Capítulo IV
Pasó el tiempo y Sean desapareció del mapa. Nadie sabía nada de él y Regina empezó a preocuparse. No le había perdonado -ni lo haría jamás, se ilusionaba con este pensamiento- simplemente quería saber si estaba bien. Así que elaboró una poción localizadora y se vio transportada para su sorpresa a un mundo en el que hasta entonces, no había parado atención: bajo la superficie del océano.
―¿Qué haces aquí? -preguntó un sorprendido Sean-
―Creía que habías muerto, así que tuve que asegurarme de que no era así. -tras un breve silencio, preguntó- ¿Ese esta la razón por la que te ausentaste tanto tiempo?
―Mi padre me hizo elegir entre quedarme definitivamente en un mundo o el otro. -asintió Sean- Fue muy difícil para mí, pero elegí estar a tu lado, por eso volví. Aunque lo que encontré no fue de mi agrado. Cambié de parecer.
Regina estaba digiriendo sus palabras cuando él le pregunto lo obvio.
―¿Cómo logras respirar aquí?
―Es temporal. La poción que he usado me permite estar donde tú estés por un breve tiempo.
Lo miró y algo le decía que ahora era él que no la iba a perdonar. Se le encogió el corazón y esas paredes que habían nacido en su ausencia, se desvanecieron.
―Vuelve-le rogó ella.
―No podría ni aunque quisiera.
―¿Qué quieres decir?
―Estoy sujeto a un pacto. Estar aquí tiene su precio.
Justo entonces todo empezó a desvanecerse a su alrededor. Y se encontró otra vez, para su frustración, en su mundo. Tenía que volver allí, se dijo a si misma. Y sí él no podía venir ella se quedaría para siempre. No importaba donde, solo que estuvieran juntos.
Y acudió a la única persona que podía ayudarla.
―Necesito ir allí, poder vivir allí -matizó-
―¿Qué puede haber bajo del mar que llame tu atención? -inquirió su maestro-
―Eso no te importa.
―Cierto. Pero ya sabes que nada es gratis conmigo.
―Haré lo que quieras.
―Exacto. Mientras estés allí harás lo que te pida. Siempre he querido conquistar el mar. Resultaría interesante tenerte como aliada allí abajo. Sí, tenemos un trato.
―Lo que sea. No tardes. -urgió la reina.
―Ah, ah. No tan fácil. Te enviaré allí y para sellar el trato, ha de hacerme el primer encargo. Matar a alguien.
―No voy a matar a nadie -negó horrorizada la joven.
―Buena suerte encontrado el amor en tierra, entonces.
Regina refunfuñó, como dándose por vencida.
―Buena chica. Tu trabajo es matar a la hermana del rey Tritón. El rey se casa mañana y obviamente es nuestra oportunidad de dar un golpe de efecto y demostrar quien manda en realidad en el agua.
―Es una vida inocente... no puedo creerlo.
―Matarás a la princesa Úrsula, no es nada grave, luego me entregarás su corazón y podrás vivir felizmente aleteando -dijo soltando una risita el ser oscuro.
―Es lo último que voy a hacer por ti y no lo hago por ti.
―Sigue engañándote a ti misma.
Sabía que Rumpelstiltskin solo deseaba utilizarla allí abajo como lo había hecho aquí arriba. Pero no le importaba, ya se libraría de él. No quería seguir formando parte de sus juegos pero debía reunirse con Sean, así que no se lo pensó dos veces y hizo lo necesario para poder permanecer eternamente en el mundo de su amado, sabiendo que corría el riesgo de no regresar jamás. ¿Pero qué le quedaba en su mundo? Leopold, soledad. Bebió la poción todo y volvió a embriagarla la humedad.
Regina llegó a la boda y vio a Úrsula, era una joven hermosa y jovial. Se dijo que no podía hacerlo. Ni por Sean ni por nadie. Y justo cuando iba a dar media vuelta, vio a los prometidos. Se quedó de piedra. El rey Tritón estaba sonriendo a su -ya casi- mujer. Sean estaba sonriendo a otra mujer y se iba a casar con ella. Por eso no había vuelto. Por eso no volvería jamás. Ni siquiera dio importancia al hecho de que eso significa que su padre había muerto. ¿Habría sabido su mentor que ella estaba enamorada del rey del mar? Seguramente sí. Pero ya nada le importaba. Absolutamente nada. Desconectó cualquier atisbo de humanidad en su interior y se acercó a la fiesta.
―Siento llegar tarde.
Se oían murmullos entre la gente "¿Quién es?"
―Regina... ¿Qué haces aquí? -pudo decir Sean, perplejo.
―Ah, así que mi invitación no se mojó por el camino.
-¿Quién es esta mujer, Sean? -preguntó su prometida ante la repentina intrusión.
―No te preocupes por mi querida.
Buscó con la mirada a la dama de honor y la encontró.
―Tú debes ser Úrsula. Tú sí deberías preocuparte.
Y sin añadir nada más, le arrancó el corazón del pecho y lo redujo a cenizas ante la mirada atónita de todos los presentes.
Los guardias fueron corriendo a acecharla mientras Sean se quedaba atónito mirando la escena, sin poder creérsela del todo.
―¡Estás detenida en nombre del rey!
―¿Pero quién demonios es? -repetía la gente.
―¿Te has quedado sin habla Sean? -dijo Regina mirando al novio- Una boda nunca puede ser perfecta. Por tu culpa no queda nada a lo que agarrarme, ni en este, mundo ni en el otro. Nada por lo que merezca la pena luchar y seguir las normas. Así que voy a encargarme de que nunca olvides esto y seas al menos, un poco miserable el resto de tu vida. Será divertido vivir aquí y llevarte la contraría. Voy a recordarte este momento, todos los días de mi existencia. -y rió, presa de un chiste interno- Úrsula -dijo en voz alta mirando a todos- Mi nombre es Úrsula.
Y Úrsula desapareció entre un humo negro, dejando solo caos y devastación a su paso
