Capítulo III

Habían pasado seis meses desde que Sean se marchó. Seis meses en los que ella había esperado, en vano, una noticia suya. Durante ese tiempo ella había llegado a necesitarle más que nunca. La perdida de esperanza la atormentaba y su vida la asfixiaba. Hubiera dado todo el oro de su reino por haber podido contar con él.

Pero no fue hasta el día de su cumpleaños, que supo de él. Lo esperaba, sin embargo. Tenía encima ese cosquilleo de que él, de alguna forma, iba a acordarse. Aunque esto no era, necesariamente, algo bueno. Se había marcho ¿no? Había estado desaparecido y de repente ahora ¿qué? Se acordaba de su cumpleaños. Pero ella lo había necesita antes, no ahora.

Ese tiempo marchitó el corazón de Regina. Sin nadie que la ayudará o reconfortara, se creía sola en el mundo. Sean no daba señales de vida, o lo que era peor, no se las daba a ella. Ya no le quedaba nada por lo que vivir. Su matrimonio era un infierno, su vida, una farsa. Fue dejándose arrastrar por su moralmente discutido profesor de magia, Rumpelstilskin y poco a poco, fue convirtiéndose en otra mujer. Una mujer sin esperanza.

Así que cuando leyó su carta, lo hizo con una mezcla de sentimientos.

Querida Regina:

Parece que ha llegado una fecha muy especial. Llegaré para verte dentro de tres días. Espero podamos compartir lo que antaño hicimos.

Sinceramente tuyo,

Sean

¿Lo que antaño hicimos? Si esperaba que, con esta carta, con esta visita, se tapará el vacío de seis meses, era un hombre muy iluso. Regina tenía muy claro que no iba a tolerar que él hiciera con ella lo que quisiera.

—Lo siento, no pude venir para tu cumpleaños. Te he echado muchísimo de menos.—fue lo primero que dijo Sean al verla.

—¿Sí?—contestó ella con desdén.

—Al menos no lo olvidé, como la vez anterior.

—De verdad sabes como ganarte a una mujer. Supongo que el atractivo no lo es todo.

—¿Qué puede hacer para que me perdones?

—¿Por no haber dado señales de vida durante seis meses o por olvidarte de mis cumpleaños? Excepto por la noticia de hace tres días, esa fue bastante reconfortante.

—Es mucho tiempo y he venido a pedirte perdón y a explicarme.

—Ya veo.—quería demostrarle que con ella no se podía jugar sin pagar consecuencias.

—¿Qué te pasa? Estas muy distinta.

—Eso crees? Quizá es que no me recuerdas bien, hace tanto que te marchaste...

Sean comprendió de pronto que era inútil cualquiera cosa que le dijera. Ella ya no era la misma. Y a juzgar por sus palabras, sus sentimientos tampoco.

—Ha sido un error venir. Está claro que no me has echado de menos.

—Oh, sí, echo de menos cuando me decías que ibas a volver y no lo hacías.

Esperanza. Estaba dolida.

—¿Y echas de menos cuando te besaba?

Ante ese comentario, ella traspasó la barrera invisible que los separaba y se acercó a él. Cogió su cara entre las manos y lo beso dulcemente.

—¿Así quieres decir? No, eran besos demasiado pastelosos. He descubierto en este tiempo que si llevo yo las riendas es mucho mejor.

A Sean le costó recobrarse del beso, pero aún más de sus duras palabras.

—¿Has besado a muchos otros?

—Por favor, soy una mujer casada. No pienso contar nada que después pueda perjudicarme.

—Yo no he besado a nadie más. Solo he pensando en esos besos pastelosos.

—¿Porque te tengo hechizado?

—Porque estaba enamorado de ti. —la ironía de sus palabras, recordando momentos pasados, le cortaba como cuchillos afilados— Pero ya no, no de quien eres ahora. Así que, he de irme. Siento haberte molestado.

Y mientras se iba, Regina sabía que estaba dejando escapar lo que quizás fuera su única posibilidad de ser feliz, su única salvación.