Estaba completamente empapado por la lluvia que caía. Podía notar como las gotas de agua que resbalaban por mi cuerpo adquirían un tono rosado. Estaba sangrando pero no me importaba en lo más mínimo. No sentía nada. Tal vez los idiotas que me hicieron estas heridas me habían dejado por muerto y habían salido corriendo para que no los atraparan.

Quería levantarme pero no lo hacía, estaba esperándola a ella a que viniera a recogerme y me regañara por meterme en una pelea como siempre. Sabía que era estúpido esperarla, especialmente porque sabía que ella había desaparecido y jamás volvería. Mi padre se había encargado de que no regresara nunca más por mí. Debía acostumbrarme al hecho de que no importa en cuantas peleas me meta o cuantas veces termine sangrándome en el mismo callejo ella no vendrá a reprocharme el hecho de que me comporte de forma tan inmadura.

Dejo de sentir las gotas de lluvia cayendo sobre mi piel. Alguien se encuentra enfrente de mí. Miro sus zapatos, son de mujer. Sonrió levemente. "Ella vino por mí." Pienso en mi subconsciente. Levanto la mirada esperando encontrarme con hermosos ojos zafiro pero me encuentro con ojos color chocolate. "No es ella, ella ya no volverá." Me reprocho mi ilusa esperanza.

-Len, hijo, ¿te encuentras bien?- Pregunta Mika, la esposa de mi padre.

-Me encuentro perfectamente. ¿Acaso no se nota?- Contesto en tono sarcástico. Ella no es una mala persona, simplemente no es "Ella". Simplemente no es la persona que estaba esperando.

-Vamos cariño. Te llevare a la casa a curarte las heridas.- Ella siempre tenía una mirada amorosa cuando me hablaba. Pero nunca le correspondía el cariño. Ella no era mi madre y tampoco era "Ella".

-Puedo hacerlo solo.- Digo mientras me levanto ignorando el punzante dolor que envolvía todo mi cuerpo.

-Pero…- No la dejo terminar. He comenzado a caminar y la estoy dejando atrás. No quiero escucharla.

-¡Len!- La escucho llamarme pero la ignoro.

-Len, despierta.- Sonrió levemente. Amo cuando mi mente me juega trucos y comienzo a escuchar la voz de "Ella" y no la de la persona que me está llamando.

-Len, despierta cabeza hueca.- Pero esto no es un truco de mi mente. Esta es su voz.

Abro levemente mis ojos. Al inicio no puedo distinguir nada por culpo de la luz del día que me está segando. Al cabo de unos segundos puedo distinguir que me encuentro con mi cabeza reposando en una cama con sábanas blancas. Siento el tacto cálido de "Ella" mientras acaricia mi cabeza con ternura. Levanto mi cabeza lentamente de cama. Ahora entiendo por qué me duele todo mi cuerpo. Estúpida silla. Pero eso no importa en este momento. Ya que ahí está "Ella" vestida en una bata de hospital. Ya el mundo no existe, ya nada es real lo único real para mi ahora son sus hermosos ojos zafiro que me observan con ternura. Podía notar que se encontraba cansada, se encontraba más delgada que la chica que yo recuerdo.

-¿Acaso no tienes una casa y una cama en donde dormir, en vez de estar invadiendo mi cama con tu pesada cabeza?- Definitivamente es "Ella".

-Claro que sí. Pero tu cama es más cómoda que la que tengo en mi casa.- Contesto con el mismo tono de burla que el de ella.

-¿De verdad prefieres estar durmiendo en una silla dura de un hospital?- Pregunta con tono sarcástico.

-Claro. Al menos si duermo en esta silla tu estas a mi lado. Eso es algo que no se puede en mi casa.- Sonrió con ternura al ver su leve sonrojo.

-Pues a mí me molesta que estés aquí poniendo tu pesada y grande cabeza en mi cama.- Me rio suavemente de su comentario.

-Yo sé que te gusta que este aquí.- Cierro mis ojos mientras le doy un sutil beso en su mano y recuesto mi cabeza en su regazo. Estar junto a ella es mi pequeño paraíso.- ¿Sabes? Aunque tenga que dormir en esta incomoda silla ciento que estoy durmiendo en una nueve de algodón por el simple hecho de que siento tu presencia, mocosa.

-¡¿Mocosa?! Ya no soy una mocosa imbécil.- Sé que está haciendo un pequeño puchero.

-Lo sé. Eso note al ver que por fin te crecieron la tetas.- Ella me golpea con todas sus fuerzas en la cabeza. Pero no me duele, solo me entristece que su golpe no me doliera para nada. Está perdiendo su fuerza.

-Maldito pervertido de mierda.- Aun con sus insultos me siento en paz a su lado.

-Si eso fue lo que te gusto de mí, mocosa con tetas.- Ella vuelve a golpearme con todas sus fuerzas pero otra vez no lo siento. Quiero llorar pero debo de ser fuerte por ella.- ¿Te puedo decir algo?- No contesta. Tomo su silencio como un si.- Te luce los gorros de lana, mocosa.

-Cállate. La única razón por la cual tengo que usar este estúpido gorro es porque me estoy muriendo. ¿Cómo es posible que se me mire bien cuando parezco un cadáver?- Puedo distinguir la tristeza en su voz. Es como una daga para mi corazón.

-Tú no te morirás, estúpida. Vivirás hasta los doscientos años haciendo mi vida imposible.- Levanto mi cabeza de su regazo para ver su hermoso rostro. Mi corazón se encoge. Su hermoso rostro se encuentra empapado por sus lágrimas.

-No hay nada que quiera más que vivir un largo tiempo mientras hago tu vida imposible, pero eso nunca pasara.- Con mis pulgares limpio las lágrimas de su mejilla.

-Si pasara. Deja de ser tan pesimista, Rin.- Sonrió levemente.- Te apuesto a que le patearas el culo al cáncer. Si gano me dejaras ponerle el nombre a nuestro primer hijo.

-¿Qué pasa si no es así? ¿Qué pasa si pierdes la apuesta?- Sigue llorando a mares.

-Entonces, si pierdo yo me iré contigo.- La beso con gentileza. Tengo miedo. Tengo miedo a perder la apuesta. No quiero perder a mi Rin ahora que la volví a encontrar.