¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejo la aldea? ¿Días? ¿Semanas? ¿Meses?...si, habían pasado cuatro meses desde ese día.

Aun podía recordar la despedida que le habían dado. Casi todos sus amigos habían ido a las enormes puertas de Konoha para decirle un adiós, el equipo de Hinata le había regalado un kit nuevo de shuriken, el de Neji algunos pergaminos, y así toda clase de armamento que le fuera de utilidad fuera de la aldea. Era más que obvio que todos sabían que ella no volvería en años, tal vez por eso ninguno había querido faltar a su despedida, era eso, o todos pensaban que no regresaría porque moriría haya afuera protegiendo esa perla.

Después de que se había despedido del que había sido su sensei y su maestra-la cual le había enseñado a ser una gran descendiente de sanin- se había adentrado al bosque sin siquiera mirar atrás, si acaso alguien había puesto un poco de atención cuando ella partió, tal vez hubieran notado la única y ultima lagrima que esta había derramado ese día.

Después de eso el mundo continuo como si nada…cuatro largos meses habían pasado en su recorrido a buscar más fragmentos, meses en los cuales solo había podido conseguir uno más aparte del que le había dado Tsunade. Había recorrido la aldea de la lluvia, en la cual solo había estado algunos días, incluso se había dado el placer de ejercer un poco su profesión de medica ayudando a los aldeanos con una pequeña epidemia, sin embargo un fragmento más nunca encontró.

Se mentiría a ella misma si dijera que no comenzaba a desesperarse, por muy importante que fuera esa perla para que sus días no estuvieran contados, no podía evitar pensar en abortar la misión. En su estadía en la aldea de la lluvia había logrado investigar un poco acerca de la perla. Según lo que había encontrado en algunos pergaminos de la biblioteca, esa perla existía desde hacía más de quinientos años, había, según decía ahí, sido creada por la sacerdotisa Midoriko y después pertenecido a una sacerdotisa –la cual no tenía nombre-que era la protectora de ella, sin embargo esta había decidió quemarse con ella para así evitar que fuerzas oscuras se apoderaran de la perla.

Si se ponía a analizar todo aquello le parecía algo un poco imposible, según el pergamino en esa época solían existir los demonios, demonios que en su actual época no existían- al menos ella no consideraba demonios a los bijuu- pero bueno, en su mente no podía procesar aquella información. Después de ese día continuo con su recorrido por diferentes aldeas, desde la de la nube hasta la de la roca, y de la ropa a la de la estrella.

Sin embargo, una noche, su panorama de la situación había cambiado por completo.

Todo había sido un sueño más que obvio, un sueño donde ella misma no se podía reconocer, su mirada que antes había desprendido solo calidez y amor había cambiado por completo a una totalmente sangrienta y violenta. Su cuerpo y ropas incluso se veían un poco más cambiadas, había dejado el ridículo vestido rojo con su emblema Haruno para dar paso a un kimono de telas hermosas, colores rojo y negro se veían en el, con flores de cerezo bordados en delicados hilos de oro y unas zapatillas de pelea con un tacón un poco considerable. Sus ojos tenían un sutil delineado negro, así como una sombra que hacia contraste con sus jades ojos, sus labios de un rojo carmesí y un tenue sonrojo natural en sus mejillas.

Al haber bajado su mirada a sus manos, se había sorprendido de sobre manera al notar sus uñas de un largo que jamás en su vida había tenido, tenían formar larga y terminaban en una punta un tanto peligrosa, tenía la sensación de que solo bastaba un leve rose para causar una herida algo profunda.

Después de mirarse en el espejo-el cual había aparecido repentinamente- había salido de la habitación en la que al parecer había estado "viviendo". Al salir se dio cuenta de que no era cualquier lugar, las paredes eran de piedra, tal vez mármol o alguna roca exótica, había colores que en su vida había apreciado, y según lo que pudo notar al caminar por toda la casa, quien sea que hubiera sido la persona que vivía ahí, era alguien importante y con poder.

Sin embargo, por muy bonito el entorno que tuviera a su alrededor, no podía confiarse o bajar la guardia. Era un lugar que nunca había visto, la gente-la cual estaba como en un trance o un estado congelado- vestían ropas un tanto antiguas, peinados raros…y unas singulares orejas puntiagudas adornando sus cabezas y unas marcas adornando sus mejillas. ¿orejas? Si, eran orejas como la de los gatos o perros. Definitivamente aquello era un sueño, nadie, en toda su jodida vida tenía ese tipo de orejas o marcas, ni siquiera Kiba que era perteneciente a un clan dedicado a los perros, vale, tal vez las marcas si las tenía, pero estas eran a base de pintura roja, tampoco recordaba algún bijuu con semejantes características.

Solo era un sueño, o eso se decía al agitar su cabeza y tratar de no ver más a aquellas personas, pero al agitar su cabeza y tratar de enfocar su vista hacia adelante, el panorama había cambiado.

De la nada estaba ahora en un bosque, se encontraba en una zona un poco despejada, había un río cerca y se veía que había habido una pelea minutos antes ¿Cómo lo sabía? Había manchas de sangre y podía notar algunos cuerpos a lo lejos, pero lo que más había causado impresión en ella, era que sus manos, las que había visto segundos antes con un lindo manicure y una uñas inusualmente impecables…estaban cubiertas de sangre. Ella los había matado, había usado sus garras para herir a aquellos soldados que ahora yacían muertos a la distancia, por mucho que fuera un sueño no había podido evitar sentirse asqueada. Un sonido. Unas ramas quebrándose a unos pasos de ella habían sido suficiente para captar su atención y ponerse en posición de ataque, sin embargo al levantar su mirada, la sorprendida había sido ella. Frente a ella había otro espejo, sin embargo este era más grande y cubría todo lo largo del bosque. Fue realmente perturbador mirarse al espejo y verse a sí misma cubierta de sangre, pero tal vez eso fuera algo normal teniendo en cuenta que acababa de matar a aquellos hombres, lo que no había sido normal, lo que había sido lo más ¿escalofriante? Había sido verse a ella misma con un par de orejas puntiagudas, marcas en la cara, unos ojos rojos como la sangre y…y una media luna adornando su frente.

Sin siquiera pensarlo sus manos corrieron a tocar las orejas, era imposible, o al menos eso se decía. Jamás había tenido semejantes cosas en su cabeza ¿y las marcas? Por todos los dioses, por más que se había frotado con las mangas de su kimono estas no se habían desvanecido. Esos ojos, ni siquiera el Uchiha tenía unos así por mucho sharingan que tuviera activado. Eran permanentes, las orejas, las marcas, las uñas, los ojos, la luna…todo ¿Desde cuándo esa cosa estaba en su frente? Momentos antes no las había visto ¿acaso solo aparecía cuando peleaba? ¿Acaso era la causa de que hubiera matado a esas personas? ¿Desde cuándo, esos malditos ojos habían aparecido en ella?

No recordaba más, después de haber despertado había sido bañada en sudor y temblorosa. Haberse visto en ese estado y con esas características era dignas de un cuento de terror o un motivo para ser llevada a una celda por síntomas de alucinaciones. Pero de lo que estaba segura era de que lo que había visto antes de despertar, no había sido solo un sueño. Detrás de ella, o en frente-el maldito espejo en su sueño tenía la culpa de su confusión- al haber enfocado sus rasgados ojos a la distancia, había percibido dos sombras, unas más alta que otra. Al haber parpadeado un poco, había saltado de la sorpresa al haber tenido a Sasuke Uchiha frente a ella, alto, arrogante, con las mismas ropas que cuando lo vieron en la guarida de orochimaru y con esa estúpida media sonrisa plasmada en sus labios. De solo recordar le daban ganas de golpearse por no haberlo golpeado con toda su fuerza, de haberle borrado de su rostro esa maldita sonrisa y tal vez, muy en el fondo había deseado clavarle esas garras en su cuerpo pero ¿Qué la había detenido? Si el Uchiha no hubiera robado toda su atención-y pensamientos homicidas- hubiera reparado en el otro hombre que estaba frente a ella. Este era alto, un poco más que Sasuke, su piel era algo pálida pero sin superar la de sai, su cabello, el cual era hermoso y plateado llegaba más allá de sus rodillas o eso parecía. Poseía un hermoso kimono antiguo de diferentes colores, sin embargo al llegar a su rostro para examinarlo, es que su cuerpo se tensó y tal vez por eso despertó. Su rostro era hermoso, mentiría si dijera lo contrario, sus ojos eran de un hermoso oro líquido, su frente poseía según lo que alcanzaba a ver, una luna similar a la suya y sus mejillas eran adornadas por unas franjas moradas que dudaba fueran de pintura y su sonrisa…por todos los malditos dioses que existían, ni siquiera la del Uchiha era tan arrogante como esa, ni siquiera sus ojos desprendían tanto poder como lo hacía ese sujeto, ni siquiera, en esos momentos, Sasuke Uchiha era capaz de captar su atención como ese sujeto.

Después de eso todo de volvió blanco y ella despertó, por más que había logrado recordar a ese hombre todo había sido imposible, tal vez fuera un genjutsu o algo por el estilo, pero jamás volvió a soñar con él y de eso hace un mes.

Después de ese día había seguido con su viaje, había tenido muchos sueños más, todo teniendo que ver con diferentes lugares y situaciones. Jamás vio de nuevo al Uchiha en sueños ni mucho menos recuerdos.

Sin embargo, aunque nadie lo supiera ni se diera cuenta, ese mismo día y esa misma noche, un hombre había despertado casi en las mismas circunstancias que la pelirrosa, tal vez no tan alterado ni nervioso, pero si pensativo y confuso. No es que el fuera un soñador ni nada por el estilo, por favor, él no tenía tiempo para esas estupideces como soñar, y mucho menos con mujeres.

Pero ¿Quién era esa mujer? ¿Era humana? ¿Demonio? ¿La había visto alguna vez en su vida? En sus más de mil años jamás la había visto, de eso estaba seguro, jamás olvidaría semejante hembra. Pero sus ojos, jades, como unas piedras preciosas no se había podido sacar de su cabeza desde esa noche y tal vez…toda su vida.