunció el ceño con ligereza, comprendiendo la posición del profesor. Era momento de hablar sobre lo que sentía a ése respecto. Sin soltar su copa, se dirigió a la ventana y se recargó sobre el marco de madera. Remus vaciló por un momento antes de colocarse a su lado. Enfocó su mirada ámbar en el rostro de finas facciones del hombre que amaba, mientras dejaba que el rubio se tomara su tiempo para ordenar sus ideas.
-Cuando Narcisa y yo nos casamos, no nos amábamos. Fue una decisión entre nuestras familias de la que no pudimos librarnos –la mirada atenta de Remus siguió puesta sobre él, pendiente de sus palabras-. Aún así, acordamos que intentaríamos llevar nuestro matrimonio de la mejor forma posible. Estábamos por recibir la Marca y sabíamos que a partir del momento en que uniéramos nuestras vidas, también tendríamos que entregarnos nuestra total confianza.
Lucius guardó silencio por un largo momento, mirando sin ver las luces artificiales que iluminaban el suntuoso hotel, y que mostraban a medias los inmensos jardines que lo rodeaban. Decidido a respetar su silencio, Remus permaneció a su lado hasta que la atención del rubio volvió a enfocarse en él, y el profesor pudo distinguir una sombra de tristeza oscureciendo sus finos rasgos. Los recuerdos de toda una vida aferrados con fuerza a su mente y a su corazón.
-Lo nuestro no fue el matrimonio perfecto –continuó, su fina mano jugueteando con la copa para no enfrentar la mirada ámbar-. Tuvimos altibajos como cualquier pareja. Pero ambos aprendimos a tolerar nuestros defectos y a valorar nuestras virtudes –en ése punto, la mirada azul volvió a encontrarse con la mirada de Remus, y los ojos del profesor se humedecieron al notar un ligero temblor en la voz del hombre a su lado-. La noche que Narcisa murió... una parte de mí también murió con ella.
-Si no quieres seguir hablando de esto... –pero Lucius levantó la mano que sostenía su bastón para impedir que lo interrumpiera.
-Aprendimos a amarnos. Y ése proceso no se logró de un día para otro –Lucius bebió otro poco de vino para aclarar su garganta, que de pronto sintió muy seca-. Fueron necesarios muchos años para lograrlo. Años en los que llegué a conocer y amar a una mujer llena de fallas, pero también llena de grandes aciertos.
-Yo nunca he tenido un amor así –confesó Remus-. Jamás he sabido lo que es vivir tantos años con una sola persona. Tal vez por eso... no he sido capaz de comprender todo lo que estás sintiendo.
-Narcisa no sólo era mi compañera. Era mi amiga... mi cómplice –Remus retiró la copa de la mano, al ver que ésta se apretaba alrededor de ella amenazando con quebrarla. Lucius se permitió relajarse cuando el frío cristal fue reemplazado por la calidez de unos dedos largos, que se enredaron entre los suyos con inmenso cariño-. Durante veinte años, fue a su cuerpo al que yo me aferré durante las noches frías. Era su rostro lo primero que veía al despertar.
Lucius recobró la compostura. Separó su mano de la mano que la sostenía y se alejó de él. Aferrando con fuerza el mango de su bastón, dio unos cuantos pasos hasta detenerse en mitad de la estancia. Su mirada seria se volvió hacia Remus, y el profesor supo que la conversación aún no terminaba.
-Sé que ella ya no está, y que tengo derecho a rehacer mi vida –Remus asintió, dando razón a sus palabras-. Y yo quiero rehacer mi vida contigo, porque lo que siento por ti es inmenso. Pero Narcisa aún está presente en mis sueños y aún sigo percibiendo su aroma en el ambiente. Quiero que comprendas que no puedo borrar veinte años de mi vida con ella así como así.
Remus se acercó a él y Lucius se sintió envuelto en su abrazo acogedor. El profesor aspiró con fuerza el exquisito aroma de sus cabellos, mientras el rubio cerraba sus ojos, dejando que el calor de su cuerpo lo arropara como la manta café que usaban en la Casa de los gritos... como sus ojos ambarinos que en ése momento lo miraban con profunda calidez.
-Dime qué quieres que haga, y lo haré. Lo único que no haré será alejarme de tu lado –Lucius consideró sus palabras y respondió, sin separarse un solo centímetro de él.
-No quiero que exista nadie más entre tú y yo. Y para eso necesito tiempo –el abrazo de Remus se volvió más fuerte aún-. Sé que el tiempo no me hará olvidarla, pero me servirá para seguir viviendo sin que su recuerdo se interponga entre nosotros.
-Toda mi vida esperé encontrar el amor, y jamás me imaginé que lo hallaría en ti –la suave voz del profesor susurró a su oído, arrancándole un largo suspiro-. Tómate todo el tiempo que necesites. Yo seguiré a tu lado y respetaré tu luto porque sé que por alguien como tú, vale la pena esperar.
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El tiempo pasa muy rápido para aquellos que no lo desean, y Severus y Sirius vieron con impotencia cómo el invierno se marchaba para dar paso a la primavera. Encerrados en el laboratorio en lo más profundo de las mazmorras, ninguno de los dos puso atención al canto nuevo de los pájaros ni a las mariposas de brillantes colores posándose sobre las flores abiertas al sol. Estaban demasiado ocupados tratando de encontrar el modo de acabar con el sufrimiento callado de Harry.
A mediados de abril, el Cefalserum dejó de servir y los dolores de cabeza se volvieron un verdadero martirio. Harry estaba llegando al límite de su resistencia. Cuando pensaba que Severus dormía, se escurría en silencio hasta el baño para tomarse la poción, y ahí se quedaba para dar rienda suelta a su dolor. Entonces, Severus esperaba a que su pareja volviera y cuando Harry lograba conciliar el sueño, se levantaba de la cama y volvía al laboratorio sin importar la hora que fuera.
Desde la última visita de Harry al medimago, la presencia de Black se había vuelto una constante en su vida. En tácito acuerdo de respetar la tregua por el bien del muchacho, sólo se dirigían la palabra cuando la situación lo ameritaba. Pero trabajaban en una insólita armonía que hasta al mismo Harry asombraba. Y ésa madrugada de mediados de abril, al profesor ya no le extrañó encontrar encendida la luz del pequeño cuarto, y la figura de Sirius inclinada sobre su mesa de trabajo.
-¿Cómo está Harry? –el animago esperó la respuesta del profesor sin desviar su atención de lo que hacía. Severus tomó una muestra del veneno y se sentó en el otro extremo de la mesa antes de responder a su pregunta.
-Logró dormir la noche entera –Sirius hizo algunas anotaciones antes de dirigir una mirada muy seria hacia el hombre frente a él.
-La poción para el dolor ya no le está sirviendo –el profesor no respondió ante la obviedad de su afirmación. Los sollozos callados de su pareja, procurando no despertarlo cuando pensaba que él dormía le hacían consciente de ello-. ¿No tienes algo más fuerte que el Cefalserum?
-El Cefalserum es lo más fuerte que hay para el dolor de cabeza –Sirius resopló con impaciencia-. No me atrevo a darle un sedante. Algunas hierbas que se utilizan en ellos suelen provocar trastornos de la sangre. Con los coágulos que tiene corro el riesgo de ocasionarle alguna complicación.
Sirius siguió con su trabajo sintiendo que una gran impotencia se apoderaba de él. Estaban haciendo todo lo que podían, pero avanzaban con desesperante lentitud y el tiempo marchaba a toda prisa. Harry sufría en silencio para no preocuparlos más, pero las ojeras y el sempiterno gesto de dolor reflejado en sus jóvenes facciones ya no engañaban a nadie. Conocedores de su situación, Remus, Draco, Ron y Hermione visitaban a su amigo con frecuencia tratando de distraerlo.
Albus hacía otro tanto llevándolo de paseo y enseñándole encantamientos que facilitaban sus tareas cotidianas. Por las noches, lloraba en brazos de Sirius y el animago lo abrazaba con fuerza hasta que se calmaba. Cuando su padrino se marchaba, Severus y él se abrigaban bajo las sábanas y la voz del profesor era como un sedante que lo relajaba y le hacía dormir por algunas horas, hasta que el dolor lo hacía despertar de nuevo en medio de silenciosas lágrimas.
Sirius dio gracias a Merlín porque Harry lograra pasar una buena noche, pues sabía que eran pocas las veces que lo lograba. Dejó sus pensamientos a un lado y siguió con su labor. Concentrado en la muestra que tenía frente a él, no vio el ceño fruncido en el rostro de Severus, y sólo se dio cuenta que algo sucedía cuando el profesor se levantó de golpe para dirigirse a la nevera. Lo siguió con la vista cuando tomó otra muestra de plasma y repitió la prueba, para después levantar su mirada ónice hacia él.
-¿Qué? ¿Qué sucede? –se acercó al profesor y Severus ignoró la presencia del animago a su lado. Repitió la prueba una y otra vez, hasta quedar convencido. Sirius sólo se concretó a mirar en silencio, hasta que después de algunos minutos de espera la impaciencia le ganó-. ¿Y bien?
-La encontré, Black. Encontré la enzima que faltaba.
-¿Estás seguro? –Sirius casi le arrebató la muestra para comprobarlo por sí mismo. Dentro del pequeño tubo entre sus dedos, el plasma se había coagulado hasta un punto cercano a la solidez. Sirius sintió que los latidos de su corazón se instalaban en sus oídos. Después de tantos meses de arduo trabajo, el esfuerzo estaba rindiendo sus frutos. Una sonrisa emocionada se dibujó en sus labios, que se reflejó en los ojos azabache cuando él preguntó-. ¿Y ahora qué sigue?
-El segundo paso. Analizar el nivel de coagulación de ésta enzima, y comenzar a elaborar la poción –Severus guardó el tubo de plasma en la heladera y tomó el libro de Flamel. Las manos de Sirius temblaban cuando se quitó los guantes de Dragón, y el animago vio con sorpresa que las hojas amarillas del libro se movían con celeridad bajo las hábiles manos del profesor de pociones. No pudo dejar de admirar el temple que el hombre mostraba a pesar de la situación.
-¿Qué puedo hacer mientras tanto? –preguntó, aún deseando ser de ayuda ahora que acababan de encontrar lo que buscaban.
-Irás con Hagrid al bosque para traerme algunos ingredientes de la lista que te daré –Sirius asintió, sin dejar de observar al profesor que con gesto concentrado, anotaba algunas cosas en un pergamino.
-Me dijiste algo sobre un tercer paso, o algo así –el otro asintió sin despegar su mirada del libro-. Y me dijiste que sería lo más complicado, ¿De qué se trata?
-Después de elaborar la poción deberé probar los efectos que tendrá en el organismo de Harry –una línea de preocupación cruzó las facciones del animago conforme lo escuchaba-. Será una poción nunca antes utilizada en nadie. Por lo tanto, deberé asegurarme que no le haga daño al beberla.
-¿Y cómo vas a hacer eso? –Severus pudo detectar el tono de aprensión en la voz del hombre parado junto a él-. ¿No estarás pensando en usarlo como conejillo de indias, verdad?
-Te utilizaría a ti antes que a él, Black –fue la respuesta seca del profesor, y a Sirius le pareció escuchar entre dientes algo así como "... no sería una gran pérdida", pero prefirió no rebatir su declaración. El profesor siguió hablando-. Extraeré muestras de la sangre de Harry y estudiaré con ellas los efectos de la poción. Según el libro, estará lista para beberse cuando la sangre no sufra daño alguno. Sólo entonces se la daré, no antes.
Aunque casi no le entendió, Sirius se permitió relajarse un poco. Tomó el pergamino que el otro le ofreció y salió a toda prisa del laboratorio rumbo a la cabaña de Hagrid. Aún no amanecía, pero estaba seguro que al semi gigante no le molestaría que lo despertara si se trataba de ayudar a Harry. Severus dejó en orden el laboratorio y se permitió unas horas de descanso en tanto el animago regresaba con su encargo. Entró a la habitación y se recostó junto a Harry teniendo cuidado de no despertarlo.
A pesar del cansancio, el hombre no podía conciliar el sueño. Repasaba una y otra vez en su mente la fórmula de la poción. Sabía que sería muy difícil que funcionara a la primera, pues su experiencia le decía que para crear la poción exacta debía hacer muchas mediciones, sobre todo con los ingredientes principales. Y no podía darse el lujo de equivocarse con algo tan peligroso como las enzimas del veneno de Nagini. No podía, porque la vida de su pareja estaba de por medio.
Harry se removió inquieto. Un gemido muy quedo brotó de sus labios y Severus supo que el dolor estaba volviendo. Despacio, acarició la frente sudorosa bajo el flequillo alborotado. Harry suspiró y el profesor se sintió satisfecho cuando el muchacho siguió durmiendo. Recorrió con su mano el rostro dormido hasta posarla sobre su pecho, sintiendo sus latidos sobre la suavidad de la tela del pijama. Lo amaba con toda su alma. Harry se había convertido en su razón de ser, en el motivo más grande de su existencia.
-Sé fuerte, Harry... estamos muy cerca de lograrlo –susurró antes quedarse dormido, su rostro refugiado entre los suaves cabellos desordenados del muchacho.
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De pie junto a su mesita de noche, Draco contemplaba la cadena con el dije que Blaise le dejara la mañana de su despedida, al día siguiente de su graduación. Con el ceño fruncido, meditaba qué hacer con ella, y con todos los pergaminos que el castaño le enviara los días posteriores a su partida. Los meses transcurridos y ése nuevo sentimiento nacido en su corazón, habían disminuido en gran medida su molestia y dolor, y ahora veía toda ésa situación como una experiencia más en su vida.
Las pequeñas cartas volvieron a su lugar en el cajón. Pero se quedó con el dije, al que le aplicó un hechizo. Los nombres ahí grabados desaparecieron y otro nombre apareció en su lugar. Con un gesto de satisfacción, lo guardó entre sus túnicas y se dirigió a la enfermería, pues quería ver a Oliver antes de que su turno terminara. Poppy ya ocupaba su lugar en la oficina cuando él llegó, así que tomó un puñado de polvos y al momento ya se encontraba en la casa de los Wood.
Lo primero que hizo al llegar, fue correr hacia las habitaciones del piso superior. Las paredes que él recordaba vacías de adorno alguno, ahora tenían un color alegre. Algunas fotografías de Oliver y su madre parecieron darle la bienvenida con una sonrisa. Se detuvo frente a una habitación que él ya conocía y abrió la puerta con mucho cuidado. Se acercó con sigilosos pasos mientras sus ojos grises se llenaban con una imagen que siempre hacía su corazón emocionarse dejándole sin aliento, embelesado.
Bañada con la tenue luz matinal que entraba por la ventana, y cuyas cortinas se agitaban con la brisa fresca de la primavera, la cuna se mecía sola arrullando a la pequeña criatura que dormía en ella. Menudita y frágil, con sus ojos tan apretados como sus puños, y una pelusita castaña sobre una cabeza redonda y lozana. Toda ella era perfecta, toda ella era hermosa. Y él no se cansaba de mirarla. No se cansaba de tocarla. No se cansaba de olerla.
Leslie Wood llegó al mundo dos semanas atrás y con ella, el comienzo de una nueva etapa en la vida de Oliver. Y también en la de Draco, aunque en un principio hubiese querido resistirse. La primera vez que la sostuvo entre sus brazos sus manos temblaban por el miedo a lastimarla, pero sólo necesitó un segundo para quedar prendado de ella. Con más confianza pero igual cuidado, la sacó de la cuna procurando no despertarla y se sintió satisfecho cuando la minúscula mano se apretó alrededor de su dedo.
Su calidez era increíble. Y su aroma era dulce y llenaba cada rincón de ése espacio que Poppy y Molly le habían arreglado. Ésa pequeña era como un pedazo de primavera, y él la adoraba. Con la punta de su dedo, acarició la nariz que se frunció por instinto, y sonrió cuando la boca se apretó en un puchero, señal de que estaba por despertar. Desde la puerta y con un biberón en la mano, Oliver los observaba en silencio, sus ojos cafés relucientes al contemplar tan hermosa escena.
Draco descubrió su presencia y se acercó a él, con la pequeña estirándose temblorosa entre sus brazos.
-Llegas justo a tiempo –suspiró aliviado cuando los brazos de Oliver la recibieron. Le encantaba cargarla, pero nunca sabía qué hacer cuando lloraba-. Parece que tiene hambre.
-Y también necesita un cambio –Oliver la depositó sobre el cambiador, y su hija se dejó hacer mientras succionaba con avidez del biberón-. Pensé que estarías en Hogwarts. Me dijiste que tenías bastantes cosas qué hacer.
-Y las tengo. Sólo quería pasar a ver cómo estaban –Oliver terminó de atender a su pequeña y después de depositar un beso en su frente la devolvió a la cuna, ya dormida-. Quiero entregarte un obsequio que tengo para ella.
-¿En serio? ¿Qué es? –Draco extrajo de entre sus prendas la cadena y se la entregó-. Es hermosa, ¿De verdad es para Leslie?
-Sé que aún es muy pequeña para que la lleve encima. Pero cuando llegue a la edad adecuada, me gustaría que fuera lo primero que usara –Oliver dio un suave beso en sus labios como agradecimiento, al que él correspondió sin dudar-. Puedes usarla tú, mientras tanto.
-Por supuesto que lo haré –se colocó la cadena y tomó la mano de su pareja. Frente a ellos Leslie aún dormía, como lo hacen los recién nacidos la mayor parte del tiempo-. He estado pensando mucho sobre la situación de Leslie como hija de Blaise. Hay algo que quiero hacer, y necesito tu consejo.
-¿De qué se trata? –Draco observó cómo los dedos nerviosos del moreno se enredaban sin querer en la cadena que acababa de regalarle, y supo que estaba por hablarle de algo serio.
-Ella nunca llegará a conocer a su padre. Y quiero compensar su ausencia en su vida, de alguna manera –Oliver descansó ambas manos sobre el barandal de la cuna de madera pintada en color crema-. Sé que mi amor es suficiente para llenarla y que si yo lo deseo, seré para ella la única familia que conozca. Pero también creo que merece saber... que yo no soy su única familia –la comprensión surcó los ojos grises de Draco, que negó en silencio cuando Oliver confirmó su sospecha-. He decidido que los padres de Blaise deben conocer la existencia de su nieta.
Draco le dio la espalda y se encaminó hacia el ventanal, los puños apretados por debajo de las mangas de sus finas túnicas. Oliver se acercó por detrás y lo abrazó, sabiendo que su decisión acababa de molestar a su pareja.
-Ellos no merecen conocerla –Oliver guardó silencio ante su afirmación, dando espacio para que su pareja se desahogara-. Nunca lo quisieron. Lo abandonaron a su suerte y jamás se preocuparon por él. ¿Qué te hace pensar que a ella la van a querer, si no fueron capaces de querer a su propio hijo?
-No creas que no he pensado en ello –respondió el moreno, sorprendido de compartir el mismo temor-. Sé mejor que nadie cuánto sufrió Blaise por ello.
-¿Y entonces? ¿Qué es lo que pretendes tú con todo esto?
-Quiero que ellos lo sepan, porque a pesar de todo tienen ése derecho –Draco siguió negando, renuente a comprenderlo-. Y quiero que mi hija crezca sabiendo todo sobre su origen. No quiero que a la larga ella me reproche el haberle ocultado algo tan importante.
-¿Y si la desprecian? –Draco se desprendió de sus brazos para mirarlo de frente-. O peor aún, ¿Y si tratan de quitártela? –las palabras del rubio lo golpearon con fuerza, y ésta vez fue el turno de Oliver de darle la espalda.
Caminó hacia la cuna y se recargó sobre uno de los puntales, acariciando con sus dedos las flores esculpidas en suaves colores pastel que lo adornaban, y que Molly tanto se había esmerado en elaborar. Su mirada café era seria cuando se volvió para encontrarse con la aprensión en la mirada gris. Y en ése momento descubrió algo: Draco tenía miedo. Y lo comprendía, porque él también se sentía igual. Aún así, dejó que el valor resurgiera de lo más profundo de su ser cuando al fin respondió.
-Si los Zabini la desprecian, entonces se estarán perdiendo la oportunidad de ver crecer a su nieta, y entregarle todo el amor que no fueron capaces de darle a su hijo. Y lo sentiré mucho por ellos –Draco se acercó a él, sin despegar su mirada de los ojos cafés de su pareja, que mostraron una gran determinación cuando continuó-. Con respecto a quitármela, te aseguro que para que eso suceda tendrán que pasar primero sobre mí.
-Y sobre mí también, no lo dudes. Porque te recuerdo que ni ella ni tú están solos –Oliver se permitió relajarse al sentirse estrechado entre sus brazos, y agradeció en silencio el tener en su vida a alguien como él. Un beso profundo fue la forma de demostrárselo-. ¿Cuándo tienes pensado decirles?
-Dentro de uno o dos meses, no más –jugueteó con el dije, preocupado por la decisión que acababa de tomar-. Si dejo pasar más tiempo, tal vez ya no tenga el valor para hacerlo.
Draco se acercó a la cuna y contempló a la niña por un largo momento. Los amaba tanto que estaba dispuesto a todo, hasta a enfrentarse a los padres de Blaise si se atrevían a hacerles daño. La voz de su pareja a su lado lo distrajo de sus pensamientos, y se volvió hacia él para perderse en su mirada.
-¿Puedo preguntarte algo? –mostrándole el dije entre sus dedos, con el nombre de Leslie grabado en él-. ¿Por qué sólo la mitad de un corazón? ¿Y dónde quedó la otra mitad?
-La otra mitad es tuya –fue la respuesta de Draco. Y sin entender la verdadera alusión en las palabras del rubio, Oliver sonrió complacido mientras lo abrazaba. Draco sólo cerró los ojos, absorbiendo el perfume de la persona que alguna vez Blaise también amara-. Ésa te la quedaste tú... hasta el final.
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Cansado de seguir conversaciones huecas y mareado por la mezcla de perfumes caros que flotaban en el ambiente, Remus se disculpó con una sonrisa educada y escapó por uno de los balcones que daban hacia la playa. Se encontraba en la inauguración del primero de los tres hoteles de Gran turismo propiedad de Lucius, en el Caribe. La oscuridad que se extendía frente él era relajante y la prefería mil veces, a tener que soportar frivolidades a las que no estaba acostumbrado.
Enfocó su mirada ambarina en el horizonte, donde apenas podían distinguirse las luces de los barcos que navegaban a kilómetros de la ribera, a varios días de viaje de donde él se encontraba. Olvidándose de la reunión, se dejó arrullar por el ritmo de las olas rompiendo contra la playa de arena muy fina, y cuya espuma blanca hacía un perfecto contraste con la bruna extensión que abarcaba toda su vista. Era una sensación tan agradable que deseó quedarse así toda la vida.
Desvió su atención del horizonte para enfrentarse a la realidad de que no se encontraba solo. A su alrededor, muchos de los invitados a la inauguración se habían escapado también para disfrutar de la brisa nocturna, que en ésa calurosa noche de mediados de mayo se ofrecía de lo más seductora. Decidido a ignorarlos, el profesor respiró con fuerza y cerró los ojos, recreándose en su soledad interior y sintiendo el aire revolviendo sus cabellos castaños.
-Puedo ver que estás disfrutando de la fiesta... –el tono irónico en la voz de su pareja lo sacó de su ensoñación. Sonrió con ligereza, aceptando la copa de vino que el rubio le ofreció-. No te culpo por escaparte, sé que todo esto no te agrada mucho.
-Todo este ambiente tan... superficial me turba –admitió en licántropo en tono de disculpa-. Sé cuán importante es todo esto para ti, y sólo por eso accedí acompañarte. Lamento no poder comportarme a la altura que requiere un evento de ésta magnitud.
-No te estoy exigiendo que lo hagas todo el tiempo. Hazlo sólo por ésta noche –Lucius bebió un sorbo de su copa y apartó de su frente un mechón rubio, que la brisa se había encargado de liberar de su prisión de seda negra. Un cómodo silencio los envolvió, roto de vez en cuando por el sonido del mar y de la música en el salón, que subía de tono cada vez que alguien entraba o salía.
-¡Lucius! –ambos hombres se volvieron al escuchar la voz femenina que lo llamaba, y Remus frunció el ceño con evidente molestia cuando vio que se trataba de la socia de la cadena-. Qué bueno que te encuentro, es hora de cortar el listón.
Sin atender a la presencia de Remus, la hermosa rubia se colgó del brazo de su socio y lo condujo hacia el salón, donde los demás invitados ya se congregaban para presenciar el corte del listón inaugural. Todos ellos ataviados con caros trajes de diseñador y calzado de fina marca que costaba cuatro veces o más su humilde salario en Hogwarts. Y entre la multitud que rodeaba a la pareja, Remus se sintió fuera de lugar. La visión de aquella hermosa mujer colgada del brazo de Lucius le dolió, y escapó de nuevo hacia la playa.
Ignorante de los conflictos del profesor, Lucius cumplió el protocolo con soltura innata, para después despedirse de su acompañante y buscar a Remus. No le fue difícil dar con él. El profesor había encontrado refugio bajo unas palmeras, lejos de aquél pesado círculo cargado de vanidad.
-Pensé que estarías presente cuando cortara el listón –Remus percibió el ligero tono de reproche en la voz de su pareja. Se arregló el corbatín de raso, sintiendo que se apretaba alrededor de su cuello como una soga, y se volvió hacia él con una sonrisa avergonzada.
-Salí a tomar un poco de aire. Pensaba volver en éste momento –pasó junto a Lucius resignado a regresar a la fiesta, pero la mano fuerte del rubio lo detuvo por el brazo-. ¿Qué sucede?
-Es lo que yo quisiera saber –el tono de reproche aumentó-. Éste proyecto es muy importante para mí, es una de mis más grandes inversiones y tú lo sabes... ¿Por qué no te quedaste junto a mí?
-¡Porque tú no me lo pediste! –Lucius soltó su brazo al escuchar el tono alterado de su pareja. Remus bajó la voz hasta convertirla en un suave susurro-. Como sea, con ésa rubia despampanante colgada de tu brazo, mi presencia salía sobrando.
Remus volvió a su lugar junto a la palmera, donde se recargó y se cruzó de brazos, los labios tan apretados como el nudo en su corbata. Lucius se alejó unos metros de él, la punta de su bastón hundiéndose en la arena blanca por la fuerza impresa en cada paso. No había duda que se sentía halagado por la obvia escena de celos que Remus le estaba montando. Pero también estaba molesto por la actitud tan insegura de su pareja.
-Si te pedí que vinieras conmigo, fue para que estuvieras junto a mí. Si hubiese querido a mi socia como acompañante, se lo hubiera pedido a ella. Así de simple –Remus bajó la guardia, pero no abandonó su lugar junto a la palmera-. Eres mi pareja, y espero que ante la sociedad tomes el lugar que te corresponde como tal.
-¿Quieres decir que no te importa que la gente sepa que tú y yo...? –Remus se acercó a él, su mirada ámbar buscando perderse en las pupilas azules que tanto amaba.
-¿Acaso te he pedido que mantengamos oculta nuestra relación? –el profesor bajó la cabeza, aceptando la razón en sus palabras y Lucius le dio la espalda, señal de que no estaba muy contento. Y como la última vez que discutieran, el pecho del profesor se pegó contra él, invitándole a sentir su calor.
-¿Por qué siempre tenemos que adivinar lo que piensa el otro? –fue un reproche más para sí mismo que para el rubio-. ¿Aún no hay la confianza suficiente entre nosotros?
Lucius prefirió no responder, pues no podía culparlo por desconfiar de sus afectos. Durante el tiempo que llevaban juntos en ningún momento se había tomado la molestia de expresarlos. Al menos, no de la forma tan transparente en que Remus le demostraba sus sentimientos. Agradeció que su pareja no siguiera insistiendo sobre el tema y en cambio, se permitió envolver las manos del profesor entre las suyas por encima de su pecho cuando Remus lo abrazó por detrás.
-Me disculpo por no quedarme a tu lado en ése momento tan especial –aún molesto, Lucius se encogió de hombros negándose a responder-. ¿Dé qué forma puedo recompensarte por mi grosería?
-Aún quedan dos hoteles por inaugurar –respondió el rubio después de meditarlo por un momento-. Así que te quedan dos oportunidades para enmendar tu comportamiento de ésta noche.
-Lo tendré muy en cuenta, lo prometo –Lucius suspiró al sentir el cálido aliento detrás de su oreja, el enojo olvidado por completo. Era imposible estar molesto con Remus por mucho tiempo-. Entonces... ¿Puedo abrazarte así todas las veces que yo quiera? –Lucius asintió en silencio. Sin hacer caso a la presencia de algunos invitados en los alrededores, permaneció estrechando su espalda-. ¿Y también puedo besarte?
-¿Desde cuándo me pides permiso para hacerlo? –la risa cristalina de Remus hizo compañía al susurro de las olas rompiendo contra la playa. Lucius se permitió deleitar sus oídos con ésa hermosa sinfonía mientras se volvía hacia él, apretándose en su abrazo y cubriendo con su boca la boca risueña de su pareja. Y en medio del beso seductor que le robó todo el aliento, Remus mandó todo lo demás al demonio.
Lucius lo había elegido a él como su compañero aceptándolo tal y como era, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Ignorando a los curiosos que se retiraron con discreción para darles intimidad, correspondió a su beso con más fuerza. Y fue en ésa noche cálida de mayo, entre sus brazos y bajo el refugio de las palmeras que danzaban gráciles al ritmo de la suave brisa, que decidió dejar dudas y temores a un lado para dedicarse a quererlo.
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Harry despertó sintiendo una dolorosa presión dentro de su cabeza, como si una mano invisible se hubiera introducido en ella para oprimirle con saña por detrás de sus ojos. Gimió quedo y se liberó de las sábanas que lo cubrían, asegurándose de no despertar a Severus. Se dirigió con paso vacilante hacia el baño tratando de recordar la posición de los muebles para no chocar contra ellos, y con manos temblorosas hurgó entre las pociones del botiquín hasta encontrar el Cefalserun, al que reconoció por su olor.
Sabía que la bebería en vano, pues la poción ya no era capaz de aminorar su terrible sufrimiento. Después de algunos minutos de inútil espera, el dolor venció su resistencia y se acurrucó en una esquina donde se encogió, llorando. Con los labios apretados para no gritar, escondió su cabeza adolorida entre sus brazos como si con eso pudiese lograr que el tormento cediera. Nunca sucedía, pero desde ésa posición lograba acallar los sollozos que suplicaban por escapar y que ésa madrugada, parecían subir en intensidad.
Y fueron ésos gemidos los que hicieron que Severus dejara su lugar en la cama para ir a buscarlo. Su corazón se encogió cuando vio el frasco vacío sobre el mueble, y al muchacho haciéndose un tembloroso ovillo sobre el suelo. Se agachó a su lado tratando de incorporarlo y sintiéndose más impotente que nunca. Harry tembló cuando sintió las manos de Severus alrededor de su cuerpo y se abrazó a él, liberando parte de su dolor en medio de ése cálido abrazo.
-Por favor... por favor... quiero que se vaya –Severus lo apretó contra su pecho, acariciando sus cabellos rebeldes sobre la frente sudorosa. Harry se apretó la cabeza con tanta fuerza, que el hombre pensó que se haría más daño-. Dame lo que sea... lo que sea... ya no soporto este maldito dolor... por favor...
Severus tomó entre sus brazos el cuerpo tembloroso del muchacho, y lo devolvió a su lugar en la cama para después cubrirlo con la sábana. Harry volvió a encogerse sobre el colchón y siguió llorando, mientras Severus se colocaba su bata y se encaminaba hacia la chimenea, de donde tomó un puñado de polvos antes de mencionar el nombre de Poppy.
-¿Qué sucede, Severus? –le respondió la voz femenina desde el otro lado del nicho, para después añadir con preocupación-: ¿Ése que está llorando es Harry?
-Ya no soporta el dolor –fue la respuesta que recibió de parte del profesor de pociones-. Quiero que le traigas un sedante.
-Pero... ¿Estás seguro? Ya sabes que algunas hierbas... –pero Severus no la dejó continuar, y la mujer casi pudo sentir como suya la preocupación del hombre cuando le respondió.
-No estoy seguro de nada, sólo... tráelo –su paciencia llegando al límite cuando un largo gemido de dolor escapó de los labios de Harry-. ¡Ahora!
-Está bien –cedió Poppy, cada vez más preocupada-. Hazte a un lado. Voy para allá.
Severus cedió paso a la enfermera, que sin hacer caso de su presencia se dirigió hacia el muchacho. Tomó su cabeza con mucho cuidado y lo ayudó a beberse la poción. Severus se quedó parado junto a la chimenea, sin atreverse a averiguar qué clase de sedante le estaría suministrando.
-Gracias... –la voz de Harry fue un susurro, antes de que su cabeza fuera depositada de nuevo sobre la almohada-. Gracias... gracias...
-Descansa, Harry... lo necesitas –ella lo abrigó con dulzura y acarició su frente. Deshizo el nudo atorado en su garganta antes de dirigirse al profesor en voz muy baja para no molestar al muchacho-. Traté de ser prevenida y le di el sedante más ligero que tengo. Lo hará dormir por algunas horas, pero cuando despierte el dolor volverá. ¿Qué harás entonces?
-No puedo mantenerlo todo el tiempo bajo sedantes. Eso podría complicar el estado de los coágulos –la frustración en la voz masculina, mientras los ojos oscuros se mantenían fijos en la figura inquieta sobre la cama-. Pero tampoco puedo permitir que siga sufriendo.
-¿Cómo vas con la poción?
-Ya está elaborada, eso no fue ningún problema. Pero necesito perfeccionarla y eso lleva tiempo –el profesor respiró con fuerza mientras se pasaba ambas manos por el rostro, en señal de cansancio-. Puede llevarme días, o semanas. Todo depende de cómo reaccione su sangre a cada ingrediente de la fórmula.
-¿Severus? –la voz de Harry desvió su atención de la enfermera-. ¿Estás ahí?
-Aquí estoy –Poppy dio un suave apretón en el brazo del profesor antes de tomar un puñado de polvos.
-Haz lo que tengas qué hacer, yo vendré a verlo más tarde para vigilar su reacción al sedante que le di –el profesor asintió, agradeciendo en silencio su apoyo-. Si veo que no le afecta, seguiremos manteniéndolo bajo sedantes para evitarle tanto dolor –la enfermera se marchó por donde había llegado y el profesor volvió para sentarse en la orilla de la cama, junto a él.
-Pensé que ya te habías dormido –Harry extendió su mano sudorosa, que fue recibida por la cálida mano de su pareja.
-Aún tengo mucho dolor –Severus aprisionó la joven mano y se abstuvo de hablar, cuando las esmeraldas que Harry tenía por ojos se cerraron. Pero después de un momento volvieron a abrirse y el muchacho siguió hablándole-. ¿Sabes? Hay algo que no hemos hecho desde hace mucho tiempo.
-Lo sé, Harry. Pero creo que no estás en condiciones de esforzarte –Harry sonrió con ligereza cuando comprendió la alusión en sus palabras y negó con la cabeza.
-No me refiero a eso... aunque también extraño hacer el amor contigo –el muchacho acarició su antebrazo, su rostro tornándose melancólico-. Me refiero a algo que hiciste en la última batalla, y que no has vuelto a hacer desde entonces.
-Hice muchas cosas ésa noche, ¿Cuál de ellas? –Harry tomó las manos del hombre y enredó los largos dedos entre los suyos.
-Quiero volver a verlas... –ante el silencio dudoso de su pareja-. Las luces de tus manos. Quiero verlas otra vez.
Severus se sorprendió mucho ante la petición de su pareja. Hacía ya tanto tiempo de aquello, y tantas las cosas que ocurrieran desde entonces, que llegó a pensar que lo había olvidado. Él mismo lo hubiera hecho si ésa noche Harry no se lo estuviese recordando. Cerró los ojos y se concentró, dispuesto a cumplirle ése pequeño capricho. Haría cualquier cosa si con eso lograba hacerle olvidar a Harry el dolor que estaba sintiendo.
Harry sonrió en medio de su dolor, cuando las luces emergieron frente a sus ojos en caprichosas formas. Rojos, azules, amarillos, verdes... ¡Hacía tanto tiempo que no veía! ¡Tanto tiempo que sus ojos ciegos ya extrañaban los colores! ¡Y las formas! Y ahora ésas líneas que danzaban frente a él le parecían hermosas, perfectas. Extendió sus manos para alcanzarlas y Severus dibujó más formas cuando los dedos de Harry rozaron los suyos, siguiéndole.
El aura de Severus se manifestaba frente a él, liberada. Como si hubiese esperado el momento adecuado para emerger a través de sus manos y unirse con su alma gemela, terminando donde ella comenzaba... comenzando donde ella terminaba y convirtiéndose en una sola a la misma vez. Sólo ellos dos, y las luces abriendo un camino por el que Harry no tropezaba, porque no necesitaba más cayado que la guía de su amor. Donde sus ojos ya no estaban ciegos, porque las manos suaves de Severus le daban la luz que necesitaba.
Severus siguió con los ojos cerrados, hasta que sintió que los dedos de su pareja ya no rozaban los suyos. Harry se había quedado dormido, el sedante surtiendo buen efecto. En silencio, permaneció a su lado hasta que estuvo seguro de que descansaba. Depositó un beso en su frente y después de beber una taza de café se marchó al laboratorio.
En la cama, el rostro dormido de Harry permanecía iluminado con una hermosa sonrisa. Tan radiante, como las luces que en medio de su sueño seguían haciéndole compañía.
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Después de casi un año de haber perdido a Blaise, a Francesca aún le costaba aceptar que los hijos no están garantizados de por vida. La muerte de su hijo había roto su sentido de vivir, haciéndola presa de un gran dolor que el transcurso de los meses apenas comenzaba a atenuar. Durante todo ése tiempo Immanuel siempre estuvo ahí, su propia pena dejada a un lado para sostener a su esposa y evitar hundirse. Porque la amaba y sabía que si él se hundía, ella se hundiría con él.
"Perdónanos... por favor" Era la súplica que siempre emergía de sus labios cuando por las tardes, visitaba la tumba de su hijo para llevarle flores. Sus manos finas de dedos delgados se deslizaban sobre la suave superficie de mármol, y ella lloraba deseando, anhelando tocar su piel. Cerraba sus ojos aceitunados y trataba de recordar la sensación de haberlo tenido entre sus brazos. Pero la frialdad de la piedra traspasaba su corazón, hiriéndolo cada vez que le recordaba la realidad de su ausencia.
"La muerte de un hijo es lo que más se parece a la propia muerte", había escuchado muchas veces. Pero sólo hasta que le tocó vivirlo en carne propia, ella pudo comprender la magnitud de ésas palabras. Y era su propio dolor que de tan intenso, la hacía despertar y darse cuenta que debía seguir viviendo. Sabía que no debía dejar que su pérdida se convirtiera en el verdugo de su vida, y que por más difícil que fuera, tarde o temprano le tocaría asumir que Blaise ya no volvería.
Cuando las tardes estivales de mediados de junio comenzaban a evaporar los últimos vestigios de la primavera, la carta de Oliver llegó a sus manos. Ella no había dejado de pensar en aquél muchacho a quien su hijo besaba en la fotografía. Enterada de que había desocupado el departamento que compartieran, había tenido que cancelar la renta y resignarse a no saber más de él. Y ahora, ésa carta escrita con manos nerviosas le daba una noticia que la llenaba de temor y de ilusión: Tenían una nieta.
Se llamaba Leslie. Tenía dos meses y medio de nacida y era la hija de su hijo. Un pedazo de él. Y Francesca Zabini permitió que sus ojos aceitunados volvieran a brillar. Reservado, Immanuel se encargó de la parte calculadora. "Puede ser un engaño, Francesca. Tal vez sólo quiere la herencia". Pero ella hizo oídos sordos y se permitió abrir de nuevo su corazón a la posibilidad de ser abuela. Dejó que Immanuel se preocupara por lo demás, y ella sólo se dedicó a contar las horas que faltaban para conocerla.
-¿A qué hora dijo que vendría? –nerviosa, caminaba de un lado a otro en el salón, sus rizos castaños bailando sobre su sien al ritmo de sus ansiosos pasos. Sentado en su sillón, Immanuel sostenía un ejemplar del profeta mientras trataba de aparentar una serenidad que estaba muy lejos de sentir-. Ya deberían estar aquí.
Su esposo se levantó del sillón y ella corrió hacia el ventanal. A lo lejos, un carruaje conducido por Thestrals cruzaba el cielo con destino a la mansión. El matrimonio contuvo el aliento cuando después de minutos que les parecieron horas descendió en su propiedad, el escudo del Colegio de Hogwarts tatuado en uno de sus laterales. Una figura alta y delgada descendió con lentitud, estudiando el terreno con cautela mientras apretaba un pequeño bulto amarillo contra su pecho.
-Debemos ser prudentes, Francesca. No conocemos a ése muchacho... tal vez ésa criatura no sea hija de Blaise.
-Estoy dispuesta a correr el riesgo –salieron del salón para recibir a sus visitas en el vestíbulo. El elfo que atendía la llegada de Oliver se retiró de inmediato y al verlos, el muchacho apretó más a su hija contra su pecho.
-¡Es él! ¡El muchacho de la fotografía! –Immanuel escuchó el susurro emocionado de Francesca, que se acercó a Oliver sin que él pudiera evitarlo. Le preocupaba que quisiera engañarlos y que con ello, terminara de romperle el corazón a su esposa-. Somos Immanuel y Francesca, los padres de Blaise.
-Mucho gusto, señora Zabini. Yo soy Oliver Wood –su hija escogió ése momento para explorar sus propias manos, ante la mirada ansiosa de Francesca-. Ella es Leslie... su nieta.
-¿Puedo tomarla? –la señora Zabini extendió sus brazos, y Oliver dudó por un momento antes de entregarle a su hija. Con cierta aprensión, Immanuel vio cómo el rostro de su esposa se iluminaba al ver de lleno a la criatura que se revolvía inquieta entre sus brazos-. Mírala, Immanuel... ¡Qué linda es!
Dejando sus temores de lado, el señor Zabini se acercó a ellas para ser recibido por la mirada curiosa de unos preciosos ojos color gris-azulados. Emocionado, acarició los rizos castaños que coronaban la pequeña cabeza y una sonrisa se dibujó en sus labios. Francesca la acercó a su rostro, absorbiendo su delicioso aroma mientras depositaba un suave beso en su frente. Hacía ya tanto tiempo que no sostenía a un bebé y ése instante le pareció maravilloso, casi irreal.
Oliver observaba en silencio mientras ellos le hablaban a su nieta, reconociéndola como tal. La felicidad en sus rostros era palpable, y él se alegró de haber tomado la decisión de dejarlos conocerla. La mano pequeña se aferró a sus cabellos y Francesca la abrazó contra su pecho, que Leslie buscó por instinto antes de darse por vencida y refugiarse en su calidez. Y al sentir que la pequeña mano se aferraba a la suya con fuerza, Francesca sintió que algo dentro de su corazón renacía.
-Imagino que querrán verla seguido –Oliver interrumpió el mágico momento para entregarle una tarjeta a Immanuel-. Ésta es mi dirección. Podrán visitarla cada vez que quieran.
-No sabe todo lo que esto significa para nosotros... –Oliver se acercó a Francesca para contemplar a su hija, que acababa de dormirse entre los brazos de su abuela-. ¿Cómo podríamos agradecerle?
-No tienen nada qué agradecerme. Tienen todo el derecho de conocer a la hija de su hijo –acarició el rostro dormido de su pequeña, una ligera sonrisa dibujándose en sus labios-. Estoy seguro que Blaise así lo hubiera querido –al oír el nombre de su hijo, una lágrima se deslizó por la mejilla de Francesca.
El dolor de haberlo perdido jamás se iría. Le había dejado una marca que ella llevaría en su corazón por el resto de su vida. Acarició la frente de su nieta y suspiró. Blaise les estaba dando un hermoso regalo y con él, una segunda oportunidad de enmendar todos los errores cometidos en el pasado. Volteó a ver a Immanuel, y casi pudo sentir que se miraba ante un espejo. Él le sonrió, su corazón tan ligero como el de ella. Sus súplicas frente a la tumba de Blaise habían sido escuchadas...
Su hijo acababa de perdonarlos.
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A cuatro meses de que Hermione dejara su habitación en San Mungo para irse a vivir sola, la biblioteca de Hogwarts se había convertido en su lugar preferido y su único refugio del mundo exterior. Le gustaba perderse entre las interminables hileras de libros, abrirlos y aspirar el aroma a antiguo de sus tapas amarillas. Leía con avidez cada palabra escrita en ellos, ansiosa por aprender cosas nuevas y encontrar algún sentido a todo lo que la rodeaba.
La que alguna vez fuera la alumna más destacada de Hogwarts, comenzaba casi desde cero en muchos aspectos. Dumbledore le había sugerido retomar algunas lecciones dentro de las mismas aulas, lo que ella aceptó gustosa. A excepción de la clase de Defensa, ya no era de extrañar que su revuelta cabellera y sus respuestas acertadas destacaran entre los demás estudiantes. Hermione estaba luchando por salir adelante y eso era algo que todos los profesores apreciaban.
La joven decidió cerrar el grueso libro que había logrado captar su atención durante toda ésa tarde de viernes. Los estudiantes ya se habían marchado al Gran comedor dejando la biblioteca en completo silencio. Salió del recinto y con paso ligero se dirigió hacia las mazmorras para visitar a Harry, pues hacía más de un mes desde la última vez que hablara con él. Tal vez con un poco de suerte lo encontraría despierto, sin la influencia de los sedantes que Poppy le administraba.
Se detuvo, nerviosa cuando el eco de unos pasos al final del corredor acompañó a los suyos. No guardaba muy buenos recuerdos de ésa zona del Castillo y desconfiaba de cualquier cosa que se moviera. La luz de su varita iluminó poco a poco la silueta de Sirius, lo que hizo que se sintiera aliviada. Al verla, el animago apagó el Lumus de su propia varita y se acercó a ella para saludarla.
-Imagino que vienes a ver a mi ahijado –la joven asintió en silencio-. Me temo que eso no será posible. Hace unos momentos se quedó dormido.
-¿Sigue sintiendo mucho dolor? –ante la respuesta afirmativa del hombre, Hermione dio media vuelta para volver sobre sus pasos, pues no tenía sentido continuar su camino hacia los aposentos del profesor-. ¿Cómo van con la poción? ¿Les falta mucho?
-No lo sé, Hermione –el animago suspiró, frustrado-. Snape está trabajando en ello. Yo ya no puedo hacer nada más que esperar y ver cómo mi niño sufre, y sufrir con él –Hermione guardó silencio, sin saber qué decirle. Era en momentos como ése, cuando ella extrañaba el hermoso sentimiento de conexión con las personas que alguna vez significaran algo importante en su vida-. ¿Vas a tu casa? Te acompaño hasta el carruaje.
Caminaron el silencio hasta la salida del Castillo. Anochecía y una brisa cálida proveniente de levante se dejaba sentir, agitando sus túnicas de verano y devolviendo a sus espíritus un poco de los ánimos caídos en las frías mazmorras. Hermione levantó su mirada café hacia el cielo, donde la luna menguante asomaba con timidez detrás de unas nubes. Era una noche estrellada, hermosa. Ella aspiró con fuerza el aroma a hierbas que perfumaba el camino, sintiéndose mejor.
-Dumbledore me comentó que estás muy entusiasmada con tus clases –ella asintió con un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa-. También me dijo... que Defensa ha sido la única que no has querido retomar –la sonrisa en el rostro de Hermione desapareció, y ella se cruzó de brazos al sentir que un escalofrío la recorría de los pies a la cabeza. Sirius advirtió su reacción, pero aún así prosiguió-. Remus quiere ayudarte, pero sabe que le temes y eso lo pone muy triste. El no tiene la culpa...
-Lo sé, Sirius –lo interrumpió la muchacha-. Sé cuánto lo aprecias y también sé que es una buena persona. Es sólo que... éste miedo que siento es algo superior a mis fuerzas.
-Tú eres una joven muy valiente, y muy lista –Sirius se detuvo a mitad del camino, haciendo que ella se detuviera a su lado-. Si le dieras una oportunidad... él es un gran profesor y una persona maravillosa. Y créeme, antes preferiría morir que hacerte daño. A ti o a alguien más.
-Voy a pensarlo –fue la respuesta final de la muchacha, y Sirius se permitió sentirse satisfecho por el momento. Siguieron su camino en silencio durante algunos minutos, hasta que la sombra del carruaje que la esperaba se vislumbró a los lejos, en el límite del sendero. Sirius aminoró el paso al sentir que el andar de Hermione se volvía indeciso, y ella vaciló por algunos instantes antes de levantar su mirada castaña-. Sé que tal vez no puedas responder a esto, pero de casualidad... ¿Has sabido algo de Ron?
-Lo vi hace unos días, cuando vino a visitar a Harry –Hermione se mordió el labio inferior, deseando hacerle mil preguntas más. Sirius comprendió la curiosidad de la muchacha y decidió satisfacerla-. Él está bien, dentro de lo que cabe. Hace dos meses dejó el restaurante y consiguió una plaza de auxiliar en el Ministerio. Nos dijo que tiene pensado entrar a la universidad éste mismo año.
-Es una noticia maravillosa –Hermione jugueteó con un trozo de pergamino que Sirius nunca supo de dónde salió-. Cuando vuelvas a verlo, ¿Podrías decirle que le envío saludos?
-Si tanto lo extrañas, ¿por qué no vas a verlo? –Hermione suspiró, sin saber qué responderle. Hizo una bolita con el pergamino y jugueteó con ella, nerviosa. No había vuelto a ver a Ron desde aquélla última vez que bailara entre sus brazos. La rosa que él le regalara yacía aprisionada entre las hojas de su último diario, y todas las noches la tomaba entre sus dedos para aspirar su perfume-. Él te extraña mucho, ¿Sabes?
-Ya no soy la misma Hermione que él conoció –se detuvieron junto al carruaje y Sirius descansó su espalda contra la puerta, dispuesto a escucharla. Ella comprendió el amistoso gesto del animago y continuó-. Estoy luchando por recuperar mis recuerdos, pero no es tan sencillo. No es... como si hubiera recibido un golpe y quedado amnésica. Mis recuerdos no volverán con otro golpe. Ni siquiera sé si volverán. Y no quiero que mi presencia en su vida le cree expectativas sobre mí, que no seré capaz de cumplir.
-Esto que te voy a decir tal vez no lo recuerdes, pero hace un año tuvimos una conversación sobre el beso del Dementor –Hermione lo escuchó con atención. No recordaba haber escrito en sus diarios algo a ése respecto-. Ron se negaba a aceptar que alguien pudiera recuperarse, y tú alegabas que sí. Luego, Remus tuvo la brillante idea de que si los recuerdos se "implantaban", podía existir la esperanza de una recuperación.
-Y... ¿a qué conclusión llegaron?
-No llegamos a ninguna –en éste punto, Sirius se encogió de hombros y escondió sus manos dentro de los bolsillos de su túnica, en un gesto avergonzado-. Pero ahora me atrevería a decir... que todos estábamos equivocados.
-Eso que me dices no es algo muy alentador, a decir verdad –Sirius tuvo que darle la razón.
-Hace muchos años... yo viví una experiencia muy dolorosa –los ojos del animago parecieron perderse el algún lugar fuera del mundo donde se encontraba-. Si en aquél entonces hubiera tenido a mi lado a las personas adecuadas, mi vida habría sido muy diferente. Los años que pasé en Azkaban tampoco me ayudaron demasiado.
-Siento mucho lo que te ocurrió, pero... ¿por qué me estás diciendo todo esto? –Sirius dejó su lugar junto al carruaje y posó ambas manos sobre sus hombros en un gesto amistoso que la relajó.
-Lo que quiero decir es que tú tienes a tu lado a mucha gente que te ama. Ron, para comenzar –ella lo miró, atenta a cada palabra-. Si tú te permitieras contar con él, estoy seguro que el camino a tu recuperación sería mucho menos doloroso. Sé mejor que nadie lo que te estoy diciendo –Hermione guardó silencio, meditando en sus palabras. Sirius se alejó de ella y abrió la puerta del carruaje para ayudarla a subir.
-Gracias por acompañarme hasta aquí, Sirius –el animago cerró la puerta y antes de marcharse, asomó su cabeza por la ventana. Hermione sonrió cuando el negro cabello alborotado se enredó entre las cortinillas.
-¿Sabes una cosa? Tú darías todo por recordar tu pasado... y yo daría todo por olvidar el mío –ella le ayudó a liberar las hebras negras del visillo y Sirius continuó-. Creo que deberías preguntarte... ¿Qué es tan importante en tu pasado, que sin ello no puedas seguir adelante?
Sirius levantó su mano en señal de despedida y azuzó a los Thestrals, sin darle tiempo a responder nada.
Mientras el carruaje se elevaba hacia su destino, Hermione extrajo su diario de entre sus túnicas. Ahí, donde la última página escrita por su mano se unía a la siguiente en blanco, la rosa de Ron apareció esparciendo su aroma por todo el lugar. Después de acariciar la flor durante un momento, hojeó el pequeño libro buscando la respuesta a la pregunta de Sirius. Pero no la pudo encontrar.
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Lo que Oliver podía recordar sobre el sepelio de Blaise era muy poco, o casi nada. Sólo tenía fragmentos de una tarde muy lluviosa; una lápida de mármol con su nombre grabado... y después la calidez de unos brazos sosteniéndole en medio de un gran dolor. Un dolor que con el transcurso de los meses se había vuelto más soportable, gracias a la firme presencia de quien se había convertido en alguien muy importante para él.
A varios meses de distancia desde que lo perdiera, pudo darse valor para visitar su tumba y despedirse de quien fuera su pareja. Aprovechando su visita a la Mansión de los Zabini, dejó a Leslie al cuidado de sus abuelos y permitió que un elfo lo guiara hasta el cementerio familiar. Con el corazón estrujado por el sentimiento y un ramo de flores frescas entre sus manos, enfiló por el largo camino hacia donde Blaise descansaba.
Los Zabini mantenían arreglado con mucho esmero el lugar de descanso de su único hijo. Y él así pudo notarlo cuando al entrar a la bóveda, una fotografía de Blaise lo recibió con una sonrisa. A un lado de la fotografía, un hermoso cofre descansaba sobre un nicho. Lo miró por unos segundos antes de seguir su camino hacia el interior donde el final de un pasillo, la tumba de Blaise permanecía iluminada por la luz del sol.
La tierra que alguna vez la cubriera había sido cambiada por una fina loza de mármol gris. Depositó las flores en el jarrón al pie del sepulcro, ignorando la presencia del elfo que junto a él, sólo esperaba sus órdenes.
-No sabes cuánto te extraño, Blaise –Oliver acarició la suave pero fría loza, lágrimas silenciosas recorriendo sus mejillas. Respetuoso, el elfo dio unos pasos atrás para darle espacio, como hacía cada vez que acompañaba a su ama-. Nunca me resignaré a haberte perdido. Tú fuiste... mi todo.
Retiró la mano de la loza para sentarse sobre el suelo y recargó su cabeza contra la piedra, antes de cerrar sus ojos cafés. Desde su lugar en el rincón el elfo permaneció de pie, tratando de no hacer ruido para no interrumpir los pensamientos del muchacho. Oliver secó sus lágrimas y una ligera sonrisa se dibujó en su rostro cuando volvió a hablarle.
-Tuvimos una niña, y se llama Leslie, como mi madre... ¡Si vieras qué hermosa es! –su mano siguió el camino de las letras que formaban el nombre grabado sobre la piedra-. Me hubiera gustado tanto que la conocieras...
Siguió hablándole hasta que la luz en el interior del mausoleo comenzó a extinguirse, anunciándole que era hora de partir. De haber ido solo, se habría quedado toda la noche ahí, pero Leslie lo esperaba en la mansión. Además, le había prometido a Draco que volverían ése mismo día y no deseaba preocupar a su pareja. Le dedicó una última caricia junto con la promesa de que pronto volvería, y se dirigió con el elfo a la salida.
Tomó la fotografía y la observó por un largo momento, tratando de grabar en su memoria cada rasgo del rostro sonriente en ella. El cofre a un lado volvió a llamar su atención, y se dirigió al elfo con mirada interrogante.
-Mi ama guarda ahí todas las prendas que el amito tenía puestas el día de su muerte –Oliver asintió, comprendiendo. Con un movimiento de su mano, el elfo encendió una antorcha para iluminar el lugar mientras continuaba-. Mi ama me ordenó que le dijera que puede verlas, si el señor quiere.
El muchacho hizo caso a su sugerencia y abrió el cofre con reverente lentitud. Lo primero que vio fue una hermosa túnica doblada con gran esmero, los tonos carmesíes de su fino tejido resaltando a la luz de la antorcha. Algo dolió dentro de su pecho al recordar a Blaise empacando su baúl, el día de su partida hacia Hogwarts.
-Mi ama siempre le dice al amito que está orgullosa de él, por haber elegido el camino correcto.
Oliver escuchó al elfo mientras pasaba su mano por encima de la tela para sentir su suavidad. Advirtió varios objetos por debajo del tejido y haciendo la túnica a un lado, descubrió la varita de Blaise. También unas botas negras de piel de Dragón, unos guantes y algunas prendas más. Y al fondo, un objeto que resaltaba con un brillo particular. Lo tomó con cuidado, sorprendido al ver que se trataba de una hermosa esclava de oro.
-¿Ésta esclava también la traía consigo el día de la Batalla? –el elfo asintió-. Qué extraño... nunca antes se la vi puesta.
La examinó con detenimiento, tratando de reconocerla. Labradas sobre la placa, unas letras pequeñas sobresalían en relieve formando lo que le pareció una palabra bastante larga. El elfo se hizo a un lado cuando Oliver se colocó a un costado de la antorcha, mientras acercaba la esclava hacia él y aguzaba la vista.
-¿Qué es esto? –se volvió hacia la fotografía, y la sonrisa de Blaise contrastó con el dolor que se reflejó en los ojos cafés-. Blaise... ¿Qué significa esto?
-¿Todo está bien, señor amigo del amo? –Oliver no respondió, sólo permaneció observando la esclava con el rostro endurecido. Al cabo de un momento que al elfo le pareció eterno, el moreno aprisionó la alhaja dentro de su puño.
-¿Se molestará tu ama si tomo prestada ésta prenda? –el elfo negó con la cabeza, sin atreverse a negarle nada ante el susurro peligroso en que se había convertido su voz-. Se la devolveré... pero antes necesito hacer algo con ella.
-La ama nunca abre el cofre –respondió el elfo, cada vez más asustado-. El señor puede devolverla cuando quiera.
Oliver salió del mausoleo para tomar el camino de regreso a la mansión, y el elfo tuvo que correr para no perderlo. Blaise no podía responder a su pregunta, pero había alguien más que sí lo haría...
La persona cuyo nombre aparecía grabado junto al de Blaise, en ésa esclava de oro que mantenía apretada con fuerza entre sus dedos.
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Los días previos a fin de curso siempre eran motivo de ansiedad para los estudiantes. La necesidad de distraerse de las presiones los obligaba a trasnochar, forzando a los maestros a extender el horario de sus rondas nocturnas por los pasillos. Por primera vez en muchos años, Severus no formaba parte del grupo de profesores asignados para la vigilancia de los alumnos. Pero eso no lo dispensaba de incontables noches en vela.
El profesor permanecía recluido en su laboratorio, ajeno a cualquier cosa que no tuviera que ver con la poción para Harry. Ésa madrugada de mediados de junio no existía nada más importante para él, que el libro de Flamel sobre la mesa y su caldero bullendo en mitad de la habitación. A ésas alturas, su cuerpo sólo lograba sostenerse gracias a las pociones revitalizadoras y a su inmensa preocupación por el estado de su pareja, que cada día empeoraba.
Hacía más de dos horas que el último sedante había dejado de surtir efecto en Harry. Desde el pequeño cuarto de trabajo donde se encontraba, Severus alcanzaba a escuchar sus sollozos y como en un lejano eco, la serena voz de Albus tratando de consolarlo. El dolor volvía cada vez con más fuerza y lo único que podían hacer era acompañarlo y susurrarle palabras alentadoras. Un gemido más prolongado de lo normal lo hizo suspirar de frustración.
Cerró sus ojos negros, rodeados de profundas ojeras. Estaba demasiado agotado y la desesperación comenzaba a hacer presa de él. Había un error en la fórmula que no lograba encontrar. Un detalle muy pequeño que se le estaba escapando y que a ésas horas de la madrugada le resultaba imposible descifrar. Tomó el libro de Flamel y repasó sus páginas amarillas, pero lo dejó a un lado cuando las líneas bailaron frente a su vista cansada.
Ya no podía entender nada de lo que leía. Ni siquiera comprendía lo escrito con su propia letra. En un acto desesperado, se talló el rostro con fuerza y sólo hasta ése momento pudo ver que sus manos temblaban. Supo que no se encontraba solo cuando una mano delgada se posó sobre su hombro. Levantó la cabeza para encontrar los ojos azules de Albus mirándole con preocupación. Harry ya no lloraba, por lo que supuso que Poppy lo acababa de sedar otra vez.
-Harry no tardará en dormirse –Severus atendió a sus palabras mientras revoloteaba entre la montaña de pergaminos sobre la mesa, dispuesto a seguir con su tarea-. ¿Por qué no aprovechas para descansar tú también?
-No puedo, Albus –el anciano mago suspiró cuando el pergamino tembló entre las manos de su pupilo-. Sé que estoy cerca de encontrar lo que busco. Sólo es cuestión de horas. Sé que lo lograré...
-No tiene caso que sigas agotándote de ésta manera –el profesor hizo caso omiso a sus palabras. Sacó otra poción revitalizadora de su estante, pero el anciano detuvo su mano antes de que lograra beberla-. Mejor bebe una poción para descansar.
-No lo haré. Necesito terminar hoy mismo.
-Mientras estés cansado, el error pasará frente a ti una y otra vez sin que te des cuenta –Severus dejó la poción sobre la mesa y se recargó sobre ella mientras apretaba sus puños con rabia. Albus se acercó a él, su voz tornándose más suave cuando continuó-. Mañana, con la mente más despejada podrás encontrar el error en la poción.
-Mañana... mañana... –la voz de Severus fue un susurro grave cuando se volvió hacia el anciano, en sus negros ojos el fiel reflejo de la desesperación-. ¿No te has puesto a pensar que tal vez no exista un mañana para Harry?
-No existirá un mañana para ti, si sigues trabajando en ése estado de agotamiento –la voz de Albus se volvió enérgica, y Severus casi pudo escuchar al Albus Dumbledore que él recordaba antes de la última batalla-. Ahora ve a descansar, o me veré forzado a dormirte por la fuerza.
Un largo suspiro surgió de lo más profundo de Severus cuando decidió ceder ante la autoridad del anciano. Apagó el caldero y salió del pequeño cuarto. Con el rostro abatido, observó los estantes llenos de pociones que convertían su laboratorio en uno de los mejores equipados del mundo mágico. Se sentó sobre una silla y escondió su rostro entre sus temblorosas manos.
-Se supone... que puedo embotellar la fama, preparar la gloria, hasta detener la muerte... –Albus asintió en silencio, dándole la razón. Buscó una silla para sentarse junto a él sin dejar de poner atención a sus palabras-. Pero nada de eso me está sirviendo ahora. Toda mi experiencia... todos mis conocimientos no han sido suficientes para acabar con el sufrimiento de la persona que más me importa.
-Nadie está poniendo en duda tu capacidad, Severus. Y sé que sin importar el resultado de todo esto, Harry va a valorar todo lo que has hecho por él –Albus se puso de pie y se dirigió a la puerta, dispuesto a retirarse-. No pierdas la fe en ti mismo, porque estoy seguro que Harry no la ha perdido.
Después de que Albus se marchó, el profesor cerró el laboratorio y se cambió de ropa antes de acomodarse en la cama junto a Harry. El muchacho suspiró dentro de su abrazo, pero Severus no quiso hablarle por temor a molestarlo. En vez de eso, lo estrechó contra su pecho mientras unía su mejilla fría contra el joven y tibio rostro. Harry apenas se movió, sintiendo su cálido aliento cuando Severus murmuró algo que no alcanzó a comprender.
Demasiado débil para abrir los ojos, Harry sólo suspiró mientras sentía que poco a poco se sumía en la inconsciencia. Y si no hubiese estado más dormido que despierto, habría jurado que no eran suyas ésas cálidas lágrimas que humedecían poco a poco su rostro, del lado donde reposaba la mejilla de su pareja.
Continuará...
Próximo Final: Haz que mi cielo vuelva a ser azul.
Notas:
Quiero agradecer a todos por sus reviews, y por seguir leyendo esta historia.
Besitos.
Rebeca (K. Kinomoto)
