Aparición de Corea del Norte (Im Hyung Soo), perteneciente a la artista coreana-estadounidense de deviantART Lo-wah.


.:II:.

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La primera noche a Iván le costó mucho conciliar el sueño. Su cuerpo desconoció la cama en cuanto la tocó: sentía las sábanas frías, húmedas, cargadas con olor a detergente concentrado. Ya casi amanecía cuando, en medio de las infinitas vueltas que se dio entre las mantas, logró quedarse dormido. Fue como apenas haber dado un parpadeo antes de que la alarma despertadora se activara en su móvil.

Aún con tan pocas horas de sueño encima, el joven se sentía lleno de energía. La casa estaba en completo silencio. Supuso que era el primero en pie –por supuesto, no había razones para madrugar en un día domingo-, así que con el máximo cuidado, tomó algunos artículos de aseo personal y se desplazó en puntillas hasta el baño. Una vez tiznado, vestido y de regreso en su cuarto, comenzó a desarmar sus maletas. Estaba en eso cuando alguien asomó a su cuarto.

— Buenos días, Yao.

— Buenos días… ¿tienes idea de qué hora es?

— Uh… ¿temprano?

— Las nueve de la mañana. ¿Quién se levanta antes de las nueve de la mañana en un día domingo-aru?

— Oh, lo siento— dijo Iván en una risita infantil — Es un hábito que viene desde mi casa, ¿sabes? Vivíamos en un pequeño poblado tan lejos de todo que, para llegar a tiempo al trabajo o la escuela, debíamos madrugar. De hecho, hoy me levanté tarde en comparación a lo que acostumbraba a hacerlo allá…

— No has desayunado. Bajaré a preparar algo.

— Descuida, puedo hacerlo solo.

— ¡No! No, la cocina es MI responsabilidad-aru. Nadie más puede meter las manos allí. Además, puedo adelantar el desayuno del resto y de paso el almuerzo. Procura no hacer mucho ruido, los demás deben estar todavía dormidos-aru.

El mayor de los residentes bajó con tal precaución que sus pasos no sonaron en la escalera. Iván se apresuró en dejar todas las pertenencias que traía en su lugar, y se dirigió a la primera planta a buscar algo en qué ser de utilidad.

— ¿Quieres ayuda con la vajilla?

— Deja, yo puedo solo.

— ¿Qué tal si pongo la mesa?

— No vale la pena. Estamos solo los dos en pie, dudo que los otros aparezcan antes de las diez y media.

— Ah… ¿hay algo que limpiar?

— No que yo recuerde. Hey, no quiero sonar hostil, pero de verdad que no necesito de tu ayuda aquí. Es más, estás estorbándome, esta cocina es algo estrecha y… ¿oyes eso?

Aguzando el oído, podía distinguirse el suave rumor de un motor fuera de la casa.

— Hay algo que puedes hacer mientras yo cocino: toma la llave del cerco frontal y abre el candado de la puerta más grande-aru.

Diligente, buscó la llave en un pequeño muestrario de colgadores que estaba clavado tras la puerta de acceso principal. Lo que había afuera era una motocicleta, una M-72 que Iván reconoció con cierta emoción.

Tiempo que no veía una de esas!"

El conductor, cuyo rostro no podía adivinarse tras el casco, hizo un gesto de impaciencia al nuevo residente. Éste abrió la puerta y la motocicleta entró, acomodándose delante de las dos bicicletas apoyadas contra el muro. El motor dejó de rugir. Dentro de la casa, el joven se quitó la aparatosa protección de la cabeza.

— ¿Dónde estabas? Te esperábamos anoche-aru— le regañó Yao.

— Se me hizo tarde, tuve que pasar a dormir a uno de esos moteles de la carretera que va al sur.

— ¿Al sur? Trabajas en el centro.

— Fui a ver a alguien.

— ¿Y no podías llamarnos para avisar que no llegarías a dormir? ¡Estábamos preocupados por ti-aru!

Parecía una escena sacada de esas antiguas películas americanas donde un padre estricto regaña a su hijo adolescente por escaparse de casa. El joven tenía toda la pinta del estereotípico 'chico malo' de preparatoria: olía a cigarrillos, iba vestido con chaqueta de cuero negro, jeans desgastados y botas militares; y claro, se sumaba al hecho de que conducía una anticuada motocicleta soviética.

— ¿Eres Hyung?

El joven se volvió hacia Iván con gesto indiferente. Tras repasarlo de pies a cabeza, reparó en que no se habían presentado.

— ¿Cómo sabes mi nombre?

— Me hablaron de ti ayer. Soy Iván Braginsky.

— Ah, el nuevo— exclamó con un leve asomo de sorpresa — Había olvidado por completo los avisos de Carlos sobre tu llegada.

— Hyung, apestas a tabaco. Ve a cambiarte, ¿quieres?

El motorista los abandonó, rodando los ojos cuando ya estaba dándole la espalda al mayor. El incómodo silencio permitió que se oyera con toda claridad cómo la puerta de la segunda habitación a la derecha se abría y cerraba con violencia.

Poco después, Kim Ly y Carlos bajaron a la cocina, ambos abrigados con batas. Yao apresuró la preparación del desayuno.

— ¿Te dijo dónde estaba?

— En un motel de por ahí-aru.

— ¿Crees que haya…?

— No lo sé. Dijo que "fue a ver a alguien", nada más.

— Ya sabes lo que eso significa. Menudo idiota que ha salido este hombre, por Dios vivo.

— No saquemos conclusiones apresuradas— advirtió la vietnamita, abriéndose paso hacia donde estaba la tetera con el agua hervida.

— ¿De qué hablan? — inquirió el nuevo residente.

— Oh, nada. Ehm… es un pequeño asunto que tenemos que tratar con él.

Pocos minutos después, Hyung regresó con el cabello húmedo y vistiendo ropa limpia. Cuando se sentó a la mesa, Carlos lo increpó.

— Dime que no fuiste a meterte allí. No, no me mires con esa cara de desentendido. ¿Dónde estuviste anoche?

— Salí del trabajo y fui a ver a alguien.

— ¿A quién?

— ¿Por qué te interesa?

— ¡Lo sabía! ¡Sabía que irías allá de nuevo, pedazo de imbécil!

— ¿Qué? ¡No! — exclamó, ofendido — Mi hermana está de visita en la ciudad, así que fui a verla cuando salí del trabajo. Se me hizo tarde, venía de regreso por la carretera y encontré un lugar para pasar la noche.

— Ni siquiera llamaste.

— Lo olvidé.

— Que no se repita— espetó Yao, poniendo frente al joven un platito de congee.

— No sé por qué tengo que darles esta clase de explicaciones.

— Disculpen, pero no estoy entendiendo, ¿qué sucede? — preguntó Iván.

— Nada importante.

— Me pica la curiosidad…

— Métete en tus propios asuntos.

Después de una contestación tan hostil, al nuevo residente no le quedaron ganas de continuar con la conversación.

(***)

Durante la tarde Iván recibió la llamada de su hermana mayor: Yekaterina. Estaba recostado en su habitación, reposando tras un sabroso almuerzo, aburrido como una ostra. Nadie en la residencia parecía tener ganas de hablar o hacer algo divertido.

— ¡Vanya!

— ¡Hola, Yekaterina!

— ¿Cómo has estado? ¿Qué tal la ciudad y tu nueva casa?

— Oh, pues todo muy bien. Vivo con cuatro personas más, tres hombres y una chica. Son muy simpáticos.

— Qué bien. ¿Estás listo para mañana?

— Sí. Y también muy ansioso.

— ¡Ya lo creo! Ay, me alegro tanto por ti, Vanya. Hoy estaba pensando en lo rápido que pasó el tiempo. Aún recuerdo como si tu primer día de escuela hubiese sido ayer.

— Este es algo así como un 'primer día de escuela' también.

— ¡Pero mucho mejor! — chilló al otro lado de la línea — Mi pequeño Vanya ya es todo un universitario…

— ¿Estás llorando?

— ¡No…! No, es que… ay, es que estoy… me conmueve mucho— sollozó — ¿Sabías que estamos muy orgullosos de ti? Has llegado tan lejos, hermanito. Tanto así que hasta has abandonado el nido.

— ¿Cómo está Natalya?

— Algo decaída.

— Sí, bueno, lo entiendo.

— Ayer, cuando el tren se fue de la estación, no podía parar de llorar. No le digas que te dije, ¿vale? No quiere que su sentimentalismo vaya a distraerte de tus nuevos objetivos, pero te recomiendo que en cuanto tengas un momento la llames a su móvil. Tal vez eso consiga animarla.

— ¿Dónde está ahora?

— Patinando.

— ¿Entrenando un día domingo?

— No, sus amigas la invitaron a la pista de hielo. Sabían lo afectada que estaba porque te ibas de casa, y quisieron hacer algo por ella.

— Lindo detalle.

— Mamá y papá quieren que salgamos más tarde al centro comercial a comprar algunas cosas que necesita para este año de escuela, ¿crees que deba regalarle ese vestido que vimos antes que te fueras, el que tanto le gustó?

— No la consientas tanto, eso le hará pensar que sientes lástima por ella.

— ¿Tú crees?

— Puede esperar a su cumpleaños.

— Tal vez tengas razón— suspiró — Siento que sea breve, pero ya debo irme, Vanya. Debo planchar mi uniforme para mañana y ayudar a mamá a limpiar antes de ir a hacer las compras. Natalya llegará pronto. ¿Cuándo hablamos otra vez?

— ¿Te parece mañana, cuando regrese de mi primer día de clases?

— ¡Y me cuentas todos los detalles! Ay, Vanya, qué grande suenas. Disculpa si soy repetitiva, pero me siento tan orgullosa de ti, y también me cuesta creer que hayas crecido tan rápido…

— Por favor, no llores.

— Lo siento, lo siento. Perdón. Ay… lo mejor será que…

— Adelante, ve. Tienes mucho que hacer, lo entiendo.

— ¡No quiero colgar!

— Entonces lo haré yo.

— ¡Vale, está bien! Hasta pronto, Vanya. Mucha suerte el día de mañana.

— Gracias. Traspásales mis saludos y cariños a todos en casa, ¿da?

— En tu nombre. Estamos en contacto ¡Te quiero tanto, hermanito!

— Yo también te quiero.

Cuando colgó, se percató de que Carlos estaba observándolo desde la puerta de la habitación. Traía un montón de ropa limpia procesada por la secadora.

— ¿Hablabas con tu enamorada?

— No, con mi hermana mayor. Su nombre es Yekaterina. Tengo también una hermana menor: Natalya. Ambas fueron a dejarme ayer a la estación, y hoy llamaban para desearme suerte en mi primer día.

— Ah.

Carlos se fue sin añadir nada más. No había rastros del entusiasmo del día anterior. Iván sabía que para el común de las personas los domingos eran días 'muertos', pero no se imaginaba hasta qué punto podía volverse tan soñoliento y triste, y las malas vibras tan apestosamente contagiosas. Tal vez debía salir a tomar algo de aire fresco. Pensó en invitar al cubano, a ver si con un descanso ayudaba a que volvieran sus energías. Lamentablemente, Iván escuchó cómo se cerraba la puerta de la habitación vecina justo cuando se disponía a salir al pasillo.

La puerta de en frente también estaba cerrada. La deficiente aislación del sonido permitió a Iván oír cómo su ocupante tecleaba furiosamente en una máquina de escribir cuyos mecanismos, tras completar una determinada frecuencia, se reacomodaban con un chasquido.

La habitación de Kim Ly estaba abierta, y la chica se encontraba dentro. Tarareaba algo. Cuando el joven miró con más detalle, se percató de que tenía audífonos y estaba ocupada zurciendo la bastilla de un vestido. Acompañante descartada.

Solo quedaba Yao. Al no oír ruidos en la planta de abajo, Iván supuso debía encontrarse en su habitación. Al llamar a la puerta, fue correspondido con un gañido desganado. Dentro había un olor denso y una leve humareda cuyo origen el nuevo residente no pudo identificar inmediatamente.

— ¿Tienes un momento? Saldré a dar una vuelta por el barrio y no quiero ir solo.

— Lo lamento, estoy ocupado-aru. ¿Ya intentaste con los demás?

Iván asintió. Yao encogió los hombros en señal de resignación. Entre sus dedos había una pipa alargada, encendida, y en la mesilla de noche una varilla de incienso cuyo aroma armonizaba de manera extraña con el hedor del opio. El eslavo arrugó la nariz.

— Oh, es un mal hábito que prometí dejar, pero… no es tan sencillo-aru.

— Por lo que veo no eres el único.

— ¿Lo dices por Hyung? Sí, para ser nuevo en el vicio, se le ha ido de las manos. Supongo que al igual que todos nosotros, necesita una forma de liberarse de todo lo que tiene dentro. O puede que ya haya elegido la forma en que quiere morir.

— ¡Oh!

— ¡No, no, no lo digo en serio! Es uno de sus tantos chistes malos que, inevitablemente, uno termina aprendiendo-aru.

Iván soltó una risita.

— ¿Qué pasa?

— Nada. Entonces… ¿iré solo?

— Por lo que veo, sí. Te recomiendo que no vuelvas tarde. El barrio se ha tornado peligroso desde que comenzaron con la construcción de viviendas sociales al otro lado de la autopista-aru.

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De alguna forma, resultó un consuelo ver que dentro de toda la indiferencia y la alienación, aún hubiese algo de espacio para una genuina preocupación por su seguridad personal. Con cierto alivio, el nuevo residente salió a conocer los alrededores. No es que hubiese demasiado que ver. En realidad, la mayoría de las construcciones eran residencias con apariencia decadente, con un estilo arquitectónico simple, cuadradas, feas. Había pocos locales comerciales, y ninguna persona además de él. Un perro lo siguió en su camino de regreso, y se quedó gimoteando cuando le cerró la verja en las narices.

— Lo siento, amiguito. Solo se admiten estudiantes.

Dentro de la casa, ya había sobreactividad en la planta baja. Yao estaba de regreso en la cocina trabajando como un enajenado en la cena, con la vista perdida –levemente irritada- entre las ollas y la tetera. Kim Ly, todavía con los audífonos puestos, planchaba un montón de ropa limpia y la apilaba sobre el sofá más grande de la sala de estar. Aún cuando Carlos no estaba presente, pero desde su habitación se oía cómo gritaba a quien sea que estuviese llamando por teléfono.

— ¡Hombre, que no es mi culpa! Por Dios vivo, ¿no puedes ser algo más flexible? ¡Entiende! Estudio y trabajo, imbécil, ESTUDIO Y TRABAJO. Y tengo prioridades… ¡Sí, claro que sí…!

— ¡Que alguien le diga a Hyung que baje-aru!

— Escucha, este año no va a ser igual, tengo prácticas en terreno, y eso incluye turnos de guardia… ¡Hombre, te digo que no es mi culpa! ¡La universidad dispone de mí y de mi tiempo, les chupa un huevo que trabaje o que tenga un hijo!

— ¡Kim, ¿puedes ayudarme con la mesa?!

— Estoy ocupada— murmuró indiferente, doblando cuidadosamente el vestido al que le había hecho la bastilla.

— ¡Pues busca a otro que esté libre, con un horario que se amolde a lo que quiere el jefe! ¡No cuentes más conmigo! ¡Mira si serán mal agradecidos, hijos de puta!

Al llegar a la planta baja, Carlos aventó el teléfono hacia un sillón donde los cojines amortiguaron el golpe. Kim Ly seguía en lo suyo, y los gritos de Yao desde la cocina seguían suplicando algo de apoyo.

— ¡Ya está servido! ¡¿Quiere alguien dignarse a aparecer antes de que se enfríe-aru?!

Iván subió las escaleras a grandes zancadas, y se plantó frente a la puerta de Hyung. Tocó dos veces. El chico asomó con un cigarrillo colgando de los labios.

— Ya está la cena.

— Bajo más tarde. Estoy ocupado.

— Se enfriará. Yao ha dicho…

— La calentaré cuando me apetezca. Ahora, si me disculpas, volveré a lo mío.

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De vuelta en el comedor, las cosas seguían igual. Carlos hacía otra llamada, Kim Ly terminaba de planchar las últimas prendas, Hyung brillaba por su ausencia y Yao no dejaba de clamar que la cena estaba servida. Iván entró a la cocina con las malas noticias:

— Hyung dijo que bajará más tarde y que calentará un plato cuando acabe lo que está haciendo.

— ¡¿Por qué nadie me avisa antes-aru?!

Comieron veinte minutos a solas sin intercambiar palabras. Kim Ly, ya sin los audífonos, tomó su lugar junto a Yao y comió menos de la mitad de su plato antes de retirarse y poner el resto de regreso en la olla. Tampoco dijo nada. Carlos tardó otros diez minutos, y consigo traía una expresión ceñuda que hizo desistir a Iván de preguntarle qué ocurría. Tampoco vació su plato.

Una hora más tarde, cuando Yao lavaba los trastos –negándose a recibir la ayuda del nuevo residente, obvio-, apareció Hyung. No tomó su parte de la cena. Preparó una taza de té que vació en dos sorbos y que el mayor miró con reprobación cuando la depositó en el lavadero.

— ¿Solo vas a tomar eso?

— No tengo hambre.

— No es sano que vayas a dormir con el estómago vacío. Deberías…

— ¡Buenas noches! — fue lo último que dijo, con la voz cargada de un sonsonete burlesco, mientras subía de regreso las escaleras.

— Hey, si de algo sirve, a mí me gustó mucho la cena— susurró Iván, aunque como era de esperarse, el joven cocinero lo ignoró olímpicamente.

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La impresión que ese día le había dejado al nuevo residente no era del todo amable. Pero de todos modos, podía tratarse de algo ocasional. Algo irrelevante, pasajero. Tal vez el día de mañana alguien por fin correspondiera a su interés por socializar y ser un buen compañero de residencia.

Programó su despertador a las seis de la mañana y se metió a la cama. No tenía sueño. En la habitación de enfrente todavía se oían los repiqueteos de la máquina de escribir, que lejos de ser molestos, resultaban extrañamente relajantes. Tenía un libro de cabecera a la mano, el mismo que había puesto en su equipaje de mano el día que se embarcó rumbo a la gran ciudad, y que por esas cosas locas de la vida no leyó en todo el viaje.

"Tal vez con esto logre conciliar el sueño más rápido".

Cuando dieron las dos de la mañana y por fin los ruidos en casa cesaron, él seguía tan despierto como antes de recostarse. Dándose por vencido, dejó la novela a un lado y apagó la luz de la habitación, se acurrucó entre las mantas e hizo su mejor intento por apaciguar la ansiedad que le carcomía las entrañas por la espera de su ansiado primer día de clases en la universidad.

Tristemente, consiguió algo apenas parecido al sueño cuando solo faltaban quince minutos para que el despertador sonara.

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Continuará...


Notas de la Autora:

Cualquier parecido con la vida de quien escribe este fanfic, no es pura coincidencia(?).

Muchas gracias a quienes se dieron el tiempo de dejar su comentario en el capítulo anterior: Julchen awesome Beilschmidt, Plutn, Park Yong Soo, Kayra Isis y Mitsukuri Ryoko. Nenas, ¡son grandiosas!

¡Besitos para ustedes!