Capítulo III
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—Suéltame, no me agrada que me toque. Es desagradable —dijo Elsa arrastrando la voz.
—No —contesto firme, sin lugar a replicas mientras carga a su esposa entre sus brazos.
—¿Por qué se empeña en esta mentira? Es absurdo, no me convencerá de que es una buena persona, mucho menos de ser un buen marido o incluso rey.
—Puede que no sea buena persona, pero no se necesita una buena persona solo con buenas intenciones para ser un buen rey —se defendió Hans serio, se estaba comenzando a cansar de ser tratado como basura y que todo el mundo, incluso su propia familia le echara en cara que jamás seria apto para el puesto. Iba a demostrares lo contrario, incluso si se tardaba toda una vida en ello.
Elsa seguía removiéndose incomoda entre los brazos de Hans, pues quería que la dejara en libertad.
—Le repito que me deje, no comprende que no soporto que me toque. Lo odio, su sola presencia me causa sentimientos muy desagradables que me son difíciles de controlar —miró con mala cara a Hans que reflejaba muy bien lo que decía—. Lo congelaré —amenazo Elsa.
—¿Piensas en matarme Elsa? —seguía su camino subiendo las escaleras, sin inmutarse por la amenaza vana de Elsa. Reconocía un farol cuando lo escuchaba, así que siguió con su recorrido, tomando a su quejosa esposa aún más fuerte entre su agarre— después de todo dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad —finalizo para molestarla.
—¡Yo no estoy borracha! —reclamó enojada alzando los puños para comenzar a golpear el pecho de Hans.
—Ten cuidado con esas manos, querida, que si muero congelado, será solo culpa tuya —advirtió Hans con rostro severo a la reina— y esta vez no habrá acto de amor que la exima de sus acciones.
Elsa lo miro agria, eso había sido un golpe bajo. Evocar el accidente que había tenido con Anna que casi acaba con su vida era algo muy ruin.
—Entonces suélteme y no habrá accidentes.
—No —volvió a decir él—, esto lo hago no por gusto. En realidad te cargo por dos poderosas razones. La primera: Es tradición que el novio cargue a la novia hasta su cuarto nupcial. Eso es algo que los invitados quieren ver con mucho entusiasmo —recalo serio para luego cambiar a un tono de regaño— y las segunda y más importante aún: Estas mareada por el champagne que tomaste irresponsablemente y es muy probable que te caigas. Y esa caída pondría en evidencia que estas ebria y eso me pondría en ridículo a mí.
—¿Y por que a usted? Si la del problema soy yo. Además fue usted quien me dio la copa, yo no la quería— sus párpados entrecerrados lo señalaban como culpable irrevocable de este desastre.
—Porque estoy casado contigo, y una humillación tuya es mía también. Créeme si no fuera por eso dejaría que te hundieras sola.
—Patán —murmuró dejando de pegarle.
—Escucho que la reina se le suelta la boca cuando bebe, es bueno saber un poco más de ti, querida. Verás que si sigues así, poco a poco nos conoceremos mucho mejor.
Llegaron por fin al cuarto que había mandado a preparar Hans, para que ambos comenzaran su vida de casados.
Él abrió la puerta blanca con un suave empujón de su pie derecho para entrar y la cerró de igual forma, para después dirigirse hacia la cama tamaño king-size y dejar caer a Elsa como tronco sobre ella. No tuvo reparos ni delicadeza al dejarla de forma brusca. Se encontraba molesto con ella, podía soportar muchos desplantes y groserías, especialmente porque sabía que ella estaba en contra de la boda desde el principio, y, la obligó aceptarlo, pero que le digiera que iba a ser mal rey.
¡Uf…! Eso sí que no se lo pasaba.
—¡Ahora duérmete! —ordenó firme.
—No dormiré con usted en mi habitación.
De acuerdo estaba ligeramente pasada de copas, sin embargo seguía muy consciente de lo que pasaba. No iba a permitir que su honra se viera mancillada por ese hombre.
—Nuestra habitación, nuestra. Acostúmbrate porque así va a ser el resto de tú vida —dijo viéndola desde lo alto con los brazos cruzados—. Además no me apetece darle mis atenciones a una mujer ebria.
Recalco eso último con un tono de superioridad.
—Pues yo nunca aceptare las atenciones que un ser tan ruin, y mucho menos me rebajaría a darle las mías.
—Te tengo malas noticias querida —dijo agachándose a la altura de su cara— me debes un hijo y de no cumplir con lo acordado todo Arendelle será mío. Así que yo que tú, reconsideraría mis palabras, porque te guste o no estamos en el mismo barco. Ahora duérmete, antes de que me arrepienta de ser un caballero y no meterme en la cama contigo a dormir en el lugar que me corresponde por derecho.
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El día brillaba y el cálido sol acariciaba al bello reino de Arendelle, donde la mayoría de las personas aún festejaba la unión de la hermosa y mítica Reina de las nieves y el treceavo príncipe de las tan famosas Islas del Sur. Fue una ceremonia conmovedora se decía, y ni que decir de la fiesta que se celebro después de la boda real.
Todos los que estuvieron presentes lo decían, esa celebración fue de otro mundo.
Los invitados estaban muy complacidos por el espectáculo que la magia de su majestad había mostrado, y sobre todo por el simpático muñeco de nieve llamado Olaf que había robado el corazón de todos. Con sus bailes y canciones había animado la pista de baile, sus hábiles movimientos armando y desarmando su cuerpo de nieve llamaban mucho la atención.
Fue gracias a la actuación de Olaf que mucha gente comenzó a pensar que el poder de hielo de Elsa no era tan malo, es decir si podía crear algo tan encantador ¿Cómo podría ser ella peligrosa? Además se había casado con un buen hombre, se escuchaba mencionar por todas partes.
Sí, Hans había escuchado los rumores que se estaba cociendo después de la boda y estaba de muy buen humor. Esa mañana también había logrado cerrar unos cuantos tratos mercantiles con otros reinos, y todo gracias a ese muñeco de nieve que mostraba el lado más amable y dulce del poder de su esposa.
Iba encarrilado a la cima y el desagradable incidente de anoche donde termino durmiendo en el incomodo diván estilo griego y con frío –cortesía de su "amada" esposa–, le hizo replantearse algunas cosas que tenía que dejar en claro con Elsa.
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Hans entro a la recamara donde aún dormía Elsa, acompañado de una bandeja de plata en sus manos, que contenía un par de copas con jugo de naranja, dos tazas con chocolate caliente –el favorito de Elsa según la cocinera–, unas ensaladas de frutas y un panquecito de arándano.
Pensaba comenzar el pie derecho este matrimonio, y esperaba que el penoso incidente de ayer en la noche se quedara en el pasado. Iban a comenzar a vivir juntos como un matrimonio que los unía de por vida, así que iba a poner todo de su parte para llevarse más o menos de forma decente.
—Elsa —llamo, como hizo cuando se levanto hace unas cuantas horas antes sin éxito.
Ella al escuchar su voz, reacciono por reflejo y lanzó una ligera ventisca hacia su ahora esposo que le hizo retroceder haciendo que tirara el desayuno.
—Bien hecho querida —le dijo él, con claro disgusto en su voz.
Había acusado que se derramara todas las bebidas en su ropa. Por fortuna el chocolate de había enfriado antes de caerle encima o estaríamos hablando de una horrible quemada en su pecho.
—L-lo siento —atino a decir con voz rasposa, pues acababa de despertar— es que solo vi su cara y…
La frase quedó al aire mientras su tono se hacía menos audible, porque decir que vio su rostro y se asusto, no le parecía lo más indicado. La había tomado por completo desprevenida, no estaba acostumbrada a tener compañía en su habitación, menos si era tan desagradable persona. Y Anna no contaba porque a ella la reconocía enseguida, era capaz de percibir su distintivo aroma a menta y el sonido de sus pasos.
Él la miró con mala cara negando, con los párpados entrecerrados, alzando sus manos a la altura de su cara sin tocarla a modo de reclamo, sin embargo se lo pensó mejor y dejo caer sus brazos. En lugar de iniciar otra ridícula discusión mejor fue a su armario y saco una camisa, corbata y chaleco limpios, por mera suerte su pantalón seguía limpio.
Fue al baño a cambiarse y de paso le daba espacio a Elsa de calmarse.
Ella lo vio retroceder haciendo que soltara todo el aire que tenía acumulado en sus pulmones, miro el piso donde la comida que le trajo Hans había caído. No estaba segura de cómo reaccionar al respecto, él solo le había traído el desayuno y ella casi lo convierte en cubito de hielo.
Una parte de ella se sintió culpable al respecto.
El chocolate era una víctima inocente en esto, se lamento cuando su delicioso aroma invadió su nariz.
Era su favorito, con lo que le gustaba levantarse por las mañanas.
"Que desperdicio" pensó con pesar en su corazón.
Observo a su alrededor, tratando de hallarse en todo esto. Ahora Hans era su esposo oficialmente y ayer se paso ligeramente de copas. Este recuerdo hizo que se apenara por su terrible comportamiento tan fuera de lugar, ella era una mujer bien educada y no debía perder la compostura jamás, por muy mal que estuviera la situación no debió actuar de manera tan impropia.
Verse a sí misma diciendo palabras vulgares como patán o beber alcohol, era demasiado.
Elsa comenzaba a descubrir que tenía un lado oscuro y que en cierto sentido hacia que se sintiera liberada. Era algo extraño, no estaba segura de que sentir o pensar al respecto, de lo que si estaba segura era de que Hans sacaba lo peor de ella.
En tanto el susodicho salió del aseo con su indumentaria en forma, y listo a ponerle los puntos sobre las íes a su esposa.
—Sé que me desprecias Elsa, pero estamos casados y tienes opciones —afirmó regio.
—¿Opciones? —Preguntó confundida recargada en la cabecera de la cama con los brazos cruzados.
—Sí, tienen varias opciones. Puede que no sean de tu agrado pero tienes el poder de elegir lo que mejor te parezca. Aceptare lo que decidas —explico con temple a un lado del lecho.
—Claro, como si tuviera la libertad de elegir —dijo sin poder creer las palabras.
—Tienes la opción de odiarme si te place —Hans indiferente veía a Elsa desde lo alto— puedo muy bien vivir con eso. No serás la primera, ni la última persona que me odie, eso es algo que acepto —Elsa lo miró confundida sobre su asiento—. O puedes aprender a vivir conmigo y aceptarme, no pido que llegues amarme ni mucho menos, sin embargo esta elección puede ser más llevadera para ti. Así que elige, vivir una vida llena de odio y rencor que te haga infeliz el resto de tú vida o aceptar el hecho de que ahora eres mi esposa y tener una vida llevadera en la que tal vez puedas encontrar una comodidad aceptable ¿Quién sabe? Tal vez algún día podamos llegar a un entendimiento mutuo. Al final a la única que le vas a rendir cuentas es a ti misma, no a mí.
Hans salió de la habitación dejando a Elsa en mucho que pensar.
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Hans se encontraba en el despacho real mirando por el ventanal que se encontraba a un lado del imponente escritorio de roble lleno de papeles oficiales y los contratos mercantiles que había logrado negociar hace unas cuantas horas con emisarios de otros reinos que habían roto relaciones o que estaban a punto de.
Todavía faltaba que la reina firmara los tratos para hacerlos validos, pero esperaba que sus acuerdos fueran avalados por ella. Contaba con plena seguridad de que estaría de acuerdo con los puntos de los contratos, que eran más que beneficiosos para el reino, tenía que mostrarle lo bueno que era para el trabajo y que dejara de verlo como menos que incompetente.
No había podido hacer que estuviera presente en las negociaciones a primera hora por qué Elsa estuvo despierta casi toda la noche y no había podido despertarle –bueno tampoco es que lo haya intentado mucho que digamos–, se había removido de un lado al otro con visible incomodidad el resto de la velada. Pudo sentir la dura mirada que tenía posada sobre su nuca, vigilando todos sus movimientos. Esperando que en cualquier momento el terrible monstruo, que se escondía detrás de su encantadora fachada se presentara de alguna forma.
Tuvo la gracia de dispensar a su mujer de la reunión temprana, con la escusa de haber tenido una noche agitada. Obviamente los embajadores que trataron con él dieron su visto bueno y comprendieron la ausencia de la reina.
En cuanto a él, pues si es cierto de durmió de una forma incomoda y con algo de frío, sin embargo su tiempo en el mar lo preparo adecuadamente para este tipo de inconvenientes.
Cuando despertó, tenía el cuello ligeramente adolorido, se recordó que había pasado mucho tiempo viviendo una vida acomodada y que se estaba poniendo fuera de forma. Iba a tener que hacer algo al respecto, últimamente se había encontrando tan ocupado que no había podido hacer el ejercicio que gustaba de hacer por las mañanas.
Elsa se encontraba dormida por fin, cuando paso a verla a la cama donde ella se encontraba acostada de lado con el rostro bastante tenso con el ceño fruncido muestra de su incomodidad y unas muy marcadas bolsas debajo de los ojos con un ligero tono violáceo. La blancura de su tez hacia que resaltaran a simple vista.
Hans extendió su mano para tocar su rostro de forma delicada y trémula, sus dedos se posaron sobre su mejilla.
Quería saber cómo era el tacto de su piel, comprobar si era como la última vez que le toco, hace ya bastante tiempo cuando quedo inconsciente en su castillo de hielo después de ser el causante de hacer que un candelabro cayera sobre ella.
Recordaba que se había salvado por muy poco, y que no le quedo más remedio que llevarla de vuelta a Arendelle.
Ningún soldado deseaba tocarla, temían que los congelara y como él era el líder de la expedición no le quedo más remedio que hacer lo que tenía que hacer. Cuando la cargo le pareció tan ligera, pequeña y suave. No había rastro de frío en su cuerpo, tampoco era cálido y a pesar de las inclemencias del terrible tiempo que había provocado, Elsa no mostraba rastros de tener baja temperatura. Le costaba creer que un ser de apariencia tan fina, delicada y frágil fuera poseedora de tanto poder.
Elsa era bella, poderosa, gélida y cruel sin saber que lo era.
Sin saber el impacto que era capaz de causar con solo sentirlo o desearlo, era un ser puro, transparente; como el hielo que producía con su don.
Podía ver con mucha facilidad sus deseos, miedos, su disgusto al encontrarse atrapada y dispuesta a matar para protegerse.
Ambos eran muy parecidos en ese aspecto en particular, la diferencia era que el ya había cruzado la línea hace mucho y sabía muy bien que una vez que pasas esa raya no hay vuelta atrás. Por eso la detuvo, cuando estaba a punto de matar a los hombres de Weselton, porque si ella pasaba del otro lado…quien sabe hasta donde habría llegado después. Y tal vez nadie habría sido capaz de detenerla.
Ni siquiera su hermana a la que tanto ama, cuida y mira con tanto embeleso.
Podía notarlo, cada vistazo, cada palabra, cada toque…
Elsa amaba por sobre todo a la princesa Anna, y eso podría usarlo a su favor cuando llegara el momento. Tenía que ser cuidadoso con ese tema en particular, o estaba seguro que su esposa le congelaría el corazón.
Las podía ver ahora, desde lo alto del despacho que asomaba al patio donde las hermanas se acaban de encontrar y hablaban.
Estaba seguro de que él era el protagonista de la conversación.
A su espalda escucho un par de golpes en la puerta que lo llamaban.
—Adelante —dijo fuerte y firme sin dejar de ver a Elsa desde su privilegiado puesto.
—Buen día, hermano —escucho decir haciendo que Hans rodara los ojos y su rostro mutara en una clara muestra de fastidio.
Se preguntaba cuando se iba a dejar caer su hermano mayor, próximo a la corona y mano derecha de su padre.
—¿Qué deseas? —Fue directo al preguntar y sin nada de su sutil tacto en su voz. No había necesidad de ser diplomático, ni amable con él.
Hans aún le haba la espalada al futuro gobernante de las Islas del Sur, y su hermano espero antes de hablar, aguardando que su hermanito le mostrara un poco de respeto.
Fue un incomodo momento en silencio donde ambos trataban de demostrar quien tenía la vara más alta.
—Sino vas a hablar es mejor que te retires, tengo muchas cosas que hacer —reto Hans con todo el despotismo que pudo.
—Deberías mostrar respeto a tus mayores.
—Yo le doy respeto a quien lo merecerse o considere necesario —contesto para darse la vuelta al fin y ver a su hermano a la cara. Este era su lugar, el que busco toda si vida y no iba a dejar que un intruso le ordenara que hacer en su reino.
Su hermano suspiro cansado y se dejo caer en la silla enfrente al escritorio. No tenía caso seguir con el plan de macho alfa si quería cooperación de parte de Hans.
—Deseo hacer algunas ligeras modificaciones al contrato mercantil que se firmo hace unos meses.
—No veo por qué hacerlas, padre firmo y Elsa también. Ambos estuvieran de acuerdo con el trato —dejo caer de tajo. Sabía para donde quería ir su hermano, al ser ahora el consorte de la reina tenía el poder de cambiar pactos.
—Si claro, todos los puntos tratados son beneficiosos para ambos reinos —dijo casual— lo único que quiero es anexar una disposición más. No es la gran cosa en realidad, sería más como una formalidad que otra cosa.
—¿A sí? Y qué clase de… "formalidad" deseas agregar —su tono desconfiado se dejo notar.
—Esto es lo mejor para terminar de consolidad la alianza de ambos reinos…
—La reina Elsa y yo nos hemos casado y abrí las puertas del reino que nadie más pudo. No veo que más se necesita para asegurar una fuerte alianza —interrumpió Hans enojado.
—No seas infantil Hans, un matrimonio arreglado con la princesa Anna hará más fuertes ambos reinos.
—¿Y con quien planeas unirla, con tu mocoso de quince años? —se burló con descaro.
—Es mejor opción que un plebeyo corriente —el veneno en cada palabra dicha de notaba.
—Ese plebeyo corriente es el prometido que princesa Anna considera digno, y si su deseo de casarse en un futuro sigue siendo con él; tendrá mi bendición y la de mi esposa.
—¡Este arrebato tuyo es una tontería! —Exclamó gritando, molesto pegando su puño sobre el escritorio— ¿Sigues molesto por lo que paso hace tanto? ¿Es acaso este tu desquite, por ella, por ti? Lo que hice en esa ocasión fue lo correcto.
—¿Lo correcto para quién? —descargo Hans con saña.
—¡Para el reino! ¡Nuestro reino! —Ahora estaba levantado con rictus agrio.
—Que chistoso que lo digas, yo nunca lo he considerado algo mío —dijo calmado, frío, porque deseaba herir a su hermano con sus palabras. No iba a dejarse llevar y actuar como un bruto por la ira que los dolorosos recuerdos le causaban.
—Hans —hablo su hermano lastimado, dejando el enfado a un lado, porque por primera vez se dio cuenta de la cruel verdad. Y esa era que su hermano menor, los odiaba a todos ellos, a su familia. No era solo la simple molestia de que todos se hubieran metido con él por ser el menor o el hijo favorito de su madre cuando estaba viva. Esto iba más lejos que eso y por primera vez veía al hombre frente a él sin mascara, y lo que vio no le gusto nada, quería decir o hacer algo que pudiera enmendar las cosas de alguna forma.
Hans vio que él deseaba hacer un patético intento de disculparse por ser mal hermano porque estaba muy ocupado aprendiendo a ser rey, o por lo que pasó hace casi década y lo termino de romper por dentro una y otra vez.
—Ahórratelo, no me interesa lo que vayas a decir. Hace mucho dejo de importarme eso, lo que paso hace diez años carece de importancia ahora que tengo lo que quiero —corto duro, antes de que su hermano encontrara las palabras—. Y tu hijo tiene el permiso de venir a cotejar a la princesa si lo desea, sin embargo reitero mi palabra en que ella es libre de escoger con quien estar.
Su hermano dio por perdida esta discusión con tristeza, fue saliendo de la habitación despacio y a un paso de salir se volteo a ver a su hermano para decir:
—Si ya tienes todo lo que quieres ¿Por qué luces tan insatisfecho?
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N/A: Hola feliz año nuevo y bueno dejo capítulo nuevo a ver qué opinan.
También les aviso que le voy a cambiar el nombre al fic, desde el próximo capítulo. Se pasará a llamar: Sin mascaras.
¡Hans lleva el desayuno a la cama! *A* Es un malvado con mucha clase, me cae que sí. También hay más imágenes en el blog que pueden encontrar en mi perfil hasta abajo, donde verán el bailecito de Olaf, el desayuno desperdiciado, la recamara y el diván donde durmió Hans.
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¡Hora de contestar los comentarios que no tienen cuenta!
F: Me alegra, a ver qué dices de este.
Rose: Si se puso medio happy, a ver qué me dices de su pequeña escena con Hans.
Guest: Si Olaf es amor, puedes pasar al blog y ver como baila.
Naiad: Bueno acá esta el siguiente.
