Disclaimer: Inuyasha y compañía no me pertenecen, son de la magnífica Rumiko Takahashi, sin embargo la trama es completamente mía y está hecha sin fines de lucro.
¡Actualización! Por fin última entrega de este regalo para las niñas del circulo mercenario. Mi primer Bankotsu/Kagome romántico en toda regla. Como les había dicho, tengo un OS de ellos, pero nada de romántico. Así que esto ha sido nuevo para mí. Ya sé que fue un completo Ooc, pero me encantó escribirlo y espero a ustedes también les haya gustado.
Y sin más blablablá las dejo leer.
Epílogo.
—El rosa me gusta —murmuró Kagome con la mano en las caderas. Bankotsu parado a un lado de ella movía las manos intentando visualizar el espacio en la habitación.
No era una habitación demasiado grande, pero el espacio sería suficiente para una sola persona, personita, si lo pensaba de ese modo. Además sólo sería ocupada muy poco tiempo, con el paso de los años, tal vez reconstruiría la parte de la cocina para agrandar la casa y con un poco de ayuda de algún arquitecto removería la planta alta para construir una más ergonómica, pero si de algo no estaba muy seguro ni contento, era que el color rosa predominara en esa pequeña habitación.
—Azul —la contradijo. Ella se giró a verlo con el ceño fruncido y negó.
—Rosa, amor, sé que será una niña.
Bankotsu miró su vientre bastante hinchado y entrecerró los ojos risueños. Se agachó hasta su panza y la acarició con suavidad. El pequeño bultito de su interior dio una patada como muestra de respingo y él sonrió.
—¿Ves? Las patadas son de los hombres, será un niño y futbolista.
—Oh, por Dios, que macho mi amor, pero será una niña preciosa. De eso me encargo yo.
Él se levantó de nuevo hasta ella y la agarró de su cintura ancha y redondeada. La atrajo hacia él y la besó en los labios. Despacio y con ternura. Cuando ella soltó un gemido y poco después un suspiro sobre sus labios, supo que la amaba más que el día anterior.
—Tengo hambre —dijo Kagome. Bankotsu la separó de él y la miró boquiabierto.
—Pero si acabas de comer.
—Pero ahora como por dos, tu hijo salió glotón —se quejó y eso logró sacarle una sonrisa socarrona.
—Bien, le diré a Kaede que te prepare un buen manjar para calmar el hambre de mis dos monstruos.
Kagome le soltó un golpe en el brazo y lo siguió hasta la isla de la cocina. Kaede estaba preparando una sopa y el olor hizo gruñir la tripa de Kagome. El olor era delicioso y con los antojos que se cargaba por el embarazo, cualquier cosa le parecía un manjar de dioses. Bueno, no es que Kaede no cocinara delicioso, pero últimamente todo era exageradamente delicioso. Y su estómago se lo agradecía cuando llevaba un par de bocados a la boca.
Kaede se giró a verlos cuando entraron y luego volvió a girarse de nuevo a sus asuntos.
—Dale algo de comer a este pequeño monstruo hambriento. —dijo Bankotsu. Kaede soltó una risita y luego le sirvió un poco de sopa a Kagome en un cuenco.
Kagome miró ansiosa la sopa y la comió toda una vez que la tuvo enfrente.
Sentía la mirada de Bankotsu encima. En ese momento la culpabilidad la invadía. Era una desvergonzada, sí, porque los últimos meses había subido de peso, sus caderas se habían anchado, su panza era prominente y apenas lograba verse los pies. Aunque no necesitaba verlos para saber que estaban completamente hinchados por la presión de su propio peso. Y sus pechos eran dos globos enormes.
Estaba convencida de que era un monstruo obeso, pero Bankotsu se encargaba de decirle lo hermosa que se veía embarazada.
Con ocho meses de embarazo era una chillona, sentimental y caprichosa. Todo la irritaba, la molestaba y el único capaz de soportarla era él.
—¿Sabes? Tú me amas mucho —le dijo con una sonrisa. Bankotsu enarcó una ceja y se giró en su silla a verla.
—¿Aun lo dudabas? —ella negó.
—Es solo que no entiendo cómo puedes seguir soportándome.
—Eso es porque te amo. Y no hay nada que entender, se ama porque se ama y nada más.
Después de esas declaraciones, volvieron a la habitación a seguir discutiendo a cerca del color dela habitación para el bebé.
Bankotsu y Kagome llevaban unos pocos meses de casados. Ella había conseguido el divorcio inmediato con Inuyasha, después de irse de casa. Los últimos meses que se lo había topado le había resultado difícil, porque muy dentro de ella sabía que Inuyasha era un hombre bueno, pero las circunstancias lo hacían un hombre superficial y mentiroso.
A ella la había engañado, pero le perdonaba, porque de no haberla sometido a esa escena, ella jamás habría recordado su pasado y no podría estar al lado de Bankotsu.
Durante el tiempo que estuvo casada con Inuyasha, no había podido quedar embarazada y había llegado a creer que era estéril, pero cuando después de unas semanas de mareos, vómitos y una prueba de embarazo casera, lloró de alegría porque era capaz de formar una familia con el hombre que amaba.
Inuyasha era el que tenía un problema y antes de concluir el divorcio habló con él. No fue una plática sencilla, pero era necesaria y se sentía responsable de decírselo. Aunque no había sido necesario hondar en el tema, porque él lo entendió todo cuando le dijo que estaba embarazada.
La felicitó y sus palabras carentes de la emoción que querían transmitir, la hicieron sentirse miserable. Inuyasha nunca podría formar una familia, ni con ella, ni con Kikyo ni con ninguna otra mujer, estaba condenado a la soledad.
Nunca le había deseado el mal, a pesar de lo que le había hecho, ni a ella, ni a él, pero la vida se encarga de pasar factura de sus decisiones.
Ella ya no podía desearle mal a nadie y tampoco se metería en asuntos que no le inmiscuían. Ella tenía una familia por la cual ver.
Después de haber llegado a la casa de Bankotsu, las cosas le habían mejorado bastante. Ya eran una familia y habían logrado superar las cosas que los separaban. Ahora le quedaba cuidar ese amor que crecía en su interior, tanto en el corazón como en su vientre.
Aún no habían querido saber el sexo del bebé, puesto que querían que fuese una sorpresa. El ginecólogo les había dicho que el producto crecía sano y fuerte y eso era lo único que les importaba.
Bankotsu deseaba un niño, y ella por su cuenta una niña, pero lo que fuese ella lo amaría como nada en la vida.
Tres semanas después despertó con los rayos del sol filtrándose por las cortinas. Bankotsu estaba parado frente al espejo y se acomodaba la corbata. Estaba ataviado con un traje negro y su cabello oscuro lucía resplandeciente y fresco. Sus ojos azules la miraron desde el espejo y una sonrisa coqueta que le alteró el corazón en cuanto la vio.
—Buenos días cariño
—Buenos días —contestó Kagome tratando de mantener la sonrisa cuando un dolor le atravesó el vientre.
—¿Sucede algo? —ella negó sin atreverse a hablar por el miedo de que la voz se le quebrara—. Kagome, ¿estas segura?
—Sí cariño, todo está bien —respondió apacible. Bankotsu la miró un momento y luego se recompuso en su lugar.
—Bien, iré a ese viaje lo más rápido que pueda —murmuró. Luego se giró a verla—, Kagome, si te sientes mal, sabes que puedo quedarme, no quiero estar lejos de ti.
—No te preocupes, todo está bien, ve a ese viaje y avísame cuando estés en el hotel.
—Los números de teléfono están en la agenda y cualquier cosa me llamas y saldré en el primer vuelo. —ella asintió más tranquila. El dolor ya había menguado, y no había razón para detenerlo a su lado.
—Te espero pasado mañana —dijo sonriente y Bankotsu se acercó para darle un beso en los labios.
Media hora después él estaba subiendo a su auto para irse al viaje de negocios. Kagome lo despidió desde la puerta y en cuanto el auto desapareció por el portón ella se dobló y respiró profundo ante el dolor que aumentó.
—¿Sucede algo señora? —preguntó Kaede.
—Las contracciones ya me están empezando.
—¡Dios!, ¿y por qué no le dijo al señor? —exclamó tomándola del brazo.
—Oh, no, ese negocio es muy importante para él.
Kaede la ayudó a entrar a casa y la dejó sobre el sofá.
—Sí, pero su hijo es más importante.
—El dolor ya pasó. No te preocupes.
—Hay que checar el tiempo entre contracciones. —Kagome asintió. Se acarició el vientre y suspiró tranquila. Los dolores pasaban entre ratos, y había empezado en la madrugada con ellos. Aunque notaba que cada vez venían con más frecuencia.
Si entraba en labor de parto con Bankotsu fuera de casa se sentiría muy sola, pero estaba segura de que a pesar de que le dijera a Kaede que no le avisara, ella no haría caso y le avisaría.
El aire se le escapó de nuevo cuando el dolor regresó. Kaede negó con la cabeza y corrió a la habitación, a continuación bajó con la maleta que tenían preparada para ese momento y tomó a Kagome del brazo.
—Ahora mismo nos vamos al hospital —sentenció la mujer.
Kagome no dijo nada y se levantó con gran esfuerzo del mueble. El dolor se volvía más fuerte con cada paso que daba y las manos le temblaban de miedo. Quería gritar y que Bankotsu estuviera a su lado, pero tenía la garganta seca por el nudo amargo que se le formó.
Bankotsu llegó al aeropuerto y sacó su pasaporte para comprar su boleto. Después de los trámites pertinentes se sentó en la sala para esperar su vuelo. Miró su reloj despreocupado y se levantó cuando escuchó que anunciaban su vuelo.
Antes de subir al avión sacó su celular para apagarlo. Oprimió la tecla de apagado y la pantalla emergente para confirmar apareció. Estaba a punto de aceptar, cuando una llamada entrante del celular de Kagome comenzó a parpadear en la pantalla.
—¿Cariño qué pasa?
—Disculpe señor, soy yo, Kaede.
—¿Qué sucede Kaede?
—La señora ha entrado en labor de parto.
Bankotsu sintió que la sangre se le hacía hielo en las venas y luego el impulso exaltado de su pecho lo hizo soltar una risa.
—¿Dónde están?
—En el hospital central.
—Voy para allá.
Cerró el celular y regresó a la entrada del aeropuerto.
Bankotsu se había vuelto el hombre más huraño y antipático que cualquier mujer hubiese conocido. Después de la decepción amorosa con Kagome se había encargado de resarcir sus heridas con la primera mujer que se le cruzaba en el camino, pero poco después al volver a verla, sintió que su corazón volvía a latir en su pecho.
Nada de lo que había pasado había importado. Porque ahora ella era libre y era de él. Era su mujer, su amiga, su amante y su esposa. Les había costado llegar hasta ese lugar, pero por fin las cosas pintaban bien y a su favor, no había nada que pudiese opacar su felicidad.
Ella estaba en labor de parto y traería a su pequeño hijo al mundo.
Cuando llegó al hospital, Kaede daba vueltas de un lado a otro y se sobaba las manos con fuerza, en cuanto lo vio se echó a llorar.
—¿Qué sucede?
—Es que, la señora se veía muy mal y tengo un mal presentimiento.
Bankotsu atrajo a Kaede hacia él y la abrazó. Sabía que el parto era un proceso natural, pero que a pesar de eso podría haber complicaciones, sin embargo él confiaba en que Kagome estaría bien. Ella y el bebé estarán perfectamente. Nada malo podría pasar.
La angustia que sentía en el pecho no podría ser un mal presentimiento, así que se obligó a dejar de pensar en eso. Se obligó a respirar con calma y esperar a que el doctor saliera para darles la buena noticia. Un lindo bebé y su esposa en perfectas condiciones.
Por eso y por su fe, no se esperó cuando el doctor salió y le dijo que las cosas se habían complicado.
Kaede lloró desesperada y rezó por la salud de su señora. Bankotsu se sintió más culpable al no insistir más esa mañana para quedarse a su lado. Si algo le pasaba, él nunca se lo perdonaría. Y sería el hombre más miserable del mundo.
El estómago se le contrajo de miedo y angustia. Quería llorar, pero tenía que ser fuerte en esos momentos. Tenía que ser fuerte por ella, por su bebé y por Kaede que estaba preocupada.
Después de más de una hora con la angustia y el miedo en la garganta, y sin saber qué más hacer, comenzó a dar vueltas de un lado a otro en la sala de espera.
Las manos le temblaban y el corazón le brincaba fuerte en el pecho.
—Familiares de la señora Kagome…
—Soy su esposo —se apresuró a decir. Cuando dio la media vuelta, el pecho le brincó lleno de gozo al ver el pequeño bulto que la mujer traía entre brazos.
—Felicidades señor, es padre de un hermoso niño.
Y entonces un nudo grande en su garganta amenazó con hacerle botar las lágrimas. Pero su llanto sería de felicidad.
—¿Cómo está la señora? —preguntó Kaede.
—Ella está descansando, el parto la dejó muy agotada, pero pueden pasar a verla.
—Pasa tu querido, yo aquí espero.
Bankotsu se lo agradeció y entró al cuarto llevando al bebé en brazos. Kagome reposaba en la cama blanca, tenía los ojos cerrados y estaba pálida. El corazón se le apachurró al verla.
Al acercarse a la cama, le acarició la cara y luego le dejó un beso en la frente.
—Gracias mi amor —le susurró. Ella se removió en su lugar, pero no despertó.
Bankotsu decidió dejarla descansar y se sentó a un lado de ella. Estaba decidido a no moverse de su lugar hasta verla despierta y recuperada, porque ahora ya no pensaba dejarla sola, nunca, ni aunque ella se lo pidiera.
—Ganaste —murmuró ella apenas audible, pero lo suficiente alto para que él lo escuchara—. Es un niño.
—Lo sé, y es precioso.
—Es el niño más hermoso.
Un año después, el pequeño Sota brincaba sobre la cama. Kagome intentaba jalarlo del pie para vestirlo. En ese momento Bankotsu entró al cuarto y el pequeño gritó de alegría al ver a su padre.
—Óigame jovencito, no es de hombres andar dando visiones a las damas —lo reprendió. El niño sonrió y le extendió los brazos para que lo cargara.
—Es un macho exhibicionista como su padre.
—Oh, que lenguaje mi señora, pero éste macho del que habla la hace la mujer más feliz —Kagome sonrió y le depositó un beso en los labios.
—Me parece que es un ególatra, pero ese macho tendrá que cuidar de su hijo mientras yo me baño.
—¿No necesitas ayuda?
—El que necesita ayuda es tu hijo.
—Kaede puede cuidarlo.
Entonces, con el pequeño Sota vestido, él entró al baño con Kagome.
Se amaron y se entregaron con pasión como todas las noches. Le hizo el amor con delicadeza y se volvió salvaje cuando la pasión los embargó por completo. La escuchó gemir y gritar su nombre y luego tocar el cielo en un orgasmo perfecto. Y como siempre, él la tenía entre sus brazos para dejarse ir con ella entre el fuego y el éxtasis. Para fundirse con ella y encajarse en su interior proclamándola como su único dueño, como su único hombre.
Fin
Hola niñas hermosas, por fin el último capítulo de este mini fic. Espero les haya gustado el epílogo y no haberlas decepcionado.
Gracias por sus reviews y por esperar pacientes.
iblwe
ljubi-sama
pao59
Raquel Cisneros Taisho Okumura
Como siempre es un placer escribir para ustedes. Lo hago con cariño y con la única intención de entretenerlas.
Danper
