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.:V:.

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— ¿Qué haces aquí, querida?

— ¡Ah, Señora Jones…!

— Las visitas están afuera. Ve a ver si quieren algo, los platos pueden esperar.

Kim Ly cerró la llave de agua y se secó las manos en el paño de loza que tenía al alcance. Echó un vistazo por la ventana de la cocina hacia el patio trasero de la mansión, donde un grupo de jóvenes que charlaba y reía se había congregado en torno a una mesa de té. Contuvo la respiración hasta que, con pasos tímidos y cortos, llegó a su lado.

— ¿Puedo ofrecerles algo más?

— ¿Puedes servirme otro vaso de limonada? Ponle dos hielos esta vez, ¡hace muchísimo calor!

— Yo quiero helado, ¿queda de lúcuma?

— Por el momento nada más. Puedes retirarte, Kim.

La vietnamita atendió los pedidos de los visitantes con diligencia. Quería pasar el menor tiempo posible junto a ellos. Cuando regresaba a la mansión, pudo sentir cómo los ojos de la nueva integrante de la casa quemaban su espalda.

— ¿Te sientes bien?

Alfred, el primogénito de la familia Jones, había percibido una energía extraña. Con la excusa de que debía dejar un vaso sucio en la cocina, se separó del grupo y siguió a la joven sirvienta para averiguar los motivos de su malestar.

— Descuide. No es nada.

— ¿Es por María?

Una corriente helada bajó por el espinazo de la asiática.

— No tengo problemas con la señorita María.

— Pues Matthew me dijo que las escuchó discutir ayer, antes de que te fueras a casa— espetó el muchacho, en parte ofendido — Si en algo puedo ser de ayuda…

— No, señor.

— Kim, sabes que puedes tutearme. Nos tenemos confianza.

— No puedes hacer nada. Esto es entre ella y yo.

— Es mi novia. Y si bien es cierto que llegó a ser tu 'jefa', puedes reclamar si te sientes atropellada por ella. Estás en todo tu derecho— la incitó, cerrando la puerta de salida al patio trasero para conferirle más privacidad a su conversación. Kim Ly exhaló hondo.

— No se ha aprovechado de mí de ningún modo. Pero no me gusta la forma en que me mira, tampoco como me habla. Es como si… me odiara.

— ¿Qué te hace pensar eso?

— Ya te dije: la forma en que me mira o me habla cada vez que le sirvo en algo. Jamás la he escuchado decir 'gracias' cuando hago algo por ella, y durante toda la semana ha criticado mi forma de atender a la familia y sus invitados. Además está su perrito…

— ¡Ah, el chihuahua!

— Juro que me tiene enferma de los nervios. El miércoles estaba hurgando en la cocina mientras servía el almuerzo y logró sacar una bolsa con carne molida desde el refrigerador. Lo perseguí hasta el patio para recuperarla, pero su dueña me lo arrebató y me regañó, diciendo que era la única que podía ponerle las manos encima — relató, subiendo la manga del vestido para mostrarle a Alfred la muñeca derecha, circundada de moretones.

— Sí, tal vez lo sobreprotege… demasiado.

— Y no solo a su perrito.

— ¿Qué quieres decir?

— ¿No te has dado cuenta de que en estos días no me ha dejado atender ni un solo pedido tuyo, si no que todo mi trabajo contigo lo hace ella misma?

— Ah, ya sabes cómo es la crianza en las familias conservadoras: de niñas las mujeres aprenden a comportarse como esposas, primero atendiendo a los padres y hermanos, luego a sus parejas…

— Pues no creo que parte de esa crianza implique sacarme a empujones de tu cuarto cuando debo limpiarlo, o quitarme la bandeja de con la merienda que tomas cuando debes estudiar en las tardes— replicó la sirvienta — ¿Le has contado algo sobre nosotros? ¿Algo que la haya puesto celosa?

— Ah… pues…— titubeó pensativo — Ella sabe que desde que llegaste a esta casa no te tratamos como el común de las familias ricas tratan a sus trabajadores domésticos. Sabe que de un modo muy inusual… de cierto modo… somos amigos. Sabe que me ayudaste a pasar el último examen de cálculo el año pasado, sabe que me encanta como preparas el chili con carne. Y sabe que cuando ya has hecho todo el trabajo en casa y estás libre, hablamos de automóviles. Le he contado mucho sobre ti, pero no veo nada de malo en eso. Uno debe compartir a sus amigos, ¿no es cierto?

— Pues al parecer, ella está convencida de que estoy enamorada de ti o alguna tontería por el estilo.

— ¿No lo estás?

— ¡No bromees con eso! — reprochó la joven dándole una palmada en el hombro. Estuvo tentada a contagiarse con la risa del joven estadounidense — Creo que por eso es que me mira con desconfianza y quiere que permanezca lejos de ti.

— Puedo hablar con ella y arreglar las cosas.

— O arruinarlo, como siempre.

— ¡Qué mala eres!

— Solo quiero que entienda que no soy su enemiga. Solo trabajo aquí, y quiero hacerlo lo mejor posible.

En eso, la madre de Alfred reapareció en escena y miró a su hijo y a la sirvienta con extrañeza.

— ¿Qué sucede aquí?

— O-oh… nada, señora Jones.

— Charlábamos.

— P-pero… regreso de inmediato afuera. Aún tengo trabajo por hacer.

— ¡Ay, niñita!

El sábado por la mañana fue el último instante de calma en la mansión Jones.

(***)

— Trabajas demasiado, Yao.

El chino se irguió en medio de un espasmo y por primera vez en el día despegó la mirada de la cocina para ver directamente a Iván. Sus ojos pequeños -notable rasgo asiático que compartía con Hyung y Kim Ly- estaban abiertos al máximo, como los de un búho.

— ¿Nunca te das un respiro?

— No puedo-aru. Alguien debe encargarse de la cocina, y ese soy…

— ¿Y debes hacerlo todo el día y todos los días? — interrumpió — A mí también me gustaría ser de ayuda de vez en cuando aquí. Te veo tan atareado, tan estresado, me pone triste.

— A-ahm… pues…— Yao volvió a mirar los quemadores encendidos, la vajilla que estaba ocupando, los ingredientes todavía intactos — Es mejor estar seguros-aru.

— ¿A qué te refieres?

— Llevo años en esta residencial, y soy el único que sabe cocinar…

— ¿Lo eres en verdad?

— Me refiero a cocinar de manera profesional-aru— rectificó el joven — Me aseguro de que todos coman una buena cantidad de algo sabroso, nutritivo, me preocupo de usar bien los víveres que compramos y de abastecer la despensa cuando es necesario.

— Podrías darme la oportunidad. ¡Hoy mismo, si quieres! Solo para probar, ¿da?

— ¿Y para qué quieres tú mi trabajo, eh?

— Para que descanses un poco. Siéntate aquí, en esta silla, por si no quieres perderme de vista y darme algunos consejos.

— Ugh…

A regañadientes, el asiático tomó el lugar de Iván, y este último puso manos a la obra. Durante todo el proceso, el joven cocinero no dejó de hacerse tronar los dedos y balancear los pies, golpeteando arrítmicamente el embaldosado de la cocina.

— ¿Por qué estás tan nervioso?

— Llevas menos de diez minutos en esto, y he contado trece faltas a las medidas sanitarias de la cocina. ¡Tu lugar de trabajo siempre debe estar limpio-aru! ¡Y tus mangas! Venga, deja ahí, lavaré esos platos que desocupaste de inmediato…

— ¡Nyet!

El cocinero, que había hecho amago de levantarse, volvió a dejarse caer en la silla aún más neurótico que antes. El ruso le oyó rechinar los dientes.

— Estás retrasado con los vegetales, déjame picarlos para juntarlos con la carne.

— Quédate ahí, yo lo haré.

— Usa el medidor para ponerle la cantidad justa de sal ¡No, nunca con los dedos, Iván…! Por amor al cielo… esto es desastroso…

— Solo es una pizca, no lo arruinaré.

— Ay, ay, ay, ¡cuidado, estás desperdiciando aliños…!

— Tiré tan solo un poco.

— ¡El agua ya está hirviendo, apaga la cocina…!

— Ya voy, ya voy.

— ¡Mira ese mesón-aru! — exclamó airado, tomando un estropajo y precipitándose a limpiar el lugar donde Iván estaba trabajando — ¡La cocina jamás debe estar sucia, JAMÁS!

— Hey, ¿quieres calmarte un poco? Yo limpiaré todo después, ¿da?— reprochó el eslavo con sutilidad.

— ¡No, no hay 'después'! En la cocina, todo el trabajo debe ser instantáneo, rápido, pero meticuloso y bien hecho, si no el producto final es un desastre-aru.

El nuevo residente forcejeó con él para arrebatarle en trapo. Yao cruzó los brazos y comenzó a caminar en círculos mordiéndose la uña de un pulgar, temblando.

— Necesito mi pipa-aru.

— Adelante, ve a relajarte.

El asiático salió a paso vivo del habitáculo en dirección a su habitación y chocó en las escaleras con Hyung, quien iba en el sentido contrario. Cuando el coreano asomó a la cocina tratando de averiguar la extraña actitud del mayor, Iván le tendió un plato limpio.

— ¿Puedes poner la mesa y ayudarme a servir?

— Ah. Ya veo por qué se ha puesto como un neurótico.

— Quise darle un descanso, ¿tiene eso algo de malo?

— Nada en lo absoluto. Es solo que Yao está acostumbrado a hacer este trabajo, y a la larga se ha transformado en su terapia.

— ¿Terapia para qué?

— Para el estrés que el mismo trabajo le produce a diario.

— ¿Combate estrés con más estrés?

— Es un círculo vicioso— le explicó el joven motorista mientras acomodaba los implementos para el almuerzo — Desde pequeño Yao fue enseñado para vivir estresado, ocupando el tiempo en hacer algo productivo, por eso jamás puede estarse quieto. Estudia, trabaja, limpia o cocina, y siempre todo busca hacerlo a la perfección. Si se detiene, entonces se enferma de los nervios. Debe continuar hasta sentirse agotado y satisfecho con lo que ha conseguido, si no, no puede descansar tranquilo.

— Sácame de una duda, ¿en qué trabaja?

— Como asistente de cocina en una de las sucursales del restaurante de su padre. Lo hace desde que tiene memoria, porque incluso de niño lo ayudaba en la sede que él mismo dirigía.

— Oh.

— La triste vida del estereotípico chino explotado como mano de obra barata— escupió con ironía, con sorna — Si vino a vivir aquí es porque dejó de sentirse útil en casa. Seguramente su madre o alguno de sus tres hermanos hicieron lo mismo que tú, creyendo que le ayudarían a descansar, y colapsó en una crisis nerviosa. Ahora mismo debe estar en su cuarto, echando espuma por la boca en medio de convulsiones…

Iván palideció. Se echó a correr en busca del chino. Lo halló en su habitación, sentado en el suelo, fumando como un obseso una carga de opio en su pipa alargada, mirando a un punto perdido en la pared.

— He-hey… ¿estás bien?

— Sí…— contestó, ligeramente ido.

— Ya casi acabo allá abajo, ¿quieres venir? Puedes echarme una mano con los últimos detalles.

Con el cuerpo flácido como un estropajo, Yao bajó las escaleras con la pipa aún encendida. Hyung no se había tomado la molestia de seguir sirviendo los platos, tampoco de ordenar la mesa. Cuando Iván cruzó por el umbral de la cocina, el coreano susurró:

— Lo de las convulsiones era broma.

— Hiciste que me preocupara.

— A lo sumo va a deprimirse un poco.

— Venga, pongamos los platos a la mesa.

Mientras el chino racionaba el contenido de la olla –procurando dejar la cantidad que correspondía a Carlos y Kim Ly-, sus dos compañeros seleccionaron la vajilla necesaria. Una vez los tres sentados, comieron.

— ¿Qué tal está?

— Nada mal— dijo Hyung — Aunque si me lo preguntas, reservaría este platillo para el invierno, por la mezcla de ingredientes que tiene y el tipo de condimentación.

— ¡Hum! Estofado preparado a la rusa-aru.

— Receta de mi madre.

— Pues… sabe a hogareño— comentó Yao — Es abundante, cálido, colorido, muy sabroso. Distingo todos los ingredientes mezclándose en algo totalmente nuevo, que no se deshace fácilmente en la boca. Es rústico. Deja un sabor agradable, a algo… que me recuerda a mi infancia, cuando llegaba de la escuela empapado por la lluvia, porque había olvidado mi paraguas al salir por la mañana-aru.

— Uh, parece que fumó de la buena— comentó por lo bajo el coreano.

— Entonces… ¿te gustó?

— ¡Ujum! — masculló afirmativamente con la boca llena — ¿Podrías hacer más para esta noche? Quiero repetir. ¿Alguien más? Los otros dos no llegarán hasta muy tarde-aru.

— Ufu, parece que estás hambriento.

Cuando los tres vaciaron sus platos y Yao se levantó para vaciar el resto de la olla en ellos, el aspirante a periodista acercó al ruso para hablarle bajito al oído:

—Estoy impresionado: hace unos días hiciste que te hablara sobre mi vida; ayer lograste que Carlos se desahogara de todos sus problemas y se motivara lo suficiente para buscar un nuevo empleo; y hoy emocionaste a nuestro cocinero con una receta casera, tanto que apostaría que te dejará cocinar más a menudo. ¿Se puede saber cuántas cosas más cambiarán contigo en esta casa?

— ¿Lo dices como una crítica?

— No, por el contrario. Sea lo que sea que estés haciendo, sigue así. Esto me está gustando.

(***)

Al igual que la noche anterior, Kim Ly azotó la puerta al llegar. Antes de que subiera a refugiarse en su cuarto, los tres presentes –Carlos, Iván y Yao- salieron a su encuentro, cerrándole el camino. Casi no fue necesario. La muchacha no tenía ni el ánimo ni las energías para evadirlos, tampoco de ocultarse en la segunda planta. Apenas el acceso principal estuvo cerrado, la vietnamita recostó allí su espalda y se dejó caer sentada en el suelo con las rodillas dobladas contra el pecho. Las abrazó, y rompió a llorar.

Los tres hombres compartieron una mirada de escepticismo.

— ¿Kim…?

— ¿Qué ocurrió, chica?

— ¡Me han despedido! — contestó en un chillido rabioso. Los demás retrocedieron intimidados.

— Dios santísimo, ¿qué es todo ese lodo? — exclamó Carlos al ver en detalle el vestido de Kim Ly — Chica, quítatelo de inmediato. Estás sucia y empapada, vas a enfermarte.

— Deberías beber algo de té, darle un baño caliente e ir a dormir— sugirió Yao.

La moza se puso de pie inhalando profundamente, trató de secarse el rostro enrojecido por el llanto con la mínima parte de sus manos que estaba libre de barro seco, y subió las escaleras con las piernas pesadas como plomo. Por el camino se desanudó el delantal –antes blanco- y se despojó de los zapatos negros para no dejar rastros de su andar en el piso.

Desobedeciendo el consejo de los otros dos, Iván la siguió.

— ¡Si la haces hablar se enfadará más-aru!

— ¡Vuelve aquí si quieres seguir con todos tus dientes en su lugar!

— Está ahogada. Necesita escupirlo todo. Pero no lo hará si nadie la escucha.

— ¡Estás loco!

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Arriba, el joven oyó que ya había sido accionada la regadera en el último cuarto de la derecha. Tendría que esperarla. Buscó en la cocina algunos bocadillos y preparó una taza de té caliente, puso ambas cosas en una bandeja y subió a la alcoba de la muchacha, dispuesto a esperarla en su propio espacio de confort.

Sus compañeros asomaron con la cara pálida de terror.

— Va a matarte si te ve sentado sobre su cama.

— ¿Recuerdas que el primer día te advertí que odia que entren a su cuarto?

— ¿Alguna vez lo intentaron?

— Pues… no. Pero…

El cerrojo del baño se descorrió.

— ¡Es tu última oportunidad, grandote!

— ¡Deja la bandeja ahí y corre por tu vida-aru!

La puerta del baño se abrió, liberando una nube de vapor blanco.

— ¡Iván…!

Kim Ly tardó muy poco en llegar, envuelta en una bata de baño blanca, secándose el cabello con una toalla. Carlos y Yao se apartaron. La muchacha levantó la vista y compuso una mueca de incredulidad al encontrar al nuevo residente cómodamente sentado sobre el colchón.

— ¿Qué haces en mi…?

— ¿Quieres hablar sobre lo de hoy? — interrumpió — Traje galletitas.

Los otros dos retorcían sus dedos y se cubrían la cara.

— O-oh… es… un lindo detalle— dijo ella mientras los ojos se le empañaban de nuevas lágrimas. Avanzó lentamente hacia el ruso, y le tomó ambas manos entre las suyas, produciendo un gracioso contraste entre sus delgadísimos dedos de miel y los regordetes malvaviscos de su compañero — Pero… ¿podría ser otro día? En verdad que hoy no me siento con la fuerza suficiente.

— Como quieras. No voy a presionarte.

Dedicándole una sonrisa forzada, la muchacha le indicó con un delicado gesto de cabeza que se retirara. Iván respetó su decisión y sin insistencias, salió de la habitación de la chica. Los otros dos residentes lo miraban boquiabiertos.

— ¿Cómo demonios sobreviviste?

— Es una chica, no un esbirro del infierno— explicó el ruso — Tan solo está molesta. Y triste. Quiere tiempo. Será el mismo tiempo el que la haga hablar, nadie puede tragarse eternamente sus problemas.

— Pues yo hice el intento antes y no quiso hablar al respecto-aru. ¿Por qué contigo sí?

— Tal vez no era el momento.

— Y no le ofreciste galletas— acotó el cubano.

— Dejemos que se recupere. Podría darnos los detalles y desahogarse otro día, bebiendo una taza de chocolate caliente con galletas, o pastel.

— Suenas muy seguro-aru.

— ¡Obvio! Nadie puede resistirse a un trozo de pastel. ¿Le gustará el de fresas?

La chica asomó vestida con su camisón de dormir:

— Me gusta el pie de limón.

Y dicho eso, volvió a encerrarse en su habitación.

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Continuará...

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Notas de la Autora:

¿Conocen a alguien que viva estresado? Yo sí. Y lo amo 3

¡Gracias a Julchen awesome Beilschmidt y Kayra Isis por comentar el capítulo anterior!

Que tengan una linda semana.