Si Legend of Zelda fuera mío, haría un juego en donde Link se sacara la ropa para nadar.

¡Disfruten de la lectura! :)


...

II

La historia que todos conocemos: "El gran cataclismo"

No lo entiendo Impa, ¿por qué tuvo que ser a él? Zelda dirigió una mirada desconsolada a su aya.

Así es como estaba escrito, no podemos hacer nada en contra de eso —afirmó ella, sabiendo que la princesa le pedía su consuelo con los ojos.

Miró de soslayo a aquel que yacía al centro de la cámara de los sabios, provocando el aumento de su descontento.

Pero sigue siendo un mortal…

Ignoró la punzada en su pecho. Aquel mortal seguía siendo su salvación.

Meses habían transcurrido desde que Zelda abandonó el libro en la biblioteca. Desde entonces, había procurado mantenerse distraída de todos los pensamientos negativos y nefastos que se agolparon en su mente durante aquel periodo que se extendió algunas semanas. Ahora se veía un tanto más repuesta, más alegre, menos acongojada.

Zelda había retomado su vivacidad a través de esas cosas simples que tanto le gustaban y divertían, pues suponía que su mayor tristeza era el pensamiento en que llegaría la hora de perderlo y que probablemente no podría evitarlo, pero con el tiempo —y tras largas horas de meditación consigo misma— se dio cuenta de que era inútil sufrir cuando las cosas ni siquiera habían ocurrido. Por el momento, podía aprovecharlas, y siendo así el objetivo, procuraría cumplirlo de la mejor forma posible.

La princesa recobró la sonrisa a medida de que se llenaba de pequeñas experiencias que la nutrían, poquito a poquito, como las semillas cuando comienzan a brotar, como una flor que crecería hasta volverse inmarcesible.

Comenzó a hacer todas esas cosas que se dijo jamás se atrevería a hacer, pero ahí estaba, quebrando algunas reglas y llenándose de carcajadas mentales y regocijos. Nunca pensó que se le haría tan fácil, tan exquisito.

En aquel tiempo había gastado algunas travesuras a los sirvientes del castillo, había "jugado" a las escondidas con las criadas que venían a despertarla y prepararla para el día (aunque solo ella sabía que estaban jugando). Bromeó con su padre, las veces que podía, como en la cena por ejemplo, cuando estaban solos y no podían reprocharle su comportamiento, ¡incluso le había sacado algunas carcajadas a Impa! Hace tan poco lo había creído imposible.

Claro, no es como si Impa nunca sonriera, o estuviera con esa cara amenazante todo el día, todos los días. Hubo una ocasión en la que le preguntó a Cecile, la doncella que la asistía en las mañanas, respondiéndole lo siguiente:

"La señora Impa le tiene mucho cariño a usted, princesa, cada vez que la ve se le ilumina la mirada y sonríe, muchos acá creemos que usted es su alegría." Luego le acarició la mejilla y le dedicó una sonrisa afectuosa.

A Zelda le supo raro que representara un punto tan importante en la vida de su aya.

Volviendo a lo anterior, también había momentos en los cuales burlaba toda la vigilancia del castillo, escapaba de éste y se dirigía a la ciudadela. Su lugar favorito era el mercado, en donde siempre había un montón de gente. Zelda apreció lo divertida que le podían llegar a parecer las personas fuera del palacio, era tan vivaces en comparación al ambiente recatado y acendrado del castillo.

Durante el día siempre había personas bailando y riendo, divirtiéndose con las atracciones de algunos puestos y los seguidos espectáculos callejeros, gente haciendo malabares, algunos cantado o tocando algún instrumento con inefable maestría, a ella siempre terminaban por dejarle con la boca abierta. Cuanto disfrutaba verlo.

Con todas aquellas experiencias, su día a día fue tomando un nuevo sabor, se despertaba temprano, para ver el alba y como los rayos que traía, coloreaban el cielo, y procuraba mantenerse hasta tarde, para observar las estrellas en plenitud.

Pero al igual que todo, tiempo más tarde, este periodo tuvo un fin, que fue marcado por las pesadillas y constantes visiones que la atormentaban hasta el punto de hacerla gritar del terror y el pánico que le provocaban.

En estas, veía como unos nubarrones oscuros subyugaban la luz en Hyrule, los cuales tenían un poder inmenso, mucho más grande de lo que podría imaginarse, pero eso no era todo: en aquellos nubarrones, venidos desde el Oeste del país, podía verse un pequeño atisbo de energía dorada, lo cual hacía crecer más y más aquella oscuridad, luego todo se volvía negro y ella despertaba, con un nudo en la garganta, un grito ahogado y lágrimas asomándole por los ojos.

Las reminiscencias de aquella luz dorada fue lo que terminó por darle una nueva pista. En el libro se nombraba que el villano de la historia iba tras un poder especial, uno que lo haría triunfar en su cometido, pero nunca se hacía una mención específica sobre qué era.

Ahora Zelda veía todo más claro, quien sea que fuese, Din sabía, iba tras el poder dorado, el legado de la Diosas: la mismísima Trifuerza. Se contaba que ésta fue dejada por las deidades supremas tras la creación del mundo, representando su poder y que aquel que la poseyera haría realidad sus deseos.

La princesa se preguntó entonces las terribles consecuencias que traería que aquel poder cayera en manos enemigas, pero como en todas las cosas, la situación tenía dos caras. Ella también podría obtener la Trifuerza y con su poder vencer al enemigo, podía adelantarse a lo hechos antes de que las consecuencias fueran a mayores.

¿Pero cómo lo haría? ¿Dónde se supone que se encontraba la Trifuerza?

Aquella incógnita se presentó esa misma noche en la que había dado con la naturaleza de la luz dorada de su sueño. Siendo de madrugada Zelda no podía buscar respuesta en ese momento, pero siendo integrante de la familia real, supo que la información requerida estaba a su alcance, supuso que ni para su padre ni para algunos miembros cercanos y de confianza mucho menos, aun así: ¿quién le confiaría aquella información a ella, a una niña?

Se arropó más entre las mantas, lista para dormir de nuevo, sin que ninguna pesadilla la asaltara esta vez.

Zelda tendría que buscar por ella misma.


La mañana siguiente Impa vino a despertar a Zelda, un poco más tarde de lo acostumbrado, y traerle desayuno a su alcoba, era uno de esos mimos que su aya hacía de vez en cuando, en los momentos que sentía que su niña la necesitaba.

Por lo común, mientras comían compartían una charla, luego la bañaba, la vestía y le cepillaba el cabello. Como amaba cuando Impa la cepillaba y peinaba, ella siempre procuraba ser suave con ella.

Además, aprovechó la ocasión para contarle que su padre había partido de viaje hacia el Oeste con algunos de sus consejeros.

La princesa se asustó, que el rey viajara al Oeste, al desierto, no traería nada bueno, para nada bueno, algo dentro de si se lo decía a gritos.

Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza.

—¿Por qué allí, no se supone que las tribus del desierto estaban exiliadas, Impa?

—Así es, pero el nuevo gobernante de las gerudo parece querer entablar relaciones con Hyrule, desde hacia mucho que no teníamos contacto con los habitantes del desierto, y con el objetivo de evitar un nuevo conflicto su padre ha partido lo antes posible —dijo Impa serena, untándole mermelada de durazno a una tostada—. Daphnes se veía bastante interesado con lo que tuviera que decirle el Rey de las gerudo.

A Zelda se le hacían raras esas veces en las que llamaba a su padre por su nombre, entre ambos se tendrían mucho respeto, pero se conocían desde hace mucho, mucho tiempo.

—Impa, ¿tú sabes cómo es él?

—Para nada —y le dio un mordisco a su pan.

El tema de conversación le había quitado el apetito a Zelda, estaba nerviosa y temía que Impa terminara por notarlo, pero el ver a su aya comer le recordó que había dejado su porción a la mitad y los rugidos de su estómago volvieron, de verdad tenía hambre.

Impa rió disimuladamente ante el hecho, tratando de no derramar su taza de té.

Recordó el objetivo de aquel día, con su padre y parte del consejo fuera era un buen momento para buscar respuestas, Impa podía dárselas en ese momento con la mayor de las discreciones.

Además, no quería pasarse por la biblioteca, desde que dejó el libro en su estantería procuraba no pasarse seguido por ahí, la voz estaba cerca, su presencia era igual que una ráfaga gélida cuya temperatura le calaba los huesos, seguida de unas risitas burlonas.

Zelda no sabía si molestarse o temerle.

Se concentró en Impa, estaba calmada e inmutable, como siempre, supuso que no sería un mal momento para preguntar.

—Impa —dijo, esperando que esta la mirara—. ¿Sabes dónde se encuentra el poder dorado?


Tres semanas después de aquello, llegó su padre. Éste cruzó la entrada del palacio carcajeándose junto a algunos miembros del consejo, al parecer le había ido bien. Suspiró de alivio, tal vez estaba siendo demasiado paranoica.

En cuanto el rey reparó en ella, su risa comenzó a apagarse, siendo sustituida por una sonrisa afectuosa.

—Mi querida Zelda, ¿cómo has estado, te portaste bien? —Y la sostuvo en brazos, como pocas veces.

—Claro que sí —la princesa frunció el ceño levemente, afirmándose más del cuello de su padre. Un par de travesuras no era necesariamente "portarse mal".

El rey le sonrió de nuevo y soltó una risa.

—Bien, ahora, lo que quería preguntarte —Introdujo, directamente y sin preámbulos—. ¿Qué te gustaría para tu cumpleaños?

Zelda lo había olvidado completamente, entre su octavo cumpleaños y el encuentro del libro habían trascurrido cuatro meses y una cuantas semanas, y desde que lo abandonó en su estante, los restantes, actualmente faltaba un poco más de un mes para el noveno.

No supo que responderle, de verdad no sabía, nunca tuvo afición por las cosas materiales.

—¿Qué te parece hacer la celebración a puertas abiertas? —Ladeó su cabeza, no estaba muy segura de que su petición fuera concedida.

Daphnes la miró un poco perplejo y luego volvió a sonreírle.

—No hay ningún problema si es eso lo que quieres. Mandaré a colgar algunos afiches en la ciudadela y a arreglar el salón de baile.


La primera vez que Zelda vio a Gannondorf fue en su cumpleaños, acompañado de su padre y unas cuantas guerreras gerudo, entre ellas Nabooru, sabia del espíritu, aunque la princesa aún estaba muy lejos de saberlo.

Antes de eso había estado acompañada de Impa, quien extrañamente se había arreglado para la ocasión, cambiando su atuendo y hasta soltándose el cabello, todo un suceso.

Entonces lo vio, con una copa de vino tinto en la mano y riendo a carcajadas, fuertes y muy sonoras, profundas, que golpeteaban sus tímpanos. El rey, quien lo acompañaba, reparó en su presencia y le hizo un ademán con la mano para que se acercara.

Zelda tuvo que hacer un esfuerzo enorme para no tambalearse mientras caminaba. La sensación en su pecho era la misma de sus pesadillas, cuando veía aquellos nubarrones.

—Vamos Zelda, ven. Quiero presentarte a alguien.

Gannondorf la miró, formando una mueca similar a una sonrisa, tal vez, en el fondo, ninguno de los dos se desconocía del todo. La princesa lo miró seria, no demostraría que por dentro se estaba muriendo del miedo y temblaba como una vela al viento apunto de apagarse.

—Este señor que vez acá es Gannondorf, Rey de las Gerudo, gracias a este hombre habrá paz entre nosotros y los pueblos del desierto.

Carraspeó un poco, ligeramente para que no resultara muy audible, no quería parecer mal educada, así que, a regañadientes lo saludó.

—Es un gusto conocerle, señor —dijo escueta. El hombre frente a ella la observó con un leve dejo de soberbia.

—Igualmente, princesa —le dijo con su voz grave y profunda, al igual que sus carcajadas, el tono de voz de aquellos que no tienen que decir mucho para intimidarte. Le dedicó nuevamente una de sus sonrisas chuecas, lo que fuera que quisiera demostrar no llegaba a sus ojos, más bien, la miraba al igual que un animal acechando a su presa.

Supo que el tiempo se le estaba agotando, si realmente quería evitar algo debería hablar.

Ese hombre era, él era esos nubarrones oscuros que subyugarían la luz en Hyrule. Debía advertirle a su padre, debía saber que no era de confiar, que esperaría el mejor momento para apuñalarle por la espalda.

Recordó entonces los sucesos del libro, era urgente que lo hiciera entrar en razón sino…Diosas…Diosas.

—Papá —se molestó consigo misma por hablar con un tono tan intimidado—, ¿podemos hablar un momento?

Daphnes se disculpó, diciendo que volvería en breve, y caminó hasta los jardines junto a su hija, a petición de ella.

—Te noto extraña Zelda. ¿Te sucede algo? ¿No te gusta la fiesta?

Zelda negó enérgicamente con la cabeza, claro que le gustaba, la gente de la ciudadela había alegrado mucho las cosas. Habían algunos que incluso se dieron cuenta que la niña que se paseaba por el mercado y jugaba con tanta maestría en el puesto de tiro al blanco, no era nada menos que la Princesa Zelda, heredera al trono.

—¿Entonces? —Daphnes comenzaba a preocuparse, sabía de boca de Impa que la princesa se estaba comportando fuera de lo común desde hace algún tiempo.

—No creo que deberías confiar tanto en ese hombre. Créeme, tiene malas intenciones, aquello que te muestra es solo una máscara, papá.

—Tú sabes muy bien que formar una alianza será muy beneficioso para todos, sobre todo para ti, no quiero que algo como la Guerra Civil vuelva a repetirse por culpa de un descuido, o de algún comportamiento hostil como el que tú tienes —dijo serio, Zelda se percató que estaba comenzando a enfadarse, aunque no se notara a simple vista.

Zelda sabía muy bien que la anterior monarca había fallecido durante la guerra.

¿Cómo explicarle que ella ya conocía lo que sucedería? ¿Cómo hacerle saber que si no lo alejaba de él…?

…No se atrevía ni a pensarlo.

—Papá, he tenido sueños en los cuales un futuro aterrador acecha a Hyrule y creo que ese hombre es quien cometerá tales crímenes contra la paz, ¡eso es solo una fachada!

—¡Ya basta, no tenemos nada que discutir! Acabas de conocerlo y estás inventándome todo esto solo porque no te agrada, no puedes ser tan egoísta —dijo y luego se retiró.

Zelda agachó la mirada y cerró los puños con fuerza, esta vez sí tuvo que reprimir las ganas de llorar.


Llegada la noche del primer día de primavera, un día después de su cumpleaños, el último día de invierno, soñó de nuevo, con algo distinto.

En éste veía a un hombre surgir desde las planicies del desierto, quien sumergía a Hyrule en nubes oscuras y, de entre la oscuridad, surgía la salvación en forma de un muchacho guiado por un hada, venido del bosque y con una piedra verde en la mano.

La princesa se despertó con una sensación distinta en el pecho, esta vez no sentía miedo, más bien la embargaba un sentimiento cálido y extraño que no conocía.

Zelda sabía quien era aquel que aparecía, quien sino el héroe. Se sintió embriagada de una sensación de felicidad tan inmensa, su aparición cambiaba mucho las cosas.

Si encontraba al tal héroe elegido, los hechos de verdad podrían cambiar, la historia podía dar un giro tremendo, podía reescribirla.

Ahora, ¿dónde se supone que estaba el tal héroe?

Zelda se enfurruñó consigo misma, no podía mandar a un regimiento a buscarlo, la tacharían de loca y buscarlo ella misma tampoco le era posible.

Con frustración agarró una almohada y la colocó sobre su cara, estrujándola, ni modo, la almohada era demasiado suave como para que la presión fuera lo suficientemente opresora.

Suspiró, ¿cuándo se supone que debía de aparecer, acaso debía esperarlo hasta el momento que todo fuera demasiado tarde?

Recordó a la voz entonces, ésta le había advertido, eso significaba que tal vez supiera algo más que ella no, algo más que no se relataba en el libro.

Tragó saliva, esto sería difícil: hablar con la voz y hacer que le contara todo.


Se dirigió a la biblioteca una vez acabadas sus clases, esta vez no ocupó su tan exitosa estrategia, pues quería retrasar el hecho lo más que pudiera, en cambio, había hablado y contradicho todo lo que se le diera la gana, al final, sus clases terminaron mucho más tarde de lo normal y había fastidiado a los maestros.

Ahora recorría los pasillos, con paso pesaroso y acongojado, como quien no quiere la cosa.

—Oye, voz, sé que estás ahí, sabes muy bien que puedo sentirte —y le silbó como alguien llamando a un perro, la biblioteca a esa hora estaba desolada, así que podía permitirse bromear a sus anchas, si alguien la viera pensaría que de verdad estaba loca—. ¡Voz!

Su objetivo: molestar a la voz, al igual que ésta con sus risitas burlescas.

—Voz, sal de donde sea que estés, estás bien cerca, ahora sé que no tienes por qué mantenerte en un solo lugar —continuó silbando.

—Princesa Zelda, me asombran bastante sus habilidades perceptivas —escuchó a sus espaldas, Zelda se volteó y se sentó en el piso cruzando las piernas, en la misma posición en la que Impa se colocaba para meditar—. ¿Acaso usted quiere algo de mí?

—Claro que sí, no he venido aquí a perder el tiempo contigo —dijo ruda, apoyando la cabeza en su mano. La voz rió, le pareció gracioso que quisiera hacerse la matona teniendo una voz tan dulce, parecía igual que un crío caprichoso.

—Bien, ¿qué quieres? —Se posó a su lado, Zelda sintió que el frío de su cercanía la embargaba y le bajaba por el cuello lentamente.

—¿Tú qué sabes de todo esto? De la Leyenda, del libro, del héroe

—¿Qué acaso ahora vas a hacerme caso? —Respondió, fastidiado.

—Mira, ya sé que todo lo que leí sucederá, pero…

—No puedes evitar nada, si eso es lo que quieres saber —afirmó tajante, con su tono lúgubre de siempre, Zelda sintió como se guardaba una risotada macabra en la garganta, o en lo que sea que tuviese—. Por cierto, ese hombre, Gannondorf, de él sí deberás cuidarte.

—¡Eso ya lo sé, lo sé hace bastante, es horrible! —Exclamó llevándose las manos a las sienes.

—Yo te advertí, hubieran sido mucho mejor las cosas si no hubieras sabido nada —la última palabra la escupió, esta vez la voz si estaba molesta.

—¿Qué hay del héroe, sabes algo de él? —Esta vez la voz volvió a reír, nombrarlo al parecer le había devuelto el ánimo.

—Je, no tienes idea, yo sí sé de eso —comenzó—. ¿Qué se supone que quieres de él?

—Encontrarlo.

—No, no se puede, debes esperarlo, además, aunque no lo hicieras él igual terminaría por encontrarte.

Tal vez el héroe también estaba buscándola, tan desesperadamente como ella.

—Oye, pero…con él, es decir…¿Puedo…?

—Sí, su caso es distinto, me agradas, princesa, pero has de saber que te meterás en un gran lío. Niña, las estás desafiando. —Zelda no supo si lo decía en serio, su tono cargado de sarcasmo se lo impedía—. Creo que a estas alturas no tengo que explicarte que es la Ocarina del tiempo y para qué sirve, ¿no?

—No.

—Bien, escúchame atentamente y esta vez no se te ocurra desobedecerme, ¿estás lista para jugar con el tiempo, princesa?

—Sí, estoy lista —la miró, algo había cambiado en sus ojos, algo que casi lo hizo arrepentirse.

Casi.


A diferencia de su anterior experiencia, conocer a Link fue totalmente distinto.

Verlo fue igual que ver a un amigo del cual no sabía desde hace mucho, mucho tiempo, aunque era la primera vez que Zelda veía a alguien así: cabello rubio, ojos sorprendentemente azules, vestido de verde y acompañado de un hada, al igual que los kokiris, la tribu del bosque.

Zelda lo supo con solo un vistazo, Link era el héroe elegido.

A la princesa la embargó un sentimiento cálido que nació desde su corazón y se expandió por su cuerpo con la sutileza de un hada que se posa sobre las flores, se sintió completa, como si todo lo que hubiera buscado alguna vez estuviera ahí, sosegada, protegida, y eso que hasta entonces el pobre muchacho no había dicho nada aún.

¿Acaso se sentiría igual que ella? Probablemente aún no había salido de su estupor.

Se regañó a si misma, este no era el momento para pensar en cosas así, lo más lógico en el asunto era preguntarse cómo había llegado hasta aquí.

Bofetada mental, ella por experiencia sabía lo simple que resultaba burlar a los guardias.

Entonces, si él era tal héroe, entonces debería tener la esmeralda Kokiri, la piedra que apareció en su sueño.

—Dime, ¿no tendrás por casualidad la piedra espiritual del bosque, verdad?

Se limitó a asentir con la cabeza, quizás demasiado cohibido con la presencia de la princesa como para responderle con palabras.

La verdad es que Link había llegado hasta el lugar sin tener un plan siquiera, su objetivo estaba tan plantado en su mente que supuso que sabría que hacer en cuanto lo consiguiera, pero no tenía ni idea de como plantear una conversación con la princesa respecto a todo lo que el Árbol Deku le contó en el bosque. Agradecía enormemente que ella supiera hasta donde se dirigía el asunto.

—¡Que bien, justo como pensaba! —Zelda sonrió como no lo había hecho desde hace mucho, al verla, Link creyó no haber visto una sonrisa más bonita como la de ella.

Viendo la situación, Zelda le contó con lo que había estado soñando desde hacía tiempo, con la mayor delicadeza posible, ella conocía su destino, y con el tiempo comenzaba a aceptarlo, en ella había nacido una disposición que poco a poco disipaba su cobardía, pero ¿y Link, estaba preparado para tal carga?

—Supe que ese sueño era una profecía sobre las cosas que sucederían, pienso que tú eres aquel que ha de venir.

No hubo gran sorpresa visible a los ojos de la princesa, quizá Link ya sabía algo.

—¡Que torpe soy, ni siquiera me he presentado! Soy Zelda, princesa de Hyrule —Link también sabía eso, el árbol Deku le había dicho que tenía que ir a ver a la princesa Zelda y ella le explicaría todo, pero sería más fácil si ella fuera más al grano.

Sospechó entonces, a diferencia de él, Zelda no parecía confundida, menos aún sorprendida o ignorante por lo que estaba a punto de contarle, más bien, parecía alguien que conocía los sucesos y los comprobaba, viendo que todo estuviera en orden, que las cosas transcurrieran de esa forma.

—Perdóname, ¿cómo te llamas?

—Link —dijo, con voz su voz de niño. Zelda pensó que le quedaba bien ese nombre, y lo más extraño, se le hacía familiar, muy familiar, a pesar que era la primera vez que lo escuchaba, estaba segura de eso.

Link no estaba asustado, tampoco sentía timidez, más bien se sentía confiado ante la princesa, como si la viniera conociendo de toda la vida.

—Bien Link, te contaré el secreto de la familia real, pero prométeme que no se lo contarás a nadie —Link asintió, y siendo así, se dispuso a hablar.

Comenzó por contarle del momento en que las tres diosas dejaron la trifuerza en el mundo, que más tarde fue resguardada por los sabios en el Templo del Tiempo para protegerla de la oscuridad.

—El Templo del Tiempo es la entrada al Reino Sagrado desde nuestro mundo, siendo sellada por el Portal del Tiempo —hizo una pausa, se le estaba haciendo especialmente difícil hablar del asunto—. La Trifuerza tiene el poder de conceder un deseo a aquel que la obtenga, se profetizó que si alguien de corazón puro pide un deseo llevará a Hyrule a una edad de prosperidad, en cambio, si alguien malvado que da rienda suelta a sus deseos la obtiene, llevará al mundo a una era de caos y oscuridad. Link, nuestro deber es proteger la Trifuerza de aquel que la desea. Por favor, acércate a la ventana.

Lo que la princesa le contaba era una especie de continuación de la historia que el árbol Deku le contó, pero ignoró el hecho, Zelda se había colocado de lado para que el pudiera observar por la ventana.

Desde ahí pudo verlo, era un hombre alto, muy alto, vestía de forma extraña. Al muchacho lo invadió el mismo sentimiento que a Zelda en su momento, ese hombre le causaba temor.

El hombre lo miró, Link sintió como un escalofrío lo recorría.

—Ese es Gannondorf, líder de las Gerudo, él ha jurado lealtad a mi padre, el rey, pero sé que sus intenciones no son buenas —le dijo la princesa a su lado, con voz queda— Él planea hacerse con la Trifuerza, y es capaz de destruir al mundo con tal de obtenerla, Link.

Esta vez él sintió algo nuevo, algo que nunca había sentido, la sensación del coraje lo invadió, estaba dispuesto a hacerle frente a Gannondorf, dispuesto a hacer lo que Zelda le pidiese para evitarlo.

—Juntos podemos salvar este mundo —Zelda lo miró esperanzada, Link no tenía ni idea de que concepción tuviera de él la princesa, pero en ese momento sintió que ella dependía inmensamente de él.

Link le sonrió, era la primera vez en todo este tiempo que él le sonreía, el hada a su lado también parecía contenta, como si la sonrisa del chiquillo representara la suya propia.

—Bien entonces, salvemos este mundo juntos, Zelda.

Y ella le devolvió la sonrisa.


Algunas semanas habían transcurrido desde el encuentro, ahora Link se dirigía una vez más junto a Navi, su hada guardiana, al Castillo de Hyrule, a informarle a Zelda que había conseguido la última piedra espiritual: el zafiro Zora.

La Princesa Ruto, quien se lo había entregado había dicho que, para su raza, la piedra era un símbolo de compromiso, por lo tanto, Link ahora estaba comprometido. No entendía muy bien que significaba eso y Navi tampoco se lo había querido explicar, al parecer el asunto le causaba gracia. Aún así, tenía la piedra y eso era lo único que importaba, Zelda se pondría muy contenta cuando lo supiera.

Durante ese periodo había ido a ver a la princesa entre la búsqueda de piedra en piedra, tanto para informarle como darse un respiro del viaje, recorrer Hyrule a pie no era precisamente muy cómodo ni rápido, era demasiado agotador. Después de esforzarse tanto, Link creía que lo tenía más que merecido y Zelda lo había acogido en el palacio un par de días de buena gana, en secreto, y con algo de ayuda de Impa.

En aquella ocasión había tenido la oportunidad de dormir en una de las habitaciones del castillo, descansar adecuadamente, curar sus heridas, alimentarse y proveerse de provisiones para marchar de nuevo a la búsqueda, y por supuesto, pasar el rato con Zelda.

Tenía entendido que esos días la princesa había suspendido sus estudios con tal de hacerle compañía, habían jugado toda la tarde en los jardines del castillo y cuando no había nada más por recorrer, ni lugares que explorar, Zelda le propuso salir a la ciudadela, claro, con la sheikah vigilándolos a la distancia, aunque ninguno de los dos llegó a darse cuenta nunca.

En esos días había aprendido algo más de Zelda, algo más allá de la apariencia solemne que le había mostrado el día que se conocieron, y es que ella era tan risueña y traviesa como cualquier niña o niño a su edad, por muy princesa que fuera, por mucho que la hubieran educado, que la hubieran limitado.

Link no entendía de títulos nobiliarios, ni de diferencias entre escalas sociales, ni nada más allá del trato que debía darle a alguien como ella, a alguien de la realeza. Por eso Zelda siempre se terminaba enamorando de Link, porque sabía que él no veía a una princesa, ni a una niña bonita, solo a su querida amiga Zelda. Por eso Link siempre terminaba enamorándose de Zelda, porque ella no veía al héroe en que se convertiría, ni a un niño kokiri, solo a su querido amigo Link.

Y es que tal vez era muy pronto para decirlo, pero Link se había comenzado a enamorar de Zelda, otra vez, como en sus vidas anteriores, aunque él aún no lo sabía, no lo entendía.

—Oye, Link, apúrate ¿sí? —Le dijo Navi, saliendo desde su gorro—. Está comenzando a anochecer y es peligroso que te quedes acá de noche.

—Ya lo sé, Navi —le reprochó, hastiado—, estoy cansado, no puedo ir más rápido, me la pase todo el día dentro de Jabu-Jabu —dijo Link para luego bostezar.

—Vamos, no fue para tanto.

- ¿Cómo qué no? ¡Te pasaste la mitad del camino durmiendo! —Navi rió, posando sobre una de las orejas del "kokiri". A decir verdad, Navi dormía mucho, y eso era decir bastante para alguien como Link.

—Vamos, la ciudadela ya está cerca —lo animó la hada, al niño el pensamiento lo reconfortó un poco, estaba agotado y quería ver a Zelda.

Miró las nubes, el ambiente estaba extraño, pesado incluso, hace poco lo que parecía ser un día cálido y soleado lo habían ocultado las nubes hasta volver al cielo gris y monótono. La fuerza del viento aumentó, las ráfagas azotaban su rostro al igual que una caricia helada.

—Sí, ya falta poco.


Zelda ahogó un grito y se agachó colocando sus manos sobre su nuca y apretando tanto los ojos como su mandíbula, los escombros caían sobre la sala del trono al igual que gotas de lluvia.

Gannondorf sin previo aviso había dado inicio al golpe de estado, comenzando por el Castillo de Hyrule. Cuando menos Zelda lo esperaba, ya todo estaba rodeado de monstruos invocados por el gerudo, provocando el caos y dando inicio a la masacre.

La estrategia había sido sencilla, pero efectiva, los enemigos habían ocupado parcialmente los pisos de abajo y las torres más altas estaban custodiadas una especie de demonios aéreos que nunca había visto en su vida.

Ahora mismo ella, Impa y el rey estaban acorralados en la sala del trono, mientras los soldados trataban de defenderlos inútilmente, eran demasiados, lo cual provocó grandes bajas en muy poco tiempo.

Impa la tomó con uno de sus brazos, mientras que con el otro sostenía una daga, estaba dispuesta a intercambiar la vida de cualquier con tal de protegerla a ella, a su niña, la hija que nunca tuvo ni tendría.

Daphnes no se quedaba atrás, en el poco tiempo que tuvo para prepararse se armó lo suficiente como para resistir el tiempo necesario, pero al rey los tiempos de paz le estaban pesando más que nunca, se había descuidado, tanto en sus habilidades para la defensa personal como en su estado físico.

Gannondorf no tardó en hacer su aparición, aniquilando en segundos a los pocos soldados que seguían en pie a consta de grandes esfuerzos, solo restaban los esbirros del rey de las gerudo.

No gastó saliva para comenzar a dar el golpe definitivo, la lucha entre reyes había comenzado en lo que una barrera se había interpuesto entre Impa y el rey. Dejó a Zelda en el suelo, quien estaba demasiado ida como para hacer algo, intentaría romper la barrera para ayudarlo, pero en cuanto dio el primer golpe fue repelida por ésta, haciéndola chocar con la pared más cercana.

El rey se distrajo, miró a Impa y luego a Zelda, acuclillada en el suelo con las lágrimas a punto de escapársele, se le veía tan minúscula, tan indefensa. Ya no le quedaba más que esperar su fin, los cortos, pequeños, pero profundos cortes estaban haciendo que se desangrara lentamente, sentía como las fuerzas se le iban, las piernas le flaqueaban, al poco rato comenzó a ver doble, los reflejos le estaban fallando, la vida se le escapaba.

Definitivamente, no había nada más que hacer, solo esperar que Zelda fuera fuerte y tomara las decisiones correctas.

Gannondorf miró a los ojos su presa sin contener su arrogancia, extasiado por la sensación de superioridad, de poder, esa misma noche, Hyrule entero caería a sus pies.

—Que tonto eres Daphnes, debiste haberle hecho caso a tu mocosa —le dijo carcajeándose, asestándole un nuevo golpe en abdomen con el mango de su espada que lo hizo retroceder varios pasos.

El rey miró a su hija por última vez y le sonrió, "Se fuerte y lucha", le dijo con el pensamiento. Impa se recuperaba del golpe que había sufrido cuando la barrera la repelió, tenía un efecto paralizante para aquel que la tocara.

—¡Cuida a Zelda! —Y aquello fue lo último que salió de sus labios, Gannondorf había aprovechado la oportunidad, decapitándolo en el acto, la cabeza de Daphnes Nohansen, rey de Hyrule, cayó al piso rebotando y luego rodando hasta chocar con la barrera, que no tuvo ningún efecto ante la carne inerte.

Zelda reaccionó, apretándose el estómago con las manos, reteniendo las ganas de vomitar y de llorar, inclinando su espalda hasta que su cabeza topó con sus muslos, se mordió la lengua, debía ser fuerte, no se mostraría así ante él, no ante Gannondorf.

Papá…Diosas, Diosas…

El gerudo se carcajeó con fuerza ante su victoria, demasiado extasiado como para pensar con coherencia, el que las cosas le resultaran tan simples lo volvió descuidado, estaba demasiado confiado. Impa al ver la oportunidad actuó rápido, corrió hasta Zelda, la tomó en brazos y haciendo gala de sus habilidades sheikah se tele transportó junto a ella a las caballerizas, para escapar lo más pronto posible.

Montaron lo más rápido posible, Impa gritaba órdenes a todo pulmón mientras que los soldados luchaban para mantener a raya al enemigo mientras las puertas se abrían y ellas cabalgaban a velocidad de infarto.

Esa misma noche, la princesa de Hyrule desaparecía, y no volvería a ser vista hasta siete años en el futuro.


Espero que hayan pasado unas felices fiestas. :)

Originalmente este capitulo iba a tener una mayor extensión, pues incluiría unas tantas escenas más y en la escena final pondría un encuentro entre Sheik y Link, pero si lo hubiera puesto acá de verdad hubiera quedado un capitulo muy extenso. Quizás a más de alguno le haya resultado así, no necesariamente por ser así en si mismo, sino más bien por el contenido. Al final, he puesto una escena un tanto más...intensa para el final, espero les haya agradado.

La escena que les digo de todas formas irá para el siguiente, sinceramente me gusta mucho, digamos que simplemente es bastante linda. n.n

A decir verdad, disfrute bastante escribir este capitulo, y espero que a ustedes les haya gustado tanto como a mi. A la hora de editarlo incluí varias cosas que al principio ni se me pasaron en mente, entre esas la platica con la voz.

Por cierto, ¿Alguien se la ha imaginado algunas vez? xD Yo ya lo he hecho, pero me interesa saber como la ven ustedes, espero saberlo en los comentarios. :)

¡Gracias por leer, nos vemos en el siguiente!