Bien, como siempre, algo de trasfondo de Mundo de Tinieblas xD veréis que en este capítulo Alucard no se refleja en el espejo, pero Michelle si... esto se explica en que en Mundo de Tinieblas, todos los canes vampíricos se reflejan en los espejos, salen en las fotos, videos, etc... exceptuando los Lasombra.

III. Bayonetas y monstruos en el baño.

El camino hasta el aeropuerto lo habían hecho en silencio, cogidos de la mano como dos colegiales, y pensamientos similares eran los que cada uno por su lado tenían en su mente.

Alucard caminaba, abstraído, echando alguna mirada de reojo oculto tras sus gafas a su acompañante, observando su expresión pensativa, espejo de la suya.

Por su parte, también Michelle le dirigía alguna que otra mirada de soslayo, disimulando, meditabunda. Hasta que tras un largo rato, cuando vieron aparecer las luces del aeropuerto, se decidió a romper el silencio.

-Alucard…

Él ladeó la cabeza hacia ella para mirarla, expectante.

-¿Si?

-Lo primero… - se acercó más a él para poder besarle, con un mero roce de sus labios, y después le miró, sonriendo maliciosamente. – Cuando regresemos¿podemos desviarnos un poco y visitar la iglesia del Temple¿Por favor?

-Faltaría más – soltó su mano para poder rodear con su brazo los hombros de la vampira y acariciar de paso los rubios cabellos con aire casi paternal, atrayendo con el gesto la dorada cabeza para que se apoyara en su hombro. Para sus adentros, cada vez se sentía más intrigado, tanto por ella, como por sus propias reacciones ante su presencia. - ¿Vas a honrar la memoria de algún viejo conocido Templario?

-¿Qué te hace pensar que conocí Templarios? – ella sonrió sin alzar la cabeza, pero la diversión en su voz era evidente. También parecía disfrutar la caricia, como un gato satisfecho.

-Tengo esa ligera impresión, no creo que quieras pasar por allí para hacer turismo. A veces, los Antiguos somos bastante predecibles… - la estrechó más contra si, complacido, y besó su cabello – Y bien¿he acertado?

Ella dejó escapar una risilla infantil.

-Ya lo verás cuando estemos allí… Hace muchos años que no voy, espero que no haya cambiado mucho… ¡Eh! Vamos, que tengo que recoger las maletas.

-De acuerdo… pero sin prisas – rodeó la cintura femenina con su brazo para estrecharla más fuerte contra si, sin haberse detenido ningún momento en su caminar. Las luces del aeropuerto se veían cada vez más cerca.

-No tengo prisa ninguna… Siempre habrá tiempo para volver a la iglesia en ruinas – sonrió maliciosamente, rodeando también la cintura del vampiro con su brazo mientras caminaban. - ¿Esa habitación que van a darme estará cerca de la tuya?

Juguetonamente apoyó su mano en su espalda, por debajo del abrigo, y con un dedo empezó a recorrer la columna vertebral en sentido ascendente. Alucard se estiró como un gran gato, dejándose acariciar, mientras volvía a sonreir.

-Probablemente sea la contigua, me ocuparé de ello… Aunque también estará cerca de la habitación de la soldado… - sonrió, sin duda saboreando anticipadamente el momento en que Ceres se enteraría de la jugada.

-Está celosa – Michelle apartó levemente el cuello de la camisa del vampiro para depositar un beso en la suave piel y después siguió hablando, con tono de curiosidad - ¿Con ella has…?

-No. Es mi discípula, mi Chiquilla, pero aún le queda mucho para ser un verdadero vampiro… - pareció pensativo durante un momento, antes de proseguir – Y además, no es mi tipo – sonrió de nuevo mientras se detenía y atraía a Michelle hacia si para besarla brevemente – Yo las prefiero rubias…

-¡Pero si es rubia! – ella rió mientras enlazaba su cuello con sus brazos y respondía al beso con entusiasmo. Cuando se separaron, Alucard sonreía maliciosamente, con esa sonrisa de niño malo que a ella empezaba a traerla de cabeza.

-Bueno, repito… las prefiero rubias de tipo nórdico… - dejó escapar una risita malvada mientras volvía a abrazarla, y las sombras envolvieron a ambos.

Cuando las sombras se desvanecieron, se encontraban cerca de las puertas de una de las terminales del aeropuerto, y Michelle le miró enarcando una ceja interrogativamente. El vampiro se encogió de hombros sin perder la sonrisa.

-Digamos que tengo prisa por ir a dejar tus maletas en tu habitación… Y comprobar que se adecua a tus necesidades.

-Claaaro… - ella rió mientras entraba en la terminal, seguida por el sonriente vampiro. Mientras se dirigía a la zona de las taquillas sacó de uno de sus bolsillos una llave, que utilizó para abrir una de las taquillas más grandes. De ella sacó dos enormes maletas y una especie de mini nevera cuadrada, que dejó en el suelo mientras volvía a cerrar la taquilla y recuperaba el dinero que había usado para utilizarla. Por último, comprobó que las maletas estuvieran bien cerradas.

Alucard cogió las dos maletas galantemente, levantándolas sin esfuerzo aparente, aunque frunció el ceño.

-¿Qué demonios llevas aquí? Pesan bastante.

Ella cogió la nevera y se la colgó al hombro, señalando después una de las maletas.

-Armas – después señaló la otra – ropa – seguidamente señaló la nevera que ahora llevaba al hombro – sangre – se encogió de hombros mientras se dirigían a la salida - ¿te ayudo?

-No hace falta, me las arreglaré. Vero que eres una vampira muy 'humana', bebiendo sangre médica…

-No creas, cazo de vez en cuando, pero jamás me alimento de ningún inocente… Cuando siento la necesidad, buscó a algún asesino, violador, pederasta… ya sabes, gentuza de ese tipo. Tengo mis propias reglas para alimentarme, y las cumplo a rajatabla, así que me controlo.

Juntos, empezaron a caminar, pero de nuevo Alucard hizo que las sombras les envolvieran. Cuando se desvanecieron, se encontraban a un par de calles del Temple. Michelle retomó la conversación como si no se hubiera callado, pero en un tono más bajo.

-Es… una especie de trauma.

-Entiendo… - el vampiro la miró de reojo, y se sorprendió a si mismo por el cariño que sentía extenderse por todo su ser. ¡Demonios, que era un monstruo sanguinario! Pero algo tenía esa mujer, que sentía deseos de arrasar con todo aquello que la hiciera apenarse o enfadarse. Se sentía capaz de despedazar a cualquiera que provocara su disgusto.

Durante un corto lapso de tiempo, Alucard examinó esas sensaciones, pensativo. Él siempre se había jactado de tener siempre lo que quería, SIEMPRE. Ya la había poseído en la iglesia, pero… quería más. Y el Rey No Muerto siempre obtenía lo que quería. Rompió el silencio de nuevo, con tono festivo.

-Nos viene bien, Lady Integra es bastante severa en ese aspecto… de modo que no tendrás problemas con ella en ese sentido.

Ella sonrió de medio lado mientras doblaban la esquina.

-Me ha caído bien. ¿Seguro que no necesitas ayuda?

Ante ellos apareció la iglesia del Temple con toda su magnificencia, iluminada por la luz de la luna. Michelle se detuvo casi en seco, mirando el edificio con algo parecido a la devoción, en silencio. Alucard, a su lado, se detuvo a su vez.

-Seguro… - se quedó en silencio, respetando la mudez de ella, mientras examinaba el antiguo edificio y admitía para sus adentros que era impresionante, aunque fuera pequeño.

La vampira volvió a ponerse en marcha, seguida en todo momento por él, y los dos atravesaron la arcada de piedra. Ella no se detuvo en el atrio de la iglesia, sino que se dirigió directamente a la cripta. Una vez alli, dejó con cuidado la nevera en el suelo y se adentró entre los sarcófagos de piedra, con efigies de caballeros acostados, que se situaban en semicírculo. Suspiró ahogadamente mientras alzaba una mano y con sus dedos hacía la señal de la cruz sobre su frente.

-Non nobis, Domine, non nobis sed nomini, in tuo ad gloriam…

Alucard dejó las maletas en el suelo junto a la nevera, y se cruzó de brazos apoyándose en el umbral, observándola en silencio. Casi parece una estatua más mientras la contempla, y tras un instante, susurra.

-¿Deseas que te deje sola…?

Ella se giró a medias para mirarle, y sonrió. Pero ahora su sonrisa no tenía rastro de malicia, ni picardía, ni siquiera burla o ironía. Era una sonrisa perfectamente hermosa e inocente, casi infantil, que hizo que el vampiro sintiera que su corazón muerto se estremecía como una campana.

-No, por favor. No puedo pensar en mejor compañía que tú para estar aquí… - volvió a darle la espalda, casi como si estuviera avergonzada por lo que había dicho, y se arrodilló en el suelo, ante los sepulcros, inclinando la cabeza en actitud de orar.

Tras un momento, volvió a ponerse en pie y se acercó a una de las paredes, en cuya piedra había grabados nombres y fechas.

Alucard se despojó del sombrero y de las gafas de sol mientras aguardaba, y los dejó cuidadosamente sobre una de las maletas. Empezó a curiosear los sepulcros, escrutando los inmutables rostros de los caballeros esculpidos en las lápidas, cuando, de pronto, se detuvo y alzó la cabeza, como si hubiese escuchado algo…

Silencio.

-Mira… - la voz de Michelle le sacó de sus cavilaciones, y se acercó a ella. Señalaba un nombre en concreto grabado en la piedra, con una triste sonrisa en los labios. El nombre que allí aparecía rezaba 'Fraile capitán Sir Michael de Cameron, Alba, 1180-1200'

Alucard leyó la inscripción con curiosidad.

-¿'Alba'?

-Escocia. Así la llamaban en la Edad Media, es su nombre gaélico.

Él asintió y leyó con más atención. Ese apellido… Durante unos segundos se quedó callado y después volvió la mirada hacia los tristes ojos azules que le observaban, sin haber perdido la dulce sonrisa.

-¿Tu hermano…? – estudió mejor su expresión, y frunció el ceño - … no…

Ella apoyó la frente sobre la fría piedra, con los ojos fijos en el nombre cincelado en la roca.

-Mi hermano Michael y yo éramos mellizos. Dos años antes de que tuviera que iniciar el noviciado, quedó tullido y ciego en un ataque de los vikingos a las tierras de nuestro padre, en las Highlands. Obviamente, no pudo acudir a recibir el entrenamiento, pero mi padre no estaba dispuesto a perder tal honor para el clan… - ladeó su rostro hacia él, con la frente aún apoyada en la piedra, y le sonrió.

Él se quedó callado, observando a la vampira con sus insondables ojos rojos, meditando.

-Entiendo… y entonces, esta inscripción… ¿a quién va? – una luz pareció encenderse de repente en su mente, y ladeó la cabeza, observando a Michelle con renovado interés. – Vaya…

Ella repasó las letras con un dedo, casi con cariño, y cuando volvió a hablar, su voz se había hecho más profunda, más ronca… Masculina.

-Imagínate los dolores de garganta que tenía cada poco, de tanto fingir esta voz…

Alucard sonrió, alargando la mano para rozar con su mano enguantada la suave mejilla, y abrió la boca para decir algo… Pero su rostro se congeló de pronto cuando ambos escucharon una voz profunda, grave, que comenzó a recitar…

-Confíteor unum baptisma in remissiónem peccatórum. Et exspécto resurrectiónem mortuórum. Et venturi saéculi.

El vampiro empezó a girarse, echando mano a sus enormes pistolas, cuando de pronto una bayoneta surgió de las sombras como un relámpago acerado, y atravesó la garganta del vampiro. A esa bayoneta siguieron muchas más, que ensartaron a Alucard y lo derribaron.

-Amen.

-¡Alucard! – Michelle hizo un brusco movimiento con sus hombros que provocó que la gabardina cayera al suelo pesadamente. Con otro gesto, las cuchillas que permanecían en el interior de los armazones de cuero y metal que llevaba en los antebrazos, salieron siseantes de sus vainas, mirando a uno y otro lado, intentando adivinar la procedencia de esa voz. Con el dedo pulgar de la mano derecha dibujó una cruz sobre su corazón, pidiendo disculpas mentalmente por estar a punto de mancillar la cripta con la lucha, susurrando.

-In nomine Pater...

-… et fili et spiritu sancti… - respondió la voz, que agregó – Vaya… ¿Ahora los monstruos también sabéis de oraciones?

Ante la vampira apareció un hombre ataviado con una gabardina gris y un imponente crucifijo de plata. Bajo la gabardina, en el cuello, relucía el inmaculado alzacuellos blanco. Rubio y de ojos verdes que se ocultaban tras sus gafas, esbozó una maníaca sonrisa, mientras en sus manos brillaban varias bayonetas más.

-Se más de oraciones que tú de monstruos. – Michelle se interpuso entre el recién llegado y el caído Alucard, cruzando las cuchillas ante si, y en una postura extrañamente marcial. La cruz blanca que llevaba en su camiseta, relumbraba levemente en la penumbra. - ¿Quién eres?

-Soy el paladín Alexander Andersen, guerrero de la Santa Madre Iglesia… y exterminador de seres como tú.

Se puso en guardia, mientras sus bayonetas relucían con un halo siniestro en la semi oscuridad de la cripta. Sobraban las palabras.

Michelle sonrió de medio lado, fríamente.

-Supongo que mi nombre no importará.

-Puedes decírmelo, si gustas. Para saber qué rezar por la salvación de tu alma.

-Me llamo Michelle. Michelle de Cameron. En otro tiempo, guerrera de la Santa Madre Iglesia. – la vampira alzó uno de los brazos y sin apartar su mirada del sacerdote, besó la hoja. Cuando sus labios se posaron sobre el frío metal, giró la hoja para hacerse un corte en el labio con el filo, y sonrió maliciosamente – En garde.

En un movimiento tan rápido como el de una serpiente, Andersen le arrojó varias bayonetas a la cara, quedándose con una en cada mano, y avanzando con el mismo movimiento para atacar a la vampira por sorpresa, aprovechando la distracción para acortar distancias.

Michelle interpuso los brazos, moviéndolos a tal velocidad que parecían borrones en el aire, y las bayonetas se clavaron como una serie de púas en sus brazos, mientras ella también avanzaba al encuentro del Iscariote. Una de las afiladas cuchillas atacó al rostro, mientras con el otro brazo doblado protegiendo su estómago, pero apuntando con las bayonetas a él, atacó a su vez.

El cura trabó con sus bayonetas el brazo que atacaba por debajo, parando sus propias bayonetas que ahora ella usaba contra él, pero no pudo parar la otra cuchilla, que se hundió sin resistencia en su pecho. Andersen sonrió de forma demente, con un hilillo de sangre cayendo de sus labios, y le asestó una rabiosa patada en el pecho a Michelle, justo en el centro de la cruz.

La vampira, sorprendida por la fuerza de lo que ella creía un humano, retrocedió un paso por la fuerza del golpe, sin un quejido. Quieta, estudió a su oponente de arriba abajo, en guardia, con sus ojos brillando en la penumbra. El azul de sus iris había pasado a ser de un rabioso tono violeta, al aflorar la sangre a sus ojos, pero sin llegar a ser totalmente rojos. En silencio, esperó, con la paciencia de un cazador.

Andersen sacó de nadie sabía donde dos nuevas bayonetas y esbozó una enorme sonrisa de anticipación, observándola. La herida en su pecho se cerró casi instantáneamente.

-Di tus últimas oraciones, Templaria.

Michelle enarcó una ceja cuando vio la herida cerrarse y susurró

-Un regenerador… un regenerador humano… Interesante. – alzó la vista hacia el rostro del sacerdote y sonrió irónicamente – Aún no se cierra el telón, monaguillo.

Se lanzó de nuevo al ataque, y sus cuchillas rasgaron el aire en una trayectoria mortal dirigida al cuello del Iscariote… Él pareció esfumarse de repente, su figura estalló en multitud de pliegos de pergamino llenos de inscripciones extrañas en latín, que flotaron vertiginosamente alrededor de Michelle, confundiéndola y manteniéndola 'enjaulada'.

La rubia vampira se detuvo en seco, mirando a su alrededor pillada por sorpresa, e intentó zafarse torpemente de los pergaminos. Dos destellos la pusieron en guardia, pero un segundo más tarde de lo debido… Andersen chocó contra ella y la espalda de Michelle golpeó la pared. Una de las bayonetas del sacerdote atravesó el estómago de la vampira, y la otra hizo lo mismo con su garganta, clavándola a la pared. Pero al mismo tiempo, la cuchilla del brazo izquierdo de Michelle se hundió en la entrepierna del Iscariote, mientras apoyaba casi con delicadeza la palma de la mano derecha en la frente del cazador. Un hilillo de sangre manó de los labios de la vampira mientras formaba palabras con ellos, pero sin emitir ningún sonido. Y entonces ocurrió.

Andersen de repente sintió como su cuerpo ardía por dentro, tuvo la angustiante sensación de que la sangre en sus venas se convertía en fuego y empezaba a hervir dolorosamente… Muy dolorosamente. Aulló y se apartó de ella de un salto, prácticamente rodando por el suelo retorciéndose de dolor por la sorpresa, hasta quedar tumbado boca abajo.

Michelle se arrancó la bayoneta del estómago, vigilando al sacerdote. Cuando empezaba a pensar que todo había acabado, Andersen se incorporó de repente, con una bayoneta en la mano y los ojos llenos de ira, listo para asestar el golpe definitivo. Una voz profunda le detuvo.

-Creo que ya ha habido bastante por esta noche.

El eclesiástico se giró, como si le hubiera picado una serpiente, y recibió en el pecho el disparo de Jackal. La bala rellena de mercurio causó un maravilloso efecto en su caja torácica, y el impacto tumbó de espaldas al sacerdote.

Michelle tosió algo de sangre mientras se arrancaba la bayoneta de la garganta, y sus labios volvieron a formar palabras, sin sonido, mientras sus ojos emitían un leve brillo violeta. Se apoyó en la pared sin dejar de articular palabras, pero no tuvo ocasión de volver a utilizar el extraño poder…

Alucard surgió de las sombras, intacto e impoluto, y apuntó con Jackal a la cabeza de Andersen, que estaba incorporándose.

-Ésta vez no escaparás a tu destino, humano.

-Eso es lo que tú te crees… - aún malherido, la sonrisa ensangrentada de Andersen logra ser feroz y desafiante. Alucard dudó una milésima de segundo antes de apretar el gatillo, pero eso fue suficiente para el Iscariote. Dando un salto inverosímil para alguien en su estado, se catapultó hacia las vigas del techo de la bóveda de la cripta. Un sonido revoloteante, y una lluvia de pergaminos empapados en sangre precedieron a un silencio sepulcral…

-Ha vuelto a escapar… - Alucard parecía a medias preocupado y a medias satisfecho, y se acercó a la vampira que, apoyada en la pared, esperaba a que sus heridas sanaran, arrancándose bayonetas de los brazos.

-¿Quién coño es el aspirante a cadáver? – ella alzó la mirada hacia él y sonrió, con los labios aún ensangrentados.

-Alexander Andersen… bueno, ya se presentó él… Trabaja para Iscariote XIII, una organización secreta…

-… de la Iglesia Católica. Se quienes son. Dedicados al exterminio de vampiros, hombres lobo, y toda criatura que no se ajuste a los designios de Dios.

Alucard la miró, sonriendo a su vez.

-Deduzco que no es la primera vez que oyes hablar de ellos.

-No es la primera vez que me enfrento a ellos. Y he matado a algunos. – Michelle se encogió de hombros mientras tiraba la última bayoneta al suelo.

El vampiro extendió los brazos, rodeando la femenina cintura, y la atrajo hacia si para que se apoyara en su pecho, mientras las heridas acababan de regenerarse. Sonrió y acercó sus labios a los de la vampira para lamer la sangre que aún había en ellos, susurrando.

-Lo has hecho realmente bien…

-A mí me parece más bien justo lo contrario… Me ha herido y se ha largado. ¿Cuánto rato llevabas mirando?

-El suficiente. – Alucad acarició los rubios cabellos con aire casi paternal, encantado. – Yo llevo meses intentando cazarlo definitivamente… Es condenadamente bueno, para ser un simple humano. Y he de admitir, que la primera vez que él y yo nos enfrentamos, acabé en peores condiciones que tú.

-No es un simple humano, es un regenerador. – ella pareció sentirse realmente ofendida por que el Iscariote se haya largado, y masculla entre dientes – Joder, sus heridas se cierran, le he hecho hervir la sangre en sus venas, le he acuchillado en los huevos… ¡Coño, es que ni Supermán!

Alucard rió en voz baja, y finalmente ella acabó riéndose también. Tras unos segundos de hilaridad, ella le miró a los ojos, rojos como la sangre.

-Alucard…

El aludido pasó los largos dedos por la mejilla de Michelle, haciendo que le mirara con una caricia.

-¿Si?

Michelle le miró fijamente a los ojos, y los dos vampiros volvieron a sentir el poderoso magnetismo que les atraía.

-Bésame.

Con salvaje abandono, Alucard obedeció encantado, apretando su cuerpo al de su pareja, haciendo que volviera a apretar la espalda contra la pared, y la besó apasionadamente en los labios, notando aún el regusto a sangre en su boca. Michelle respondió con igual pasión, abrazándole con firmeza, y cuando sus labios se separaron apoyó su frente en la del vampiro, sonriendo.

-Vámonos… es una lástima que ese cretino haya profanado este lugar con sangre.

-Y eso que es de la Iglesia… - el vampiro rió mientras se ponía las gafas de sol y el sombrero, y volvía a cargar con las maletas. – Tal vez tengamos ocasión de volver a enfrentarnos a él, la situación se está volviendo muy tensa últimamente.

-¿Hellsing está en guerra con el Vaticano o qué? Yo tenía entendido que respetabais mutuamente vuestros territorios, ya que aquí sois protestantes. – Michelle también recogió la gabardina y la nevera, y los dos caminaron juntos hacia la salida sin mirar atrás. Después salieron a la calle y se dirigieron a la mansión Hellsing, que no se encontraba lejos.

-Y así era hasta hace poco, pero con los últimos acontecimientos les ha dado por meter sus narices… A ellos también les preocupa todo lo de los vampiros artificiales.

-Entiendo – ella asintió, pensativa.

Los dos caminaron en silencio otro rato, hasta que vislumbraron las verjas de Hellsing. Entonces, Michelle se detuvo.

-Oye, Alucard…

El vampiro también se paró y la miró, expectante. Ella continuó.

-Exactamente no se que piensas de mi por lo que ha pasado esta noche, entre nosotros… pero me gustaría que supieras que esto no es lo habitual para mí… No me lío con mis 'compañeros' de trabajo, por decirlo de alguna manera…

-No tienes por qué disculparte, Michelle, yo tampoco me comporto así normalmente… Usualmente, vampiro que me encuentro, vampiro que mato, pero contigo… - el vampiro se encogió de hombros, mirándola con una leve sonrisa, aunque su rostro estaba serio – Supongo que es la soledad del cazador.

-La verdad es que no entiendo muy bien por qué ha pasado, pero… siento que te conozco desde siempre. – Michelle se encogió de hombros con una suave sonrisa en los labios, que dulcificó los rasgos de su rostro.

Él asintió sin decir nada y dejó una de las maletas en el suelo para acariciar levemente el rostro femenino.

-Lo comprendo… porque es lo mismo que siento yo. Qué curioso¿verdad?

La vampira alzó la mano para apoyarla en la de Alucard y apretarla contra su mejilla, sonriendo levemente.

-Quizá tengas razón, y sea la soledad del cazador… o algo más… - de repente pareció ruborizarse un poquito, y soltó su mano – Bueno, deberíamos entrar¿no? Tendrán que darme un cuarto…

-Desde luego… - el vampiro recogió las maletas para llevarlas con una sola mano y le tendió el brazo cortésmente. Ella lo aceptó, ya con familiaridad, y besó su mejilla mientras volvían a ponerse en camino, acercándose a la entrada, donde un jovial Pip Bernardotte dedicó un guiño cómplice a Alucard, y un silbido de admiración a Michelle.

El vampiro se detuvo brevemente, lo justo para preguntar al mercenario.

-¿Dónde está la soldado? No la veo por aquí…

-Se ha ido al campo de tiro, a volar algunas cosas… Yo diría que está de malas pulgas… - el dicharachero joven sonrió, y el vampiro le imitó.

-Bueno, es su problema… Vamos, querida.

Michelle sonrió seductoramente a Pip y le guiñó el ojo mientras pasaban por su lado, dejándose guiar dócilmente por el vampiro hacia el interior de la casa. Después se dirigieron al sótano…

Mientras bajaban las escaleras, ella seguía curioseando y finalmente, susurró, divertida.

-Espero que tu cuarto esté cerca… ya sabes… - le miró, y vio reflejada en los labios del vampiro su propia sonrisa maliciosa – Por si hay alguna emergencia…

Los dos rieron mientras llegaban al sótano, y tomaban el largo pasillo, pasando de largo por delante de una puerta cerrada. Como de pasada, Alucard comentó.

-Esa es la habitación de la chica policía.

Michelle asintió, pensativa, y llegaron al final del pasillo. En esa zona, había una puerta a cada lado, y al fondo otra. De la puerta de la izquierda apareció Walter, que saludó a Michelle con una ligera inclinación.

-Su habitación está lista, señorita Cameron. Me he tomado la libertad de habilitar el cuarto que estaba enfrente del de Alucard, por si surge algún imprevisto…

Ninguna expresión surcó el rostro apacible del mayordomo, aunque se notaba en el aire la complicidad existente entre él y el vampiro, que por su parte, estaba riéndose discretamente.

Michelle miró a uno y otro, y enarcó una ceja. Casi podría adivinarse lo que estaba pensando, pero finalmente lo expresó con palabras. Alzó los ojos al techo, con una sonrisa.

-Hombres… en fin… - soltó una risita y después besó al anciano mayordomo en la mejilla con todo el descaro y el encanto del mundo – Muchas gracias… ¿hay baño en las habitaciones o tengo que ir a otro sitio?

Walter se quedó un poco perplejo por el desparpajo de la vampira, pero finalmente sonrió.

-Desde luego, esa puerta del fondo es un baño… allí encontrará todo lo que necesite, señorita.

-Oiga, deje de tratarme de usted, que me va a hacer sentir vieja – ella fingió una expresión de enfado, señalándole con el dedo, pero después sonrió – Con el nombre basta, por favor, y no me trate de usted…

-Lo mismo digo. Walter C. Dorn, para servirla...

-¡Que no me trates de usted!

Los dos cazadores, la vampira y el Ángel de la Muerte, se estrecharon la mano, sonriendo. Parecían caerse bien. Finalmente, Walter miró su reloj.

-Espero que todo sea satisfactorio… Ahora, si me disculpáis…

El mayordomo abandonó el sótano, dejando a solas a los dos vampiros siguiéndole con la mirada. Michelle sonrió felinamente, y sus colmillos destellaron en la oscuridad.

-Que majo. El Ángel de la Muerte¿no es así? – entró en su nueva habitación, dejando la puerta abierta, y depositó la nevera sobre una mesa. Después metió las maletas también en la habitación, antes de empezar a inspeccionarla. Alucard entró tras ella.

-Así es. Durante la II Guerra Mundial él y yo nos dedicamos a barrer unos cuantos vampiros y nazis de la faz de la Tierra… Catorce años y ya era todo un cazador.

Alucard pareció rememorar, con una nostálgica sonrisa, apoyado en el umbral. Sus ojos recorrieron la habitación para asegurarse de que todo estaba en su lugar, pero no pudo evitar darse cuenta de que la cama era anormalmente grande. Demasiado para una sola persona... Sonrió para si. 'Este Walter…'

Michelle pareció darse cuenta también, y sonrió burlonamente.

-Voy a perderme, ahí sola en esa cama tan grande…

-No te preocupes, ya te encontraré yo. – Alucard enarcó una ceja con algo de descaro y ella se echó a reír. Después, le miró de medio lado, con malicia.

-Oye… en ese baño… ¿crees que habrá monstruos? – su voz sonó curiosamente infantil, pero no pudo ahogar una carcajada.

Alucard respondió con otra carcajada, pillando la broma al vuelo, y se acercó a ella para rodear su cintura con los brazos.

-Bueno, vamos los dos a mirar… y si los hay… pobres de ellos.

-Entonces habrá que coger munición… - ella rebuscó por la habitación hasta que encontró varias toallas en un armario, y las cogió – Armas listas, señor. – le guiñó un ojo festivamente, con una sonrisa deslumbrante.

El vampiro tuvo que reprimir sus ganas de echarse a reír y abrazarla fuertemente, y sonriendo aún le franqueó el paso hacia el baño.

-Muy bien, soldado, yo la cubriré.

-Esa era la idea – ella se echó a reír de nuevo, caminando hacia el cuarto del fondo del pasillo. Una vez que llegaron allí se apoyó en la pared, de espaldas, con una cómica expresión de temor, cuchicheando.

-¿Quién será el valiente que entre primero y se arriesgue a ser devorado cruelmente?

Él puso cara de estar pensándoselo seriamente… bueno, más o menos seriamente.

-Creo que yo no me atrevo… ¡Entra tú delante!

La cogió por los brazos y se preparó para entrar, escudándose cómicamente tras su cuerpo mientras ella forcejeaba, entre risas.

-¡EH¡Pero bueno¿Qué clase de caballerosidad es ésta?

-Precisamente¡las damas primero!

Los dos se echaron a reír, forcejeando en broma hasta que las toallas cayeron al suelo y se encontraron abrazados, besándose riendo aún. Todavía seguían besándose cuando un ruido les distrajo. Al fondo del pasillo, azorada, Ceres les observaba con cara de no saber donde meterse, pasmada.

-Yo… esto… uh… iba a mi habitación… pero creo… que volveré luego… - la joven vampira farfulló mientras retrocedía hasta las escaleras y desaparecía.

Alucard suspiró.

-Vaya por Dios, le hemos creado un trauma…

-Sobrevivirá… - Michelle le arrastró suavemente al interior del lujoso cuarto de baño y después recogió las toallas. Con una sonrisa, le robó el sombrero a Alucard y se lo puso, mirándose al espejo - ¡Mira que pinta!

Mientras ella reía, Alucard volvió a sorprenderse mirándola con cariño, pero fingió una expresión de reproche. Expresión que se fue al garete cuando empezó a reírse también, acercándose a ella. Para seguirle el juego, se desanudó la corbata para colocarla alrededor del femenino cuello.

-Hum… no queda tan mal.

-Falta un detalle… - con descaro, la rubia vampira le robó las gafas de sol de lentes rojizas y se las puso, riendo, mientras se miraba en el espejo. En la pulida superficie sólo se reflejaba ella. – Curioso…

-Ya. Es un problema para algunas cosas, pero tiene su gracia a veces… - gentilmente acarició los rubios cabellos que asomaban bajo su sombrero, y los dos vampiros observaron como se mueve en el reflejo, como si un fantasma los hiciera mover.

Casi con brusquedad, Alucard la hizo girar, despojándola del sombrero, las gafas y la corbata, que dejó sobre un taburete, y la abrazó con fuerza, buscando sus labios. Michelle respondió con entusiasmo, y ambos vampiros se entregaron a un nuevo intercambio de besos y caricias durante largo rato, hasta que jadeantes, separaron sus labios apenas unos centímetros para mirarse a los ojos.

-¿Por qué me siento tan cómoda estando contigo…?

El vampiro la acunó entre sus brazos con desacostumbrada ternura, pensativo.

-Quizá si que estábamos predestinados a encontrarnos, después de todo… - sus dedos recorrieron su columna vertebral, y volvieron a encontrar el nudoso trazo de la cicatriz. Pero todavía no preguntó nada, y ella no le dio pie a ello, sino que volvió a besarle con pasión.

Próximo capítulo: Misión 01