Capítulo II
La traza del plan luego de la siesta y la película de la tarde, y el escape perfecto de la prisión de vejestorios (en caminador).


No habían pasado más de dos minutos luego de que Sesshōmaru se despertara de su siesta. Se escuchaban los pájaros piar y la luz de la tarde entraba por las rendijas de la ventana. Su compañero de habitación roncó y se giró para ver la pared.

Sesshōmaru suspiró. Naraku lo había despertado con rítmicos « toc, toc, toc » en la puerta de su habitación.

Juntos (y el demonio perro de un humor especialmente malo) fueron a buscar a Kagura, que dormía aún a pata suelta. La señora de la porra la zamarreó un poco y le susurró que tenía visitas. Dado que le había guiñado el ojo, Kagura se apuró a levantarse y ponerse bella. Como imaginarán, al abrir la puerta y encontrarse con las arrugadas y aburridas caras de Naraku y Sesshōmaru, Kagura soltó un bufido de frustración.

De acuerdo, no era la mejor manera de continuar el día luego de una restauradora siesta, pero era lo que había y se conformaron con eso.

Naraku los guió hacia la sala de estar con un entusiasmo que Kagura no había visto en él en años. Ella y Sesshōmaru lo siguieron cambiando miradas de cansancio ante las palabras enérgicas, las maldiciones y el pasado de moda « yo-yo-yo » que Naraku nunca dejaba de lado. Luego de que echara a otro de su mesa favorita (« ¡Pero si él ya sabe que esta es nuestra mesa! »), los obligó a sentarse y tomarse el bendito té por el que Kagura dejaba de lado unos preciados minutos de libertad. Minutos de libertad malgastados en un té.

« Quién la viera y quién la ve », pensó en un suspiro de irritación.

Como podrán haber previsto, Naraku no pudo disfrutar tan bien de su siesta. Estaba absolutamente extasiado con la idea de escapar de ese maldito manicomio (o geriátrico, o lo que fuera) —y patearle la cabeza al estúpido enfermerito de paso, si era posible—, por eso no le fue posible concentrarse lo suficiente en descansar. Estuvo toda la siesta pensando el mejor plan para salir de allí ilesos y victoriosos, acompañado con grandes y rítmicos ronquidos de fondo (pues no olvidemos que su compañero de habitación era el señor « Los ronquidos más fuertes de todo Japón », y el dichoso señor nunca faltaba a ninguna de sus siestas).

Luego de que Sesshōmaru se levantara a buscar el té para los tres y algunas galletas para acompañarlo, se hizo un silencio incómodo en la mesa. Kagura miraba a Naraku ceñuda. Lo cierto era que aquello no sorprendió al medio demonio (no solo porque Kagura parecía haber nacido con esa perpetua cara de culo, sino también porque luego de la siesta estaba de un muy mal humor por alrededor de dos horas). Pensó en decirle algo, pero eso normalmente salía mal, así que mantuvo la boca cerrada y miró con presunta atención a la televisión.

Sesshōmaru volvió luego de unos tensos minutos con una bandeja con todo lo esperado. Eso fue lo único que logró sacar una sonrisa de Kagura, que vertió dos cucharadas de azúcar en su taza y comenzó a revolver.

Naraku ansiaba que los dos se tragaran su té (haciendo fondo blanco si era necesario) y se pusieran en marcha. Pero como sabía que eso no sucedería (eran las personas más lentas que conocía para ese tipo de cosas, ¡tenían todo un puto ritual para tomar el jodido té!), decidió que lo mejor era presentarles el plan de antemano, para que estén preparados y puedan seguir sus instrucciones —¡al pie de la letra!—.

—Bien, estuve pensando todo con sumo cuidado...

Kagura soltó una risotada que se apuró en disfrazar de tos luego de la mirada asesina del anciano. Sesshōmaru simplemente giró los ojos. Esperaba que no se desatara otra guerra absurda por una simple risa.

—Como decía —gruñó—. Tengo un plan que no tiene fallas algunas.

Sus compañeros lo miraron escépticos, pero dispuestos a escuchar lo que tenía que decir (pues de cualquier modo iba a hablar). Naraku carraspeó para aclarar su garganta, cosa que no dejaba de hacer cada vez que quería contarles algo que a él le parecía importante. Si bien Sesshōmaru y Kagura le estaban prestando atención, también bebían de sus tazas con calma y comían unas galletas (que estaban muy ricas, por cierto).

—Bien. El plan es el siguiente. En primer lugar, necesitamos un ejército de cadáveres. —Naraku no pareció darse cuenta de las miradas de incredulidad de sus compañeros y siguió, apuntando un dedo hacia Kagura.— Tú te encargas de hacerlos bailar y así atrapar a todos los enfermeros y a unos cuantos viejos. Los matamos —sonrió y Kagura intercambió miradas asustadas con Sesshōmaru. Por fin había perdido la chaveta—. Luego del baño de sangre, Sesshōmaru se convierte en su versión canina y nos lleva sobre su lomo hasta el templo Higurashi. ¡Y victoria!

Levantó los brazos por sobre su cabeza (aunque sea, todo lo que pudo) en señal de absoluta gloria. Su mirada se encontraba clavada en el techo y sus ojos de tonalidad rojiza brillaban febriles. Kagura miró a Sesshōmaru sopesando la posibilidad de que pudiera convertirse en perro siquiera (en serio, ¿cuándo había sido la última vez que el demonio había adoptado su forma natural? ¿El milenio anterior? Vaya uno a saber si acaso se acordaba a qué olían sus... en fin).

Sesshōmaru pareció entender el camino sinuoso que seguían las cavilaciones de su compañera, pues le dedicó una mirada severa. Entre tanto, Naraku aún miraba el techo con devoción... o con devoción se imaginaba que lo miraban a él.

—Dudo mucho que mis viejos huesos resistan otra transformación, Naraku —susurró Sesshōmaru con una mueca de molestia. Su comentario pinchó completamente la felicidad que estaba sintiendo en ese momento el medio demonio, que imaginaba al geriátrico arder en llamas azules e infernales.

—¿Cómo que no? ¿Cómo puedes caer tan bajo?

Sesshōmaru tomó con fuerza su cuchara, acaso pensando si sería prudente sacarle un ojo a su amigo y hacérselo comer (¡pero imagínese uno las noticias de aquella noche si eso pasaba!).

—No sería prudente que lo intentara —continuó, sereno. Su auto control, el mismo que siempre le había permitido mantener sus sentimientos en orden y su cabeza fría, seguía tan presente como cuando sus facciones no estaban manchadas con feas arrugas—. Podríamos terminar muertos.

Kagura suspiró, y su amo no pudo evitar esperar a que hablara (las mujeres siempre tenían algo para decir).

—Lo último que quieres eres morir aplastado bajo las bolas de un perro, Naraku.

Si bien Sesshōmaru pareció ofenderse mucho con esas palabras (dirigiéndole una mirada nada contenta a su compañera y apurándose a meterse una galleta en la boca a fin de evitar muertes horrendas), Naraku consideró que ese era un comentario muy acertado (aunque no por eso Kagura dejaba de ser la mujer menos delicada sobre la tierra).

—Es cierto... —murmuró, con el ceño ligeramente fruncido—. Y no quisiera morir antes de tener más sexo.

Kagura sonrió y lo miró como una maestra de primaria mira a un alumno especialmente inocente.

—Querido, te tendrías que atiborrar de cierta pastilla —murmuró luego, sin olvidar darle un deje de malicia a su voz. Sesshōmaru levantó la vista para asentir.

—Y suponiendo que funcione, en pleno acto podría darte un paro cardíaco —continuó el albino, volviendo la vista a su taza de té, mirándola curioso.

—Olvídate que te despierten luego de eso.

Naraku los observó con tanta aura maligna alrededor que hasta los viejos del otro lado de la sala pudieron sentir su odio.

—Ya sobreviví a dos —afirmó con orgullo—. No sé qué tanto dicen... —gruñó luego por lo bajo.

Kagura no pudo evitar pensar algo muy parecido a « la tercera es la vencida », casi suplicando que realmente la frase se cumpliera en algún momento. El muy bastardo no podía vivir para siempre, de todos modos.

—Y tú si puedes seguir manejando un montón de cadáveres, ¿no? —masculló casi a continuación, olvidando el asunto de su deficiencia cardíaca y mirando con rostro serio a la mujer—. No vas a decirme que mi única extensión no recuerda cómo controlar sus habilidades.

Kagura bufó, dejando la taza humeante sobre la mesa.

—No seas ridículo. ¿Crees que sería conveniente que un montón de muertos bailaran aquí? ¿Qué crees que es esto? ¿Un video de Michael Jackson?

Sesshōmaru sonrió, pero su mirada seguía fija en la televisión a espaldas de la demonio.

Naraku rezongó un largo rato de ellos, diciéndoles que realmente eran un par de trogloditas viviendo en el siglo pasado (que no dejaba de ser cierto, por supuesto, incluso mucho más allá que simplemente un siglo). No era el recibimiento que él esperaba para su grandiosa idea de escape (¡por favor! ¡Era incluso mejor que el escape de Clint Eastwood del puto Alcatraz!, ¡o el otro de Shawshank!), pero no esperaba menos de sus compinches: era la mejor mente criminal de los últimos quinientos años (y pico) y esos dos idiotas todavía no se habían enterado.

—Entonces mi plan les parece una montón de tonterías, ¿no?

—Ciertamente —respondieron sus compañeros al unísono. Luego de tantos años, los tres tenían maneras muy parecidas de hablar, sin duda alguna.

Naraku soltó entonces un « algo » muy parecido a « ARGGG », y golpeó la mesa con los puños. Siguió insultando otro rato considerablemente largo, hasta que finalmente pareció calmarse y recuperar su calma maligna habitual (el paso de los años hace estragos en el comportamiento de nuestros apreciados villanos, como pueden notar).

—Entonces, grandes mentes del siglo XXI, ¿qué ideas tienen ustedes?

Sesshōmaru estuvo muy contento de formar parte de la organización del plan, sobre todo porque ya no confiaba mucho en el juicio de Naraku (que, de todos modos, nunca fue muy bueno). Kagura también se mostró interesada y tuvo unas ideas muy afortunadas para poner en práctica.

—¿Lo ves? —volvió a repetir el demonio perro—. Tenemos esta sala llena de vejestorios, el pasillo a la derecha con las habitaciones y baños. A la izquierda, otro pasillo con la cocina a un lado y los almacenes al otro. Aquí al frente, a los enfermeros y sus medicinas. Y más allá... la puerta de salida.

—No olvidemos el patio, si salimos por la ventana de acá —agregó Kagura, señalando detrás del televisión. Altos ventanales permitían la libre entrada de la luz solar a la sala. Eran puertas de vidrio repartido, muy lindas (y muy molestas para limpiar, en opinión del personal de limpieza del geriátrico), que daban lugar al patio trasero. El patio era amplio y lleno de verde. Había unos pocos árboles de frondosas copas que permitían que los viejos se sentaran en banquitos a la sombra, a tomar algo fresco en las tardes calurosas o algo caliente en tazas humeantes durante las tardes de otoño.

Kagura y Sesshōmaru solían disfrutar mucho las tardes en aquel pequeño paraíso. Había aromas frutales gracias a las flores que algunas enfermeras o hijos o nietos de algunos abuelos traían para plantar allí. Incluso a veces solían hacer algunas fiestas... aunque no llegaban a más de las ocho de la noche cuando muchos viejos querían volver al interior y pasar un rato a solas en su cómoda cama.

—Sí, ya conozco el condenado lugar —gruñó Naraku una vez más—. ¿Y de qué nos va a servir eso?

Kagura giró los ojos. De acuerdo, no era ninguna novedad que Naraku siempre había sentido que era bueno para los planes macabros cuando en realidad no lo era tanto. Era una mente criminal especializada en el sufrimiento ajeno, eso nadie lo negaba, pero para eso de armar planes...

—Para pensar cómo proceder —argumentó Sesshōmaru, poniendo en medio de la mesa la hoja sobre la que había dibujado un plano del geriátrico.

El lugar era grande. Albergaba alrededor de veinte ancianos y unos cuatro enfermeros (y una o dos personas ocupadas de la limpieza), eso durante la noche. Durante el día había más enfermeros para ayudar, además de los cocineros y el personal de limpieza adicional. Ciertamente no todos eran enfermeros... Kagura tenía entendido que había doctores o médicos, y licenciados varios, como los encargados de nutrición y servicio social. Para no ir más lejos, el mismísimo Naraku debía asistir a la psicólogo para controlar sus ataques de ira (y muchos temían por su salud mental, claro, con todo eso de sus tentáculos).

Lo cierto es que ninguno, en sus muchos años de viajar de residencia en residencia, le había prestado mayor atención al tipo de personal de trabajo que los cuidaban. En particular, ellos no requerían de muchos más cuidados que una persona apenas mayor. El de peor estado físico era, claro, Naraku. Sesshōmaru lo atribuía a su parte humana y a la increíble cantidad de miasma que el estúpido debió de haber aspirado en sus años mozos.

—No me importa exactamente cómo. Sólo se que debemos salir de aquí cuanto antes.

—Creo que lo mejor sería medianamente temprano —acotó Kagura, mirando el plano con aburrimiento.

—Lo mejor sería ahora —gruñó Naraku de nuevo—. Estamos perdiendo el tiempo.

Sesshōmaru lo miró con cansancio.

—Apresurarnos no harán las cosas más fáciles.

—Apresurarnos puede ser la diferencia entre estar disecados arriba de una mesa de un laboratorio —masculló en respuesta, a lo que Kagura lo miró con hastío— o correr felices y contentos en nuestra época. Nuestro lugar.

Sesshōmaru y Kagura intercambiaron miradas. Hayato los observaba con el ceño fruncido desde el otro lado del mostrador por donde les daban las medicinas diarias. Eso no había pasado desapercibido para ninguno de ellos dos, no así para Naraku, que justo estaba de espaldas. Si bien Naraku había mostrado ser un tanto más imprudente con el paso de los años, no podían dejar de pensar que algo de razón debía de tener. La mirada sospechosa de Hayato, el enfermero, no ayudaba a mejorar la situación.

—De acuerdo —dijo finalmente el demonio perro, mirándolo con seriedad. Naraku sonrió, con autosuficiencia—. Partiremos cuanto antes, pero es mejor... refinar tu plan inicial.

Naraku pensó que sí, ya que ni querían usar cadáveres ni se quería convertir en perro, el muy desgraciado.

—Podemos causar algún alboroto en el patio —interrumpió Kagura, razonando y mirando hacia afuera—. Puedo convencer a algunas de las amigas... podemos encerrar a los enfermeros que vayan a socorrerlas.

« O simplemente podemos salir por la puerta de adelante sin más... », pensó Sesshōmaru. Aunque luego recordó que muchos enfermeros los consideraban medianamente inestables y era mejor tenerlos bajo cuidado. Tan solo Kagura era libre de salir a pasear por las tardes sin escolta, pero él sospechaban que igualmente la vigilaban.

—Eso no está mal —sonrió Naraku con malicia—. Podemos prender algo de fuego o levantar miasma y verlos morir...

Sesshōmaru frunció el ceño.

—Creí que teníamos que salir de aquí cuanto antes.

Naraku le restó importancia argumentando que el miasma desintegraba sus cuerpos humanos a una velocidad increíble. Pero Sesshōmaru volvió a replicar que no podían perder tiempo en matar y ver sufrir gente si querían estar pronto a salvo al otro lado de la ciudad, donde los esperaba el Templo Higurashi.

—Creo que aplicaremos la idea de Kagura —murmuró, tomándose el mentón un momento. Miró luego hacia la cocina durante unos segundos y dejó escapar algo así como una sonrisa (era difícil decirlo tratándose de Sesshōmaru)—. Si prometes que no es mortal, podrías soltar uno de tus gases tóxicos en la cocina. Eso atraería la atención de muchos otros hacia ese lugar.

—O hacia la otra punta del geriátrico —masculló Kagura, con una mueca de asco—. Se nota que nunca has olido uno de sus famosos... ¿gases tóxicos, dijiste? Una linda forma para identificar los pedos de Naraku.

—Te aseguro que no hay necesidad alguna de hablar de mis pedos, Kagura —gruñó el medio demonio con molestia. Si había algo peor que haberla soportado los últimos quinientos años, era que ella conociera tan bien hasta sus más íntimos detalles—. Sobre todo porque no quieres que yo empiece hablar de tus aromas...

Sesshōmaru se debatía mentalmente entre soltar « No sé cómo llegué a estar en esta situación » y « Debí matarlos cuando tuve la oportunidad ». Al final no dijo nada porque se distrajo viendo la película de esa tarde, que en ese momento mostraba una escena de épica tensión entre dos vaqueros a punto de desfundar sus armas. Estuvo concentrado en eso alrededor de diez minutos, cuando volvió a escuchar a sus amigos, que ahora hablaban de sexo. Como Sesshōmaru estaba seguro de no querer escuchar nada respecto a sexo que involucrara a Naraku o a Kagura o a ambos, los interrumpió de manera muy cortés.

—Ya cállense de una puta vez.

Kagura, que miraba a Naraku como para replicarle algo acerca del tamaño de su pene (por la mirada maliciosa que le dirigía), asintió y miró a Sesshōmaru con interés, dispuesta a seguir trazando el plan de su nueva aventura. Naraku no hizo el menor gesto de arrepentimiento y miró con fastidio a Sesshōmaru, listo para seguir.

—Si armamos el suficiente lío, podremos salir pasando desapercibidos —siguió el demonio como si no hubiera existido ninguna interrupción—. Para cuando se den cuenta de nuestra desaparición, estaremos bien lejos.

—Con suerte, de nuevo en el Sengoku —dijo Naraku con ansias.

Los tres se miraron. No era un gran, gran plan. Sobre todo para Naraku, que quería más muertes y destrucción (venenos y tentáculos), pero era un plan. Y uno mejor que el propuesto en un principio. Por supuesto que ninguno se puso a pensar seriamente en las complicaciones que podían surgir. ¿Qué ocurría si las distracciones no funcionaban? ¿Y en caso de que quedaran enfermeros custodiando las puertas? ¿Qué ocurría si se llevaban a uno a la fuerza, o le daban alguno de esos calmantes? Kagura ya enfrentó dos de esos en sus ataques de furia contra Naraku y la dejaban a una noqueada.

Pero bueno, los años no habían pasado en vano, y parte de la vejez los volvió ansiosos e insensatos. O tal vez fuera solo ese hormigueo en las manos, el nudo en el estómago, las ganas de nuevas aventuras. Así que no se detuvieron a pensar nada más, y Sesshōmaru dio un par de órdenes para buscar lo justo y necesario para ese viaje inesperado.

Kagura buscó su abanico. Sintió como si se agitase todo el cuerpo ante su contacto, incluso tuvo que reprimir las ganas de usarlo, aunque fuera para levantar una leve brisa. Buscó a continuación un bolso, donde dejó unas camperas para los tres (por si refrescaba) y las medicinas de la noche, por si se hacía muy tarde. Llevó también el dinero que tenía ahorrado, para los gastos de transporte y los gastos adicionales (porque seguro ninguno de los otros dos torpes recordarían que eran « humanos »).

Antes de salir de la habitación, se retocó el maquillaje. Aquella tarde se pintó los párpados de color rosa, y los labios rojos.

Naraku se metió hecho una furia en su habitación y tomó todo el dinero que tenía guardado... el de él y su compañero. Se miró en el espejo, se acomodó un poco el cano cabello, se sonrió y se acomodó los pantalones. Luego salió a paso lento por el pasillo. Sabía donde ir.

Primera parada: el baño.

Segunda: robar un caminador.

Sesshōmaru se dirigió con parsimonia a su habitación y observó de reojo a su compañero, que por alguna razón aún dormía. Se cambió a una ropa más cómoda y guardó el poco dinero que tenía ahorrado en uno de los bolsillos, solo por si acaso. Sacó del cajón de la mesa de luz el único objeto de valor que poseía y le echó un vistazo. Era un hermoso retrato de sus antiguos camaradas, aquellos con los que tantas veces había peleado (y de los que no quedaba ni uno solo): el bruto de su medio hermano, la sacerdotisa y su niña, el monje y la exterminadora (y su prole), e incluso estaban Jaken y Kohaku. Con un deje de nostalgia, la dobló con cuidado y la guardó en otro de sus bolsillos. Sin duda, Rin había tenido un talento innato para las artes, fomentado por la anciana Kaede en su momento.

Se dirigió hacia la puerta y antes de dejarla atrás, le dedicó una mirada de añoranza a la ventana de su habitación. No era exactamente porque iba a extrañar aquel lugar. Tenía que ver, más bien, con el fantasma de una época a la que (sabía) nunca podría volver. Un fantasma que parecía haberse despertado con la pintura de rostros sonrientes que había dibujado la que una vez fue su protegida.

Tardaría mucho tiempo explicándoles lo afligido que se encontraba Sesshōmaru al rememorar sus continuos errores, aunque él no demostrara nada por ser un perfecto témpano de hielo. Tardaría también otro buen tiempo contándoles que Sesshōmaru bien sabía que nada los esperaba en el Templo Higurashi. Conocía de pe a pa la historia de su cuñada (« Cuñada,... agh. »), aunque claro que nada de eso le había dicho a Naraku ni a Kagura, en parte porque le daría placer ver la expresión de decepción en el rostro de su más aclamado (y envejecido) enemigo.

Aquella tarde había visto en los rostros de sus compañeros una expresión que no había podido apreciar en años: una de plena juventud. Para alguien que había vivido los últimos doscientos años alrededor de rostros cubiertos de arrugas, déjenme decirles que aquella había sido toda una experiencia. Y si bien no le gustaba mucho mentirle a Kagura, no pudo evitar ocultar la verdad acerca del pozo del tiempo.

Al volver a encontrarse en la sala (Naraku sostenía su caminador con ambas manos y una sonrisa desquiciada en el rostro, y Kagura miraba a su amo con la mejor manifestación de desencanto que podía poner), el demonio perro pudo finalmente volver a encontrarse con los viejos villanos del Sengoku. Realmente cualquier habría podido identificarlos a la brevedad.

Reprimió una sonrisa y se detuvo frente a ellos.

—Deja escapar miasma en las habitaciones —dijo en un susurro a Naraku, pues esos cambios en ellos habían despertado la atención de algunos enfermeros (en especial de Hayato)—, pero que no sea mortal —se apuró a agregar al notar su mirada rojiza.

Naraku refunfuñó algo de que no podía creer que reprimieran sus grandes poderes. Como le jodía soberanamente que fuera Sesshōmaru el que diera las órdenes, se apuró a replicarle a Kagura antes de que el perrucho lo hiciera.

—¡Levanta a los muertos en el patio, Kagura! —sonrió con malignidad—. ¡Nos largamos de aquí!

Aish... no me jodas. No haré bailar a los malditos cadáveres de palomas —gruñó, ventilándose coquetamente con su peligroso abanico. Ante las miradas de los hombres, giró los ojos y agregó—. Pero armaré algún lío, no se preocupen.

Sesshōmaru no dijo mucho, pero los otros dos sabían que su parte debía hacerla en las cocinas, y confiaban en su capacidad.

Naraku se dirigió con prisa (o bueno, toda la prisa que era capaz tratándose de un viejo con artritis y en caminador) hacia los dormitorios. Disfrutando enormemente de poder liberar parte de sus poderes luego de tantos años, dejó escapar un leve miasma que invadió la zona a una velocidad vertiginosa. De colores violáceos, se esparció con rapidez por el pasillo, las habitaciones y los baños. Se elevó unos diez centímetros del suelo y parecía completamente impenetrable. Sonriendo con gracia (pues aquello apestaba a rayos y los viejos que estuvieran en los baños o en sus habitaciones se quejarían en cuestión de segundos), se dio la vuelta. Adoptó una expresión adusta y comenzó a insultar a voz de grito el servicio de aquel lugar, para que los enfermeros se dirigieran allí de inmediato.

« ¡Uno no puede ni ir al condenado baño tranquilo! »

« ¡... con esta peste! »

« ¡... escoria! »

Un par de enfermeros se acercaron al lugar con expresiones de sorpresa, apurándose a socorrer a los viejos que gritaban espantados desde sus camas. Se tuvo que acercar más personal a ayudar, y, obviamente, llamar a los de limpieza.

Kagura, por su parte, se acercó (con una sonrisa de suficiencia plantada en el rostro) hacia los grandes jardines. Un grupo de mujeres charlaban tranquilas sobre sus nietos bajo la sombra de un árbol, sin prestarle la más mínima atención. Había otros viejos dando vueltas, pero ninguno se había fijado especialmente en ella. Mirando por sobre su hombro para asegurarse que nadie la vigilara, alzó su abanico y sintió cómo todo fluía a su alrededor: el viento, las energías, los olores.

Con un solo movimiento de su muñeca, grandes cuchillas cortaron el aire y se deslizaron con fiereza contra un árbol alejado de los ancianos. Soltó un gritito de sorpresa, completamente fascinada con el poder que aún dominaba. Por suerte, pudo controlar su expresión justo a tiempo: muchos otros empleados del geriátrico se acercaron corriendo afuera ante el estruendo del árbol al caer y los gritos asustados de los ancianos.

Con una sonrisa encantadora (y que nadie pudo contemplar), se alejó, volviendo al encuentro de sus compañeros.

Sesshōmaru también había disfrutado enormemente de usar su poderoso látigo contra las cocinas. Algunas explotaron y el desorden no se hizo esperar. Con sigilo, y pasando desapercibido por la tierra, los ruidos y los correteos de las personas alrededor, volvió hacia donde Naraku y Kagura lo esperaban, completamente encantados.

El geriátrico era un caos.

El personal en su totalidad no podía comprender qué estaba ocurriendo: ¡aquello parecía un complot! No sólo se habían averiado muchos instrumentos en la cocina y perdido todo el alimento almacenado (¿cómo rayos había explotado una de las cocinas?), sino también se había caído un gran árbol, presuntamente cortado a la mitad por... ¡vaya uno a saber por qué! Para colmo de males, se tuvo que haber roto algún caño principal, pues había una peste que hacía lagrimear hasta el más valiente y resfriado del personal de limpieza (y había producido una serie de desmayos en cadena).

Naraku estaba feliz como una perdiz. Todo había funcionado a las mil maravillas. No podría haber salido mejor ni siquiera si desataban los misterios de la famosa Caja de Pandora. Sí, bueno, según su parecer faltaban algunos cadáveres por allí, algunos desmembrados por allá y varios tentáculos cruzando los pechos de las personas, pero estaba bien para ser una simple misión de escape.

Se dirigieron unas miradas de complicidad y se encaminaron hacia las puertas de entrada (que, para el caso, vendrían a ser las de salida). Para su sorpresa, Hayato y la chica nerviosa que había estado con él la tarde anterior, se encontraban plantados en frente. El joven tenía una expresión de verdadero asombro al verlos, y Kokone les sonrió con calma.

—No se alteren, ¡todo se solucionará pronto! —Se acercó unos pasos con la intención de tomarlos de los brazos y guiarlos a alguna zona segura—. Hemos llamado a los bomb...

—Nada de eso —gruñó Naraku, mirando triunfante al muchacho—. Nos dejarán salir ahora si no quieren sufrir una muerte lenta y dolorosa.

Kagura y Sesshōmaru intercambiaron nuevamente esa mirada de « Ah, joder, otra vez con eso de perder tiempo en muertes innecesarias ».

Hayato alzó una ceja, escéptico. Su expresión parecía decir « Claro que sí, viejote ». La chica, sin entender nada de lo que decía Naraku, y considerando seriamente que esa peste debía de haberle afectado, dio un par de pasos atrás y miró a su compañero, intentando decidir qué debían hacer.

El enfermero, ya cansado de la actitud de aquel viejo cascarrabias, suspiró y consideró que lo mejor era contenerlo.

—Señor, ¿por qué se irían de aquí? No tienen a nadie allí fuera.

—Y aquí tampoco... —gruñó Kagura con malhumor.

—Las cosas se solucionarán en breve —agregó Hayato como si no la hubiera escuchado—. Siéntense en la sala y vean una película, en calma.

Naraku pegó un grito muy parecido al de William Wallace en la película Corazón valiente, y dio un paso adelante con una expresión verdaderamente peligrosa. Kagura, de la impresión, había trastabillado hacia atrás (por suerte, Sesshōmaru pudo sostenerla antes de que cayera). Igual a Kagura, la muchacha se había pegado un buen susto y golpeado la espalda contra la puerta de entrada.

—¡Ya no nos detendrás! ¡Muévete o muérete!

Kokone se aferró a Hayato, ahora completamente asustada de aquel trato. De acuerdo, que el señor Infierno nunca había sido un bondadoso abuelo, pero aquello ya rozaba la demencia (aunque su compañero pensó más bien en « Esto roza lo ridículo »). Sintiendo lástima por aquel anciano, la chica le dirigió una mirada sosegada.

—Tranquilo, señor Naraku, no hay necesidad de recurrir a la violencia.

Pero como eso lo dijo aún aferrada del brazo de su compañero, Naraku no la tomó muy en serio (¿quién podía tomar en serio a una persona que tiene tanto miedo?). Reiteró la amenaza y levantó un tanto el caminador del suelo. Sentía las miradas furibundas de sus compañeros pegadas a su nuca y se dio cuenta de que no era conveniente usar sus poderes para escapar, pero, si era necesario golpearlos, lo haría.

Como Naraku todavía estaba muy ocupado mirando con agresividad a los jóvenes, no notó como otros enfermeros se acercaron por detrás. Un hombre forzudo tomó por sorpresa a Kagura, quien soltó un suspiro y vio como su abanico caía al piso. Otros dos hombres tomaron a Sesshōmaru por los brazos y luego pidieron con voz ronca que Naraku bajara lentamente el caminador.

No solo Naraku estaba enfurecido, sino también Kagura y Sesshōmaru. Las marcas violáceas del rostro masculino (que todo el mundo asociaba a tatuajes) parecían brillar, mientras los ojos calmos y siempre dorados del viejo parecían adoptar una tonalidad peligrosamente rojiza. Nadie, y repito, nadie, se debía atrever a sostener a una mujer con tan poca delicadeza como hacía aquel hombre con Kagura. Por supuesto, eso y que lo hayan tomado por sorpresa, había logrado que Sesshōmaru casi perdiera los estribos.

Sin embargo, y por si ustedes no lo recordaban, el verdadero peligro aquí es Kagura, que completamente fuera de sí y bien equipada con palabrotas propias de los más metaleros de los camioneros, comenzó a insultar hasta a la abuelita del musculoso hombre que la sostenía (que no pudo evitar sonrojarse al escuchar todos esos... piropos), y luego le pegó la peor de las patadas justo arriba del tobillo.

Con un grito de dolor y un par de lágrimas acumuladas en sus ojos marrones, el hombre (que, por como iba vestido, era del personal de limpieza) la soltó y dio unos pasos atrás, llevando su mano a la pantorrilla. Esta sorpresa tomó desprevenido al enfermero que sostenía a Sesshōmaru, que aprovechó la confusión para, de un movimiento brusco, sacárselo de encima.

Naraku parecía maravillado. Si bien pasaba el sesenta por ciento del día peleando con ella, el treinta por ciento maldiciéndola y el otro diez por ciento ordenándole que haga cosas que nunca cumplía, cuando se comportaba así (de ese modo salvaje que él recordaba de aquellas épocas doradas) todos sus años de sufrimiento parecían recompensados e incluso se juraba que podía aguantar sus peleas, maldiciones y desacatos.

Sacando ventaja de la sorpresa de los enfermeros, Naraku dio otro paso al frente con el caminador en alto y gruñó. Nunca había pensado que gruñir (al mejor estilo Inuyasha) funcionaría en cualquier situación, pero dado el contexto, tuvo un efecto muy bueno. Kokone soltó un grito asustado y se aferró con más fuerza a su compañero. Hayato, aunque sorprendido, se encogió de hombres. Tomó a Kokone con delicadeza y la corrió a un lado, poniéndose delante de ella y dejando el paso libre a la salida.

—Buen viaje —los saludó, con una falsa sonrisa que tensaba su cara. El enfermero golpeado por Kagura aún se aguantaba las lágrimas (tal vez se había dejado llevar un poco al usar su fuerza demoníaca) y el otro se había incorporado del piso sin intenciones de volver a acercarse a aquel grupo.

Naraku, triunfante, le dirigió a Hayato una mirada endiablada y salió a buena velocidad hacia afuera. Kagura, furibunda, lo siguió, sin detenerse a darle un último vistazo al lugar o a las personas que lo habitaban. Sesshōmaru, retomando la compostura y dándole una gélida mirada a Hayato, se alejó cerrando el paso.

—Llama a la policía —determinó el enfermero apenas los viejos abandonaron el geriátrico— y deja una nota para los del noticiero.

—¿Crees... que son peligrosos?

Hayato se acercó a la puerta y observó como Naraku lideraba la marcha a paso lento (pero eufórico) con el caminador robado. Negó con la cabeza y se giró para ver a los otros dos empleados, malhumorados por el trato recibido.

—Vayan a ayudar en los dormitorios, o en las cocinas. Hay trabajo por hacer —les indicó. Como se imaginarán, él era el encargado de aquel día. Se volvió hacia Kokone, que lo miraba, preocupada—. Son peligrosos solo para ellos mismos.

Como parecía muy angustiada, insistió.

—¡Están locos! Ya lo has escuchado, ¡un demonio de la era Sengoku!

—Lo sé... pero creo que podrían hacerse daño... allá fuera, completamente solos. ¿No lo crees?

Hayato volvió a encogerse de hombros. No era su culpa que vieran tantas películas de ficción. Tal vez sí podían hacerse daño, pero él había intentado retenerlos en la seguridad del interior y ellos se fueron de todos modos, incluso recurriendo a la violencia. No era de extrañar que él odiara tanto su trabajo. Tranquilizó a Kokone mandándola a dar información a los noticieros de la huida, aunque sea de momento. Él se encargaría de hablar con la policía y poner los asuntos en orden.


—¡No puedo creer que al fin estemos fuera!

Kagura no respondió a la alegre exclamación de su amo porque aún seguía por demás cabreada. El idiota que la había detenido minutos atrás la había despeinado, tomado con fuerza innecesaria y, encima, le apestaba la boca.

Sesshōmaru, que miraba sobre su hombro de vez en cuando, tampoco respondió. Se limitó a dirigirle una mirada de reproche. Ahora ya no estaba tan seguro de haberse querido escapar tan así como así del geriátrico. Lo último que quería tener era problemas con la justicia.

—Ya cambien las caras. Por fin respiramos aire fresco, fuera de la jaula.

Kagura rezongó algo sobre que no le importaba en lo más mínimo.

—Sabes dónde queda el famoso Templo, ¿no es así? —preguntó el demonio perro con indiferencia. Y con un poco de fastidio también.

Como a Naraku le jodió sobremanera que lo tomara por idiota (¿cómo él no iba a saber donde quedaba el jodido Templo?), comenzó a caminar más rápido, adelantándose a ellos dos, con el caminador para ayudarle (no se imaginan lo difícil que le era caminar... apenas podía creer que los simples humanos vivieran eso). Claro que en realidad no sabía exactamente dónde, pero, ¿a quién le importaba?

—No lo sabe —resopló Kagura, cinco pasos detrás de su amo. Sesshōmaru asintió, siempre caminando a paso tranquilo a su lado.

Nadie lo dijo explícitamente, pero la pregunta estaba allí, como flotando. « ¿Y ahora qué? ».

Siguieron caminando un largo rato sin dirigirse palabra. Kagura había propuesto frenar a un transeúnte y pedir la dirección, pero Naraku estuvo por demás en contra de aquello. Incluso se enojó tanto que prometió que la mataría si lo intentaba. Sesshōmaru se mostró muy de acuerdo en no pedir ayuda de nadie más: ellos podrían encargarse de encontrar el jodido Templo más grande de Tokio. Kagura rezongó mucho rato con eso, sobre todo porque estaban caminando sin más, le dolían los pies y quería su maldito té. ¿Qué manía tenían las arañas y los perros en contra de pedir indicaciones?, bueno, ¡ella no tenía idea!

Al final, tuvieron que ceder a su voluntad, puesto que estaba claro que podrían seguir caminando durante el resto de la tarde y noche y no estarían más cerca de su destino. Contenta, Kagura los guió a pasos apurados hacia un local poco concurrido. Su entrada no llamó demasiado la atención. Tomaron lugar en una mesa en la esquina del pequeño negocio y llamaron a la camarera con una señal de la mano.

—Solo un té —decía Kagura en ese momento—. Y antes de irnos, pediremos que nos orienten.

—No necesito sus malditas indicaciones —volvió a mascullar Naraku. Como había dicho frases similares durante los últimos treinta minutos, sus acompañantes ni siquiera le prestaron atención.

El té estaba horrible. Ellos en realidad no sabían si se debía a que estaban demasiados acostumbrados al té del geriátrico o qué, pero el té del exterior les resultaba soso. Para colmo, la mujer que los atendió no fue muy cortés con ellos. Ninguno de los tres estaba especialmente acostumbrado a no llamar la atención (vamos, todos habían sido por demás bellos), y tomaron aquello como un mal augurio.

Por eso (y porque el sol caía lentamente por el oeste), cuando la camarera prendió la televisión y apareció en el noticiero un primer plano de su geriátrico, Kagura dejó caer la cuchara, Naraku se atragantó con el té y Sesshōmaru se puso un poco más lívido de lo normal.

Nadie se giró a verlos, como ellos esperaban que sucediera. De hecho, los pocos presentes apenas le dirigieron una mirada a la televisión, un tanto sorprendidos de tanto desastre en tan poco tiempo. El reportero decía en ese momento que un hedor proveniente de realmente no sabían donde había provocado malestar en los ancianos. Además, uno de los árboles cayó por su propio peso, pero por suerte nadie resultó herido. Comentó brevemente la explosión de dos cocinas por culpa de una fuga de gas.

Los tres ancianos, con sus tazas de té a medio camino de la boca, siguieron mirando la televisión. Parecía que los medios no encontraban responsables a los encargados del geriátrico de esa serie de eventos desafortunados (desatados una misma tarde en menos de veinte minutos). Lo titulaban, simplemente, como una serie de eventos desafortunados... no, no eran especialmente originales.

Cuando Naraku, Kagura y Sesshōmaru finalmente estaban empezando a pensar que podían respirar nuevamente con normalidad, la cámara volvió a enfocar al reportero. Abajo, aparecieron los números de contacto con los efectivos policiales, el personal del geriátrico y el mismísimo canal de televisión.

Reiteramos. Tres ancianos se han escapado hoy del geriátrico « Un lugarcito para mi abuelito ». Los enfermeros insisten en que no son estables y requieren cuidados que solo ellos pueden brindar.

Kagura y Sesshōmaru intercambiaron miradas asustadas. Eso sí: el nombre del geriátrico sacaba un setenta y cinco por ciento de seriedad a la noticia, de eso no cabía duda.

Se han mostrado violentos y perdidos, creyendo ser parte de una ficción. Si los ven, comuníquense enseguida con el número que aparece en pantalla. Son una mujer y dos hombres mayores. Todos llevan cabello largo y cubierto en canas, y uno en particular tienen unos característicos tatuajes violetas en la cara.
Si los ven, aléjense: se
cree que van armados. Comuníquese con la policía, ellos se encargarán de llevarlos a un lugar seguro.
Les dejamos las fotos para que puedan reconocerlos.

Mientras Kagura sentía que se le iba el alma a los pies (por cualquier dios, había salido ridículamente mal en esa foto, ¡y para colmo era una especie de prófuga!), Naraku ya estaba maquinando como asesinar a todos alrededor y salir ileso (a lo mejor usando de escudo a Sesshōmaru). El demonio perro, por su parte, estaba observando la reacción de los presentes en el negocio: parecía que nadie prestaba atención a la pantalla y a sus caras envejecidas. Incluso dudaba de que alguien estuviera escuchando algo de lo que dijeran, todos estaban enfrascados en sus propios pensamientos o conversaciones.

—Salgamos rápido de aquí —susurró, dejando dinero sobre la mesa y ayudando a Kagura a incorporarse.

El pedir indicaciones no había escapado de la mente de Kagura, que, como toda persona, quiso que las cosas se hicieran a su manera. Mientras Sesshōmaru (que, como imaginarán, era el que más llamaba la atención con sus tatuajes) y Naraku salían fuera, prestos para poner pies en polvorosa, la demonio se dirigió con parsimonia a la joven que los había atendido y le preguntó rápidamente (charlando un poco de un par de cosas como mera introducción) dónde podría encontrar el camino hacia el Templo Higurashi, pues su nieto allí la esperaba y etc., etc., meras excusas.

Así, poco tiempo después, los tres ancianos estaban sobre el camino hacia su destino. Aunque antes de tomarse el colectivo que los llevaría mucho, pero mucho más rápido finalmente al Templo, Kagura los hizo frenar en una vieja tienda algo descuidada.

—Háganme caso. Aquí habrá algo de utilidad.

Kagura no se equivocaba: realmente tenía mucha capacidad para ver una vidriera y percibir si dentro estaría lo deseado. Encima todas las cosas estaban baratas, por los que sus ahorros (y esos que Naraku robó) fueron suficientes para comprar lo que necesitaban (y alcanzaba para su viaje al Templo). Tuvo que comprarse un vestido algo más feo y una peluca de color rojo. Como Naraku se negó rotundamente a cortarse su hermosa cabellera, Kagura tuvo que insistir en que también utilizara una peluca. Finalmente, a Sesshōmaru la vistió de mujer.

—¿De mujer? ¿Te volviste loca?

—Créeme que es lo mejor. ¿Cómo ocultaremos tus malditas marcas si no, genio?

No importa cuánto refunfuñó y se resistió Sesshōmaru: al final se encontró vistiendo un largo vestido marrón (horrible) que le cubría las piernas, unas botitas viejas sin taco y una peluca con muchos rulos que le tapaban casi por completo las marcas. Para lo demás, Kagura le maquilló. Estaba... no puedo decir que deslumbrante, pero sí... sorprendente. Ah, Kagura logró vestirlo y maquillarlo con la ayuda de Naraku, que nunca estuvo más contento con alguna idea de su esclava.

—Te ves extraordinario, querido amigo —le dijo en un momento, sonriéndole con malicia. Y Sesshōmaru no le propinó una patada porque sus viejos músculos no se lo permitieron (y porque era una dama).

Kagura finalmente los acalló a ambos y les ordenó con voz autoritaria que la siguieran de una vez. Pagaron al propietario del negocio, que miró casi sin creer cómo de su tienda salían dos mujeres y un hombre, cuando habían entrado una mujer y dos hombres... (mira si los ancianos eran extraños... muy extraños).

¿Pasaban desapercibidos? Sí. Naraku seguía con su caminador, pero era casi imposible avanzar de otro modo.

Estuvieron un largo rato buscando la parada correcta del colectivo correcto que los llevaría correctamente al Templo Higurashi. O cercano a él, aunque tuvieran que seguir caminando.

No voy a mentirles y decirles que nadie pensó en tomarse un taxi que los llevara más directamente. Pero como bien pensó Sesshōmaru —y Kagura estuvo de acuerdo, a diferencia del siempre incordioso Naraku—, no sería lo más prudente que tres ancianos (aún a pesar de sus disfraces) se tomaran un coche. Los del geriátrico seguramente lo habían pensado, y no querían ser encontrados.

—Un colectivo. Mundano, asqueroso, totalmente humano...

—¿Prefieres caminar? —gruñó Kagura, observando los autos pasar y viendo si más adelante se acercaba la línea que necesitaba.

Naraku gruñó que claro que prefería caminar, pero que no podía porque estaba hecho todo un condenado humano.

—Y de todos modos estaremos saltando todo el viaje —agregó, de mal humor—, porque las calles son un asco, y los colectivos son un asco...

Sesshōmaru giró los ojos, cambiando una significativa mirada con Kagura luego. Entre tanto, Naraku seguía.

—... cansados y sudados, y oliendo los... olores humanos de estudiantes con muchas hormonas y gente que sale de trabajar...

—Y todos ellos escuchando al viejo cascarrabias en el que te convertiste.

Naraku le dijo algo que no puedo reproducir de manera escrita, porque se supone que esta es una historia apta para todo público. Él y Kagura empezaron a pelear a raíz de esta contestación, y su pelea parecía lejana (a un eón) de terminar. Por suerte para la gente que estaba en la parada (cambiando miradas asustadas por la ronda de insultos interminables, que no-podían-creer que salieran de dos tan adorables abuelitos), de su servidora (que tendría que seguir evadiendo el comentarles lo que de sus bocas salía) y de Sesshōmaru (que estaba real y profundamente harto de los dos), llegó el colectivo que esperaban.

A Sesshōmaru se le iluminó la dorada mirada y tiró del brazo de Kagura, que soltó un soplido de asombro. Naraku por un momento creyó que ganó la batalla y alzó la barbilla con orgullo, pero cuando vio que Kagura ya estaba subiendo con cierta dificultad al bendito autobús, volvió a refunfuñar que todo era una mierda y ciertas cosas más para su extensión favorita.

Sesshōmaru tuvo que quedarse abajo para ayudar a Naraku a subir. Le costó un huevo porque se le complicaba moverse sin el caminador. Al final el chófer tuvo que ayudarlo a subir también, aunque, lejos de hacerlo sentir mejor, lo encabronó más. Terminó insultando a su abuela y no le pagó. Así que le pagó Sesshōmaru, junto con unas disculpas por el viejo senil. Eso no puso de mejor humor a Naraku, que le mostró el dedo medio mientras se tomaba de un caño con la mano libre para no perder la estabilidad.

Mucha gente se quedó por demás sorprendida de que existiera una mujer tan alta como Sesshōmaru (y medio que les impresionó su increíble cabellera enredada), y más aún que Naraku le tratara tan así como así. Ni les quiero comentar la cara de la gente cuando Sesshōmaru le ayudó a subir con su fuerza (vieja pero demoníaca al fin). Lo que sí, habría que haberles sacado una foto a sus caras luego de que Sesshōmaru se disculpara con el chófer... con voz grave de hombre de pecho peludo. Los dejó shockeados a más de uno.

Lo que sí mejoró notablemente el humor de perros —de Naraku, no porque diga perro me refiero al demonio perro— fue que la gente les cedió los asientos de adelante (aunque el hecho de que lo hayan hecho porque eran viejos decrépitos era la parte mala). Así que pronto, Naraku y Kagura estaban sentados en los primeros dos asientos del lado derecho y Sesshōmaru sentado, solo, en el asiento detrás del chófer.

El viaje duró lo suyo. No extremadamente largo como para que los ancianos se durmieran (no hubieran podido incluso queriendo: estaban muy alarmados porque medio Tokio los buscaba y muy entusiasmados con su llegada al Templo) pero sí lo suficientemente largo como para que a dos de tres se le entumeciera el trasero (si quieren saber, sí, Naraku fue uno de esos).

Cuando Naraku comenzaba lentamente a cabecear y amenazaba con quedarse dormido sobre el hombro de Kagura (y babearle encima, seguramente), Sesshōmaru miró intensamente a la dueña de los vientos. De alguna manera que ninguno de ustedes ni yo podemos entender (a menos que alguno de ustedes sea demonio, pues en ese caso creo que sí podrían), ella lo percibió. Cuando sus ojos se cruzaron, la victoria parecía llenar el colectivo.

Kagura golpeó tan fuerte a Naraku que se incorporó al grito de « ¿QUÉ MIERDA QUIERES? », haciendo que la mitad del colectivo... en realidad, todos los presentes, se giraran a verlo. Sí, incluso los que llevaban auriculares. Un par de jóvenes risueños intercambiaron unos comentarios y rieron entre ellos. El conductor, mirando por el espejo retrovisor al viejo a punto de caerse, alzó las cejas e intentó concentrarse en el camino.

Al final, Naraku se dio cuenta de qué pretendía Kagura al intentar llamar su atención tan violentamente. Estaban casi al final del recorrido en esa aventura increíble. Sesshōmaru se incorporó entre que Naraku y Kagura intentaban destrabar el caminador (que, no sabían cómo, se había enganchado con algo invisible). Le pidió al chófer que frenara en la próxima parada y se dispuso a bajar a medida que el colectivo perdía velocidad.

La tarde ya mostraba señales de estar menguando. El sol bajaba más rápidamente por el oeste a medida que los minutos pasaban y eso los ponía muy nerviosos a los tres (a dos ya les estaba empezando a dar sueño y extrañar —muy lejanamente— el calor de su cama en el geriátrico).

Después de tardar otros doce minutos en lograr bajar de colectivo (con miradas de reproches del resto de los pasajeros... y del conductor), Naraku, Kagura y Sesshōmaru se encontraban en el otro lado de la ciudad, ahora más cerca del tan ansiado Templo. Y sin saber a donde ir.

De nuevo.

—¿Ahora qué? —gruñó Naraku.

Sesshōmaru tomó aire. Miró alrededor. Por suerte, había mucha gente caminando con prisa hacia todos lados. Alguien tenía que saber cómo llegar al maldito Templo. Kagura, que ya había notado eso, no parecía en lo más mínimo preocupada. De hecho, estaba muy contenta con el clima que hacía, con el aire que se respiraba y le había hecho muy bien el viaje en el colectivo. El que parecía totalmente desencantado era Sesshōmaru... aunque no estaba muy segura porque su cara era muy parecida a la que usaba... siempre.

—Ahora pedimos indicaciones y seguimos, Naraku.

Sesshōmaru lo dijo, pero no se movió para intentarlo. Seguía teniendo la voz muy gruesa para ser una mujer, así como las facciones toscas y un andar notablemente masculino. Pasar vergüenza de nuevo era algo que no estaba dispuesto a hacer. Naraku parecía no prestarle atención porque se encontraba muy entretenido peleando con su falso cabello: se le había enganchado en un anillo feo que usaba en uno de sus dedos. Un anillo que tenía su historia de sangre y poderes mágicos y esas cosas que Naraku buscaba en cualquiera sea su prenda (a excepción del pijama de dinosaurios, del cual no preguntó nada y de todos modos usó).

Entonces Kagura soltó un bufido molesto y se acercó a la primera persona que vio para que le dijera dónde seguir a continuación.

El resto, sin mentir, no fue difícil. A pesar de que tuvieron que caminar mucho (y a Naraku le salió su primera ampolla, en el pie derecho —¡qué viejo se hacía!—)... bueno, no exactamente mucho, habían sido unas seis cuadras, aunque para ellos bien podrían haber sido seis kilómetros... en fin, llegaron al tan ansiado Templo.

La visión era increíble. Las escaleras que tenían justo frente a ellos parecían no tener fin. Subían, subían, subían hasta esconder allá arriba lo que quedaba de la luz del sol.

Kagura, repentinamente angustiada de tamaña bienvenida, preguntó con voz ahogada « ¿Es aquí? », aunque bien sabía que era allí. El cosquilleo repentino que sentían cada uno de ellos no dejaba lugar alguna a las dudas. Ahí, en algún lugar, tenía que estar el pozo. Incluso la chiquilla los podrían estar esperando (la verdad era que solo Sesshōmaru sabía que aquello era imposible); no había duda de que aquel lugar era el lugar.

Desde atrás de ellos, un ángulo bajo enfocando sus espaldas, se veían a tres simples ancianos. Tres ancianos parados, insignificantes, bajo la sombra de interminables escalones... escalones que con esfuerzo deberían subir para encontrar la victoria... (o lo que buscaran).

El más alto a la izquierda miraba con un deje de nostalgia al frente. Pensamientos extraños cruzaban su cabeza (más extraño era verlo vestido de mujer, sin duda).

La verdadera mujer parecía estar a punto de mandar todo a la mierda y volver al geriátrico: subir eso significaría un dolor de cadera de aquellos.

El hombre-demonio frunció el ceño y se aferró con más fuerza al caminador.

Aquello iba a estar jodido.

Intercambió una mirada con sus compañeros. Estaban ahí. No había marcha atrás. Si volvían, no volverían. Y ya fuera que los esperara realmente el pozo y sus años mozos, o no, no podían simplemente dejar pasar la oportunidad de saberlo.

Tomó aire con determinación y dio un paso adelante, el caminador como soporte. Sesshōmaru y Kagura, detrás se miraron brevemente y asintieron.

Era tiempo. Debían emprender la subida final.

Cuando Naraku pisaba el tercer escalón, Kagura y Sesshōmaru comenzaron el ascenso. Al quinto, Naraku exclamó, irritado:

—¿Un ascensor les hubiera costado mucho, maldito bastardos? ¿Una escalera mecánica? ¡¿Alguien quiere pensar en los ancianos?!

Sesshōmaru y Kagura, detrás, pensaron que esa sería una muy, muy, muy larga subida al Templo.


Nota de la autora:

Me tomé mi tiempo, pero finalmente llegué con la actualización. Y viene con una galleta de casi tres mil palabras extras que el capítulo anterior (sí, normalmente intento que todos tengan la misma extensión). Así que acéptenlo gustosos... porque es sabroso, de su sabor favorito.

¿Más "humor" del tuyo, Morgan? ¿Más travestismo, mujer? ¿Qué tienes con el pobre Naraku?
Déjenme disfrutar de su sufrimiento y ser un dios cruel (?).

Muchisísisisisisisiismas gracias por sus reviews *O* Me alegro montones que hayan disfrutado el capítulo anterior, así como también espero que hayan disfrutado mucho-mucho de este, y disfruten mucho-mucho-mucho del que sigue. :3

¡Hasta el próximo capítulo!

Mor.