Latido

─¡JODER! ¡Abrid la maldita puerta! ¡No nos podéis dejar aquí!

─Es inútil, Lovi no podemos salir hasta que alguien de mantenimiento nos encuentre...

─Agh..ya es lo que faltaba.

Lovino soltó un profundo suspiro agobiado nada más alejarse de la puerta de metal.

Muchas veces las puertas de los vestuarios de la academia chirriaban o ni se podían cerrar bien. Pero esta vez para desgracia de ambos chicos, el suyo tuvo la mala suerte de que se quedase encajada y por más que empujasen no se desatascase. Los demás alumnos se habían marchado ya a sus casas, y por la hora que era tardarían en venir los de la limpieza. Genial, atrapados después de clase un Viernes por la tarde.

Antonio estaba igual de disgustado que el italiano, tirar la puerta abajo ni siquiera funcionaba.

─Lo siento mucho, no debí haberte entretenido mientras todos se marchaban, debí haberme ido con Francis cuando me avisó ─dijo sentándose junto a él en uno de los asientos de mármol

─Eso no hará que salgamos antes ─contestó molesto todavía el sureño subiendo las piernas para sujetarlas. Por el simple tono de su voz era inevitable que le asustaba no poder salir y no sería capaz de admitirlo en voz alta.

Se quedaron callados durante un largo rato sin mencionar una palabra más, ni siquiera hacían eco sus respiraciones en el largo vestuario. Lo único que se podía oír eran las duchas goteando. Parecía como si algo les impidiera seguir conversando como hace unos minutos. Había pocos momentos en los que se llegaban a quedar completamente solos, la sensación incómoda no paraba de aumentar.

Antonio miró de reojo a Lovino con un deje nervioso. ¿Nervioso, por qué? ¡No era la primera vez que se hablaban! Pero aun así, le recorría un incesante nerviosismo por todo el cuerpo cuanto más le miraba. Dios, era muy mono...sus amigos se pasaban horas cada vez que le veían chinchandole por cómo "se le caía la baba" al mirarle cuando no se daba cuenta. Seguro que moriría si Lovino supiera cuán embobado se quedaba observandole con detenimiento todos los días.

Para el español resultaba...tan hipnotizante.

Desde que llegó a la academia sus ojos cada vez más le prestaban atención, dejando poco a poco de ser menos consciente. Su mirada serena durante las clases de Geografía, sus suspiros adorables en matemáticas, su forma de cantar en la sala de música cuando se creía que nadie lo encontraba. Cualquier mínimo detalle ya se lo había memorizado, y le encantaba.

Antonio era un idiota. Y enamorado.

Su corazón palpitaba deprisa al sentirle muy cerca, enseguida perdió el disimulo que siempre intentaba tener para mirar al italiano, y entrecerrando lentamente los ojos se acercaba a su rostro.

─...Oye...Antonio, yo..─Lovino murmuraba por fin dispuesto a romper el silencio, pero al mover la cabeza pegó un brinco por no esperarse tener la del moreno casi pegada. No pudo más que mantenerse quieto ardiendole la cara entera.

─¿Q..Qué haces..?

─Lovino...

El cuerpo del español estaba demasiado cerca, llevando al joven pelirrojo a pegar su baja espalda contra la bolsa de deporte. Esa cercanía estaba matandole, pero Antonio no estaba siendo el único...Lovino respiraba con debilidad no podía dejar de mantener su cara enrojecida y timida mirando sus ojos verdosos. No sabía que decir, ni cómo reaccionar. Mantuvieron el silencio infernal por más instantes, siendo capaces de escuchar los latidos ajenos en el pecho del otro. La voz de Antonio esta vez volvió a susurrar un suave "Lovino", antes de llevar las manos a sus mejillas y contener la respiración para besarle.

Patoso pero dulce. Así es como sentía al italiano. No podía contenerse por más tiempo y creía que se ahogaría si más aguantaba la respiración. Dios santo, ¿Se habia vuelto verdaderamente loco? ¡Y-Ya no era un triste sueño! Le..le besaba con tantas ganas y temblores que su mente le gritaba para que le soltase, iba a odiarle, seguro.

Un cúmulo de sensaciones increibles no dejaban de recubrir a Lovino, el oxígeno de los dos se perdía cuanto más fundia sus labios, tampoco quería romper ese contacto y agarró su camisa hasta aferrarse con intensidad. Le gustaba...le gustaba estar así, un primer beso no se lo habria imaginado igual de asfixiante pero a la vez repleto de calor. Antonio abrió un poco los ojos al notar su agarre, y para perder el miedo del todo y separar el labio inferior, más ansiado lo abrazó con fuerza. Estaba en el cielo, no le rechazaba. Y ahora no quería detenerse. Nunca.

Tanto Lovino como Antonio se asustaron por los golpes que se escucharon rebotar al otro lado de la puerta. El ojiverde sobresaltado miró al muchacho que tenia frente a él, dudando si parar toda esta locura.

Sin embargo, la voz jadeante de Lovino finalmente sacó unas palabras que solamente el español podía oirlas, siendo el único eco a sus amigos llamándole al otro lado entre gritos.

─...Mejor salir mucho más tarde..