Ceres Victoria, agente de la Organización Hellsing, también conocida como la Real Orden de los Caballeros Protestantes, bajo el mando de Sir Integra Wingates Hellsing, tenía la impresión de que esa noche no debería haberse levantado del ataúd.
Ya era suficientemente malo que hiciera un mal tiempo típico de Londres, llovía a mares, y hacía calor, mucho calor. A fin de cuentas, ¡estaban a principios de Junio!
Para rizar el rizo, esa noche había habido una alerta de presencia de tropas de Millenium. Lady Integra había enviado a Alucard a hacerse cargo de ella, alegando que no hacía falta que los tres vampiros con los que ahora contaba fueran a masacrar nazis, que con uno bastaba. Como si supiera que iba a haber un segundo aviso…
Y bien, lo hubo. Y como aún consideraban que no se podía enviar sola a Ceres Victoria… la habían puesto bajo las órdenes de Michelle. Eso era lo peor de todo.
Con algo de rencor, y sentada en el suelo desde donde estaba, parapetada tras un sofá y vigilando la puerta junto a su fiel Halkonnen, miró de reojo a la rubia vampira, que estaba sentada ante un ordenador, grabando información. Había cadáveres acribillados a tiros por todas partes, y un olor a sangre en el aire que le daban ganas de vomitar. Por puro orgullo, para demostrarle a esa vampira que era capaz de aguantar lo que fuera, hacía de tripas corazón para que no se notara su asco.
En realidad, Michelle no le desagradaba. Era una persona ciertamente divertida, capaz de contar los chistes más obscenos y divertidos que Ceres lograba recordar haberle escuchado contar a alguien, y también era capaz de mantener una conversación cortés y educada.
El problema estaba en que parecía tan asquerosamente segura de si misma… Daba la impresión de no perder jamás la calma, siempre sabía que hacer en cada situación, y eso era algo que la joven mujer policía envidiaba y admiraba a partes iguales.
Del mismo modo en que admiraba a Lady Integra.
Con un suspiro, empezó a recordar todo lo ocurrido…
Con nerviosismo había entrado en el despacho de Sir Hellsing. Había estado pocas veces allí, y cada vez que entraba sentía como su nuca y su espalda se llenaba de sudor frío. El hecho de que la jefa suprema la mandara llamar no podía ser bueno, y Walter no le había aclarado nada cuando había ido a buscarla al campo de tiro, donde estaba entreteniéndose charlando con Amanda, manteniendo por una vez una conversación normal en esa casa de locos. La verdad es que esa niña le caía bastante bien, a pesar de ser muy extraña.
-Ah, ya estás aquí, oficial.
Ceres se cuadró, esperando órdenes. Vagamente advirtió que en uno de los sillones ante la mesa de despacho de Lady Hellsing había alguien sentado. Walter avanzó hasta colocarse en su posición habitual, cerca de Integra.
-A sus órdenes, señora.
-Como ya sabes, hemos tenido una alerta antes, y Alucard salió a hacerse cargo. Bien, hemos tenido una segunda alerta, y él aún no ha regresado de la primera.
La antigua policía asintió. Preveía lo que se avecinaba.
-Tú te harás cargo. O mejor dicho, vosotras os haréis cargo.
Maldito instinto, había acertado. Del sillón enfrente de la mesa se levantó Michelle, fumando uno de los puros de Integra. A Ceres aún le sorprendía que Integra permitiera que esa descarada se le acercara tanto.
Es más, algunas veces las había visto charlando como si tal cosa, y ya sabía, como todos en la casa, que Lady Hellsing le había permitido tocar el viejo piano de su padre cuando quisiera, cuando jamás había permitido en diez años que nadie le pusiera un dedo encima.
Pero bueno, no era asunto suyo.
¡Demonios! Michelle le sonreía, y le estaba hablando, y no se había enterado. Debía de haberse dado cuenta, porque lo repitió.
-Digo que será un placer trabajar contigo, Ceres.
Algo que sí le agradecía a Michelle era que la llamara por su nombre. Nada de 'Oficial', 'señorita Victoria', 'mignonette' o el aún peor 'soldado', 'chica policía' o 'mujer policía'. Tenía la impresión de que desde que trabajaba allí estaba perdiendo su identidad.
-Lo mismo digo, señorita.
-Por favor, Ceres, llámame Michelle. Eso de señorita me hace sentir escalofríos.
A duras penas reprimió una sonrisa por el tono festivo con el que hablaba siempre ella. Entonces se dio cuenta de que Michelle llevaba un uniforme de Hellsing, similar al suyo, pero de color negro. La otra vampira volvió a sonreír al darse cuenta.
-Oh, ¿te gusta? Me hacía gracia ponerme uno… además, a donde tenemos que ir es preciso que parezcamos… ejem… algo oficial, ya sabes. De lo de enseñar placa y eso…
Ceres la miró sin comprender, pero en ese momento Integra decidió seguir hablando.
-Es cierto. La alerta procede de un edificio de cinco plantas, en un barrio de las afueras. Hay civiles implicados. Debéis ir allí, evacuarlos, y después limpiar el edificio a conciencia. ¿Alguna pregunta?
-No, señora. – Ceres suspiró para sus adentros. Esperaba que la misión no se convirtiera en una carnicería.
-De acuerdo. Que Dios y la Reina os acompañen. Amén.
Las dos vampiras abandonaron el despacho y se dirigieron a la salida, en silencio. No volvieron a hablar hasta que llegaron al garaje, donde Clive, uno de los mercenarios de Bernardotte, les esperaba para llevarlas.
-Buenas noches, chicas – el jovial mercenario las saludó alegremente, y les abrió la puerta del coche – Me han encargado que os lleve. Cuando acabéis el encargo, iremos a buscaros en camión.
-Me parece bien – Michelle se acomodó en el asiento trasero, sin perder la sonrisa, y miró por la ventanilla mientras Ceres se acomodaba a su lado. - ¿Qué música llevas ahí, Clive?
-Puedo ponerte lo que quieras, nena – el joven le sonrió, mirándola por el espejo retrovisor tras acomodarse en el asiento del conductor.
Michelle pensó durante unos instantes y después esbozó una dulce sonrisa.
-Lo que tú quieras.
Por la mirada de adoración que Clive tenía, Ceres supo que Michelle podía pedir lo que quisiera, que él se mataría por conseguírselo. Lo grave era que ese 'hechizo' pesaba sobre todos los mercenarios, capitán Bernardotte incluido (aunque el muy maldito seguía persiguiéndola a ella). También Walter parecía haber caído en el embrujo de Michelle. Y Alucard.
Suspiró quedamente, pensando con tristeza en la admiración que veía en su Amo cuando miraba a Michelle. Ella nunca podría ser así. No creía que su Amo se fijara en ella, sobre todo ahora que Michelle había irrumpido en Hellsing con la fuerza de una catástrofe natural. No sabía qué era exactamente lo que sentía por su Amo, le fascinaba, le intrigaba, pero…
-'No confundas fascinación con amor, Ceres.'
La antigua policía prácticamente saltó en su asiento, y miró a Michelle con furia antes de darse cuenta de que no había pronunciado ni una sola palabra. Clive seguía conduciendo, y la música de U2 llenaba el coche. La voz de la otra vampira había sonado directamente en su cabeza, y ella le contestó de la misma manera.
-'¡No hagas eso! ¡No leas mis pensamientos!'
-'No lo hago, Ceres. Me los estás metiendo en la cabeza a martillazos. Deberías aprender a levantar barreras mentales, para que esto no pase.'
La aludida se sonrojó levemente y apartó la mirada.
-'Lo siento.'
-'No tienes por qué sentirlo. Se por lo que estás pasando. Afortunadamente, mi fascinación por el cabrón que me convirtió en esto me duró menos de una noche, nada más. Tú tienes suerte de tener a Alucard como maestro.'
-'¿Por qué? ¿Acaso tú no consentiste?' – la joven vampira miró a su compañera con curiosidad, pero el hielo que había en esos ojos la disuadió de preguntar más.
-'No. Me convirtieron a la fuerza. Ya te lo contaré en otra ocasión.'
Ceres asintió y ambas siguieron en silencio mientras Clive conducía y cantaba a voz en grito imitando a Bono. Finalmente, llegaron al lugar, donde había un coche de la policía londinense aparcado frente al edificio. Dos agentes se acercaron a ellas mientras bajaban del coche.
-¿Son ustedes los agentes de Hellsing?
Ceres permitió que Michelle llevara la voz cantante, y se dedicó a sacar el Halkonnen del maletero.
-Así es. ¿Cuál es la situación, agentes?
-Hemos encontrado un enorme charco de sangre a cierta distancia, y siguiendo las gotas, hemos llegado a este edificio… - el policía que hablaba, un hombre de mediana edad con pinta de cansado, suspiró – No es la primera vez que me he encontrado con algo así, y nuestros jefes nos obligan a informar a su Organización, aparte de a ellos, cuando algo así ocurre.
Michelle sonrió mientras miraba el edificio.
-Cinco pisos. De acuerdo… Ceres, vamos a entrar.
-Un momento – el otro policía, un joven casi recién salido de la academia, interrumpió - ¿y los civiles?
-Yo no traje ninguno, ¿y usted? – Michelle sacó un cigarrillo de uno de los bolsillos de la chaqueta del uniforme y lo encendió con un mechero que el solícito Clive le tendió. – Gracias, Clive. Veamos… por lo que tengo entendido, únicamente hay dos viviendas habitadas, que son los dos números que hay en el primer piso… ¿es correcto?
El primer policía volvió a hablar.
-Es correcto. Esta es nuestra zona, y la conocemos bien… En el de la derecha vive un matrimonio con hijos pequeños, y en el de la izquierda una pareja de ancianos.
-Entiendo. Tenemos que evacuarlos antes de subir, Ceres.
La antigua policía asintió, estudiando el edificio, con algo de inquietud.
-¿Y como lo hacemos sin que los objetivos se den cuenta?
-A estas alturas ya saben que estamos aquí. Así que es estúpido pretender lo contrario – a grandes pasos Michelle se acercó a la pared del edificio, junto al portal - ¿Esos ancianos padecen del corazón?
El agente rió.
-¿Hawkins? Para nada… y su señora menos todavía.
-Perfecto – sin inmutarse, examinó los números de los pisos. – De acuerdo, vamos allá. Clive, vuelve al cuartel, estaremos en contacto por teléfono. Ceres, vigila hasta que vuelvan los agentes con los civiles.
-De acuerdo – Ceres hincó una rodilla en el suelo, con el Halkonnen preparado, mientras escuchaba como el coche se alejaba. Michelle y los dos agentes entraron en el portal y se perdieron por las escaleras.
En ese momento, dos figuras saltaron desde la ventana del quinto piso, aterrizando en el suelo sin sufrir el menor daño, y sin siquiera reparar en Ceres, salieron corriendo calle abajo. Estupefacta, la joven vampira se puso en pie.
-¡Michelle!
De dentro del edificio se escucharon maldiciones, y pronto la aludida salió corriendo.
-¡Lo se! Joder. ¡Era un maldito señuelo!
-¡Se largan!
-¡Y una mierda se largan! Vamos, Ceres. ¡Mueve el culo! – sin esperar a ver si la seguía Michelle echó a correr calle abajo. Los policías salieron en ese instante, alarmados.
-Los civiles están bien, pero hay un olor horrible a sangre que procede de los pisos superiores.
-¡Llamen de nuevo a la Organización y díganles lo que ha pasado! Enviarán un equipo de limpieza. ¡Díganles también que perseguimos a los objetivos en dirección sur!
Ceres salió corriendo también en persecución de Michelle, con el Halkonnen incómodamente botando a su espalda.
-¡Acelera, joder!
-¡Ya voy, esto pesa mucho!
-¡Demonios, Ceres, que eres una vampira! No debería pesarte tanto, ¡deja de pensar en estándares humanos!
Mierda, Michelle ni siquiera estaba jadeando. Si parecía incluso que podría correr la maratón sin despeinarse.
Corrieron y corrieron detrás de esos dos, hasta que finalmente los vieron entrar en una pequeña casa semi derruida, en un barrio semi derruido y totalmente abandonado. Las casas y los edificios tenían las ventanas tapiadas con maderos, y todo parecía pendiente de demolición.
Ambas se detuvieron junto a un edificio, observando la casa.
-¿Esperamos refuerzos?
Michelle la miró como si no se pudiera creer lo que estaba oyendo.
-¿Para qué quieres refuerzos? Tú y yo nos bastamos y sobramos para esto…
-Bueno, pero… - Ceres volvió a sentir que se sonrojaba.
-Ah, ya veo… Aún piensas como policía. – sonrió – No te preocupes. Si prefieres quedarte aquí…
-De eso nada. Vamos. – Ceres empezó a caminar hacia la casa, y Michelle la siguió.
La casa parecía engañosamente abandonada, pero podía sentir como había varios seres dentro que estaban esperando. Aguardando. Acechando. Ansiaban su sangre. Quizá percibiendo su nerviosismo, la mano de Michelle le rozó el brazo fugazmente.
-Calma. Tú eres superior a ellos.
Asintió, sin sentirse menos nerviosa por ello. No tenía muy claro que demonios entendía Michelle por 'ser superior'.
Derribaron la puerta de una patada, y casi enseguida se vieron envueltas en una verdadera nube de disparos. Ceres se arrojó hacia un lado, disparando el letal Halkonnen, y Michelle se arrojó hacia el otro, disparando con sus dos Browning americanas de la II Guerra Mundial. Ahora veían perfectamente a qué se enfrentaban, los hombres ante ellas vestían uniformes alemanes, con simbología nazi, y la luz roja en sus ojos les revelaba que eran vampiros artificiales.
-¡A la cabeza, Ceres!
-¡A la orden! – empezó a disparar metódicamente, cambiando el Halkonnen por un rifle de precisión, y los soldados empezaron a caer abatidos. También Michelle cambió sus pistolas por una semi ametralladora automática.
Finalmente, y con tanta brusquedad que las dos se miraron entre si, sorprendidas, todo acabó. Pequeños montones de cenizas yacían en el suelo entre casquillos de municiones, jirones de ropa y sangre. Mucha sangre. Ceres sintió el familiar mareo mezclado con la excitación del combate, y el ansia de la Sed.
Por el rabillo del ojo vio que Michelle no parecía afectada en lo más mínimo. Estaba anotando su posición en el GPS y enviando la información vía satélite al cuartel, para que después vinieran a recogerlas.
-Sigamos adelante. Por la pinta, diría que hay dos pisos por encima de éste.
Y habían seguido, limpiando los dos pisos de soldados de Millenium y freaks que habían cazado. Finalmente, habían regresado a la planta baja para inspeccionar, y habían encontrado el ordenador.
-Ceres.
La antigua policía salió de su ensoñación y miró a Michelle, que seguía de espaldas a ella. Entonces, y antes de que se explicara, lo sintió. Más presencias.
-Lo noto.
-Bien. Vas progresando. Parece que se nos pasó por alto el sótano.
-¿Has acabado?
-Estoy grabando lo último. ¿Crees que podrás contenerlos?
Ceres sonrió, y un destello rojo sustituyó el azul oscuro de sus ojos.
-Di más bien si ellos podrán impedírmelo.
-Así me gusta, nena – Michelle siguió a lo suyo.
Los ruidos iban en aumento, y las voces en alemán también, gritándose unos a otros. Finalmente, empezaron a disparar a través de las puertas dobles del salón, que las dos vampiras habían atrancado previamente. Ceres se ocultó tras el sofá y empezó a devolver el fuego.
Tras un instante de vacilación, Millenium empezó a utilizar armamento más pesado, y las puertas empezaron a quedar destrozadas. Las paredes, los muebles, todo empezó a quedar acribillado a tiros. Una seca maldición le indicó que el ordenador había quedado también hecho trizas, y pronto Michelle se reunió con ella tras el sofá, que milagrosamente había resistido.
-Era demasiado bueno para ser verdad.
-¿Conseguiste algo?
-No lo sabremos hasta que lo miremos en el cuartel. – la vampira asomó levemente la cabeza por encima del borde del sofá – Han abierto un boquete bastante grande en la puerta. Qué desperdicio. Es una casa verdaderamente bonita.
-A mí me parece horrible.
Michelle se echó a reír y se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá. Ceres siguió vigilando. Parecía que los soldados se estaban reagrupando.
-Son muchos, Michelle.
-Lo se.
-No se si podremos con todos.
-Lo se.
-Y falta poco para que amanezca, y estaremos atrapadas aquí… con ellos…
-También lo se. Ceres, yo te cubro. Intenta llegar a la salida, y lárgate de aquí a toda prisa.
La joven vampira miró con incredulidad a su interlocutora.
-¿Estás hablando en serio?
-Por supuesto. No tiene sentido que las dos acabemos aquí nuestra existencia… Así que aprovecha, y lárgate mientras puedas – con toda calma, Michelle sacó dos nuevos cargadores de la pequeña mochila que llevaba a la espalda, parte del equipo del uniforme.
Ceres sintió de repente como toda su reserva desaparecía. Si Michelle era capaz de querer sacrificarse para asegurarse de que ella lograba salir de allí… No, ni hablar.
Endureció la mandíbula y apartó la mirada, decidida a dejar de ser la asustadiza, la novata, a la que todos protegían por ser la más frágil. No iba a dejar sola a Michelle ante esto.
Mentalmente, se hizo la imagen de que una puerta se cerraba bruscamente, dejando bajo llave todos sus temores y su asco a lo que ahora era.
-De eso nada. No pienso dejarte aquí, sola. Ni hablar. Sea lo que sea lo que ocurra aquí, lo afrontaremos juntas.
Durante un tenso minuto no escuchó nada, e incluso la mente de Michelle permaneció cerrada para ella. Después, sintió más que vio que Michelle se sentía complacida por su
respuesta, y en cierto modo, aliviada.
Ceres la miró, y vio que la vampira más vieja sonreía, mirando la pared acribillada a balazos. Su sonrisa le llamó la atención, era una sonrisa sabia, vieja, cansada… diferente a la sonrisa divertida, burlona y seductora que siempre lucía en los labios.
-Michelle…
Mudamente, la aludida ladeó la cabeza hacia ella, esperando que prosiguiera. Ceres suspiró.
-No me he portado muy bien contigo.
-Bueno… creo que no empezamos con muy buen pie. Pero, si te soy sincera… - Michelle sonrió, radiante, y Ceres comprendió por qué todos los mercenarios se comportaban como adolescentes enamorados cuando ella andaba cerca. Su belleza era apabullante. – No veo mejor forma de acabar que aquí, peleando junto a alguien tan digno de admiración como tú.
La antigua policía prácticamente dejó caer el Halkonnen al suelo.
-¿Qué TÚ me admiras a MI? ¿Por qué?
-Porque aún te horrorizas de todo esto – la otra vampira apartó la mirada, sentada cómodamente en el suelo, con las rodillas flexionadas y separadas (a pesar de llevar la minifalda del uniforme) y los codos apoyados en las rodillas – Yo dejé de horrorizarme con las matanzas hace demasiado tiempo. Lucha para no perder tus sentimientos humanos, Ceres Victoria. Quizá llegue un momento en que mantener tu cordura dependa de que los conserves.
La casi recién creada vampira miró a su compañera largamente, aún sorprendida. No podía creer que alguien tan fuerte, tan valiente, tan seguro de si mismo, pudiera decir que la admiraba, a ella… por lloriquear y asquearse ante la vista de una carnicería. Finalmente, apartó también la mirada y siguió vigilando. Los movimientos tras las puertas medio destrozadas iban en aumento.
-Yo también te admiro, Michelle. Y me alegra saber que no estoy sola en esto.
Michelle sonrió, pero cuando habló, transcurrido quizá un minuto, cambió de tema.
-¿Lista para morir, Ceres?
La chica policía la miró de reojo, boquiabierta por la inesperada pregunta. La otra vampira soltó una risita, mientras empezaba a cargar nuevos cargadores en las ametralladoras.
-¿Debo suponer que tu silenciosa boca abierta supone una respuesta afirmativa?
Ceres supo que bromeaba, y que la confianza seguía allí. Reconoció el juego. Con decisión, cargó el Halkonnen, y después empezó a preparar el fusil.
-Es una noche tan buena como cualquier otra para hacerlo, Michelle.
-Perfecto. No me gustaría hacer esperar a esos idiotas, ¿y a ti?
-No, a mí tampoco.
-Muy bien. Ha sido un placer, señorita Victoria.
Le tendió la mano. Ceres la miró durante un instante, y después sonrió y alargó la suya para estrecharla con firmeza.
-Lo mismo digo, señorita de Cameron.
-Perfecto. Vamos a enseñarles a esos gilipollas como las gastan las chicas en Hellsing.
-Estoy de acuerdo.
Los soldados decidieron atacar, todos a la vez, disparando indiscriminadamente. Ceres y Michelle se levantaron de un salto, apartándose una de otra mientras disparaban en respuesta, abatiendo enemigos, muebles, trozos de pared… lo que se pusiera por delante.
Ambas recibieron varios disparos, pero aguantaron estoicamente, sabiendo que si se descuidaban aunque fuera un segundo, la superioridad numérica les ganaría. Así que siguieron disparando.
Finalmente, todo acabó. Contra todo pronóstico, todos los soldados, absolutamente todos, yacían en el suelo entre sangre y vísceras, deshaciéndose en polvo.
Las ametralladoras cayeron al suelo mientras Michelle retrocedía hasta apoyarse en la pared.
-Uf.
Ceres apoyó el Halkonnen en el suelo, contra la pared, y también se apoyó en ella. Como por tácito acuerdo, las dos se dejaron deslizar hasta quedar sentadas en el suelo, dejando sendos surcos de sangre.
-Se ha acabado.
-Sí.
-Y hemos ganado.
-Eso parece.
Las dos suspiraron. Ceres se dejó caer hacia un lado para apoyar la cabeza en el regazo de Michelle. Notó como ella le acariciaba el cabello con una mano teñida de sangre.
-¿Estás herida?
-Nada que no se cure en un rato. ¿Y tú?
-Igual… Oye, Michelle…
-También puedes llamarme Mich.
-De acuerdo, Mich… gracias.
-No tienes por qué darlas, tú has disparado también.
-No me refiero a eso.
Michelle sonrió, y siguió acariciando el cabello de Ceres. Afuera ya estaba amaneciendo. Entonces fue cuando escucharon pasos de nuevo.
-Mierda.
Ceres gimió.
-Oh, más no, por favor…
Michelle le puso en la mano una de sus Browning americanas. Ella empuñó la otra. Se quedaron inmóviles, hasta que escucharon los cuidadosos pasos de varias personas, acercándose desde la entrada principal. Cuando los dueños de esos pasos hicieron su aparición, se encontraron un cuarto lleno de sangre y polvo, y a las dos vampiras contra la pared, y encañonándoles con las pistolas.
Pip Bernardotte dio un paso atrás.
-¡Nom de Dieu! ¡No disparéis!
-Joder, Bernardotte. La próxima vez, anuncia tu llegada, ¿quieres?
Ceres se echó a reír, aún acomodada en el regazo de Michelle. Detrás del capitán mercenario entraron otros dos, con una gruesa lona negra.
-Vamos, señoritas, tenemos el camión casi pegado a la puerta, para que nos os bronceéis…
Michelle se puso en pie y después ayudó a Ceres a levantarse. Preocupado, Pip se acercó.
-¿Estáis bien?
-Sí, no es nada… ¿Habéis inspeccionado la casa?
-Sí, la entrada al sótano estaba cerrada a cal y canto. Logramos abrir la puerta y encontramos un pasadizo, pero lo dinamitaron para que no pudiésemos seguirles. Por ahora, aquí hemos acabado…
-Genial – Ceres bostezó, sintiendo como la pesadez invadía sus extremidades, debido al cansancio. Michelle se dio cuenta y le rodeó la cintura con un brazo para ayudarla a caminar, mientras Bernardotte cubría a ambas con la lona.
-Vamos, señoritas, moved esos preciosos traseros hasta el camión.
A toda prisa caminaron hacia la entrada. Clive había subido el camión a la acera para acercar la parte trasera lo más posible a la puerta, para que las dos vampiras no sintieran mucha molestia por la luz solar. Con un pequeño salto, pronto las dos estuvieron acomodadas dentro, en la dulce penumbra.
El viaje hasta la mansión Hellsing transcurrió en silencio, con Pip observando con preocupación a las dos vampiras amodorradas por el sueño diurno, y Michelle rodeando con el brazo los hombros de Ceres, que se apoyaba en ella sin dejar de bostezar.
Finalmente llegaron, y envueltas de nuevo en la lona corrieron hacia la entrada. Ceres apretó los dientes para hacer el último esfuerzo, y notó como el fuerte brazo de Michelle le rodeaba la cintura y la alzaba ligeramente para cargar todo su peso. Los últimos pasos Michelle la llevó en volandas.
Ya dentro, Walter les quitó la lona, con una sonrisa.
-Ya era hora de que volvieseis. ¿Todo bien?
Michelle y Ceres se miraron entre si y se rieron.
-El enemigo ha sido totalmente silenciado, Walter.
El shinigami sonrió, aceptando la broma, y aliviado al ver que las dos estaban intactas, a pesar de los numerosos agujeros de bala en sus ropas. Pip se disculpó y salió fuera a reorganizar a sus mercenarios en la vigilancia de la finca.
-Lady Integra está durmiendo… me encargó que os dijera que le dieseis vuestro informe cuando anochezca. Id a descansar.
En ese momento, Alucard hizo su aparición, procedente de la biblioteca.
-Oh, ya habéis vuelto. – con desparpajo se acercó rápidamente y besó a Michelle en los labios. Ceres advirtió, sorprendida, que no le molestaba en lo más mínimo. Es más, se alegraba de haberse aclarado por fin.
-Yo, si me disculpáis, me voy a dormir…
-Yo también – Michelle bostezó, mostrándose cansada por primera vez, y volvió a rodear los hombros de Ceres con el brazo mientras se dirigían a las escaleras del sótano.
Cuando llegaron al pasillo, Ceres se detuvo y rodeó a Michelle con sus brazos, abrazándola con fuerza.
-Gracias, Michelle.
Algo turbada, Michelle le dio unas palmaditas en la espalda.
-Eh, no ha sido nada, nena… - finalmente la abrazó a su vez. – Que duermas bien, Ceres.
-Igualmente, Michelle.
Las dos se separaron y entraron en sus respectivas habitaciones, sonriendo.
Ceres cerró la puerta y se apoyó en ella, pensativa. No creía que Michelle pensara que su treta había funcionado. Se había dado cuenta al instante de que todo había sido una pantomima, Michelle era perfectamente capaz de haber masacrado a todos esos soldados…
Pero fingiendo que iba a sacrificarse para que Ceres pudiera escapar, la había hecho despertar. Sonrió, y escuchó a Michelle reír en su habitación, sabiendo que sus mentes aún estaban en contacto, y que Michelle sabía lo que estaba pensando.
Es que o hacía eso, o te pateaba el culo hasta que te levantaras, Ceres.
Prefiero éste método, Michelle. Gracias otra vez.
No tienes por qué darlas, niña. Descansa, Ceres Victoria. Te lo has ganado.
Ceres sonrió de nuevo y se fue a dormir.
Alucard y Walter las habían seguido con la mirada hasta que desaparecieron, y finalmente se sonrieron entre sí.
-Bueno, parece que por fin se llevan bien.
-Ya era hora. Al fin y al cabo, se parecen más de lo que creen.
Walter asintió, murmurando.
-Son como dos ángeles en este mundo tenebroso.
-Sí… - el vampiro sonrió mientras se dirigía a los sótanos, en pos de las dos vampiras, su amante y su chiquilla – Ángeles Caídos.
