Capítulo 02

Mycroft había guardado la invitación entre dos libros en el estante, fuera del alcance de Sherlock. No sabía que estaría pensando su hermano pero desde luego no iba a darle la oportunidad de seguir cotilleando en sus asuntos.

Con el paso de los días Mycroft se intentaba auto-convencer de que ir a esa fiesta no iba a causarle otra cosa que problemas. Para empezar, tendría que disfrazarse, cosa que no hacía desde que era pequeño, luego tendría que socializar algo que tampoco le gustaba de ninguna de las formas. Y por último, estaría rodeado de gente que lo odiaba, y además esa gente iba a estar borracha.

Solo había una cosa buena. Greg.

Era estúpido decirlo pero Mycroft se había sentido especial cuando Gregory le dio esa invitación, saber que estaría cerca de él y que quizás podrían intercambiar algunas palabras era algo por lo que merecía la pena todo lo anterior.

El jueves, un día antes de la fiesta, llegó a casa cansado, dejó la mochila en el suelo de su cuarto y se tumbó en la cama. Suspiró profundamente y cerró los ojos.

―Tenemos que hablar ―dijo una voz desde la silla.

Mycroft dio un brinco y se levantó de golpe, estaba tan ensimismado que había pasado por alto a su hermano pequeño que estaba muy bien vestido sentado en la silla del escritorio.

―¿Tú no tienes clase de violín? ―le recriminó Mycroft sentándose en el borde de la cama.

―No ―respondió Sherlock levantándose para cerrar la puerta ―. Le dije a mamá que no me encontraba bien y dejó que me quedara.

Mycroft se frotó la cara y suspiró.

―¿Qué quieres Sherlock? Estoy cansado.

Sherlock se metió la mano en el bolsillo y sacó de allí la invitación que Mycroft había guardado. El pelirrojo bufó.

―Joder Sherlock, si yo no me inmiscuyo en tus asuntos quiero lo mismo por tu parte.

―Tu siempre lo haces, ¡hasta registras mi cuarto!

―Eso es porque eres pequeño y mamá me obliga ―se quejó Mycroft ―. Devuélveme eso por favor.

Sherlock negó con la cabeza.

―Te he estado vigilando esta semana ―empezó ―. Me he fijado en tus gestos, y se cómo hablas de tus compañeros de clase. Si has guardado la invitación es por algo muy importante….

Mycroft suspiró.

―A ver, ¿por qué?

Sherlock tomó aire.

―Te gusta Gregory Lestrade, el chico que va a hacer la fiesta. Y cuando digo que te gusta me refiero como novios.

Mycroft se puso recto en el colchón, intentando no mostrarse sorprendido.

―No sé de qué me hablas ―le dijo.

Sherlock sonrió orgulloso al ver que había acertado.

―He llegado a esa conclusión al ver que has guardado la invitación.

―Quizás es que esté pensando ir… ―respondió Mycroft.

―No te gustan las fiestas, no donde el número de gente es superior a cinco personas. No te gusta la música pop ni el rock. No aguantas a ningún compañero de clase así que he supuesto que te lo estás pensando porque la persona que te invitó es importante para ti, por lo que investigué solo un poquito para saber quién era el que organizaba la fiesta y resulta que es Gregory Lestrade que solo vive a unas manzanas de aquí.

Mycroft estaba impresionado y a la vez un poco molesto.

―Una deducción brillante Sherlock pero creo que te acabas de meter en un terreno que no te interesa. Así que lárgate de mi cuarto –le dijo apretando los puños.

Sherlock no se mostró intimidado, es más, se sentó a su lado en la cama.

―Creo que deberías de ir ―le dijo ―. Si te ha invitado será por algo.

―Sí, por cortesía, no va a invitar a toda la clase menos a una persona.

―Bueno sí ―murmuró Sherlock mirando a su hermano con una sonrisa ―. Pero te ha invitado que es lo que importa. Deberías de ir y disfrutar de la fiesta.

―Sherlock, sabes tan bien como yo lo que podrían hacer mis compañeros de clase en esa fiesta, sobre todo si están ebrios.

―Gregory no les dejará. No parece el típico chico que se burla de los demás… Aunque sea capitán de rugby.

―¿Y cómo estás tú tan seguro? ―le preguntó el pelirrojo alzando una ceja.

―Lo conocí ayer.

Mycroft le miró horrorizado.

―¿Sherlock pero que has hecho…? ―preguntó destrozado.

―¡No le hablé! ―se defendió el pequeño ―. Ayer, viniendo de clase, le dije a mamá si podíamos pasar por tu instituto porque nunca lo he visto. Estaban entrenando y el que tenía la banda de capitán fue a defender a unas empollonas con las que se estaban metiendo las animadoras… ―explicó.

Mycroft se le quedó mirando en silencio durante unos segundos. Mientras Sherlock se miraba los pies, que los estaba balanceando.

―Oye… ―murmuró Mycroft y ladeó la cabeza ―. Creo que deberíamos de hablar sobre…

―¿Comprar un disfraz? ―preguntó Sherlock mirándole, luego sonrió ―. Vamos, ya cogí dinero para el metro.

Mycroft sonrió y se acercó a él.

―Te invitaré a un donut y todo ―le dijo.

―¿Por qué? ―preguntó Sherlock sin entender mientras se ponía el abrigo.

―Por ser el mejor hermano del mundo ―le dijo sonriendo.

Sherlock sonrió.

―Vale, pero primero tu disfraz ―dijo abriendo la puerta.

Anduvieron hasta la parada del metro y fueron hasta el centro en uno de los vagones. Todas las tiendas del centro estaban decoradas hasta el punto de la exageración y había muchísima gente. Sherlock agarró la mano de Mycroft con fuerza y se pegó a él.

―¿De qué te quieres disfrazar? ―le preguntó Sherlock.

―No lo sé, no iba a ir. No lo pensé…

―Puedes ir del Doctor Frankenstein… ―le dijo Sherlock ―. Tienes muchas ediciones de esa novela, y la peli esa en blanco y negro…

―¿Crees que alguien lo entenderá? ―preguntó Mycroft mirándole.

―Bueno, no tienen porque. Mientras que a ti te guste ―dijo encogiéndose de hombros.

―Vale… Necesitaré una bata de médico, un estetoscopio… ¿Maquillaje? ―preguntó Mycroft.

―Y una peluca y también… ¡Un espejo de esos en la cabeza! En plan antiguo… Estará genial...

Mycroft sonrió y apretó la mano de su hermano.

―¿Tú te disfrazarás? ―le preguntó mientras se dirigían a una tienda de uniformes.

―No. Llevo días trabajando en un experimento, tengo que observarlo por las noches y tomar notas. No tengo tiempo para disfraces ―dijo muy serio.

Mycroft asintió y apretó su mano mientras sonreía. En la tienda compraron una casaca blanca, parecida a la camisa que usaban los cocineros ya que era la que más se asemejaba al traje del Doctor. Le llegaba a la altura de los muslos, así que compró unos pantalones negros anchos y fueron a una tienda de zapatos donde pudo comprar unas botas altas de color negro.

También compró unos guantes de cuero negro en otra tienda, y luego fueron a las tiendas de disfraces a por una peluca rizada blanca, el espejo de médico y maquillaje con el que se envejecería.

Un rato después estaban en una cafetería comiéndose un par de donuts, Sherlock jugaba con el espejo médico mientras sonreía.

―Podrías besarle –le dijo Sherlock mirándole.

―¿Qué? ¡No! ―se quejó Mycroft.

―¿Por qué no? Es lo que haces cuando alguien te gusta… Nuestros padres lo hacen ―se explicó Sherlock.

―La vida no es de color de rosa, Sherlock ―susurró Mycroft con tono frío.

Sherlock le miró sin entender.

―¿A qué te refieres? ―preguntó.

―A que si intento besar al capitán del equipo de rugby delante de toda la clase lo más probable es que me den una paliza. Y con razón.

―No lo entiendo… ―dijo Sherlock arrugando el entrecejo ―. Si no le gustaras, ¿no puede rechazarte sin más?

―Los chicos heterosexuales no reaccionan bien cuando son besados por homosexuales, Sherlock ―aclaró Mycroft.

El niño asintió aunque no parecía entenderlo del todo. Mycroft suspiró y se acabó su batido, fue a pagar y cogió la mano de Sherlock para regresar a casa.

Al día siguiente sus compañeros de clase no dejaban de hablar de la fiesta de Greg y le preguntaban a este como iba a ser aunque no decía nada. Mycroft estaba un poco tenso ya que sus compañeros susurraban cuando pasaban a su lado, aunque intentó no hacerle mucho caso. Tras la última hora, Greg se adelantó y alcanzó al pelirrojo saliendo del instituto.

―Vas a venir, ¿verdad? ―le preguntó mientras sonreía.

―Sino se me ocurre ningún contratiempo, sí, iré.

―¡Genial! ―dijo Greg entusiasmado ―. ¿De qué te disfrazaras?

―Lo descubrirás en la fiesta, aunque dudo siquiera que alguien lo reconozca.

Greg le sonrió y se acercó un poco a él.

―Bueno, si eso pasa, dímelo solo a mí ―le susurró.

Mycroft se sonrojó y miró al suelo para que no se le notara.

―Hasta luego Mycroft.

Este asintió y aceleró el paso.

Cuando llegó a casa, fue rápidamente a tomar una ducha. Aún quedaban horas para la fiesta pero quería tenerlo todo listo y controlado. Sherlock llegó a casa poco después, lo que no mejoró sus nervios a que no paró de dar la lata con la fiesta.

No se cayó hasta que a las siete y media comenzó a vestirse y a maquillarse. Cuando estuvo listo, bajó las escaleras. Sherlock le miraba impresionado.

―¡Doctor Frankenstein! ―exclamó, se acercó a él y le estrechó la mano, moviéndola con fuerza.

Mycroft rio y le despeinó.

―¡Poneros juntos para que os haga una foto! ―pidió la señora Holmes

Sherlock puso la mano de Mycroft alrededor de su cuello y puso cara de miedo. La mujer hizo una foto mientras se aguantaba la risa.

―Guapísimos ―dijo bajando la cámara ―. Vamos Mycroft, te llevo.

El pelirrojo asintió y se agachó un poco para quedar a la altura de su hermano.

―Te he dejado un regalo sobre tu cama, tienes que leerlo esta noche, ¿vale?

Sherlock le miró sorprendido y corrió a su cuarto mientras Mycroft y su madre salían de casa rumbo al coche.

Llegaron a en punto. Desde el coche Mycroft miró hacia la casa donde, por la ventana, se veían varias siluetas deformes y se escuchaba música rock a todo trapo. La casa tenía luces con formas de murciélagos y arañas y en la puerta, había dos calabazas con terroríficas muecas.

―Pásalo bien hijo ―le dijo la señora Holmes ―. Y si pasa cualquier cosa, llámame y vengo a por ti. ¿Vale?

Mycroft suspiró.

―Estaré bien ―le dijo antes de bajar del coche.

Tomó aire cuando llegó a la puerta y llamó con firmeza, pensando por un segundo que podría darse la vuelta y salir corriendo.

Continuará