Harry Potter pertenece a J.K. Rowling. Yo escribo fanfiction por simple placer, de tal modo que este fic no tiene fines de lucro. Simple y puro pasatiempo.
Este fic fue creado para "La Gala del Dragón 2015" del foro Draco Dormiens Nunquam Titillandus
Título: Encuéntrame en Rumania.
Capítulos: 2/10
Personajes: Draco Malfoy/Harry Potter/Charlie Weasley.
Advertencias: Slash/Lemon/EWE/Trío. Este fic narra una relación homosexual que, conforme la trama avance se centrará en tres personas. Hay malas palabras, poca coherencia, ignoración monumental del epílogo, y cosas varias que podrían resultar incómodas para algunas personas. Si eres parte de ella... ¡huye! Sino, bienvenido seas. Dicho está. Sobre advertencia no hay engaño.
Encuéntrame en Rumania
Por:
PukitChan
Capítulo 3
Un dragón y su guardián
«Nosotros, que no fuimos sino extraños,
dos errores que se cruzan,
que se muerden en los labios.
Soledades que se juntan sin prever el daño.
Nosotros… nosotros empezamos por matarnos...»
—Edel Juárez.
Draco despertó cuando el cielo de aquella tibia mañana comenzaba a aclararse. En un principio pensó en esconder su cabeza bajo la almohada y permanecer así hasta que volviera a anochecer, pero una vocecilla en su mente le recordó, casi con molestia, que tenía que guiar a Marietta y a Potter por la reserva. Mientras se incorporaba de la cama, maldijo por lo bajo. No podía creer que de verdad el Ministerio de Magia hubiera aislado en Rumania a su auror consentido; era como un chiste absurdo que había sido contado demasiadas veces. Sin embargo, era real y Draco lo terminó de entender cuando, al asomarse por la ventana, vio a Potter trotando por todo el campamento porque, por supuesto, solo a Potter podía ocurrírsele hacer entrenamiento físico a esas horas.
Entornó los ojos y salió de la habitación, agradeciendo mentalmente que Charlie hubiese hechizado el suelo de madera para mantenerlo tibio. Con su costumbre de caminar siempre descalzo, hacía mucho tiempo que se hubiera resfriado. Draco, bostezando, bajó por las escaleras y llegó hasta la cocina, donde encontró al pelirrojo mirando a través de la ventana mientras bebía una taza de té; al parecer, al igual que a él, le había llamado la atención ver a Harry corriendo.
—Buenos días —murmuró malhumorado. Las mañanas solían tener ese efecto en el humor del rubio. Charlie volteó y antes de responder, repasó la anatomía de Draco y sonrió.
—Bonito sweater —susurró Charlie, bajando su taza y apoyándola en la mesa. Malfoy ni siquiera se molestó en mirarse; a propósito había tomado prestada la prenda favorita del otro para dormir y así, al despertar, pudiera disipar su mal humor de una manera satisfactoria. Si tenía que compartir tantas horas de su día con Potter, tenía que hacer algo para resistirlo.
—Fue lo primero que encontré anoche —comentó, fingiendo indiferencia mientras caminaba por la cocina en busca de las galletas de chocolate que Charlie preparaba tan bien—. La temperatura descendió.
—Me di cuenta. —El pelirrojo caminó unos pasos, sabiendo qué era lo que quería el otro. Abrió una alacena y alcanzó un frasco lleno de galletas, ofreciéndoselas e invadiendo su espacio personal. Draco sujetó a Charlie gracias a la hebilla en su pantalón y lo atrajo hacia él—. ¿Acaso deseas algo más que chocolate?
—Será una mañana muy ocupada —susurró, mordisqueando una galleta. Charlie, chico listo, entendió el mensaje y no dudó en sujetar los muslos de Draco para sentarlo sobre la mesa. Gimió extasiado al sentir sus dedos deslizarse por la tersa piel, descubriendo que, además de su sweater, Draco no tenía nada más puesto.
—Siempre estás preparado para todo, ¿no es así?
Malfoy terminó de comer su galleta y asintió. Charlie, divertido, se sentó en una silla, justo enfrente del otro. Con calma separó sus rodillas mientras sus labios recogían las migas de la galleta que habían caído sobre sus piernas. Continuó besándolas al mismo tiempo que sus dedos levantaban ligeramente el sweater, lo suficiente para que el pelirrojo pudiera ver el hermoso miembro semierecto de Draco.
—¿Te he dicho cuánto amo hacer esto por las mañanas? —preguntó Charlie, aunque sin esperar una respuesta. De cualquier manera, Draco no hubiera conseguido darla, porque el pelirrojo jugueteó con su prepucio y, tras deslizarlo lentamente, su lengua comenzó a tocar el glande que rezumaba humedad. Se alejó lo suficiente para mirar el rostro ruborizado del rubio por un momento, antes de inclinarse lamer los testículos, mientras sus dedos rozaban el perineo—. Sé un buen chico el día hoy, Draco —susurró Charlie, apresando con su mano libre la erección. Los lamentos que se escuchaban por la cocina, siempre eran lo suficientemente fuertes para ponerlo caliente—. Harry no quiere tener problemas contigo, ni con los dragones…
—¿Estás… ah… defendiéndolo?
Charlie aumentó el movimiento de su mano, inclinándose para volver a succionar aquella dura y caliente erección. Apretó sus labios y cerró los ojos, respirando lentamente, para aceptar la mayor parte de Draco dentro de su garganta. El rubio gimoteó y se inclinó, sujetándolo por el cabello, abriendo más las piernas para empujarse dentro de él; balaceando sus caderas cada vez que Charlie apretaba su miembro entre sus labios.
—Weasley… —jadeó, temblando. Su amante debió notarlo, porque se alejó un poco, lo suficiente para poder recibir el esperma de Draco cuando este se derramó en su boca. Charlie se relamió sus labios hinchados y se levantó para besarlo, tragándose sus suaves gemidos. Realmente amaba eso; le encantaba escuchar a Draco sollozar del placer.
—Es un buen inicio para este día, ¿verdad?
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Harry golpeó el suelo con sus botas, comprobando el terreno. No sabía quién de los dragonolistas sería su guía, pero por su salud mental, esperaba que no fueran Charlie o Malfoy, porque entonces no sabría cómo enfrentarlos sin desnudarlos con la mirada. Además, y no bastándole con lo que había presenciado, estaban esos inquietantes sueños. La última vez que había despertado así de cachondo tenía catorce años, por Merlín. Se maldijo a sí mismo por haber espiado: lo último que necesitaba en ese momento era perder el control de su cuerpo, sobre todo cuando tenía que pasar tres meses en un lugar donde era importante mantener el equilibro.
Por eso, para bajar la calentura con la que había despertado esa mañana, había empezado a hacer ejercicio. Correr alrededor del campamento, cuando la temperatura del ambiente estaba tan fresca, le había ayudado a aclarar sus ideas y, sobre todo, a no pensar con la entrepierna. Para su fortuna, Marietta no conocía sus hábitos y no parecía interesada en regañarlo. En cierta manera, era liberador no tener a alguien que lo presionara para revelar sus pensamientos, sobre todo unos tan íntimos. Había cosas que, prefería, negar para siempre.
—Harry, ¿quieres dejar de mover tus pies? Estás poniéndome nerviosa.
El aludido miró a Marietta, quien en ese momento estaba atando su cabello. Era la primera vez que Harry la veía sin todo el maquillaje que solía cubrir sus cicatrices y, probablemente en ese lugar era mejor estar así, pero ella aún lucía incómoda. Como si esperara que, en cualquier momento, alguien hiciera un comentario desagradable respecto a ello.
—Lo lamento —exclamó, aunque Harry no sabía a qué se estaba refiriendo con exactitud. Marietta se encogió de hombros y agitó su mano, restándole importancia. Fue en ese momento cuando, para mala suerte de Harry, Draco decidió aparecer acompañado de su thestral. Los miró (probablemente más a Harry que a Marietta) como si fueran una mala responsabilidad, una fastidiosa tarea que no quería cumplir, pero que de cualquier manera haría.
—Buenos días. —Aquella mañana, Draco lucía tan atractivo como siempre, pero sutil rubor que cubría su mejilla le hacía pensar a Harry que, hasta hacía poco tiempo, estaba más entretenido en otras actividades. Su largo cabello estaba atado en una coleta alta y despeinada, que le quedaba sorprendentemente bien. Harry intentó apartar esos pensamientos de su mente cuando Draco le lanzó un pequeño paquete perfectamente envuelto—. No lo pierdas, Potter. Lo necesitaremos más adelante.
—¿A dónde iremos? —preguntó Marietta, apretando sus manos entorno a un bolso que colgaba del lado derecho de su cuerpo; allí, supuso Harry, cargaba todo lo que necesitaba para hacer el conteo de los huevos.
—A la zona este —respondió Draco—. En general, todas las dragonas en esta época son muy agresivas, pero esa área es muy tranquila; casi no hay peleas ni ataques. Será mejor que comiencen a adaptarse en ese sitio, sobre todo porque no son terrenos en los que fácilmente puedes andar. —Luego, como si estuviera analizando sus propias palabras, añadió—: Estas son las reglas.
—¿Reglas? —repitió Harry, levantando sus cejas. No estaba seguro de que le gustaba cómo sonaba eso.
—REGLAS, Potter. Y no trates de romperlas, a menos de que quieras morir. Primero, les daré un traslador que solo ocuparan en un caso de emergencia. Si las cosas se vuelven demasiado peligrosas, los traerá de regreso al campamento. Segundo, no se acerquen a los dragones. Son peligrosos —advirtió, como si estuviera hablando con un par de niños con los que pronto daría un recorrido por un parque de diversiones. Antes de que Harry pudiera replicar, Draco le lanzó una mirada irritada—. Otros lo han intentado, Potter. Por eso estoy diciéndolo. Tercero, hagan lo que les ordene.
—Te está encantando esto, ¿verdad, Malfoy? —susurró Harry, divertido. El rubio ignoró su comentario y continuó:
—Y no molesten a Izar, por favor. Es tranquilo, pero se irrita con facilidad. Puede morder si está de mal humor.
—¿Izar? ¿A quién te refieres? —Marietta miró a todos lados, buscando a otra persona y llamando así la atención de sus acompañantes. Entonces, Draco entornó los ojos y resopló.
—Algunos, al parecer, fueron más afortunados en la guerra que otros.
—¿A qué te refieres?
Pero Draco no respondió. Se colocó a un lado del thestral, Izar, y se subió en él con una naturalidad que Harry solo pudo adjudicar a la experiencia. Era una imagen que, con facilidad, alguien podría pintar y conservarla como un bello recuerdo; Marietta, no obstante, palideció. Dio un paso hacia atrás, como si algo la hubiese sorprendido demasiado, y fue cuando Harry al fin las palabras del rubio: ella no podía ver a la criatura.
—Izar es un thestral, Marietta —aclaró Potter, al darse cuenta de que Draco, ocupado palmeando al caballo, no pretendía dar ninguna explicación—. Solo pueden verlos…
—Sé lo que son, Harry —dijo fastidiada, pero aún sin acercarse y recuperar su color—. ¿No se supone que esas criaturas atraen a la mala suerte y… la muerte?
—Eso es una estupidez. —Draco la miró enfadado mientras el caballo empezaba a mover sus alas—. Pero si eso es lo que crees, entonces cásate con maldita esa idea y encuentra la manera de seguirnos hasta los nidos. Hoy y cualquiera de las siguientes semanas.
—Marietta —intervino Harry, empujándola con suavidad hacia Izar. Cuando estuvo cerca, sujetó la mano de la mujer y la guio al hocico, para que de esa manera pudiera sentir su respiración. Ella se sobresaltó, pero no se movió—, te prometo que es criatura muy amable. No te hará daño.
Marietta aún no parecía convencida cuando se animó a subirse al thestral, así que se aferró a la cintura de Draco, ignorando la mueca que este hizo cuando la sintió. Harry se dijo a sí mismo que era mejor así, porque dudaba que su entrepierna se mantuviera dormida si sentía tan cerca el calor del rubio.
—¿Está bien que Izar nos lleve a los tres? —preguntó el auror, acariciando al thestral—. Son fuertes, pero…
—No me hagas tener otra conversación inútil en la cual solo perderemos mucho tiempo, Potter.
Harry prefirió darle silenciosamente la razón. Al montar al thestral, sintió cómo sus alas se extendían a medida que empezaba a correr; pronto, y para consternación de Marietta, se encontraban sobrevolando la zona del campamento. Malfoy miró a su alrededor y, al comprobar que no había más criaturas, le ordenó a Izar llevarlos a la zona este; el thestral debió comprender a la perfección a cuál lugar se refería, pues pronto lo único que Harry veía era hectáreas de árboles, algunos lagos y unas motitas que escupían fuego. Desde que era auror, no había tenido tiempo de montar una escoba, mucho menos de jugar quidditch, por lo que al sentir el viento golpeando sus mejillas, se dio cuenta de cuánto había echado de menos aquella maravillosa sensación. Marietta parecía incómoda, pero probablemente era por la criatura que no veía más que por volar. Draco, por su parte, parecía estar acostumbrado a ello, y aun así la pose relajada de sus hombros parecía decirle que continuaba disfrutándolo como si fuera la primera vez.
—Ayer, cuando entendí que estabas en esta reserva, te imaginé montando un dragón, no un thestral —gritó Harry, para hacerse escuchar a pesar del viento. Cuando Draco volteó ligeramente su rostro, creyó ver una diminuta sonrisa formándose en sus labios.
—Supongo que no puedes evitar decir tonterías, Potter. —El rubio miró hacia abajo y tocó a Izar, para indicarle que comenzara a descender—. Los dragones son criaturas orgullosas y muy peligrosas. No permiten que los monten. Estarías muerto antes de que pudieras siquiera tocarlos.
—Suena como si te estuvieras describiendo a ti mismo.
Draco tardó unos segundos en responder.
—No veo a Marietta muerta, a pesar de que me está clavando sus uñas.
—Lo siento —dijo ella, claramente avergonzada. Harry rio, pero su voz quedó silenciada cuando empezaron a volar en círculos sobre una zona montañosa.
—Esto es lo que tienen que aprender —comentó Draco, señalando hacia su derecha—. ¿Ven ese rastro de árboles torcidos? Es el sendero que un dragón crea hasta su nido. Cuando están entibiándolos, se ve una columna de humo blanca. Las dragonas jamás nos permitirán acercarnos por el cielo; son muy celosas con su territorio, especialmente en esta época del año, así que tendremos que caminar por la zona donde la maleza es más espesa. —En cuanto terminó de pronunciar esas palabras, Izar descendió, probablemente acostumbrado a ese tipo de viajes. Harry fue el primer en pisar el suelo, sintiendo de inmediato cómo la temperatura a su alrededor parecía aumentar unos cuantos grados. Draco, que ayudó a Marietta a bajar, apenas sintió este cambio.
—Debí traer ropa más ligera —musitó Marietta, aguardando por las instrucciones del rubio.
—Es mejor que estés así —afirmó, levantando su varita y realizando el encantamiento Oriéntame—. Y no quieres escuchar la explicación a eso.
—Eres un pésimo guía turístico, Malfoy —gruñó Harry.
—Por aquí. —Ignorándolo, como empezaba a ser una costumbre a pesar de que llevaban menos de una hora juntos, Draco decidió caminar.
No había caminos precisos en la reserva y pronto se encontraron evitando plantas, ramas y raíces. De vez en cuando, Draco les indicaba qué no tocar, y en una ocasión empujó a Harry para evitar que este cayera entre las garras de una Tentácula Venenosa. Caminaron en silencio, sin conjurar algún hechizo que requiriera demasiada magia. Solo hasta ese momento, Harry entendía por qué Draco había estado tan enojado cuando habían llegado: la atmósfera estaba tan llena de poder y magia, que cualquier desbalance en ella podía ocasionar una catástrofe. No era de extrañar entonces que todos los dragonolistas en esa reserva tuvieran una condición física tan envidiable; seguramente, en la mayoría de las ocasiones, necesitaban arreglárselas más con sus habilidades naturales que con las mágicas.
Y eso, de alguna manera, cambiaba toda la opinión que Harry tenía sobre Draco Malfoy.
El rubio, en Hogwarts, siempre había presumido de su familia y las habilidades mágicas que poseían; no obstante, en Rumania, era casi como si hubiera renunciado a ella. Como si prefiriera estar la mayoría del tiempo sin su varita, algo que parecía confirmárselo el largo cuchillo que pendía de su cadera.
—Haremos una parada —anunció, empujando unas ramas y llevándolos a una despejada zona donde corría un pequeño arroyo de aguas tranquilas.
En el instante en el que Draco se inclinó para tomar agua del arroyo con la ayuda de sus manos, fue cuando Harry llegó a la conclusión de que ese hombre que estaba mirando, no era un Malfoy. Solo alguien extremadamente parecido a él. Es decir, ¿Draco Malfoy estando con un Weasley en Rumania, donde la vida era más muggle que mágica, si se obviaba a los dragones? ¿Draco bebiendo agua, sin una copa o con una extrema elegancia? Aunque, si era sincero consigo mismo, aquel gesto en Draco era distinto al de cualquier otra persona; Harry había bebido agua de esa manera y estaba seguro de que ni el más fuerte hechizo Confundus lo haría lucir así. Era incómodo admitirlo, pero un movimiento que parecía vulgar en la mayoría de las personas, en Draco era… hermoso; sobre todo porque su cabello, aún atado, caía de lado y rozaba sus mejillas sonrojadas. Y llegado a ese punto, Harry tenía que aceptar que, al parecer, sí era el Malfoy que conocía, porque ni siquiera cien años viviendo el mundo muggle le arrancarían la fina educación ni la cuna de oro en la que había nacido.
—¿Potter?
Harry carraspeó y desvió la mirada, intentando fingir que los últimos minutos no había estado comiéndose a Draco Malfoy con la mirada. Nervioso, se agachó en la orilla del arroyo y miró su reflejo, sin escuchar la conversación que había surgido entre Marietta y Malfoy. Después de todo, él solo estaba allí para protegerla, no para saber cada detalle del conteo.
—Si seguimos como hasta ahora, no tendremos problemas para localizar el nido.
Efectivamente, así fue. Media hora después, y gracias a unos omniculares, Harry se encontró mirando, a una prudente distancia y por primera vez en su vida, la manera en la que una dragona cuidaba tranquilamente de su nido. La temperatura, a diferencia de un rato antes, era tibia y relajante. Cuando la dragona abría sus fauces, el fuego que emergía no era agresivo, sino suave, similar al de las chimeneas. Además, los brillantes huevos se movían sutilmente, esperando a salir.
Marietta, a su lado, no paraba de tomar notas, hacer apuntes, señalar detalles y razas. A veces le preguntaba a Draco y este le respondía adecuadamente. Sorprendido, Harry se dio cuenta de que ella había comenzado a dibujar al dragón para poder identificarlo. Era muy buena en eso, sobre todo al captar tantos detalles que pasaban desapercibidos para un ojo inexperto como el de él. Sin duda, al elegirla, Hermione había hecho la elección correcta.
Pero, eso dejaba a Harry con la duda… ¿Acaso Hermione sabía que Draco estaba en Rumania?
—Son criaturas majestuosas —musitó Draco, llamando así la atención de Potter, quien volteó a verlo. Él no lo miraba, pero Harry sí observó la manera en la que sonreía sinceramente, fascinado por los dragones, pese haberlos visto quizás más veces que la mayoría de personas en su vida.
Sí, definitivament,e ese Draco era alguien completamente extraño. Aun así, Harry sonrió y asintió.
—Lo son.
Y quizás Draco también sonrió.
Autora al habla:
¡Buenas noches! Ahondamos un poco más en el trabajo de nuestros chicos. De alguna manera tienen que convivir, juajuajaua. Me gusta cómo conviven ellos, jajaja xD. Son dulces. Aunque aún tenemos que ver cómo continuará la participación de Harry en esta historia. o.O ¡Gracias por la paciencia!
Shades; jajajaja, se hace lo que se puede xD. ¡Muchas gracias!
Murtilla; ¡muchísimas gracias! ¡Besos!
¡Muchas gracias a Paulinafujoshi, Ying Fa Malfoy de Potter, Shades, AnataYume, xonyaa11, seremoon, Murtilla, coptesita y pamela197721 por sus reviews!
¡Muchas gracias por leer! ¡Os quiero!
