Como ya saben los personajes no me pertenecen la historia si.
Capítulo XIV.-
Recipiente.
El mes de febrero llegaba a su fin, y con ello comenzaba la primavera. Isabella llevaba casi seis meses en el campo, tiempo durante el cual, había vivido y sido testigo de vejaciones, humillaciones, hambre, muerte, demasiadas cosas para intentar olvidar. Pero la mente humana, es un arma privilegiada al momento de enfrentar las adversidades, entregando herramientas tales como la adaptación e Isabella se adaptaba con rapidez, tenía eso a su favor.
Adaptarse a una rutina diaria era el primer paso en un escalón, cuya meta final era la supervivencia, dejar de pensar y sentir, eran la siguiente, de esa forma solo se vivía, se llenaban los pulmones de aire y se seguía respirando, Bella estaba en esa fase, como invernando, a la espera de que todo cambiase. De que el mundo siguiese girando y por esas cosas de la vida ella superara con éxito esa prueba, para volverá sentir y pensar, reír y amar.
Se levanto como todos los días, con el sonido de la trompeta, los himnos de las Juventudes hitlerianas se repetían a todo volumen por los altoparlantes del campo, ya no los escuchaba, no trataba de entender sus letras, se dirigió por inercia a los baños, debía asearse el agua limpia era un aliciente para el espíritu, de alguna manera se llevaba lo negativo de los días anteriores, limpiando los dolores del alma, la revista de conteo una carga para el alma, una prueba a la tolerancia y la paciencia, la fila del desayuno, deprimente y degradante, la volvía a la realidad, ella no era más que un animal insignificante dentro del campo, y luego nuevamente a la oficina, leer durante todo el día, nombre y mas nombres de personas que no conocía, pero que al igual que ella eran uno más de esa enorme cadena, que formaban los engranajes del campo, todo ello formaba parte de su rutina, de su forma de aferrarse a la vida, de forma de luchar, por que mantenerse con vida era la forma en que ellos peleaban esa guerra, sin sentido.-
Camino en silencio, hacía la oficina que le servía de puesto de trabajo, hace ya varios meses, no recordaba cuantos, podrían haber sido días, meses, años, ¿importaba? Claro que no importaba, un día mas era solo eso un día, igual al día anterior y al día que vendría.
Cuando llego a la oficina Edward ya estaba ahí, ella se le había quedado mirándole, quería ver sus ojos, sentía una extraña conexión con ese hombre, en cierta medida era la única persona que no siendo un preso, era agradable con ella y lo agradecía, él de forma inconsciente y sin saberlo, le devolvía y entregaba algo de humanidad, la hacía sentir persona, le daba individualidad, él le hablaba a ella, dejando de ser solo un numero, transformándose en una mujer con rostro, con sentimientos. Pero eso había cambiado, hacia algunos días, Isabella no sabía cuántos él, había dejado de hablarle, de conversarle de reírse con ella y se había transformado en el correcto soldado de la SS, frio y distante.
Pero Edward ni siquiera levanto la vista cuando la escucho entrar y eso le dolió. Ella quería que la viera, que la notara. Se dirigió en silencio a su escritorio y le sorprendió encontrar un pedazo de pan, hacia día que él no le dejaba comida, sonrió el no se había olvidado de ella.
La mañana avanzo en una lenta y permanente letanía. A su mente vino el recuerdo de las conversaciones con Alice.
"Lo que importa sobrevivir un día mas" "Esa, querida Bella, es nuestra forma de luchar, no darnos por vencido"
Pensó - en Alice en su amiga, hermana y confidente.
¿Qué sería de ella? ¿Estaría bien?
Esa semana le había insistido a Esme, para que le entregara información de Alice, quería saber donde estaba.
Esme le dijo que estaba viva y bien, en el bloque 24, pero ella, no estaba segura. Había algo fuera de lo normal y poco común con ese bloque, siempre le había llamado la atención y sentía curiosidad, pero Edward era quien se encargaba personalmente de todo lo concerniente a él, por lo que no sabía que sucedía allí, o que tipo de trabajos se realizan en ese lugar.
Pero lo más importante era que quería ver a su amiga, hablar con ella… la extrañaba y mucho.
Después de almorzar había vuelto a la oficina, Edward no estaba y solo había llegado bastante avanzada la tarde, sin siquiera dirigirle una mirada y eso la frustraba, quería que la mirara, que le hablara, que le sonriera, como antes..
Levanto la vista y se encontró con la figura del hombre con el cual compartía gran parte del día, seguía sentado en su escritorio, concentrado en algunos documentos.
A veces se sorprendía observando a Edward, la forma como arrugaba la frente cuando algo lo inquietaba, o su cara de concentración… sus facciones, sus manos grandes y fuertes, todo de él la cautivaba y la intrigaba, cuando por alguna razón lo tenía cerca, su olor la perturba haciendo que cada parte de su cuerpo, estuviera alerta, expectante, como esperando algo que no sabía que era, su olor personal una mezcla, entre limpio y esencia masculina.
Durante el día constantemente pensaba en él y en las noches se transformaba en el protagonista de sus sueños. Sueños dulces, sueños de días mejores, sueños excitantes donde él era el chico malo, montado sobre un corcel rebelde y difícil de domar, dispuesto a raptarla y llevarla a lo más profundo del bosque, sueños bobos e insulsos, donde ella era la damisela en apuros, la princesa en la torre y el su caballero andante dispuesto a rescatarla de la malvada bruja o el peligroso dragón, sueños que la hacían despertar con una sonrisa.-
Edward estaba sentado en su escritorio, revisando algunos contratos. Había estado todo el día evitando mirar a la mujer que se encontraba junto a él en la oficina, y que de un tiempo a esta parte, se había transformado en su perdición, no mirarla e ignorarla era un esfuerzo que requería de toda su concentración, por lo que los contratos, solían transformarse en un conjunto de letras sin sentido, amontonadas en una hoja y que no le decían nada.
Dejo el contrato que estaba intentando comprender a un lado, no había retenido nada de lo que leyó, se sentía frustrado y encabronado. La situación era estresante, en su mente un montón de ideas, de pensamientos pidiéndole atención.
El aire de la oficina estaba cargado de una energía electrizante que lo ponía a mil, dificultándole aun más cumplir con su misión, con sus planes, con lo que debía hacer, con lo que su padre, su familia esperaba y el gobierno esperaba de él.
Esa misma mañana había faltado a la promesa que se había hecho de no ayudar más a esa mujer, de ignorarla, de fingir que no existía, pero no había podido dejar de preocuparse por su bienestar y le había dejado un pedazo de pan, no quería cuestionar su actuar por lo que se negaba a pensar en ello. Cambio el rumbo de sus pensamientos, después de todo había un cumulo de problemas en su cabeza, como por ejemplo el proyecto de Aro, ese maldito proyecto lo inquietaba, no quería participar en él, pero no tenía más opciones.
A media tarde había ido a la oficina del médico, para llevar a cabo el examen rutinario de compatibilidad para el proyecto.
Cuando había llegado al sector de enfermería, se encontró con que James, quien iba saliendo, no lo había visto desde que estuvo en casa de victoria.
- ¿Ey Masen? ¿tú también formaras parte de este proyecto? – le pregunto.
- Así parece.
- Todo sea por mejorar la raza…. sabes de qué se trata ¿cierto?
- Algo me explico Aro.
- Para mi es todo un placer, aportar con mi granito de arena. – le había dicho James de forma loas.-
Edward se había mantenido serio, el hombre no le agradaba y sus comentarios loases tampoco, no le interesaba iniciar una relación de amistad con él.
Cuando llego a la oficina de Aro, esperaba salir lo más pronto posible y que los exámenes dieran como resultado su incompatibilidad para el proyecto.
Antes de llamar a la puerta de su oficina, había respirado para clamarse, tenía una sensación extraña, como si temiese por algo, además había algo en la forma de ser del médico, que no lograba convencerlo, debía reconocer que el hombre siempre intentaba agradarle, mostrándose cercano y amigable, pero siempre que hablaba con él, era como si una barrera invisible, se levantara entre ambos, todos sus sentidos se ponían en alerta, como previniéndolo de un depredador, que estaba al acecho en la sombras.
Cuando había llamado a la puerta, como siempre Aro se mostro cercano, le pregunto por sus padres, por Tania, con esa sonrisa fingida, que le ponía los pelos de punta. Como siempre el respondió con educación, sus padres se encontraban en Berlín y en perfectas condiciones, no tenia mayor información respecto de él, Tania y su hijo nonato, estaban bien.
Edward en un primer momento, no había reparado en el hombre que se encontraba, en el escritorio, concentrado plenamente en unas anotaciones, por ello su sorpresa fue mayúscula cuando en su campo de visión de cruzo con el rubio al que quería matar, tuvo que llamar a todo su auto control para no abalanzarse sobre él, y aplastarlo contra la pared que tenia detrás. Un cumulo de emociones de agolparon en su cuerpo, apretó los puños con fuerza.
Ira.
Rabia.
Frustración.
Celos
El rubio lo había mirado y no había dicho nada, a él, le hubiese gustado que le dijese algo, para tener motivos, para dar rienda suelta a sus instintos asesinos ¡Maldita sea mi conciencia y mi suerte! Pensó. Él muy idiota no solo era ayudante de Aro sino que su sombra.
Aro se aboco a realizar su examen.
Le había realizado preguntas diversas, sobre su vida, su infancia, su adolescencia, algunas íntimas, le había preguntado sobre su familia, sus antepasados, algunas de las preguntas eran estúpidas y sin sentido. Él las respondió todas cual autómata. Sus pensamientos no están ahí, vagaban por parajes obscuros, clamando venganza,
Si las miradas matasen Jasper, estaría muerto.
No había sentido la aguja cuando le sacaron sangre.
Solo la incómoda revisión física a la que lo sometió el médico, lo había traído de vuelta a la realidad, reviso su dentadura, su piel, su pelo, midió cada una de sus extremidades, el largo de sus dedos, revisaron con rigurosa .minuciosidad todas sus partes íntimas.
Se sintió expuesto, formando parte de una grotesca imagen surrealista, una imagen que él había visto incontables veces, durante el tiempo que llevaba en el campo, la imagen de los presos que todos los días, llegaban a Auschwitz.
¡Diablos solo le falto que le pidiese que se masturbara delante de él¡ maldito enfermo, pensó.-
La sensación de estar siendo observado, lo saco de sus pensamientos, dejo a un lado los papeles que tenía en la mano y lentamente y con sigilo levanto la vista, para encontrarse con los ojos mas lindos que él hubiese visto, lo observaban, una sensación de calidez le recorrió el cuerpo, se perdió en ellos, olvidos sus inquietudes, era como si de alguna forma estuviesen conectados, el sol que se colaba por la venta de su oficina iluminaba su rostro, acentuando sus facciones delicadas, era hermosa aun en esas condiciones.
Un golpe en la puerta, rompió la magia, Isabella bajo la vista y se sonrojo.
- Disculpe…- dijo el hombre que entro, Edward salió de su ensañamiento y miro al hombre que había entrado y la ira lo invadió - mi nombre es Jasper, soy el ayudante del Dr. Aro…
Tardo unos segundos en reaccionar, era el mismo idiota, Dios maldiga mi mala suerte! – Pensó – el muy imbécil le aparecia en todas partes. Se puso su máscara de indiferencia y le contesto:
- No me importa quién seas, pero no puedes llegar y entrar a mi oficina, tienes que esperar a que te lo indique… hay quienes han muerto por mucho menos… – la idea cruzo por la cabeza de Edward, en la tarde quería un motivo para acabar con su vida y el muy idiota se lo estaba dando ahora.
- No fue mi intención interrumpir, pero el soldado toco la puerta y fue el que me indico que entrase.
La respuesta del hombre lo descoloco, ¿Qué quería decir con interrumpir?, inconscientemente se paso una mano por el pelo, tenía que pensar en las palabras que iba a utilizar, si ese maldito le iba con algún chisme a Aro, podría significar su muerte y la de Isabella, de reojo miro a Isabella, estaba asustada, lo sabía.
- No interrumpes nada, pero tienes que saber cuál es tu puto lugar en el campo… - le espeto, lo miro con odio y agrego. - ahora dime de una maldita vez a que te mando Aro, que tengo trabajo que hacer.
- Vengo por Isabella – le dijo el hombre.
- ¿Isabella? – le respondió Edward con sarcasmo. Vio todo rojo, literalmente, apretó los dientes con fuerza.
- Eh…. Si…. Isabella Marie Swan, la interna 21.863 o por lo menos eso es lo que dice aquí. – le dijo el hombre rubio, indicándole la carpeta que tenía en sus manos.
El ambiente dentro de esa oficina era denso.
Edward miro a Isabella, la mujer le devolvió una mirada. Sus miradas se encontraron.
Paz,
Calidez.
Tranquilidad.
¿Contención?
La vio dejar la oficina.
Se paso las manos por el pelo con desesperación, a todo sus problemas ahora se sumaba ¿Para diablos la quería Aro?, se paseo de un lado a otro, pensando y a la conclusión que llego no le gusto.
Cuando Isabella salió de la oficina, guiada por el oficial de la SS y Jasper, la sorprendió encontrase con otras mujeres, igual de asustadas e intrigadas que ella.
El grupo se puso en marcha y ella los siguió en silencio, intento buscar la mirada de Jasper, para poder buscar algo en su expresión, que le diera indicios de donde las llevarían.
Miles de preguntas.
Dudas.
Miedos.
Miro al cielo, a lo lejos pudo deslumbrar el humo que era expulsado por las tres chineas del campo, siempre humeantes, encendidas, día y noche, incinerando sin descanso, sin detenerse, destruyendo con todo lo que entraba en ellas, acabando con las pruebas, con los hechos, con ellos.
Se pregunto si ese era su destino. Si hasta ahí llegaba su lucha, quizás para ella ya no habría una nueva oportunidad, se habían acabado lo chances, no habría un nuevo despertar, un nuevo día, un mañana.
No sintió miedo, no le temía a la muerte ¿para qué? si era algo que no se podía evitar, todos morirían, ella también lo haría algún día, quizás hoy. Pensó.
Cuando llegaron a la enfermería, pensó que serían paradas para la incineración, sabía que así funcionaban las cosas.
Pero estaba equivocada.
Las hicieron pasar a uno de los cuartos, en el había un hombre que Isabella, había visto con anterioridad, en la oficina de Edward y en la enfermería, había oído comentarios de él y siempre estaban asociado a lo nefasto, a la muerte, al dolor y la locura. Por ello era conocido con "El ángel de la muerte del campo".
El hombre las había quedado mirando a cada una, con una sonrisa cínica, a ella un escalofrió le recorrió la espalda.
Miedo.
Dolor.
Resignación.
El tiempo se detuvo en es cuarto, las cartas estaban sobre la mesa y en su destino se trazaba el camino que seguiría su vida.
- Siéntanse orgullosas. – les dijo el hombre aun con la sonrisa en el rostro.- ustedes dejaran de ser escoria y se transformaran en el recipiente de la raza que prontamente gobernara no solo Europa sino el mundo.
vamos avanzando en esta historia.
