Amanda tenía la impresión de estar viviendo en una pesadilla. Sabía que era una pesadilla. Con resignación nacida de la rutina, supo que por más que lo intentara, no iba a despertar antes de revivir todo lo que sucedió.
Estaba acurrucada bajo la mesa del salón comedor de la casa de sus padres. Abrazaba sus rodillas con fuerza, temblando sin poder controlar las lágrimas que caían como ríos por sus mejillas, mientras se mordía los labios para ahogar sus sollozos.
Frente a ella, tan cerca que alargando la mano y arrastrándose unos centímetros podría alcanzarla, los ojos de su madre estaban fijos en ella, sin parpadear, opacos… tendida sobre un charco de sangre cada vez más y más grande.
No se atrevía a hablar, pero de todos modos, intentó que su madre la escuchara, mediante el pensamiento.
Mamá, por favor, levántate.
Pero su madre no se levantó. Su cuello estaba retorcido en un ángulo extraño, quebrado, y enormes heridas ensangrentadas cubrían su cuerpo destrozado. Siguió allí tumbada, mirándola. Cerca de su madre, mirando al techo, yacía su padre.
Papá…
Apartó sus ojos llorosos de la caja torácica de su padre, abierta en canal como si fuera un pedazo de costillar en una carnicería. Desde donde estaba podía ver los extremos de las blancas costillas y los restos del esternón, astillados y teñidos de sangre.
A pesar de que sólo tenía seis años, Amanda ya sabía lo que era la muerte. Su perro había fallecido hacía unos meses, y su mamá le había explicado que ahora Ronny estaba en el cielo. Y a pesar de su corta edad, sabía, en lo más profundo de su alma, que las heridas de sus padres tenían que haberles mandado al cielo también.
Dios, por favor, ayúdame. Mamá…
También desde su refugio bajo la mesa podía ver las piernas del asesino de sus padres.
Estaba sentado tranquilamente en uno de los sillones, silbando una melodía de forma estridente. Se tapó los oídos con las pequeñas manos temblorosas, para no escucharlo, intentando no hacer ruido y también cerró los ojos. Tenía la infantil convicción de que si no la escuchaba ni la veía, desaparecería y no podría encontrarla.
Pero el sonido seguía, inmutable, taladrándole la cabeza, hasta que con brusquedad se interrumpió, y escuchó su voz desagradable.
-Sé que estás ahí, petite…
El asesino soltó una seca carcajada, más parecida a un ladrido. Amanda siguió en silencio, pero abrió los ojos un poco. Ese hombre no podía ser un hombre. Tenía que ser un demonio de los que le había hablado su madre.
El demonio se levantó del sillón y empezó a pasearse, tirando descuidadamente al suelo algunos de los pequeños adornos de cristal que con tanto orgullo atesoraba su madre en las estanterías.
-Me cansan los juegos, pequeña… No tengo tiempo, ni ganas de jugar contigo, pero aún así, lo haré… Puede que finalmente me divierta un poco. Antes de que llegue.
Con un movimiento que la chiquilla no pudo seguir, de repente se encontraba junto a la mesa, que levantó con una sola mano. Amanda chilló e intentó escapar a gatas, pero la otra mano del demonio se cerró sobre su nuca, levantándola en el aire como si fuera un gato.
El demonio la hizo girar lentamente hasta que pudo verle la cara, y Amanda vio un rostro desagradable, adornado con un largo bigote de puntas retorcidas, pero lo que más la asustó fueron sus ojos. Los ojos de ese demonio eran totalmente rojos, y desquiciados. Su boca se abrió, y sus dientes se afilaron…
Amanda volvió a gritar, aterrorizada, con esos chillidos estridentes que únicamente las criaturas de corta edad saben emitir. Rogó a su madre, a su padre, que se levantaran y la salvaran de ese demonio, pero ninguno se movió.
Dios, Dios, por favor, envíame un ángel, sálvame, ¡por favor!
Era en éste punto en el que Amanda se solía despertar, gritando de terror y con el rostro bañado en lágrimas. En esos casos, saltaba de la cama y corría a buscar a Michelle, o se encontraba con que ella ya estaba sentada a su lado en la cama, lista para acogerla entre sus brazos. Pero ésta vez fue distinto. No sentía miedo, ni terror, más que el que le traía el recuerdo. El sueño continuó…
Y contra todo pronóstico, ocurrió.
Lo primero que ocurrió fue que el demonio la dejó caer al suelo sin miramientos, mirando hacia la entrada del salón, que comunicaba con la puerta de entrada. Una recia patada había abierto la puerta, y allí, en el umbral, se perfilaba una esbelta silueta, vestida de negro. Era indescriptiblemente bella, sus ojos azules miraban fijamente, furiosos, al demonio, y sus cabellos rubios se agitaban con el viento, formando una aureola brillante.
Sin apresurarse, cerró la puerta tras de si y avanzó. Entonces Amanda vio la cruz blanca que relucía en la camiseta negra.
Dios le había enviado un ángel.
En su imaginación, Amanda hubiera jurado que veía las enormes alas de plumas blancas que parecían llenar ese lado del salón.
El ángel avanzó un paso más, y con un amplio vistazo recorrió la escena, demorándose unos momentos más en ella. Finalmente, volvió a mirar al demonio, y su voz sonó hiriente y fría como la escarcha.
-Apártate de ella, maldito. Ya has hecho suficiente.
El demonio se echó a reír y abrió la boca para responder, pero el ángel le cortó.
-No quiero escucharte. Tú y yo vamos a saldar cuentas, ahora mismo. – la dulce línea de la suave mandíbula se endureció cuando apretó los dientes, y un destello de ira ensombreció los hermosos ojos azules – No vas a salir de aquí indemne.
Su atención volvió a centrarse en Amanda, que contuvo el aliento ante la súbita ternura que vio aflorar a aquellos ojos, sumada a cierta melancolía.
-Es mejor que esto no lo veas.
Nunca supo por qué, pero en ese momento se desmayó.
Y cuando despertó de nuevo, no supo decir cuánto tiempo había pasado. El demonio había desaparecido, pero había manchas de sangre en el suelo y las paredes que antes no estaban allí. Su padre y su madre seguían en el suelo, pero alguien había cubierto piadosamente sus cuerpos con dos manteles cogidos de las mesas.
Se arrodilló en el suelo, con los ojos fijos en el ángel. Estaba sentada en el sillón que antes había ocupado el asesino, con una mano sobre su pecho, justo sobre el corazón. Por su expresión, cualquiera diría que había llorado, aunque sus ojos estaban llenos de ira. Al ver que estaba despierta, con un gesto le indicó que se acercara y, obediente, lo hizo.
-¿Cómo te llamas?
-Amanda… Amanda Mulligan… - sin saber por qué, señaló los cuerpos tapados – Y esos son mi mamá y mi papá.
El ángel sonrió con tristeza.
-Lo siento, pequeña. Debería haber llegado antes.
Fueron esas palabras lo que provocaron que Amanda rompiese de nuevo a llorar. Turbada, el ángel la rodeó con sus brazos y la sentó en sus rodillas.
-Eh, eh… no llores… por favor…
Pero no podía parar. Lloró y lloró hasta que sintió que se quedaba sin fuerzas, y se abrazó con fuerza al ángel. Sintió como ella se ponía tensa por un momento, pero casi enseguida su cuerpo se relajó y correspondió a su abrazo, dándole torpes palmaditas en la espalda.
-… Mejor llora todo lo que necesites… suéltalo todo, princesa…
Amanda sollozó, y alzó la mirada hacia ella.
-¿Princesa? Así me llamaba papá…
El ángel volvió a sonreír.
-Bueno, es que lo eres… una pequeña princesa. – sin embargo, su sonrisa se desvaneció de nuevo – Amanda… ¿tienes tíos, o abuelos… alguien con quien pueda llevarte?
Amanda negó con la cabeza.
-Mis padres eran huérfanos… se conocían desde el orfanato. No tengo más familia que ellos.
El ángel pareció contrariado.
-Demonios. Pues cuando venga la policía y vea esto… te llevarán a un orfanato a ti también…
-¡No! Por favor… llévame contigo.
-¿Qué? – el ángel la miró con verdadera sorpresa, y Amanda la miró, suplicante.
-Por favor, por favor, llévame contigo… quiero quedarme contigo.
-Pero… pero, pequeña, eso no puede ser… No soy familia tuya, y no sabes nada de mí, mi vida es muy complicada, no puedo cuidar de una niña pequeña.
-¡No soy pequeña! Tengo seis años, ¡soy mayor!
El ángel sonrió de nuevo, como sin poder evitarlo. Su mirada de hielo pareció derretirse y se dulcificó, pensativa.
-Bueno…demonios, no se por qué hago esto. De acuerdo. Yo me ocuparé de las autoridades y todo lo demás. Te quedarás conmigo.
Amanda se echó a llorar de nuevo mientras la abrazaba. Alarmada, el ángel la estrechó con delicadeza.
-¿Y ahora qué pasa?
-Gracias…
-No tienes por qué dármelas… en cierto modo… - el ángel se calló, sombría. Más tarde Amanda sabría que se sentía culpable de lo ocurrido, por no haber detenido antes al demonio.
-Mejor llamo a la policía… Les diremos que soy una buena amiga de tu familia. No, no te preocupes. Ya me las arreglaré yo con los detalles. ¿Hay algo que quieras llevarte?
Amanda asintió y se fue corriendo. Al poco rato regresó, con un ajado osito de peluche entre los brazos.
-Se llama Rolo – tendió los brazos hacia el ángel, sujetando el peluche. El ángel miró con extraña solemnidad el oso.
-Hola, Rolo.
-Dice que está contento de que me hayas salvado. No se como te llamas… ¿los ángeles tienen nombre?
-¿Ángeles? – ella la miró, extrañada, y Amanda suspiró con paciencia. Los mayores a veces eran tan ignorantes…
-Si, ángeles. Le pedí a Dios que me enviara ayuda, y apareciste tú… Dios envía ángeles.
El ángel se echó a reír mientras se levantaba.
-Me llamo Michelle. – le tendió la mano, y Amanda la tomó, confiada.
-Michelle…
-Dime.
-No soy una princesa.
-¿Por qué no?
-Las princesas tienen caballeros. Yo solo tengo a Rolo, y no es un caballero.
El ángel sonrió y apretó su mano con suavidad.
-Yo seré tu caballero, princesa Amanda. Ahora y siempre.
Amanda abrió los ojos de golpe. Aliviada, sonrió. Era un sueño. Pero ésta vez, no había sido pesadilla… Echó un vistazo a su reloj de pulsera, y vio con alivio que aún era de día. Estaba echada en la cama, contra la pared, pero abrazada a Michelle, que yacía entre ella y Alucard.
El vampiro acunaba entre sus brazos a Michelle, apretándola contra su pecho, y por extensión también estaba abrazando a Amanda.
Con estupor vio que los ojos rojos del vampiro estaban abiertos y la miraban. Y supo que él lo había visto todo. Sintió su mano, grande y fuerte, acariciarle el cabello como queriendo calmarla, con un gesto que ya le había visto dedicar a Michelle.
-Sigue durmiendo, Amanda. Estás protegida. Michelle cuidará de ti… y yo cuidaré de las dos.
La chiquilla sonrió y cerró los ojos de nuevo, obediente. Sin ver, sintió como el vampiro besaba suavemente la cara de Michelle y también se dormía de nuevo.
