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.:III:.

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Afortunadamente, ninguno de los compañeros de residencia de Iván coincidió con él en su horario de levantada. Extraño fue tener que desayunar solo, guiándose por las vagas nociones que tenía sobre la desconocida cocina de la casa, y salir cuando todavía no había amanecido por completo.

Durante las vacaciones había ensayado un par de veces la ruta de llegada hasta su sede de estudios: debía esperar el autobús que iba hacia el norte de la ciudad en el paradero a dos cuadras de la residencial donde vivía, luego, bajar junto a la estación del subterráneo más cercana, y de ahí partir en dirección al centro de la ciudad.

Había bastante gente que tomaba el autobús a esa hora, por lo cual todo el viaje tuvo que ir de pie. Igualmente en el subterráneo. Aún así, el trayecto hasta Estación Central fue divertido, en el sentido de que se trataba de algo totalmente nuevo, un espacio desconocido donde las personas se desenvolvían en una dinámica extraña, completamente impersonal, oyendo música a todo volumen con los audífonos puestos o absortos en sus móviles tratando de pasar un nuevo nivel de Candy Crush. Una minoría leía libros de varios centímetros de grosor, o simplemente se miraba los zapatos, ajena a la multitud que los rodeaba, guardando celosamente su espacio personal. Fue una de las experiencias más fascinantes que Iván hubiese tenido en la vida.

"La gente de las grandes ciudades es tan extraña. Ignoran a los que los rodean, como si lo que más quisieran fuera estar solos", pensó, mientras caminaba hacia su nueva casa de estudios. La sede podía verse a varias cuadras de distancia. Algún arquitecto ambicioso había cometido la desfachatez de diseñarla como un moderno edificio de ocho pisos de altura con aspecto de centro comercial, y colocarlo en un barrio que a todas luces constituía parte del casco antiguo de la ciudad.

De camino al acceso principal de la universidad, no vio ni una sola persona que tuviese la vista en alto. Al parecer, los interesantísimos mensajes de Whatsapp eran su prioridad, incluso por encima de asegurarse que estuviesen caminando por la calle cuando el semáforo indicaba luz verde para los peatones. Iván cruzó con todos los amparos de la ley a su favor, y aún así, un acelerado conductor de traje y corbata aceleró el auto mientras tocaba la bocina con indignación.

— ¿Qué le pasa a esta gente? — susurró tras haber dado un respingo. Se masajeó el pecho encima del corazón, que latía desbocado. Estaba sano y salvo, en la entrada principal de su casa de estudios. —Buenos días— le dijo al guardia, que procuró poner su peor cara al momento de evaluarlo con la mirada. "¿Qué le pasa a esta gente?" repitió mentalmente, dirigiéndose al piso donde, según las indicaciones que le habían dado el día en que se matriculó, se llevaría a cabo una ceremonia de bienvenida para los nuevos estudiantes.

Como había llegado diez minutos antes de la hora en que citaron a los novatos, Iván tuvo la oportunidad de estudiar a la multitud que aguardaba frente a las puertas de un Aula Magna decorada sencillamente con lienzos de la universidad y algunos globos blancos. Los nuevos eran los que más se delataban, todos traían impreso un código, algo que hacía que sus muecas y movimientos proyectaran curiosidad, ansiedad, nerviosismo, aún cuando los había quienes trataban de pasar desapercibidos mostrándose desinteresados o relajadamente carismáticos.

— ¡Alumnos de pedagogía!

Iván sintió un vacío en el estómago. "¡Eh, yo pertenezco allí!".

Desbordante de emoción, se acercó al lugar donde una muchacha con apariencia extravagante –cabello teñido de rosa fosforescente, rapado de un lado; con grandes perforaciones en las orejas y vistosos tatuajes en los brazos- convocaba a los aspirantes. En comparación al tumulto formado por los estudiantes de medicina o ingeniería, que parecían hechos con el mismo molde, los futuros pedagogos eran un chiste. Su grupo aunaba desde jóvenes vestidos como ricachones, pasando por frikis que usaban camisetas de superhéroes, chicos y chicas vestidos de modo casual, desabrido, hasta hippies y punks con llamativos accesorios por toda la ropa.

La ceremonia duró una hora y media. Los aburridos protocolos y los discursos llenos de frases cliché y metáforas forzadas no causaron gran sensación entre los estudiantes. Prácticamente, los aplausos estaban pauteados.

Lo mejor, por supuesto, vino después de que las máximas autoridades los despacharan.

— Hagan el favor de anotar sus nombres y sus números de móvil en este cuaderno. Los agregaremos a todos a un grupo de Whatsapp y Facebook exclusivo de los estudiantes de pedagogía. Cada año los alumnos antiguos organizamos una fiesta de bienvenida para los nuevos.

— Acordaremos una cuota para arrendar un local con piscina y comprar todo lo que vayamos a consumir. La idea es que este fin de semana todos puedan asistir, así nos conoceremos mejor.

— ¡Sería fantástico que todos fueran! ¡La esencia de nuestra facultad es la amistad y el desenfreno! Desde ya, organícense para llegar en grupos, los que tienen automóvil sean gentiles y lleven a quienes no posean su suerte.

— ¡Nos coordinaremos durante toda esta semana, aprovechando que las clases iniciarán el próximo lunes!

Solo con eso, Iván presentía que aquél sería un año fantástico.

(***)

Tal y como había prometido el día anterior, apenas estuvo de regreso en la residencial llamó a su familia. Pese a que Iván había marcado el número de Yekaterina, fue Natalya quien contestó.

— ¡Brat!

— ¡Sestra! ¿No está Yekaterina en casa?

— Está algo ocupada, pero siempre puedes hablar conmigo.

— Es cierto. ¿Cómo estás?

— ¿Eso qué importa? ¡Tienes que contármelo todo! Vamos, que no puedo con el ahogo.

— ¡Está bien! Je, pues hoy solo hubo una ceremonia de bienvenida. Nos presentaron a las autoridades de la universidad, nos hablaron acerca de los procesos de acreditación y otras cosas por el estilo, pero lo realmente divertido es que mi facultad, que reúne a los estudiantes de todas las carreras de pedagogía, parece ser bastante unida y les gusta divertirse en grande. Ya este fin de semana estoy invitado a una fiesta de bienvenida.

— Oh.

— ¿Qué pasa?

— ¿Habrá mucha gente?

— Hum, por lo que vi hoy, no somos una escuela muy grande. Ya sabes, hoy en día muy pocos jóvenes eligen ser maestros debido a los bajos sueldos, las polémicas en el ámbito de las políticas educacionales, el ambiente laboral, lo pequeño que es nuestro campo…

— Debí explicarme: quería referirme a chicas. ¿Las habrá por montones?

— Oh, pues… sí, la carrera de educación diferencial solo tiene mujeres, y ellas son un grupo numeroso.

— ¿Lindas?

— La verdad es que no las vi con detalle.

— ¿Qué dijeron de la fiesta?

— Pues que habrá una piscina y mucho alcohol— añadió una risita inocente — Espero que por lo menos elijan vodka del bueno, y no esas variantes baratas del supermercado mayorista…

— Cuida tus espaldas, brat. Especialmente de las chicas, porque yo no estaré ahí para vigilarte, ¿está bien?

— Está bien— respondió, rodando los ojos con gesto divertido.

— ¡¿Es Vanya?! — preguntó Yekaterina, y su voz quedó reducida casi a nada en el teléfono — ¡Ay, ay, tengo el esmalte de uñas fresco todavía! Natasha, ¿podrías sujetar el móvil mientras hablo con él? ¿O ponerlo en altavoz?

Optaron por la segunda opción.

— ¡Vanya, hermanito! ¡¿Cómo te fue?!

— Le decía a Natalya que hoy no hicimos mucho, solo presenciamos una ceremonia, pero que ya los alumnos de las carreras de pedagogía están organizando una fiesta de bienvenida para este fin de semana.

— ¡Qué bien! ¡¿Y lucen simpáticos?! ¡¿Hiciste amigos?! — para hacerse oír, la mayor debía gritar al otro lado del teléfono.

— Hablé con algunos de ellos que debían tomar el subterráneo en la misma dirección que yo. Uno de ellos estudia Pedagogía en Ruso, al igual que yo, pero está dos años más arriba.

— ¡¿Hablaste con alguna chica?! — preguntó Natalya.

— No, con ninguna.

— ¡¿Hay chicas en tu carrera?!

— Una, creo.

— ¡¿Cómo es ella…?!

— ¡Natasha, no lo agobies! ¡Es tan solo su primer día! — reprochó Yekaterina — ¡Cambiemos de tema! ¡¿Cómo están tus amigos de la residencial?!

— Bien, o eso creo. Llegué, y tan solo encontré a Carlos, que ya se preparaba para salir. Es su último año y debe hacer turnos de práctica en el hospital de la ciudad. Je, debajo del abrigo llevaba puesta su bata blanca.

— ¡Eso ya lo he visto antes! — comentó Natalya con una risita burlesca — ¡¿Te acuerdas cuando Yekaterina no se la quitaba ni siquiera cuando se sentaba a la mesa a comer?!

— ¡Yo no usaba bata blanca! ¡Era mi uniforme de enfermera!

— ¡Es básicamente lo mismo!

Hubo un murmullo en la línea. Del lado de sus hermanas era un grito.

— ¡Mamá nos está llamando a comer! ¡¿Estarás desocupado en la noche?!

— Las llamaré antes de irme a la cama. Mañana también debo madrugar.

— ¡¿Qué harán?!

— No lo sé. Las clases comienzan la próxima semana, así que de seguro esta es una especie de marcha blanca, para que conozcamos la universidad, a los maestros y tal vez para repasar los programas anuales. Aún así, no quiero ser demasiado relajado, y por eso me exijo puntualidad desde el primer día. Vayan a comer, y denle saludos a mamá de mi parte.

— ¡Hasta luego, Vanya!

— ¡Te amamos!

— Yo también las amo.

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Cuando cortó la llamada, el oído donde tenía el móvil le pitaba. Se quedó tumbado hasta que volvió a escuchar con normalidad. El motor de la M72 ronroneaba en el frontis, acompañado por el ruido de la verja que se descorría.

Al poco rato, Hyung entró a la casa.

Pasaron largos segundos de completo silencio en que Iván, tendido como estaba, se quedó con la vista perdida en el techo de la habitación. De pronto, una voz lo sacó del trance.

— Eh.

— ¿Uh?

Hyung estaba apoyado en el umbral de acceso a la habitación mirándolo fijamente, con los brazos cruzados. En la mente del nuevo residente se reforzó la idea del 'chico malo' que desde el día anterior había asociado al joven motorista.

— Hola.

— ¡Hola! ¿Qué tal?

— Cansado. Seré breve: hoy en la mañana fuiste muy ruidoso. No sé si te lo dijeron, pero aquí todos tenemos horarios diferentes. Si vas a madrugar, procura no estorbar en el sueño del resto, ¿vale?

Para ser un reproche, su tono no revelaba molestia alguna.

— Pues… disculpa. Traté de ser lo más silencioso posible, pero…

— Solo tenlo en mente para el resto de la semana.

Se retiró hacia la habitación de enfrente. Contrariado por el brusco cese de la conversación, Iván se levantó de la cama y siguió a su compañero, interceptándolo justo cuando hacía amago de cerrar la puerta.

— ¿Qué necesitas?

— Uh… ¿quieres hablar?

— No quieres ajustar cuentas conmigo, ¿o sí?

— No, solo quiero hablar, ¿sabes? Me aburro cuando hay tanto silencio.

— Puedes poner música si quieres. Cerciórate de elegir un buen grupo.

— No, no. Me refiero a que necesito hablar con alguien.

— ¿De qué?

— De lo que sea.

Hyung entornó los ojos y retrocedió. Dentro del cuarto, se dejó caer en una silla. Expectante, el nuevo residente se quedó esperando en la puerta a que fuese su compañero quien se decidiera a romper el silencio, pero por largo rato lo único que se escuchó fue el suave rumor de los irrelevantes sucesos que tenían lugar en el exterior.

— Bueno, ¿hay algo que quieras preguntarme?

— Fuiste tú quien dijo que quería hablar, sería lógico que hicieras las preguntas.

— ¡Cierto! Pues veamos… ¿puedo entrar?

— Ah… sí. Pero no toques nada.

El habitáculo, tan pequeño como el de Iván, se veía aún más reducido con dos personas adentro. Sumado a eso, la pared donde estaba apoyado el escritorio contaba con una repisa de tres niveles sobrecargada de libros de diversos tamaños.

— ¡Vaya! ¿Los has leído todos?

— ¿Uh? No, pero sí la gran mayoría.

— ¿Es tu pasatiempo?

— Podría decirse que sí, aunque varios libros que están allí son manuales de estudio o recopilaciones de ensayos que he tenido que leer para la universidad— contestó mostrando una leve señal de emoción.

— Oh, ya veo. ¿Qué estudias? Seguro algo relacionado con las letras, lo intuyo por todos esos libros y por el hecho de que ayer te oí escribir hasta tarde.

— En efecto— corroboró, mirando la máquina de escribir y el montón de papeles apilados sobre la mesa de trabajo — Periodismo. Tercer año.

— Periodismo. Suena interesante.

— ¿Qué hay de ti? — inquirió Hyung — Tengo entendido que vienes de un poblado lejano del norte del país. ¿Qué te trajo hasta aquí?

— Los estudios, por supuesto. Donde vivía solo había algunos institutos profesionales. Mi hermana estudió en uno de ellos y no le ha ido nada mal. Pero… yo quería algo más. Y eso me obligaba a expandir mis horizontes fuera del pueblo donde me crié junto a mi familia. Así que busqué un aviso por Internet y di con la oferta de arriendo que hacía Carlos. Era muy barata, comparado a otras residenciales para estudiantes, así que podía pedir ayuda a mi padre para costear los primeros meses mientras busco un empleo de medio tiempo.

— Como todos aquí.

— Je, sí, justamente eso iba a decir. Por si te interesa, estudiaré Pedagogía en Ruso.

— Una carrera poco común.

— Lo sé. Tengo la ventaja de que el ruso es mi idioma materno, así que para mí son prácticamente como las clases de lengua de la escuela.

— Sospechaba de tu origen ruso, por la forma en que marcas las 'erres'.

— ¿Es muy notorio?

— No, la verdad es que es más bien leve. O al menos no tan exagerado como en las películas americanas.

— Pues tu acento también me suena a extranjero. Y tampoco luces como si fueras de aquí.

— En lo primero has acertado. En lo segundo, no— respondió, inclinándose en la silla con aire meditabundo — Soy coreano. Por parte de mi madre, del sur; por parte de mi padre, del norte. Mi lengua materna es el hanguk-eo, algo distorsionado por las diferentes ascendencias de mi familia. Pero no nací en Corea, si no en esta ciudad.

— ¡Oh! ¿Y cómo es que no vives con tu familia? Digo, teniendo la oportunidad de estar con ellos, acompañándote en este proceso tan importante…

— Quería salir de ese barrio de mierda donde crecí— interrumpió — Cuando el gobierno invirtió en la industrialización del país hace varias décadas atrás, la infraestructura de la ciudad no estaba preparada para recibir a tantos inmigrantes que buscaban trabajo. Muchos comenzaron a instalarse en campamentos ilegales montados cerca de vertederos, o a las orillas de las ferrovías, viviendo en condiciones paupérrimas. Por eso, el Estado financió proyectos de inmobiliarias que construyeron edificios tipo 'block' para que fueran viviendas de obreros. Con eso atacaron varios problemas, como el hacinamiento, la toma ilegal de terrenos y las altas tasas de mortalidad y morbilidad producto de la insalubridad de los campamentos, que no tenían agua potable ni redes de alcantarillado.
Pero luego de que los trabajadores y sus familias fueran reasignados en sus nuevos hogares, las autoridades se olvidaron completamente de ellos. No implementaron un buen proyecto de seguridad pública, así que comenzaron a surgir otra clase de problemas asociados a la pobreza, a la falta de educación y las pocas oportunidades de surgir en la sociedad: delincuencia, tráfico de drogas, prostitución, enfrentamientos entre pandillas armadas, ¡todo eso reproducido en las escuelas públicas donde inscriben a los jóvenes de clase baja para que no se mezclen con el resto! ¡Como si fuéramos unas lacras…!

De repente, Hyung guardó silencio. Con la vista clavada en el suelo, notablemente apesadumbrado, murmuró:

— Disculpa. Estoy hablando de más.

— Y con mucho resentimiento. ¿Tu familia sigue allí?

Abatido, asintió con la cabeza.

— Es momentáneo. Ahora que ya no vivo con ellos, mis padres pueden dedicarse a protegerse entre ellos y ahorrar para salir de ahí. Cuando Sun Hee y yo consigamos reunir dinero suficiente, los ayudaremos a comprar una nueva casa, aunque sea pequeña… lo más lejos posible de ese barrio de mala muerte.

— Sun Hee es tu hermana, ¿verdad?

—Sí. Mi melliza.

— Yo también tengo hermanas. Dos, para ser exacto. La mayor ya trabaja, la menor aún va a la escuela. También queremos salir algún día de nuestro pueblo, pero no porque sea un mal lugar –de hecho es muy tranquilo, nunca pasa nada malo-, si no porque queda lejos de todo y eso le da problemas a mis padres, que cada vez son más viejos pero no pueden dejar de trabajar.

Se hizo un silencio breve, aunque incómodo.

— ¿Qué me hiciste? — dijo Hyung en una carcajada incrédula — Usualmente no hablo de mi vida con nadie.

— Tal vez nadie te había preguntado antes.

— Es cierto. ¿Por qué tú sí lo hiciste?

— Supongo que al principio porque estaba realmente aburrido. Como te dije, me desespera el silencio y necesito hablar con alguien para sentirme mejor.

— Ah, y no se te ocurrió un mejor tema que sacar a colación nuestros peores traumas infantiles— extrañamente, lo dijo en tono de risa.

— Si te hace sentir mal, podemos hablar de otra cosa. De lo que sea: música, libros –ya que veo que te gustan mucho-, de tus pasatiempos, lo que opinas del gobierno, del alza del precio del combustible, o tal vez compartir lo que pensamos cada vez que no podemos dormir y nos quedamos viendo fijamente al techo mientras reflexionamos acerca del sentido de la vida…

— Estás consciente de que la vida no tiene sentido, ¿verdad?

El ruso quedó de piedra.

— ¿Qué?

— Eso. Que por sí sola, la vida no tiene ningún sentido. Deambulamos en un lugar donde vinimos a parar por pura casualidad, por el deseo de una pareja que quería tener hijos, por un accidente o la irresponsabilidad de un par de jóvenes ebrios en una fiesta… no nacimos predestinados a hacer algo en concreto, no tenemos un objetivo fijado en el momento que abrimos nuestros ojos al mundo. Por eso la vida por sí sola no tiene sentido. Es uno mismo quien, finalmente, se lo da.

Después de escuchar dicha revelación y recuperarse del shock, Iván sonrió en un ademán de complicidad.

— Veo que no soy el único que sufre de insomnio.

— Cuando quieras hablamos de nuevo.

— Fantástico. La próxima vez podríamos acompañar la charla con un trago.

— ¿Sabes? Estás empezando a caerme bien.

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Continuará...

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Notas de la Autora:

Las amistades alcohólico-filosóficas son las mejores :3

Gracias a las hermosas personitas que comentaron el capítulo anterior: Julchen awesome Beilschmidt, Park Yong Soo y Kayra Isis. ¡besos para ustedes!

Nos leemos la próxima semana.