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.:IV:.
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Los horarios de clase de Iván y Hyung eran muy similares. Ambos llegaban a casa con tan solo una hora de diferencia. Tomaron el hábito de colocarse a charlar de cualquier cosa mientras comían lo que Yao había dejado preparado de almuerzo la noche anterior, antes de que el coreano tuviese que ir a trabajar en el centro de la ciudad.
Al poco rato aparecían Yao y Kim Ly. Ambos se movilizaban en bicicleta –la chica desde su lugar de trabajo, el mayor desde el instituto-, llegaban a casa a prepararse para salir, comían con prisa y se iban nuevamente –esta vez, ella al instituto y él a su lugar de trabajo- casi sin pronunciar palabra.
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Carlos era quien llegaba más tarde a la residencia y poco le faltaba para arrastrarse hasta su habitación. Un día en que regresó particularmente agotado, el ruso decidió sorprenderlo con un amistoso detalle: cuando el cubano se despojó de la bata blanca y bajó a cenar, el nuevo residente tenía todo listo en la mesa del comedor.
— Limonada fría y el almuerzo de hoy.
— ¿Uh? ¡Oh, no debiste! — dijo con una sonrisa cansada.
— No pude evitarlo, de solo verte ya me entra a mí el agotamiento. Yo ya he comido, pero puedo acompañarte con una taza de té si quieres.
— Pues…
Sin dejar espacio a las objeciones, Iván se sentó frente al lugar del cubano mientras esperaba a que el agua de la tetera hirviera. El caribeño, extrañado por el gesto, levantaba la mirada cada tanto, tal vez esperando que su compañero le diera alguna explicación.
— ¿Qué tal estuvo tu día?
— Agotador. En los hospitales públicos no hay espacio ni tiempo para detenerse. De cierto modo estaba preparado mentalmente para esto, pero jamás pensé que mi cuerpo iba sentirse tan pesado después de cada jornada. Juro que desde el momento que salgo de mi turno lo único en que puedo pensar es que quiero llegar rápido a casa y meterme a la cama… Gracias al cielo es viernes.
— ¿Tienes planes para hoy en la noche?
— Dormir como un tronco. Es apenas la primera semana y ya estoy hecho polvo.
El silbato de la tetera interrumpió, e Iván tuvo que levantarse para apagarla y preparar su infusión. De regreso en su silla con la taza de té humeándole en la cara, el cubano le devolvió la pregunta:
— ¿Qué tal tu primera semana?
— ¡Ufu~, todo es muy divertido! El transporte público, la fauna citadina, la universidad, ¡todo! Nunca imaginé que la gran capital fuera tan emocionante.
— Veamos si dices lo mismo a mitad de año— le replicó en una risa agotada.
— ¿Siempre están todos tan estresados?
— ¿A quiénes te refieres con 'todos'?
— A todos: a la gente que conduce sus automóviles por las calles, a la gente que aborda el autobús y el subterráneo empujando a los demás para ganar un asiento, a los que pasan por tu lado en la calle viendo sus móviles, chocando con los demás… a ustedes.
El cubano masticó lentamente su último bocado.
— Bienvenido a la vida real: el momento en que 'debes' definirte como alguien en la sociedad y el mundo no para de refregarte en la cara que tu vida es y será una mierda. Me alegra ver que en tu inocencia de pueblerino aún veas esto como algo novedoso y entretenido, aunque déjame compadecerte desde ya por las decepciones que vas a llevarte en el futuro. Vete preparando para odiar al mundo.
— Es justamente eso lo que me parece tan extraño de la gente de esta ciudad. Es como si nadie aquí tuviera ganas de levantarse e iniciar bien el día. Como si nadie aquí quisiera esforzarse por ser feliz… se entregan como si nada al ritmo de sus trabajos, sus estudios y a los estímulos de la tecnología, sin ninguna motivación para hacer de cada día algo especial. Luego van a sus hogares sintiéndose fatigados y amargados… ¿cómo pueden llegar a eso?
— Supongo que se cansaron de intentarlo al ver que el sistema los consumió irremediablemente.
— ¿Por qué no ir contra el sistema entonces?
— Irónicamente, es el mismo sistema quien determina que pienses que debes ir en su contra. Lo quieras o no, llegaste a esta jungla a formar parte de su fauna. Tal vez al principio te sientas especial por ser 'distinto' a la muchedumbre, pero eso solo una impresión equivocada que desaparecerá con el tiempo.
— Oh, vaya…
— ¿Qué?
— ¿En realidad te sientes así de desdichado?
Carlos se quedó de hielo.
— Ah…
— En estos días he conocido como mínimo cuatro Carlos distintos: el tipo alegre del primer día, el sujeto furioso del segundo, el agobiado de toda esta semana y el hombre deprimido y frustrado con quien estoy hablando ahora mismo. ¿También es uno de los males de la gran ciudad?
— ¿Insinúas que soy un falso?
— No lo insinúo. Creo que fui muy explícito. ¿Sabes? Creo que estás reprimiendo muchas cosas. Si no te incomoda y todavía no te he hecho enfadar, puedes hablar conmigo. Tengo todo el tiempo del mundo para quien lo necesite.
— No quiero agobiarte contándote mis problemas…
— ¿Por qué no? Hyung lo ha hecho, y le ha sentado de maravilla por lo que veo.
El eslavo sirvió otras dos tazas de té, y sin consultar le pasó una al cubano.
— ¿Por qué odias al mundo? Adelante, te escucho.
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Carlos y su familia habían tenido que abandonar Cuba, el isleño paraíso socialista, a causa de acciones disidentes de bajo calibre llevadas a cabo por su madre. Llegar a otro país no fue sencillo: los trabajos del área pública eran mal remunerados, la educación gratuita estaba muy por debajo de la calidad del sector privado -al cual jamás podrían aspirar- y las universidades e institutos de educación superior eran groseramente costosos. La vida en general lo era.
Aún así, el joven Carlos Machado, hijo de dos médicos, albergaba la esperanza de poder surgir como un hombre generoso, un sujeto de bien, un servidor de los más desamparados. Así como sus padres. Luchando contra la segregación en su escuela, destacándose por sus altas calificaciones y su optimismo y carácter bonachón, Carlos creció como un chico fuerte, tanto en su físico como en sus convicciones, y gracias a una beca otorgada a deportistas, logró ingresar a una buena institución educativa donde se titularía como médico.
— ¿Boxeas desde que eres un niño? ¡Alucinante!
— Al principio fue porque quería defenderme de quienes me molestaban en la escuela. Terminé por tomarle el gusto y me uní a la selección para ir a las competencias. Fue increíble ver cuántas puertas se abrieron gracias a que fui reconocido como deportista destacado.
— Imagino que nadie quiere meterse contigo. Me alegro de no haberte hecho enfadar hace un momento.
— Nah. Tranquilo, grandote— carcajeó — No suelo ocupar la fuerza a menos que sea estrictamente necesario. Aunque bueno, siempre me han dicho de que por mi mal genio mi concepto de 'necesario' está algo tergiversado. Oh, pero de no ser por esos accesos de ira que han terminado en peleas, jamás hubiera conocido a Maddie.
— ¿Maddie?
— Mi chica.
— ¡Oh!
Carlos le mostró algunas fotografías que tenía en su billetera. En todas había una muchacha rubia con gafas, que sonreía tímidamente.
— Vamos en la misma universidad. Estudia odontología. Nos conocimos en una fiesta de la Facultad de Medicina. Unos patanes que se metieron sin permiso trataron de ponerle algo a su bebida, pero ella se dio cuenta y trató de evadirlos. Comenzaron a molestarla.
— Así que saliste en su defensa y con eso la impresionaste.
— Mentiría si te digo que fue amor a primera vista, pero le causé una buena impresión. Primero nos hicimos amigos, yo ya estaba totalmente embobado por ella, pero tuve que bancarme a un novio suyo que era un zopenco. Terminó con ella a los dos meses, y Maddie sufrió por él otros seis más. ¿Adivinas quién fue su pañuelo de lágrimas?
— ¡Auch!
— Lo bueno fue que en ese periodo pasamos mucho tiempo juntos. Mis padres la adoraban, así que a menudo almorzaba en nuestra casa con la excusa de que debíamos estudiar para los exámenes, pero en realidad, nos dedicábamos a quejarnos de la gente que nos hacía daño, a reírnos de lo imbéciles que habíamos sido en el pasado y a consolarnos cuando nos sentíamos unos perdedores sin futuro. Cada cierto tiempo el papanatas de su ex aparecía en la universidad para pedirle que se reunieran a hablar, y al día siguiente Maddie me lo contaba todo.
— ¿La confundía?
— No, pero la hacía sentirse triste. Nunca le pidió que volvieran a formalizar una relación, si no que le hablaba mal de mí tratando de convencerla de que se alejara, que yo era una muy mala influencia, que por mi culpa ella se había quedado sin novio y sin amigas, lo cual lamentablemente era cierto. Irónicamente, en los círculos de élite intelectual es donde más abunda la discriminación ideológica, el odio contra los inmigrantes y el racismo. Maddie en ese sentido era muy distinta, a ella no le interesaba el color de mi piel, mi ascendencia latina combinada con africana, tampoco que detestara su idioma materno o que participara en manifestaciones políticas a favor de la izquierda. Pero no puedo decir lo mismo de los demás alumnos de la universidad.
— ¿Cuándo fue que ella y tú se volvieron pareja?
— Después de esos tormentosos seis meses de luto amoroso. Lo hicimos público a propósito en otra fiesta de la Facultad de la Medicina en que se daba la bienvenida a los nuevos estudiantes, nos besamos y bailamos pegados frente a toda esa chusma de xenófobos elitistas para que armaran un escándalo— estalló en carcajadas — ¡Nos tildaron de todo! Lo bueno fue que nos convertimos en la pareja protegida de los sectores más liberales de la universidad, en un ícono del progresismo, la diversidad, la libertad y el erotismo inter-racial.
— ¡Oh!
— Sí, bueno, se nos fue un poco de las manos…
— ¿A qué te refieres?
Carlos, quien hasta ese momento se había mostrado muy a gusto con la conversación, bajó la vista en señal de congoja.
— Llevábamos algo de cuatro meses cuando Maddie quedó embarazada. Ni sus padres ni los míos querían creerlo. Ellos jamás me aceptaron del todo, y les di motivos de sobra para que quisieran alejarme definitivamente de su preciosa hija.
— ¿Y tus padres?
— Estaban devastados. Jamás fuimos una familia acomodada, yo estudiaba gracias a una beca, no había dinero suficiente para que dos estudiantes pudiéramos criar a un bebé mientras nos dedicábamos a sacar el título. Cuando ella tenía dos meses, nuestras familias se reunieron. Fue espantoso. Ellos querían que interrumpiera el embarazo, y mis padres pusieron el grito en el cielo. A pesar de ser socialistas, son muy aferrados a los valores católicos y fieles a su juramento médico. Maddie también protestó, pues siendo mayor de edad creía muy injusto que alguien más se arrogara el poder de decisión sobre su cuerpo.
— ¿Y qué hicieron entonces? Digo, aún con todo ese apoyo y argumentos a su favor, ambos eran estudiantes: no trabajaban, no tenían tiempo para criar a ese bebé, y si su familia además estaba en contra, no la tenían nada fácil.
— Fue por eso mismo que busqué un empleo de medio tiempo que me permitiera ayudarla con los gastos. Su familia cedió, y le permitió pausar sus estudios por unos meses hasta que dio a luz a nuestro niño— con mucha ceremonia, el cubano le mostró a su compañero una foto de su billetera en donde Maddie, pálida y agotada, sonreía a la cámara mientras sostenía en brazos a un bebé de piel avellana que dormía sobre su pecho — Gracias a que he sido responsable con las mensualidades es que se me ha permitido verlo durante estos años. Pero ahora que la universidad me exige cierta cantidad de horas semanales de práctica en terreno, he perdido mi empleo.
Iván tomó la fotografía para mirarla con mayor detalle. Carlos le enseñó otras en que el niño, ya mayor, aparecía sentado en un coche de bebé, jugaba en el suelo, dormía en la cuna y daba sus primeros pasos.
— No quiero postergar el último año de universidad. Traería demasiados problemas de dinero a mi familia, ya que perdería el beneficio de la beca. Quiero encontrar otro empleo pronto, no importa si me consume todas las mañanas y fines de semana, solo que no entorpezca con mis estudios. Por nada del mundo quiero dejar de ver a…
El conmovedor momento fue abruptamente interrumpido por el portazo que Kim Ly dio al llegar a casa, hecha una furia. La chica corrió escalera-arriba. Yao, que venía tras de ella, se veía compungido.
— ¿Qué le ocurrió? — preguntó el cubano mirando hacia las escaleras.
— No lo sé. No quiso decirme nada-aru.
(***)
La mañana del sábado, Iván notó que Carlos se levantó de mucho mejor ánimo. Tal y como había previsto, la charla de la noche anterior había servido para que se aliviara, para que respirara hondo y ordenara mejor sus pensamientos.
— Ayer tuve una idea genial.
— ¿Ah, sí? ¡Pues cuéntame! — incitó el eslavo, dándole un mordisco a una tostada con mantequilla.
— Bueno, pues cuando estaba en mis últimos años de escuela trabajé cortando césped en los alrededores del barrio donde vivía, recibiendo una paga regular que me permitió darme ciertos lujos en esa época. Estuve pensando en que hoy podría acompañar a Kim Ly al sector donde trabaja, donde la gente ociosa y adinerada paga suculentas sumas de dinero para que alguien mantenga sus jardines, y buscar una buena podadora y quizás una sierra eléctrica. Trabajaría podando los árboles, los arbustos, regando el pasto y poniendo algo de abono en las flores…
— ¡Ufu! Suena fantástico.
— ¿Verdad que soy un genio?
— Pues apresúrate, genio— dijo Yao, entrando a la cocina — Kim está a punto de irse-aru.
Carlos apuró la taza de café matutina y terminó en dos bocados la tostada de su plato. Yao le arrebató ambas piezas de vajilla para lavarlas de inmediato, y el cubano corrió a la habitación de la muchacha para pedirle que aguardara por él mientras lavaba sus dientes.
La joven, casi lista, bajó las escaleras con ademán cansado. Traía un bolso de viajes en una mano. El detalle que más sorprendió a Iván fue verla con el vestido al cual le había hecho la bastilla el fin de semana anterior. Era un uniforme de sirvienta.
— ¡Estoy listo! ¡Vamos, chica!
— ¿No comerás nada antes de irte, Kim? — preguntó el mayor de los residentes. La muchacha negó con la cabeza y salió de la casa. Carlos la secundó.
— ¡Deséenme suerte!
— ¡Suerte!
Una vez solos, el ruso trató de entablar una charla con su acompañante.
— ¿En qué trabaja Kim Ly?
— ¿No es obvio?
— Ese vestido era…
— Un uniforme de sirvienta-aru.
— Como los de las telenovelas que veía mi madre. Me parece curioso, es decir… nunca conocí una sirvienta de verdad.
— Cumplirá un año trabajando en casa de los Jones, una familia de clase alta que prácticamente es dueña de la ciudad. El año pasado se le veía muy a gusto allí, pero hace un tiempo eso cambió… he tratado de averiguar qué le sucede, pero nunca dice nada-aru.
— No es por ser chismoso, pero yo sé algo.
Hyung había aparecido de la nada en la puerta de la cocina, abrigado con una casaca de invierno encima del pijama.
— Como futuro periodista, tu labor será ser chismoso.
— ¿Cuál es el titular de hoy-aru?
— La novia de Alfred F. Jones estudia en la misma universidad que yo. Esta semana llegó a la sede rodeada de un grupo inusualmente grande de taradas con las hormonas sublevadas, que no paraban de cacarear. Según pude oír, la princesa del mayor terrateniente y productor de café del país se fue a vivir a la mansión de los gringos, con las expectativas de formalizar definitivamente su relación con el primogénito del amo y señor de la ciudad.
— Yo pensaba que los compromisos prematuros eran cosa del siglo pasado— comentó receloso Iván.
— No entiendo, ¿qué tiene que ver eso con el mal humor de Kim Ly?
— Dejaré que saques tus propias conclusiones. Solo diré que juntar a dos leonas en una misma jaula es una pésima idea.
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Continuará...
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Notas de la Autora:
¡Se viene!
Hermosas criaturas del Señor, ¡gracias por haber leído! Y en especial, gracias a quienes dejaron su comentario en el capítulo anterior: Julchen awesome Beilschmidt, Mitsukuri Ryoko y Kayra Isis.
¡Nos leemos pronto!
